Educar a nuestros hijos es, sin duda, una de las experiencias más profundas y gratificantes que podemos vivir. La crianza, para mí, es un camino de ambivalencia que se resume en dos vías: responsabilidad y oportunidad.
Responsabilidad porque es un camino lleno de retos, donde cada paso trae consigo una gran oportunidad de hacerlo cada vez mejor o, al menos, diferente. Nadie nos prepara para este viaje: es largo, intenso y lleno de incertidumbre, incluso cuando todo parece ir bien.
Si para desempeñar cualquier profesión hay que prepararse, certificarse, estudiar, o para conducir un vehículo hay que sacarse el carnet, ¿por qué para tener un hijo supuestamente no debemos formarnos? ¿Debemos saberlo todo cuando sostenemos a ese bebé en brazos por primera vez?
Cada etapa de la crianza tiene sus propios desafíos, y en cierto modo tener hijos se parece mucho a pilotar un avión; no puedes aprender solo sobre la marcha y ponerte al frente de los mandos sin más, necesitas más que instrucciones básicas, pero eso casi nadie te lo cuenta. Todo el mundo espera que sepamos exactamente cómo criar a un niño desde el primer día.
Y es que ser madre o padre implica algo extraordinario: lo que hacemos tiene un impacto duradero, ya que la ciencia ha demostrado que las experiencias en los primeros años de vida son cruciales, y aquí es donde de nuevo subrayo los conceptos responsabilidad y, también, oportunidad. Es en estos años cuando se empiezan a formar los cimientos de los pensamientos, emociones y comportamientos que son la base de su futuro, ahí es donde me refiero al punto de la oportunidad, de ser guías y acompañantes.
El cerebro humano está en pleno desarrollo desde el nacimiento, absorbiendo y procesando todo lo que ocurre a su alrededor: lo que vive en el entorno familiar, lo que percibe a través de sus sentidos, todo se traduce en conexiones neuronales que forjarán su manera de ver el mundo. Este proceso de desarrollo cerebral es extremadamente sensible a las experiencias; la estimulación oportuna desempeña un papel fundamental en ello, y las madres y padres somos los guías para que ese proceso de aprendizaje en desarrollo culmine de forma más o menos exitosa.
No se trata solo de cubrir las necesidades básicas de nuestros hijos, sino de ofrecerles el ambiente adecuado para que sus fortalezas individuales se desplieguen. Porque cada niño tiene talentos únicos, y nuestra tarea es reconocer esos talentos y ayudar a potenciarlos. Pero nada de esa potencialización tendría sentido si no cuidamos sus emociones y su salud mental. Todo el desarrollo de sus habilidades pasa a un segundo plano si la dimensión emocional está al descubierto.
Con la estimulación adecuada, podemos fomentar su curiosidad natural, su capacidad para resolver problemas, su empatía y su creatividad, pero sobre todo ayudarles a crecer con una salud mental y emocional óptima. Por eso, a lo largo de estas páginas, quiero proporcionarte las herramientas para que sientas la confianza y seguridad que da la información veraz basada en la neurociencia. Porque aunque no existe una receta perfecta para criar a un hijo, sí sabemos que hay pequeños hábitos, respaldados por pruebas científicas, que pueden tener efectos poderosos en el futuro.
Educar será mucho más sencillo si estamos preparados y si entendemos cómo funciona su cerebro y cómo sus experiencias se reflejan en su comportamiento. Es como sacarse el carnet de crianza y pilotar este avión con destreza cual acróbata aéreo.
Antes de que te sumerjas en estas páginas quiero decirte que el cerebro de un niño es extraordinariamente plástico, capaz de adaptarse, crecer y reconfigurarse en función de las experiencias que vive, por tanto si estás leyendo este libro y tu peque ya no es un bebé y crees que llegas tarde, no es así. Puedes aplicar todo lo que aquí aprendas, porque nunca es demasiado tarde para re-aprender. Aquí aprenderás o re-aprenderás qué necesita tu hijo en cada momento, independientemente de la edad que tenga, y es aquí donde radica el poder de conocer toda la información que nos ofrece la neuroeducación o como a mí me gusta llamarle: la neurocrianza.
Para sacar lo mejor de nuestros hijos no se trata de sobrecargarlos con actividades, sino de ofrecerles retos y experiencias que les permitan explorar sus habilidades, aprender a través del juego y descubrir sus propias fortalezas. En esta etapa temprana, cada interacción cuenta: desde una conversación simple hasta el momento de jugar, cantar o leer juntos. Y no creas que para ello necesitarás miles de juguetes o cachivaches, no, nada de eso.
Quiero que este libro esté presente en tu estantería, como consulta en cualquier situación que te abrume, porque todos queremos hacer lo mejor posible, pero a veces simplemente no sabemos por dónde empezar. Nos dejamos guiar por el instinto, que es genial, pero también en ocasiones por consejos de la suegra o la vecina del quinto que no son adecuados para el desarrollo e incluso cuando no sabemos qué hacer, improvisamos y eso nos lleva a no obtener los resultados que deseamos.
Te entiendo perfectamente, soy madre de tres hijos y hoy la cantidad de información disponible es abrumadora, y muchas veces contradictoria, y de repente te encuentras anhelando encontrar el camino para convertirte en la madre o el padre que deseas ser, porque todos queremos hacerlo bien. Y es que cuando la cosa se complica con los más pequeños, en lo más profundo de nosotros, sentimos que nos falta algo que nos permita entender mejor lo que sucede dentro de nuestros hijos, y esa pieza es la neuroeducación unida al amor incondicional y al respeto mutuo, una metodología propia que transformó completamente mi crianza.
Cada palabra de este libro está escrita con la esperanza de que, al aplicarlo en tu hogar, encuentres esa transformación que estás buscando. Porque educar con cerebro es darles a nuestros hijos las mejores herramientas para una vida plena y exitosa.