1

Una serpiente en las narices
Zoey
Menos mal que mi prima estaba a un estado de distancia y el asesinato era ilegal.
—Inez —dije, con la poca paciencia que me quedaba—. Necesito que reduzcas el nivel de histeria unos ocho puntos. No puedo ayudarte si sigues gritando incoherencias.
—¿Por qué te oigo como si estuvieras en una cueva? —me preguntó Inez, olvidándose por un instante del drama que le había hecho llamarme, presa del pánico—¡Ay, la leche, Zoey! ¿De verdad estás atrapada en una cueva?
Habría puesto los ojos en blanco, pero teniendo en cuenta que estaba tumbada sobre la tripa explorando los bajos de la cama, el esfuerzo habría sido un desperdicio.
—Sí, Inez —repliqué inexpresivamente—. Estoy atrapada en una cueva, pero soy tan maja que no he querido molestarte contándote que mi vida corre peligro, cuando me has llamado.
—¡No jodas! —El chillido de la ingenua de mi prima a través del altavoz estuvo a punto de hacerme sangrar los oídos—. Vale, envíame la ubicación y te mando a la Policía Montada, o a quien sea que se meta en las cuevas para rescatar a la gente.
—Por el amor de Dios. No estoy haciendo espeleología. Estoy debajo de la cama buscando una bota. Olvídate de la Policía Montada que, por cierto, es canadiense. Yo estoy en Pennsylvania. —Seguí inspeccionando el oscuro abismo que había bajo la cama gigante del hotel con la linterna del móvil.
Así que era allí donde habían ido a parar mis calcetines largos de felpa.
—¿Seguro que no estás perdida en una cueva, a punto de ser devorada por los murciélagos?
—Segurísimo. —¡Anda! Ahí estaba la bota Stuart Weitzman que me faltaba, encajada entre la mesilla rústica y la pata de la cama. Acabé con un tirón en el cuello y un golpe en la cabeza, pero tras mucho esfuerzo conseguí liberarla.
—Vale. Entonces volvemos a lo mío. ¿Dónde voy a viviiir?
Los Moody éramos muy dramáticos.
—Tengo una idea —dije al tiempo que salía reptando de debajo de la cama—. ¿Por qué no sigues en mi apartamento? Me refiero a ese tercero sin ascensor de un dormitorio que tengo el detalle de alquilarte mientras vivo temporalmente en este pueblecito de película de Hallmark. ¿Es que ya te has cansado de lo del catering y las modelos?
Inez se había mudado a Manhattan con intención de montar una empresa de catering con camareras en topless. Bueno, según ella, una empresa de catering con camareras en topless pero con un toque artístico. La última noticia que tenía era que había decidido servir solo aperitivos fríos, tras un desafortunado incidente con una sopa de tomate caliente.
Jadeando y masajeándome el cuello dolorido, me tiré en el colchón mientras observaba el caos en el que se había convertido mi habitación de hotel. Montones de ropa limpia y sucia se peleaban por un trozo de suelo. Mis «cosas del trabajo», es decir, el ordenador portátil y varias miniexplosiones de papeles, estaban desparramadas por la cama y llenaban la diminuta mesa para dos personas situada bajo el gran ventanal con vistas al lago. El minúsculo armario había sido víctima de un apocalipsis textil y las puertas ya no cerraban.
Vivir y trabajar en una habitación de hotel no era tan glamuroso como creía, a la larga. Y aunque me hacían un descuento más que generoso, seguía resultando carísimo. Algo de lo que acababa de darme cuenta de la peor forma posible.
Ese mes había tardado unas semanas más de lo habitual en comprobar cómo andaba de dinero y acababa de descubrir que me había quedado sin ahorros.
Tendría que tomar medidas drásticas para sobrevivir, hasta que recibiera la comisión que, como agente, me correspondía del anticipo del libro que mi única clienta iba a publicar… dentro de siete semanas.
—Ese es el problema, Zoey. Que ya no tienes apartamento —se lamentó Inez, mientras yo levantaba una pierna para meter un pie en la bota.
—¿No te habrás zampado uno de esos cupcakes de la risa del repostero del séptimo piso y te habrás jugado mi apartamento en la timba de póquer del edificio? Te advertí que madame Reneski era una timadora. Tiene prohibida la entrada en cuatro casinos de Las Vegas.
—¡Claro que no! Solo me he jugado tu jersey de Chanel.
—Como te refieras al Chanel rojo, te mato en la reunión familiar.
—Zoey, ¿quieres centrarte, por favor? Estoy intentando explicarte que van a dejar de alquilar nuestro apartamento. Quieren venderlo.
Me incorporé de un salto, como el muñeco de pelo rizado de una caja sorpresa.
—¿Qué dices?
—Que van a dejar de alquilar los apartamentos que hay en el edificio. Han dicho que tienes treinta días para comprarlo o marcharte.
—¿Quién lo ha dicho, Inez? —le pregunté.
—No lo sé, Zoey. Los tipos que enviaron los avisos y hablaron en la reunión de la comunidad hace un par de semanas.
Me di una palmada en la frente.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes?
—Creía que lo había hecho. ¿No lo hice?
Como alguien que había tenido que soportar que la tacharan de alocada durante casi toda la vida, la etiqueta de «tonta de remate» acuñada por la industria de las novelas románticas siempre me había parecido un poco excesiva. Hasta entonces.
—No —repliqué—. Me contaste que aquel tío tan peludo que habías conocido en pilates había atascado el desagüe de la ducha y que creíste ver al ganador de RuPaul’s Drag Race comprando perritos calientes en Quick Stop.
—Ah, ya. No. Esto fue mucho antes. A lo mejor se lo conté a otra prima.
—Oye, Inez, luego te llamo. —Colgué antes de sucumbir a la necesidad imperiosa de insultarla. El incordio de alarma del móvil sonó para recordarme que había quedado con Hazel en dos minutos—. Mierda —murmuré, antes de coger una americana medianamente limpia de una de las sillas que había al lado de la ventana y marcar otro número.
—¡Zoey! Qué alegría tener noticias tuyas. ¿Qué ha hecho ahora la pava de tu prima? —Era la señora Newville, una estrella de Broadway, jubilada de ochenta y pico años, reconvertida en crítica gastronómica aficionada que vivía en la puerta de enfrente en Manhattan.
—Olvidarse de contarme que iban a dejar de alquilar los apartamentos del edificio.
Se produjo una pausa tensa.
—Joder.
—¿Cómo es posible? —pregunté, mientras me ponía la manga de la chaqueta.
—El propietario del edificio se ha visto envuelto en una estafa piramidal inmobiliaria y ha acabado en la cárcel. Y la nueva propietaria ha decidido que los alquileres son un engorro y ha optado por vender los apartamentos. Sabes que solo tienes treinta días, ¿no?
—¿Treinta días para decidir si quiero comprar el piso? —pregunté esperanzada, mientras me aplicaba una capa de mi segundo brillo de labios favorito. Había perdido el primero hacía una semana y no se me olvidó de pedir uno nuevo. Lo cual ya no iba a hacer, debido a la catástrofe financiera antes citada.
—Treinta días para comprarlo o largarte —me corrigió la señora Newville.
—Joder —murmuré.
Alguien llamó alegremente a la puerta. Salté por encima de la bandeja de la cena de la noche anterior y la abrí de un tirón.
Hazel, mi mejor amiga y única clienta, estaba allí de pie encantada de la vida, radiante y enamorada. Llevaba la larga melena castaña recogida en una cola de caballo oscilante y el flequillo tupido y desigual le resaltaba las gafas. El perro despeluchado que se encontraba a sus pies me lanzó una mirada de reproche, o eso me pareció. Flechazo era una bola de pelo desgreñado blanco y negro, de tamaño medio, que había formado parte de la gran declaración de amor y propuesta de matrimonio de Campbell Bishop, el futuro marido de Hazel, el verano anterior.
El perro empezó a juguetear con mis botas como si fueran un hueso masticable. Les hice pasar e intenté mantener cierta distancia entre mi valioso calzado y la boca de Flechazo, llena de dientecitos afilados como cuchillas.
No es que no me gustaran los animales. Es que prefería apreciarlos desde una distancia respetuosa. Lejos de sus dientes, garras, pelo y babas.
—Ahora te envío un mensaje con el link —me dijo la señora Newville—. Pero ya te digo que el precio de venta no es moco de pavo.
—Gracias por la advertencia. ¿Usted se va a quedar? —No podía imaginarme ni Nueva York ni ese edificio sin ella.
Ella resopló.
—¿A ese precio? Ni de broma. Me voy a Portugal con un novio nuevo que me he echado. Oye, tengo que dejarte. He quedado con un subdirector financiero y dos monjas para ir al karaoke. ¡Chao, nena!
Aunque viviera hasta los doscientos años, jamás tendría una vida tan interesante como la suya.
—Adiós, señora Newville —dije con tristeza.
Aquello no podía estar pasando; no estaba contemplado en el regreso triunfal que había estado urdiendo desde que me despidieron de manera fulminante el año anterior. Era un revés descomunal.
—¿Cómo está nuestra chica favorita de Broadway? —me preguntó Hazel, soltando a Flechazo mientras yo colgaba.
Aquella monada de diablillo se zambulló inmediatamente en mi ropa sucia con un gemido de éxtasis.
—Se va a vivir a Portugal. País que también podría ser mi próximo destino, dependiendo del coste de la vida. —Abrí el link del mensaje de la señora Newville y me desplacé rápidamente por la página, deseando con todas mis fuerzas poder retroceder en el tiempo para volver a una época más feliz y menos precaria de mi vida. Ni la antigua Zoey, una agente literaria triunfadora y con una cartera de clientes más que rentables, habría podido permitirse comprar el apartamento. Por lo que la Zoey actual, que tenía una sola clienta y vivía de unos ahorros cada vez más escasos, estaba bien jodida…, y no en el buen sentido de la palabra—. ¡Mierda!
—¿Qué pasa? —preguntó Hazel, apartando un montón de cartas de una de las sillas de comedor para sentarse.
—Mi prima…
—¿La del catering con camareras en topless, la hostelera hippy o la bioquímica que cría alpacas? —me preguntó, interrumpiéndome.
—La camarera con cerebro de mosquito a la que subalquilo el piso. Acaba de soltarme que van a vender todos los apartamentos del edificio y que tengo treinta días para comprarlo o pirarme.
Hazel hizo todo lo posible por disimular su alegría, pero no coló ni de lejos.
La señalé acusadoramente con el dedo.
—Para.
—¿Que pare de qué? —me preguntó con sus ojos marrones muy abiertos, haciéndose la inocente.
—Que pares de disfrutarlo.
—No lo estoy disfrutando. Flechazo, ¿lo estoy disfrutando?
El perro levantó la vista del calcetín que estaba mordiendo y ladeó la cabeza, pensativo.
—Tengo unas cuantas opciones —declaré.
—Por supuesto que sí.
—Podría comprar el piso. —Si robaba unos cuantos bancos o descubría que un pariente rico, cuya existencia desconocía, acababa de morir y me había dejado toda su herencia en el testamento. Pero eso probablemente llevaría más de treinta días—. O podría buscarme otro en la ciudad. O mudarme al Village. O a New Jersey. O buscarme algo… para compartir. —Me felicité por no atragantarme al decir aquello.
—Claro —dijo Hazel, organizando en montoncitos mis papeles desordenados.
—No te pongas cómoda. Ya estoy lista para irnos —le advertí.
—¿Seguro? —me preguntó ella con inocencia, mientras echaba un vistazo a algo que yo había estado investigando, antes de imprimirlo y dejarlo sobre la mesa. El rostro arrugado y enfadado del escritor Earl Wiggens, mi gallina de los huevos de oro, me miró fijamente. Era un tocahuevos de primer orden, pero si conseguía que se convirtiera en mi cliente, las penurias económicas se transformarían en alegrías.
