Prólogo

Prólogo

Contar todos los libros que me han marcado sería como escribir una autobiografía porque siempre, desde que tengo uso de razón, me ha acompañado un libro. Leer ha sido lo que más me ha gustado en mi vida. Ha sido mi pasión, mi diversión y también mi terapia, mi educación y mi refugio. Pero lo segundo que más me ha gustado ha sido hablar de libros, contarlo. Mi familia y mis amigos lo saben (y lo sufren). Creo que no hay nada tan divertido como contar un libro, como explicar a los demás por qué te ha gustado, y nada tan placentero como que te digan después que lo han leído y les ha encantado.

Compartir lecturas, compartir la pasión por leer y por los libros, es una de las cosas que más me seduce en la vida. Para mí sería imposible tener una pareja con la que no compartiera libros ni pasiones lectoras, impensable que no leyera. No hay nada mejor que leer juntos, leer por encima de su hombro incluso, hablar luego de lo leído, emocionarse recordándolo. Nada como buscar sus marcas en los libros que te deja, saber que se leerá libros subra­ya­dos y anotados por ti, porque de alguna forma, leer los libros de otro es conocerle mucho mejor. Es aprender a quererle.

Pero es que yo, además, he tenido la suerte de poder hablar de libros profesionalmente, en la radio desde hace muchos años, y por escrito cuando he tenido la oportunidad. Empecé en Onda Cero y he llegado a la Ser, donde he cumplido (y sigo cumpliendo) mis sueños. El 29 de junio de 2019 se emitió en la Cadena Ser el primer programa de Un libro una hora. Fue «Madame Bovary». Y desde entonces llevamos casi trescientos capítulos. Es maravilloso enfrentarse cada semana a una adaptación de un clásico de la literatura y preguntarse cómo contarlo, qué contar, y tratar de transmitir las mismas emociones que el libro, pero en 55 minutos. Yo, lo único que no quería era que el programa se convirtiera en un sustituto de la lectura y creo, humildemente, que lo hemos conseguido. Los mensajes que cada semana nos envían nuestros oyentes nos dicen que muchos de ellos se lanzan a comprar el libro después de escucharnos. Maravilloso.

Además, tengo la suerte de hacer cada semana la sección de libros del programa Hoy por hoy, que se llama «La biblioteca», con Àngels Barceló y con Pepe Rubio. Así he tenido la oportunidad de entrevistar a muchos de los autores que admiro y confieso que, a veces, aún me pongo nervioso cuando hablo con ellos. Desde hace poco, además, escribo todos los meses en Zenda un artículo de una serie que hemos llamado «Sopa de libros». Soy un hombre afortunado, porque me relaciono con autores maravillosos y porque me pagan por leer y contarlo.

Hablar de libros, transmitir mi pasión por ellos, es lo que he pretendido hacer en este libro que, por supuesto, no es un libro de crítica, sino un recorrido por los libros que han sido importantes para mí, y que son importantes en general. Y he intentado explicar por qué deberían leérselos y por qué fueron importantes para mí.

En la primera parte he seleccionado veinticinco libros que son, sin duda, clásicos: los «clasicazos». Ahí está desde El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha hasta la Odisea, El conde de Montecristo o Madame Bovary. Son todos anteriores a 1900 menos Peter y Wendy, que es de 1904.

La segunda parte son veinticinco libros que son clásicos modernos. Está Cien años de soledad, o El viejo y el mar, como está Nada o 1984, que nadie duda que ya son clásicos.

En la tercera parte, en cambio, están veinticinco libros que yo creo que serán clásicos en el futuro, como Stoner, Corazón tan blanco o La caverna.

Por último, en la cuarta parte están veinticinco libros que han sido fundamentales en mi vida, que me han marcado, que me han abrigado, que me han cambiado. Y ahí hay libros muy variados, muy diferentes.

Hay una cosa importante que tengo que aclarar en la elección de estos cien libros. Y es que solo hay un libro de cada autor. Podría haber metido en la lista varios libros de Galdós, podría haber metido Moby Dick de Melville, pero ya estaba Bartleby, el escribiente, podría haber metido tres o cuatro de Saramago, de Vargas Llosa o de Gabriel García Márquez, como podría haber metido muchos de Marsé, de Almudena Grandes, o de Zweig, pero solo hay un título de cada autor.

Además, hay ausencias terribles. No hay nada de Faulkner, no está Pedro Páramo, no hay nada de Bolaño ni de Cortázar. Cada uno echará de menos uno, pero es que cien libros son muy pocos. Se han quedado fuera libros que han sido esenciales para mí, como El río de la luna de José María Guelbenzu o La náusea de Sartre, incluso algunos de Karl Ove Knausgard, o Un buen chico de Javier Gutiérrez. Hay tantos… Habrá que pedirle a David Trías que me encargue una segunda parte.

Pero ya está bien de excusas. Los cien libros que están son esenciales y no creo que haya dudas respecto a ninguno de ellos.

Escribir Cien libros, una vida ha sido un viajazo. Creo que es un libro que se puede leer de principio a fin, en orden, o que se puede abrir por cualquier capítulo y avanzar en la dirección que se quiera. No hay una historia que recorre los capítulos, aunque hay casi siempre referencias personales cuando explico por qué ha sido importante cada libro para mí.

Aquí está mi vida. En las líneas de cada libro y entre las líneas. En las emociones de cada lectura, en los aprendizajes. En cada uno de los cien títulos. Espero que lo disfruten, que lo compartan, que les divierta pero, sobre todo, espero que se lancen a leer los libros que no conozcan o que relean.

Hay que leer. Hoy, tal vez, más que nunca.

PRIMERA PARTE

Los clasicazos

1

El conde de Montecristo

de Alexandre Dumas

El conde de Montecristo fue el libro que me hizo sentir que lo único que quería hacer en mi vida era leer. Tenía catorce años, pero recuerdo todavía esa sensación, ese placer, la plenitud que solo se puede sentir cuando terminas una bella historia magníficamente contada, esa droga que te hace preguntarte de inmediato qué vas a leer después. Recuerdo la sensación de avanzar y de perderme en sus páginas, de agotarme y de querer continuar.

He vuelto a leer la novela de Dumas mucho tiempo después, para preparar los dos programas que le dedicamos en Un libro una hora y volví a sentir esa misma emoción. Tuvimos que hacer dos programas porque no nos cabía todo en una hora, así que decidimos contar en la primera parte la traición y el encarcelamiento, y en la segunda, la venganza. En mi cabeza recordaba que más o menos era la mitad cada parte, pero al leerla por segunda vez me di cuenta de que de sus mil doscientas páginas, la traición ocupaba solo trescientas y el resto era la venganza. Y tiene sentido, porque es la venganza más elaborada, pensada, justificada y sufrida de la historia de la literatura.

La novela comienza con una frase que contiene muchas de las cosas importantes en el argumento de El conde de Montecristo:

El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín El Faraón procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos, salió inmediatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión.

