Queridos lectores

Queridos lectores:

Soy la fundadora y propietaria de una tienda bastante singular, una papelería llamada GEULWOLL, una forma respetuosa de decir «carta» en coreano. Pese a que vivimos en un mundo en el que el arte de la correspondencia ha desaparecido casi por completo, algo natural en una era rendida a la inmediatez del correo electrónico y los mensajes de texto, Geulwoll ha logrado captar desde sus inicios el interés de muchas más personas de las que jamás podríamos haber imaginado. Salvo la motivación, en la tienda puede encontrarse casi todo lo necesario para empezar a escribir: papel, sobres, sellos de correos y artícu­los de escritura. También se puede leer y adquirir una gran variedad de libros acerca de cartas, redactar las propias misivas e incluso mantener amistades por correspondencia gracias al servicio de pen pal, pero con una característica particular: primero hay de escribir una carta a un desconocido para poder conseguir una.

En 2019 abrí la primera tienda en el barrio de Yeonhui-dong, al oeste de Seúl, y dos años después la segunda en Seongsu-dong, al este de la capital. Desde entonces, cada mes recibimos a miles de personas. Sigo sin acabar de creerme que la papelería se haya convertido en lugar de peregrinación para tanta gente. La verdad es que no abrigaba grandes esperanzas de que todo fuera tan bien y tan rápido como para tener que ampliar la tienda en un par de años. En la actualidad, la idea de montar una papelería especializada en material para escribir cartas y no morir en el intento resulta difícil de imaginar. Y debo confesar que tanto yo como las personas de mi entorno albergábamos serias dudas al respecto: «¿Y dices que quieres abrir una tienda dedicada a la escritura de cartas...? Pero ¿hablas en serio?»

Sin embargo, al ir comprobando que un público desconocido acudía con cierta regularidad, empecé a tenerlo claro: en nuestra sociedad moderna, una papelería especializada en la escritura de cartas es algo tan único como especial y fascinante. Había gente que había soñado con conocer un establecimiento como éste, que imaginaban encontrarse entre otros visitantes que, igual que ellos, ha­bían acudido a la papelería atraídos por el misterioso encanto de las misivas.

En las dos tiendas hay acondicionado un «espacio para escribir cartas», donde quien lo desee puede sentarse y dejar que el bolígrafo corra por el papel. Aquí la gente se puede pasar una hora entera, incluso dos, escribiendo mensajes a mano, un acto de generosidad cuyo valor es imposible calcular. En una sociedad donde todo tiene un valor económico, ¿cómo poner una etiqueta con un precio al hecho de plasmar una parte de tu alma en el papel? En el mundo de hoy, donde el dinero puede comprarlo casi todo, incluidos los sencillos artículos de escritura de Geulwoll, el estado de ánimo necesario para componer una carta —paz mental, habilidades comunicativas y concentración— es un factor impagable a la hora de hallar nuestros valores esenciales y recuperar el equilibrio vital. Me enorgullece que Geulwoll se haya convertido en un lugar proclive a redescubrir algunos valores importantes que por desgracia están cayendo en el olvido. Siempre es gratificante ver que quienes entran en Geulwoll compran artículos en exposición, pero más emocionante es aún comprobar que algunos toman asiento para escribir, con frecuencia durante bastante tiempo. Y es una maravilla comprobar que lo que convierte a Geulwoll en un lugar tan especial es el centro mismo de su corazón: la carta.

Para ser sincera, tengo que decir que apenas escribía cartas hasta la apertura de Geulwoll, pero desde entonces empecé a conocer a tantos devotos de la correspondencia que me puse a buscar todo tipo de obras sobre el arte epistolar: disfruté mucho con el libro de consejos sobre la escritura de cartas de Lewis Carroll y con Postdata, de Simon Garfield. Poco a poco, me fui enamorando de las cartas, quizá porque, al trabajar en estrecho contacto con algo, nos acabamos dando cuenta de su auténtico valor, hasta que un buen día me decidí a escribir sobre las personas que he conocido y todo lo que he aprendido durante mi etapa en la papelería, echando mano sólo de mi propia experiencia. A partir de las misivas que he enviado y recibido desde que abrí Geulwoll, y al rememorar las conversaciones con los visitantes de la tienda y sus cartas, he detallado aquí todo lo que rodea al proceso de escritura. En lugar de dar instrucciones para redactar cartas «bien», he recopilado historias sobre lo que sucede cuando las escribes y toda la magia de la conexión que puede venir después. Espero que quienes lean este libro lo hagan con el simple deseo de redactar una misiva. Mi propósito no es formalizar unas «normas» para escribir cartas o dar una respuesta «correcta»; mi esperanza es que, al enviar este libro al mundo, termine por caer en manos de quienes aún escriben cartas o desearían hacerlo.

No existe una manera perfecta de escribir una carta, pero todo proceso exige un conjunto de directrices fundamentales, y al compartirlas estamos ayudando a establecer una nueva cultura epistolar, que incluye el proceso de seleccionar el papel adecuado, rellenar la página con palabras y ponerle un sello al sobre. Puede que algunos no sepáis cómo responder a una carta, por mucho que lo hagáis desde lo más profundo del corazón, así que también voy a abordar este tipo de cuestiones. También habrá quien jamás haya comprado un sello de correos o no se haya aventurado a componer una carta, o quien sí haya recurrido al papel y la pluma pensando en alguien en particular. Quiero compartir todo el calor y el poder curativo de la carta escrita a mano a través de este libro, que es el testimonio de mi relación con el arte epistolar y el amplio y diverso abanico de personas que he conocido y me han contado sus historias en Geulwoll.