Le arrebaté el papel de las manos y lo guardé en mi bolso gigante.
—Segurísimo. ¿Tengo que llevar abrigo?
El comienzo de la primavera en el este de Pennsylvania era bastante caprichoso, por decirlo de forma suave, y me resultaba imposible calcular la temperatura y la velocidad del viento de principios de abril a través de la ventana de la habitación.
Hazel se quedó sentada, mirando fijamente mi bolso.
—Earl Wiggens es un cabrón misógino de la vieja escuela. Una vez me dijo en un cóctel que las novelas románticas eran «tonterías poco realistas» porque las mujeres no podían tener orgasmos múltiples. Nunca ha tenido una mujer como agente porque las considera genéticamente inferiores. Vas a necesitar un abrigo. Y podrías quedarte a vivir aquí.
Le lancé una mirada asesina.
Desde que Hazel se había comprometido oficialmente con Cam, el contratista cascarrabias, estaba empeñada en convencerme de que Story Lake era el lugar perfecto para reconstruir mi imperio de agente literaria.
—Haze, me encanta que te guste vivir en un pueblo pequeño, «donde todo el mundo sabe cómo te llamas». Me alegro por ti y esas cosas. Pero no puedo levantarles a los best sellers del puto The New York Times a esos capullos narcisistas, entre los que están tu exmarido y el resto de mis antiguos compañeros, si vivo a varias horas de distancia, en un pueblucho que eligió como lema: «El que quiera peces, que se moje el culo». Los agentes tienen que vivir en sitios en los que pasan cosas de libros.
Hazel resopló.
—Por favor. El noventa y cinco por ciento de tu trabajo se puede hacer desde casa, hoy en día. La mayoría de los agentes ya ni siquiera van a la oficina. Piensa en cuánto dinero ahorrarías si te vinieras a vivir aquí, aunque solo fuera un año. —Se levantó y me puso las manos sobre los hombros—. Y piensa en todo el espacio que tendrías en el armario.
Ese era el problema de las amigas íntimas. Que conocían a la perfección tus puntos débiles. Como orgullosa y fiel amante de la moda, los armarios grandes formaban parte de la mayoría de mis fantasías. Una de las pocas cosas que Nueva York no podía ofrecerme, dado mi presupuesto.
—Valoraré mis opciones —le prometí.
En efecto, alargar mi estancia en Story Lake era una de ellas. Pero para mí era como aceptar que había fracasado. No estaba hecha para la vida de pueblo. Era una manhattanita inquieta y exitosa… o al menos lo fui. Y volvería a abrirme camino, si era necesario. Solo tenía que sobrevivir durante los próximos meses, hacer que el libro de Hazel llegara a la estratosfera y conseguir como cliente al ligeramente repulsivo Earl Wiggens. Pan comido.
—¿Podemos irnos ya, por favor? —le pregunté—. Tienes que firmar varios ejemplares en rústica que han encargado y hay que planificar lo de las reservas.
—Vale. Pero sabes que no llevas pantalones, ¿verdad?
—¡No me jodas!
Después de solucionar el problemilla de los pantalones con unos shorts de tela ideales y unas medias estampadas, y de arrancar mi sujetador favorito de las fauces de Flechazo, bajamos a la planta principal. El Story Lake Lodge se encontraba en la tranquila y arbolada orilla este del lago. Era un edificio rústico de tres plantas con revestimiento de listones negros de madera y tejados metálicos verdes, con una extensión perpendicular a cada lado en dirección a la orilla rocosa.
Al principio, cuando me instalé allí, había semanas enteras en las que era la única huésped. Pero gracias, en gran medida, al interés de los lectores por el final feliz que Hazel había encontrado en la vida real, llegaban cada vez más turistas amantes de los libros tanto al hotel como al pueblo. Incluso había unos cuantos lectores que, inexplicablemente, decidieron convertir Story Lake en su hogar.
Salimos del ascensor y nos adentramos en el trajín del soleado vestíbulo.
—Uy —dije, esquivando el extremo de un rollo de tul con brillos que Hana, una de las dueñas del hotel y jefa de cocina, llevaba sobre el hombro tatuado.
—¡Perdona, Zo! ¡Estamos preparando la boda! —exclamó, mientras pasaba a nuestro lado moviendo apresuradamente sus largas piernas.
Dos hombres corpulentos corrían tras ella, empujando unos carritos llenos de bandejas con cristalería tintineante.
Billie, la esposa y socia de Hana, nos saludó con el codo desde recepción, donde se encontraba con un teléfono en cada oreja, mientras le hacía señas con la cabeza al repartidor para que fuera hacia el bar del vestíbulo.
Le devolví el saludo y estuve a punto de caerme de culo cuando una mujer con las mejillas sonrosadas y una felicidad desbordante en los ojos se me metió delante. Llevaba una sudadera extragrande que ponía novia n.º 2.
—Madre mía —dijo, con los ojos brillantes—. De verdad eres tú. Es decir, ya sabía que vivías aquí. Por eso mi futura esposa y yo hemos elegido este lugar para casarnos. Vinimos desde Maryland para el Festival de Invierno y el Campeonato de Bingo Definitivo persiguiéndote, básicamente, y acabamos enamorándonos del pueblo, así que reservamos el hotel para nuestra boda, que es este fin de semana. ¡Tienes que venir! ¡Te adoramos!
La Novia n.º 2 le dijo todo aquello de carrerilla por encima de mi cabeza a mi mejor amiga, que era mucho más alta y famosa que yo.
Hice el típico análisis rápido de agente para cerciorarme de que aquella novia tan risueña no representaba ninguna amenaza física para Hazel, antes de coger a regañadientes la correa del perro y quitarme de en medio.
—¿Te vas a casar aquí? ¡Yo también! ¡Enhorabuena! —chilló Hazel.
—Ay, madre, ¿me voy a casar en el mismo sitio que la increíble Hazel Hart?
Aquel tono más agudo hizo que Flechazo emitiera un gemido lastimero. Me apiadé de él y salí por la puerta principal para disfrutar de aquel día de primavera soleado pero frío. El perro empezó a olisquear y husmear por la acera como si tuviera un asunto importante del que ocuparse.
—Ay, Dios. Por favor, no hagas popó. Por favor, no hagas popó. —Elevé mis plegarias a los dioses de la defecación animal hasta que Hazel se reunió con nosotros al cabo de un rato—. Esa sí que era una novia emocionada —comenté, mientras le pasaba la correa con alivio.
—Qué mona, ¿verdad? Que sepas que el día de mi boda voy a estar totalmente insoportable —replicó ella, con aire soñador.
Flechazo dibujó un pequeño círculo sobre el césped y se agachó.
¡Sí, señor! ¡Gracias, dioses del popó! Por fin algo me salía bien ese día.
—No me cabe la menor duda. Me llevaría una decepción si no fuera así. ¿Qué tal lleva Cam la organización del evento?
Hazel sacó una bolsa para recoger las cacas del perro del elegante dispensador que llevaba en la correa.
—Es alucinante lo quisquilloso que está siendo con la comida, las flores y las invitaciones.
—¿Y qué ha dicho del vestido?
Hazel esbozó una sonrisa pícara, a pesar de estar recogiendo caca. El amor hacía que las personas se comportaran de forma muy rara.
—Que tiene que ser fácil de quitar.
Suspiré.
—Si no te quisiera tanto, seguramente te odiaría.
—No me extraña —replicó ella, con suficiencia.
—¿Cómo va el libro?
Hazel puso cara de circunstancias.
—Todavía estoy tanteando a los personajes.
Resumiendo, que estaba dedicando más tiempo a comprar por internet que a escribir.
—Ya sabes que lo único mejor que un best seller para volver a estar en el candelero es…
—Ya, ya: dos best sellers.
—¿Dónde te has quedado atascada?
—No sé. Es que tengo la sensación de que todavía no los conozco bien. Así que aún no sé por qué no pueden estar juntos.
—Pues dile a Cam que se ponga las pilas para inspirarte —le sugerí.
—Uy, eso ya lo ha hecho. Esta misma mañana. En la cocina —dijo Hazel, con la espeluznante sonrisa de satisfacción de una mujer que había tenido un orgasmo sobre la encimera de la cocina.
—Qué antihigiénico es el amor.
Decidimos ir andando hasta la librería. Así Flechazo podría hacer pis en todos los árboles por los que pasáramos. Y yo podría no romperme todas las uñas agarrándome a la manilla de la puerta mientras Hazel conducía el medio kilómetro que nos separaba de nuestro destino en el todoterreno que Cam le había regalado. Su forma de conducir estaba mejorando. Muy poco a poco. El gran tamaño del todoterreno garantizaba su seguridad al volante, aunque no podía decirse lo mismo de los bordillos del pueblo y de los contenedores de reciclaje de los vecinos.
El sol brillaba en el límpido cielo azul y centelleaba sobre los últimos vestigios de nieve que bordeaban Lake Drive. Los brotes verdes de los narcisos y crocus empezaban a asomar la cabeza, augurando la llegada inminente de la belleza y del calor. Nuevos horizontes. Nuevas etapas.
Pues sí. Todo el mundo parecía haber empezado un nuevo capítulo; solo que el mío era un poco menos maravilloso que el del resto. Perder el apartamento había sido la última gota metafórica que había colmado un vaso lleno de fracasos.
—¿A que no sabes quién estaba encima de la mesa esta mañana, desayunando comida para gatos, cuando Cam y yo nos hemos levantado? —me preguntó Hazel, ajustándose la correa que llevaba enganchada al cinturón, porque de repente era de las que llevaban la correa del perro alrededor de la cintura.
—Voy a decir DeWalt. —DeWalt era el gato naranja y regordete de Hazel, que solía hacerle compañía en la mesa mientras escribía. Y por «hacerle compañía» me refería a extender su orondo cuerpo sobre el teclado e insertar caracteres sin sentido en el manuscrito.
—DeWalt y Bertha —contestó ella, mientras Flechazo corría hacia el bosque en busca del palo perfecto para llevarse al pueblo.
Hazel había comprado aquel engendro de casa de color rosa en un momento de pánico, a través de una subasta online muy poco rigurosa y luego había descubierto que estaba en un grave estado de deterioro… y que, además, era el hogar de un mapache enorme y semidomesticado. Me gustaba considerar a Bertha como una combinación de Liam Neeson y Houdini a la inversa. Tenía una serie de habilidades especiales que le permitían entrar de nuevo en casa por más medidas antimapaches que tomara Cam.
—Eso habrá hecho que Cam vuelva a caer en la madriguera del conejo, ¿no? —bromeé.
—Querrás decir en la del mapache. Ya ha llamado por teléfono a sus hermanos para hablar con ellos de tácticas de vigilancia.
—Eso suena a inspiración para el segundo libro.
—Uf, ya veremos. Escribir es difícil, pero la verdad es que no me apetece nada buscarme un trabajo de verdad.
—Escribiste un libro entero inspirado en ti y en Cam. Puede que necesites encontrar una nueva pareja que te sirva de inspiración —le sugerí.
—No es mala idea. Por algo me gusta tenerte cerca.
Flechazo salió brincando del bosque con una rama de árbol de tamaño medio entre los dientes. Me dio un golpe en las espinillas con ella, orgullosísimo.
—¡Oooh! ¡Qué mono! ¡Lo has hecho genial! —le dijo Hazel con voz melosa.
—Ay. Sí, eres todo un atleta. Eso no nos impedirá en absoluto seguir paseando —dije, dándole una palmadita en la cabeza a regañadientes. Él se deshizo en alegres contorsiones corporales sin soltar la rama.
