Razas etirias

Razas etirias

Esquema jerárquico de las razas dividido en dos bloques: MORTASIANOS en el primero y ETIRIOS en el segundo; en el bloque mortasiano aparecen SYRENIOS y ELVYNIRIOS como ramas propias, junto a HUMANOS, que se subdividen en VONKOVYANOS, LYVERIANOS y ROMISIRIOS, unidos en la base por LINAJES ANCESTRALES; en el bloque etirio figuran en la parte superior EREMICIOS, ÓRGODOS y DRYADIVIROS, y en el centro los MÁNTICOS, que se dividen en SOLÁCEOS, LUNÁCEOS y ZEFROMITAS, de cuya rama descienden NYXTERIOS, VESPYRIOS y DRACONYSIOS, mientras CÓRVICOS aparece como grupo independiente dentro del mismo bloque, indicando relaciones de origen y subdivisión entre las distintas razas descritas en el texto.

Córvicos: antigua tribu de mortales extinguida a causa de un genocidio. Rendían culto a la diosa de la muerte. Se dice que por sus venas corre sangre de los corvugones, originarios del norte de Nyxteros. Características: cabello oscuro, tez aceitunada, mortales.

Dryadiviros: raza de etirios que moran en el bosque y en ocasiones adoptan forma de árbol. De aguda inteligencia, muchos acuden a ellos por su sabiduría. Se cree que son los antepasados de los mánticos. Originarios del este de Vespyria. Características: piel áspera como corteza o raíz, astas que asemejan ramas, capacidad de manipular poderes elementales.

Elvynirios: aquellos que practican la magia a través de la nexumis. De gran inteligencia, se les escoge con frecuencia como consejeros del rey. Originarios de la nevosa isla de Calyxar. Características: tez oscura o aceitunada, cabello blanco (algunos tienen pelo rojo y tez pálida), orejas puntiagudas.

Eremicios: originarios de las tierras desérticas de Eremicia; guerreros de destreza excepcional con el poder de manipular la arena y el fuego. Características: cabello oscuro, piel escamosa que puede adquirir el color de la arena, ojos de color granate oscuro.

Lunáceos: mánticos cuya magia de sangre se ve potenciada por la luna; originarios de Nyxteros, Draconysia y Vespyria. Características: cabello oscuro o de color plata, tez pálida y plateada, ojos azules o dorados.

Mánticos/mantinatos: humanos inmortales nacidos con magia de sangre.

Órgodos: bestias similares a los ogros, conocidas por ser violentas en extremo; aunque carecen de poderes mágicos, poseen una fuerza excepcional; originarios del norte de Solácea y de Maleviarys, en el sur de Vespyria. Características: humanoides musculosos de piel verdosa o azulada; algunos tienen colmillos afilados y orejas puntiagudas.

Soláceos: mánticos cuya magia de sangre se ve potenciada por el sol; originarios de Solácea; se cree que fueron los primeros mánticos inmortales. Características: tez aceitunada, cabello rubio, ojos azules.

Syrenios: habitantes del mar con aletas y largas colas escamosas. Se los describe como seres de una belleza cautivadora, pero peligrosos, pues son crueles y les gusta el sabor de la carne de los mánticos. Moran en las frías profundidades del mar de Primmia; algunos marineros humanos afirman haberlos visto también en el mar de Abyssius. Características: cabello negro o blanco, tez oscura o clara, ojos plateados o dorados; se dice que quienes viven por debajo del foso de Crussuria tienen ojos negros y tez de color gris pálido.

Zefromitas: fruto del cruce entre mánticos y órgodos; tan agresivos como competitivos; son discriminados por los órgodos. Características: físico similar al de los mánticos, pero más robustos; algunos parecen más bien órgodos con menos múscu­los.

Glosario

Acero de Venetox: metal resistente que cuentan que se forjó en Nethyria.

Altasangre: etirio de alta cuna y gran fortuna.

Ascenso: fase parecida a la pubertad en la que los mánticos empiezan a manifestar la magia de su estirpe.

Aura: rastro de magia que puede usarse para identificar a un mántico.

Azurmadina: elemento que se encuentra en las cuevas de los Montes Serrados y despide un brillo azulado.

Belicería: técnica de combate en la que se emplean glifos sobrenaturales y hechizos de sangre.

Bellatryx: grupo de mujeres guerreras, mitad soláceas, mitad zefromitas.

Biculia: afección que altera el color del iris tras una lesión.

Caligorya: espacio oscuro en el interior de la mente.

Caligosi: animal cuya piel se utiliza para elaborar cuero.

Cammyck: prenda interior femenina ajustada de una sola pieza que cubre el torso.

Cantafel: hechizo que permite atravesar el Valle Umbrío (y que solo unos pocos conocen).

Cardubera: un afrodisiaco muy potente.

Carnificado: mántico que se ha vuelto violento por consumir demasiado vivicantum.

Celistrioces: seres agresivos cuyo aspecto es el de una luciérnaga con rostro humano.

Ceremonia del Devenir: rito iniciático de paso de las jóvenes hacia la edad adulta y la madurez sexual.

Cerezuela: baya dulce, fruto de la vid, con la que se elabora vino. De las hojas se extrae un aceite que, según se dice, ahuyenta a los espíritus malignos. Las flores, que forman parte de la familia de la belladona, resultan muy tóxicas en caso de ingestión.

Cor de Etiria: el núcleo de Etiria, a miles de leguas bajo la superficie, donde la llama negra arde con más fuerza.

Corvugón: criatura pariente del dracón, de cuerpo sinuoso con cuatro patas, plumas, pico y alas, que exhala llamas plateadas.

Chicabina: hierba aromática cuyas flores sirven como relajante muscular.

Deimosis: miedos que dejan las personas al morir y asumen forma de sombras.

Demutomancia: forma prohibida de magia que consiste en la alteración de la sangre.

Draco: criatura similar a una serpiente, con cuatro patas y sin alas.

Dracón: criatura similar a una serpiente, sin alas.

Enteco: niño engendrado por una pareja de nilivires. Carece de magia de sangre y no puede tener hijos (es estéril).

Espiritino: pequeñas criaturas parecidas a hadas, de rostro humano y cuerpo como de palo, que viven en el bosque. Son muy agresivas y atacan en enjambre.

Ferovor: demonio que mora en el bosque y tiene un apetito voraz por la carne humana.

Fervenszi: licor muy fuerte.

Flamapul: veneno que causa una parálisis extrema cuando se introduce directamente en el torrente sanguíneo a través de una herida.

Flamelita: persona que practica y abusa de la sangría de fuego.

Forensicarios: mánticos especializados en la investigación de asesinatos y auras.

Forjaoscura: ritual en el que se absorbe el fuegoscuro. Es extremadamente peligroso, pues puede causar deformidades en quienes han alcanzado la edad del ascenso. Solo se ha realizado con éxito una vez.

Frágor: piedra que se puede detonar mediante un cántico específico y provoca grandes explosiones.

Fuegoscuro: elemento de los dioses forjado en el Cor de Etiria.

Gátalo: seres nocturnos, mezcla de gato y halcón, que viven en el bosque.

Glifo: símbolo que indica una magia de sangre concreta. Aparece como una cicatriz en la palma de la mano.

Golvyn: ser a medio camino entre el hombre y la rata que mora tras las paredes de los castillos.

Initios: ceremonia celebrada por la realeza para dar comienzo a una celebración. Una bendición.

Keltzig: moneda acuñada en plata.

Koryn: serpiente grande y escamosa que habita en fosos y ríos.

Letalisz: asesinos a sueldo del rey que suelen mantener en secreto su identidad.

Liro: moneda (de mayor valor que el keltzig) acuñada en un metal negro.

Lunamiszka: «Mi bruja lunar».

Luz prilunar: luz emitida por la luna que ayuda a crecer a los alimentos nocturnos e infunde energía a los lunáceos, una raza de mánticos cuya magia de sangre se ve potenciada por la luna.

Magestrado: miembros de la hermandad de élite integrada por los brujos más diestros. Consejeros del rey.

Malevol: espíritu demoniaco.

Malvahada: palabra con que los mortasianos designan a los espiritinos.

Morteario: encargado de recoger cadáveres.

Muruela: enfermedad extremadamente contagiosa que provoca la aparición de furúnculos repugnantes por toda la piel.

Nectardeium: néctar de los dioses, un licor fuerte.

Nexumis: capacidad para manipular glifos sin magia de sangre; práctica común entre los elvynirios.

Nilivir: mántico que ha perdido la magia de sangre debido a un periodo prolongado sin vivicanto.

Nilmirto: potente suero de la verdad que provoca un fuerte malestar en quien miente.

Pahzat: tubérculo similar a la patata.

Pendulince: mamífero de hocico largo, más pequeño que un elefante.

Piedraciaga: piedra dorada que puede acarrear desgracias a quien la recibe de manos de otro.

Piromante: mántico con el poder de manipular el fuego.

Placedor: persona que lleva a cabo actos sexuales por dinero.

Primyriano: idioma antiguo de los dioses, hablado por algunos vespirios.

Prodozja: manifestación protectora de la magia de sangre que se muestra en forma de insecto u otro animal.

Quinto: moneda (de menor valor que el keltzig) acuñada en un metal rojo.

Raíz de sijash: raíz que a veces se administra a los niños antes de irse a la cama para que concilien el sueño.

Rapax: depredador de niños o pedófilo.

Rapiuza’mej et rapellah’mej: una traducción aproximada sería «Tómame y hazme tuya».

Raptacia: elixir concebido originalmente como tónico para dormir, que estimula la libido.

Sangría de fuego: acto de practicar pequeños cortes en la piel y lamer las heridas con la lengua rociada con flamapul para introducirlo en la sangre. Provoca una parálisis extrema.

Septomir: cetro poderoso que se usó para crear el Valle Umbrío, activado por la sangre de los siete.

Serotónicos: venenos a base de sangre producidos generalmente en laboratorios ilegales.

Sujeción abisal: facultad de mantener a alguien atrapado en la caligorya.

Tejedera: bolsita de hierbas que se usa para ahuyentar las pesadillas y a los espíritus malignos.

Tónico de silvestrágora: potente pócima con propiedades alucinógenas que se extrae de las raíces de la mandrágora negra y el arbestre.

Tránsito: el poder de transportarse de un lugar a otro a través de paredes y superficies planas.

Valle Umbrío: barrera creada por medio del septomir para separar Mortasia de Etiria.

Veniszka: palabra etiria que designa a brujas mortales que lanzan hechizos.

Ventriervo: ave criada por los magestrados que sirve como espía porque repite todo lo que oye.

Vetas: fosos de lava profundos donde se elevan las llamas negras desde el Cor.

Vivicanto: nutriente que se extrae de las vetas necesario para la magia de sangre; sin él, esta disminuye.

Glifos

Aeryz: la venganza del viento; glifo que se sirve del viento para derribar al adversario.

Erigorisz: el poder de hacer levitar objetos con la mente.

Evanidusz: la facultad de desaparecer en una nube de humo negro o volverse invisible a simple vista.

Propulszir: la capacidad de repeler poderes; glifo protector que bloquea la lectura de la mente.

Osflagulle: el poder de atacar con un látigo óseo; un golpe basta para destrozar huesos.

Dioses etirios

Deimos: mortal que se convirtió en el dios del caos y el fuego.

Magekae: dios de la alquimia y la inmortalidad.

Morsana: diosa de la muerte.

Pestilios: dios de la peste y el hambre.

Vivarya: diosa de la fertilidad.

Nota de la autora

Querido lector:

Si es la primera vez que me lees, quiero darte las gracias por atreverte con mi primera incursión en la fantasía gótica. Mi objetivo es proporcionarte una experiencia de lectura agradable, así que, antes de zambullirte en estas páginas, quiero dejar claro lo que puedes esperar de esta novela.

Suelo crear tramas intrincadas y con varias capas, y, aunque el tema amoroso es uno de los muchos elementos que entretejo en la historia, en este caso no todo gira en torno a él. Si tienes prisa por llegar a las partes picantes, ya llegarán, pero has de saber que las cosas se van fraguando a fuego lento. Sufrirás la tortura de páginas de tensión insoportable antes de llegar al clímax, por así decirlo. Por favor, ten esto en cuenta cuando te internes en este mundo.

Nota importante: en este libro se describen varias situaciones que pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Puedes consultar la lista completa de advertencias (con spoilers) en mi página web.

Prólogo

Hace doscientos once años…

Lady Rydainn abrazó contra su pecho a su hijo de pocos meses mientras se aproximaba a la resplandeciente veta que, solo unos días atrás, había sido una grieta de rugiente fuego negro que se abrió en el suelo. A medida que las dos lunas se juntaban en una sola, el abismo de lava color violeta se había endurecido hasta convertirse en piedra y solo habían quedado los rescoldos de aquellas llamas siniestras. La roca ígnea estaba casi lista para su extracción, pero no era el valor de este material lo que los había atraído hasta ese lugar.

Estaban ahí por el fuego en sí.

Los hombres que por lo general custodiaban la veta para protegerla de los ladrones yacían en menguantes montones de ceniza. Los cuerpos y las armaduras habían quedado reducidos a inservibles grumos de hollín que empezaba a dispersar el viento. Habían sido abrasados vivos por una llamarada tan intensa que lady Rydainn sentía el calor que irradiaba a cien varas de distancia. Fuegoscuro, un antiguo elemento de los dioses, forjado eones atrás en el corazón incandescente de Etiria. Su mero contacto bastaba para convertir un cuerpo en cenizas y la sangre en piedra.

Y ella había acudido para ofrendarle a Zevander, su hijo pequeño.

No por voluntad propia, desde luego. Lady Rydainn se habría sacrificado en ese mismo instante si con ello hubiera podido salvar a Zevander de tan terrible destino. Por desgracia, el brujo que había exigido la ofrenda no estaba interesado en aceptar su mísero intercambio. Quería al hijo más pequeño y no se conformaría con nadie más.

