Hace siete milenios
Hace más de siete milenios, la extinción de la magia era algo impensable.
¿Cómo podía desaparecer aquello que había definido cada rincón de la vida de Savannah O’Hara? ¿Cómo iban a desvanecerse las alas de los cientos de dragones que surcaban los cielos de su imperio, las criaturas que la seguían a cada paso, fieles como su propia sombra, los árboles de mil colores del bosque que veía al asomarse a la ventana, el polvo brillante que se elevaba bajo sus pies cuando corría por los pasillos interminables y luminosos del palacio?
La magia era la esencia misma de su mundo. La respiraba, la sentía en la piel, y era la que mantenía latiendo su pequeño corazón humano.
Con apenas diez años, Savannah ya se peinaba sola. Lo hacía con la naturalidad de quien ha pasado media vida observando a las doncellas de palacio, copiando cada gesto hasta que sus manos aprendieron la coreografía de memoria. También cosía sus propios vestidos, los más caros de todo el imperio, confeccionados con las telas más exquisitas, elegidas por puro capricho. Lo mismo ocurría con sus zapatos, que se negaba a estrenar sin haberlos remendado antes. Nada debía rozarle la piel si no había pasado primero por sus manos. Y nada —absolutamente nada— que no fuera rosa o brillara lo suficiente como para llamar la atención.
Pero Savannah no resultaba excepcional solo por su aspecto a una edad tan temprana, también lo era por la forma en que se movía, por cómo hablaba con los demás, por la disciplina con la que entrenaba y luchaba cada día, convencida de que estaba destinada a convertirse en jinete cuando, por fin, su fuego fatuo apareciera y un dragón la eligiese.
Soñaba con formar parte de la estirpe mágica del imperio de Pramvera, aun sabiendo que vincularse a un dragón era casi un milagro. Aquellas criaturas escogían a su jinete entre millones de mortales repartidos por todo el imperio; nadie crecía con la certeza —ni siquiera con una esperanza tangible— de que algún día un fuego del color de su alma comenzaría a seguirlo, marcándolo como elegido. Ese fuego futuro podía aparecer en cualquier momento: al pie de la cama, durante un baño, flotando como una esfera de brasa viva que solo el jinete podía ver, invisible para cualquiera más.
Muchos mortales, obsesionados con la idea de ser elegidos, fingían percibirlo, pero el tiempo siempre los delataba. Porque, llegado el día, ese fuego terminaba por convertirse en un huevo de dragón y la verdadera vinculación comenzaba. Entonces el cuerpo del mortal cambiaba: los sentidos se aguzaban, la fuerza crecía y la magia despertaba. Se trataba de un proceso doloroso, pero la recompensa era innegable: la inmortalidad del jinete.
En otros lugares, como en el territorio de Valdemar, al otro lado de la niebla y del mar, las vinculaciones no ocurrían de igual forma. Allí los jinetes no lo eran de dragones, sino de criaturas feéricas nacidas de la propia tierra. Ellas elegían al mortal de Valdemar. Aun así, el proceso de cambio hacia la inmortalidad acababa siendo el mismo.
Savannah estaba convencida de que su dragón llegaría porque ser de la realeza, formar parte directa de la sucesión de un imperio, siempre había ido de la mano de un dragón. Era paciente con respecto a su vínculo, pues sabía que resultaba imposible forzarlo, pero no lo era con aquello que sí dependía de ella: demostrar que podía con todo. Entrenar más. Exigirse más. No permitirse nunca ser menos de lo que el mundo esperaba. O, peor aún, de lo que su padre, el emperador de Pramvera, había decidido que debía ser.
«Trágate el dolor y escóndelo en los zapatos que llevas puestos. Camina recta —le repetía con esa voz fría que no admitía réplica—. No mires a las sombras, no cuestiones nada, no sientas. Quédate en el centro, bajo la luz, donde todos puedan mirarte y aplaudir mientras haces lo que se espera de ti».
Savannah obedecía las enseñanzas de su padre. En los grandes bailes imperiales o en los paseos mensuales por la ciudad, se dejaba contemplar. Todos la observaban, la aplaudían, la deseaban. Aun siendo apenas una niña, la señalaban como la heredera intocable.
Admiraban la pulcritud de su sonrisa, la elegancia de su porte, la melena rubia recogida en una trenza impecable elaborada con sus propias manos.
Erguida.
Radiante.
Intachable.
Pero lo que nadie sabía de Savannah O’Hara era que, cuando no había ojos vigilándola en su enorme habitación llena de lujos, apagaba las velas de un soplido y se arrinconaba en la esquina más oscura. Con sus pijamas de seda rosa, se abrazaba a sí misma y se acunaba. Allí respiraba la penumbra hasta que ya no le cabía más en los pulmones.
Cuando su pequeño corazón latía como un colibrí nervioso y las lágrimas le cruzaban el rostro, las sombras de la habitación siempre se movían. Y eso solo significaba una cosa: él había vuelto.
Además de Marcelin —su mejor amiga, y en realidad la única, que vivía en Valdemar, demasiado lejos— a Savannah solo le quedaban las sombras de su habitación. No contaba con el amor de su padre, pero sí con ellas, fieles y protectoras.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Savannah una noche, hace ya mucho tiempo, en uno de aquellos encuentros en la penumbra de su habitación.
Hubo un silencio espeso antes de que la voz susurrara:
—No creo tener nombre. Algunos me llaman oscuridad, otros me llaman vacío… Pero a ninguno le he tomado cariño. ¿Acaso importa, pequeña?
¿Importaba?
Savannah frunció el ceño, acurrucada en su rincón con las rodillas abrazadas.
—Claro que importa —respondió al fin—. Hasta las criaturas más pequeñas lo tienen. Incluso los dragones.
