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No estaría escribiendo estas páginas si Leticia Rodero no me hubiera regalado Su olor después de la lluvia, de Cédric Sapin-Defour.

«Este libro ha vendido en Francia más de cuatrocientos mil ejemplares… Su autor es un reconocido alpinista y viajero, y como a ti te gustan tanto los perros…».

¡En menudo momento me lo regaló! Fue unas semanas después de que Argos fijara su mirada en la mía para decirnos lo mucho que nos queríamos y darnos el último adiós.

Acepté el regalo, pero sin ningún entusiasmo porque estaba y estoy pasando el duelo por la marcha de Argos.

El tiempo irá apaciguando el dolor que siento, pero aún hoy le echo de menos y cada vez que entro en casa lo primero que hago es buscarle con la mirada, asombrada de que no haya salido a mi encuentro. Entonces me doy de bruces con la realidad, que no es otra que la de su ausencia.

Les confesaré que en un principio decidí no leer el libro de Cédric Sapin-Defour. ¿Qué me podía contar que no hubiese sentido yo? Acaso, pensaba, su lectura lo único que haría es aumentar la desolación que me oprime el alma.

Además, no tenía ni idea de quién era Cédric Sapin-Defour. De manera que coloqué el libro en mi mesilla, diciéndome que ya encontraría el momento de leerlo.

Pero esa noche soñé con Argos, con su última mirada, con las últimas horas que compartimos, horas de dolor, horas en las que me sentí impotente sabiendo que apenas podía hacer nada para impedir que viviera sus últimos días u horas con un sufrimiento inmerecido como son todos los sufrimientos.

¿Saben?, en este momento tengo los ojos anegados en lágrimas. Pero seguiré escribiendo este diario perruno.

Fue al día siguiente cuando me decidí a ojear el libro y ya me quedé enganchada en sus primeras páginas. Porque Cédric Sapin-Defour «hablaba» como solo hablamos los que mantenemos o hemos mantenido una relación de cariño profundo con esos compañeros de vida que son los perros. No me gusta escribir «mi perro» porque ni ellos ni ningún ser vivo pertenecen a nadie. Son compañeros, al menos de un tramo de nuestras vidas, desgraciadamente tramos muy cortos porque ellos no sobrepasan los doce o quince años.

No, Argos no me pertenecía. Argos me acompañaba, nos acompañaba, porque formaba parte de la familia y les aseguro que su presencia empapaba de alegría esos momentos de soledad que en ocasiones nos embargan.

Argos, como todos los de su especie, era generoso regalándonos su afecto. Generoso en lealtad. Generoso en alegría. Generoso en compañía. Generoso, sí, siempre generoso.

Nació el 5 de septiembre del año 2011 y se marchó en abril de 2024. Trece años compartidos.

Llegó a casa unos meses después de que muriera Tifis. Nuestro querido Tifis, valiente, divertido, cariñoso, leal como lo son todos los perros.

Tifis empezó a formar parte de nuestras vidas un 24 de diciembre. Álex, mi hijo, le había pedido a Papá Noel que le trajera un perro. Tenía entonces cinco o seis años y cuando salíamos a la calle corría hacia todos los perros que veía sin sentir miedo de ninguno. Insistía en que quería un «perrito» grande, y señalaba a los huskys y los pastores alemanes que veíamos por la calle. Aquel mes de diciembre, un amigo me dio la dirección de una tienda en la que quizá podía encontrar un pastor alemán.

La tienda estaba en un barrio periférico y allí fui sin demasiadas esperanzas. Pero la suerte me acompañó. El dueño me dijo que conocía a un criador que acababa de tener una camada de pastores, pero que teniendo en cuenta que era 24 de diciembre no lo podría localizar hasta pasadas las Navidades.

Verán, soy de esas personas a las que les cuesta aceptar un «no» por respuesta, así que insistí tanto que aquel hombre me prometió que iría hasta el criadero de la sierra madrileña y por la tarde tendría a uno de los perritos de la camada. Así fue. Horas más tarde tuve en mis brazos a un cachorro precioso, al que dejé en casa de una de mis tías, mi tía Carmen, que vive cerca de nosotros, y que lo guardó hasta las diez de la noche, momento en el que llegó a la puerta de mi casa, tocó el timbre y se marchó para que Álex no la viera y creyera que el timbre lo había tocado el mismísimo Papá Noel.

