Gánster

Gánster

Eligió septiembre, ese mes perfecto, para irse. El monzón se había alejado y Kerala refulgía como una franja esmeralda entre las montañas y el mar. Mientras el avión se inclinaba para aterrizar y la tierra se elevaba para recibirnos, me costaba creer que la topografía pudiera causar un dolor físico tan palpable. Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado sin que ella formara parte de él. No podía pensar en aquellas lomas y aquellos árboles, en los verdes ríos, en los arrozales encogidos y cubiertos ahora de cemento, salpicados de gigantescas vallas publicitarias que anunciaban horrorosos saris de boda y joyería aún más horrorosa, sin pensar en ella. Estaba entretejida en todas estas cosas; era en mis pensamientos más alta que cualquier valla publicitaria, más peligrosa que cualquier río en crecida, más implacable que la lluvia, más real que el propio mar. ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo? Murió sin previo aviso. Impredecible como era.

La iglesia no la quería. Ella no quería a la iglesia. (Había una historia brutal ahí, nada que ver con Dios). Y así, por su posición en nuestra ciudad, y por cómo era nuestra ciudad, tuvimos que organizarle un buen funeral. Los periódicos locales se hicieron eco de su fallecimiento en las portadas, y también se mencionaba en la mayoría de los periódicos de tirada nacional. Internet se iluminó con las muestras de cariño de varias generaciones de alumnos del colegio que ella había fundado, cuyas vidas había transformado, y otras personas que conocían la legendaria batalla judicial que libró y ganó por la igualdad de derechos de sucesión para las mujeres cristianas. La avalancha de obituarios nos obligaba aún más a actuar en consecuencia y despedirla como se merecía. Pero ¿qué era lo mejor? Por fortuna, el día de su muerte el colegio estaba cerrado y los niños se habían ido a casa. El campus era nuestro. Fue un alivio inmenso. Tal vez esto también lo hubiera planeado.

Las conversaciones en torno a su muerte y a las consecuencias que tendría para nosotros, para mí en especial, empezaron cuando yo tenía tres años. Por entonces ella tenía treinta, estaba debilitada por el asma, sin un céntimo (su único activo era una licenciatura en Pedagogía) y acababa de dejar a su marido, mi padre, debería decir, aunque por alguna razón eso suena algo extraño. Cuando murió estaba a punto de cumplir los ochenta y nueve, de modo que tuvimos seis décadas para hablar de su muerte inminente y de su última voluntad y testamento, que, dada su preocupación por las herencias y los testamentos, reescribía casi cada dos semanas. La cantidad de falsas alarmas, escapadas por los pelos y fugas espectaculares que llegó a vivir habría dado que pensar a Houdini. Nos adormecieron en una especie de complacencia ante la catástrofe. Yo creía sinceramente que viviría más que yo. Al no ser así me quedé destrozada, hecha trizas. Estoy atónita y algo más que avergonzada por la intensidad de mi reacción.

Mi hermano puso el dedo en esa llaga. «No entiendo tu reacción. A ti te trató peor que a nadie». Quizá estuviera en lo cierto, aunque a mi juicio él se había llevado el premio gordo. Puedo entender que a sus ojos me humillaba al no reconocer lo que nos ocurrió cuando éramos pequeños. Pero yo había dejado atrás todo eso hacía mucho tiempo. He visto —y he escrito sobre— tanto dolor, tanta miseria sistémica, tanta maldad sin paliativos, tan diversas repeticiones del infierno, que solo puedo incluirme entre los más afortunados. He pensado en mi vida como una simple nota a pie de página de las cosas que de verdad importan. Nunca trágica, a menudo muy divertida. O tal vez sea esta la mentira que me cuento. Quizá he montado mi tienda donde el viento sopla más fuerte, con la esperanza de que me arranque el corazón del cuerpo. Quizá lo que estoy a punto de escribir sea la traición a mi yo juvenil por la persona en la que me he convertido. En tal caso, el pecado no es leve. Pero no estoy en posición de juzgarlo.

Me fui de casa —dejé de ir a casa, o a lo que se suponía que era mi casa— al cumplir los dieciocho. Acababa de empezar el tercer curso en la Escuela de Arquitectura de Delhi.

Por aquel entonces terminábamos el bachillerato a los dieciséis años. Esa era la edad que tenía en el verano de 1976, cuando llegué por primera vez a la estación de Nizamuddin, sola, sin siquiera un conocimiento elemental del hindi, para hacer el examen de ingreso en la Escuela de Arquitectura. Estaba muerta de miedo y llevaba un cuchillo en el bolso. Delhi se encontraba a tres días y dos noches en tren de Cochín, que a su vez está a tres horas en coche de nuestra ciudad, Kottayam, que a su vez está a pocos kilómetros de nuestro pueblo, Ayemenem, donde pasé mi primera infancia. Dicho de otro modo, Delhi era para mí un país totalmente distinto. Distinto idioma, distinta comida, distinto clima, distinto todo. La escala de la ciudad me resultaba incomprensible. Yo venía de un pueblo donde todo el mundo sabía dónde vivía todo el mundo. Hice el ridículo preguntándole al conductor de un autorickshaw si podía llevarme a casa de la hermana mayor de mi madre, la señora Joseph. Supuse que sabría dónde vivía. Dio una calada al beedi que estaba fumando y apartó la cabeza con aire hastiado. Dos años después era yo quien fumaba beedis y cultivaba ese aire inigualable de hastío cargado de desdén. Con el tiempo cambié mi cuchillo por unas buenas provisiones de hachís y pinta de urbanita. Había emigrado.

Dejé a mi madre no porque no la quisiera, sino para poder seguir queriéndola. Si me hubiera quedado, eso habría sido imposible. Cuando por fin me fui, pasé varios años sin verla ni hablar con ella. Nunca me buscó. Nunca preguntó por qué me había marchado. No era necesario. Las dos lo sabíamos. Optamos por contarnos una mentira. Una muy buena. La inventé yo: «Me quiso tanto como para dejarme marchar». Esto lo escribí en la portadilla de mi primera novela, El dios de las pequeñas cosas, que está dedicada a ella. Mi madre citaba esta frase a menudo, como si fuera una verdad divina. Mi hermano dice en broma que es el único pasaje de ficción de todo el libro. Hasta el final de sus días, nunca me preguntó cómo salí adelante esos siete años que estuve fugada. Nunca me preguntó dónde vivía, cómo terminé la carrera y conseguí el título. Yo nunca se lo conté. Me las arreglé bastante bien.

Después de un reencuentro tenso y tentativo, volví a acercarme a ella, a visitarla con regularidad a lo largo de los años siendo ya adulta e independiente, arquitecta titulada, diseñadora de producción, escritora, pero sobre todo siendo una mujer que observa a otra con amor y admiración —y una buena dosis de inquietud— no solo por sus grandes cualidades, sino también por lo contrario. En aquel pueblo del sur de la India, sofocante y conservador, donde, en aquella época, a las mujeres solamente les estaba permitido cultivar una virtud empalagosa —o fingirla—, mi madre actuaba con la chulería de un gánster. Yo la veía dar rienda suelta a todo lo que era —su talento, su excentricidad, su bondad radical, su valentía militante, su intolerancia, su generosidad, su crueldad, su agresividad, su cabeza para los negocios y su temperamento impredecible y salvaje— con total abandono, en nuestra diminuta y aislada sociedad cristiana siria que, debido a su educación y su relativa prosperidad, vivía al margen de la espiral de violencia y la pobreza lacerante que asolaban el resto del país. La veía hacer espacio para la totalidad de su ser, de todos sus seres, en ese pequeño mundo. Esto fue nada menos que un milagro: un terror y un prodigio para quien lo contemplaba.

