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casper y c-dog

«Era como un fuego incontrolable. Todo el mundo se subía al tren»

 

 

 

 

1

 

A primera hora de la tarde del 29 de noviembre de 1983, la oficina del FBI en Los Ángeles recibió una llamada de una sucursal de Bank of America emplazada en el distrito de Melrose. La respondió la agente del FBI Linda Webster. Era la persona que atendía lo que se conocía como 2-11: los avisos de atracos a bancos. Le dijeron que acababa de perpetrarse un atraco. El sospechoso era un joven blanco con una gorra de los Yanquis de Nueva York. Delgado. Educado. Con acento del sur. Bien vestido. Decía «por favor» y «gracias».

Webster se volvió hacia su compañero, William Rehder, que dirigía la división local de atracos a bancos del FBI.

—Bill, es el Yanqui.

El Bandido Yanqui llevaba operando en Los Ángeles desde julio de ese año. Había atracado un banco tras otro y todas las veces se había escabullido con miles de dólares en un maletín de piel. Rehder empezaba a exasperarse. ¿Quién era ese hombre? La única pista que tenía el FBI era la inconfundible gorra de béisbol. De ahí el apodo: el Bandido Yanqui.

Pasó media hora. Webster recibió otro 2-11. Era de una sucursal de City National Bank situada dieciséis manzanas al oeste, en el distrito de Fairfax. Se habían llevado 2.349 dólares. La persona le dio los detalles al teléfono. Ella miró a Rehder.

—Bill, es otra vez el Yanqui.

Cuarenta y cinco minutos después, el Yanqui atracó una sucursal de Security Pacific National Bank en el distrito de Century City y, de inmediato, recorrió una manzana a pie y asaltó otra de First Interstate Bank, de la que se llevó 2.505 dólares.

—Bill, es el Yanqui. Dos veces, seguidas.

Transcurrió menos de una hora. El teléfono volvió a sonar. El Yanqui acababa de atracar una sucursal de Imperial Bank en Wilshire Boulevard. Si se va en coche de Century City a esa oficina bancaria, se pasa justo por delante de la oficina del FBI.

—Probablemente nos ha saludado —le dijo Rehder a Web­ster.

Ahora se encontraban sobre aviso. Se estaba haciendo historia. Esperaron. ¿Era posible que el Yanqui volviera a atacar? A las cinco y media, sonó el teléfono. Un hombre blanco desconocido —esbelto, con acento del sur, una gorra de los Yanquis— acababa de atracar la sucursal de First Interstate Bank en Encino, que estaba a quince minutos al norte por la autopista 405, y se había llevado 2.413 dólares.

—Bill, es el Yanqui.

Un hombre. Cuatro horas. Seis bancos.

«Fue un nuevo récord mundial —escribiría Rehder más adelante en su autobiografía—, que sigue sin batirse».

 

 

2

 

Ningún delincuente ha ocupado un puesto tan excelso en la cultura estadounidense como el atracador de bancos. En los años posteriores a la guerra de Secesión, el país estaba fascinado por las hazañas de bandas como la de James-Younger, que aterrorizó el Salvaje Oeste con atracos a bancos y asaltos a trenes. Durante la Gran Depresión, los atracadores de bancos se convirtieron en celebridades: Bonnie y Clyde, John Dillinger, «Pretty Boy» Floyd. No obstante, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el delito parecía estar en declive.

En 1965, se atracaron un total de 847 bancos en todo Estados Unidos, una cifra modesta si se tiene en cuenta el tamaño del país. Se especuló con la posibilidad de que los robos a bancos estuvieran abocados a la extinción. Pocos delitos graves tenían mayores índices de arrestos y condenas. Los bancos pensaban que habían aprendido a protegerse. Un completo estudio de 1968 sobre robos a bancos llevó por título «Nada que perder», en el sentido de que el acto parecía tan irracional que sus autores debían de haberse quedado sin otras opciones. Parecía el equivalente al robo de ganado del siglo XX. ¿Quién hacía eso ya?

Pero luego estalló una epidemia. En solo un año, entre 1969 y 1970, el número de atracos a entidades bancarias casi se duplicó, volvió a aumentar en 1971 y, de nuevo, en 1972. En 1974, se robaron 3.517 bancos. En 1976, la cifra fue de 4.565. A principios de los años ochenta, el número de atracos era cinco veces superior al de finales de los sesenta. Se trataba de una ola de delincuencia sin precedentes. Y no había hecho más que empezar. En 1991, el FBI atendió 9.388 llamadas de bancos de todo Estados Unidos informando de un 2-11.

Y el foco de esa sorprendente oleada de robos fue la ciudad de Los Ángeles.

