Introducción

Introducción

Una tarde húmeda y nublada de junio de 2010, la vida de Ann Foley se desmoronó. El día había empezado bastante bien: ella y Don, su marido, habían llevado a sus dos hijos, Tim y Alex, a comer a un restaurante indio de Cambridge, Massachusetts, no lejos de la casa familiar. Estaban festejando los veinte años de Tim, quien había regresado de Washington D. C. para pasar el verano con su familia tras terminar el segundo cur­so en la Universidad George Washington. Después de la comida, los cuatro volvieron a pie a la casa, en Trowbridge Street, cerca de Harvard Square, que Don y Ann habían comprado apenas unas semanas antes. Con sus tres plantas y un porche cubierto en la entrada principal, era, con diferencia, el lugar más espléndido en el que habían vivido jamás, y reflejaba el buen momento que atravesaban. La start-up de consultoría de Don iba bien, mientras que, poco tiempo atrás, Ann había aceptado un trabajo a tiempo parcial en el sector inmobiliario.

Ya en el salón, Don descorchó una botella de champán para continuar con la celebración. Tras los brindis, Tim subió a su habitación. Poco después, alguien llamó ruidosamente a la puerta. Ann pensó que serían amigos de su hijo, que iban a felicitarlo. «Tenemos una visita sorpresa», le dijo a Alex, que estaba subiendo las escaleras para ir a ver a su hermano mayor. Pero, al abrir la puerta, se encontró con un grupo de hombres vestidos de negro que gritaron «¡FBI!» antes de abrirse paso a empujones.

Dos parejas de agentes separaron a ella y a su esposo, llevándolos a rincones opuestos del salón de planta abierta, y los esposaron. Desde la ventana, Alex vio cómo sacaban a sus padres por la puerta principal y los conducían por el sendero de ladrillo hasta unos coches negros que esperaban fuera. Ningún agente les explicó nada ni a él ni a su hermano, pero Alex estaba convencido de que debía tratarse de un terrible error: no era capaz de imaginar qué podrían haber hecho sus padres —unas personas más bien anodinas— que justificara una redada tan espectacular.

Nueve años después, en una cálida tarde del verano de 2019, me reuní en Moscú con la mujer que en su día se hacía llamar Ann Foley. Ella misma me había propuesto que nos encontrásemos en una animada cafetería de estilo francés situada no muy lejos del parque Gorki. La mayoría de las mesas, falsamente rústicas, estaban ocupadas por moscovitas jóvenes y bien vestidos, miembros de la incipiente clase media surgida durante los largos años del gobierno de Putin.

Me senté a una mesa libre y ella apareció unos minutos más tarde. Tendría poco más de cincuenta años y lucía una melena rubia, una blusa azul claro y un grueso collar. Sonrió con calidez, me estrechó la mano y se sentó. Cuando llegó el camarero, pidió un capuchino en ruso y luego retomó el inglés. Hablaba ambos idiomas a la perfección, pero en la cadencia de su conversación en este último idioma percibí un leve, aunque inconfundible, acento ruso.

Me pregunté si habría sido capaz de detectarlo de haberla conocido una década antes, en Estados Unidos. ¿Y habría pensado entonces, como lo hice en ese momento, que había algo claramente eslavo en sus rasgos? Casi seguro que no. En aquella época nadie albergaba la menor sospecha sobre Ann Foley, la amable canadiense que trabajaba a tiempo parcial como agente inmobiliaria.

En realidad, Ann Foley no era agradable ni trabajaba en el sector inmobiliario. Estaba muerta. La verdadera Ann Foley había nacido en septiembre de 1962 en el Hospital General de Montreal, y murió siete semanas después, víctima de una meningitis vírica. A sus padres, los recién casados Edward y Pauline, apenas les quedaron dos pequeñas fotografías para recordar a la hija que formó parte de sus vidas durante un período tan breve.

Más de dos décadas después, las autoridades canadienses recibieron —aparentemente de la propia Ann Foley— una solicitud para obtener un duplicado de su certificado de nacimiento. Nadie cuestionó la petición ni la cotejó con otros datos. En aquel entonces aún no existían registros digitalizados ni centralizados. Las autoridades expidieron el documento y, más tarde, un pasaporte: Ann Foley había vuelto a la vida.[1]

La mujer sentada frente a mí en aquella cafetería había vivido más de veinte años bajo la identidad de Ann Foley, oriunda de Montreal, exactamente hasta el día en que el FBI llamó a su puerta. Había engañado a sus vecinos, a sus amigos e incluso a sus propios hijos. En realidad, su nombre era Elena Vavilova, y había nacido y crecido en la Siberia soviética. Era una «ilegal»: una espía encubierta entrenada por el KGB, al igual que su marido Don, cuyo verdadero nombre era Andréi Bezrukov.

Ambos se habían conocido a comienzos de la década de 1980 en la ciudad siberiana de Tomsk, donde estudiaban Historia. Unos reclutadores del KGB los seleccionaron para un examen preliminar. Luego, se sometieron a un arduo programa de entrenamiento que se prolongó durante varios años, mediante el cual perfeccionaron su acento, modismos e identidades hasta parecer una pareja canadiense común y corriente.

En 1987 salieron de la Unión Soviética por separado, escenificaron un falso encuentro en Canadá e iniciaron una relación como si acabaran de conocerse. Se casaron por segunda vez, ahora como Don y Ann, y se instalaron en Toronto, donde Vavilova dio a luz a sus dos hijos, Tim y Alex.

En 1991, tras el colapso de la Unión Soviética, tuvieron que arreglárselas por su cuenta durante un tiempo. Sin embargo, a finales de la década, el antiguo agente del KGB Vladímir Putin llegó al poder en Moscú y ellos volvieron a espiar activamente, ahora al servicio del svr, la agencia de inteligencia exterior de la nueva Rusia.

Bajo la identidad de Don Heathfield, Bezrukov obtuvo una plaza en la Kennedy School de Harvard, lo que permitió a la pareja mudarse a Cambridge con sus hijos y establecer allí sus operaciones en Estados Unidos. Mientras él tejía una red de contactos en Harvard, ella —según sus propias palabras— interpretaba el papel de una soccer mom: una típica madre norteamericana de clase media, dedicada a las tareas domésticas, a criar a sus hijos y a llevarlos en coche a las actividades extraescolares. No obstante, cuando los chicos ya estaban en la cama, ella se encerraba en una habitación a desencriptar mensajes de radio procedentes de Moscú.

Vavilova y Bezrukov no cruzaban ni una sola palabra en ruso, y jamás hablaban de Rusia con Tim y Alex. De vez en cuando, ella viajaba de forma clandestina a Sudamérica o a Canadá para reunirse con supervisores del svr lejos del posible escrutinio del FBI, cambiando de pasaporte durante el trayecto para no dejar rastro. Luego se inventaba cualquier excusa para justificar sus ausencias ante sus hijos.

Ninguna de las personas con las que trataba cotidianamente tenía la menor idea de sus verdaderas habilidades y logros: era una operativa del KGB. (A diferencia de un agente, un operativo es propiamente un miembro del servicio de inteligencia, mientras que un agente es tan sólo una fuente reclutada.)

Obligada a interpretar el papel de un ama de casa cualquiera, Vavilova llevaba una doble vida. Cuando nos vimos en Moscú, le pregunté si le había resultado difícil lidiar con esa desconexión. Ella le dio un sorbo a su café, esbozó una leve sonrisa y me respondió:

—Las personas que necesitan el reconocimiento de los demás nunca podrían ser ilegales. Un espía es un actor, pero uno que no necesita ni público ni escenario.

Insistió en que ni ella ni Bezrukov les habrían contado jamás la verdad a sus hijos si el FBI no hubiera llamado a su puerta.