Contiene el barco que trae de vuelta a Edmundo Dantés, y que es el origen de las envidias de uno de sus enemigos, Danglars, que pretende ser el nuevo capitán cuando se jubile el actual, y no va a permitir que sea Edmundo Dantés quien se haga con el cargo. Contiene la vuelta, porque eso mismo es lo que no soporta Fernando, enamorado de Mercedes, la novia de Edmundo Dantés, que quiere que Edmundo desaparezca para que sea él quien se case con Mercedes. Y esta primera frase contiene también la isla de If, donde encerrarán a Edmundo Dantés.

Entre Danglars y Fernando denuncian a Edmundo Dan­tés, con una carta «anónima», por hacer de correo entre Napoleón, exiliado, y la junta bonapartista de París. Esa carta existe de verdad, aunque Dantés no conoce el contenido y solo sabe que va dirigida al señor Noirtier. Pero la mala suerte hace que el procurador del rey que lleva el caso de Edmundo Dantés, el señor de Villefort, es el hijo de ese Noirtier a quien iba dirigida la carta del emperador. Villefort decide enterrar a Dantés en la isla de If, sin juicio, antes que correr el riesgo de que nadie sepa el destinatario de esa carta o puedan acusarle a él de bonapartista. Maldad y mala suerte. Una terrible combinación.

Sería muy complicado señalar los momentos estelares de esta novela, porque son muchos. La novela está llena de escenas inolvidables. Pero yo recuerdo con pasión el momento en el que Edmundo Dantés, encerrado en una celda inmunda de la cárcel de la isla de If, aislado del mundo, descubre que en la celda de al lado hay otra persona, con la que consigue comunicarse, y su lucha, luego, por llegar hasta la otra celda.

Y así conoce a uno de los grandes personajazos de la literatura universal, el abate Farias, un hombre de una cultura impresionante que enseña todo lo que sabe a Edmundo Dantés. Tienen todo el tiempo por delante (por desgracia) y Dantés lo aprovecha muy bien. Y para colmo, el abate Farias tiene, además, un secreto. Conoce la ubicación del mayor tesoro que se haya conocido, en la gruta de la isla de Montecristo. La forma en la que Dantés sale de la isla es antológica también:

Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso vado, hendiendo los aires como un pájaro herido de muerte, y bajando, bajando a una velocidad que le helaba el corazón. Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que precipitaba su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída durase un siglo, hasta que, por último, con un ruido espantable, se hundió en un agua helada que le hizo exhalar un grito, ahogado en el mismo instante de sumergirse. Edmundo había sido arrojado al mar con una bala de a treinta y seis atada a sus pies. El cementerio del castillo de If era el mar.

La segunda parte es un ejercicio brutal de construcción de un personaje. Edmundo Dantés reaparece bajo el nombre del conde de Montecristo, y el lector es el único que lo sabe. El resto del mundo, el resto de los personajes, no sabe que está siendo manipulado, y destruido poco a poco en una venganza a la que no le importa el tiempo, que va armándose de una forma muy compleja pero perfecta y que llevará a cada uno de los enemigos de Dantés a la derrota.

Pero tal vez una de las cosas más interesantes de este personaje que construye Dumas es la forma en la que duda, según pasa el tiempo. Esa reflexión final sobre el bien y el mal, sobre la propia venganza, sobre la vida dedicada a devolver la afrenta, sobre el tiempo perdido. Y es que para Dumas, las apariencias esconden la realidad. Todos tienen secretos, el de Montecristo es doble, su pasado y su futuro, es decir, la misión que se ha impuesto. El secreto del resto de los personajes es el origen delictivo de su fortuna, el asesinato y la traición. Porque conocer el secreto equivale a tener el poder sobre los hombres. Montecristo conoce el secreto de sus enemigos, pero nunca revela el suyo.

Alexandre Dumas nació en 1802 y fue una figura dominante en la escena literaria del siglo XIX francés. El conde de Montecristo se terminó de escribir en 1844 y fue publicada en una serie de dieciocho entregas, como folletín, durante los dos años siguientes. Las novelas de Dumas nacen siempre de un acontecimiento cercano, de un encuentro fortuito: en el caso de El conde de Montecristo Dumas leyó «El diamante y la venganza», la historia de un joven obrero a punto de casarse que es denunciado por un amigo como agente de los ingleses. Dicen que el abate Faria existió de verdad, que la señora de Villefort está inspirada en la señora Lafarge, acusada de haber envenenado lentamente a su esposo, y que en esta novela reivindica a su padre, el general Dumas, héroe de la Revolución abandonado en las cárceles del reino de Nápoles. Su padre, el general Thomas-Alexandre Dumas, fue conocido como el Conde Negro. Nació en Haití en 1762, hijo de un aristócrata francés que se fue en busca de fortuna al Caribe y terminó arruinado. Su madre era la esclava negra Marie-Césette Dumas. Thomas-Alexandre fue vendido como esclavo por su padre, para poder obtener el dinero para ir a Francia, pero una vez recuperada su herencia, liberó a su hijo y se lo llevó a la metrópoli con catorce años. Allí Thomas-Alexandre recibió entrenamiento en la academia de esgrima de Versalles, convirtiéndose rápidamente en uno de los mejores espadachines del país. Fue el primer general mulato de un ejército occidental. Esta historia la cuenta maravillosamente Tom Reiss en su libro El conde negro.

El conde de Montecristo es una obra brutal que todo el mundo debería leer, por lo menos, una vez en la vida.

2

Bartleby, el escribiente

de Herman Melville

Bartleby, el escribiente es uno de los libros más especiales que me he leído. Tal vez porque no se parece a nada de lo que había leído cuando llegué a él (tal vez solo al extraordinario Wakefield de Nathaniel Hawthorne). La historia es sencilla: un escribiente entra a trabajar como copista en un despacho, y al principio es un hombre diligente, que hace bien su trabajo, aunque no se relaciona mucho con los demás, es triste y solitario y tiende a quedarse ensimismado. Pero de pronto un día, cuando el dueño del despacho (y narrador) le pide que haga una cosa, Bartleby se niega, con una frase que pasará a la historia de la literatura:

Imaginen mi sorpresa —mejor dicho, mi consternación— cuando, sin moverse de su rincón, Bartleby, con una voz particularmente suave pero fir­me, contestó: «Preferiría no hacerlo». Me senté un rato en absoluto silencio, recuperando mis aturdidos sentidos. Se me ocurrió de inmediato que quizá mis oídos me habían engañado o que Bart­leby había malinterpretado completamente lo que ha­bía querido decir. Reiteré mi requerimiento con el tono más claro que pude adoptar. Pero la misma res­puesta surgió casi con la misma claridad: «Preferiría no hacerlo».

Bartleby, el escribiente puede ser, efectivamente, una historia sencilla y transparente, o un misterio sin resolución posible. Es todo y es nada. Se publicó a finales de 1853 de forma serializada en la revista Putnam’s y tres años después se reeditó en una versión corregida. Dicen que esta novela corta está íntimamente ligada al estado mental y profesional por el que atravesaba su autor, Herman Melville, tras el fracaso comercial de su colosal Moby Dick.

