cap-3

Jerarquía del Sacro Imperio Vaticano

Exorcista primus DEL SACRO IMPERIO VATICANO

El exorcista primus es el gobernante supremo y líder espiritual del Sacro Imperio Vaticano, aunque delega la gestión diaria del imperio en los dos Imperiums en sus respectivas competencias como líder militar del Vaticano y jefe de gobierno.

El actual exorcista primus, Su Santidad Alejandro II, padece problemas de salud y ha traspasado más responsabilidades de lo habitual al ambicioso joven Imperium Bellum.

Imperium Bellum | SEÑOR DE LA GUERRA

Como jefe militar del Sacro Imperio Vaticano, el Imperium Bellum tiene un poder casi ilimitado en el ámbito de la guerra. Esta función la ocupa en la actualidad Cesare Alleva, que ha acumulado aún más poder a medida que la salud del exorcista primus se ha ido deteriorando. En tiempos de guerra, un Imperium Bellum especialmente poderoso puede recibir el apodo de la Sombra de Dios.

Cesare Alleva es la Sombra de Dios.

Imperium Politikos | CANCILLER DE ESTADO

Un cargo que actualmente ocupa el exorcista Adriano de Sanctis. En años anteriores, el brazo político de los poderes del imperio estaba separado del Vaticano y del culto al Dios Inmortal, pero en el último medio siglo se han dado muy pocas ocasiones en las que este cargo lo haya ocupado alguien que no fuera un exorcista romano.

La emperatriz soberana DEL SACRO IMPERIO VATICANO

Ofelia Augustus es la actual emperatriz del Sacro Imperio Vaticano. Como soberana, desempeña un papel puramente ceremonial. La familia imperial perdió poder en los años posteriores a que el Dios Inmortal se estableciera en Roma y el Vaticano ganara influencia y control.

EXORCISTA DE PRIMERA CLASE

La categoría más alta de exorcista en el Vaticano. Son líderes de equipo y tienen la libertad de dirigir a su equipo como mejor les parezca cuando el Imperium Bellum no los destina directamente. Esta categoría está reservada para aquellos que son capaces —o cuyos superiores creen que son capaces— de derrotar a un vizconde, un demonio de nivel V. Incluso los exorcistas de primera clase tienen solo un uno por ciento de posibilidades de sobrevivir a un demonio duque.

EXORCISTA DE SEGUNDA CLASE

Para ser ascendido a exorcista de segunda clase debe considerarse que dicho exorcista es capaz de matar a un noble, un demonio de nivel IV. En contadas ocasiones, un demonio de nivel V puede suponer un desafío mortal.

EXORCISTA DE TERCERA CLASE

Los exorcistas recién graduados se convierten en exorcistas de tercera clase al graduarse en la Academia; si no adquieren las habilidades necesarias para alcanzar este nivel, no se pueden graduar. Los exorcistas de tercera clase deben ser capaces de derrotar a todos los demonios de los niveles I a III.

En casos excepcionales, un exorcista se especializará en curar de la misma manera que un hermano o hermana de la medicina. Sin embargo, a diferencia de los artificieros, los exorcistas sanadores tienen la capacidad de acceder a una magia mucho mayor y, por lo tanto, pueden hacer milagros. Sin embargo, nunca ascenderán de rango, ya que se los considera incapaces de matar a un noble (un demonio de nivel IV), requisito para el ascenso.

Aun así, su valía es incalculable.

ARTIFICIERO

Hay dos clases de artificieros: de medicina y de guerra.

MEDICINA

Los hermanos y hermanas de la medicina son los sanadores del Vaticano: son la última defensa entre Roma y la ruina, ya que evitan que las filas del Vaticano se vean diezmadas.

GUERRA

Los hermanos y hermanas de la guerra eligen el camino militar y pueden seleccionar una de las cuatro subclases:

Artilleros: guerreros especializados en el uso de artillería y explosivos.

Fajadores: una subclase poco común. Los fajadores se especializan en el combate cuerpo a cuerpo y a corta distancia.

Espadas: guerreros especializados en el combate a media y corta distancia que manejan espadas y otras armas blancas.

Tiradores: guerreros especializados en ataques a distancia que no utilizan armas de artillería.

