Corderito,
estoy contigo,
te pido que lamas
mi blanca garganta.
Déjame mesar
tu suave lana.
Déjame besar
tu suave cara.
WILLIAM BLAKE, «Primavera»
O bien mi crapulosa novela francesa,
en papel gris y tipografía borrosa.
Con tan solo mirarla, te arrastras,
manos y pies en poder de Belial […]
ROBERT BROWNING,
«Soliloquio del claustro español»
Todo lo que no es imposible es posible.
H. ZWENDER
Nunca hubo un tiempo en que yo no estuviese enamorada del señor Fox.
Nunca hubo un tiempo en que el señor Fox no fuese mi vida.
Porque antes de que el señor Fox entrase en mi vida, nuestras almas se conocían en el tiempo anterior, donde no hay tiempo.
Porque nacemos de ese saber. Del tiempo anterior, como cuando al despertar por la mañana llevamos el recuerdo de los hermosos sueños que hemos perdido al despertar.
En el tiempo anterior no existe el tiempo como lo entendemos en la Tierra, es un gran vacío como el océano en el cual las gotas de lluvia caen y desaparecen.
En el tiempo anterior somos niños y estamos juntos, no hay «edad» que nos separe.
Esto me lo explicó el señor Fox.
Y dijo: Cariño mío, nunca habrá un tiempo en el que nuestras almas no estén unidas.
Y dijo: Nuestro juramento (secreto) será que moriremos el uno por el otro si así se nos requiere.
Nunca revelaremos nuestro secreto, moriremos juntos & nuestro secreto morirá con nosotros.
Porque no hay Muerte en el tiempo anterior. Las almas están unidas por el amor en el tiempo anterior.
Esto me lo explicó el señor Fox.
Me lo explicó solo a mí el señor Fox.
No va a ser una mañana normal.
Toda la noche ha caído una fuerte lluvia con un estruendo de enloquecidas castañuelas. Oscuros tumores de nubes llenan el cielo al alba y, a través de ellos, una súbita luz destella como un bisturí.
En la carretera rural de barro blando que lleva al Vertedero Municipal de Wieland, charcos resplandecientes en las largas roderas serpenteantes. Olor a agua salobre y pantanosa de la vasta marisma que hay a cierta distancia y, más cerca, buitres cabecirrojos de alas negras como siluetas aplastadas que trazan círculos en lo alto del cielo y descienden evocando una diversión espantosa.
A las 7.36 de la mañana, en la adyacente reserva natural, aparece dando tumbos por la carretera rural un vehículo de color acero y tracción a las cuatro ruedas que aparca junto al arranque de un sendero, a unos quince metros de las muchas hectáreas de oscura agua estancada —obstruida en la orilla por una acumulación de juncos, espadañas, basura apenas sumergida, un murmullo de sanguijuelas en el lecho de limo negro— conocidas localmente como la charca de Wieland, en la zona rural del condado de Atlantic (New Jersey).
La conductora del vehículo de color acero apaga el motor, los faros. Echa un vistazo en torno y ve con satisfacción que está sola en el claro. Nada de malolientes camiones de basura dirigiéndose a esta hora con paso lento al vertedero, ahondando las roderas de la calzada. Nada de personas que pasean a sus perros, como ella; nada de senderistas. Nadie con quien P. Cady se vea obligada a intercambiar saludos insustanciales.
Pues el propósito de ir en coche al alba hasta los humedales de Wieland, unas cinco veces por semana de media, es que haga ejercicio su superenérgica perra de ascendencia mixta (terrier, sabueso), adoptada en el Refugio de Animales del Municipio de Wieland, y también hacer ejercicio ella misma, sola.
—¡Hala, vamos! Buena chica.
Abre la puerta del pasajero del vehículo de color acero, y del interior, como catapultada a la fuerza, salta la pequeña y nervuda perra parda en un paroxismo de excitación, ladrando, aullando, gimoteando, suplicando, la cola meneándose servilmente en deferencia al ser alto y mandón que sujeta la correa, su humana, que sujeta la correa a su cuello, que le habla con severidad pero no sin afecto, como si algo pronunciado en el fatuo lenguaje humano pudiera tener el más mínimo interés para la ansiosa perrita en este momento crucial.
—Esta mañana tienes que portarte bien.
Ojos grandes y límpidos desbordantes de una fácil promesa: Sí, me voy a portar bien.
—Vas a venir cuando te llame. Y nada de correr a lo loco.
Patas de sabueso demasiado grandes que arañan con frenesí entre las hojas mojadas, desvergonzados gimoteos, aullidos: Sí sí haré todo lo que me pidas.
—¡Y nada de meterse en el agua! ¿Me oyes? En esa maldita agua no.
Olfatea hojas empapadas a los pies de su humana. La cola corta se menea con furia, el huesudo trasero bailotea, ¿cómo podría su (ingenua, confiada) humana no creer en esa sumisa deferencia, esa devoción perruna?: Sí, por supuesto, obedeceré. ¡Y ahora suéltame!
—Te lo advierto, ¡nada de correr a lo loco!
Por fin liberada de la correa, un jadeante ladrido de gratitud antes de volverse para salir disparada dando saltos de gozo, detenerse a unos metros para olfatear unas malezas, acuclillarse para orinar, pero fugazmente, porque no hay tiempo que perder, estos paseos tempranos bajo el mando de su humana rara vez duran más de cuarenta minutos o una hora; se contiene para permanecer en el sendero al menos al principio, trota en la dirección en la que su humana suele recorrer la senda circular de cuatro kilómetros en torno a la charca que los devolverá al vehículo aparcado al arranque del sendero; pero poco después, a unos quince metros, a pesar de que su humana ya la está llamando con regañona voz de preocupación, la ansiosa perrita sale trotando del camino para investigar algo pequeño que se escabulle entre la maleza (¿roedor?, ¿pájaro de plumas negras?), chapotea en los charcos, charcos muy embarrados, las patas delanteras se hunden en el lodo hasta la mitad, aun así se toma su tiempo para detenerse cada pocos metros a olisquear, a acuclillarse y orinar en chorritos rápidos y agitados contra la maleza, contra montones de hojas, contra troncos de árboles atrofiados en una neblina de gran felicidad sin apenas oír a la humana que ahora la llama a gritos con voz de ultraje e indignación ¡Ven aquí! ¡Vuelve! ¡Lady! ¡Ya!, de manera tan inexorable como la gravedad se siente atraída hacia los bosques pantanosos alejados del sendero, desde donde olores deliciosos flotan hasta sus sensitivas fosas nasales.
En esta mañana de finales de octubre hay media docena de tordos alirrojos que la provocan desde una altura de dos metros, la escarnecen, invasora en su territorio, si fueran lo bastante grandes podrían atacarla, apuñalarla con sus picos afilados, incapaces de ver nada «hermoso» o «adorable» en su pelaje más bien áspero, de color pardo moteado, ávidamente picotearían esos ojos húmedos de color caramelo que a su humana le parecen tan «inteligentes», tan cautivadores.
Valiente y desafiante, sigue trotando, en verdad es una intrusa, una cazadora. ¡Literalmente, una cazadora nata! Ignora a esos ruidosos abusones porque no son aves de presa locales (busardo, búho) lo bastante grandes como para llevarse en sus garras a una perra pequeña y devorarla.
Poco después la voz suplicante en algún lugar detrás de la perrita se desvanece, se vuelve inaudible entre los gritos de las aves del pantano y el sonido de su propio jadeo, el tumulto de olores que asaltan su hocico, sobrecargando su zumbante cerebro, el grito de su humana tan irrelevante como luz artificial en un día de sol cegador.
¿Qué es eso que hay más adelante?; un movimiento súbito, un chapoteo y ondas en el agua quieta y fría, ¿ánade?, ¿tortuga?, ¿serpiente de agua? Mientras se acerca con sus patas desproporcionadamente grandes, con una especie de torpe sigilo, agazapada, preparada para saltar y para matar, esa cosa, lo que sea o fuera, un ser vivo como ella pero más cauto que ella, más astuto, desesperado por sobrevivir, ha desaparecido.
Explora con cautela el húmedo interior del pantano entre árboles caídos y calcificados, sus débiles ojos bajos en deferencia a sus fosas nasales exquisitamente afinadas, sus orejas de terrier erguidas, todos los sentidos alerta, emocionados, su pequeño cerebro a punto del colapso por la sobreestimulación tras siete horas de confinamiento en la casa oscura y apagada de su humana; es como si esa fuerza, feroz como la succión de una aspiradora, que la catapultó desde el vehículo color de acero continuase arrastrándola hacia delante a nuevas aventuras —de manera imprudente, desobediente—, cada vez más lejos de su humana, o, mejor dicho, del recuerdo de su humana, esa persona alta y de voz severa cuyas órdenes, hasta la más pequeña o insignificante, ella está obligada a obedecer y sin duda volverá a obedecer, pero todavía no, ahora no, no mientras trota ansiosamente en este lugar deslumbrante donde los olores más fétidos-emocionantes la invaden, algunos conocidos, otros desconocidos, y son los desconocidos los que la atraen, los nuevos-torturadores olores de la carroña, irresistible alimento para una bestia voraz como ella.
Muchas veces ha consternado a su demasiado escrupulosa humana al deleitarse con la carroña, con carne podrida, huesos sucios, que le causan la sensación más exuberante, saltando sobre lo que descubre en el bosque, lo que parecía estar ahí tendido a la espera de que ella lo descubriese, revolcándose en ello, ladrando de excitación, lanzando aullidos, gruñendo con el fondo de la garganta de puro éxtasis, por la unión más honda con lo que queda de una criatura viviente como ella, pero que no es ella, cadáver de ciervo, zorro, mapache, otra criatura como ella: perro, lo más asombroso: perro: un manto de carroña en el que envolverse, miríada de aromas embriagadores que entran pululando en su cerebro sobrecargado como un enchufe eléctrico. Muchas veces ha provocado asco a su humana, sin duda las palabras humanas indican el asco más extremo, no existe otro asco aparte del asco humano, pues no existen otras palabras aparte de las palabras humanas. En esos momentos, descubierta, denigrada, regañada, objeto de desesperación y necesitada de un baño a fondo (por la humana, o por el peluquero de manos hábiles, amables y seguras), siempre se apresura a expresar remordimiento, o parece expresar remordimiento, por desagradar a su humana, pues eso es lo que se espera de ella, esa es su responsabilidad hacia la (desvalida) humana, ese es su compromiso. En su alma perruna, ella lo entiende. Está de acuerdo. No es una rebelde. Adora a su humana, sabe que su humana ha sido su salvadora desde el borroso caos de la cachorridad, tirada como basura en una curva de la vieja autopista estatal, los ojos rojos e infectados sellados por la hinchazón, costillas esqueléticas, cola flaca de rata, respiración sibilante e intestinos de cachorro pululantes de parásitos, hallada y llevada al refugio antiséptico y bien iluminado, rescatada, resucitada, con orejas de cachorro y patas de cachorro demasiado grandes, anhelantes ojos marrón húmedo, sacada en adopción de su jaula a los seis meses, por supuesto que entiende que su humana es su salvación, pero su humana, aunque de aguda vista y a menudo capaz de leer su mente, no está aquí para ver, así que por el momento ella se ha olvidado de su humana, cuando un humano no está aquí para ver es natural olvidarse del humano, mientras explora un trozo de siniestro fango negro que le succiona las patas, su veloz y olfateador hocico la ha llevado alegremente fuera del sendero, muy lejos del sendero, es emocionante olvidarse de todo lo que le ha enseñado su humana o intentado enseñarle, pues el pantano rebosa de vida, siempre más vida, y aunque está a cierta distancia puede oler la basura empapada y humeante del vertedero, un lugar de desaseados tesoros que ha explorado en el pasado deslizándose por debajo de la verja de tres metros, oxidada y en parte hundida, por todas partes en el vertedero hay olores basuriles que despiertan un interés moderado, pero aquí está de nuevo el olor a carroña, inconfundible, y no muy lejos de ella, contra el viento.
A su espalda suenan gritos tenues y suplicantes, lastimeros, palabras que reconoce como humanas, pero apenas palabras, meras sílabas, sonidos —¿… estás? ¡La-dy! Por favor—, apenas distinguibles de los chillidos vulgares y amenazantes de las cornejas, al alba siempre hay cornejas depredadoras en la marisma, aves carroñeras, busardos y buitres cabecirrojos que trazan una continua banda de Moebius por encima del vertedero de dos hectáreas y media en la otra orilla de la charca, pero no esta mañana: no.
Comienza a exultar, a regocijarse por eso que hay ahí, por el éxtasis que la espera: su presa, su trofeo.
Porque ella es una feroz cazadora, o lo sería si estuviese bien entrenada, si no fuera una simple mascota casera, destinada a comer demasiado, a volverse pesada y de aliento corto, jadeante, durmiendo lo que le quede de su corta vida, pero todavía no, todavía no, porque ya ha encontrado el olor, está enfocada en su objetivo como un misil que vuela hacia su destino, trota llena de excitación, jadeando, la lengua oscilando fuera de la boca, todo su ser atraído de manera irresistible hacia delante, el sustancioso olor a carroña la llama con más fuerza que cualquier voz tan solo humana; en una neblina como de lujuria, hipnotizada, las fosas nasales veloces y olfateantes la arrastran hacia delante, a lo largo de una breve península de tierra en medio del pantano, por todas partes árboles rotos y moribundos y sin corteza, basura humana…, latas, poliestireno…, prendas de vestir desechadas y empapadas…, en el sendero hay huellas de neumático, pues este sendero es de la anchura de un vehículo pequeño, y ella trota más deprisa ahora, con urgencia ahora, la lengua le cuelga fuera de la boca, jadea más fuerte, es el nuevo olor, el nuevo y fuerte olor, el olor a carroña que la ha hipnotizado.
Y mientras, arriba, los buitres vuelan en círculos con sus batientes alas anchas parecidas a crepé negro, la observan, la desestiman, una criatura demasiado pequeña para resultar una amenaza, y viva, animada…, (aún) no un alimento que puedan digerir.
¡Ya se acerca al origen del olor! Su pequeño corazón le late con fuerza en el pecho, tan emocionada está. Nada de ladridos, nada de aullidos. Nada de burdas distracciones. Todos los sentidos eléctricos-alertas. Para esto he nacido.
En una maraña de juncos aplastados yace la ensangrentada cosa-carne lacerada y desgarrada, un objeto insustancial en sí mismo, del tamaño de un roedor pequeño, pero sin ojos, en principio sin visión, sin duda hay más, en algún lugar no muy lejos hay más, pero ella está tan emocionada de descubrir este bocadito, esta muestra, sus pequeñas mandíbulas se cierran para reclamar el trofeo, lo menean para romperle el cuello, para apagar cualquier vida que tuviera si fuese un ser vivo y no meramente carne, carne humana a juzgar por el olor.
