NOTA DE LA AUTORA
Esta historia está ambientada en un rancho ganadero en pleno funcionamiento, y no era un tema que quisiera soslayar. Por este motivo, en la novela se mencionan tanto los sacrificios como la castración de animales y, de forma explícita, el marcado de terneros. Los rancheros hacen estas cosas por una buena razón, nunca con intención de ser crueles (y yo tampoco me he propuesto describirlas de ese modo: mi familia de rancheros no estaría nada contenta si lo hubiera hecho).
En el Rancho Wells utilizan el marcado en caliente, que es una forma tradicional de señalar o identificar el ganado. En algunas zonas del mundo, el marcado por congelación se ha convertido en el método más popular. Y, en otros lugares, ninguna de las dos opciones se considera humanitaria. El marcado en caliente o a fuego suele llevarse a cabo con un hierro de acero que se pone al rojo vivo al acercarlo a una fuente de calor de madera o propano. Provoca una quemadura en los folículos pilosos que impide el crecimiento futuro del pelo. Con el marcado por congelación, la plancha fría mata los folículos de color y hace que se vuelvan blancos de modo permanente. Ambos métodos tienen ventajas y desventajas.
Aunque el Rancho Wells es ficticio, está basado en los ranchos de ganado reales de la Columbia Británica. El marcado en caliente sigue siendo el método más habitual en esa zona, así que me pareció la opción más apropiada para la historia.
Si alguna vez asistes a una jornada de marcado, no te comas las ostras de las Montañas Rocosas.
Advertencias sobre contenido sensible o posibles desencadenantes:
• Violencia doméstica: mental, emocional y física (explícita)
• Pistola (presente, pero no utilizada)
• Violencia física (explícita)
• Muerte por cáncer de un progenitor (comentado, no mostrado)
• Fallecimiento de un abuelo (comentado, no mostrado)
• Relaciones conflictivas entre padres e hijos (comentadas, no mostradas)
• Consumo de alcohol
• Embarazo (personaje secundario)
• Actividades ganaderas: atado de terneros, marcado, castración, vacunación (explícita), sacrificio de animales (comentado, no mostrado)
• Escenas de sexo explícito que incluyen escupitajos, cockwarming (leve), halagos
Por último, este libro termina con un anuncio de embarazo: si esas cosas no te van, sáltate el epílogo extra con total libertad, te aseguro que no te estarás perdiendo nada. Cuidar de ti es más importante.
¡El Rancho Wells te da la bienvenida!
Cecily
Me he pasado casi medio día haciendo una lista en el reverso del tíquet de la compra de todas las maneras en que podría matarlo. Ahora, tras apartar la mirada de los diminutos garabatos del reloj del microondas, enciendo una cerilla y quemo la prueba. En ese preciso instante, como si hubieran estado esperando una señal, los faros de KJ atraviesan la ventanita que hay encima del fregadero de la cocina. Abro el grifo a toda prisa para que las pavesas desaparezcan por el desagüe.
—¿Qué tal el trabajo?
La sonrisa falsa me sale de forma natural cuando entra por la puerta.
«La práctica hace al maestro».
—Dejémoslo en que me alegro de estar en casa.
Me planta un beso brusco en la frente y me arrastra hacia él para envolverme en un abrazo desagradable. Aspiro el fuerte aroma de su colonia cuando mi mejilla choca contra su pecho, siento todos y cada uno de los músculos del cuerpo rígidos entre sus brazos. Husmea el aire y rezo para que la vela de vainilla haya bastado para disimular el humo.
Es evidente que no nota nada raro, así que se fija en las bolsas de papel marrón de su restaurante favorito.
—Qué buena eres conmigo, nena. En serio, ¿cómo he podido tener tanta suerte?
La misma canción de siempre. Su patético intento de rebajarse porque esta mañana hemos discutido antes de que se fuera a trabajar. Mejor dicho, él me ha gritado y yo me he quedado inmóvil como una estatua hasta que ha parado. En una postura similar a la que adopto ahora: agarrada a la encimera de mármol, esperando la inevitable crítica de algo. De mi aspecto, de lo que he pedido para cenar, del estado de la casa… Siempre hay algo.
KJ se acerca a los paquetes del restaurante y levanta una tapa para echarle un vistazo al pedido de cien dólares de sushi. Ni siquiera es el mejor restaurante de sushi de la ciudad; solo le gusta porque es el más caro.
Se pasa una mano por el pelo corto y negro y se vuelve hacia mí.
—Hoy debes de haber estado muy ocupada si ni siquiera has tenido tiempo de cocinar.
«Ahí está el comentario».
—Sírvete un vino y siéntate, nena. Yo prepararé los platos.
Tras un breve titubeo y sin ninguna observación más por parte de mi marido, abro el armario de la cocina. Rodeo una taza de color verde azulado con los dedos perpetuamente temblorosos. No es la forma más elegante de beberse una botella de vino de doscientos dólares, pero mi última copa de vino se hizo añicos contra la pared del comedor el domingo. Con las terminaciones nerviosas vibrándome a causa del recuerdo, lleno la taza y salgo de puntillas de la habitación. En cuanto entro en el comedor, mi atención se centra en la mancha burdeos que salpica la pared gris por encima de la altura de la mesa. Han quedado marcas de restregones bastante visibles allá donde me pasé una hora llorando y limpiando.
Tendré que acercarme a la tienda de bricolaje a por más pintura antes del viernes, cuando tenemos pensado que nuestros amigos, Sara y Mike, vengan a cenar. Que Dios me libre de que alguien pregunte por qué nuestro comedor tiene ahora una pared con manchas de oporto.
—¡Hostia!
Su voz atronadora resuena a través de las paredes y juro que la casa se estremece tanto como yo. En los lentos segundos que transcurren entre su grito y el instante en el que abro la boca, me falta la respiración.
—¿Estás…? ¿Estás bien?
La voz me sale dócil y aguda.
—Me he cortado, joder. Trae el botiquín.
Me pongo en marcha al instante, paso corriendo por delante de la cocina y sigo a toda velocidad por el pasillo hasta el cuarto de baño de nuestro dormitorio. Una vez allí, rebusco con calma en el armario de las medicinas. Reorganizo los botes de pastillas y hago una lista mental de lo que hay que reponer. Finjo que no sé dónde están las vendas mientras las miro con atención.
«Qué tragedia sería que se desangrara por un accidente así».
—¡Cecily! —grita—. ¿Por qué cojones estás tardando tanto?
Al final agarro la caja y vuelvo caminando despacio a la cocina, donde me encuentro su angustiado rostro esperándome. Extiende la mano y una expresión de dolor le hace fruncir el ceño. Es un tajo minúsculo en la carne, no más profundo que un corte de papel.
«Por Dios».
Adiós a mi esperanza de encontrármelo con uno o dos dedos menos. Seguro que se ha cortado con la tapa de plástico de uno de los contenedores de comida para llevar o algo así de ridículo.
—Perdona, no encontraba… —forcejeo con el envoltorio y poso la venda sobre el cortecito con delicadeza— las vendas. Pero ya está, como nuevo. ¿Qué ha pasado?
—¿Por qué tenemos los palillos en el mismo cajón que los cuchillos de cocina? Tenemos una cocina la hostia de grande. No tendría por qué meter la mano en un cajón con cuchillos para buscar los putos palillos —gruñe antes de marcharse hecho una furia.