Cuando aprendí a protegerme (más o menos) de la mezquindad de este entorno que aplastaba el espíritu, llegó a fascinarme la ira de mi madre contra la propia maternidad. El descaro con que lo demostraba a veces me hacía reír. No con la risa que se manifiesta a carcajadas sino con la que te asalta en soledad: cuando extirpamos quirúrgicamente un incidente de sus circunstancias y lo observamos con objetividad, fuera de contexto. Como si ella fuera la madre de otra persona y yo no fuera yo sino otra persona que era el blanco de su ira.

De pequeña yo la quería irracional, desesperada, aterradora, totalmente, como quieren los niños. De adulta intenté quererla fría, racionalmente y desde una distancia segura. Fallaba a menudo. A veces de un modo miserable. Escribía distintas versiones de ella en mis libros, pero nunca eran ella. Aun así, a ella le gustaban estas versiones, y recibió con los brazos abiertos el personaje de Ammu en El dios de las pequeñas cosas, al que se refería con «yo» y «mí». Quería ser Ammu porque sabía de sobra que no lo era. Cuando un periodista retorcido le preguntó si de verdad había tenido una historia de amor trágica, como la de Ammu en la novela, ella lo miró a los ojos y dijo: «¿Por qué? ¿No soy lo bastante sexy?». Entonces tenía más de sesenta años y era una diva hecha a sí misma. Podía decir lo que le apeteciera.

Cuando se publicó el libro, le preocupó qué secretos podría revelar. Para evitar riesgos, ingresó en un hospital. Allí lo leyó a todo correr y se quedó muy tranquila al ver que no se aireaba nada íntimo. Al principio dijo que no entendía a qué venía tanto revuelo. Luego lo estudió a fondo. A la tercera o la cuarta lectura —para entonces ya había vuelto a casa—, me convocó al lado de su cama. Era una tarde radiante y la luz que se filtraba a través de las cortinas tenía un color rojo burdel. Mi madre estaba con los ojos cerrados. Dijo que le parecía un buen libro. Bien escrito. Sentía curiosidad por un pasaje en concreto, en el que los gemelos de Ammu, Esthappen y Rahel, de siete años, recordaban a sus padres peleando. Los padres se hacían enormes, como gigantes, y empujaban a los niños hacia el otro a la vez que decían: «Quédatelos tú, yo no los quiero».

—¿Quién te ha contado eso? Eras demasiado pequeña para acordarte.

—Es ficción.

—No, no lo es.

Y se volvió hacia la pared.

Nunca he sentido el peso o la tristeza de este recuerdo. Sinceramente creía que era ficción. Ese día aprendí que la mayoría de nosotros somos un caldo que vive y respira imaginación y memoria, y quizá no seamos los mejores árbitros para determinar qué es qué. Por tanto, lean este libro como si fuera una novela. No tiene mayores pretensiones. Porque no puede haberlas. La ficción es esa cosa extraña, brumosa, que los escritores no poseen del todo, aunque crean que sí. ¿De dónde viene? De nuestro pasado, nuestro presente, nuestras lecturas, nuestra imaginación: sí. Pero ¿quizá también de premoniciones del futuro? De lo contrario, ¿cómo es posible que, al igual que los personajes de mi segunda novela, El ministerio de la felicidad suprema, también yo sea ahora quien cuida de una especie de sepultura en el recinto de una especie de casa de huéspedes? Es rocambolesco. Me hace pasar las noches en vela. Y entonces me pregunto: ¿por qué deberíamos saberlo todo?

En el intento de descifrar a mi madre, de ver las cosas desde su punto de vista, de situarla, de comprender qué le hizo daño, qué la llevó a hacer las cosas que hizo y a predecir lo que podría hacer o no acto seguido, me metí en un dédalo, en un laberinto subterráneo de senderos en zigzag que afloraban a la superficie en lugares extraños, con la esperanza de encontrar un punto de vista que ofreciese una perspectiva distinta de la mía. Mirarla a través de prismas que no estaban teñidos del todo por mi propia experiencia con ella me permitió valorarla como mujer. Me transformó en escritora. En novelista. Porque eso somos los novelistas: laberintos. Y ahora este laberinto tiene que dar sentido a su ser laberíntico sin ella.

Salvar el abismo que separa el legado de amor que dejó en aquellos cuyas vidas rozó de algún modo, y las espinas que clavó en mí, como pequeños flotadores en mi torrente sanguíneo —anzuelos enganchados todavía en el tejido blando, mientras la sangre hace su recorrido hacia y desde mi corazón—, es el motivo por el que escribo estas memorias. Escribirlas me resulta tan difícil como no escribirlas.

Quizá incluso más que como hija que llora el fallecimiento de su madre, lloro como escritora que ha perdido su tema más fascinante. En estas páginas, mi madre, mi gánster, vivirá. Ella fue mi refugio y mi tormenta.

Fugitivos

Maestra era lo que ella siempre quiso ser, para lo que se había preparado. A lo largo de los años que estuvo casada y vivió con nuestro padre, que trabajaba como subdirector de una remota plantación de té en Assam, el sueño de desarrollar una carrera se atrofió y acabó por desvanecerse. Se reavivó (como pesadilla más que como sueño) al ver que su marido, igual que tantos hombres jóvenes empleados en plantaciones de té solitarias, se había vuelto totalmente adicto al alcohol.

Cuando estalló la guerra entre la India y China, en octubre de 1962, evacuaron a las mujeres y los niños de los estados fronterizos. Nos mudamos a Calcuta. Una vez allí, mi madre decidió que no volvería a Assam. De Calcuta fuimos a Ootacamund —Ooty—, una pequeña estación de montaña de Tamil Nadu, un estado del sur de la India. Mi hermano, LKC —Lalith Kumar Christopher Roy—, tenía cuatro años y medio, y a mí me quedaba un mes para cumplir los tres. No volvimos a ver a nuestro padre ni a saber nada de él hasta los veintitantos años.

En Ooty vivíamos en la mitad de una casita de «vacaciones» que había sido de nuestro abuelo materno, que en el momento de su jubilación era un alto funcionario —entomólogo imperial— del gobierno británico en Delhi. Mi abuela y él estaban separados. Él había cortado los lazos con ella y sus hijos hacía años. Murió el año en que yo nací.

No sé cómo acabamos en aquella casa. Quizá la inquilina que vivía en la otra mitad tuviera una llave. Quizá la ocupamos. Mi madre conocía bien esa vivienda. Y la ciudad. Es posible que hubiera estado allí de pequeña, con sus padres. Era una casita húmeda, oscura y fría, con los suelos de cemento resquebrajados y el techo de amianto. Un tabique de madera contrachapada separaba nuestra mitad de la parte ocupada por la inquilina, una anciana inglesa: la señora Patmore. Llevaba unos peinados altos y con mucho volumen que nos hacían preguntarnos si escondería algo dentro. Avispas, pensábamos mi hermano y yo. De noche tenía pesadillas, y la oíamos gritar y gemir. No estoy segura de que pagase un alquiler. No habría sabido a quién pagarlo. Nosotros, desde luego, no pagábamos alquiler. Éramos okupas, intrusos, no inquilinos. Vivíamos como fugitivos entre los enormes baúles de madera llenos hasta los topes de la lujosa ropa del difunto entomólogo imperial: corbatas de seda, camisas de vestir, trajes de tres piezas. Encontramos una lata de galletas vieja repleta de gemelos. (Evidentemente nuestro abuelo era un entusiasta aliado del gobierno colonial que se tomaba muy en serio la parte «imperial» de su puesto). Más adelante, cuando mi hermano y yo tuvimos edad suficiente para entender, nos contaron las leyendas familiares del abuelo: sobre su vanidad (tenía un retrato que le hicieron en un estudio de fotografía de Hollywood) y su violencia (pegaba a sus hijos con un látigo, los echaba de casa con frecuencia y le abrió la cabeza a mi abuela con un jarrón de bronce). Librarse de él, nos contó nuestra madre, fue el motivo que la llevó a casarse con el primer hombre que se lo pidió.