Muchos exorcistas optan también por especializarse en una de estas clases. Sin embargo, esta especialización es menos vital para su supervivencia continua, ya que pueden recurrir a su magia. Los artificieros, por el contrario, pueden especializarse solo una vez y fabricar el arma elegida durante su último año antes de graduarse en la Academia Vaticana como artificieros acreditados.

Manual de la Academia Vaticana: los demonios

DEMONIOS DE NIVEL I, también conocidos como malditos

Susurran desde las sombras y llevan a la locura. A veces se sienten atraídos por exorcistas y demonios más poderosos, y, por lo general, se los destruye por proximidad. Se extinguirán en el reino humano a menos que sean astutos. Siempre han estado aquí de alguna forma.

DEMONIOS DE NIVEL II, también conocidos como necrófagos

Los necrófagos pueden poseer temporalmente a aves carroñeras y humanos muertos si necesitan un cuerpo porque, al igual que los malignos, se observa con frecuencia que los necrófagos en este mundo son más parecidos al humo que a seres físicos. Aun sí, son peligrosos y pueden sacar dientes y garras con los que mutilar o, incluso, matar.

DEMONIOS DE NIVEL III, también conocidos como engendros

Pocas veces conservan un cuerpo intacto en este mundo y se observa con frecuencia que poseen formas parecidas al humo en lugar de un cuerpo físico, aunque no son menos peligrosos en su forma efímera. Pueden poseer a los humanos, pero su presencia es una fuerza corruptora que destruye rápidamente el cuerpo del huésped.

Pueden representar un desafío para todos los niveles de artificiero y exorcista de tercera clase.

DEMONIOS DE NIVEL IV, también conocidos como nobles

Aunque a los nobles pueden matarlos exorcistas de segunda clase y superior, son mucho más peligrosos para los civiles y el personal auxiliar del Vaticano. Pese a que no son un peligro tan grande como los demonios de nivel V y VI, los nobles pueden causar estragos en una zona limitada y se consideran una grave amenaza para la vida.

Pueden poner en apuros a los exorcistas de segunda clase.

DEMONIOS DE NIVEL V, también conocidos como vizcondes

Los vizcondes son los primeros demonios de la clase Cataclismo. Pueden tener acceso a la magia elemental, capaz de poseer a los humanos con ciertas consecuencias, pero un exorcismo mágico exitoso realizado por un exorcista del Vaticano puede lograr que el humano sobreviva.

Son una amenaza incluso para los exorcistas de primera clase.

DEMONIOS DE NIVEL VI, también conocidos como duques

Los duques son los demonios más poderosos. Pueden poseer fácilmente a los humanos y destruir a su antojo gracias a su dominio innato de la poderosa magia elemental. Pueden permanecer ocultos durante un tiempo cuando poseen a los humanos, pero su magia es demasiado poderosa y los cuerpos humanos no la contienen durante mucho tiempo. Cada uno de ellos ha sido nombrado y catalogado por el Vaticano.

Solo los exorcistas de primera clase tienen alguna posibilidad de sobrevivir al enfrentamiento con un duque.

No obstante, no se puede confiar en la supervivencia y el Sacro Imperio Vaticano te agradece tu vida y tu muerte.

PRÓLOGO

Baliel sintió el peso de un mundo que no era el suyo antes de tener ojos con los que ver. Se envolvía a su alrededor y ahogaba su luz. El mundo era oscuro. Era de noche. Movió los hombros a modo de prueba. La piel estaba demasiado tensa. Se estiraba y se rasgaba. Las hebras de la carne se deshacían antes de que su magia las cosiera de nuevo sobre las alas de los omóplatos. Los músculos y los tendones también se rasgaban y sanaban en cuestión de segundos.

El cristal empañado de un espejo reflejaba una imagen que Baliel no reconocía. Al darse la vuelta, examinó el frágil armazón que lo albergaba.

Aún era hermoso, su esencia esculpía los huesos para adaptarse mejor a sus necesidades. Pero, al hacerlo, lo corrompía.

Mientras observaba, el violento azul de sus ojos le quemó las cuencas hasta ennegrecerlas.

«Esto tendrá que valer», pensó, curvando los dedos que se alargaban ante su abrumadora esencia. Se le partió la piel de los nudillos y frunció el labio con desdén. Un elíseo como él no solía encajar del todo bien en un armazón humano. A excepción, quizá, de los nacidos con sangre elísea en las venas. A lo sumo, incluso la sangre de los kairós serviría.

Al fin y al cabo, los humanos los llamaban a todos «demonios» por igual.