Una cuarta parte de todos los atracos a bancos que se perpetraron en Estados Unidos en esos años tuvieron lugar en Los Ángeles. Hubo años en los que la oficina local del FBI atendió hasta dos mil seiscientos robos de este tipo, tantos atracadores, y tantos bancos, que Rehder y el FBI se vieron obligados a ponerles apodos para no confundirlos: el hombre que se disfrazaba con vendas se convirtió en el Bandido Momia. Otro que llevaba un solo guante pasó a ser (como es natural) el Bandido Michael Jackson. Un dúo formado por dos hombres con bigote postizo eran los Hermanos Marx. Una ladrona bajita y obesa pasó a ser la Señorita Piggy. Una hermosa atracadora se conocía como la Bandida Miss América. Un tipo que blandía un cuchillo era el Bandido Benihana (como la cadena de restaurantes japoneses). Y así sucesivamente: había atracadores a los que pusieron John­ny Cash o Robert De Niro. Un grupo robaba de a tres: uno vestido de motorista, otro de policía y el tercero de obrero de la construcción. ¿Necesita preguntar cómo los llamaron? Eran los años ochenta. Se los conocía como los Village People.

«Era como un fuego incontrolable —recuerda Peter Houlahan, uno de los historiadores no oficiales de la oleada de atracos a bancos de Los Ángeles—. Todo el mundo se subía al tren».

Diez años después de que empezara la oleada, por increíble que parezca, las cosas empeoraron mucho más. El detonante fue la aparición de un dúo conocido como los Bandidos de West Hills. La primera generación de atracadores de Los Ángeles era como el Bandido Yanqui: se acercaban a uno de los cajeros, le decían que llevaban un arma, cogían el dinero que hubiera y huían. La gente los llamaba, un poco despectivamente, «pasadores de billetes». Sin embargo, los Bandidos de West Hills retomaron la grandiosa tradición de Jesse James y Bonnie y Clyde. Sus entradas eran épicas, con pelucas y caretas, blandiendo armas de asalto. Accedían por la fuerza al cubículo del cajero y vaciaban el banco entero, incluso la cámara acorazada si podían, antes de ejecutar una huida planeada al milímetro. La banda tenía un búnker en el valle de San Fernando lleno de armamento militar y veintisiete mil cartuchos de munición, a fin de prepararse para lo que su líder creía que era un Armagedón inminente. Incluso para los criterios de Los Ángeles en los años noventa, los Bandidos de West Hills estaban un poco locos.

En su quinto robo, los ladrones accedieron a la cámara acorazada de una sucursal de Wells Fargo Bank en Tarzana y se llevaron cuatrocientos treinta y siete mil dólares, más de un millón en dólares de hoy. Y entonces Wells Fargo cometió un error crucial: el banco reveló a la prensa cuánto le habían robado exactamente los Bandidos de West Hills. Fue como echarle leña al fuego. «¿Cuatrocientos treinta y siete mil dólares? ¿Es una broma?».

Uno de los primeros en prestar atención fue Robert Sheldon Brown, un joven emprendedor de veintitrés años. Su nombre de guerra era Casper. Casper hizo números. «He robado, he entrado en casas, he hecho un poco de todo —explicaría más tarde—. Pero el dinero no se podía comparar con los bancos. Entrabas en un banco y en dos minutos tenías lo que en la calle tardabas seis o siete semanas en conseguir».

John Wiley, uno de los fiscales que acabó llevando a Casper ante la justicia, lo recuerda como un «fuera de serie». «Casper es­taba muy cachas y era muy inteligente». Wiley dijo: «Se dio cuenta de que, cuando se atraca un banco, el problema es entrar. Así que hacía que otra persona se ocupara de eso. Se podría pensar: “¿Cómo es posible hacer que otro robe un banco para ti?”. Y ese era su talento especial […] encontrar personas que robaran bancos para él. Y fichó a una cantidad increíble de gente […] Era una especie de productor, en la jerga de Hollywood».

Casper tenía un cómplice, Donzell Thompson, también conocido como C-Dog. Elegían un banco que creían que estaba en su punto para atracarlo. A continuación, buscaban un vehículo de huida. A principios de los años noventa, se produjo en Los Ángeles un aumento asombroso de los robos de coches con violencia, que la prensa trató como otro indicio más del caos indiscriminado que barría las calles. No obstante, buena parte se debía, de hecho, a Casper y C-Dog. Tenían un tipo al que pagaban por adquirir sus vehículos de huida. Si se robaban tantos bancos como hacía Casper, se necesitaban muchos coches. A continuación, elegía al equipo. El fiscal Wiley refirió: «Muchos de sus atracadores solo eran críos. Creo que a algunos probablemente no les pagaba nada. Los obligaba a robar y punto. Es un tío grande e intimidante. Y era miembro de los Rolling Sixties, una pandilla vinculada a los Crips de muy mala fama».

Wiley se acordaba de un chaval en concreto que era «muy joven», de tan solo trece o catorce años: «Recuerdo que sacó al chico de la escuela y le dijo: “¿Cuándo me puedes atracar este banco?”. Y él le respondió: “Durante el recreo”. Así que pasaron a recogerlo durante el recreo y Brown y [C-Dog] le explicaron cómo hacerlo. Entras, asustas a todo el mundo, coges el dinero y sales».

