«Sí, quiero»: El origen del universo

«Sí, quiero»: El origen del universo

Por Carlota Ferrer


Toda gran historia comienza con un «sí»; incluso nuestro universo tuvo su propio «sí, quiero» cósmico: el Big Bang. Una explosión colosal que convirtió la nada en todo lo que hoy conocemos.

El «sí» está reservado para los valientes. Atreverse implica aceptar riesgos, dejar atrás la comodidad y lidiar con las consecuencias, envueltos en un aura de inestabilidad y duda. De hecho, sería un error creer que al explorar lo desconocido no sentimos miedo. Es precisamente la consciencia de su existencia y la determinación de continuar lo que nos acerca a nuestra auténtica esencia. Un salto de fe hacia nosotros mismos.

La ciencia define la incertidumbre como la imprecisión en la predicción de eventos. Por eso existen los márgenes de error, y por eso utilizamos la probabilidad para entender el mundo que nos rodea. En resumen, que la experiencia es un grado y nos ayuda a no repetir las mismas tonterías más de tres veces. Aunque, siendo humanos y honestos, ¿no es ese nuestro talento innato?

Algunos «síes» modifican el rumbo de la historia. Como el valiente «sí» de Margaret Hamilton, que lideró el desarrollo del software del Apolo 11 y con ello permitió que el ser humano llegase a la Luna, gracias al sistema de priorización de tareas de la nave. O el «sí» de Jane Austen, que transformó la narrativa romántica para siempre, rompiendo moldes literarios y desafiando el contexto social. O el «sí» a liberarse del corsé, que impulsó Coco Chanel y que no fue solo un acto de moda, fue una revolución, que dio un nuevo giro a las prendas de las mujeres y les permitió mayor movilidad.

Otros «síes», en cambio, resultan menos afortunados, como el «sí, me lo compro porque me lo merezco», que deja tu cuenta bancaria temblando; el «sí, ¿por qué no?» de tu último match que, con alta probabilidad, se convertirá en tu próxima decepción amorosa; la resaca monumental que arrastras todo el domingo después de pronunciar el «sí, pero esta es la última»; y el clásico «sí, quiero pasar el resto de mi vida contigo» que, años más tarde, desemboca en un «por supuesto que sí, quiero el divorcio».

En las últimas veinticuatro horas, yo ya he pronunciado dos «síes». Wine not?

El primero, ayer por la tarde, cuando acepté una oferta de trabajo que, por cierto, había estado rechazando durante años.

Un par de horas más tarde me encontraba, de nuevo, delante de mi último «sí, quiero», tras rendirme ante la insistencia de mi amiga Júlia para que la acompañase a uno de los desfiles de moda más esperados. Una campaña de márquetin a la altura del Just Do It. El evento prometía. Sería una de las mejores noches del año o, al menos, aportaría una buena historia para contar.

Nuestras vidas, al igual que el universo, están en constante expansión, impulsadas por todos nuestros «síes». Cada uno posee, por lo tanto, el potencial para convertirse en una gran decisión o en el peor error. Y ahora, basándome en la estadística, voy directa a comprarme unos zapatos nuevos para tropezar con estilo.

1

Una noche singular

Momento en el que el universo rompe sus propias reglas

y concentra un sinfín de posibilidades en un solo lugar.
También conocido como la noche del evento.

—¡Carlota…, Carlota! —Una mano firme zarandea mi hombro de forma repentina y doy un brinco. Ladeo la cabeza y me encuentro ante su mirada inquisitiva y sus labios fruncidos. Me señala los AirPods—. Sabes cuánto odio que te abstraigas de esta forma.

—Tenía activada la reducción de ruido —miento. Me retiro los cascos, le pongo el punto final a mi columna, bloqueo la pantalla y recojo la taza de café. La voz de Lana del Rey aún puede intuirse. Me giro en busca de Martín, pero ya no está. Percibo el tintineo de una copa en la encimera.

—Me voy a la ducha. No quiero llegar tarde. —Me apoyo en el marco de la puerta de la cocina tras guardar la taza en el lavavajillas. Martín se sirve una copa de vino en silencio. No parece que quiera compartirla conmigo. Dejo escapar el aire con desazón.

«¿Su enfado pesa más que mi felicidad?».

A través de la ventana del baño, mientras cuelgo la toalla en el calefactor, observo las calles ocres, los árboles desnudos y los cientos de hojas secas que yacen en el suelo. La melancolía flota en el ambiente. El otoño ha invadido cada rincón de las calles e incluso cada recoveco de nuestra casa. La expresión de Martín lo dice todo. No necesito más evidencias para concluir que no le ha sentado bien que haya aceptado la oferta de trabajo. Quizá porque me conoce demasiado y ambos sabemos lo que implica el haberlo hecho; o quizá porque esto deja claro que ya no soy la misma Carlota de aquella tarde de primavera, ocho años atrás, en la que nos presentaron.

Disfrutamos de tres años de noviazgo, mientras aún vivíamos con nuestras familias. Cuando nuestras carreras profesionales despegaron, y tras mucha insistencia por mi parte, decidimos mudarnos juntos. A pesar de tener la misma edad, vivíamos entonces circunstancias vitales muy distintas. Ahora también, aunque por motivos opuestos.

Me pregunto si detrás del primer «me gustas mucho» se esconde un «pero ya te cambiaré», si un «para siempre» es, en realidad, un «por ahora». ¿En qué momento dejó de interesarse por mis artículos? O, tal vez, es que nunca llegaron a entusiasmarle.

Al salir del baño, me planto delante del espejo del pasillo, levanto la vista y estudio la imagen que veo reflejada. Acaricio la falda de encaje negra que cubre mis piernas. El tejido, delicado y fino, crea un efecto de semitransparencia. Me ajusto el bodi negro con escote corazón y desenrosco el pintalabios nude. Mi cuerpo se estremece cuando me topo con los ojos de una extraña. El reflejo es tan ajeno y vacío que siento que ya no me pertenezco. ¿Por qué siento que mi propio universo agoniza? Trago todo el aire que mis pulmones me permiten, en un intento de reprimir las lágrimas que se agolpan en mis ojos.