Seguimos caminando hacia el pueblo. Cuando nos estábamos acercando, Hazel señaló un discreto buzón con un cartel de madera en el que ponía «Bishop».
—Levi está avanzando mucho con el manuscrito. Se lo está tomando muy en serio. Solo me ha dejado leer unos cuantos capítulos, pero son buenos. Si te interesa, puedo conseguirte una copia cuando acabe el primer borrador.
—Si mi plan de acoso y derribo para engatusar a Earl Wiggens no ha funcionado cuando Levi haya terminado, le echaré un vistazo —le prometí.
Hazel frunció la nariz.
—En serio, ¿por qué te interesa tanto ese vejestorio anticuado? Es de los que piensan que en sus tiempos sí había hombres de verdad y que las mujeres solo servían para prepararles la cena.
—Los últimos quince libros de ese vejestorio han acabado en la lista de best sellers de tapa dura de The New York Times —señalé—. Además, una vez que catapultemos tu libro a los primeros puestos de ventas y le robe otro autor best seller a mi antigua empresa, podré considerar oficialmente que he triunfado en la vida.
—La Zoey con sed de venganza es una de mis Zoeys favoritas. Pero ya sabes lo que diría si fueras mi heroína.
—Yo no soy la heroína de nadie —repliqué.
Se llevó la mano al corazón.
—Yo sería la mejor amiga guapa e inteligente que le recordaría a la heroína guapa e inteligente que la venganza no es la mejor recompensa que hay en la vida.
—Ah, ¿no? ¿Y cuál es?
—El amor —respondió con dramatismo.
—Bueno, pues menos mal que esto es la vida real y no uno de tus libros. Así no tengo que escucharte.
De repente, una sombra se cernió sobre nosotras. Flechazo abrió todavía más sus ojos saltones y soltó el palo para ponerse a ladrar ferozmente a lo que acechaba allá en lo alto.
—Mierda, Goose —dijo Hazel, mirando enfadada al águila calva que se había posado en una rama desnuda, por encima de nuestras cabezas. Todavía no me había acostumbrado a que en aquel pueblo tuvieran su propia águila calva. En Nueva York solo teníamos palomas. Era un pajarraco enorme y bastante majestuoso, pero también un verdadero peligro. Si se pudiera tener un enemigo en el reino animal, Goose sería el mío. Nos había dado la bienvenida a Story Lake arreándole un golpe en la cabeza a Hazel y lanzándome sobre el regazo un pez muerto gigante. Aún no había superado las secuelas emocionales.
—No nos cagues encima —le advertí con voz autoritaria.
—Y no te comas a mi perro —añadió Hazel.
—No, eso tampoco —añadí enseguida.
—¿Lleva algo en las garras? —preguntó Hazel, ladeando la cabeza.
Flechazo dejó de ladrar por un instante y la imitó.
Entorné los ojos. Definitivamente, había algo moviéndose sobre la rugosa corteza gris del roble. Algo largo y delgado.
Juro por Dios que el pájaro me miró fijamente a los ojos mientras extendía sus enormes alas.
—¿Es una…? —Hazel dejó la pregunta en el aire, horrorizada.
—Ni se te ocurra, Goose —le advertí en un susurro, con voz ronca.
Pero ya era demasiado tarde. El ave abrió las garras y dejó caer la presa directamente sobre mí.
La serpiente, una puñetera serpiente viva, me dio en la frente y se deslizó por mi hombro.
—Pero ¿tú de qué coño vas? ¡Plumífero asqueroso! —grité. Mi instinto de supervivencia se activó y salí disparada por la carretera, sacudiéndome con fuerza el pelo y los hombros—. ¡Quítamela! ¡Quítamela!
Me puse a correr en zigzag por el asfalto, presa del pánico, intentando alejarme lo máximo posible de aquella puñetera águila y su puñetera serpiente. Pero el miedo y la adrenalina habían reducido mi campo de visión. Y cuando Hazel gritó mi nombre, el brillo del sol sobre el cristal y el metal ya me había deslumbrado.
2

El atropello de las tetas
Gage
Era el típico día primaveral que hacía que mereciera la pena soportar el invierno largo y gris de Pennsylvania.
Tenía las ventanillas del todoterreno bajadas, un café caliente y el sol de abril brillaba a través de los árboles aún desnudos mientras conducía hacia el norte por Lake Drive. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que había vuelto a encauzar mi vida y los objetivos que había tenido que dejar de lado hacía unos años volvían a parecer alcanzables. Y estaba deseando ir a por ellos.
—Nos vemos en mi despacho a las tres, señora Babcock —le dije a mi clienta por el manos libres del todoterreno.
Estaba en medio de uno de esos días superajetreados que tanto me gustaban. Después de una mañana entera en las obras con mis hermanos, me esperaba una tarde repleta de citas en el despacho de abogados.
—Llevaré mis famosos cupcakes de plátano y también a mi nieta. A la soltera heterosexual, no a la lesbiana casada —aclaró.
Desde que había aumentado la población de mayores de sesenta y cinco años en Story Lake tras la apertura del nuevo complejo de viviendas tuteladas, tenía un montón de clientes que intentaban emparejarme con familiares solteras. Daba igual que estuviera empuñando un martillo o redactando un testamento. Al parecer, los jubilados me consideraban un soltero muy codiciado.
Lo cual no me molestaba en absoluto, teniendo en cuenta que las aplicaciones de citas en las que me había metido en los últimos tiempos no me estaban proporcionando lo que buscaba, precisamente. ¿De verdad era tan difícil conocer a alguien dispuesto a tener una relación seria? Mi hermano Cam, una de las personas más irascibles del universo, lo había conseguido mientras conducía tranquilamente por el pueblo. Yo era mil veces más agradable que él y solía estar de mejor humor, así que no entendía por qué a mí no me resultaba aún más fácil.
—Estupendo —dije, antes de colgar y mirar a mi acompañante.
Llevaba la cabeza por fuera de la ventanilla y estaba ocupada embadurnando el lateral del vehículo con un chorro constante de baba.
Nana (abreviatura de Banana Stand, el puesto de plátanos congelados de la serie Arrested Development, que mis sobrinos acababan de tragarse enterita) era una golden retriever de alto mantenimiento y bajo coeficiente intelectual que mi madre había rescatado de un criadero de perros. Me había endosado a aquella nueva compañera de casa de cuatro patas hacía unos meses, vendiéndomelo como una «acogida temporal». Pero nadie se había molestado en buscarle un adoptante y Nana y yo habíamos acabado acostumbrándonos el uno al otro.
Así que ahora tenía una perra.
«Mensaje de texto de Cammy —anunció lacónicamente el manos libres del todoterreno—: “Hola, capullo. Como te hayas olvidado de la espuma de poliuretano, es mejor que no vuelvas”. ¿Desea contestar?».
—Sí. «Te voy a sellar la boca con la puta espuma de poliuretano, gilipollas» —dije.
«Mensaje de texto de Livvy —anunció el todoterreno—: “Tráeme un sándwich, Gigi. Así me lo como mientras te asfixias, caraculo”».
Mis hermanos eran unos idiotas. Unos idiotas bastante majos. A veces hasta divertidos. A menudo me preguntaba cómo era posible que nuestros padres no nos hubieran matado en la adolescencia.
Nana me miró extasiada, como si fuera el mejor día de su vida. Le acaricié las orejas de color dorado rojizo y volví a centrarme en la carretera, donde otro destello dorado rojizo captó mi atención.
—¡Mierda!
Di un volantazo hacia la derecha mientras mantenía a Nana pegada al asiento con el brazo. Detuve bruscamente el vehículo en mitad de la cuneta y una fracción de segundo después escuché un ligero golpe, más que sentirlo.
Me desabroché el cinturón de seguridad y salí disparado del asiento del conductor. Casi me dio un infarto al verla.
—¡Zoey!
Detrás de mí, Nana empezó a gemir dentro del todoterreno.
La mujer a la que llevaba meses intentando olvidar yacía en la carretera, tras haberse empotrado contra el parachoques y haber rebotado. Tenía los rizos extendidos por encima de la cabeza como un halo ardiente y los ojos verde musgo cerrados con fuerza. Joder. Solo había apartado la vista de la carretera un instante. Zoey había salido de la nada y ahora no se movía. Me arrodillé a su lado y la agarré de la muñeca para ver si tenía pulso.
—¡Zoey! —volví a gritar, mientras el miedo se apoderaba de mi cuerpo.
Ella elevó el pecho para coger aire y soltó un gemido. Mi corazón volvió a latir.
—He chocado con tu puñetero todoterreno —refunfuñó.
Joder.
—Pues sí —dije agobiado, mientras le pasaba las manos por las extremidades para comprobar si tenía alguna lesión—. ¿De qué coño vas, Zo? Podrías haberte matado. ¿Qué leches hacías corriendo por el medio de la puta carretera?
Precisamente por eso me había prohibido a mí mismo sentirme atraído por ella cuando había llegado al pueblo. Aquella mujer era un desastre con patas que nunca se tomaba nada en serio. Era impulsiva y descuidada, y siempre estaba demasiado ocupada divirtiéndose como para preocuparse por cosas como la seguridad y la responsabilidad.
—Eso, encima échame la bronca. Justo lo que me faltaba ahora mismo —se quejó.
El corazón seguía latiéndome con fuerza mientras mi cerebro repasaba a toda velocidad todas las posibilidades de que aquello hubiera acabado en catástrofe. Y a Zoey le daba por hacer bromas.
—Cállate y dime si puedes moverte —le ordené.
Se había hecho un rasguño en el antebrazo y estaba sucísima, pero parecía que no sangraba por ningún otro sitio, ni tenía nada roto.
Entreabrió los ojos y me lanzó una mirada asesina de color verde. Aunque intenté con todas mis fuerzas no fijarme en ellos, eran los más bonitos que había visto jamás.
—¿Qué quieres, listillo? ¿Que me calle o que te diga si puedo moverme?
Me incliné hacia ella y le sujeté la barbilla con la mano para mirarle las pupilas. El pánico remitió un poco, pero la adrenalina seguía allí.
—Parece que la lengua te funciona perfectamente.
—Si no me hubiera quedado sin aliento, te demostraría lo bien que me funciona… Y no lo digo en plan erótico —añadió de inmediato.
—Qué suerte tengo.
Un pitido largo y estridente nos sobresaltó a ambos. Era el claxon del todoterreno.
Me di la vuelta y vi a Nana en el asiento del conductor, con las patas delanteras sobre el volante. Era un truco que había aprendido en el aparcamiento del Wawa. Cada vez que le parecía que llevaba demasiado tiempo dentro, tocaba el claxon como una boba. A Cam le parecía graciosísimo.
Estaba casi seguro de que había sido él quien le había enseñado a hacerlo.
La perra volvió a pitarnos, con la lengua colgando alegremente.
—¡Nana, ven aquí! —le ordené.
Se bajó del todoterreno arrastrando la correa y me dio un empujoncito nervioso con el morro en la espalda. Le rodeé el cuello con un brazo para mantenerla alejada de Zoey, que seguía tumbada.
—¡Madre mía, Zoey! ¿Estás bien? —Hazel llegó corriendo hasta nosotros sin aliento, arrastrando al desgreñado y sobreexcitado Flechazo. El perrito decidió añadir más leña al fuego dejando caer sobre la frente de Zoey el palo que llevaba.
Ella se lo quitó de encima y se incorporó.
—¡Ay! Espero que no sea otra serpiente.
—¿Otra serpiente? ¿Te has dado un golpe en la cabeza al chocar con el todoterreno, o qué? —le pregunté, sujetándola por el hombro con una mano mientras intentaba controlar a una Nana cada vez más inquieta con la otra. El hecho de que hubiera unos humanos a la altura de sus ojos solo podía significar una cosa: que era la hora de jugar.