Ella se obligó a mirar a aquel ser de alma oscura y corrupta que se encontraba de pie junto a su hijo mayor y su esposo, observando cada paso que lady Rydainn daba desde el borde de la veta. Era el hombre al que había llegado a conocer como el hechicero más peligroso de toda Etiria, uno de los pocos que habían aprendido a controlar el caótico fuegoscuro y descubierto una manera de canalizar su poder letal y divino. En otro tiempo había sido el lord Brujo del rey, miembro del venerado grupo de los magestrados, pero había perdido el cargo de forma deshonrosa, acusado de practicar la demutomancia, una forma oscura de magia declarada ilegal por el soberano.

«Cadavros». Solo de pensar en su nombre, sintió que un escalofrío le bajaba por la espalda.

No obstante, su esposo y ella se habían visto forzados a cerrar con él un trato faustiano a cambio de su protección contra los soláceos que perseguían a su familia. Eran guerreros despiadados, famosos por su brutalidad y violencia, sicarios que se habían mofado de las ejecuciones.

Aprovechándose de su desesperación, el brujo solitario les había planteado a los Rydainn una oferta que no podían rechazar: un hechizo poderoso contra aquellos que querían darles caza a cambio de un poco de magia de sangre de su primogénito, una muestra que Cadavros aseguraba que utilizaría para sus estudios.

Lady Rydainn habría deseado poseer la facultad de viajar atrás en el tiempo. Habría reñido a su yo del pasado por su estupidez. Le habría advertido que no confiara en las mentiras del brujo. Porque lo que había extraído de su hijo mayor había sido mucho más que una «muestra» de su magia.

Aquellos ojos negros y brillantes, sumidos en unas cuencas profundas y sin alma, le devolvieron la mirada, como desafiándola a huir de su repulsiva presencia. Según los rumores, hubo una época en que había sido apuesto, pero la magia oscura y prohibida le había dejado huella. Había hundido las garras en su carne y lo había retorcido hasta convertirlo en una bestia maligna. De su cabeza sobresalían unas astas ramificadas con cuernos que se curvaban hacia atrás. Unas arrugas profundas en su curtida piel le recordaban a lady Rydainn a la corteza de un árbol. Decían que había pequeñas serpientes atrapadas en las venas negras que palpitaban bajo su carne.

Como si fueran pura maldad pugnando por salir al exterior.

Su aspecto era la consecuencia de haber practicado sobre sí mismo la Forjaoscura, el mismo ritual que pretendía llevar a cabo con el hijo de lady Rydainn y que, según se creía, solo los niños pequeños podían tolerar sin sufrir una desfiguración permanente, pues aún no habían llegado a la fase del Ascenso.

Junto al brujo se encontraban su marido y Branimir, su primogénito, cuyas venas prominentes y negras, así como su piel endurecida, acusaban la horrenda transformación fruto del primer sacrificio al que ella había accedido solo unas semanas atrás. Pero el codicioso hechicero no se había dado por satisfecho tras sufrir Branimir las mismas mutaciones grotescas que él. Aunque aún estaba lejos de la pubertad y del ascenso a la magia de sangre, Branimir ya había iniciado las transiciones físicas, antes de que la llama corrompiera la semilla de magia que había germinado en su interior. Y la deformidad resultante, aunque no tan marcada como la de Cadavros, le impediría al pobre muchacho conocer algún día su auténtico poder, pues, una vez que la llama negra penetraba en el cuerpo, destruía toda la magia de sangre natural.

El intento de lady Rydainn por romper el diabólico trato con Cadavros había resultado inútil, pues él había jurado matar a sus dos hijos si ella no se sometía a su voluntad. No era una amenaza vacía, a juzgar por los numerosos interrogatorios que había presenciado en los que él había ejercido su poder con una crueldad implacable.

Con la visión borrosa por las lágrimas, sus pasos se volvían cada vez más vacilantes a medida que se acercaba a la veta. Su hijo menor dormía en sus brazos, sin conciencia alguna de la noche que estaba a punto de abatirse sobre él, la cual cambiaría para siempre a ese inocente bebé al que ella tanto amaba.

La mujer se había pasado horas rezando a los antiguos dioses con la esperanza de que eso ayudara a modificar el destino de la criatura, a salvarla de alguna manera de la suerte que le esperaba. Por desgracia, ellos no habían respondido a sus plegarias y las tinieblas la envolvieron conforme las lunas descendían hacia las sombras.

Si hubiera tenido la oportunidad, no habría dudado en coger a Zevander y huir a Mortasia, más allá del Valle Umbrío, que separaba la tierra de los mortales de Etiria. Se creía que no era más que un árido páramo plagado de hambre y muerte.

No había donde esconderse. No había adónde huir.

El arrepentimiento en los ojos de su esposo no la conmovía, pues la ira corría por su sangre con ímpetu renovado. Al fin y al cabo, habían sido los turbios tejemanejes del hombre en tierras soláceas los que habían llevado a su familia a esa situación sin salida. Y todo por su obstinado empeño en elevar su posición social al precio que fuera. Reprimió la orgullosa magia lunácea que latía en sus venas y que sin duda habría fulminado a su marido en ese momento si ella hubiera tenido agallas para hacerlo. Con qué facilidad se había dejado convencer de ofrecer a sus únicos hijos en sacrificio.

«Huye —la apremió su mente—. Sálvalos».

Pero ya era demasiado tarde para Branimir. El mayor había sido el primero en el ritual y sus ojos ensombrecidos habían adquirido una expresión más ausente durante las dos semanas siguientes.

La palidez enfermiza de su primogénito evidenciaba las horas que había pasado encerrado en las celdas subterráneas del castillo desde entonces, en un intento de su padre por ocultarlo a ojos del mundo. «Una abominación», lo habrían llamado los otros aldeanos y no sin razón. Lo que crecía en su interior no era un poder divino, sino una maldad profundamente arraigada que había cobrado fuerza en las semanas posteriores al ritual.

La mera idea de presenciar cómo su bebé, un eco del niño dulce y cariñoso que había sido Branimir, corría la misma suerte que él le resultaba insoportable a lady Rydainn.

Su poder tembló como una cuerda tañida cuando los rayos de luna incidieron en el sello que tenía en la nuca, traspasaron la tela de su manto y activaron una carga que comenzó a zumbarle por las venas e inervó todas las células de su cuerpo, proyectando una oleada gélida hacia la punta de los dedos, ansiosa por ser liberada. La luz lunar afectaba así a todos los lunáceos y Zevander se removió en sus brazos, como si percibiera aquella vibración bajo la piel de su madre.

Su poder tardaría años en alcanzar su máximo desarrollo y ella había anhelado compartir con él aquellos emocionantes momentos de descubrimiento que pronto se verían empañados por el veneno de la llama.

Se detuvo a cierta distancia de su hijo y su esposo, lo más lejos posible de la susodicha, y su respiración se aceleró cuando Cadavros se le acercó. Crispó los dedos sobre Zevander cuando el brujo alargó el huesudo índice, que más bien parecía una rama, y deslizó la punta por la tersa y angelical mejilla de la criatura. Apareció un hilillo de sangre y el bebé se rebulló con un débil gemido que se intensificó cuando el pequeño corte del rostro se hizo más profundo hasta convertirse en un tajo oscuro, tan horrible que ella se preguntó si el dedo de Cadavros estaría bañado en una toxina mortal. Este alargó de nuevo el brazo hacia el niño y ella, de forma instintiva, lo apartó de él, protegiéndolo con las manos. Al fijarse en la fea herida, la rabia se encendió en su interior. Su magia contenida estalló, serpenteó en torno a los huesos y palpitó contra la piel, ansiosa por castigar al brujo. El bebé chillaba en sus brazos, con la cara enrojecida y las extremidades temblorosas. Por las noches apenas hacía ruido. Había sido un niño tranquilo y feliz desde el día que había venido al mundo, y ahora a su madre le partía el alma oír sus gritos de desesperación.

Pero plantar cara a Cadavros habría resultado inútil. Con el poder del fuegoscuro, ella habría quedado reducida a cenizas, como los guardias que habían intentado luchar contra él cuando habían llegado a la veta.

Una lágrima le resbaló por la mejilla.

—Pilazyo. Orosj tye clemuhd —susurró. «Por favor. Te suplico que te apiades de él».

Sin decir una palabra, Cadavros deslizó los dedos bajo el bebé y las lágrimas de lady Rydainn se tornaron en un llanto histérico cuando el hechicero tiró de él para quitárselo.

Con un movimiento brusco, ella volvió a atraer al niño hacia su pecho.

—¡Nith! ¡Nith hazjo’li! ¡Je fili meuz! —«¡Me niego a hacerlo! ¡Es mi hijo!».

Los alaridos de Zevander cuando Cadavros se lo arrancó de los brazos despertaron los instintos más primarios de la madre. En un arranque de locura, se abalanzó hacia aquel hombre inhumano que se llevaba a su hijo hacia la incandescente veta, pero una fuerza la asió del cuello, impidiéndole respirar. Un humo negro le salió de la boca, ahogando las palabras que ansiaba pronunciar: «¡Basta! ¡Me rindo!». Mientras el atacante invisible continuaba sujetándola con fuerza, Cadavros ni siquiera se dignó a mirarla.

Al ver su sufrimiento, lord Rydainn se dirigió con paso decidido hacia su esposa, pero, cuando se aproximaba, la pierna se partió bajo su peso con el sonido estremecedor de un hueso al quebrarse. Su aullido de dolor retumbó en el bosque que los rodeaba y el hombre cayó al suelo, con el miembro torcido en un ángulo extraño a la altura de la rodilla.

Branimir permanecía inmóvil, con una mirada ausente y perdida en los turbios ojos.

A pesar de la presión en la garganta y la falta de aire en los pulmones, lady Rydainn llamó a gritos a su hijo, tendiendo los brazos hacia él, pero fue en vano. Sintió mil punzadas de terror en la espalda cuando Cadavros, sosteniendo al bebé en un brazo, alargó una mano toscamente teselada hacia la llama negra que se elevaba de la veta resplandeciente. La brasa oscura que agarró titilaba en su palma y los chillidos de Zevander cesaron, pues al parecer el niño quedó cautivado por aquel objeto cuando el brujo lo alzó por encima de él.

Lady Rydainn gemía y temblaba, con las rodillas débiles a causa de la sensación de derrota, y, antes de que pudiera protegerse los ojos de aquel horror, Cadavros le tapó la boca al bebé con la mano y comenzó a asfixiarlo con la llama negra.

Zevander pataleaba y se retorcía, con los piececitos colgando indefensos del brazo de su captor. Una mezcla explosiva de rabia y angustia sacudió a la madre mientras el incesante flujo de lágrimas le nublaba y le irritaba los ojos.

Branimir se removió, incómodo, consciente de la voracidad con que consumía esa llama, a juzgar por sus gruñidos y las palmadas que se pegaba en los oídos. Era como si experimentara el mismo dolor que su hermano menor en ese momento.

El trauma infligido a sus dos amados hijos se le clavaba en el corazón como unos dientes afilados. Con el rostro bañado en lágrimas, contempló las llamas negras que brotaban a través de la piel del bebé y lamían el aire nocturno como oscuras lenguas de serpiente.

Zevander dejó de forcejear y su cuerpo quedó laxo. Las llamas se extinguieron y quedaron fijadas en la carne del bebé en forma de siniestras espirales negras.

Las tinieblas lo habían aceptado y marcado.

Una maldición eterna.

Cadavros levantó a la criatura y le acercó la cara desprovista de nariz al pecho desnudo. Abrió la boca de forma desmesurada antes de meterse en ella la cabeza de Zevander.

—¡No! ¡Por todos los dioses, no! —Un grito ronco de inútil desesperación le desgarró el pecho a lady Rydainn mientras observaba el intento del macabro brujo por consumir a su hijo.

Con un rugido atronador, Cadavros se sacó al bebé de la boca. Le inclinó la cabeza para inspeccionar las marcas negras que tenía en la piel. Un sonido profundo y gutural le vibró en el pecho y, con un gruñido, el brujo devolvió su atención a la llama.

—¡Quesz sa’il! —«¿Qué es esto?».

Miró de nuevo al niño y deslizó el dedo por uno de los dibujos del pecho. Gruñendo otra vez, golpeó a la criatura en la cara y lo arrojó a la grieta llameante.

—¡No! —El alarido que resonó por el bosque podría haber despertado a los antiguos dioses. Lady Rydainn, temblando, maldijo sus nombres y les exigió que la liberaran.

Lord Rydainn soltó un alarido desesperado mientras gateaba hacia la veta, arrastrando la pierna horriblemente destrozada.

—¡Hijo de puta! ¡Maldito hijo de puta!

Cadavros profirió otro rugido al tiempo que su piel desprendía volutas de humo y su cuerpo se estremecía. Extendió de nuevo el brazo hacia la llama y sacó al niño, que no chillaba ni lloraba.

Con el corazón atenazado por el dolor, lady Rydainn examinó a su bebé desde lejos, en busca de alguna señal de vida. Las mantas que lo envolvían habían ardido, por lo que estaba completamente desnudo, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados.

«¿Está vivo? ¡Oh, dioses, os lo ruego, que esté vivo!».

Gruñendo una vez más, Cadavros sostuvo la criatura ante sí y lo observó con una perversidad que a ella le revolvió el estómago.

—Pilazyo —imploró con voz trémula—. Jye suaparcz vitaez. —«Perdónale la vida».

Unos mechones de humo quedaron flotando sobre el rostro del brujo y la mujer alcanzó a ver el brillo de una zona en carne viva en medio de aquella piel áspera como corteza de árbol.

Fue entonces cuando lady Rydainn cayó en la cuenta de que, en su intento de hacer daño a su hijo, el propio brujo había sufrido quemaduras.

Notó que la presión del cuello disminuía y, despojada de su voluntad, se desmoronó en el suelo. Cuando aquellos pies rematados en pezuñas volvieron a detenerse frente a ella, levantó la mirada y vio que Cadavros tendía hacia ella a su hijo inerte, agarrándolo del brazo sin la menor delicadeza, como si no fuera más que un saco de carne y huesos. Lady Rydainn alargó los débiles brazos para cogerlo y lo acunó contra su pecho. A pesar del calor abrasador que despedía, ella se negó a soltarlo.