Me apresuro a coger el bolso y las llaves. Martín me examina desde el sofá.

—Carlota… —Las sílabas se prolongan más de lo habitual, como si intentase frenarme.

¿Cómo detener a alguien que ya ha cruzado el umbral de su propio final?

Abro la puerta del escarabajo negro. Dejo el bolso en el asiento del copiloto y, encima, cuidadosamente doblada, la blazer oversize a juego con el coche. Ordenarlo todo me da una falsa sensación de control. Estoy tan inmersa en mis pensamientos que no me doy cuenta de que no ha sonado ni una sola canción en todo el trayecto, hasta que no aparco a una calle del piso de Júlia. Incluso he dejado el neumático rozando el bordillo, algo que saca de quicio a Martín. Después de darle vueltas, he decidido dormir aquí esta noche. Podría coger un taxi y volver a casa cuando termine el evento, pero tras demasiados gin-tonics y alguna que otra conversación, también demasiado sincera con mi amiga, sé que su apartamento será el único lugar donde no tendré que fingir que todo está bien. Dicen que conocerse a una misma es la base de la libertad, la autenticidad y la toma de decisiones conscientes. Una especie de brújula interna que te orienta. Aunque la mía parece estar rota…, ¿o solo tengo miedo de aceptar hacia dónde me lleva?

Alcanzo el teléfono. Nos queda media hora de margen y el taxi debe de estar a punto de llegar. Mientras camino hacia su portal con los stilettos (en mi caso, un deporte de riesgo), escribo un mensaje a Júlia para meterle prisa.

Mi amiga tiene muchas virtudes, pero la puntualidad no está en su lista. Tiene un optimismo colosal acerca de la elasticidad del tiempo y, espóiler, llega tarde a todas partes. La puerta de acceso al edificio se abre de par en par y me sorprendo al verla atravesarla. Luce increíble, con esa belleza despreocupada que la caracteriza.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga? —pregunto arqueando las cejas. Esbozo una sonrisa divertida.

Júlia sacude las manos con resignación.

—Después de este evento, voy a necesitar una buena dosis de terapia por estrés emocional —se lamenta mientras se aparta un mechón de pelo y se inclina para plantarme un beso en la mejilla con cuidado de no dejar rastro de su pintalabios.

—¿Qué ha pasado esta vez? —pregunto curiosa. Con esta mujer es imposible aburrirse.

—Álex Castelló. Ese niñato egocéntrico ha intentado vetarme del desfile. Todavía no he conseguido averiguar cómo se las ha ingeniado, pero lo haré, créeme. —Su tono destila toneladas de rabia contenida y una buena dosis de determinación.

—Si Diva hubiese intentado destrozar mi carrera, yo también habría pensado en prohibirte la entrada. —Me lanza una mirada desafiante y encojo los hombros.

—Eso no fue así y lo sabes. Existe algo llamado libertad de expresión. Nosotros solo hicimos una crítica profesional de su trabajo. Su frágil ego no soporta que un medio no le baile el agua.

—«Un gran poder implica una gran responsabilidad» —filosofo—. Existe una línea difusa y fácil de cruzar entre la libertad de expresión y la cultura de la cancelación. ¿No crees? —Júlia no responde, dejando entrever, por lo que puedo intuir, que no está lista para contarme todo. Nuestros silencios están cargados de más significado que nuestras palabras.

Se aproxima a la calzada para avisar al taxista. No puedo evitar fijarme en su elegancia. Su estilo me llamó la atención desde que empecé a trabajar con ella, en el equipo de redacción de una de las revistas de moda con más prestigio del país.

Aterrizaba con su traje de corte masculino en la oficina a primera hora de la mañana, tras haber gestionado una crisis con la portada de la revista hasta bien entrada la madrugada, con la frescura y felicidad de quien parece haber dormido diez horas y, mínimo, disfrutado de dos orgasmos. Júlia es una fuente de energía inagotable y arrolladora, que llena de vida la revista. Reconozco que siento por ella cierta fascinación.

En Diva, supe que aquello sería como participar en una Spartan Race con tacones: todo gira en torno a fechas de cierre imposibles de cumplir, a teléfonos que no dejan de sonar, a la organización o asistencia a eventos exclusivos, a sesiones de fotos y, como remate, a reuniones maratonianas. Desde el primer momento asistí a un desfile frenético de estilistas y asistentes cargados de café, percheros móviles y carpetas por los pasillos. Una réplica a pequeña escala de El diablo viste de Prada.

Mientras los simples mortales luchamos por sobrevivir a las demandas del día a día, Júlia se desenvuelve con naturalidad en mitad del caos. No solo es la mejor redactora de Diva, sino que ha nacido con carisma y una capacidad de liderazgo innata. Consigue entrevistas exclusivas, crea redes de contacto con una facilidad asombrosa y su intuición, su fortaleza y su perseverancia hacen de ella la futura editora que la revista merece. Todo parece jugar a su favor.

Todo, menos su jefa, el único obstáculo que la separa de sus sueños.

De hecho, creo que empecé a caerle bien justo después de derramar mi café sobre el Saint Laurent de Olivia, su jefa.

De aquel épico episodio han pasado ya muchos cafés, y, aunque nuestras carreras tomaron caminos diferentes, nuestra amistad se ha ido fortaleciendo con el paso de los años. De hecho, si ella tuviese un mal día, yo sería capaz de cederle la última pieza de sushi: una auténtica muestra de amor.

Para el evento de hoy, Júlia ha elegido un kimono de seda, color champán, con mangas largas y amplias, escote cruzado y corte asimétrico que le llega hasta la mitad del muslo; un cinturón largo de la misma tela ciñe la prenda a su cuerpo a la perfección.

—No estoy segura de que mis elecciones encarnen el concepto sofisticado y creativo del dress code. ¿Crees que me he venido muy arriba? —Me mordisqueo el labio inferior.

—¿Tú te has mirado al espejo? Somos un delicado equilibrio entre la elegancia y la irreverencia, nena. —Me guiña el ojo con complicidad y me arrastra de la mano hacia el interior del taxi.