Clavo la mirada en el cajón abierto —más en concreto, el enorme cuchillo de chef recién afilado— y luego en su espalda.
«Mejor no… Demasiado que limpiar».
Cuando vuelvo al comedor y me siento a la mesa, la lista del tíquet quemado consume hasta el último de mis pensamientos, y el peso de una posible acusación de asesinato me quita el apetito. Empujo perezosamente un trozo de jengibre alrededor del plato. Lo medio escucho quejarse de lo difícil que es ser el director financiero de la empresa de su padre. A pesar de lo apática que me siento, debo asentir, decir ajá y sorprenderme en todos los momentos adecuados. La cena transcurre sin ninguna complicación. Después de tres años, supongo que por fin estoy aprendiendo a mantener la paz.
—Una cena fantástica, nena.
Deja caer la servilleta sobre el plato vacío y se aparta de la mesa.
Una vez que el estruendo del sonido envolvente de la televisión me llega desde la habitación de al lado, respiro con alivio. Es el principio del fin, otro día a punto de acabar. En un silencio ensayado, recojo la mesa y, a lo largo de la siguiente hora, me entretengo limpiando la ya impecable cocina. Con un poco de suerte, para cuando termine, KJ ya estará dormido en el sofá.
«Con un poco de suerte».

El enlentecimiento de la respiración de KJ, que señala que se ha quedado dormido, es uno de mis sonidos favoritos del mundo, solo superado por el de los neumáticos de su coche al salir de nuestro camino de entrada todas las mañanas. Segura de que ya no va a volver a despertarse en toda la noche, salgo a hurtadillas de debajo de las sábanas, desenchufo el móvil y me dirijo al baño sin hacer ruido. Me dejo caer sobre el frío suelo de baldosas y envío un mensaje de texto a uno de los dos números de teléfono que me he aprendido de memoria; añadirlo al perfil de un contacto real no es una opción. Durante varias semanas lo tuve pegado con cinta adhesiva a la parte inferior de la encimera del baño y, cada vez que KJ se agachaba para coger algo de los cajones inferiores, pasaba un miedo atroz.
Sigue disponible ese puesto de trabajo?
El tiempo pasa y empiezo a plantearme si no será demasiado tarde. A fin de cuentas, es casi la una de la mañana. KJ ha encontrado John Wick en la tele por cable y eso me ha fastidiado la rutina. En lugar de dormirse antes de las noticias de las nueve, se ha bebido cuatro whiskies a palo seco y ha estado despierto hasta medianoche. Cuando le sugerí con la boca pequeña que se fuera a descansar, me acusó de intentar obligarlo a irse a la cama para poder engañarlo a sus espaldas. «Como una puta».
No va desencaminado del todo. Llevo seis meses hablando en secreto con una mujer llamada Beryl. Nos conocimos en un foro en el que, sin duda, yo no debería estar. No soporto siquiera imaginar lo que podría ocurrir si KJ se enterase. Es un grupo de apoyo para mujeres atrapadas en relaciones de maltrato; aunque, la verdad, yo no pinto nada en él.
KJ no me pega como hacen los maridos de las otras mujeres de ese grupo. Me insulta cuando se enfada, pero no me pega. Me grita en la cara, pero no me pega. Destroza copas de vino, platos y el pladur que tengo justo al lado de la cabeza, pero no me pega. Y puede que me haya amenazado con hacerlo unas cuantas veces o que me haya agarrado con tanta fuerza como para dejarme marcas, pero todavía no me ha pegado de verdad.
Hace días que sueño despierta con asesinar a mi marido; está claro que eso hace que la violenta sea yo. ¿No?
(555) 276-9899
Es tuyo en cuanto estés preparada, cielo
OK, gracias
(555) 276-9899
Estás preparada?
A ver, hoy me he puesto a planear cómo matarlo
Supongo que debería irme, no?
(555) 276-9899
Pide ayuda y la tendrás
Eres una mujer fuerte y puedes con esto, Cecily
Unos pasos pesados se acercan al baño y aporreo la pantalla con los dedos. «Borra, borra, ¡borra, coño!». El hilo de mensajes desaparece al instante, no me sobra ni un segundo. Mientras el pomo de la puerta gira, rezo en silencio para que Beryl no vuelva a escribirme. Nunca lo hace a menos que yo me haya puesto en contacto con ella primero, pero, teniendo en cuenta que estábamos en medio de una conversación, no tengo la certeza de que no vaya a enviarme otra respuesta.
«Con un poco de suerte».
—¿Qué cojones haces?
KJ parpadea deprisa para adaptarse a las luces brillantes del baño.
—Dolores de regla. No podía dormir.
Me agarro la barriga para que resulte más creíble. Apenas mantenemos relaciones sexuales y, desde luego, KJ no muestra ningún interés en mis hábitos de aseo. A pesar de que estamos casados, dudo que tenga la menor idea de cuándo tiene que venirme el periodo. Qué narices, llevo un diu y no recuerdo la última vez que tuve una regla de verdad, pero él ni siquiera sabe que utilizo un método anticonceptivo.
Desvía los ojos oscuros hacia el teléfono que descansa sobre una baldosa a mi lado. Se mueve a toda velocidad para cogerlo.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué coño tienes aquí el móvil? Sabía que habías estado engañándome a mis espaldas. ¿Crees que soy idiota o eres tan puta que te da igual que te pillen? ¡Y en mi casa, además!
Sus palabras me cubren la cara de saliva cuando se agacha, con mi móvil aferrado con fuerza en el puño.
Respiro con dificultad a la espera de su próximo movimiento. Me fulmina con la mirada, a escasos centímetros de mi cara. Tiene las pupilas dilatadas por la rabia. Su aliento caliente y rancio, con olor a whisky, me golpea mientras se impacienta esperando una respuesta. No tengo ni idea de cómo responder. No me parece sensato decirle: «Voy a marcharme antes de que termine asesinándote mientras duermes». Puede que contestarle que le he estado poniendo los cuernos le siente mejor que la verdad. A lo mejor así me echaba de casa.
El labio inferior me tiembla sin control y él esboza una sonrisa maniaca al ver mi miedo.
—¿No tienes nada que decir, entonces? No tienes nada que decir porque es la puta verdad —me espeta con desdén. La pantalla del teléfono se resquebraja cuando aprieta los dedos y unas grietas como telarañas se esparcen en todas direcciones—. Buena suerte hablando con tu novio ahora, zorra.
Esbozo una mueca de dolor. No es la primera vez que me rompe el móvil. Mañana me enviará uno nuevecito a casa, probablemente junto con algún otro bonito regalo de disculpa. Es una pena porque, por primera vez desde hace mucho tiempo, creía que iba a marcharme de verdad. O, al menos, creía que iba a intentarlo. Aunque no es que mis intentos anteriores hayan funcionado.
Sin la posibilidad de ponerme en contacto con Beryl, no tengo manera de que me diga dónde vive. Me guste o no, estoy atrapada durante al menos veinticuatro horas más.
Me acerca aún más la cara. Está tan pegado a mí que podríamos besarnos, aunque no se nos ocurriría. De hecho, pensar en sus labios sobre los míos hace que me entren ganas de vomitarle en plena boca.
—Di algo, guarra.
Muevo las piernas sobre las baldosas resbaladizas para intentar ponerme en pie, desesperada por aumentar la distancia entre ambos. Por más que KJ esté buscando hacer que me defienda, sé que abrir la boca sería una estupidez. Sería buscar pelea, y esta noche no quiero pelearme con él. Hoy la noche estaba siendo buena. O casi buena.