—Lo que me ha dado en la cabeza ha sido una serpiente. Uno de esos reptiles resbaladizos y siseantes, ¿te suenan? Y no me he chocado con tu todoterreno. Han sido mis tetas las que se han estrellado contra él. Por cierto, ¿por qué estás tan cabreado? Todo el mundo dice que eres el hermano majo, pero en los últimos seis meses no has parado de gruñir —dijo Zoey.
—Creo que ya he señalado el hecho de que podrías haber muerto por haber estado haciendo el tonto en la carretera. Deberías tener más cuidado, joder —le dije, sin conseguir disimular del todo mi enfado. En mi familia sabíamos perfectamente qué consecuencias podía tener un descuido al volante. Lo rápido que podían cambiar las cosas.
—¿Ahora te pones a gritar? Usted sí que sabe tratar bien a los pacientes, doctor Capullo.
—Abogado Capullo —la corregí con sarcasmo. No sabía cómo lo hacía, pero aquella mujer era capaz de sacarme de quicio una y otra vez hasta hacerme perder el norte, por eso la evitaba como a un niño con piojos.
—No estaba haciendo el tonto, Gage —dijo Hazel, defendiéndola—. Goose le ha tirado una serpiente viva en la espalda y se ha asustado.
—No me he asustado —replicó Zoey, apartándose el pelo de la cara, lo que empeoraba su estética general pero mantenía intacta su belleza arrebatadora. No me gustaba reconocerlo, pero el hecho de que fuera un desastre total no hacía que me pareciera menos atractiva—. Solo he echado a correr agitando los brazos de forma controlada —aseguró Zoey.
—Sí, como un puto tornado —añadí.
—¿Por qué siempre te empeñas en llevarme la contraria? —me preguntó.
—Es abogado. No puede evitar protestar —dijo Hazel.
—Yo no he protestado —protesté.
Hazel y Zoey se quedaron mirándome como si me consideraran un pobre imbécil.
Empecé a contar mentalmente hacia atrás desde diez. Iba por la mitad cuando me fijé en un pequeño rasguño que tenía Zoey en la mandíbula. Estaba a punto de examinarlo, cuando Nana se soltó y volvió a tirarla alegremente al suelo. La puñetera perra remató el ataque dándole un lametón en la cara con su larga lengua rosada.
—¡Aaah! —gritó Zoey, intentando defenderse del agresivo afecto de Nana para volver a sentarse—. ¿En serio? Los animales son unos cabrones.
Le quité el perro de encima con un suspiro y le pasé la correa a Hazel, antes de volver a inclinarme hacia Zoey.
—Dame las manos.
—¿Para qué? ¿Quieres echarles la bronca por separado del resto del cuerpo? —me soltó.
Su impertinencia era otra de las razones principales por las que pasaba de explorar cualquier tipo de atracción física que pudiera sentir por ella. Yo quería una pareja sensata y responsable, no una mujer que me volviera loco a los treinta segundos de empezar cualquier conversación.
Enfadado, le metí las manos por debajo de los brazos y la levanté. Era menuda y con curvas. Todos sus rasgos, desde el verde intenso de sus ojos hasta los rebeldes rizos rojos parecían diseñados específicamente para obnubilarme. Como si fuera una especie de purgatorio personal. La sujeté por los antebrazos para que no se cayera y atribuí la descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo al exceso de adrenalina y a la irritación constante que ella me producía.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Resultó ser una pregunta absurda.
—¡No, no estoy bien! ¡Una puñetera águila calva me ha atacado con una serpiente! ¡Y luego un todoterreno me ha atropellado, me han dado con un palo y un perro me ha tirado al suelo! ¡Y tú todavía pretendes que me quede a vivir aquí! —exclamó, señalando a Hazel—. ¡Un lugar donde los pájaros te lanzan serpientes!
—Podría ser el nuevo lema del pueblo. —Un coche de cinco puertas se detuvo al lado del circo que estábamos montando en la carretera—. ¿Estáis bien? —preguntó Garland Russell a través de la ventanilla abierta del copiloto. Parecía más emocionado que preocupado. Puede que tuviera algo que ver con el hecho de que aquel aspirante a periodista, que informaba de todos los chismes del vecindario en la aplicación de cotilleos del pueblo, nos estaba grabando con el móvil.
—Goose le ha tirado una serpiente en la cabeza a Zoey, que ha salido corriendo y se ha empotrado contra el todoterreno de Gage, y ahora los dos están enfadados —resumió Hazel.
Garland se rio entre dientes.
—Típico de Goose. Y típico de Zoey.
La mujer en cuestión consiguió librarse de mí y agitó las manos en el aire.
—Ojalá viviera en un sitio donde eso no fuera típico de Zoey.
—A lo mejor deberías mudarte —le sugerí.
—En eso estamos de acuerdo —replicó ella.
—¿Queréis que llame al agente Bishop? —se ofreció Garland, ilusionado.
—No —contestamos los tres a la vez.
Hacía un año, mi hermano Levi había sido nombrado jefe de policía en contra de su voluntad, gracias a mí y al resto de mis hermanos. Algo de lo que toda la familia seguía cachondeándose. Levi desempeñaba sus funciones a regañadientes, pero yo sabía que solo era cuestión de tiempo que utilizara su poder para vengarse de todos nosotros. Ya había detenido a Cam el verano anterior. Y yo no estaba dispuesto a darle la oportunidad de vengarse de mí.
—Pues vale. Publico la historia y me largo. —Con una floritura de lo más innecesaria, Garland pulsó un botón en la pantalla del teléfono y se marchó.
Volví a centrarme en Zoey.
—¿Seguro que no te duele nada? —le pregunté, esa vez sin perder los estribos. Por los pelos.
—Solo las tetas, el coxis, el orgullo y la integridad emocional —refunfuñó, sacudiéndose las huellas de patas sucias de las solapas del abrigo de lana. Siempre iba el doble de elegante que cualquier otra persona. Ese día llevaba una americana y un top ajustado con un escote capaz de mantener despierto a un hombre toda la noche, además de unos pantalones cortos de tela por encima de unas medias negras rotas y unas botas de ante hasta la rodilla cubiertas de barro.
«Mensaje de Cammy —anunció el manos libres del todoterreno, para todo aquel que quisiera escucharlo—: “¿Por qué Garland acaba de publicar que estás toqueteando a la mejor amiga de mi mujer en medio de la carretera? ¿Y dónde coño está la puñetera espuma de poliuretano? ¿Me lo quieres explicar?”».
—¡Oooh! Te ha llamado «mi mujer» —le dijo Zoey a Hazel con voz melosa.
La tía se estaba comportando como si estar a punto de ser atropellada por un coche fuera de lo más normal. Otra razón más para que me mantuviera lo más alejado posible de ella.
«Mensaje de Livvy: “Y lo que es más importante: ¿dónde está mi puto sándwich?”. ¿Le gustaría contestar?».
—Sí. «Estoy ocupado. Que os den a los dos».
—Y esa es solo una agradable muestra de la dinámica familiar de la que voy a formar parte cuando me case —dijo alegremente Hazel, mientras hacía malabarismos con los dos perros y sus respectivas correas—. ¿Quieres armarte de valor e ir hasta la librería, Zo? ¿O prefieres volver al hotel y fingir que este día nunca ha existido?
—A la librería —respondió Zoey con fría determinación, mientras se sacudía las hojas caídas y el polvo de las medias.
—Ya os llevo yo —dije. Nada me gustaría más que dejarla tirada en medio de la carretera, pero, conociendo a Zoey, seguro que se las apañaba para que la aplastara un árbol o para provocar un accidente múltiple en la vía más tranquila del condado.
—Justo así nos conocimos Cam y yo. Fue Goose el que nos unió —nos recordó Hazel. Mi hermano había sido testigo de cómo el águila caía en picado sobre Hazel y Zoey, que iban en un descapotable, lo que había hecho que causaran una primera impresión memorable al estrellarse contra el cartel de bienvenida de Story Lake—. Y aquí estamos de nuevo, en medio de otro drama aguileño y con otro hermano Bishop que acude al rescate. Es como si hubiéramos instaurado una nueva tradición.
—No. Una tradición es hacer la misma tarta cada Acción de Gracias, no que un águila calva intente cometer un asesinato —señaló Zoey.
Hazel se ahuecó el pelo y abrió la puerta trasera del todoterreno para que se subieran los perros.
—Soy escritora. Tengo derecho a inventarme patrones ficticios en la vida real.
Zoey abrió la boca para replicar, pero yo ya había tenido suficiente.
—Sube al puñetero camión —murmuré, abriéndole la puerta del copiloto.
Zoey me fulminó con la mirada.
—No esperes que te dé las gracias por ser un payaso de mierda.
Exhalé entre dientes y empecé de nuevo con la cuenta atrás. Yo era un tío encantador, joder. Pero Zoey se las arreglaba para volverme loco cada vez que estábamos en la misma habitación.
—Oye, me has dado un susto de muerte. Creía que estabas herida, o algo peor. —Alargué la mano y le quité una ramita de entre los rizos.
Zoey exhaló.
—No pasa nada.
—Pero ya eres mayorcita para hacer una estupidez como…
Ella arqueó las cejas, desafiante.
—¿Una estupidez? Va a hablar el que se cayó del tejado cuando nos conocimos.
—Era una casa de planta baja. Y fue un arbusto el que amortiguó la caída, no un todoterreno de media tonelada —señalé, poniéndome a la defensiva. No había sido la estupidez lo que me había hecho caer del tejado. Había sido algo mucho peor.
—Tengo una idea, Gage. Vamos a jugar a que tú te quedas calladito mientras nos llevas a la librería y yo no meto unas gambas congeladas debajo de las alfombrillas del coche para que luego te las encuentres.
No me cabía la menor duda de que Zoey Moody, aquella pelirroja impulsiva y temperamental, era perfectamente capaz de hacer aquello.
—Solo porque hayas tenido una mala experiencia con un águila calva…
Zoey se giró hacia el asiento de atrás para lanzarle a Hazel una mirada asesina.
—Dos malas experiencias. Olvidas lo del pez muerto. Y no me hagas hablar del mapache allanador de moradas o del cerdo que campa a sus anchas por ahí.
—Ya te he dicho que Rump Roast no te estaba persiguiendo. Solo quería tus sobras del Fish Hook —le explicó Hazel—. Además, fíjate en cuánto estás mejorando gracias a toda esta terapia de exposición. Hace unos meses, una serpiente en la cabeza te habría dejado en coma. Admítelo. Story Lake te ha sentado bien.
—Qué suerte tengo —replicó Zoey con frialdad.
—Gage, ¿sabes de algún alquiler en el pueblo? Zoey necesita un sitio donde vivir —dijo Hazel, cambiando de tema.
Abrí la boca.
Zoey levantó un dedo.
—Ni se te ocurra. Una sola palabra y compro una caja entera de gambas.
Mi ritmo cardiaco finalmente había vuelto a la normalidad, pero mi cerebro seguía planteándose todos los posibles desenlaces trágicos. Cada una de aquellas hipótesis terroríficas me hacía agarrar el volante con más fuerza. Detrás del enfado justificado por su irresponsabilidad, se ocultaban varias opciones terribles. ¿Y si no la hubiera visto? ¿Y si no hubiera frenado a tiempo?
Una cosa estaba clara: Zoey y yo acabábamos de tener muchísima suerte, pero solo a uno le importaba.
El lago y el pueblo aparecieron ante mí y dejé que aquella estampa familiar me reconfortara. Era tan perfecta como una postal, con las fachadas impecables de los comercios frente al agua resplandeciente. Pasamos por delante de la nueva cafetería y de la tienda de plantas de al lado que acababan de abrir en Lake Drive. Se rumoreaba que también iban a poner una tienda de quesos en la plaza del pueblo. Más indicios del crecimiento de Story Lake. Un crecimiento del que la constructora Bishop Brothers se estaba beneficiando. La empresa familiar había pasado de encontrarse al borde de la quiebra a estar desbordada en menos de un año. Y mi despacho de abogados también se estaba beneficiando de aquel apogeo.