문주희

JUHEE MUN

Primavera de 2025

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¿Por qué las cartas son tan especiales?

Una persona está sentada en una pequeña embarcación, leyendo una carta en un cuerpo de agua tranquilo. La escena está ambientada en un entorno sereno con un árbol cercano del que solo aparecen unas pocas ramas y una cortina translucida en la parte derecha de la imagen hecha en carboncillo .

¿A quién no le gustan las cartas? Sé por experiencia que a todos nos hace ilusión recibirlas y que uno de sus encantos es que no podemos saber de entrada qué hay en su interior: es emocionante descubrir los misterios que esconden.

En general, las cartas contienen palabras positivas, aunque no siempre. En mi caso, me alegra mucho que la mayor parte de las que he recibido me hayan hecho reír o conmovido hasta hacerme saltar las lágrimas. Si hay algo que todas me han enseñado es cómo me percibe el remitente, y eso me resulta precioso y reconfortante. En más de una ocasión, la carta de un ser querido me ha revelado detalles de mí misma que desconocía. Me ha pasado tantas veces que me pregunto si ahora me ha condicionado a responder a ellas con entusiasmo.

Las cartas cristalizan nuestros sentimientos más ocultos. A quienes les resulta difícil expresar sus emociones, una misiva les puede ayudar a ahondar un poquito más de lo habitual en su interior. Mi corazón late con fuerza cada vez que observo a los que escriben cartas en nuestra papelería: empiezo a pensar que nuestros cuerpos están programados para encogerse, cuando de hecho estamos abriéndonos para expresar nuestros verdaderos sentimientos. Adoptamos una postura de extrema concentración: con la cabeza un poquito ladeada, sumida en pensamientos profundos. Y para los que no tienen idea de qué escribir, es importante que sepan que el listón no está tan alto como creen. Incluso una notita escrita a mano introducida en el táper del almuerzo puede transformar el día de cualquier persona cuando le haces saber que estás pensando en ella. Son esas pequeñas cosas las que hacen de la escritura epistolar un mundo tan hermoso.

Las cartas exigen lentitud: imponen un ritmo más pausado y no ofrecen la gratificación instantánea de un mensaje de texto o un post en una red social. Antes de escribir una carta, hay que tener pensadas y preparadas unas cuantas cosas: papel de un determinado tamaño, material de escritura adecuado, un espacio que permita la concentración y, lo más importante: tiempo. En realidad, bastaría con veinte o treinta minutos para rellenar una hoja de papel. Aunque el rato que pasamos sentados al escritorio no sea demasiado, la naturaleza acelerada de la vida moderna hace que siempre haya alguna tarea más urgente que se interponga en el camino. En ese breve lapso de tiempo, lo más difícil es poder concentrarse en la redacción. Por eso, si alguien me escribe una carta, entiendo que ha tenido que dejarlo todo de lado para dedicarse a mí. Es algo tan generoso que cuando recibo una carta esbozo siempre una sonrisa que se dibuja en mi rostro antes de abrir el sobre. Tanto si le ha dedicado una hora como si han sido sólo diez minutos, esa persona ha hecho uso de un tiempo muy valioso con la intención de crear algo en exclusiva para mí.

Las cartas son sin duda únicas: algo que tan sólo el remitente podría haber creado. Me maravillan la motivación y la disciplina de las personas que las envían con regularidad. Los contenidos varían en función del destinatario, de manera que no basta con limitarse a copiar y pegar lo que alguien ya ha escrito. Eso no sirve: estás obligado a emplear tus propias palabras y a comunicar un mensaje exclusivo para la otra persona. Es ese aspecto distintivo de las cartas lo que tanto nos emociona.

Solemos pensar que quienes escriben y envían cartas tienen un don «especial», y damos por sentado que son personas más conscientes de sus emociones o que dominan el arte de la escritura. Pero los visitantes de Geulwoll no son así, son tan diversos que resulta muy difícil agruparlos en una sola categoría: el que viste con elegancia y tiene muy buena presencia, el que abre la puerta con timidez y mira a su alrededor sin decir nada, el que ríe con jovialidad y provoca la simpatía de todo el mundo, el que no para de hacer preguntas, el que lleva auriculares y elige un papel que cuadra con su estilo personal, el que llega vestido como si acabara de salir de la cama, el que está a punto de dejar su empleo y viene con la intención de enviar cartas de despedida a sus compañeros o el que lleva el cabello teñido de un llamativo color fucsia. Todos tienen distintos motivos para escribir cartas, pero comparten al menos una cosa: el brillo en sus ojos mientras escogen papeles y sobres. Absortos en la búsqueda de algo bonito, parecen sentirse en paz. Al observarlos, siempre tengo la sensación de que quienes escriben cartas son personas que aman a quienes los rodean.

Me parece indiscutible que lo que más tarda en llegar, más tiempo permanece en el corazón, y por eso mismo recurrimos a las cartas cuando queremos que los demás nos tengan en el recuerdo. A diferencia de los mensajes de texto o los correos electrónicos instantáneos, la misiva es un elegante medio humano de comunicación que va más allá del hecho de pulsar una tecla y que nunca llega a evaporarse. Pese a que el elemento final palpable sea una hoja de papel, el valor oculto de la carta reside en cómo nos ayuda a descubrir y experimentar un amplio espectro de emociones, y nos transmite apoyo, ánimo y compasión.

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La escritura de cartas como forma de contar historias

La imagen hecha en carboncillo muestra un libro abierto con un par de gafas apoyadas sobre él. Una pluma descansa sobre las páginas. La sombra de la libreta se proyecta hacia la derecha.