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San Juan de Acre, 18 de mayo de 1291

Artal, a sus dieciséis años, sabía que iba a morir aquella mañana. Estaba decidido a no dar un paso atrás, por amor a Cristo, a la Virgen María y a sus hermanos. Antes de que cayera la tarde, el arcángel san Miguel sujetaría la balanza en la que pesaría su alma. Y por mucho que el diablo tirara del platillo de sus pecados, su martirio por la fe decantaría el fiel y le abriría las puertas del paraíso de los justos, el cielo. Allí, en contraste con su dura existencia terrenal, gozaría de la felicidad eterna de los bienaventurados.

Había imaginado su heroica muerte muchas veces. Se veía como el último cristiano de San Juan de Acre luchando sobre los cadáveres de sus hermanos y sus enemigos, rodeado de musulmanes, vertiendo hasta la última gota de su sangre por Cristo Nuestro Señor.

Se revolvió en el camastro y reanudó sus plegarias. No habían transcurrido ni tres horas desde el rezo de maitines y aún faltaba para el amanecer. Las tenues llamas de los candiles iluminaban los poderosos arcos apuntados del amplio dormitorio. Y aparte de un crucifijo con un Cristo rígido, cubierto por una túnica y los ojos muy abiertos, las paredes se mostraban desnudas. Las ventanas se adivinaban en lo alto. Olía a aceite quemado, a pies y a sudor. Algunos se removían inquietos, otros se lamentaban en sueños, pero él, a pesar del cansancio, se mantenía en duermevela despertándose una y otra vez. No solo rezaba por su alma, sino también por su madre y sus hermanos, que se encontraban en su caserío en las tierras que bañaba el Ebro, al otro lado del Mediterráneo. Les profesaba un enorme cariño y la añoranza le había estado atormentando los ocho años que llevaba lejos de ellos. Ni siquiera recordaba ya sus rostros, solo su amor. Su mayor angustia durante aquella interminable noche era que nunca más volvería a verlos. Eran lo único que le quedaba en la vida. Y se decía que no dejaba de ser irónico que le hubiesen encomendado a su tío para que, llevándole a Tierra Santa, le librara de unos oscuros peligros que amenazaban su vida en su terruño familiar y que terminara muriendo en aquel lugar extraño, árido y distante.

Su fino oído percibió el retumbar lejano, poderoso, lúgubre y destemplado de un timbal gigante.

—Ya empieza —murmuró.

Y al poco se le unieron cientos de tambores y chirimías en un siniestro concierto, augurio de muerte. El estruendo procedía de más allá de las murallas y era el preludio del asalto final a San Juan de Acre, el último bastión cristiano en Tierra Santa.

De pronto la campana de la fortaleza tocó a rebato y Artal se incorporó de un salto con el atronador tañido. Su corazón latía acelerado. Los murmullos de los hermanos sargentos, escuderos y otros auxiliares que se despertaban sobresaltados no podían ahogar el poderoso batir de los tambores sarracenos.

—Atacarán al alba —afirmó Andrew, su amigo inglés—. ¡Que el Señor nos ampare!

—¡Que sea siempre loado! —repuso Artal, buscando su candil.

Se apresuró a prenderlo en una de las linternas y regresó para vestirse a toda prisa. Sobre sus calzones cortos se puso unas calzas de lana que le cubrían piernas y pies y se las sujetó a la cintura con una correa de cuero. Y sobre las calzas, unas perneras de cota de malla, que sostuvo atando los cordones de sus extremos a la correa. Después se puso encima de la camisa un jubón acolchado y se cubrió la cabeza con una cofia igualmente acolchada. Aun con esas defensas, el hierro de la armadura rasgaba la piel en ocasiones. Con precisión, fruto de largas horas de práctica, le entregó a Andrew la camisa de malla para que le ayudara a ponérsela. Le cubría de cuello a rodillas y los brazos, era la pieza principal de su armadura y estaba formada por decenas de miles de anillas de hierro entrelazadas en diminutas cadenas. Aunque pesaba, su flexibilidad permitía el movimiento.

—Hoy seguramente caiga la ciudad —murmuró el inglés, como pensando en voz alta—. No habrá rendición ni piedad para nosotros. Moriremos todos.

—¡Estamos en manos del Señor! —dijo Artal, que correspondía a su compañero ayudándole con la parte superior de su armadura—. Que se haga su voluntad.

—Ansiaba morir con la capa blanca de caballero —musitó Andrew a la vez que ataba los cordones traseros que sujetaban la capucha, también de malla, de Artal.

Ambos eran escuderos. Andrew tenía casi cuatro años más que Artal y deseaba tomar los votos para ser nombrado caballero. No le faltaban méritos, sino edad. Los templarios solo admitían a mayores de veinte años como caballeros.

Encima de la armadura se pusieron la sobreveste negra con la cruz patada roja a la altura del corazón. Se calzaron las espuelas y se ciñeron una segunda correa, que sujetaba la espada y dos dagas enfundadas. Estaban listos.

A pesar de las prisas, se miraron a los ojos unos instantes. Quizá fuese la última vez. Una tras otra, las campanas, primero las de las fortalezas de las órdenes militares —Temple, Hospital, Teutónica y la del rey de Chipre—, y luego las de las iglesias, se fueron uniendo a la llamada. Urgían a los cristianos a tomar las armas.

—Que Dios te proteja —le dijo Artal, mirándole con cariño—. A Él no le importa el color de tu capa ni que aún no seas caballero.

—Que el Señor esté también contigo. —Las lágrimas acudieron a los ojos de Andrew.

Y los amigos se abrazaron con fuerza, emocionados.

Era una despedida.

2

Artal tomó su celada y, con el resto de los escuderos, candil en mano, se apresuró a cruzar el oscuro patio hacia las dependencias de los caballeros. Una vez en el edificio principal, corrió por los tenebrosos pasillos hasta la celda del gran maestre.

—¡Aquí estoy, padre! —exclamó entrando con ímpetu en el habitáculo.

Guillaume de Beaujeu, el gran maestre del Temple, es­taba arrodillado a oscuras, en camisa y calzones, frente a la cruz de su espada clavada en un madero. Artal esperó en silencio reverente a que terminara su oración y se preguntó si el viejo habría estado rezando desde los maitines. Fue entonces, en plena noche, cuando Artal, en cumplimiento de sus funciones, había revisado por última vez armas, equipo y caballos. Esperaba que hubiera descansado; precisaría de todas sus fuerzas para el combate.

El gran maestre era el caballero más admirado de la cristiandad y Artal aún no comprendía cómo le había concedido el honor, que no creía merecer, de ser su escudero. Ocurrió un mes antes, tras la muerte de su tío en un combate nocturno de desastrosas consecuencias. Desde entonces, aquel fraile era lo más cercano a un padre para él.

Una vez acabada su oración, el gran maestre elevó su mirada de intensos ojos azules hacia Artal con algo parecido a una tenue sonrisa. Aquella muestra de afecto conmovió al muchacho. La Regla del Temple prohibía las risas, y las sonrisas no estaban bien vistas.

—Los sarracenos atacan, padre.

El hombre se levantó con gesto sereno, mostrando, a pesar de sus más de sesenta años, un porte poderoso. Tenía pelo y barba casi blancos, y su rostro, tostado por años bajo el sol de Tierra Santa, mantuvo su expresión tranquila.

—Lo sé, hijo.

Artal le ayudó a vestirse; el conjunto de prendas era similar al suyo.

—No quiero que mueras hoy con nosotros, Artal —murmuró el gran maestre cuando el chico le abrochaba por detrás la capucha de cota de malla—. Debes salir vivo de San Juan y regresar a tu tierra.

El muchacho se quedó pensativo.

—Vos sois mi padre y los hermanos, mi familia —dijo emocionado cuando ya le ponía la sobreveste blanca con la cruz roja—. No os abandonaré. El Señor nos acogerá a todos, como mártires, en el cielo.

El gran maestre le sujetó de los hombros con fuerza, mirándole a los ojos.

—Tienes dieciséis años, eres demasiado joven tanto para morir como para jurar los votos del Temple. Aunque estés con nosotros, no eres uno de los nuestros; aunque te llamen «novicio», no lo eres, y aunque te dejemos vestir el hábito, no te pertenece. Tu tío te dejó bajo nuestra tutela, pero tienes toda la vida por delante y debes abandonar este lugar. Déjanos a los viejos morir, por el Señor y por nuestra dignidad, en este nuestro último bastión de Tierra Santa. ¡Mira!

Extendió un documento que guardaba en una alacena junto a unos libros, único mobiliario en su austera celda, aparte de una silla y un jergón. Artal reconoció el sello de lacre del gran maestre.

—Es un salvoconducto para que viajes a Chipre y de allí a tu hogar. Toma cualquiera de nuestras naves que esperan en el puerto. Hoy perderemos la ciudad, Tierra Santa y la vida. Si estás aquí es porque tu tío te trajo consigo para protegerte. No pude negarme, le apreciaba, le debía un favor, y tu padre era feudatario del Temple. Mi obligación es mantenerte con vida. A pesar de ser solo un escudero, destacas entre los mejores con las armas. Eres capaz de defenderte y debes regresar a tu tierra, aunque cuidándote de aquellos que te quieren mal. Y cuando tengas la edad, si ese es tu deseo, podrás solicitar tu ingreso en la milicia del Temple.