—¿Está vivo? —preguntó lord Rydainn con la voz cargada de dolor mientras arañaba el suelo para impulsarse hacia ellos—. ¿Vive?

Sin hacerle caso, pues aún estaba demasiado dominada por la ira como para que le importara el sufrimiento de su marido, ella se acercó a su hijo a la cara y percibió las cálidas vaharadas que le salían de la boca.

«¡Gracias a los dioses!». Aún respiraba. Con un sollozo de alivio, la mujer lo abrazó con más fuerza y le besó la coronilla. Su dulce niño había sobrevivido tras haber sido lanzado al fuegoscuro. Cualquier otro en su lugar habría acabado convertido en un montón de cenizas, como aquellos pobres soldados.

Sí, había sobrevivido. Por un milagro de los dioses, se había salvado.

El bebé se despertó y abrió los párpados. El azul inocente de sus ojos se había transformado en un degradado de color vino con espirales naranjas y doradas que convergían en el centro en un eclipse negro. Los mechones plateados que habían empezado a salirle se los había consumido el fuego. El alma de una criatura inofensiva y cariñosa se había evaporado y en su lugar quedaban los vestigios de una aberración de la que los dioses sin duda renegarían.

Retorciéndose en sus brazos, el niño balbuceaba y hacía gorgoritos, una escena extraña, considerando el suplicio al que se había visto sometido solo unos momentos atrás. El tajo en la cara se había ennegrecido hasta convertirse en un surco profundo que recordaba la veta de la que el brujo lo había sacado. En los bordes de la herida, unas venitas negras más pequeñas se ramificaban como riachuelos en un mapa.

Lady Rydainn quiso acariciarlas con un dedo tembloroso, pero, en cuanto las tocó, un intenso ardor en la piel la llevó a apartar la mano.

—¿Cómo has podido hacer esto? —susurró, alzando la vista hacia su esposo—. ¡Cómo has podido!

Lord Rydainn sollozaba a lo lejos y el odio que ella sentía hacia él aumentaba con cada detalle que descubría sobre la maldición que había recaído en su hijo.

Branimir se acercó, con los ojos desorbitados de asombro. Las lágrimas de su madre desdibujaron su figura al recordar ella que, tras nacer Zevander, el muchacho había contemplado a su hermano recién llegado con la misma curiosidad. Qué momentos tan preciosos e inocentes, que habían dejado de existir salvo como sueños olvidados.

Branimir extendió el brazo hacia Zevander y deslizó el dedo por la marca de su pecho, una extraña espiral negra que parecía haber enfurecido a Cadavros. Al examinarla con más detenimiento, a lady Rydainn le pareció ver insertas en la voluta unas palabras escritas en primyriano antiguo que se le antojaron como un sello estampado en lacre sobre su corazón. Con los labios torcidos y expresión fiera, Branimir musitó unas palabras que se clavaron en la conciencia de su madre como un cuchillo:

—Il captris nith reviris.

«Lo arrebatado nunca vuelve».

Primera parte

1

Maevyth

Aldea de Foxglove

Presente

El bosque llevaba un tiempo sin comer.

Dirigí la mirada más allá del macabro arco, hacia la espesura del Tañido de Brujas, la malhadada extensión a la que iban a morir los pecadores. Se había ganado su nombre siglos atrás por ser un lugar donde antiguamente se sacrificaba a las brujas y, dada su lúgubre historia, se había convertido en sitio de destierro para herejes y personas de moral corrompida. Los aldeanos lo llamaban «el Bosque Voraz», porque en ocasiones aparecían en la orilla los restos de los proscritos despojados de la piel y la carne. Algunos se encontraban en un estado tan deteriorado que solo el metal de los grilletes confirmaba su condición de desterrados.

La siniestra entrada del bosque estaba hecha con huesos afilados y palos nudosos entretejidos y cubiertos de escarcha. A ambos lados, unos robles retorcidos, castigados por la intemperie y cubiertos de telarañas de brezos espinosos, formaban un muro impenetrable que se extendía centenares de hectáreas en ambas direcciones. El cielo estaba encapotado y, en la densa penumbra, costaba mucho ver algo a través del laberinto de troncos tortuosos, que se me antojaban cadáveres crispados de dolor alargando los brazos hacia lo alto. El bosque, salvaje y hambriento, aguardaba su siguiente comida, que estaba previsto que se sirviera a mediodía en punto.

Bajé la vista hacia mis gastadas botas, cuyas puntas casi tocaban las piedras situadas justo debajo del arco, esa frontera que, cuando alguien la cruzaba, despertaba al monstruo que había al otro lado. Nunca había estado tan cerca del funesto umbral que daba paso a las cosas violentas que ocurrían entre aquellos árboles, fueran las que fuesen. Pese a que siempre había sentido curiosidad por saber qué había más allá, nunca me había atrevido a poner un pie en aquel neblinoso laberinto de árboles. Nadie se atrevía, salvo aquellos a quienes obligaban por la fuerza, pues el Bosque Voraz nunca devolvía lo que se le daba.

Una ráfaga invernal hizo ondular el bajo de mi vestido negro y me produjo un cosquilleo en las pantorrillas que me alteró los nervios. El manto que llevaba sobre los hombros apenas me protegía del frío, que me calaba hasta los huesos. Me estremecí; no por el viento ni la gelidez del aire, sino por los rumores sobre lo que moraba entre los árboles.

Algunos vecinos cuchicheaban sobre el ferovor, un demonio con un apetito voraz de carne humana. Creían que se trataba de una venganza de los indígenas, que se habían visto expulsados de esas tierras hacia el norte. Otros contaban historias sobre malvahadas, pequeñas criaturas del bosque en las que se encarnaba el alma de brujas despreciadas, que atraían a los extraviados imitando voces conocidas para alimentarse de sus despojos. La mayoría de los habitantes de Foxglove, incluido el gobernador, creía que el Ángel del Juicio vivía en el bosque y castigaba a quienes rechazaban a su adorado dios rojo.

Fuera lo que fuese, devoraba a sus víctimas de forma indiscriminada, pues desde luego no todos los desterrados eran malas personas, como demostraba el hecho de que el bosque se había llevado a niños pequeños en una o dos ocasiones.

Incluso a un bebé recién nacido.

Yo tenía solo unos días de vida cuando me encontraron abandonada frente a ese arco maldito en una cesta de mimbre, con una rosa negra sobre el pecho. Nadie sabía quién me había dejado ahí, pero todos los aldeanos suponían que quien lo había hecho pretendía que el bosque me devorara a mí también.

Por fortuna, alguien se había topado conmigo antes de que eso ocurriera y me había depositado frente a la puerta de la familia Bronwick. De no ser por eso, seguro que habría acabado como todos los que habían caído víctimas del hambre insaciable del bosque.

Habían sido muchos. Centenares, tal vez. El hombre al que llamaba mi abuelo, Godfrey Bronwick, seguramente se contaba entre ellos. Se decía que había cruzado el arco después de beber demasiado vino de cerezuela y había sido engullido por la espesura envuelta en la niebla.

Por desgracia, nadie había tenido el valor de ir en su busca. Ni siquiera padre.

Padre.

La carta formal que sujetaba distraídamente con los dedos se agitaba como luchando por liberarse, de modo que alcancé a ver parte de la caligrafía decorativa trazada en el grueso pergamino, aunque sin prestarle mayor atención. Había llegado esa mañana en un sobre cerrado con el sello real estampado en lacre rojo. Era una manera pomposa de confirmar que mi padre adoptivo había muerto al servicio de los fanáticos Hombres Sagrados, el brazo religioso de los ejércitos vonkovyanos que dominaban gran parte del continente con mano de hierro. Una pequeña facción de desertores mantenía el control de Lyveria, en la parte norte del continente, y mi padre se aventuró a viajar allí como misionero con el fin de convertir a los lyverianos para mayor honra de nuestro gran país.

Habían transcurrido dos meses desde su desaparición. Se dio por sentado que los desertores lo habían matado, por lo que mi hermana Aleysia y yo acabamos al cuidado de nuestra abuelastra Agatha, una mujer intolerante que sin duda nos habría echado ella misma al bosque si mi abuelo no hubiera estipulado lo contrario en su testamento.

—¿Y ahora qué? —murmuré mientras contemplaba con los ojos empañados de lágrimas el bosque interminable y oscuro, intentando imaginar qué me deparaba el destino.

Las jóvenes solteras sin un padre que defendiera sus derechos solo tenían dos futuros posibles: o las casaban por la fuerza, o bien las enviaban a servir a la Iglesia como Tocas Rojas, religiosas obligadas a llevar una vida de devoción y obediencia hasta el final de sus días. Aunque yo hubiera querido casarme, y desde luego no quería, era una paria a ojos de todos los habitantes de la aldea, así que las probabilidades de que me saliera un pretendiente respetable eran escasas.

Esto me dejaba solo una alternativa, y habría preferido adentrarme corriendo en ese bosque que sufrir los horrores que se decía que debían soportar las Tocas Rojas. Uno de los más leves era que les cortaban la lengua para garantizar que cumplieran el voto de silencio. Tenía entendido que las mujeres consideradas más impuras estaban sometidas al adoctrinamiento más severo y a menudo les propinaban palizas para doblegarlas y las castigaban con largos periodos de aislamiento.

Incluso entonces, la mera idea de que me apartaran de mi hermana, la única persona que me había mostrado un amor incondicional, me provocó punzadas de ansiedad en el pecho. Solo ella estaba dispuesta a ver en mí algo más que un bebé maldito abandonado cerca del Bosque Voraz, a pesar de lo que eso implicaba para su reputación. Como heredera de sangre de mi abuelo, tenía más posibilidades de casarse, aunque no con alguien de su elección, lo que significaba que, si a mí me forzaban a vivir en servidumbre, solo la vería de vez en cuando en los Destierros, a los que todos los miembros del clero estaban obligados a asistir.

Las numerosas ocasiones en que Agatha me había amenazado con mandarme al convento a ver si me contagiaba «un poco de fervor religioso» prácticamente habían sellado mi destino.

Aunque ninguna de las opciones me apetecía, de los dos males que se presentaban ante mí, al menos el del matrimonio me ofrecía una vida fuera del templo claustrofóbico en el que las mujeres del clero estaban obligadas a residir. Y, lo que es peor: como Toca Roja, me encontraría a merced de Sacton Crain, la máxima autoridad de la Iglesia, que sin duda haría todo lo posible por amargarme la existencia. Era un hombre conocido no solo por su implacable nivel de exigencia y su misoginia, sino también por los castigos poco ortodoxos que imponía, como, por ejemplo, ponerse a la víctima sobre las rodillas y propinarle azotes en las nalgas desnudas.

Solo de imaginarlo apreté el puño, estrujando el papel.

Me negaba a someterme a ese hombre.

O a cualquier otro, en realidad.

Aunque casi no conocía a mi padre adoptivo ni había sentido mucho afecto por él dadas sus continuas ausencias, su mera existencia no solo amortiguaba los choques entre Agatha y yo, sino que me protegía del peligro de acabar como una Toca Roja.

Su muerte era una tragedia en todos los sentidos y, por primera vez en mi vida, temía lo que se cernía sobre el horizonte.

«En menuda situación de mierda nos has dejado. ¿Y todo para qué?».

Sabía que la rabia que albergaba hacia mi padre era injusta, pero, maldita sea, ¿se había parado a pensar al menos un momento en las consecuencias? ¿Se había planteado siquiera la posibilidad de que podía morir y dejar a su familia expuesta a la ira de su amada fe? ¿Que mi hermana y yo pasaríamos a estar a cargo de una mujer que nos detestaba aún más que a los espolones de los que siempre se quejaba?

Me entraron ganas de gritarle al vacío, de estrangular al destino con ambas manos por haber tocado nuestra vida con dedos bañados en veneno.

Al reflexionar sobre los posibles resultados, el sombrío rescoldo de dolor que ardía en mi pecho se onduló y restalló, avivado por la furia que crecía en mi interior, una llama silenciosa que pugnaba por liberarse. Eran emociones que me veía obligada a reprimir por miedo a que los demás me creyeran poseída por el mal, como solía ocurrirles a las jóvenes que sentían intensamente.

La furia se resistía a aplacarse mientras una imagen descorazonadora echaba raíces en mi realidad.

«¡Maldito seas!», aulló mi mente.

Otros quizá se habrían inclinado por culpar a los desertores del asesinato de mi padre, pero yo no. Yo culpaba al dios que exigía sangre, el venerado dios que destrozaba familias y desterraba a los inocentes, un ser invisible, más temido que la criatura que habitaba en el bosque, y al que mi padre había jurado devoción eterna.

Bajé la vista hacia la carta, en cuyo dorso, llevada por el rencor y el resentimiento, había escrito «El dios rojo no existe». Era una frase que me venía a la cabeza cada vez que me arrodillaba para rezar, la misma que amenazaba con salir de mis labios cuando recibía una azotaina por haber cometido alguna vaga ofensa. Pronunciar una frase así me convertiría, a ojos de los demás, en una hereje.

Una bruja.

Cuánto daría que hablar a toda la puñetera aldea, pues, si alguien hubiera descubierto la carta, con lo que yo había escrito en el dorso, me habrían desterrado a este mismo bosque. Podría haberla quemada, claro, y no habría quedado el menor rastro de mi blasfemia, pero ansiaba lanzar esas palabras al viento para que se las llevara hasta un lugar donde nadie se atreviera a ir a buscarlas.

En lo más profundo de la espesura, esos árboles hambrientos las devorarían enteras.

Separé los labios para soltar ese grito que me rogaba que lo dejara en libertad. La rabia y la frustración me oprimían con tanta fuerza el corazón y los pulmones que me dolía respirar. Contemplé de nuevo la carta a través de un velo de lágrimas, con la boca abierta de par en par, pero no conseguí que saliera de ella más que una exhalación trémula. Las emociones permanecían atascadas en mi garganta, como en las múltiples ocasiones en que había tenido que tragármelas frente a las burlas, el desprecio y el rechazo. Había aprendido a una edad muy temprana que el sonido de los gritos de una chica no suscitaba más que apatía.