Muy poco después de llegar a Ooty, mi madre consiguió trabajo de maestra en Breeks, un colegio local. Por aquel entonces abundaban en la ciudad los colegios, algunos dirigidos por misioneros británicos que quisieron quedarse en la India después de la Independencia. Mi madre trabó amistad con un grupo de ellos que eran profesores en Lushington, un colegio solo para blancos, donde estudiaban los hijos de los misioneros británicos que trabajaban en la India. Se las ingenió para convencerlos de que le permitiesen asistir a sus clases en los ratos libres que le dejaba su trabajo. Asimiló ávidamente sus innovadores métodos de enseñanza para los niños de primaria (tarjetas para la lectura y la fonética; regletas de madera de colores para las matemáticas) a la vez que se indignaba por su racismo hacia los indios y la India, cargado de amabilidad y buenas intenciones. Mientras se iba a trabajar nos dejaba unas horas con una mujer huraña y a veces con vecinos amables.

A los pocos meses de comenzar esta vida fugitiva, mi abuela (la viuda del entomólogo) y su hijo mayor —G. Isaac, el hermano mayor de mi madre— vinieron de Kerala para desahuciarnos. Yo no los había visto hasta entonces. Le dijeron a mi madre que, según la Ley de Sucesión Cristiana de Travancore, las hijas no tenían ningún derecho sobre las propiedades de sus padres y por tanto debíamos abandonar la casa de inmediato. No pareció importarles que no tuviéramos adónde ir. Mi abuela no habló mucho, pero a mí me asustó. Tenía las córneas cónicas y llevaba unas gafas de sol negras. Recuerdo a mi madre, a mi hermano y a mí cogidos de la mano, muertos de miedo, corriendo por la ciudad en busca de un abogado. En mi memoria era de noche y las calles estaban a oscuras. Pero no podía ser. Porque encontramos a un abogado que nos dijo que la Ley de Travancore se aplicaba únicamente en el estado de Kerala, no en Tamil Nadu, y que hasta los okupas tenían derechos. Dijo que avisáramos a la policía si alguien intentaba desahuciarnos. Volvimos a casa temblando pero triunfantes. Aunque mi hermano y yo éramos demasiado pequeños para entender lo que decían los adultos, entendíamos de sobra las emociones en juego: intimidación, miedo, rabia, pánico, confianza, alivio, triunfo.

Nuestro tío G. Isaac no podía saber que ese intento de desahuciar a su hermana menor de la casa de campo de su padre allanaría el terreno para su propia caída. Pasaron años hasta que mi madre tuvo la posición y los medios necesarios para enfrentarse a la Ley de Sucesión Cristiana de Travancore y reclamar su parte proporcional de las propiedades de su padre en Kerala. Hasta entonces protegió y salvaguardó este recuerdo de su humillación como si se tratara de una valiosa herencia familiar, pues en cierto modo lo era.

Tras esta victoria legal nos pusimos cómodos en la casa, nos dimos un poco de espacio. Mi madre regaló los trajes y los gemelos del Entomólogo Imperial a los taxistas que tenían la parada cerca del mercado, y durante algún tiempo los taxistas de Ooty fueron los mejor vestidos del mundo.

Aunque nos la habíamos ganado a pulso, nuestra sensación de seguridad seguía siendo muy frágil y las cosas no nos iban bien. El clima húmedo y frío de Ooty agravó el asma de mi madre. Se pasaba días enteros postrada debajo de una gruesa colcha de color rosa metalizado, en una cama alta de hierro, jadeando, con enorme dificultad para respirar. Creíamos que iba a morir. No le gustaba que remoloneásemos a su alrededor sin quitarle ojo y nos mandaba a nuestra habitación. Así que mi hermano y yo nos íbamos a buscar otra cosa que mirar. Principalmente nos columpiábamos sobre la verja baja y desvencijada de la esquina del patio triangular, mientras veíamos a las parejas de recién casados en su luna de miel que pasaban por delante de nuestra casa cogidos de la mano para dar un paseo romántico por el famoso jardín botánico de Ooty. A veces se paraban a hablar con nosotros. Nos daban caramelos y cacahuetes. Un hombre nos dio un tirachinas. Pasamos muchos días perfeccionando la puntería. Trabábamos amistad con los desconocidos. Una vez uno de ellos me agarró de la mano y me llevó a casa. Le dijo a mi madre, muy severo, que su hija tenía la varicela. Me pidió que le enseñara a mi madre la ampolla que tenía en la tripa, la que le había enseñado a todo el que quisiera verla. Mi madre montó en cólera. Cuando él se marchó, me dio una bofetada y me ordenó que no volviera a levantarme el vestido ni a enseñar la tripa a los desconocidos. Sobre todo a los hombres.

Quizá fuera por el asma, o por la medicación, pero lo cierto es que acabó teniendo un carácter terrible y nos pegaba muy a menudo. Cuando lo hacía, mi hermano se escapaba y no volvía hasta que caía la noche. Era un niño muy callado. Nunca lloraba. Cuando estaba triste, apoyaba la cabeza en la mesa del comedor y fingía dormir. Cuando estaba contento, cosa no muy frecuente, se ponía a bailar a mi alrededor, lanzando puñetazos al aire, y decía que era Cassius Clay. No sé cómo sabía quién era Cassius Clay. Yo no lo sabía. A lo mejor se lo dijo nuestro padre.

Creo que esos años en Ooty fueron más duros para él que para mí porque él tenía recuerdos. Recordaba una vida mejor. Se acordaba de nuestro padre y de la casa grande en la que vivíamos en la plantación de té. Recordaba ser querido. Afortunadamente, yo no.

Mi hermano empezó a ir al colegio antes que yo. Fue unos meses a Lushington, el colegio para blancos. (Debió de ser un favor que le hicieron los misioneros a mi madre). Pero al ver que empezaba a llamar a los niños de la ciudad como nosotros «esos niños indios», mi madre lo sacó de allí y lo matriculó en Breeks, el colegio en el que trabajaba ella. Cuando cumplí los cinco años me llevó a una guardería (para niños indios) dirigida por una misionera australiana con una pinta aterradora, la señorita Mitten. Nuestra aula era un cobertizo construido en la esquina de un prado donde pastaban unas pocas vacas escuálidas con los huesos de la cadera muy prominentes.

Los días en que se encontraba peor del asma, mi madre hacía una lista de la compra, de verduras y otras provisiones, la ponía en una cesta y nos mandaba a la ciudad. Ooty era entonces una ciudad pequeña y segura, con muy poco tráfico. Los policías nos conocían. Los tenderos siempre eran amables y a veces nos fiaban. La más buena de todos era Kurussammal, una mujer que trabajaba en la tienda de lanas. Nos tejió dos jerséis con el cuello de pico. Verde botella para mi hermano. Cereza para mí.