—¿Algún plan emocionante esta noche, señoritas? ¿Dónde las llevo? —Júlia me entrega la entrada, la examino sujetándola con firmeza y la recorro en silencio: «Modart, medio siglo de creatividad».

¿Tenía entre mis manos el tique dorado de Willy Wonka?

—Seguro que para ellos sí. Nosotras somos la parte memorable del evento —bromea Júlia. Suelto una carcajada.

—Al Museo Nacional de Arte de Cataluña, por favor.

Nos detenemos a los pies del Palacio Nacional, bañado por las últimas luces del día, que tiñen el cielo de ámbar, a juego con la iluminación de las fuentes. Gracias a los astros, las escaleras de acceso son mecánicas, lo que simplifica mis problemas a uno solo: no quedarme atrapada entre sus ranuras. El museo es majestuoso y en él se mezclan múltiples corrientes arquitectónicas.

Nos dan la bienvenida una alfombra burdeos y varias azafatas que la flanquean. Nos facilitan el programa, al tiempo que percibo el tacto de la exclusividad bajo mis tacones. Alzo la vista y un gran cartel cuelga de la entrada anunciando la gala, que está a punto de dar comienzo.

A nuestro alrededor compañeros periodistas y fotógrafos se aglomeran para recibir a los personajes de interés social, y yo, que esta vez asisto como invitada, me incomodo al ser observada por decenas de ojos curiosos. Me siento una impostora y desearía volver al cómodo anonimato.

Un cosquilleo en el estómago se apodera de mí. Si no fuese por el frescor otoñal, me desprendería de la americana; en cambio, siento las manos frías, aunque sudorosas. Cruzo la entrada y me entrego a mi destino en un universo caprichoso que me regala una explosión cósmica y emocional en forma de oda a la moda y al arte.

Nos recibe un vestíbulo de techos altos y robustas columnas. En comparación con ellas, me siento minúscula. Una escalinata central de mármol enmarca el acceso a las salas. Dejamos atrás varios grupos que charlan distendidamente y seguimos las indicaciones de los rótulos que nos conducen hasta el Gran Salón. La altura de la sala me deja hipnotizada y mi mirada se dirige al techo abovedado. La luz que baña el inmenso espacio y la música ambiente te sumergen en una atmósfera multisensorial de tonalidades rosadas y violáceas.

Acorralamos a uno de los camareros a nuestra derecha. Nos ofrece probar un par de cócteles de bienvenida. El humo generado por el nitrógeno líquido envuelve la copa. Ambas observamos las esferificaciones de su interior mientras se disipa la niebla.

—Lo de la innovación molecular es too much. Seguro que se le ha ocurrido a Álex —critica Júlia. Me acerco más al vaso para examinar cada detalle.

—A mí me parece cautivador, aunque dudo que te aplaque la sed. Y ¿no será que lo tienes cruzado porque es el único hombre de este planeta que no te manda fueguitos?

—¡Por favor! No podrías estar más equivocada. —Júlia agita la cabeza y deja escapar una risa escandalosa—. El caviar alcohólico está afectando a tus habilidades cognitivas, ¿eh? —se mofa.

Poco a poco, las mesas altas, distribuidas por todo el espacio, se llenan de invitados. Algunos llevan outfits que me recuerdan a los de la MET Gala. El salón, desde el fondo hasta la mitad, está atravesado por una pasarela. Ya se respira la expectación por el inicio del desfile, aunque Júlia, que tiene cierta aversión al silencio, cotillea con todo bicho viviente a nuestro alrededor. Reviso el tríptico con la escaleta del evento, dividido en tres actos. Por una parte, diseñadores y artistas, tanto consolidados como emergentes, han colaborado para organizar un desfile que represente no solo la moda, sino también las corrientes artísticas y las sensaciones que definieron cada etapa.

Por otra parte, a la organización le ha parecido una idea divertida diseñar un juego social para romper el hielo, y evitar así que te quedes todo el evento de cháchara con tu amiga, pegada a la barra de bebidas. Con Júlia, eso es prácticamente imposible porque conoce a la mitad de los invitados y ya me ha presentado, por lo menos, a diez personas. La dinámica del juego consiste en que te asignan una mesa, compartida con otros desconocidos al azar, con quienes debes entablar una conversación durante un rato. Francamente, con la ansiedad social que me calzo, no me entusiasma la idea.

Las luces se atenúan hasta desvanecerse por completo y los murmullos se acallan. Mi respiración rompe el silencio, así como mis latidos. La oscuridad que me envuelve empieza a pesar y trato de buscar refugio, pero ya no hay nada que pueda distraerme de lo que huyo. Pienso en Martín y en todo lo que dejamos de ser hace tiempo. Es justo ahora, en mitad de este vacío tan absoluto y abrumador, cuando empiezo a ver con claridad.

«¿Es esto lo que sentía el universo antes de nacer?».

Los primeros acordes se expanden por cada rincón de la sala y me golpean. Me estremezco con cada nota que vibra. Y, como si de una broma cósmica se tratase, Depeche Mode me invita a disfrutar del silencio.

Un haz de luz grisácea apunta a una de las modelos, que posa inmóvil, como una escultura inanimada, en una de las gradas laterales. Las sombras que produce el foco resaltan el contorno y la textura de un pantalón acampanado color tierra y de una blusa beis. Poco a poco, el resto de las modelos vuelven a la vida con conjuntos metálicos y lentejuelas inspirados en la movida madrileña.

Giro la cabeza en busca del último haz de luz que, en esta ocasión, crea un ambiente más íntimo y reflexivo. Cuando consigo localizarlo en el balcón de la Sala Oval, justo encima de nuestras cabezas, me distraen un par de ojos color café que brillan junto a la modelo. Hay algo en ellos que capta mi atención. Unas pupilas atraviesan mi mirada con una precisión y energía desconocida, como si absorbieran toda la energía de la sala. Siento que me desafían a una batalla invisible mientras me estudian con curiosidad.

Me siento atrapada en el preciso instante en el que las dudas y las posibilidades se encuentran. Como si las leyes que rigen nuestro universo no tuviesen sentido. Un simple e inesperado cruce de miradas que concentra una infinita complejidad.