Las sombras se deslizaron por la pared, estirándose en siluetas que parecían alas negras que se abrían y cerraban con pereza. Savannah rio agotada. Le dolían las piernas de correr hasta que el cuerpo dejaba de responder, le ardían las manos de empuñar una espada que pesaba más que sus años. A nadie le parecía extraño que una niña entrenara hasta sangrar. Nadie se preguntaba si tenía miedo, si estaba cansada, si quería parar. Lo llamaban disciplina. Lo llamaban deber. Decían que el sacrificio forjaba carácter, que cada ampolla era una lección y cada hueso roto una victoria. Que debía agradecer las noches sin lágrimas, porque la futura emperatriz no lloraba.
Las sombras se acercaron y lamieron sus heridas.
—¿Y si te dijera que yo también soy un dragón? —murmuró la oscuridad—. Uno sin nombre.
—Pero… ¿tu jinete no te puso un nombre? ¿Y por qué puedes hablar? Los dragones no hablan.
Sabía que los jinetes siempre les ponían nombre a sus dragones; era lo primero que nacía del vínculo. A veces el viento parecía susurrarlo al oído, como si fuera el propio dragón quien lo dictara.
La sombra titubeó un instante y rio sin boca.
—Yo soy mi propio dueño. No tengo jinete ni cadenas. Nadie me controla. Los nombres que me han dado nunca han sido míos, son solo máscaras que no me pertenecen. Todo lo que dicen que soy no me define.
Savannah no insistió en cómo era posible que pudiera hablar. Bajó la mirada hacia la oscuridad, que había tomado la forma de un lazo y se enroscaba alrededor de su mano.
—¿Qué te parece si me das un nombre? —propuso—. Así, cuando quieras hablar conmigo, bastará con pronunciarlo.
Hubo un breve silencio antes de que ella respondiera:
—Skylar —dijo al fin—. En los cuentos así se llamaban los dragones que volaban libres por el cielo. No obedecían a nadie, ni siquiera tenían dueño. Su fuego no quemaba, brillaba como las estrellas y ayudaba a quienes se habían perdido en la noche. Ese… ese nombre me gusta.
La penumbra pareció estremecerse.
—Skylar… —rio el dragón, complacido—. Entonces ese será mi nombre. Solo para ti.
—Solo para mí.
Desde aquella noche le había hecho compañía cuando lloraba y había aprendido demasiado sobre Skylar: el hombre que custodiaba las almas tras la muerte, el que gobernaba un ejército de espíritus perdidos y corrompidos dentro de su territorio.
Según lo que él le contaba antes de dormir, el equilibrio en Bankai no se sostenía solo. La tierra de los muertos existía gracias a dos fuerzas opuestas, enlazadas como el yin y el yang, pero esa armonía necesitaba algo más para mantenerse estable. Desde el principio de los tiempos, el mundo había sido regido por tres llamas, fuerzas vivas encargadas de garantizar el orden entre la vida, la muerte y todo lo que había entre ambas.
La llama idealis era el fuego del emperador, heredado de generación en generación dentro de la familia imperial, negro como un cielo sin estrellas. Idealis siempre había pertenecido al imperio y representaba poder, dominio y continuidad, la prueba de que el trono no solo se ocupaba, sino que se merecía.
La llama valirio ardía en un verde esmeralda profundo. Durante siglos había gobernado Valdemar, vinculándose a jinetes nacidos bajo su influjo. Pero hacía más de un milenio que permanecía latente, sin despertar en nadie. Con el paso del tiempo, valirio dejó de ser una fuerza viva para convertirse en leyenda, un eco del pasado que muchos ya dudaban de que pudiera regresar.
Y luego estaba la primera: Kaiserin, la más antigua. Un fuego azul que no pertenecía al imperio ni a ningún territorio mortal, sino a Bankai. No gobernaba desde un trono ni respondía a linajes; existía para sostener el equilibrio último, el límite invisible que separaba la vida de la muerte.
Kaiserin era el fénix.
Un símbolo de resurrección y renacimiento, casi una deidad para quienes aguardaban el final. Muchos esperaban encontrarla en Bankai de algún modo, como una promesa de plenitud, de cierre, incluso de buena fortuna. Pero esa misma llama era también la más peligrosa. Si Kaiserin absorbía demasiada luz o demasiada oscuridad de Skylar, el equilibrio se quebraba. Y cuando ese balance cedía, no caía solo una parte del mundo, todo lo conocido podía desmoronarse en un solo parpadeo.
Skylar nunca hablaba de Kaiserin, pero cuando Savannah se atrevía a preguntarle si el fénix era real, algo cambiaba en él. El dorado de sus ojos se apagaba, oscureciéndose hasta rozar el negro, y en ese cambio se acumulaba un odio tan denso que no necesitaba explicación.
—El imperio espera de mí cosas que no sé si podré ofrecer —confesó Savannah, años después del primer encuentro—. Esta mañana lo he vuelto a notar en el emperador. No me lo ha dicho tal cual, pero estaba ahí…, en cómo me miraba, en la forma en que hablaba del futuro. —Se mordió el labio—. Me da miedo lo que espera de mí como su hija.
—¿Y qué es lo que se espera de ti?
—El imperio de Pramvera necesita aliados… —Apretó los dedos hasta hacerse daño para no temblar—. Soy hija única, y eso significa que las alianzas dependen… dependen de mí.
El aire de la habitación se volvió helado. Savannah sintió las sombras cerrarse a su alrededor.
La oscuridad habló, y su tono sonó distinto, casi enfadado:
—Eres demasiado joven para cargar con esos pensamientos.
—Pero soy observadora, sé cuál es mi deber. Mi padre me lo ha recordado siempre. No basta con ser una buena jinete, él espera que el poder de vinculación que mi dragón me conceda sea extraordinario…, tan poderoso como el suyo. —Se le encogió el estómago—. He escuchado cosas que no debería. He oído mi nombre junto al de lord Adras… —titubeó—. Él preside el Parlamento de Valdemar. Lo he visto cuando mi amiga Marcelin visita el palacio. Es… es un hombre muy mayor.
La oscuridad envolvió de nuevo la habitación con su calor. Savannah alzó la vista y lo vio: una figura grande, recortada en la penumbra, con unos ojos dorados que brillaban como brasas. El hombre se arrodilló a una distancia prudente, mucho mayor de la que la mayoría de la gente solía guardar con ella.