Además, ¿qué importaba, a estas alturas? Padre ya no estaba. Nuestra vida nunca volvería a ser igual a partir de ese momento.

Bajo mi mirada distraída, la carta se me escapó de los dedos y se alejó revoloteando hasta caer justo al otro lado del arco, donde se quedó agitándose en el suelo como un pez sobre la arena. Las palabras que yo había garabateado temblaban en la página, apareciendo y desapareciendo de mi vista con cada soplo de brisa. De pronto, el pergamino se quedó inmóvil y donde antes estaba mi frase ahora se leía otra, escrita con trazos apresurados idénticos a los de mi letra: «Dios es la Muerte».

Fruncí el ceño, calibrando la posibilidad de que yo hubiera escrito eso sin darme cuenta.

No, no había sido yo.

¿«Dios es la Muerte»? ¡Si ni siquiera tenía sentido!

Con un inquietante hormigueo de confusión en la nuca, extendí el brazo hacia la carta, atreviéndome a pasar la mano por el arco prohibido. Necesitaba ver esas palabras de cerca, confirmar que no eran fruto de mi imaginación.

Cuando me agaché para cogerla, una punzada de dolor me recorrió el brazo.

—¡Joder!

Al levantar la mano, advertí que tenía la manga del vestido rasgada hasta el codo y que goteaba sangre de una herida en la parte interior del antebrazo. Del extremo traicionero de un hueso que sobresalía del arco colgaba un jirón de tela, lo que revelaba con qué me había cortado. Un trocito de encaje ensangrentado cayó de su afilada punta. Oí una crepitación por encima del susurro del follaje y, arrugando aún más el entrecejo, vi que unas volutas de humo blanco se elevaban desde el hueso y que las gotas de sangre, antes rojas, se chamuscaban hasta ennegrecerse.

Una luz centelleó frente a mis ojos al tiempo que el bosque entero se distorsionaba con un resplandor traslúcido. Solté un grito ahogado, con la mirada fija en aquel fenómeno, intentando determinar si lo que veía era real. Había oído historias de navegantes que se habían topado con un muro titilante, varias millas mar adentro, que los había obligado a virar en redondo y regresar al lugar de donde habían zarpado. Esos habían sido los afortunados; se contaba que otros habían sido engullidos por mangas de agua que llegaban hasta el cielo y nadie había vuelto a ver sus naves.

Mientras me sostenía el brazo herido con la otra mano, una fuerte ráfaga levantó la carta en el aire y se llevó el papel de un blanco intenso cada vez más lejos entre los oscuros árboles. La errática brisa me soltó el cabello, que llevaba sujeto con una pinza en forma de rosa negra, y me alborotó los largos y rebeldes mechones, que me cosquilleaban la piel como dedos espectrales y me provocaban pensamientos siniestros sobre qué pasaría si, por un capricho del viento, ese papel acabara en manos del gobernador o de Sacton Crain.

O tal vez era el miedo de que no me importara que eso ocurriera.

De pronto, con la misma rapidez con que se había levantado, el viento cesó a mi alrededor. Mientras un silencio sobrecogedor me acariciaba los huesos, seguí la carta con la mirada hasta que la perdí de vista.

Había desaparecido.

Al ver que no dejaba de sangrarme la herida, giré sobre los talones y me encaminé hacia casa para lavármela.

Un crujido captó mi atención.

Como antes, escruté el brumoso bosque en busca de la causa del ruido.

Reinaba el silencio. La calma.

Nada.

El débil sonido de una risa infantil surgió de entre los árboles con una reverberación fantasmal.

—Maevyth… —susurró una voz enigmática. Al oír mi nombre, un escalofrío me recorrió la piel.

Desplacé la vista por los lóbregos troncos al tiempo que me venía a la memoria una regla fundamental del bosque: «Nunca respondas a tu nombre».

—Dios es la Muerte —dijo, repitiendo las palabras plasmadas en el papel.

Un torrente de negrura salió disparado hacia mí desde el arco de entrada y me derribó de espaldas.

Me golpeé con fuerza la columna contra el suelo cubierto de escarcha, de modo que todo el aire se me escapó de los pulmones, y me tumbé de costado, tosiendo. Una bandada de cuervos echó a volar con un potente aleteo que servía de contrapunto a sus sonoros graznidos. Pasaron a toda velocidad por encima de mí, como espantados por algo, mientras el corazón me martilleaba en el pecho y yo recuperaba poco a poco el aliento.

Cuando el alboroto pasó por fin, me dirigí de nuevo hacia el arco, jadeando. Solo quedaba un ave, con el pecho traspasado por un hueso puntiagudo, un punzón de avieso marfil como el que me había rajado el brazo. Luchando por controlar la respiración, observé cómo el pájaro indefenso se retorcía y graznaba mientras su sangre goteaba sobre las piedras de un blanco pálido que formaban una pila al pie del arco. Sus ojos emitieron un destello que me llevó a fijarme en que había algo fuera de lo común en ellos.

Sin apartar la mirada de él, me puse de pie lentamente y me acerqué al cuervo sin hacer ruido, con todos los músculos temblando, pero, cuando llegué frente al pájaro, este se había quedado inmóvil. Incluso sin vida, el extraño tono plateado de sus ojos retenía mi atención de forma tan poderosa que me pregunté si no estaría enfermo antes de empalarse en el hueso.

En aquel brillo vidrioso y sobrenatural, tan frío y áspero, se reflejaba mi imagen, como atrapada en un mundo situado más allá, un lugar que no me atrevía a imaginar.

La Muerte.

Y, mientras le sostenía la mirada a la pobre bestia, observando la sangre que se escurría por las ramas, un dolor sordo me invadió el pecho.

Tras echar un rápido vistazo alrededor para asegurarme de que nadie me miraba, levanté los brazos y ahuequé las manos en torno a las alas del enorme pájaro. Su sangre cálida me resbaló por la muñeca, mezclándose con la mía, cuando empecé a tirar de él, haciendo crujir los huesos y la madera de la estructura. Me temblaban los brazos del esfuerzo, pero no conseguía desensartar al animal. Soltando un gruñido, tiré con más fuerza.

—¡Vamos, suéltate!

Apoyé una bota contra el arco y canalicé toda la energía de mis músculos hacia la tarea.

Un graznido estridente me hizo tambalearme hacia atrás y, chillando, me desplomé por segunda vez. El ave yacía en el suelo a mi lado, con el pecho subiendo y bajando de forma apenas perceptible. Un hilillo de sangre le caía por un lado del pico y el rojo resaltaba sobre el blanco fantasmal de la nieve mientras el cuervo se agitaba con desesperación. Los ojos se me arrasaron de lágrimas mientras la criatura abría y cerraba el pico con impotencia, como si intentara decirme qué iba mal. Casi la oía suplicar que tuviera piedad. Su herida era mortal, pues el hueso que le había atravesado el pecho era demasiado grande para dejar intactos sus órganos vitales, y su vida se estaba apagando ante mis ojos.

«Haz algo. Pon fin a su sufrimiento».

Se me revolvió el estómago solo de pensarlo. Había visto a mi abuelo cortarle el cuello a un cervatillo de pocos días al que un halcón había herido de gravedad. Según él, había sido un acto de compasión.

De mala gana, me saqué del bolsillo de la falda un cuchillo pequeño que usaba para tallar madera y pelar fruta. Agatha había intentado confiscármelo varias veces, sin éxito. Con manos vacilantes, lo extraje de su funda de tela improvisada y me puse de rodillas para recostar al ave sobre mi muslo. Mientras forcejeaba contra mí, exhalé un suspiro trémulo y le estiré el cuello para deslizar el cuchillo sobre su garganta, estremeciéndome a la vez que se me encogía el estómago. «Un acto de compasión», me decía la cabeza, pero el corazón me profirió un sollozo mudo nacido en lo más hondo del pecho. Hasta ese momento, nunca había matado a un ser vivo con mis propias manos.

Qué carga tan terrible es presenciar una muerte.

2

Maevyth

Exhalando entrecortadas vaharadas blancas de remordimiento, solté el cuello del pájaro y comprobé que ya no se movía. Yacía rígido y frío.

Tras echar una ojeada rápida en torno a mí, me enjugué las lágrimas, lo recogí y, sosteniéndolo en un brazo, me encaminé a paso veloz hacia la orilla del bosque. Bajo un arbusto de acebo, encontré una piedra plana y excavé un modesto agujero en la tierra. El frío cortante de principios de invierno me entorpecía y entumecía las manos mientras me apresuraba a rematar la tarea. Cuando el hoyo fue lo bastante profundo, deposité el cuervo en su interior y lo enterré. Las bayas tóxicas ahuyentarían a las alimañas, pero, por si acaso, arranqué algunas y las desperdigué sobre la rudimentaria tumba.

Los hombres de la aldea veían en esas aves un augurio de muerte. Lo mismo opinaban sobre mí, así que a lo mejor compartía algún parentesco con aquellos pájaros de mal agüero. Según decían, el día que me habían encontrado cerca de este bosque, los cuervos se arremolinaban en torno a mi cesta. Me gustaba pensar que me protegían, pero algunos veían en ello una señal. Una señal terrible.

Desde entonces, todos los vecinos creían que estaba maldita.

«La expósita».

Ese era el nombre que me habían dejado grabado en el corazón como una cicatriz durante mi primer bautizo, cuando me consagré a su dios pronunciando las palabras que me sometían a su despiadado salvador. Sin embargo, del mismo modo que el bosque devoraba con voracidad y siempre quedaba insatisfecho, toda mi devoción no bastaba para ganarme su respeto. Seguían considerándome una aberración.

No quiero ni imaginar lo que dirían sobre un cuervo de ojos plateados.

Vi un movimiento con el rabillo del ojo y me volví hacia una pequeña cabaña con tejado de paja construida a la orilla del bosque, frente a la que una mujer de cabello blanco, doblada por la cintura, recogía una brazada de leña de una pila que tenía acumulada. Había suficiente para el invierno, lo que me suscitó la duda de cómo se las había arreglado para cortarla ella sola. Después de todo, nadie habría estado dispuesto a echarle una mano.

Si a mí los aldeanos me rehuían, a ella le tenían pavor. «La Arpía», la llamaban. Corría el rumor de que había asesinado a su esposo y se había comido el corazón de sus hijos. Yo sospechaba que la habrían expulsado al Bosque Voraz, como a todas las acusadas de brujería, de no ser por sus habilidades sanadoras, que, años atrás, habían salvado al hijo del gobernador de un grave ataque de fiebre del sueño, una enfermedad que resultaba mortal en la mayoría de los casos. Gracias a los servicios que prestaba en ocasiones, la trataban con más indulgencia que a mí.

Echó a andar bamboleándose hacia su cabaña, pero se detuvo a medio camino y se giró hacia donde estaba yo. Un miedo inexplicable se apoderó de mí. ¿Me había visto? ¿Le contaría a alguien lo que había hecho? Si algún vecino descubría al cuervo enterrado, me interrogarían, me examinarían y posiblemente me practicarían un exorcismo para expulsar los malos humores.

Me limpié la muñeca con la tela negra de mi vestido mientras cavilaba sobre todas las posibles consecuencias de mis actos.

Podría haberlo desenterrado y tirado hacia el interior del bosque, pero exhumar a los muertos se consideraba pecado y, a mi modo de ver, incluso la vida de los cuervos era valiosa.

El sonido de un aleteo me arrancó de mis pensamientos y, al volverme, vi varios cuervos picoteando el suelo para comerse las bayas que acababa de dispersar.

—¡Eh! ¡Dejad eso! ¡Largaos! —exclamé, agitando la mano para ahuyentarlos. En medio del alboroto divisé a lo lejos un estandarte rojo con una cruz.

La proclamación de los desterrados.

Me quedé tan absorta contemplando la comitiva que se aproximaba que, hasta que no me habló, no advertí que Lolla, criada y confidente de mi abuelastra, estaba atravesando el jardín ha­cia mí.

—Por los ojos de Dios, ¿qué haces, Maevyth?

Me volví, sobresaltada, y la vi a una distancia prudente del bosque, como si temiera que, si se acercaba demasiado, unos zarcillos surgieran del follaje y la arrastraran hacia la espesura.

Con su mano buena me hizo señas para que me acercara. El otro brazo se lo habían amputado cruelmente los Sierrahuesos, una cuadrilla de rufianes fornidos que cobraban deudas en nombre del gobernador Grimsby. A Lolla, o Delores, como la llamaban todos los demás, la habían desahuciado de su hogar familiar por no poder pagar sus impuestos. El abuelo se había compadecido de ella y la había acogido para que le hiciera compañía a Agatha, aunque esta a menudo trataba a la pobre mujer como a una vil mascota.

—El gobernador está a punto de llegar y tú aquí, retozando junto a esos árboles horribles con esos pajarracos. Por favor, entra en casa ahora mismo. —Tanto daba que, a mis diecinueve años, yo fuera una mujer hecha y derecha para quienes llevaban la cuenta de esas cosas; para ella, seguía siendo una niña.

Y, por razones que se me escapaban, yo seguía obedeciéndola.

Me alejé de la tumba y, escondiendo el brazo herido tras la espalda, me encaminé hacia ella. En cuanto me tuvo a su alcance, se apresuró a componer mi aspecto con su única mano. Llevaba la manga del vestido prendida con un alfiler para ocultar el muñón. Los Sierrahuesos no dudaban en mutilar primero y preguntar después, y el truculento resultado de su trabajo demostraba la apatía con que se tomaban su tarea.

—Por Dios, si alguien te hubiera visto en este instante… —dijo, sacudiéndome la falda para quitarle lo que no parecía ser más que viento invisible. A diferencia del brocado floral del corsé de color azul egipcio que llevaba sobre su túnica marrón, mi vestido era negro y liso, como todos los que me habían obligado a usar desde niña. Me ceñía el cuello la gargantilla negra con la cruz de la trinidad que, tiempo atrás, el gobernador me había ordenado ponerme como recordatorio de la misericordia que nuestro dios rojo había tenido conmigo. Era sin duda el mismo símbolo que llevaba mi padre cuando lo masacraron en nombre de los Hombres Sagrados.