Herman Melville nació en Nueva York en 1819 y murió en 1891 sumido en el olvido y en la precariedad económica. Bartleby, el escribiente fue leída en 1853 como la prueba evidente de su declive y desvarío. Algunos han querido ver en el personaje de Bartleby a un alter ego de Melville, al copista deprimido que todo el rato se estaría preguntando si frente a la escritura ha de decantarse por la renuncia, o, quizá al contrario, por continuar. También se ha considerado que esta obra es precursora del existencialismo y de la literatura del absurdo. El caso es que desde su publicación su influencia ha sido muy poderosa. Albert Camus lo consideraba uno de sus referentes, Borges veía en él temas kafkianos y otros autores lo han comparado con la obra de Beckett. Pero es verdad que es casi imposible que te deje indiferente.

Italo Calvino dijo que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir y, por eso, en cada nueva lectura acabamos encontrando algo distinto. Puede ser una ácida parodia de los avances en materia de política laboral que se sucedieron en Nueva York a mediados del siglo XIX, o tal vez una reflexión sobre las consecuencias del aislamiento deshumanizador al que nos aboca el trabajo moderno, o una inmersión directa en la enfermedad mental, puede que un romance homosexual no sublimado, tal vez un código solo descifrable por iniciados en masonería, o un precursor del absurdismo kafkiano, el primer texto existencialista o un furioso alegato contra el determinismo de la modernidad.

El subtítulo de Bartleby, el escribiente es «una historia de Wall Street», y es curioso que precisamente, la obra de Melville haya sido concebida como un símbolo del movimiento Occupy Wall Street. El filósofo esloveno Slavoj Žižek propuso «Preferiría no hacerlo» como lema oficial del movimiento. La fórmula «I would prefer not to» se ha impreso en playeras y carteles: el estado catatónico de Bartleby ha sido la inspiración para llevar a cabo acciones de resistencia de este movimiento. El 17 de septiembre de 2011 en la plaza de la Libertad, en pleno distrito financiero de Manhattan, el movimiento Occupy Wall Street exigió al gobierno más regulación y señalaba a los principales bancos y corporaciones norteamericanas y a la Bolsa de Nueva York como culpables de la crisis económica mundial. Bartleby sería el representante de todas las personas que viven el drama de repetir de forma compulsiva una actividad indeseada y carente de sentido. Y hasta pudo ser el primer trabajador despedido que ocupó Wall Street.

Porque en la novela de Melville ocurre que en un momento, Bartleby decide quedarse a dormir en el despacho. Un domingo por la mañana el abogado va a su oficina y cuando mete la llave en la cerradura nota cierta resistencia y alguien gira la llave desde dentro. Es Bart­leby, en mangas de camisa y con una bata andrajosa, que le dice que está muy ocupado en ese momento y que prefiere no dejarle entrar. Y le sugiere que vuelva dentro de un rato. Y el abogado, que por supuesto podría haber hecho otra cosa, le hace caso y se va. Pero la situación es insostenible. Su jefe termina denunciándolo y le terminan metiendo en la cárcel. Es verdad que antes de que se lo lleven, su jefe le ofrece su propia casa para vivir. Le ofrece acogerlo, pero a eso Bartleby también se niega.

Hay una tristeza que lo impregna todo, hay una melancolía y un dejarse llevar que te va llenando mientras lees, como si no pudieras entender al escribiente, pero sintieras lo mismo que él, el absurdo de vivir, la dificultad de conectarse cada día, de repetir las mismas cosas:

Como no tenía ningún cargo vergonzante y era una persona bastante sosegada e inofensiva en sus ma­neras, le permitieron andar libremente por toda la pri­sión y, en particular, por los patios interiores de hier­ba. Así que allí lo encontré, de pie, solo, en el más tranquilo de los patios, con la cara vuelta hacia un muro de gran altura, mientras alrededor, desde las es­trechas rendijas de las ventanas de la prisión, creí ver los ojos de asesinos y ladrones acechándolo.

Bartleby, el escribiente tiene, para mí, uno de los finales más emocionantes de la literatura. Y es que, aunque nadie sabe nada del escribiente, empieza a circular un rumor sobre él, que dice que Bartleby trabajó durante un tiempo en la Oficina de Cartas Muertas de la Oficina de Correos de Washington. La Dead Letter Office fue fundada en Estados Unidos en 1825, se encargaba de recoger y examinar el correo que, por diversas razones, no había podido ser entregado ni devuelto a su remitente. A finales del siglo XIX un cuarenta por ciento de esas cartas, tras una investigación, llegaba a su destinatario. El resto se destruía o se vendía como papel viejo:

¡Cartas muertas! ¿No les suena eso a cadáveres? Imaginen un hombre que, por naturaleza y por desgracia, es proclive a una exangüe desesperanza. Veamos, ¿existe otro trabajo más adecuado para acrecentar esta desesperanza que el de manipular continuamente esas cartas no recla­madas y clasificarlas para destruirlas en las llamas? Porque queman montones de ellas cada año. Algunas veces, entre el papel doblado, el pálido empleado encuentra un anillo —el dedo al que estaba destinado quizá esté des­com­po­nién­do­se ya en su tumba— o un billete enviado con la más diligente de las caridades —aquel a quien iba a aliviar ya ha dejado de comer y no volverá a tener hambre—; el perdón para aquellos que murieron de desesperación; la ilusión para quie­nes sucumbieron por falta de confianza; buenas nue­vas para los que, asfixiados por las continuas calami­dades, fallecieron ya. Portadoras de mensajes de vida, estas cartas se precipitan a la muerte.

¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!

3

El corazón de las tinieblas

de Joseph Conrad

Hay libros que cuando te los lees en la madurez haces una lectura totalmente distinta a la que hiciste en la juventud. A mí me ha pasado con dos, en especial. Uno de ellos es Lolita de Nabokov, de la que hablaremos luego, y otro es El corazón de las tinieblas de Conrad. Me lo leí cuando tenía, más o menos, dieciocho años, y aunque entendía cada una de las palabras no comprendí nada de lo que me estaba contando. Me sentí como si estuviera leyendo en un idioma recién aprendido. Es curioso, porque esto lo he hablado con mi amigo Fernando, un arquitecto sensible y culto, y me ha confesado que le pasó lo mismo. Y lo que es más, Juan Gabriel Vásquez, maravilloso escritor y traductor de El corazón de las tinieblas, también me contó que le había pasado los mismo.

Cuando lo volví a leer, casi cuarenta años después, hice una lectura absolutamente luminosa, y no solo lo he entendido, sino que me ha parecido una maravilla, y se me ha erizado la piel en cada fase de ese viaje, mientras Marlow se va desnudando de todo para adentrarse en la selva, mientras entiende de pronto el horror de nuestra civilización buscando a Kurtz. Se me pone la piel de gallina solo de contarlo. ¡Qué maravilla!