Álex y su hermana Cristina fueron a abrir la puerta y allí estaba el cachorro metido en una cesta. Papá Noel había llegado con adelanto.

Fue mi marido, Fermín, el que le puso nombre: Tifis. Sí, Tifis, como el piloto de la nave Argo en la que Jasón y otros héroes griegos navegaron en busca del Vellocino de Oro. Tifis, también porque era el nombre que tenía el perro de Fermín cuando era pequeño y vivía en la montaña.

Tifis nos acompañó durante trece años y murió de un infarto provocado por un golpe de calor, de ese calor tórrido de Madrid en verano.

A todos nos estaba costando superar la desaparición de Tifis, pero Álex se empeñó en que quería otro amigo perro.

Mi hijo había compartido su infancia con Tifis. Jugaban juntos y no se separaban el uno del otro salvo las horas en que él estaba en el colegio. De manera que su muerte le afectó profundamente. A Álex es difícil verle llorar, ni siquiera cuando de niño se caía y se hacía daño derramaba una lágrima. Pero cuando Tifis murió, lloró, lloramos todos.

Nunca he faltado a trabajar o he dejado de hacer frente a un compromiso, aunque tuviera una bronquitis y cuarenta de fiebre. Pero el día en que murió Tifis, aunque estaba en plena campaña de promoción de Dime quién soy, llamé a la editorial para decir que me suspendieran todos los actos previstos. No me sentía capaz de nada que no fuera llorar.

Me costó superar la ausencia de Tifis, de manera que por más que Álex insistía en que trajéramos otro perro a casa, inconscientemente me resistía.

Y a su empeño añadió que debía ser un pastor alemán como lo había sido Tifis. No fue fácil encontrar a Argos, pero el día que le conocimos el flechazo fue inmediato.

Mi sobrino Fabián nos llevó a visitar una camada de pastores alemanes preciosos y juguetones que apenas tenían tres meses. Estaban en un pequeño recinto al aire libre, nos acercamos y los observamos retozar un rato, aunque de repente uno se acercó a Fermín, colocó sus patazas en la barra del recinto y no tuvimos duda de que nos había elegido y se vendría con nosotros.

Y así, recordando a Argos mientras leía la historia de Cédric con Ubac, comencé a pensar en tantos y tantos perros cuyo paso por la vida han dejado una huella no solo en la historia de quienes estuvieron con ellos, sino que fueron protagonistas de la Historia misma.

También fue Fermín quien sugirió que a aquel cachorro inquieto lo bautizáramos con el nombre de Argos, un nombre que simboliza la lealtad sin límites. Y sí, el de mi querido Argos es el nombre del perro de Ulises. Homero se refiere a él en la Odisea en uno de los pasajes más emocionantes de la Historia de la Literatura.

Cuando Ulises regresa a Ítaca después de vagar unos cuantos años por el Mediterráneo, nadie le reconoce. Ni su esposa Penélope, ni su hijo Telémaco, ni sus amigos ni otros familiares son capaces de ver a su rey en ese hombre que ha llegado a su costa, mal vestido y con la huella en su rostro y en su cuerpo de quien ha sobrevivido a quién sabe cuántas desgracias.

Cuenta Homero que cuando Ulises desembarcó, se dirigió a su «palacio», donde encontró a Argos tumbado, «roído de miseria», y al acercarse él movió la cola y enderezó las orejas. Ulises se enjugó una lágrima y a continuación aquel amigo fiel que llevaba tanto tiempo esperándole murió a sus pies.

Si alguien no se siente conmovido por este pasaje de la Odisea es que no tiene corazón.

Aún recuerdo que lloré como una Magdalena cuando de niña leí en una versión infantil de la Odisea el encuentro entre Ulises y Argos.

Muchos años después, durante uno de nuestros numerosos viajes por Grecia, precisamente en Ítaca, Fermín le explicó a Álex el reencuentro de Ulises y Argos y él tuvo que disimular la emoción que le producía la historia que le estaba contando su padre.

Eso sí, Álex, que siempre hacía preguntas imposibles, quiso saber de qué raza era Argos y Fermín respondió: «No lo sé, supongo que sería un perro grande y fuerte para acompañarle a cazar».

Tiempo después leí en alguna parte, no recuerdo dónde, que el perro de Ulises podía haber sido un saluki, una raza de perros que provienen de Persia y Mesopotamia y en la Antigüedad eran compañeros de caza de sus dueños. Vaya usted a saber.