Deslicé el dedo por una de las flores estampadas en relieve en el hombro, anhelando poder lucir algún día una prenda tan elegante.

Siguió toqueteándome y parloteando sin prestar atención a mi caricia.

—Madre mía, cuervos, nada menos. Seguramente te habrían tachado de bruja.

Los vecinos de Foxglove me habían tachado de cosas peores. Tras mi llegada, la aldea había sufrido el invierno más frío de su historia, lo que había ocasionado una escasez de alimentos. El verano siguiente, una enfermedad en los cultivos había estropeado la cosecha. Según ellos, la responsable de la hambruna era yo, una niña pequeña.

—Siempre decías que una bruja tiene mucha más dignidad que cualquier habitante de esta aldea.

Con las cejas juntas en una expresión dolida, sacudió la cabeza.

—Cielo santo, más vale que mantenga cerrada la bocaza delante de tu hermana y de ti. No hago más que fomentar que os volváis respondonas. Sobre todo Aleysia. —Me colocó un mechón suelto detrás de la oreja, pero los rizos rebeldes se negaron a quedarse quietos—. Esas palabras serán tu perdición. Olvídalas. Y, ya que estamos, olvídate también de cualquier otro comentario absurdo que haya soltado sin pensar. —Cuando me agarró el brazo y vio a través del desgarrón en la manga la sangre que aún me manchaba la piel, arrugó el entrecejo—. Pero ¿y esto…?

—Me he cortado con una rama, nada más. No es grave. —Me abstuve de mencionar al cuervo. Pese al cariño y la confianza que le tenía a Lolla, la conocía desde niña y sabía que temía a los pájaros como todos los demás, por lo que sin duda habría puesto el grito en el cielo.

—Pues ve a lavarte. No puedes asistir al Destierro con esa pinta. —La expresión ceñuda de Lolla se suavizó cuando me acarició la larga cabellera negra con delicadeza—. ¿Cómo lo llevas? —preguntó, refiriéndose con toda seguridad a la carta.

—Necesito desesperadamente un trago del vino más fuerte del abuelo.

Puso los ojos en blanco mientras una sonrisa le curvaba los labios.

—Como todos. Pero, por la mañana, ni lo sueñes. —Acunándome la mejilla con la palma, suspiró—. Ya casi es la hora.

Eran las palabras que había estado temiendo oír.

3

Maevyth

Volví una vez más la mirada hacia el bosque que tenía a mi espalda.

—Vamos —dijo Lolla, tomándome del brazo y obligándome a avanzar a paso veloz por el camino de adoquines que discurría entre los árboles y la cabaña de dos pisos cubierta de musgo y enredaderas. Aparte de la casucha de la Arpía, la vivienda más cercana se encontraba a más de dos mil pasos (los había contado muchas veces cuando caminaba al pueblo), porque nadie más quería arriesgarse a vivir tan cerca del Bosque Voraz. Dio la casualidad de que justo ahí el suelo era ideal para cultivar cerezuelas, algo a lo que el abuelo no pudo resistirse, a pesar de los rumores sobre lo que moraba en la espesura. Nuestra cabaña se encontraba a las afueras de Foxglove, en la zona rural, lo bastante lejos de la aldea para parecer completamente aislada, pero lo bastante cerca para alimentar rumores.

Delante de la casa, un rótulo desgastado por los elementos sobresalía del manto de niebla que siempre cubría el césped, medio torcido, y la pintura con que estaba escrito el nombre, Viñedos del Gorrión Negro, se había agrietado y descascarillado. Mi abuelo había creado un legado con el vino de bayas, pero este había entrado en franca decadencia cuando, después de su muerte, había pasado a manos de Agatha. Había acumulado tantas deudas con su tendencia al despilfarro que se había visto obligada a vender casi todo el patrimonio del abuelo, excepto la cabaña, que desde entonces se caía a pedazos. Las viñas que con tanto esmero había cultivado mi abuelo se habían secado por falta de cuidados y al final los arbustos de bayas dejaron de dar frutos. Agatha había invertido el poco dinero que le quedaba en una funeraria, tras concluir que los muertos nunca la dejarían sin blanca. La bodega que había sido el orgullo del abuelo se había rehabilitado como morgue y cuatro hectáreas de los viñedos se habían destinado a acoger los restos de los difuntos, convertidas en un cementerio descuidado. En el resto de los terrenos aún crecían plantas de cerezuelas, que se usaban como ingrediente principal de los aceites y venenos que Agatha nos obligaba a elaborar a Aleysia y a mí. Sí, venenos. Aunque muchos los empleaban de forma eficaz para controlar las plagas de roedores e insectos, otros encontraban usos más siniestros para los pequeños viales negros. Y qué mejor manera de fomentar el negocio que allanarle el camino a la muerte.

Una vez dentro de casa, Lolla me llevó a empujones a través de lo que ahora era la sala de velatorio en dirección al cuarto de baño. Mientras yo me frotaba suavemente el corte en el brazo con un paño caliente junto a la jofaina, ella registraba el armario de remedios en busca de algún ungüento curativo. En realidad, no había más que aceite de serpiente. Detrás de mí, el retrete despedía un olor pestilente, como si se hubiera muerto algo dentro, lo que me atacaba aún más los nervios, ya bastante alterados por el inminente Destierro. La inquietante profundidad de la herida tampoco contribuía a mi tranquilidad, desde luego, y, al ver cómo Lolla separaba los bordes para limpiármela, tuve que contener el impulso de devolver el desayuno.

—Supongo que no hará falta poner puntos, ¿verdad? —Arrugué el entrecejo ante la cantidad de carne rosada que estaba a la vista y que me revolvía el estómago. Pese a todos los cadáveres que había visto entrar y salir del depósito, incluidos los que yo misma había traído en camilla, aún no soportaba la visión de la sangre.

—Es profunda, pero a lo mejor se cura sola. ¿Estás totalmente segura de que se trata de un corte y no de la mordedura de alguno de esos horrendos pájaros? —preguntó y, para mi alivio, dejó de hurgarme en la herida con el condenado paño.

Si hubiera sido la mordedura de un pájaro, seguro que el gobernador habría ordenado que me cercenaran el brazo también.

—Segurísima. —Levanté la extremidad para mostrarle el nauseabundo tajo—. Un pájaro necesitaría un pico enorme para hacer algo así.

—O dientes. Algunos llevan un demonio dentro, ¿sabes?

—Esa no me la sabía —resoplé, reprimiendo las ganas de poner cara de exasperación ante esa otra muestra de superstición.

Tras un examen rápido, asintió.

—Véndatelo lo más rápido que puedas. Es casi mediodía.

Salió del baño arrastrando los pies y, con un gruñido, cogí el paño que había dejado y me envolví el antebrazo con él. Valiéndome de la mano libre y de los dientes, hice un nudo y me lo tapé con la manga negra. Con la herida así oculta, subí las escaleras.

Aunque había muchos dormitorios en el piso superior, Aleysia y yo compartíamos habitación en el frío desván, al que se accedía por otra escalera, más estrecha y comprendida entre dos paredes. Las dos habríamos estado encantadas de vivir solas, pero la ley vonkovyana prohibía a las mujeres solteras tener propiedades.

Cuando entré en la habitación, Aleysia estaba de pie, mirando por la ventana, y su vestido, de un burdeos intenso, contrastaba con el anodino gris de las paredes. Por encima de su cabeza, colgaban del techo unas bolsitas blancas llenas de hierbas y decoradas con flores secas. Tejederas. Aleysia y yo las hacíamos para ahuyentar las pesadillas, un mal que nos aquejaba a las dos. Sus desordenados rizos rubios —tan distintos de mis «negros mechones de bruja», como los llamaba Agatha— le caían sobre los hombros. Aunque mis rasgos eran tal vez un poco más oscuros que los de mi hermana mayor, ella tenía una personalidad mucho más alocada, una característica que irritaba a Agatha más que mi reputación de maldita. El hecho de que fuera hija de sangre de nuestro padre no ayudaba precisamente a que la mujer la viera con buenos ojos.

Me acerqué a ella con sigilo y vi lo que sin duda había captado su atención. Al otro lado de la ventana, dos filas de clérigos con vestiduras rojas y negras —los Hombres Sagrados— conducían al que supuse que era el reo, aunque costaba distinguirlo entre tantas telas suntuosas y adornadas. Iban ataviados con mitra negra, hombreras, brazales y un manto también negro que yacía como una sombra bajo la sobrevesta roja.

Tras ellos avanzaba un largo séquito de vecinos que no tenían más remedio que asistir al acto. Sin embargo, lo que atrajo mi mirada en medio de la multitud fueron las Tocas Rojas. Su presencia me provocó una nueva oleada de ansiedad.

—¿Diremos algo de papá?

—¿Qué quieres que digamos? —replicó Aleysia con frialdad—. Me cuesta sentir cariño por un hombre que estuvo ausente durante buena parte de mi vida.

—Te entiendo, pero ya sabes qué implica esto, Aleysia. Sospecho que te casarán muy pronto, pero yo acabaré siendo una de ellas. —Señalé con la cabeza a las mujeres con sus altas tocas rojas, que vaticinaban el fin de la poca libertad de la que disfrutaba antes de la llegada de esa carta—. Agatha se asegurará de ello.

—¿Acaso no he jurado protegerte, hermana?

Me vinieron a la memoria los días en que nos escondíamos en la bodega del abuelo y nos hacíamos promesas cruzando los meñiques en la oscuridad.

—Desde que éramos niñas, pero ¿cómo podrías protegerme ahora? Mi futuro se bifurca en solo dos vías posibles y no hay nadie en Foxglove que esté dispuesto a correr el riesgo de casarse con «la expósita». Y, aunque hubiera alguien, ese destino sería solo un poco mejor que el otro, por lo que a mí respecta.

—Me casaré yo y te tomaré bajo mi tutela.

—Solo si tu esposo te lo permite —alegué.

—Ya lo creo que me lo permitirá. —Sonrió, como si ya conociera las intenciones de su pretendiente no identificado—. Pero dejemos el tema. Estoy muy cansada de preocuparme por las consecuencias de la muerte de papá.

Yo también lo estaba. Cuando había leído la carta, había experimentado toda la gama de sentimientos: tristeza, miedo, rencor y rabia pura. Sin embargo, a diferencia de mi imprudente hermana mayor, no podía desconectar de mis emociones con facilidad, ni siquiera en un momento en que el cortejo se aproximaba lentamente a la orilla del bosque.

—¿Crees que los Hombres Sagrados llevan algo debajo del hábito? —dijo Aleysia, rompiendo el silencio entre nosotras con su indecorosa pregunta—. ¿O crees que sus partes bajas se balancean mientras caminan, como la trompa de un pendulince?

Aunque me esforcé por disimular la gracia que me hacía su comentario, no pude evitar sonreír.

—¿Cómo puedes tener el alma tan podrida como para imaginar algo tan horroroso? Y, por los siete infiernos, ¿qué te hace pensar que la tienen tan larga como la trompa de un pendulince?

Suspiró y se mordió el labio inferior.

—¿No puede fantasear una chica?

Reprimiendo una carcajada, sacudí la cabeza.

—Qué asco. De verdad.

—Si me dices que nunca has pensado en ello, no me lo creo. He visto cómo se te arrima Sacton Crain… —Me agarró del vestido, me rodeó con la pierna y comenzó a menear las caderas contra mí—. ¿Cómo está mi penitente favorita?

Sacton Crain siempre me había evitado como la peste, lo que ya me parecía bien, pero me había llegado el rumor de que se había puesto más juguetón de la cuenta con algunas de las niñas de catequesis. Imaginar las cosas que quizá había hecho a puerta cerrada me llenaba de rabia, pero, antes de que le diera más vueltas al asunto, Aleysia me pinchó las costillas con los dedos y me arrancó de mis cavilaciones con sus cosquillas.

Riéndome, forcejeé con ella, pero me aferró con más fuerza y comenzó a montarme la pierna como un perro.

—No, espera. Ya casi… Solo uno más… Te lo prometo.

—¡Mira que eres repulsiva! —Soltando una risotada, le empujé los hombros para despegármela.

—Ay, dios rojo… Ay, misericordioso señor del deseo… Me voy a… Me voy a…

—¡Chicas! —Al oír aquella voz atronadora se me tensaron los músculos. Con una risita, Aleysia me soltó poco a poco—. ¡El día del Destierro no es cosa de risa!

Me aclaré la garganta, eché los hombros hacia atrás y me volví hacia la odiosa mujer que se encontraba en lo alto de la escalera del desván. Llevaba una blusa de color crudo bajo una túnica verde enebro y se apoyaba en un bastón viejo y arqueado. Si, se­gún decían, yo tenía las facciones duras, las de Agatha eran severas. Solía llevar el cabello plateado recogido hacia atrás en un austero moño, lo que resaltaba sus ojos hundidos y oscuros, que, bajo ciertas luces, parecían negros, y los huesos angulosos se le marcaban bajo la piel delgada, tirante y gris. Parecía uno de los cráneos que coleccionaba el tío Felix, su hijo mayor.

—Perdona, Agatha —dije.

Aleysia ejecutó una reverencia en un claro gesto de burla.

—Sí, mil perdones. El del Destierro es un día de sufrimiento, sobre todo para el acusado.

—Cuidado con lo que dices, niña. —Agatha la apuntó con su afilada uña amarillenta, la que usaba para remover el té—. De no ser por el alma compasiva de vuestro abuelo, las dos viviríais en la miseria.

—Y más felices, eso seguro —farfulló Aleysia entre dientes y le propiné un codazo suave en el costado.

—Ponte bien la camisola. —La orden de Agatha iba dirigida a mi hermana, que a menudo se bajaba el escote de la prenda interior para dejar los hombros descubiertos.

Aleysia remedó sus palabras en silencio y se subió la prenda con una mueca.

—¿Cómo van las existencias de aceite? —gruñó la mujer mayor, quitándose una pelusa de la falda—. Confío en que habrá una gran demanda después de la ceremonia de hoy. —Como parte de sus incansables esfuerzos por recuperar su fortuna dilapidada, Agatha nos obligaba a Aleysia y a mí a elaborar aceite a partir de las hojas de los cerezuelos que no daban fruto. Muchos creían que esta sustancia ahuyentaba a los espíritus malignos. La propia Agatha así lo había asegurado cuando le había contado a todo el mundo la mentira de que el invierno pasado me había librado de una posesión.