—No temas por ese hombre, nunca pondrá un pie en tu imperio. Así que mañana levántate, recorre los jardines, deja que el sol te roce la piel. No cargues con cadenas que aún no son tuyas.
—Pero…
—Ahora duerme, pequeña.
Ella obedeció. Se metió en su enorme cama, que cada año parecía hacerse más grande, más ajena. Las sombras se deslizaron sobre el colchón y la arroparon hasta el cuello, suaves y protectoras. Savannah cerró los ojos y, mientras el sueño la reclamaba poco a poco, pensó que algún día quería ser como Skylar.
Aquella noche, mucho después de la conversación, deseó que ese hombre con el que pretendían casarla jamás llegara a pisar sus tierras. Repitió aquel deseo una y otra vez hasta quedarse sin voz.
A la mañana siguiente, lord Adras había muerto.
Las hilanderas

El amor había llevado al emperador de Pramvera a la muerte.
Dalton aún podía sentir el filo de su espada cortándole los músculos, desgarrándole el alma. Recordaba la voz de la Dama doblegando su voluntad hasta convertirlo en la herramienta de su propia destrucción. Su espada, envuelta en fuego negro, se alzó una última vez bajo su mando… y fue su propia mano la que le atravesó el corazón.
La Dama lo había matado, pero fue el amor lo que lo llevó hasta ese lugar, hasta ese momento. Ese mismo amor que durante siglos había guiado su vida terminó arrastrándolo hacia su final.
Dalton murió de la misma forma en que, más de trescientos años atrás, él había dado muerte a su esposa Kaiserin al atravesarla con una espada. Había sido manipulado igual que entonces. Alzó el arma una última vez y la historia se repitió. Aceptó ese final sin resistencia, porque en el fondo siempre creyó que era el único destino que merecía; su castigo por no haber sido capaz de proteger lo que amaba.
Dalton Basilius era un emperador, el último jinete de dragón…, pero también era un maldito cobarde.
«Dalton, no… —dijo aquella mujer a la que amaba. La misma que había resurgido de las cenizas del fénix, con la que se había casado hacía más de trescientos años, a la que había matado—. Este no es el final. ¡Maldita sea!».
Dalton apretó los dientes. No… Kaiserin y Eda no eran la misma persona. Podían tener idéntico rostro, voz, sonrisa…, pero no eran iguales. Le había costado mucho aceptar esa verdad. Kaiserin fue suya durante cien años. Eda, en cambio, no le pertenecía, se había enamorado de otro hombre, de alguien que no era él.
Como pudo, Dalton alzó una mano temblorosa, tomó el rostro de Eda entre sus dedos y, con esfuerzo, acercó sus labios a su frente.
«Lo siento… Siento haber creído que eras otra persona —quiso decirle—. Siento haber pensado que podías llenar el vacío que ella dejó».
«No es una despedida, maldita sea, Dalton… ¡No lo es! —gimió Eda entre lágrimas—. Déjame salvarte, ¡te lo debo todo, todo!».
«¿Acaso ella me debía algo?», pensó Dalton.
No, Eda no le debía nada, él había sido injusto, había intentado usarla para llenar un vacío que nunca dejó de doler. Quiso convencerse de que podía reemplazar lo que perdió hacía siglos, pero Eda no era suya, jamás lo fue, ella pertenecía a otro hombre, a otro tiempo. Y él lo aceptaba porque lo merecía. Merecía esa muerte, merecía ver a todos seguir adelante y ser felices… menos él. Merecía todo lo malo, todo lo oscuro.
Aceptaba el sufrimiento.
«Solo puede sentarse en el trono quien tenga el poder de destruir el mundo… y aun así elija no hacerlo. Ahora el imperio de Pramvera es tuyo, Eda. No porque hayas sido mi esposa, ni porque seas la primera llama, sino porque eres mi mejor amiga. Y hoy… hoy te doy todo lo que soy».
Eda alzó la cabeza y negó con los labios temblorosos.
«No… —Su mano seguía en su pecho—. No puedes hacerme esto, Dalton —susurró—. No estoy preparada…».
Dalton se sintió la peor persona del mundo en ese momento, pero… ¿cómo no iba a dejárselo todo? Eda, al igual que él, era una de las tres portadoras de las llamas que regían la magia, esas que habían existido mucho antes de que Dalton naciera; siglos, milenios, cambiando de portador cuando el equilibrio lo exigía. La idealis había recaído en él. La valirio, en la Dama. Y la Kaiserin, en Eda. Ella tenía tanto derecho como él a gobernar un imperio. No porque Dalton se lo hubiera concedido, sino porque la llama que llevaba en el alma la hacía heredera de un poder que trascendía cualquier corona. Le había entregado todo, sí…, pero no por amor ni por culpa, lo había hecho porque Eda había nacido para sostener el imperio tanto como él.
Junto a Eda, de pie con los ojos desorbitados, estaba el hombre que ella había elegido, con quien se había comprometido y casado.
Iron Shadow, la muerte encarnada.
El mismo hombre al que Dalton había considerado siempre su enemigo. El creador de las tierras de Bankai, un lugar que, durante toda su vida, había supuesto para él la mayor de las amenazas: una tierra donde los muertos caminaban, donde la oscuridad parecía devorarlo todo. En su mente, Bankai había sido siempre sinónimo de mal absoluto.
Pero Eda le había revelado una verdad muy distinta.
Bankai no era una condena, se trataba de un refugio.
El lugar del deseo.
El hogar de las almas que encontraban descanso cuando el viaje terminaba.
No representaba el final, sino la paz que llegaba después de la vida.
«Cuida del imperio y de Long por mí» fueron las últimas palabras que Dalton le dedicó a Eda.
Una figura se inclinó junto a ella mientras lloraba. Era una mujer. Su piel translúcida, casi azulada, parecía hecha de luz más que de carne. El cabello rubio le caía sobre un hombro, y su vestido rosa ondeaba con una suavidad imposible en medio de aquel campo de batalla.
Era como si la violencia del mundo no pudiera alcanzarla.