—¡Lady Di! ¡¿Qué es eso que tienes en la boca?!
—Papá, mira.
Él se da la vuelta deprisa, él es Papá y tiene miedo de lo que pueda ver. Ese temblor en la voz de su hija de trece años le atraviesa el corazón.
Tres metros detrás de Martin Pfenning, en el muy erosionado sendero de virutas de madera, Eunice se ha detenido de golpe. Ha visto algo cerca de la orilla, en el agua salobre y poco profunda de la charca de Wieland.
—¿Qué pasa, cariño?
Eunice está de pie, muy quieta, mirando. Algo que parece enmarañado, jaspeado o moteado, claramente fuera de lugar entre la acumulación de juncos rotos, espadañas y algas, ha captado su nerviosa atención.
Sacude la cabeza, se estremece. Murmura algo que suena como feo.
Su rostro enjuto y poco agraciado se ha puesto blanco, sus ojos de ágata se han estrechado. Su boca de finos labios se mueve de forma convulsiva.
Es típico de Eunice, una niña nerviosa, una niña que ha tenido problemas de salud, perturbarse en un instante; las cosas feas la ofenden, las cosas que de alguna manera no están bien. Los peligros ficticios se alzan intimidantes ante ella, mientras que los peligros reales pasan de largo sin que los perciba, de lo cual no puede en realidad culparla, piensa Pfenning con un sentimiento de culpa, desde que tuvo lugar el trastorno de sus vidas.
Aparta a un lado a su hija para protegerla. Por si acaso.
Espera con todas sus fuerzas que lo que sea que hay en la charca no esté vivo. Que no sea nada venenoso: crótalo de agua, serpiente de cascabel…
Pusiste a nuestra hija en peligro, Martin. En ese lugar salvaje. ¡Cómo pudiste!
—Quédate aquí. No mires, yo me ocupo.
Pfenning lleva botas de montaña impermeables, por lo que no es un problema adentrarse en el agua salobre, aunque enseguida siente que el suelo se mueve bajo sus pies, los talones se le hunden en el cieno negro y blando. ¿Arenas movedizas?
Un sensación mareante y nauseabunda de vértigo. Un golpeteo en los oídos, de sangre que bate rápidamente mezclada con los gritos indignados de los tordos alirrojos posados en los árboles sobre su cabeza.
¿Y si es una serpiente de cascabel? ¿Y si Papá muere retorciéndose y ahogándose ante la mirada de su hija?
Pero lo que ha quedado atrapado en los juncos es tan solo inofensiva basura humana. Restos de un recipiente de poliestireno para comida salpicado de barro. Lo coge, lo aplasta con sus manos enguantadas, lo mete en su mochila junto con la otra basura que ha encontrado por el sendero.
Antes ya se fijó en los condones amarillentos que había entre la maleza, como serpientes coaguladas en miniatura, y fue un alivio que la aguda vista de Eunice no los detectara.
—Es solo basura, cariño.
Eunice está encogida por el asco. Ha levantado su mano temblorosa para protegerse los ojos de lo que hubiera en el agua.
—Ya no está, ¿vale?
—¿Qué… qué era?
—Ya te he dicho que es solo basura. No es nada.
Eunice está mirando con recelo el amontonamiento de juncos y espadañas rotas al borde de la charca. Pero la verdad es que ya no hay nada que ver.
—Y entonces ¿por qué te lo llevas?
—Porque no es biodegradable. Si no lo recogiera, se quedaría ahí para siempre, una molestia para la vista. Es lo mínimo que puedo hacer, este humedal es un bien público.
Biodegradable. Humedal. Bien público. Estas palabras parecen resonar en Eunice y tienen el efecto de tranquilizarla. Siempre la han impresionado las cosas de los adultos.
—Ya sabes que estoy en la junta rectora, cariño. Reserva Natural del Humedal de Wieland.
—¿Qué quiere decir «junta»?
—Es como un comité. Administradores, donantes.
—Y entonces ¿por qué dices «junta»… como juntar dos cosas, unir?
Aunque sabe que Eunice está solo haciéndose la difícil al presionar a su padre para que le explique curiosidades del lenguaje de las que él no tiene ninguna culpa, Pfenning explica:
—Es otro tipo de «junta», obviamente. Las palabras pueden tener distintos significados.
Eunice reflexiona al respecto. Hay algo de terrier ratonero en su rostro pequeño y pálido, una intensidad que nunca ha parecido infantil sino antinaturalmente adulta. Una vez que Eunice fija la atención en algo que le parece curioso, aunque sea irritante y evidente para los demás, se resiste a dejarlo pasar.
Pero Pfenning siente alivio, el momento de ansiedad ha pasado. El motivo de que su hija exagere cosas nimias como esta, de que se angustie enseguida por pequeñeces, es algo en lo que no quiere pensar.
—Y tú eres un «donante»… ¿porque «donas»?
—Sí. Soy un «donante».
—¿Das dinero para «preservar» la charca de Wieland?… ¿El santuario de aves?
—Sí. Un poco.
No es presumir, piensa. Bueno…, quizá sí lo sea.
Un hombre puede descubrir que su propia hija apenas sabe nada de lo que lo define como adulto entre los adultos. Eso hay que corregirlo.
—¿Te piden una cantidad determinada o das tú lo que quieres? ¿Cuánto das? —La frente de Eunice se arruga por la urgencia.
—¿Que cuánto doy? No me acuerdo.
Pfenning suelta una risa incómoda.
Desde la separación, ha habido cierta incertidumbre económica en la familia. De pronto Pfenning está manteniendo dos hogares con su (limitado) salario.
Eunice en modo interrogante. Fingiendo una ingenuidad que no es genuina, pues Eunice es muy inteligente, al menos de manera intelectual.
Este Papá, cuando está lejos de su hija, su única y adorada hija, suele sentir ansiedad, incluso angustia; pero cuando está con su hija durante un largo rato, enfrentado a la mirada intensa y curiosamente apagada de la niña, que parece penetrarle el alma y verle defectos, se descubre a sí mismo deseando alejarse, escapar.
El yo-soltero esencial, anterior a la paternidad. Anterior al matrimonio.
—Ella dice que bien que tienes dinero para tus «causas». Pero para nosotras no.
Ella es la madre, la (separada) esposa de Papá. Ella es una presencia constante en estas excursiones padre-hija, aunque por norma ni el padre ni la hija hablan de esa ella.
—¿De verdad, cariño? ¿Tú también lo piensas?
Eunice se encoge de hombros. El rostro pequeño y enjuto se cierra como un puño.
Pfenning está decidido a no permitir que lo moleste el comentario de Eunice, con todas sus implicaciones de deshonestidad financiera por su parte. Una súbita revelación de cómo su exmujer habla de él ante los demás. Tan asombrosamente falsa e injusta que le gustaría aullar de rabia.
En lugar de eso, le da un suave tirón del brazo a Eunice, que nota flaco aun enfundado en la manga de su forro polar.
—Deberíamos seguir caminando, Eunice. Cada día anochece antes, ya casi estamos en noviembre.
De momento, el sol brilla cegador, casi justo encima de ellos. El cielo está despejado y es de un azul vítreo. A media distancia, algo menos de un kilómetro, el humo oscuro se eleva despacio y vertical de lo que sin duda es el Vertedero Municipal de Wieland.
—¡Sí! Hoy se pondrá a las cinco y cincuenta y siete de la tarde.
Qué típica de su hija esa ultraprecisión. Una niña capaz de una compulsividad sombría —aunque, en cierto modo, feliz— con sus deberes escolares, sobre todo los de aritmética, con su única respuesta correcta en mitad de una espesura de respuestas incorrectas. Una niña para cuyo bienestar las buenas notas son cruciales.
—Y, mañana, a las cinco y cincuenta y seis de la tarde.
—¿De verdad? Es así de preciso, ¿eh?
—Cada día más pronto y más pronto hasta el 21 de diciembre, el día más corto del año: el «solsticio». Después, el sol se pondrá a las cuatro y treinta y seis de la tarde.
—Qué pronto…
—Pero después, al día siguiente, se pondrá a las cuatro y treinta y siete de la tarde.
—¿Te has aprendido todo eso de memoria, Eunice?
Pfenning se ríe, aunque no está seguro de que el asunto sea gracioso.
—No. Solo los días que están cerca del solsticio.
Solsticio. Eunice enuncia la palabra con una especie de satisfacción melancólica, como si hubiera algo inevitable y, por tanto, predestinado, en el cielo mismo, algo que los espera.
Durante cuarenta arduos minutos, padre e hija han seguido el sendero cubierto de maleza que bordea por el este la charca de Wieland a través de varias hectáreas de humedales designadas por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos como el Santuario de Aves Jorgen. En esta zona, los perros deben ir atados con correa. Siniestros carteles prohíben cazar «con arma de fuego o con arco». Cada pocos metros, una placa en un árbol identifica una especie de ave local: aves acuáticas, aves cantoras, aves de presa, buitres cabecirrojos. Con ayuda de los prismáticos de Pfenning, han avistado aves acuáticas, que Eunice fotografía con la pequeña cámara Nikon que le compró su padre: hasta ahora, cierta cantidad de patos joyuyos, barnaclas canadienses, una solitaria garceta nívea.
Eunice está preparando una especie de álbum de la naturaleza para una tarea de octavo que le ha asignado uno de sus profesores en la Academia Langhorne. Como Eunice es una perfeccionista, la tarea tendrá que ser perfecta; pero como es una tarea abierta y creativa, y no un problema específico que resolver, no está segura de cómo debe proceder. Es muy buena para las tareas escolares competitivas —una clase entera tratando de resolver un problema idéntico, como en matemáticas—, pero no tanto para idear tareas originales.
Su profesor —un hombre, el «señor Fox»— ha elogiado a Eunice efusivamente ante su madre y ha hablado con entusiasmo de su «potencial»; pero las notas de Eunice en su clase rondan el notable o menos, lo cual resulta frustrante para Eunice (acostumbrada a sacar sobresalientes) y, al ser frustrante para ella, es frustrante para sus padres.
(Sí, Pfenning piensa asistir a la siguiente reunión de padres y profesores en el colegio de Eunice para así conocer al exigente señor Fox en persona; le fastidia que ese profesor de octavo le ponga a su hija notas por debajo de aquellas a las que está acostumbrada).
Hasta ahora, Eunice se ha negado a enseñarles a sus padres lo que ha reunido en su álbum. A ambos les parece que durante el puente de la última semana de octubre, en un momento en el que Eunice debería haber estado menos ansiosa de lo habitual, ha estado muy ocupada con las tareas escolares y se ha quedado trabajando hasta tarde.
El álbum está guardado en un diario de tapa dura un poco demasiado grande, con figuras en bajorrelieve que podrían ser hojas, zarcillos y flores en un patrón jaspeado de un verde chillón, como algas putrefactas. Eunice está ingenuamente orgullosa de su Diario Misterioso, que lleva siempre consigo, y no permite que ni su madre ni su padre examinen.
Ese diario ¿se lo ha dado el señor Fox? Parece haber llegado a sus manos sin que ninguno de sus padres lo haya comprado. Es posible que todos los alumnos de octavo hayan recibido uno parecido; Pfenning no está seguro y no quiere preguntar por miedo a que Eunice se enfade con él.
Desde la separación, Eunice se enfada a menudo con él: con el Papá.
Desde la separación, Eunice se ha vuelto malhumorada.
Se muestra sobreexcitada, estresada; o bien abatida, letárgica. Come con furia, o picotea con desdén su comida. Merodea por la casa antes del alba, o le cuesta mucho levantarse por la mañana y su madre tiene que zarandearla para que se despierte. Parece que el exterior le disgusta y le da miedo: prefiere espacios cerrados con las persianas bajadas («para que nadie pueda mirar»); evita la terraza de suelo de piedra tras la casa de los Pfenning porque, hace dos años, se encontró allí un polluelo de zorzal que se había caído del nido, cubierto de hormigas.
El Papá recordará durante mucho tiempo el alarido aterrorizado de su hija mientras corría hacia la casa por el patio. Cómo se le detuvo el corazón al oírlo y cómo le da un vuelco en el pecho al recordarlo.
Eunice se cansa con facilidad, tiene anemia (leve). Demasiado «cielo abierto» la agota; el viento en los árboles altos, esa agitación constante; las moscas, las abejas, los avispones, los mosquitos; los perros que ladran, la risa de los vecinos: todo le crispa los nervios.
Esta reciente fijación con el señor Fox, su profesor de octavo curso, y con el trabajo del álbum le resulta particularmente inquietante a Pfenning.
(¿Está el Papá un poco celoso del señor Fox?… Pfenning no quiere pensar en ello).
—¿Estás bien, cariño? No quieres volverte, ¿no?
—Que no, Papá.
Eunice pone los ojos en blanco al oír cariño y después despliega una sonrisa deslumbrante, como burlándose de la sonrisa de una hija obediente.
—De todas formas, es demasiado tarde para volver atrás. Estamos a la mitad de la vuelta a la charca.
—¡No me digas!
El Papá no tiene intención de discutir y asiente con gesto afable.
Desde que entraron en el estrecho sendero del santuario de aves va caminando por delante de Eunice; se asegura de apartar todo lo que la tormenta ha dejado en el sendero para ponérselo más fácil. Es una mala señal cuando Eunice respira de forma audible por la boca, cuando su corazón late más deprisa para mantener el suministro de oxígeno al cerebro. (Así lo ha explicado el pediatra de Eunice). Es típico de ella rechazar las botas de senderismo e insistir en llevar sus (ya empapadas) deportivas de suela de goma; se niega incluso a llevar una mochila ultraligera para niños porque dice que hace que parezca jorobada, así que Pfenning lleva dos botellas de agua Evian en su mochila.
¡Maldita sea!… Se lleva un chasco porque las rosas silvestres y las zarzas invaden el sendero que rodea la charca de Wieland y hace meses que no retiran las ramas caídas.
Han colocado tablas en aquellas partes del sendero donde la tierra es particularmente húmeda y fangosa. Pero las tablas se han hundido en el fango y casi no sirven para nada.
Pfenning sujeta las ramas para que Eunice pase por debajo; aun así, hay rasguños en su pequeño rostro triangular que sangran finamente. Ni idea de cómo ha sucedido. Teme algún tipo de accidente o de crisis médica en la charca de la que su exmujer pueda culparlo a él.
