cap-5

Zafé el corsé, fui soltando una simple bocanada de aire, me liberé y rompí a llorar con ganas; pero fue breve, duró tanto como la primera tormenta de junio.

Pasé el invierno y parte de la primavera intentando sobreponerme al dolor de la muerte, mirando hacia adelante, tragando en seco y planeando invertir en el taller de costura. Debía restaurar los techos del local, reponer los vidrios que daban a la calle y quitar las cortinas tupidas para hacernos visibles; pintar la fachada y contratar a costureras solteras sin hijos ni compromisos estivales.

Todos esos meses inverné ensayando mi mejor discurso. Necesitaba pedirle dinero a mi padre; pero, a esas alturas, sostener una charla con papá, de principio a fin, resultaba un asunto desagradable. Desde que murió mamá, no tuvo un día sobrio. Llegaba borracho en las madrugadas, peleaba por todo, olvidaba los sucesos del día anterior. Vomitaba las moquetas, rompía los vasos, comía de pie, como un caballo, y apenas se bañaba. Su aliento y su cuerpo hedían al amanecer.

Mi padre olvidó quién era. Desatendió sus obligaciones. La lechería, las dos carpinterías, la panadería, la carnicería y la pescadería funcionaban de puro milagro. Sin embargo, las empleadas hacían todo igual, como si nada hubiese cambiado. Era su forma de agradecer a la familia por haberles dado trabajo siempre, en los mejores o peores momentos. Entre carcajadas y bromas, ellas sobrellevaban la situación.

—¡Señor Marcel, ponga atención! ¡Señor Marcel, por favor, vaya a casa y duerma un poco!

No había que ser muy listo para darse cuenta de que se había convertido en un completo salvaje; pero Ernestina y Denisse disimulaban, llevaban como una cruz el cambio radical de papá.

Cada día el pueblo se levantaba con un episodio diferente. El mejor y más respetable comerciante de la zona rodaba borracho por los soportales del negocio; le propinaba nalgadas a la joven esposa de un proveedor de harina, se burlaba del pescador que traía huevas frescas y, para colmo, cierta vez lo sorprendieron robándose a sí mismo el dinero de la caja chica.

Los primeros meses invitaba a los marineros a beber hasta reventarse. Luego ni siquiera decía: «Todos quedan invitados». Se compró el bar para que le saliera gratis, y así la gente lo acompañara en su desgracia.

A las tres de la tarde, ya el banco estaba cerrado. El calor no permitía a los empleados quedarse demasiado tiempo. Entramos en una temporada donde el sol castigaba los sesos. El dueño no deseaba confusiones con las cuentas, así que, a partir de junio, solo trabajaban media jornada. De todo eso me enteré a las dos y treinta cuando fui, sola y sin sombrilla, a indagar sobre un posible préstamo para ampliar el antiguo taller.

Lo tenía todo calculado, pediría el adelanto a nombre de papá. Claro que nadie me daría nada sin su consentimiento, pero yo conseguiría su firma y, para el final del verano, habré devuelto hasta el último centavo. Total, él estaba en otro mundo, y no alcanzaría a enterarse.

Al llegar al banco noté cómo todos los empleados se concentraban en atender a una sola mujer.

Lucía como una viuda joven, vestía de negro cerrado con botones blancos y perlas torcidas. El atuendo lo combinaba con un sombrero atiborrado de flores y canutillos negro mate. Ese disfraz solo ameritaba ser llevado en París; aquí, sin dudas, despertaría suspicacias y daría señales equivocadas.

Desde lejos intentaba adivinar algunos de sus comentarios; el silencio de los empleados, entre frase y frase, resultaba curioso. Al parecer, nunca habían escuchado a una dama hablar de dinero de modo tan directo.

—Más les vale prestarme, en algún momento me necesitarán. Además, el dinero huele a nuevo en este pueblo.

«¿Pueblo? ¡Mmmmmm!», pensé. «Si se queda mucho tiempo en Arcachon, las aves de rapiña se encargarán de los restos de la señora... o... ¿señorita?».

Estaba de pie con su espalda descubierta, tan breve que hasta yo podría dibujarla en una línea. Tenía el brazo levantado a la altura de la costilla izquierda. Se la veía tiesa y atenta a las palabras del banquero, sobrino del viejo Perrière. Su cigarro amenazaba con caerse al suelo. Se tambaleaba encendido, aferrándose apenas al canto de una complicada boquilla de marfil.

Antoine, el auxiliar del banco, vino a mi encuentro con cierta premura. Si se acercó fue solo para ofrecerme una disculpa. Había llegado en mal momento y, lo que era más grave, sin cita previa.

—Buenas tardes, señorita Simone. Como usted sabrá, su padre debe anunciarla —balbuceó con timidez, desembarazándose de mí como de una tísica.

Necesitaba dinero para tomar un carruaje. Ya en la calle, abrí mi monedero. Al hacerlo, supe que la extraña mujer tenía razón. Las monedas brillaban a la luz del día. El menudo, acabado de imprimir, centelleaba como un puñado de sol entre mis manos.

No habría préstamo; tampoco modo de entrar en razón a mi padre. Lo único que me quedaba era actuar a ciegas, tirar hacia adelante y arriesgar los ahorros que me había dejado mi abuela Manon.

Llegué a casa agotada y hambrienta, pero con la certeza de que el taller, por fin, entraría de golpe en la modernidad.

Ante mis ojos se desplomaron los adornos de yeso. Del cielo raso caían al suelo los viejos miedos de mi infancia, la cara blanca de los leones, las serpientes enredadas en los cuernos de la abundancia. Las florecillas silvestres con ojos de demonio llovían espolvoreando mi pelo.

Atravesé el jardín haciendo crujir las piedras del suelo. De niña disfrutaba apretar los guijarros con mis dedos descalzos. Sentí el hedor de la fuente. En verano solíamos limpiarla para que el limo no liquidara a los peces que sobreviven al invierno.