Dalton había oído hablar de ella antes, en las páginas de cientos de libros, en las leyendas más antiguas. Iron Shadow era la muerte, sí…, pero jamás venía solo. Siempre lo seguían dos figuras: el cuervo que todo lo observaba desde lo alto y la guadaña.
Ella había venido a por él.
Había acudido para llevárselo a Bankai.
Dalton inclinó la cabeza ante la guadaña aceptando su destino y extendió la mano, listo por primera vez en siglos para descansar. Pero lo que nunca habría imaginado ocurrió cuando tocó aquella piel translúcida. En cuanto sus dedos rozaron los de ella, una energía le recorrió el brazo y subió hasta su pecho, hasta ese corazón que él mismo había atravesado con su espada.
¿Qué demonios había sido eso? ¿Por qué sentía aire en los pulmones como si respirara por primera vez? ¿Por qué, con el cuerpo destrozado, rodeado de muerte, sentía paz…, una jodidamente real, como nunca antes en su vida?
Lo último que escuchó fue una dulce voz decirle:
«Ahora, querido emperador, tu alma me pertenece».
Dalton podría haber cerrado los ojos cuando la oscuridad lo reclamó, cuando la mano de la guadaña tiró de él hacia las entrañas de Bankai. Pero se negó, quería mirar de frente el juicio que lo aguardaba en esas tierras donde el sol no se atrevía a salir.
Su cuerpo inmortal cayó como un peso muerto sobre un lecho de hojas secas, y el impacto le arrancó un gruñido. No fue una caída cualquiera, fue un duro golpe contra el suelo, como si Bankai quisiera recordarle que allí no era nadie. Sus dedos se clavaron en la tierra húmeda y se incorporó de un salto, negándose a darle a aquella tierra el privilegio de retenerlo ni un segundo. Su mano acudió directa a su espalda, o al menos al lugar donde su espada había descansado durante siglos…, pero solo encontró vacío.
A su alrededor no había ni rastro del Bankai que Eda le había descrito. Nada de árboles luminosos, ni senderos suaves, ni paz. Solo un silencio tan absoluto que le pitaba en los oídos, y los troncos que lo rodeaban eran negros y retorcidos, secos como huesos.
Al levantar la vista se encontró con un cielo sin estrellas, un abismo perpetuo que se extendía sin horizonte. Y en medio de esa negrura, una luna blanca y redonda lo observaba desde lo alto.
«¿Dónde demonios estoy?», alcanzó a pensar justo antes de tropezar con una raíz oculta bajo las hojas marchitas. Cayó hacia atrás y su espalda golpeó la corteza del árbol.
Odiaba no tener el control.
Apretó los dientes, cerró el puño hasta que los huesos le crujieron y buscó su llama, intentando llamarla, forzarla a encenderse… Pero antes de que el fuego respondiera, una mano translúcida se cerró sobre su boca y un brazo firme lo rodeó por la cintura y lo arrastró hacia atrás.
—Quédate muy pero que muy quieto, morenazo —susurró una voz femenina junto a su oído—. Este no es tu imperio, aquí no hay reglas. Y si las hubiese, créeme, no serían las tuyas.
Sabía quién era.
La guadaña se había aprovechado de su maldita desorientación y lo había empujado hasta situarlo tras un árbol con una facilidad que lo enfurecía.
Su pequeña mano seguía firme sobre su boca, impidiéndole hablar. Dalton la vio. Su rostro era translúcido, demasiado humano para pertenecer por completo al mundo de los muertos. Pómulos altos, un leve tono rosado en la piel, una belleza serena que resultaba casi provocadora, casi insultante para alguien que no debía estar viva. Y aun así, todo aquel resplandor quedaba oculto bajo la capa blanca con capucha, que apagaba su luz como si el propio mundo intentara esconderla.
—Ahora vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Aquí mando yo. Y si no quieres que otros devoren tu alma, será mejor que mantengas la boca cerrada.
Dalton asintió a regañadientes, y ella retiró la mano de su boca justo cuando el suelo tembló, como si algo se arrastrara bajo la superficie.
El temblor vino acompañado del sonido de unos pasos sobre tierra, y el bosque —hasta entonces vacío— comenzó a poblarse de figuras encapuchadas que emergían de entre los troncos. Caminaban en dos filas perfectas, sincronizadas, sin desviarse ni un ápice, sin emitir una sola palabra.
No eran personas. Su piel, tan translúcida como la de la mujer que lo había inmovilizado, carecía, sin embargo, de todo brillo. Avanzaban como si obedecieran una llamada que solo ellos podían oír, como si llevaran siglos marchando.
Sabía que las reglas de aquel lugar no eran las mismas que en el mundo de los vivos, pero Eda le había asegurado que la magia aún funcionaba. Aun así, no alzó la voz ni intentó moverse; se limitó a guardar silencio.
Al fin y al cabo, Dalton podía comunicarse de otras formas.
Miró a la guadaña, que seguía con la vista clavada en la procesión, y viajó por su mente. Tanteó con cuidado en aquella oscuridad, buscando una puerta, una rendija, algo. Entonces lo vio: un leve brillo rosado titilando detrás de sus ojos, y entró sin esfuerzo.
Las puertas de su mente estaban abiertas.
¿Dónde estamos? ¿Quiénes son esas almas?, preguntó Dalton.
Ella giró despacio la cabeza hacia él con los ojos marrones muy abiertos. Abrió la boca para responder, pero él levantó una mano y negó con la cabeza.
No. Solo piénsalo y dímelo.
La guadaña apartó por fin la mano de su boca y, sin decir nada, lo empujó con suavidad para ocultarlo mejor tras el árbol.
Sé perfectamente cómo comunicarme con la mente, Dalton Basilius. Lo que estás viendo se llama la Santa Compaña, una procesión de almas estancadas, corruptas y muy violentas.
Dalton no ignoraba con exactitud dónde estaba, pero que la guadaña pareciese inquieta no podía significar nada bueno. Estaba dispuesto a entrar en su consciencia, leerla…
Ni se te ocurra, morenazo. Su mano translúcida voló hacia su codo y lo apretó con fuerza. Sé quién eres, sé lo que haces y sé de lo que eres capaz. No intentes meterte en mi mente ni pasearte por ella. Olvídalo.