He visto al diablo de la violencia, al diablo de la codicia, al diablo del deseo; pero ¡por todos los cielos!, aquellos eran diablos de ojos rojos, fuertes y lujuriosos, que tentaban y arrastraban a los hombres. Pero allí, en la ladera, adiviné que bajo el sol cegador de aquella tierra me encontraría a un demonio fofo, ladino, de ojos apagados, de una locura rapaz y despiadada. Varios meses después y unas mil millas más lejos sabría cuán insidioso podía ser.

Todo es apasionante en esta novela. Lo primero desde dónde está contada. Marlow es un narrador, alguien que está contando la historia mientras esperan en una yola de recreo, en Londres, a que la marea les permita zarpar. Pero Charlie Marlow no solo es un hombre que cuenta las historias de una forma especial. Dice Conrad que «el significado de un episodio, para él, no estaba adentro, como una nuez, sino afuera, envolviendo el relato». Y va contando cómo fue contratado para capitanear un barco de vapor que tendría que remontar un río para buscar a Kurtz, un agente comercial que se había vuelto loco, que había establecido, en lo más profundo de la selva un régimen de terror donde él era el rey. ¿Qué le ha pasado a Kurtz? ¿Es la propia selva la responsable de esa locura?

Creo que le susurró cosas acerca de él mismo que él ignoraba, cosas que no había concebido siquiera hasta que pidió el consejo de esta inmensa soledad, y el susurro resultó irresistiblemente fascinante. Resonó con fuerza en su interior porque él, en el fondo, estaba hueco…

Hay todo un juego brutal y extraño a lo largo de la novela, una lucha entre la luz y la sombra, y entre lo que sabemos y el va­cío. Y durante todo el viaje remontando el río, Marlow se va vaciando de todo lo que sabe para llenarse de lo que le dice la selva, lo mismo que le ha pasado a Kurtz, y lo que la selva le cuenta (y nos cuenta a todos) es el horror de nuestra civilización.

Pero todo comienza con la llegada al río, a la primera estación donde Marlow tendrá contacto con los seres que la pueblan. El demonio fofo, la dejadez, la muerte, la esclavitud, el caos, las costuras de la civilización. Negros que lo miran con ojos de terror mientras agonizan, esclavos que trabajan diariamente en el absurdo, blancos con camisa almidonada que encuentran el equilibrio en el orden, la frustración y el maltrato. La selva como una llamada y como una amenaza. Cada escena que nos describe Conrad es más brutal que la anterior, hasta que nosotros sufrimos, como lectores, la misma sensación de vacío, de incomprensión, que en el fondo nos señala. Y entonces comienza la subida del río:

Las aguas se abrían delante de nosotros y se cerraban por detrás, como si la selva hubiera lentamente bajado a las aguas para cortarnos el camino de regreso. Penetrábamos más y más en el corazón de las tinieblas. Todo era silencioso allí. A veces, en la noche, el redoble de los tambores detrás del telón de árboles corría río arriba y quedaba vagamente suspendido, como flotando en el aire, sobre nuestras cabezas, hasta la primera luz del día.

Józef Teodor Konrad Korzeniowski nació en la actual Ucrania, que entonces era Polonia, en 1857 y murió en Inglaterra en 1924. En 1886 se le concedió la nacionalidad británica. En realidad, como cuenta Juan Gabriel Vásquez, el inglés era solo su tercer idioma, tras el polaco y el francés. Dice Vásquez que su prosa es extraña, que no parece de ninguna parte y que si la lengua es la verdadera patria de un novelista, Conrad fue siempre un inmigrante en la suya. El corazón de las tinieblas apareció por primera vez en una serie de tres partes en Blackwood Magazine, en 1899. Fue publicada como novela completa en 1902. A los treinta y tres años Joseph Conrad se embarcó para el Congo. Navegó hasta Matadi y luego tuvo que soportar una caminata de cuatrocientos kilómetros hasta llegar a Kinshasa, donde el río vuelve a ser navegable. Pero El corazón de las tinieblas no es la historia de ese viaje, es mucho más. Es una búsqueda de las diferencias entre el bien y el mal, la cordura y la locura.

Cuando Marlow llega al campamento de Kurtz, ve algunas cosas asombrosas, inolvidables. Una de ellas es la presencia de una mujer, que podría ser la mujer de Kurtz en aquel lugar, que no habla, que solo se pasea por la orilla cuando Kurtz se embarca en la lancha de Marlow para volver. Levanta los brazos al cielo, va vestida de una forma extraña, y en ese silencio, como en gran parte de la novela, está reflejado el dolor que siente. La otra es el propio Kurtz, un hombre que, según Marlow, «no conocía la contención, ni la fe, ni el miedo, y, sin embargo, luchaba ciegamente consigo mismo». Enfermo, cansado, Kurtz se embarca con Marlow para volver, pero en medio de la travesía muere. Y esa es una de las escenas claves de la novela. Cuando la cara se le transforma, como si hubiera visto el rostro de la muerte:

¿Habrá vuelto a vivir toda su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega, durante ese supremo instante de conocimiento absoluto? Gritó en un susurro ante alguna imagen, alguna visión: gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: «¡El horror! ¡El horror!».

El corazón de las tinieblas es una novela extraordinaria, una obra que te cambia. Es imposible salir indemne de su lectura. Es un viaje al interior de cada uno de nosotros porque el verdadero corazón de las tinieblas tal vez sea el corazón de los hombres.

4

Marianela

de Benito Pérez Galdós

Marianela es, sin duda, uno de los libros de mi vida. O más debería decir de mi juventud. Porque es una de esas lecturas que hacen que te conviertas en lector. Una de esas novelas inolvidables. Sin embargo, puede que sea raro elegir esta obra entre todas las maravillas que ha escrito Benito Pérez Galdós. Hice una lectura extraordinaria de Fortunata y Jacinta en un peculiar viaje a Portugal, solo, y la devoré en tres días. Tal vez por eso la recuerdo con tanta pasión. Misericordia, en cambio, no me marcó tanto cuando la leí en el instituto y sin embargo cuando la he releído para contarla en Un libro una hora me ha parecido brutal, una de sus mejores novelas. Recuerdo de Doña Perfecta el drama final, que me impresionó mucho, esa historia de amor tremenda. Me ha encantado siempre la primera serie de los Episodios Nacionales. Los ingleses habrían hecho con ellos la gran serie de televisión y esa es una asignatura pendiente en este país (tantas, pendientes, con la literatura). La desheredada es otra maravilla, o Tristana. Pero yo he elegido Marianela.