Casper les enseñaba a sus chicos una técnica que llamaba «ir a lo kamikaze». Irrumpían en el banco blandiendo sus pistolas ametralladoras y fusiles de asalto, disparando al techo y gritando palabrotas: «¡Al suelo, hijos de p…!». Metían todo el dinero que encontraban en fundas de almohada, sustraían carteras y les arrancaban los anillos de los dedos a las mujeres si querían un pequeño botín extra para el camino.

Al menos en dos golpes, Casper «tomó prestado» un autobús escolar para poner a salvo a sus jóvenes pupilos; en otra ocasión, se hizo con una furgoneta de correos. Casper tenía imaginación. Supervisaba sus operaciones desde una posición segura, aparcado en un coche a bastante distancia, y luego seguía a su selecto equipo cuando huían por las calles a toda velocidad.

«Los chavales sabían que, si intentaban escapar con todo el dinero, tendrían a esos dos Crips detrás de ellos —dice Wiley— y que eso les amargaría la vida».

El vehículo de huida se abandonaba. Todo el grupo se retiraba al escondite de Casper, normalmente un motel, donde él les pagaba una miseria y los dejaba marchar. Eran críos: probablemente los cogerían. Pero a Casper le daba igual. Su actitud, explicó Wiley, era: «Vale, no ha sido genial. Han cogido a mis chicos. Ahora tendremos que buscar nuevos. Pero eso lo hacemos continuamente».

En tan solo cuatro años, Casper «produjo» ciento setenta y cinco atracos, lo que continúa siendo el récord mundial de atracos a bancos a lo largo de una vida y supera la marca anterior del Bandido Yanqui de setenta y dos bancos. Casper y C-Dog incluso se acercaron al récord de seis atracos en un día logrado por el Yanqui. En un solo día de agosto de 1991, perpetraron cinco: una sucursal de First Interstate Bank en La Cienega Boulevard, seguida de cuatro bancos en Eagle Rock, Pasadena, Monterey Park y Montebello. Y recordemos que el Bandido Yanqui actuaba solo. Lo que hacía Casper era infinitamente más difícil: organizaba y supervisaba a equipos de atracadores.

Una vez que Casper le demostró al mundo lo fácil que era apoderarse de un banco, otras bandas se subieron al carro. Los Eight Trey Gangster Crips empezaron a formar equipos. Un dúo conocido como los Chicos Malos perpetró casi treinta robos en menos de un año: ellos dos solitos. Los Chicos Malos eran… malos: les gustaba encerrar a todo el mundo en la cámara acorazada, hablar en voz alta sobre ejecuciones y disparar sus armas cerca del oído de la gente solo por diversión.

«En retrospectiva, 1992 resultó ser el año en el que hubo más atracos a bancos. Dos mil seiscientos cuarenta y un atracos en un año —observó Wiley—. Eso es una media de un atraco a un banco cada cuarenta y cinco minutos por cada día hábil bancario. Y el peor día fueron veintiocho robos de bancos en un solo día. Eso volvió completamente loco al FBI. Me refiero a que estaban agotados».

Robar un banco lleva minutos. Investigar un atraco a un banco lleva horas. A medida que los robos se acumulaban, el FBI se iba quedando cada vez más rezagado.

 

Si tienes veintisiete robos diarios, si una sola banda está cometiendo cinco robos en un solo día, piensen en cómo se investiga eso físicamente. Esos tíos van conduciendo por toda la ciudad tan rápido como pueden, robando. Así que el mero hecho de seguirlos entre el tráfico de Los Ángeles es un problema. Llegas al banco y ¿cuántas personas han sido testigos del robo? Bueno, ¿cuántas personas había en el banco? Pongamos que veinte. Así que hay que tomarles declaración a veinte testigos. Eso es mucho trabajo.

 

Entonces, justo cuando el FBI se pone a ello, ¿qué ocurre? «Llevas cinco o diez minutos en la escena y hay otro atraco a un banco en la otra punta de la ciudad. El FBI no podía más».

La ciudad de Los Ángeles era la capital mundial de los robos a bancos. «No había ninguna razón para pensar que iba a parar —continuó Wiley. Enseñó un gráfico de los atracos a bancos en Los Ángeles desde los años setenta hasta los noventa—. Si nos fijamos en la curva, parece que vaya a llegar a la luna».

El FBI asignó a cincuenta agentes al caso. A lo largo de muchos meses, recogieron toda la información que pudieron sonsacarles a los aterrorizados chavales de Casper y C-Dog, desenmarañaron la red de engaños que habían tejido para ocultar sus bienes y les siguieron la pista de una dirección a otra por todo el sur de Los Ángeles. Tardaron una eternidad en lograr que un gran jurado acusara a Casper y a C-Dog, porque ¿qué habían hecho? Nada. Ellos no atracaban ningún banco. Solo estaban en un coche aparcado calle abajo. Lo único que tenía el FBI era el testimonio de varios adolescentes muertos de miedo que faltaban a clase entre la hora de comer y el recreo.