Entonces explícame por qué me has traído aquí.
La Santa Compaña dejaba un hedor insoportable a su paso, como la carne que no termina de pudrirse.
Yo no te he traído aquí, le soltó ella sin mirarlo. Ha sido tu alma la que te ha arrastrado hasta este lugar. Yo no decido a dónde va tu cuerpo.
Solo sabes que mi alma te pertenece, ¿no es así?, espetó él, alzando una ceja mientras apretaba la mandíbula por, al menos, la octava vez en lo que iba de día. Con cada siglo que pasaba, se volvía más impaciente, más directo… y mucho más gruñón.
Ella imitó su gesto.
¿Vas a quedarte callada? Cuéntame de una maldita vez qué está pasando o tendré que hurgar en tu cabeza para averiguar cuál es mi puto destino. ¿Dónde estamos? ¿Por qué he aparecido aquí?
La tierra volvió a temblar bajo ellos.
Cálmate, por favor, le pidió ella. Guarda esa maldita rabia. Si te huelen, estoy atada de pies y manos. Y créeme, no quieres saber lo que te harán cuando decidan cazarte.
La guadaña puso una mano en su pecho, justo sobre el corazón que ya no debería latir, y Dalton se tensó, pegándose más a la corteza, intentando fundirse con el árbol y alejarse de ese contacto.
Lo habían tocado ahí antes, de esa forma, y no… no había sido Eda. Aquello despertaba algo más sucio, algo que prefería no recordar.
Lo sé, lo siento, es la única forma de distraer tus sentimientos.
Dalton abrió los ojos de golpe. Ella sabía lo que estaba sintiendo, sabía lo jodido que estaba.
N-no… no me pongas las manos encima.
Pero entonces, todo lo que asfixiaba su mente —los recuerdos enterrados, el dolor, las imágenes que lo perseguían— comenzaron a desvanecerse. Desde la palma que la guadaña mantenía sobre su pecho brotaron finos hilos de energía de un rosa pálido que no ardían, sino, al contrario, conseguían calmarlo. Aquella magia se estaba deslizando por su interior como si tejiera una red bajo la piel, remendando cada fisura, cada grieta.
Solo déjame unos segundos más, susurró ella. Y te prometo que no volveré a tocarte.
Dalton apoyó la cabeza contra el árbol, sintiendo cómo algo dentro de él se aflojaba por primera vez en siglos.
¿Qué estás…?
Mantén los músculos relajados, no te muevas.
Por el rabillo del ojo vio a una figura arrodillada junto al camino, el alma de una mujer con el rostro hundido entre las manos. Su llanto, agudo y desgarrado, atravesó el bosque.
La procesión, que hasta entonces avanzaba sin detenerse, se paralizó al unísono.
Antes de que Dalton pudiera reaccionar, algo invisible se aferró a la mujer por la espalda, la arrastró hacia la negrura entre los árboles y la engulló sin siquiera un grito final. Y, unos pasos más atrás, al final de la fila interminable, una nueva silueta encapuchada tomó su lugar sin resistencia, como si siempre hubiera estado destinada a ocupar ese hueco.
La Santa Compaña busca almas como la tuya. Rotas, llenas de ruido, con pensamientos que no cesan. Almas que se odian, que no se perdonan. Son las más fáciles de absorber porque ya no luchan.
Su mano seguía apoyada sobre su pecho y, aunque él no sabía qué le estaba haciendo, sentía una paz que no comprendía del todo. Como cuando ella lo había tomado de la mano para llevárselo.
Pero tú…, continuó ella, eres demasiado importante, y no puedo dejar que te unas a sus filas.
¿Cómo salimos de aquí?, le preguntó Dalton.
No es tan fácil abandonar el Tártaro.
Dalton parpadeó incrédulo. No… no podía ser. Siempre lo había tomado por una fábula, un mito para asustar a los vivos más rotos, a los que crecían en los márgenes, llenos de culpa o miseria.
Los wendigos —como Eda le había explicado— formaban el temido ejército de muertos. Eran almas condenadas por lo que habían hecho en vida: criminales, asesinos, monstruos con nombres propios y víctimas reales. No estaban allí por error. Pagaban su precio en el infierno que Iron Shadow había construido especialmente para ellos.
Pero el Tártaro era otra cosa. No juzgaba lo que habías hecho, sino lo que llevabas dentro. No castigaba actos, castigaba sentimientos. Era un lugar para los que no podían perdonarse, para los que se volvían contra sí mismos. No necesitaba cadenas ni barrotes porque las almas llegaban rotas. Y una vez dentro, el ciclo comenzaba: revivir el mismo dolor, una y otra vez, hasta que dejaras de resistirte.
Por eso no había árboles brillantes ni cielo estrellado…
Estás en el limbo, Dalton Basilius, y ahora solo depende de ti salir de él.

Savannah supo en el instante en el que se llevó el alma de Dalton Basilius a su territorio que él no sería como los demás. No era un mortal tembloroso que aceptaba su destino sin resistencia.
Era un emperador.
Un jinete de dragón.
Savannah tenía el poder de ver el dolor de todas las almas: sus asuntos pendientes, las grietas que nunca cerraron y las heridas que las habían empujado hasta el limbo donde ahora vagaban. Pero el dolor de Dalton era una espiral de fuego negro, una llama que no ardía hacia fuera, sino hacia dentro; una magia oscura que se retorcía en su pecho y devoraba todo lo que un día lo sostuvo. Podía verla moverse bajo su piel, como una bestia hecha de culpa, alimentándose de cada recuerdo.
Tragó saliva. Nunca habría imaginado una magnitud de dolor así dentro de él; al parecer, el emperador sabía disimular aquel vacío mucho mejor de lo que ella creía. Y entendió que con ese pesar jamás cruzaría el Tártaro. Por eso estaban allí, atrapados en ese bosque, mientras la Santa Compaña marchaba paciente entre los árboles, a la espera de que Dalton se rindiera, dejara de luchar y se uniera a sus filas.