Un dolor agudo me atraviesa el hombro cuando me lo golpea con la palma abierta y hace que, ahora que había conseguido ponerme en cuclillas, me caiga de culo.
«¿Acaba de…?». Creo que acaba de pegarme.
«No, no es justo. Ha sido un ligero empujón, si acaso».
Un segundo golpe confirma mi miedo.
«Me ha pegado». Al fin lo ha hecho, me ha pegado.
Me grita justo en la boca abierta:
—¡Di algo!
No puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas. Aunque desprecio lo débil que su presencia me hace sentir.
—Se acabó —susurro.
Es un pequeño milagro que llegue a oír mi voz por encima del zumbido estridente que me invade el cráneo.
Se acabó de verdad. Tengo que largarme.
—¿Qué has dicho?
—Nada. Perdón.
Sacudo la cabeza con violencia. Decírselo ha sido una estupidez, una estupidez enorme. Por lo visto, a lo largo de los tres últimos años no he aprendido tanto como para conservar la paz del todo.
—¿Que se ha acabado? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? Esta casa, el coche, todas tus mierdas de lujo… ¡Zorra desagradecida! —gruñe—. Muy bien. Vete. ¿Crees que no seré capaz de encontrar a otra como tú? Joder, seguro que hasta a una más guapa. Y si crees que tú vas a encontrar a alguien mejor, adelante, no te cortes ni un puto pelo. Volverás. Siempre has sido una zorra cazafortunas. Los demás tíos van a calarte de lejos, nena.
Para mi sorpresa, se levanta y sale del baño hecho una furia. La puerta se cierra de golpe y, a continuación, me parece oírlo arrancar del marco la puerta del armario. Clavo la mirada en el frente y procuro encontrar fuerzas para levantarme y echar el pestillo de la puerta. Sin embargo, es como si tuviera el cuerpo pegado al suelo frío y duro. Me llega un ruido de cristales rotos y empiezo a disolverme sobre las baldosas.
Por esto. Por esto tendría que haber mantenido la boca cerrada. Entonces la habitación se sume en el silencio. En un silencio demasiado perfecto. Al cabo de unos minutos consigo reunir el valor necesario para despegarme del suelo y entreabrir la puerta del baño.
KJ está sentado en el centro de lo que parece ser una zona catastrófica tras un tornado. Un tornado terrible, con los ojos bonitos y un corazón aterradoramente retorcido. La puerta del armario está colgando y torcida, los cajones de mi cómoda están tirados en el suelo unos encima de otros y hay un reguero de agua en la pared de detrás de la cama, donde supongo que ha estampado el vaso que tenía en la mesilla. Y está llorando. No llorando sin más, sino sollozando con intensidad. Hipando.
Me muevo deprisa y con sigilo, lleno una bolsa de viaje y un cesto de la ropa sucia con las prendas que recojo de la alfombra mullida. Hago caso omiso de sus lamentos. He intentado irme en varias ocasiones y nunca me ha dejado llegar tan lejos. Lo normal sería que estuviera bloqueándome la salida de la habitación, arrancándome la ropa de las manos y agarrándome con fuerza por las muñecas hasta que aceptara quedarme.
No era así como se suponía que debía marcharme. Se suponía que iba a planearlo todo al detalle. He visto a innumerables chicas compartir sus planes en el foro y sé cómo va la cosa: hay que tener una maleta preparada, dinero sacado de la cuenta común y un lugar al que ir. Al menos tengo el lugar al que ir y un trabajo apalabrado. Aunque ni puta idea de cómo llegar hasta allí.
«Me ha pegado». Tres únicas palabras se repiten como un mantra y me empujan a seguir adelante a pesar del nudo que se me ha formado en el estómago por lo poco preparada que estoy para largarme.
Todo resulta demasiado fácil mientras bajo sin problema por la escalera y salgo por la puerta delantera. El camino de entrada está oscuro y, por una vez, agradezco que mi Honda Civic sea tan cutre que no «merezca» ocupar una plaza en el garaje. Un obstáculo menos en mi trayectoria. Dejo caer el cesto de la ropa sucia que llevo en los brazos sobre el capó plateado del coche.
«Esto está tirado. Puedo hacerlo. Es pan comido».
Estoy hurgando en mi bolso extragrande en busca de las llaves cuando oigo su respiración pesada y entrecortada a mi espalda.
—Toca la puerta de ese puto coche y te juro por Dios que te mato.
Por algún motivo me siento obligada a mirarlo y, cuando lo hago, estoy a punto de caerme redonda. No sabía que KJ tuviera una pistola. ¿Desde cuándo hay una puñetera pistola en nuestra casa?
Se me para el corazón al ver al hombre al que una vez creí amar… apuntándome con un arma. Los ojos llenos de rabia, las venas del cuello marcadas y ni siquiera está temblando.
Todo el sentimiento que tenía hace unos momentos en el dormitorio ha desaparecido, sustituido por la expresión de frialdad de un psicópata sin nada que perder.
«¿Habrá estado haciendo planes para matarme igual que yo los he estado haciendo para matarlo a él?».
—Kyson, por favor, no lo hagas. No hagas algo de lo que te vayas a arrepentir…, por favor. Perdona. Lo siento, joder. Por favor.
Cada palabra es un puñal. Cada inhalación provoca dolor. Aun así, en lo que a la reacción de «lucha o huida» se refiere, mi inclinación natural es intentar complacer; al menos así es como mi anterior psicóloga se refería a mi mecanismo de defensa. Los segundos se alargan mientras, una y otra vez, desvío la mirada con nerviosismo desde la pistola hasta su cara.
—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad? Tenemos problemas, pero como todo el mundo, ¿no? Por favor, cariño. Yo te quiero y tú me quieres. Podemos arreglarlo.
Su rostro endurecido es casi invisible en la oscuridad, oculto bajo la luz de la luna. Su voz suena grave:
—Cecily, dime de una vez si te estás follando a otro.
—No. Dios, no. Jamás me… Por favor, créeme, KJ. Por favor. Sabes que te quiero mucho. Siento haberte disgustado.
—Estás mintiendo.
—Te lo juro. Perdóname por haberte hecho pensar que haría algo así. No lo haría jamás. Lo siento. Por favor.
La voz se me quiebra en las últimas palabras. Ya no puedo hacer nada más para convencerlo de que no me mate ahora mismo.
Tendría que haberme marchado hace años. No soy tonta. Sabía que, por estadística, era probable que acabara muriendo a manos de mi marido. Y, aun así, me quedé.
—No quería asustarte. Solo es que no soportaba la idea de perderte. —Baja la pistola a un costado y exhala—. Venga, es tarde. Vámonos a la cama.
Cojo las llaves del coche sin que se dé cuenta y le sonrío con los labios apretados.
—Perdón.
Después de lanzar la bolsa de viaje al interior del coche, me meto en el Honda y golpeo el botón de bloqueo de las puertas con la mano antes de que a KJ le dé tiempo de reaccionar. El coche arranca justo a tiempo para que mi marido se precipite sobre él y lo aporree con ambos puños. Meto la marcha y salgo disparada hacia atrás, apretando el volante con las manos como si quisiera asfixiarlo. El cesto de la ropa sucia cae rodando al suelo y mis pertenencias se esparcen por el asfalto del camino de entrada. Un grito de película de terror que el estruendo de la radio me impide oír le desfigura el rostro a KJ. Cuando miro por el retrovisor mientras avanzo a toda velocidad por nuestra tranquila calle de las afueras, lo veo caer de rodillas.