Una fiebre muy alta me había provocado temblores y estuve postrada en cama, pero, como no podía ser de otra manera, Agatha había aprovechado para atribuirle una causa sobrenatural a mi enfermedad. Como mínimo, el aceite de hoja de cerezuelo era estupendo para la piel cuando se aplicaba durante el baño y despedía un aroma tan delicioso como las bayas.

—Nos queda una caja llena. Imagino que con eso habrá de so­bra —dije, pues yo había sido la encargada de embotellar el aceite el día anterior porque Aleysia se había escapado a algún sitio.

La mujer dio unos golpecitos con el dedo en el mango del bastón.

—¿Y cuánto Diente de Serpiente tenemos?

El aceite era, en su mayor parte, una tapadera. El negocio más lucrativo de Agatha era el veneno, un subproducto letal de la flor del cerezuelo que se machacaba hasta quedar reducido a un polvo fino y provocaba trombos tras un consumo prolongado. El abuelo lo usaba como matarratas, pero resultó que producía el mismo efecto en los seres humanos. Unas veces causaba infartos; otras, derrames cerebrales o embolias pulmonares. Como el resultado nunca era el mismo, nadie sospechaba que hubiera nada siniestro tras aquellas muertes y Agatha no se tomaba muchas molestias en dar a conocer su veneno. Aun así, se las arreglaba para obtener ganancias, tanto en Foxglove como fuera.

—Mucho. —Aunque mi intervención era indirecta, pues yo nunca vendía los productos, el peso de la culpa me abrumaba. Me repetía para mis adentros que quienes compraban aquellos polvos los necesitaban para librarse de alguna rata, en sentido real o metafórico. Aun así, después de un tiempo había empezado a añadir flores de capuchina trituradas para reducir la potencia del veneno, lo que me servía para aliviar mi conciencia.

—Más os vale que haya mucho. Y, ahora, daos prisa. Como lleguéis tarde, podéis olvidaros de cenar. —Alzó la mirada y señaló con un gesto las tejederas colgadas por toda la habitación—. ¡Y tirad esas porquerías! —Dicho esto, se marchó cojeando y Aleysia soltó un quejido.

—Estoy segura de que, si echara un buen polvo, solo uno, se convertiría en una persona totalmente nueva.

Se me escapó la risa por la nariz mientras cruzaba la habitación para coger mi manto con capucha, con el que me sentía menos desnuda en medio de la multitud.

Una vez vestidas, las dos bajamos del desván al primer piso.

Al oír un silbido, ambas volvimos la cabeza hacia el tío Riftyn, que se nos acercaba por detrás, ajustándose el puño de la chaqueta.

—Menudo regalo para la vista estáis hechas.

Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida que hizo que le apareciera un hoyuelo en la barbilla. Era el hijo al que Agatha más amaba, si es que la mujer tenía la capacidad de amar. Con su cabello castaño tirando a rubio y sus ojos de un azul subido que sin duda había heredado de su padre auténtico, contrastaba como la noche y el día con su hermano, el tío Felix, que se encargaba de la funeraria y se pasaba casi todo el día en la bodega con los cadáveres. Alto y descarnado, tenía todo el aspecto de un enterrador y unos ojos oscuros de párpados pesados que, junto con su semblante, siempre taciturno, a menudo me producían escalofríos.

—Vaya, gracias, tío. —El deje de coquetería en la voz de Aleysia atrajo mi atención hacia su labio inferior, que prácticamente se estaba arrancando a mordiscos.

—Tiastro —la corrigió Riftyn.

—Eso, tiastro. Tú también estás muy guapo.

Tras fijar la vista en Aleysia desplegando una sonrisa taimada, se despidió con una cortés inclinación de cabeza y se marchó.

Miré a mi hermana con una expresión ceñuda de desaprobación ante su rostro aún sonriente.

—Qué curioso. Ha recalcado lo de «tiastro», como si eso implicara que no es pariente nuestro.

Ella se encogió de hombros y se ahuecó los rizos, que le cayeron sobre los hombros en tirabuzones perezosos.

—Es que no es pariente de sangre.

—¿Y eso qué importa? —Aunque era cierto que el tío Riftyn y su hermano Felix no guardaban lazos de sangre con su padre, pues habían nacido de otros progenitores, no por eso dejaban de ser parientes por razón de matrimonio. A ojos de la Iglesia, no había diferencia entre esta relación y la consanguínea.

—¿Qué importa para qué? —Se enfundó unos raídos guantes negros, fingiendo ignorancia.

En vez de responder, estudié la gracia de sus movimientos, su despreocupada indiferencia ante lo que pensaran de ella los demás. Aleysia siempre había sido una chica hermosa, deseada. Se decía que los ángeles habían hilado su dorado cabello cuando era un bebé. No era de extrañar que cualquier hombre, incluso el tío Riftyn, la encontrara atractiva. Si no hubiéramos tenido la desgracia de caer bajo la tutela de Agatha, quizá la habrían cortejado los hombres más codiciados de Vonkovya. Tal vez, incluso, estaría casada con uno de ellos, como dictaba la costumbre.

Sin embargo, las familias rotas estaban mal vistas. Se creía que el dios rojo las había castigado. Y las que habían sido maldecidas con una hija impía, como solían llamarme, tenían vetada la posibilidad de alcanzar una buena posición social en Foxglove.

—Nos vemos en el bosque —dijo Aleysia, pasando junto a mí en dirección a las escaleras.

4

Zevander

Zevander ya estaba cansado de la caza.

Se aproximó a su presa, acorralada contra la pared de la cueva en la que había cometido la estupidez de meterse en busca de un escondite. Una máscara de cuero negro ocultaba las marcadas cicatrices que le surcaban el rostro y la capucha de su capa ocultaba su identidad. De todos modos, el hombre al que perseguía no iba a tener mucha oportunidad de difundir esos detalles.

—¡Por favor! ¡Te lo suplico! ¡Te daré lo que me pidas! —El sobrealimentado hombre temblaba bajo una fina camisa de dormir de seda con manchas del vino añejo que estaba bebiendo a grandes tragos cuando Zevander lo había sorprendido un rato antes.

Si aquel patético hombrecillo hubiera sabido quién era Zevander o lo que quería de él, sin duda se habría reventado el cráneo contra la pared de piedra que tenía detrás para ahorrarse el dolor que le esperaba.

Zevander se le acercó con paso decidido, quitándose el guante, y colocó la palma hacia arriba. El acto de invocar magia era tan delicado como un cristal delgado, pero había aprendido a manejar los detalles más sutiles con una facilidad escandalosa. Llevaba grabados en la piel dibujos intrincados, glifos antiguos que avivaban el fuegoscuro que dormía en su interior.

Solo tenía que dotarlo de una finalidad.

El hombre mayor que se encontraba frente a él se derrumbó en el suelo, alzando la mano para protegerse la cara en un inútil gesto defensivo, como si tuviera la capacidad o la fuerza para impedir lo que estaba a punto de pasarle. Según había averiguado Zevander respecto a su presa, su magia consistía en convertir piedras sin valor en joyas y amuletos preciosos, facultad que le había resultado muy útil en el bullicioso reino de Costelwick. El tenue brillo azulado del sello que tenía en la frente no solo delataba el terror que corría por sus venas en ese momento, sino que confirmaba que pertenecía a la raza de los lunáceos. Como en el caso de su difunta madre, que también era lunácea, su poder nacía de las dos lunas.

Un anillo dorado descansaba entre los pliegues de su rechoncho dedo y Zevander le asió la mano antes de que la bajara.

Se quedó contemplando la gruesa piedra blanca con sus motitas de polvo lunar plateado incrustadas en la banda de oro. Vivicanto. Todos los mánticos necesitaban el codiciado nutriente, que se formaba de manera natural en el Cor de Etiria y se extraía una vez cada ciclo lunar de unos grandes pozos de lava conocidos como vetas.

Estaba forjado por la misma llama que le había marcado la piel a Zevander.

El consumo de este elemento despertaba los poderes inherentes que todos los mantinatos heredaban por razón de su estirpe. Sin embargo, debido a la dificultad de su extracción y a su elevada demanda, los alimentos y las bebidas enriquecidos con vivicanto que se producían en granjas y huertos propiedad del rey solo estaban al alcance de los ricos. Sin él, sus poderes resultaban inútiles, como músculos atrofiados que acababan por marchitarse con el tiempo.

La extracción no autorizada del vivicanto constituía un delito punible con la muerte, por lo que aquellos que no podían permitírselo al final perdían su magia, mientras que los más acaudalados acaparaban el valioso mineral. Lo lucían en joyas para presumir de su posición social, una realidad que encendió la ra­bia de Zevander mientras examinaba la piedra y comprobaba su pureza. Y la usaban como un simple adorno para su cebado cuerpo.

—Mientras los etirios se mueren de hambre, tú haces ostentación de tus riquezas.

El hombre se agarró el dedo índice y tiró del anillo.

—Es tuyo. Quédatelo. Te durará un mes, por lo menos.

Mientras luchaba por quitárselo, Zevander alzó la mano y una bruma negra se arremolinó hasta adoptar la forma de una llama color obsidiana en el centro de la palma. Se desabrochó el brazal y dejó al descubierto un escorpión grabado a fuego en el dorso de la mano y la muñeca, que de pronto se onduló y cobró vida bajo su piel.

Al hombre se le desorbitaron los ojos.

—¿Eres un alto brujo?

Zevander soltó un resoplido al oír esto.

—Peor.

El hombre cayó en la cuenta por fin, a juzgar por el modo en que juntaba las cejas.

—Eres un letalisz.

Un asesino al servicio de la Corona. Casi todas las ejecuciones que Zevander llevaba a cabo eran encargos del rey y había aprendido a despachar a sus presas con un tajo preciso.

Pero en esta ocasión no estaba ahí por orden real ni tenía la menor intención de desenfundar su arma. El tipo de magia que pensaba descargar sobre su víctima estaba prohibido en el reino y era una habilidad que Zevander había conseguido disimular durante casi toda la vida.

—¿Por qué? —El hombre sacudió la cabeza—. No he hecho nada malo. ¿Por qué yo?

—Porque respiras. —Extendió la mano ante sí y lanzó una llamarada a su presa, cuyos alaridos de dolor retumbaron en la cueva.

Al cabo de unos segundos, su carne y sus huesos habían quedado reducidos a cenizas.

Zevander recogió una esfera de color rojo oscuro situada en lo alto del montón y se la guardó en una bolsita que llevaba sujeta al cinto. La práctica de modificar la sangre, que derivaba de una forma de demutomancia, era una magia ilegal que había perseguido como una maldición a la familia de Zevander durante siglos. Si alguien se hubiera enterado de que él poseía el poder prohibido, la Guardia Imperial del rey le habría dado caza y habría acabado con él de forma brutal.

Hurgó con el dedo en las cenizas en busca de la piedra blanca que se ocultaba debajo. Las llamas habían fundido el anillo de oro, de modo que solo quedaba el trozo de vivicanto.

Tras estudiarlo un momento, Zevander lo metió en su bolsita junto con el otro despojo del hombre.

5

Maevyth

Un viento gélido penetraba la capucha de mi manto mientras, de pie junto a mi hermana, me frotaba las manos para intentar ahuyentar el frío cortante. Al otro lado tenía a Lolla y más allá estaban Agatha y el tío Felix. La aldea al completo, unas doscientas personas en total, se había reunido en torno al gobernador Grims­by y Sacton Crain, que se encontraba encaramado en la roca de la Prudencia, con la larga cabellera blanca agitándose alrededor del rostro.

—Bajo la mirada de Caedes, nuestro misericordioso dios rojo, hemos venido a ofrecer el alma de este pecador. —Con las manos en alto, levantó los ojos al cielo y yo desplacé la vista alrededor. Muchos vecinos tenían la cabeza echada hacia atrás y los párpados cerrados, como si percibieran una presencia divina entre nosotros. Si el dios rojo nos estaba observando, debía de ser un poco morboso—. Que su sacrificio plazca a nuestro Señor, sus huesos refuercen nuestra fe, su sangre nos rejuvenezca el corazón y su alma purifique nuestras faltas. Pues no somos más que un reflejo imperfecto de nuestro sagrado padre y es nuestro deber arrepentirnos y reparar nuestros errores, o bien perder el derecho a la protección del dios rojo cuando la Aniquilación se abata sobre nosotros.

Los Hombres Sagrados creían que el fin de la humanidad llegaría en forma de una destrucción total y una oscuridad absoluta, y que el dios rojo los salvaría y los conduciría a la Luz Eterna. También creían que, cuantos más pecadores purgaran de nuestra comunidad, más pura sería su devoción.

Yo me sentía como una embustera entre aquella gente, como una traidora, por las ideas escépticas que me venían a la cabeza y que no me atrevía a expresar en voz alta, ni siquiera a Aleysia. A esas alturas ya había sufrido demasiadas cicatrices por transgresiones cometidas contra su dios. Sacton Crain y los guardias vonkovyanos que a veces administraban los castigos me habían dejado marcada la espalda y las piernas. Así que yo les seguía el juego y fingía rendir culto, como los demás, porque a los no creyentes también los echaban al Bosque Voraz.

Cuando volví la vista hacia atrás, los fieles que se encontraban de pie a mi espalda, guardando las distancias, me rehuyeron la mirada. Años atrás me había llegado el rumor de que mirarme a los ojos traía mala suerte. Seguramente me habrían cambiado sin dudarlo por el reo que iba a ser desterrado, pues sospechaban que yo encarnaba el mal que más temían.

A mi pesar, devolví la vista al frente para ahorrarles la incomodidad.