—¿Quién me quiere mal allí?

—No lo sé. Eso solo lo sabía tu tío y se llevó el secreto a la tumba.

—En todo caso, no os abandonaré. No puedo dejar a mis hermanos solos en su último combate. Lo prometí.

—No me vale tu promesa. Y si de algo vale, como gran maestre del Temple, yo te libero de ella. Ve al puerto, toma una nave y preséntate al comendador de Famagusta en Chipre. Dile que yo te envío y que te facilite el viaje. Es una orden.

—No podéis privarme de la muerte en combate, padre —repuso Artal mientras le ponía las espuelas—. Seré un mártir y el Señor me acogerá en su gloria. Me confesé ayer y mi alma está limpia. Si sobreviviera y en unos días, meses o años muriera en pecado, mi condena al Infierno caería sobre vuestra conciencia.

El fraile resopló. Había dejado el documento junto a los libros y se ceñía el cinturón con la espada y las dagas.

—¿Dónde has aprendido a argumentar así? —se lamentó—. Aquí no enseñamos, ni apreciamos, la dialéctica. A veces eres demasiado listo, para tu propio bien, pero estás obcecado.

Se puso la celada que Artal le ofrecía con gesto de disgusto. Al contrario que los yelmos del resto de los hermanos, que cubrían la cara dejando solo dos ranuras para ver a cada lado de la nariguera y unos agujeros para respirar, el suyo era de los antiguos; solo cubría el cráneo, la frente y la nariz. El gran maestre prescindía de la seguridad para poder ser reconocido y que su potente voz se oyera bien en la batalla.

Contempló de nuevo al muchacho con una intensa mirada.

—No le puedo prohibir a un cristiano el martirio por la fe, pero tú estás ofuscado. Mi voluntad es la contraria y juraste obediencia al entrar aquí. Dejaré que luches a mi lado, pero, tan pronto la defensa se complique, saldrás de San Juan de Acre antes de que sea demasiado tarde. ¡Es una orden!

—Obedeceré —murmuró Artal, contrariado.

Aun así, se consoló pensando que participaría en el combate, y que sería Dios quien decidiera sobre su vida o su muerte, no el gran maestre.

Se fue a todo correr, sin recoger el pergamino, a preparar los caballos. La tropa formaba ya en el gran patio de la fortaleza. No había tiempo que perder.

—Listo, pero demasiado joven y exaltado —murmuró Guillaume de Beaujeu mientras abandonaba la celda tras su escudero.

3

«Unos ojos negros, unos grandes y hermosos ojos negros —se repetía Artal mientras ensillaba los caballos—. Ese es mi único pecado. Lo único que me podría condenar».

Era un pecado solo de pensamiento, pero no lograba alejarlo por mucho que rezara.

Todo empezó unas semanas antes. Artal, al igual que la mayoría de los frailes, apenas salía del convento-fortaleza del Temple. Y cuando lo hacía, siempre iba acompañado de otros hermanos para ejercitarse, extramuros, en las cargas y demás movimientos coordinados de caballería. Los caballeros de las órdenes militares, y en especial los templarios, eran conocidos por su estricta disciplina y su valor en el combate. Cuando cargaban contra el enemigo en campo abierto, formaban una masa sólida e imparable. Y cuando las cosas iban mal, se convertían en el sostén de un ejército cruzado anárquico las más de las veces. Un templario no podía retirarse del combate, aun estando gravemente herido, sin permiso del mariscal mientras el estandarte blanco y negro del Temple continuara alzado. Aquella disciplina, tanto en hombres como en caballos, requería de un estricto entrenamiento diario.

Al cruzar la ciudad no se detenían, no hablaban con nadie, ni se les permitía mirar otra cosa que no fuera la espalda del fraile que los antecedía y la grupa de su caballo. Entre las gentes se ocultaba el mundo de lo material, al que los templarios llamaban «el siglo», la tentación, el pecado y el diablo. Y ellos, caballeros puros, debían protegerse.

Aquella mañana, la tropa avanzaba a paso largo por las calles cuando, al cruzar un mercadillo colorido y ruidoso en una plazoleta, Artal escuchó que una mujer chillaba angustiada: «¡Margarita!». Por fortuna no llevaba el yelmo puesto y pudo ver cómo una niña pequeña, que corría jugando con otra, caía a los pies de Sirio, su caballo. Al instante detuvo su montura, temiendo notar el pisotón fatal, y el animal, alarmado, se encabritó. La gente gritaba. Artal saltó al suelo y allí, entre los cascos, milagrosamente intacta, la chiquilla lloraba. La tomó en sus brazos y ella le miró con aquellos grandes ojos negros llenos de lágrimas. Sostener a aquella criatura, delicada y bella, fue una experiencia desconcertante para él, que apenas guardaba lejanos recuerdos de una hermana menor. Sin saber qué hacer con ella, fue a depositarla entre los curiosos que se agolpaban en la plazoleta mientras le susurraba:

—No fue nada, bonita, ya estás a salvo.

—¡Margarita!

Y entonces reconoció los mismos ojos, pero grandes y hermosos, en una mujer joven. Un mechón de pelo castaño se le escapaba de la toca y su boca entreabierta, con expresión de alivio, mostraba unos dientes blancos y labios genero­sos. Corría hacia ellos con los brazos extendidos y él se quedó inmóvil. Era mucho más bella que cualquiera de las imágenes de la Virgen a las que había rezado. Sintió un impacto en su pecho, como si le hubiera golpeado una lanza. Su corazón latía más alocado que tras largas carreras cargando su pesada armadura o después de mantener un arduo entrechocar de espada en sus ejercicios. La joven vestía una gonela que la cubría hasta los pies, pero mostraba los antebrazos desnudos y su escote se abría ligeramente dejando ver un misterioso hueco entre los pechos. Y al correr, estos se movían de una forma que él jamás hubiera imaginado ni en el más pecaminoso de los pensamientos con los que, con demasiada frecuencia, le agredía el diablo.

—¡Gracias, señor! —le dijo la joven sonriéndole—. ¡Que Dios os bendiga!

Artal, con una extraña lentitud, le entregó a la niña. Mientras, las miradas de ambos se enredaban con una fuerza que él no podía vencer.

—¡Que su nombre sea siempre bendito! —repuso sin pensar.

—¡Artal! —le gritó perentorio su tío.

Vio que la tropa le esperaba y montó de inmediato. No debía hacerlo, pero cuando reanudó la marcha la miró de nuevo. Ella le sonreía. Y si le pareció bella con el semblante angustiado, viéndola feliz lo estaba mucho más.

El pensamiento impuro. Aquel era su pecado. Mucho mayor, incluso, que la soberbia y la rebeldía que le recriminaban sus hermanos y de las que él mismo se acusaba. Si antes el diablo le acuciaba constantemente con el deseo del cuerpo y este tenía múltiples formas e imágenes ambiguas, ahora se había concretado, contundente. En unos ojos, en una sonrisa de labios carnosos, en un cuerpo. En una mujer.

Después de aquel encuentro no podía evitar buscarla con la mirada cuando cruzaban la ciudad. Y la veía con frecuencia, a veces con la niña, otras sola. Ella le sonreía. Debía de conocer las horas en que la «milicia de Cristo» salía y se quedaba a esperarlo. Y él, aun queriendo evitarlo, notaba que correspondía a su sonrisa.

Ese era su mayor pecado. Y cuando se lo confesaba al sacerdote, este le imponía penitencias de ayuno y azotes. Pero los malos pensamientos volvían.

—¡Con tanto azote y tanto ayuno terminarás cayéndote del caballo! —le advertía Ramón de Vilalba, su tío.

—El cura dice que cuando pienso en una mujer, falto a la pureza de la Virgen.

—Por el amor de Dios, ¡tienes dieciséis años!

Ramón de Vilalba pensaba que su sobrino había escuchado demasiados sermones y que tanta doctrina le tenía sorbido el seso.

—Hay una fiera en tu interior, y aunque se apacigüe con la edad, seguirá siempre ahí —prosiguió—. ¿Tú crees que cuando un caballo ansía a una yegua comete pecado?

—Ellos son animales. Y vos sonáis a hereje.

Fray Ramón tuvo que contener una sonrisa.

—Por la obediencia que me debes, no te vas a azotar ni ayunarás más. Yo hablaré con el cura.

La nueva penitencia, además de las oraciones, consistió en llevar puesto el yelmo cuando cruzaban la ciudad. Le cubría toda la cara, salvo las ranuras para los ojos y unos agujeros para respirar y hablar. Él era el único de la tropa que la llevaba y se sentía ridículo. Pero su tío se equivocaba creyendo que ella no iba a reconocerle. Adivinando lo que ocurría, consciente del poder que ejercía sobre él, la joven le miraba ahora con una sonrisa más amplia, divertida e insinuante.

Artal ya tenía listos los caballos para ir al encuentro con la muerte junto a sus hermanos. Había recibido la absolución la noche anterior y trataba de no pensar en la mujer. Y eso le hacía pensar aún más en ella. Aunque ya no temía por su alma; cuando muriera en defensa de la cristiandad le serían perdonados todos los pecados gracias a su martirio.