La casa sufría nuestro abandono. Los árboles despeinados, las hojas acumuladas en el portal y el pasto, crecido hasta mis rodillas, daban la impresión de que allí no vivía nadie. «Un poco perdidos sí estamos, pero seguimos a bordo», pensé recogiendo los periódicos del suelo, bebiendo directo del garrafón la leche fresca que nos dejaban cada día frente a la puerta. Al saborearla sentí la delicada voz de mi madre llamándome «pequeña salvaje» y sonreí.

Durante toda la semana, apenas había dormido. Despertaba y me iba corriendo, desayunaba en el taller, almorzaba en la pescadería y cenaba en el bar de papá. Me pareció extraño ver la puerta entreabierta, pero el cansancio no permitía manejar nada más.

La penumbra teñía de ocre el salón principal, y el olor a mimosas descompuestas inundaba la estancia. Debía hablar con el jardinero y convencerlo para que regresara; necesitaba ocuparme con urgencia de todo, o muy pronto recogeríamos los restos de un jardín podrido.

Entré directamente al cuarto de baño. Rebosé la tina con agua fresca y la sal de algas que compramos en Marsella. Necesitaba desaparecer de una vez bajo esa agua, desprenderme de mí y de mis elucubraciones. «Lo mejor está por llegar», pensé rociando la espuma con aceite de violetas. «¿Cuántas violetas hace falta triturar para lograr una gota de este aceite?».

—Soy una violeta triturada —dije en alta voz, con la certeza que deja el desamparo—. No hay nadie, ni un alma que pueda escucharme.

Abrí las ventanas. Mientras me desnudaba, descubrí un cielo móvil sin estrellas, harto de nubes que hilvanaban los árboles. Al entrar a la tina de madera, sentí nuevamente ese tufillo a podrido que despiden las dunas en septiembre. «Demasiado pronto», pensé y me dejé ir, reclinada sobre un almohadón de lavanda. Fui a navegar en sueños por La Canebière, en un velero amplio que cimbreaba con el viento, burlando las olas.

Abrí los ojos cuando amaneció. Debía volver al taller cuanto antes. Era simple: o abría el próximo lunes o perdería la temporada de turistas.

Froté mi pelo cuanto pude, lo estiré con vaselina y me enfundé en mi peor vestido para enfrentar el día sin temor a mayores estropicios. Busqué el sombrero de pajilla en forma de hongo, que permite recoger el polvo sin que peligren los ojos, y salí de mi habitación rumbo a la cocina. Necesitaba una taza de té negro, amargo y cargado, para despertar.

Un bulto se balanceaba como péndulo en la penumbra, los rayos de sol lo rodeaban con una aureola de luz. Me acerqué presagiando lo peor. El cuerpo, suspendido de una soga, giraba en círculos como un baile pausado y grave. Crujía, goteaba, apestaba. No tenía que abrir las ventanas para reconocerlo, pero lo hice: era mi padre.

Cada cual muere en su estilo. Hay seres tan inoportunos que hasta el último momento de su existencia causan descalabros.

Mi madre murió despacio al final del otoño; eso nos permitió oficiar una ceremonia rigurosa, bien pensada, digna de su infinita elegancia.

Un entierro estival, en cambio, es un verdadero crimen. Las flores marchitas, el sol de las tres de la tarde acosando los cuerpos encerrados en el negro riguroso del luto, los caballos bufando de sofoco, y el cadáver goteando, urgido de tierra y pisón, que hiede y se deshace descompuesto por los días.

El entierro de papá había sido coherente con su vida: una carrera a contracorriente; la inútil batalla de un guerrero vencido, ya sin causa; una cadena de sorpresas extrañas y desagradables, torpezas, malas elecciones y, por ende, graves consecuencias.

Miré la tumba de al lado y vi el nombre de mi madre, labrado en cobre y demasiado pulido para mi gusto: «Valentina Leblanc». Un poco más adelante, dentro del mismo panteón, esplendía el enorme sepulcro de mármoles violetas de Manon Leblanc. ¿Por qué aceptó llevar el apellido de mi madre?, ¡y el de mi abuela!, con quien jamás cruzaba palabra. Eso nunca lo entendería. Tal vez se trataba de que mi madre llevaba la voz cantante, ella fue siempre el hombre de la casa, mientras que de mi padre... solo me quedaba el recuerdo de un ser sin demasiados argumentos, atormentado por la guerra y anestesiado por los potingues del doctor Fulö.

Mi madre fue abandonada en el mejor momento de su matrimonio. Papá decidió alistarse, huir a la conquista del Kel Ahaggar. Nadie se lo pidió. Él quería servir a la patria, y lo usó como excusa para dejarnos solas: a ella, recién casada, y a mí, recién nacida. Llena de preguntas sobre su destino, mamá se quedó al frente de todo lo que él postergó por ir a librar una guerra absurda en una región de la que poco o nada se sabía.

Pasaron meses sin escuchar uno del otro, hasta que, desde el desierto del Sahara, a punto de alcanzar los montes Ahaggar, mi padre escribió una carta incoherente donde confundía a mi madre con la suya. Fue ese el preludio de una desgracia. Durante el tiempo en que fue prisionero de los bereberes, las torturas y los golpes le hicieron perder la razón.

En 1902, tras la batalla de Tit, nuestras tropas derrotaron a los tuaregs. Regresó a casa un héroe de guerra con la mirada perdida y los nervios destrozados. Se había convertido en un hombre opaco y distante. Gracias a los cuidados de mamá, cinco años más tarde había dejado el alcohol y recobrado la calma, pero jamás recuperó la empatía. La delgada línea entre la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza, el humor y la ironía, la realidad o la fantasía, le había sido velada. No era un padre ni un esposo, tampoco un ciudadano con ganas de fundar. Papá se convirtió en sobreviviente profesional.

Allí estaba el veterano, a punto de ser enterrado; inerte, sí, pero definiéndose en toda su extensión, con su manera poco amable de despedirse, diciéndonos a gritos: «¿Tienen calor? ¿Apesto? ¡Váyanse al demonio, no las necesito!».