No hay disparos.
Cecily
Con un grito de banshee, estampo las manos contra el volante y lo giro para hacer un cambio de sentido ilegal en medio de una intersección desierta a una hora de distancia de casa. Regresaré y lo intentaré otro día. Estoy segura de que KJ será un marido solícito durante al menos una semana después de lo de esta noche. Soy capaz de aguantar otra semana. Y, entonces, tendré otra vez un móvil nuevo. La próxima vez será más fácil. La próxima vez lo haré de verdad.
«Ni de coña».
Agarro el volante con tanta intensidad que los nudillos se me ponen blancos. Reduzco la velocidad y espero a que pase un vehículo que circula en dirección contraria. Tenía una pistola. ¡Una pistola! En lugar de gritar, emito una carcajada horrenda y desquiciada y vuelvo a cambiar de sentido a menos de una manzana de la intersección inicial. Es imposible saber si mi marido me hubiera matado o no, pero no quiero arriesgarme a comprobar si va de farol.
Como no tengo indicaciones, decido conducir hacia el norte, porque un lugar llamado Wells Canyon tiene que estar en el norte, ¿verdad? Desde luego suena a nombre de pueblo del norte de la Columbia Británica. En cualquier caso, ya no estoy lejos de Vancouver. Si me dirigiera hacia el sur, terminaría en la frontera con Estados Unidos; ir hacia el oeste me llevaría al mar.
«Pues al norte, no se hable más».
El nino-nino de la sirena de un coche de policía suena justo detrás de mí y me saca de esta espiral de pensamientos. Me detengo en el arcén y las lágrimas, que ni siquiera me habían asomado a los ojos desde que me fui, por fin hacen acto de presencia.
—Buenas noches, señorita. ¿Sabe por qué la he hecho parar?
Asiento, respirando con dificultad.
—Sí, sí lo sé. He hecho un cambio de sentido y estoy perdida y…
—Dos cambios de sentido. ¿Es consciente de que están prohibidos?
—Sí.
Me sorbo los mocos y me limpio la lágrima que me cuelga de la punta de la nariz.
—¿Dice que se ha perdido? ¿Adónde quiere ir y de dónde viene?
—He quedado en ir a Wells Canyon a ver a una amiga, pero se me ha roto el móvil y, sin él, no sé hacia dónde tengo que ir.
Un profundo ceño le frunce las cejas mientras me observa con suspicacia.
—Ya. ¿Va a visitar a su amiga a las dos de la mañana? Y en un pueblo que está a cinco horas de aquí. Enséñeme su documentación, por favor. ¿Dónde vive?
Mientras saco la cartera, enfoca una linterna hacia el asiento de atrás, donde están desperdigadas las escasas pertenencias que he conseguido meter en el coche.
—En el 6207 de Mountainview Terrace. Está… Eh… Bueno, en Kerrisdale. En realidad no voy de visita, voy a instalarme allí. Perdone. Mi marido y yo nos hemos peleado y me he ido de casa.
Se produce un cambio explícito en el comportamiento del policía. «¿Tan transparente soy?».
—A ver si me aclaro, ¿va de visita o a instalarse allí?
—A instalarme… Sí, me quedaré allí.
Me mordisqueo el interior de la mejilla.
—Viajar de noche por esa carretera es un poco peligroso. ¿Estaría a salvo si volviera ahora a su casa y saliera mañana hacia la casa de su amiga?
«Joder». O miento y rezo para que no insista en seguirme a casa, o digo la verdad y rezo para que no insista en el tema.
Dejo escapar un suspiro tembloroso.
—No, no lo estaría.
—¿Está herida? —pregunta, y niego con la cabeza—. ¿Qué tipo de peligro corre? Hay muchos recursos disponibles. Puedo darle varios números para…
Lo interrumpo:
—Agente, estaré bien en cuanto pueda llegar a casa de mi amiga. Gracias por ofrecerse, de todos modos.
Titubea un instante.
—De acuerdo. Voy a dejarla marchar con una advertencia verbal de que no haga más maniobras ilegales por muy tranquilas que estén las carreteras, ¿entendido? Wells Canyon está hacia el norte.
«Lo sabía». El policía se saca una libreta del bolsillo del pecho y empieza a garabatear con furia.
—Voy a anotarle las indicaciones. Una vez que llegue a la autopista, debería resultarle bastante sencillo. Conduzca con cuidado.
Me devuelve el documento de identidad, junto con el papel arrancado, y después regresa a su coche. Temiendo que pueda cambiar de opinión, me alejo a toda prisa sin mirar atrás y sigo sus indicaciones para encontrar la autopista. Mi avance se ve interrumpido por el resplandor angelical de un 7-Eleven, que hace que frene en seco. Bajo el zumbido del fluorescente, saco quinientos dólares de la cuenta bancaria que compartimos, porque, la verdad, es lo mínimo que me debe KJ. Armada con un Red Bull, una chocolatina Oh Henry! y un paquete de patatas fritas con sabor a kétchup, me siento aceptablemente preparada para un viaje hacia lo desconocido. Rebosante de una confianza que hace años que no tengo, inicio el camino hacia mi nuevo comienzo.
Ciento veinte. Ochenta y cinco. Sesenta. La luz del indicador de la gasolina ilumina el coche oscuro, como si se burlara de mí. Parece que toda la seguridad en mí misma de hace un rato ha desaparecido junto con las últimas migas de patatas fritas que me eché a la boca de cualquier manera hace treinta kilómetros. Está claro que, en el 7-Eleven, tendría que haber llenado el coche de algo más que de comida basura. Cuarenta. Veinte. El cartel naranja y verde de una gasolinera rasga el lúgubre cielo nocturno y, por los pelos, consigo detenerme junto a un surtidor. Una sensación de alivio me recorre de arriba abajo cuando me doy cuenta de que no tendré que añadir el autostop a la lista de acciones peligrosas en las que me estoy viendo involucrada esta noche.
En el límite de la propiedad hay una vieja cabina telefónica con los cristales rotos. Dudo que funcione… «¿Quién sigue usando los teléfonos públicos a estas alturas?». Pero prefiero no presentarme en Wells Canyon sin al menos intentar avisar a Beryl de que voy para allá, así que rebusco en el coche y reúno todas las monedas que logro encontrar.
Intentando tocar el auricular mugriento lo menos posible, me lo acerco a la oreja sujetándolo con dos dedos. «Hay señal». Cojo una bocanada de aire con los dientes apretados y marco el número. Beryl contesta con voz soñolienta al tercer pitido.
—¿Beryl? Hola, siento haberte despertado. Soy Cecily.
—Buenos días, cariño. ¿Estás a salvo?
Llevamos casi seis meses hablando todos los días y, sin embargo, nunca había oído su voz. Es tranquilizadora y alegre, a pesar del deje de somnolencia.
—Sí. Bueno, antes de presentarme en tu casa, quería saber si te parece bien que vaya. Te estoy llamando desde una cabina que he encontrado al lado de la autopista… Diría que estoy a unas dos horas de Wells Canyon. No tengo móvil para orientarme, pero es lo que me ha dicho el policía.
Espero su respuesta con el alma en vilo.