Una vez formada la tropa en el patio de la fortaleza, a la luz de las teas, Guillaume de Beaujeu elevó el gonfalón, la enseña blanca y negra con la cruz patada de color rojo en el centro, y clamó el lema del Temple:

—¡No por nosotros, Señor! ¡No por nosotros, sino por la gloria de tu nombre!

Los muros del castillo retumbaron con el mismo grito repetido al unísono por tres mil gargantas.

—¡Dios lo quiere! —clamó de nuevo.

Y otra vez el ejército le hizo eco de forma atronadora.

Después, el gran maestre entregó el estandarte al mariscal y puso su caballo al trote tras un par de sargentos que salían ya por el portón para iluminar con antorchas las oscuras calles. Le seguían Artal, los dos caballeros que siempre secundaban al gran maestre en combate y sus escuderos; uno de ellos era Andrew, el mejor amigo de Artal. Detrás marchaban trescientos caballeros y otros tantos escuderos y sargentos. Luego venía el turcopole, jefe de los mercenarios locales, al frente de los arqueros montados y jinetes de la caballería ligera. Y, por último, dos mil cuatrocientos lanceros, arqueros y ballesteros que iban a paso ligero.

De camino a la muralla norte solo se oían los cascos de los caballos, el batir de los tambores enemigos acercándose y las ventanas abriéndose para observar a la tropa. Hombres, mujeres y niños los contemplaban desde la falsa seguridad de sus hogares, en silencio, esperanzados.

A pesar de que miles de personas, en su mayoría ricos comerciantes y familias acaudaladas, habían huido por mar rumbo a Chipre, la ciudad continuaba abarrotada de civiles. Campesinos que antes vivían en la comarca y se habían refugiado tras las murallas ante el avance de los mamelucos, pequeños comerciantes y artesanos, familias de los soldados y una variedad de gentes que aún confiaban en que San Juan de Acre resistiera el asedio. O que simplemente no podían pagar el pasaje y estaban atrapados en aquella ratonera.

Artal se dijo que debían resistir en las murallas, que su deber era luchar por aquellas almas cristianas, aunque solo fuera en espera de un milagro.

4

La parte vieja de San Juan de Acre se asentaba sobre una península orientada al sur y en su interior albergaba cuatro fortalezas: la del rey y las de las órdenes militares: Temple, Hospital y Teutónica. La ciudad se había extendido hacia el norte y el este, y los nuevos barrios estaban resguardados por dos líneas de poderosas murallas. La exterior contaba con un profundo foso y otro, aún más profundo, separaba ambas murallas.

La milicia del Temple tenía asignada la defensa de la puerta de Maupas y la muralla norte que protegía el barrio de Montmusard. Su posición terminaba donde empezaba la de los hermanos hospitalarios, justo cuando el muro viraba hacia el sur, antes de la puerta de San Antonio. Como la fortaleza del Temple estaba ubicada en el extremo sur de la península, lindando con el mar, la tropa cruzó toda la ciudad a paso ligero para llegar a los lugares de combate asignados.

Tras confiar su caballo y el del gran maestre a los palafreneros, Artal tomó su escudo y su ballesta y, siguiendo al viejo fraile, traspasó la muralla por un portón para cruzar después el foso interior por un puente levadizo y encaramarse a lo alto del muro exterior, donde se apostaron tras las almenas. A su lado se situó Andrew, que al mirar abajo murmuró:

—¡Que el Señor nos asista! Impresiona, ¿verdad?

Frente a sus ojos se extendía un campamento con más de ochenta mil mamelucos procedentes de Siria y Egipto. No se veía su fin. Las tropas cristianas que defendían la ciudad no alcanzaban los dieciséis mil y protegían a unos cuarenta mil civiles.

Las luces de los fuegos cubrían la campiña hasta el horizonte, donde una línea rojiza anunciaba el amanecer. Los mamelucos se aprestaban para el combate y hormigueaban alrededor de las tiendas portando antorchas. El batir de los timbales había ganado en intensidad y zumbaba como una amenazante colmena enloquecida. A ese estruendo se unía el de los resortes de las balistas y las catapultas lanzando grandes rocas, y el de su posterior impacto contra muros y techumbres de la ciudad. Los sarracenos poseían decenas de esos artilugios, muchos más que los cristianos. Aquellas máquinas arrojaban también vasijas de barro llenas de fuego griego que se estampaban contra paredes y tejados, quemándolo todo. El agua era incapaz de sofocar aquel fuego. De las murallas y las casas cercanas se alzaban columnas de humo y las llamas iluminaban la noche. Olía a madera quemada y a brea.

Frente al lienzo norte habían situado una máquina de asedio gigante, de tipo mandrón o balista, a la que llamaban «La Furiosa», y lanzaba rocas de hasta trescientos kilos. Su impacto demolía aquello que alcanzaba y hacía temblar la ciudad.

—Impresiona —admitió Artal.

«La Furiosa» le trajo al chico recuerdos terribles. Al inicio del cerco de San Juan de Acre, mientras las tropas enemigas iban llegando de distintos lugares del Imperio mameluco, la ciudad no cerró sus puertas y los choques de caballería de ambos bandos eran frecuentes. Los cristianos trataban de impedir que los musulmanes asentaran su campamento y construyeran empalizadas y catapultas. Fue en uno de esos choques en los que Artal recibió su bautismo de hierro, como escudero de su tío, Ramón de Vilalba, que lo había acogido bajo su protección al quedar huérfano de padre. Cuando los sarracenos se multiplicaron, se vieron obligados a replegarse y a confiar en las murallas y en el mar, que por fortuna aún controlaban. Pero la construcción de aquellas balistas gigantes —«La Furiosa» frente a los templarios, «La Gloriosa» frente a los hospitalarios y «La Victoriosa» frente a la sección protegida por los pisanos— preocupaba sobremanera a los defensores. El bombardeo, con grandes rocas y fuego griego, empezó el 11 de abril, algo más de un mes antes. Dos días después, los sitiados lanzaron un ataque desde el mar para destruir a «La Furiosa» con catapultas instaladas en buques y desembarcó un destacamento de ballesteros. Los sarracenos no podían reorientar hacia el mar sus pesadas máquinas, pero una fuerte tormenta dispersó las naves.

El 15 de abril, el gran maestre llamó a capítulo al mariscal y a los monjes de mayor estatus. Entre ellos se encontraba Ramón de Vilalba, que tenía el honor de acompañarle siempre en combate.

—No podemos permitir que «La Furiosa» siga causando estragos —dijo—. Aprovechemos que la luna está en cuarto creciente y sorprendámosles esta noche.

El consejo aprobó la propuesta y decidieron mantener la incursión en secreto hasta el momento de partir. Temían que algún espía, camuflado entre sus fuerzas mercenarias, alertara al enemigo lanzando una flecha con un mensaje.

—Prepárate, esta será la primera acción de combate real en la que participes —le advirtió fray Ramón a su sobrino.

—Ya estuve en las escaramuzas contra los mamelucos cuando llegaron —objetó Artal.

—No tiene nada que ver —repuso el fraile—. Aquello fueron simples tanteos. Esta noche morirá mucha gente. Tendremos que sorprender al enemigo, cruzar sus líneas casi a oscuras, llegar hasta «La Furiosa» y quemarla con fuego griego.

Artal le escuchaba atento. Desde que su tío lo tomó a su cargo, cuando tenía ocho años, le había enseñado a luchar con espada, lanza, daga y maza. También lo instruyó en el uso de la ballesta, el manejo del caballo de combate y en estrategia de guerra. La oración y el adiestramiento eran las únicas actividades permitidas por la Regla del Temple. Los juegos, incluido el ajedrez, estaban prohibidos; también la música, y de la litúrgica solo permitían los salmos cantados. Las únicas lecturas aceptadas eran las religiosas. No obstante, en privado, su tío se saltaba muchos de esos preceptos.

Artal llevaba ocho años preparándose para lo que estaba a punto de ocurrir aquella noche. Que su tío le hubiera permitido acompañarle era prueba de que, a pesar de su juventud, le consideraba con la fuerza y la habilidad de un caballero experto. Lleno de orgullo y responsabilidad, Artal preparó con todo cuidado las armas, su caballo y el de su tío.

Después de la cena y del rezo de completas, caballeros y escuderos estaban obligados a revisar las armas y las monturas. Un templario en Tierra Santa debía estar siempre listo para el combate.

Fue entonces cuando el gran maestre anunció la incursión, el mariscal designó a los participantes y explicó la estrategia. Un grupo captaría la atención atacando e incendiando el campamento, mientras que otro penetraría hasta «La Furiosa» y le prendería fuego. Para prevenir ataques de ese tipo, el campamento, estaba plagado de fosos y empalizadas que por la noche se convertían en trampas mortales. Aunque peor eran las cuerdas que sujetaban las tiendas y que se cruzaban en una peligrosa maraña.

En unos instantes, todos estuvieron armados y montados, cruzaron la ciudad y salieron por la puerta de Maupas. Al trote, bajo la luz de la luna menguante, con las patas de los caballos envueltas en trapos para que sus pisadas fueran silenciosas, se lanzaron en pos del campamento enemigo.