Los días siguientes, adormilada por el tilo, como en un sueño, inspeccioné la casa; de a poco, fui haciendo el recuento de los daños en un lugar invadido por la indolencia, el salitre y la arena.

Clausuré la cocina para empezar las reformas, cambiar el color de las paredes, agregar una despensa nueva, sustituir muros de la antigua cava por cristal, permitiendo ingresar el paisaje a los sombríos nichos interiores. Me prometí no cerrar las ventanas en todo el verano; la silueta de mi padre colgado, dando vueltas en círculo, a contraluz, no me dejaba en paz. Subí al tejado para verificar el estado de las tejas, mandé a retirar las alfombras de todos los cuartos, revisé la chimenea y empaqué los trajes del muerto.

Regresó Teresa, nuestra antigua ama de llaves, a quien papá, a pesar de mis ruegos, despidió al morir mamá. Si lo hizo fue solo porque odiaba su manera de ser, el tono de su voz y su modo de balancear el cuerpo y mover las manos.

Teresa Lenormand de Mezy, una huérfana, de madre cubana y padre francés, alta y delgada, con modales muy poco comunes en las jóvenes desclasadas; siendo apenas una niña, mi madre la sacó del orfanato. Primero la empleó como auxiliar del taller, pero muy pronto se ganó la confianza de todos y asumió con habilidad la complicada maquinaria de la familia. Guiada por mamá, llevó todo de forma impecable: las cenas, los eventos sociales; el cuidado de mi abuela, el horario de sus medicinas; la organización y limpieza de la casa; un menú diferente cada día, mañana, tarde y noche, sin fines de semana libres ni vacaciones. Hacía puntualmente el pago a la empleomanía, llevaba los libros de cuentas, el visto bueno de las renovaciones y, como era de esperar, veló con celo a mamá durante toda su enfermedad, hasta cerrarle los ojos.

Teresa siempre fue muy lista, discreta, autodidacta en la mayoría de sus sapiencias y furibunda lectora. Cuando la escuché tocar el piano por primera vez, quedé cautivada; siempre manejó bien las cadencias, con un sonido dulce, muy particular. Mamá decía que, de haber sobrevivido sus padres, habría sido una concertista famosa.

Sin rencores, y con una sonrisa en los labios, regresó cargada de baúles, libros y su colección de tazas y miniaturas de porcelana.

«Lo primero que debo hacer es delegar», me dije. «El taller y la pescadería, el bar, la lechería, la panadería, las carpinterías, el hotelito del faro Cap Ferret frente a la bahía, las casas de Bordeaux, los apartamentos en la Rue Madame de París y las finanzas son demasiada carga para mí».

Marianne, la cocinera, su esposo Carlo, el jardinero italiano, y su hija Phoebe, de cuatro años, también estaban de vuelta. Por fin llegaron los ruidos, voces, sonidos humanos a la casa. Todo se animaba y cobraba sentido.

Carlo y yo hicimos un breve paseo por los desgreñados jardines. Al asomarnos a la fuente, advertimos un panorama desolador: los peces flotaban muertos sobre un lecho de musgos. Eran las seis de la tarde, oscurecía demasiado pronto para ser verano, el aire caliente de una tormenta arremolinaba el polvo costero. Quise ordenar que pulieran también el muro de piedras, una mancha amarillenta se alzaba como un gigante entre las yedras. Esa sombra me recordaba las espaldas de mi padre.

«Solo ha pasado una semana desde esa última muerte; y con el aguacero, por fin, pareció limpiarse, transparentarse, iluminarse todo».

Si cuelgan cansados y no se defienden

se han muerto tus peces

se han muerto tus peces.

No comen, no juegan

flotando en la fuente

ni mueven la cola saltando cien veces

se han muertos tus peces.

Se han muerto tus peces.

Teresa y yo, sentadas al piano, improvisamos una canción sobre los peces muertos. No es correcto cantar durante el período luctuoso.

En verdad, estaba nerviosa. Por primera vez, como hacía para mamá, Teresa preparó un poco de anís con agua quina para calmar mis palpitaciones.

—Simone, ¿no va siendo hora de ocupar tu lugar? —preguntó removiendo el anís con una ennegrecida cucharita de plata.

Aprovechando mi silencio, se explicó despacio tratando de no asustarme demasiado, enumerando los pendientes que aguardaban por mis decisiones. Yo solo vigilaba que el líquido blanco no fuera a teñirse de azogue. Había visto la plata diluirse en determinadas pociones. Saborear el anís con la plata no resultaba agradable, pero no quise romper el impulso y, sin interrumpirla, desatendiendo un poco la lista que tenía en la cabeza, me lo bebí todo de un trago.

—Aquí no queda nadie más, será mejor empezar de nuevo. Solo deberás tomar ciertas decisiones, yo te ayudaré.

—¿Tomar decisiones? —rezongué saboreando la plata, el veneno en el fondo del anís.

Todo a mi alrededor parecía estar envuelto en un paquete de regalo del que no lograba salir. Té negro sin azúcar; así he despertado siempre.

El sol apenas asomaba detrás del montecillo. Se hacía molesto pedalear, me asfixiaba el corsé, y el dobladillo de la falda se atascaba en los pedales. «¡Cuando era niña el vestido no resultaba tal estorbo!», vociferé rabiosa.

Esa mañana estrené la bicicleta que me regaló mamá. Las familias respetables estrenan automóviles, mientras yo acarreaba dos ruedas como un simple mandadero.

