Solo los que tienen personalidad y emociones saben lo que significa querer escapar de ellas.
T. S. ELIOT
En diciembre de 2021 estaba esperando a que me sirvieran el almuerzo en un restaurante vegano de Miami cuando recibí una llamada de la directora de arte de la revista donde trabajo. Quería que un fotógrafo me hiciera fotos para acompañar un artículo mío que iba a entrar en imprenta.
Al principio me dio un vuelco el corazón. Fue como un halago increíble. «¡Fotos! ¡Mías!». Todas las que tenemos Sexo en Nueva York como referencia hemos soñado con ver nuestra foto junto a nuestras palabras. En resumen, que las palabras «sesión de fotos» crearon una versión resplandeciente de mí misma. Una versión que aparecería en las páginas de la revista, guapísima y al mismo tiempo con pinta de inteligente. En la calle brillaba el sol y me parecía que cualquier cosa era posible en South Beach. «¡Sándwich BLT de tofu!», gritó el camarero desde la barra.
Nada de todo esto sugiere un problema. Y si este mundo fuera distinto, y yo fuera una persona diferente, aquí acabaría la historia. Habría vuelto a casa sonriendo, con mi sándwich y la satisfacción de saber que había vencido a todos los que me odiaban. Habría conducido sin incidentes hasta el lugar donde tendría lugar mi primera (y seguramente única) sesión de fotos profesional, me lo habría pasado bien y durante los siguientes días solo habría sentido alegría, gratitud y, sobre todo, serenidad, porque mi vida iba por buen camino.
Sin embargo, yo no era esa persona. O no lo era todavía. Al contrario, poseía una capacidad única para encontrar algo por lo que sufrir incluso en la mejor de las circunstancias. Hacía tiempo que deseaba tener una personalidad un pelín distinta, y esa tendencia era uno de los principales motivos.
La directora de arte me contó por teléfono que había encontrado un fotógrafo en la zona y que ya estaba todo organizado. Se había encargado de que se aplicaran los protocolos de seguridad COVID. Y se le habían ocurrido varias poses. Yo solo tenía que comprarme una camisa negra, cuyo coste me reembolsaría la empresa. Quizá intuía que debía tranquilizarme, como se tranquiliza a un caballo asustadizo, y por eso me dijo que sería algo fácil y divertido.
Le di las gracias y colgué. Y en ese momento apareció mi vieja amiga, la ansiedad, que se coló en mi día para envenenarlo con el mal rollo de los «¿Y si…?». Me fui a casa para seguir preocupándome. Aunque tenía claro que era una oportunidad increíble, la realidad es que odio que me hagan fotos, y esas las verían cientos de miles de personas. Con tiempo de sobra, maquillaje a mi disposición y unas copas, soy capaz de hacer algo con mi cara para que quede pasable, pero el proceso es más psicodinámico que cosmético.
Estaba en Miami para disfrutar de una especie de vacaciones de trabajo y me alojaba en un antiguo edificio de estilo art déco con suelo de baldosas y pasillos perfumados. «Me arreglaré mucho y todo saldrá bien», me dije mientras examinaba mis poros en los espejos de las paredes del Airbnb.
Llevaba el pelo demasiado largo y tenía las puntas abiertas, pero el único momento que me quedaba libre para cortármelo era justo antes de la sesión de fotos. «Pues vale», me dije. Estuve mirando peluquerías y reservé cita en una con buenas críticas para la mañana de la sesión.
Entré en la peluquería en plan optimista, pero cuando la peluquera se presentó, me percaté con cierta alarma de que estaba calva (no me atreví a preguntarle el motivo). Pedí lo de siempre: un corte con capas discretas. Me dijo algo así como «Quieres una melena corta con textura que te dé forma en la cara», y yo, bloguera política con un gusto terrible, solté un rápido e indeciso «Sí».
Una media hora más tarde me estaba secando el pelo después de cortármelo en forma de champiñón vanguardista con capas. Cuando me preguntó si me gustaba, murmuré un «Ajá» y evité el contacto visual. Después crucé corriendo la calle hasta un Chipotle, me bebí una cerveza Dos Equis y me pregunté si era legalmente posible demandar a alguien por un corte de pelo.