Por fin, los fiscales creyeron que tenían pruebas suficientes. Encontraron a C-Dog en casa de su abuela en Carson y detuvieron a Casper cuando bajaba de un taxi. Con los dos entre rejas, la fiebre de atracar bancos que se había apoderado de Los Ángeles empezó por fin a remitir: en más o menos un año, el número de asaltos perpetrados en la ciudad se redujo en un 30 por ciento y luego disminuyó todavía más. Los atracos a bancos no llegaron a la luna. La fiebre pasó.

Cuando Casper y C-Dog salieron de una prisión federal en el verano de 2023, ofrecieron su historia a Hollywood y se reunieron con productores de cine. Los directivos de la industria cinematográfica que oyeron su relato no daban crédito: «¿Eso pasó aquí?».

Pues sí.

 

 

3

 

Quiero empezar La venganza del punto clave con una serie de misterios: tres historias interconectadas que, a primera vista, no parecen tener explicación. La tercera se desarrolla en un pueblecito que llamaremos Poplar Grove. La segunda es la historia de Philip Esformes. Y este primer capítulo trata de las hazañas del Bandido Yanqui y de Casper y C-Dog.

La crisis de los atracos a bancos de Los Ángeles a principios de los años noventa fue una epidemia. Cumplía todas las reglas. No fue un brote generado en cada atracador, como un dolor de muelas. Era contagiosa. A finales de los años sesenta, una fiebre de carácter leve aquejó a todo Estados Unidos. En los ochenta, el Bandido Yanqui se contagió en Los Ángeles. Más adelante, los Bandidos de West Hills contrajeron el virus, que, en sus manos, mutó a una cepa más siniestra y violenta. Transmitieron la nueva variante a Casper y C-Dog, que reinventaron el proceso subcontratando la mano de obra y ampliando el negocio de manera espectacular, como los capitalistas de finales del siglo XX que eran. Y de ahí la infección se propagó por toda la ciudad —contagiando a los Eight Trey Gangsters, los Chicos Malos y muchos más— y arrastró a cientos de jóvenes hasta que, cuando el boom de los atracos a bancos alcanzó su punto máximo en Los Ángeles, los robos de poca monta de la época del Bandido Yanqui parecieron un recuerdo lejano.

Las epidemias sociales están impulsadas por las acciones de unas pocas personas excepcionales —personas que tienen una influencia enorme en la sociedad—, y así fue exactamente como se desarrolló el brote de Los Ángeles. Nunca fue un acontecimiento de masas, como una de esas maratones de las grandes ciudades en las que se inscriben decenas de miles de personas. Fue un reino del caos promovido por unas pocas personas que robaban una vez tras otra. El Bandido Yanqui atracó setenta y cuatro bancos en nueve meses antes de que el FBI por fin lo detuviera. Pasó diez años en la cárcel, salió ¡y atracó otros ocho! Los Chicos Malos robaron veintisiete. Casper y C-Dog organizaron ciento setenta y cinco atracos. Si nos centráramos únicamente en el Bandido Yanqui, Casper y los Chicos Malos, tendríamos un panorama bastante completo de lo que ocurrió en Los Ángeles en los años ochenta y a principios de los noventa: un fenómeno contagioso que creció hasta alcanzar su punto clave, impulsado por las acciones extraordinarias de unas pocas personas especiales. «Casper —dijo Wiley— es el superpropagador, si hablamos de epidemias».

¿Eran las circunstancias de los años ochenta y principios de los noventa propicias para una explosión de atracos a bancos? Sí. Entre los años setenta y finales de los noventa, el número de sucursales bancarias en Estados Unidos se triplicó. Para Casper y C-Dog, era un juego de niños.

La fiebre que arrasó Los Ángeles a finales de la década de los ochenta y principios de la de los noventa tiene todo el sentido del mundo, salvo por una cosa.

Encierra un misterio.

 

 

4

 

En la madrugada del 9 de marzo de 1950, Willie Sutton se levantó y se embadurnó la cara de maquillaje. La noche anterior se había teñido el pelo de un tono mucho más claro que el suyo, casi rubio, y quería combinarlo con una tez aceitunada. Se aplicó rímel en las cejas para darles cuerpo. Se metió trozos de corcho en los orificios nasales para ensancharse la nariz. Luego, se puso un traje gris, entallado y con relleno para cambiar su silueta. Satisfecho de que ya no se parecía a Willie Sutton, Willie Sutton salió de su casa de Staten Island con rumbo a Sunnyside, en Queens, camino de una sucursal de Manufacturers Trust Company situada en la esquina de la calle Cuarenta y cuatro y Queens Boulevard en Nueva York.