Durante el recorrido me percaté de que ya asomaban los primeros paseantes. Frené ante la puerta de la casa de huéspedes. Los garzones descargaban sendos baúles, desde los coches podían leerse los carteles en rojo:

COMPAÑÍA DE MEDIODÍA

COMPAÑÍA FERROVIARIA DE BORDEAUX LA TESTE

«¡Ya están aquí! Necesito apresurarme o las oportunidades saldrán volando en globo». Al entrar al taller, miré al techo descarnado. Llevaba esperando dos semanas por el mejor yesero de Bordeaux, pero esa mañana las vigas de madera descubiertas me resultaron fabulosas. «¿Y si me olvido del cielo raso, si solo lustro las vigas?», rumié; sería como verle los huesos al edificio. «¿Qué dirían mis...? Nadie puede oponerse, aquí todos están muertos, Simone», me contesté sintiendo desplomarse una carga, pesada como una torre, de mi cabeza al suelo de madera recién encerado.

Ese día tomé una gran decisión. Mandé a comprar una resina de barco y, durante la tarde, los pintores repasaron las vigas. El encerado del suelo estaba casi listo, y lustrarlo con mota podía ser cosa de una jornada.

Ernestine dejó la pescadería para ayudarme con los vidrios del escaparate. Ahora, desde la calle, el vacío podía verse nítido como un crisol; de las cortinas nos encargaríamos luego. A las diez de la noche, rodeada de trabajadores moteando el suelo, intentaba poner un poco de gracia al muestrario de Las Maravillas, ese lugar que componía todo en la fachada. Mi madre decía que el cuerpo era un caprichoso conjunto de triángulos que armonizaban entre sí. En ese punto me encontraba, frente a un maniquí desnudo, encerrada en todos esos triángulos, cuando Teresa tocó el vidrio con sutileza, anunciando que venía por mí.

La conversación fue a través del cristal. Intenté explicarle, arrodillada en el escaparate, que no había terminado, pero como no me entendía salí a su encuentro.

—Una dama no debe quedarse sola, hasta las tantas, rodeada de hombres. ¿Verdad que no? —preguntó sin dejarme argumentar razones—. ¿Qué diría la señora Valentina?

—Oh, no, claro que no, pero no era eso en lo que pensaba. Necesito acomodar varias piezas en la vidriera, los tocados arcelet de mamá; los trajes primaverales de novia, ya hilvanados, listos para entalle; las sedas de Provenza para cortinas, pintadas a mano, o las tiras bordadas a punto de Beauvais. He pasado el invierno tejiendo mantas y cortando cuellos. Son maravillosos, pero nada de eso se parece al estío. ¿Quizás los trajes de baño...? ¿Qué me dices, Teresa?

—Hay que pensarlo bien. Sería como exhibirse desnuda en plena calle. Te acompaño a casa, ya es demasiado tarde —dijo pisando el suelo recién moteado para rescatarme de la vitrina, como si fuera una niña.

—Necesito algo nuevo, que atraiga a las señoras y las haga entregarse a las nuevas líneas de costuras.

—El día conoce una sapiencia que la noche ignora —soltó intentando frenar mi enajenación.

Despedimos a los trabajadores, cerramos el taller y salimos a caminar juntas, acarreando la bicicleta un rato cada una y disfrutando el alivio que producía la llovizna fina de junio.

En las esquinas, como por arte de magia, aparecieron los primeros borrachos de la temporada. Era el momento de encerrarnos, o la noche terminaría en tragedia.

No fue hasta las ocho de la mañana que abrí los ojos. Mi habitación, invadida de sol y sombras multicolores, me incitaba a quedarme un poco más bajo las sábanas. Teresa tuvo la idea infantil de recortar y colgar peces alrededor de mi cama. ¿Decorar así un escaparate de verano resultaría atractivo? Peces, arena, playa, verano. ¡Uf!

Por otra parte, un taller con el nombre de «Las Maravillas»... ¿De quién fue la idea, de mi madre o de mi abuela? Teresa odia esa palabra, «maravillas»; eso parece la casa de un mago. Exageraciones de Manon; mi abuela tenía cosas un poco ridículas y, a la vez, fue una mujer adelantada para su tiempo. ¿Y si le quitaba ese nombre al taller? ¿Acaso cambiaría la clientela? Hemos vivido en una pequeña jaula, donde todos nos conocemos, y cambiar no ha sido...

«¿Jaula?», pensé al ver un corsé sin terminar, relegado al fondo del taller. Recordé que la misma persona que nos hizo las jaulas del jardín fabricaba las estructuras de los corsés a las clientas de Manon. «Jaula y corsé son la misma trampa».

El escaparate lo llené de jaulas revestidas, como si fueran pequeños corsés. Instalé cada una de ellas sobre un colchón de paja y aserrín rodeado de motas de algodón rojo. Mi madre contaba que antes de casarse había viajado a Inglaterra acompañando a mi abuela en busca de algodón. Una amiga de la familia las condujo hasta una iglesia donde las trabajadoras solían cardar de pie sobre un piso de paja, y allí mismo, sobre la paja y el aserrín, brotaban sus fluidos. En lo adelante, mamá se negó a comprar algodón crudo, pero mi abuela lo siguió haciendo, consideraba que aquello de menstruar era lo más natural del mundo. A mi madre la llamó «melindrosa» y le advirtió que con tantos prejuicios no llegaría a ninguna parte.

Desde ese día me visita un sueño frecuente: una línea roja desciende por mi pierna hasta un suelo de paja y aserrín. Varios hombres llegan hasta mi jaula, atraídos por el almizcle. Saqué el sueño de mi cabeza y lo coloqué en la vidriera. Colgué dos de los trajes de baño más voluminosos, aquellos que no ofenderían a nadie, y con ayuda de Teresa, prendí peces con hilos rojos y alfileres plateados alrededor de los atuendos.

En la mañana, el escaparate se había transformado en un lugar divertido, los curiosos pasaban y se detenían advirtiendo los caprichosos detalles; en cambio, al llegar la noche, la luz de gas creaba un extraño efecto. Más que una tienda, parecía una cueva.

—¡Esa luz! —dije a Teresa, cerrando el taller.

—Somos unas afortunadas. No todos pagan medio franco por iluminar una calle de provincia. ¿No crees?