El aire frío le rozaba las extremidades desnudas cuando salió a la calle y puso rumbo a la iglesia de piedra construida en la ladera de la montaña. Sobresalía con la cabeza y los hombros por encima de los humanos que correteaban como ratas en las sombras.

Un torbellino de polvo blanco y helado danzaba a su alrededor.

«Nieve», le dijo su memoria.

Tanteó la palabra. Solo el rasguño ceniciento en los bordes insinuaba la rotura de las cuerdas vocales. Este cuerpo no le iba a durar.

Baliel chasqueó los dedos, hizo desaparecer la ventisca y con su magia arrasó la calle. Entonces estalló su esencia, que alcanzó las nubes turbulentas con una llamarada cerúlea. Todo cuanto quedó de la calle adoquinada fueron unas barras de carbón que se elevaban hacia el cielo como si fueran un bosque calcinado y chamuscado.

Observó la carnicería con el ceño fruncido.

Tendría que andarse con más cuidado, porque aquel armazón apenas lo contenía ya.

CAPÍTULO UNO

Dios creó al hombre y al demonio.

El demonio crucificó a Dios.

El hombre abandonó a Dios.

Y un dogma más que solo el Vaticano conocía:

El hombre hizo suya la magia impía de los demonios.

Selene Alleva se pasó el filo de la espada por las tenues venas azules del brazo y se detuvo cuando encontró el símbolo tallado en sus huesos. «Devorar». Vaciló. Su magia era el enemigo y la hacía sangrar con cada exorcismo. Si solo fuera el miedo al dolor, o tal vez algún principio mal entendido, lo que la hiciera dudar, podría superarlo.

El dolor ya no le daba miedo; se había familiarizado con él durante los años de formación en el Vaticano.

«Dio Immortale», juró. Esa noche había cometido errores. Si hubiera actuado de otra manera, ahora no estaría en esa situación, dispuesta a desangrarse por el poder mientras la envolvía el olor a podredumbre y moho. Y el olor metálico de la sangre por debajo de todo. No tendría que haber bajado la guardia.

La amenaza de la nieve impregnaba el aire. Selene temblaba, pero no porque el frío de la noche la rozara como un cuchillo por la columna vertebral. Notaba la ola de magia demoníaca desde los caninos hasta las profundidades del cráneo.

Había más de un demonio.

Sabían a violencia, a labio partido. Ligeramente a hierro y a podredumbre.

—¿Capitana Alleva?

Selene hizo callar a su subordinado con una mirada. Ambrose Zurzulo no era lo bastante perspicaz para sentir la magia corrupta, y ella no tenía paciencia para aquella falta de talento innato. Echó un vistazo al metal con runas talladas que llevaba en las manos. Puños americanos. ¿En serio? Sin embargo, el tipo estaba demasiado absorto en su propia magnificencia como para percatarse de su desdén.

No tenía ni idea de por qué alguien se decidiría por un combate a tan corta distancia y dejaría que un demonio se le aproximara tanto.

—Estamos cerca. En marcha. —Guio a su equipo por un tramo de escaleras poco pronunciado, persiguiendo el frío influjo de la magia demoníaca hasta un edificio de estuco en ruinas al final de la calle. Parecía abandonado, pero no lo estaba. Dos. No, tres. Quizá más. Una infestación de este tamaño no era algo inaudito en el corazón de Roma, pero sí era inusual encontrarla tan cerca del Vaticano.

Los recompensaría con acero por las molestias.

Selene se detuvo en seco, apartándose de las ventanas, flanqueada por Ambrose y Benedetta. Ambos eran nuevos miembros de su equipo y, aunque Benedetta Fiore había estado en el mismo curso que ella en la Academia, nunca habían sido amigas. No era lo más idóneo que hoy fuera la primera oportunidad que tenía de verlos en acción.

Ambrose estiró los dedos y se crujió los nudillos.

—Yo iré primero —dijo, y empezó a boxear en la sombra.

«No, no es nada idóneo».

Sin embargo, ella no tenía voz ni voto en el asunto. Sus superiores se habían pronunciado, y si algo caracterizaba al Vaticano era su estricta jerarquía.

—Va a ser que no —dijo Selene con una voz peligrosamente suave—. No mires siquiera a un demonio a los ojos sin que yo te lo ordene. —Contó con los dedos—. Obedece. Impresióname. Sobrevive. En ese orden. Es bastante simple.

