Tenerife, islas Canarias
Sábado, 19 de octubre de 2019
Solo aprendemos la lección cuando la vida
nos pone a nosotros mismos de ejemplo.
Mario conducía en soledad bajo un sol radiante. Los rayos de luz se colaban entre los árboles como pilares fantasmales y golpeaban su piel pálida. Tenía la capucha de la sudadera puesta y agarraba el volante del coche de alquiler con fuerza. En la muñeca derecha aún llevaba puesta la pulsera del Hospital Universitario de Canarias donde se podía leer: «M. Ardoz, 23/04/1994». La arrancó de un tirón y susurró:
—¿Dónde estás, Laura?
Giró en una curva pronunciada a la derecha en la carretera de la Esperanza y continuó el ascenso hacia el Teide desde el norte de la isla. Estaba molesto con su hermana por no haber vuelto al hospital por la mañana tal y como habían acordado. Él había estado tres días allí por culpa de una fiebre inoportuna y aquel ingreso había supuesto un parón imprevisto de las vacaciones que estaban pasando juntos. Había sufrido una caída en picado de sus defensas, que se había manifestado como una fiebre intermitente seguida de escalofríos esporádicos, como si su cuerpo rugiera desde dentro anunciando un temblor de tierra.
—Se te ve mejor —le había dicho Laura en voz baja el día anterior a los pies de la cama—. Tu piel ha pasado de blanco a color hueso. Es un avance —bromeó.
—Creo que ya estoy bien —respondió Mario—. Ahora solo necesito que me den el alta y salir de aquí. Odio esta ropa. Necesito taparme la cabeza. No me gusta que me veas así —añadió al tiempo que se pasaba la mano por ella y acariciaba su piel.
—Yo te veo guapo —le contestó su hermana—. Sin pelo pero guapo —aclaró—. A ver, estás un poco marciano, pero sigues siendo atractivo. —Sonrió. Luego bajó la voz y se acercó a él—: ¿No has visto cómo te miraba la enfermera?
—Sí. Con pena —respondió él, irónico—. Seguro que ha pensado: «Ese chico guapo se está muriendo».
—No seas idiota —protestó ella tratando de levantarle la moral—. No te vas a morir. Es solo una caída de las defensas. Le pasa a mucha gente que se somete a quimioterapia.
—Sabes que no me refiero a esto de ahora.
Mario agachó la mirada y bufó por la nariz.
—¿A qué te refieres? —inquirió Laura dejando ver que le molestaba su manera de abordar aquel tema.
—A si crees que habrá salido todo bien —preguntó él de repente con la voz apagada—. La operación, la quimio, ya sabes. Si ha terminado todo y no se ha extendido.
—Mírame, Mario —le ordenó, pero él batalló contra ella y agachó la cabeza—. ¡Eh! ¡Mírame! —insistió mientras se acercaba y se sentaba a su lado en la cama—. Claro que ha salido bien. ¿Me oyes? Se acabó el cáncer. Se acabó. Tienes veinticinco años. Toda la vida por delante. El índice de supervivencia es del ochenta y cinco por ciento. ¿Acaso crees que formarás parte de ese quince que muere?
—Y de apenas el cincuenta por ciento a los cinco años… —replicó él—. ¿Tienes una moneda?
—A veces pienso que eres idiota. Un cerebrito pero idiota.
—A alguien le tiene que tocar, ¿no?
—¿Y por qué a ti? —cuestionó ella.
—¿Y por qué no a mí? La vida va de esto, ¿no? De jugar una y otra vez a la ruleta hasta que lo perdemos todo. Nos arriesgamos cada día, una y otra vez, hasta que se acaba. Cruzamos la calle corriendo, volamos en avión, montamos en coche, masticamos con prisa la comida. ¿Sabes cuánta gente muere al año por atragantamiento?
Laura negó con la cabeza y luego suspiró, dolida.
—La vida no solo son matemáticas, Mario. Yo lo sé bien. Deberías haberte venido aquí conmigo y no quedarte en Madrid, consumiéndote en la soledad y la luz fluorescente. Podríamos haber estudiado juntos. Hay mucha más vida lejos de una pantalla de ordenador.
—Pero respóndeme, ¿qué tengo distinto a los demás con osteosarcoma que haga que merezca caer del lado bueno de las estadísticas? ¿Por qué no me debería tocar a mí?
—Porque ya hemos tenido suficiente, Mario —sentenció ella en un tono que parecía estar cargado de demasiados recuerdos difíciles.
Él advirtió que aquellas palabras habían cruzado una línea de tristeza y guardó silencio un instante. Le acarició la mano a Laura y se fijó un segundo en la clara diferencia que existía entre la piel de ambos y en cómo la distancia entre los dos, a pesar de ser hermanos, la había moldeado. La de ella, más tostada y tersa, consecuencia de su vida y estudios en la isla; la de él, pálida, fría y desde los últimos meses visiblemente más frágil. La de Laura parecía surgir del fuego; la de Mario, un fragmento desprendido de un iceberg que se derretía. Ambos tenían personalidades opuestas surgidas de los mismos padres, pero orbitaban como dos cuerpos celestiales inseparables.
Ella agachó la cabeza para no mirarlo y él se dio cuenta de que verbalizar su desesperanza solo empeoraba las cosas. Se fijó en la pulsera de hilo en la muñeca de su hermana y en que la había llevado tanto tiempo puesta que su rojo oscuro había dejado paso a un rosa apagado. De pronto, Mario sintió sobre su mano el ligero impacto de algo cálido, una lágrima de Laura.
—«Siempre juntos, para siempre». ¿No era así? —dijo Mario—. Nuestra promesa. Cuando uno de los dos no encuentra las palabras adecuadas, podemos usarla y el otro está obligado a perdonarlo.
Laura esbozó una débil sonrisa sin mirarlo.
—Ya no somos niños, Mario —exhaló con un bufido.
—Lo siento, Laura. Sé que solo quieres animarme, pero yo no veo las cosas del mismo modo que tú.
Ella asintió y tragó saliva con evidente tristeza. En silencio, él acarició la lágrima que descansaba sobre su mano. Laura se echó sobre su hermano y lo abrazó.