Un arco escarlata formado por las altas caperuzas de las Tocas Rojas se interponía entre el acusado y yo, lo que me impedía ver su cuerpo desnudo. A todos los condenados al Destierro los desvestían y privaban de todas sus posesiones, por lo que agradecía que me taparan la vista, aunque su presencia me produjera urticaria. No se dejaban ver mucho las religiosas, con sus largas vestimentas rojas y sus velos del mismo color, que simbolizaban su amor y entrega a la fe. Rara vez salían del templo, pues hacer vida social debía de ser un poco complicado cuando no se podía hablar.

Me deslicé la lengua por los dientes, intentando imaginar su ausencia.

Al advertir que algo se movía junto a mí, vi que Aleysia y el tío Riftyn estaban tomados de la mano, con los dedos entrelazados en un gesto que me pareció más íntimo que reconfortante. Aunque verlos así me llenaba de inquietud, no podía ignorar el martilleo del corazón en mi pecho ni el cosquilleo de las náuseas en el estómago. Estas ceremonias siempre me producían ansiedad, pero, por alguna razón, esta vez los síntomas eran mucho peores.

O quizá no era más que el frío, que empezaba a calarme los huesos.

Entre la fila de aldeanos y las Tocas Rojas que me separaban del reo, solo alcanzaba a vislumbrar el cabello sucio y alborotado de su coronilla. Qué insoportable debía de resultarle aquel frío en la piel expuesta que me ocultaban todas las cabezas que tenía delante.

Por lo que había entendido, el hombre estaba acusado de renegar del dios rojo y de la patria. Era un padre de familia que había lanzado una diatriba contra el gobernador y Sacton Crain, acusándolos de farsantes y asesinos y asegurando que los Hombres Sagrados no eran más que una secta. Además había amenazado con quemar vivo al gobernador Grimsby.

Por desgracia para él, en la aldea de Foxglove no se toleraban las amenazas, mucho menos cuando iban dirigidas al gobernador.

Al mirar a mi izquierda, avisté a cierta distancia a la esposa y el hijo pequeño del reo. La mujer sollozaba y se enjugaba las lágrimas con un pañuelo, mientras que el niño, de no más de siete años, contemplaba la escena, sin duda confundido por lo que veía. Ella estaba obligada a asistir a la ceremonia, pues, si se hubiera negado, habría corrido la misma suerte que su marido. No es fácil saber qué hubiera sido del hijo en ese caso, pues la mayoría de las esposas acataban las leyes en silencio.

Se quedarían sin hogar, eso sí, y podrían considerarse afortunados si sobrevivían al invierno, ya que a las mujeres de los desterrados se les prohibía poseer propiedades. Era un destino cruel.

A espaldas de Agatha, a veces le llevaba pan y caldo caliente a la señora Chalmsley, cuyo marido había sido desterrado también al Tañido de Brujas. Tras perder su casa, había encontrado refugio en el viejo granero que había quedado dañado unos años atrás a causa de una tormenta. Tendría que buscar la manera de hurtar un poco más de comida para la madre angustiada y su hijo.

—Despojado de todas sus posesiones —prosiguió Sacton Crain—, este hombre, como todos, será juzgado el día del juicio final.

De un pequeño brasero cuyo resplandor naranja me llegaba por entre los cuerpos de los asistentes, sacó un hierro candente y, cuando lo blandió en el aire, la primera punzada de pánico me atenazó la garganta. Respirando por la nariz, apreté los ojos al oír el siseo de la carne quemada, pero el bramido de dolor, amortiguado solo por la mordaza que le habían puesto al reo, me sobrecogió.

—¡Papá! —chilló el niño y me atreví a dirigir la vista hacia él. Extendió las manitas mientras su madre lo abrazaba contra sí, ocultando el rostro en su pecho. Con los dientes apretados, la mujer profirió un grito de rabia que quedó ahogado por los estertores del agonizante. Sin embargo, no podía hacer nada. Si hubiera intervenido, le habrían aplicado la misma condena y su hijo se habría quedado totalmente solo e indefenso.

—Y ahora ofrecemos este sacrificio al ángel del juicio —dijo el gobernador Grimsby—. Que tu bondad nos bendiga con un invierno suave y una primavera fructífe…

La mujer que tenía delante pegó un chillido estridente y, al notar que alguien me asía con fuerza el brazo herido, levanté la mirada y vi ante mí al reo, con el cuerpo desnudo tembloroso y una expresión de locura en los ojos. La letra «B» que le habían grabado a fuego relucía en su mejilla, en carne viva e inflamada.

Con los músculos agarrotados y la respiración jadeante e irregular, me quedé inmóvil, mirándolo. En su mano, justo debajo del grillete de metal, vi que llevaba tatuadas cinco estrellas y una luna, símbolo de las deidades antiguas.

Puso los ojos en blanco y aquellos aterradores globos lechosos contrastaron con las oscuras manchas amoratadas que sin duda eran señales de puñetazos.

—Dios es la Muerte —dijo con voz ronca y, de golpe, los guardias vonkovyanos lo apartaron de mí con violencia.

Bajé la vista hacia el brazo, en el que aún tenía las marcas de los helados dedos con los que me había agarrado.

Las voces que me rodeaban se perdieron en la distancia. Al volverme, advertí que Aleysia estaba hablando, que movía los labios, pero no oía lo que decía.

Se había despejado un camino ante mí, lo que me permitió ver cómo los hombres vestidos con hábito se llevaban a rastras al reo hacia el arco frente al que me había detenido antes, cuando había leído esas mismas palabras en la carta que nos informaba de la muerte de mi padre. Unas palabras que yo no había escrito.

Un fuerte empellón hizo que el reo cayera al suelo, al otro lado. Mientras se ponía de pie con dificultad, los guardias bloquearon el paso por el arco para impedir que huyera, apuntándole con sus afiladas lanzas. Uno de ellos torció el gesto en una mueca de desprecio y le tiró al hombre una estocada con la bayoneta.

Todo se movía de forma lenta y fluida, como debajo del agua.

Un codazo suave en el costado izquierdo atrajo mi atención hacia Lolla, que me preguntó si me encontraba bien. A su lado, Agatha observaba lo que ocurría con cara de asco.

Con los músculos paralizados por la impresión, yo era incapaz de articular palabra.

Un alarido gorgoteante rompió el silencio.

Los guardias vonkovyanos se apartaron, de modo que vi al reo de rodillas, con sangre manando en torno a la lanza que el guardia le había clavado en el pecho.

Una fuerza invisible tiró del hombre hacia atrás y lo arrastró hacia la espesura.

Un grito de terror gutural resonó en el bosque y un objeto atravesó volando el arco antes de caer a mis pies.

Al ver las cinco estrellas y la luna tatuadas en la mano desnuda del hombre, se me aceleró la respiración y todo empezó a darme vueltas.

La oscuridad me envolvió.

6

Maevyth

—Creo que es la cosa más grotesca que he visto en mi vida. —Aleysia me frotaba suavemente la sien con un paño húmedo. Yo estaba sentada en el salón de la funeraria, contemplando a un pequeño grupo de personas que conversaban entre sí. Por lo visto, buena parte de los vecinos se había marchado después de la ceremonia, pero se había quedado media docena de mujeres, las vecinas del pueblo que conocían a Agatha y que sin duda iban a la caza de chismorreos sobre la atribulada chica Bronwick que se había desmayado. Seguramente también querían comprar el aceite de cerezuelo que se suponía que yo debía estar despachando en la cocina en ese momento.

Como si fuera consciente de mis preocupaciones, Aleysia echó un vistazo rápido por encima del hombro hacia las mujeres que nos contemplaban como embobadas.

—No les hagas ni caso a esas cotillas.

—Me miran como si hubiera salido arrastrándome de una tumba.

—Bueno, un poco paliducha sí que estás. —La sonrisa se desvaneció de su rostro al ver que yo no se la devolvía—. Eres algo extraña, Maevyth, eso es todo. Y nada inspira tanto temor como lo extraño. —Los toques delicados con el paño aplacaban los restos de la conmoción que aún me gorgoteaban en el pecho—. A todo esto, me pregunto en qué idioma hablaba. —El comentario de Aleysia me arrancó del caos que aún se arremolinaba en mi cabeza y me trajo de vuelta al presente.

—¿Qué? ¿Quién?

—El acusado. Cuando te ha agarrado, ha dicho algo en un idioma raro. Según algunos, es la lengua del demonio.

—Hablaba en… vonkovyano. No entiendo a qué te refieres. Ha dicho… —Hice una pausa, sin atreverme a pronunciar la frase en voz alta, por temor a que ella creyera que me había vuelto loca. Sin embargo, la había oído con toda claridad.

—A menos que estuviera hablando al revés, eso no era vonkovyano. Ha sido muy perturbador.

Noté una sensación de frío en la parte del brazo que el reo me había tocado. ¿Cómo era posible que Aleysia no hubiera entendido sus palabras, que habían sido perfectamente inteligibles? Y, peor aún, ¿cómo sabía él lo que estaba escrito en el reverso de esa carta?

—Maevyth. —Me volví al oír la severa voz de Agatha. Se aproximaba cojeando junto a un hombre alto y fornido de cabello entrecano. Aparentaba unos cincuenta años y llevaba una chaqueta brocada color burdeos y un chaleco de cuello alto a juego con una serie de adornos que delataban su posición desahogada—. Quiero presentarte al señor Moros.

¿Presentarme? Agatha nunca nos presentaba a personas importantes, ni a Aleysia ni a mí. Nos consideraba a las dos una carga vergonzosa, un lastre que le impedía acceder a la alta sociedad.

—Ha regresado hace poco a Foxglove —prosiguió—. Es propietario de unas explotaciones mineras situadas entre los Montes Serrados y Lyveria, pero su familia vive aquí.

No me molesté en preguntar qué minerales explotaba. Tras lo sucedido antes, estaba demasiado agotada como para que me importara. Me levanté de mala gana para saludarlo como era debido, pero él me posó la mano en el hombro.

—No hace falta, querida. Lo de hace un rato ha sido espantoso. Lamento que haya tenido que presenciar algo así. Descanse tranquila. —Tras darme un apretón suave en el hombro, me soltó.

—Encantada de conocerlo, señor Moros.

—Moros es un apellido muy arraigado aquí en Foxglove. Un buen apellido —recalcó Agatha asintiendo en señal de aprobación, como si tuviera idea de lo que era una buena familia.

Esbocé una sonrisa falsa, menos impresionada que ella con este dato. Los apellidos no significaban nada para mí, del mismo modo que yo no significaba nada para la mayoría de la gente. Por otro lado, la actitud de Agatha despertó mis sospechas. ¿Por qué me estaba contando todo eso?

—Aleysia, ¿te importaría ir a la cocina a echarle una mano a Lolla? —preguntó Agatha, dirigiéndole a mi hermana una mirada de adoración muy impropia de ella, lo que me pareció aún más sospechoso.

—A Lolla no le gusta nada que yo entre en la cocina cuando está ella —replicó Aleysia.

—A lo mejor simplemente deberías obedecerme sin discutir, querida. —La disonante calidez en la voz de Agatha provocó que mi hermana y yo nos miráramos. Los ojos de Aleysia estaban llenos de preocupación.

Le dirigí una sutil inclinación de cabeza, porque esa benévola cordialidad podía resquebrajarse en cualquier momento.

Mi hermana soltó un bufido y pasó por el lado del señor Moros sin quitarle ojo.

—Sí, Agatha.

Una vez que salió de la habitación, la mujer le puso una mano en el hombro a su invitado.

—Mis disculpas. No está bien desde que falleció su padre. Es una situación muy dura para una niña.

Mentira. Aleysia siempre había sido así. La muerte de mi padre no parecía haberle causado una pena muy grande.

—No se preocupe. No me cabe duda de que el trágico final de su hijo las ha afectado a todas en mayor o menor medida.

—Hijastro —lo corrigió Agatha—. Era hijo de Godfrey.

—Ah, sí, claro. —Asintiendo con la cabeza, el señor Moros centró de nuevo su atención en mí—. Me gustaría invitarla mañana a un almuerzo, si me concede el placer de contar con su presencia.

Lancé una mirada fugaz a Agatha, que, con los labios apretados, me dedicó un breve gesto de asentimiento que me provocó un escalofrío de alarma en la nuca. Abrí la boca para contestar, pero me quedé muda de pronto al comprender por qué nos había presentado. Nunca se había molestado en introducir en sociedad a Aleysia, y mucho menos a mí, dada mi mala fama. Por otro lado, un gran potentado no se dignaba ni mirar a una mujer joven, salvo cuando albergaba segundas intenciones.

—Me temo que no puedo. Tengo catequesis.

—Ah, estoy seguro de que Sacton Crain no tendrá inconveniente en posponerla. —El tono cortante de Agatha me indicó que no le había gustado mi respuesta—. Por supuesto que asistirá, señor Moros. Su invitación es un honor para nuestra familia.

—No, de verdad que…

—Excelente. Enviaré un carruaje a recogerla. —El hombre se frotó las manos y me percaté de que llevaba varios anillos con piedras preciosas de distintos colores.

En cierta ocasión había oído que Agatha llamaba ramera a una aldeana por ir demasiado enjoyada. Me entraron ganas de sacar el tema solo para chincharla, pero aún tenía un nudo en la garganta por la impresión.

—Estupendo. ¿Le parece bien al mediodía? —Agatha incluso sonrió en ese momento. En todos los años que hacía que la conocía, nunca la había visto sonreír. Me sobrevino una nueva oleada de náuseas al oírlos hacer planes para mí.

—Al mediodía me parece magnífico. —El señor Moros me alzó la mano para besar el dorso. En cuanto sus labios secos me tocaron, el estómago me dio un vuelco y la retiré de forma instintiva. El hombre maduro me miró como si le hubiera pegado una bofetada y le tembló un poco el ojo. Enderezó la espalda y se ajustó los puños de la chaqueta, visiblemente molesto por mi rechazo—. Hasta mañana. —Y, con estas palabras de despedida, le dio un casto beso en la mejilla a Agatha y se marchó.

—¿Qué ha sido eso?

—Tu futuro. —Se toqueteó las mangas, como si la conversación le interesara muy poco—. ¿O de verdad pensabas que os mantendría a las dos durante toda la vida?

—¿Pretendes casarme con un hombre que me triplica la edad?