Se sintió halagado y conmovido por que Eunice pidiera hacer una excursión al Santuario de Aves Jorgen con él durante las vacaciones de otoño. Es la primera vez que esto ocurre: por lo general Pfenning le hace una sugerencia a Eunice sobre algo que podrían hacer juntos algún fin de semana y ella lo acepta o lo rechaza, de manera impasible. El acuerdo de separación permite al Papá un número fijo de días con la hija cada mes; que se quede a dormir en su casa es negociable en función del impredecible humor de la madre.
A él, al Papá, ahora el Papá separado, le sorprendió esta petición, ya que, desde que se fue de la casa a principios de septiembre, Eunice apenas ha querido estar a solas con él y casi no habla cuando están juntos. Hace sus deberes con expresión aburrida en la mesa de la cocina de su apartamento mínimamente amueblado en un edificio que, en Bridgeton, pasa por ser un «rascacielos» (ocho pisos); al Papá le parece que Eunice cuenta los segundos hasta que pueda por fin regresar a su verdadero hogar. Solo muy de cuando en cuando logra engatusarla para que vea con él Jeopardy! o algún documental de Discovery Channel. Lo más frecuente es que Papá e hija pasen sus rígidamente administradas horas viendo películas banales e inofensivas para todos los públicos en el centro comercial, pues Papá no puede arriesgarse ni siquiera a una película para mayores de doce años que podría abochornar a su sensible y puritana hija o a él mismo, o bien comiendo en restaurantes de tipo familiar, en la compañía informal de desconocidos.
Resulta nuevo y desconcertante para ambos estar juntos sin la madre de Eunice; es como si fueran cojeando juntos, como si les faltara una pierna. Por eso los dos se sienten aliviados delante de algunos desconocidos, amables empleados de servicio que entablan conversaciones con ellos, perplejos ante la cortés deferencia del padre hacia la, podría decirse, malcriada niña de trece años de ojos feroces y áspero pelo rojo óxido como estropajo metálico, de pecas salpicadas por su pálida cara como gotas de lluvia descoloridas y de remilgada boquita como la boquita de una muñeca pintada sin más en mitad de la cara.
Los ojos de color guijarro de Eunice tienen unas pestañas tan finas, sus cejas son tan tenues y su cara es tan poco agraciada que a veces la confunden con un chico, y parece que eso le gusta. En público no hace ningún esfuerzo por comportarse como las niñas, con sus sonrisas bobaliconas y sus deseos de agradar; Eunice aborrece la ropa femenina y viste con camisas y jerséis de colores apagados, pantalones de pana demasiado grandes y zapatillas de color ocre. Lleva el pelo corto, con tijeretazos de aspecto descuidado, como si se lo hubiera cortado ella misma —aunque, según insiste su madre, no es el caso.
Si Pfenning llama a su hija «cariño» o «cielo» en presencia de un empleado, Eunice reacciona con cómico desprecio levantando el labio superior como un perro que gruñe: «Oh, Pa-pá. Déjalo».
Esto provoca siempre risas sorprendidas por parte de los desconocidos. Papá se ríe también mientras siente que le arde la cara, como si hubiera recibido un bofetón afectuoso.
En los días de custodia de Pfenning, Eunice rechaza la idea de un pintoresco viajecito en coche por el campo o rumbo a la costa de New Jersey; dice que tiene «cero» interés por Atlantic City, sobre todo por el «feo y estúpido paseo marítimo». La sola mención de los pinares atlánticos de la costa de Jersey provoca un gemido: «Aburrido». Le basta con un bostezo para echar por tierra una visita a Avalon, uno de los pueblos de playa más prósperos de la costa, donde viven las familias de algunos de sus compañeros de clase: «Ya he ido, no me interesa».
Pfenning supone que Eunice no se siente cómoda a solas con él en la estrechez del coche, lo cual le duele pero, a la vez, le supone un alivio.
Al menos Eunice ha hecho un serio esfuerzo por fotografiar aves acuáticas; se ha forzado a interesarse por las flores, por las plantas e incluso por los hongos. (La palabra hace que estalle en risitas alocadas: «Hon-gos»). Usando lápices de colores y ceras, ha llenado cartulinas con dibujos de ejecución torpe pero entusiasta, aun cuando solía despreciar esas cosas de guardería, pues prefería sumergirse en las tareas del colegio, los deberes de cada noche, con los que parecía estar obsesionada; estudiaba durante horas en su habitación, con la puerta cerrada para evitar interrupciones indeseadas, preparándose para controles y exámenes que parecían destinados por encima de todo a permitirle triunfar sobre sus compañeros de clase.
Por lo visto, Eunice siente celos de las otras niñas de su clase; al mismo tiempo, no se las toma en serio ni le preocupan mucho.
Este otoño, por primera vez, Eunice se queda después de clase a participar en actividades. Un club de lectura de nombre curioso —Club de Lectura El Espejo— que se reúne dos o incluso tres veces por semana. Ni Pfenning ni su mujer, Kathryn, recuerdan que hubiese actividades que ocuparan tanto tiempo cuando ellos iban al instituto, aunque es cierto que la Academia Langhorne es uno de los colegios privados más selectos del país, está dirigido a padres con ambiciones para sus hijos y las «actividades» se consideran valiosas para el currículum.
En Langhorne se da mucha importancia a que se acepte a sus alumnos en las universidades de la Ivy League y otras de alto nivel. Se dice que, en el último año, hacen un esfuerzo frenético para prepararlos de cara a los exámenes de acceso a la universidad y para ayudarlos a redactar sus solicitudes. Por suerte, los estudiantes de cursos anteriores se libran de ese frenesí, que puede tener consecuencias emocionales devastadoras. Kathryn dice que Francis Fox es el único de los profesores de Eunice que le ha expresado su opinión de que la «obsesión» del colegio por las admisiones universitarias es «un error»; en sus clases de séptimo y octavo ha intentado crear una atmósfera de aprendizaje como algo divertido y lúdico, no obligatorio.
Aun así, Eunice suele ponerse tensa y nerviosa. Desde que empezó el curso se ha desmayado dos veces en el colegio; hace dos años le diagnosticaron un tipo de anemia que (hasta cierto punto) puede tratarse con medicación.
A sus padres les preocupa que la anemia de Eunice se transforme en algo más mortífero; ¿leucemia? (¿Quién iba a saber que existen más de doscientos tipos de cáncer hematológico?).
Eunice, como burlándose de esa preocupación, escribió a mano un breve poema con lápices de colores:
(AN)EMIA
(LEUC)EMIA
Se moría de la risa al ver la expresión de sus caras.
Era asombroso para sus padres que Eunice pareciera conocer su enfermedad pese a que habían puesto extremo cuidado en ocultarle el diagnóstico. Hablaban con el doctor a solas en su consulta, deliberaban entre ellos en voz baja en momentos en que (estaban seguros) Eunice no podría oírlos.
¿Cómo demonios lo sabe? ¿Se lo has dicho tú?
Claro que no se lo he dicho, ¿por qué iba a hacer algo así?
Entonces…, ¿cómo lo sabe?
¿Que cómo? Lo sabe sin más.
Pero Eunice no parece muy preocupada por la anemia. Las cosas más insignificantes la sacan de quicio, aunque no muestra mucho interés en su enfermedad, como si confiara en que sus padres ya se encargarán de ello, como se encargan de cada problema de su vida. Y sin duda la idea de morirse, la muerte, es algo irreal para Eunice, algo así como una debilidad a la que pueden ser vulnerables otros niños más normales y corrientes, pero no ella.
Lo que indignaba a Eunice era que alguien pudiera enterarse. Sobre todo los padres de los demás alumnos de la Academia Langhorne, quienes se lo dirían a sus hijos.
Les había hecho prometer a Pfenning y a Kathryn que no se lo dirían a nadie. ¡Ni siquiera a la familia!
Lo prometieron. Juraron que no se lo contarían a nadie, claro que no.
—Si lo contáis, nunca os perdonaré. Os odiaré para siempre.
Por supuesto, Eunice no lo decía en serio. Pfenning está seguro.
El sol ha cambiado de posición en lo alto, ha comenzado a descender por el cielo. El otoño es una hermosa estación, pero el anochecer llega antes. Han recorrido más de la mitad del sendero que rodea la charca. Nubes de color ciruela emergen de la costa atlántica, hacia el este. De pronto se ha levantado una brisa gélida.
En lo alto del cielo, a algo menos de medio kilómetro, se ve una imagen alarmante: buitres volando en círculos, descendiendo en silencio, desapareciendo en el pantano.
Algo muerto, carroña putrefacta; este Papá espera que su curiosa hija no se dé cuenta e insista en ir a buscarlo y hacerle fotos para su maldito diario.
Siente una punzada de anticipación: la primera copa del día le estará esperando en casa cuando vuelva. Medio vaso de chardonnay, una recompensa para sí mismo en la soledad de soltero de su nueva residencia.
—¡Papá, mira! —Eunice ha avistado un ave alta y zancuda con cabeza y pico grandes y característicos, apenas visible entre la maleza al borde de la charca—. ¿Es… una garceta?
—Creo que es una garza azulada.
—¿Es azulada? —Aguza la vista, incrédula—. Eso no es azul.
Para cuando enfoca la cámara, la garza se ha alejado demasiado. Pfenning la oye maldecir en voz baja: ¡Maldita sea!
A continuación viene la presa de los castores, un espectáculo fascinante. ¡Cuánto trabajo! ¡Cuánto fanatismo! La madriguera de los castores se encuentra cerca del centro de la charca, y su techo en forma de montículo se aprecia lo suficiente desde la orilla como para que Eunice la fotografíe.
Supone un alivio la distracción de los castores, los más adorables de los grandes roedores. Tan laboriosos y tan desprovistos de humor, hay algo en ellos muy característico de Estados Unidos.
Los castores de la charca de Wieland son su mayor atracción y hace poco han sido objeto de un reportaje fotográfico en el New Jersey Monthly.
Eunice parece emocionada cuando un castor regordete emerge del agua cerca de la orilla y se aleja nadando deprisa. Ondas en el agua oscura cuando el animal desaparece bajo la superficie de la charca.
—¿Nos tiene miedo? ¿Cree que somos cazadores que quieren matarlo?
—Probablemente sí. Todos los animales tienen miedo de los depredadores.
—Menos los depredadores, ¿no? ¿Los depredadores tienen miedo de los depredadores?
—Sí. Creo que sí.
—Pero los castores no son «carnívoros»…, ¿verdad?
Él no sabe qué decir. Cree que probablemente los castores no sean carnívoros, pero no está seguro.
Papá lee en voz alta lo que pone en una placa que hay en un árbol: los castores son mamíferos, pero pueden nadar bajo el agua durante largos periodos de tiempo; los castores son los mayores roedores de Norteamérica; los castores, como las ratas, tienen incisivos que crecen sin cesar y que deben usar de forma constante; los castores se emparejan de por vida y «defienden con ferocidad a sus familias». Construyen sus madrigueras de forma «ingeniosa» y «eficiente» para repeler a los depredadores y para controlar la temperatura de sus espacios habitables.
Los castores son herbívoros y comen hojas, tallos leñosos y plantas acuáticas. Son seres muy prácticos, pues sus alimentos preferidos son también sus principales materiales de construcción: chopo, álamo temblón, sauce, abedul y arce.
Eunice se ríe con disimulo al oír esto (en realidad, Pfenning ya leyó en voz alta la placa en una excursión previa a la charca), aunque solo escucha a medias mientras trastea con la cámara. Es sorprendentemente inteligente en ciertos aspectos, pero es torpe con aparatos de este tipo.
—¿Necesitas ayuda, cariño?
—Que no, Papá.
Eunice está molesta; por la pregunta o porque la haya llamado cariño.
Se da cuenta de que su hija apenas echa un vistazo a la charca. En realidad, su belleza no le interesa. O quizá el cerebro de Eunice no puede registrar la belleza.
La excursión al santuario de aves es una especie de severo deber para la niña, y debe registrarlo por medio de fotografías para su proyecto. No es una experiencia que disfrutar. ¿Por qué está su hija siempre insatisfecha, angustiada?, se pregunta el Papá.
Porque la inquietud, la ansiedad, está codificada en los genes.
Porque su madre y tú no deberíais haber tenido hijos.
¡Pero él no cree eso! Él cree en el libre albedrío, en un futuro abierto.
Como dijo William James: Mi primer acto de libre albedrío será creer en el libre albedrío.
O quizá ocurre algo en el colegio. Con un profesor de Eunice. Con sus compañeros de clase.
Es inútil preguntarle. Sabe que no le va a decir nada.
Está pensando en que la charca de Wieland no es más que una charca/lago pequeño en medio de los vastos humedales del sur de New Jersey que se extienden hasta la costa atlántica. La mayor parte de la región sigue inexplorada, deshabitada, como los pinares atlánticos de la costa. Si uno tuviera la fantasía de desaparecer —o de que otra persona «desapareciera»—, ¿qué lugar podría ser más incitante?
Serpientes venenosas, osos negros, arenas movedizas. Una espesura en la que los teléfonos móviles no sirven para nada.
Aun así, aquí hay belleza. Pfenning mira la cristalina superficie de la charca. Se siente hechizado de un modo suave y placentero. Reflejadas en el agua se ven nubes altas y raudas, manchas de brillante follaje otoñal, como en un paisaje fauvista, que alegran el corazón.
—¡Pa-pá! ¿Qué les ha pasado a esos árboles?
A su alrededor hay numerosos fresnos que se están muriendo desde la copa hacia abajo. Son árboles altos y de bellas formas cuyos plateados troncos se han vuelto leprosos, espectrales; sus ramas, esqueléticas.
—Son fresnos, cariño. El «barrenador del fresno» los está matando.
—¿«Mareador del fresno»? —Eunice arruga la nariz como si creyese que se trata de una broma tonta de Papá.
—Barrenador del fresno.
El escarabajo depredador es el barrenador esmeralda del fresno, nativo de Asia. Pfenning lo sabe porque los fresnos de New Jersey llevan años muriéndose por su culpa. En el terreno relativamente pequeño de algo menos de una hectárea que poseen Kathryn y él, se ha programado la tala de varios fresnos, con un coste mínimo de mil dólares por árbol.
—Un insecto asqueroso. Un parásito.
—Como un «depredador»; un «parásito».
—Supongo que podrías decirlo así.
—Ya lo he dicho yo, Papá. No tú. —Eunice se ríe, solo está bromeando.
Papá se ríe también. Se ha empeñado en estar de buen humor. Está de buen humor. Sonríe a su hija, ansioso por parecer animado, eufórico, y no cansado, alicaído.