Giré en redondo en medio de la calle para aparcar en una plaza libre que había delante de Stories, una tienda que hacía esquina cuya fachada estaba recubierta por un revestimiento de madera blanca y que tenía un escaparate muy ecléctico, lleno de libros tanto antiguos como nuevos.
—Fin del viaje. Y haz el puto favor de tener más cuidado —le dije a Zoey, considerándome a salvo de la amenaza del marisco.
Ella puso los ojos en blanco.
—Madre mía. Relájate, Gage. No ha muerto nadie.
Pero en otra carretera, otro día, alguien sí lo había hecho.
Hazel, que iba entre los dos perros en el asiento de atrás, ahogó un gritito. Un silencio tenso se apoderó de la cabina. Hasta Nana y Flechazo parecían conscientes de la incomodidad.
Nana gimió y Zoey dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento.
—Mierda. Haze, ¿nos dejas un minuto?
—Sí, claro. Me llevo a mi perro a… Uy. Mejor dicho, a los dos perros, porque Nana ya está en la acera. Os dejo con… este momento tan incómodo —dijo, mientras abandonaba el asiento de atrás.
Zoey esperó a que Hazel cerrara la puerta y luego se tapó la cara con las manos.
—Lo siento mucho. No sé por qué he dicho esa tontería. Estoy teniendo un día horrible y no he filtrado.
Negué con la cabeza.
—No pasa nada. Yo también me he llevado un susto de muerte y lo he pagado contigo. Se me ha ido de las manos. —«Aunque deberías tener más cuidado», añadí para mis adentros.
—Aun así, no me estaba refiriendo al accidente de Laura. A veces las palabras se me escapan sin más, como si no tuviera ningún control sobre ellas.
—Ya me he dado cuenta —repliqué con frialdad—. Puede que me arrepienta un poco de haber sido tan capullo y siento que Goose se haya comportado igual. Aunque no te lo creas, el hecho de que haya compartido la comida contigo significa que le caes bien.
—Genial. He pasado de que los chicos me tiren de las coletas en el patio del colegio a una relación de amor-odio con un águila calva. No debería extrañarme, tal y como van las cosas últimamente. En fin, gracias por tener tan buenos reflejos y por habernos traído. —Agarró la manilla de la puerta.
—Tengo que recoger a la perra —dije, señalando con la cabeza hacia la librería.
Salimos del todoterreno y nos quedamos de pie en la acera, sin saber qué hacer. No sabía qué era, pero Zoey Moody tenía algo que me incomodaba. Se trataba de un cúmulo de cosas, en realidad. Llevaba analizándolo desde que la había conocido. Lo que estaba claro era que no podía bajar la guardia cuando estaba con ella. Me metí las manos en los bolsillos—. ¿Seguro que estás bien?
—Que sí. Tengo las tetas como si me acabaran de hacer una doble megamamografía, y mi culo ha tenido días mejores. Pero, aparte de eso, yo diría que estoy intacta.
—¿Por qué estás buscando piso? —le pregunté, para cambiar de tema y hablar de algo más seguro que de sus curvas imposibles de obviar.
Ella suspiró.
—Es una larga historia, pero básicamente porque me he quedado sin el mío de Nueva York. Lo que significa que tendré que llevarme todas mis cosas y buscarme un sitio más grande que una habitación de hotel para meterlo todo. Además, si al final voy a quedarme aquí indefinidamente, necesito encontrar una opción de vivienda más económica.
Se estremeció al decir «indefinidamente».
Solté un gruñido mientras evitaba fijarme en cómo el sol se reflejaba en su pelo, haciendo que sus rizos parecieran de fuego. Cuando estaba con Zoey, invertía mucho tiempo en intentar no fijarme en cosas.
—Hay cosas peores que quedarse aquí, ¿sabes? —Señalé el otro lado de la calle, hacia las aguas resplandecientes del lago.
—Eso es justo lo que diría alguien que nunca ha vivido en Nueva York. Pareces uno de los héroes de Hazel intentando convencer a la heroína de que sucumba al encanto de vivir en un pueblo pequeño.
—Siempre he creído que tenía madera de héroe.
Ella fingió que vomitaba.
Señalé la puerta de la librería.
—Tú primero.
3

A dos velas
Zoey
—Insisto, primero las víctimas de las águilas calvas y luego los caballeros —dijo Gage, sujetando la puerta.
Puse los ojos en blanco. Hacía tiempo que sospechaba que no le caía bien. Solía tener un sexto sentido para calar a las personas. Gage Bishop era el tío más encantador del mundo… con todos menos conmigo. Era como si yo tuviera algo que no pudiera soportar, pero fuera demasiado educado para decirlo. Lo cual me parecía una pérdida de tiempo y energía. Era obvio que seguía enfadado conmigo por mi irresponsable carrera de cincuenta metros lisos por el medio de la carretera, por culpa de la serpiente, y porque había insultado sin querer a su familia, pero ahí seguía, impostando sus buenos modales. Me parecía fatal. ¿Por qué la gente no podía ser sincera? Llegué a la conclusión de que seguramente era igual de educado y caballeroso en la cama. «Disculpe, señora. ¿Le importaría que le metiera la polla repetidas veces?». Vaya. Qué interesante. El Gage imaginario estaba sorprendentemente bien dotado.
—¿Qué? —me preguntó Gage.
Parpadeé para volver a la realidad y me di cuenta de que él me estaba mirando fijamente, mientras seguía sujetando la puerta.
—¿Qué de qué? —contesté con falsa inocencia y un rubor revelador en las mejillas.
Él entrecerró aquellos ojos audaces tan característicos de los Bishop.
—Tienes pinta de estar tramando algo.
—No me conoces lo suficiente como para saber cuándo estoy tramando algo. —Pasé por delante de él para entrar en la tienda y respiré hondo.
Ay, el olor de los libros. Era el olor de las posibilidades.
Tantos miles de obras en las estanterías escritas por personas que habían hecho cosas dificilísimas, vivido vidas extraordinarias y logrado escribir novelas enteras al respecto. Las librerías siempre me infundían la esperanza de que allí encontraría las respuestas que buscaba para poder poner finalmente orden en mi vida.
—Quítate de en medio. —Un anciano blanco, con la cara como una ciruela pasa y unas gafas tan gruesas que parecían lentes de microscopio, pasó zumbando a mi lado en un scooter para personas con movilidad reducida que tenía unas llamas pintadas con aerógrafo.
Siempre tan caballeroso, aunque fuera a regañadientes, Gage me alejó del peligro pegando totalmente mi espalda a su pecho.
Joder. Menudo torso. Duro, musculoso y cálido. Y la camisa de leñador le aportaba el toque perfecto de proletario de novela romántica. Mi cuerpo disfrutó como un idiota del contacto físico.
Definitivamente, llevar tanto tiempo a dos velas estaba empezando a volverme loca, si el mero roce de un cuerpo masculino me hacía pensar en echar un polvo.
—Te hace falta un ángel de la guarda —gruñó Gage, soltándome.
—Esto no ha sido culpa mía —repliqué.
—Mira por dónde vas, George, si no quieres que nos echen de aquí —le advirtió al hombre del scooter la mujer negra, alta y serena que iba con él, que tenía unos esponjosos rizos plateados. Estaba usando como asiento un andador que había plantado delante de un expositor giratorio de novelas de ciencia ficción.
—No es culpa mía que estos pasillos sean más estrechos que mi ojete —respondió a gritos George, el conductor agresivo, desde la sección histórica del Oeste.
Me aparté de Gage por puro instinto de supervivencia. Necesitaba alejarme de aquella tensión sexual unilateral antes de hacer o decir algo de lo que me arrepintiera.
Giré la cabeza hacia él y estuve a punto dar un traspié al ver que me estaba mirando fijamente el culo. Puede que no me odiara tanto, después de todo.
Me aclaré la garganta con prepotencia y él volvió a mirarme de inmediato a los ojos.
—Estás… un poco… manchada —dijo, señalando mi culo.
Joder. Pues claro.
—Gracias —murmuré, antes de meterme en el baño.
Cuando volví a salir, con la mayoría de las manchas de suciedad reemplazadas por lamparones de agua, Hazel y Chevy, el dueño de la librería, ya estaban amontonando los libros de bolsillo que habían encargado en la mesa que usábamos para firmar. Y los dos perros estaban mirando embobados el tarro de golosinas del mostrador, en el que Gage tenía metida la mano.
—Sentaos —les ordenó a ambos. Los perros se sentaron a la vez, moviendo el rabo.
Fingí estar absorta en la contraportada de la nueva biografía de un famoso para poder observarlo por detrás de la cubierta.
Gage era el hermano perfectamente afeitado y amable que se mostraba absolutamente encantador con todos menos conmigo. Tenía el cabello, de color castaño cálido, un poco rizado en las puntas, lo que hacía que pareciera que siempre iba despeinado. Parecía el típico tío que ayudaba a las mujeres mayores a guardar la compra en el coche. ¿Se podía decir que el rostro de un hombre hecho y derecho tenía un encanto juvenil? Tendría que preguntárselo a Hazel, que era la experta.
Aunque en realidad daba igual. Lo cierto era que Gage Bishop estaba tan lejos de ser mi tipo que era más probable que saliera con mi propio primo segundo antes que con él.
El espécimen en cuestión se agachó con una golosina en cada mano, lo que me hizo fijarme muy a mi pesar en aquellos muslos musculosos recubiertos de tela vaquera. Suspiré y apreté los dientes. Vale, lo de estar a dos velas se había convertido oficialmente en un problema. Mi lema era «usar y tirar», pero aquel pueblo era demasiado pequeño para eso. Todo el mundo estaría al tanto de mi escarceo antes de que me hubiera dado tiempo a desabrocharme el sujetador. Además, nunca se me ocurriría liar al futuro cuñado de Hazel, al que ni siquiera le caía bien, para que tuviera conmigo un rollo de una noche.
Aunque sería perfectamente capaz de hacerlo.
Si quisiera.
Lo que no era para nada el caso.
—Lo miras como si tuvieras ganas de comértelo.
Sobresaltada, dejé caer el libro de tapa dura sobre la mesa con un golpe seco. La cesta de la parte delantera del andador de la mujer estaba llena de novelas.
—¿Quién? ¿Yo? ¿Qué? ¿A él? No. Qué va —repliqué, negando de forma tan enérgica con la cabeza que empecé a marearme.
Ella esbozó una sonrisa burlona.
—Muy convincente.
—No es para nada mi tipo.
La mujer me miró como si me hubiera ofrecido a hacerle una colonoscopia pirata.
—¿Y qué coño importa? La vida es corta. Pide postre. Tírate al tío bueno.
—Gracias por darme consejos sobre mi vida sexual, perfecta desconocida.
—Opal —dijo ella—. Y pierdes el tiempo pensando si es tu tipo y todas esas mierdas. Solo se vive una vez. ¿Por qué no disfrutar un poco de la vida?
Se alejó con el andador, dejándome boquiabierta. La gente de este pueblo era bastante entrometida y no se cortaba un pelo a la hora de impartir moralina.
—Opal, ¿cuándo vas a convencer a George para que se apunte a mi clase? —le preguntó Hazel, señalando al hombre del scooter. Cómo no, se sabía los nombres de ambos. Ahora era oficialmente una habitante de Story Lake y seguro que conocer a los vecinos formaba parte de alguna retorcida ordenanza municipal.
Opal puso los ojos en blanco.