Cuando mi madre estuvo varias semanas totalmente postrada, Kurussammal se mudó a nuestra casa. Nuestro estilo de vida marginal terminó entonces. Fue ella quien nos enseñó lo que era el amor. Lo que era la confianza. Lo que era un abrazo. Nos preparaba la comida y nos bañaba al aire libre, a pesar de que hacía un frío brutal, hirviendo agua en un caldero enorme con un fuego de leña. Hasta hoy, para bañarnos en condiciones, mi hermano y yo necesitamos que el agua esté casi hirviendo. Antes de bañarnos nos quitaba los piojos con un peine y nos enseñaba a matarlos. A mí me encantaba matarlos. Me gustaba el ruido que hacían cuando los aplastaba con la uña del pulgar. Aparte de tejer a la velocidad del rayo, Kurussammal era una cocinera espléndida. Su especialidad consistía en cocinar casi sin ingredientes. Hasta el arroz hervido con sal y un chile verde sabía mejor cuando nos los servía ella.

El nombre de Kurussammal significaba en tamil «madre de la cruz». Su marido, que venía de visita muy a menudo, se llamaba Yesuratnam («Jesús joya», «joya de joyas»). Tenía bocio y lo escondía con una bufanda de lana. Él, como nosotros, siempre olía a humo de leña.

A la larga, mi madre acabó estando demasiado enferma para conservar su empleo. Ni siquiera las dosis descomunales de cortisona que tomaba surtían efecto. Nos quedamos sin dinero. Mi hermano y yo estábamos desnutridos y contrajimos un principio de tuberculosis.

Al cabo de unos meses durísimos de lucha en todos los frentes, mi madre se dio por vencida. Decidió tragarse el orgullo y volver a Kerala, a Ayemenem, el pueblo de nuestra abuela. Para entonces la llama del enfrentamiento con su madre y su hermano se había apagado. Y aunque no fuera así, no tenía otra elección.

Me dio muchísima pena separarnos de Kurussammal. Pero volví a verla unos años más tarde, cuando se mudó a Kerala para vivir con nosotros.

Los cosmopolitas

Cuando el tren cruzó la frontera de Tamil Nadu y entró en Kerala, la tierra marrón se volvió verde. Todo, hasta los postes del tendido eléctrico, estaba plagado de plantas y lianas. Todo resplandecía. Casi toda la gente que veíamos deslizarse al otro lado de la ventanilla, tanto los hombres como las mujeres, vestían de blanco y llevaban sombrillas negras.

Mi corazón se ensanchó.

Y luego se encogió.

Llegamos a Ayemenem sin ser invitados y quedó claro que no éramos bienvenidos. La puerta de la casa en la que aparecimos con nuestra invisible escudilla de mendigos era la de la hermana mayor de mi abuela, la señorita Kurien. Por aquel entonces ya había cumplido los sesenta años. Tenía el pelo canoso, ondulado y fino, con un corte que por entonces se llamaba «estilo paje». Llevaba unos saris tan almidonados que parecían de papel, con blusas grandes y holgadas. La señorita Kurien era mucho más moderna que la mayoría de las mujeres de su tiempo. Estaba soltera, era licenciada en Literatura Inglesa y había sido profesora en una universidad de Sri Lanka (entonces Ceilán). Tenía casa propia. Tenía ahorros, una pensión, y la perspicacia y la tenacidad de una mujer trabajadora y soltera consciente de la necesidad de hacerse cargo de su vida. Es poco probable que hubiera previsto de cuántas personas tendría que hacerse cargo también.

Mi madre le aseguró que nos quedaríamos con ella solo hasta que pudiera encontrar trabajo. La señorita Kurien, que se preciaba de ser una buena cristiana, dejó que nos quedáramos, pero no hizo el más mínimo esfuerzo para esconder que no le gustábamos ni nosotros ni nuestra situación. Nos lo demostraba ignorándonos y volcando su delicado afecto en los niños de otros parientes que venían de visita. Les hacía regalos, tocaba el piano y les cantaba con voz temblorosa. Aun cuando dejaba muy claro que no sentía ninguna simpatía por nosotros (de ahí que nosotros no sintiéramos ninguna simpatía por ella), fue la persona que nos ayudó y nos ofreció un techo cuando más falta nos hacía.

Mi abuela también vivía con ella. Para entonces sus córneas cónicas se habían deteriorado y estaba casi ciega. Seguía llevando las gafas oscuras. Incluso de noche. Tenía una protuberancia visible en el cuero cabelludo: su famosa cicatriz del jarrón de bronce. A veces me dejaba acariciarla con los dedos. Y a veces me dejaba recogerle el pelo fino en una coleta antes de irse a la cama.

Por las tardes se sentaba en el porche y tocaba el violín.

Era una violinista excelente y había recibido clases de música mientras su marido, el Entomólogo Imperial, estuvo destinado en Viena. El día que el profesor le dijo al entomólogo que su mujer tenía dotes para ser concertista, este le prohibió seguir estudiando y, en un arrebato de celos, destrozó el primer violín que ella había tenido.

Yo era demasiado joven para apreciar lo bien que tocaba, pero cuando caía la oscuridad sobre Ayemenem y el canto de los grillos inundaba el aire, la música de mi abuela daba a las tardes y a las noches oscuras una melancolía aún más profunda que la que ya tenían de por sí.

Mi tío G. Isaac vivía en un anexo adosado a la casa principal. A mí, al principio, me daba pánico. Lo conocía únicamente como el hombre alto, gordo y enfadado que intentó echarnos de nuestra casa en Ooty. Pero en Ayemenem empecé a verlo con otros ojos. Me parecía más interesante y menos intimidante. Llegué a tomarle cariño cuando empezó a llevarnos al río y me enseñó a nadar, haciéndome chapotear en círculos alrededor de su panza.

G. Isaac fue uno de los primeros hombres de la India que obtuvieron la beca Rhodes. Su especialidad era la mitología griega y romana. En la mesa, sin que viniera a cuento, hacía comentarios como: «¿No es maravilloso tener un dios del vino y el éxtasis?». Todo el mundo lo miraba sin decir nada. Y nos hablaba de Dionisos, o del que fuera su Dios del Día.

Estuvo varios años dando clase en una universidad de Madrás antes de abandonar la carrera académica para volver a sus raíces y montar con su madre una fábrica de conservas, mermelada y curri en polvo. Se llamaba The Malabar Coast Products. La instalaron en la casa familiar del Entomólogo Imperial, en Kottayam, que se encontraba a unos minutos en autobús. (Esta casa fue el núcleo de la disputa cuando mi madre reclamó su herencia enfrentándose a la Ley de Sucesión Cristiana de Travancore). A pesar de su hondo interés por el patrimonio y la propiedad privada, G. Isaac era marxista. Aseguraba que había renunciado a su carrera y montado una fábrica para promocionar la pequeña industria y generar empleo local. Harta de sus patrañas, su mujer sueca, Cecilia, a la que había conocido en Oxford, lo dejó y volvió a Suecia con sus tres hijos pequeños.

Fue así, de estos modos tan variopintos y extraños, como esta constelación de personas singulares, excéntricas, cosmopolitas y derrotadas por la vida convergió en el diminuto pueblo de Ayemenem.

El clima húmedo y caluroso le sentaba mejor a mi madre. Su asma, aunque seguía siendo severa y crónica, mejoró un poco. Mientras intentaba decidir qué hacer con su vida, nos daba clases en casa. Todos los demás nos ignoraban, menos G. Isaac cuando estaba de buen humor.