—Siempre juntos, para siempre —respondió ella al fin con su voz convertida en un suspiro.
Estuvieron varios segundos así, callados, unidos y distantes, hablando el idioma del dolor, hasta que de pronto ella miró la hora y se puso en pie. Con el fin de recomponerse, se secó el rostro y se apartó el pelo de la cara mientras buscaba por la habitación su bolso y su móvil.
—¿Te marchas ya? —preguntó él, contrariado.
—Tengo que hacer algunas cosas y quiero aprovechar que mi huésped está bien cuidado aquí —dijo esquiva—. Así te dejo algo de intimidad con tu enfermera —bromeó, algo distante.
—Pero es temprano —le reprochó Mario—. Ayer también te fuiste a esta hora. Son las tres. Podrías quedarte un par de horas más. Incluso te puedes comer luego mi merienda o quedarte a cenar. El día es larguísimo aquí solo. Yo tengo el estómago cerrado.
—¿Comida de hospital? Creo que voy a pasar. Es solo una noche más. Y tienes la tele. Mañana seguro que te darán el alta y seguimos con nuestro viaje juntos por la isla, ¿vale? Tienes mucho que ver aún. Estaré aquí a primera hora.
Laura se colgó el bolso, se acercó a su hermano y lo besó en la frente, en un gesto que duró más que de costumbre.
—Está bien. Pero mañana, si al fin me dan el alta, quiero que me lleves a tu lugar favorito de la isla. Yo conduzco, ¿vale?
—Prometido. Empezamos por Los Gigantes. No lo busques en internet —dijo al tiempo que sacudía su iPhone en el aire—. Mejor que no sepas lo que es. Que te sorprenda como la primera vez que yo estuve allí. Es un lugar… —rebuscó la mejor forma de describirlo sin dar pistas— que te enseña demasiado.
—Tengo ya poco tiempo para aprender —respondió Mario con media sonrisa.
Laura emitió un ligero bufido y asintió. Luego se dirigió hacia la puerta y, al llegar, se giró y contempló a su hermano en silencio.
—Ojalá pudieses ver la vida con otros ojos, Mario. Quizá la isla te enseñe a hacerlo.
—Enséñame tú, Laura —respondió Mario—. Puede que tenga mucho que aprender de ti.
—Lo estoy intentando —replicó ella a modo de despedida, justo antes de desaparecer al otro lado de la puerta.
Mario desvió la mirada de su móvil, que se deslizaba de un lado a otro del asiento del copiloto, y comprobó de nuevo en el mapa el lugar de la última conexión de Laura, que se mostraba como un punto azul en mitad del Parque Nacional del Teide en la aplicación Buscar del iPhone. Compartían cuenta de iCloud, al igual que toda una infancia, y según el móvil ella estaba allí, pero no atendía a las llamadas.
—¿A qué estás jugando, Laura? ¿Qué hace tu teléfono ahí? —susurró al tiempo que volvía a fijar su vista en la carretera, que se deslizaba bajo el coche como un río negro que se había abierto paso entre los árboles sin pedir permiso. A ojos de Mario, su hermana estaba en mitad de la nada, en un tramo recto de una carretera solitaria—. ¿Por qué no respondes? —protestó, preocupado.
Avanzó durante unos minutos entre el bosque de pinos y la alfombra de acículas marrones que la naturaleza había tejido a ambos lados de la carretera, hasta que al fin el paisaje se abrió y observó desde el vehículo cómo la vegetación profunda del norte de la isla se desparramaba como un manto verde hasta encontrarse con el Atlántico. Se fijó en el Teide, el volcán que se elevaba imponente en la lejanía hacia la que él se dirigía, y recordó que su hermana y él se habían prometido subir juntos al parque nacional como broche final de aquel viaje.
Mario se tocó la pierna al sentir una ligera molestia tras pisar un bache en la carretera. Se había recuperado bien de la operación tres meses antes, pero de vez en cuando notaba una punzada sobre la rodilla que le hacía apretar la mandíbula. Palpó la cicatriz bajo la tela del vaquero y recordó en imágenes rápidas los primeros pasos con las muletas, la bolsa con el tratamiento colgando a su lado, el instante en que se le quedó en la mano el primer mechón de pelo. Ya caminaba sin muletas pero con esfuerzo. La quimio, en cambio, cuya última sesión había sido dos semanas antes en Madrid, había evaporado sus defensas al mismo tiempo que había reducido al mínimo el hambre que pudiese tener y el vello de los brazos, las piernas y la cabeza; era un precio que pagar por destruir lo que estaba devorándolo por dentro. Había tenido la suerte de mantener las cejas y las pestañas, pero con menor densidad, y su piel se había convertido en una fina capa que se descamaba con facilidad si la acariciabas con fuerza.
Marcó el teléfono de su hermana una vez más, pero, tras varios tonos, el buzón de voz lo invitó a dejar un mensaje.
—¡Joder! —gritó nervioso al tiempo que tiraba el móvil sobre el asiento del copiloto.
Se la imaginó allí a su lado, con el perfil contorneado sobre la ventanilla del coche, con los pies descalzos, apoyados sobre el salpicadero. Y, mientras, él iba conduciendo a la vez que seguía las indicaciones de Laura hacia los secretos de la isla.
Aceleró el ritmo del coche y, al girar en una curva pronunciada a la izquierda, se encontró de bruces con la Tarta del Teide, una formación rocosa que se imponía delante de él como un muro vertical colorido. En su pared se podían ver las distintas coladas volcánicas que se habían superpuesto las unas sobre las otras, en blancos, negros y rojizos, como un pastel que se había horneado a fuego lento durante milenios. Tras dejarla atrás y avanzar por un paisaje desolador conforme más ascendía hacia las tierras marcianas de la isla, sintió un escalofrío. Se estaba dirigiendo a los pies del Observatorio Astronómico del Teide, cuyo blanco perfecto destacaba sobre la montaña como si fuesen huevos plantados por la humanidad. Allí estaba terminando Laura su posgrado en Astrofísica y desde allí lo había llamado innumerables veces en mitad de la noche.
—Joder, Laura. Esto no me hace gracia —masculló en voz alta, con una intranquilidad creciente en el pecho.