Conduje hasta el estudio, donde conocí al fotógrafo, un hombre delgado y vestido a la última, con una energía desbordante. Me preguntó enseguida si quería «arreglarme el pelo». Luego anunció que iba a hacerme unas fotos de perfil.
«Te pago lo que quieras ahora mismo para que no lo hagas», le dije.
Odio que me hagan fotos, sobre todo si son de perfil. ¿Es por culpa del antisemitismo que llevo interiorizado por haber crecido siendo la única judía en el pueblo menos judío de Texas? Seguramente. Sin embargo, ¿es una fobia muy real y fuerte? Por supuesto. Intenté contener el pánico que trepaba por mi garganta. «¡Tranquilízate! —me dije—. ¡No es para tanto! De todas formas, ¡los antisemitas no leen The Atlantic!».
El fotógrafo dijo: «Claro, como quieras» y empezó a hacerme un montón de fotos de perfil. El propósito de las fotos exigía que no sonriera. En cambio, debía mirar a media distancia con mi habitual expresión avinagrada mientras las luces acentuaban mis peores ángulos. Cuando terminó, el fotógrafo me enseñó lo que me pareció la foto del «antes» de un cirujano plástico.
«Está genial», mentí con decisión.
La sesión terminó justo cuando empezaba la hora punta. Mi madre llegaba en avión esa tarde, pero antes de que aterrizara tenía que pasarme por el supermercado y comprar comida especial para la dieta que ella seguía por su gastritis. Mientras me enfrentaba al tráfico, mi jefe me mandó un mensaje sobre otro artículo que estaba en proceso de edición. Respondí tocando la pantalla con un dedo y al hacerlo me salté la salida de la autovía. Acabé en un túnel que conducía a una islita desde la que zarpan los cruceros, lo que le añadió media hora más al trayecto.
En mi cabeza se batían en duelo dos voces. Una me recordaba que no pasaba nada, porque todavía faltaban horas para que mi madre llegase y mi jefe sabía que estaba ocupada con la sesión de fotos. Otra, más chillona, insistía en que estaban a punto de despedirme y me decía que iba a dejar tirada a mi madre en el Aeropuerto Internacional de Miami.
Al final, llegué al supermercado Publix. Compré el salmón, las batatas y otras cosas que encontré recomendadas en un sitio que se llamaba «Cura la gastritis de forma natural» o algo por el estilo. Llevé el carro lleno de comida hasta el coche, o lo intenté. Había aparcado en un nivel superior del garaje y casi ni veía todavía el techo gris de mi Prius cuando las ruedas del carro se bloquearon de repente. Me quedaban unos doce metros de distancia.
Miré el coche. Miré la compra. Era demasiado para llevarla a mano. Empecé a tirar del carro atascado, arrastrándolo por el suelo de cemento del sofocante garaje con la ropa que me había puesto para la sesión de fotos. Un hombre que me vio gritó: «¿Se ha atascado?».
Ya de vuelta en el coche, miré el teléfono. El editor me había enviado más comentarios. Me preguntaba si podía abrir el documento y arreglar el párrafo que había señalado. El sudor me corría por la cara mientras echaba el asiento hacia atrás, abría el portátil y compartía los datos del móvil. Hice las correcciones y le devolví el documento al editor mientras el helado se convertía en una sopa en el maletero.
El tráfico había empeorado de camino al Airbnb. Cogí la compra y entré con los brazos cargados de alimentos a temperatura ambiente aptos para la gastritis. Mi novio, Rich, lo guardó todo. Y una membrana en mi interior se rompió. Sin saber muy bien por qué, yo también me derretí.
«¡Mi vida es una tortura estresante! —grité—. ¡La odio! ¡Odio a todo el mundo! No lo soporto más. —Y luego, sin que viniera a cuento, añadí—: ¡Y no vamos a tener hijos, joder!».