Ni siquiera atiné a responder. Caminaba despacio y en silencio, advirtiendo cómo todo el sentido común a mi disposición se concentraba en la cabeza de un ama de llaves.

Los veranos, el ir y venir del pueblo se apresuraban como una película de los Lumière. El paisaje cambiaba por minutos, y lo que antes parecía aburrir ahora no dejaba de sorprendernos.

—No son borrachos, son bohemios; no hay nada que temer. ¡Existe una gran diferencia!

—¿Qué es la bohemia sino la miseria disimulada? —contestó Teresa, quien no tenía demasiada experiencia en el trato social. Había pasado buena parte de su vida en un orfanato. Debía correr más rápido que la miseria para no ser alcanzada, pero con la muerte de sus padres perdió la batalla. Cuando de niña la escuchaba tocar el piano, me envolvía una profunda emoción. Para eso, según Manon, haría falta pasar de la riqueza a la pobreza con el dolor de las pérdidas.

Desde que llegó a la Villa de Invierno me resultó hermosa y elegante; no necesitaba entallarse nada, su cuerpo lo hacía por ella. Su aire aristocrático, insólito para una niña rescatada en Aubazine, la hizo brillar desde su llegada, un día antes de mi cumpleaños. «Demasiados atributos para una simple sirvienta salida de la nada», dijo mi padre. Y a pesar de los esfuerzos de Teresa por ganarse su confianza, él nunca la entendió.

En una semana y media estuvo listo el taller, pero solo con cuatro costureras. Se trataba de ir probando y creciendo de a poco.

El lunes recibimos dos encargos: el entalle de un traje de novia y la confección de tres camisas para caballero. El martes nos confiaron una prenda estropeada en la nueva tintorería, y ese día cerramos con nueve cortinas de seda para la alcaldía. No estaba mal para una primera semana. Desde que mamá enfermó, todos esos arreglos se enviaban a talleres en Bordeaux, y los más complicados, a París. Ahora la ciudad volvía a lucir atuendos hechos a medida, y eso me reconfortaba. En Place Lucien de Gracia, número 9, todo renacía.

A punto de cerrar, Teresa y yo ideábamos cómo presentar, sin ofender a los clientes, trajes de baño un poco más atrevidos. La idea era colgarlos al fondo del taller, no en la vidriera; exhibirlos con discreción, de modo que los curiosos pegaran su nariz al vidrio, entraran al local y los descubrieran sin querer. Ese era un juego delicioso. Valía la pena correr el riesgo.

—Lo que no se anuncia no se vende, es cierto, pero estos dos son especialmente atrevidos para Arcachon. La provincia es la provincia —sentenció Teresa—. Lo que se enseña demasiado no es verdaderamente deseable —aclaró. Así que los colgamos bien al fondo, dejando que apenas los rozara la luz de la claraboya.

Eran las ocho de la noche. La tienda estaba cerrada; la puerta, no. Un sonido de campanillas tintineó a la entrada. Como aún no oscurecía, pude ver cómo una caprichosa figura se escurría entre las máquinas vacías. En un abrir y cerrar de ojos, la tuvimos de frente.

Era una mujer de baja estatura, elegante y a la vez estrafalaria. La misma persona que días antes había llamado mi atención en el banco. «¿Cuántos eventos se sucedieron desde entonces?», pensé al verla bailar dentro de un traje sesgado de seda virgen, que la poseía y acariciaba en cada gesto.

—Ella es la dueña, la señorita Leblanc —dijo Teresa con el ánimo de presentarnos.

Ambas mujeres intercambiaron miradas, y por unos instantes se hizo un silencio molesto. Tuve la sensación de que se conocían; diría más, que se conocían muy bien, y enseguida advertí cómo se desvanecían sus expectativas. ¿Sí o no? ¿Me había equivocado o... acaso no querían reconocerse?

Se presentó como Gabrielle Chanel, dijo que era diseñadora y me entregó una pequeña tarjeta con una dirección en Montparnasse. La señorita Chanel avanzó hacia el fondo y dirigió su atención a una sola cosa: mi prototipo de traje de baño.

—Es solo un experimento, no lo tome a mal, pero este modelo no tiene terminados sus medias y pantalones —intenté justificarme ante la escandalosa prenda que, por alguna razón, a ella pareció interesarle. Le conté que mi intención había sido simplemente jugar, coquetear con el algodón esponjoso de los trajes para el circo que confeccionamos tres veranos atrás—. Charles, el hijo de Franconi, vacaciona por aquí y nos encomendó nueve piezas para el Cirque d’Été. Por supuesto, le falta trabajo, alrededor de cinco o seis horas para agregarle las bandas de los costados, los canutillos en Lunéville sobre los remates y los interiores, que no deben faltar. El asunto es encontrar quién tendrá el valor de llevarlo.

Gabrielle sonrió al ver que me había robado la receta bien guardada del circo, lo revisó de arriba abajo y se ofreció a pagarme para, a cambio, realizar allí mismo ciertas transformaciones.

Creo que fue amor a primera vista. Gabrielle, con la punta de sus dedos, zafó las costuras, haló una y otra hebra hasta desarmarlo. Luego lo compuso de un modo que yo nunca hubiera imaginado. Sus movimientos ágiles, como los de un jugador de póker, se adelantaban a mis reparos. Quise quejarme, pero no tuve tiempo ni de respirar. La dejé hacer, en definitiva, el traje...

Raaaaaaz, raaaaaaaz, raaaaaaaaaz. Lo abrió por detrás, sin miedo, y colocó la banda roja de manera que no se notara el remate.

¡Listo! Lo dejó sin canutillos, y las bandas eran las verdaderas costuras, que ahora resultaban invisibles. No hacía ni quince minutos de su entrada al atelier, y ya el traje era otro. Mi diseño se había diluido entre sus manos, pero logré sonreír cuando me ofreció un cigarro; embutía otro en su boquilla de marfil y le pegaba fuego, haciendo saltar las chispas sin conseguir prenderlo. El taller se iluminó. Era hora de encender las luces. ¿Dónde se había metido Teresa? Revisé en la trastienda, miré hacia la calle, pero no; Teresa había desaparecido.