Tampoco hay constancia de la raza de Péritas, el perro de Alejandro Magno, quizá un saluki o un perro cruce de muchas razas. Sabemos de su existencia por Plutarco y Plinio el Viejo. Al parecer Péritas fue un regalo de Alejandro de Epiro, hermano de Olimpia, la madre de Alejandro Magno, a su sobrino.

Péritas le fue tan fiel a Alejandro como Argos a Ulises. Esa es una de las características de los canes, su fidelidad. En el caso de Péritas acompañó a Alejandro hasta la India, y participó en las batallas siempre atento a su dueño. Pero si el perro de Ulises y el de Alejandro eran de raza saluki es algo que difícilmente sabremos, aunque sí se sabe que esta raza da perros altos que se asemejan a un galgo.

Cuando le conté a Fermín que había comenzado a escribir este relato me dijo:

—Tienes que leer el capítulo sobre Temístocles de las Vidas paralelas de Plutarco.

—¿Temístocles tenía un perro? —le pregunté.

—Se trata del perro de Jantipo, ya sabes, el padre de Pericles.

Mentiría si dijera que Jantipo formaba parte de mi imaginario. Pero Fermín se apresuró a contarme una historia conmovedora.

Según cuenta Plutarco en el capítulo sobre Temístocles en las Vidas paralelas, Jantipo, que era un guerrero, combatió contra Jerjes y lo hizo junto a Temístocles.

En vísperas de la batalla, Jantipo acudió al puerto y se subió al barco rumbo a Salamina, donde atenienses y persas medirían sus fuerzas. Alguien siguió a Jantipo. Su fiel perro no se lo pensó y corrió tras él hasta el puerto y, una vez allí, cuando vio a Jantipo subirse al barco desde el que combatiría, no dudó en tirarse al agua.

El barco zarpó y el perro nadó y nadó hasta llegar a Salamina. Cuando salió del agua, como consecuencia del esfuerzo, sufrió un infarto y murió.

La acción de este can es otro ejemplo de fidelidad. No quiso separarse de su dueño y no dudó en correr primero y nadar después.

Es una historia tan hermosa como trágica. La próxima vez que cruce en ferry hacia Salamina tendré presente la hazaña del perro de Jantipo.

Pero vuelvo a nuestro querido Argos, un pastor alemán tan inteligente como guapo, tan tierno como defensor, tan alegre como juguetón. Tan independiente como cariñoso, que nos ha acompañado tantos años, y no puedo evitar pensar en lo que el Argos leal amigo de Ulises sufrió durante su ausencia. Pasó de ser el perro del rey a ser ignorado por todos. Dejó de ser importante, malvivió sin que nadie le prestara atención, lleno de garrapatas y comiendo lo que encontraba. Argos se convirtió en Nadie al igual que Ulises.

El Argos amigo de Ulises murió a sus pies, y mi querido Argos murió mientras le abrazaba y le decía cuánto le quería, pidiéndole perdón porque una inyección le iba a segar la vida. Una vida que en esos últimos días se había convertido en un pozo de sufrimiento. No podía ponerse en pie, ni andar, no comía, no bebía y gemía de dolor. Juro que intenté que le salvaran, que aquel fin de semana fuimos a dos clínicas veterinarias de urgencias y que en ninguna de las dos me dieron esperanza: «O le quitamos el dolor y muere plácidamente o se queda ingresado con una vía puesta con analgésicos hasta que ya no aguante», me dijeron. Pero ¿cómo iba a dejarlo ingresado dentro de una jaula? Sé que, si lo hacía, él pensaría que le estaba abandonando, que le estaba dejando solo con su insoportable dolor.

Como no estoy segura de si soy partidaria de la eutanasia, me revolví llena de dudas mientras él gemía y gemía. Creo que me culparé el resto de mi vida de mi decisión y que no me consuela saber que desde el primer día en que llegó a casa y tuvimos que enfrentarnos a su mala salud, no hubo nada que no hiciéramos para que disfrutara de una buena vida.

A los seis meses le operaron de displasia, una enfermedad que se da cuando los perros ya tienen cierta edad, pero él la sufrió demasiado pronto. Años después le operaron dos veces de la columna… su columna llena de hernias, su columna enferma que era una causa permanente de dolor.