Primero tuvieron que sortear las grandes barricadas y las pantallas de mimbre que los sarracenos movían cada noche para acercarlas más a los muros de la ciudad. El mimbre estaba trenzado de tal forma, y era tan flexible y resistente, que las piedras lanzadas por las balistas cristianas rebotaban en él.

El gran maestre comandaba la carga y lograron sorprender a los mamelucos. Al poco, muchas tiendas ya estaban ardiendo y las cornetas sarracenas daban la alarma. La batalla se generalizó en una orgía de sangre que duró horas y murieron centenares de musulmanes. Y también cristianos. Cabalgar y combatir en aquel laberinto de fosos y empalizadas, rodeados de un hormiguero de enemigos, a la luz de la luna y de incendios que proyectaban destellos y sombras, requería de una habilidad extraordinaria. Y también de suerte. Los caballeros eran abatidos uno tras otro. Uno tuvo la desgracia de caer en un profundo y maloliente foso. Eran las letrinas. Trató sin fortuna de trepar por los bordes. Y allí, en aquel miserable lugar, ahogándose entre excrementos, lo remataron los arqueros musulmanes. El griterío era enorme y Artal olía el humo, la sangre y el miedo.

El gran maestre, junto a Ramón de Vilalba y sus escuderos, encabezaba el grupo que despejaba el camino a los portadores del fuego griego. Y pronto la dificultad de alcanzar «La Furiosa» resultó evidente. La protegían con fosos y empalizadas tras las que se resguardaban multitud de arqueros y piqueteros.

De repente Artal oyó gritar a su tío:

—¡Cuidado! ¡Las cuerdas de las tiendas!

Al mismo tiempo, hizo chocar su montura contra el caballo de Artal, que salió despedido hacia un lado, librándose del peligro. Pero fueron las patas del suyo las que se enredaron con las cuerdas, cayendo el animal y aplastando al caballero. El muchacho comprendió, angustiado, que su tío acababa de entregar su vida para salvarlo a él.

—¡Tío! —aulló.

El fraile logró liberarse del caballo y se incorporó de inmediato, espada en mano y protegido con su escudo. Los sarracenos le rodearon al instante. Artal fue hacia él, vigilando para no caer también, y arremetió contra los mamelucos. Salían a decenas de todas partes, pero iban a pie. Notó varias flechas clavadas en su escudo. Desde lo alto de Sirio, consiguió tumbar a algunos a fuerza de espadazos, evitando sus lanzas. Otros caballeros acudieron en su ayuda. Artal sintió un gran alivio. ¡Tenía que salvarle!

—¡La balista! —gritó el gran maestre—. ¡Ese es el objetivo! ¡Hay que quemar «La Furiosa»! ¡Seguidme!

Artal vio que la enseña blanca y negra del Temple se alejaba. Había que ir tras ella y los caballeros obedecieron. Fray Ramón, que aún luchaba feroz a pesar del par de flechas que atravesaban su cota de malla, fue abandonado a su suerte. A sus pies tenía los cuerpos de sus enemigos caídos.

—¡Tío! —clamó Artal—. ¡No te dejaré!

Ignorando las órdenes, continuó golpeando a los que le rodeaban.

Entonces vio a un musulmán enorme que salía de la oscuridad y hería a fray Ramón de un hachazo en la espalda. El fraile cayó de rodillas, tratando de aguantar, pero otro le hundió una lanza en el pecho.

—¡Sígueme! —El gran maestre había vuelto en su busca—. ¡Ya nada puedes hacer por él!

Las lágrimas le nublaban los ojos cuando los sarracenos remataron al caído a lanzazos. Artal sintió una pena y un desamparo terribles. Aquel hombre había sido más que un padre para él. Fue el único que le dio consuelo y cariño en los últimos ocho años en los que, siendo un niño, había sufrido la dura disciplina del Temple.

5

La partida no logró superar las defensas que rodeaban a «La Furiosa». Tuvo que lanzar el fuego griego a distancia con grandes hondas, por lo que muchos de los proyectiles cayeron al suelo, donde se consumían, y cuando alguno alcan­zaba la maldita máquina, los sarracenos corrían a apagarlo. Habían perdido lo único que tenían a su favor, el factor sorpresa, y el campamento enemigo se había convertido en una trampa mortal. El gran maestre ordenó la retirada.

Con la caballería sarracena persiguiéndole, Artal espoleó a Sirio hacia la ciudad. Tan pronto cruzó la puerta, desmontó del caballo, se quitó el pesado yelmo y se sentó en el suelo. Con los codos en las rodillas y el rostro oculto entre las manos, estalló en un llanto desconsolado. La muerte de su tío le producía una zozobra indescriptible. Se sentía solo, desamparado, derrotado.

Y en aquel trance lo encontró fray Guillaume cuando hacía recuento de los suyos después del combate. Al no reconocerle en la penumbra, le golpeó ligeramente con la punta del pie y le pidió que se descubriera. Artal lo hizo, le miró un instante y se tapó de nuevo la cara para ahogar, sin éxito, un gran sollozo.

—Ramón de Vilalba —murmuró el fraile.

Artal no podía hablar y negó con la cabeza.

Lo agarró de una mano y tiró de él para obligarle a levantarse. Después lo abrazó con fuerza.

—No sufras por él. Está ya en el cielo, a la derecha de Dios Padre, junto a los benditos mártires de la fe —le dijo.

Sin embargo, un nuevo horror le esperaba a la mañana siguiente. Desde lo alto del muro norte, Artal presenció, junto a su amigo Andrew, el macabro desfile. Los sarracenos, en procesión, al ritmo de chirimías y tambores, mostraban los trofeos de la noche anterior. Los caballos capturados cargaban las armas de los caídos, y los mamelucos paseaban las cabezas de los frailes clavadas en los extremos de unas picas. Artal reconoció de inmediato la de su tío. Tenía los ojos abiertos y parecía mirarle. En un arrebato de rabia, tomó una ballesta y disparó contra el que la alzaba, a sabiendas de que se encontraba fuera de tiro. Se mordió los labios para contener el llanto frente a su amigo, pero no lo consiguió. Ni en la más horrible de sus pesadillas pudo imaginar aquello.

Los templarios mostraron desde las almenas los escudos y las armas que habían requisado a los mamelucos. No era más que un triste consuelo. La procesión continuó paralela a las murallas, pasando frente a los hospitalarios, los teutónicos y las tropas del rey de Chipre, camino de la lujosa tienda del sultán, que se hallaba en una colina. Después recorrieron el resto de las murallas, las defendidas por pisanos, genoveses, venecianos y las milicias de la ciudad, hasta el mar del lado este, desde donde regresaron con la misma parsimonia ceremoniosa.

Las balistas sarracenas no habían cesado de arrojar piedras y fuego, pero cuando el desfile llegó a la zona defendida por los templarios, añadieron otros proyectiles: las ca­bezas de los frailes que habían paseado en las puntas de las picas. Algunas se perdieron en los tejados, pero se pudo recuperar la mayoría. La de Ramón de Vilalba, con el cráneo y la faz destrozados por el impacto, mostraba aún sus verdes ojos abiertos.

Uno de los capellanes ofició la misa de difuntos en la iglesia de la fortaleza. Las cabezas habían sido lavadas con agua bendita y tenían los ojos cerrados. Estaban sobre el altar. El cura encomendó sus almas a san Juan Bautista y a san Jorge, patrones de los templarios y de los mártires decapitados por su fe. Porque aquel era el destino de los frailes que caían en manos sarracenas, ya que el Temple nunca pagaba rescate por ellos.

Todos asistieron, de rodillas y serenos, con sus hábitos grises. Los caballeros lucían capa blanca, y los sargentos y escuderos, negra. Artal, para su vergüenza, no podía contener el llanto y a veces rompía con sus sollozos el apagado murmullo de los rezos.

Antes de salir se fue al altar para, entre lágrimas, besar la cabeza de su tío; era su despedida definitiva. Andrew se acercó a él, le sujetó por los hombros, le besó en las mejillas y le abrazó. Los demás le imitaron y Artal sintió consuelo. El último fue el gran maestre.

—No te quedas solo —le dijo—. Le prometí a tu tío que si él faltaba, yo me haría cargo de ti. Mi escudero también ha muerto en la incursión. A partir de ahora ocuparás su lugar. Yo seré tu padre; tú serás mi hijo, y los frailes, como siempre, tus hermanos.

El sonido vibrante del resorte de «La Furiosa» le obligó a regresar al presente. Una roca gigantesca volaba hacia ellos e instintivamente Artal y Andrew agacharon la cabeza. Impactó con gran estruendo varios metros más allá, haciendo volar las almenas de la muralla y a varios defensores. Gran parte del muro se hundió. Amanecía y la lluvia de fuego y piedras era más intensa que nunca. Los tambores tronaban con rabia.

—El asalto está a punto de comenzar —murmuró Andrew.

6

Al rato, Artal y Andrew advirtieron que los proyectiles de las catapultas ya no iban contra ellos. Volaban por encima de sus cabezas, sorteando la muralla exterior para sobrevolar el foso intermedio e impactar en el muro interior.

—Ahora es cuando empieza todo —dijo Artal.