La historia es deliciosa, una pobre chica de pueblo, fea y buenísima, hace de lazarillo de Pablo, un señorito ciego que es su mejor amigo, y tal vez algo más. Pablo es un joven muy guapo y de alguna forma está enamorado de Marianela, o Nela, como la llama. Es un amor platónico, claro. Un día, Pablo le cuenta a Nela que la noche anterior su padre le ha leído un texto sobre la belleza ideal, una belleza que no se ve ni se toca ni se percibe con ningún sentido, y él le dijo a su padre que ese tipo belleza era el de la Nela. Y le cuenta que su padre se echó a reír:

—Sí, tú eres la belleza más acabada que puede imaginarse —añadió Pablo con calor—. ¿Cómo podría suceder que tu bondad, tu inocencia, tu candor, tu gracia, tu imaginación, tu alma celestial y cariñosa, que ha sido capaz de alegrar mis tristes días; cómo podría suceder, cómo, que no estuviese representada en la misma hermosura?… Nela, Nela —añadió balbuciente y con afán—, ¿no es verdad que eres muy bonita?

Y la Nela se pone como una amapola y no sabe qué decir. Cuenta Galdós que durante un breve instante de terror y ansiedad Marianela cree que el ciego la está mirando. Y eso para ella sería lo peor que le podría pasar, porque así Pablo descubriría lo fea que es. Sin embargo, es tan buena, que cuando llega al pueblo un oftalmólogo, Teodoro Golfín, que da esperanzas de que con una operación, tal vez vuelva a ver, Marianela siente que está muy alegre y muy triste a la vez.

Es maravilloso dónde te sitúa como lector Galdós. Porque sabes desde el principio que jamás Pablo va a acabar con Marianela, que ella no solo es fea, sino que además es pobre y huérfana, pero es enternecedor asistir a los deseos del ciego, inocente y buena persona, idealista, mientras la tragedia se va preparando a su alrededor, una tragedia que en realidad es una buena noticia: pronto podrá ver. Porque Pablo llega a decirle a Nela que van a vivir juntos toda la vida y que jamás se separarán, que se casarán cuando pueda ver y que será su esposa querida. Nela, la pobre, le dice que lo quiere mucho, muchísimo, pero que no se afane por verla, que qui­zá no sea tan guapa como cree. Y todo se complica cuando aparece Florentina, una prima de Pablo, bellísima y con quien su padre lo quiere casar. Es tan guapa que la Nela la confunde con la Virgen cuando la ve por primera vez.

Hay otro tema brutal en Marianela, que es la relación que tiene Nela con la muerte, cómo está varias veces al borde del suicidio, cómo su madre la llama desde algún lugar, cómo Nela se siente atraída por la Trascava, un lugar peligroso que tiene un césped resbaladizo que va bajando hasta perderse en una gruta. A Nela le atrae mucho ese lugar. Observa la boca de la sima, que se abre en el terreno como un embudo. Se adivina un hueco, un tragadero oculto por espesas hierbas. Nela dice que a ratos oye la voz de su madre, que le dice clarito que se está muy bien allí. Una adolescente que se siente fea y teme ser rechazada y tontea con el suicidio. Parece muy actual. Tal vez por eso, cuando leí Marianela, con apenas quince años, me impresionó tanto. Pero me sigue impresionando.

Y al fin llega el día de la operación, y una mañana, ocho días después, corre la noticia de que Pablo ya tiene vista. Marianela está tentada de escaparse con su amigo Celipín (personaje que será recuperado por Galdós en El doctor Centeno) o irse con su madre. Vaga por los alrededores de las minas, pasa las noches sin dormir. Le cuentan que Pablo quiere verla, pero que desde el primer instante supo distinguir las cosas feas de las bonitas: un pedazo de lacre encarnado le agradó mucho, y un pedazo de carbón le pareció horrible. Da la impresión de que todo lo que es bello le produce un entusiasmo que parece delirio y todo lo que es feo le causa horror. Pobre Nela. No hay forma de convencerla de que vaya a casa de Pablo. Hasta que consiguen llevarla. Su pulso está acelerado, está pálida, descompuesta, con señales de una espantosa alteración física y moral. Se queda tumbada en una cama, sin poderse apenas mover. De pronto se oyen pasos. Viene Pablo. Nela está aterrorizada. Pablo entra despacio, riendo. Sus ojos, libres de la venda que él mismo se ha levantado, miran hacia adelante. Apenas percibe todavía las imágenes laterales, así que se dirige hacia su prima y no ve ni al doctor ni a la Nela. Pablo le dice a Florentina que es lo más hermoso que ha visto nunca, y de pronto pone su rodilla en tierra:

Florentina, yo creí que no podría quererte, creí posible querer a otra más que a ti… ¡Qué necedad! Gracias a Dios que hay lógica en mis afectos… Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo… Ahora puedo decir que idolatro a un ángel. El estúpido ciego ha visto ya, y al fin presta homenaje a la verdadera hermosura…

Es entonces cuando ve las mantas, y entre ellas un rostro cadavérico, de aspecto muy desagradable. Con los ojos cerrados, el aliento fatigoso, parece que la pobre Marianela está agonizando. Pablo cree que es una pobre que han recogido y alarga una mano hasta tocar aquella cabeza y la Nela le dice quién es mientras se lleva a los labios la mano de Pablo para besarla.

Marianela se muere de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor contrariado.

Marianela, mezcla de idilio romántico de raíz folletinesca y de novela social, fue un éxito. Hasta llamó la atención de Oscar Wilde, que saludó a Galdós en uno de sus viajes a París como el autor de Marianela. Fue llevada al teatro en 1916 en adaptación de los hermanos Quintero, con Margarita Xirgu en el papel protagonista, acontecimiento que emocionó a Galdós, que ya casi ciego, en plena representación, tendió los brazos a la actriz llamándola Nela desde el patio de butacas repetidas veces.

5

La isla del tesoro

de Robert Louis Stevenson

Esta es una historia que a mí me lleva directamente a la infancia. Os tengo que confesar que descubrí esta novela (y otras muchas) en una edición en versión tebeo que se llamaba Joyas literarias juveniles (con 300 ilustraciones a todo color) que editaba Bruguera. Una delicia. Por eso, tal vez tengo grabada la portada, con un chico escondido en un barril mientras tres piratas (los tres piratas más típicos que te puedas imaginar, uno de ellos con un loro en el hombro y la pata de palo) hablan sobre la cubierta de un barco.

Y es que esta novela tiene todos los ingredientes para capturarte desde el principio. Un chico que se ha quedado huérfano de padre, que trabaja en una taberna en medio de la nada, encuentra un mapa del tesoro que llevaba encima un pirata que muere mientras está allí alojado. Y, claro, no se le ocurre otra cosa más que ponerse en contacto con un conocido y proponerle encontrar ese tesoro:

Habiéndome pedido el caballero Trelawney, el doctor Livesey y los demás caballeros que escribiera, desde el principio hasta el fin, toda la historia de la isla del tesoro, sin omitir nada salvo la posición de la misma, y eso solo porque todavía queda allí algún tesoro no descubierto, tomo la pluma en el año de gracia de 17 (y pico) y retrocedo al tiempo en que mi padre regentaba la posada Almirante Benbow y en que el viejo y atezado marinero, con la cicatriz causada por un sablazo, por primera vez se alojó bajo nuestro techo.