El ardor recorre mis mejillas y, sin poder evitarlo, parpadeo. Al abrir los ojos, la oscuridad inunda mi alrededor. En ese mismo momento, los aplausos retumban dando por concluido el primer acto. Cuando la claridad llena el espacio, busco esa mirada extraña, pero ya no está. Un cosquilleo me recorre el estómago. Quizá me he acercado demasiado al sol, como Ícaro, y al tratar de retener ese instante se ha desvanecido entre las sombras.

—Carlota, dime que tú también te has imaginado llevando ese traje clueless como Cher. ¡Lo necesito en mi vida! —Júlia me sacude sacándome del trance y devolviéndome al planeta Tierra—. Oye, ¿estás bien? Creo que necesitas comer algo. Ya sabemos que, cuando tienes hambre, te pones muy rara.

—Sí, disculpa. Es que juraría haber visto… —Júlia frunce el ceño, observándome en silencio—. No importa, vamos a picar algo.

De camino a la mesa de canapés, el staff nos intercepta para facilitarnos las etiquetas identificativas y el número de grupo al que debemos dirigirnos para comenzar la dinámica. Júlia cotillea mi tarjeta.

—Cuando llegues a la mesa, gira el plato tres veces, Carlota.

—¿Qué dices? —La miro incrédula, pensando que está de broma.

—Lo digo en serio. ¿Te acuerdas de Laia, la de márquetin? Firmó un contrato crucial con una marca de lujo para la campaña de Navidad. Ese mismo día, la reasignaron al despacho número trece, por la remodelación de la planta seis, y, de repente, el cliente se echó atrás y se canceló la campaña. ¿Casualidad? No lo creo.

—Sabes que suenas como una chiflada, ¿verdad?

—Tres veces, por si acaso.

Resulta curioso: si no hay ciencia que lo avale, ¿por qué incluso los seres más racionales caemos en las redes de la superstición? Quizá es porque la incertidumbre nos produce urticaria y la ambigüedad nos incomoda. Incluso para justificar la mala suerte en el amor, necesitamos encontrar patrones. Parece que culpar a Mercurio retrógrado, al destino o al número trece, entre otros, se ha convertido en un recurso popular para calmar la frustración cuando las cosas se tuercen.

¿Y yo? Me pongo siempre los calcetines emparejados, no llevo amuletos, tampoco huyo de los gatos negros, no evito pasar por debajo de las escaleras… Por eso me dirijo a la mesa trece a pecho descubierto sin miedo a tentar al destino.

Pero, por si las moscas, giraremos el plato tres veces.

2

El Big Bang

Explosión inesperada que marca el origen

de una gran historia o un buen lío cósmico.

Mientras camino hacia la mesa maldita, me coloco la identificación en la solapa de la americana, tal y como nos han indicado. Las pocas instrucciones que nos dieron fueron claras: no revelar nuestros nombres y prohibido hablar de trabajo. Para ello, cada uno debe escoger un apodo que refleje algún aspecto de nuestra vida, algo personal y original. Además, nos pidieron que rellenáramos un formulario con ocho preguntas, diseñadas para evitar caer en las conversaciones banales del tipo «¿tienes hijos o tienes perro?» o «¿cuál es tu color favorito?». Como cualquier ocasión acaba convirtiéndose en un reto para mí, he seleccionado algunas preguntas interesantes. Mi creatividad se ha puesto tacones.

He tenido que atravesar la sala para encontrar la mesa trece, como si la hubieran escondido a propósito. Cuando llego, aún no hay nadie. Dos tarjetones y un reloj de arena reposan en el tablero. Al final, Júlia va a tener razón… Por suerte, mi fatídica mesa está situada al lado de una barra de bebidas. Me dirijo directa hacia el barman.

—Una copa de vino, por favor. —Después de dedicarle una tímida sonrisa al camarero, suspiro nerviosa. Observo a mi alrededor. A poca distancia, un grupo de mujeres comparten risas en una animada conversación. No puedo evitar sentir una pizca de envidia, porque hace tiempo que no me siento así…, simplemente feliz. Una parte de mí se ha puesto en pausa.

Agarro la copa e inspiro el aroma antes de disfrutar del primer sorbo.

Adrián

Me apoyo en la mesa de manera aparentemente casual, como si no acabase de manipular al becario para que me cambiase a la número trece.

La chica espera en la barra. La curiosidad por descubrir lo que hay detrás de esos ojos, que son incluso más brillantes y enigmáticos de cerca, me ha traído hasta aquí. Me ajusto la chaqueta y me aproximo hasta ella con disimulo.

Al abrir los ojos, noto una presencia junto a mí. La curiosidad me empuja a dar media vuelta. Descubro que la mirada misteriosa me estudia de nuevo, pero, en esta ocasión, al alcance de la mano.

—¿A ti también te han dado plantón?

—Creo que no ha querido tentar a la suerte. —Aprieto los labios.

Él echa un vistazo a la mesa trece.

—En ese caso, correré yo el riesgo.

Durante unos segundos me mantengo en silencio. Desvío la mirada hasta la tarjeta prendida a la solapa de su esmoquin negro. «Omega».

Él responde echando un ojo a la mía. Percibo el calor en mi rostro.

Me invade la absurda idea de que algo así pueda ser solo casualidad.

La manga de su camisa se desliza ligeramente y asoma bajo el puño un elegante reloj. «¿Será el motivo de su apodo?», pienso. Arqueo una ceja. Se dirige al camarero.

—Lo mismo que la señorita, por favor.

—Qué curioso, no pareces de los que optan por lo fácil —«Ups, ¿he dicho yo eso?».

Su perfume es una mezcla de vainilla, sándalo y una esencia más que se me escapa.

—Estoy siguiendo tus pasos para conocerte mejor. ¿No es ese el objetivo del juego? —Su voz profunda, sensual y magnética me sacude. Trago saliva.

Me cede el paso. Nos situamos a ambos lados de la mesa separados por dos copas de vino y el reloj de arena. Lleno mis pulmones con fuerza mientras nos acomodamos en los taburetes.

