Madrid, marzo de 1766
Lorenzo Román terminó de recoger los últimos pliegos de papel y se sentó, a la luz del único candil prendido en el taller, a contar lo que tenía en caja. Era poco. Apoyó, apenado, los codos en la mesa cubriendo su rostro con las manos. Con treinta y dos años cumplidos había logrado su sueño tras abrir aquella humilde imprenta en la calle de los Latoneros. Pero andaba corto de trabajo, el precio del pan subía día a día de forma escandalosa y apenas tenía para dar de comer a su familia, pagar el alquiler y a su ayudante. Un rato antes el muchacho se había ido después de limpiar la prensa. No sabía qué más podía hacer y, de no producirse un milagro, tendría que prescindir del chico.
Se incorporó con lentitud y se disponía a subir al piso de arriba, donde le esperaban su esposa y su hija para cenar, cuando unos golpes en la puerta le detuvieron con el pie ya en el primer escalón. Lorenzo se alarmó, era noche cerrada y fuera estaba oscuro después de que alguien rompiera a pedradas los faroles de aceite de la calle. ¿Quién sería? No era prudente abrir y dudaba, pero la curiosidad le pudo cuando los golpes, perentorios, se repitieron.
—¿Quién es? —inquirió tras la puerta.
Y oyó un murmullo.
—¿Quién es? —preguntó de nuevo.
—Abrid, señor Lorenzo —pudo entender con dificultad.
El visitante debía de conocerle, y si aparecía a aquella hora, hablando quedo y sin presentarse, era porque quería pasar desapercibido.
Sin quitar la cadena para evitar que pudiera entrar de un empellón, y guareciéndose tras la fuerte hoja de madera de la puerta, abrió con precaución.
—¿Qué se os ofrece?
—Abrid, señor Lorenzo. Tengo algo que os ha de interesar.
La voz era autoritaria pero tranquila y con un dulce acento andaluz. La curiosidad le venció de nuevo e iluminó el exterior con el candil para ver al personaje.
Era la misma noche oscura; un hombre alto, con ropas negras, un sombrero calado de ala ancha y embozado hasta los ojos con una capa. Aquella era la vestimenta que Esquilache acababa de prohibir, levantando airadas protestas. A las que el ministro del rey no solo hizo caso omiso, sino que reaccionó ordenando a la guardia requisar y recortar con tijeras las capas y coser las alas anchas de los sombreros.
—No pienso abrir si no me dais vuestro nombre y os descubrís —dijo firme.
—Tomad.
Y a través de la rendija le dio algo que resplandecía en la penumbra. Acercó el candil y el brillo le deslumbró. ¡Era un escudo de oro! ¡Nada menos que treinta y dos reales de plata! No recordaba la última vez que tuvo en su poder semejante moneda. Y notó cómo, sin poder evitarlo, su mano, dedo a dedo, se cerraba sobre aquella fortuna.
—Abrid, señor Lorenzo —repitió por tercera vez el desconocido.
El impresor, sopesando la moneda, se dijo que aquel hombre sin duda era un caballero, que no tenía intención de robarle y que, si su voz era convincente, el escudo de oro, que prometía más, resultaba el colmo de la seducción. De modo que obedeció.
El hombre entró y el impresor vislumbró a otros detrás, en la oscuridad, pero ninguno hizo amago de franquear la entrada y se quedaron aguardando. El personaje, sin descubrirse, le entregó un papel con un escrito y le dijo:
—El viernes tendréis listas doscientas copias de este tamaño, con tipos de imprenta que permitan una buena lectura a cuatro pies de distancia. Espero el trabajo con la calidad que acostumbráis.
¿Cómo conocía qué calidad tenía su trabajo?
—Y os advierto, por vuestro bien y el de vuestra familia, que debéis mantener lo hablado en secreto. Ni siquiera vuestro aprendiz puede enterarse.
—Pero…
—Junto con el encargo terminado entregaréis el documento original que os acabo de dar —le cortó el embozado.
Y de un bolsillo oculto extrajo un par de tintineantes monedas de un escudo. ¡Qué dulce sonaba el oro! Aquello era una fortuna.
Aquel hombre oscuro desapareció en las tinieblas de la noche a la que parecía pertenecer, sin añadir más y sin permitir al impresor reaccionar. Su mano cerrada se deleitaba sopesando el oro.
Sentía que el mismísimo diablo le acababa de comprar el alma.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó su esposa cuando subió al piso.
Lorenzo observó a su familia con ternura y se dijo que lo tenía que hacer, por ellas. Merecían vivir mejor de lo que él era capaz de proporcionarles.
Almudena, su hija de diez años, le miraba impaciente sentada a la mesa mientras balanceaba las piernas, que no le llegaban al suelo. Tenía unos vivaces ojos verdes de mirada curiosa, muy semejantes a los suyos propios, y una preciosa melena azabache al igual que su madre. Su naricilla era algo respingona y él la veía como la niña más bonita del mundo. Francisca, su mujer, a la que llamaban Paca, esperaba una respuesta con los brazos en jarras, extrañada por su tardanza. Era la viva imagen de su hija solo que con veinte años más y los ojos castaños. Le encantaba su hermosa cabellera, que ella cubría con una mantilla en misa o un pañuelo cuando salía a la calle. A pesar de los once años de matrimonio, y de la moderación que el paso del tiempo imponía, él la seguía amando con pasión.
La estancia hacía las veces de comedor y cocina, y comunicaba con los dos dormitorios que completaban aquella casa de planta baja y piso. Una ventana daba a la calle y sus únicos lujos en las paredes eran un pequeño cuadro con una pobre representación de la Virgen de la Almudena, a la que la familia era muy devota, y un humilde crucifijo.
Sobre un recosido mantel a cuadros reposaba el puchero de barro, que desprendía un apetitoso aroma. Era un cocido con lo de siempre: patatas, garbanzos, acelgas o repollo y un poco de tocino para dar sabor. También había una hogaza de pan, una botella de vino y tres manzanas de postre. Una cena humilde que cada día salía más cara.
—No ha pasado nada —repuso él.
—He oído unos golpes en la puerta.
—Se habían equivocado.
Paca arrugó el cejo.
—Pues he mirado por la ventana y he visto a unos hombres en la calle.
—¿Con esta oscuridad?
—Pues sí. Estaban callados, pero de seguro que eran varios.
—No sé —dijo él dando por terminada la charla.
Se sentó, bendijo la mesa, la familia rezó un padrenuestro y acto seguido la mujer llenó el plato de su marido, después el de la niña y al final el suyo.
—Dime, Paca, qué es lo que se contaba hoy en el taller. —El impresor deseaba cambiar de conversación.
Francisca ayudaba a la economía familiar trabajando de modista, tenía buenas manos y cosía uniformes para los soldados del rey en un caserón cercano a la puerta de Toledo. Allí se juntaban muchas mujeres, que hacían más llevadera la jornada cantando o contando sobre sus vidas, las del prójimo o lo último sucedido en Madrid. El lugar era un excelente mentidero.
—Lo de siempre.
—¿Que si el precio del pan?
—Del pan y de lo demás. —La mujer se exaltó—. Y que Esquilache y Grimaldi, esos ministros extranjeros, están llevando al país a la ruina. Y que el colmo de los colmos es lo de las capas y los sombreros. Están contra España.
—¿Y no se culpa al rey? Él es quien los puso allí y quien allí los mantiene.
—Al rey ni mentarlo.
—Ni al rey ni a Dios —murmuró Lorenzo negando ligeramente con la cabeza antes de llevarse la cucharada a la boca.
—Los ministros los pone el rey. Pero al rey lo pone Dios —afirmó ella.
—Ah, ¿sí? —inquirió él, escéptico. Y al poco murmuró—: Así será si todo el mundo lo dice.
Cuando terminaron, mientras la niña recogía la mesa y su esposa limpiaba los cacharros, él se quedó sentado, ensimismado, pensando.
Antes de subir a cenar había leído el texto que el misterioso embozado le entregó. Se trataba de un pasquín, un escrito anónimo que, con tono guasón y rimando, atacaba a Esquilache y le culpaba no solo del asunto de las capas, que tildaba de antiespañol, sino también de la subida de los alimentos. Además, sin faltarle el respeto, mencionaba al rey, pero de forma poco elogiosa. Imprimir aquello conllevaba un riesgo. No le gustaba.
No dejaba de darle vueltas; tenía dos opciones: hacerlo o no. Pero bajo ninguna instancia se planteaba devolver el oro que guardaba en el bolsillo.
Aunque el embozado con acento andaluz le intimidaba. Si se negaba a imprimirlo, le exigiría como mínimo el oro de vuelta, e incluso podía hacerle matar para evitar que le denunciara. Se veía asaltado por un par de tipos, con capa larga y chambergo, el sombrero ancho prohibido, destripándolo sin piedad en cualquier esquina oscura.
Definitivamente, imprimir era su mejor opción, aun a riesgo de acabar mal. Sus visitantes nocturnos parecían gente que no andaba a tontas y a locas. No les atraparían con facilidad. Y si le hacían más encargos, habría más oro. Se convenció a sí mismo de que el contenido del pasquín reflejaba la verdad. Y que aquellos extranjeros se llenaban la bolsa a costa del país, que se iba a la ruina. Cada vez había más necesitados y más hambre.
Y se dijo que, a pesar del peligro, haría el trabajo, no solo por su familia, sino también por la pobre gente de España. Las cosas tenían que cambiar y alguien debía hacer algo.
Madrid, 23 de marzo, día de Ramos
Aquel Domingo de Ramos, la primavera se exhibía alegre con un día brillante en Madrid, y Almudena se sentía muy feliz. Estrenaba un hermoso delantal blanco con puntillas y sus padres le habían comprado una palma blanca con unos curiosos trenzados, que decían que venía de un lugar lejano lleno de palmeras llamado Elche. Era un lujo del todo inusual, tal como la comida que su madre había preparado para celebrar la llegada de Nuestro Señor Jesucristo a Jerusalén.
La familia, acompañada de don Ignacio, hermano mayor del padre y jesuita, acudía a la iglesia ataviada con sus mejores galas, luciendo ella su fastuosa palma, envidia de sus amigas, y ellos con ramas de olivo y laurel. Una sonrisa iluminaba su rostro y su ondulado pelo azabache, que su madre le había recogido en una trenza, destacaba a pesar de la mantilla blanca con que se cubría.