Esa mañana se había despertado a las ocho y media por culpa de una enfermera que había entrado a la habitación a tomarle la temperatura. Fue entonces cuando comprobó que tenía una llamada perdida de su hermana. No la había escuchado y fue realizada a las 7:14. Confuso, él le escribió varios mensajes y la llamó de vuelta una decena de veces, pero no obtuvo respuesta. Mientras esperaba la confirmación de que se había recuperado y le daban el alta, se la había imaginado tumbada en la cama de su estudio en La Laguna, dormida sobre el ordenador, ni siquiera allí lo soltaba. Era la única explicación que lograba articular en su mente.
Tras recibir el alta del hospital, se vistió con su ropa de calle —pantalón corto, sudadera gris, Converse negras y un viejo reloj de su padre— y la esperó sentado en la entrada del hospital con la esperanza de que apareciera por allí como le había prometido.
Sin su hermana a su lado y sin poder comunicarse con ella, se sentía un simple turista en tierras extrañas. Esperó unos minutos en la puerta y, tras un último intento al teléfono sin éxito, pidió un taxi que lo llevó al centro de La Laguna, donde vivía su hermana y donde él había dormido una sola noche antes de caer enfermo. No tenía llaves, así que llamó al timbre de su portal y esperó impaciente, pero no obtuvo respuesta.
Fue entonces cuando recordó que compartían cuenta en iCloud, así que abrió la aplicación con prisa y se sorprendió cuando vio en el mapa que su hermana estaba en el Teide convertida en un punto azul inmóvil.
—¿Qué quieres decirme, Laura? —dijo en voz alta mientras subía un último tramo por la carretera de montaña escoltado por hierbas pajoneras y tajinastes rojos, que emergían aquí y allá sobre la omnipresente roca volcánica gris rojiza.
Pasó de largo junto al teleférico que ascendía al Teide y, poco después, se fijó sin querer en la cruz que lideraba una pequeña ermita construida junto al centro de visitantes del parque nacional. Estaba cerca y, al ver que durante todo el camino el punto azul en el mapa no se había movido lo más mínimo, en las profundidades de su mente habían empezado a fraguarse distintas ideas que ya habían dado sus primeras dentelladas a su entereza. Tal vez alguien podría haberle robado el teléfono y haberlo tirado por allí. O quizá ella, el día anterior, tras marcharse del hospital, había ido hasta aquel lugar y lo había perdido sin darse cuenta.
Giró una última vez a la derecha y se adentró en una carretera recta que le hizo contener el aliento al sentirse rodeado de una lava negra que ofrecía un paisaje desolado. Estaba cerca, era allí, a media altura de aquel tramo solitario. La colada negra se extendía frente a él como un río petrificado de rocas, tierra y fragmentos del interior de la isla, y Mario se sorprendió al comprobar que podía ver exactamente el cráter desde el que había surgido aquella erupción. De repente, divisó frente a él varios coches que se agolpaban en el camino y que cortaban el paso a pocos metros de donde indicaba el móvil que debía estar Laura.
—Pero ¿qué…? —dijo confuso en voz alta mientras detenía el vehículo detrás de un Peugeot blanco con pegatina de alquiler.
Se bajó para ver qué bloqueaba el camino y, al levantar la vista por encima de los demás coches, sintió aquel golpe interior en su corazón al identificar tres unidades de la Guardia Civil en el epicentro de aquel atasco.
—¡Laura! —exclamó preocupado.
Corrió abriéndose paso entre los automóviles y los turistas que también se habían bajado para ver qué estaba ocurriendo y por qué no podían avanzar, hasta que se encontró de bruces con la cinta de un cordón policial que circundaba el perímetro de los tres vehículos policiales. A un lado, parado junto al borde del casi inexistente arcén, destacaba el coche de su hermana, un Toyota gris, con la puerta abierta y sin rastro de ella en su interior.
—¡Laura! —chilló Mario con rabia colándose por debajo de la cinta en dirección al vehículo.
—¡Oiga, no puede pasar! —le ordenó una guardia civil de melena castaña que le cortó el paso.
—¡Es el coche de mi hermana! —gritó—. ¿Dónde está? ¿Le ha pasado algo?
—¡Quédese ahí! —le gritó la mujer justo en el momento en que otros dos agentes se acercaban y hacían aspavientos con las manos para que no pasara.
Pero Mario sintió aquel ímpetu imposible de contener, corrió hacia ella con desesperación y trató de rodearla. La mujer lo agarró como pudo, pero él tiró de ella con un grito de angustia. La cicatriz de la pierna le lanzó una punzada de dolor, como si lo avisara de que no diese un paso más, justo en el instante en que otro agente le daba alcance y también trataba de inmovilizarlo, pero fue insuficiente.
—¡Mi hermana! —chilló Mario al tiempo que se revolvía sobre sí mismo y conseguía zafarse de la mujer, que cayó al suelo con impotencia.
El otro agente tiraba de él desde atrás mientras él forcejeaba con rabia hasta ascender el desnivel entre la carretera y la lava fría, y fue entonces cuando lo vio: a pocos metros de la carretera, sobre las rocas y en una posición imposible, descansaba el cuerpo semidesnudo de su hermana, que miraba al cielo con expresión inerte.
—¡No! —aulló Mario colérico—. ¡Laura!
Hospital 12 de Octubre, Madrid
10 de junio de 2019
Cuatro meses antes
Mario Ardoz
Lo más cruel del dolor
es que te obliga a recordar su origen.
Todos hemos estado allí. En esa oscuridad, en ese instante en que el universo nos pregunta si estamos aprovechando el viaje con un golpe inesperado. Y, en mi caso, había recibido ya tantos que lo sentí como el final de un trayecto demasiado breve. Me encontraba en aquella consulta en Madrid, con mi hermana Laura sosteniéndome la mano, mientras la doctora estaba preparada para soltar su disparo mortal.
—Es cáncer —dijo con voz distante.
Pronunció la frase que nadie está preparado para escuchar.
—¿Qué? —le pregunté sin ser capaz de ordenar en mi mente las seis letras devastadoras que había pronunciado.