Nunca sonríe tanto el Papá, nunca le duele tanto la parte inferior de la cara como cuando está en compañía de su hija, ejerciendo el derecho a la custodia, tal como merece. Eunice, por su parte, raciona sus sonrisas como una pequeña avara.
Entonces, ¿qué es lo que ha salido mal hoy?
Siendo honesto, creo que… nada.
¿Nada?
Bueno…, casi nada…
¡Eso se merece una copa!
Una vez esté solo en su apartamento, Pfenning repasará la excursión, la visita de Eunice. ¿Un éxito o un no-éxito? O bien puede tratar de olvidarlo.
Ya casi asoma el inicio del sendero. Justo detrás estará el aparcamiento. La reconfortante visión de su coche.
—Papá…
—¿Sí, cariño? ¿Qué pasa?
Eunice está señalando algo en la charca. Esta vez parece decidida a mantener la calma.
Puede ver el temblor en sus labios, sus pupilas reducidas a meros puntos.
—No lo mires. ¿Por qué no apartas la mirada? Voy a ver qué es.
Pfenning intenta no sonar exasperado. Maldita sea.
No hay más remedio que adentrarse de nuevo caminando en el agua. Sin quitar ojo a lo que sea eso, que se mece flotando entre un racimo de espadañas a unos dos metros de la orilla.
¡Dios mío!… Ni idea de qué pueda ser.
El cielo vaporoso se refleja fragmentado en el espejo oscuro y reluciente de la superficie. Hay un fuerte olor salobre a podredumbre orgánica. Cerca de la orilla, la charca solo tiene unos centímetros de profundidad, pero su somero lecho de limo desciende en picado, y se cree que, aguas adentro, la charca tiene más de treinta metros de profundidad. Pfenning espera no resbalarse en el borde, no hundir la cabeza en el agua…
Coge una rama rota para empujar el objeto flotante. Es redondo por un extremo y tiene una superficie curva y lisa, salpicada de barro. Los pájaros de los árboles vecinos parecen especialmente enfurecidos por esta intromisión y le chillan. Este Papá se tambalea, está a punto de perder el equilibrio. El agua se cuela por la parte superior de sus botas de montaña.
Por suerte, el objeto que ha liberado de las espadañas no es orgánico, no está ni vivo ni muerto. Solo es más basura humana: la mitad superior de una muñeca.
Un torso desnudo, una cabeza calva; sin brazos, sin nada de cintura para abajo.
Cuencas oculares sin ojos, agujeros en la cabeza (de plástico).
Sí, es una visión grotesca, sacarla del agua de esa forma. Pero al menos es inofensiva. No tóxica.
Gruñendo tanto por el esfuerzo como por la exasperación, Papá logra maniobrar los restos de la muñeca por el agua hasta la orilla mientras Eunice comienza a reírse con ganas.
Hay algo alarmante en su reacción. Pfenning ve que está temblando, sus dientes castañean como si tuviera frío. Si no estuviera tan pálida, habría creído que tiene fiebre.
—¡Qué tontería! Es solo una cabeza y ya.
Cuando está a punto de coger la chorreante muñeca, Eunice la devuelve al agua de una patada con una risa estridente.
—Maldita sea, Eunice. Para.
Pfenning logra recuperar la muñeca goteante y la mete en su mochila.
Eunice corre por el sendero delante de él, sin parar de reír. Papá la sigue con paso pesado.
Tiene los pies empapados y la visión borrosa, como si una especie de gas tóxico hubiera emanado de la charca y se le hubiera filtrado en los ojos, en el cerebro.
Colores desenfrenados, arce rojo, aliso dorado. Colores tan vivos que son una burla. Tiene náuseas, se siente desorientado.
Necesita una copa. Una hora en la charca de Wieland con su hija es casi el límite de Papá.
Por qué te casaste conmigo si no me quieres.
Por qué tener una hija si no quieres vivir con una hija.
Papá quiere protestar, por supuesto que quiere a su mujer. Quiere a su hija.
Papá quiere protestar, él moriría por su mujer, por su hija.
El que la mujer sea Kathryn, que ha dejado de quererlo después de catorce años durante los cuales (pensaba él) su relación se volvió tan íntima como la de dos hermanos (asexuados); el que la hija sea Eunice, que parece incapaz de sentir nada por nadie, hace que su (incondicional) amor de Papá sea un desafío. Pero este Papá es lo bastante fuerte para enfrentarse al desafío.
Por norma, Eunice se queda sin aliento cuando corre, su débil corazón no puede mantener un latido constante y acelerado. Pero ahora corre como si algo la persiguiera.
Lleva las deportivas completamente empapadas, manchadas de barro. Kathryn se pondrá hecha una furia con él.
No deberías haberle hecho caso sobre llevarla al humedal.
Ya sabes que acaba de pasar una bronquitis…
Corre tras Eunice. Le da pánico verla tropezar, caerse.
Recuerda que, cuando Eunice era una niña pequeña, a los cuatro o cinco años, aplastó de un pisotón una mariposa monarca que había en la hierba, y cuando le preguntaron por qué quería hacer daño a la bonita mariposa, Eunice dijo con tono burlón: «No podía volar. Parecía tonta».
En un contenedor del aparcamiento, Pfenning vierte la basura maloliente de su mochila.
La mochila está mojada y huele mal. Piensa tirarla y comprar otra.
—Papá, vamos.
Eunice aguarda con impaciencia junto al coche. Ha intentado accionar la manija de la puerta del copiloto, que está cerrada. Como si pudiera desbloquear la puerta tirando de la manija.
Está jadeando, sin aliento. Tiene los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, por encima de su cazadora acolchada, como en un intento de contener el galope de su corazón. Sus ojos de ágata relucen con furiosas lágrimas.
Pfenning ha de reconocerlo, su hija le da un poco de miedo: esa figura trémula y diminuta, que no llega al metro y medio de altura y pesa menos de cuarenta kilos.
Nerviosa, ansiosa. Los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Impredecible.
Sin razón aparente, Eunice corre hasta el contenedor, le pide a gritos al Papá que vuelva a abrir la pesada tapadera, pero Papá se ha hartado de su comportamiento infantil y le habla con brusquedad:
—Pero ¿qué demonios haces? No. Sube al coche, te llevo a casa.
Eunice está jadeando, muy nerviosa, se pone de puntillas para intentar abrir la tapadera del contenedor. Pfenning la aparta con cierta violencia, sí, puede que Papá esté maldiciendo en voz baja, no a Eunice, pero desde luego en presencia de ella, porque, sí, Papá está fuera de sus casillas, el Papá está hecho un manojo de nervios, y Papá necesita una copa.
Todo esto, Pfenning lo reconocerá cuando le pregunten.
¡Qué has hecho! ¡Por qué la has agotado! Sabes que no está bien, que es frágil, ¿quieres cargarte a nuestra hija como te cargaste nuestro matrimonio?
Privada del contenedor, de lo que sea que quiere encontrar en él, Eunice se deja arrastrar al coche. Papá, con el rostro enrojecido, va clavando el dedo en el mando a distancia para abrir la maldita puerta.
Pero Eunice, pálida como un cadáver, está a punto de desplomarse. Sin aliento, como si hubiera subido corriendo una escalera. ¿Le está fallando el corazón? ¿Justo ahora, en el turno de Papá? ¿En los brazos de Papá?
—He… he hecho algo malo, Papá…
—¿«Algo malo»? ¿Darle una patada a la muñeca? ¿A qué te refieres?
El Papá está frustrado, agotado por ella. Por su hija.
Eunice comienza a sollozar entre sacudidas. Como un niño pequeño que llora sin esperanza. Las lágrimas le chorrean por la cara, los mocos brillan en su nariz. No hay ira o confrontación en su llanto, toda la resistencia de Eunice parece haberse derretido.
—Cariño, vamos. No llores así. Es solo una muñeca vieja que ha tirado alguien. ¿Estás llorando por eso? Eh.
Era una imagen horrible, el torso de muñeca, la cabeza calva sin ojos en las cuencas. Sí, hay algo obsceno en ella. ¡Algo repugnante!
Debería habérsela ocultado, supone. Ahora es demasiado tarde.
Abraza a Eunice en un cálido abrazo de Papá. Para calmarla. Para consolarla. Para impedir que se haga daño a sí misma.
Apretada, apretada en los brazos de Papá, que protege a su desdichada hija, acuclillado ahora junto a ella para sujetarla con mayor firmeza, también asustado ahora, también desconcertado, su corazón de Papá se está rompiendo mientras su hija llora en sus brazos sin que él sepa por qué.
Tan solo la sensación de que algo no estaba bien.
Vi las huellas de neumáticos en el barro, que subían la colina… Buitres cabecirrojos en los árboles.
¡Dios! Ojalá no lo hubiera visto.
El humedal: tan denso, tan silencioso; exuda un aire de oscuridad sulfurosa, como si la luz ordinaria fuera absorbida por arenas movedizas.
Inútil pedir ayuda, nadie lo oiría.
Y, sin embargo, allí hubo asentamientos en el siglo XVIII. Quedan vestigios de caminos, de antiguas forjas, de hornos para fabricar vidrio. Hornos para cerámica, para ladrillos, restos de casas de piedra derruidas hace mucho tiempo, un molino harinero. Las ruinas de una presa artificial en el extremo este de la charca de Wieland. Vestigios de una iglesia de piedra, un cementerio de lápidas rotas y corroídas, inclinadas como borrachos en medio de una juerga.
En la blanda tierra del cementerio, huesos dispersos, liberados de sus ataúdes, emergen a la superficie, de un blanco macabro en la penumbra.
Gritos de las aves del humedal: charranes, garzas, barnaclas canadienses. El silencio inquietante de los buitres.
En el siglo pasado corrían rumores de asesinatos entre bandas durante la ley seca. El licor ilegal se transportaba por la costa desde Canadá hasta Atlantic City, se cargaba en camiones y se llevaba al interior del estado: Trenton, Newark, New Brunswick, Jersey City, Hoboken. Se amasaban y se dilapidaban fortunas. Arrojaban a las víctimas de los asesinatos a las marismas costeras; los cuerpos, desfigurados por los animales y la descomposición, nunca se encontraban, y nunca se identificaba a sus asesinos.
Los niños que crecían en Wieland oían esas historias de asesinatos sin resolver. Hombres que faltaban de sus familias, que se rumoreaba estaban sepultados en las marismas. El dinero de los tiempos de la ley seca envuelto en plástico y guardado en envases impermeables, oculto en sótanos, en desvanes, en pozos, en graneros. En la espesura. Cientos de miles de dólares de los tiempos de la ley seca perdidos cuando un hombre moría de pronto sin haber compartido su secreto con nadie o sucumbía a la demencia y olvidaba dónde había escondido el dinero e incluso que lo había tenido.
Esas antiguas familias de Wieland —los Dutchin, los Hannaham, los Odom, los Healy— habían pasado por tiempos difíciles en las últimas generaciones…
Normalmente, los hermanos Healy trabajan bien juntos. Pero esta tarde no.
Mientras descargan maderas viejas del camión de plataforma de su padre en el vertedero de Wieland, el menor de los dos pierde el equilibrio mientras retrocede y se le resbala de los dedos una docena de tablones podridos de tres metros y medio, lo que provoca que el otro hermano, que sujeta el extremo opuesto de los tablones, se desplome hacia delante y esté a punto de dar con la cara en el suelo.
—Maldita sea. ¿Qué es lo que te pasa hoy? —Marcus está furioso.
El propio Demetrius parece anonadado. No es típico de él ser tan torpe en el trabajo.
Balbucea una disculpa: ¡Dios mío!… Perdona.
Ante el desprecio de su hermano, Demetrius se siente mortificado. Se encoge como un niño ante una regañina, a pesar de que mide más de un metro ochenta, supera a Marcus. Los ojos bajos, la mirada avergonzada.
Aunque solo tiene veinte años, surcan la frente de Demetrius Healy arrugas de preocupación, apenas visibles bajo el borde de una gorra de béisbol mugrienta. Tiene los dientes corroídos, la nariz rota por un accidente en la infancia. Esos ojos viejos y jóvenes, esa mirada húmeda y melancólica color gris guijarro, que uno ve en quienes han tenido que madurar demasiado deprisa.
Tratando de no tambalearse, Demetrius se agacha para agarrar su extremo de la carga. Marcus lo mira con desprecio.
—Te has tomado qué…, ¿dos cervezas?
Demetrius se da cuenta, después de todo este tiempo, de que no lleva guantes. Se ha olvidado de traer sus guantes de trabajo, o se los ha dejado en el camión, o los ha vuelto a perder.
—¿Mamado con dos cervezas? Qué maricón.
Un rubor invade el rostro de Demetrius. Ha aprendido que es mejor no contestar a su hermano en ocasiones así.
—Vale, andando.
Marcus lo empuja con los tablones, lo fuerza a retroceder apresuradamente mientras se tambalea. Por encima de ellos, en una cercanía desconcertante, las aves carroñeras vuelan en círculos batiendo las alas, dando gritos de protesta mientras ellos dejan caer los tablones sobre un montón de basura.
Aunque no hace calor, Demetrius está sudando. No consigue concentrarse. Algo dentro de su cráneo está aleteando. El fuerte olor a basura sin tratar proveniente de otras partes del vertedero, un olor que le trae recuerdos, le da arcadas.
Los dos hermanos Healy llevan toda la tarde bebiendo latas de cerveza de forma esporádica.
Cargar el camión de plataforma de su padre en una casa demolida en la ciudad, descargarlo en el vertedero. Un trabajo monótono y aburrido, puro trabajo manual, que no requiere destreza pero que resulta estresante, agotador.
En cierto sentido, es hiriente. Humillante. Marcus desearía con todas sus fuerzas trabajar de carpintero como su padre, pero los malditos encargos no llegan para alguien con su falta de experiencia.
Desde que Demetrius dejó el colegio hace varios años, ha trabajado de manera esporádica con su hermano, y ha descubierto que Marcus bebe en el trabajo cuando puede; a menudo bebe incluso mientras conduce. Lleva cervezas Coors en la parte de atrás de su coche.
Demetrius también ha empezado a beber. No todos los días —no tanto los domingos, cuando va a la iglesia—, pero sí durante la semana. No puede seguirle el ritmo a Marcus.
Puede que sean las varias cervezas que se ha tomado, o algo que le preocupa, pero Demetrius hoy está raro. Normalmente no se queja, es fuerte como un novillo, estoico e impasible. Recibir insultos de su hermano: vale, está acostumbrado.
Hoy no puede concentrarse. Respira por la boca, como un caballo sin aliento. Los ojos le lloran por el vertedero, los neumáticos que arden sin llama emiten un pútrido humo negro que se eleva indolente como la mano de una mujer que dice ven.