Después de la misa, frente a la iglesia, se formaban corrillos, y la familia se puso a charlar con los vecinos allí congregados. Un poco más allá, un hombre indignado por la carestía de los alimentos y por el decreto sobre capas y chambergos se puso a gritar secundado por sus contertulios, que también alzaban la voz.
—Los ánimos están muy caldeados —comentó don Ignacio.
Acostumbraba a ir con la familia a todas las fiestas. Vestía una elegante sotana y era un reputado educador de la Orden que daba clases en el Colegio Imperial de San Pedro y San Marcos.
—Hace unos días los hombres se quejaban solo en las tabernas —repuso Lorenzo—. Hoy, hombres y mujeres chillan en plena calle.
—Y corean los versos de los pasquines —añadió el jesuita—. Esto va a terminar mal.
El impresor tragó saliva. A pesar de su inquietud no le había contado nada a su mujer sobre el embozado, y menos a su hermano. Temía que ambos lo desaprobaran. Cuando Paca le preguntaba por la repentina bonanza del negocio, él respondía que le había llegado un trabajo especial muy bien pagado y ella se conformaba con la explicación.
Poco después de aquel primer encargo Lorenzo contempló, con una mezcla de orgullo y temor, su obra pegada en las paredes sobre el edicto de Esquilache.
Y empezaba así:
Yo, el gran Leopoldo Primero,
Marqués de Esquilache Augusto,
rijo la España a mi gusto
y mando en Carlos Tercero.
Los madrileños se arremolinaban frente a los pasquines, los que sabían leer recitaban su contenido para beneficio de los que no y los más exaltados discutían acaloradamente. Los aguaciles se precipitaban sobre aquellos carteles anónimos y, después de dispersar a la gente, los arrancaban. Sin embargo, de madrugada, aparecían otros distintos sobre lo mismo. Había varios tipos de pasquín, por lo que Lorenzo supo que no era el único que los imprimía. Pensaba que su cliente lo tenía todo muy bien organizado para lograr aquello y salir impune. Debía de tratarse de alguien muy poderoso.
Hacía ya tres meses de su primer trabajo para el hombre oscuro, que aparecía por la imprenta, una y otra vez, dejando atrás más tarea y más oro, para esfumarse después en la noche con el mismo misterio de la primera ocasión. Lorenzo iba identificándose cada vez más con el contenido de los pasquines y le daba un buen empleo a aquel dinero caído del cielo. O de dondequiera que viniese.
En la mesa, aquel día de fiesta, no solo se sentaban los Román, sino también el padre Andrés, el cura de la iglesia de la Santa Cruz, que pese a la diferencia de edad era muy amigo de don Ignacio y, por ende, de la familia. El sacerdote superaba ya los cincuenta años, mostraba canas en un pelo escaso coronado por la tonsura y tenía unos ojos oscuros de mirada bondadosa. Como buen pastor, se esforzaba en recobrar el rebaño de su parroquia, ya que el edificio de la iglesia tenía mala fama. Había sufrido dos incendios que requirieron una reconstrucción total, el último hacía solo diez años. Pero lo peor ocurrió cuarenta años antes, en 1726, cuando en plena misa se derrumbó el techo del altar mayor sepultando a ochenta feligreses. Aunque con su bonhomía y arduo trabajo don Andrés hacía olvidar el gafe que pesaba sobre el templo, que volvía a ser frecuentado.
A pesar de la carestía, la comida en la casa era ahora abundante y aquello, junto con el espléndido día que vivían, no solo les llenaba el estómago sino también el corazón de alegría. Los Román eran muy religiosos y, al ser vísperas de Semana Santa, Lorenzo quiso compartir su fortuna y le entregó al padre Andrés una de sus áureas monedas de un escudo para las necesidades de la iglesia y el socorro de los pobres. El cura se mostró muy agradecido al tiempo que sorprendido; de repente, su más querido parroquiano aparecía como un hombre de posibles cuando jamás había dado muestras de serlo.
Terminada la comida, Almudena pidió permiso para salir a jugar a la calle con sus amigas y, una vez lo obtuvo, bajó las escaleras dando saltitos. Y los adultos se dispusieron a disfrutar de la sobremesa frente a una botella de aguardiente.
—Dios te lo ha de agradecer, Lorenzo —dijo el padre Andrés recordando el donativo—. No sabes lo difícil que es socorrer a nuestros vecinos que empiezan a pasar hambre. Los jornales no suben y la comida está cada día más cara.
—Eso es verdad —ratificó Francisca—. Hay muchas vecinas que lo pasan mal.
—Paca y yo nos sentimos felices de ayudar, hoy que podemos —repuso el impresor con una sonrisa. Pero frunció el cejo antes de proseguir—: La culpa la tiene ese italiano, Esquilache, que parece mandar más que el rey. Con lo que él llama «reformas» ha logrado que la onza de pan cueste catorce cuartos cuando hace unos pocos años costaba siete.
—No tiene toda la culpa él —dijo Ignacio, que gracias al Colegio Imperial gozaba de muchos amigos en posiciones importantes y tenía acceso a distintas opiniones y noticias—. Quiere modernizar España para que pueda competir con Inglaterra y Francia. Pero hay cosas que le salen bien y otras que no tanto. Quiso liberalizar el mercado para que la competencia hiciera bajar los precios, pero el tiro le salió por la culata. No contaba con el dominio que tienen los grandes terratenientes, los nobles y la Iglesia sobre los productos agrícolas. Saben que cuando hay mala cosecha y escasez, los precios suben. Y que, si acumulan trigo en sus graneros para soltarlo poco a poco, ganan mucho más. Y eso es lo que hacen.
—¡Y la gente pasa hambre! —se indignó Paca.
—Además, ese extranjero nos obliga a los vecinos a poner faroles y mantenerlos. Los hay que por pagar la luz de la calle tienen que estar a oscuras en casa —se lamentó Lorenzo—. Y ahora nos viene con lo de las capas y los chambergos.
—Eso no está tan mal —intervino el padre Andrés—. Sin alumbrado y con embozados corriendo por ahí no se podía salir de noche. Ni para darle los últimos sacramentos a los moribundos. Y menos aún siendo mujer.
—También quiere que la gente deje de tirar sus inmundicias por la ventana gritando «agua va» —insistió Ignacio—. Y eso está bien. A algunos no les importa quién pasa por debajo, y cuando la porquería le llueve a alguien se produce una trifulca. Es una cochinada.
—No lo defenderás, ¿verdad, hermano? —murmuró Lorenzo, ceñudo.
—¡Hay gente corriendo y gritando en la calle! —les interrumpió Almudena, jadeando después de subir las escaleras a la carrera.
Los contertulios se miraron unos a otros.
—Lo que me temía —dijo el jesuita.
Lorenzo también se lo temía, a la vez que lo deseaba, y se levantó de un salto.
—¡Voy a verlo!
—¡Por el amor de Dios, Lorenzo! —le gritó su esposa—. ¡No salgas!
—Es mejor que no vayas —le recomendó Ignacio—. Nunca se sabe cómo terminan los alborotos.
Pero Lorenzo no les hizo caso y se encasquetó el tricornio. Almudena le miró alarmada; su padre iba a exponerse a un peligro desconocido que asustaba tanto a su madre como a su tío. Le agarró con fuerza de los bajos de la casaca.
—¡No vayas, papá! —dijo llorosa.
—¡Suéltame, cariño! —repuso él, enérgico.
Acto seguido, cogió las manos de su hija, le dio un beso y se precipitó escaleras abajo. La niña observó ansiosa a los adultos, tratando de entender en sus expresiones lo que ocurría. No se tranquilizó y se quedó junto a ellos, deseando que su padre se diera la vuelta y regresara sano y salvo.
—Un hombre, embozado y con chambergo calado, empezó a provocar a los alguaciles del cuartelillo de la plazuela de Antón Martín —le explicó un vecino a Lorenzo—. Los guardias se pasmaron al ver su osadía y cuando el oficial se encaró al chulo, este, sacando una espada de debajo de la capa, pegó un silbido y unos hombres que estaban a la espera se lanzaron a por ellos. Parece que muchos vecinos se les unieron y que los alguaciles, sorprendidos, salieron huyendo. La gente ha asaltado el cuartelillo y se ha llevado las armas.
—Estaba todo preparado —murmuró Lorenzo.
—Se ha juntado una multitud en la plaza Mayor y ahora marchan hacia el palacio de Esquilache destrozando a pedradas todos los faroles que encuentran y despuntando los tricornios de los que se cruzan para que parezcan chambergos —siguió el vecino mirando el que llevaba Lorenzo.
El impresor sacó su navaja, se quitó el tricornio y cortó los puntos que sujetaban las alas hacia arriba, con lo que su sombrero de tres picos quedó con el aspecto redondo de un chambergo.
—¡Bien hecho! —aprobó el vecino.
Lorenzo alcanzó a la multitud y se unió a los gritos de «Viva el rey y muera Esquilache» y «Abajo el mal gobierno». Sin embargo, se mantuvo a distancia cuando la turba asaltaba la casa del ministro. Y al correr la voz de que habían matado a un criado que quiso impedir el saqueo, el impresor se llevó las manos a la cabeza, asustado, y decidió contemplar los acontecimientos desde lejos. Hasta el momento esa revuelta le había parecido un juego, incluida su participación excitando los ánimos de la gente con los panfletos que imprimía para el embozado. Pero estaba siendo testigo de a dónde conducía todo aquello. Y se estremeció. Él deseaba que las cosas cambiaran, que el pueblo viviera mejor, pero no quería sangre. Y ahora la había.
Esquilache había huido y la multitud tuvo que conformarse con quemar su retrato y apedrear la casa de Grimaldi, otro de los ministros italianos. Lorenzo se dijo que aquello iba muy en serio. Demasiado. Daba miedo.
El embozado reapareció aquella misma noche para encargar más trabajos. Lorenzo no dijo nada, pero su preocupación crecía. Había habido violencia y un muerto. Aquello le inquietaba cada vez más.
La mañana del lunes 24 de marzo, alguien hizo correr el rumor de que Esquilache estaba reunido con el rey y una gran multitud se dirigió al Palacio Real. La guardia española no quiso saber nada, pero la valona se interpuso, hubo tiros y una mujer murió. Y gritando «¡Mueran Esquilache y los extranjeros!», los sublevados se lanzaron a una lucha cuerpo a cuerpo donde cayeron soldados y civiles. Los cadáveres de los guardias valones fueron mutilados, arrastrados por las calles y algunos hasta quemados. La gente estaba enfurecida.