«Incluso para ti».

Miró fijamente a Benedetta.

—No te separes de Zurzulo. Él te protegerá.

Ambrose asintió con la cabeza y el nudo de preocupación en el pecho se le aflojó. Solo un poco.

—¿Y tú qué? —preguntó Benedetta.

Selene la miró de frente.

—Yo también te protegeré.

Benedetta parpadeó con los ojos muy abiertos y esbozó una sonrisa radiante.

—Ya, eso ya lo sé. Me refería a quién te va a proteger a ti.

Selene no pensó que hiciera falta responderle.

Una figura alta dobló la esquina.

—Oh, capitana, mi capitana —farfulló Caterina Altamura, y tiró al suelo un cigarrillo aún encendido—. Relájate. Ya ha llegado la caballería.

Selene dejó al fin que una pequeña sonrisa se dibujara en sus labios.

Caterina, artificiera de armas como Ambrose, era tan hábil como indisciplinada.

De repente, una segunda figura salió de la oscuridad detrás de Caterina.

Lucia Scavo levantó la barbilla puntiaguda hacia la brisa y giró su hermoso rostro en forma de corazón como si olfateara el aire. Su sensibilidad a la magia demoníaca era de sobra conocida en el Vaticano, y Selene confiaba en los instintos de ella casi tanto como en los suyos propios.

Selene también había aguzado sus sentidos. Su poder iba siempre con ella, lo llevaba en la sangre. Pero ahora, cerca de los demonios, era más fuerte. Miró a Lucia.

—No siento nada por encima de un nivel dos.

La hermana de la medicina asintió, con las mejillas enrojecidas por el frío.

—Y no más de cinco. Todos de bajo nivel.

El Vaticano clasificaba a los demonios en una escala de seis puntos. Hoy en día, los malditos y los necrófagos salían a menudo. Eran de un nivel bajo y, por lo tanto, presentaban una dificultad baja, pero tenían un potencial elevado de causar daños colaterales. Lo suficiente para obligar al Vaticano a responder rápidamente. Y con sumo empeño.

Ambrose hizo girar un disco hexagonal que brillaba bajo la tenue luz de la farola, y Selene lo atrapó en el aire.

Frunció el ceño.

—¿Tienes idea de qué es esto?

El fajador se metió las manos en los bolsillos.

—Me lo encontré.

—¿Dónde?

Este se encogió de hombros.

Selene lo giró entre los dedos para echarle un vistazo. Tenía el sello del Dios Inmortal. Una moneda de protección. Una de las muchas que estaban escondidas en las estatuas de Roma, cuya poderosa magia se conjuraba para repeler a los demonios. Lo que planteaba la pregunta: ¿por qué la tenía Ambrose?

La voz de Lucia irrumpió en sus pensamientos con una vacilación inusual.

—Noto… un engendro, creo.

Benedetta palideció al oírlo y se tocó la frente, la garganta y el centro del pecho a modo de rápida oración. Selene no necesitaba más confirmación de que Benedetta estaba muy fuera de lugar enfrentándose a demonios en el campo de batalla.

—Ahórrate las plegarias —dijo Selene con frialdad—. No hace falta que invoques a Dios para un nivel tres.

Caterina intentó disimular una sonrisa y Lucia sonrió abiertamente.

Sin hacerles caso, Selene se guardó la moneda en el bolsillo y se dirigió al edificio. La fachada de estuco descascarillado parecía más anaranjada que rosa bajo el resplandor de las farolas, pero ella prestaba más atención a las presencias del interior. Latían débilmente, como mariposas atrapadas en un puño. Pronto las aplastaría con la misma facilidad. A pesar de su aplomo, el malestar se le arremolinaba en el pecho. Algo no encajaba.

Caterina se hizo un corte en el pulgar y presionó el dedo contra el sello de su ametralladora Gatling. Unos brillantes filamentos de energía recorrieron los seis cañones del arma a medida que su sangre liberaba todo su potencial.

Los cinco se separaron y registraron en silencio los apartamentos de la planta baja antes de subir al siguiente piso. Selene siguió a Ambrose y Benedetta sin perderlos de vista. No hacía falta que les dijera a Caterina y Lucia lo que tenían que hacer: habían subido de rango dos años antes que ella en la Academia y habían conformado un equipo eficaz mucho antes de que ella fuera su comandante. Respetaba su destreza. Pero no confiaba en los otros dos.