Vivir en Ayemenem era como vivir en una cornisa de la que podías caerte en cualquier momento si alguien te daba un codazo. Hasta Kochu Maria, la cocinera, me decía que no teníamos derecho a vivir allí. Murmuraba y refunfuñaba, decía que era una vergüenza que unos niños sin padre vivieran con personas decentes bajo el mismo techo. Cada equis días los cosmopolitas discutían. Cuando se peleaban hacían temblar la casa entera. Rompían platos; echaban puertas abajo. Era difícil seguir la pauta de la relación entre G. Isaac y mi madre. A veces parecían tan amigos y de pronto, sin previo aviso, se volvían enemigos a muerte. La causa de la mayor parte de las peleas era, cosa nada extraña, el dinero. Porque mi madre no contribuía a los gastos domésticos, no se ganaba el sustento. G. Isaac se cuidaba de no incluirnos a mi hermano y a mí en las peleas.

En cuanto empezaban los gritos, yo me escapaba. El río era mi refugio. Compensaba todo lo malo que había en mi vida. Me pasaba las horas en sus orillas y llegué a tener una profunda intimidad con los peces, las lombrices, los pájaros y las plantas: a todos los llamaba por su nombre. Trabé amistad con otros niños (y algunos adultos) del pueblo. Enseguida pillé el malayalam y no tardé en poder comunicarme con ellos fácilmente. Vivían en un universo distinto del mío. La mayoría de los padres trabajaban en los arrozales y en las plantaciones de caucho de los alrededores, o en las grandes explotaciones de los terratenientes, recolectando cocos o en el servicio doméstico. Vivían en casas de barro y paja. Pasaba muchas horas en su compañía. Muchos pertenecían a castas consideradas «intocables». Yo entonces no sabía mucho de este horror, porque en la casa de Ayemenem todo el mundo estaba demasiado ocupado peleándose y nadie se molestaba en adoctrinarme.

Una de estas personas, un joven que vivía en Ayemenem pero trabajaba en The Malabar Coast Products en Kottayam, llegó a ser mi amigo más querido. Pasamos mucho tiempo juntos. Me hizo una caña de pescar con una vara de bambú y me indicó dónde encontrar las mejores lombrices para usarlas de cebo. Me enseñó a pescar, me enseñó a quedarme quieta y callada. Freía los pececillos que yo pescaba y nos los comíamos juntos, como si celebráramos un banquete. Él fue la inspiración para el personaje de Velutha, el novio de Ammu, en El dios de las pequeñas cosas. Si hubiera tenido yo dieciséis años en vez de seis, quién sabe, con un poco de suerte habría podido ser mi novio. Era el hombre más amable y guapo que había visto en la vida.

A los pocos meses de vivir en Ayemenem me convertí en parte del paisaje: en una niña salvaje, con los pies encallecidos, que conocía hasta el último atajo y camino secreto para ir del pueblo al río. Vivía al aire libre y pasaba en casa el menor tiempo posible. En la categoría no humana, mi mejor compañera era una ardilla de la palma de tres rayas que vivía en mi hombro y me hablaba al oído. Compartíamos secretos. No era mi mascota. Ella tenía su vida, pero decidía compartirla conmigo. Desaparecía a menudo, porque tenía cosas que hacer. Aparecía a las horas de comer, se encaramaba en mi plato y picoteaba mi comida. Le encantaban sobre todo las piñas. Estaba siempre en guardia, eternamente alerta a la más mínima posibilidad de peligro. Me enseñó muchas cosas.

Las estrategias de supervivencia de las ardillas eran muy valiosas para cualquiera que intentase vivir en Ayemenem al filo de la cornisa.

«Te quiero el doble»

Mi madre descargaba en mi hermano y en mí la rabia de sus peleas y la dosis de humillación diaria que se veía obligada a soportar. Éramos su único refugio. Su carácter, que ya era malo antes, se volvió irracional e incontrolable. Me resultaba imposible predecir o calcular qué podía enfadarle y qué gustarle. Tenía que abrirme camino sin mapa a través de ese campo de minas. A veces la explosión me volaba los pies y los dedos, incluso la cabeza, pero después de flotar un rato por ahí sueltos volvían a su sitio por arte de magia.

Cuando se enfadaba conmigo, imitaba mi forma de hablar. Era una buena imitadora y conseguía dejarme en ridículo. Recuerdo claramente los detalles de todas estas ocasiones. Hasta la ropa que llevaba yo puesta. Me sentía como si ella me recortara: como si recortara mi silueta del dibujo de un libro con unas tijeras afiladas para romperme a continuación.

La primera vez que me imitó estábamos volviendo a casa desde Madrás, donde habíamos pasado dos semanas. Su hermana mayor, la señora Joseph, le preguntó si podía quedarse al cuidado de sus tres hijos mientras su marido y ella se iban de vacaciones. (La misma señora Joseph a cuya casa le pedí que me llevara al conductor del autorickshaw de Delhi años más tarde). Mi madre dijo que sí. Debió de pensar que mientras estuviera allí se ganaría el sustento, nominalmente al menos.

A diferencia de los cosmopolitas pendencieros de Ayemenem, la señora Joseph tenía un buen marido, piloto de Indian Airlines, unos buenos hijos y una buena casa con criados. Era muy consciente de haber triunfado en este aspecto, mientras que sus hermanos habían fracasado. Era una mujer guapa, con una voz alta y engreída, a juego con sus saris almidonados y bien planchados y su peinado impecable. Tenía una sonrisa petulante y dura, y siempre daba la sensación de estar haciéndole una confidencia a la persona con la que hablaba. No había ningún parecido, ni físico ni de carácter, entre mi madre y ella.

Cuando la señora Joseph volvió de sus vacaciones, las hermanas tuvieron una bronca monumental por algo. Al día siguiente regresamos a Kerala en avión. El marido piloto de mi tía tenía un cupo de billetes gratis.

Era la primera vez que viajábamos en avión. Una vez sentados, intenté tener una conversación razonable, una conversación adulta, como corresponde a los pasajeros de un avión, y le pregunté a mi madre cómo era posible que, si de verdad era su hermana, la señora Joseph estuviera tan delgada. Me miró llena de rabia y se puso a imitarme. Sentí que encogía por debajo de la piel y me vaciaba, como un remolino de agua por un sumidero, hasta desaparecer. Luego dijo: «Cuando tengas mi edad, estarás tres veces más gorda que yo». Comprendí que había dicho algo terrible, aunque no estaba segura de qué podía ser. (Era demasiado pequeña para entender que «gordo» y «delgado» implicaban juicios de valor). Tardé unos años en darme cuenta, al revivir mentalmente la escena como hago a menudo y ser capaz de analizarla con claridad sin detenerme en mis sentimientos, de lo hiriente que debieron de resultarle mis palabras.