—Éramos responsables de nuestra propia seguridad y protección, y contarlo nos habría hecho más vulnerables —dijo categóricamente.

Sí admitió que, antes de que el FBI los detuviera, habían hablado de la posibilidad de retirarse del espionaje y quizá algún día regresar a Rusia. En ese caso, seguramente habrían tenido que darles explicaciones a sus hijos.

—Bueno, sí —respondió con estremecedora naturalidad—, pero les habríamos contado alguna historia. Teníamos «leyendas» a medida para todo el mundo: para nuestros padres, nuestros amigos de aquí, de Rusia... para todo el mundo. Una más no habría sido un problema. Ésa es, por desgracia, una más de las reglas del juego.

La tarea principal de los servicios de inteligencia es obtener información sobre otros países a la que no se puede acceder por canales convencionales. Buena parte de ese trabajo debe realizarse en la sombra, así que es común recurrir a operativos encubiertos (es decir, espías) que a menudo se hacen pasar por diplomáticos. De este modo, si son capturados, pueden invocar la inmunidad diplomática y regresar a su país.

Sin embargo, los diplomáticos son, por definición, figuras visibles, y están sometidos a una vigilancia constante, lo que facilita a los servicios de contrainteligencia del país anfitrión mantenerlos bajo control. Por ello, algunos servicios optan por una alternativa más arriesgada, pero también más difícil de detectar: enviar al extranjero a un espía que se hace pasar por un ejecutivo u otro profesional de apariencia inofensiva, capaz incluso de desarrollar una carrera de éxito mientras recluta fuentes valiosas de información. La cia le da a esa estrategia el nombre de noc, siglas de «non-official cover» o «identidad encubierta sin estatus oficial».

El programa de ilegales de Moscú llevó este concepto varios pasos más allá. El KGB entrenaba durante años a ciudadanos soviéticos comunes, como Vavilova y Bezrukov, para transformarlos en occidentales capaces de pasar décadas en el extranjero, integrándose por completo en las sociedades que los acogían. Cualquiera que se cruzara con un diplomático, un agregado comercial o un periodista ruso amable, aunque particularmente inquisitivo, podría sospechar que se trataba de un espía, pero ¿quién iba a imaginar que una agente inmobiliaria canadiense pudiera ser en realidad una operativa encubierta del KGB?

La primera vez que oí hablar del programa de los ilegales fue en 2010, cuando Vavilova, Bezrukov y otras ocho personas fueron arrestados en Estados Unidos y posteriormente deportados a Rusia. En aquel entonces, yo trabajaba como corresponsal de The Independent en Moscú, y pasé semanas tratando de localizar a los espías repatriados. Los editores del periódico estaban interesados sobre todo en Anna Chapman, una mujer de veintiocho años que se había hecho pasar como agente inmobiliaria en Nueva York para espiar para el svr.

Chapman era una socialité que se codeaba con la alta sociedad y frecuentaba a ricos y poderosos, supuestamente para promover los intereses del Kremlin. Con su cabellera rojo fuego, sus glamurosas fotografías y las escandalosas historias sobre su vida sexual que su ex esposo británico había vendido a los periódicos sensacionalistas, parecía un personaje salido de las páginas de una novela de espías de las que se venden en los aeropuertos.

Sólo un año después de su intercambio logré, por fin, convencerla de que se reuniera conmigo en Moscú. Durante la comida se mostró encantadora y vivaz, pero se negó a revelar cualquier detalle sobre su trabajo como espía. En vez de eso, me habló con entusiasmo sobre sus planes de crear una nueva marca de moda.[2]

En cualquier caso, a mí me interesaban más los ilegales del pasado y las dificultades que debieron afrontar para pasarse décadas viviendo bajo una identidad distinta. El svr los mantenía bien lejos de los medios, pero en 2016 conseguí dar con Tim y Alex, los hijos de Vavilova y Bezrukov, y los entrevisté para un reportaje en la revista de The Guardian.

El gobierno canadiense les había retirado la nacionalidad, y ellos habían presentado una demanda para recuperarla. Aseguraban que no sabían nada sobre la actividad de espionaje de sus padres. Alex me confesó que, incluso en las semanas posteriores a la redada del FBI, en 2010, se resistía a creer lo que contaban los medios. Sólo cuando llegó a Moscú y vio unas fotografías antiguas en que sus padres aparecían con uniformes del KGB entendió que toda su crianza había sido una farsa.

Y, de repente, se esperaba que iniciara una nueva vida en un país que jamás había pisado. Su flamante pasaporte ruso lo identificaba como Aleksandr Vavilov, un nombre que ni siquiera sabía pronunciar correctamente.

—Otro caso de la típica crisis de identidad de los jóvenes, ¿no? —me comentó con una sonrisa irónica, aunque con un evidente trasfondo de amargura.

Fascinado por aquella retorcida historia familiar, empecé a investigar cómo había funcionado el programa de ilegales a lo largo de los años, y no tardé en darme cuenta de que no existía nada comparable en la historia del espionaje. Es cierto que los servicios de inteligencia han hecho pasar en muchas ocasiones a sus agentes por ciudadanos de otros países, pero nunca con el alcance ni la escala del programa del KGB. Los ilegales eran un fenómeno exclusivamente ruso, muy arraigado en la experiencia histórica de ese país. Cuanto más leía, más convencido estaba de que aquel programa ofrecía una vía fascinante para contar una historia mucho más amplia: el experimento soviético, y cómo éste, a la postre, terminó fracasando; una historia dramática y sangrienta que se prolongó durante un siglo.

Todo comenzó en 1917, cuando los bolcheviques de Vladímir Ilich Lenin tomaron el poder tras la Revolución de Octubre. El nuevo régimen soviético contaba con pocos aliados entre los gobiernos extranjeros, pero podía apoyarse en una buena cantidad de comunistas cosmopolitas y viajados que improvisaban y se abrían paso por el mundo adoptando distintas identidades para defender la Revolución y difundir su ideología. Aquellos espías virtuosos y entregados adquirieron un aura casi legendaria dentro de la tradición de la inteligencia soviética. Eran los grandes ilegales. Haciéndose pasar por aristócratas europeos, mercaderes persas o estudiantes turcos, utilizaban la astucia, la seducción —y a menudo el sexo— para obtener información. Muchos lograron no ser descubiertos en Occidente, pero fueron detenidos y ejecutados por el propio régimen de Iósif Stalin durante la Gran Purga, a finales de la década de 1930.

Más tarde, durante la Guerra Fría, los servicios de contrainteligencia occidentales comenzaron a vigilar las veinticuatro horas del día a los miembros del KGB que trabajaban bajo cobertura diplomática, lo que redujo su capacidad para obtener información secreta. En cambio, los ilegales, que no tenían vínculos evidentes ni con Moscú ni con el comunismo, podían vivir y viajar sin levantar sospechas.

El KGB diseñó ambiciosos planes para infiltrar a un gran número de estos agentes en Estados Unidos, pero la Unión Soviética ya no contaba con una reserva suficiente de políglotas experimentados, por lo que se vio obligada a reclutar a ciudadanos soviéticos comunes y a someterlos a años de entrenamiento para convertirlos en occidentales creíbles.

A muchos de ellos, una vez asentados en Occidente simplemente se les ordenaba pasar desapercibidos y esperar: si las tensiones llegaban a escalar hasta provocar una ruptura en las relaciones diplomáticas con Moscú, esas células durmientes podrían activarse y continuar el trabajo del KGB tras las líneas enemigas. Sin embargo, esas misiones de larga duración obligaban a los ilegales a pasar años alejados de sus familias, amigos y patria, con un importante coste psicológico. La presión pasó factura a muchos: algunos sufrieron colapsos nerviosos, otros desertaron o fueron capturados. Pocos lograron tener una vida personal satisfactoria.