—Hazme caso, Hazel: solo te faltaba tener a ese liante en clase.
—Iré cuando no tenga nada mejor que hacer. Y yo siempre tengo algo mejor que hacer —le espetó George, haciendo treinta y siete maniobras para girar.
Hazel había empezado hacía poco a impartir clases de escritura creativa en Story Lake Haven y, al parecer, le encantaba. Era escritora, concejala del ayuntamiento y ahora profesora. Aquella mujer introvertida que no se duchaba y se negaba a salir de casa durante semanas había quedado ya muy atrás.
Pasé por delante de un expositor de libros infantiles ilustrados y me acerqué a una mesa repleta de obras de historia local mezcladas con plantas de un verde deslumbrante.
—¿Y todas estas plantas, Chevy? —pregunté.
El dueño de la librería levantó la vista del montón de novelas de Hazel en rústica que estaba organizando. Era un tipo grandote, tanto a lo alto como a lo ancho, y llevaba puestos, como siempre, unos vaqueros holgados, unas zapatillas y una camiseta de un grupo de música. Ese día le había tocado a Miles Davis. Chevy había jugado al fútbol americano en la universidad durante tres temporadas, antes de que una lesión le obligara a centrarse en su doble licenciatura de Biblioteconomía e Historia de la Música.
—Estamos haciendo una prueba de promoción cruzada con Leafy Greens. Se las he cambiado por un puñado de libros de jardinería, para que los expongan en la tienda —dijo.
De repente me vino la inspiración y abrí la aplicación de notas del teléfono. Deslicé el dedo por unas cuantas páginas de ideas brillantes anteriores, listas de la compra y reflexiones filosóficas que había olvidado, y me disponía a anotar que estaría bien dejar algunos libros de Hazel en la tienda de plantas, cuando sentí una presencia curioseando por encima de mi hombro.
—Sabes que se puede crear más de una nota, ¿no? No tienes por qué guardarlas todas en el mismo archivo —comentó Gage.
Me pegué el móvil al pecho.
—Tengo mi propio sistema, don Fisgón.
Vale. En realidad no tenía ningún sistema. Pero sí tenía intención de crear y empezar a usar uno. Lo cual era básicamente lo mismo.
—Pues no parece muy eficaz.
—¿No tienes varios sitios a los que irte a trabajar, lejos de aquí? —le pregunté con sorna.
—¿Quieres decir ahora que no estoy ocupado salvándote la vida?
—Voy a añadir unas gambas a la lista de la compra —lo amenacé.
—Haznos un favor a todos y mantente alejada de la carretera —replicó él—. Hasta luego, Hazel.
—Gracias por traernos, Gage. Dale un beso a Cam de mi parte —gritó esta.
—No cuentes con ello. Hasta luego, Chevy. Venga, Nana. Vamos a ver a tus tíos, antes de que hagan alguna tontería.
Nana emitió un gemido lastimero que hizo que un gato blanco y negro muy peludo, en el que no había reparado hasta entonces, se subiera de un salto a la mesa que estaba a mi lado. Apenas fui capaz de reprimir un grito de sorpresa. ¿Qué pasaba en aquel pueblo con los animales? En Nueva York solo tenía que preocuparme por las bandadas de palomas, algún que otro paseador de perros con una docena de yorkshires diminutos y las ratas, el día de la recogida de la basura. Pero Story Lake era como pasear por un zoológico interactivo abierto las veinticuatro horas del día.
Para cuando Gage y su perro salieron de la librería —no es que estuviera contemplando ni admirando aquel culo insuperable—, ya había olvidado lo que quería anotar. Con un suspiro de fastidio, me senté en un taburete giratorio que había al lado de la caja registradora, mientras Hazel y Chevy se ocupaban de firmar los encargos.
—Oye, ¿cómo van las prerreservas del libro nuevo, Chev? —pregunté.
—Bien. Aquí nunca habíamos tenido tantas. Hay un pósit en la caja con las cifras de esta mañana.
Me incliné sobre el mostrador y arranqué la nota adhesiva de la pantalla.
—Vale. No está mal. Pero creo que podemos llegar a petarlo en serio.
Hazel resopló mientras firmaba una página.
—¿A qué le llamas «petarlo en serio»? —preguntó Chevy, abriendo otro libro y poniéndoselo delante a Hazel.
—Quiero unas cantidades de best seller. Unas cifras que hagan que el resto del mundillo editorial me ponga verde a mis espaldas porque se muere por tener a Hazel como clienta.
—Estás como una cabra —dijo esta, cogiendo el siguiente libro.
—No hables mientras firmas. Ya sabes que no eres capaz de hacer dos cosas a la vez —le recordé.
George chocó con el scooter contra una estantería de la parte delantera de la tienda y tiró varios libros al suelo.
—¡Servicio de limpieza acuda al pasillo tres! —berreó, antes de soltar una carcajada y reírse de su propio chiste.
Chevy me hizo un gesto para que me encargara de abrir los libros en su lugar mientras él iba a solucionar el problema.
—Estoy encantada por el mero hecho de volver a escribir. ¿Podríamos dejar de preocuparnos por la presentación y las cifras? —me dijo Hazel, mientras dejaba a un lado un montón de libros de tapa blanda firmados.
—Amiga mía. Compañera —repliqué, abriendo otra de sus novelas por la página de las dedicatorias—. Tú concéntrate en escribir lo mejor que hayas escrito jamás y yo haré el trabajo sucio. Es como mejor funciona esta relación. Tú sigue con esa cabecita tan mona en las nubes de la creatividad y deja que yo me ocupe de los pactos con el diablo para asegurarte el éxito.
—Ya. Y en este caso, ¿Chevy es el diablo? —me preguntó Hazel.
El susodicho se puso dos dedos en la cabeza a modo de cuernos.
La campanilla de la puerta tintineó y Flechazo se puso a ladrar como un energúmeno antes de salir corriendo como loco hacia el recién llegado.
—¡Flechazo! ¡Quieto! —le ordenó Hazel. Pero el perrito estaba demasiado emocionado como para hacerle caso.
Me agaché para sujetar el extremo de la correa. Nos enredamos en las patas del taburete, lo tiramos al suelo y, al caer, chocó con un expositor de libros de segunda mano de Las gemelas de Sweet Valley.
El alcalde adolescente y estrella del campo a través, Darius Oglethorpe, entró precipitadamente.
—Justo la mujer a la que estaba buscando —dijo, sin extrañarse al verme en el suelo.
—¿A mí? —pregunté, antes de escupir unos cuantos pelos de Flechazo. El chucho se giró y me llenó la cara de besos caninos, entusiastas y malolientes—. Puf —me quejé.
Flechazo posó el morro frío y húmedo sobre mi cuello y me olisqueó extasiado. Le acaricié la espalda con torpeza.
—Perdón por lo del perro. El amor es su arma favorita. Al menos esta vez no se ha hecho pipí de la emoción —dijo Hazel, alegremente.
Me quité la cariñosa bola de pelo de nueve kilos del pecho y comprobé si la parte delantera de mi ropa había sobrevivido.
—Menos mal. —Dejé al perrito en el suelo y lo ahuyenté para que volviera con su madre—. ¿No deberías estar en el instituto? —le pregunté a Darius.
Él me tendió la mano y me ayudó a levantarme. Se trataba de un adolescente alto y desgarbado con unas extremidades como las de un potro, lo que le había servido para batir la mayoría de los récords de carreras campo a través del instituto. Además, era bastante empollón.
—Tengo una hora libre. El director Sprout me deja dedicarla a temas consistoriales.
—¿Y qué te trae por la librería, consistorialmente hablando? —le pregunté, sacudiéndome los pelos de perro de las medias. Ese día a mi outfit no le estaba yendo demasiado bien.
Darius se subió las gafas sobre la nariz.
—En primer lugar, me he enterado de que has tenido un encontronazo con Goose y quería disculparme en nombre del pueblo. Espero que no pienses que ese desafortunado incidente refleja la experiencia general con la fauna silvestre de Story Lake.
—Me cago en el bocazas de Garland —murmuré—. Estoy bien. Ha sido horrible y me ha dejado secuelas emocionales, pero lo superaré. —Siempre lo hacía. Superar las cosas era un arte en el que yo era toda una artista.
Darius me sonrió.
—Estupendo. Por favor, acepta este cupón de diez dólares como disculpa en nombre del pueblo, válido para un crucero por el lago en la barcaza neumática recreativa Tiki Barge.
—¿Esa no es la barcaza que se hundió el verano pasado? —El pueblo de al lado se las había ingeniado para sabotear el festival de verano de Story Lake y había hundido en el lago una barcaza neumática llena de ancianos. Por suerte para los afectados, el lago tenía poco más de un metro de profundidad y los pasajeros habían disfrutado del refrescante baño para volver a la orilla.
—Qué buena memoria tienes. Pues sí, el barco sufrió algunos daños por culpa del agua, pero debería volver a estar a flote y como nuevo el mes que viene. O en junio, como mucho.
—Lo apuntaré sin falta en mi agenda —dije, mientras me guardaba el cupón en el bolsillo. Mis dedos se toparon con otro papel y lo cogí. Era la lista de las compras navideñas que había perdido. ¡Joder! La olla de Le Creuset habría sido perfecta para Hazel, en vez del set de baño con pestazo a pino con el que me había conformado en Nochebuena.
Darius aplaudió.
—Genial. Pues pasamos al siguiente punto. Hazel me ha comentado que, como parte de tus funciones como agente literaria, también has hecho incursiones en el ámbito de la promoción, ejerciendo de publicista extraoficial.
—Ah, ¿sí? No me digas.
—No hagas como si no supieras que también eres mi publicista —gritó Hazel desde la mesa—. Si organizaste toda la gira promocional europea del libro.
—¿Esa en la que las dos pillamos un gripazo y un mangui me robó el pasaporte? —le recordé.
Ella me señaló con el bolígrafo.
—La misma. Aun así, conseguiste engatusar a seis editoriales extranjeras y hacer que volviéramos a casa sanas y salvas.
—Me gustaría ofrecerte un trabajo —me dijo Darius.
Yo parpadeé, extrañada.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿A mí?
Él se echó a reír como si acabara de contarle el final de un chiste malo.
—Sí, a ti.
Me pregunté si el estrés de intentar graduarse como el primero de su promoción, liderar el equipo de campo a través y gestionar un pueblo, que hacía poco había estado a punto de entrar en bancarrota por problemas con el alcantarillado, le estaría pasando factura al pobre.
—Me siento halagada, pero ya tengo trabajo. Soy la agente literaria de la diva que está ahí atrás, dándole un concierto al perro.
Hazel le estaba cantando Our Song, de Taylor Swift, a Flechazo, que la escuchaba extasiado.
A mí me iba más Anti-Hero.
—Claro, claro —dijo Darius, en tono conciliador—. Me refería a un trabajo a tiempo parcial para el pueblo. Me gustaría contratarte para que dediques unas cuantas horas a la semana a ser nuestra publicista. Se acerca la temporada alta de turismo y quiero demostrarle a Dominion que vamos en serio.
Dominion era el pueblo de al lado, que tenía una gran actividad turística durante todo el año y un gran problema de desfachatez, también durante todo el año. No hacía mucho, su alcaldesa había intentado obligar a Story Lake a renunciar a su autonomía para quedar anexionado a Dominion; hasta había puesto a uno de nuestros concejales en nuestra contra, Emilie Rump, que seguía viviendo en el pueblo y pagando con valentía el precio de la traición.
Le di una palmadita en el hombro.
—¿Eres demasiado educado para decir que quieres machacar a Dominion?
Él puso cara de circunstancias.
—Sí. Por favor, no pienses mal de mí.
—Darius, amigo mío, estás hablando con la reina de la venganza. El rencor es el motor de mi vida.