Así comienza esta aventura en la que nada puede salir bien porque el barco que fletan tiene a una tripulación de antiguos piratas que están buscando el mismo mapa y el mismo tesoro, aquel que enterró el capitán Flint. No tarda en haber un motín en cuanto avistan la isla, liderado por John Silver el Largo, un personajazo que se ha quedado en el imaginario popular. A partir de ese momento pasa de todo. Batallas entre «los buenos» y «los malos» (que no lo son tanto, ni los unos ni los otros), un náufrago que lleva viviendo años solo en la isla, un mapa del tesoro, trampas mortales para quien ose desenterrarlo, luchas, persecuciones, banderas piratas, y una canción:

Quince hombres tras el cofre del muerto,

¡oh, oh, oh, y una botella de ron!

No es raro que esta novela conecte con la infancia porque Robert Louis Stevenson la escribió como un juego. El hijastro de Stevenson dibujó un mapa. Dice Stevenson que el mapa parecía «un dragón gordo y rampante». El dragón gordo desató al novelista que llevaba dentro. Después de debatir largo y tendido sobre historias de piratas, un relato brotó sin esfuerzo de su pluma a un ritmo de capítulo diario. Leía en voz alta a la familia el episodio del día «después de comer». La isla del tesoro era el postre. Dicen que la voz de Stevenson era «extraordinariamente vibrante». Tenía una naturaleza enfermiza y desde los veintiséis años empezó a viajar en busca de climas más benignos para su tuberculosis. Pasó los últimos años de su vida navegando por el Pacífico Sur, hasta que recaló en Upolu, una de las islas Samoa, donde se construyó una casa en la que, a los cuarenta y cuatro años, en 1894, murió de un ataque cerebral. Los aborígenes, que le habían bautizado con el nombre vernáculo de Tusi-tala («Cuentacuentos»), velaron su cuerpo durante toda la noche. Está enterrado en el monte Vaea, frente al mar. Hay una maravillosa canción de Luis Eduardo Aute, Vailima, que lo cuenta.

La isla del tesoro se llamó inicialmente El cocinero de a bordo y puede ser que Stevenson no pensara publicarla, lo que explicaría la cantidad de material de otros escritores que hay en los primeros capítulos. De hecho, La isla del tesoro fue finalmente publicada en 1881 por entregas en la revista Young Folks (una revista infantil y juvenil que publicaba relatos bastante mediocres) bajo el seudónimo de «capitán George North». Y no tuvo mucho éxito, parece mentira. Tal vez porque la novela tenía demasiado nivel para esos lectores, porque realmente La isla del tesoro es una obra maestra.

La novela no decae en ningún momento. Mi parte favorita es la búsqueda del tesoro, con John Silver a la cabeza, pero es que no terminan de pasar cosas, y hasta la resolución es apasionante, ese final abierto, esa llegada a puerto con el tesoro, que al final, es lo que menos importa. Un tesoro que algunos se gastan en diecinueve días y el vigésimo ya están mendigando por el puerto. Hay parte del tesoro que sigue escondido en la isla, aunque Jim no querría volver por nada del mundo:

Los lingotes de plata y las armas siguen enterrados, que yo sepa, allí donde los dejó Flint; y, en lo que se refiere a mí, allí seguirán, podéis estar seguros. Ni con bueyes ni con sogas me harían volver a aquella isla maldita; y los peores sueños que jamás padezco son aquellos en los que oigo romper las olas en sus costas, o cuando me incorporo sobresaltado en el lecho al oír la aguda voz del Capitán Flint que resuena en mis oídos:

—¡Pesos duros españoles! ¡Pesos duros españoles!

La isla del tesoro es emocionante, a ratos puede hasta ser terrorífica. Tiene un humor canalla maravilloso, tiene aventuras, viajes, batallas, misterio, y unos personajes inolvidables. ¿Quién no quiere viajar en un barco pirata a buscar un tesoro enterrado?

6

Drácula

de Bram Stoker

Drácula es, seguramente, la novela que más miedo me ha dado jamás. Recuerdo que la primera vez que la leí me quedé hasta tarde, en una casita que tenía en la sierra, con la chimenea encendida, y en silencio, mientras mis hijos dormían. En una de las escenas más terroríficas, de pronto, se abrió la puerta de la calle de par en par, y a mí casi me da un infarto. Creo que tardé un par de minutos en tener el valor de levantarme para cerrarla. Fue el viento, claro, qué otra cosa podría ser, y que estaba mal cerrada, seguro, pero es que Drácula tiene el poder de conectarnos con nuestros miedos más profundos.

Es una novela epistolar. Comienza con Jonathan Harker viajando a Transilvania, al castillo del conde Drácula porque el conde ha adquirido una propiedad en Inglaterra y el pasante del procurador va hasta su castillo para que firme los papeles. El viaje ya es espeluznante. Lo primero es que le han avisado de que en esa fecha, el 4 de mayo, a las doce de la noche, todos los maleficios reinarán sobre la tierra. Para colmo lo recoge una calesa tirada por cuatro caballos y conducida por un extraño cochero que a veces se baja y se pierde en la oscuridad, mientras la calesa es rodeada por lobos. Pero la llegada al castillo es brutal:

—¡Sea bienvenido a mi morada! Entre por su propia voluntad, entre sin temor y deje aquí parte de la felicidad que lleva consigo.

Así recibe el conde Drácula a Jonathan Harker. La estancia del joven Harker en el castillo es espectacular. Descubre vampiras que se alimentan de bebés, y ve al conde un día andando por la pared de castillo como si fuera un lagarto. Decide escaparse y para ello llega a los aposentos de Drácula y encuentra un ataúd lleno de tierra donde reposa el conde, rejuvenecido. Aun así logra escapar y regresar a Inglaterra.

Mientras, la novia de Jonathan Harker, Mina, personajazo y auténtica protagonista de la novela, se escribe con su mejor amiga, Lucy, y hablan de sus proyectos de vida. Para Mina, el principal es casarse con Jonathan y en cambio Lucy, no se decide entre sus tres pretendientes. Ambas se encuentran en la localidad de Whitby. Mina está preocupada porque hace ya un mes que no sabe nada de Jonathan y porque Lucy empieza a tener unas crisis de sonambulismo que afectan a su salud. Y es que el conde Drácula está preparando su llegada, y eso afecta mucho a Lucy y también a un tipo siniestro que está organizando su llegada desde un manicomio, Renfield.

Es asombroso cómo a través de cartas, de noticias y hasta del diario de un médico, Bram Stoker va construyendo esta historia apasionante que no se puede dejar de leer y que aterroriza al lector a cada momento. Drácula se publicó en 1897. Dicen que (igual que le pasó a Mary Shelley con Frankenstein) Bram Stoker soñó con el vampiro.