De pronto, de los parapetos de mimbre surgieron miles de sarracenos que se cubrían con unos escudos gigantes. Los dos escuderos les disparaban con sus ballestas. Lograron avanzar y se detuvieron justo antes del foso, a una distancia a la que una piedra arrojada desde la muralla no podía alcanzarlos. Después, cientos de soldados armados con unas hondas de largos mangos salieron corriendo de las barricadas para situarse detrás de los escudos de sus compañeros. Y empezaron a lanzar recipientes con combustible en llamas que llegaban sin dificultad a las almenas, llenándolo todo de fuego y de una densa humareda. Aun a riesgo de que los abrasaran y sin apenas ver al enemigo, Artal y Andrew siguieron disparando. Entonces miles de arqueros abandonaron los parapetos, lanzando nubes de flechas que caían sobre los defensores. Disparaban varias en menos de un minuto. Artal se cubría con el escudo cuando oyó un golpe, la rotura de una cerámica y un grito. Y al mirar vio horrorizado que el fuego se extendía por todo el cuerpo de Andrew. Le habían dado de lleno. Buscó a su alrededor algo para ayudar a su amigo y no encontró otra cosa que su propio escudo y su mano derecha. El líquido había penetrado en el yelmo del infeliz y las llamas salían por los orificios de ojos y boca. Su sobreveste también ardía. El muchacho soltó un grito ronco espeluznante. Era una antorcha. Se abrasaba. Nada podía apagar aquel fuego.

Con el corazón encogido, Artal lo contemplaba impotente. Y, a pesar de saber que era inútil, trató de ahogar el fuego, pero solo logró que su escudo también prendiera y que su mano derecha se convirtiera en una tea en llamas. Se quemaba. La envolvió con su sobreveste y como por fortuna no había recibido el impacto directo, al poco pudo apagarla. La malla de hierro y el guante de lana le habían protegido. De repente notó que le empujaban.

—¡Déjalo! —Era el gran maestre—. Ya nada puedes hacer por él. Reza y lucha.

Andrew estaba encogido en el suelo. Ni se quejaba, ni se movía. Sus restos continuaban ardiendo. Artal notó que las lágrimas le empañaban la vista mientras trataba de disparar su ballesta. Rezaba.

Los sarracenos habían matado o alejado a los defensores de las almenas y ahora, como si de una invasión de miles de hormigas se tratara, rellenaban el primer foso con materiales de todo tipo. Después apoyarían las escaleras. En algunas zonas les sería fácil penetrar porque el muro estaba derruido. Los templarios, ahora tras las ruinas, a duras penas podrían contener la primera oleada. Luchaban desesperadamente, espada en mano, pero pronto tendrían que retirarse a la segunda muralla.

Un par de días antes, la torre del Rey, uno de los bastiones clave de la muralla exterior, situada en el extremo este, frente a la torre Maldita, se derrumbó a causa de las minas que los sarracenos cavaron bajo los muros y por los impactos de las rocas que lanzaban las balistas. Sus ruinas fueron tomadas el día anterior en una lucha feroz, y ahora los mamelucos tenían acceso a la muralla interna de la ciudad con solo cruzar el foso. Se construyeron muros a modo de cortafuegos entre ambas murallas, pero era una solución muy precaria y el lugar estaba muy alejado de donde combatían los templarios.

Aquella era la zona defendida por las tropas del rey de Chipre, que además ostentaba el título de rey de Jerusalén. Su autoridad sobre Acre era reconocida por las órdenes militares. Llegó quince días antes con cien caballeros y dos mil infantes para reforzar la defensa. Artal, en calidad de es­cudero, había acompañado al gran maestre a los consejos donde se reunían los líderes militares. No tuvo acceso a las deliberaciones, pero logró ver al rey. No le creía el hombre adecuado para aquella empresa.

Artal se preguntaba cuánto podrían aguantar el rey y su gente, mucho menos disciplinada y preparada que los frailes. Pronto comprobó que fray Guillaume compartía su inquietud.

—¡A los caballos! —ordenó a un grupo de frailes escogidos en cuanto un angustiado mensajero le dio la noticia—. ¡Los sarracenos entran por la torre Maldita!

Cruzaron el foso que separaba las murallas por el puente levadizo, y tras la segunda estaban los palafreneros con los caballos. Galoparon por las calles desiertas del barrio de Montmusard, rebasaron la puerta de San Antonio y en unos instantes llegaron a la zona donde ya se luchaba en las calles. Los caballeros hospitalarios se habían anticipado y ya estaban allí, junto a algunos soldados del rey, peleando contra un grupo de mamelucos.

—¡El mayor contingente enemigo se dirige a la zona pisana, van a abrir la puerta de San Nicolás! —advirtió a gritos el gran maestre hospitalario.

Fray Guillaume no se detuvo y continuó con la tropa del Temple hacia la puerta que defendían los pisanos. Al otro lado se encontraban las fuerzas de élite del visir, si los sarracenos lograban abrirla, la caballería musulmana entraría arrasando.

La lucha se fue extendiendo por las calles, pero los mamelucos iban a pie y solo derribaron a un puñado de caballeros antes de que estos los aniquilaran.

—¡Regresemos a la torre Maldita! —ordenó el gran maestre cuando terminaron.

Cabalgaron en sentido contrario, acabando con los enemigos dispersos que encontraban a su paso. Cuando llegaron, los hospitalarios, junto con algunos teutónicos, habían logrado contener el asalto y combatían a los invasores en las ruinas de la muralla interior. Los templarios descabalgaron y se unieron a sus hermanos de fe.

—¡El rey de Jerusalén ha huido! —oyó Artal que un hospitalario le susurraba a un templario—. ¡Estamos solos!

La rutina del asalto se repetía. Desde los grandes parapetos, una lluvia de fuego seguida de otra de flechas caía sobre ellos. Los defensores trataban de protegerse como mejor podían. Mientras, los sarracenos colocaban las es­caleras para trepar a la segunda muralla. Se lanzaban al ataque aullando como posesos, con una determinación suicida. Al igual que los frailes, ellos también morían por su fe y alcanzaban de inmediato el Paraíso. A Artal no le daba tiempo a usar su ballesta entre asalto y asalto. Golpeaba con su espada, tajaba, se cubría con el escudo y volvía a golpear y a tajar. Las manos le dolían de la fuerza con que sujetaba sus armas y los brazos le pesaban del cansancio. Se resentía de un par de golpes recibidos en el casco y de la herida en el hombro causada por una saeta que había roto su cota de malla. Había sangre por todas partes, y los cuerpos de unos y otros se amontonaban formando un nuevo muro. El humo cegaba, atufaba a madera y a carne quemada, y los gritos y los rezos se escuchaban en múltiples idiomas. Pero los frailes no dieron un solo paso atrás. Artal, al igual que ellos, sabía que era imposible contener al enemigo y se aferraba a que su deber era morir por Cristo, del mismo modo que habían muerto su tío, su amigo Andrew y decenas de hermanos.

Después de otro asalto frustrado, los mamelucos lanzaron una nueva lluvia de flechas. Fue entonces cuando un sonido metálico hizo que Artal girara la cabeza. Una espada acababa de caer y vibraba sobre el empedrado. El joven reconoció de inmediato a Guillaume de Beaujeu. Encorvado, le daba la espalda al enemigo. No se lo podía creer. El gran maestre abandonaba el combate y se dirigía vacilante hacia el interior de la ciudad.

—¿Adónde vais, señor? —inquirió sorprendido uno de los caballeros del Hospital.

Fray Guillaume se giró. Había tratado de pasar desapercibido para no mermar la moral de los suyos, pero su mano, debilitada, le traicionó al soltar la espada.

—No huyo, sino que muero —repuso después de una pausa—. Esta es la flecha.

Levantó el brazo mostrando la vara de una saeta clavada bajo su axila izquierda. La sangre brotaba de la herida, empapaba su cota de malla y goteaba en el suelo. En ese instante, el gran maestre templario tosió sangre.

Artal sintió el mismo desgarro, el mismo dolor que cuando mataron a su tío. Todos aquellos a quienes él quería, uno tras otro, estaban muriendo. Pronto le llegaría su turno.

7

Los tambores y las chirimías seguían sonando y un griterío anunció el siguiente ataque. Los mamelucos corrían hacia ellos. Pero Artal enfundó la espada, se pasó el brazo izquierdo del gran maestre por encima de su hombro y le protegió la espalda con su escudo de otra lluvia de flechas. Con la ayuda del hospitalario, se internaron en la ciudad por un portón.

En el palacio de la princesa María de Antioquía se había instalado un precario hospital. Los ayes y el olor a sangre los recibieron al entrar. Al médico le bastó una simple mirada para dar su diagnóstico.

—No vamos a extraer la flecha —dijo.

Fray Guillaume asintió con la cabeza y pidió que le tumbaran en un camastro. Todos los jergones estaban ocupados; en uno de ellos vieron un cadáver y lo retiraron para que lo ocupara el gran maestre. Del exterior llegaba el griterío del combate y el hospitalario, después de besarle la mano, salió corriendo para reemprender la lucha.