—¿Preparada?

—Claro —respondo, disfrazando mi nerviosismo con una sonrisa algo torpe.

Examino rápidamente el entorno. Los demás ya parlotean, ríen y brindan en pequeños grupos, como si todo esto fuese lo más natural del mundo.

Doy un pequeño sorbo, recojo un mechón de pelo ondulado detrás de mi oreja y ojeo las preguntas del tarjetón. Ahora no estoy segura de querer formularlas en voz alta. Decido armarme de valor. Por una noche, me gustaría dejar de ser la Carlota cerebral.

Me observa expectante cuando invierto el reloj de arena y chasqueo la lengua, rompiendo el silencio.

—Si fueras un chef y pudieses crear un postre que definiese tu personalidad… —hago una breve pausa para levantar la barbilla—, ¿qué ingredientes utilizarías?

Apenas unos segundos después, Omega («Maldita sea, ¿cómo se llamará este hombre? ¿Apolo?») da un trago y se acaricia los labios, carnosos y rosados, con los dedos índice y anular.

—Una combinación de sabores que puedan potenciarse entre sí —responde. Arrugo la frente—. Son ingredientes que aparentemente no tienen relación, pero que juntos en la boca forman una explosión en el paladar.

—¿Como la sal y el chocolate? —indago mientras doy otro sorbo a la copa.

—Por ejemplo. La sal potencia el sabor del cacao y le da nuevos matices.

Alcanzo el medidor de tiempo, que está prácticamente lleno.

—No has tardado nada en responder, ¿tenías preparada la respuesta? —bromeo.

—Soy rápido si tengo claro lo que me gusta. —Su timbre de villano carismático y su olor comienzan a inquietar a mis neuronas más primitivas.

Omega desliza el reloj de entre mis dedos y lo gira de nuevo.

—Elige un personaje literario con el que te sientas identificada. —«No ha revisado la lista de preguntas, ¿las tiene memorizadas o se las está inventando sobre la marcha?».

Medito mi respuesta.

—Elizabeth Bennet. —Poso una mano en la mesa mientras juego con la copa.

—¿Te gusta Jane Austen?

—Orgullo y prejuicio es un clásico que nunca decepciona.

—¿Compartes su inclinación por los juicios precoces?

—No me dejo impresionar fácilmente. —Mi respuesta parece divertirle.

Saluda a varias personas a lo lejos.

«¿A qué se dedicará? ¿Diseñador de moda? ¿Coleccionista de arte? ¿Un lobo de Wall Street? ¿Relaciones públicas a lo Samantha Jones?».

El camarero aparece y recoge las copas vacías.

—¿Les traigo algo más?

—¿Qué opinas? —Omega espera mi confirmación.

«Ni de coña». El calor asciende por mi cuello, traicionándome. Deslizo los dedos por mi pelo castaño y me lo enrollo, jugando con él. Mi cabeza, que parece haber tomado vida propia, se deja caer lentamente como si dijera un «sí». Él deja entrever una evidente satisfacción ante mi respuesta y pide dos copas más. Yo aprovecho para poner en marcha el temporizador y recomponerme.

Un par de carcajadas resuenan de fondo. Omega permanece atento a mis movimientos.

—Prosigamos —le ordeno.

—Cualquiera diría que me estás entrevistando. —Me muerdo el labio para aguantar la risa. «Lo llevo en el ADN».

Devuelvo la mirada al frente tras escoger la siguiente pregunta.

—¿Qué crees que es más peligroso: alguien que sabe exactamente lo que quiere o alguien que no tiene ni idea de lo que busca?

Se acaricia la barba, que cubre ligeramente su mandíbula. «¿Qué edad tendrá?».

—Tic-tac…

—Ambos son igual de peligrosos; solo les diferencia la forma en la que te harán daño. Ambición o incertidumbre. ¿Con cuál te arriesgarías?

Antes de poder responder, los granos de arena vuelven a deslizarse en sentido contrario.

—Si pudieses escoger una prenda de tu armario para conquistar en una noche a alguien en absoluto silencio, ¿qué prenda elegirías?

Ahora me vendría muy bien tener a Júlia aquí. Además de elegir el look ideal para la ocasión, me entregaría un informe exhaustivo sobre este hombre. «Pero no es para mí, es para una amiga».

—Creo que toda la gama de rojos representa bastante bien la intensidad de los aries. —«Ay, Carlota, que pasas demasiado tiempo con tu amiga la supersticiosa…»—. Un vestido minimalista, largo y entallado.

Omega parece abstraerse de esta dimensión durante unos segundos, ¿se lo estará imaginando?

—¿Así que aries? —Clava los ojos en mi identificación—. «Luna». ¿Eres aficionada a la astrología?

Me río porque no puede estar más equivocado… Él me mira intrigado.

—Hagamos un trato. Yo te cuento de dónde viene lo de Luna, si tú me confiesas tu horóscopo. —«¿Y esta pregunta? Definitivamente, el espíritu de Júlia me ha poseído».

Con un simple gesto, cierra el acuerdo.

—Escorpio.

Doy un manotazo en la mesa.

—¡Lo sabía! —La copa se tambalea y Omega la sujeta. Unas gotas de vino salpican su mano y me apresuro a limpiarle con mi servilleta, aunque finalmente me detengo. Él me mira de nuevo. Puede que la discusión con Martín haya influido, pero esta noche, por primera vez, estoy bajando la guardia y dejándome llevar.

«¿Dónde está la chica capaz de controlarlo todo?».

—Mi madre es astrofísica —le confieso. Sus ojos se abren más de lo normal mientras apoya los antebrazos en la mesa.

—Y tú, ¿también te dedicas a estudiar los secretos del universo?

—Veo que tienes tendencia a saltarte las normas. —Él encoge los hombros y la curva peligrosa aparece de nuevo en la comisura de sus labios.

—¿No tienes curiosidad por saber qué significa Omega?

—Lo descubrí durante los primeros cinco minutos. —Le señalo la muñeca.

Omega inclina la cabeza, aprobando mi conclusión.