—Ay, Cecily, qué orgullosa estoy de ti. Ya irás aprendiendo que, si hay algo que no hago jamás, es faltar a mi palabra. Vente para acá, cielo.
Me da indicaciones para llegar de Wells Canyon al Rancho Wells y se las repito dos veces antes de colgar para asegurarme de que las he memorizado. Ya hay alguien en el mundo que sabe que me he marchado. Ahora tengo que acabar lo que he empezado. Puede que ese fuera el problema en el pasado: que no tenía a nadie que me juzgara si volvía a casa con mi marido maltratador. Aunque no creo que Beryl fuera a juzgarme.
Pero, después de esto, ¿no sería una vergüenza tremenda que me diese la vuelta y volviera?
Recuerdo a la perfección el otro número de teléfono. Más que nada porque, cuando era preadolescente, lo repetía a diestro y siniestro con la esperanza de que mis amigos me llamaran tan a menudo que al final mis padres cediesen y me pusieran mi propia línea de teléfono. Sin respirar ni una sola vez, tecleo los dígitos con un dedo tembloroso.
—¿Papá? —digo con la voz ronca al oír el gruñido jadeante de un anciano al otro lado de la línea—. Soy Cecily. Perdona que te despierte.
Ambos sabemos que es raro que esté llamando. Y, teniendo en cuenta que hace más de un año que no hablo con mis padres, que es todavía más raro que lo esté haciendo a las cinco de la mañana. Mejor ahora que nunca, ¿no?
—¿Cece? ¿Qué pasa? Has llamado desde un número extraño. ¿Estás bien?
Mis pulsaciones aceleradas recuperan la normalidad y sonrío junto al teléfono. Una parte de mí esperaba que se enfadara conmigo por llamar tan temprano.
—Estoy bien. O, al menos, lo estaré. He dejado a KJ, papá. Y he pensado que alguien debería saber adónde voy para que, si denuncia mi desaparición, podáis decirle a la policía que no hay caso. Se me ha roto el móvil. Bueno, no, me lo ha roto él. —Si no voy a volver con KJ, tengo que dejar de defenderlo—. Pero me he encontrado con una cabina por el camino y…
—¿Una cabina por el camino? ¿Adónde vas?
De fondo oigo que la voz nasal de mi madre dice:
—Dile que venga a casa, Clark.
—Tu madre dice que deberías venir a casa.
Suspiro.
—Tengo una amiga en Wells Canyon que me ha ofrecido trabajo y alojamiento. Ya le he dicho que voy para allá. Pero estoy bien, de verdad. Os llamaré cuando tenga un móvil nuevo.
—¿Necesitas dinero? ¿Dónde narices está…? Margie, entra en Google y busca Wells Canyon. ¿Qué necesitas de nosotros, Cece?
—Por favor, no le digáis a KJ dónde estoy. Es lo único que os pido.
—No se lo habría dicho aunque no me lo hubieras pedido. Tu secreto está a salvo con nosotros, cariño.
—Siento no haber llamado antes, papá. No… —Se me acumula la saliva en la parte de atrás de la garganta—. Siento no haberos hecho caso antes.
Me expresaron su inquietud por nuestra relación hace más de un año y se ofrecieron a ayudarme de múltiples formas. Para devolverles el favor a mis maravillosos padres, les pegué una bofetada metafórica, les hice luz de gas y luego los aparté de mi vida. No me merezco que sigan preocupándose por mí de esta manera.
—Cece, te queremos. Pase lo que pase. Siempre podrás contar con tu madre y conmigo. Y me alegro muchísimo de que hayas llamado ahora, cielo.
De repente, la voz de mi madre me habla directamente al oído. Debe de haber descolgado el teléfono del despacho en la misma línea.
—¿Cecily? Soy mamá. Estoy encantada de que hayas dejado a ese imbécil. Eres una chica lista, demasiado buena para él, siempre lo he dicho. Recuerda que tu tía Harriet es una abogada de primer nivel en Calgary, así que voy a hablar con ella. Solucionaremos todo esto. Ven a casa si necesitas un sitio donde quedarte, ¿vale?
—Vale, mamá. La llamada está a punto de cortarse, pero gracias. Os quiero a los dos.
Camino de vuelta al coche sintiéndome ingrávida. Un alivio como el que sientes cuando por fin sueltas las bolsas de la compra en el suelo de la cocina después de subir tres pisos de escaleras hasta el apartamento cutre en el que vivías en la universidad. Sí, te quedan marcas rojas y moradas en la piel, pero el peso ha desaparecido. O como cuando te quitas el sujetador al final de un día de mierda.
«Ahora que lo mencionas…».
Menos mal que conservo la bolsa de viaje, así no tendré que aparecer en el rancho vestida con un pijama rosa con perros de dibujos animados. Hurgo en su interior y encuentro una camiseta con volantes, muy mona, y unos pantalones negros. Profesional, sofisticada… Puede que no sea un atuendo muy apropiado para un rancho, pero valdrá.

La pintura de color melocotón del cartel de «Bienvenidos a Wells Canyon» se está descascarillando y las letras pintadas a mano están descoloridas. Aun así me parece un detalle bonito y simpático…, aunque a lo mejor solo es que estoy demasiado cansada. El sol naciente asoma por encima de una espectacular cadena montañosa que hace que la referencia a un «cañón» en una parte del nombre resulte muy apropiada. Es difícil determinar si el aspecto sosegado del pueblo se debe a la falta de habitantes o a que todo el mundo sigue aún en la cama. En cualquier caso, tiene pinta de ser un sitio en el que puedo relajarme como cuando me pongo una camiseta cómoda y extragrande.
El coche da un bandazo al tomar una curva al final del pueblo, donde la carretera asfaltada se convierte en un camino de tierra. ¿Estoy preparada para empezar de nuevo? ¿Entre gente desconocida? Me faltan treinta kilómetros que, con la ansiedad que me contrae el estómago, bien podrían ser treinta mil. Por lo que sea, empiezo a sospechar que la falta de sueño y la dieta a base de Red Bull y chocolate tampoco me ayudan.
El camino de tierra está repleto de baches y rodeado de imponentes pinos bañados por el sol. Los límites de la pista están tupidos de hierbas altas que me invitan a seguir adelante, mecidas por una suave brisa. Bajo una ventanilla, dejo que el aire fresco de la montaña invada el interior del coche e inhalo profundamente. El oxígeno puro que me llega al instante al torrente sanguíneo me despierta con la misma eficacia que una inyección de cafeína. Para crear ambiente, sustituyo la pegadiza música pop por una lista de reproducción de country de los noventa, la música que mis abuelos tenían puesta siempre a todo volumen en su cabaña. Quizá la vida en el campo no sea tan mala. Al fin y al cabo me encantaban los veranos que pasaba en su cabaña del bosque rodeada solo de grillos, un lago y tormentas gloriosas. Además, a KJ jamás se le ocurrirá buscarme —a mí, una auténtica chica de ciudad— en un rancho ganadero en medio de la nada.
Pum. Fiiiuuu.
Dos ruidos que no quiero oír y que hacen que me dé un vuelco el corazón. El testigo de «presión baja de los neumáticos» parpadea en letras rojas y gruesas en la pantalla del salpicadero. Me empiezan a escocer los ojos, así que levanto la mirada hacia el techo gris y parpadeo para evitar que se me caigan las lágrimas. Durante medio segundo, sentada en un camino rural de tierra, soy tan tonta como para desear que KJ estuviera conmigo. Tampoco es que él tenga la menor idea de cómo cambiar una rueda, pero yo estaría con alguien con un móvil operativo para pedir ayuda.