La mayor parte del espionaje basado en fuentes humanas requiere engaño, pero los ilegales engañaban de una manera especialmente íntima. Según la tradición del KGB, esa carga psicológica era un motivo de orgullo y reflejaba la misión ideológica del Estado soviético. «Sólo un servicio de inteligencia que trabaje para una gran causa puede exigir semejante sacrificio a sus operativos», declaró con entusiasmo el agente británico del KGB George Blake para explicar por qué ninguno de los servicios occidentales recurría a ilegales.[3]

A pesar de la retórica grandilocuente, para la década de 1980 el fervor revolucionario de los primeros años de la Unión Soviética había dado paso a una pesada burocracia. El descontento generalizado, junto con el empeoramiento de la situación económica, terminó conduciendo al colapso del Estado soviético, marcando el inicio de una nueva era en la que se esperaba que Rusia y Estados Unidos fueran socios.

Tras el fallido golpe de Estado de 1991, Mijaíl Gorbachov se propuso disolver y reorganizar el KGB. Así, las instrucciones que los ilegales recibían mediante mensajes de radio semanales simplemente dejaron de llegar. Algunos regresaron a su país, mientras que otros, como Vavilova y Bezrukov, que se sentían cómodos con sus identidades falsas, decidieron seguir utilizándolas.

Casi una década más tarde, Vladímir Putin llegó a la presidencia de la Federación Rusa y empezó a restaurar de forma gradual los servicios de espionaje. Había pasado años en el KGB, trabajando como enlace con los ilegales, y aún sentía un particular apego por ese programa. Los ilegales que permanecían sobre el terreno volvieron a recibir instrucciones codificadas, mientras que en Moscú se empezaba a formar a una nueva generación de operativos.

En 2010, cuando el FBI arrestó a Vavilova, Bezrukov y demás, la audacia del programa causó asombro en Estados Unidos, pero también cierta sorna: daba la impresión de que el Kremlin seguía anclado en la Guerra Fría y empleaba métodos de espionaje anticuados que consumían mucho tiempo y tenían escasa relevancia en el siglo xxi.

Sin embargo, tras bambalinas las operaciones de inteligencia rusas se volvían cada vez más ágiles y audaces. Había «ilegales volantes» con base en Moscú que realizaban misiones de corta duración para eliminar a enemigos del Kremlin en el extranjero, y un nuevo ejército de «ilegales virtuales» asumía identidades occidentales en las redes sociales para impulsar los intentos de Rusia de influir en las elecciones de otros países.

En cuanto a los ilegales de larga duración, pese a que su tiempo parecía haber quedado atrás, los principios que sustentaban su actividad seguían siendo pilares fundamentales en las operaciones de la inteligencia rusa.

En febrero de 2022, Putin ordenó la invasión a gran escala de Ucrania, decisión que dio lugar a un espantoso derramamiento de sangre y complicó las relaciones de Moscú con Occidente como no se había visto desde el apogeo de la Guerra Fría.

Cuatro meses después, en junio, el presidente ruso se trasladó a la sede central del SVR, en las afueras de Moscú, para conmemorar el centenario de la primera dirección del KGB dedicada a los ilegales en la Unión Soviética. Allí rindió homenaje a los ilegales del pasado, quienes pasaron décadas lejos de su hogar sirviendo a la patria, así como a los que «en este mismo momento están llevando a cabo operaciones únicas» en todo el mundo.

Para entonces, los países occidentales ya habían expulsado a cientos de diplomáticos rusos de embajadas y consulados en respuesta a la invasión, la mayoría de los cuales eran en realidad espías bajo cobertura diplomática. Esta expulsión redujo drásticamente la capacidad de espionaje de Rusia justo cuando las relaciones con Occidente tocaban fondo, por lo que los servicios de inteligencia tuvieron que delegar parte de la carga operativa a las redes de ilegales, lo que a su vez aumentó su vulnerabilidad.

Durante el año siguiente, muchos fueron desenmascarados, entre ellos una diseñadora de joyas peruana residente en Italia, una galerista argentina instalada en Eslovenia y un austrobrasileño con una empresa de impresión 3D en Río de Janeiro. Bajo esas exóticas identidades que les servían de tapadera, todos eran tan rusos como el vodka y los arenques.

No hay duda de que esos espías capturados serán reemplazados por otros. A lo largo del siglo que abarca este libro, hubo numerosos momentos en los que parecía que la era de los ilegales había llegado a su fin, pero en cada uno de ellos los responsables del espionaje en Moscú lograron resucitar el programa.

Por tanto, es muy probable que ahora mismo una nueva generación de operativos esté preparándose para sus misiones —perfeccionando la pronunciación de ciertos idiomas, estudiando periódicos y revistas extranjeros para familiarizarse con el contexto cultural y social, y memorizando el más mínimo detalle de sus coartadas— en una serie de pisos anodinos repartidos por toda la ciudad de Moscú.

Muy pronto, estos nuevos operativos serán enviados a distintos lugares del mundo para llevar existencias aparentemente insulsas mientras trabajan en secreto para promover los planes ocultos del régimen.

Nota sobre las fuentes y la terminología

La Dirección de Ilegales del KGB era la sección más secreta de una de las organizaciones más herméticas del mundo. El archivo del KGB en Moscú permanece cerrado a cal y canto, y el servicio de prensa del svr ignoró mis solicitudes.

Por suerte, muchas personas fueron más accesibles. Realicé cientos de entrevistas: a antiguos ilegales, a sus descendientes, a profesionales del contraespionaje y a personas que se cruzaron con ellos bajo alguna de sus múltiples identidades. La mayoría de los entrevistados nunca habían hablado públicamente de sus experiencias.

Por otra parte, me apoyé en el trabajo de Vasili Mitrojin, un archivista del KGB que, durante muchos años y hasta su retirada en 1984, se dedicó a copiar expedientes. Miles de páginas de las notas que mecanografiaba en su dacha de las afueras de Moscú pueden consultarse en un archivo de Cambridge, y muchas de ellas hacen referencia a los ilegales.

También recurrí a numerosos libros excelentes sobre el espionaje, el KGB y el contexto histórico en general. He consignado los títulos en las notas finales y la bibliografía.

Para desentrañar las vidas de los ilegales a lo largo de los años, utilicé archivos desclasificados del FBI y el mi5, así como documentos de más de una docena de países. Aun así, no siempre fue posible corroborar con fuentes documentales los relatos de los entrevistados.

Antes que entregarme a la especulación, o simplemente reproducir relatos basados en recuerdos poco fiables, he preferido dejar, como en la inmensa mayoría de los libros sobre espionaje, algunas lagunas que sólo podrán rellenarse cuando los archivos rusos se abran por completo, algo poco probable a corto plazo.

El KGB tenía una peculiar predilección por los acrónimos largos y la terminología enrevesada. El propio servicio cambiaba de nombre con frecuencia y modificaba periódicamente su compleja estructura organizativa, así como los nombres de las direcciones encargadas de los ilegales.

He intentado, en la medida de lo posible, paliar ese desorden organizativo. Por eso, los lectores encontrarán al final del libro una cronología con las diversas encarnaciones del KGB y su estructura, además de un glosario con la terminología relevante.

PRIMERA PARTE

Los primeros ilegales

1

Raíces

La clandestinidad bolchevique

Una húmeda mañana de octubre de 1902, en la penumbra que precede al amanecer, un coche de caballos se detuvo frente al número 30 de Holford Street, una casa adosada de tres plantas, idéntica a las que la flanqueaban, no muy lejos de la estación londinense de St. Pancras.