Se había opuesto enérgicamente a que Benedetta participara en esta misión, pero no había podido evitarlo. Dos sanadores, habían dicho. Así que acató la orden.

Un demonio maldito, humeante y de apariencia ligeramente reptiliana se deslizó desde las sombras y se extendió hacia Ambrose. Nivel uno. Selene lo atravesó antes de que Ambrose se diera cuenta siquiera, apartando las sombras pegajosas de su espada. Se dio la vuelta en el centro de la habitación y enfundó el arma.

Detrás de ella se oyó un estruendo cuando un necrófago salió arrastrándose de un montacargas destartalado, enseñando hileras de dientes afilados en una boca horriblemente ancha. Nivel dos. Lo distinguía porque apenas percibía un mínimo rastro de su poder. Se había alojado en un cadáver en descomposición avanzada y lo había corrompido con su magia. Benedetta retrocedió, pero Ambrose avanzó con paso firme. En sus ojos brillaba el fuego de un subordinado deseoso de demostrar su valía.

Selene extendió un brazo para detenerlo.

—¡Espera!

Pero Ambrose lanzó un grito de guerra y se preparó para dar un puñetazo que le arrancara la cabeza al demonio.

El demonio era sorprendentemente rápido. Abrió sus terribles fauces y se tragó el brazo de Ambrose hasta el codo. El grito de este le rebotó en el interior de las costillas.

—¡Capitana! —suplicó Ambrose, con el brazo y los dichosos puños americanos hundidos en la garganta del demonio. El tiempo se ralentizó mientras observaba sus ojos: ahora eran negros por la dilatación de las pupilas y la desesperación. «Sálvame», decían. «Sálvame, por favor».

El brazo era recuperable, pero su estupidez era terminal.

En un abrir y cerrar de ojos, tenía el cuchillo preparado sobre la piel y el hueso; el filo estaba sobre el símbolo de devorar. Dudó. Activar su magia devoraría otro pedazo de su alma. Si no tenía cuidado, pronto no le quedaría nada. Unos dedos fríos le acariciaron la columna vertebral ante aquel pensamiento intrusivo. Apartó la hoja de su piel.

«Lo siento, Ambrose».

Una sola gotita de su magia valía más que una extremidad. Por eso sacrificó el brazo de él en aras de su ambición. Había otros demonios mucho más poderosos que matar y ella no sabía cuánta alma le quedaba.

Le dio la vuelta al cuchillo, lo enfundó y se apuntó al muslo con el arma en el mismo movimiento sinuoso. Ambrose abrió mucho los ojos cuando Selene decidió, como tantas otras veces, luchar y condenar valiéndose de metal candente y una hoja. Su primera bala le arrancó el brazo por el hombro. Selene se acercó más y disparó una y otra vez hasta que el demonio se quedó inmóvil. Lo empujó con la bota y arrugó la nariz, asqueada. Estaba más muerto que muerto. Pero aún no lo suficiente.

Se planteó la idea de volver a dispararle.

Sin embargo, al final se dio la vuelta, parpadeando con las pestañas ensangrentadas. Benedetta se arrodilló junto a Ambrose y le aplicó un torniquete en el brazo.

Mientras Ambrose gimoteaba de forma lastimera, Selene pensó en el dogma final tácito de su religión. El hombre hizo suya la magia impía de los demonios.

Un secreto. Aunque quizá no el más peligroso. Uno que solo conocen unos pocos elegidos que se graduaron en la Academia Militar de élite del Vaticano. Los demonios les habían dado los medios para contraatacar. A regañadientes. Con amargura, tal vez.

Ante sus continuos lloriqueos, Selene señaló al fajador.

—Hazlo callar.

Mordiéndose el labio inferior, Benedetta le tocó la frente con dos dedos y él dejó de sentir dolor. Ya en silencio, Ambrose miró a Selene por encima del hombro de Benedetta y el odio ocupó el lugar del dolor.

Selene se agachó frente a él.

—Te conseguiremos otro brazo, uno de acero, como tus puños americanos.

Benedetta volvió a prestar atención al demonio. Tras remeterse el cabello rubio y fino bajo el hábito, sacó unos viales para recoger sangre y fluidos. Dudó ante el desastre que Selene había hecho con el cráneo del demonio antes de extraer delicadamente un diente para analizarlo después.