En las tres semanas anteriores, Sutton había pasado todas las mañanas en la acera de enfrente, estudiando las rutinas de los empleados del banco. Le gustaba lo que veía. Al otro lado de la calle había una parada del metro elevado, una de autobús y otra de taxis. La calle estaba concurrida y a Sutton le gustaban las multitudes. El vigilante de la sucursal, un hombre de movimientos lentos que se llamaba Weston y vivía cerca, llegaba todas las mañanas a las 8.30, absorto en su periódico. Entre las 8.30 y las 9.00, les abría la puerta a los demás empleados hasta que llegaba el director, el señor Hoffman, que aparecía, como un reloj, a las 9.01. La sucursal abría al público a las 10.00, mucho más tarde que la mayoría. Eso también ponía contento a Sutton: consideraba el tiempo transcurrido entre la llegada del primer empleado y la del primer cliente como «su tiempo» y, en ese caso, sería una hora y media.

A las 8.20, Sutton se mezcló con la multitud que esperaba en la parada del autobús. Unos minutos después, el conserje Weston dobló la esquina, abismado en su periódico. Cuando sacó las llaves para abrir la puerta, Sutton se colocó detrás. Él se volvió sobresaltado. Sutton lo miró a los ojos y le dijo, en voz baja: «Entre. Quiero hablar con usted».

Sutton no era amante de las armas de fuego. Para él, eran accesorios. Su verdadera arma era una discreta autoridad que inducía a los demás a prestarle atención. Le explicó al conserje lo que ocurriría a continuación. Primero, dejarían entrar a uno de sus cómplices. Luego, Weston les abriría la puerta a los demás empleados como hacía todas las mañanas. Conforme fueran entrando, el cómplice de Sutton aparecería y se los llevaría, cogiéndolos por el codo, hasta una fila de sillas que ya tendría preparadas.

«Una vez que tienes el control del banco —escribiría Sutton años después en su autobiografía, cuando ya era lo bastante famoso para escribir no solo uno, sino dos libros autobiográficos, como un hombre de Estado que siente la necesidad de responder a los giros de la historia—, da igual quién aparezca en la puerta».

 

Una vez llegaron de improviso tres pintores mientras robaba un banco en Pensilvania y simplemente les dije que extendieran las lonas en el suelo y se pusieran a trabajar. «Con lo que os pagan, el banco no puede permitirse teneros de brazos cruzados. Están asegurados contra los ladrones de bancos, pero nadie los aseguraría contra vosotros, ladrones». Durante todo el robo, pude mantener una conversación con ellos sobre cómo podría haberme ya jubilado si los atracadores de bancos tuviéramos un sindicato tan fuerte como el suyo. Todos pasamos un buen rato y, cuando salimos por la puerta con el dinero, ellos ya tenían pintada una de las paredes.

 

Sutton era increíblemente cautivador. ¿Se dieron cuenta los empleados de la sucursal de Manufacturers Trust Company de que el famoso Willie Sutton les estaba robando? Sin ninguna duda. Entraron en la sala de reuniones, uno a uno. «No os preocupéis, amigos —les decía él—. Es solo dinero. Y no es vuestro». A las 9.05, con cuatro minutos de retraso, llegó el señor Hoffman, el director. Sutton lo hizo sentarse.

«Si me da problemas, quiero que sepa que alguno de estos empleados suyos recibirá un disparo. No quiero que se haga falsas ilusiones sobre eso. Quizá no le importe su propia seguridad, pero la salud de sus empleados es responsabilidad suya. Si les pasa algo, será culpa suya, no mía».

Era un farol, por supuesto, pero siempre daba resultado. Vació la cámara acorazada, salió tranquilamente por la puerta hacia el coche que lo esperaba y se perdió entre el tráfico de Nueva York.

Willie Sutton era la versión neoyorquina de Casper, aunque eso no le hace plena justicia. Nadie sabía gran cosa de Casper en la época en la que orquestó sus múltiples atracos a bancos. Ni tan siquiera su juicio tuvo apenas repercusión en los informativos. No así Willie Sutton. Él era famoso. Salía con actrices. Era un maestro del disfraz. No solo se atrevió a fugarse de la cárcel una vez, sino dos. En una ocasión, le preguntaron: «¿Por qué atraca bancos?». Y él respondió: «Porque es ahí donde está el dinero». Más adelante negaría haberlo dicho, pero daba igual. Hasta hoy, su ocurrencia se conoce como la «ley de Sutton» y se utiliza para enseñar a los estudiantes de medicina la importancia de considerar el diagnóstico más probable en primer lugar. Hollywood hizo una película sobre su vida. Un escritor convirtió su historia en una novela biográfica. En dólares de hoy, Willie Sutton decía haber robado más de veinte millones a lo largo de su carrera. Casper ni tan siquiera estaba en el mismo tramo impositivo que él (en el supuesto, claro está, de que pagaran impuestos, lo que no hacía ninguno de los dos).