El pasajero era un hombre delgado, de unos veinte años, e iba envuelto en una capa oscura. Tras apearse, le pidió al conductor en un inglés vacilante que esperara un momento: no llevaba dinero consigo.

Aquel portal era el destino final de un viaje épico que había comenzado en Verjoiansk, una aldea remota en lo más profundo de Siberia, y que lo había llevado, bajo distintas identidades, en trineo, barco y tren a través de San Petersburgo, Múnich y Viena.

Después de localizar la puerta que buscaba, llamó con fuerza tres veces.

El doctor Jacob Richter, que había alquilado junto con su esposa —alemana como él— dos cuartos destartalados y mal amueblados a una modista viuda pocos meses antes, reconoció de inmediato la señal que indicaba la llegada de alguien en misión secreta, pero fue su mujer quien saltó de la cama y corrió a abrir.

Richter era un hombre de carácter. Rondaba los treinta y empezaba a perder el pelo. Llevaba bigote y perilla, ambos perfectamente recortados. Su esposa abrió con cara de sueño, y el recién llegado no pudo más que disculparse por no haber esperado a una hora más civilizada. En ráfagas de ruso, explicó que seguía agitado tras su huida de Siberia. Esperaba que les hubieran avisado de su llegada. Finalmente, algo avergonzado, les pidió dinero para pagarle al cochero.

El doctor Richter, asomándose por encima del hombro de su esposa, reconoció al visitante.

—¡Ajá! —exclamó entusiasmado—. ¡Ha llegado la Pluma![1]

El verdadero nombre del doctor Richter era Vladímir Uliánov. Era un teórico político y el líder un partido marginal, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, que luchaba contra el régimen zarista. Richter era sólo uno de los más de cien alias que utilizó a lo largo de sus muchos años en la clandestinidad. Más tarde, el mundo lo conocería por el pseudónimo con el que forjó su reputación como teórico marxista: Lenin.

Lev Bronstein, el visitante, también empleó decenas de alias en los años previos a la Revolución rusa. Lenin lo conocía como «la Pluma» por su capacidad de escribir una prosa apasionada, deslumbrante e incendiaria. Más adelante, alcanzaría la fama con el apellido que había utilizado en unos documentos falsificados a toda prisa para huir de Siberia: Trotski.

Aquél fue el primer encuentro de dos hombres que, quince años más tarde, alterarían drásticamente el curso de la historia mundial.

Lenin controlaba a los bolcheviques —una facción pequeña pero implacablemente organizada del partido—, y éstos, como muchos otros grupos de revolucionarios antizaristas, se veían obligados a emplear una variedad de estrategias para despistar a la Ojrana, la policía secreta del zar, que invertía ingentes recursos a descubrirlos e infiltrarlos. Con el tiempo, ese conjunto de tácticas dio lugar a un código conocido como konspiratsiya, una palabra cuyo significado, pese a lo que podría sugerir, se acerca más a «subterfugio» que a «conspiración». La konspiratsiya era, al mismo tiempo, un complejo entramado de reglas, un estricto código de conducta y una forma de vida.

Por supuesto, cuando Lenin y Trotski se encontraron en Londres, ambos estaban ya bien versados en los fundamentos de aquel código, que incluía una serie de prácticas que ellos y sus camaradas adoptarían de forma habitual durante la década siguiente: la falsificación de documentos de identidad, el uso de pseudónimos y nombres en clave en la correspondencia o el envío de mensajes secretos escritos con zumo de limón o cloro —cuyo contenido podía «revelarse» después aplicando calor o ciertos productos químicos al papel— sobre un texto inocuo redactado con tinta normal.[2]

En cuanto a la esposa de Lenin, Nadezhda Krúpskaya (la señora Richter), también desempeñaba un papel clave, vinculado a la konspiratsiya, en la clandestinidad londinense: coordinaba los contactos cotidianos entre quienes operaban en Rusia y el llamado «Centro» —el grupo formado por Lenin y la dirección del partido en el exilio—, descifraba los mensajes ocultos en las cartas, ideaba nuevos códigos para anticiparse a la Ojrana y transmitía información relevante e instrucciones a los camaradas que llegaban a Londres.[3]

Por fortuna, al encontrarse fuera de Rusia la pareja podía permitirse cierta relajación de las reglas, ya que la endeble tapadera del doctor Richter no habría soportado un escrutinio serio: solía hablar en ruso en las reuniones con obreros en Londres y convocaba encuentros con camaradas de otros países europeos utilizando pretextos poco creíbles (en una ocasión, una reunión celebrada en la planta superior de un pub se presentó como una convención internacional de peluqueros). Pero lo cierto es que, en la mayoría de los países europeos, la policía solía dejar en paz a los emigrados rusos.[4]

Sobrevivir en la clandestinidad en Rusia, con la Ojrana siempre al acecho, era otra historia.

Pese a todo, en 1905, tras una masacre perpetrada por las tropas del zar en San Petersburgo que avivó el sentimiento revolucionario, Lenin decidió que debía regresar y emprendió el viaje de vuelta utilizando documentos británicos falsificados a nombre de William Frey. Krúpskaya siguió sus pasos pocos días después, aunque seguida en el tren por un espía de la Ojrana. Ya en San Petersburgo, la pareja intentó pasar desapercibida alojándose en el apartamento de unos amigos de la hermana de Lenin, pero pronto se dieron cuenta de que la Ojrana vigilaba atentamente el lugar. Se escabulleron burlando a los vigilantes y pasaron los días siguientes mudándose repetidamente de un piso franco a otro. Lenin, temeroso de que lo arrestaran y lo enviaran a Siberia, apenas se atrevía a salir a la calle.

Un día de marzo de 1906, se dio cuenta de que lo seguían. Tras lograr despistar a su perseguidor, se dirigió a la estación y abordó de un salto un tren con rumbo a Finlandia, donde se ocultó durante un tiempo. Regresó en mayo, esta vez con documentos rusos y el apellido Chjeidze. Krúpskaya, por su parte, se había hecho con un pasaporte que la identificaba como Praskoviya Onegina. A pesar de los disfraces y los documentos falsos, poco después la pareja se vio obligada a huir de nuevo a la relativa seguridad de Finlandia. Allí Lenin adoptó una nueva identidad: la del profesor Müller, un geólogo alemán que estudiaba los depósitos calcáreos finlandeses. Desde allí enviaba mensajeros a Rusia con instrucciones y textos para su difusión, pero hacia finales de 1907 la Ojrana empezó a cercar su escondite finlandés, obligándolo a emprender una espectacular huida: saltó de un tren en marcha y luego atravesó en trineo un lago congelado para llegar, finalmente, a Ginebra.[5] Aunque seguía siendo una figura marginal en la escena política rusa, ya era demasiado conocido como para moverse con libertad dentro del Imperio ruso, incluso disfrazado. No regresaría a su país hasta 1917, el año de la Revolución.

Entretanto, asentado en el territorio seguro de Europa occidental, Lenin se dispuso a definir la estrategia bolchevique en el nuevo entorno político. Fue entonces cuando dividió las actividades en dos categorías: el trabajo partidario «legal» y el «ilegal» —aunque probablemente sería más apropiado hablar de «abierto» y «clandestino», ya que nelegalnaya, que significa «ilegal», también quiere decir «clandestino» y «soterrado»—. Los activistas «legales» del partido actuaban a cara descubierta y utilizaban sus propios nombres, pese a que no todo lo que hacían (agitar a los trabajadores, participar en debates públicos, impulsar la creación de sindicatos y cooperativas, etcétera) estaba bajo el cobijo de la ley. Por su parte, los «ilegales» disimulaban su verdadero propósito y, con frecuencia, también sus identidades, operando conforme a las reglas de la konspiratsiya.