Pero ella no iba a permitirlo.
El alma de Dalton era suya.
Necesito que desees un lugar, uno que te haga sentir en calma y donde querrías pasar el resto de tus días. No te sacará del Tártaro, pero sí puede esconder tu alma.
No había tiempo para explicaciones, la Santa Compaña se desvanecía entre la niebla… y eso solo podía significar una cosa: los verdaderos cazadores de almas estaban por aparecer.
¿Desear?, le contestó desconcertado.
¿Eda te explicó cómo funciona Bankai?
Él asintió.
Entonces cierra los ojos y concéntrate. Pase lo que pase, oigas lo que oigas…, no los abras. Solo tenemos unos minutos.
Él obedeció, y Savannah se mantuvo pegada a su cuerpo. Miró a ambos lados; podía escucharlos moviéndose entre los árboles, deslizándose como si la tierra les perteneciera. Sus patas de araña crujían contra las raíces en busca de almas perdidas.
Los kholdrath.
«Rápido, rápido, rápido…», rogó para sí misma.
Estaban cada vez más cerca. Savannah los vio deslizarse entre los troncos con una rapidez antinatural. No eran simples arañas gigantes; eran algo mucho peor. Sus cuerpos respondían a un cruce imposible: patas negras y huesudas, torsos humanoides y espinas que sobresalían de sus espaldas.
Habían olido a Dalton.
La cacería había empezado.
Dalton, solo deséalo.
—¡Lo estoy intentando, joder! —gruñó por lo bajo con los dientes apretados y frustrado.
Ella se separó del tronco y giró sobre la tierra con un leve chasquido de tacones. La capa blanca y el vestido rosa se arremolinaron a su alrededor. Al menos había elegido un buen vestido para esa matanza.
—No abras los ojos —le pidió una última vez mientras se desabrochaba la capa y la dejaba caer al suelo.
El deseo ardió en su interior como un latido salvaje, y Bankai respondió. Un destello se condensó en su palma y apareció una lanza en su mano, formada no por magia, sino por voluntad. No necesitaba poder. Solo hacía falta lo que a ella siempre le había sobrado: milenios de entrenamiento y una rabia terriblemente afilada.
Visualizó a cinco kholdrath acercándose desde distintos flancos y lo único en lo que pensó fue en no rasgar el vestido, ni en mancharse los tacones con la sangre de esas malditas arañas.
Los kholdrath se lanzaron al unísono desde las ramas, las patas de araña crujieron al impactar contra la tierra, pero Savannah ya se había movido. Su cuerpo se deslizó hacia atrás, girando sobre un talón como si estuviera en una pasarela y no en una cacería infernal. La lanza giró con ella, veloz y elegante, y trazó un arco perfecto que cortó el aire… y luego la carne. Una de las criaturas cayó, rajada desde el cuello hasta el vientre.
La siguiente llegó desde arriba. Savannah alzó la lanza sin mirar, bloqueó las fauces abiertas y clavó el filo en la base del pecho. Saltó sobre su espalda antes de que el cadáver tocara el suelo, se impulsó hacia las ramas altas y desde allí descendió girando en el aire. Su vestido rosa se abrió como una flor carnívora y, al caer, la lanza encontró otra garganta.
Cada movimiento suyo dejaba tras de sí un leve rastro de polvo rosa, como si incluso la muerte estuviera perfumada cuando ella la entregaba.
Los kholdrath chillaban y gruñían, pero no podían tocarla.
Al quinto y último lo atravesó con una estocada limpia, certera, directa al corazón. El monstruo se desplomó con un golpe seco y Savannah bajó la lanza y la dejó caer sobre la tierra despreocupada.
Hacía mucho que no luchaba así, con todo su cuerpo recordando lo que era ser un arma. Solo entonces bajó la mirada, inquieta por lo único que de verdad podía arruinarle el día: su vestido.
Una única gota de sangre marcaba el borde del dobladillo.
—Mierda, me he manchado —murmuró apartando la gota viscosa con los dedos.
Ahora sí estaba enfadada de verdad. Y además, no podía entender cómo Dalton no había logrado imaginar otro lugar que aquel bosque de mala muerte.
Cuando Savannah se giró para ver qué demonios estaba haciendo, lo encontró con la boca abierta, sin siquiera pestañear.
—¡Te he dicho que no abrieras los ojos! —le soltó exasperada—. ¡Van a venir más de esas cosas y no llevo puesta la ropa de matar arañas gigantes! ¡Por favor! Quiero largarme de aquí ya.
—Yo… —tartamudeó Dalton—. ¿Cómo…?
Tal vez fue la desorientación o la falta de comprensión del emperador sobre lo que estaba ocurriendo lo que hizo que el bosque comenzara a desdibujarse a su alrededor. Las sombras se estiraron, se curvaron, y empezaron a moldear el mundo en torno a ellos. Las raíces dieron paso a estructuras sólidas. Paredes. Estanterías altas que parecían no tener fin surgieron de la niebla, y libros de todos los tamaños comenzaron a llenar los huecos, uno tras otro.
Estaban en una biblioteca.
Savannah dio un paso hacia atrás, aturdida por el golpe mágico que la arrastró hasta el centro del nuevo escenario. Un enorme escritorio reinaba la sala, rodeado de sillones, alfombras gruesas… y en lo alto, en el techo, un cielo estrellado donde brillaba una constelación flotante y auroras que se movían despacio, como si el universo estuviera encerrado allí dentro.
—¿Por qué has deseado este lugar? —Savannah dio una vuelta lenta mientras sus ojos recorrían los estantes.
La recordaba.
Esa biblioteca… Ella ya había estado allí hacía muchos, muchos años.
—Vale —soltó Dalton de golpe, quien no miraba el lugar, sino a ella, y lo hacía con los ojos desorbitados—. Creo que yo debería empezar con las preguntas, ¿no? —Alzó un dedo sin esperar respuesta—. Primero: tu nombre. Segundo: ¿qué demonios eran esas cosas con cuerpo de araña y torso humano? Tercero: ¿cómo has matado a cinco…, sí, cinco, en menos de un minuto… sin usar ningún poder?