—Cierra el taller y manda al chico a casa —le dijo Paca a su marido—. La cosa no está para imprentas y los alborotos se aprovechan para saquear.
—Razón tienes, mujer —murmuró él.
Y Lorenzo terminó el encargo del embozado a puerta cerrada.
Esa noche, el padre Andrés explicó a la familia lo sucedido:
—La muchedumbre se congregó frente al palacio gritando y al rato el rey salió al balcón junto con el padre Eleta, su confesor y consejero, con intención de calmarla. Y desde la calle, un cochero exigió al monarca en nombre del pueblo, a voces, lo mismo que antes se le hizo llegar por carta. El rey no dijo nada, pero pareció aceptar afirmando con la cabeza y se retiró. Aunque la multitud siguió gritando hasta que la guardia valona se metió en el interior del palacio. Y entonces se pusieron a lanzar los chambergos y las gorras al aire clamando victoria.
Al día siguiente, martes, se supo que el rey había huido por la noche a Aranjuez junto con su familia. Los madrileños lo interpretaron como que no tenía intención de cumplir o que iba a mandar al ejército contra la villa. Los más exaltados se lanzaron a la calle en rebelión abierta y asaltaron cuarteles, cárceles y almacenes de trigo y otros comestibles.
—La huida del rey y su familia por un túnel secreto, ayer noche, fue patética —contaba Ignacio por la tarde, en voz baja, después de recoger noticias de unos y otros—. Llevaban a su madre, la antes todopoderosa Isabel de Farnesio, en una silla de manos que portaba la guardia valona y esta se rompió, dando la ilustre señora con sus huesos en el suelo.
—¡Nooo! —exclamó Paca.
El padre Andrés, que también se encontraba en casa de los Román, se santiguó. La pequeña Almudena le imitó al momento.
—¡Sííí! —repuso el jesuita—. Pero guardadlo en confidencia.
—¿Y qué ocurrió entonces? —quiso saber Lorenzo.
—Que los valones se turnaron para llevarla en brazos mientras ella le gritaba en francés a su hijo que la culpa de todo aquello la tenían sus malditas reformas.
—¿En francés? —se sorprendió Paca—. ¿Y por qué no en español?
—Entre ellos hablan en francés —aclaró Ignacio.
—¿Y cómo es eso? —inquirió Lorenzo.
—El padre del rey, Felipe V, era francés. Y Luis XVI, el rey de Francia, es su primo, con el que tiene una alianza. La lengua de la familia es el francés.
—¿Lo mismo que la guardia valona? —Paca arrugaba el cejo.
—Lo mismo.
—¿No saben los reyes hablar español? —interrumpió Almudena, entre sorprendida y curiosa, aun sabiendo que su madre la regañaría por meterse en la conversación de los mayores.
—Pues claro —repuso su tío, sonriente—. Pero lo hablan con otros.
—¿Y qué importa eso? —cortó el párroco—. ¿Qué pasó después?
Lorenzo pensó que sí que importaba cuando el pueblo de Madrid clamaba para echar a los extranjeros del gobierno, pero guardó silencio.
—Pues que a trancas y barrancas salieron de los túneles en un lugar secreto donde los esperaban unos carruajes para llevarlos a Aranjuez. Y allí permanece el rey rodeado de su guardia valona.
—Su guardia valona… —repitió Lorenzo en un gruñido.
—¡Qué deslucido y poco digno! —exclamó Paca, decepcionada.
—¿Y qué va a ocurrir ahora? —inquirió don Andrés.
—Pues que la reina madre se les muere del susto y del disgusto —aventuró el jesuita.
—Sí, ya, pero aparte de eso… —dijo Lorenzo.
Ignacio compuso una expresión seria, cuando antes parecía divertido contando la huida. Se tomó unos momentos de reflexión antes de responder.
—El rey está asustado, pero también muy ofendido. Piensa que se ha pisoteado su dignidad real. Que un simple cochero le gritara las condiciones de los revoltosos cuando salió al balcón es inadmisible para él. Cree que su imagen ha sido gravemente dañada.
—¿Y qué pasará? —insistió Lorenzo.
—Los que le conocen piensan que cederá para calmar los ánimos, de momento.
—¿Y después? —quiso saber Paca.
—Pues que tomará venganza. Pero de forma selectiva para evitar otra revuelta. Buscará responsables a los que castigar y mucho me temo que terminarán pagando justos por pecadores.
Cuando Ignacio se iba, Lorenzo quiso acompañarle un tramo.
—¡Quédate en casa! —le suplicó Paca—. ¿Pero no ves que es peligroso salir?
—¡No te vayas, papá! —le pedía llorando Almudena.
—Tranquilas, que Ignacio va y viene sin que le pase nada.
—¡La sotana le protege!
Pero Lorenzo salió con su hermano. El aspecto de las calles era desolador. Los niños y las mujeres que habitualmente las abarrotaban estaban escondidos en sus casas y grupos de exaltados, con capas y chambergos, muchos embozados, las recorrían. Gritaban «¡Viva el rey, muera el mal gobierno» mientras buscaban extranjeros. Iban armados con palos y mostraban en sus fajas las empuñaduras de cuchillos e incluso espadas. Los comercios estaban cerrados y algunos derribaban sus puertas para saquearlos. Los alguaciles habían desaparecido y la guardia española protegía solo los palacios.
Lorenzo, temeroso, no pudo contener más su angustia y compartió con Ignacio su secreto.
—¡Por el amor de Dios! —se escandalizó su hermano al saberlo—. ¡Dile a ese hombre que no imprimes más! Devuélvele todo el dinero. ¡No sabes la que te puede caer!
—Pero ¿qué está ocurriendo de verdad? El embozado no pertenece al pueblo, ni siquiera es de Madrid. Hay alguien de poder detrás de todo esto.
—¡Pues claro, hombre! ¿Dices que habla con acento andaluz? Pues ya lo tienes.
—¿Qué tengo? Yo no tengo nada.
—Una de las medidas tomadas por Esquilache fue abolir, hará un par de años, el monopolio de Cádiz. Ahora otros seis o siete puertos españoles pueden comerciar con América. Y como los ministros italianos pretenden modernizar esa y otras cosas en España, hay grupos muy poderosos que ven amenazados sus privilegios y están decididos a acabar con las reformas y con los reformistas. Se trata de una lucha de poder en las altas esferas. ¡Deja de imprimir pasquines, que te la juegas!
Aquella noche, le dijo al embozado que ya no aceptaba más encargos.
—Es tarde, Lorenzo —repuso el hombre en tono pausado y tranquilo—. No debiste aceptar el primer oro que te di. Ahora estás hasta el cuello.
—Ni cogeré más oro ni imprimiré más.
—Tu hija se llama Almudena, es muy de misa y va a la iglesia a rezar el rosario y a que don Andrés, el cura, le enseñe lectura, escritura, catecismo y otras cosas. Bueno, pues un día puede no volver.
A Lorenzo se le erizó el vello solo de pensarlo, adoraba a su hija y ella le correspondía. No tenía duda alguna; aquel hombre lo sabía todo, le hacía espiar.
—¿Cómo os atrevéis? —inquirió desafiante a pesar del terror que sentía.
—A tu mujer la llaman Paca, y no solo sale a la compra y para ir a misa, sino que va a coser uniformes…
—¡Basta! —No podía resistirlo.
—Bien, pues —concluyó el hombre—. Aquí está el oro y esto es lo que quiero para mañana.
Lorenzo no podía verle el rostro, que se cubría con la capa, pero intuyó en su voz una sonrisa. A aquel hombre le divertía que quisiera rebelarse. Y le divertía aún más someterle.
—En qué lío me he metido —murmuró agobiado en cuanto se marchó.
Sentía que le faltaba el aire. Temía por su familia si a él le pasaba algo. Lo único que pretendía imprimiendo los pasquines era darles una mejor vida, pero bien podía ocurrir lo contrario. No dejaba de pensar en ello. Y se puso a rezar.
Al día siguiente, el miércoles 26 por la tarde, los pregoneros recorrieron las calles de Madrid voceando una carta del rey en la que concedía mucho de lo que habían exigido los revoltosos. Las dos medidas principales fueron fijar el precio de la onza de pan a ocho reales, cuando estaba a catorce, y el destierro de Esquilache.
Al oírlo, los madrileños se dieron por satisfechos y de nuevo lanzaron sombreros al aire y profirieron gritos de júbilo y vivas al rey. Y la ciudad recobró la calma, la guardia española salió a la calle y los alguaciles se dejaron ver donde de costumbre.
—La gente está contenta, pero preocupada porque el rey dice que no regresa —comentaba el padre Andrés en tertulia con Lorenzo e Ignacio dos días después.
—Quiere asegurarse de que la villa esté del todo tranquila antes de volver —aventuró Lorenzo.
—No. Quiere mucho más que eso —aseguró Ignacio.
—¿Y qué más quiere? —quiso saber sorprendido el cura.
—Castigar a Madrid.
—¿Y eso? —se extrañó Lorenzo.
—¿No os dais cuenta de que Madrid vive en gran medida no solo del rey, sino también de los grandes nobles que siempre le rodean? Al quedarse en Aranjuez, el enorme gasto de la corte se va allí —advirtió el jesuita—. Mucha gente se verá afectada. Carlos III piensa que así los madrileños sabrán que es mejor quererle. Está muy enfadado, se plantea incluso establecer la capital en Sevilla, que está mucho más cerca de América.
—Pero si la gente lo aclamaba a gritos —murmuró el sacerdote.
—Sí, pero el rey, aquí en España, lo decide todo, mi querido párroco. Y si sus ministros hacen o deshacen es porque él quiere. Puede poner una ley, quitarla o saltársela tranquilamente. Y también decide los impuestos. Nadie le puede llevar la contraria. Incluso usted está a las órdenes del rey.
—¿Yo?
—Sí, amigo mío. —El jesuita sonreía—. Porque usted como clérigo secular depende del obispo, ¿verdad?
—Así es.
—¿Y quién nombra al obispo?
—El papa.
—No, se equivoca. Al obispo lo nombra el rey, porque el papa acepta siempre el candidato que él le propone. Todo el poder del país está en manos de un solo hombre: el rey.
—Entonces tú también, hermano, dependes del rey —intervino Lorenzo.