Me serví una copa de vino hasta arriba y me la bebí entre sollozos. Me sentía fatal por estar llorando, pero no podía parar. ¿Por qué tenía la sensación de que todas las cosas buenas de mi vida acababan pudriéndose? ¿Por qué parecía que siempre en vacaciones caían chaparrones aunque no fuese época de lluvias, en todos los proyectos emocionantes sonaba una alarma avisándome del peligro y todas mis nuevas amistades tenían una fecha de caducidad secreta?
¿O estaba exagerando? ¿Estaba uniendo unos cuantos incidentes desafortunados y convirtiéndolos erróneamente en un patrón repetitivo de infortunios? «¡Uf!, ¿por qué no puedo dejar de hacerlo?».
Rich me miraba desconcertado. No sé si se debe a su condición de estadounidense, de hombre, de no judío, o a la mezcla de las tres cosas, pero no sabe lo que es la ansiedad. Eso, sumado a su calva y a unos enormes ojos azules, hace que parezca un bebé de dibujos animados, siempre tranquilo e inocente.
Intentó consolarme. ¡Mi pelo no estaba tan mal! ¡Él iría a recoger a mi madre! ¡No tenía por qué quedarme embarazada si no quería! Pero aquello funcionó tan bien como si soplara flojito para apagar un conato de incendio en la cocina.
Por supuesto, nada de lo que yo decía era cierto. Sabía que estaba exagerando mientras protestaba. En realidad, estaba analizando de la peor manera posible una serie de reveses sin importancia. Mientras lloraba tenía claro que en realidad era más víctima de mí misma que de las circunstancias. Quien hablaba y proyectaba las cosas de esa forma tan aterradora era mi personalidad, pequeña y asustada.
Aquel día en concreto mi neuroticismo extremo me jugó una mala pasada. Según los científicos, el neuroticismo, la tendencia de una persona a sentirse ansiosa y negativa, no solo avivó mi arrebato etílico, sino que también nubló mi capacidad para tomar decisiones en el momento. El neuroticismo convierte lo rutinario en una emergencia, y si yo fuera menos neurótica podría haber encontrado la manera de liberar la tensión que se acumulaba en mi interior. Si mi cerebro no hubiera estado dando tumbos por la preocupación, podría haber pensado en hacer la compra por internet y que me la llevaran a casa. Podría haberle dicho a mi editor que no estaba disponible en ese momento. Y, tal y como mi atónito novio me repitió varias veces a lo largo del día, podría haberme recordado que, «al final, todo ha salido bien». Aquel día veía a todo el mundo (el peluquero, el fotógrafo, el supermercado) como al enemigo. Pero en realidad el enemigo siempre estuvo dentro de mí.
Ver a través del espejismo
Ese no fue un incidente aislado. Tenía momentos así a menudo, en los que arrancaba la insatisfacción de las fauces de la felicidad.
Al fin y al cabo, mi vida es y era objetivamente fantástica. Tengo una relación sentimental estable, un trabajo interesante y un lugar donde vivir. Pero el neuroticismo me impedía disfrutar de esa abundancia, y cuando me golpeaba alguna calamidad (una temporada sin trabajar, un susto de salud), me venía abajo más rápido que la mayoría de la gente. Mi personalidad me impedía ver de qué manera podía ampliar mi vida y mejorarla todavía más, o simplemente ser consciente de mi buena suerte y valorarla.
Junto al neuroticismo, la personalidad se compone de otros cuatro «factores» o rasgos: la extroversión (que es, básicamente, la sociabilidad); la capacidad de ser amable (o simpatía); la disposición a experimentar (resumámoslo en la creatividad); y la diligencia (o meticulosidad). Juntos, esos cinco rasgos predicen cómo responderás a diversas situaciones según la proporción que tengas de cada uno. Por ejemplo, si te va a encantar una sesión de fotos especial en un paraíso tropical o si supondrá una crisis épica.
Siempre me había sentido extrañamente neurótica, introvertida y poco agradable. Con el tiempo me coloqué esas etiquetas con orgullo, y la mayoría de las veces vivía de acuerdo con ellas, incluso cuando hacerlo me provocaba infelicidad. Evitaba cualquier cosa que no encajara con mi personalidad.