Selene agudizó sus sentidos mientras daba vueltas por la habitación, atenta a la más mínima perturbación de la magia demoníaca. Nada. Satisfecha, siguió el murmullo de voces por el pasillo mientras Caterina y Lucia comparaban notas sobre sus víctimas. Llegó a la puerta justo a tiempo para ver cómo Caterina apuntaba con su arma secundaria, una escopeta, y disparaba a un demonio al otro lado de la estancia. La bala estalló al impactar.

Cuando se desvaneció el rastro del demonio, sintió otro.

Se giró y buscó en los rincones oscuros. En algún lugar cercano aguardaba otro demonio. Hurgaba en sus sentidos como una araña jugando con los hilos de su propia telaraña, extrayéndole información. Más de la que ella le extraía a él. Selene siseó y desenfundó la pistola. Demasiado lenta. Un demonio atravesó el tragaluz de plomo sobre la puerta al otro lado del pasillo. Se había introducido en el cuerpo de una niña pequeña. Unos intensos ojos azules como los de una muñeca brillaban con encanto entre una cabellera oscura. Tenía los codos doblados de forma antinatural mientras se deslizaba por el techo y desaparecía en la penumbra del pasillo.

Un nivel cuatro.

En principio, Caterina y Lucia habían despejado ya ese lado, pero obviamente la habían cagado. Y ella había bajado la guardia. ¿Cómo no había sentido a un noble? Atravesando telarañas blanquecinas, llegó a la sala principal medio segundo después que el demonio. Al ser portado por la esencia de una cría, se extinguiría pronto. Cuando su poder comenzara a menguar, buscaría otro cuerpo para consumirlo desde dentro. «Es un parásito».

Y ya tenía a Benedetta acorralada.

Selene fijó la mirada en los ojos azules de la niña. «No, mierda, no te distraigas. La cría ya no está ahí». El aviso sonaba vacío.

Proyectando calma, Selene movió un dedo. Adelante.

Benedetta se acercó con paso tranquilo hacia la puerta más cercana.

—Vaya, hola —dijo Selene como si tal cosa.

—Exorcista —siseó la criatura, curvando la lengua sobre la mejilla muerta.

Tenía que seguir atrayendo la atención del demonio.

—Me asombra que hayas conseguido llegar tan lejos en Roma sin que te detecten. Es toda una hazaña. Debes de ser muy poderoso.

El demonio se hinchió de orgullo.

—Seré más poderoso contigo. Será un placer poseer tu cuerpo. Todos mis caprichos estarán al alcance de nuestras manos. —Se echó los dedos hacia atrás, haciendo crujir la piel y los tendones.

Selene asintió, sagaz.

—Ah, sí. Ese tipo de imágenes mentales me encantan.

El demonio pestañeó con esos ojos de párpado doble y ladeó la cabeza.

—¿En serio?

Ella enarcó un poco más las cejas. Vaya, el noble era un fanático de la literalidad.

Benedetta estaba a punto de salir sin que la viera cuando pisó un cristal con la bota.

El demonio giró la cabeza hacia ella. Selene corrió para interponerse cuando el demonio se abalanzó sobre Benedetta, pero era increíblemente rápido, incluso a pesar de que la piel de los dedos se le empezaba a rajar. La mandíbula se le desprendió al lanzarse a por ella y se le desgarraron las mejillas al morder la yugular de Benedetta.

«¡No!».

Benedetta cayó de rodillas.

Selene avanzó dando tumbos, apuntó y apretó el gatillo. Las balas destrozaron una lámpara cubierta de telarañas mientras el demonio se escabullía emitiendo un sonido extraño. Una risa.

Se estaba riendo.

Impulsada por una rabia ciega, Selene lo siguió y lo hizo retroceder. Agarró la espada que llevaba a la espalda, alcanzó al demonio en el preciso instante en que iba a sortear la segunda lámpara y le cortó las piernas por la rodilla.

Un grito de dolor le taladró los tímpanos y el mundo se llenó de un silencio absoluto. Al otro lado de la habitación, Ambrose se llevaba la palma de la mano que le quedaba a una oreja sangrante.

Selene dejó de lado su propio dolor.

—¡Sal de aquí!

Él obedeció al tiempo que la criatura aterrizaba en el suelo, moviéndose como podía.