—Eso es verdad —exclamó Hazel—. Aún sigue odiando a una niña que iba en nuestra clase en quinto de primaria que le recordó al profesor que no nos había puesto deberes un viernes, justo cuando estábamos a punto de salir.
—Puñetera Gwendolyn Murphy —murmuré al recordarlo.
—Dominion intentó acabar con nuestro pueblo. Intentó convertirnos en una especie de apéndice ruidoso y contaminado para las vacaciones de primavera de los adolescentes. Y quiero hacérselo pagar. Quiero darles donde más les duele. ¡Quiero hacer que se arrepientan del día que intentaron meterse con Story Lake! —exclamó Darius, alzando el puño hacia el techo y agitándolo.
—Me gusta esta faceta tuya, cerebrito. Y ¿cómo puedo ayudarte, exactamente?
—El pueblo necesita a alguien capaz de convencer a los turistas de que Story Lake es el destino de veraneo ideal. Ya estamos notando un aumento gracias a la apertura de la comunidad para jubilados y, por supuesto, a nuestra famosa escritora de novela romántica residente —añadió.
—Esa soy yo. Está hablando de mí —canturreó Hazel. Flechazo ladró para expresar su conformidad.
—Pero necesitamos más. Tenemos que emplearnos a fondo para conseguir que la gente venga aquí a gastarse el dinero, preferiblemente durante todo el año —añadió Darius.
—Yo me vuelvo a Nueva York en otoño. —«Por favor, virgencita», añadí mentalmente—. A lo mejor podría a ayudarte con las temporadas turísticas de primavera y verano. Pero que sepas que soy agente, no publicista profesional.
—No le hagas caso, Darius —dijo Hazel, desde la mesa—. Lleva años publicitándome. Es perfecta para lo que necesitas.
Yo nunca había sido perfecta para nada que nadie necesitara.
—Estupendo —dijo Darius—. Hay un sueldo. Uno discretito.
Me crucé de brazos.
—Soy toda oídos.
Él echó un vistazo a la librería antes de entregarme un envoltorio de chicle doblado, como si fuera la preciada receta de chili de su bisabuela.
La cifra era inferior a lo que ganaba vendiendo pretzels tiernos en el centro comercial cuando estaba en la universidad. Pero dada mi situación actual, cada centavo contaba.
—Ya sé que no es mucho —dijo de inmediato—, pero el presupuesto no nos da para más. Ten en cuenta que estarás prestando un servicio muy necesario a la buena gente de Story Lake. Y tendrás acceso ilimitado a productos promocionales exclusivos del pueblo, como este.
Con mucha ceremonia, sacó una postal de la mochila.
Era una ilustración en la que se veía el cartel de bienvenida de la ciudad con un descapotable empotrado en él. También había un dibujito de Goose posado en el techo del coche con un pez en el pico. Bienvenidos a Story Lake.
—Habéis conmemorado nuestra llegada. Qué detalle tan divertido.
—El club de marketing y diseño gráfico del instituto se inspira en la vida real. Tú y Hazel sois lo mejor que le ha pasado a Story Lake desde que el autobús de la gira de Dave Matthews se averió aquí en 2013.
—¿Qué quieres que haga, exactamente? —le pregunté.
Darius juntó las palmas de las manos.
—Quiero que colabores con el ayuntamiento y los comercios locales para atraer a más gente. Cuantos más turistas vengan, más personas se enamorarán de nuestro precioso pueblo y se vendrán a vivir aquí, por lo que obtendremos más ingresos con los impuestos sobre la propiedad. Así podremos mejorar la planta de tratamiento de aguas residuales, construir pistas de pickleball y dejar preciosos el centro del pueblo y la orilla del lago. ¡Y después le restregaremos nuestro éxito a Dominion por las narices!
Me gustaba Story Lake. A ver, no me apetecía quedarme a vivir allí definitivamente, pero era un sitio mono y peculiar. Me recordaba a mí misma. Y lo que era más importante, necesitaba el dinero.
—Vale.
—Vale. Pero ¿vale, vale? —preguntó Darius.
Asentí con la cabeza.
—Sí. Acepto. ¿Nos damos la mano, firmamos un contrato, o qué?
—Mejor chocamos solemnemente los cinco —dijo él, levantando el puño.
—¿Qué?
Darius sonrió.
—Es broma. Tengo aquí el contrato. —Volvió a rebuscar en la mochila y sacó un pequeño fajo de papeles.
—Mejor haz que lo revise un abogado —me recomendó Hazel.
—Seguro que Gage estará encantado de responder a todas tus preguntas —dijo Darius, antes de echar un vistazo a su reloj inteligente—. Tengo que volver para la clase de Química.
—Te acompaño —le dije, enganchando mi brazo en el suyo—. Dime, Darius. ¿Pensáis hacerme una transferencia quincenal o pagármelo todo junto por adelantado?
4

Unos cupcakes que parecen meteoritos
Gage
La entrada de Story Lake Haven se encontraba en el extremo norte del pueblo y estaba formada por una zona amplia y recién asfaltada delimitada por dos columnas de piedras apiladas. La primera fase había consistido en la remodelación de las antiguas instalaciones del hospital y el pequeño complejo de apartamentos que había al lado, que en su día había albergado a los empleados, para convertirlos en una moderna residencia de ancianos y una comunidad para jubilados.
En ese momento, la constructora Bishop Brothers estaba acometiendo la segunda fase: la construcción de un barrio de viviendas tuteladas en ocho hectáreas de tierras de cultivo abandonadas. En total, habría cincuenta casas de planta baja con garaje incorporado, entrada principal accesible y puertas lo bastante anchas para sillas de ruedas. Se esperaba que la primera tanda de inquilinos pudiera entrar a vivir en mayo.
Saludé con la mano al equipo de paisajistas que estaba trabajando en los nuevos parterres que flanqueaban el camino de acceso y me detuve delante de una casa de planta baja, prácticamente acabada y con revestimiento de color verde oscuro. El orgullo hizo desaparecer la tensión residual de la mañana. Nosotros habíamos construido eso. Juntos. Éramos la última generación de la familia Bishop que dejaba su huella en Story Lake.
El todoterreno de Cam se encontraba delante de la puerta y el de Levi estaba aparcado al otro lado de la calle. Nana se estremeció de emoción, ilusionada. Le encantaban las obras. Eran la combinación perfecta de gente que la mimaba y comida olvidada al alcance de un golden retriever.
Entramos por la puerta corredera de atrás y respiré hondo. Olía a pintura fresca, moqueta nueva y serrín. Olía a hogar y familia.
Y también era igual de ruidosa.
—Deja de tocarme los cojones. No sé de qué estás hablando.
—¿Se te ha ido la puta olla desde ayer o qué? ¿Cómo no te vas a acordar? Si nos tirábamos horas con esa mierda.
La discusión que estaban teniendo mis hermanos en el sótano era tan fuerte que ahogaba el estruendo del equipo de carpinteros de la cocina. Después de que todos saludaran a Nana como era debido, bajamos las escaleras.
Desde que me había ido, Cam y Levi no habían avanzado demasiado en el armario para los Lego que nos habían pedido que añadiéramos. Estaban sentados en unos cubos enormes de plástico puestos del revés, mirando el móvil.
Cam levantó la vista.
—Gigi, ¿tú te acuerdas del pinball que nos puso papá en el granero cuando éramos niños? ¿O eres tan inútil como este? —me preguntó señalando a Levi, que me miró y negó con la cabeza, bostezando.
—¿La de Fun House?
—¡Te lo dije! —exclamó Cam, antes de levantarse de un salto y señalar victorioso a Levi.
Él puso los ojos en blanco.
—Ya había conseguido engañarlo. Estaba a punto de ir a casa de papá y mamá a buscar en los álbumes viejos de fotos. Pensaba echarme una siestecita en el todoterreno, mientras tanto.
—Sabía perfectamente que me estabas tomando el pelo —aseguró Cam.
—Menuda pinta, Livvy —comenté. Mi hermano tenía ojeras y el pelo revuelto.
Él me respondió levantando el dedo corazón.
—¿Qué coño te pasa? ¿Has estado de fiesta toda la noche? —le preguntó Cam.
Resoplé. El día que Levi decidiera socializar voluntariamente, el diablo empezaría a practicar snowboard.
—He estado escribiendo —contestó él, con otro bostezo.
—Genial. Justo lo que me hacía falta. Otro hermano a tiempo parcial —refunfuñó Cam.
—Vete a la mierda, Cammy. Paso de escuchar tus gilipolleces. Si no habéis hecho nada desde que me fui —dije, señalando el sótano, que estaba exactamente igual que cuando me había marchado.
—Oye, capullo, hemos estado al otro lado de la calle cambiando las baldosas rotas del cuarto de la colada —me explicó Levi, frotándose la cara con la mano—. ¿Dónde está mi sándwich?
—A la mierda tu sándwich. ¿Y la espuma de poliuretano? —me preguntó Cam.
—Aquí tenéis la puñetera espuma de poliuretano y el condenado sándwich. —Les lancé una bolsa a cada uno.
Cam sacó el bote de la suya.
—¿Por qué has tardado tanto?
—¿Dónde coño está la mostaza? —me preguntó Levi, mirando el sándwich con el ceño fruncido. Nana se le acercó sigilosamente, ilusionada.
—He tenido que llevar en coche a tu prometida y a la irresponsable de su mejor amiga porque han tenido un tropiezo con Goose. Y la mostaza está en la bolsa, memo.
Levi dejó de buscar la salsa.
—Je, je. Estás jodido.
Cogí el cinturón de las herramientas.
—¿Perdona?
Señaló con el sándwich a Cam y Nana se acercó a él, moviendo el hocico.
—Así empezó este. Rescatando a Hazel de Goose. ¿Y ahora tú vas de héroe con Zoey? Es una señal.
Cam sonrió, algo que me resultó de lo más desconcertante. Aún no me había acostumbrado al hecho de que mi hermano, el gruñón, hubiera encontrado la felicidad.
—Me comporté como un puto héroe —declaró.
Negué con la cabeza mientras me abrochaba el cinturón.
—Por favor, deja de inventarte cosas. Le gritaste y la acusaste de intentar matar a un águila calva. Deberías besarle los pies todos los días por soportar tu mala leche. ¿Y tú desde cuándo eres tan supersticioso, Livvy?
Levi encogió aquellos hombros tan anchos mientras echaba un río de mostaza amarillo en el sándwich. Nana emitió un gruñido grave y empezó a babear.
—Puede que sea por la falta de sueño, pero tengo la sensación de que se ha convertido en una costumbre —contestó.
No me gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. Ya era bastante chungo tener que recordarme constantemente que Zoey no podía gustarme. Y como mis hermanos se dieran cuenta de la incómoda atracción puramente física que sentía por ella, sería mil veces peor.
—Te recuerdo que Goose no es ningún casamentero. Es un águila calva a la que le gusta hacer gilipolleces. Le ha lanzado una serpiente a Zoey. Ella ha salido corriendo hacia el medio de la carretera y se ha empotrado conmigo —expliqué.
Eso bastó para borrar la sonrisa del rostro de Cam, que le estaba acariciando el pelo a Nana para que dejara de centrarse en el embutido.
—¿Y está bien?
—Perfectamente. —Como lo estaría yo después de una cerveza, una ducha y una buena noche de sueño para poder dejar de imaginármela allí tumbada e inmóvil en medio de la carretera.
—Entonces ¿por qué tienes esa cara de que alguien te ha meado en la cerveza? —preguntó Cam.
—Son imaginaciones tuyas. —Me dispuse a coger un tablón de cinco por diez para colocarlo sobre el segundo par de caballetes.
—¿Liv? —dijo Cam, señalándome.
—Tiene razón —dijo Levi con la boca llena de pavo y queso—. Pareces agobiado de cojones.