Por ejemplo, durante años me negué casi por instinto a socializar. Rich tuvo que invitarme un montón de veces a que me uniera al grupo con el que quedaba durante la happy hour antes de que accediera a hacerlo. «Eres introvertida, ¡que no se te olvide!», me decía a mí misma viendo la tele sola otro día más. Mientras me deleitaba con una nueva temporada de un famoso concurso de cocina, me preguntaba por qué casi nunca tenía a nadie con quien hablar y por qué dependía tanto de Twitter para la interacción social.
También sabía que la ansiedad me devoraba, pero lo veía como algo bueno. Cualquier indicio de inestabilidad en mi trabajo lo interpretaba como una señal de que debía trabajar más horas todavía. El consiguiente dolor de espalda y las citas con el fisioterapeuta eran como las perversas medallas del éxito. «Haces bien en estar ansiosa —me decía—. La ansiedad te mantiene a salvo».
Sin embargo, gracias a mi trabajo me topé con una investigación científica que demostraba que se pueden cambiar los rasgos de la personalidad si te comportas tal como haría la persona que quieres ser. Si no deseas estar tan ansioso o aislado, puedes vivir de otra manera. Descubrí que una personalidad nueva y un poco mejorada puede hacerte más feliz y ayudarte a tener más éxito y a que te sientas más realizado. Puede ayudarte a disfrutar de tu vida en vez de que la soportes sin más.
Hice un test científico de personalidad cuyos resultados arrojaron que la combinación de mis rasgos estaba relacionada con la infelicidad y la disfuncionalidad.[1] Se supone que los rasgos de personalidad te ayudan a conseguir objetivos, pero los míos me estaban poniendo obstáculos en el camino. Empecé a preguntarme si podría despegarme esas etiquetas de personalidad y tirarlas a la basura. ¿A quién me gustaría parecerme si pudiera elegir? Aunque había probado con terapia y con varios tratamientos farmacológicos, decidí intentar algo más radical, y posiblemente más duradero: cambiar mi propia personalidad.
Me pasé un mes realizando una serie de actividades para el artículo de la revista The Atlantic en el que se basa este libro (el que incluye la foto que me hicieron en Miami) y que cambiaron mi personalidad. A lo largo de ese verano intenté hacer nuevos amigos. Medité a regañadientes y llevé un diario en plan adolescente marginada durante el baile de graduación. Al cabo de tres meses el sitio web del test de personalidad reveló que mi experimento había funcionado, más o menos. Me había vuelto un poco más extrovertida y menos neurótica. (Sí, eso significa que mi arrebato en el Airbnb reflejaba la versión un poco mejorada de mi personalidad). Mientras trabajaba en el artículo, había ido puliendo la sociabilidad, la diligencia y la capacidad de ser amable, y mi personalidad había cambiado un poquito. En el ámbito científico se consideraría como un pequeño estudio piloto, un estudio de viabilidad que podía dar resultados o no.
Tras la publicación del artículo, guardé el diario de gratitud y el cojín de meditación, y volví a ser una misántropa inestable durante un tiempo. «¿Quién necesita meditar cuando tiene alcohol?», me pregunté. Y, como era de esperar, retrocedí tal como se demostró aquel día de invierno en Miami.
Sin embargo, se produjeron una serie de transiciones que me llevaron a intentar de nuevo el cambio de personalidad, con más seriedad en esa ocasión. Pese a lo que dije durante el arrebato posterior a la sesión de fotos, Rich y yo queríamos ser padres. Pero sabía que las dificultades diarias de criar a un niño serían mucho peores que la suma de la mala iluminación durante una sesión de fotos, un carrito de la compra con las ruedas atascadas y las exigencias del trabajo. La maternidad requiere la capacidad de no convertir cada grano de arena en una montaña y de no perder la perspectiva de las cosas, dos cualidades que yo no poseía.
Además, mi puntuación en simpatía, el rasgo asociado a la amabilidad y la benevolencia, era baja, y las personas simpáticas son mejores padres. Quería parecerme más al simpático Rich, con su carácter tranquilo y cariñoso que atrae a los niños.