Gabrielle insistió prestándome su boquilla.

«¡Las telas!».

—No, no fumo... pero es usted muy amable —me escuché decir, buscando aplome ante tanto despliegue de glamour en un taller que podía incendiarse en cualquier momento.

La señora Gabrielle Chanel pidió ocho de aquellos trajes para el viernes a las diez de la mañana y desembolsó una suma obscena, solo la mitad de todo lo que pagaría. Yo, por supuesto, dije que sí, excitada y sin reflexionar.

—¿Podemos rehacer los diseños ahora mismo? —pregunté poniéndole delante lápiz y papel de cera. El humo me impedía advertir las facciones de su cara mientras dibujábamos. Era un aroma mentolado, con olor a clavo, que no me resultaba desagradable.

Miré a mi alrededor, la oscuridad se apoderaba de todo.

Pasamos buena parte de la noche dibujando, lanzando ideas, comparando colores y midiendo retazos. Nada de pantalones ni medias. Un traje femenino parecido al de los equilibristas. Aunque ella llevaba la voz cantante, todas mis ideas le resultaban originales. No queríamos que los trajes se parecieran, debían ser únicos.

En un rincón de la trastienda, nuestra nueva clienta, con mirada de lince, descubrió una caja de vino tinto y se agachó a revisarla.

—¿Desea una copa? Es excelente —dije intentando adivinar sus pensamientos.

La noche se fue como hilo de media. Jamás bebí tanto. Mi madre me permitía acompañar ciertas comidas con vino, pero beberlo así, trabajando y sin cenar, resultaba un sacrilegio. Era una adulta, y no tenía quien me lo impidiera. Ese momento, la ilusión de encontrar a un semejante con ganas de incendiarlo todo a su alrededor, me llenó de coraje.

A las once de la noche llegó Teresa con una quiche recién horneada y suficiente sopa de pescado para tres hambrientas. Gabrielle se encaramó en el mostrador de madera, como quien se sube a un árbol, y desde allí comenzó a cantar una canción que hablaba de un retablo donde las marionetas esperan el amanecer para irse a dormir. Su voz era dulce como la de una niña, pero su cara, la de una mujer que ya vivió demasiado. «La inocencia es tan breve, y la vida es tan larga», decía siempre mi abuela Manon.

Gabrielle, sin dar las buenas noches, atravesó el taller y nos dejó solas, tan solas como las marionetas de su canción.

Afuera, en la plaza, dos gitanos tocaban el acordeón. Los músicos nos acompañaron buena parte del camino. Nosotras caminábamos en silencio, con la lenta cadencia de Teresa, sin la intención de detenernos ni monedas para resarcirles.

«¿Y si todo esto es solo un sueño?», pensé mirando el reloj del parque, sintiendo cada paso de sus manecillas en mi cuerpo, adormecida, flotando por el vino y sus deliciosos efectos, que alteraban mi ánimo.

Teresa evitaba, en lo posible, mencionar el orfanato. Borrarlo era su cura de espanto, pero hizo una excepción.

—Si conozco esa cara, será de Aubazine —aseguró con el ceño fruncido, intentando pescar un recuerdo con claridad y ofrecerlo como prueba.

—Dios mío. ¿Acaso todos los caminos conducen a ti? No eres el centro del mundo, su majestad Lenormand de Mezy.

—No todos, naturalmente; pero ese rostro lo tengo clavado en mi cabeza. Cómo olvidar sus ojos amarrados, repletos de enfado con el mundo.

—Por Dios, Teresa, la señora Chanel es una mujer muy interesante, mucho mayor que nosotras; una parisina empedernida, con clase... —recalqué tratando de hacer volar lejos aquella idea, de lo contrario, esa sombra nunca nos abandonaría. Conozco al dedillo esa cabeza tocada, llena de fantasmas. Mi abuela Manon era igual, cuando se le metía algo entre ceja y ceja, fuera o no figurado, resultaba imposible reconciliarla con la realidad.

—¿Intentas decir que las niñas educadas en orfanatos no tenemos clase? —replicó ofendida.

—Ese no es el punto. Reacciona, por favor. —Y, tratando de explicar, choqué nuevamente con sus palabras.

—En el orfanato, las niñas mayores quedaban a cargo de las pequeñas. Nos recogían en los salones para llevarnos a tomar el sol a los patios del monasterio, y, aunque no me viene su nombre, es de ahí que la recuerdo.

Decidí escuchar sus aseveraciones sin tomarla demasiado en serio. Su empeño en relatar el mundo según su estrecha perspectiva terminaba por exasperarme.

Preparó la tina de agua con sales y, mientras me liberaba del corsé, repasó ciertos detalles que siempre quise saber y que nunca me atreví a preguntar. Aunque el vino me sometía atontada, reconstruí, sumergida en el agua con lavanda, las piezas rotas de la Lenormand de Mezy que me faltaba por armar.

El orfanato donde vivió siete años era un lugar de visita obligada para mi abuela y luego para mi madre, escogido por la familia para hacer caridad. Mamá hizo allí cuantiosas donaciones; quizás por eso les permitieron traer a casa a Teresa, quien subsistía como pudo rodeada de ochenta niñas, no todas respetables o educadas.

No olvidé nunca los detalles de aquel lugar, donde desde que tuve uso de razón las acompañaba cada diciembre. Viajaba aferrada a una cesta con la ropa que se me quedaba pequeña. No sé si en vida le agradecí lo suficiente a mi madre por ayudarme a conocer que existían el hambre y la orfandad; de otro modo, sería una mujercita tonta, perezosa y buena para nada.