Selene lo inmovilizó con la espada y separó bien las piernas a ambos lados para sujetarle las garras. El demonio se retorcía dentro de aquel cuerpo pequeño pero poderoso. El ente podía aplastar el cráneo de un hombre con dos dedos, pero ella tenía mucha más fuerza. Selene se inclinó para mirar esos ominosos ojos azules y le enseñó los dientes.

Pensaba hacerle sufrir por lo que le había hecho a Benedetta.

El demonio se lanzó hacia ella y chasqueó los dientes frente a su rostro. Selene le dio un puñetazo. Y otro. Y uno más. Él esquivó el tercero y, con el puño, Selene partió la piedra. El dolor le estalló por detrás de los ojos cuando flexionó los dedos.

El demonio se calmó y ella sacó su cuchillo. Lo mejor era acabar con aquello cuanto antes. «Vamos a por el exorcismo», pensó, con un dolor detrás de las costillas que conocía bien. «Antes de que muera nadie más».

Y así, con el cuchillo que no había usado para salvarle el brazo a Ambrose, talló los símbolos.

«Devorar. Regresar. Dientes. Quemar».

Cuando su sangre entró en contacto con el aire, la criatura empezó a desprender humo, a retorcerse y a arremeter como una víbora. Los símbolos que Selene había tallado en el hueso resplandecían como si estuvieran llenos de metal fundido. Su magia podía arrasar una manzana entera de la ciudad si quisiera. Toda Roma, quizá.

Y en ese suspiro de magia mal empleada, estaría peor que muerta y sería un monstruo en más de un sentido.

De pronto, volvió a oír y a ver con claridad, y la noche se convirtió en una tarde de verano. Solo el demonio que había debajo de ella permanecía en la penumbra. Era una supernova retorcida de energía desenfrenada. Eso era poder.

Sentía todo lo que se movía en el edificio de apartamentos. Incluso podía oír el latido tembloroso de un ratón escondido e inmóvil dentro de la pared.

Como si el tiempo se hubiera ralentizado, podía contar cada pestaña y cada peca del rostro robado del demonio mientras apoyaba una palma en su frente. La criatura arremetió otra vez y se le alargaron los dientes. Luego desapareció en una explosión de luz tan intensa que casi la cegó.

Parpadeando para que desaparecieran los puntitos de su vista, Selene se acercó a Benedetta. El cabello rubio le rodeaba la cabeza como si fuera un halo, que poco a poco se fue tiñendo de carmesí. Horrible, incluso para la Macellaia di Roma. La Carnicera de Roma.

—Lo siento —susurró Selene, cerrando los ojos de la sanadora.

Una corriente de aire levantó el polvo del parquet opaco y acarició el pelo oscuro de Caterina sobre su mejilla, allí donde la cicatriz plateada devoraba la piel lisa de un lado de su rostro.

—Ese era de nivel cuatro —dijo Caterina en tono acusador, colocándose la escopeta en el hombro.

Selene le hizo un ademán para que no se le acercara.

—Ya lo sé. No lo he notado. —Se volvió hacia Lucia, cuyo hábito blanco estaba ahora salpicado de sangre y vísceras—. Y tú tampoco. Pensaba que esto se te daba bien.

Ella se encogió de hombros.

—Todos cometemos errores.

Selene señaló con el dedo el lugar donde yacía el cadáver de Benedetta.

—Eso se lo dices a ella.

Caterina se interpuso entre las dos.

—Se ha disculpado.

—No es verdad —farfulló Selene, mientras se movía por la habitación—. Y no hace falta que te diga que Lucia no ha sido la única que ha metido la pata esta noche.

Caterina frunció el ceño, pero no replicó.

—El próximo encargo regional será todo vuestro. Salid de Roma durante un tiempo y disfrutad de la tranquilidad.

A lo lejos, Ave María, una de las seis campanas del Vaticano, sonó un instante antes que las demás. Selene giró la muñeca y miró el reloj. «Tarde. Maldita sea».

Giró sobre sus talones y las dejó a cargo de la limpieza. Su expresión pasó de enfadada a contemplativa.

Si ella hubiera sido la única en equivocarse… En fin, eso era una cosa. Pero Lucia también había subestimado la fuerza y el número de enemigos. Era algo inusual, porque ella era la más perceptiva de todo el Vaticano. Se le hizo un nudo en el estómago. Lo inusual no era nada bueno tratándose de demonios.

Lo inusual significaba que algo había cambiado.

Y que la muerte seguramente vendría después.