Rich y yo nos conocimos cuando estudiaba en Los Ángeles y me mudé a la habitación que él había ocupado en una casa de estudiantes. En aquel entonces me quedó claro que rebosaba bondad. Debido a una confusión con el papeleo, después de dejar su habitación, se encontró sin un sitio donde vivir durante unos meses, así que, mientras yo dormía en su antigua cama, él lo hacía en el sofá del salón.
En una de mis primeras noches en la casa, la víspera de un examen muy importante, empezó a sonar el detector de humo de mi/su habitación y me desperté sobresaltada. No tenía ni idea de qué hacer y, hasta la fecha, mis intentos por obtener algún tipo de ayuda en Los Ángeles habían acabado en un timo o en una bronca. De las siete personas que vivían en la casa, me parecía que Rich era quien más dispuesto estaría a ayudarme. Me acerqué con sigilo al sofá mientras él roncaba y susurré: «Rich, el detector de humos está pitando».
Sin mediar palabra, se levantó de un salto, entró en la habitación y, estirando un poco ese cuerpo que tiene de uno noventa, silenció el detector. Luego me permitió (siendo una completa desconocida) que volviera a dormir en su cama mientras él regresaba al sofá. Ya en aquel entonces su presencia me pareció un gran apoyo, una viga que sostenía mi desvencijada estructura.
Tanto por su generosidad como por su tolerancia a que lo despertaran de madrugada, sabía que Rich sería un gran padre. Pero por el bien de ese Hipotético Hijo Futuro, tal como habíamos empezado a llamarlo, pensé también que yo debía ser menos cortante y crítica, y más cariñosa y relajada. Esperaba adoptar la actitud de esas madres de Instagram que publican fotos de desastres domésticos. Pensé que me gustaría más la maternidad si aprendía a considerar a mi hijo como un amigo que sufre de una gran descoordinación, en vez de como un enemigo irracional.
Además, estaba cansada de ver mi vida a través del sucio cristal del neuroticismo, ese rasgo asociado a la depresión y la ansiedad. Con el tiempo, empecé a darme cuenta de que, en vez de protegerme, el neuroticismo me frena. No me permite acercarme a opciones que me harían feliz, me roba la alegría de los logros y me mantiene tan preocupada por la supervivencia que el futuro acaba siendo insondable. Otra razón por la que todavía no había intentado tener un hijo era la tendencia neurótica al miedo. Me aterrorizaba ser una mala madre.
Por otro lado, esperábamos poder mudarnos a Florida de forma permanente. Nos gustaba la idea de vivir allí, pese a los largos días de pequeños momentos estresantes. Durante años, mi extrema introversión me había mantenido atrapada en Washington D.C., una ciudad en la que en realidad nunca había querido vivir. Siempre supuse que los pocos amigos que había hecho allí eran los únicos que tendría en la etapa adulta y que no había forma de conocer gente nueva después de la universidad, por lo que no debía mudarme. Sin embargo, mientras escribía el artículo, mi breve experimento con la extroversión me llevó a pensar que se puede cultivar una vida social a cualquier edad. Había despertado la creencia en las segundas oportunidades.
Me enfrenté a mi proyecto de personalidad como si fuera una puesta a punto para la mediana edad. Esperaba aprender a socializar sin miedo, y quizá incluso sin bebidas alcohólicas. Quería que me describieran como una «buena amiga» (¡aunque solo fuera una vez!). Pensé en el glorioso verano entre el instituto y la universidad, cuando todo el mundo se reinventa y regresa al mundo proyectando cómo le gustaría que lo vieran. ¿Quién dice que no se puede hacer eso a los treinta y seis años?
¿Y si hubiera dedicado más tiempo a mi experimento de cambio de personalidad?, me pregunté. ¿Habría podido manejar mejor los días ligeramente estresantes como el de Miami? ¿Y si hubiera encontrado actividades que me gustaran lo suficiente como para dedicarme a ellas? ¿Y si hubiera conseguido superar la leve incomodidad y me hubiera adentrado en el terreno de la incomodidad total, como la de dirigir un grupo de Meetup, entrar en una sesión de meditación ya empezada u obligarme a considerar nuevas formas de vivir? ¿Y si, en vez de intentar que en el mundo todo salga como yo quiero, cambiara mi forma de responder al mundo?