Lo anterior reflejaba la convicción de Lenin de que, para tener éxito, los bolcheviques debían combinar tareas «legales» e «ilegales»; es decir, aprovechar las concesiones que otorgaba el régimen y, al mismo tiempo, explotar sus vulnerabilidades actuando desde la clandestinidad.[6]

Los contactos entre ambos ámbitos se mantenían al mínimo y, en el caso de los operativos clandestinos, se promovía además la máxima compartimentalización posible: cada ilegal tenía contacto directo únicamente con el Centro, pero no con los otros ilegales. Así, la captura de uno no comprometía al resto.

Los activistas bolcheviques clandestinos estaban dispersos por toda Rusia, dedicándose principalmente a conseguir apoyos y recaudar fondos para la causa. Por ejemplo, Iósif Dzhugashvili —más conocido luego como Stalin— organizaba en la ciudad meridional de Bakú, capital petrolífera del imperio, bancos, secuestros y planes de extorsión con el objetivo de financiar las arcas del partido. La mayoría de las personas con quienes se relacionaba sólo lo conocían por su nombre en clave, Koba, y él cambiaba de domicilio con frecuencia para despistar a la Ojrana.

A estas alturas, muy poca gente sabe que Stalin ideó varias estrategias que terminaron sumándose a las reglas básicas de la konspiratsiya. En una ocasión, por ejemplo, le pidió a su novia que guardara unos documentos secretos dentro de un ataúd e hiciera que lo enterraran fingiendo ser la hermana del difunto para que luego, pasados unos días, un operativo desenterrara el «cadáver». Ya en San Petersburgo, se convirtió en un experto en el arte de eludir a sus perseguidores de la Ojrana, entrando y saliendo por puertas traseras y atravesando patios, y a sus muchas detenciones siguieron otras tantas fugas de Siberia. Una vez, escapó en un barco de vapor vestido de mujer. Salía del Imperio ruso con documentos falsos y, después de unos meses, reaparecía en distintos lugares de Europa, haciéndose pasar por un comerciante ruso, persa o armenio.[7]

Otros bolcheviques vivieron muchos años como ilegales, bajo la vigilancia constante de la Ojrana, ciñéndose cuidadosamente a los códigos de la konspiratsiya. En palabras del escritor Victor Serge: «Los revolucionarios podían residir de forma ilegal en las principales ciudades de Rusia durante meses o años. Según el caso, se hacían pasar por vendedores ambulantes, cocheros, extranjeros ricos o sirvientes.»[8]

Muchas de las habilidades y conceptos que sustentaron la lucha bolchevique contra el régimen zarista demostraron ser notablemente perdurables: cien años después, la inteligencia exterior rusa seguía dividida en operativos legales e ilegales, y en gran medida continuaba refiriéndose a su sede principal como «el Centro». Los apartamentos utilizados para reuniones secretas seguían llamándose «konskvartiry», tal como en la época de los ilegales bolcheviques. A lo largo de ese siglo, aunque se produjeron numerosos avances tecnológicos, buena parte de la estructura y la terminología básica de la lucha de Lenin contra el régimen zarista les habrían resultado familiares a Elena Vavilova y a los otros ilegales detenidos en Estados Unidos en 2010.

En febrero de 1917, mientras los ejércitos rusos se hallaban empantanados en los combates de la Primera Guerra Mundial, la situación económica del país se deterioró rápidamente. Cuando los alimentos empezaron a escasear, el descontento popular forzó al zar a abdicar dejando el poder en manos de un gobierno provisional. Pocos meses después, Lenin y los bolcheviques dieron un golpe de Estado que, con el paso del tiempo y gracias a la propaganda soviética, pasaría a conocerse como la «Gran Revolución Socialista de Octubre». La noche del levantamiento, un Lenin agotado pero exultante llegó al Instituto Smolny —una antigua escuela para señoritas reconvertida en cuartel general bolchevique— disfrazado con peluca y gafas de montura gruesa. «Pasar de la persecución y la vida clandestina al poder así de rápido...», le comentó a Trotski agitando las manos mientras buscaba las palabras justas. Finalmente las encontró en alemán: «... es schwindelt» («marea»).

Lenin y su grupo de revolucionarios habían conquistado el poder formal, pero aún debían enfrentar la colosal tarea de conservarlo e imponerlo a lo largo de la vasta extensión del territorio ruso. Él estaba convencido de que, con el tiempo, las instituciones estatales acabarían marchitándose, ya que la consolidación del paraíso obrero haría que perdieran su razón de ser. Sin embargo, creía que para alcanzar ese desenlace ideal era imprescindible atravesar un período intermedio de despiadada violencia estatal.

Para organizar el terror que se avecinaba, estableció un cuerpo de seguridad, la Checa (vchk), y puso al frente a Félix Dzerzhinski, un fervoroso bolchevique de origen polaco que había pasado años en prisión y en el exilio siberiano. La Checa creció rápidamente hasta convertirse en una enorme fuerza represiva capaz de aplastar a enemigos políticos y «enemigos de clase». Al cabo, fue una de las protagonistas de una sangrienta guerra civil que enfrentó a las fuerzas rojas bolcheviques con los blancos, una heterogénea coalición de zaristas y socialistas moderados, liberales y tropas extranjeras, unidos sólo por su odio al bolchevismo. Fue una lucha existencial para ambos bandos, marcada por una violencia y una crueldad extremas.

Las líneas del frente cambiaban con rapidez e imprevisibilidad, y la herencia bolchevique de la konspiratsiya —perfeccionada a lo largo de dos décadas de actividad clandestina— se convirtió en un recurso invaluable. Cuando las fuerzas blancas lograban avanzar sobre algún territorio, los bolcheviques ordenaban a ciertos agentes permanecer en la retaguardia para coordinar la resistencia desde las sombras. En junio de 1919, la Checa creó un departamento específico de operaciones ilegales para gestionar y apoyar la red de aquellos que habían sido «dejados atrás» deliberadamente.[9]

En 1921, cuando los bolcheviques salieron victoriosos de la guerra civil, la Checa volvió a hacer uso de aquel legado. El concepto de Lenin de combinar actividades legales con el uso intensivo de operativos clandestinos se convirtió en una de las características definitorias de la forma en que el nuevo Estado soviético organizaría su servicio de inteligencia en las décadas siguientes. El hombre que llevó por primera vez estas ideas a la práctica —el padre de la inteligencia exterior soviética— conocía de primera mano el valor de los ilegales: durante más de una década, él mismo había sido uno de ellos.

2

El Viejo

El primer jefe de la inteligencia exterior soviética

Una tarde del otoño de 1918, un rico comerciante se presentó en un hospital del remoto enclave de Blagovéshchensk ataviado con un imponente abrigo de piel de zorro capaz de resistir los climas más rigurosos. Entró tranquilamente en el vestíbulo y le entregó su abrigo al portero junto con una sustanciosa propina de tres rublos. Luego, se dirigió hacia uno de los pabellones, encontró la cama que buscaba, saludó cálidamente a su ocupante y cogió una silla.

El paciente, un hombre muy delgado y de estatura casi infantil, tuvo que esforzarse para incorporarse en la cama. Lo estaban tratando de una enfermedad pulmonar, y le costó hacerse oír cuando le devolvió el saludo.

—¿Sigues con el comercio y la especulación?

—Si hay alguien que sepa comerciar soy yo, pero las condiciones son pésimas hoy en día —respondió el comerciante con pesar—. Hay frentes abiertos por todas partes.

Otros pacientes del pabellón, muchos de ellos oficiales blancos heridos en combate, se volvieron hacia allí ansiosos por escuchar las últimas novedades en el frente.