Dispuesta a llorar, me recuesto contra el reposacabezas y cierro los ojos. Una carcajada repentina me hace dar un respingo y me asusto todavía más cuando me miro en el retrovisor y veo que soy yo. La que se ríe soy yo. Una hiena desquiciada con el rímel corrido, bolsas bajo los ojos y… chocolate. Tengo la mejilla manchada de chocolate. Frotármelo con el pulgar hace que me desternille aún más. La carcajada es tan intensa que se ha vuelto casi silenciosa, salvo por algún que otro jadeo o resoplido esporádico, cuando una enorme camioneta negra se detiene detrás de mí. Se me congela la expresión. Sería típico de mi suerte: dejo al maltratador de mi marido y, aun así, acabo asesinada en un camino rural de todos modos.
Un hombre apuesto, vestido con unos vaqueros ajustados, una chaqueta de lona gruesa y un sombrero de cowboy, da unos golpecitos con los nudillos en la ventanilla de mi coche. Con la otra mano me hace un gesto para que la baje. Supongo que tiene un aspecto bastante decente, a pesar del vello facial desaliñado y la ropa sucia. «Ni aun así». La gente mala a veces parece decente. KJ es un buenísimo ejemplo de lo engañosas que pueden ser las apariencias.
Alargo la mano con discreción para apretar el botón de cierre mientras articulo las palabras «No, gracias» moviendo solo los labios. El ruido de las cuatro puertas al cerrarse a la vez resulta ensordecedor en un ambiente por lo demás silencioso. Se da cuenta hasta el vaquero, que aprieta los labios al oír el ruido.
—Vas a tener que abrirme el maletero si quieres que te cambie la rueda, cariño.
El hombre tiene una voz tan áspera y grave que casi hace tintinear las ventanillas. Levanto la vista con cautela y veo que señala el maletero con un gesto de la barbilla. Puede que esta sea mi única oportunidad de recibir ayuda…
Me mordisqueo el labio inferior con nerviosismo, estiro el brazo y abro el maletero.
Con un discreto ajuste de los retrovisores laterales —gracias a Dios por la existencia de los retrovisores eléctricos—, lo veo sacar un neumático de la parte de atrás de mi coche y ponerse a trabajar de inmediato. En esta situación, KJ se habría dedicado a llamar al servicio de asistencia en carretera hecho una furia. Esto es mucho más sexy.
Tras decidir que sería poco probable que un asesino me arreglara un pinchazo antes de matarme, salgo del coche con valentía y me expongo a la calidez del sol.
—¿Cuánto le debo?
Me sale un tono una octava más agudo de lo habitual cuando me doy cuenta de lo atractivo que es el altísimo hombre que tengo delante. Sin duda, está mucho mejor de cerca que a través del espejito cubierto de polvo. Levanta el coche con el gato y los músculos se le tensan como cuerdas a lo largo del brazo mientras trabaja para sustituir la rueda pinchada. Trago saliva con dificultad, agradecida por la distancia que nos separa, porque estoy segura de que, si me acercara más, el desconocido oiría cómo me retumba el corazón en el pecho.
La voluminosa chaqueta marrón que llevaba puesta cuando apareció está posada sobre el capó de su camioneta. El estilo country chic le quedaba bien, pero esta camiseta gris ajustada es, sin lugar a duda, una gran mejora. Los bíceps se le abultan cuando levanta el neumático viejo del suelo, y la tela fina expone a la perfección sus hombros musculosos cuando vuelve hacia el maletero para guardarlo.
Habría que estar muerta para no fijarse en él. Y muerta estaré si mi marido se entera de que me estoy deleitando la vista con un vaquero guapo.
Lo observo con atención y pienso en cuándo podré referirme a KJ como mi exmarido de forma oficial. A fin de cuentas, no voy a volver… O eso creo. No. No voy a volver.
Repentinamente consciente de la presencia de la sencilla alianza de oro que llevo en el dedo anular, me pongo a darle vueltas y me meto la mano en el bolsillo. La vergüenza me recorre de arriba abajo cuando me doy cuenta de que la he escondido porque una pequeña parte de mí espera que este vaquero piense que estoy soltera.
Quizá KJ tenga razón y sea una puta. Estoy segura de que a ninguna persona casada normal le entrarían tantas ganas de tirar su anillo a la basura después de ver a un solo chico guapo.
Cierto, no puede decirse que nuestro matrimonio sea feliz ni que yo sea una persona casada normal. Nos acostamos solo en ocasiones especiales y nos damos piquitos en los labios cuando intenta compensarme por algo. No me acuerdo de la última vez que deseé de verdad alguna de esas dos cosas. Y ahora estoy a cinco horas de casa, en un camino de tierra, porque él me ha pegado. Pero supongo que, aun así, quizá siga estando mal quedarse embobada mirando a otro hombre. ¿Quizá?
«No, es pura biología». Soy una mujer heterosexual de treinta años. Él es un hombre atractivo y, por lo que parece, trabajador. Estoy evolutivamente diseñada para que me interese. Es del todo natural examinar a una persona del sexo opuesto, sobre todo cuando, en el fondo, te está salvando de que te den por muerta en un arcén. En cualquier caso, los votos matrimoniales no dicen nada acerca de no mirar, ¿verdad?
—¿Cuánto? ¿Cincuenta pavos? —le pregunto otra vez, al mismo tiempo que tiro de la alianza.
La facilidad con la que me desprendo del anillo me supone una grata sorpresa. Es casi como si estuviera deseando que me librara de él.
El maletero se cierra con un golpe seco.
—¿Cien? —Trago saliva.
Tendría que haber sacado más de quinientos dólares de la cuenta si voy a fundirme la pasta a este ritmo.
—Usa el dinero para comprarte unos neumáticos adecuados. Estos lisos de ciudad… —le da una ligera patada a la rueda con una enorme bota de cowboy de color castaño— no están pensados para los caminos de tierra de esta zona. Se te pincharán cada vez que te encuentres con una piedra afilada.
—Ah, de acuerdo. Pues muchas gracias, entonces.
Le sonrío, aunque sé que no debería hacerlo, aunque siento el dichoso peso de mi alianza en el bolsillo.
Impasible, asiente con la cabeza, se dirige hacia su camioneta, coge la chaqueta y se mete dentro. No me doy cuenta de que no le he preguntado a mi héroe cómo se llama hasta que lo único que queda de él es una lejana nube de polvo que vuelve a asentarse sobre la grava del camino. Seguro que es mejor así. Al fin y al cabo soy una mujer casada. A pesar de que mi «marido» me haya amenazado con una pistola hace unas horas.
Cecily
Me encorvo sobre el volante para levantar la vista hacia el letrero de madera tallada del Rancho Wells, que se alza sobre el camino de entrada. Tiene la misma longitud que mi Honda Civic y está flanqueado por los troncos más grandes que he visto en mi vida. Beryl no exageraba cuando me dijo que era imposible no ver el Rancho Wells.