Decidí dedicar al menos un año a intentar cambiar mi personalidad. Ya había completado mi breve estudio piloto anterior, pero a esas alturas, y siguiendo con la metáfora científica, quería ese gran experimento que hace que el técnico de laboratorio se quite las gafas de golpe por el asombro. Decidí comportarme como las personas más sanas, felices y con más éxito, que son las que tienen las «mejores» personalidades desde el punto de vista científico. Este libro es para quienes hayan pensado alguna vez en hacer algo parecido. Aunque las circunstancias de nuestra vida sean diferentes, y también lo sean los rasgos de personalidad con los que luchemos, el estrés, la soledad, la ira, la confusión, la impulsividad y el miedo son universales, y pueden cambiarse.
Durante el año siguiente, cada vez que pasaba el cursor por encima de la inscripción para una actividad que me parecía abrumadora, me obligaba a hacer clic en «enviar». Me comportaba como la clase de persona que quería hacer esa actividad. Hice mías las palabras de Jorge Luis Borges, que escribió en su ensayo «La nadería de la personalidad»: «Pienso probar que la personalidad es una trasoñación, consentida por el engreimiento y el hábito, mas sin estribaderos metafísicos ni realidad entrañal».[2] Espero ser un ejemplo para quienes anhelan liberarse de la trasoñación de su propia personalidad.
Pero ¿por qué el cambio de personalidad?
El cambio de personalidad no es un concepto muy intuitivo. Cuando le conté a una conocida que estaba trabajando en un libro sobre el cambio de personalidad, me preguntó: «¿Te refieres a un daño cerebral?». Otra amiga me dijo que, en vez de cambiarme a mí misma, debería centrarme en luchar contra el patriarcado, la verdadera fuente de todos nuestros problemas.
Cuando oí hablar por primera vez de algunos de estos estudios sobre el cambio de personalidad, yo también me mostré un poco escéptica. Para empezar, había partes de mi personalidad que me resultaban útiles. Siempre consideré que la ansiedad era mi arma secreta, la ventaja que una chica inmigrante como yo tenía sobre mis compañeros ricos y con pedigrí. Sí, ellos iban a Yale, pero yo podía sufrir un ataque de pánico a causa de mi carrera y luego trabajar todo el fin de semana como si nada. Sabía que no era perfecta, pero me preocupaba la posibilidad de perder el empuje, la intuición y la determinación si mi personalidad cambiaba.
Sin embargo, más tarde descubrí que hay formas de mantener los rasgos positivos, o incluso los aspectos positivos de ciertos rasgos, y modificar los que no sirven. La introversión, por ejemplo, no es necesariamente una cualidad negativa; muchos introvertidos son reflexivos, ingeniosos y sensibles. Pero en mi caso, la introversión se estaba convirtiendo cada vez con más frecuencia en una excusa para retirarme de la vida. No solo a veces, para recargarme, sino todo el tiempo. Esperaba que ser un poco más extrovertida me hiciera más feliz, aunque siguiera considerándome «introvertida».
Cuando sufro ansiedad, a mi psiquiatra le gusta decir que tengo un «yo verdadero» y un «yo ansioso» dentro de mí. Es decir, mi ansiedad (también conocida como neuroticismo) no es mi verdadero yo. La Verdadera Olga es la que conoce sus verdaderas capacidades. Puedes pensar en tus rasgos de personalidad menos deseados como falsos yoes cuyas voces te engañan. Mi intención era hacerle caso a lo mejor de mi personalidad y aprender a pasar de lo peor de ella.