—Vaya…, te he subestimado. —Su dedo corazón juega con el borde de la copa.

Me fijo en sus manos, grandes y fuertes. «Sin rastro de anillo. ¿Estará casado?».

Giro el reloj, que, por cierto, hace rato que reposa.

—¿Cuál es la única cosa que nadie adivinaría al mirarte por primera vez? —Saboreo el vino lentamente.

—Mi lista de Spotify.

—Déjame adivinar… —Aprieto los labios mientras le escaneo—. Tienes pinta de intelectual, de esos que escuchan jazz o cuartetos de cuerda en su butaca.

—¿Eso crees? Elizabeth Bennet desplegando sus prejuicios, otra vez… —«¿En serio?».

Muevo la pierna para cambiar de postura, los tacones me están matando. Me topo con su rodilla. Me quedo inmóvil y percibo cómo mis mejillas arden.

En ese preciso momento, su teléfono vibra, rompiendo la tensión. Se disculpa alejándose para atender la llamada. Su olor llega de nuevo hasta mí. Pimienta, ¡cómo no!

Su presencia se difumina entre el resto de los invitados hasta que distingo su silueta al fondo. El traje envuelve su cuerpo, resaltando la forma de su espalda y ajustándose a su cintura. Mis pupilas se dilatan. Continúo observando cada gesto, hasta que se percata y me responde con una mirada fulminante.

Al regresar, apoya su mano en mi silla y roza mi espalda. Sigo clavada en mi asiento, pero mi cuerpo se tensiona.

—¿Nadie te ha dicho que tienes una mirada tan transparente que se puede leer a través de ella?

El hormigueo que recorre mi piel provoca que desvíe los ojos, evitando el contacto visual directo. Me aclaro la garganta.

Omega toma asiento y levanta, por fin, la tarjeta con las preguntas.

—Si la prensa tuviese que escribir un titular que resumiese tu vida actual, ¿cuál sería?

La pregunta me hace gracia. «Qué irónico, el universo». Hago un repaso mental por mi situación actual.

—Última hora: treintañera en plena crisis existencial, intenta escapar del apellido familiar y tropieza con él. —Zarandeo la cabeza. Me sorprende haber compartido eso con un desconocido. Su reacción es rápida, una carcajada seca brota de su boca. Sus ojos, en cambio, me devuelven el destello de quien ha visto reflejada su propia historia en mis palabras. Durante un minuto, ninguno de los dos dice nada. Le examino con detenimiento, tratando de cartografiarle.

Bajo la cabeza y leo la siguiente pregunta que aparece ante mí, pero la descarto. Se me acaba de ocurrir otra. Me inclino en la mesa, aproximándome a él.

—Cuéntame un secreto —le susurro.

Sus dedos repican contra la mesa, como si estuviese barajando cuál de ellos compartir conmigo.

Adrián

Admito que su petición me ha descolocado y, al mismo tiempo, ha disparado mi interés. Me excita que esto se esté convirtiendo en un juego. Uno en el que ambos intentamos desnudar al otro primero. Uno en el que yo siempre quiero ganar.

—Ven. —La invito a seguirme con la cabeza.

«¿Cómo?». Compruebo el tiempo que queda para que termine el juego. Noto la boca seca. Mis pensamientos se vuelven ligeros y lentos. Hay algo intrigante y peligroso en la sonrisa que se forma en sus labios. Mi corazón comienza a bombear con fuerza cuando me levanto del asiento y le sigo entre la masa de gente. No recuerdo en qué momento lo he decidido. Omega se cuela por detrás de la mesa del cáterin hasta un pasillo estrecho, que parece utilizar el servicio. Camina delante con soltura, como si no fuese la primera vez que hace esto. De pronto, agarra una bandeja de canapés de un carro repleto. Traspasamos la puerta que se sitúa al final del recorrido y aparecemos en el vestíbulo. Acelero el paso sin darme cuenta. Él me guía por el lateral izquierdo de la entrada y pulsa el botón del ascensor. Yo no dejo de mirar a los lados, con una mezcla de vergüenza y emoción a flor de piel.

Me sitúo frente a él, apoyada en la pared metálica, con el repiqueteo de mi corazón de fondo. El ascensor para en la segunda planta y, al salir, se encamina hacia las escaleras contiguas. Me sujeto la cola de la falda, que acaricia el suelo, y me apoyo en la mano que Omega me ofrece. Subo con cuidado los peldaños.

—¿Sueles colarte en edificios históricos?

—Solo si merece la pena.

Mis labios y mis ojos se curvan de forma sincera y espontánea, sin permiso. «¿Cuántas copas he tomado?».

Omega abre la puerta y me invita a pasar, con la palma de su mano reposando en la parte baja de mi espalda. La caricia me provoca un escalofrío en la columna. Cuando salimos, el aire frío me golpea la cara. Estamos en la azotea. Parpadeo y, de forma involuntaria, mantengo los labios entreabiertos, incapaz de articular palabra cuando observo la panorámica. Nos acercamos a la balaustrada. Omega, que ha dejado la bandeja en el suelo, se recuesta en la barandilla y cruza los brazos. La ciudad se extiende ante nosotros como una manta de luces que contrasta con el cielo oscuro. Observo maravillada la fuente mágica de Montjuic, con la plaza España de telón de fondo.

—Me pediste un secreto —suelta, sin mirarme—. De pequeño, mis padres y yo asistíamos a muchas fiestas en este lugar. Yo solía escaparme y subir a escondidas a mirar las estrellas. Aquí arriba había más honestidad que allí abajo.

Su confesión me pilla desprevenida. Después los recuerdos se me agolpan en la garganta.

—Supongo que, entonces, tú y yo tenemos algo en común. —Me aproximo con cautela y me sitúo a su lado. Nuestros hombros se rozan ligeramente—. Cuando mi padre trabajaba hasta tarde, mi madre y yo salíamos al balcón. Me señalaba las constelaciones y me hablaba del universo. Los grandes científicos dicen que mirar el cielo es un viaje de autodescubrimiento.

Un silencio cómodo se instala entre nosotros.