—Tienes cáncer, Mario —repitió en un tono inerte—. Osteosarcoma de Ewing. Un tipo de tumor que suele afectar al tejido óseo. —Percibí cómo su voz se alejaba y las últimas palabras que oí las sentí como un susurro en la distancia—: Está creciendo con rapidez sobre el fémur de tu pierna izquierda y hay que intervenir lo antes posible.
Cáncer en los huesos.
Mi cuerpo me devoraba desde dentro.
Noté los dedos de Laura apretarse con fuerza entre los míos cuando la doctora pronunció aquella frase. Yo tenía las manos frías; las suyas estaban ardiendo. Ella siempre había sido fuego y yo, en cambio, había vivido congelado desde que tenía memoria. ¿Cómo encajaría ella el golpe? ¿Estaba preparada para perder a alguien más? Siempre pensé que la vida nos debía algo por todo lo que nos había quitado a lo largo de los años y, sin embargo, parecía que no había tenido suficiente. La desgracia siempre quiere más.
La doctora gesticulaba delante de mí mientras continuaba su exposición:
—¿Ves esto de aquí? —dijo señalando una radiografía de mi pierna—. Hay que actuar antes de que crezca más.
En ese momento agaché la vista y, de pronto, recordé a mi hermana de niña jugando en casa a una guerra de almohadas. Luego viajé al día en que, con ocho años, tras volver de un día en la sierra, montamos aquella tienda de campaña con sábanas en el salón y nos hicimos una promesa bajo la luz de una linterna: «Siempre juntos, para siempre». La vi reír delante de mí con su nariz de siete años cubierta de nata y también, años más tarde, con dieciocho, maquillada con brillantes en su rostro, de fiesta mientras bailaba frente a una hoguera en aquel San Juan al que fuimos de viaje a Barcelona. Éramos mellizos y todos nuestros recuerdos los habíamos construido unidos. Noté su tristeza en mi cuerpo. Sentí que ella percibía la mía.
Desvié la vista para buscar en los ojos de Laura un refugio en el que esconderme, pero me encontré con sus lágrimas.
—Tiene que ser un error —dijo ella con la voz ajada—. No puede ser cáncer. ¿Con solo veinticinco años? ¿Está segura?
—La biopsia es clara —respondió la doctora—. Células azules redondeadas en la formación ósea que crece en la parte baja del fémur. También dio positivo el estudio inmunohistoquímico para el CD99. Es Ewing, no hay duda. Es agresivo y puede descontrolarse muy rápido. Deberíamos comenzar el tratamiento cuanto antes. Lo más urgente es programar una tomografía para comprobar que no hay metástasis y que no se ha extendido a otras partes del cuerpo. ¿Te has notado algo de tos?
Oí todo aquello desde lejos, con mi cuerpo presente en la consulta, pero en realidad perdido en mis recuerdos. ¿Acaso era este el viaje al pasado al que se referían todos los que miraban a la muerte a los ojos?
Veía reír a Laura frente a mí, de niña, agarrados de las manos, los dos girando sobre nosotros mismos, ajenos a lo que la vida nos depararía. Vi su silueta infantil en la penumbra de la noche bajo el marco de la puerta e incluso oí su débil voz convertida en un susurro: «Mario, he tenido una pesadilla. ¿Podemos dormir juntos?». Crecimos haciéndonos compañía en el vientre de nuestra madre y, según ella, incluso en el ecógrafo siempre estábamos espalda con espalda, solo separados por un fino velo. Lo que a Laura le preocupaba se convertía en mi propia preocupación. Cada latido de su corazón resonaba también en mi pecho. Lo que a ella le dolía me arrasaba por dentro.
—Mario. —Oí a lo lejos—. Mario —me rescató de pronto la oncóloga sacándome de mis recuerdos—. ¿Me oyes? ¿Alguna molestia al respirar? ¿Tos?
—Eh…, no —exhalé casi sin aliento.
—Este tipo de cáncer suele viajar con facilidad a los pulmones y… una vez allí la cosa se complica. Hay que ser rápidos.
—¿Y cuál es el tratamiento? —la interrogó Laura con la fuerza que yo no lograba reunir.
Reconocí en su voz la misma rabia de aquella noche fatídica, cuando teníamos veintiún años.
—Primero una cirugía para eliminar el tumor antes de que afecte más al hueso. Quizá haya que reforzarlo, puesto que… —hizo una pausa y señaló la imagen de una de mis radiografías que decoraban el negatoscopio— habrá que eliminar la parte de tu hueso afectado y eso comprometerá su resistencia. Eres joven y queremos que puedas seguir andando —añadió dirigiéndose a mí.
—Bien. Una operación y fuera —exclamó mi hermana con una sonrisa forzada para animarme.
La doctora nos miró con los labios apretados, como si recobrase una empatía que no había sentido en ella hasta ese mismo instante. Parecía saber el terror que transmitía aquella palabra que estaba a punto de pronunciar a quienes estábamos a este lado de la mesa, y algo en su tono de voz dio forma a mi temor.
—Y quimioterapia. Si nos damos prisa, en tres o cuatro meses puede que ya hayamos terminado el tratamiento completo. Operación, rehabilitación y quimioterapia —dijo.
Era extraño sentirse el protagonista de algo que parecía que siempre les ocurría a los demás. Nadie en mi familia había padecido cáncer de ningún tipo y siempre había contemplado las estadísticas como si yo fuese a formar parte del lado que lo vivía de lejos, siendo testigo de la tragedia de otra persona. Lo que nunca aprendí a tiempo, ni con la más dura de las lecciones, es que uno saltaba de un bando a otro en un momento fulminante como aquel, con un médico delante que pronunciaba una noticia implacable.
Laura clavó sus ojos vidriosos en mí y yo la miré y noté su dolor con la sensación de estar cayendo en una negrura que pronto lo inundaría todo.
Madrid
Diecisiete años antes
Hermanos Ardoz
Abre los ojos
y verás toda esa oscuridad.
—Tres, dos, uno… ¡Tinieblas! —gritó Mario al tiempo que se giraba con rapidez y contemplaba la oscuridad absoluta de la habitación que compartía con su hermana.