Un olor que quema y que te golpea en la cara la primera vez que llegas al vertedero, y más tarde descubres que ya no lo estás oliendo.
En la entrada principal y salpicados aquí y allá por todo el vertedero, hay descoloridos carteles de advertencia que dicen: AMIANTO. Hace décadas, se arrancaron revestimientos de amianto de muchas paredes, incluidas las paredes de los colegios públicos de Wieland, y una serie de obreros locales, entre ellos Lemuel Healy, los depositaron aquí de cualquier manera. Más tarde, la mayoría de estos desechos se enterraron en una fosa con excavadoras y se cubrieron con grava que continuamente se está desplazando.
¿Zona de desastre ecológico? Sin embargo, nadie lo ha decretado así (aún), de modo que el vertedero sigue en funcionamiento.
Existe un peligro más inmediato por las aves depredadoras que defienden su territorio: gaviotas, cornejas, buitres cabecirrojos, busardos. Chillan y se ciernen allí arriba.
De niños, Marcus y Demetrius solían ir en bici con otros niños al vertedero, a cinco kilómetros de la granja de su familia en Stockton Road, con escopetas de aire comprimido, rifles del calibre 22. La práctica de tiro era bastante salvaje, cientos de aves basureras tratando de huir frenéticamente, aleteando, graznando, imposible fallar, siempre se acertaba a algo, a los muchachos les bullía la sangre, les corría con fuerza por las venas.
Pájaros del Infierno, abatidos en pleno vuelo, que caían a plomo al suelo. Las emplumadas alas dejaban de pronto de batir y los graznidos quedaban silenciados.
Las ratas eran también blancos predilectos. Pero las ratas son listas, huyen al oír voces, no es tan fácil encontrarlas y dispararles.
Mientras su hermano y los otros niños aullaban y vitoreaban a su alrededor, Demetrius se quedaba callado, avergonzado. Él solo tenía una pistola de aire comprimido, y ni siquiera le gustaba disparar a las latas.
Matar algo vivo…, ¿por qué?
Hace mucho que la infancia quedó atrás. La suya y la de Marcus. Cosas que hacían hace solo unos años parecen ahora lejanas como películas que solo recuerdan vagamente haber visto. Cuando vienen ahora al vertedero, lo hacen en el viejo camión Chevrolet de plataforma de su padre. Son peones. Han entrado en la vida adulta, no hay marcha atrás.
Abres una puerta y la atraviesas sin prestar atención, la puerta se cierra tras de ti, con llave.
Prueba el pomo, gíralo hacia un lado y hacia el otro, intenta arrancarlo, tira de él… Cerrada.
Así que trabajan, pero de manera esporádica. Cuando los necesitan. Ayudan a su padre, que tiene que complementar su salario como bedel en la Academia Langhorne, una nómina que apenas supera el salario mínimo y que cuenta con pocas prestaciones.
—¿Lo tienes? ¡Eh! Despierta de una puta vez.
En el lugar de trabajo, alguien debe ser el jefe. Cuando los hermanos Healy trabajan juntos, Marcus es el jefe. Sin discusión.
—¿Lo tienes, chaval? ¡Dios!
Veintidós años, corpulento y musculoso como un púgil, Marcus tiene un cuello del grosor del muslo de un hombre. La cara con la forma de un ladrillo. Tiene los ojos muy juntos, cautelosos y alertas. Su boca en reposo es una mueca de desprecio, su risa es abrasiva como garras que intentan aferrarse al suelo de cemento.
Sin embargo, a las chicas les parece guapo. Las mujeres se lo quedan mirando por la calle, en las tiendas. En las tabernas. Lleva su pelo oscuro y áspero afeitado muy corto a los lados de la cabeza y más largo por arriba, peinado directamente hacia atrás desde su baja frente como en las fotos del joven Elvis Presley.
Demetrius, alto y desgarbado como un ave zancuda, con patillas ralas y desaliñadas que apenas le cubren el mentón, el pelo desgreñado y despeinado como descolorida hierba de noviembre. Se dice, de forma injusta, que Demetrius tiene pocas luces.
Es un buen chico. Qué triste.
Como su madre, una especie de fiel creyente en Jesucristo. O al menos eso intenta.
Pero Marcus está molesto, hoy nota raro a su hermano. No está atento a sus señales como suele hacer de manera inconsciente. Cojea un poco, ¿y eso? (El padre de ambos siempre cojea un poco, tiene una rodilla mal). Mira en torno al vertedero como un animal que no está seguro de hallarse a salvo en su entorno.
Hubo que convencerlo para que viniera hoy a ayudar a Marcus. Eso no es propio de él.
Lo fue a recoger a Kroger’s después de su turno, y Demetrius no estaba esperando en la puerta como Marcus le había indicado. Así que Marcus se cabreó por tener que meterse en el aparcamiento, tener que lidiar con los clientes que querían aparcar, que empujaban carritos de la compra, trató de controlarse para no ponerse a tocar el claxon y a dar gritos por la ventanilla, y por fin ahí venía su hermano a la carrera, con expresión de disculpa, como un perro que espera una patada.
—¡Vamos, hostia! Que llegamos tarde.
Además, Demetrius estaba ansioso porque Marcus iba bebiendo de una lata de Coors mientras conducía. Preocupado por que pudiera pararlos un agente de policía, pero Marcus se rio. Él conocía a los policías de Wieland, dijo. Amigos suyos.
Lo siguiente que cabreó a Marcus: las decoraciones de Halloween en las casas de Delaware Avenue.
—¡Dios! Mira esa mierda.
Hablaba con aire agraviado e incrédulo mientras conducía por aquel barrio de casas victorianas repintadas y renovadas ostentosamente, adquiridas en los últimos años por los nuevos residentes de Wieland, recién llegados al sur de New Jersey: ejecutivos de Squibb, Johnson & Johnson, Laboratorios Bell.
Gentrificación. ¡En el sur de New Jersey!
Marcus ha oído esa palabra, pero no está seguro de entenderla ni de por qué se ha producido gentrificación en el condado de Atlantic. Nuevos residentes adinerados compran propiedades «históricas» y las renuevan, a veces cambiándolas por completo, conservando solo los cimientos de piedra del siglo XVIII. Los precios de la vivienda suben en Longport, Avalon, Beach Haven, Wieland. A buen seguro los hijos de estos nuevos residentes no asistirán a los colegios públicos locales, sino a la Academia Langhorne.
Los impuestos sobre la propiedad son ahora tan altos en Wieland que la gente que lleva aquí varias generaciones se ha tenido que ir del distrito. Los Healy han vivido siempre fuera de la ciudad, donde los impuestos son más bajos. Se puede solicitar una deducción agrícola del impuesto estatal sobre la propiedad si se posee una granja de al menos dos hectáreas. Se fueron vendiendo los bungalows, las decrépitas casas de las granjas familiares, hectárea a hectárea, hasta que solo quedaron la casa y las dos hectáreas.
Más valía no sacar el tema delante de Lemuel Healy. O de ninguno de los Healy que vivían en el condado de Atlantic.
Naces y creces en un solo puto sitio, vives a unos kilómetros de donde naciste, en la vieja casa de tus padres, nada cambia en tu vida, pero el Estado sigue subiéndote los impuestos hasta que un día ya no te puedes permitir vivir en tu propia casa.
Si intentas arreglar la casa, te suben los impuestos. «Mejoras en la propiedad»: te suben los impuestos. ¿Qué demonios es esto?
La casa ha sido siempre tuya, es todo lo que recuerdas, ¿adónde demonios vas a ir?
Lemuel ha dicho que su plan es morirse exactamente donde se encuentra. Morir en su maldita cama.
Si intentan desalojarlo, les volará la cabeza con su escopeta. A tantos como pueda antes de que lo maten a él.
¿Crees que no hablo en serio? Y un carajo que no.
Marcus piensa que probablemente sí. Sobre todo cuando ha estado bebiendo, Lemuel habla muy en serio, como su abuelo, que se metió en un lío por disparar a ese dirigible nazi en Lakehurst, como se llame: Hin-din-burg.
Todas las personas que conocían estaban resentidas con los nuevos residentes, pero también les estaban agradecidos. El dinero por fin estaba llegando a raudales al sur de New Jersey. Millones de dólares gastados en restaurar no solo las casas antiguas, sino viejas iglesias, colegios de una sola aula, puentes cubiertos. Viejos graneros transformados en casas para multimillonarios con paneles solares en el tejado; antiguos talleres de herrero reconvertidos en tiendas de antigüedades.
Marcus ha ayudado con el trabajo de construcción de su padre en Longport, Avalon y Beach Haven, y también en Wieland. Era imposible no quedar impresionado por el lujo de los materiales: suelos de maderas nobles, cocinas con baldosas de granito, cuartos de baño de última generación, neveras Sub-Zero y estufas integradas en las paredes. Vestíbulos de dos niveles con suelos de mármol, tan grandes como la recepción de un hotel, con escaleras curvadas y arañas de cristal. Tejados de pizarra, patios con suelo de piedra. Piscinas arquitectónicas, exteriores e interiores, con un precio mínimo de cien mil dólares. «Centros de entretenimiento» con pantallas de televisión de ochenta pulgadas. Cinco o seis dormitorios, garajes con espacio para tres coches, con un mínimo de mil quinientos metros cuadrados, casas de varios millones de dólares en «comunidades cerradas» de nueva creación con nombres como Pheasant Hill, Pinewood Acres, Wieland Meadow.
Por qué ocurría, por qué ahora, era un misterio. Nadie en la familia Healy, ninguno de sus vecinos o amigos lo entendía, cualquier cosa relacionada con la economía estaba más allá de toda comprensión, Wall Street, financieros internacionales, estaba todo amañado, llevaba amañado desde la Gran Depresión.
De hecho, era difícil no deducir, a juzgar por la evidencia del mundo visible, al menos a juzgar por esta hilera de propiedades en Wieland, que el mundo estaba amañado en favor de la gente con dinero.
—Pero, por Dios santo, mira esto. ¿A quién coño le importa Halloween?
Marcus estaba indignado. Como si las ostentosas decoraciones fueran un insulto dirigido a él en particular.
Demetrius salió del profundo pozo de sus cavilaciones personales y miró a su alrededor sin estar seguro de lo que veía.
En el campo, en Stockton Road, se veían casas con calabazas en el porche, con brujas o fantasmas recortados en las ventanas frontales, cosas de niños, insignificantes. Pero aquí en Wieland, en los porches de las casas victorianas, había calabazas talladas artísticamente y expuestas como obras de arte. Muñecos rellenos de paja de tamaño natural, cadáveres y zombis puestos de pie en los escalones del porche, mirando afablemente hacia la calle.
Esqueletos de tamaño natural con sombreros de vaquero, enormes telarañas que cubrían los setos como paracaídas desplomados, qué coño era aquello. Había que tener dinero, había que tener tiempo, había que creerse alguien especial para montar decoraciones de Halloween a esa escala, para forzar a la gente a mirarlas y a admirarlas.
—Esto es una mierda muy retorcida.
Los esqueletos indignaban especialmente a Marcus. Al igual que a Demetrius, era imposible que no le recordasen a su madre, que había muerto el año anterior: perdiendo peso, apagándose, mientras se atenuaba poco a poco la luz de sus ojos, la luz del reconocimiento maternal, del amor. La impresión espeluznante de las mejillas hundidas de Ida, de sus clavículas presionando contra su piel fina y cetrina; la impresión de unos brazos no más gruesos que la muñeca de una mujer normal.
Demetrius aún tiene pesadillas con aquello. Como un esqueleto de verdad abriéndose paso, cada día más visible.
Ella quería que Demetrius la ayudase a morir, dijo. Suplicó.
—¡A quién demonios le puede parecer que los esqueletos son graciosos!
Marcus frenó y detuvo el camión. Lo que lo había provocado era un esqueleto de plástico en el porche delantero de una casa victoriana de tres pisos, pintada de amarillo narciso y con prominentes pararrayos, como salida de un museo. Se veía que las ventanas originales se habían reemplazado por cristales nuevos, paneles de vidrio coloreado demasiado brillantes junto a la puerta principal. Se veía que se habían gastado un dineral para reemplazar todas las tejas del tejado.
Mientras Demetrius miraba con incredulidad, su hermano derribó a patadas el esqueleto apoyado contra la veranda de la casa, una figura más alta que Marcus pero endeble, frágil. A continuación, pateó una calabaza tallada de manera muy florida que había en el césped, una calabaza de verdad, no de plástico, que quedó pulverizada bajo su bota.
Demetrius se dio cuenta de que su hermano estaba bastante borracho; sostenía una Coors en la mano mientras con la otra daba manotazos a una telaraña gigante, y acabó derribando una araña de plástico negra, que cayó a sus pies y que aplastó de un pisotón.
Regresó al camino riéndose de su hermano, que estaba encogido en el asiento del copiloto como un niño asustado.
—Que te den por culo, Demmie. No me va a arrestar nadie. En Wieland desde luego no.
En otra casa, en la manzana siguiente, Marcus hizo lo mismo: aparcó junto a la acera, destrozó a patadas otra calabaza sofisticada en el césped de una casa grande y antigua, derribó una hilera de lápidas de cartón, otro estúpido esqueleto de plástico con su sonrisa de dientes de plástico.
Alguien miraba por una ventana delantera. Marcus se limitó a reírse y a levantarle el dedo corazón.
Era muy gracioso ver a su hermano horrorizado en el asiento del copiloto. Como un niño asustado intentando hacerse más pequeño.
A continuación, Marcus dobló por Vineland Avenue, donde, tras una verja de hierro forjado de tres metros de alto, se encontraba la Academia Langhorne, que ocupaba una manzana entera.
De hecho, el colegio privado era mucho más grande de lo que parecía desde la calle; la propiedad se extendía en la parte de atrás hasta una distancia considerable. Demetrius llevaba a veces en coche a su padre a la Academia, donde Lemuel era bedel a tiempo parcial. Nunca se había adentrado mucho en los terrenos del colegio o alrededor del perímetro, pero sabía que ocupaba un buen número de hectáreas en las afueras de Wieland; más allá había terrenos abiertos, bosques y marismas.
Un lugar para personas ricas. Para hijos de personas ricas. No para personas como Demetrius o su padre, Lemuel, bedel a tiempo parcial.
Aquí también había decoraciones de Halloween como en los jardines de las casas victorianas. Calabazas talladas de manera historiada, esqueletos de plástico, telarañas de gasa feas como los nidos de oruga de saquito que infestan los árboles frutales en el condado de Atlantic, arañas negras y gigantes sobre esas telas. En la fachada de granito de Langhorne Hall, el edificio más antiguo del colegio, había un cartel en grandes letras naranjas y negras: FELIZ HALLOWEEN.