—No sé por qué te he traído aquí —dice al fin, casi como una confesión. Alcanza el platillo que ha traído consigo y me ofrece las croquetas. Las degusto en silencio. De trufa y parmesano, foie y cebolla caramelizada, sobrasada y miel y, una última, de chocolate, avellanas y sal. Paladeo hasta descubrir la explosión de sabores. «¿Así define él su personalidad?».

—Están deliciosas —mascullo con la boca llena. Omega parece disfrutar de mis gemidos culinarios.

—¿Nos queda alguna pregunta?

—Una más —le digo, sacudiéndome las manos—. ¿Qué es lo más estúpido o ridículo que has hecho por amor?

Se vuelve con rapidez hacia mí y entrecierra los ojos.

—¿Y si nunca he hecho nada por amor? —Guarda las manos en los bolsillos de su pantalón.

—¿Nada?

Niega con la cabeza

—Entonces quizá es que nunca has estado enamorado de verdad.

La música de la fiesta empieza a filtrarse desde abajo, como si hubiesen subido el volumen. Reconozco los acordes. Cierro los ojos.

—Es mi canción favorita —«De todas las canciones del mundo suena justo esta y justo ahora»—. «Me and Mrs. Jones».

Adrián

Nos mantenemos en silencio mientras la canción avanza. Sus palabras han pellizcado mi orgullo y, sin darme cuenta, he compartido con ella más información de la que quería. «¿Cómo diablos lo ha conseguido?». Puede que sea esa forma peculiar que tiene de mirarme, intentando hurgar en mi interior. Luna está empezando a sacarme ventaja, y eso me hace sentir muy incómodo, porque me aleja del control que tanto ansío y con el que cargo cada minuto de mi vida.

Observo el movimiento de su cuerpo al dejarse llevar por la música y una absurda idea cruza mi mente.

—¿Bailamos? —«¿Qué haces, Adrián?».

La risa nerviosa se apodera de ella. Antes de procesar lo que acabo de hacer, mi mano ya rodea su cintura y disfruto de la sensación de estar perdiendo un poco de control, aferrándome a ella.

Todo da vueltas a mi alrededor. Quizá por su perfume, por el alcohol que he tomado esta noche o por la cercanía de su cuerpo contra el mío, pero siento que estoy flotando. Nos movemos con un leve vaivén, al compás de la música, con las manos entrelazadas. Omega me gira con delicadeza y, cuando vuelvo al sitio, me inclina hacia atrás sin dejar de mirarme. El movimiento torpe nos arranca una carcajada. Me muerdo el labio, conteniendo las emociones que quieren salir disparadas, en todas las direcciones.

«Joder, estoy bailando bajo las estrellas. En la azotea del Museo Nacional de Arte de Cataluña. Con un completo desconocido».

—Esto es lo más estúpido que he hecho nunca —confiesa. Sus labios se acercan a mi oído y rozan mi mejilla por el camino.

Asiento despacio. Aunque lo que en realidad quiero decir es: «Esto es lo más romántico que he hecho nunca».

Cuando la canción termina, sus manos aún siguen en mi espalda. Omega está a punto de decir o, peor, hacer algo. Pero queda suspendido en el aire cuando la música vuelve a sonar a todo trapo sin previo aviso, rompiendo la magia del momento. El desfile se ha reanudado. Doy un paso atrás.

—Tengo que ir al baño. —Él asiente en silencio.

Le lanzo una última mirada fugaz y, sin esperar más, entro.

No sé si realmente necesito ir al baño o es mi forma de escapar de una situación incómoda. Lo he mirado curiosa. Mejor dicho, con descaro. Sin comprender el porqué, le he dado coba durante una hora. Incluso me he fugado a la azotea con él. Y ahora huyo de la escena del crimen, como si mis huellas no estuviesen por todas partes. ¿Me he vuelto loca o simplemente me ha sentado mal el vino esta noche? Bajo corriendo por las escaleras, desafiando a mi torpeza. Mi zapato sale volando. Y tengo que recorrer de nuevo el camino de subida para recuperarlo, evitando una escena a lo Cenicienta moderna.

Cuando llego a la Sala Oval, con el pecho a punto de desbocarse, uno de los focos ha creado una pasarela ficticia que permite a los modelos caminar por la sala. La evolución del minimalismo a la moda contemporánea se despliega a nuestro lado.

Para intentar olvidar el encuentro con Omega, pongo toda mi atención en cada prenda que aparece sobre la pasarela. Mi corazón va recuperando el aliento. En ese momento, alguien toca mi hombro.

—¡Joder, qué susto! —suelto. Júlia sostiene una cucharita de ceviche en la mano.

—¿A quién estás evitando? —balbucea con la boca llena.

—¿Yo? A nadie… Me siento algo mareada.

—Sí, estás un poco pálida. Anda ven, que te consigo unas croquetas.

—¡No! —exclamo—. No tengo hambre, gracias.

Me aterroriza confesar lo que acaba de suceder. No porque Júlia vaya a juzgarme, sino por lo dura que puedo ser conmigo misma. Así que continuamos viendo el espectáculo, como si nada hubiese ocurrido. Pero sí ha sucedido y el noventa y nueve por ciento de mis órganos son conscientes. La primera parte del evento culmina con un mono ajustado desmontable de corte geométrico.

Todos estamos aplaudiendo al unísono cuando aparece en la gran pantalla una invitación para recorrer la sala de al lado y disfrutar del tramo final del desfile, un tour por la moda del futuro. Cuando la mayor parte de los invitados se ha dispersado, vislumbro, una vez más, unos ojos color café que hace un momento me mecían bajo el cielo estrellado. Aún huelo a él. A Omega le rodean varias personas en una mesa repleta de comida, todos embelesados por su aura magnética. Escuchan atentamente cada palabra que sale de su boca.

—Juls, ¿conoces a ese tío? Es lo bastante atractivo como para que lo tengas en tu listado telefónico, ¿no?

—Me suena su cara, pero por ahora lo único que puedo confirmarte es que no me he acostado con él. Me acordaría, seguro. ¿Y este interés repentino? —«¿Por qué siento alivio ante su respuesta?».