—No, yo dependo de la Orden. —Ignacio volvía a sonreír—. El superior de la Compañía de Jesús es elegido por nosotros y él solo responde ante el papa, no ante el rey. Y eso no le gusta al monarca.
—No me extraña que alguien tan poderoso se molestara cuando un simple cochero le gritó el martes las exigencias del pueblo de Madrid —murmuró Paca.
—Así es —reconoció el jesuita—. Y se rumorea que se va a iniciar una pesquisa secreta.
—¿Y qué es eso? —inquirió don Andrés.
—La búsqueda de culpables, lo sean o no, para desagraviar al rey y restaurar su dignidad, al tiempo que se purga a la población para evitar que los disturbios se repitan. —Hizo una pausa y frunciendo el cejo añadió—: Habrá ejecuciones, no tengáis dudas.
Lorenzo se estremeció. Miró a su esposa, ignorante de su gran inquietud, y después a la pequeña Almudena. Sintió una inmensa ternura. ¡Cuánto las quería! ¿Qué sería de ellas sin él? Pasaba noches de insomnio tratando de encontrar una forma de escapar del embozado. Pero no la hallaba. Estaba atrapado.
Almudena se despertó sobresaltada. Eran altas horas de la noche y alguien aporreaba la puerta de la calle. Asustada, corrió a tientas en la oscuridad hasta la habitación de sus padres. Allí su madre trataba de encender un candil con la llama de la pequeña luz de aceite que siempre mantenía en el alféizar de la ventana.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó.
—No sé, cariño.
En aquel mismo momento la mecha del candil prendió y su tenue luz alumbró la estancia. El temor de la niña creció al ver la expresión de su padre. Se había quedado inmóvil en la cama agarrado a la sábana como si esta le pudiera proteger. Hacía dos meses que el embozado había desaparecido de su vida y, con el tiempo, el temor de ser apresado a causa de la famosa pesquisa secreta estaba casi enterrado. Creía haberse librado, pero en ese momento, de pronto, en plena noche, el miedo regresaba y su peor pesadilla parecía a punto de hacerse realidad. Los golpes, aún más fuertes, se repitieron.
—¡Abrid! —se oyó que gritaban desde abajo.
Paca miró a su marido, que solo entonces pareció reaccionar. Se levantó y, trémulo, se dirigió a la única ventana de la habitación para asomarse.
—Espera —le dijo Paca, y le ofreció el candil.
No hacía falta. Un grupo de hombres iluminaba la calle con sus antorchas.
—Abrid a la Santa Inquisición —tronó el que parecía mandar.
—¿La Inquisición? —se asombró Lorenzo, y miró extrañado a su esposa.
—¡No se os ha perdido nada aquí! —gritó Paca asomándose junto a su marido—. Somos cristianos viejos, católicos, apostólicos y romanos, fieles cumplidores con la Santa Madre Iglesia.
—¡Abrid o echamos la puerta abajo!
Y acompañaron la amenaza dando con una especie de ariete un golpe todavía más fuerte.
—¡Van a tirar la puerta! —exclamó Paca alarmada.
—Voy a abrir —gritó Lorenzo, y se puso los calzones y una camisa.
Madre e hija se cubrieron con unos chales y le siguieron. Si los adultos parecían no entender nada, la niña aún menos. Sabía lo que era la Inquisición, la gente hablaba bien de ella porque cuidaba de que todos fueran buenos católicos. Y los Román lo eran, tanto que a veces ella decía que quería ser monja para vivir en santidad. Y jugaba con sus amigas a preguntarse el catecismo. Entonces ¿por qué venía la Inquisición a su casa y a aquellas horas? Siempre había creído que cumplían todos los preceptos de la religión. Y que irían al cielo.
Lorenzo entreabrió la puerta con la cadena.
—¿Qué se os ofrece, señores? —inquirió cauteloso.
La luz de las antorchas le permitió ver que, efectivamente, los alguaciles vestían como los de la Inquisición.
—¡Abrid de una vez! —tronó, potente, la voz del que mandaba.
El impresor oyó un gemido asustado de su hija. No dudó más y abrió. El alguacil le empujó hacia dentro. Entraron tres y otros dos se quedaron fuera.
—¿Eres tú Lorenzo Román? —inquirió el primer alguacil.
Era un tipo alto con tricornio y capa corta que, sin ni siquiera esperar respuesta, le agarró de la pechera de la camisa. A la niña se le revolvieron las tripas. ¿Cómo se atrevía aquel individuo a hacerle aquello a su padre?
—Sí, señor —respondió el impresor.
—¡Suelta a mi padre! —gritó Almudena con los ojos inundados de lágrimas.
Entonces aquel hombretón zarandeó a Lorenzo, que le miraba con los ojos desorbitados, aterrorizado. La niña nunca había visto miedo en el rostro de su padre, no podía entenderlo y una gran angustia la embargó. Pero no pudo soportar presenciar aquel maltrato y su temor pasó de inmediato a enfado y a una rabia intensa.
Salió de detrás de su madre, donde se refugiaba, para propinarle una patada al hombre. El alguacil, sin soltar a Lorenzo, le arreó a la niña un zurdazo.
—¡Quitádmela de encima o la aplasto como a una cucaracha! —gritó.
Almudena esquivó el golpe, pero en lugar de arredrarse, agarró el antebrazo del hombre y le mordió la mano con todas sus fuerzas. El alguacil aulló a la vez que liberaba a Lorenzo.
—¡Deja a mi padre! —gritó de nuevo la pequeña.
La sorpresa inmovilizó unos instantes a todos. Menos a Paca, que, conociendo el carácter de su hija, aprovechó para tirar de ella y protegerla poniéndola a sus espaldas.
—¡Perdonad a la niña, señor! —suplicó—. Adora a su padre. No os molestará más.
El alguacil se mantuvo dubitativo un momento mirando primero su mano, donde tenía unos dientes marcados, y después a la madre tras la cual asomaba la mocosa. En el rostro de los hombres que le acompañaban, sin duda subordinados suyos, apareció media sonrisa. La furia inicial del oficial se aplacó a pesar del dolor. Él también tenía una hija de edad parecida y le gustó la actitud valiente de la pequeña defendiendo a su padre. Sus modos se suavizaron.
—Lorenzo Román —dijo sin agarrarle—. Date preso por la Inquisición.
—Pero si yo no he hecho nada, señor —murmuró Lorenzo—. En esta casa somos buenos católicos. Preguntadle al padre Andrés en la parroquia.
Y por el rabillo del ojo vio cómo los otros empezaban a registrar la imprenta.
—Has cometido un gran pecado.
—¿Qué ha hecho? —inquirió Paca.
—Esto se imprimió aquí —dijo el alguacil sacando de un bolsillo de su casaca un pasquín.
Y se lo mostró. Lorenzo ni quiso mirarlo. El cartel rezaba:
Lo pasado fue un amago,
como tal no fue atendido.
¡Cuidado! Que el ofendido
oculta un mayor estrago.
—Se colgó en Aranjuez, donde reside nuestro querido monarca, amenazándole con mayores desmanes.
—¡Eso jamás lo haría mi marido! —exclamó Paca—. ¿Y a qué viene la Inquisición? ¡Como si fuéramos herejes!
—Nuestro soberano es rey por la gracia de Dios, y por lo tanto ese pasquín va contra el Ser divino.
—Yo nunca quise… —murmuró Lorenzo, incapaz de reaccionar.
Paca lo miró alarmada, su esposo no lo negaba. No podía creerlo y se quedó sin palabras, paralizada. ¿De verdad lo había impreso él? ¿Puso a la familia en peligro? No, no era posible.
—Tiene que haber un error —musitó cuando pudo hablar.
—Lorenzo Román —concluyó el alguacil—. Date preso.
Y le empujó hacia los hombres que esperaban fuera. Mientras, los otros revolvían la imprenta en busca de pruebas. Aunque la Inquisición no las necesitaba.
Almudena se escapó de detrás de su madre, se fue hacia el oficial que salía con Lorenzo y le tiró de la capa.
—¡Suelta a mi padre! —repitió llorosa.
El hombre quiso apartarla y ella le arañó el dorso de la mano herida. Al alguacil le enternecía la defensa que aquella niña de pelo azabache y ojos verdes hacía de su padre y se limitó a empujarla en dirección a la madre.
Paca, con el corazón roto, los vio partir en la oscuridad de la noche llevándose a su marido. Llorando, sujetaba a Almudena para que no pudiera ir tras ellos. La niña no lo intentó, se agarraba a las manos de su madre, necesitaba su contacto. Empezó a sollozar en alto, las lágrimas surcaban sus mejillas a borbotones y al poco el llanto la privaba de la respiración. Adoraba a su padre, era más de la mitad del mundo para ella. Y sentía que con él perdía para siempre todos aquellos momentos felices vividos en familia. Paca olvidó su propia angustia tratando de consolarla. Temía que las lágrimas la ahogaran.
Paca pasó una triste noche confortando a su hija, que no dejaba de llorar y de rezar pidiendo que su padre volviera. Y ella seguía sin entender cómo su marido había podido comprometerse de tal manera. Aquel debía de ser el origen de la inesperada bonanza vivida los últimos meses.
—¡Dios mío! —murmuraba angustiada—. ¿Qué podemos hacer?
Amanecía cuando los inquisidores se marcharon con algunos papeles dejando el taller revuelto. La pequeña cayó rendida de sueño y su madre se arregló para presentarse en la iglesia tan pronto como don Andrés abriera.
—Padre, ¡no sabéis lo que nos ha pasado esta noche! —le dijo entre lágrimas.
—Todo tiene arreglo menos la muerte —repuso él al verla tan apurada, e inició una sonrisa para calmarla.
—¡Pues casi, padre!
Y le contó lo ocurrido.
—Es cosa de política —dijo el buen hombre, pensativo—. Y yo entiendo poco de eso, hay que hablar con tu cuñado.
Al mediodía se reunían los tres en casa de Francisca, junto a una llorosa Almudena. La expresión del jesuita era grave.
—Nuestro Lorenzo es víctima de la pesquisa secreta —explicó—. Y es secreta porque no quieren que el pueblo sepa que se están tomando represalias. Buscan eliminar a los líderes de la revuelta para evitar que se repita y de paso tomar venganza. Lo cierto es que había hambre y eso es lo que movilizó a la gente, pero quienes alentaron el odio contra los ministros extranjeros, incluidos los pasquines, fueron los poderosos que se ven amenazados por las reformas. A esos no pueden, ni quieren, tocarlos.