Se pasó la mano por el pelo, aún empapado de sudor, y comenzó a caminar por la biblioteca como una bestia enjaulada.
—Mira, entiendo que estés desorientado, que no tengas ni idea de lo que está pasando, pero deja de exigir como si todo el mundo aquí te debiera algo, cuando lo único que estamos haciendo es intentar ayudarte. Ese es tu maldito problema. —Dio un paso hacia él—. Vas a tener que empezar a prestar atención, a entender dónde estás, qué criaturas se arrastran por este lugar y cómo piensan. Porque, te guste o no, te cruzarás con muchas. Y si sigues creyendo que el mundo va a inclinarse ante ti como hacía tu imperio, vas a acabar…
Él resopló y apretó los puños. Entonces ella se irguió y gritó:
—¡No, Dalton! ¡Aquí no tienes poder! ¡Aquí no eres nadie!
La frase quedó suspendida en el aire y, un segundo después, Savannah se llevó la mano a la boca arrepentida. Cerró los ojos y se arregló el cabello con dedos tensos.
—Esto no es… —Apretó los labios—. Perdón, esto no es propio de mí.
Dalton guardaba silencio, aún de pie, sin moverse. Savannah, en cambio, se dejó caer en uno de los sillones, alisando su vestido con las manos.
«Contrólate».
—Bankai no tiene reglas —explicó ella—. Lo que deseas se te concede. Tu alma puede aparecer en cualquier lugar que imagines, incluso en sitios donde jamás estuviste en vida. Hay ciudades enteras que imitan el imperio, Valdemar…, cualquier rincón que tu mente sea capaz de construir. Aquí el tiempo y el espacio no funcionan como deberían. Puedes desear que un camino se reduzca a unos pasos o estirarlo hasta perderte en él para siempre.
Él asintió y se sentó.
En cuanto Savannah lo vio allí, en aquel sofá frente ella, los dedos de los pies se le encogieron dentro de los tacones, y las palmas de las manos empezaron a picarle. Una reacción inmediata y visceral que no pudo controlar.
—En realidad, ahora que lo recuerdo, Eda me habló de esas criaturas con cuerpo de araña, de aquella grieta donde los acorralaron. ¿Son cazadores de almas, como los zarkass?
Las hembras zarkass —criaturas de piel grisácea, cabellos negros y garras que parecían nacidas para destripar a la mismísima oscuridad— siempre habían sido hermosas de una manera peligrosa, casi hipnótica. Savannah sabía que aquellas que sobrevivieron a la masacre perpetrada por sus propios machos estaban del lado de Eda y de su hermano, Iron Shadow. Habían sido aceptadas en el ejército del imperio pese a haber nacido en Bankai porque habían demostrado su valor, su lealtad… y, como todos en el imperio, querían ver a la Dama caer.
—Hay muchos tipos de cazadores de almas —explicó ella cruzando una pierna sobre la otra—. Como hay millones de almas aquí, también hay millones de formas de devorarlas. Las zarkass, por ejemplo, se alimentaban de ellas porque lo necesitaban; hacerlo les daba energía, fuerza para seguir existiendo, no lo hacían por crueldad, sino por supervivencia. Los kholdrath, en cambio, son otra historia. No buscan alimentarse, sino erradicar. Quieren arrasar con todas las almas de estas tierras y reinar sobre lo que quede. Es un plan grotesco, pero bastante claro. Aunque, para ser sinceros, son tan estúpidos que no sé si merecen el mérito de haberlo pensado.
Dalton la observaba con atención, pero de pronto se levantó de un salto.
—¿Dónde he dejado mis cosas? —murmuró acercándose al escritorio. Removió unos papeles hasta encontrar una pluma y, sin más, empezó a escribir.
Savannah frunció el ceño desconcertada.
—¿Qué estás haciendo?
—Eda me dijo que los kholdrath llegaban a Bankai a través de fisuras mágicas. Pero si dices que esto es el Tártaro, entonces ellos también pertenecen al limbo, ¿no?
Savannah se encogió aún más en el sofá, con un nudo en la garganta que casi la ahogaba al ver su comportamiento. El temido emperador, ese que había resucitado la magia hacía más de cuatro siglos… en el fondo no era más que un ratón de biblioteca.
Dalton siguió delirando:
—Si lo de las fisuras mágicas es cierto, si esas arañas entran por ahí, entonces no estamos solo en Bankai. Este es un plano diferente, una capa más profunda. Como si dentro del mundo de los muertos existiera otro nivel…, un subsuelo. Y ese sería el Tártaro. —No detuvo su escritura.
—Sí, pero…
—Tú puedes salir, ¿verdad? Puedes moverte entre planos, entre territorios —la interrumpió con brusquedad, alzando por fin la cabeza—. Pero yo no. Yo estoy atrapado. ¿No es así?
La pluma se le resbaló de los dedos. Y fue entonces cuando vio las ojeras marcadas, los ojos desbordados de ansiedad, la mandíbula tensa como si estuviera conteniendo un grito.
El ciclo ya había comenzado.
Dalton estaba atrapado, y el Tártaro empezaba a desgastarlo desde dentro, empujándolo, poco a poco, hacia la ruptura. No venía a borrarle el pasado ni a calmarle el dolor…, venía a obligarlo a revivirlo. Una y otra vez. No le quitaría las ojeras, ni el temblor en la mandíbula, ni el tic nervioso que lo hacía pasarse la mano por el cabello sin parar.
—Solo dime cómo llegar a Bankai… —pidió Dalton—. ¿Eda puede venir aquí? Le dejé todo, mi imperio, mi legado… Sé que tu hermano la ayudará a gobernar, que no estará sola, pero necesito explicarle por qué decidimos hacerlo.
«Decidimos…». Savannah parpadeó confundida.
—¿Tú hablaste con mi hermano? ¿Decidisteis que el imperio terminaría en manos de Eda?