Habían bajado las persianas, cerrado la puerta y apagado una lámpara de lava que descansaba sobre el escritorio, y habían convertido el dormitorio en una cueva en la que Mario era incapaz de ver el dorso de sus propias manos extendidas frente a él. Oía su propia respiración, notaba en la piel con demasiada nitidez cada uno de los movimientos que llevaba a cabo y, al mirar abajo, lo alivió comprobar que el fino hilo de luz que se colaba por debajo de la puerta iluminaba tenuemente sus talones descalzos.
—Sé dónde estás, Laura —dijo el pequeño mientras daba un paso al frente y movía las manos como si fuesen antenas en busca de señales—. Te voy a encontrar. Esta vez ganaré yo —presumió en dirección al negror que lo rodeaba.
El niño, con sus ocho años, dio varios pasos al frente hasta que las rodillas golpearon algo blando y él se agachó con rapidez.
—¡Te tengo! —gritó con un tono triunfal al tiempo que palpaba con las manos y se daba cuenta de que no era más que un cojín apoyado sobre la cama.
Se puso en pie, ajustó el rumbo y volvió a extender las manos delante, cuando de repente escuchó un ligero crujido procedente de la esquina derecha de la habitación, donde estaba el armario. Se giró hacia allí y dio unos pasos cautelosos intentando no tropezar con nada.
—Ya sé dónde estás —dijo Mario desde el centro de la habitación mientras avanzaba.
Pisó un peluche que su hermana había tirado al suelo como si fuese una trampa, y él se rio al inundarle la sensación de que estaba cerca de encontrarla. De pronto oyó la risa de Laura, suave, casi convertida en un suspiro, seguida de unos pasos rápidos que parecieron rodearlo por todas partes y que se alejaron de nuevo hacia otro lugar que no fue capaz de identificar.
—¡Eh! No vale moverse —protestó.
—Tienes que encontrarme —susurró ella. Su voz parecía provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo—. Es la única regla del juego.
Mario contuvo el aliento un segundo intentando controlar la frustración. Por más que se esforzase, siempre parecía ir un paso por detrás de su hermana. Apretó la mandíbula y trató de pensar hacia dónde se había movido. Quizá se había sentado sobre la cama o escondido debajo del escritorio. Aunque vivían en un piso de dos plantas en la zona norte de Madrid, con una habitación libre para cada uno, seguían durmiendo juntos desde que Laura tuvo una pesadilla en la que se quedaba atrapada entre las llamas.
Mario se acercó hacia donde intuía que estaba el escritorio y, tras apoyarse encima, extendió la pierna bajo él con la esperanza de toparse con su hermana, pero solo consiguió golpear una pequeña papelera donde se amontonaban bolas de papel con dibujos de estrellas.
—Sigue buscando, Mario —susurró ella desde algún lugar a su espalda—. ¿Acaso no puedes encontrarme?
El pequeño se dio la vuelta con rapidez y sintió en la piel una suave brisa con el olor de su hermana. Sin embargo, tras andar en dirección al haz de luz de la puerta, se tropezó con un zapato y cayó de bruces en la oscuridad.
—¡Ah! —chilló al sentir el impacto de la rodilla izquierda contra el suelo—. ¡Me duele!
De repente, sin apenas percibir desde dónde se había aproximado, sintió cómo las manos cálidas de Laura le agarraron el rostro.
—¿Estás bien, Mario? —susurró la pequeña sin que su hermano pudiese verla—. ¿Dónde te has golpeado?
—En la rodilla —gimió él, agazapado en el suelo—. ¡Enciende la luz, Laura! —gritó—. ¡Tengo miedo!
—Tranquilo, Mario, estoy aquí, junto a ti.
—Me rindo —dijo él—. No quiero jugar nunca más. Es imposible encontrarte.
—Mario…, no te rindas ahora —respondió en voz baja—. Seguro que puedes conseguirlo.
—Pero es que… —trató de buscar una excusa para convencerla—, es que parece que tú puedes verme. Yo solo veo oscuridad.
—Yo no te veo, Mario. Todo está demasiado oscuro. Yo te siento.
—¿Qué?
Laura siempre había tenido una sensibilidad especial y, desde niña, ya se notaba una intuición única para moverse por el mundo con una mirada distinta.
—No trates de verme con tus ojos. Búscame con el sonido de mi respiración, con el olor de mi cuerpo. Siente el aire cuando me muevo. Nota el calor del suelo que estoy pisando. El secreto está en… —intentó encontrar las palabras adecuadas para desvelarle a su hermano el secreto de aquel juego— descubrir dónde he estado para saber dónde podría esconderme. —Entonces separó sus dedos del rostro de su hermano y lo dejó confundido en el suelo, con la certeza de que Laura siempre sería inalcanzable—. Búscame, Mario —sentenció.
La Orotava, isla de Tenerife
Sábado, 19 de octubre de 2019
Candela Oramas
Amar consiste en entregarle a alguien
el poder de destruirte con una verdad
o salvarte con una mentira.
Candela no lograba encontrar una postura cómoda entre las sábanas. La luz se colaba por las rendijas de la persiana y pintaba en su torso desnudo motas blancas que brillaban en la penumbra.
Extendió el brazo derecho hacia ese lado de la cama y, sin pretenderlo, la mano avanzó sin impedimento bajo la almohada. De pronto, abrió los ojos de golpe, confusa, y se incorporó de un salto con el ceño fruncido. Tenía la melena castaña enmarañada sobre los hombros y, al oír unos pasos fuera de la habitación, se puso en pie y buscó la ropa con prisa.
—¿Dani? —llamó alzando la voz mientras se vestía con una camiseta vieja con el logo de Pepsi que usaba de pijama.
Abrió la puerta y salió del dormitorio para chocarse de bruces con la claridad del día, que le golpeó el rostro como los focos de un interrogatorio. Comprobó que en el salón no había nadie, salvo los restos de la noche: dos copas de vino a medio terminar sobre la mesita baja delante del sofá, una botella de tinto vacía sin corcho, el sujetador beige tirado sobre los cojines. Se acercó a recogerlo con paso lento, reconstruyendo en su cabeza el recuerdo de la velada, cuando de pronto oyó una puerta cerrarse en la cocina y el tintineo metálico de una cucharilla al caer en el fregadero. Se dio la vuelta y caminó decidida hacia allí, pero se detuvo bajo el marco al ver dentro a un hombre de unos treinta y tantos que se abotonaba una camisa con rapidez.