El olor empalagoso y dulzón de las lilas me ataca desde todos los frentes y me provoca un escalofrío que recorre toda la columna vertebral y hace que se me pongan los pelos de punta. Cuando KJ y yo compramos nuestra casa, después de un año de relación y cuatro meses de matrimonio, los lilos centenarios que bordeaban el jardín trasero fueron la característica que más nos atrajo de ella. A toro pasado, tendría que haber hecho caso a mis amigos, que me decían que estábamos yendo demasiado rápido. Me puse a la defensiva a una velocidad increíble, y me di aún más prisa en expulsar a esos amigos de mi vida por él.
«Tú no lo entiendes. Kyson es el hombre de mis sueños y estamos muy enamorados. ¿Por qué esperar? La vida es corta».
Hace menos de tres años creía que eso era cierto.
«Oh, cómo han caído los poderosos».
Las lilas nunca duran mucho. Pese a la gran altitud a la que nos encontramos y a lo tardías que son aquí las últimas heladas, a estas les doy un mes de vida. El odio me abrasa los pulmones al tiempo que hago un pacto conmigo misma: lloraré lo que tenga que llorar, pero solo mientras estos lilos sigan en flor. Después no permitiré que KJ ocupe ni siquiera un rincón pequeñito en mi mente. No me importará ni un pito. A todos los efectos será mi exmarido. Aunque termine haciendo que me sea casi imposible divorciarme de él.
Mi coche traquetea al pasar por encima de las barras del paso canadiense y subiendo una pequeña loma tras la que veo la granja por primera vez. A los pies de una colina distante hay un puñado de cabañas de madera de distintos tamaños y con el tejado de metal rojo. Más a la izquierda se levanta un edificio enorme con pinta de granero rodeado de maquinaria agrícola oxidada y hierba alta. Hay campos de heno de un verde intenso que se extienden hasta donde alcanza la vista, con vallas que los atraviesan por zonas, al parecer, aleatorias.
De pronto, mi mirada recae sobre una mujer mayor que, ante el telón de fondo de una impresionante casa blanca, agita los brazos en el aire con frenesí. «Beryl». La reconozco a pesar de que no la he visto nunca. Su cuerpo moreno y enjuto me absorbe en un abrazo en cuanto toco el suelo con los pies. Le apoyo la mejilla en el hombro e inhalo el olor a pan recién hecho que se filtra a través de su camisa de lino. Aunque no nos conocemos, todo en ella me resulta perfectamente familiar y cómodo. Y esas sensaciones agradables sustituyen a las dudas que habían comenzado a surgirme durante el largo trayecto en coche.
—¡Empezaba a preocuparme que hubieras cambiado de opinión!
Me abraza con más fuerza.
—Lo siento, se me ha pinchado una rueda y me he quedado tirada en el arcén durante un rato. Al final se ha parado un vaquero y me lo ha solucionado.
—Me alegro muchísimo de que estés aquí, cielo. Entra. Deja tus cosas en el coche. Ya te enseñaré tu cabaña más tarde. Tengo pastel de café, galletas… Ah, y tienes que probar mi mermelada casera de grosella negra. O puedo prepararte unos huevos con lomo de cerdo.
—Un café me sentaría de maravilla.
La sigo hasta el amplio porche que rodea la casa blanca por todos los lados como si fuera un abrazo. El tintineo de, como mínimo, una decena de campanas de viento anuncia la presencia de una brisa arremolinada. Es imposible que un lugar tan perfecto como este exista de verdad. A lo mejor KJ me ha matado y esto es el paraíso.
La puerta mosquitera se cierra a nuestra espalda con un chirrido. Me agacho para quitarme las zapatillas deportivas, pero Beryl me detiene.
—No te molestes, a menos que quieras mancharte los calcetines de caca de vaca, cielo. Aquí los hombres son como animales salvajes. Es misión imposible conseguir que se quiten las botas dentro de casa.
Paseo la mirada por la intrincada carpintería hasta las molduras de corona y la barandilla de la escalera del vestíbulo. Luego la desplazo hasta el antiguo papel pintado con motivos florales y la bajo hasta las descoloridas tablas de pino del suelo. Están bastante maltrechas, pero de una manera que me resulta asombrosa: mellas de botas de cowboy, rasguños de muebles trasladados de una habitación a otra y marcas del desgaste que han provocado las distintas generaciones que han pisado este suelo.
—¿Esta es tu casa? Es preciosa.
No lo digo por quedar bien. No me cabe duda de que es la casa más bonita que he visto en mi vida.
—No, no. En la casa grande viven Jackson Wells y su esposa, Kate, junto con su hija, Odessa. Esa cría es una verdadera fiera. Y tiene unos ojos redondos y enormes… que siempre aparecen cuando hay algo recién sacado del horno que pueda zamparse. Aquí utilizamos la cocina como una especie de punto de encuentro y preparamos la comida para los empleados. Da la sensación de que siempre hay alguien en la cocina; cuando no es uno es otro. Siéntete como en tu propia casa, come y bebe lo que quieras, excepto la leche con chocolate… Kate está embarazada y ese es su mayor antojo.
Me guiña un ojo y después me guía por un pasillo poco iluminado. Cuando echo un vistazo hacia el salón que me queda a la izquierda, el alma abandona momentáneamente mi cuerpo, ya que lo primero que veo es una enorme cabeza de ciervo que me devuelve la mirada con unos ojos negros, esféricos y brillantes. Supongo que a la gente de por aquí no le resultará muy simpática mi anécdota acerca de dejar zanahorias tiernas para los ciervos junto a la cabaña de mis abuelos. Aun así, el resto de la habitación parece bastante acogedora, con sus sillones y su sofá extragrandes, su chimenea de ladrillo y sus estanterías repletas de libros. Me imagino acariciando los lomos con un café caliente en la mano.
Por suerte, no hay ni un solo animal muerto a la vista cuando sigo a Beryl hasta la soleada cocina. A petición suya, me siento en un taburete junto a la gran isla de mármol y observo a la mujer que considero mi mejor amiga, a pesar de que hasta hoy no la había oído hablar ni le había visto la cara. Sí, es de lo más patético no tener ni un solo amigo en la vida real. Pero al menos tengo a Beryl. Y, ahora mismo, agradezco que mi mejor amiga sea una charlatana, porque lo último que me apetece es hablar.
—Bueno, dedica el día de hoy a instalarte y ponerte cómoda. Luego te presentaré a Kate, que suele ayudarme en la cocina. A los peones del rancho no les damos ni el desayuno ni la cena salvo en ocasiones especiales. Pero sí les preparamos un almuerzo para llevar. Espero que se te dé bien hacer bocadillos, porque, cielo santo, ¡lo que comen esos chicos! También limpiamos sus dormitorios, hacemos la compra y nos esforzamos por que las cosas funcionen. En resumen, somos como las esposas de la granja. Jackson es el único hombre de por aquí que ha tenido los suficientes dedos de frente como para encontrar una buena esposa y pescarla.
Una taza blanca se desliza por la encimera hasta mis manos ansiosas y bebo un sorbo largo y tranquilizador. Beryl tiene el pelo gris recogido en trenzas que le cuelgan por la espalda, salvo por unos cuantos cabellos finos y cortos que se le alzan como una corona en la parte superior de la cabeza. Su rostro no oculta las largas horas pasadas al sol ni la dureza de la vida que llevaba antes de venir al Rancho Wells, pero sus ojos y su sonrisa irradian pura alegría.
«Lo que daría por tener un aspecto sosegado y feliz como el de ella».
—Vale, cuando estés preparada para contarme lo que finalmente te ha traído hasta aquí, soy toda oídos. Pero, si te parece bien, será mejor que hoy no nos pongamos intensas.