—¿Y qué le pasará a mi Lorenzo? —inquirió Paca angustiada—. Él no es ningún líder. ¿Por qué se lo llevó la Inquisición? Somos buenos católicos.
—Porque así los vecinos creerán que lo han detenido por algo de religión y no por la revuelta.
—Pero la Inquisición no está para eso —dijo el párroco—. Sirve a la fe.
—La Inquisición está al servicio del rey antes que de la religión —afirmó Ignacio—. No solo es un arma política, sino también una fuente de ingresos para la Corona. Una tercera parte de lo que recauda al confiscar los bienes de los condenados va a engrosar sus arcas. Y el resto sirve para cubrir los gastos de su engranaje, incluidas las recompensas a los confidentes.
—¿Qué podemos hacer? Tú, cuñado, que tienes tantos contactos en la corte sabrás con quién hablar.
—Tengo amigos allí que confían en mí y me cuentan cosas, pero soy jesuita, Paca. Y los jesuitas, hoy en día, no somos bien vistos en la corte. En especial por la persona que mueve los hilos en la sombra.
—¿Quién es? —quiso saber el párroco.
—La gente cree que es don Manuel de Roda. Pero él sigue instrucciones; hay alguien detrás que no da la cara y es más poderoso.
—¿Quién?
—Seguro que habéis oído hablar de él. Es fray Joaquín de Eleta.
—¡Fray Alpargatilla, el confesor del rey! —exclamó el padre Andrés.
Ignacio les había contado que aquel era el mote que le daban en la corte.
—No solo es el confesor del rey, sino también el inquisidor general —prosiguió—. Y eso le otorga un poder enorme. Es un franciscano que dicen que solo estudió en su pueblo y que presume de austero paseándose por la corte con un hábito de lana burda y en alpargatas. Tiene al rey en el bolsillo. El destino de tu esposo, querida cuñada, depende de él.
—Si no vas tú, iré a hablarle yo —dijo Paca decidida.
—Yo no puedo. Empeoraría las cosas. Fray Eleta odia a los jesuitas, dice que vamos de finos y sabios. Y lo mismo me ocurre con don Manuel de Roda. —Hizo una pausa y observó el rostro angustiado de su cuñada—. Y a ti no te recibirá, Paca; ni lo intentes. A quien sí recibiría sería a un párroco de prestigio en Madrid como don Andrés. Un cura también tiene poder gracias a sus sermones, a la confesión y al consejo que da a los fieles. Y eso lo sabe bien él. Además, ¿qué mejor testigo para certificar la buena salud espiritual de nuestro querido Lorenzo?
Ambos se quedaron mirando al sacerdote.
—Iré —dijo—. Haré todo lo que pueda por Lorenzo.
Almudena, que lo escuchaba todo, respiró aliviada. Se sentía esperanzada. Don Andrés, su confesor, conseguiría que su padre volviera a casa. Y se puso a rezar por que así fuera.
Le tomó dos semanas al párroco ser recibido por fray Eleta. El encuentro se produjo en el convento de Santo Domingo, situado en la calle de la Inquisición. En sus sótanos estaba Lorenzo, preso e incomunicado. Paca había tratado de visitarlo muchas veces, para toparse solo con enérgicas negativas. Y siempre terminaban echándola a empujones, sin que lograra verle.
Condujeron al párroco hasta una habitación donde se encontró al fraile sentado tras una austera mesa de madera. A sus espaldas, pintada en la pared, había una gran cruz que parecía estar hecha con dos troncos burdos, flanqueada por una espada a su derecha y un ramo de olivo a su izquierda. Don Andrés sabía bien lo que significaban: el castigo para el hereje y, con suerte, el perdón para los arrepentidos.
—Dios os guarde, fray Eleta —saludó el párroco.
—Y también a vos, padre Andrés.
El confesor del rey vestía su hábito de lana basta, y el sacerdote, con su humilde sotana, pero de mejor tela, se sintió incómodo ante la ostentación de pobreza de alguien que poseía tanto poder. En la habitación no había otra silla, así que supo que tendría que permanecer de pie.
—Gracias por recibirme. Vengo a interesarme por un muy estimado feligrés de mi parroquia —dijo yendo directo al asunto—. Lorenzo Román.
El fraile tenía rasgos afilados, iba afeitado del día y, antes de hablar, le observó con una penetrante mirada de ojos oscuros.
—Lo sé.
—Respondo plenamente por él. Su familia es muy cristiana, de misa y rosario.
—Ha cometido un grave pecado: participar en una conjura contra el rey.
—Él no sabía de qué se trataba. Nunca quiso ir contra el rey.
El fraile soltó una risita cáustica.
—¿Un impresor que no sabe leer?
—Fue la necesidad, fray Eleta. No tiene nada contra el rey ni contra sus ministros. No ganaba suficiente, tiene una familia que mantener y le tentaron con oro.
—¿El famoso embozado andaluz? —inquirió el franciscano con sorna.
—Pues sí. Así fue.
El confesor del rey movió la cabeza con desaprobación.
—¿Le habéis torturado? —inquirió el párroco, alarmado de repente.
—¡No! ¿Qué os habéis creído? —repuso el fraile, irritado—. Sabemos cómo tratar a los detenidos y hacerles decir la verdad. En la mayoría de los casos, hablan sin necesidad de eso. A este le enseñamos los instrumentos y los aparatos que usamos para que suelten la lengua, explicándole para qué sirve cada uno, y casi se mea encima. Nada más tiene que contar. Es la misma historia que han repetido otros.
—Pues ya sabéis que no actuó con mala fe.
—Con buena o mala fe, atentó contra el rey y contra Dios —repuso el franciscano con voz tronante—. Y pagará por ello.
—No veo que Dios tenga nada que ver con eso —contestó el párroco desafiante.
—¿Cómo que no? Tendréis que volver al seminario, padre Andrés. Imprimiendo esos pasquines ha subvertido el orden establecido por Dios. Arriba está el rey, porque Nuestro Señor lo ha decidido así. Y debajo estamos todos los demás, incluidos curas, obispos y cardenales. Rebelarse contra el rey es hacerlo contra Dios. Mejor os irá si hacéis caso a quienes más sabemos.
Ante la irritación del inquisidor, el párroco decidió no seguir por aquel camino y mostrarse humilde e ignorante como él le sugería.
—No pretendía molestaros, fray Eleta. No sé tanto como vos y estoy aquí para suplicaros piedad por un buen hombre, padre de familia, cumplidor con la Santa Madre Iglesia y muy querido en el barrio. Estoy seguro de que se arrepiente mil veces de haber caído en la tentación y haber cogido ese oro del diablo. Mostrad generosidad, os lo ruego.
El franciscano arrugó el cejo.
—Tendrá su castigo.
—Dejadle volver con su familia, que le espera. Os lo suplico.
El confesor del rey pareció pensar.
—Tendré en cuenta vuestros ruegos antes de tomar la decisión, padre Andrés. Os la haré saber en su momento. —Y moviendo la mano para que saliera, añadió—: Podéis iros.
El párroco, que seguía de pie, no se movió. No quería presionar para no estropear lo que parecía una actitud positiva. Sin embargo, una pregunta le quemaba en la lengua y no pudo evitar formularla.
—¿Habéis detenido al caballero embozado? Él es el responsable.
—Eso no es de vuestra incumbencia. Id con Dios.
Don Andrés salió con un amargo sabor de boca, pues no tenía la seguridad de la libertad de su amigo. Además, le dio la impresión de que el fraile no hacía nada por descubrir al embozado. Ni la verdad. Quizá porque ya sabía quién era. O porque el resultado de todo aquello, la expulsión de los reformistas del gobierno, le agradaba.
Transcurrieron casi tres meses sin que tuvieran noticias de Lorenzo, y todos los esfuerzos por saber de él, tanto del párroco como de Paca, fueron inútiles. El buen cura trató en un principio de dar ánimos a la familia pidiendo que rezaran y confiaran, pero conforme pasaba el tiempo su propia fe se debilitaba. Hasta que, a comienzos de septiembre, el padre Andrés recibió una breve nota de fray Eleta:
Honrando vuestra petición he accedido a acortar la pena que merece Lorenzo Román de doce a ocho años, que cumplirá en el Arsenal de la Carraca. He ordenado que se limite su trabajo en las bombas de achique. Quedad con Dios.
El Arsenal de la Carraca se estaba construyendo en la isla del León, cerca de Cádiz. El rey precisaba de barcos modernos y había ordenado edificar grandes arsenales. La Carraca se ubicaba en unas marismas pantanosas, las filtraciones de agua en los cimientos eran constantes y las bombas tenían que funcionar día y noche. El trabajo de bombeo resultaba extenuante y constituía la principal causa de muerte de los condenados.
El cura se echó las manos a la cabeza. Estaba consternado y tuvo que apoyarse en la mesa que tenía delante porque le faltaban las fuerzas. La pena era del todo excesiva. Temía que Lorenzo, que no estaba acostumbrado al trabajo físico duro, falleciera antes de cumplir la condena. Pidió una nueva cita con fray Eleta, pero no recibió respuesta.
Cuando se encontró con el jesuita y la mujer de Lorenzo, el cura les leyó la nota. Paca rompió a llorar desconsolada. El desánimo y la tristeza la embargaban.
—¡Ya no lo veré más! —murmuró.
Ignacio se puso el dedo en los labios para reclamarle silencio. Almudena parecía distraída en la cocina, pero escuchaba.
—¿Qué le harán a papá? —quiso saber al momento.
—Lo han condenado a trabajos forzados —repuso el párroco acariciándole la cabeza—. Pero no te preocupes, que volverá.
—No me dijisteis eso, mamá. —Y también se puso a llorar.
—Es mucho mejor que la condena a galeras de antes —informó el jesuita tratando de confortarlas—. Ni se entra en combate ni hay que dormir encadenado a un banco de madera. Y es mejor que un presidio de ultramar.
—Se limita el trabajo que tendrá que hacer de achique —añadió el párroco—. Esa es muy buena noticia.
—¡Y a mí qué me importa! —chilló Almudena—. No me importa nada de eso. Lo único que quiero es que vuelva mi padre.
La niña era lista y lo había entendido todo. No había modo de consolarla.