—A lo mejor es porque no me queda más remedio que quedarme aquí trabajando con los capullos de mis hermanos en este día de primavera tan bonito. —La mayor parte del tiempo, al menos uno de nosotros tenía ganas de partirle la cara a otro. Alguna vez nos dábamos algún que otro puñetazo, pero eso era en contadas ocasiones, y solíamos arreglarlo con una cerveza fría y haciendo un pacto para no contárselo a nuestra madre.
—Y una mierda —dijeron ambos al unísono.
Exhalé un suspiro.
—Vale. Me ha faltado poco para no verla a tiempo. La he atropellado. Casi me da un puto infarto. Me he cagado de miedo. Ya está. ¿Contentos?
Volví a imaginarme a Zoey tumbada en la carretera, con los ojos cerrados, y se me aceleró el pulso.
—¿Por qué íbamos a estar contentos? —preguntó Levi, horrorizado.
Cam sacó de inmediato el móvil del bolsillo para llamar.
—Haze —dijo—. ¿Por qué no me has llamado para decirme que mi hermano había intentado atropellar a tu mejor amiga?
—Yo no he intentado atropellar a nadie —protesté, en voz lo suficientemente alta como para que Hazel y todos los que estaban arriba me oyeran.
Cam me dedicó una peineta y se dirigió con paso firme al rincón más alejado del sótano para continuar con el interrogatorio.
—Qué putada —dijo Levi.
—Zoey está bien —le aseguré.
—Seguro que te habrá recordado a lo de Laura —comentó.
Me encogí de hombros.
—Puede. —La vida de nuestra hermana había dado un vuelco cuando ella y su marido habían salido a correr una mañana temprano y un conductor los había atropellado. Ahora Laura estaba en una silla de ruedas y Miller… Miller estaba muerto. ¿De verdad estábamos todos a un pequeño error de arruinarle la vida a alguien? Era una idea en la que prefería no ahondar. Yo tenía cuidado. Era responsable. Planificaba las cosas, me fijaba metas, tomaba medidas. No cometía errores que destruían familias por descuido. Levi asintió sabiamente, antes de darle otro mordisco al sándwich—. Qué buena conversación —dije.
Él soltó un gruñido.
Cam volvió.
—Las dos se encuentran bien. No pensarás venirte abajo recordando lo del accidente de Larry, ¿no? Porque sería absurdo. Y nosotros no estamos preparados para enfrentarnos a eso, así que lo más probable es que tuviéramos que acabar llamando a mamá y ella te apretaría las tuercas.
—Ya está en esas —dijo Levi, delatándome.
—Que estoy bien.
—Probablemente sea más fácil creerle que involucrar a mamá —opinó Levi.
—Bien pensado. Fin de la conversación. Problema resuelto. —Cam miró enfadado a Levi—. Genial. Ahora me apetece un puñetero sándwich.
Nana levantó las orejas y giró sobre el trasero para mirar a su otro tío, que acababa de decir una de sus palabras favoritas.
Señalé la tercera bolsa que había dejado sobre los caballetes.
—Hay dos más ahí. Con patatas fritas.
—Eres mi hermano favorito —dijo Cam, abalanzándose sobre la bolsa.
—Qué bien. Y ahora, ¿podemos avanzar un poco con el armario antes de que me toque largarme?
—Después de los sándwiches —me prometió Cam—. Volviendo a lo de la boda. Imaginaos una barra libre con degustación de whiskies.
—¿Quieres que vomiten encima de la novia? —le preguntó Levi.
Miré el reloj, maldiciendo, mientras entraba a todo correr por la puerta principal del edificio. Finalmente, habíamos conseguido acabar la estructura del armario para los Lego antes de vernos obligados a salir a la calle para mediar en una contienda entre los fontaneros y los electricistas, que estaban discutiendo por los plazos de otra de las casas.
—Tienes catorce minutos —me dijo el pasante desde la puerta del piso de abajo.
Declan tenía el pelo de color rojo chillón y vestía de una forma muy atrevida. Había dado por hecho que aquellos dos factores serían el reflejo de una personalidad aplastante. Pero llevábamos dos meses trabajando juntos y aún no había detectado el menor indicio de carácter. Al menos el chaval era eficiente. A veces hasta demasiado. Me alegraba que el bufete fuera cada vez mejor, porque los días en los que estaba concentrado en el trabajo, Declan escuchaba audiolibros de fantasía épica y representaba las escenas de lucha con espadas con un tubo de cartón.
—Llegaré a tiempo —le aseguré, mientras me quitaba la camiseta por la cabeza y corría hacia la puerta de la escalera con Nana pisándome los talones. El edificio que había comprado para el despacho de abogados hacía cinco años tenía un pequeño apartamento de un dormitorio en el piso de arriba, que en su día había pensado alquilar, pero que había acabado convirtiéndose en una especie de trastero y en un sitio para ducharme.
—También te he dejado un informe del agente judicial encima de la mesa y el mediador del cliente once cero siete ha cambiado a otro día la reunión de mañana —me informó el pasante, siguiéndome hasta la puerta.
—Los clientes son personas, no números, Declan. Y, por favor, empieza a preparar el té —le grité mientras subía las escaleras de dos en dos.
—¿Saco las galletas? —me preguntó.
La señora Babcock me traía cupcakes cada vez que venía y, aunque era una mujer muy inteligente, elegante y rica, la repostería no era lo suyo. Al oír la palabra «galletas», Nana me abandonó y bajó corriendo las escaleras para entrar en el despacho.
—No, va a volver a traer cupcakes.
—Esconderé la papelera debajo de la mesa, al lado de tu silla —me informó Declan.
Abrí la puerta sin contemplaciones de una patada e iba a quitarme los pantalones cuando se me ocurrió una idea de lo más desafortunada. Me quedé inmóvil, con la mano en la bragueta, en medio de la sala de estar. Le hacía falta una moqueta nueva y una mano de pintura. Y tendría que sacar todos los archivos del dormitorio y del salón. Pero, en general, el apartamento estaba en buen estado. Nunca había sido el casero de nadie, pero si el inquilino era el adecuado… Solo que Zoey era la inquilina menos adecuada del mundo. Sería un error monumental, una idea terrible.
—Trece minutos —me comunicó Declan desde abajo.
—Mierda.
Once minutos más tarde volví a la planta baja, todavía atándome la corbata.
—Lo sé, lo sé. Dos minutos —dije en cuanto Declan abrió la boca detrás del escritorio.
Después de comprar el edificio, había dado carta blanca a mi madre y a Laura para decorarlo. Y en vez de convertirlo en un lugar oscuro y digno, como todos los bufetes de abogados, habían optado por un estilo luminoso y despejado, con suelos de madera clara, paredes blancas y algún que otro toque de verde. Había conseguido mantener vivas las plantas, que ellas habían insistido en poner, e incluso había añadido algunos cuadros de temática agrícola que no les disgustaban demasiado. El efecto general era alegre y sereno. Encajaba conmigo y con mi forma de trabajar.
—En realidad, falta un minuto y cuarenta y nueve segundos —dijo Declan, señalando un reloj digital, uno de los dos únicos objetos personales que había traído consigo. El otro era una taza de café completamente blanca.
—Gracias por la exactitud. ¿Has imprimido las copias? —La señora Babcock había modificado el testamento tres veces en los últimos cuatro meses y yo estaba deseando saber cuál era el último apéndice.
Él asintió con solemnidad.
—Las he colocado en abanico al lado del té, en la sala de reuniones.
Oí a Nana golpeteando con la cola detrás de la mesa de Declan. Puede que aquel chico fuera impasible como una estatua, pero dejaba que mi perra durmiera a sus pies.
—Genial. Gracias.
Estaba metiendo la cabeza en la sala de conferencias, cuando la puerta principal se abrió con un tintineo y la señora Babcock entró, saludando con el «yujuuuu» habitual.
Era una mujer imponente, con una piel oscura y tersa que atribuía a la práctica de lo que predicaba en su prestigiosa consulta de dermatología, que había vendido por una pequeña fortuna al jubilarse. Le gustaban los caftanes coloridos y los bolsos caros. Su nieta soltera heterosexual también era alta, pero tenía un aire más bohemio. Llevaba el pelo recogido en unas largas trenzas que había sujetado en una cola alta, y una chaqueta de flores extragrande por encima de un mono salpicado de pintura. Tenía en las manos una bandeja envuelta en celofán con unos cupcakes que parecían meteoritos.
—Llegan pronto —anunció Declan, un tanto molesto. Mi pasante no llevaba bien las alteraciones de su meticuloso horario.
Nana salió trotando de detrás de la mesa y ofreció educadamente la pata a las recién llegadas.
—Aquí está mi bombón —canturreó la señora Babcock, agachándose para revolverle el pelo a Nana. Mi perrita se derritió extasiada antes de acercarse contoneándose a su nieta.
—Siempre es un placer verla, señora Babcock. Declan ha preparado el té en la sala de reuniones —dije. El té hacía que aquellos discos de hockey disfrazados de cupcakes bajaran mejor.
—¡Estupendo! Declan, eres un tesoro. Bueno, Gage. Te presento a mi maravillosa nieta, Gabby. Gabby, este es mi atractivo abogado, Gage.
—Abuela —replicó Gabby, abochornada.
—Encantado de conocerte —le dije, tendiéndole la mano.
—He oído hablar mucho de ti —contestó ella.
—Solo le he dicho que eres todo un caballero y que me parece inaudito que sigas sin pareja. Bueno, ¿listos para hablar de cuánto dinero puedo dejarle a un centro de acogida de gatos monísimo que acabo de descubrir? —canturreó la señora Babcock, yendo hacia la sala de conferencias.
Gabby me entregó los cupcakes.
—El truco es desmenuzarlos en el plato para que parezca que has comido más. Y que sepas que tengo novio. Es encantador. Solo que aún no se lo he presentado porque es un pelín autoritaria e intimidante.
—Me alegro por ti, aunque es una lástima.
—Ya. La abuela siempre ha tenido buen gusto —bromeó—. Venga, vamos a atragantarnos con los cupcakes y a salvar a unos cuantos gatos tuertos.
Laura
Acabo de volver del gimnasio
Hoy Radio Macuto estaba a tope
Según la mujer que tenía al lado haciendo pesas, Gage ha atropellado a una turista del pueblo al dar marcha atrás, pero al final no ha sido nada porque era una trampa de Dominion para aumentar el índice de criminalidad del pueblo
Hazel
Gage ha atropellado a Zoey con el todoterreno, pero porque ella se ha metido en medio de la carretera para escapar de un águila y una serpiente. No le ha pasado nada. Dominion no ha tenido nada que ver, a menos que hayan estado entrenando en secreto a nuestra águila calva
Cam
A qué has ido al gimnasio?
Laura
A entrenar, melón
Gage
Ha sido culpa de Zoey
Mi impecable historial al volante sigue intacto
Por qué has ido al gimnasio sin nosotros, Larry?
Siempre entrenamos juntos
Laura
No os parece un poco codependiente?
Levi
Acabo de preguntarle al tío de recepción
y dice que tiene un entrenador personal
Laura
Es que este pueblo está lleno de bocazas?
Cam
Qué va a saber un entrenador que nosotros no?
Hazel
Seguramente muchas cosas
Gage
Qué referencias tiene? Dónde se ha sacado el título?
Laura
Normal que le caigáis mal a todo el mundo
Levi
Según mis fuentes,
Wes empezó a entrenar con él hace unas semanas, por lo del baloncesto
Les hará descuento familiar?
Hazel
Es guapo? Por aquello de documentarme
Cam
No te estabas documentando conmigo?
Laura
La que va a aumentar el índice de criminalidad de Story Lake soy yo,
cuando os mate a todos