El caso es que, si alguien fuera a empezar una epidemia de atracos a bancos, cabría esperar que fuera Willie Sutton. Cabría esperar que, después de ver a «Slick Willie» entrando como si nada en las sucursales bancarias y largándose con un dineral sin disparar un solo tiro, las impresionables clases criminales de Nueva York se dijeran: «Yo puedo hacer eso». En epidemiología, existe el término «caso índice», que se refiere a la persona que desencadena una epidemia. (Más adelante, hablaremos de uno de los casos índice más fascinantes de la historia reciente). Willie Sutton tendría que haber sido el caso índice, ¿no? Convirtió el trabajo sucio de atracar un banco en una obra de arte.

No obstante, Willie Sutton no puso en marcha una epidemia de atracos a bancos en Nueva York, ni en los años cuarenta y cincuenta, su época de esplendor, ni en los posteriores, cuando escribió una autobiografía detrás de otra. Tras salir de la cárcel en 1969 alegando mala salud (viviría otros once años), se reinventó como experto en la reforma del sistema penitenciario y dio charlas por todo el país. Asesoró a bancos sobre cómo prevenir los atracos. Incluso hizo un anuncio de televisión para una empresa de tarjetas de crédito que introdujo las tarjetas con fotografía: «La llaman la tarjeta de la cara. Ahora, cuando digo que soy Willie Sutton, la gente me cree». ¿Hizo eso que el mundo quisiera ser Willie Sutton? Parece que no. En los tiempos de Casper, la ciudad de Nueva York solo padecía una mínima parte de los atracos que se perpetraban en Los Ángeles.

Una epidemia, por definición, es un fenómeno contagioso que no respeta las fronteras. Cuando la COVID-19 apareció por primera vez en China a finales de 2019, los epidemiólogos temían que se propagara por todo el mundo. Y tenían toda la razón. Sin embargo, en el caso de los bancos la fiebre arrasó Los Ángeles pero se saltó por completo a otras ciudades. ¿Por qué?

Este es el primero de los tres misterios. Y la respuesta guarda relación con una famosa observación que hizo el médico John Wennberg.

 

 

5

 

En 1967, recién terminados sus estudios de medicina, Wennberg consiguió trabajo en Vermont como parte de un proyecto conocido como Programa Médico Regional (PMR). Eran los años de la Gran Sociedad, en los que el Gobierno de Estados Unidos estaba haciendo un esfuerzo coordinado para ampliar la red de protección social del país, y el PMR era una iniciativa financiada por el Gobierno federal para mejorar la asistencia médica en todo el país. La labor de Wennberg consistía en elaborar un mapa de la calidad de la atención en los confines del estado para asegurar que todo el mundo tenía acceso al mismo nivel de asistencia.

Era joven e idealista. Había estudiado en la Universidad Johns Hopkins con algunas de las mentes más brillantes de la medicina. Cuando llegó a Vermont, dijo más adelante, aún creía «en el paradigma general de que la ciencia estaba avanzando y de que estaba traduciéndose racionalmente en una atención eficaz».

Vermont tenía doscientos cincuenta y un núcleos de población. Wennberg empezó dividiendo esas comunidades según el lugar donde recibían atención médica los residentes locales. El resultado fueron trece «distritos hospitalarios» en todo el estado. A continuación, calculó la cantidad de dinero que se gastaba en atención médica en cada uno de esos distritos.

Wennberg daba por hecho que lo que observaría sería que, en algún rincón lejano de Vermont donde no había mucho dinero, habría poco gasto. Y, según la misma lógica, en las comunidades más ricas como Burlington —la ciudad más grande del estado, sede de la Universidad de Vermont y del Champlain College, donde los hospitales eran los más nuevos y sofisticados y los médicos tenían más probabilidades de haberse formado en facultades de medicina prestigiosas—, el gasto sería un poco mayor.

Estaba completamente equivocado. Sí, había diferencias de gasto en los distintos distritos hospitalarios. Sin embargo, no eran pequeñas, sino enormes. Y no seguían ninguna lógica aparente. En palabras de Wennberg, no tenían «ni pies ni cabeza». La cirugía para extirpar hemorroides, por ejemplo, era cinco veces más frecuente en algunos distritos que en otros. Las probabilidades de que a los pacientes les extirparan una próstata hipertrofiada, el útero en una histerectomía o el apéndice tras un ataque de apendicitis eran tres veces mayores en unas zonas que en otras.

«Resultó que había variación en todas partes —explicó Wennberg—. Por ejemplo, nosotros vivíamos entre Stowe y Waterbury. Mis hijos iban a una escuela del distrito de Waterbury, que estaba a unos quince kilómetros de casa. Pero, si hubiéramos vivido unos cien metros al norte, habrían ido a una escuela del distrito de Stowe. En Stowe, les habían extirpado las amígdalas al 70 por ciento de los alumnos de quince años, frente a solo el 20 por ciento de Waterbury».

No tenía sentido. Tanto Stowe como Waterbury eran pueblos idílicos llenos de vetustos edificios decimonónicos. Nadie pensaba seriamente que uno fuera más sofisticado o que estuviera influido por una ideología médica diferente a la del otro. No era que Stowe atrajera a una clase de personas y Waterbury a otra muy distinta. La gente era básicamente la misma, es decir, aparte de que los niños de Waterbury solían conservar las amígdalas y los de Stowe no.