Los corticoides la hicieron engordar de repente. Tenía la típica cara de luna de la cortisona. Los delicados rasgos que antes llamaban la atención por su belleza habían desaparecido detrás de la papada y las mejillas hinchadas. Debió de sentirse muy sola y desesperada después de esta visita al hogar perfecto de su esbelta hermana. Aún tenía por delante una carrera de éxito, pero de momento no había señal alguna de esto. (Con el tiempo aprendió a aceptar su tamaño y su forma, y enseñó a sus alumnas a hacer lo mismo. Con más de cincuenta años diseñó un traje de baño para una exposición de moda en el colegio y enseñó a las niñas a contonearse). Aquella pregunta mía sobre su hermana delgada debió de sentarle como un puñado de sal en una herida abierta. Palabras inconscientes de una niña inconsciente. Por eso se volvió hacia mí y se puso a imitar mi manera de hablar a los seis años. Y yo me replegué. Recuerdo el ambiente dentro del avión: no había aire. Recuerdo el color de mi vestido. Azul cielo con lunares. Una prenda perfecta de segunda mano, heredada de mi prima perfecta, con el pelo liso y ojazos de corza. Vi que el vestido desentonaba con mis rodillas, llenas de cicatrices y arañazos, un registro exhaustivo de mi vida imperfecta y salvaje, sin padre y sin rumbo, en las orillas del río Meenachil, en Ayemenem. Escenifiqué una competición imaginaria con mi prima perfecta y la gané con las manos atadas. Ella tenía un padre piloto. Y un pelo precioso. Pero yo tenía un río verde. (Con peces en el agua, con el cielo y los árboles en el agua, y de noche la luna amarilla y rota). Y una ardilla. Me miré los pies y vi que no pegaban nada con las sandalias que llevaba puestas.

Era un avión horrible lleno de gente horrible en un cielo horrible. Quise que se estrellara para que muriésemos todos. Odiaba más que a nadie a los niños mimados con padres cariñosos. Era totalmente partidaria del castigo colectivo. Pero al cabo de un rato ella dijo: «Yo soy tu madre y tu padre y por eso te quiero el doble».

Y entonces el avión estaba bien. El cielo estaba bien. Pero mis pies seguían siendo extraños para las sandalias que llevaba. Y aún quedaban algunos asuntos por aclarar:

Si yo iba a ser tres veces más gorda que ella, necesitaría tres asientos. O sea, tres billetes gratis.

Doble. Triple. Una clase de matemáticas. Una suma que resolver.

¿Cuánto es el doble de amor dividido por el triple de gorda multiplicado por billetes gratis dividido por palabras inconscientes? Un polilla peluda y fría en un corazón asustado. Esa polilla me acompañaba a todas horas.

Aprendí muy pronto que el lugar más seguro puede ser el más peligroso. Y que, cuando no lo es, yo hago que lo sea.

Muchos años después, ya en la treintena, convertida en una mujer adulta con una novela publicada, fui a visitar a una amiga que acababa de casarse. La feliz pareja se pasaba el día entero arrullándose, se hablaban como si fueran bebés, estaban juntos a todas horas. Al tercer día casi salgo corriendo de su casa y me lanzo al tráfico. No sabía qué me molestaba tanto. Por fin ahora, mientras escribo estas líneas, creo que lo entiendo. Ellos no hacían nada malo: era yo. Mi vieja amiga la polilla fría había venido a hacerme una visita sin anunciarse.

(De todos modos, sería bueno para la gente como yo que los adultos que hablan como bebés llevaran una etiqueta de advertencia legal).

La escuela plegable y portátil

Tras este triste viaje a casa de la señora Joseph en Madrás, volvimos a nuestra vida precaria en la cornisa de Ayemenem.

Pero entonces llegó la Redención.

Se presentó con la severa apariencia de una señora británica de labios finos y mediana edad que llevaba zapatos y vestidos de flores. La señora Mathews era una de las misioneras que habían trabado amistad con mi madre en Ooty. Habían seguido en contacto y urdido un plan.

Juntas, en 1967, crearon una escuela en Kottayam. Yo tenía siete años; mi hermano, ocho y medio.

Alquilaron en el Rotary Club de Kottayam dos salas pequeñas que los miembros del club solo usaban por las tardes. El colegio empezó con siete alumnos, incluidos mi hermano y yo. Parece muy sencillo, pero mi madre no habría podido hacerlo sola. Fue la señora Mathews —la misionera cristiana blanca y virginal— quien se ganó la confianza del puñado de padres que matricularon a sus hijos los primeros en el nuevo colegio. Sin ella, dudo mucho que nadie en la ciudad hubiera confiado la educación de sus hijos a una india tan díscola, que se había casado con un extranjero y luego se había divorciado de él.

Ahora que lo pienso, es probable que fuera G. Isaac quien convenciese al Rotary Club para que le alquilaran las instalaciones a su hermana. Porque él era socio. Este es un ejemplo típico de su relación hermano-hermana: se ayudaban y se hacían daño en la misma medida.

Todas las mañanas, la señora Mathews, mi madre, mi hermano y yo íbamos en bus a la ciudad para llegar al colegio a tiempo. Algunos días, mi hermano y yo íbamos andando con G. Isaac: atajábamos por los arrozales y los bosques de árboles de caucho, con los troncos inclinados hacia el sol. Cuando las lluvias del monzón inundaban las carreteras, íbamos remando en barca. Hacíamos varias paradas para coquetear en las casas de algunas jóvenes trabajadoras de la fábrica, a las que G. Isaac cortejaba o hacía proposiciones. Nosotros éramos su carabina. Nuestra presencia supuestamente garantizaba a las familias de las chicas que las intenciones de G. Isaac eran honradas.

Una vez en la ciudad, nos dejaba en el colegio recién fundado y seguía su camino hasta la fábrica de conservas. En vacaciones, a mí hermano y a mí nos dejaban trabajar en la cadena de montaje de la fábrica, empaquetando curri en polvo y pegando etiquetas en los tarros de conservas. Llevábamos delantales azul marino y pañuelos blancos en la cabeza. Y olíamos a salmuera.

Todas las mañanas ayudábamos a la señora Mathews y a mi madre a barrer las colillas y lavar las tazas y los vasos sucios que dejaban los socios del Rotary Club. (Todos hombres, naturalmente. A quienes nunca se les ocurriría limpiar o recoger nada). Sacábamos una silla, unas banquetas y una pizarra apoyada en un caballete. A eso de las tres teníamos que plegar la escuela, apilarla contra las paredes y desaparecer, para no entorpecer la actividad del club.

Yo pensaba que nuestra nueva escuela era plegable y portátil.

Las salas del Rotary Club se encontraban encima de un garaje y taller mecánico que daba a la carretera principal. Para entrar había que cruzar el taller y subir un tramo de escaleras al aire libre. No era tanto una primera planta como un edificio de dos niveles, construido en la ladera de un monte. El jefe de los mecánicos tenía una casita con jardín en el mismo nivel que las salas del club. Se llamaba Anand. Era de Tamil Nadu. A mí me gustaba muchísimo. La grasa y la mugre del taller llegaban en parte hasta las escaleras y se incrustaban en la superficie granulada, áspera y polvorienta del suelo de cemento sin pulir de las salas del club. Cuando barríamos, levantábamos la suciedad y nos poníamos la ropa negra. Yo estornudaba tanto que tenía que tomar antihistamínicos constantemente, una cápsula muy bonita, roja como la sangre.

El colegio enseguida fue un éxito. El número de alumnos empezó a crecer exponencialmente. Los padres de los niños de preescolar pidieron a mi madre y a la señora Mathews que abrieran nuevos grupos para que sus hijos pudieran seguir estudiando allí. Mi hermano y yo éramos la avanzadilla, las ratas de laboratorio con las que poner a prueba a las nuevas maestras. «¿Te ha caído bien?» «¿Has entendido lo que te ha enseñado?»