Cuando empecé este proyecto, Rich a veces me recordaba que no tenía por qué cambiar mi personalidad, que a él le gustaba tal como era. A diferencia de en las relaciones anteriores, con él nunca tuve que poner en práctica la paradoja de la «rana hervida», que consistía en crear una personalidad falsa y relajada que poco a poco iba dejando ver la personalidad real, con la esperanza de que el chico no se diera cuenta meses después de que llevaba del brazo a otra chica triste más en busca de un compromiso serio. Ya desde el principio a Rich no parecían molestarle mis arrebatos de llanto ni mi sincera pasión por el periodismo político de control. De hecho, sentirme amada en mi relación fue lo que me llevó a amarme a mí misma. A veces veía que mis propios defectos se suavizaban cuando él me miraba prendado.
En parte gracias a nuestra relación, llegué a darme cuenta de que tengo algunas virtudes: soy muy trabajadora, puedo ser leal, y mi lado analítico es indispensable a la hora de elegir un plan de salud o de hacer la declaración de la renta. Lejos de implicar que no te gustes, aprender nuevas formas de ser puede interpretarse como un acto de amor propio, igual que aprender a cocinar puede ser una forma de nutrirse. Los rasgos de personalidad son un espectro; querer aumentar la capacidad de ser amable, por ejemplo, no significa que seas un gruñón que se odia a sí mismo; solo significa que hay algo en ese rasgo que podría mejorar tu vida, y quieres probarlo.
Si sientes que no necesitas hacer el menor cambio en tu vida, te felicito y te pregunto humildemente qué inhibidor selectivo de la recaptación de la serotonina estás tomando. Sin embargo, los estudios indican que la mayoría de las personas (alrededor del 90 por ciento) sí desea cambiar al menos uno de los rasgos de su personalidad.[3] Incluso en algunas encuestas globales realizadas en países con distintos estilos de vida, alrededor del 60 por ciento de las personas afirma que está intentando cambiar su personalidad.[4] El cambio de personalidad parece ser algo que muchos desean emprender, aunque no siempre lo hagan de forma consciente. (No me refiero al trastorno de identidad disociativo, que antes se llamaba trastorno de personalidad múltiple, una enfermedad mental que lleva a las personas a desarrollar distintas personalidades. Aunque es un tema interesante, pertenece a un libro distinto).
El cambio de personalidad puede parecer una propuesta abrumadora, y yo tuve el privilegio de dedicar cientos de horas a este proyecto, en parte porque pedí una excedencia en el trabajo y porque no tenía hijos. Casi nadie puede hacer todo esto, y no tiene por qué hacerlo. Algunas de las actividades que describo son breves. Meditaciones cortas, conversaciones rápidas con conocidos, una tarde dedicada a tirar pertenencias innecesarias. En los estudios que cito, la mayoría de las acciones solo requiere unos minutos al día, pero son suficientes para crear un cambio significativo en la personalidad.
No es necesario que dejes tu vida en suspenso para cambiar tu personalidad. Puedes introducir pequeños hábitos que, juntos, supongan una gran diferencia.
Sin embargo, la razón más importante para cambiar tu personalidad es que puede hacerte más feliz. Encontrar la felicidad, o al menos la satisfacción, necesita a menudo un cambio en la forma de pensar y de comportarse en el día a día, que son, mira por dónde, los dos elementos de la personalidad. Las investigaciones psicológicas indican que la capacidad de acción (la noción de que puedes provocar un cambio positivo en el mundo, o al menos en tu vida) se relaciona con la reducción de los niveles de depresión e impotencia. «La capacidad de acción genera progreso —ha afirmado Martin Seligman, pionero de la psicología positiva— y su falta causa estancamiento».[5] La capacidad de acción te infunde la sensación de que puedes hacer algo respecto a tus problemas.
Lo que me gusta de la idea del cambio de personalidad es precisamente eso, que te permite tomar las riendas de tu propio destino. En las sencillas y claras palabras de mi (recién descubierta) profesora de meditación: «A veces pasan cosas que no nos gustan». Sin embargo, siempre puedes vivir de un modo que sí te guste. Puedes utilizar la ciencia, el esfuerzo y un número exagerado de apps del iPhone para comportarte de forma diferente y, con el tiempo, para pensar de forma diferente. Puedes cambiar tu vida aunque no cambie nada en ella.