—No hagas nada aquí, ¿vale?… Papá trabaja aquí.
Demetrius trató de decirlo con ligereza. No era una buena idea pedirle nada a Marcus.
—Podrías buscarle problemas a papá si…
—Y una mierda.
Marcus abrió otra Coors con expresión pensativa. Como si meditase sobre algún misterio de la vida relacionado con los antiguos y dignos edificios de piedra cubiertos por coloridas decoraciones de Halloween.
—Mary Ann estudia aquí con una beca, ¿no? ¿Cómo le va? ¿Sabes algo?
—No.
—¿No? Creía que estabais muy unidos.
Mary Ann era una prima más pequeña que acababa de ingresar en la Academia Langhorne, en octavo. Demetrius ya no estaba muy seguro de que él y Mary Ann estuvieran unidos.
Se preparó para que Marcus dijera algo hiriente sobre Mary Ann, pero Marcus ya había perdido el interés.
—A la mierda, ¿a quién le importa?
Fueron hasta la calle principal de Wieland y después salieron a la autopista en dirección al vertedero, que estaba a seis kilómetros.
Olían el viento, el hedor del basurero en cuanto se sale de Wieland.
A un kilómetro y medio de la entrada, las fosas nasales empiezan a cerrarse. Poco después, te empiezan a llorar los ojos. Los olores envuelven el vehículo como una niebla: caucho humeante, vertidos químicos. Todo tipo de basura y de porquería.
Un camión de basura municipal (vacío) avanza pesadamente hacia Marcus. Con las luces encendidas, como ordena la normativa del condado.
En los borrosos segundos al cruzarse ambos camiones, la mirada del conductor de bigote y la de Marcus se encuentran. Los hombres jóvenes de su generación en el condado de Atlantic suelen conocerse y, de hecho, este se parece a un tipo con el que Marcos fue al colegio, o quizá a su hermano.
Marcus levanta la botella de Coors para saludar con una sonrisa burlona. Un trabajo de mierda, aún peor que el suyo.
—Vale. Termina tú, me parece que solo queda una carga. Yo tengo que hacer una llamada importante.
En cualquier trabajo que hacen juntos los hermanos, Marcus siempre se ahorra la última media hora y le deja toda la tarea a Demetrius para que termine.
—Sí, puedo hacerlo. Vale.
—¿Estás seguro… estás seguro de que estás bien?
—Sí.
Aun así, Marcus mira a Demetrius como retándolo a protestar: lo que queda en la plataforma es una sola carga, sí, pero solo si descargan dos personas.
Cincuenta minutos ya en el puto vertedero, sacando madera pesada de la plataforma, depositándola.
Cincuenta minutos respirando pútrido humo negro, hedor de basura podrida, vertidos químicos, aunque curiosamente los olores parecen haberse disipado.
Entumecimiento en las fosas nasales que se extiende hasta el cerebro como cloroformo.
Por encima del vertedero, una neblina de color sepia. Relumbres de basura recién vertida, una mesa de cocina con patas cromadas, un espejo roto que refleja la luz.
Marcus pregunta de nuevo si le parece bien, pues a su hermano se le ve cansado, pálido. Antes ha visto a Demetrius con arcadas, tratando de no vomitar. ¿De verdad se le ha revuelto el estómago por solo unas pocas cervezas? Quizá el pobre cabrón no puede beber. Marcus se promete que la próxima vez será menos duro con él.
Puede contar con Demetrius para que termine un trabajo sin protestar ni quejarse, así es su hermano. El año pasado, cuando su madre estaba enferma, muriéndose, fue Demetrius quien se ocupó de ella, Demetrius y la hermana menor de ambos, Eva, que se lamentaba, se preocupaba, lloraba, se quejaba, se ponía furiosa, mientras que Demetrius estaba casi siempre callado, estoico. Como si lo peor ya hubiera pasado, como si solo restara enfrentarse a ello.
Ahora Marcos no sabe qué le pasa a Demetrius. Si es que le pasa algo.
En los últimos días ha estado comportándose de manera extraña. Muy callado, distraído.
Primero, esta mañana, cuando dijo que no podía ir al vertedero con Marcus, y después al cambiar de opinión una vez, dos veces. No es propio de él.
No puede ser una chica. Que Marcus sepa, su hermano nunca ha tenido nada parecido a una novia. Veinte años, aquejado de timidez con las chicas. Si una mujer le sonriera en el 7-Eleven o en Kroger’s, donde trabaja, le entraría pánico.
Hace dos años, Demetrius dejó de ir a clase en el Instituto Wieland sin decírselo a nadie en la familia, ni siquiera a su madre. Nadie sabe dónde pasaba las horas.
Resultó que lo habían expulsado una semana del colegio por pelearse en la cafetería. Al parecer había una chica de por medio.
¡Una chica!… Pero cuando Marcus investigó, descubrió que la chica era una alumna con necesidades especiales: noventa kilos, bajita, rotunda y musculosa, «con discapacidad cognitiva». Varias chicas la estaban acosando, ella atacó a una a puñetazos, Demetrius solo estaba por allí, trató de intervenir y terminó en el suelo forcejeando con las vociferantes chicas, la camisa rota, un mechón de pelo arrancado de la cabeza, sangrando por la nariz. Un guardia de seguridad los puso a todos en custodia y los suspendieron del instituto durante una semana.
Qué típico de su hermano, pensó Marcus, intentar hacer algo bueno y meterse en un lío por ello. ¡Pobre imbécil!
Como cuando hizo de cuidador de su madre. El cuidador se le había metido en los huesos como una maldición, y ahora estaría obligado a cuidar a cada perdedor, a cada inadaptado como él que necesitase protección.
Tras la suspensión de una semana, Demetrius ya nunca volvió al instituto. Se encogía de hombros, decía al diablo con todo eso. Siempre se había sentido un inadaptado en clase, demasiado alto y desgarbado para los pupitres. Le costaba concentrarse al leer, sus ojos «saltaban de un lado a otro» por la página impresa. Al abrir un libro, algo moría en su interior. Sacaba notas decentes en lo que llamaban formación profesional —«taller»—, en compañía de chicos como él a los que, en décadas anteriores en el sur de New Jersey, se les permitía dejar el colegio a los dieciséis años para ir a trabajar en las granjas de sus padres.
Marcus, ansioso por alejarse del apestoso humo, deja a Demetrius para que termine solo el trabajo. Quiere llamar a una mujer que acaba de conocer y que vive en Toms River.
Se aleja durante no sabe cuánto tiempo, quince minutos quizá, caminando distraído en dirección a la charca de Wieland mientras habla con la mujer, se ríe, bajando la voz, esquivando sus preguntas, que rozan lo entrometido, lo avasallador, sin decirle dónde está —(¡en el apestoso basurero de la ciudad!)— pero repitiendo que está en el trabajo.
Cede, le dice que él y su hermano Demetrius están haciendo un trabajo para su padre, un trabajo de carpintería.
¡Un trabajo de carpintería! Eso merece el respeto de Michelle.
Marcus ha ido deambulando hacia el interior de una península. Agua espejeante, cielo reflejado, debe de ser la charca de Wieland. Oye el murmullo quejumbroso de las barnaclas canadienses.
Hace años que no caza. No le interesan las barnaclas canadienses.
En lo alto, no muy lejos, sobrevuelan en círculos buitres cabecirrojos, planos como recortes de papel. Marcus tiene que levantar la voz, hay poca cobertura.
Mira los buitres, habla distraídamente con Michelle. ¿Cuándo podrá verlo? ¿Cuándo la va a llamar? Marcus solo escucha a medias la voz de la mujer, que no es (aún) una voz conocida, que es una voz prescindible, ha tenido ya intimidad con esta persona pero no la conoce, ni siente mucho entusiasmo por que ella lo conozca, sería tan fácil para Marcus dejar de pensar en ella como cortar esta conversación telefónica con su débil y fluctuante cobertura; en lo que está pensando, porque se lo recuerdan los buitres que dan vueltas, es en las decoraciones de Halloween de la ciudad, y en la Academia Langhorne, donde su padre es bedel, resentimiento es lo que siente, amargura es lo que siente, gente con dinero, los Healy sin dinero. Esto se llama trabajo manual, trabajar con las manos, tener que llevar guantes en las manos, trabajar con todos los músculos del cuerpo, con toda la fuerza de la que es capaz tu espalda, pero solo eres tan fuerte como tu esqueleto, la flexibilidad de tus vértebras, el terror es estropearse la espalda como su padre, cojear, lloriquear de dolor pero agradeciendo cualquier trabajo, qué vergüenza cobrar el paro, y después el paro se termina al cabo de unos meses… Tener que respirar aire contaminado y tener que dar gracias por ello.
Marcus interrumpe los comentarios de la mujer y le dice que tiene que irse, que tiene que volver al tajo.
Estaba emocionado cuando la llamó. Ahora no tanto.
Es típico de una mujer decepcionarte. Oír ese leve y sutil reproche en la voz de Michelle, como el primer arañazo en un coche nuevo y brillante.
Durante este tiempo, Marcus se ha olvidado casi por completo de Demetrius. Ahora camina a grandes zancadas para regresar al lugar de trabajo.
Cinco minutos caminando, no se había dado cuenta de que se había alejado tanto.
Pero junto al camión plataforma no hay ni rastro de Demetrius.
(El camión está vacío, toda la madera se ha retirado. Un trabajo capaz de romperle la espalda a cualquiera y que, al parecer, Demetrius ha hecho él solo).
—Eh…, ¿Demmie? ¿Por dónde andas?
Al principio Marcus solo está un poco molesto; su hermano no está donde debería estar.
Después se cabrea. ¡Tener que buscar a su hermano en el basurero municipal! Maldita sea.
Como un niño, no está donde lo dejó Marcus. Peste a caucho ardiendo, a basura. Qué condenado lugar para pasar la juventud.
Un lugar peligroso, piensa Marcus, y tiene razones para pensarlo. Fosas excavadas hace treinta años rebosan de todo tipo de residuos apestosos. Bidones de pesticidas agrícolas muy oxidados, acostados de lado como cadáveres en descomposición. Productos químicos, basura hedionda sin procesar. Un festín para aves y moscas. Mal regulado por el condado, o no regulado en absoluto.
Extraño cómo, de niños, exploraban el vertedero en busca de objetos valiosos: cualquier cosa utilizable, que no estuviera rota. Ignorando el humo, los olores.
Cuánto se ignora de niño. Es una especie de ceguera.
Como cuando se mencionaron por primera vez los cuidados paliativos para su madre. Marcus no oyó, no procesó la palabra, y una mierda iba a verse él implicado en eso. Y una mierda.
Una vez encontraron un jarrón en el vertedero que les pareció bonito, de color rosa, con el borde estriado, de unos cuarenta y cinco centímetros de alto; un jarrón para flores que no tenía más que una mínima grieta del grosor de un cabello. Lo llevaron a casa para su madre, y ella les dio las gracias, los llamó Cariños míos.
¡Cariños míos!… Hace mucho tiempo que nadie llama algo parecido a Marcus.
Su madre lavó el jarrón con cuidado. Lo puso en un alféizar de la cocina, donde aún sigue, en la casa que ahora es solo la casa de Papá.
Sin embargo, Papá no es el propietario del todo. Marcus sabe que hay una hipoteca, ignora de cuánto.
Está perdiendo la paciencia, ¿dónde demonios está Demetrius?
Qué típico de su hermano no tener teléfono móvil. Dice que no puede permitirse uno. La verdad es que probablemente Demetrius no sabría cómo usarlo y le daría demasiada vergüenza pedirle ayuda a Marcus.
Marcus ha estado dando vueltas por el vertedero. Cabreado de verdad. Sopesando la idea de irse a casa, de dejar que Demetrius camine los cinco kilómetros: se lo tiene bien merecido.
A Marcus nadie lo jode, eso está claro.
No quiere pensar que le pueda haber pasado algo. Algún problema nervioso o, cómo se dice: respiratorio.
Demetrius es proclive a tener resfriados graves, bronquitis, incluso neumonía. Sistema inmune debilitado, dijo un médico.
Y una mierda, el chaval es fuerte como un buey. Es fuerte cuando quiere serlo.
¡La cara que pondrá Demetrius cuando vea que el camión no está…!
Marcus no puede evitar reírse. Demetrius se lo tiene merecido.
Pero: el modo en que se le cayó esa carga de tablones, como si sus dedos se hubieran soltado. Le cayó en los pies. Le habría roto los dedos de los pies de no ser porque lleva botas de trabajo con punteras reforzadas.
El tipo de cosa que le ocurre a Papá últimamente. No sé qué pasó, simplemente perdí la fuerza en las manos.
En el trabajo ves las debilidades de tus compañeros cuando ya no las pueden ocultar. Como en una familia, todo muy cerca, íntimo.
El hecho es que Demetrius aún no ha superado la muerte de su madre. Marcus podría sentirse enfermo de culpa por esto, pero no. No piensa entrar ahí.
Ha salido del vertedero, camina por la reserva natural, cómo se llama…, el Santuario de Aves Jorgen. Va rodeando la charca de Wieland, que tiene un aspecto diferente cada pocos metros, perspectivas diferentes, repentinas visiones de agua cristalina con patos. Barnaclas canadienses. De pronto te das cuenta de que has estado oyendo gritos de pájaros, chillones y urgentes.
—¿Demmie? ¿Estás ahí? Soy yo…
Es estúpido identificarse, como si Demetrius no supiera quién lo llama por su nombre. Marcus se está inquietando. Nada de esto es normal.
Ahora camina por una carretera rural. Poco transitada, invadida por los cardos, roderas en el barro que conducen a una de esas colinas que aprendieron a identificar en el colegio…, un drumlin.
Lo que es extraño aquí: los buitres cabecirrojos.
Dando vueltas en lo alto, y en los árboles de alrededor.
Marcus ve huellas de neumáticos en la carretera, de botas. No recientes, pero no muy viejas. Las rodadas suben la colina hacia… ¿qué? Allí arriba no hay nada aparte de árboles.
También huellas de una sola persona que bajan la colina. La carretera gira hacia la colina y después se curva hacia la izquierda y desaparece entre la maleza; pero las rodadas continúan hasta lo alto de la colina a través de las hierbas altas.
Es una curiosa visión. Marcus la asimila de forma a medias consciente. Está acostumbrado a trabajar en el exterior, en excavaciones. Con maquinaria para mover la tierra. Camiones de plataforma, grúas.