Blagovéshchensk, situada a casi seis mil quinientos kilómetros de la capital rusa, se alza junto al extenso río Amur, que la separa de la Manchuria china. En ese extremo oriental del antiguo imperio zarista, la guerra civil se había complicado por la intervención de decenas de miles de soldados japoneses en una difusa alianza con las fuerzas blancas. Había tropas japonesas patrullando las calles de la ciudad mientras las autoridades blancas perseguían y cazaban a los revolucionarios bolcheviques y a sus simpatizantes.

Aquella tarde, en el pabellón, los dos hombres maldijeron a los partisanos bolcheviques por arruinarles la vida a los comerciantes honestos. Al caer la noche, el comerciante depositó un regalo cuidadosamente envuelto en la mesilla de noche de su amigo enfermo y, tras desearle una pronta recuperación, se levantó para marcharse. Se despidieron compartiendo en voz alta sus esperanzas de una inminente victoria de los blancos y la derrota definitiva de la peste bolchevique. Más tarde, el hombre hospitalizado abrió el paquete y, dentro del envoltorio, encontró un trozo de papel con un mensaje manuscrito: «Lenin se acuerda de ti y está seguro de que los trabajadores del remoto oriente vencerán.»[1]

Era cierto que el frágil paciente padecía una grave enfermedad pulmonar, pero todo lo demás distaba mucho de lo que parecía. Aquel hombre era uno de los principales revolucionarios bolcheviques, y coordinaba la lucha armada en los confines orientales de los antiguos dominios del zar. Con apenas treinta y cinco años, ya se lo consideraba un veterano del movimiento clandestino. Su complexión frágil y su aspecto de intelectual ocultaban una voluntad férrea y una absoluta devoción a la causa. A lo largo de los años había adoptado múltiples identidades: se lo había conocido como el camarada Anatoli, Mijaíl Moskvin, el señor Mursky y el comerciante Stolchevski. Su verdadero nombre era Meer Trilisser, y había nacido en 1883 en la ciudad de Astracán, en el sur de Rusia, en el seno de una familia judía.

Meer y su hermano menor, David, ingresaron en el movimiento revolucionario siendo adolescentes, como muchos judíos inteligentes y ambiciosos de todo el Imperio ruso a quienes el régimen zarista escatimaba oportunidades educativas y profesionales. En 1906 asumió la responsabilidad de entrenar a unas improvisadas unidades militares bolcheviques para un posible alzamiento violento contra el dominio zarista. Viajaba con documentos falsos por la Rusia europea para reunirse con grupos clandestinos, evaluar su preparación para el combate y verificar su adhesión a los códigos de la konspiratsiya.[2]

A finales de ese mismo año, mientras vivía bajo una identidad falsa en la ciudad de Viborg, organizó una audaz fuga colectiva de la cárcel: durante un baile, drogó a los guardias, robó las llaves y liberó a los prisioneros. La Ojrana lo capturó en 1907 y, tras un extenso interrogatorio, fue trasladado a Schlüsselburg, una prisión situada en una fortaleza de San Petersburgo construida para encarcelar a los más peligrosos opositores políticos del zar.[3]

Pese a que jamás mostró señales de arrepentimiento, en 1914 fue liberado y desterrado a la ciudad siberiana de Irkutsk.[4]

Sus lóbregos días de exilio llegaron a su fin tras la Revolución de Febrero, cuando el nuevo gobierno concedió una amnistía a los presos políticos. Después de la Revolución de Octubre, Trilisser se convirtió en una figura clave en la lucha por afianzar el control bolchevique en regiones alejadas miles de kilómetros de San Petersburgo. Cuando los blancos conquistaron Blagovéshchensk, pasó a la clandestinidad, ocultándose en una konskvartira (de konspirativnaya kvartira: un piso franco o vivienda clandestina) para luego reaparecer haciéndose pasar por un simpatizante blanco herido. Sus problemas pulmonares le sirvieron de tapadera para una larga estancia en un hospital lleno de oficiales blancos donde podía recibir tratamiento médico y, al mismo tiempo, reunir información importante. Visitantes como el «comerciante» —quien, en realidad, era otro operativo ilegal bolchevique— le permitían mantener la comunicación con el Centro.

En diciembre de 1918 recibió el alta y se dispuso a reunir una fuerza partisana bolchevique para lanzar una nueva ofensiva militar contra los ejércitos blancos. Como varios de sus camaradas habían sido capturados y ejecutados, él y otros bolcheviques se refugiaron en remotas aldeas de la Siberia oriental, donde celebraban reuniones secretas para planificar la estrategia. Allí conoció y se enamoró de una joven maestra exiliada llamada Olga, con quien terminó casándose. Ella se convirtió en su compañera en la conspiración.

En una ocasión, planearon una audaz misión durante la cual él cruzó el río Amur evadiendo las patrullas blancas y regresó del lado chino con una provisión de medicinas y explosivos.

Trilisser ideó un sistema de códigos rudimentarios para reducir las posibilidades de que las fuerzas blancas descifraran los mensajes enviados a Moscú. Fue detenido en dos ocasiones por agentes de la contrainteligencia blanca y en una de ellas lo torturaron, pero consiguió escapar con la ayuda de sus camaradas.[5]

En febrero de 1920, los rojos se hicieron finalmente con el poder en Blagovéshchensk. Esto le permitió a Trilisser abandonar la clandestinidad y salir a la luz. Pronunció un discurso triunfal en el primer encuentro legal de los bolcheviques de la ciudad, al que asistieron más de ochocientos partidarios para celebrar la victoria.

A principios del año siguiente, junto a su esposa y su hija recién nacida, emprendió el largo viaje en tren hacia Moscú para asistir a un congreso del partido bolchevique que reuniría a cientos de revolucionarios destacados de todo el país con el fin de coordinar las políticas y definir la estrategia a seguir. Para entonces, por órdenes de Lenin, Moscú había sustituido la imperial San Petersburgo como capital de Rusia. Mientras el tren avanzaba lentamente hacia el oeste, Trilisser debió de percatarse de la magnitud de la tarea que tenían por delante: la pobreza y la hambruna eran moneda corriente. Había niños famélicos mendigando en las estaciones, y bandas desesperadas en busca de comida asaltaban de tanto en tanto los trenes.[6]

Ya en Moscú, Trilisser y su familia se alojaron en un hotel que los bolcheviques habían requisado para uso de los miembros del partido. Tras más de una década en la cárcel, el exilio y la clandestinidad por fin podía sentirse en casa.

«Camaradas: por primera vez nos reunimos en nuestro territorio sin el acoso de fuerzas enemigas apoyadas por capitalistas e imperialistas», declaró Lenin en la apertura del congreso, y añadió que la única manera en que los bolcheviques podrían retener el poder era mediante la unidad y una disciplina implacables.

Como defensor de una estricta disciplina partidaria, Trilisser probablemente estaba de acuerdo, pero se hallaba demasiado absorto en el emocionante y surrealista espectáculo del congreso. Después de todo, las reuniones de bolcheviques a las que se había acostumbrado se celebraban en salas pequeñas llenas de emigrados apasionados, pero irrelevantes, que debatían detalles de la teoría marxista, y ahora estaban allí, discutiendo sobre cómo gobernar el país más extenso del mundo. Siempre había creído que la revolución era inevitable, pero ver la prueba de su éxito en la vida real resultaba abrumador.