Los sentimientos de Artal hacia el moribundo eran intensos. Deseaba acompañarle en sus últimos instantes, pero su deber era estar en el muro, luchando junto a sus hermanos. Las lágrimas acudieron a sus ojos cuando le besó la mano, presuroso, para despedirse. Pero fray Guillaume le agarró reteniéndole.

—¡Quédate un momento! —le dijo—. He de hablarte. No quiero comparecer ante el Señor con esta pena.

—¡Os buscaré un confesor!

—No necesito confesarme. Solo tengo un asunto pendiente en esta vida y es contigo.

—¿Conmigo, padre? —inquirió Artal, sorprendido.

—Sí, contigo. —Fray Guillaume le apretó la mano. En su rostro apareció una mueca de dolor y aguardó unos instantes antes de hablar—: Hace un mes que tu tío murió y te tomé como escudero. Fray Ramón era un gran amigo y me pidió que cuidara de ti.

Artal, arrodillado junto al jergón, sostenía la mano del gran maestre entre las suyas.

—Quiero que vayas a la fortaleza, recojas el salvoconducto que te mostré y partas de inmediato a Chipre. —Otro gesto de dolor lo interrumpió, pero añadió un momento después—: Esta vez sin excusas. Me debes obediencia.

—Siento que mi deber es luchar, padre.

—No tengo tiempo para discutir con un insensato. —Tosió escupiendo sangre—. Hay algo más.

—¿Qué es, padre?

—Una carta de tu madre pidiendo ayuda. Dice estar en peligro.

—¿De mi madre? —inquirió sobresaltado—. ¿De ella? No sabe leer ni escribir. Sus noticias nos llegan siempre a través del comendador de Ascó.

Su única familia en los últimos años habían sido su tío y los hermanos del Temple. Así lo quería la Orden. La Regla restringía la comunicación con los parientes, el propósito era aislar a su gente para mantenerla pura. Fuera de los muros del convento se encontraba el pecado, la tentación, la duda. Solo los frailes de confianza, obligados por sus responsabilidades, podían relacionarse con el mundo exterior.

Con frecuencia su tío le informaba de que había recibido noticias de su madre. Decía que en Vilalba estaban bien, que le quería mucho y le suplicaba que se cuidara. Y nada más. Todo era leído y censurado previamente, en especial las palabras de amor, aunque fuera filial. Lo mismo ocurría con lo que él respondía. Las cartas físicas no llegaban, solo el comentario del censor. Su madre también le enviaba ropa de abrigo que ella misma tejía, pero tampoco las recibía. Aquellas prendas que confeccionaba con tanto cariño se consideraban privilegios inaceptables, y se repartían entre los frailes que las necesitaran o se las daban a los pobres. Un templario no tenía pertenencias, y él, que era un acogido, tampoco.

Tenía dulces recuerdos de su madre, pero muy lejanos. En cualquier caso, que enviara una carta pidiendo ayuda le resultó extraño. De correr peligro, la encomienda templaria de Ascó, ubicada en su imponente castillo, debía auxiliarla. La Orden tenía señoría sobre Vilalba, y según la ley feudal, el señor debía amparar al vasallo. Por eso la noticia le causó una especial angustia. ¿Es que el Temple no protegía a su madre?

—La carta está junto al salvoconducto, cógela y regresa a tu tierra —prosiguió el moribundo.

—¿Y por qué no me la dio mi tío, gran maestre? ¿Por qué no se me dijo?

—Debatimos sobre ello. —Se detuvo y volvió a toser sangre—. Fray Ramón encontraba esa carta extraña, dudaba que fuera auténtica y murió antes de tomar una decisión. Temía que fuera un señuelo para que volvieras a tu tierra, donde te esperan para matarte. —Su voz, que acostumbraba a imponerse sobre el fragor de las batallas, ahora era tan débil que Artal tuvo que hacer un esfuerzo para oírle—. Pero yo no puedo rendir cuentas ante el Señor dejando que esa carta, la angustia de tu madre y tu propia vida pesen sobre mi conciencia. ¡Obedece mis órdenes!

—¿Quién quiere matarme? —inquirió—. ¿Por qué?

—No lo sé, tu tío nunca lo dijo —murmuró—. Pero por eso te trajo aquí, para que vivieras, no para que murieras. ¡Ve con mucho cuidado!

Fray Guillaume cerró los ojos. El dolor de la herida era insoportable y sentía que se le iba la vida con cada respiración.

—Bendecidme, padre —susurró el chico—. Quedad tranquilo, os obedeceré.

Guillaume de Beaujeu abrió los ojos y levantó su mano. Artal empezó a santiguarse, pero antes de que pudiera terminar, la mano del fraile se desplomó. Tenía la mirada perdida. Artal le cerró los ojos y le besó la mano.

Salió del palacio a todo correr en busca de su caballo Sirio. Apenas le quedaban lágrimas, solo una pena y un desamparo profundos. Estaba solo. Completamente solo en aquella ciudad condenada. Pero aún tenía a su madre. Y a sus hermanos. Muy lejos, en el otro extremo del Mediterráneo. Y ella se encontraba en peligro. Suponiendo que aquella extraña carta fuese suya y no una trampa, claro. Las dudas lo abrumaban. Aunque estaba decidido a resolverlas. ¡Regresaría como fuera!

8

—Nos vamos —le dijo entre llantos Aleja, su vecina y mejor amiga, dándole un fuerte abrazo.

—¿Adónde? —inquirió Beatriz, alarmada.

—A Chipre —sollozó.

—Pero ¿y la ciudad?

—La ciudad está perdida. Creíamos que resistiría, pero nos engañaron. El rey está embarcando y nos lleva con él.

—¿Y nosotras? —dijo Beatriz cogiendo en brazos a su hija.

—No lo sé. Me tengo que ir —repuso Aleja, angustiada—. Gilles está recogiendo todo lo que podemos llevarnos y me matará si se entera de que te lo he dicho. Lo siento. Lo siento mucho. ¡Que Dios os ampare!

Aleja salió corriendo y Beatriz la siguió con la niña. En la calle se encontró con el esposo, el que fue amigo de su marido, cargando un par de bultos en su caballo y a sus dos hijos.

—¡No me dejéis, Gilles! —le suplicó.

El hombre, un duro mercenario franco, la miró serio y apretó las mandíbulas.

—¡Vamos! —le dijo a su mujer.

—¡Por favor, Gilles! —insistió Beatriz.

Él la apartó de un empujón.

—No puedes venir con nosotros —le contestó—. El rey necesita a sus soldados para defender Chipre y no hay sitio para todos. Solo pueden embarcar las familias de los oficiales. Las viudas os quedáis, con vuestros maridos —susurró siniestro.

—¡Por el amor de Dios, Gilles! —suplicó Beatriz.

—¡Aparta! ¡Nos haces perder tiempo y nos dejarán aquí!

El mercenario, que venía de luchar en las murallas, iba armado. Tiró del caballo y empezó a andar presuroso.

—¡Por favor, Gilles, intentémoslo! —le suplicó su esposa sujetándole del brazo para detenerle.

Él le cruzó la cara con una sonora bofetada. Los niños empezaron a llorar.

—¡Son órdenes! —Y tiró del caballo al tiempo que empujaba a Aleja—. ¡Maldita seas, mujer! ¿Es que no entiendes lo que son las órdenes?

—No me puedes dejar aquí. ¡Eras su mejor amigo! —le reprochó Beatriz corriendo a su lado—. ¿Por qué nos abandona el rey? ¡Mi marido murió por él!

—¡Tu marido murió por dinero! ¡Por la soldada que le pagaban! —le espetó el hombre antes de proseguir—. Y no me hagas perder más tiempo. Recoge lo que tengas y corre con tu hija al puerto, quizá puedas pagar un pasaje.

Su mujer le siguió sollozando.

Beatriz, aterrorizada, regresó a su casa. Sabía lo que debía hacer en aquella situación, lo había repasado con su marido cientos de veces. Pero nunca se imaginó sola, que la abandonaran con su hijita. El pánico le dio alas.

Dejó a la niña, que seguía llorando, en la entrada, atrancó la puerta y buscó una cuchara grande en la cocina. El suelo era de tierra, cavó en un rincón y extrajo un bote de cerámica lleno de monedas, después sacó de un arcón una especie de corsé. Fue llenando de monedas los bolsillos de la prenda, que también tenía una funda donde guardó un cuchillo. A continuación, se subió la gonela y se ciñó la faja con fuerza a la cintura. Su talle era estrecho y su vestido, lo bastante ancho para que no se notara que allí escondía lo que su marido había ganado y robado durante años batallando como mercenario. Sacó del arcón una sábana y puso en ella su gonela de repuesto, un manto, ropa de la niña, dos cucharas y dos escudillas de madera. Cogió también una cruz, un poco mayor que la que colgaba de su cuello, y la guardó en un bolsillo después de besarla.

—¡Dios Nuestro Señor, sálvanos! —suplicó—. ¡Que no me separen de mi hija!

Hizo un hatillo anudando los extremos de la sábana y se sujetó al cuello un gran pañuelo en el que acomodó a la niña para transportarla mejor. Abrió la puerta, cargó con el bulto y, sin cerrarla ni mirar atrás, se lanzó presurosa cuesta abajo hacia el puerto.