Él no contestó. Había vuelto a coger la pluma y su mano se deslizaba sobre el papel de forma frenética. Savannah se levantó y, al acercarse, vio el dibujo. Eran dos planos: uno superior, bañado de luz, y otro debajo, más sombrío, hecho de trazos oscuros.
Un mundo bajo otro mundo.
Dalton había comprendido la estructura del territorio de la muerte. No solo era Bankai, era un terreno fragmentado, una tierra estratificada con distintos niveles. El emperador ya no estaba especulando, lo estaba viendo. Lo estaba entendiendo.
—Dalton —lo llamó.
—Solo era un trato. Si él moría, yo ayudaría a Eda. Si moría yo, él permanecería a su lado para gobernar. Al final…, de cualquier forma…, ella se quedaba con todo. Lo tenía planeado.
—Dalton.
—Solo necesito salir del Tártaro y hablar con ella. Explicarme.
—El Tártaro no es algo que puedas abandonar así como así.
—¡No quiero romper el ciclo! —estalló él alzando por fin la vista—. No quiero redención ni salvación, solo… explicarme. ¿Tan difícil es eso?
Estaba cada vez más nervioso y Savannah, casi por instinto, quiso calmarlo. Era normal que las almas llegaran perdidas, desbordadas, con mil emociones cruzadas golpeando al mismo tiempo. Esa espiral de dolor en su pecho, negra y viva, giraba con más fuerza, más deprisa, alimentándose del miedo y la desesperación. En vez de apagarse, crecía.
Savannah extendió la mano y buscó con suavidad su brazo. Solo quería detener esa espiral negra que giraba con furia en su pecho, pero en cuanto su piel rozó la suya, un latigazo de energía le recorrió el brazo hasta el codo.
Dalton se apartó de golpe, con una fuerza que tiró los papeles al suelo y lo hizo chocar contra el escritorio.
—¡No vuelvas a tocarme! —rugió aferrado al borde de madera. Tenía esa mirada de terror que vio en el bosque—. ¡Por favor, no lo hagas otra vez!
—Solo… solo intento ayudarte. Estás entrando en un bucle. No ves lo que está pasando, pero yo sí. Déjame explicártelo.
Dalton se llevó una mano al pecho, y entonces sus rodillas chocaron contra el suelo junto al escritorio y sus manos subieron hasta cubrirle el rostro. Se apretó las cuencas de los ojos con las palmas.
Savannah dio un paso atrás.
—Volveré más tarde.
Pero justo cuando se giró para marcharse sus tacones se enredaron con el borde de la alfombra y su cuerpo perdió el equilibrio. Cayó hacia atrás como una torpe mortal. Sin embargo, antes de tocar el suelo, unos brazos la sujetaron por los codos, estabilizándola.
El recuerdo la golpeó sin aviso: un lago congelado, dos figuras danzando sobre el hielo y unas manos invisibles rozándole la cintura, tocando su cuerpo joven. Manos que no deberían existir, pero que estaban allí, tan reales como el hielo que brillaba bajo sus pies, resplandecientes como una aurora atrapada en la superficie.
«Olvídate de eso, Savannah», se ordenó clavándose las uñas en las palmas.
Se volvió con el corazón desbocado, esperando encontrar a alguien detrás de ella. Pero no había nadie.
«Claro que no lo hay».
Muy despacio, miró hacia Dalton, quien la observaba desde el suelo con los ojos rojos y húmedos.
—¿Has sido tú? —preguntó ella en voz baja.
Dalton apartó la vista y giró el rostro hacia un lado, como si la pregunta lo incomodara más que su propio dolor.
Savannah solo quería volver a aquel lago, a ese instante congelado en el tiempo…, pero sabía que era imposible. Habían pasado demasiados años desde que aquellas manos invisibles la tocaron, desde que aquellos labios la besaron.
—Lárgate de aquí —gruñó el emperador.
Sin una palabra más, ella chasqueó los dedos y desapareció de la biblioteca.
Dalton la vio esfumarse con un destello, dejando tras de sí un rastro de brillos rosados que se desvanecieron en el aire.
Ahora estaba sentado con las rodillas recogidas y la cabeza hundida entre ellas, sofocado por una ansiedad que lo oprimía desde dentro. Palpó su propio pecho a ciegas, buscando un aire que no entraba, un latido que no existía. Y entonces lo notó. El rasguño en la tela de su uniforme, el que marcaba el lugar donde la espada lo atravesó, ya no estaba. Pero tampoco lo hacía el corazón que debería latir bajo la piel, ni el leve ascenso de los pulmones.
Nada.
Aun sin respirar, seguía sintiendo aquella opresión en el maldito pecho, la misma que volvió el día que Eda se fue, la que lo desgarró en silencio cuando Iron Shadow se la llevó, y la que se volvió insoportable cuando entendió que ella no quiso regresar. Que, de algún modo, Eda se había enamorado de otro hombre que no era él.
Dalton sabía que nunca sería la primera elección de nadie. Había esperado por ella durante siglos, pero aquello nunca significó que él fuera suyo. Y descubrirlo fue peor que cualquier espada que se clavara en su corazón. Porque no era solo que Eda hubiera elegido a otro, sino darse cuenta de que él no pertenecía a nadie, que siempre había sido la sombra que acompaña, el que sostiene, el que pierde… y jamás el hombre por quien alguien regresaría.
Ese vacío que llevaba siglos fingiendo no sentir volvió a golpearlo con brutalidad dentro de aquella biblioteca nacida de su propia mente. Un lugar que había amado, donde pasó incontables horas leyendo, estudiando, y que ahora solo podía devolverle una cosa: el eco punzante del dolor.
No supo cuánto tiempo permaneció allí, encogido en el suelo, con la frente hundida entre las rodillas y la garganta cerrada por un nudo que no sabía deshacer. Horas, o quizá días; el tiempo carecía de sentido en Bankai. Pero en esa eternidad, Dalton Basilius entendió por fin lo que jamás se había permitido aceptar: su castigo era recordar, una y otra vez, la misma condena que siempre lo había perseguido.