Cuando el congreso terminó, asumió un puesto en el comité central de partido que, de hecho, se había convertido en el gobierno. Olga, su esposa, también consiguió un empleo de secretaria en esa misma institución. Tanto él como ella trabajaban muchas horas impulsados por el fervor revolucionario y la sensación de que estaban contribuyendo nada menos que a una restructuración absoluta de la vida humana. En el campo «ocupación» de los formularios administrativos, Trilisser escribía «revolucionario».[7]

Ninguno de los dos tenía tiempo para lujos como el cuidado de su hija, así que, durante el día, la niña gateaba sin vigilancia por la habitación del hotel. Un día cualquiera, derribó un jarrón de flores y bebió el agua podrida que contenía. Contrajo disentería y murió poco después. La pareja lloró su muerte, pero sabían que no era momento para emociones personales: el éxito de la Revolución pendía de un hilo.[8]

Poco después, Félix Dzerzhinski, jefe de la Checa, fue a visitarlos a su habitación de hotel. Al igual que Trilisser, había sobrevivido a años de penosas condiciones en las cárceles zaristas. Su barba de candado ocultaba la mandíbula desfigurada por una paliza especialmente brutal, y aún llevaba marcas de esposas y grilletes en muñecas y tobillos. Ciertamente, Trilisser y su esposa habían pagado el precio más alto por su entrega al socialismo, pero él no hacía menos: dedicaba todas sus horas de vigilia al fortalecimiento de la Checa, con una entrega al trabajo y un ascetismo que le valieron el apodo de Félix de Hierro.[9] Sabía que los años de experiencia de Trilisser en la clandestinidad lo convertían en un candidato ideal para incorporarse a la recién creada sección exterior: el ino.

A la mañana siguiente, Trilisser se presentó en el número 2 de la plaza Lubianka, sede central de la Checa. En aquel entonces, el ino contaba apenas con unas decenas de empleados, repartidos en unas oficinas de la cuarta planta del edificio, justo frente al patio interior. Desde sus ventanas se veían las rejas de la prisión de la Checa, donde los acusados de conspirar contra la Revolución pasaban sus últimos días antes de ser ejecutados. Trilisser comenzó como subdirector, pero en cuestión de meses fue ascendido a director.

A Trilisser se lo conocía afectuosamente como el Viejo, aunque no pasaba de los cuarenta años. Su atuendo habitual —unos quevedos y una kosovorotka, la camisa tradicional rusa con los botones a un costado— le daba un aire más de campesino que de jefe de una despiadada organización de espionaje. Medía apenas un metro cincuenta, por lo que la mayoría de sus subordinados le sacaban una cabeza. Verlos caminar juntos por los largos pasillos de la Lubianka podía resultar, por momentos, casi cómico.

Trilisser pasaba la mayor parte del tiempo en su oficina, un despacho oscuro y cavernoso. Se sentaba de espaldas a la ventana, escribía a lápiz y fumaba cigarrillo tras cigarrillo. Una hilera de teléfonos colocados sobre el escritorio lo conectaba al instante con diversos organismos del gobierno.[10] Allí se desataban discusiones acaloradas: se debatía cómo construir coberturas creíbles para infiltrar a los ilegales en el extranjero o cómo definir los detalles de las misiones. Como en tantas otras instituciones del nuevo régimen, las reglas se inventaban sobre la marcha.

La política exterior de la recién proclamada Unión Soviética tenía dos objetivos globales, y el ino era clave para ambos. El primero, a medida que Lenin y sus camaradas consolidaban su poder dentro del país, era proteger el nuevo Estado de ataques desde el extranjero. Aunque los blancos habían sido derrotados en el campo de batalla, decenas de miles de simpatizantes zaristas seguían activos en el exilio y decididos a regresar. En ciudades como París, Praga, Harbin o Constantinopla, florecían comunidades de emigrados rusos convencidos de que el socialismo era apenas una aberración pasajera, destinada a ser barrida por la historia. Mientras tanto, los gobiernos de Europa occidental analizaban cómo ayudar a reorganizar los restos de las fuerzas blancas, y la oficina de Trilisser tenía la tarea de detectar e impedir esos planes.

El segundo objetivo del ino era facilitar la expansión de la revolución más allá de las fronteras soviéticas. Lenin estaba convencido de que un Estado socialista aislado no sobreviviría mucho tiempo rodeado de enemigos capitalistas. Por eso, los bolcheviques ordenaron a los partidos comunistas del extranjero que establecieran redes clandestinas paralelas a las estructuras oficiales, listas para actuar cuando llegara el momento de la revolución, que por lo demás consideraban inevitable.[11]

Los Estados se habían valido de espías desde tiempos remotos, pero el concepto de un servicio de inteligencia organizado y compuesto por civiles era relativamente reciente. El Secret Service Bureau, que más tarde se convertiría en el mi6, se fundó apenas en 1909 (mientras que Estados Unidos no contó con un servicio formal de inteligencia hasta después de la Segunda Guerra Mundial). Los bolcheviques otorgaban gran importancia a la inteligencia exterior, tanto por su propia historia como movimiento clandestino y subterráneo como por el hecho de que pocos países reconocían su gobierno, lo que implicaba la falta de embajadas desde las cuales llevar a cabo actividades diplomáticas normales.

Durante la década de 1920 se abrieron misiones comerciales y embajadas en numerosas ciudades europeas, y Trilisser se encargaba de enviar a cada una de ellas agentes encubiertos «legales» del ino, asignándolos como funcionarios comerciales o diplomáticos. Sin embargo, estos nexos diplomáticos podían restringirse en cualquier momento, lo que hacía aún más valioso el uso de agentes ilegales. Trilisser contaba con una lista de operativos experimentados en trabajo clandestino, ya fuera para la red bolchevique o para partidos comunistas extranjeros. Algunos eran rusos, pero muchos eran austriacos, húngaros o alemanes que dominaban varios idiomas y podían adoptar con facilidad las identidades falsas que se les asignaban.

Casi todos los colegas de Trilisser en el ino eran hombres. Muchas mujeres habían desempeñado algún papel en el movimiento clandestino bolchevique, y los primeros debates soviéticos sobre el empoderamiento femenino eran más progresistas que los de Occidente. Sin embargo, el proyecto de igualdad de género corrió la misma suerte que la creencia de que, en la nueva utopía socialista, las estructuras estatales terminarían desapareciendo. Desde el principio, la élite política soviética estuvo dominada por hombres, y la Checa aún más.[12]

En ese ambiente machista, Trilisser tenía la reputación de ser uno de los pocos líderes considerados y empáticos, y con frecuencia recibía en su despacho de la tercera planta a intelectuales e incluso a extranjeros.[13] Pero, pese a sus buenos modales, seguía siendo un bolchevique fanático, endurecido por los años de cárcel, el trabajo clandestino y la violencia de la guerra civil. En 1925 ordenó el asesinato de Vladímir Nesterovich, un operativo de la inteligencia militar soviética que se había desilusionado y se ocultaba en el extranjero. Dos ilegales localizaron a Nesterovich en la ciudad alemana de Maguncia y lo envenenaron mientras tomaba su café de la mañana en una cafetería. Tras recibir el informe de la misión, Trilisser emitió otra orden: «Deben eliminar a los testigos, en especial a la hija del dueño del restaurante.»[14] Nadie había prometido que la Revolución sería incruenta.

Los altos cargos del gobierno fueron convirtiéndose poco a poco en una élite privilegiada, y Trilisser obtuvo algunas prebendas, como un chófer y un guardaespaldas que lo acompañaban por Moscú. Cuando Olga dio a luz a un varón, la pareja pudo contratar a una niñera para asegurarse de que no se repitiera la tragedia de la muerte de su hija. Dejaron la habitación del hotel y se mudaron a un apartamento de techos altos en un edificio nuevo situado a una manzana de la Lubianka. Ese nuevo hogar era tan espacioso que, años después, el hijo de los Trilisser recordaría cómo se paseaba alegremente en bicicleta por los pasillos.[15]

A pesar de esas comodidades, Meer Trilisser no se volvió un burócrata de escritorio. En ocasiones viajaba al extranjero disfrazado para reunirse con agentes ilegales. En una ocasión, se desplazó a Berlín haciéndose pasar por especialista en arquitectura gótica, supuestamente para asistir a una conferencia académica. Allí logró reanudar el contacto con un valioso agente alemán y le dio instrucciones sobre cómo viajar a Moscú sin ser detectado para recibir información y entrenamiento.[16]

Una vez al mes, su chófer lo llevaba a dar un breve recorrido por el centro de Moscú, desde la Lubianka hasta la sede central de la Internacional Comunista (la Komintern). Fundada en marzo de 1919 para impulsar la causa revolucionaria a nivel mundial, esta organización era nominalmente independiente, pero en realidad estaba subordinada al gobierno bolchevique, que esperaba que facilitara el inicio de revoluciones por toda Europa.