El edificio de piedra color gris ratón, cubierto de un moho verdoso, lograba perderse en el follaje. Se erguía robusto en una pequeña meseta sobre las ruinas de un claustro medieval, con un hermoso tejado donde el agua y la nieve resbalaban por sus declives hacia un pabellón del siglo XII de parvos jardines y pozo central. En la oficina de mi padre colgamos mi dibujo al detalle, un ejercicio de memoria inspirado en aquel lugar húmedo y oscuro.

Teresa me confesó que aún dormía con un ojo abierto y otro cerrado porque allí, en las madrugadas, se escuchaban ruidos, gritos infernales, y se tejían toda clase de leyendas a las que era mejor ni referirse. Conciliar el sueño se hacía difícil. Para colmo, debían tomar misa poco antes del amanecer. Las fatigosas clases de ocho horas, seis días a la semana, incluían recitarlo todo como papagayo, de arriba abajo, a veces en francés y otras en castellano, o alemán, dependiendo de la monja, su nacionalidad y de la clase en cuestión.

Esa noche, Teresa habló, como nunca, de las desproporcionadas penitencias de las monjas a niñas que no tenían a quién quejarse de los golpes; amarres y castigos que incluían azotes, ayunos prolongados, plantar los pies en tusas encendidas, dormir solas en bodegas rodeadas de ratoneras y fantasmas, limpiar los amplios cobertizos durante el crudo invierno de Corrèze y lavar la ropa de las monjas hasta dejar las telas nítidas y suaves. Los muros eran infranqueables, pero todas las huérfanas, incluyendo a Teresa, soñaban con escalarlos y salir volando de aquel infierno.

—A las internas como yo, sin familiares cercanos, que no fuimos todo lo buenas, hermosas o convincentes como para conseguir ser adoptadas por alguno de los matrimonios que visitaban el convento, y que llevábamos el tiempo suficiente para liquidar todo el dinero de nuestra estancia, nos confinaban a un cuarto sin calefacción durante todo el invierno; comíamos las sobras de las que sí pagaban, y aguantábamos sin protestar las palizas y los atropellos de las niñas más grandes. Una vez estuve en primera clase, pero luego, cuando todo lo que fui se terminó, supe muy bien lo que era vivir prestada en el inframundo.

Así conoció mamá a Teresa, y así la definió antes de anunciarnos su decisión de traerla consigo: «Una pequeña rebelde encerrada en el sótano de castigo; que, además de enfermarse de fiebres rarísimas, perdió el dedo pequeño de su pie derecho, mordido por los ratones». No fue hasta ese instante que recordé sus palabras con nitidez.

«Vaya cuento de horror antes de dormir», pensé sin atreverme a detenerla en su recitación.

—¡No sabes nada!... —Enumeró todas las atrocidades de Aubazine, intentando convencerme del espanto que significaba aguantar allí tantos años, pero sin mostrarme sus cicatrices de guerra.

—Tenía entendido que después de 1870 la educación obligatoria era libre de religión para todos.

—Las monjas reinaban en su convento, y un huérfano no tiene derecho a nada, apenas logra conservar su nombre y defender su apellido. ¿Quién ha visto a un huérfano reclamando derechos? Sobrevivimos gracias al milagro de la caridad.

—Pero existen leyes. No entiendo por qué tuviste que soportar a las monjas en plena restauración de la República.

—¡Las leyes las hacen las monjas, querida Simone! ¿Quién se atrevería a saltar el muro para verificar? Nadie las echaría a la calle así, sin más; esperaban a que murieran las mayores para cambiar las reglas. Todo a su tiempo —me explicó sugiriendo una extraña compasión hacia sus malvadas carceleras.

—Había algo bueno en ellas, ¿no crees? Aprendiste a guisar, coser, eres muy organizada, tocas el piano como los ángeles...

—El piano y el arte de la buena mesa no se aprenden en un orfanato, señorita, pero sí aprendí a coser y a bordar con las monjas.

—¿Y el piano? ¿Quién te ha enseñado a tocar así?

—Si digo que a esa Gabrielle la conozco de Aubazine, no miento. Sus ojos no me engañan, la mirada de otra huérfana no se olvida jamás —afirmó cambiando radicalmente el tema, rescatándome de la tina con ánimo de acercar a Chanel a su talla de desamparada.

De frente ante el espejo, como cada noche, cepillaba mi pelo antes de dormir. Teresa me confió los años que pasó sin verse en uno de ellos.

—Las monjas solo tenían una luna pequeña, ovalada, subida en un mueble alto inalcanzable; no nos permitían el lujo de mirarnos. Lo consideraban un acto de vanidad.

De todo lo que contó, fue eso lo que me tocó profundamente. «Hay una Teresa y una Simone perdidas en etapas distintas. Vivimos en el intento de empatar los retazos con hilo invisible». Con las sábanas limpias y almidonadas, intentaba no soñar con Aubazine y otros cuentos de horror para niños perdidos.

Gabrielle apareció en nuestras vidas como la Anunciación. Blanca, delgada y nerviosa como una garza, sus venas fluían como ríos en el mapa del cuerpo liviano y tirante. Un gesto apenas, y los alfileres huían disparados, saltando de su torso al suelo.

Como una clavadista que tocaba el fondo del estanque, aguantaba la respiración unos segundos y se dejaba entallar, apretando hasta el último músculo de su cuerpo.

Nada podía quedar fuera de la línea. Las medidas, el traje y la figuración de la mujer que deseaba encarnar habían sido dibujados antes en los patrones de la Casa Chanel. Con sus propias manos, centímetro a centímetro, lograba convencer a todos de que era hermosa.

Cuando entraba a un salón, deslumbraba con su misterio, jamás con su belleza.

Trémula y escurridiza como una adolescente; a veces una mujer y otras un chico rebelde escapado del colegio. Vi a Gabrielle desnuda por primera vez, recorrí las tensiones de su brazo y escuché de cerca el atolondrado latido de su corazón. Con los alfileres fui suavizando su estilo; construí un talle largo y ajusté su asimetría, desapareciendo entre mis manos sus defectos.