Wennberg se quedó muy desconcertado. ¿Había descubierto por casualidad alguna extraña peculiaridad de los pueblos de Vermont? Decidió ampliar su análisis a otras partes de Nueva Inglaterra. Esta es una comparación que hizo de Middlebury, en Vermont, con Randolph, en New Hampshire. Fíjese en las diez primeras filas: ambos pueblos son idénticos. Ahora mire las últimas tres. Caray. En Randolph, los médicos tenían una actividad frenética, como si fueran hasta arriba de cafeína: se gastaban el dinero a manos llenas, hospitalizaban y operaban a todo el que se les pusiera delante. Pero ¿Middlebury? Middlebury era otro mundo.

 

Middlebury, Vermont

Randolph, New Hampshire

Características socioeconómicas

Blancos

98 %

97 %

Nacidos en Vermont o New Hampshire

59

61

Veinte años o más de residencia en la zona

47

47

Nivel de ingresos por debajo de la pobreza

20

23

Tienen seguro médico

84

84

Lugar habitual de atención médica

97

99

Grado de enfermedad crónica

Prevalencia

23 %

23 %

Actividad restringida las dos últimas semanas

5

4

Más de dos semanas en cama el último año

4

5

Acceso al médico

Contacto con el médico en el último año

73 %

73 %

Uso de los servicios sanitarios tras el acceso

Altas hospitalarias por cada mil personas

132

220

Altas de cirugía por cada mil personas

49

80

Gasto de la Parte B de Medicare[1] por afiliado

92

142

 

Wennberg llamó «variación de área pequeña» a lo que había descubierto y encontró pruebas de ello en todo Estados Unidos. Y lo que empezó como una observación acotada a los pueblos de Vermont se ha convertido en una ley inquebrantable que, medio siglo después de que Wennberg hiciera su sorprendente descubrimiento, no da muestras de desaparecer: en muchos casos, el trato que recibimos de nuestro médico tiene menos que ver con dónde se formó, cómo le fue en la facultad de medicina o qué carácter tiene que con dónde vive.

¿Por qué importa tanto el lugar? La explicación más sencilla para la variación de área pequeña es que los médicos se limitan a hacer lo que quieren los pacientes. Tomemos, por ejemplo, un acto médico relativamente sencillo: cuántas veces visita un doctor a un paciente en sus dos últimos años de vida. La media de Estados Unidos en 2019 ronda las cincuenta y cuatro visitas. En Minneapolis, en cambio, es mucho más baja: treinta y seis. Pero ¿sabe cuál es en Los Ángeles? ¡Son ciento cinco visitas! Las visitas del médico en los últimos años de vida son el triple en la ciudad californiana que en Minneapolis.

Se trata de una diferencia enorme. ¿Se debe a que los moribundos de Minnesota se comportan como estoicos escandinavos, mientras que las personas muy ancianas de Los Ángeles son exigentes y reclamantes? Parece que la respuesta es no. Wennberg y otros investigadores han descubierto que la variación de área pequeña no radica en lo que los pacientes quieren que hagan sus médicos, sino en lo que estos quieren hacerles a sus pacientes.

Así pues, ¿por qué actúan los médicos de forma tan distinta de un lugar a otro? ¿Es solo por dinero? Quizá haya más personas en Los Ángeles con la clase de seguro que premia a los médicos para tratar a sus pacientes de manera intensiva. No, eso tampoco parece explicarlo.[2]

¿Y si es solo casualidad? Al fin y al cabo, los médicos son personas. Y las personas tienen maneras de pensar muy distintas. Quizá, Los Ángeles es un lugar donde, por casualidad, ejercen muchos médicos que tratan a sus pacientes de manera intensiva, mientras que Minneapolis es un lugar donde, por casualidad, muy pocos lo hacen.

¡No!

«Casualidad» significaría que los médicos con un enfoque intensivo estarían dispersos por todo el país, en distribuciones que fluctuarían con cada año que pasa. «Casualidad» significaría que cada hospital tendría una combinación distinta de médicos, que representarían una variedad de enfoques sobre cómo practicar la medicina. Habría un doctor Smith, que siempre extirparía las amígdalas; un doctor Jones, que no lo haría nunca; y un doctor McDonald, que se situaría en algún punto intermedio. Sin embargo, eso no es lo que Wennberg identificó hace años. En cambio, encontró «clústeres» médicos, donde los facultativos de un distrito hospitalario adoptaban una identidad común, como si todos se hubieran infectado de la misma idea contagiosa.

«Es un misterio del tipo “Dios los cría y ellos se juntan” —dijo Jonathan Skinner, economista de la Universidad de Dartmouth y uno de los herederos de la labor de Wennberg—. Es decir, los médicos tienen distintas opiniones, claro […] La gente se forma opiniones sobre lo que da resultado […] Pero la pregunta es ¿qué tiene una zona que induce a algunas personas a ejercer su profesión de una sola manera, en promedio? ¿Es algo que lleva el agua?».