—¿Te vas? —lo interrogó con la voz dormida y contrariada—. ¿No decías que hoy no trabajabas?
El hombre levantó la vista hacia ella y la miró a los ojos con el rostro serio. Parecía preocupado por verla allí.
—Me ha salido una cosa y me tengo que ir —dijo tras dar un último sorbo rápido al café y dejar la taza dentro de la pila.
—¿Qué cosa? —le preguntó, confusa, frunciendo ligeramente el ceño—. Quiero decir, el día siguiente que nos damos otra oportunidad, ¿te vas? Pensaba que pasaríamos el día juntos y comeríamos en un guachinche. En El Cordero, ese era el plan, ¿no? Allí, entre las plataneras, como cuando empezamos.
—No puedo, Candela —admitió él con frialdad.
Pasó a su lado con movimientos esquivos para ir hacia el salón. Ella se volvió rápidamente, extrañada, y lo siguió unos pasos observándolo con atención mientras él buscaba algo en esa habitación.
—Yo ayer ya avisé a mis jefes de que hoy no podría ir. Lo hice por ti —insistió ella, entre la decepción y el desconcierto—. Por nosotros. Y créeme que cuando falta uno en nuestro trabajo se tambalea todo. Somos pocos y cada ausencia es un dolor. ¿A qué estás jugando? ¿Qué ocurre, Dani?
Él se agachó, recogió su móvil de entre los cojines del sofá y lo observó unos momentos con tal de no dirigir la mirada hacia Candela.
—¿Qué pasa? ¿He hecho algo mal? —volvió a preguntar ella acercándose a él, inquieta.
Dani bajó la vista y pareció batallar consigo mismo, hasta que emitió un largo suspiro.
—Llevo toda la noche sin dormir, Candela —confesó al fin mientras movía la cabeza de arriba abajo, como si tratara de armarse de valor.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —inquirió sin comprender nada.
—Nada. No ha pasado nada.
—¿Entonces? No entiendo —añadió ella, aún más desconcertada.
—Que no siento nada por ti —sentenció él en una frase que resonó por toda la estancia—. Lo que teníamos está muerto. No puedo, ¿vale? Lo he intentado, pero no me sale.
—¿Cómo dices? —exhaló en voz baja.
—Me siento un idiota —se dijo Daniel a sí mismo—. No sé para qué vine ni para qué nos acostamos ni para qué me quedé. Esto no funciona. Ya no. Queremos aparentar que sí, pero lo de anoche no fue más que un teatro. Dos adultos que ya no se quieren jugando a que se desean. Pero tú y yo sabemos que no es así. Nos hemos hecho mucho daño, Candela. Los dos. Y esto es como tratar de reconstruir un castillo de naipes hecho con cartas mojadas.
Ella recibió aquella frase como un golpe en el estómago que la dejó sin aire. Un teléfono comenzó a sonar en algún lugar del salón, pero Candela lo ignoró. Tenía la mirada fija en Dani, y su corazón retumbaba con fuerza como solo lo hace por una decepción.
—¿Y qué hay de lo que nos prometimos anoche? Todo eso de que lo intentaríamos por encima de cualquier cosa. ¿Cuánto lo has intentado? ¿Unas horas?
—Fue un error —dijo él—. No creo que esto funcione. Me he dado cuenta de que no tengo fuerzas para intentarlo de nuevo.
—Me esforzaré yo —replicó ella a la desesperada, pero su voz reverberó en la estancia justo cuando el móvil dejaba de sonar.
Al oírse a sí misma con claridad, no se reconoció. Siempre había pensado que era imposible formar una pareja con solo uno de los dos arrimando el hombro. Recordó a sus padres, que habían pasado toda la vida juntos y aún se querían, se protegían y ahora compaginaban la vejez viviendo tranquilos en La Palma con el cuidado de un pequeño terreno lleno de plataneras. En ese momento le vino como una ráfaga aquella frase que su madre le dijo en una ocasión, que el amor, cuando lo es de verdad, funciona, por muchos desafíos que se le pongan por delante. Ambos se miraron en silencio sin saber muy bien qué más decirse.
—No eres como antes, Candela —confesó él—. No eres la misma. Te miro y no te veo. Tus ojos no miran como antes. Es como si no estuvieses dentro de ellos. Anoche, mientras tú dormías, no dejé de pensar en que el tiempo pasa y que aún somos jóvenes. Y en toda la vida que hay ahí fuera. Todavía tenemos la oportunidad de encontrar ese brillo en los ojos de alguien. Los tuyos están apagados —sentenció con frialdad.
—Fui yo quien perdió al bebé —respondió en un sollozo apretando la mandíbula para tratar de contener el dolor de volver a vivir aquel momento.
—Lo perdimos los dos —protestó él en un jadeo—. Yo también lo pasé mal.
—Pero fui yo quien tuvo que parirlo muerto —aseveró dejando escapar al mismo tiempo las lágrimas y la rabia.
Daniel cerró los ojos un instante y emitió un largo suspiro de resignación.
—La vida sigue, Candela. Ese bebé no va a volver. Y me he dado cuenta de que lo de anoche no debió pasar. Fue un error. No quiero volver a toda esa oscuridad.
—Vete —susurró ella.
Daniel la contempló en silencio sin moverse del sitio.
—Lo siento, Candela —dijo tras unos instantes.
—¡Que te vayas! —gritó ella de pronto agarrando un cojín del salón y tirándoselo al pecho.
Él recibió el golpe sin inmutarse. Luego, sin decirle nada más, pasó por su lado sin tocarla y se marchó dejando tras de sí el eco de la puerta al cerrarse y el ritmo triste del corazón de Candela.
El sonido del móvil emergió de nuevo rompiendo el silencio que reinaba en el salón, y, tras varios tonos, Candela se acercó al hueco entre la mesilla y el sofá y lo recogió del suelo. Leyó el nombre de Álex Quintana en la pantalla, aún con el rostro cubierto de lágrimas, y respondió con la mejor voz que logró reconstruir.