Mi madre prosperó en este ambiente nuevo. Pronto se vio en condiciones de contribuir a los gastos domésticos en Ayemenem. Las peleas de los cosmopolitas se volvieron menos violentas. A medida que ganaba confianza, empezó a cultivar su personal visión pedagógica. El colegio se distanció poco a poco de sus orígenes cristianos misioneros para desarrollar un carácter y un credo propios. Las desavenencias entre mi madre y la señora Mathews propiciaban frecuentes tensiones. El punto de ruptura se produjo cuando dos jóvenes bailarines clásicos, Bhavani y su marido, Chellappen, vinieron a enseñarnos bharatanatyam. A través del bharatanatyam aprendíamos las historias principales y secundarias del Ramayana y el Mahabharata. Llegamos a conocerlas tan bien (o tan mal) como la Biblia. La señora Mathews estaba indignada. Dijo que ChellappenBhavani (siempre los considerábamos una unidad) eran la encarnación del Diablo. Se oponía rotundamente al Vandana, la invocación al dios Shiva con que comienza toda función de bharatanatyam. Dijo que era un acto pagano, anticristiano, a su juicio inaceptable, y que había que elegir entre Chel-lappenBhavani y ella.

Por desgracia, la señora Mathews no tenía la más mínima oportunidad frente a estos dos exquisitos seres humanos que irradiaban coquetería con cada mirada y arte puro con cada gesto. Y así, se marchó tan por sorpresa como había llegado. Fue triste, pero en cierto modo inevitable. Su partida no estropeó para nada el entusiasmo ni rebajó el éxito del colegio.

En cuestión de dos años, funcionaba tan bien que mi madre pudo alquilar la destartalada y vieja vivienda de tres habitaciones situada junto al Rotary Club y transformarla en un hostal para estudiantes de fuera de la ciudad. Nos mudamos de Ayemenem a esta nueva casa-hostal para emprender la siguiente etapa de nuestra vida. Un hombre a quien mi madre llamaba nuestro «casero» venía el primero de cada mes a cobrar la renta. No me gustaba cómo la miraba, y me aseguraba de estar siempre presente cuando él venía.

Cuando aumentó el número de residentes, Kurussammal vino de Ooty a echar una mano. Yo estaba entusiasmada. Mi madre también contrató a dos mujeres jóvenes como ayudantes. Por si no me bastara con su presencia para ser feliz, ocurrió algo más. Una cachorrita vino a sustituir a mi río perdido. Mi madre la llamó Dido, como la reina de Cartago en la obra de teatro de Christopher Marlowe. La cachorrita ocupó el lugar de mi ardilla (que se marchó a fundar una dinastía de ardillas) como el amor de mi vida.

Dos de las habitaciones de la casa alquilada se convirtieron en dormitorios. En cada uno había una hilera de camas diminutas con colchas de cuadros. Los impermeables de colores se colgaban en perchas de madera. Cada residente tenía una taza, un cepillo de dientes y una jabonera. La casa se parecía a la de Blancanieves y los Siete Enanitos. O mejor dicho, a la de Mary Roy y los quince enanitos. Dos de los quince éramos mi hermano y yo.

Mi madre llegó a ser la dueña, directora y espíritu indomable de un colegio único en una ciudad única. Un colegio que, con el tiempo, libraría sus batallas únicas.

Federico Fellini y el Santa Claus de Kottayam

Hablo de «mi madre», pero desde que fundó el colegio dejó de ser únicamente mi madre. En cuanto los niños entraban en clase, pasaba a ser su madre también. No solo en sentido figurado, sino literal. Cuando el colegio se convirtió en internado, se llevaba a su cama a los más pequeños si estaban pachuchos o nostálgicos. Supervisaba sus baños personalmente. Aquellos renacuajos, apenas más altos que la cuba de hierro llena de agua caliente que tenían al lado, creían que darse un baño consistía en cerrar los ojos con todas sus fuerzas y hacer espuma con movimientos circulares sobre la tripa. Recibían una minuciosa explicación de cómo enjabonarse hasta el último resquicio. Puede que nuestro colegio fuera el único que impartiera lecciones de baño. Más adelante, cuando eran mayores, los niños aprendían a limpiar los váteres del colegio. El resultado es que todos somos sobresalientes limpiadores de váteres.

Con el fin de que los demás niños no nos consideraran especiales en ningún sentido, mi hermano y yo teníamos que llamar a nuestra madre «señora Roy» en público. Como lo público y lo privado eran zonas geográficamente fluidas, el cambio no siempre nos resultaba sencillo. Para nosotros, el colegio era nuestra casa y nuestra casa era el colegio, de ahí que nos confundiéramos y a veces también la llamáramos señora Roy en privado: «Disculpe, señora Roy…». Yo sigo considerándola la señora Roy más que mi madre. Y, para dejar claro que no tenía favoritos, ella se empeñaba en demostrar que era especialmente estricta con nosotros, sus hijos. A menudo nos castigaba por cosas que hacían otros.

La responsabilidad de cuidar de tantos niños, de organizar las comidas, llevar las cuentas y dirigir el creciente número de maestros y empleados, desencadenó de nuevo un pico de asma. Pero ahora cada ataque era un acontecimiento. Una obra de teatro. Producía mucho revuelo en todo el colegio. Todos iban corriendo a ver a la señora Roy, cuchicheaban y se agolpaban alrededor de ella. Se desvivían para cuidarla. Creo que enseguida se dio cuenta de que la mala salud era una buena herramienta para controlar a los demás, para mantenerlos activos.

Solía decirme que podía morirse cualquier día, a cualquier hora, de un momento a otro, y ¿qué haría yo entonces?

A menos que alguien quisiera acogerme, y eso era poco probable, señalaba, acabaría en la calle. Tendría que valerme por mí misma. Tenía que estar preparada, hacer planes.

Pero ¿cómo?

Mientras presenciaba su lucha por respirar durante aquellos ataques de asma que se presentaban sin previo aviso, me aterrorizaba verla jadear. A diferencia de cuando vivíamos en Ooty, yo ahora tenía edad suficiente para entender la idea y la irreversibilidad de la muerte y el hecho de morir. Las sombras que se concentraban en las profundas cavidades de sus clavículas eran como un batallón de cráneos burlones que se entrechocan los unos con los otros, preguntando con sonrisas sin vida: ¿Qué harás ahora, niña? Los jadeos de mi madre hacían la misma pregunta en un registro más agudo: ¿Qué harás ahora, niña? Mi respuesta siempre era la misma: Respiraré por ti, mamá. Intentaba respirar por ella. Me convertí en sus pulmones. En su cuerpo. Me uní a ella de muchas maneras, sin que ella lo supiera. Me convertí en uno de sus valientes órganos, en un agente secreto: le insuflé mi vida.

Todo resultó mucho peor cuando por fin identificó a una familia que podría aceptarme. Una oportunidad mínima, un resquicio de esperanza para mí en un horizonte por lo demás sombrío. La familia no lo sabía, por supuesto: el plan era una simple especulación de mi madre, urdido en secreto entre ella y su valiente hija-órgano. La familia era perfecta en muchos aspectos… para una tarea de la que no tenía noticia de haber sido elegida. Una viuda joven que trabajaba en el colegio. Sus hijos, amigos míos, algo más pequeños que yo, estudiaban conmigo.