¿De quién era Argos? De nadie, de él mismo. Era uno más de la familia, como lo había sido Tifis, como lo han sido todos los perros que me han acompañado a lo largo de mi vida. Cuando yo era pequeña y tiraba de las orejas a Yola, una inmensa perra San Bernardo, mi abuela Teresa me regañaba diciéndome que no era un juguete. Tendría yo tres o cuatro años cuando un día ella me pilló tirando de las orejas a Yola, y me contaba mi tía Elvira que mi abuela me dijo: «¿Te gustaría que te tiraran de las orejas?». Naturalmente yo respondí con un «Nooo». Y entonces aprovechó para decir: «Pues a Yola tampoco». Cuando fui un poco más mayor supe que en realidad Yola era de mi tía Elvira, dentro de los límites de posesión que se permitían en casa de mis abuelos, que eran límites muy estrechos. Parece que fue un regalo que alguien le había hecho a Elvira, la más pequeña de mis tías.

Nunca nos olvidamos de ella y, ya siendo yo mayor, en más de una ocasión mi tía Elvira me contaba alguna de las historias que la tenían como protagonista.

Mi tía me decía que Yola me cuidaba como una madre. Se ponía al lado de mi cuna y no se movía y, si lloraba, entonces iba en busca de mi abuela o de mi madre y empezaba a ladrar. Era su manera de avisar de que algo me pasaba.

Así que mis primeros días, meses y años de vida estuvieron marcados por la presencia de Yola. Mi tía Elvira conservaba alguna fotografía de ella: una San Bernardo enorme, con unas orejazas grandes y una mirada tierna.

De todos los perros que han compartido nuestra vida familiar, Yola ha sido la única hembra; el resto han sido machos. Supongo que por ese hándicap que arrastra el sexo femenino: la maternidad.

Ahora a los perros se los castra, pero seguramente hace años eso no era tan habitual y por tanto la gente prefería perros para no tener que asumir una camada de descendientes de una perra.

Otro pastor alemán que acompañó a mi tía Elvira y, por tanto, a toda la familia fue Abderramán, de estampa noble, cariñoso y leal. Golf y Tom, de mi primo Lolo y Joker de mi sobrino Fabi, también formaron parte de los amigos peludos que nos han acompañado. Golf era un pedazo de pan, obediente y tranquilo y Tom un torbellino agotador. En cuanto a Joker, mi sobrino Fabián lo rescató de una protectora; había sufrido y eso se reflejaba en su temperamento.

De Yola a Argos han sido unos cuantos los perros que han formado parte de mi vida. Los recuerdo a todos, los echo de menos a todos, y todos ellos me regalaron su lealtad y cariño sin condiciones y me dieron unas cuantas lecciones de vida.

Sé que a muchas personas les resulta difícil comprender la relación de afecto que se produce entre un perro y un humano. No trataré de convencerlas. Ellas se lo pierden.

Sí les contaré que en estos últimos años en que he pasado la mayor parte del tiempo escribiendo novelas, he tenido dos compañeros inseparables: Tifis y Argos.

Tanto el uno como el otro, en cuanto me veían sentarme delante del ordenador, acudían a mi lado.

Cuando estoy escribiendo una novela no le comento a nadie de qué va, solo Tifis primero y Argos después eran depositarios de mis confidencias. Yo les contaba cuándo me había atascado, qué hacer con tal o cual personaje, las ganas de llegar al final…

Han sido compañeros tan discretos como incondicionales, y cuando en alguna ocasión me han preguntado si alguien conoce el contenido de mis novelas antes de que las termine, mi respuesta, una respuesta absolutamente sincera, ha sido esta: «Sí, Tifis», o «Sí, Argos». Y no, no era una boutade.

En cuanto al nombre de Tifis, un pastor alemán de tamaño tan grande como su bondad, ya he contado que así lo bautizó Fermín recordando el nombre de un perro que tuvo cuando era pequeño. ¿Qué significa Tifis? Pues, como he explicado en páginas anteriores, Tifis fue nada menos que un héroe de la mitología, el piloto de la nave Argo. Y sí, Tifis era valiente e imponía por su tamaño y sus dientes, que nunca utilizó más que para comer.

Para Álex fue como un «hermano» con el que jugar sobre todo al fútbol. Tifis era un portero excepcional. Álex lo colocaba entre dos árboles y tiraba a meter el gol. De cada diez chutes de Álex, Tifis paraba ocho o nueve. Vamos, que era un portero digno del Real Madrid.

Caminando juntos por primera vez

Ilustración que imita un mural prehistórico con el contorno pintado de dos manos humanas y dos huellas de las patas de un perro.