Una cuerda de veinte presos, maniatados con grilletes y cadenas, en fila y unidos con una soga al cuello al convicto que les precedía, salió del convento de Santo Domingo tres días más tarde. En ella iba Lorenzo. La noticia llegó a la casa cuando la triste comitiva alcanzaba la plaza Mayor. Todos corrieron a verle. A la pena de prisión se sumaba el escarnio público. Nadie pensaría que Lorenzo era un represaliado del motín, sino que había pecado contra la fe.
Los familiares y amigos se agolparon junto a los curiosos a lo largo del trayecto. Dos alguaciles montados abrían paso, luego venía un tambor que sonaba destemplado y lúgubre, al que seguía un dominico portando el pendón de la Inquisición con la cruz, la espada y el ramo de olivo. Y después la cuerda de presos, vigilada por varios alguaciles armados.
Almudena vio a su padre por primera vez en tres meses. Iba el tercero, había adelgazado y arrastraba los pies. Estaba desaliñado y parecía abatido. Se le partió el corazón.
—¡Papá! —gritó lanzándose hacia él seguida de Paca.
Lorenzo las vio acercarse y se le llenaron los ojos de lágrimas. Era un hombre de familia y las adoraba. Se detuvo, con lo que paró la cuerda y recibió un culatazo de mosquete de uno de los alguaciles. Profirió un aullido de dolor.
—¡Sigue! —le gritó el alguacil—. No te pares.
Almudena se arrojó como una fiera contra aquel hombre y le golpeó con los puños.
—¡Deja a mi padre!
Ante el inesperado ataque y la furia de la niña, el alguacil retrocedió unos pasos sin saber cómo reaccionar. Los curiosos rieron. Y él, ofendido, levantó el mosquete para propinarle un golpe con la culata que podía ser mortal para la pequeña.
—¡No la toques! —gritó Paca.
Se lanzó contra el hombre y empezaron a forcejear sin que Almudena dejara de pegarle. Don Andrés no sabía cómo actuar y vio que mucha gente acudía a la carrera para no perderse la pelea. También vio que los demás alguaciles salían en ayuda de su compañero, pero el primero en llegar fue uno de los de a caballo, que sujetó, sin bajarse, a Almudena por el brazo.
—¡Alto! —gritó con una voz potente que resonó en toda la plaza Mayor.
El alguacil y Paca detuvieron su lucha sin soltar ninguno el arma y se quedaron mirando al oficial. Ella le reconoció, era el mismo que irrumpió en su casa aquella noche que se llevaron a su marido.
—¡Dejad que la niña y su madre se despidan del preso! —ordenó.
Los curiosos soltaron un clamor de contento y varios aplaudieron mientras Almudena y Paca abrazaban a Lorenzo. La pequeña había sido advertida de que no podría impedir la partida de su padre y se resignaba. Pero quería abrazarlo y besarle, darle su amor. Los familiares de otros presos siguieron su ejemplo y la cuerda se detuvo.
Desde lo alto de su caballo, el oficial observó los besos, las caricias y los llantos que madre e hija dedicaban a su ser querido. Y pensó que aquella niña valiente bien merecía despedirse de su padre.
—¡Hay que seguir! —dijo al cabo de unos minutos.
Y los alguaciles empezaron a gritar empujando a los reos para que la cuerda se pusiera en marcha. Sin embargo, Almudena no soltaba a su padre.
—Que la niña le acompañe —ordenó de nuevo.
Y así, agarrada a las manos encadenadas de su padre, Almudena siguió el camino. Al poco, cruzada la plaza Mayor, la cuerda se detuvo delante de la Cárcel Real, en la plaza de la Provincia, donde se encontraba la iglesia de la Santa Cruz, a la que acudía la familia Román y de la que era párroco don Andrés. Allí les esperaba una cuerda de casi trescientos hombres y varias mujeres. Eran presos por delitos comunes, en su mayoría condenados por vagancia, y una buena parte eran gitanos. Quien no podía demostrar una ocupación fija era considerado un vago, aunque estuviera buscándola, y se le condenaba a trabajos forzados para reformarlo.
—No es justo —dijo un compungido Ignacio que, gracias a un recado del párroco, pudo llegar a tiempo a la plaza Mayor para despedirse de su hermano—. Ni lo que le hacen a Lorenzo ni a muchos de esa segunda cuerda. Son jóvenes llegados del campo en busca de trabajo y terminan en una de esas cuerdas antes de poder encontrarlo.
—El rey necesita gente que construya astilleros y barcos —murmuró el párroco—. Pero esos chicos tienen suerte; solo les caen dos o tres años.
—¿Y os parece poco?
—Demasiado. No es justo, pero el rey los necesita.
—Pues viva el rey —dijo con sorna el jesuita.
Y la triste comitiva continuó su itinerario por las calles de Madrid hasta la puerta de la cerca que daba al camino de Andalucía. Allí se permitió una última despedida y el párroco bendijo a Lorenzo, le dio a besar un escapulario de la Santísima Trinidad y le abrazó. Después le siguieron el resto. Almudena le sujetaba con todas sus fuerzas diciéndole entre sollozos:
—Vuelve, papá. Por favor, vuelve.
A partir de ese momento los soldados, con la bayoneta calada, impidieron a los familiares acercarse a la cuerda. Esta se movía como larga culebra sobre el polvo del camino, bajo un sol cálido e indiferente. Paca, Almudena, Ignacio y don Andrés la contemplaron, abatidos y en llanto, hasta que se perdió de vista.
El jesuita murmuró al oído del cura de forma que solo él pudiera oírlo:
—Eso es una condena a muerte.
Tras despedirse, Lorenzo no volvió la vista atrás. Había tenido mucho tiempo para arrepentirse de haber aceptado aquel oro del diablo. Y se reprochó de nuevo el mal que le había causado a las dos personas que más quería. Con los ojos inundados de unas lágrimas que le hacían ver borroso y un dolor que le atenazaba el corazón, se dijo que debía mirar hacia delante, hacia el duro camino que le llevaba a Cádiz y a su negro futuro. Arrastraba los pies. Los tres meses de oscuro encierro entre cuatro paredes y la desgarradora despedida le habían dejado sin fuerzas. Pero debía sacarlas de donde fuera. Tenía que resistir, tenía que sobrevivir, por ellas. Por Almudena y Paca. Lo daría todo con tal de volver a verlas.
La vida de Francisca y Almudena cambió de forma brusca con la detención y posterior condena de Lorenzo. Al dolor y la angustia por su ausencia se sumó una precaria situación económica. La Inquisición requisó la imprenta y los utensilios para imprimir. Pero pudieron esconder el dinero que Lorenzo guardaba en la vivienda. Aunque era poco. El único medio de subsistencia de madre e hija residía en su habilidad para la costura. Paca se vio obligada a poner más horas en su trabajo y Almudena pasó a ayudarla. A la niña le gustaba coser y su madre le enseñó a dibujar y confeccionar patrones de sastrería.
Tanto Ignacio como don Andrés trataban de darles ánimos, y el jesuita las apoyaba con algo de dinero de su sueldo de profesor, pero tuvieron que abandonar la casa y buscar otra más económica. En la decisión intervinieron tanto Ignacio como el párroco.
—En el barrio de La Latina hay una corrala con una vivienda libre de dos habitaciones, una es comedor y la otra, dormitorio —informó un día don Andrés—. Conozco bien a la portera. Es una mujer de moral intachable y enérgica. No solo es estricta manteniendo las buenas costumbres, sino que obliga a los vecinos a cumplir con la limpieza de corredores, patios y retretes cuando les llega el turno. Es un lugar bastante presentable.
—Es importante la buena reputación de la corrala —añadió Ignacio—. Hay que tener en cuenta que son dos mujeres solas.
—Pues iremos a ver la vivienda —dijo Paca—. Nos acompañaréis, ¿verdad?
Dos días después trasladaban sus enseres a su nuevo hogar. Aparte de trabajar en el taller de uniformes, cargaban telas para cortarlas según los patrones establecidos y coser en casa. Muchas veces lo hacían en el corredor que daba al patio para aprovechar la última luz de la tarde. La vida no era fácil antes, pero desde entonces resultó aún más dura.
No fue hasta pasados casi dos meses de la partida de Lorenzo que recibieron su primera carta. Contaba que aquello no era tan malo, que gracias a Dios no le habían enviado a un penal de África a construir fortificaciones y que era poco el tiempo que le obligaban a bombear agua durante la larga jornada. El trabajo en las bombas del Arsenal era matador. Ellas le contestaron de inmediato diciéndole que se encontraban bien, pero los reos tenían el correo limitado, y el tiempo antes de recibir respuesta se hacía eterno.
Otro infortunio les llegó a madre e hija cuando, pocos días después del primer aniversario del motín en Madrid, se produjo la expulsión de los jesuitas. Sus casas fueron cercadas por el ejército durante la noche y por la mañana se les comunicó su destierro inmediato y la incautación de sus bienes. Apenas pudo Ignacio despedirse de Almudena, a la que adoraba, y de Paca.
—¡Te echaremos mucho de menos! —lloraba la niña—. ¡No solo nos quitan a papá, sino que ahora se te llevan a ti!
—Es una infamia —clamaba el jesuita—. El rey nos echa del país alegando la suprema autoridad que el Todopoderoso ha puesto en sus manos. Y dice que lo hace por el bien del pueblo y de la Corona. Sin más explicaciones y por encima de cualquier ley o razón. Detrás de todo esto hay una conjura contra la Compañía de Jesús y la famosa pesquisa secreta de fray Eleta en busca de a quién culpar por el motín. Pero la culpa la tuvo el hambre. Y os aseguro que somos inocentes, que todo es falso.
—¿Y de qué vais a vivir en un país extranjero si os vais sin nada? —inquirió Paca.
—No lo sé. El rey quiere enviarnos a Roma, ya que el papa es la máxima autoridad de la Orden. Pero no puede acoger a tantos miles, porque también nos expulsaron hace poco de Francia. El despotismo de los Borbones no nos soporta.
—¿Y qué destino tendrán todas las propiedades de la Orden? —quiso saber don Andrés.
—Anticipo que pasarán a engrosar el tesoro real. Nosotros nos vamos sin nada —murmuró Ignacio.
—La mejor educación de las Españas la dais vosotros. ¿Qué ocurrirá con ella?
—El país retrocederá cien años —aseguró el jesuita.
—Rezaré por usted —le dijo don Andrés después de darle un fuerte abrazo.
—Se lo agradezco. Lo voy a necesitar.