Beatriz tenía dieciocho años. La casaron a los catorce, con quince tuvo a su hija y hacía solo un par de días que enviudó. Su marido cayó luchando en la torre del Rey. Cuando lo supo, Beatriz no sintió una gran pena, sino temor por su futuro y el de su hija. Jamás llegó a quererle ni él hizo nada por enamorarla. Ella procedía de un pobre villorrio del centro de Chipre, y un día en que pastoreaba el puñado de cabras de la familia, un tío suyo la violó. Para evitar la vergüenza, su padre la llevó a Famagusta, la capital, y la casó con un rudo mercenario franco a sueldo del rey de Chipre, que compensó a sus padres con un puñado de monedas. Al contrario que a los vecinos de Beatriz, a aquel hombre le traía sin cuidado que ella hubiera perdido la virginidad. Consideraba que, en la guerra, las posesiones y la esposa del vencido eran derecho del vencedor, y se jactaba de las muchas mujeres, tanto moras como cristianas, que había forzado.

El hombre tenía cuarenta años, llevaba veintitrés de mercenario y decidió casarse para celebrar que el rey de Chipre le acababa de nombrar oficial. Dejaría de usar las mujeres de otros, pagando o a la fuerza, y tendría la suya propia.

Para la joven Beatriz, la noche de bodas no fue muy distinta del horrible encuentro con su tío en el monte. El hombre era violento y no le importaba que ella sufriera. Incluso parecía gozar con sus lamentos, como si le recordaran el botín que se cobraba tras sus victorias.

Al mudarse a San Juan de Acre, Beatriz tuvo al menos casa propia y no le faltaba la comida. Su marido la trataba como a una esclava, pero conforme fue haciéndose mujer, su talante mejoró. La miraba complacido y aseguraba haber hecho un buen negocio, que se estaba poniendo muy guapa y que le había salido barata. Le irritaban los lloros de la niña, pero cuando estaba de buenas la observaba sorprendido. La veía como a un animalillo simpático e incomprensible y jugaba con ella.

A su manera, aquel bestia cuidaba de ellas. Y aunque golpeaba a Beatriz con frecuencia, no escatimaba el dinero y le daba libertad para ir al mercado y charlar con las vecinas. También la preparaba por si el destino se torcía.

—Si los sarracenos toman la ciudad, degollarán a los hombres que quedemos —le decía—. Pero a ti, con esa buena pinta, te mantendrán viva. Sedúcelos cuando te violen. Sé complaciente y a lo mejor consigues que no te separen de la niña. No será deshonra para ti. Cuando el vencedor vio-la a una mujer, no la humilla a ella, sino al hombre que no ha sabido defenderla, sea marido, hermano o padre. Los cristianos tienen mucha tontería con eso. Cuando los sarra­cenos tomaron Jerusalén, unas monjas se desfiguraron el rostro con un cuchillo para que no las mancillaran y conservar así su pureza. Y se las cepillaron con más violencia aún, por tontas.

Al imaginar aquello, el muy grosero se reía a grandes carcajadas. Después continuó:

—Os harán esclavas. Pero la esclavitud entre los musulmanes tampoco es deshonrosa como lo es en tierras cristianas. Si le gustas, un mameluco te puede hacer su esposa. Toda la estirpe de los mamelucos procede de esclavos cristianos que los sarracenos adiestraron desde niños para hacerlos soldados. Ganaban su libertad si demostraban su mérito y se convertían. Y algunos llegaron a reyes. Los moros respetan a los esclavos. Sé lista y usa tus encantos para proteger a nuestra hija y progresar.

En todo ello pensaba Beatriz mientras cargaba con la niña y el hatillo camino del puerto. No se quedaría para que la violaran y la esclavizaran. Y nunca correría el riesgo de que la separaran de la pequeña. Su niña era lo único hermoso que le había dado la vida y estaba dispuesta a morir por ella. Solo si caía en manos de los musulmanes, cosa que trataría de evitar por todos los medios, seguiría los consejos de su difunto marido. Tras su muerte, se sen-tía libre por primera vez en su vida. Y a pesar del pánico que la embargaba en aquellos momentos, no iba a renunciar a su libertad.

Al llegar al puerto, una multitud cargada con sus pertenencias, que gritaba, rezaba, suplicaba y se movía como las olas del mar, bloqueaba el acceso a las naves. Beatriz forcejeó, pero no hubo manera de abrirse paso.

—¡Piden veinte florines de oro por pasaje! —exclamó un hombre.

—¡Ladrones hijos de puta! —chilló otro.

—¿Quién tiene ese dinero? —se lamentaba una mujer.

—¿Qué será de nosotros? —lloraba otra.

Beatriz tenía el dinero, aunque no lograba avanzar y tampoco se atrevía a hacerlo público. Aquellas gentes deses­peradas eran capaces de matarla allí mismo para robárselo. Forcejeó de nuevo, sin éxito. En ese momento, un soldado que acababa de llegar, sin pronunciar palabra, empezó a abrirse paso a empujones y puñetazos. La gente rugía y chillaba, pero él se imponía. Beatriz trató de seguirle, y de pronto sintió que un cuchillo le pinchaba la garganta.

—¿Te quieres colar? —le preguntó la mujer que lo empuñaba.

—No —musitó ella.

El soldado se había perdido ya entre la multitud. Entonces escuchó un gran clamor a su espalda. Vio que varios sarracenos llegaban al puerto y acometían a la gente con lanzas y espadas. La muchedumbre enloqueció de pánico. Beatriz echó a correr entre empujones, y abrazó a su hija cuando vio que otros niños caían y eran pisoteados sin piedad. Ella trataba de proteger a Margarita sacando los codos. Todo eran aplastamientos, golpes y empellones. Y a causa de uno de ellos, la pequeña se le escurrió del pañuelo con el que la sujetaba. Beatriz soltó un grito desgarrador que se perdió entre el clamor de la masa. Quiso llegar a ella mientras chillaba su nombre, pero el gentío la arrastraba al tiempo que veía, impotente, cómo la pisaban. La niña lloraba. La multitud, aterrorizada, arrastraba a Beatriz como una ola gigante por más que ella se empeñara en resistir con todas sus fuerzas. Daba traspiés, pero no podía caer al suelo porque eso representaría la muerte. Oyó un grito a su espalda y vio cómo uno de los sarracenos descargaba su espada sobre un hombre que se desplomó ensangrentado. Después el moro golpeó a una mujer que trataba inútilmente de huir empujando a la gente. La infeliz soltó un aullido horrible. Era una pesadilla. De repente Beatriz se encontró casi en el extremo del muelle. Hombres, mujeres y niños caían al mar chillando, lo hacían en racimos, en una escena apocalíptica. Pocos sabían nadar y chapoteaban desesperados antes de ahogarse. Por unos instantes se olvidó de su hija y trató de escapar a empellones. Si ella moría, todo habría terminado para las dos.

9

Artal corría hacia la muralla mientras las campanas de la ciudad se unían, una tras otra, en un lamento agónico. Su sonido encogía el alma, erizaba el vello. Las había oído llamando a misa, a llorar la muerte, a celebrar fiestas, bodas y bautizos. Pero ahora su tañido sonaba a catástrofe, a algo terrible, a un final. Los sarracenos estaban entrando en la ciudad. Se dijo que de nada servía que alertaran a los desdichados cristianos de la tragedia que se avecinaba. Los cuarenta mil civiles encerrados en aquella ratonera llamada San Juan de Acre no tenían adónde ir. Y lo sabían.

Cuando Artal llegó a la zona de la torre Maldita vio que los sarracenos habían penetrado ya y que se luchaba en las calles. En unos instantes superarían a los pocos defensores que intentaban frenarlos, correrían hacia las puertas y las abrirían. Entonces su caballería se lanzaría al interior de la ciudad y todo estaría perdido.

Ya no quería ser mártir. Tenía que recuperar aquella misteriosa carta y viajar a su casa para ayudar a su madre. Debía escapar, sobrevivir. Por ella. Y porque era el último deseo del gran maestre.

El combate no había llegado hasta donde se encontraban los caballos y al ver a su fiel Sirio esperándole, recuperó el ánimo. El animal le miró nervioso. Artal, antes de montar, le acarició y le habló con ternura para tranquilizarlo. Después lo puso al galope hacia la fortaleza del Temple.

De las casas emergían columnas de humo, olía a madera quemada y a la nafta del fuego griego. Pero ya no se escuchaban los impactos de los proyectiles. El bombardeo había cesado. Eso solo podía indicar que los musulmanes estaban accediendo no por uno, sino por varios sitios a la vez. Sus tambores sonaban más cercanos.

Entonces oyó gritos de mujer y vio a un puñado de sarracenos asaltando las casas en busca de botín. A pesar de desearlo, no se detuvo.

Grupos de mujeres, niños y ancianos, que habían conservado la esperanza de que la ciudad resistiera, huían ahora despavoridos cargando con algunas de sus pertenencias. La mayoría iban hacia el puerto con la loca pretensión de subirse a una embarcación.