Al final del entalle, y emocionada hasta las lágrimas, avanzó hasta tocar con sus dedos el borde del espejo. Puedo reconocer ese gesto, lo he visto en otras clientas, es la reacción que desprende la belleza. Había logrado probar en su propio cuerpo el milagro de la reinvención.

El traje se había convertido en su armadura.

Una sacudida de cabeza salvaje bastaba para cambiarlo todo. Inatrapable y fugaz; por eso, cuando intentabas definirla, ya se había marchado.

Desde que Gabrielle apareció en nuestro atelier y anunció que podríamos hacer negocios, vislumbré que nuestras clientas serían todas mujeres. Cuando supe de su tienda de sombreros en el número 21 de la Rue Cambon, me vi decorando tocados, quitando plumas, bordando y añadiendo camelias, pero me equivoqué absolutamente. Su objetivo no era llevarnos a París, sino traer París a Arcachon.

Las cosas subían de tono con premura, no solo porque la mayoría de las personas que nos presentaba eran hombres, sino porque los trajes de las mujeres también tenían algo masculino disimulado y, a la vez, marcado. Del cuello al dobladillo todo caía hosco y vigoroso; podía notarse con claridad que la gracia solo la ponían las curvas, el entalle perfecto delineando el cuerpo de la dama mostraba la delicadeza de la prenda; para esa complicada fusión, ella me necesitaba.

—¿No crees que Gabrielle de cincelar no sabe demasiado? —indagaba Teresa, intentando encontrar defectos en nuestra socia.

Si bien es cierto que hacer arreglos siempre me ha fastidiado, es ese el mejor modo de aprender a conocer un cuerpo. Mi abuela Manon me entrenó en cortar, armar y decorar ropa femenina. Suelo tener buen pulso con las tijeras; dibujar o calcar los patrones sin equivocación es la especialidad de la casa. Los entalles y mangas caen como anillo al dedo, y cada pieza que pasa por mis manos encaja como una segunda piel. El libro de las clientas está repleto de medidas y también de halagos, pero he de ser sincera: de ropa masculina sé poco o nada: para los hombres solo he bordado iniciales o cosido hombreras. A unas pocas cuadras del atelier estaban los Dubois, sastres muy mañosos que llevaban años trabajando en la materia, y aunque soy de la opinión de que todo debe ir cambiando con el tiempo, creo que cada oficio tiene sus secretos. Desconozco los entresijos del cuerpo masculino; mucho más, las soluciones a sus defectos.

—Querida Gabrielle, ¿por qué insiste en traerme a clientes hombres? La sastrería no es mi fuerte. Puedo guiarla hasta los hermanos Dubois; están a unos pasos de aquí, justo al lado de nuestra pescadería.

Cuando consideraba que una pregunta era tonta, o su respuesta demasiado ilustrativa, solía no tomarla en cuenta. Y es que nada de eso era lo que deseaba Gabrielle. Para ella jamás existieron fronteras entre lo femenino y lo masculino. Ese maridaje fue lo que haría abrazar la moda en lo adelante. Eso fue lo que vio en mi traje de circo, y lo que seguiría encontrando en cada uno de mis inventos.

Descubrió cuánto encantaba a sus amigos frecuentar un atelier en el que solo eran mujeres quienes les entallaban y consentían. Un ambiente décontracté perfumado y luminoso, donde en lugar de una bebida fuerte o una palmada en el hombro, recibirían como premio sonrisas, sonrojo, champaña y chocolate blanco envuelto en raso.

Muy pronto, el taller se llenó de hombres que pagaban fortunas por camisas y trajes de baño. Nosotras empezamos a acostumbrarnos a ellos, y ellos a no poder vivir sin que mis modistas los consintieran. Se acabaron las siestas en el pueblo, los aperitivos y los desayunos; nuestro atelier era el punto de encuentro de los caballeros y de algunas damas.

Recibí ciertos avisos de nuestros vecinos, los Dubois. Ninguno se atrevió a pedir cuentas directamente. Su local lo había mandado construir mi abuela Manon para fines comerciales, y al morir mi tío, todo quedó bajo mi responsabilidad. Nadie se atrevería a reclamar; era mi conciencia quien se ocupaba de las conjeturas.

¿Qué podían hacer? ¿Mudarse? ¿Cerrar la sastrería? Apartando el delicado asunto de tener hombres en el taller mañana y tarde, siendo solteras, lo de la sastrería parecía un buen negocio y, aunque las costureras eran jóvenes e independientes, significaba un riesgo moral demasiado alto. Después de todo, ¿quién necesitaba un escándalo?

Me debatía entre conversar con los Dubois, explicarles o pasar de largo. Fue Teresa quien, como siempre, tuvo la brillante idea. Teníamos tres posibilidades. La primera sería bajarles la renta sin tocar el tema. La segunda, conversar con ellos y hacer negocio: la parte del entalle se haría en el atelier, y lo concerniente a la confección de la prenda quedaría en sus manos.

—¿Y la tercera?

—¡Olvidarnos de todo, y que la culpa se ventile en el confesionario! —cerró Teresa convencida—. No enseñamos a los monos viejos a hacer muecas. Somos nosotras las únicas que podemos cambiar las reglas.

Pedí a los hermanos que se asociaran conmigo. A cambio, no les cobraría la renta y tendrían trabajo suficiente para aumentar su empleomanía y ganar lo que jamás soñaron. Mi clientela era diferente a la suya, más pueblerina y tradicional; ellos podían hacer todo a la vez, sin quedar exhaustos.

Esa asociación sería el único modo de crear piezas impecables, entregar a tiempo y correr la voz. Era un buen trato para salvar nuestra honra, involucrando a señores que, supuestamente, se ocuparían de los clientes. Esto último nunca fue verdad, teniendo en cuenta que, para Gabrielle, parte del espectáculo era la novedad de consentir a los caballeros. Fuimos nosotras quienes nos seguimos ocupando de entallar y mimar a los recién llegados. Así fue como en nuestra trastienda vi por primera vez a un hombre desnudo.