A Almudena la escena le recordaba la cuerda de presos que se llevó a su padre. Aquello le desgarraba el corazón. Y con abrazos, besos y lágrimas, madre e hija despidieron a su pariente y valedor. Ignacio tendría que caminar, junto a sus hermanos, hasta Cartagena, donde embarcaría rumbo a algún lugar desconocido del Mediterráneo. Se sentían solas, muy solas.
—No tenemos más familia —murmuró Paca, desmoralizada y sumida en la tristeza.
—Aún nos queda don Andrés —le dijo Almudena tratando de animarla.
La madre la abrazó y, después de un largo rato calladas, la niña musitó:
—Papá volverá. Y mientras, nos tenemos la una a la otra, mamá.
Bahía de Chesme, Turquía
Madrugada del 7 de julio de 1770
A Jaume le dolía la mano de sujetar con tanta fuerza las cuerdas de las jarcias. Era la tensión. El miedo le agitaba la respiración y sentía su corazón oprimido por un puño de hierro. Quince años no era edad para morir, pensaba. Veía cómo la proa de la goleta abría un mar oscuro donde los cadáveres flotantes se alternaban con maderos aún en llamas. A través de la noche y de una nauseabunda neblina que olía a pólvora y humo, podía distinguir, al frente, las tenues luces rojas de su objetivo. Dejaban atrás el purgatorio para ir al infierno. Se imaginaba a la muerte, un esqueleto con largas alas blancas, que sujetaba una guadaña y chillaba como una gaviota, revoloteando en la oscuridad por encima de su embarcación. Muchos murieron en los días anteriores, pero en unos instantes caerían muchos más y rezaba pidiendo un milagro: que ni él, ni su padre, ni sus camaradas y amigos, que tripulaban la goleta, estuvieran entre ellos.
—Send the spaniards on the fireship! —Fue la orden que les condenó al infierno.
Cuando se pronunció, se encontraban en un navío de línea, un enorme buque de tres puentes integrado en la flota zarista del Báltico que había penetrado en el Mediterráneo para sorprender a los turcos. Aquella era una nave británica, al mando del capitán Samuel Creig, que se unió a la flota en Menorca y operaba bajo enseña rusa con el nombre de Sviatoi.
The spaniards, «los españoles», eran ellos, los diez menorquines que tripulaban una pequeña goleta llamada Coloma, de dos palos verticales y otro inclinado en la proa, el bauprés. The fireship era un brulote, un barco incendiario, también llamado «barco bomba», y la misión encomendada era cercana al suicidio: prender fuego a la nave capitana de la flota turca.
El chico se estremeció al oír la orden y su mirada fue hacia su padre, el capitán Cesc Ferrer. Tenía la barba canosa y con frecuencia lucía una blanca sonrisa que resaltaba en su rostro curtido. Pero en aquel momento mostraba, en la penumbra, sorpresa y temor. Sus miradas se cruzaron y el joven leyó en su expresión la gravedad de la situación.
Observó entonces el mar tenebroso al que les querían lanzar. A lo lejos, más allá del alcance de la artillería, se hallaba la armada otomana, de la que solo se distinguían unas luces difuminadas por la neblina.
La batalla había comenzado dos días antes, en la mañana del 5 de julio, cuando una flota rusa de menor tamaño, pero mejor artillada y tripulada, atacó a unos sorprendidos turcos. Después de un fiero intercambio de cañonazos, varias naves de ambos bandos sucumbieron envueltas en llamas o volaron en pedazos cuando el fuego alcanzó sus santabárbaras. La armada musulmana, aun con superioridad numérica, buscó refugio en la bahía de Chesme, al amparo de sus baterías de costa. Pero allí se encontró encajonada con solo una parte de sus naves, las de primera fila, en situación de responder al fuego ruso, y el día 6 se inició un prolongado duelo artillero. Y no fue hasta las dos de la madrugada del día siguiente, en una pausa en la que los contendientes se lamían las heridas, cuando los menorquines supieron el destino que les tenía reservado el teniente Wolf.
Menorca era posesión británica desde 1713, cuando el primer rey Borbón de España la cedió, junto con Gibraltar, en el Tratado de Utrecht, y de eso hacía ya cincuenta y siete años. La armada británica tenía su base en el excepcional puerto de Maó y dos meses antes sus naves apresaron a la Coloma bajo la acusación de contrabando, ya que comerciaba con la isla de Mallorca, perteneciente a la monarquía española. Las relaciones mercantiles entre las islas se producían desde tiempo inmemorial y sus habitantes no comprendían cómo aquel intercambio entre hermanos podía estar prohibido. Que aquellos invasores se apropiaran de la goleta con la que se ganaban la vida y les castigaran parecía inmoral, del todo injusto.
La nave fue requisada y sus diez tripulantes, Cesc, su hijo Jaume y los ocho marinos, encarcelados. Fue entonces cuando apareció el teniente Daniel Wolf, un tipo alto y delgado, con unos ojillos de un azul desvaído y sonrisa torcida. Era arrogante y poseía una fama de duro que le gustaba fomentar.
—Si no os alistáis, os pudriréis en la cárcel por contrabandistas —amenazó a Cesc—. Allí se come mal y se muere fácil —añadió, siniestro.
El capitán de la Coloma sabía que su única opción era negociar con aquel individuo prepotente, que no se reprimía al hacer ostentación de su superioridad.
—Preferimos la cárcel a la muerte a la que nos queréis enviar, señor —repuso tratando de mantenerse tranquilo y aparentar indiferencia—. No queremos saber nada de vuestras guerras.
Sabía que la nave británica se uniría a la flota rusa para combatir al otro extremo del Mediterráneo.
—¿Y dejarás que tu hijo y tus amigos se pudran en la cárcel por tu cobardía? —repuso el teniente con una mueca de desprecio—. Sabes que no duraréis mucho.
Cesc lo sabía. Ya había estado encerrado allí unos días y pudo sobrevivir gracias a la comida que le llevaba su mujer. Y la pobre iba desde Ciutadella, a nueve horas de camino. Y también sabía que la familia lo había invertido todo en la construcción de la Coloma bajo la dirección de un maestro de hacha. No le quedaban opciones.
—No moriremos en una guerra que no es nuestra, señor —insistió Cesc—. No afrontaremos peligros. Mejor es la cárcel.
—No seas estúpido —insistió el oficial mostrando su media sonrisa torcida—. Los rusos pagan bien y precisan marinos expertos.
—La vida de mi gente es más valiosa.
—Si os enroláis, no cumpliréis más funciones que las marineras, las propias de un velero comercial, e intercederé por vosotros para que os devuelvan vuestra nave.
Cesc evaluó la situación. Sin la Coloma estaban en la miseria, y la insistencia del arrogante teniente para completar la tripulación del navío de línea le hacía sospechar que no era solo en aras de la alianza de su rey Jorge III con la zarina Catalina II. Wolf obtenía provecho personal.
—Dadme vuestra palabra de caballero de que así será —le exigió el menorquín—. De que no nos expondréis a situaciones bélicas.
El teniente le lanzó una mirada cáustica.
—Huelo el miedo. La nuestra es una nave de guerra y va a luchar. Me sorprende que renunciéis a la libertad, a vuestra goleta y a la paga que dan los rusos.
Cesc se dijo que aquel hombre conocía bien su necesidad y que jugaba con ella.
—Esa no es mi guerra ni la de mis hombres. Dadme vuestra palabra de caballero.
—Os puedo reclutar a la fuerza. Como se hace en Inglaterra.
—Pero no en Menorca.
Los ingleses tenían órdenes de no encrespar a los menorquines, como sin duda lo haría un reclutamiento forzoso. Carlos III deseaba recuperar la isla, las costas españolas estaban muy cerca y una revuelta ayudaría al monarca en su propósito.
—Dadme vuestra palabra de caballero y negociemos un acuerdo —presionó el menorquín ante el silencio del teniente y su expresión de disgusto.
Wolf elevó la barbilla, movió la mano con gesto desdeñoso y murmuró:
—Tienes mi palabra.
—De caballero —insistió—. De que no participaremos en los combates.
—De caballero —murmuró el británico afirmando.
Cesc confiaba plenamente en el sentido del honor de los oficiales. La palabra dada por un caballero se cumplía. A menudo los oficiales presos, tanto españoles como británicos o franceses, eran liberados tras dar su palabra de que no volverían a luchar en la misma guerra contra el país que les concedía la libertad. Y siempre cumplían. El honor de un oficial era algo sagrado. Con ese convencimiento, Cesc aconsejó a sus hombres que se enrolaran en el navío británico camuflado como ruso. Y ellos aceptaron.
Que el teniente faltara a su palabra era algo inaudito. Y el joven Jaume se preguntaba, tan angustiado como sorprendido, qué haría ahora su padre.
Cesc estaba pasmado. ¿Cómo podía aquel hombre mancillar su honor de aquella forma?
—Señor —dijo cuando pudo reaccionar, acercándose al oficial que, escoltado por dos fusileros, bayoneta calada, se mostraba impávido—. Tenemos vuestra garantía de que no se nos expondría al combate directo.
—Ya no.
—¡Distéis vuestra palabra de caballero! —exclamó con furia el menorquín, dando otro paso hacia Wolf—. ¡Estáis obligado!
El teniente le propinó una sonora bofetada y los soldados le apartaron a punta de bayoneta. Atónito, Cesc se cubrió con la mano la mejilla golpeada y retrocedió sin ofrecer resistencia. Jaume no podía creer que aquel individuo le hiciera aquello a su padre. Y el temor que sentía se tiñó de rabia. Pero sabía que debía contenerse y tragársela.
—Cuida tus modos, isleño —le advirtió el británico a Cesc con desprecio—. No estoy obligado a nada. La palabra de un oficial inglés solo es válida para otro oficial o para un ciudadano británico.
—Pero…
—¡Es una orden! Y si oigo más peros te haré ahorcar. —Dirigiéndose al grupo de menorquines, gritó—: ¡Horca para todos! Si no le prendéis fuego a ese navío turco, os hago colgar de las gavias del barco. No aceptaré excusas. Quien vuelva sin haberlo logrado será ahorcado. —Y mirando a Jaume, el más joven, insistió—: No me importa quién sea. Además, ya sabéis que, si tratáis de escapar y os capturan los turcos, os degollarán de inmediato.
El joven miró desconsolado a su padre, que se había quedado mudo, con los brazos caídos, abatido. Después contempló, interrogante, a sus camaradas. Todos entendían el inglés a la perfección y lo hablaban.