 

 

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Desde entonces, la variación de área pequeña se ha convertido en una especie de obsesión para los investigadores médicos. Se escriben libros enteros sobre ella. Hay especialistas que se pasan la vida estudiándola. Sin embargo, lo que es fascinante es cómo las mismas inexplicables pautas de variación aparecen fuera del ámbito de la atención médica. Permítame darle un ejemplo.

California tiene una base de datos pública sobre el porcentaje de alumnos de primer curso de todos los centros de enseñanza secundaria obligatoria del estado que están al día con las vacunas recomendadas: varicela, sarampión, paperas, rubeola, polio, etcétera. Si le echa un vistazo rápido a la lista, que es larga, no parece encerrar ninguna complicación. La inmensa mayoría de los alumnos de las escuelas públicas de California se han puesto todas las vacunas. ¿Y los alumnos de las privadas? Esas escuelas suelen ser más pequeñas y peculiares. ¿Podría darse más variación en ellas? Veámoslo.[3]

Estas son las tasas de vacunación, elegidas al azar, de una serie de escuelas primarias privadas del condado de Contra Costa, al este de San Francisco.

 

St. John the Baptist: ciento por ciento.

El Sobrante Christian School: ciento por ciento.

Contra Costa Jewish Day School: ciento por ciento.

 

La lista continúa. Hay muchas escuelas primarias privadas en el condado de Contra Costa y los padres que lo habitan parecen bastante decididos a proteger a sus hijos de las enfermedades infecciosas.

 

St. Perpetua: ciento por ciento.

St. Catherine of Siena: ciento por ciento.

 

Pero, un momento. Hay una escuela que es muy distinta.

 

East Bay Waldorf: 42 por ciento.

 

«¿42 por ciento?». ¿Se trata de una casualidad, de una desviación fortuita de una pauta constante?

Echémosles un vistazo a las escuelas privadas del condado de El Dorado, justo debajo de Contra Costa en la lista ordenada alfabéticamente.

 

G. H. S. Academy: 94 por ciento.

Holy Trinity School: ciento por ciento.

 

Y, a continuación, ¡sorpresa!:

 

Cedar Springs Waldorf: 36 por ciento.

 

Probemos con Los Ángeles. La mayoría de los centros de enseñanza secundaria obligatoria, como sus homólogos de todo el estado, están en la franja del 90 al 100 por ciento. Sin embargo, una vez más, hay una excepción, muy al oeste de la ciudad, en el exclusivo barrio de Pacific Palisades.

 

Westside Waldorf: 22 por ciento.

 

Si nunca ha oído hablar de las escuelas Waldorf, se trata de un movimiento que inició el pedagogo austriaco Rudolf Steiner a principios del siglo XX. Estas escuelas son pequeñas y caras, y se centran en el aprendizaje «holístico», que aspira a desarrollar la creatividad y la imaginación de los alumnos. Hay varios miles de estas escuelas en todo el mundo, la mayoría de enseñanza infantil y primaria, y en torno a una veintena en California. Y, casi sin excepción, en todas las poblaciones californianas con una escuela Waldorf, las menores tasas de vacunación corresponden a… la escuela Waldorf.[4]

Esta es la lista del condado de Sonoma:

 

St. Vincent de Paul Elementary School: ciento por ciento.

Rincon Valley Christian: ciento por ciento.

Sonoma Country Day School: 94 por ciento.

St. Eugene Cathedral School: 97 por ciento.

St. Rose: ciento por ciento.

Summerfield Waldorf School: 24 por ciento.[5]

 

California tuvo dos brotes de sarampión a mediados de los años 2010, incluido uno que empezó en Disneylandia. Los brotes indujeron a muchos a decir que California tenía un problema de desconfianza en las vacunas. Sin embargo, no es así. Eche otro vistazo a todas las escuelas primarias con tasas de vacunación del ciento por ciento. De hecho, son algunos pequeños grupos de personas dentro del estado, como los padres que llevan a sus hijos a un tipo muy concreto de escuela primaria, los que tienen un problema con las vacunas. John Wennberg reconocería el patrón al instante. La desconfianza en las vacunas es una variación de área pequeña.

Esta es la primera lección de las epidemias sociales. Cuando observamos un fenómeno contagioso, suponemos que la trayectoria que sigue es caótica e incontrolable por naturaleza. No obstante, ni la epidemia de atracos a bancos de Los Ángeles, ni los enfoques de tratamiento de los médicos de Waterbury frente a los de Stowe, ni las ideas de los padres de las escuelas Waldorf son caóticas e incontrolables por naturaleza. La creencia contagiosa que une a las personas en esos casos tiene la disciplina de detenerse en las fronteras de su comunidad. Debe de haber una serie de reglas, enterradas en alguna parte bajo la superficie.

Lo que nos lleva al segundo misterio.