Ellos, los elegidos, vivían en una casa grande y espaciosa. El problema era el abuelo. El patriarca de la familia. Un anciano respetado en la ciudad. El sudoroso Santa Claus Moreno en la fiesta de Navidad del Rotary Club, con un traje rojo, una barba de algodón y mucho «¡Jo, jo, jo!». A veces me mandaban a su casa los fines de semana (supongo que para que los niños se acostumbraran a su futura hermana y viceversa). En esas ocasiones, cuando el abuelo me encontraba sola, cosa nada extraña porque yo era una niña lectora, el «¡Jo, jo, jo!» se convertía en un resuello, y una mano me toqueteaba entre las piernas y me bajaba las bragas. Yo sabía que eso estaba mal y sospechaba que tenía algo que ver con tener hijos. Y que tenía que huir. Él era un hombre torpe y desgarbado, y siempre conseguía librarme. De todos modos, era un cazador, y yo su presa. Mientras que todos los demás veían al amable Santa Claus de Kottayam —el abuelito cariñoso y torpón—, yo veía a un cerdo de tamaño humano y con gafas, a un jabalí que resoplaba en las comidas sentado a la mesa enfrente de mí.

Digo que me libraba, y estoy segura de que era así. Pero entonces no sabía de qué me libraba. ¿Qué tenía que pasar exactamente para tener un hijo? ¿Me habría librado a tiempo? Pensaba en esto en mi aula improvisada —un simple tablero sobre un caballete y unos taburetes de madera, en la sala de nuestro colegio plegable y portátil del Rotary Club— mientras una pobre maestra a la que mi madre tenía a prueba intentaba enseñarme algo. Hindi. Malayalam. Historia. Geografía. ¿Estaría embarazada? ¿Podían las niñas tener hijos? La idea me producía sudores fríos. El sudor me goteaba por detrás de las piernas. Estaba convencida de que el sudor frío que gotea por detrás de las piernas era un síntoma inequívoco de embarazo. Las largas aspas del abanico del techo giraban sin parar a lo largo de aquellas tardes silenciosas. Parecía una condena.

Nunca le hablé a mi madre del jabalí, ni de la caza. Por qué, no lo tengo claro. Supongo que no estaba segura. ¿Y si me equivocaba? ¿Y si solo eran muestras de cariño porcino? ¿No sería una ingrata? ¿Y quién me creería (a una niña mala y no cristiana) y qué iban a pensar mis amigos? De todos modos, estaba segura de poder esquivarlo. Me impuse unas normas rápidas y sencillas. Esconderme entre la multitud. Asegurarme de no quedarme sola, estar alerta, no leer nunca. Mis visitas eran solo cuestión de un par de días. Como mucho.

Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si mi madre se moría y yo tenía que irme a vivir con ellos?

Entonces supe que si ella moría, yo también moriría. Tendría que encontrar la manera. La idea no me debilitaba, pero ese zumbido de temor era una melodía constante, escondida bajo mis soleados momentos de rayuela, como la música de fondo de una película de terror interminable. Tenía que hacer lo que fuese para proteger su vida. Respirar por ella.

Miraba con ojo avizor a las madres de los demás niños, con la esperanza de detectar algún rasgo de una madre como la mía. Nunca lo encontraba. No es que quisiera que ella fuese como las madres de mis amigos; no era eso. Porque esas madres siempre parecían un poco asustadas, un poco indecisas, como si estuvieran eternamente a la espera de órdenes.

Una vez me invitaron a una fiesta de cumpleaños en una casa. Esto ocurría muy pocas veces, porque para ellos éramos unos intrusos: no dábamos la talla ni como cristianos ni como malayalis. Tampoco éramos ricos. Por eso esta ocasión resultaba especial. Yo estaba sola. La señora Roy no fue conmigo. Mis anfitriones eran gente de dinero, dueños de una plantación. Tenían una casa espléndida, con porches grandes, una larga avenida, ciervos moteados en los terrenos y muchos sirvientes.

La madre de la cumpleañera era una mujer rellenita que infundía seguridad. Llevaba unos pendientes de diamantes que brillaban como unos reflectores diminutos. Aquello era una fiesta infantil, pero casi todos los padres también estaban presentes. Había una montaña de comida en la mesa. Los espejos de las paredes creaban el efecto de que había muchas fiestas y muchas mesas con muchas montañas de comida. El padre entró en el salón con un sobre. Parecía muchos padres con muchos sobres. O es posible que mi imaginación lo transformara en una multitud. Tiró el sobre al suelo. Edi ninakkoru ezhutthu vannu. La forma más grosera de decir: «Mujer, hay una carta para ti». La madre que infundía seguridad se agachó, con sus diamantes, a recoger la carta del suelo. Delante de todo el mundo. Daba la sensación de estar completamente sola. Me entraron ganas de abrazarla, pero yo no quería una madre como ella. Y, en ese momento, me alegré de no tener padre. Sé que es horrible decirlo, pero en aquella época yo veía a los padres como una idea extremadamente peligrosa.

Por aquel entonces el recuerdo de nuestro padre se nos había borrado por completo. Lo conocíamos únicamente como el misterioso extraño (muy guapo, pensábamos) del álbum de fotos gris que la señora Roy guardaba bajo llave en un aparador y nos dejaba ver solo muy de vez en cuando. Había también una foto de su boda (muy hindú, pensábamos). En el álbum, nuestra madre parecía tan misteriosa y tan extraña como nuestro padre. En una foto estaba en un sillón de mimbre, en el Club de Colonos de Assam, con una blusa sin mangas muy sexy y fumando un cigarrillo. No era la señora Roy, era otra mujer.

La señora Roy nunca hablaba de Assam. Solo decía una cosa de su marido: «Era un Don Nadie».

Cuando el colegio ofreció enseñanza secundaria además de primaria, la señora Roy tuvo que convencer a las familias inquietas de que un colegio mixto no era un antro de vicio y promiscuidad sexual, como lo pintaba la gente de Kottayam. Se ganó su confianza imponiendo una estricta disciplina moral y vigilando sin descanso a los alumnos que no cumplían las normas del ligoteo. Aun así, nunca renunció a la creencia de que los chicos y las chicas tenían que jugar, estudiar y crecer juntos.

Estos primeros años mi madre estaba alerta a todas horas. Cuando llegó a sus oídos que los chicos del hostal se metían con las chicas por los pechos y los sujetadores, convocó una asamblea. Ordenó a dos de los principales abusones que sacaran un sujetador de su cómoda. Era una prenda impresionante, casi a medio camino entre un corpiño y lo que conocemos como sujetador. En aquella época solo había una marca: Maidenform. Parecía el peto de una armadura. Y el suyo tenía un tamaño considerable en las manos de aquellos chicos aterrados. (Por esta y otras muchas escenas, se me debe perdonar que creyera, cuando tuve mi primer contacto con sus películas, que el cine de Federico Fellini era realismo social). «Esto es un sujetador. Todas las mujeres lo llevan. Vuestras madres lo llevan, vuestras hermanas también lo llevarán muy pronto. Si tanto os excita, os invito a quedaros con el mío». Fue una grosería, sí. Pero fue uno de esos momentos que cambiaron para siempre el equilibrio de poder en el colegio entre los chicos y las chicas.

La señora Roy se propuso erradicar la sensación de privilegio de los chicos, entendida como un don divino. Hizo de ellos hombres considerados, respetuosos, como rara vez se habían visto en la ciudad. En cierto modo, también los liberó. Los eximió de la carga de ser tal como la sociedad esperaba que fuesen. Educó a varias generaciones de hombres cariñosos y los lanzó al mundo. Lo que hizo por sus alumnas, el espíritu que les inculcó, no fue sino revolucionario. Les dio fuerza, les dio alas, les dio la libertad. Les ofreció su atención inquebrantable y su amor severo, y ellas la recompensaron convirtiéndose en mujeres sobresalientes.

Esa revolución, como todas las revoluciones, tuvo un coste.