La noche del 7 de marzo de 1890 Stoker tuvo una pesadilla y escribió, al despertar, las primeras anotaciones del personaje. Comenzó a reunir y organizar diversos materiales para lo que en principio iba a ser una obra de teatro. Se enteró de la existencia del histórico y sanguinario voivoda Vlad III de Valaquia, también conocido como «el Empalador», y descubrió que el padre, Vlad II, había sido miembro de la Orden del Dragón, y por eso Vlad III fue apodado «Draculea» o «Hijo del Diablo». A Stoker le gustó la sonoridad exótica y extranjera del nombre. Estudió El vampiro de John Polidori, le añadió una pizca de Macbeth y otra de Edgar Allan Poe, algo de algunos títulos de Alexandre Dumas, Prosper Mérimée, Wilkie Collins y, muy especialmente, The Parasite de su amigo Arthur Conan Doyle. Y con todo eso creó el personaje del vampiro de Transilvania, que ya forma parte de nuestra cultura. Y, encima, escribió una novela donde cabe todo. Es oscura, profunda, inquietante, terrorífica, erótica, patológica, filosófica, psicológica y hasta feminista.

Cuando Lucy, la amiga de Mina, empieza a tener unos síntomas muy extraños a la vez que en su cuello aparecen unas marcas, aparece otro de los personajes fundamentales de la novela, Van Helsing, que intenta averiguar qué le está pasando a Lucy. Otro personajazo brutal. Drácula llega a las costas de Inglaterra en un barco, el Demeter, del que solo desembarca un enorme lobo, que huye a esconderse, porque su tripulación ha ido desapareciendo misteriosamente. Unos empleados del conde descargan unos cajones llenos de tierra, que transportan a su residencia:

Tan pronto como la proa de la goleta tocó la arena, surgió de la cala un perrazo enorme, que saltó sobre el puente, como impulsado por el choque, y se precipitó a la orilla. Dirigiéndose a toda velocidad hacia lo alto del acantilado, donde se halla el cementerio en un terreno tan escarpado que algunas losas sepulcrales están en parte suspendidas en el vacío por el lento desgaste de las rocas, desapareció en la noche, que parecía aún más negra más allá de la luz del reflector.

La historia de Lucy no acabará bien. O sí, pero muy al final. Y a partir de ahí comienza la persecución de Drácula. No hay respiro en esta novela. A veces podría parecer una novela de aventuras, o veces hasta una nóvela romántica. Es brutal la catarata de emociones que se suceden, el juego psicológico con el vampiro, cómo el lector se encariña con unos personajes extraordinarios. Y de entre todos a mí me gustaría destacar a Mina: una mujer, que es independiente, valiente, inteligente, que está toda la novela tomando decisiones y acertando, que termina dirigiendo la persecución de Drácula y que se niega a una seducción, que lucha contra lo que siente, que evoluciona constantemente. A mí me parece un personaje admirable y más a principios del siglo XX.

Decía Stephen King que el triunfo de Drácula como novela y de Drácula como personaje (y el de Stoker como autor) está en haber conseguido humanizar el hasta entonces concepto siempre «ajeno» del Mal. Lo consigue manteniendo a lo largo de casi toda la historia al Mal fuera de la acción. El conde aparece durante los primeros capítulos y, luego desaparece por completo durante unas trescientas páginas para volver a ser visible, fugazmente, en pocas oportunidades durante su estancia en Londres. Stephen King califica esta estrategia como «uno de los trucos más memorables y atractivos en toda la literatura inglesa», y es que nada asusta más que aquello que no se ve pero que, sin embargo, nos mira y nos vigila.

7

Crimen y castigo

de Fiódor Dostoievski

Crimen y castigo cuenta, seguramente, el asesinato más famoso de la literatura universal. Raskólnikov, el protagonista de esta novela, es tan pobre que no sabe cómo salir del pozo, y de pronto se acuerda de la vieja prestamista que vive cerca de él. Cree que esa mujer, que él dice que es inútil, mala y está enferma, que a nadie le sirve de provecho, podría ser una herramienta para salvar a muchos:

Cientos, miles quizá de existencias acarreadas al buen camino; decenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, de la corrupción, de los hospitales venéreos… Y todo eso, con sus dineros. Mátala, quítale esos dineros; para con ellos consagrarte después al servicio de la Humanidad toda y al bien general. ¿Qué te parece? ¿No quedaría borrado un solo crimen, insignificante, con millares de buenas acciones?… ¡Por una vida…, mil vidas salvadas de la miseria y la ruina! Una muerte, y cien vidas, en cambio.

Tan alucinante como eso. Total, dice Raskólnikov, si ella se va a morir sola dentro de poco, por qué no darle una ayudita. Es muy difícil entender estas dudas de Raskólnikov sin entender la pobreza, la miseria en la que vive, y es de esta forma como Dostoievski nos empieza a contar la historia. Así es como viste esta novela y estos personajes que te encogen el corazón desde las primeras líneas, porque Crimen y castigo se lee clavando los pulgares en las páginas, sin poderse uno creer la historia que le cuentan, sumergido en esa ruina, en esa suciedad, en esa falta de esperanza:

—Señor mío —empezó casi con solemnidad—, la pobreza no es un pecado, es la verdad. También sé que la embriaguez no es ninguna virtud. Pero la miseria, señor mío, la miseria…, esa sí que es pecado. En la pobreza conserva usted todavía la nobleza de sus sentimientos innatos; en la miseria ni hay ni ha habido nadie nunca que los conserve.

Y así, el bueno de Raskólnikov se decide a llevar a cabo su siniestro plan. Va a ver a la vieja y, cuando llama, la puerta se entreabre, despacio, y dos ojos penetrantes y recelosos se posan en él desde el fondo oscuro. En aquel momento Raskólnikov pierde su sangre fría y está a punto de echarlo todo a perder, pero entra. Le muestra a la vieja una prenda que supuestamente lleva a empeñar. Pero lleva escondida un hacha en la chaqueta. De pronto la saca, la esgrime con ambas manos, sin darse cuenta de lo que hace, y casi sin esfuerzo, con gesto maquinal, la deja caer de contrafilo sobre la cabeza de la vieja:

Aliona Ivánovna lanzó un grito muy tenue y se desplomó, pero aún tuvo tiempo de llevarse las manos a la cabeza. En una de ellas seguía teniendo la «prenda». Él, a seguida, la hirió por segunda y por tercera vez, siempre con el revés del hacha y siempre en la mollera. La sangre brotó cual de una copa volcada, y el cuerpo se desplomó de espaldas, en el suelo. Él se echó atrás para facilitar la caída y se inclinó sobre su rostro: estaba muerta.

Raskólnikov se pone a buscar el botín que cree que va a encontrar, pero tiene tan mala suerte que la hermana de la vieja aparece por la puerta y Raskólnikov la tiene que matar también. El miedo se apodera de él después de aquel segundo homicidio, completamente inesperado. Tiene que huir. Se lanza al pasillo. Y de repente, tras la puerta, escucha a alguien llamar, y después de un momento, el visitante inesperado se impacienta y se pone a zarandear con todas sus fuerzas el tirador de la puerta, mientras llama a gritos a la vieja y a su hermana. Como no obtiene respuesta, baja a buscar al portero, momento en el que Raskólnikov entreabre la puerta y sale. Se esconde en la escalera y, al fin, logra huir. Al entrar en su habitación se echa en el diván tal y como está. No duerme pero se sume en un sopor. Sombras y fragmentos de algo como ideas cruzan por su mente. Permanece así tendido largo tiempo, hasta que amanece. La escena es terrible, inolvidable, parece que has estado allí. A nadie le extrañaría, después de leerla, que sus manos estuvieran un poco manchadas de grasa o hasta de sangre, y sin embargo, solo han pasado cien páginas. Acaba de terminar la primera parte de la novela. Quedan casi seiscientas páginas por delante.