Trilisser formaba parte de la ultrasecreta Comisión de Actividades Ilegales de la Komintern, un comité de tres camaradas encargado de organizar el entrenamiento y apoyo a los partidos comunistas extranjeros. Los otros dos integrantes también habían sido ilegales bolcheviques antes de la Revolución. Se trataba de Ósip Piátnitski, quien había dirigido una imprenta clandestina instalada en el sótano de una frutería, y Emelyan Yaroslavski, que había vivido en la clandestinidad y atracado bancos para financiar la causa bolchevique.

A finales de julio de 1920, Trotski sostenía que en casi todos los países de Europa y América la lucha de clases estaba entrando en la etapa de la guerra civil. Sin embargo, esas revoluciones anticipadas no se materializaron, y los alzamientos que sí ocurrieron fueron reprimidos rápidamente. Un momento decisivo fue la revuelta comunista de 1923 en Alemania, que fracasó estrepitosamente y llevó a la ilegalización del Partido Comunista en ese país. Como resultado, las operaciones clandestinas se volvieron cruciales.

Trilisser y los otros miembros de la Comisión elaboraron un manual sobre las reglas de la konspiratsiya para entregar a los camaradas extranjeros que llegaban a Moscú para recibir formación. El folleto, marcado como «máximo secreto», compilaba las prácticas bolcheviques más exitosas del último cuarto de siglo. Proporcionaba instrucciones sobre la organización de alias, la obtención de documentos falsos y el establecimiento de comunicaciones seguras. Pero también advertía que, incluso con una estricta observancia de todas esas precauciones, las actividades ilegales seguían siendo arriesgadas. Ceñirse a las reglas de la konspiratsiya podía resultar tedioso, pero era esencial para ayudar al partido a organizarse y, en última instancia, para derrocar a los gobiernos burgueses opresores.[17]

En 1924 murió Lenin, a la edad de cincuenta y tres años. Incapacitado en sus últimos meses por una serie de apoplejías, no llegó a designar a un sucesor. Durante los años siguientes, Stalin demostró ser más hábil que todos sus rivales y, a finales de la década, ya había concentrado todo el poder en sus manos. Trotski, su principal competidor por el legado de Lenin, se vio obligado a exiliarse.

Stalin defendía el concepto de «socialismo en un sólo país», según el cual la Unión Soviética debía centrarse en consolidar y proteger los logros de su propia revolución, en lugar de promoverla en el extranjero. En consonancia con esta doctrina, el ino debía enfocarse en labores de inteligencia más tradicionales, como la recopilación de información política y militar sobre otros países, en lugar de emprender acciones de sabotaje o subversión. Aunque buena parte de Occidente había comenzado a aceptar la permanencia de la Unión Soviética como una realidad geopolítica, Moscú aún no había sido invitada a unirse a la Liga de las Naciones —la organización internacional de entreguerras precursora de las Naciones Unidas—. Stalin, por su parte, estaba convencido de que las potencias occidentales conspiraban para destruir el Estado soviético.

Gran Bretaña, país al que Moscú consideraba su enemigo más peligroso en ese período, reconoció formalmente a la Unión Soviética en 1924, lo que permitió la apertura de una embajada soviética en Londres, donde podían operar agentes legales del ino bajo cobertura diplomática. Los soviéticos también utilizaron la Sociedad Cooperativa Panrusa, supuestamente un organismo neutral encargado del comercio anglosoviético, como tapadera para reunir información.

Sin embargo, en 1927 la policía británica llevó a cabo una redada en las oficinas londinenses de dicha institución, situadas en la zona de Moorgate. Tras perforar las puertas con una maquinaria especial, encontraron una habitación secreta donde unos trabajadores quemaban apresuradamente documentos clasificados. El ministro del Interior William Joynson-Hicks calificó la operación como «uno de los sistemas de espionaje más nefandos que me ha tocado conocer».[18]

Como consecuencia del escándalo, Gran Bretaña rompió relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Aunque éstas se restablecieron dos años después, el episodio puso de manifiesto que Moscú no podía depender ni de los agentes legales destinados en las embajadas ni de aquellos que trabajaban bajo la endeble tapadera de enviados comerciales. Trilisser lanzó entonces una renovada campaña para enviar a ilegales sin vínculos soviéticos detectables a las principales capitales europeas y más allá.

En la lista de ilegales de Trilisser figuraba el extravagante y fabulador Yakov Blumkin, quien recorrió Oriente Medio haciéndose pasar por un comerciante persa y recopilando información sobre las estrategias políticas de Francia y Gran Bretaña. Su tapadera consistía en la venta de antiguos manuscritos religiosos robados de sinagogas de Ucrania y bibliotecas de Moscú con la autorización de las nuevas autoridades soviéticas, que eran ateas. Los beneficios de estas ventas contribuían a financiar la red de agentes de Trilisser.[19]

En la Lubianka operaba un equipo de falsificadores que proporcionaba pasaportes a los agentes para reforzar sus nuevas identidades. A veces los creaban desde cero, pero lo más habitual era alterar documentos auténticos robados de embajadas extranjeras u oficinas gubernamentales. Los pasaportes de los años veinte eran documentos relativamente endebles de una o dos páginas. No se tardaba mucho en intercambiar fotografías, mezclar con cuidado distintos tipos de tinta para imitar los sellos y timbres oficiales y producir unas falsificaciones imposibles de detectar.[20]

En 1929 Trilisser envió a Estambul a Georges Agabékov, un agente del ino de origen armenio, con instrucciones de hacerse pasar por un vendedor de alfombras supuestamente perteneciente a la minoría armenia de Persia. Agabékov llevaba varios anillos de diamantes y una gruesa cadena de oro procedentes de un almacén de la Lubianka donde se guardaban artículos de lujo requisados a los aristócratas durante la Revolución. Debidamente atildado y provisto de un pasaporte persa falso, logró cautivar al cónsul turco en Moscú y convencerlo de que le concediera un visado.

En Estambul se le unió otro ilegal soviético que operaba bajo la identidad de un comerciante de madera austriaco, pero que en esta ocasión debía hacerse pasar por un periodista independiente. Agabékov y su compañero debían recorrer la ciudad explicando que el periodista buscaba información privilegiada sobre asuntos turcos y que estaba dispuesto a pagar por datos muy jugosos. La proposición resultó ser lo bastante atractiva como para tentar a numerosos funcionarios turcos a facilitarles información confidencial.[21]

Trilisser sentó las bases de un programa de espionaje único que, de una forma u otra, perduraría durante el siglo siguiente. Entre aquel grupo de devotos y talentosos actores-espías destacaba un hombre, tanto por lo ingenioso de sus métodos como por la magnitud de sus logros. A lo largo de su carrera, adoptó las identidades del conde húngaro József Perelly, el maderero canadiense John Wento, el empresario griego Alexander S. Gallas, el artista holandés Hans Galleni y el aristócrata británico Robert Grenville.

Su verdadero nombre era Dmitri Bystrolyotov, y quizá haya sido el agente ilegal más brillante de toda la historia del programa.