—Dime —soltó al teléfono ocultando su voz rota.
—Perdona que te llame, Candela —dijo una voz joven al otro lado de la línea—. Sé que hoy no ibas a venir, pero el capitán me ha pedido que te localice. Han llamado del SEPRONA. Ha pasado algo arriba.
—¿Dónde?
—En la colada de las Narices del Teide. Un homicidio. ¿Quieres que te recoja y vayamos directos?
—Vale. Me visto y bajo. ¿Diez minutos?
—Si necesitas más, no pasa nada, ya hay unidades allí.
—Diez minutos —dijo antes de colgar.
Candela se dirigió a su armario y se vistió con unos vaqueros negros y una camiseta de manga larga del mismo color. Luego abrió la segunda puerta y descolgó un chaleco verde con letras amarillas en la espalda donde podía leerse guardia civil. policía judicial. Recogió con prisa las copas de vino y las dejó en la cocina. Después fue al baño y se miró en el espejo un segundo durante el que contempló su rostro cansado y lleno de decepción. Se lavó la cara, los dientes y se cepilló el pelo mientras repasaba la conversación con Daniel. A continuación se peinó con una cola alta que formaba ya parte de su uniforme de trabajo y, tras echar un último vistazo a la casa y recoger sus cosas, salió del apartamento con la firme decisión de que no se le notase que su interior estaba en ruinas.
Vivía en La Orotava, en una tercera planta de un edificio amarillo junto al aparcamiento de San Agustín, detrás de la iglesia, y cuando salió a la calle vio el coche patrulla parado en la acera de enfrente, pero vacío, sin rastro de su compañero.
—Te he pillado un zumo en Casa Verde —dijo de pronto Álex Quintana apareciendo a su lado con un vaso. Vestía unos pantalones vaqueros azules y una camiseta blanca de manga corta bajo su chaleco oficial—. Supongo que no has desayunado. Es de naranja y zanahoria.
Candela lo saludó con media sonrisa y cogió el vaso.
—Gracias, Álex —dijo con mejor voz que por teléfono—. ¿Vamos? —añadió pisando la calzada en dirección al coche.
—Sí, claro —replicó él mientras la seguía y se montaba en el asiento del conductor.
Quintana condujo cuesta arriba, bordeando el aparcamiento, para luego descender por una calle junto a un mural pintado con varias figuras tipo Playmobil vestidas de bombero, personal de emergencias y policías. Entre ellas había una mujer guardia civil y Quintana decidió romper el silencio al fijarse fugazmente en la figura femenina del mural.
—Yo creo que se inspiraron en ti para ese playmobil, sargento.
Ella agachó la cabeza y dio un sorbo al zumo.
—No soy yo —replicó ella, seca—. No lleva el pelo recogido.
—Buen ojo. —Sonrió Quintana al tiempo que giraba el volante y comenzaba el ascenso por la carretera TF-21 hacia el Teide desde su cara norte.
Abandonaron La Orotava en silencio, dejando a su espalda el Atlántico, y, tras un giro pronunciado a la izquierda, Candela lo rompió para tratar de olvidar la discusión con Daniel:
—¿Qué te han contado? —preguntó con tono formal.
—Poco. Había un coche abandonado en la carretera, en la zona del Mirador de las Narices del Teide, entorpeciendo el tráfico. Una familia de turistas de Málaga se bajó para comprobar si el conductor necesitaba ayuda y, al no ver a nadie al volante, caminaron por los alrededores y encontraron el cuerpo. Llamaron al 112 y se nos activó.
—No me lo digas: ¿un hombre extranjero?
—Una mujer joven —dijo él apartando la vista de la carretera, con gesto preocupado—. De veintitantos, según el primer aviso.
—Joder —exhaló ella—. ¿Sabes si hay indicios de violencia?
—Aún ni idea. Criminalística va para allá también, pero no pinta bien.
—No, no pinta bien —respondió ella—. A ver qué nos encontramos. ¿Sabes qué juez está de guardia hoy?
—Anita —dijo Álex con una mueca de disgusto en los labios.
Candela contuvo el aliento unos instantes. Aquello le pareció una jugarreta del destino.
—¿En serio? ¿No había otra persona?
—Qué te voy a contar. Sabía que no te iba a hacer gracia.
Candela sintió cómo se le formaba un nudo incómodo en la garganta y dio un sorbo al zumo para tratar de disiparlo, en vano. Negó con la cabeza, en silencio, y volvió a pensar en Daniel. Repasó la discusión en su cabeza y lamentó internamente no haberle mencionado aquel tema.
Condujeron sin decir palabra durante un rato, serpenteando por la carretera de montaña detrás del paso lento de un autobús lleno de turistas hasta que se desvió hacia el aparcamiento del teleférico del Teide y les dejó vía libre. Pasaron el Mirador de La Ruleta y, cuando giraron a la derecha y avanzaron un poco más, se encontraron de bruces con el atasco de coches que cortaba el camino a la altura de la colada de lavas negras. Encendieron las luces y adelantaron a los vehículos por el carril contrario hasta que llegaron al centro del bloqueo, donde ya había un coche del SEPRONA y otro de Tráfico escoltando a un Toyota gris parado junto a la barrera de protección de madera. Tenía la puerta del conductor abierta y el morro apuntando hacia el borde de la calzada. Al fondo, una ambulancia cerraba el grupo de coches con las luces destellando en silencio.
—Monta un cordón —dijo Candela al bajarse del coche con prisa—. Que nadie toque el vehículo ni se acerque.
—A sus órdenes, mi sargento —replicó Quintana, que volvió al coche apresuradamente para buscar la cinta.
Candela vio a un paramédico de pie a lo lejos, sobre las rocas de lava fría, a varios metros de la carretera. Una agente uniformada se había colocado en la mediana del camino e iba dejando pasar por el carril despejado a los coches de ambos lados por turnos. Identificó, tras la segunda patrulla y frente a un SUV rojo, a un guardia civil que hablaba con un hombre que tenía rostro de preocupación. Otro agente se acercó a ella con paso rápido y cara de alivio.