Artal sintió pena y piedad por aquellos infelices sin futuro. Cuando los cruzados tomaron Jerusalén, pasaron a cuchillo a hombres, mujeres y niños. Y el asedio a San Juan de Acre respondía a la matanza de unos comerciantes musulmanes que tuvo lugar meses antes en la ciudad, tras lo cual las autoridades se negaron a entregar a los culpables a la justicia del califa. Los mamelucos estaban sedientos de sangre.

La puerta de la fortaleza templaria estaba abierta. Allí se refugiaban los combatientes que abandonaban la muralla norte, dispuestos a resistir, y muchos civiles en busca de amparo. A la entrada se encontraba Wolfgang Langer, un viejo caballero ciego que había donado toda su fortuna al Temple a cambio del hábito con la cruz roja patada sobre el corazón y la capa blanca. Quería morir en Tierra Santa como templario y estaba a punto de cumplir su deseo. Era un hombre alto, y sus ojos de mirada perdida, velados por las cataratas, y su abundante barba blanca le conferían un aspecto profético.

—¡Es el fin del mundo! —clamaba mesiánico con los brazos en cruz—. ¡Las torres se derrumban, el fuego lo consume todo y el Anticristo entra en Jerusalén!

Artal tampoco se detuvo. Dejó a Sirio en el patio de la fortaleza, corrió hacia la celda del gran maestre y buscó la carta. Allí estaba. Se la guardó junto con el salvoconducto en el interior de su armadura y salió disparado. No había tiempo que perder.

El caballero ciego seguía en la puerta anunciando a voces la llegada de los jinetes del Apocalipsis, la conquista, la guerra, el hambre y la muerte.

—¡Las hordas del Anticristo arrasarán San Juan de Acre! —aullaba.

Su capa blanca ondeaba al viento. El joven se estremeció. Le aterraba más aquel hombre que los sarracenos.

—Venimos del puerto —le advirtió uno de los que acudía a refugiarse en la fortaleza—. No se puede llegar a las naves. Es el caos.

—¡Asaltan las casas, masacran a la gente! —chilló una mujer aterrada.

Artal comprendió que le sería difícil salir de aquella ciudad condenada.

El barrio pisano era el camino más corto para llegar al puerto, y allí se dirigió. Pero sus callejas eran estrechas y la muchedumbre, presa del pánico, se empujaba gritando. Cargaban con sus enseres e incluso algunos tiraban de cabras y mulas sin apenas poder avanzar. Volvió atrás, no quería quedarse atrapado. Lo mismo ocurría en el barrio veneciano. No había forma de llegar al mar. Entonces fue hacia el interior de la ciudad para intentar llegar a la zona central del puerto, la más ancha y, por lo general, la más despejada.

Por el camino se topaba con gente que corría sin rumbo, algunos perseguidos ya por los sarracenos; otros, sin saber adónde ir, resistían en sus casas lanzando objetos por las ventanas contra los asaltantes, pero estos, sedientos de rapiña y sangre, destrozaban las puertas. Una a una, las campanas dejaban de sonar conforme el enemigo ocupaba las iglesias.

Al llegar al puerto vio que la multitud se agolpaba tratando de llegar a las embarcaciones. Se irguió todo lo que pudo en su caballo. Las naves de Chipre, con el rey y los suyos, habían partido ya. Quedaban pocas. Los tripulantes contenían a la masa, espada en mano, hiriendo a quien fuera preciso. Solo algunos elegidos embarcaban, los que tenían dinero para pagar el pasaje.

Una nave con las enseñas del patriarca de Jerusalén se hacía a la mar en aquel momento. El prelado había prohibido que se usara a los cautivos sarracenos como escudos humanos en las murallas y dejó que multitud de desesperados abordaran su embarcación. Pero su caridad le iba a costar cara. La nave iba sobrecargada y la primera gran ola, justo al salir del puerto, la hizo zozobrar. Se oían gritos de pánico. La mayoría no sabían nadar y nadie iba a rescatarlos. Era un espectáculo terrible, sobrecogedor.

Entonces vio, a cierta distancia, una galera con los gallardetes del Temple. La reconoció de inmediato: El Halcón. Su única esperanza. Debía llegar hasta ella.

En ese instante, un grupo de cinco mamelucos irrumpió en el puerto, a pie, cargando contra la gente. Los acometían con espadas y lanzas, sin importarles edad ni sexo. Y el pánico trajo el caos. A Artal le recordó una imagen que vio de pequeño: un perro se lanzaba al centro de un rebaño y las ovejas se apretujaban a los lados tratando de escapar, angustiadas, dejando un gran hueco en el medio. Solo que ahora eran personas las que aullaban de miedo y dolor. Familias enteras eran arrastradas por la avalancha y pisoteadas mientras que otras caían al mar y se ahogaban. Era una crueldad inútil, sin objeto. Un acto de venganza. Aquellos infelices iban a pagar por los pecados de otros.

Artal no pudo soportarlo. Aún iba armado y a caballo. Se olvidó de embarcar y se lanzó contra ellos, sin ni siquiera protegerse con el yelmo. Se cubrió con el escudo y desenvainó la espada por el camino. Los mamelucos, absortos en su orgía de sangre, no se percataron hasta que lo tuvieron encima. No esperaban resistencia de los infelices que masacraban. Eran soldados de infantería, con casco y una cota de malla simple que les cubría el cuerpo hasta las piernas. Artal golpeó al primero en la zona más vulnerable. El tajo, guiado por una rabia furibunda, a punto estuvo de decapitarlo y el cuerpo se desplomó lanzando chorros de sangre por el cuello. Aquello causó sorpresa y estupor en los restantes. Artal giró su montura y volvió a la carga. Esta vez le esperaban, y dos de ellos, que portaban lanzas, las apoyaron en el suelo para ensartar al caballo aprovechando su propia fuerza. Él hizo un quiebro rápido, evitándolas, y atacó por el flanco asestándole un espadazo entre el hombro y el cuello a otro de los sarracenos. De nada le sirvió cubrirse con el escudo. El golpe, de arriba abajo, llevaba tanta fuerza que lo aplastó igualmente. Artal no se detuvo. Notó el impacto de una de las lanzas en el costado de Sirio y lamentó que su fiel amigo no llevara armadura. Otra lanza le alcanzó a él en la cabeza, rasgándole la piel cerca de la sien tras romper la cofia y la malla de hierro que le protegía. «Tendría que haberme cubierto con el yelmo», pensó. Pero ya era tarde. Golpeó a uno y a otro, pero sintió que Sirio se derrumbaba abatido, doblando las rodillas delanteras.

Su tío le había hecho practicar aquello cien veces. Sacó sus pies de los estribos y, conforme el animal se desplomaba, él se dejó caer en una voltereta hacia delante. La acrobacia funcionó y, aunque el impacto estuvo a punto de aturdirle, pudo darse la vuelta y cargar de nuevo contra los musulmanes. Quedaban dos. El primero, sorprendido por la maniobra, no se cubrió a tiempo y Artal notó la resistencia de su cota de malla conforme su espada la traspasaba. Antes de caerse, intentó sujetarse los intestinos que querían salir por la raja. El otro se alejó corriendo.

Solo entonces el joven volvió a ser consciente de su situación. Las naves estaban a punto de partir y él debía embarcar. Miró a Sirio, su fiel caballo, tumbado en el suelo. Le habían destripado y vio en sus grandes ojos oscuros, acuosos de sufrimiento, la súplica. Sintió un nudo en la garganta. Estaba condenado, sin remedio, a una muerte muy dolorosa. Perdía a su último amigo. Con la visión nublada por las lágrimas, le besó en el hocico y después, agarrándole de la crin, le seccionó la yugular. Tuvo que apartarse de un salto para que la sangre no le alcanzara. Por un momento se quedó inmóvil contemplando, abrumado, el último estertor de su compañero de fatigas. Hubiera permanecido allí, acariciándole, pero su instinto le hizo reaccionar.

Con una tristeza enorme, enfundó su espada, colgó su yelmo de un gancho sujeto a su cinto y, aferrado a su escudo, se dirigió hacia la galera del Temple.

El panorama era espantoso. El suelo estaba cubierto de equipajes y cadáveres ensangrentados. Casi todos eran niños muertos por aplastamiento, pero también había ancianos y algún adulto. Muchos aún tenían los ojos abiertos. Una mujer lloraba arrodillada frente a una niña, y otros buscaban, dando voces desgarradas, a los suyos. Pero la mayoría de los cuerpos yacían abandonados. Artal notaba su corazón empequeñecido, encogido por la pena. Fue entonces cuando, entre unos fardos y el cuerpo inmóvil de una mujer tendido boca abajo, vio a una niñita de grandes ojos negros que le miraba aterrada. Se estremeció.

¡No era posible! ¡La niña del mercado! ¡Y aquel cuerpo sería el de su madre! ¡La hermosa joven cuyo excitante recuerdo le obligó a hacer tanta penitencia! ¡Y ahora yacía muerta! ¡Era horrible! No podía soportar la pena. La niña le reconoció y le tendió los brazos con las manos abiertas, llorosa.

Artal sabía que no debía cogerla, aunque le partiera el corazón. La Regla del Temple lo prohibía. Además, ¿qué iba a hacer con ella? Tenía que subir a la nave…

Se decía que no podía, que no debía… tomarla en brazos. Era una locura…

Pero lo hizo. Sin ni siquiera saber qué haría después.