Estoy a punto de darle las gracias cuando se me yerguen las orejas: la mosquitera chirría y se cierra con brusquedad y eso me provoca una reacción visceral. El golpe amenaza con pararme el corazón. Me acomodo en el taburete de madera y respiro de forma controlada y consciente.
—En cuanto lleves algo más de tiempo aquí, ya no te sobresaltarás tanto, cariño. —Posa una mano encallecida por el trabajo sobre la mía y me la aprieta con suavidad—. Una cosa que debes asumir sobre los ranchos de ganado es que hay ruido a todas las dichosas horas. Pero no hay lugar en el que pudieras estar más segura que aquí.
Me suelta la mano cuando un hombre entra en la cocina dando zancadas y con el ceño fruncido.
—El puto Tate no ha traído las vacunas. He ido hasta el pueblo para nada, y eso significa que no podemos empezar a marcar hasta…
Se detiene en seco al verme.
El atractivo héroe rural que arregla ruedas pinchadas. Me mira de arriba abajo de una manera que hace que me sienta desnuda y vulnerable. Me remuevo en la silla y me rodeo el cuerpo con los brazos, desesperada por volverme más pequeña y menos detectable bajo su mirada ceñuda.
—Esa boca —lo regaña Beryl antes de señalarme—. Austin, te presento a Cecily. La nueva ayudante que te dije que iba a contratar.
Asiento a modo de saludo y digo:
—Podría decirse que ya nos conocemos. Este es el vaquero que te decía antes, el que me ha cambiado la rueda.
Austin suelta un bufido y entorna los ojos al clavarlos en los míos.
—De vaquero nada, cariño.
La combinación del tono burlón que emplea y del falso halago de la palabra «cariño» altera algo en mi actitud. Enciende una llama.
—¿En serio? Lo siento. Supongo que el sombrero de cowboy, las botas, los vaqueros demasiado ajustados y la camioneta compensatoria me dieron esa impresión, a saber por qué.
Pese a la risita de Beryl, me arrepiento de mi respuesta mientras un incendio se me propaga por las arterias. Que Dios me ayude. KJ siempre dice que mi bocaza me mete en demasiados líos. Contengo el impulso de levantar las manos para taparme las mejillas, que estoy segura de que están como tomates. La comisura de los labios de Austin se crispa, pero no deja de taladrarme la débil coraza con la mirada.
—Soy ranchero, no vaquero. La tierra, el ganado y los caballos me pertenecen. Los vaqueros trabajan para mí. —Se rasca la barba espesa y oscura de varios días que le recubre la mandíbula—. Ya descubrirás la diferencia si pasas el tiempo suficiente por aquí.
«Cosa que no va a ocurrir». No le hace falta decirlo. El tono que emplea y el brillo oscuro de sus ojos de color ámbar me dejan claro lo que está pensando.
—¿Tate no ha traído las vacunas? —La voz cantarina de Beryl desvía su penetrante concentración de mi cara sonrojada—. ¿Se ha retrasado el envío o algo así?
—No, el ca…, el gili…, ¡ese tío ni siquiera las ha pedido aún! —Su enfado aumenta con cada intento de palabrota que Beryl frena con una sola mirada—. Así que supongo que ahora no empezaremos a marcar hasta dentro de por lo menos dos semanas.
Deja escapar un suspiro furioso y estampa contra la encimera una pila de lo que parece ser correo basura. El estrépito hace que el corazón se me desboque. Supongo que el de intentar complacer no es mi único instinto, porque ahora mismo me quedo paralizada, incapaz de disculparme o de calmar a este desconocido cuando no tengo ni la menor idea de por qué está enfadado.
Después de negar por última vez con la cabeza, se va. Permanezco inmóvil por culpa de la ansiedad hasta que sus botas de vaquero dejan de retumbar por el pasillo y la mosquitera se cierra con un golpe seco.
—Austin Wells —dice Beryl con una exhalación impaciente—. Puede que quien firma los cheques sea él, pero todos sabemos que yo estoy al mando de la cocina. A veces es un poco quisquilloso, pero no tienes que preocuparte por él. Es de los buenos.
Mientras mi pulso recupera la normalidad, le hago un gesto con la cabeza para se sepa que lo he entendido. Ambas sabemos a qué se refiere.

Beryl nos deja a mí y a mis variadas pertenencias en una pequeña cabaña situada a unos cien metros de distancia de la casa principal, junto a más o menos otras seis cabañas idénticas. El tamaño total de mi nueva residencia es menor que el del dormitorio con baño de mi casa… o, mejor dicho, de mi antigua casa. Supongo que ahora mi casa es esta. Las paredes de troncos, la camita con estructura de troncos y el sofá floral de la década de los setenta le dan un aire nostálgico de campamento de verano. No se parece en nada a ningún sitio en el que haya vivido antes y carece de los preciosos toques antiguos de la casa principal, pero servirá.
Y es toda mía.
Sin el subidón de adrenalina que me sustentaba, siento que todos los músculos del cuerpo me pesan como trozos de madera empapada. Suelto mis cosas en el suelo de cualquier manera y me dejo caer de espaldas sobre la cama. Me cuesta mantener los párpados abiertos, así que la habitación se convierte en una especie de niebla turbia antes incluso de que me dé tiempo a sentir el impacto de mi cuerpo contra el colchón.
Me despierto sobresaltada por el relincho de un caballo. Al parecer lo de dejar a KJ y mudarme a un rancho de ganado no ha sido un delirio febril; estoy realmente en el Rancho Wells. El despertador a la vieja usanza que hay junto a la cama marca las 9.04. A juzgar por la poca luz que se filtra a través de las finísimas cortinas, deben de ser las nueve de la noche.
«Dios mío, me he pasado el día durmiendo».
Un parloteo estruendoso hace retumbar la ventana de una sola hoja de la cabaña. Cuando arrastro mi cuerpo aún cansado hasta ella para asomarme por detrás de la cortina, me duelen todos los tendones. En cuanto veo a más de diez hombres montados a caballo y charlando en tono alegre, me agacho y me dirijo a gatas hacia la puerta para comprobar que sigue cerrada con llave.
Un rugido atronador me desgarra por dentro. «Ahora no, estómago». Mi cuerpo pide comida a gritos y me maldigo por llevar veinticuatro horas sin comer más que un puñado de aperitivos. Beryl me dijo que entrara en la casa principal a cenar o a picar algo cuando quisiera. Pero la hora de la cena ha pasado hace mucho rato y no pienso poner un pie fuera de la cabaña con todos esos hombres desconocidos ahí fuera.
Como no quiero llamar la atención, me muevo rodeada de oscuridad y rebusco en los armarios. Soy muy consciente de que podría haber trampas para ratones, insectos o solo Dios sabe qué ahí dentro. Es un riesgo que estoy dispuesta a correr con tal de evitar toda interacción con cualquier hombre extraño esta noche. Por suerte, no es el caso y, durante mi exploración, me las arreglo para encontrar platos, un hornillo, utensilios de cocina y más cosas. Así que no tendré que gastarme los 435 dólares que me quedan en suministros de cocina. Por desgracia, no hay ni un solo pedazo de comida en toda la habitación. A pesar de las punzadas que siento en el estómago vacío, vuelvo a acurrucarme sobre las mantas suaves.
Me he ido a la cama sintiendo cosas peores que el hambre.