Pero es raro, desconcertante; tantos buitres…
De repente ve a Demetrius en lo alto de la colina, surge ante él. Mientras Demetrius avanza, unos buitres cabecirrojos en un árbol cercano baten sus anchas alas para ascender, para retirarse.
Marcus lo llama por su nombre, lo saluda con la mano. Al principio Demetrius parece no oírlo o verlo. Se queda allí sin más, indeciso, un poco encorvado.
Sin mirar a Marcus al pie de la colina. Sin percatarse en absoluto de la presencia de Marcus.
Marcus empieza a subir la colina, llamando a su hermano, agitando la mano; finalmente Demetrius lo ve. Todavía se comporta de forma extraña, como aturdido, mareado.
—¿Qué haces aquí arriba? ¿Qué ocurre?
Marcus recordará durante mucho tiempo esa expresión de malestar y de perplejidad en el rostro de su hermano. Los hombros encorvados de manera tan parecida a la que tiene el padre de ambos de encorvar los hombros.
Y los buitres dando vueltas a su alrededor, dispersos en el aire, como trapos para el polvo sacudidos con fuerza.
Marcus supone que han encontrado algo muerto, y que esa cosa muerta es lo que ha visto Demetrius.
—¿Qué es? ¿Has encontrado algo?
Demetrius asiente, sí. Pero no explica nada más.
Marcus está preparado para ver un cadáver de ciervo. No es raro descubrir el cadáver de un ciervo destripado y podrido.
Las aves carroñeras suelen venir cuando otros animales lo han despedazado: zorros, coyotes, mapaches, osos negros. Esos animales no son carroñeros, pero están dispuestos a comerse un cadáver fresco. En el sur de New Jersey se ve a menudo al borde de las carreteras rurales la curvada caja torácica de algún animal, con el cráneo y los huesos grandes que quedan.
Hermosa curva de la caja torácica. Belleza asombrosa en la elegancia de un venado de cola blanca, incluso muerto.
Animales atropellados. Generaciones anteriores de los Healy traían a casa animales atropellados, los preparaban con cuidado y se los comían.
Marcus está de pie junto a Demetrius, que señala sin decir nada hacia un barranco de unos nueve metros de profundidad, tiene que aguzar la vista para ver lo que parece… ¿un coche? Un coche blanco volcado en agua poco profunda, con el maletero abierto de par en par, las ruedas traseras y el parachoques trasero salpicado de barro.
¡Un accidente de coche! El coche se había caído al barranco.
Matrícula de New Jersey, amarillo pálido. Extrañamente intacta y resplandeciente bajo las salpicaduras de barro seco.
Marcus ve ahora las huellas de neumáticos que llevan a lo alto de la colina. Abandonan la carretera donde esta se curva hacia la izquierda, continúan hasta la cima de la colina y siguen por el otro lado.
Emite un fino silbido entre los dientes. ¡Dios! Ha de reconocerlo, no se esperaba esto. Qué panorama. Nunca jamás ha visto nada parecido.
Pero Demetrius sigue señalando hacia el barranco, y ahora Marcus ve algo más junto al coche: ¿un brazo? ¿Un brazo humano?
Una mano apenas unida en la muñeca, sin varios dedos, muy mutilada, como si algún animal la hubiera masticado o picoteado.
A poco más de un metro del brazo, los restos de un torso (de hombre). Desnudo, mutilado de forma similar, la piel blanca cerosa, como exangüe.
—Pero qué demonios… ¿Has visto…?
Marcus está anonadado. Parpadea con la mirada fija. Un instante después ve la cabeza, en el agua salobre, junto al torso.
Una cabeza humana.
Mientras tanto, los buitres se alzan ruidosamente de los árboles cercanos a los hermanos Healy y se vuelven a posar un poco más lejos. Varios que estaban en el barranco elevan el vuelo, aleteando ruidosamente. De manera inquietante, sus ojos de zombi y sus picos manchados no expresan ninguna alarma, ninguna preocupación; se mueven como autómatas activados por la presencia de los hermanos, como si tuvieran sensores de movimiento.
Marcus, conmocionado por lo que ha visto en el barranco, reacciona ante los buitres con ira, con rabia incipiente. Desearía tener su puto rifle…
Mira con más detenimiento la cabeza allá abajo. Su propio cuero cabelludo le hace cosquillas, ve cómo han arrancado el de la cabeza. No hay duda, es una cabeza de hombre.
Las cuencas oculares vacías. Sin nariz. La mayor parte de la mandíbula inferior ausente.
Una cabeza humana sin rostro. Marcus mira fijamente, siente náuseas.
Medio en broma se dirige a Demetrius, ¿cómo demonios ha encontrado esto?
El hedor de la carne en descomposición asciende hasta las fosas nasales obturadas de los hermanos. Lo estaban oliendo sin querer pensar en lo que era.
Con voz débil, Demetrius le dice a Marcus que vio los buitres. Muchos, en los árboles.
Huellas de neumáticos subiendo la colina, él también se fijó. Había algo que no estaba bien.
Accidente de coche, dice Marcus. Algún tipo de accidente, van a tener que informar de esto.
Ya se ha hartado de mirar el barranco. Empuja a Demetrius por detrás para que avance, se van a casa.
Más tarde Marcus se dará cuenta de que tenía que haber sacado fotos con su móvil. Una oportunidad única en la vida, que ha perdido.
Un extraño accidente, un accidente de coche en la charca de Wieland. Un cadáver semidevorado por los animales. ¡Dios!
A mitad del descenso, Demetrius tiene que detenerse. Se inclina y vomita en la hierba. Tosiendo y atragantándose, echando el bofe. Su rostro tan blanco como lo que quedaba del rostro del cadáver.
Marcus maldice a Demetrius, este no es momento de perder el control. Es solo un cadáver, del que han dado cuenta los animales.
Demetrius se limpia la boca con el dorso de la mano. Con voz sobrecogida, murmura:
—Estaba… estaba todo él… hecho pedazos…
—Eso es lo que hacen los animales. Aguántate.
Le habla con brusquedad. Marcus no quiere pensar en el cuerpo despedazado como en un él. Le parece antinatural que su hermano lo llame él.
Siente la necesidad de darle un sermón a Demetrius, como si Demetrius no conociera estos hechos fundamentales: los carroñeros van primero a por las partes blandas del cuerpo; ojos, barriga, entrepierna; arrancan las vísceras a través del recto.
Habla deprisa, con nerviosismo. Una especie de manía se ha apoderado de Marcus, necesita hablar para anular el mudo aturdimiento de su hermano.
De vuelta en el camión, Marcus sube a la cabina de un solo impulso. Demetrius tiene que izarse, gruñendo por el esfuerzo.
Qué alivio, no hay nadie en el vertedero. Nadie ha visto a los hermanos Healy pálidos, caminando apresurados hasta el camión de su padre.
A Marcus le resulta extraño que nada haya cambiado en el vertedero. Nadie ha observado, nadie sabe.
Cornejas, zanates…, graznando por la basura, como antes.
Hedor a neumáticos quemados…, como antes, pero ahora Marcus siente náuseas.
Llamará al 911. Una vez lleguen a la carretera y se alejen de este agujero.
Algo bueno: quienquiera que esté en el barranco no es nadie que ellos conozcan. Marcus está seguro de eso.
Pudo ver la cara bastante bien. Nadie que Marcus conozca, seguro.
Terrible ver la cara de un amigo o de un pariente en ese estado. Una pesadilla que no se supera.
Y el coche: Marcus está seguro de que no reconoció el coche, parecía un BMW, Acura, algún coche caro. No es de nadie que él conozca.
Ya en la autopista, aliviado de poder acelerar. Marcus le explica a Demetrius que él informará a la policía. Hablará con ellos. Les dirá que ha encontrado el coche accidentado, que ha encontrado el cuerpo, le ahorrará a Demetrius tener que involucrarse.
¿Por qué? Porque Demetrius se pone demasiado nervioso, les da demasiada importancia a las cosas. Empieza a tartamudear. Lo único que Marcus tiene que hacer, como buen ciudadano, es informar del accidente, decirle a la policía dónde está; si quieren que les enseñe dónde es, le parece bien. Es lo menos que puede hacer, un pobre desgraciado en la charca de Wieland y su familia no sabe dónde demonios está, no es un espectáculo agradable.
Demetrius intenta protestar, fue él quien encontró el lugar del accidente, pero Marcus lo interrumpe, dice por el amor de Dios no te metas en esto, hablar con la gente pone nervioso a Demetrius, ni siquiera puede contestar al teléfono sin ponerse a tartamudear.
Marcus tiene una buena sensación al respecto. Marcus ha tomado una decisión.
Piensa que le debe una a su hermano por ocuparse de su madre como lo hizo. Un año al menos. Y viviendo aún con Papá en la casa, ayudando a Papá, algo que Marcus no quiere hacer, no está preparado para esa carga, ni siquiera para pensar en ello.
Michelle le ha insinuado que le gustaría conocer a su familia alguna vez. Padre, hermano. Y una mierda.
Por fin en la autopista, ¡qué alivio! Las ventanillas bajadas, el aire frío entrando a raudales. Pronto llamará al 911, en cuanto lleguen a casa.
Lata fría de Coors esperándole en la nevera. Una cura para el temblor de las manos.
Piensa en cómo se conmovería su madre al saber que Marcus cuida de Demetrius. Que lo protege. La gente dice que Demmie es lento, que habla lento, pero Marcus sabe que Demetrius es tan listo como cualquiera, o casi.
Pobre chaval atontado. Tropezándose con sus propios pies. De rodillas, rezando con su madre en la iglesia, vergüenza ajena. Bueno, no pasa nada…, a nadie hace daño. Puedes creer que Jesucristo es tu salvador, que le importas una mierda, si eres capaz. ¿Por qué no? Pero es Marcus Healy quien protegerá a su hermano de eso que llaman trauma.
La excitación se adueña de Marcus ahora que la conmoción inicial ha pasado. Un accidente, un cadáver… en la charca de Wieland. Él hizo el descubrimiento, correrá la voz por el municipio. Todos los que conocen a Marcus Healy, amigos, parientes, los tipos con los que fue al colegio, con los que trabaja, las chicas del colegio, mujeres como Michelle, por no mencionar a los polis de Wieland que lo conocen: la hostia de impresionados.
Y Papá también. No es nada fácil impresionar al viejo.
Pero Marcus cree que esto lo conseguirá.
ESPELUZNANTE HALLAZGO DE HALLOWEEN EN LA CHARCA DE WIELAND
Residente local encuentra restos humanos en un barranco
Un trabajador local realizó un hallazgo espeluznante hace dos días, en la tarde de Halloween.
Marcus Healy, de veintidós años, residente en el 1118 de Stockton Road, municipio de Wieland, llamó a la policía de Wieland para informar de restos humanos avistados junto a un coche accidentado en un barranco del humedal.
El señor Healy, ayudante de carpintero, les dijo a los agentes de policía que había hecho un viaje de rutina al vertedero de Wieland y estaba dando un paseo por un sendero del humedal cuando vio «inusuales huellas de neumáticos» en una vía forestal. Al seguir esas huellas hasta lo alto de una elevada colina, el señor Healy vio el vehículo volcado en un barranco de nueve metros de profundidad, parcialmente sumergido en el agua.
Después, el señor Healy dice que se llevó «la sorpresa de su vida» al ver restos humanos cerca del coche accidentado.
Estos restos han sido identificados de manera provisional como de un hombre blanco de algo menos de cuarenta años, aproximadamente metro ochenta de estatura y 75 kg de peso. Al rastrear la matrícula del vehículo, de New Jersey, la policía de Wieland averiguó que se trata de un sedán Acura de 2011 registrado a nombre de un residente local de Wieland cuya identidad aún no se ha hecho pública.
El jefe de policía de Wieland, Leo Paradino, no ha dado a conocer más detalles concretos debido a la «naturaleza delicada» del caso. El jefe Paradino no quiso especular acerca de si se creía que el fallecido había muerto por accidente, por suicidio o víctima de un crimen. Confirmó que hubo una «considerable actividad animal» en el lugar de los hechos, lo que podría «dificultar la identificación del fallecido».
El médico forense del condado de Atlantic, Orin Matthews, emitirá un informe más completo tras su investigación acerca de la identidad del fallecido y de las causas específicas de la muerte, según ha declarado. La identidad de la víctima se dará a conocer una vez se notifique a los familiares más cercanos.
Marcus Healy, quien se graduó en el Instituto Wieland en 2009 y jugó al rugby universitario durante tres años, ayudando a sus compañeros de los Wildcats a ganar el campeonato del condado en 2008, declaró en una entrevista exclusiva con la Gaceta de Wieland que, durante su infancia en Wieland, solía practicar senderismo y acampar en los humedales, pero que «nunca había visto nada parecido».
Al preguntársele si creía que podía haber alguna conexión entre la espeluznante escena y Halloween, Healy respondió que no lo veía probable, ya que el cuerpo parecía llevar mucho tiempo en el barranco, pues «los animales habían dado buena cuenta de él» y estaba empezando a descomponerse «en plan serio».
A la pregunta de si pensaba volver al humedal para hacer de nuevo senderismo y acampada, el señor Healy dejó claro que «no tiene pensado» hacerlo en el futuro próximo; «o quizá nunca».
Gaceta de Wieland
2 de noviembre de 2013
¿Quién está aquí?… Vaya, ¡el señor Lengua está aquí!
¿Quién viene de visita?… Vaya, ¡el señor Lengua viene de visita!
El señor Lengua dice: ¡Ho-la, ma chère Pequeña Gatita!
El señor Lengua dice: ¡Cierra los ojos, ma chère Pequeña Gatita!
El señor Lengua dice: ¡Cierra los ojos, ma chère Pequeña Gatita, porque el señor Lengua no vendrá de visita a no ser que esos ojos de chocolate Godiva estén cerrados! Bien cerrados.
Bien a gustito en la silla giratoria que chirría la muy tonta & que tiene el cojín color capullo de rosa con morritos para besarlos & es apenas lo bastante grande para sentarse dos apretujados & calentitos como tostadas de canela cuando Osote de Peluche rodea con su (musculoso) brazo la (fina) cintura de Pequeña Gatita lento & sinuoso como una serpiente con la más cosquilleante lengua roja-veloz; & con la puerta del despacho de Osote de Peluche cerrada prudentemente porque ya no es horario de oficina en el colegio & nada de luz se filtra por el vidrio esmerilado de la puerta, total privacidad garantizada.