—Buenos días, soy la sargento Oramas, de la Policía Judicial —se presentó con formalidad—. Unidad de Homicidios.
—Buenos días, mi sargento. Cabo primero Cortés, del SEPRONA. Fuimos los primeros en llegar. Mi compañero, el cabo Chaparro, está arriba con el cuerpo.
—¿Hace cuánto se recibió el aviso?
—Un par de horas. Sobre las diez. Estábamos cerca.
Candela avanzó hacia el Toyota y se detuvo a su lado observando su puerta abierta con atención.
—¿Alguien ha tocado algo?
—Los sanitarios, para confirmar la muerte. Nadie ha movido nada.
Ella asintió al tiempo que se agachaba y veía el interior limpio, sin manchas de sangre.
—¿Fueron ellos quienes llamaron? —inquirió Candela incorporándose y señalando al hombre junto al coche rojo.
—Sí. El señor está algo tenso. Quiere continuar sus vacaciones y no estar aquí, esperando en el coche, mientras decidimos qué hacer. Su familia está dentro del vehículo: su mujer con tres niñitos pequeños. Quizá habría que pedirles que nos acompañen a comisaría para…
—¿Le habéis tomado declaración? —interrumpió Candela.
—Sí, claro. Dice que vio el coche parado y se asomó. Creyó que era alguien que necesitaba ayuda. Subió a la lava y se encontró con el cuerpo. Poco más. No ha dejado que su familia salga del coche desde entonces. No vieron a nadie por aquí antes de toparse con el cuerpo.
Candela apretó los labios mientras debatía internamente cómo proceder.
—Dejen que se vayan —dijo—. Pídanles los datos de contacto en la isla y díganles que los llamaremos si necesitamos alguna aclaración. No los castiguemos más.
—De acuerdo.
—¿Qué dicen los sanitarios?
—Han confirmado la muerte y poco más —respondió el cabo Cortés—. Están a la espera del juez y del forense para el levantamiento del cadáver.
Candela asintió, seria. Luego rodeó el Toyota y miró con atención la barrera de protección de madera en busca de algún indicio. La saltó, sin apoyar los pies sobre ella, y ascendió las rocas con dificultad, pisando con cuidado. Era difícil andar sobre los restos de lava fracturada de la superficie y, al llegar arriba y salvar el desnivel con la carretera, se encontró de frente con el paramédico, que ya se alejaba del lugar donde estaba el cuerpo y se tambaleaba dando pasos torpes en su dirección. El sol irradiaba con fuerza y el hombre la miró con los ojos entrecerrados hasta que se puso la mano en la frente para darse sombra.
—Tenga cuidado al caminar por aquí, agente —le dijo el sanitario mientras se acercaba a ella dejando atrás el cuerpo. Era un hombre de unos treinta y tantos, moreno, con ropa de urgencias y guantes en las manos—. No me gustaría tener que atender una fractura.
—¿La han movido? —dijo ella sin detenerse.
—Ni un centímetro. Cuando llegamos ya llevaba varias horas muerta. Está tal y como la encontramos. Es una pena, la verdad. Puede que la estrangulasen, pero no se ven marcas evidentes.
Candela volvió a mirar hacia el cuerpo, aún lejos de ella, y se acercó sintiendo que un nudo se le formaba en la garganta y le impedía tragar. Allí también estaba el cabo Chaparro, de pie a unos metros del cadáver, sin poder apartar la vista de él. El color claro del torso semidesnudo destacaba sobre la lava negra petrificada de la colada de 1798 como si fuese una paloma blanca entre las ruinas de la guerra. La sargento se aproximó conteniendo el aire y fue entonces cuando vio algunos detalles del cuerpo de la mujer que llamaron su atención a primera vista. Llevaba un vestido negro de pequeñas flores blancas estampadas con el escote rasgado, lo que dejaba a la luz el sujetador y parte del torso descubierto, que estaba salpicado de pequeños arañazos rojizos. Tenía un colgante, un diminuto crucifijo color plata. Los brazos caían por encima de su cabeza, con el codo derecho encajado entre dos rocas, y miraba al cielo, con los ojos y la boca abiertos, como si fuese un simple maniquí tirado al final de temporada. Vestía unas Converse negras de caña alta. Del tobillo sobresalía un pequeño tatuaje de una constelación. Tenía el cuello largo de color rosado y los labios tendían ya a un azul glaciar.
—Joder —exhaló Candela.
Buscó a su compañero Quintana con la mirada y vio que estaba atando el último tramo del cordón a una de las patrullas y se dirigía hacia donde ella se encontraba. Entonces oyó un grito a lo lejos y vio a un chico con capucha que corría entre los coches.
—¡Laura! —chilló el chico mientras avanzaba hacia el cordón.
—Mierda. —Caminó con prisa hacia la carretera y bajó desde la lava con un salto.
—¡Laura! —aulló de nuevo el chico con rabia colándose por debajo de la cinta en dirección al vehículo.
Candela le cortó el paso con las manos en alto y reconoció en él las facciones de la chica.
—¡Oiga, no puede pasar! —le ordenó.
—¡Es el coche de mi hermana! —gritó él—. ¿Dónde está? ¿Le ha pasado algo?
—¡Quédese ahí! —le gritó Candela a unos metros de distancia, justo en el momento en que otros dos agentes se acercaban y le hacían aspavientos con las manos.
Pero el chico corrió con agilidad hacia el lugar por donde venía Candela y ella se puso delante con la intención de cortarle el paso, en vano. Candela lo agarró como pudo y el joven tiró de ella con fuerza hasta que llegó Quintana a su lado y trató de detenerlo. Lo agarró con vigor, pero era incontrolable, como una colada ardiente que arrasaba todo a su paso sin remedio.
—¡Mi hermana! —chilló.
Lleno de cólera y con un giro fuerte de su cuerpo, el joven consiguió zafarse de Candela y subir desesperado hacia la lava, con el cabo Quintana tirando de él, incapaz de contenerlo. Candela se tropezó hacia atrás y se cayó de espaldas al suelo. Desde allí lo vio llegar arriba con desesperación, y fue entonces cuando escuchó aquel grito desgarrador que resonó en las profundidades de su pecho.
—¡No! ¡Laura!