—Digamos que he tenido un breve paso por «el desfile de las tentaciones».

—¿Qué dices? Pero ¿cuántas veces has girado el plato? Por lo menos diez, porque yo no he tenido tanta suerte. Una señora aburrida, su amiga y yo hemos debatido sobre el tweed, el tartán, y si la pana volverá a ser tendencia. ¿Quieres que le investigue?

—¡No! Ni de coña. Te lo prohíbo.

—Nena, esto me lo tienes que contar luego con calma, ¿eh?

Asiento mientras le doy un pequeño empujón para acelerar la salida y pasar desapercibidas.

Al adentrarnos en la sala contigua, el espacio está rodeado de pantallas digitales que proyectan efectos visuales 3D y hologramas en constante cambio. Las prendas y los modelos parecen flotar con cuerdas invisibles. Estamos ante una combinación de moda y arte digital en estado puro.

—Mira, Júlia. Álex está allí.

Durante unos instantes que parecen siglos, ambos cruzan sus miradas. Júlia curva los labios y esboza la sonrisa de la victoria. Contengo la respiración. Álex desvía los ojos y continúa conversando. Respiro de nuevo.

Álex Castelló es una de las jóvenes promesas del diseño de moda en España. Acaba de regresar de París, donde ha trabajado con grandes firmas especializadas en sastrería, explorando nuevos materiales sostenibles. Aquí es donde mi amiga Júlia entra en la historia. La aventura parisina ha sido más bien un exilio profesional derivado de un altercado con Diva, que marcó un antes y un después en su carrera. Lo que para muchos hubiese sido el final, él lo convirtió en una motivación para superarse con cada diseño que crea. Inspirador.

Álex viste un conjunto modular de corte asimétrico en tonos carbón y cierre magnético, diseñado con materiales sostenibles. Luce un aspecto juvenil muy suyo.

—Parece recién salido de un videoclip de Daft Punk —murmura Júlia, con su sonrisa sarcástica.

—A mí me parece que está guapísimo. Además, me alucina cómo mezcla la tecnología y la sostenibilidad en sus diseños.

Mientras contemplo el espacio, Júlia me mira de reojo, intentando refutar mi comentario con su ironía habitual. Aunque no reconocerá nunca el talento de Álex, no puede evitar asentir disimuladamente.

—Oye, Júlia, necesito ir al baño con urgencia.

—¿Cuántas copas de vino te has tomado hoy? —«Eso me pregunto yo»—. ¡Te acompaño! Álex es capaz de tirarme las moléculas de ginebra encima del vestido.

Júlia prefiere esperar en la puerta, socializando, mientras sujeta mi bolso y mi móvil.

El pasillo está oscuro y tardo en situarme. Caigo en la cuenta de que es una zona compartida con baños individuales. Entro en uno de los que quedan disponibles. Al salir me acerco a uno de los lavabos y me miro en el espejo. Otra vez veo el reflejo de una maldita desconocida. ¡Qué calor! Abro el grifo del agua fría. Lo agradezco. Avisto el movimiento de la puerta a través del espejo… y aparece él.

Sin cruzar ni una sola palabra, se coloca a mi lado y nuestros hombros se tocan. Se lava las manos en silencio. «¿Otra casualidad cósmica?».

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Creo que sí…

—Temí que te hubieses quedado encerrada en el baño todo este tiempo.

—¿Me estás siguiendo?

—No, pero, aunque me esfuerce, eres difícil de evitar.

Contemplo la escena mientras acaba de enjuagarse.

—Yo siempre me las lavo antes y después. Lo que voy a tocar es importante —afirma con expresión seria.

Suelto una pequeña carcajada. Nos examinamos en silencio.

Se acerca, alargando su mano, y, por un instante, me quedo paralizada. Sostengo la mirada mientras permanece pegado a mí. Trago saliva.

—Disculpa, necesito secarme las manos. —Señala las toallas de papel al otro lado.

Sin vacilar, me dirijo hacia la salida.

—Diría que esta ha sido una primera entrevista interesante, aunque todavía queda mucho por descubrir, ¿no? —Me detengo al escuchar su voz y doy media vuelta.

Mi corazón se acelera y repica en mi garganta. Siento la repentina tentación de meter la mano en el bolso en busca de mi teléfono. Por fortuna, no lo tengo. «¿De verdad le habría dado mi número?».

La puerta del baño se abre de golpe y entran varias personas, que llenan el espacio con sus voces. Una voz familiar al otro lado de la puerta confirma lo obvio.

—¿Estás viva?

«¿Qué estás haciendo, Carlota?».

Sacudo la cabeza, borro la estúpida idea de mi cabeza y me largo, antes de sucumbir a la tentación.

Adrián

Dejo escapar el aire cuando Luna desaparece por la puerta del baño. Se marcha. ¿Cómo no? Una parte demasiado ingenua de mí ha creído que esta vez sería distinto.

«Espabila, Adrián». Me ordeno.

Al salir, me topo con Júlia.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —me pregunta mientras me devuelve el bolso y el móvil.

—Nada de lo que pueda arrepentirme demasiado, pero vámonos. —Levanto las cejas y aprieto los labios—. Por favor.

Sí, definitivamente estoy huyendo de la escena del crimen. Y quiero hacerlo lo más rápido posible.

Al salir del local, el frío me recorre el cuerpo. El taxi se aproxima y me apresuro a pararlo. Ni siquiera me he despedido.

Omega aparece en mi vida como una chispa. Enciende un motor de combustión en mis cimientos y provoca una explosión en muchas facetas de mi vida. Este estallido cósmico revela una certeza dolorosa pero liberadora. Me hace consciente de la contradicción entre el espacio seguro en el que me he refugiado estos años y el deseo de enfrentar el caos que crece en mí. Mi revolución interna reclama algo más: una transformación irreversible.

Inexperta pero muy segura de mí misma, me aventuro a comprobar qué significa vivir mi propio Big Bang emocional.

Cierro la puerta y el taxi arranca. Solo cuando los demás quedan atrás, puedo respirar.

¿Qué acaba de pasar?