Cuando en 1866 se publicó la primera parte de Crimen y castigo, tuvo un éxito enorme. Fiódor Dostoievski se enfrentaba a la pobreza y las deudas, pero la aparición de las sucesivas partes de la novela supuso todo un acontecimiento social y público. Cuando la gente se refería a él solía quejarse de su fuerza abrumadora y del efecto angustioso que ejercía sobre ellos. Lo que yo les decía.

Pero casi al mismo tiempo comenzaron las interpretaciones. Se habló de que era una novela «antinihilista», pero es que hasta la segunda mitad del siglo XX se han seguido escribiendo estudios críticos acerca de la novela. Ha sido vista como una novela detectivesca, un ataque contra la juventud radical, un estudio sobre la «alienación» y la psicopatología criminal, una obra profética, una denuncia de las condiciones sociales en la Rusia urbana del siglo XIX, un alegato religioso y un análisis de la «voluntad de poder».

Pero es que Crimen y castigo habla de muchas cosas. Habla del bien y del mal, habla mucho de la pobreza, es una novela social, pero también habla de la intelectualidad de la época, de la importancia de entender tu propio mundo, como habla de la familia, tema central, y por supuesto contiene una maravillosa historia de amor. Pero el tono general de la novela es mucho más extraordinario que cualquiera de sus episodios individuales.

Seguramente es una de las mejores novelas que he leído jamás. Sin embargo, es tan densa, tan inabarcable que es difícil enfrentarse a ella por segunda vez.

8

Orgullo y prejuicio

de Jane Austen

Leer a Jane Austen es un placer extraordinario. Perderse por sus diálogos, ser capaz de seguir sus argumentos, a veces complejos, es un disfrute. Y yo, tengo que reconocer, no era muy de Jane Austen hasta que empecé a leerla cuando pusimos en marcha Un libro una hora.

Jane Austen nació en 1775 en Steventon, Inglaterra, y murió en 1817, con apenas cuarenta y dos años. Escribió tan solo seis novelas, pero seguramente todo el mundo las conoce: Sentido y sensibilidad, Mansfield Park, La abadía de Northanger, Persuasión, Emma y Orgullo y prejuicio.

Orgullo y prejuicio fue publicada en 1813. Es una novela apasionante, llena de diálogos brillantes e inteligentes y de personajes inolvidables, como la protagonista, Elisabeth. Como cada una de las novelas de Jane Austen, es una historia construida con detalle, con cuidado, llena de momentos que no hay que perderse porque son esenciales, de giros en la trama, de descubrimientos, de sorpresas, de escenas extraordinarias. A mí me apasiona cómo construye sus novelas, pero también es maravilloso lo que cuenta, porque cada una de ellas trata un tema muy interesante.

En el caso de Orgullo y prejuicio no solo nos cuenta una maravillosa historia de amor, sino que además cuenta la historia de dos personas que se dan cuenta de que se han equivocado. Y corrigen. Y actúan en consecuencia. Eso, en esta época ya es excepcional, pero a principios del siglo XIX era una cosa revolucionaria. Como se dice en algún momento de la obra, los que jamás cambian de opinión deben asegurarse de juzgar bien al principio.

De entrada, la historia es sencilla y típica. Voy a contarla muy a grandes rasgos. De hecho, todo podría resumirse con la primera frase de la novela:

Es una verdad reconocida por todo el mundo que un soltero dueño de una gran fortuna siente un día u otro la necesidad de una mujer.

Hasta los ricos buscan casarse. Y los Bennet son una familia que no disfruta de una gran posición económica, y tienen cinco hijas. Cuando un buen partido llega a la zona, se interesa por la hija mayor y la corteja. Y ahí empieza todo. Luego dejará de interesarse, después volverá a hacerlo, y en medio hay bailes, soledad, normas sociales, problemas económicos, una forma muy particular de ver el mundo y una serie de personajes extraordinarios. Y además están Elisabeth y Mr. Darcy. Y eso son palabras mayores.

Mr. Darcy representa el orgullo del que habla el título de la novela, y Elisabeth, el prejuicio. Ambos se atraen desde el principio, pero no consiguen acercarse nunca, y cuando lo hacen saltan chispas. Ella es inteligente, divertida, le gusta leer, y no puede soportar a ese hombre que la incomoda, la altera, y encima parece que va hablando mal de su hermana. Sin embargo, siente por él algo muy difícil de definir.

Darcy opina que la mujer perfecta debe ser una mujer inteligente y que lea mucho. Desde el principio, y esa es otra de las características de Jane Austen, el lector sabe cosas que desconocen algunos personajes, sabe que se atraen, sabe incluso que serían una pareja perfecta, pero Darcy, bellísimo, inteligente, serio, seguro y muy rico, es un tipo orgulloso. Hay un momento en el que hablan de la magnífica biblioteca que Darcy tiene en su casa, sin embargo, no por eso Elisabeth se siente más cerca de Darcy porque ella todo lo interpreta como un signo de superioridad por parte de él. Tiene ese prejuicio horrible que le hace ver a Darcy como un tipo altivo. Pero es que Darcy es muy exigente y Elisabeth atrae esa exigente mirada de Darcy porque es el único personaje masculino de la novela capaz de estar a la altura de todas las cualidades de ella. Lo justo sería que ella también descubra todas las cualidades de Darcy. Pero eso va a costar más. Es apasionante cómo Darcy no puede evitar declararse:

—He luchado en vano. Ya no quiero hacerlo. Me resulta imposible contener mis sentimientos. Permítame usted que le manifieste cuán ardientemente la admiro y la amo.

Y es brutal cómo Elisabeth lo rechaza al principio y cómo él explica todo lo que ella necesita saber para que lo acepte. Así, Darcy renuncia a su orgullo, y cuando le da las explicaciones necesarias, Elisabeth es capaz de vencer sus prejuicios y darse cuenta de que se ha equivocado y que Darcy tiene unos valores extraordinarios y la ama, y no solo eso, sino que ha vencido su orgullo para decírselo.

Jane Austen nos habla de la necesidad constante de estar alerta ante la diferencia entre apariencia y realidad. Y eso es muy revolucionario ahora y lo era más entonces. Nos habla de personas que se dan cuenta de que se han equivocado y en vez de persistir en el error, dan marcha atrás y hacen las cosas bien. Maravilloso.

Hay que leer a Jane Austen, de arriba abajo. Sin prejuicios (ni orgullo).