Como Pequeña Gatita ha informado a su madre de que después de clase se va a quedar al Club de Lectura El Espejo, que (eso cree la tonta de mamá) se reúne dos veces a la semana & no (tan solo) una vez a la semana, Pequeña Gatita con su coqueta mochila rosa a la espalda, con la cara un poco arrebolada, los ojos húmedos, los labios entreabiertos, sumergida en el fulgor visionario que deja el amor, como el fulgor del radio, no irá a la parte trasera de Haven Hall a esperar a que la recoja la señora Chambers (Mamá) hasta las 16.45, y para entonces el señor Fox, con la cara recién lavada, el pelo recién peinado y húmedo de colonia, el atuendo universitario de tweed discretamente arreglado, estará a punto de abandonar el recinto de la Academia Langhorne en su Acura blanco perla rumbo a la privacidad de su apartamento en el otro extremo de la ciudad después de todo un día enseñando a brillantes alumnos de séptimo y octavo de los cuales un número bastante halagador (tanto chicos como chicas, sorprendentemente) está cautivado por el muy popular profesor Francis Fox.
¿Quién está aquí?… Vaya, ¡el señor Lengua está aquí!
¿Quién está un poquito impaciente?… Vaya, ¡el señor Lengua está un poquito impaciente!
Con los ojos cerrados, los temblorosos párpados bajos, Pequeña Gatita se acurruca y se queda muy quieta mientras el señor Lengua viene de visita.
¡Oh!… ¡Pequeña Gatita tiene que aguantarse para no empezar con las risitas!
Tiene que resistirse a las risitas frenéticas, porque si no el señor Lengua se ofenderá.
Esta es la primera vez —y será un momento trascendental— que el señor Lengua le hará a Pequeña Gatita una visita completa.
La semana anterior, en la penumbra de este mismo despacho en los sótanos de Haven Hall, en esta misma chirriante silla giratoria, acurrucados los dos juntos en este mismo cojín color capullo de rosa hubo algunos suaves abrazos, abrazos muy suaves; besos fugaces y suaves como un batir de alas de mariposa contra la frente de Pequeña Gatita, seguidos de una proposición del señor Lengua, una proposición torpe, dulcitierna, pero no muy satisfactoria, de la que el señor Lengua se retiró con prudencia, pues el señor Lengua no es un novicio & el señor Lengua no es tonto.
El reto es seducir, no asustar.
Pero hoy jueves, tras una semana disfrutando de la atención del señor Fox en clase, una semana en la que poder practicar en la privacidad de su dormitorio para este momento, Pequeña Gatita, que adora al señor Fox, se ha permitido a sí misma que el señor Fox la alce hasta su regazo, es decir al regazo de Osote de Peluche, mientras las manos de Osote de Peluche agarran con firmeza sus nalgas enfundadas en braguitas rosas de algodón. A fin de preparar a Pequeña Gatita para esta aventura, Osote de Peluche le ha dado a Pequeña Gatita, como premio especial, una tartaleta de merengue de limón en la que ha puesto apenas un miligramo de útil Ativan benzodiazepina, un tranquilizante muy leve, adecuado para una niña de no más de cuarenta kilos; todo esto Pequeña Gatita lo ha ingerido con inocencia & inconsciencia, lo que le ha provocado una sensación no exactamente de somnolencia, pues los párpados no se le cierran de manera visible, sino de calma vibrante y ronroneante que recorre sus venas mientras se mantiene muy quieta, temblando pero sin oponer resistencia; sin atreverse a respirar cuando el señor Lengua empieza a acometer sus apretados labios (pues Pequeña Gatita es tímida, tiene solo doce años y nunca se ha acurrucado en el regazo de ningún hombre, excepto en el de su padre, y de eso apenas se acuerda porque fue hace años) y después cada vez más relajada a medida que el señor Lengua convence de ir abriéndose a sus morritos remilgados, muy pronto ya suaves claudicantes labios, los labios de una niña más acostumbrada a las excusas mansas que a la resistencia, mientras (con mucho cuidado, sin querer alarmarla) el señor Lengua penetra más en su boca, que es una boca pequeña, una boca de tamaño infantil.
El señor Lengua, que se muestra cálida y húmedamente ávido, pero no demasiado ávido. El señor Lengua, que se muestra travieso y juguetón pero en esencia tranquilo, mesurado & al mando de la situación. El señor Lengua, que se retuerce con las cosquillas, que sabe a algo azucarado & inocente…, a tartaleta de limón.
Los ojos de Pequeña Gatita se llenan de lágrimas rápidas y suaves, están a punto de abrirse de pronto, pero el señor Lengua le advierte: ¡No, ma chère Pequeña Gatita! Nooo, pues abrir los ojos está prohibido, un beso del señor Lengua es algo especial.
He aquí el momento especial. Del cual Pequeña Gatita no deberá hablar nunca a nadie.
Cuando las almas se unen. Se hacen promesas. Los secretos más deliciosos.
He aquí el momento especial, acurrucados en la silla giratoria del señor Lengua en el acogedor cubil de su oficina en el sótano de Haven Hall. Sin nadie más alrededor.
¡Es un secreto que no puedes compartir con nadie, Pequeña Gatita!
¡Es un secreto que no puedes revelar jamás, Pequeña Gatita!
El señor Lengua se abre camino embistiendo, empujando, reptando cada vez más hondo en la boca de Pequeña Gatita. Mientras manos de dedos fuertes mantienen (con suavidad) quieta la cabeza.
La valiente Pequeña Gatita permanece muy quieta e intenta no sentir arcadas mientras el señor Lengua se hincha rápidamente como un globo dentro de su boca.
¡El señor Lengua se desliza sobre la diminuta lengua de Pequeña Gatita!
¡El señor Lengua chupa la lengua de Pequeña Gatita, qué sensación! Pequeña Gatita está sin aliento, mareada como si se fuera a desmayar…
Las manos agarran firmemente la cabeza de Pequeña Gatita mientras Osote de Peluche murmura con suavidad, gruñe con suavidad, comienza a mecerse & a balancearse en la estrecha silla giratoria. Con cuidado & sin (evidente) prisa meciéndose adelante & atrás, adelante & atrás, aliento cálido y húmedo contra la cara de Pequeña Gatita, Pequeña Gatita está arrobada, Pequeña Gatita está hipnotizada, Pequeña Gatita tiene sueño, qué extraño que en este instante de arrobamiento como nunca antes en su breve vida Pequeña Gatita tenga tanto sueño mientras el señor Lengua se desliza más adentro en su boca, resistiendo el impulso de deslizarse demasiado adentro, pues el señor Lengua está decidido a ser amable con la niña, & paciente con ella, & bueno con ella, de la misma forma que en clase el señor Fox es agradable con ella, los ojos fijos en ella, admirándola, paciente con ella, nunca decepcionado con ella, a la que llama con infinita ternura Genevieve como si ese nombre fuera hermoso & melodioso & no idiota & ridículo como Pequeña Gatita cree que es; de la misma forma que el señor Fox es bueno con ella cuando levanta con timidez la mano para responder una de sus preguntas a pesar de que no es siempre bueno con algunas de sus compañeras de clase, niñas de piel menos fina, niñas más gorditas, niñas con caras simples como clínex, niñas que carecen de ese lustre irresistible en los ojos, así como con cualquiera de (& con todos) los niños: pues Pequeña Gatita sabe que ella es la elegida del señor Fox, la amada y apreciada.
Porque Pequeña Gatita es especial. Ella es una niña solitaria a la que su Papá abandonó, pero eso fue hace años, el señor Fox es ahora Papá, Osote de Peluche-Papá sujetándole la cabeza más fuerte con ambas manos. Gatita se siente a punto de atragantarse, de jadear, de tener arcadas, de forcejear para liberarse, pero no se atreve, porque no quiere contrariar a Osote de Peluche.
Cada vez más grande, hinchándose en la boca de Pequeña Gatita, el señor Lengua es ahora tan grande que no existe nada que no sea el señor Lengua.
Meciéndose adelante & atrás, adelante & atrás, cada vez más deprisa, frenético, hasta que con una embestida final el señor Lengua se adentra hasta el mismo fondo de la boca de Pequeña Gatita & ella es incapaz de contener las arcadas; pero aquí viene un sollozante suspiro, & un súbito relajarse de las manos que agarran la cabeza de Pequeña Gatita.
Ahora le acaricia el cabello, la suave piel del rostro, el suave cuello, murmura: Pequeña Gatita, te adoro, este es nuestro secreto, nunca reveles nuestro secreto, yo te amaré para siempre.
¡Sí! Por supuesto que Pequeña Gatita guardará para siempre el secreto.
Ama a Osote de Peluche, ama tanto al señor Fox que podría morirse.
—¡Lady Di! ¡¿Qué es eso que tienes en la boca?!
Mira con repulsión y fascinación el misterioso trofeo en la boca de su perrita, bien sujeto entre los dientes de la perrita, sea lo que sea, quizá parte de una rata muerta, de una ardilla, de un pájaro, algo carnoso y esponjoso, rosa grisáceo, desgarrado, desfigurado, masticado, una cosa de unos quince centímetros que la perrita ha lanzado al aire con un ladrido agudo de excitación, ha dejado caer al suelo y ha cogido otra vez, y ha vuelto a lanzar con fuerza, y ha cogido, y ha mordisqueado, y ha lanzado dando vueltas y ha perseguido en un frenesí de entusiasmo que ha durado muchos minutos mientras la jadeante P. Cady la perseguía por el sendero del humedal, llamando, suplicando, ordenando, amenazando.
—¡Para! ¡Maldita seas! Sienta.
Pero no, la pequeña Di no se sienta. Todavía no.
Esquiva la mano de su humana, que quería agarrarla por el collar, se atreve a gruñirle con el fondo de la garganta, no fuerte, en realidad de manera casi inaudible, de modo que su atónita humana pueda fingir no haber oído, se aleja de nuevo con un salto desafiante, aún no preparada para entregar la cosa, el precioso trofeo que tiene en las fauces, con sus huesudos cuartos traseros temblando, la cola cortada bien erguida en un borrón de furioso movimiento que hace que la perrita pierda el equilibrio por un instante, tontamente, como un acróbata que da un paso en falso, pero logra corregir el desequilibrio, aunque apenas, todavía fuera del alcance de la humana de rostro sofocado y severa mandíbula durante varios minutos, en los cuales la vida de cincuenta y un años de la humana parece pasar ante sus ojos en un borrón que termina en esto, en esta abyecta humillación, un primer plano cinematográfico en el que sus ojos heridos se magnifican húmedos y desconcertados por sus lágrimas.
Mientras confía en que eso que tiene la perra en las fauces no esté (aún) vivo; aunque también tiene la esperanza de que no esté (terriblemente) muerto.
—He dicho: para.
Da una palmada con la vehemencia de una directora de colegio que pone orden en una asamblea de revoltosos adolescentes para demostrar que ahora habla en serio, que se acabaron los juegos, que ella es la líder de la manada, que la cachorrita rescatada no es más que la manada.
—Dame eso. Ahora.
Sobresaltada por el tono acerado en la voz de su humana, pestañeando mientras mira a su humana como si hasta este momento no hubiera sido consciente de su presencia, la pequeña y artera Di parece darse la vuelta en mitad de un salto, asume la postura falsamente sumisa cultivada a lo largo de miles de años de astuta cohabitación canina con los bípedos Homo sapiens, combinada con el oscuro brillo de los conmovedores ojos y el simulacro de una sonrisa mediante un destello de dientes húmedos, y viene por fin trotando mansa hasta su humana y deposita a sus pies la desfigurada cosa.
¿Una lengua mutilada, gravemente desfigurada? Algo así.
Pero… ¿es una lengua humana?
P. Cady se agacha para ver con más claridad. Se le han empañado un poco las gafas. Tiene que quitárselas para observar la cosa.
Un zumbido ha comenzado a sonar en los oídos de P. Cady. Ese sonido-a-distancia del pánico.
Pánico. Mientras el dios Pan se acerca (en silencio) por el bosque.
En la espesura, dominio del gran dios Pan, olores recién húmedos a tierra, hojas enmohecidas, madera en putrefacción, materia orgánica en putrefacción, hedor dulzón y nauseabundo de la carroña, raíces hundiéndose en lo profundo de la tierra como ganglios.
Persiste el zumbido en sus oídos. Ya sabe que es solo el latir de la sangre.
Porque no es posible. No puede ser humana.
Los ojos de P. Cady ven, pero su cerebro se niega a reconocerlo.
Definitivamente, la cosa es carne de algún tipo, y está empezando a pudrirse, a oler… a carroña.
Por el tamaño debe de ser una lengua de ciervo, decide la directora Cady. Arrancada del cadáver de un ciervo.
Justo el tipo de cosa (repugnante) que adora su perrita, atraída de forma inexorable por la carroña, justo lo que Lady Di regalaría a su humana con amor, con orgullo, un precioso trofeo solo para ella.
—Está bien. Gracias. Buena perra.
P. Cady se incorpora, se seca los ojos. Se siente mareada… de alivio.
No es más que una lengua de ciervo. Arrancada de un cadáver de ciervo.
Vete a casa ya. No te involucres. Ya.
A sus pies, Lady Di se pone ahora panza arriba, jadeando afablemente, la lengua colgando a un lado, los suaves ojos marrones desbordando de adoración, ya no es una cazadora enloquecida, expone su barriga moteada para que se la rasque su sofocada humana con brusco cariño.
—Sí. Una perrita muy buena.
No es difícil agarrar ahora a Lady Di, abrochar la correa al collar. Pues Lady Di está un poquito exhausta, está lista para marcharse a casa, segundo desayuno, siesta.
—Si te hubiera llevado atada como debía, nos habríamos ahorrado todo esto. Para la próxima vez, ya lo sé.
Reprende con suavidad. No a Lady Di, sino a sí misma.
Levanta la vista sin pretenderlo y los ve: buitres cabecirrojos dando vueltas en el aire no muy lejos. Al menos media docena. Un buitre tiene una envergadura de dos metros, pero las alas negras parecen descuidadas, oxidadas; las pequeñas y feas cabezas son calvas; las colgantes patas, escuálidas y escamosas.
Ya los ha visto antes. Los ha estado viendo. No podía no verlos.
Alarmantemente cerca, un buitre cabecirrojo en un árbol junto al que tiene que pasar, muy quieto, las alas plegadas, mirándola con calma a ella, a P. Cady, y a la perrita que va tras ella, trotando de vuelta al inicio del sendero.
La mañana de un día nada normal y corriente pero de aspecto normal y corriente a esta hora temprana en un sendero de la charca de Wieland, unas sesenta horas antes de que P. Cady descubra por qué la mañana en apariencia normal y corriente del 29 de octubre de 2013 no era normal y corriente en absoluto.