—No puedes hacer nada más, patrón —le dijo David, el segundo de a bordo, en menorquín—. Ese bastardo es un miserable sin honor.
—Me ha engañado —murmuró Cesc—. Siento mucho que os encontréis aquí por mi culpa. Mejor hubiera sido la cárcel.
—No lo sabías —intervino Pep, otro de sus marinos—. Tú buscabas lo mejor para todos.
Pero aquello no consolaba al veterano capitán.
—¿Qué queréis que le diga? —inquirió arrastrando las palabras—. Decidme qué queréis que haga.
Jaume se le acercó para sujetarle la mano y darle ánimos.
—¡Dejad de hablar en vuestra jerga y hacedlo en cristiano! —gritó el teniente—. ¡Quiero saber qué decís!
—Nada puedes hacer —dijo otro de los marinos aún en menorquín—. Lo único es capitanearnos, como siempre has hecho, cumplir la misión y traernos de vuelta en la chalupa sanos y salvos.
Los demás aprobaron con un murmullo y afirmando con la cabeza.
—¡Hablad inglés de una maldita vez! —aulló el teniente.
—Iremos, señor, pero el chico se queda —dijo Cesc—. La nave se tripula bien con solo nueve…
—Ni pensarlo —cortó el británico—. Así me aseguro de que hacéis un buen trabajo. Y que sepas que, si no cumplís, al que me dará más gusto ahorcar será a tu hijo.
El chico aún sujetaba la mano de su padre y lo miró. Cesc siempre tenía salida para todo, pero ahora se mostraba impotente y abatido. Nunca le había visto así. Después observó con un escalofrío el tenebroso mar. Allí, oculto entre las brumas y la oscuridad, se hallaba su destino.
El riesgo de morir en aquella misión suicida no era el único de sus infortunios, ni la única de las infamias cometidas por Wolf. La nave que el teniente había decidido sacrificar era su querida Coloma. Cuando aceptaron su reclutamiento a cambio de la libertad, estaba requisada bajo la acusación de contrabando y Wolf les esperanzó diciéndoles que la recuperarían si cumplían sus obligaciones en el navío de línea. Y con esa ilusión partieron. Pero cuando la flota se reunió al completo, ya cerca de las costas turcas, vieron con desesperación que su goleta, tripulada por británicos, se encontraba junto a las naves auxiliares.
—Nos ha mentido —murmuró Jaume entonces.
Su padre afirmó con la cabeza.
—¡Miserable! —gruñó David, el segundo.
Cesc fue a pedirle explicaciones al teniente, quien se limitó a decir que era una nave requisada y que eran órdenes superiores. Que no se preocupara, que seguramente la armada británica le compensaría si la goleta sufría algún daño.
Pero después del bofetón ya no guardaban ninguna esperanza. Aquel hombre les había mentido en todo, desobedecer sus órdenes sería considerado motín y el castigo era la horca. La tripulación británica acercó la Coloma al flanco de la gran nave y pudieron presenciar cómo, con rapidez y eficiencia, los artilleros cargaban la goleta con pólvora, fósforo y otros materiales inflamables, dejando largas mechas que surgían de la escotilla de la bodega. Sería sacrificada sin remedio.
Su misión era pilotar la goleta hasta abordar la nave designada. Entonces la Coloma, ya en llamas, gracias a unos garfios que habían sujetado en la proa, los costados y los extremos de las vergas, se adheriría al casco de la nave capitana turca y la incendiaría.
—Es un trabajo delicado —les dijo el teniente en tono conciliador y a modo de arenga—. No es nada fácil, pero me consta que sois unos grandes marinos y conocéis vuestra nave hasta la última jarcia y el último palmo de vela. ¡Lo lograréis!
Jaume miró a su padre, que se mantenía impasible y sin pronunciar palabra. Sabía que suplicar no serviría de nada y que rebelarse era la muerte. Y el chico también. Su semblante y el del resto de la tripulación era hosco. Lo que les pedían, bajo fuego enemigo, era una maniobra complicada y muy peligrosa. Los ingleses habían esperado a que el viento soplara hacia tierra, pero era irregular y el mínimo cambio podía desbaratarlo todo. Había casos en que un brulote había terminado incendiando la propia nave nodriza que lo lanzaba.
—Si lo lográis, la armada os compensará con otra nave —prosiguió el oficial—. Y si no, con la horca.
Al poco, empujada por aquel viento inestable, la Coloma avanzaba hacia la entrada de la bahía de Chesme. Allí, refugiada junto al resto de la armada enemiga, se encontraba la nave capitana turca, un imponente navío de tres puentes y casi cien cañones. Cesc manejaba el timón flanqueado por dos infantes de la marina inglesa con sus mosquetes cargados, amartillados y la bayoneta calada. El teniente se aseguraba así de que los menorquines cumplieran con su misión, evitando que se sintieran tentados de huir con la nave. Los soldados se encargarían de encender las mechas en el momento oportuno para escapar después con los demás en la chalupa, cuando la Coloma estuviera ya en llamas, camino de su objetivo.
Jaume, junto al resto, seguía las órdenes de su padre tirando y recogiendo cabos para orientar las velas y aprovechar el vientecillo al máximo. Tenía el corazón oprimido y lo invadía una mezcla de miedo y rabia. Observó en la penumbra el semblante sereno pero duro de su padre, concentrado en dirigir la nave, pero cuando sus miradas se cruzaron, la faz del capitán se iluminó con una sonrisa amorosa. Quería tranquilizarle, infundirle ánimo.
—Padre —le dijo en menorquín, elevando la voz para que sus compañeros le oyeran—. Librémonos de esos dos y huyamos con nuestra Coloma. No nos alcanzarán.
Los soldados le miraron inquietos. Intuían la conversación.
—Están alerta —repuso David—. Antes de rajarles la garganta habrán matado o herido a varios. Y no nos han dejado ni un mísero cuchillo.
—Quizá merezca la pena —insistió Jaume—. La libertad tiene un precio.
—¡Hablad en inglés, malditos! —gritó el que parecía mandar.
—No tenemos agua, ni comida, ni armas, ni dinero —intervino Cesc, sereno, ignorando al soldado—. No hay forma de que podamos llegar a casa, en el otro extremo del Mediterráneo.
—Si nos cargamos a estos y nos pillan los ingleses nos ahorcarán —dijo Pere a continuación—. Si nos atrapan los turcos nos degollarán, y lo mismo pasará si caemos en manos de piratas.
—Todas las opciones son malas —concluyó Cesc—. La única posibilidad que tenemos de salir vivos es hundir ese maldito barco, hijo. Y eso haremos.
Se hizo el silencio y Jaume observó atento el entorno. Era lúgubre, presagiaba muerte. La sucia neblina persistía, cargada del olor a pólvora y el humo de los incendios, pero el viento empezaba a disiparla y pudo distinguir que, flanqueando su nave, a distancia, había otras dos parecidas que se dirigían a la flota turca.
—No somos los únicos —murmuró.
—Mejor —gruñó David—. Cuantos más seamos, más dispersarán los turcos sus disparos. Estamos a punto de situarnos al alcance de sus cañones.
—Con la bruma tardarán en vernos. —Cesc quería tranquilizarles—. Y a esta distancia no pueden precisar los tiros.
—Pero lo harán cuando estemos cerca —murmuró David.
Jaume apenas distinguía a sus compañeros, pero supuso que estarían tan tensos como él. Contemplaba cómo la proa de la Coloma abría las oscuras aguas cuando vio una luz rojiza en el costado de la nave a la que se dirigían. Un surtidor de agua se alzó en la proa de la goleta y de inmediato le siguió un estampido.
—Nos han visto —dijo Pere—. Empecemos a rezar.
—Yo no he dejado de hacerlo —repuso David.
—Saben que venimos, nos esperan —razonó Cesc—. Pero no pueden vernos bien.
Más luces rojizas, más surtidores, más estampidos. Los cañonazos parecían levantar muros de agua en la oscuridad que salpicaban a la Coloma cuando los cruzaba. Los británicos ordenaron encender las mechas, pero Cesc se negó.
—Nos verían demasiado bien y estaríamos a tiro antes de tiempo —explicó en inglés para que lo entendieran.
—Esos quieren largarse lo antes posible —comentó David—. Tienen más miedo que nosotros.
Jaume distinguió una luz amarilla que procedía del brulote que los acompañaba por el costado derecho.
—¡Los de estribor han encendido las mechas! —gritó.
—Falta cerca de una milla —dijo el capitán—. Se están evidenciando demasiado y estamos a tiro. Hay que alejarse.
Y ordenó recoger una de las velas; iba a dejar que se adelantaran. La tripulación cumplió la orden al instante.
—Les caerá todo a ellos —murmuró Pere.
Poco tardó la nave que les flanqueaba por babor en mostrar también una luz amarillenta y Jaume vio cómo los otros dos brulotes tomaban la delantera al retrasarse la Coloma. Las detonaciones y las columnas de agua se sucedían, pero los proyectiles ya no solo caían al frente, sino por todos lados. Aunque Jaume tenía el corazón en un puño, no se perdía detalle y vio que alguna de las balas de cañón dejaba una traza de una mortecina luz rojiza en el cielo oscuro.
De repente, la embarcación que tenían a babor estalló en mil pedazos iluminando la noche y esparciendo maderos incendiados que llovieron sobre el mar. El muchacho respiró al ver que ninguno prendía sus velas y se alegró de que su padre los hubiera hecho distanciarse. Pero se estremeció al pensar que parte de lo que llovía eran los cuerpos de los desdichados de aquella nave. Y que de un momento a otro les podía ocurrir lo mismo a ellos. Las aguas se llenaron de restos que flotaban en llamas.
—Eso ha sido una bala incendiaria —gruñó David—. De un barco muy grande, un navío de línea.
Solo las grandes embarcaciones, o las baterías de tierra, podían disparar una bala incendiaria, ya que se precisaba de un horno que calentara el metal del proyectil hasta ponerlo al rojo vivo. Además de provocar incendios, si alcanzaban la santabárbara de un buque, este estallaba. Como acababan de presenciar.
Jaume observó a su padre. Le admiraba. A pesar de lo ocurrido, y de la lluvia de proyectiles que los turcos lanzaban, se mantenía firme, inmutable y decidido al timón de la nave, conduciéndola a través de aquel infierno a su fatal destino.