—Ese hombre tan mayor está dispuesto a pagar por ti una cantidad que triplica la que alguien de tu edad soñaría con poder ofrecer.

—¿Me has… vendido? —La palabra se me atragantó mientras pugnaba por contener el torrente de emoción que me bullía en el pecho. Me había vendido. Había concretado una fría operación comercial, como si yo no fuera más que un collar sin valor del que estaba deseando librarse.

—¿Y cómo crees que funcionan los compromisos matrimoniales, cielo? Así nos ayudarás a salir de esa espantosa deuda que nos dejó tu abuelo.

El abuelo no había dejado deudas. Ella sola las había contraído, un pequeño detalle que me habría encantado restregarle por las narices con una carcajada si no hubiera estado tan furiosa.

—Has sido una maldición para esta familia durante demasiado tiempo —continuó—. Por suerte, el señor Moros no es muy supersticioso. Gracias a ti y a tu hermana, recuperaré la dignidad suficiente para volver a mostrarme en público.

—¿También vas a vender a Aleysia?

—Sí, ya tengo pensado un candidato, aunque aún no le he planteado la propuesta. Sin embargo, es un joven disciplinado que sabría meterla en cintura, doblegar su naturaleza salvaje.

—Conmigo no cuentes. —Si hubiéramos estado solas en ese momento y no en presencia de las pocas vecinas que aún no se ha­bían marchado, me pregunto si habría tenido el valor de atizarle un guantazo, a pesar de que me dolía la mano—. No voy a ir. Me niego.

—No te queda más remedio. El hombre ya me ha pagado. Está ansioso por tener un heredero y tú se lo vas a dar. Además, la aldea entera ha visto cómo ese reo te asía del brazo y te decía algo en un idioma extranjero. Están convencidos de que ambos compartís un vínculo demoniaco. Algunos incluso han pedido que se te practique un exorcismo en toda regla. Si rechazas al señor Moros, bueno, sospecho que acabarás a merced de los fieles.

—Estaba delirando. Todo el mundo sabe que había despotricado contra… contra el…

—¿El qué? Ni siquiera eres capaz de decirlo, ¿verdad? Sabes seguir la corriente, Maevyth, pero hay una parte de la realidad que te niegas a aceptar y no puedes evitar revolcarte en la negación. —Cojeó hacia mí, lo que me crispó de nuevo los nervios, y me levantó un pequeño mechón de cabello—. Recuerdo el día en que tu abuelo te encontró en tu cesta, frente a la puerta. Le rogué que se deshiciera de ti y el muy idiota se negó. ¿Crees que es casualidad que tanto él como tu padre murieran antes de tiempo? ¿O que hayamos sufrido solo un poco menos que los pobres?

Se me escapó un resoplido de rabia, pues su acusación me había caído como una bofetada.

—¿Insinúas que yo tengo la culpa de todo eso?

—Insinúo que debes sopesar tus opciones. No tienes futuro en Foxglove, a menos que estés deseando vivir en el templo con la lengua cortada. Yo desde luego no tengo la menor intención de cargar con el peso de tu maldita existencia mientras espero a que tu caballero de negra armadura venga a rescatarte. Lo mejor a lo que puedes aspirar es a casarte con un hombre respetable, como el señor Moros. Y, con el tiempo, quién sabe, tal vez te ayude a ganarte el favor de esta comunidad.

—No me interesa ganarme el favor de esta comunidad. Ni el señor Moros.

—Entonces ¿qué es lo que quieres, hija? ¿Que el gobernador te desnude y te marque con un hierro candente? Ten cuidado. El poco respeto que haya podido valerte el hecho de que tu padre adoptivo muriera como un héroe de la fe puede desmoronarse rápidamente ante las acusaciones de brujería. Procura estar lista para salir mañana al mediodía. —Con una mueca de desprecio, se alejó renqueando hacia el grupo de mujeres que conversaban en un rincón.

Animadas por la llegada de cotilleos frescos, me lanzaban miradas, cuchicheando entre ellas.

Yo era consciente de la rapidez con que se propagaban los rumores, de lo destructivos que podían llegar a ser. Lo vivía to­dos los días.

Agatha le posó la mano en el brazo a una de ellas y, después de echar un vistazo hacia atrás, susurró algo que pareció intrigar a la mujer, a juzgar por el modo en que arqueó las cejas, como sorprendida.

Le había contado lo del compromiso, sin duda. Me ponía enferma necesitar que un pretendiente salvara mi reputación y mi futuro. Qué desgracia que la valía de una mujer dependiera del tamaño del bolsillo de un hombre.

Tras decidir que había tenido suficientes interacciones sociales por un día, subí hacia los dormitorios. Me paré en seco al ver una figura en lo alto de las escaleras y sonreí sin ganas en respuesta a la sonrisa de oreja a oreja que el tío Riftyn me dedicó desde arriba.

—No te gusta mucho relacionarte con la gente, ¿verdad? —Bajó pesadamente dos escalones, se sacó un cigarrillo del bolsillo y se detuvo un momento a mi lado. La tensión se apoderó de mi cuerpo, pues lo tenía demasiado cerca, así que descendí un peldaño y me aclaré la garganta. Se llevó el cigarrillo a la boca con una sonrisa de suficiencia—. Oye, que no muerdo.

—Disculpa —dije y, tras pasar por su lado a toda prisa, ascendí hasta el desván, donde me quedé de piedra al ver a Aleysia subiéndose el hombro del vestido. Con el ceño fruncido, dirigí la vista hacia las escaleras, donde me había cruzado con el tío Riftyn hacía un momento.

Ella se volvió hacia mí, sonriente.

—¿Harta de ancianas demacradas y hombres sobones?

—Acabo de ver al tío Riftyn.

—Ah, ¿sí? Mmm… He tenido que quitarme este incordio de corsé. No podía respirar. ¿Te acuerdas de cuando andábamos por casa sin nada más que un vestido suelto? Ni te imaginas cuánto echo de menos…

—Agatha me ha vendido. —Me dio rabia el temblor en mi voz, la fragilidad de mis palabras, la facilidad con que la vieja desdichada me había sacado de mis casillas.

—¿Qué? —La alegría en el rostro de mi hermana cedió el paso a una mirada glacial—. ¿Qué has dicho?

—Me ha vendido al señor Moros. —Me mordí el labio inferior, pero no conseguí que dejara de temblar, y me ardían en los ojos las lágrimas que amenazaban con salir.

Ella apretó la mandíbula.

—Dime que es broma.

—Ojalá lo fuera. —Me oprimía el pecho el ansia por contarle más, por decirle que Agatha planeaba venderla a ella también, pero eso solo la alteraría más y necesitaba que mantuviera la cabeza fría para que me ayudara a pensar en la manera de sacarnos a las dos de esa situación. Necesitaba que adoptara una actitud resolutiva en vez de aferrarse a la negación.

—No puede hacer eso. No se lo permitiré. ¡Menuda víbora desgraciada! Ojalá el dios rojo se la hubiera llevado a ella en vez de al abuelo.

—Basta, Aleysia. Estás empeorando las cosas.

—¿Empeorándolas? ¿Te has fijado bien en ese hombre, por casualidad? Las cosas no pueden empeorar, Maevyth. He intuido las barbaridades que se le pasaban por la cabeza, las guarradas que está deseando hacerle a una chica joven e inocente.

—Pero, entonces, ¿qué hago? ¿Me corto la lengua y les suplico a las Tocas Rojas que me acojan? ¡Esa sería la solución más fácil, desde luego! —La dureza de mi tono apenas reflejaba una pequeña parte del caos que reinaba en mi interior, pero enseguida me arrepentí de haberle levantado la voz—. Por favor, dime qué hago.

—Huye. Podríamos irnos juntas. —Hasta Aleysia tenía una sombra de duda en la mirada. Huir habría sido una locura, después de todo.

—Nos perseguirían. Él ya ha pagado.

—Debe de haber un lugar adonde podamos ir.

Eso se habría convertido en la principal preocupación del gobernador Grimsby. Una vez ordenó que apresaran y humillaran a dos hombres que eran amantes: los ataron desnudos a una estaca en la plaza del pueblo antes de desterrarlos al bosque. Que dos mujeres insolentes escaparan del matrimonio, que él consideraba una unión sagrada de almas, lo pondría furioso. Lanzaría una santa cruzada contra nosotras.

Me encogí de hombros, sacudiendo la cabeza.

—¿El bosque? —dije—. Es el único lugar donde no se atreverían a seguirnos.

Ella cruzó los brazos con expresión severa.

—Olvídalo, Maevyth. Eso sería un suicidio. Hay otras opciones.

—¿Como cuáles?

Arrugó la frente.

—Como envenenarle la bebida a Moros. Bastarán unas dosis pequeñas de Diente de Serpiente a lo largo de un par de meses.

—¿Qué? —Clavé la vista en ella en busca de algún rastro de mofa en sus ojos, pero no lo encontré. Solo percibí apatía—. ¿Te has vuelto loca?

—Prefiero verlo ahogarse y sangrar por la garganta que imaginarlo contigo en la cama. —Desvió la mirada, con una sonrisita bailándole en los labios, como si lo estuviera visualizando en ese momento.

—No. No pienso ponernos en peligro. —Eché a andar de un lado a otro, con los pensamientos agolpándoseme en la cabeza. Un torbellino de pensamientos. No podíamos huir. No podíamos disuadir a Agatha, pues valoraba el dinero más que los sentimientos. Más que la vida, al parecer. Cualquier intento de resistir nos acarrearía un castigo, o el Destierro, si el gobernador así lo decidía. Si optaba por mostrarse más compasivo, me ofrecería la posibilidad de ordenarme como Toca Roja, una alternativa tan indulgente como una puñalada en el cuello.

O en la lengua, de hecho.

Me puse a jugar con la idea del matrimonio y lo que implicaría para mí. Casarme me conferiría una posición social superior a la de Agatha. La comunidad estaría obligada a respetarme, a aceptarme.

—Posee minas en Lyveria y los Montes Serrados. Es extraordinariamente rico. —Me costaba creer que estas palabras hubieran salido de mis labios, pero no por eso dejaban de ser ciertas.

—Pero ¿qué dices? —Torció los labios en un gesto de asco—. ¿De verdad te lo estás planteando? Foxglove está llena de hombres casaderos de buena posición y jóvenes…

—Que ni siquiera se dignarían a mirarme. Piénsalo bien, Aleysia. Como mujer casada, como esposa de un hombre acaudalado, tendría derechos. Podría conseguir que estés bajo mi tutela. Convertirme en tu tutora.

Soltó un resoplido y puso los ojos en blanco.

—Mi hermana menor quiere ser mi tutora. Qué tontería. ¿Y por qué iba yo a querer vivir en casa del señor Moros?

Tragué saliva y la miré a la cara.

—Porque quiere venderte a ti también.

Fijando en mí una mirada de incredulidad, sacudió la cabeza lentamente.

—No. El tío Riftyn jamás lo consentiría.

—¿El tío Riftyn? —Que lo considerara siquiera una posible solución, un salvador, hizo que me entraran ganas de abofetearla hasta que entrara en razón—. ¿Qué pinta él en esto?

—Nos tiene mucho cariño a las dos. —Alzó el mentón y, para ocuparse en algo, se puso a alisar la sábana de su cama, que seguramente habían arrugado en su escarceo de hacía un momento—. Tal vez sea la única persona en esta casa que se preocupa por nosotras. Intercederá a nuestro favor ante Agatha. Ella lo adora. Seguro que le hará caso.

Mi frustración iba en aumento. Su ignorancia me agotaba la paciencia.

—Te engañas a ti misma si crees que Agatha contemplaría siquiera esa posibilidad o cualquier otra que tenga que ver con su hijo y contigo.

Giró en redondo y clavó en mí los ojos entornados.

—¿Qué estás insinuando?

—No te hagas la tonta. He visto cómo coquetea contigo, cómo te toca. Estoy segura de que no ha sido casualidad que os encontrara a los dos solos aquí arriba.

Aunque le tembló el ojo derecho, como solía ocurrirle durante las discusiones acaloradas, también percibí un brillo de inquietud, un asomo de duda oculto tras toda aquella negación.

—Ahora eres tú la que habla como una loca.

Eché la cabeza hacia atrás, soltando un gruñido.

—Soy tu hermana. La única familia que te queda. No me mientas, Aleysia. Puede que no sea nuestro tío de sangre, pero es un pariente y Agatha preferiría verte sufrir que poner en riesgo su reputación.

Frunciendo el entrecejo, se sentó en la cama y se mordisqueó la uña, presa al fin de la intranquilidad. No era mi intención contagiarle las preocupaciones que me atormentaban, pero, desde luego, no pensaba alimentar sus fantasías de que el tío Riftyn intervendría en este asunto.

—Y, entonces, ¿qué hacemos? No me veo capaz de sobrevivir a la soledad, el silencio y el celibato al que se condena a las Tocas Rojas. Solo de pensar en una vida así… Un infierno. —Le temblaba la mano mientras se roía la uña.

Con un suspiro, me senté a su lado y le saqué con delicadeza el pulgar de la boca.

—Haremos lo que te he dicho. Una vez afianzada mi posición, gozaré de la autoridad necesaria para disponer que vivas con nosotros.

Soltó un bufido y sacudió la cabeza, con los párpados cerrados.

—No puedo… No puedo permitir que hagas eso. No quiero que lo hagas.

Le di un apretón en el brazo para atraer su mirada.

—Agatha me ha dicho que encontraría un candidato capaz de doblegarte, Aleysia. No me quedaré de brazos cruzados contemplando cómo ocurre eso. Me niego. El señor Moros es un hombre respetado. Tal vez también sea amable.

Me pareció ver cómo se sucedían en su rostro todas las fases del trauma y el duelo y, por el modo en que desvió la vista, casi me dio la impresión de que había perdido la esperanza.

—¿Y cuándo se supone que pasará todo esto?

—¿La boda? No estoy segura, pero mañana tengo que ir a almorzar con él.

Fijó los ojos en el suelo con expresión ceñuda.

—¿Cómo puedes tomártelo con tanta resignación? Yo en tu lugar estaría deseando que me tragara la tierra.

—Me parece que no tengo alternativa.