CAPÍTULO DOS

Una página de periódico rodaba sobre el barro congelado del campo de batalla; era una silueta oscura en un horizonte manchado de sangre. Jules Lacroix parpadeó. No, no era sangre. La sangre nunca permanecía en esa tonalidad tan agresiva durante mucho tiempo. Esa intensidad particular era propia del sol naciente. Soltó un largo suspiro. La noche eterna estaba a punto de terminar. «Alabado sea el Dios Inmortal».

El periódico se enganchó en un rollo de alambre de espino y ondeó al viento. Como si aún no estuviera dispuesto a librarse de la muerte inminente, Jules se levantó y se quitó el rocío helado de los hombros. «¿Qué noticias habrá de Roma?».

Mirando el periódico desgastado, se arrastró por el borde de la trinchera y hurgó en el barro para alcanzarlo. Haciendo caso omiso de los gritos agonizantes, cogió el periódico y se arrastró de vuelta a su escondrijo justo cuando los disparos se hundían en el barro. Sonrió y se deslizó por el muro mientras se sentaba sobre las piernas, agotado.

Alguien le dio una patada en la bota.

—Puto loco.

«Sí, ¿y?». Jules se extendió el periódico sobre las rodillas, manchándose de barro y tinta.

La mayor parte de los soldados que estaban en la trinchera con él eran nuevos, tan novatos que aún conservaban las redondeces propias de la infancia. Todavía recordaban el sabor de los cruasanes, el aroma de la nieve inmaculada por la pólvora y la sangre. Recordaban lo que era cerrar los ojos sin ver la muerte grabada en el interior de los párpados. No conocía a ninguno de ellos por su nombre. A ninguno. Y tampoco se iba a molestar en aprendérselo. No cuando morirían como todos los demás.

Jules se fijó en la gran fuente del titular: ROMA LLORA SANGRE. Esbozó una ligera sonrisa, ya que sabía que el titular no trataba sobre la guerra. Su sangre no contaba. Era evidente que algún exorcista había dejado un rastro de carnicería a su paso, otra vez. Pasaba con frecuencia. Los demonios eran duros de roer. Lo sabía mejor que nadie.

Los demonios más poderosos podían matar a todo un regimiento de una tacada y sin ayuda. Los que jugaban con el fuego o el viento o los que hablaban con lo salvaje. Los que controlaban el hielo. Podía contar con los dedos de una mano el número de veces que había tenido un demonio como ese a menos de cien kilómetros. De lo contrario, no estaría vivo.

Con dedos temblorosos, sacó una lata de pitillos negros y se metió uno entre los labios, pero las cerillas estaban empapadas y no prendían.

—Mierda.

Entrecerró los ojos para ver la fecha: 6 de enero. Hoy cumplía diecinueve años. Hacía cuatro años del día en el que el orfanato de Niza le había dado la patada una hora antes del amanecer. Tenía tan solo quince años. Esa prometedora edad en la que a los chicos franceses sin familia y con menos perspectivas se los enviaba a la guerra.

La gobernanta lo había sacado a rastras por la oreja.

—Fuera de aquí, espinita. ¡Quince años y eres un hombre en todos los sentidos menos en los que importan! Ahora, por lo menos, podrás cambiar eso.

Y eso había hecho.

Se guardó la lata de cigarrillos mientras ojeaba la página.

Gazette de France


ROMA LLORA SANGRE


Vigilia por los desaparecidos mientras el Vaticano se enfrenta a un aumento de la actividad demoníaca. El departamento del exorcista primus se ha negado a hacer declaraciones sobre los recientes conflictos entre sus exorcistas y los demonios.
  Las noticias procedentes de la gran capital del Sacro Imperio Vaticano son, en el mejor de los casos, poco claras, pero desde el departamento del Imperium Bellum se ha informado de manera extraoficial de que «no hay ningún motivo de alarma». Algunos informes no verificados desmienten estas afirmaciones: en ellos se recoge el testimonio de testigos que declaran que numerosos demonios de nivel bajo llevan aterrorizando Roma las últimas semanas, lo que está provocando un aumento del número de víctimas mortales que todavía no se ha confirmado.
  En vista de esto, debemos preguntarnos qué hay que hacer. ¿Puede Roma sobrevivir a semejante adversidad?
  Persisten los rumores acerca del traslado de la capital mientras otro éxodo arrasa a la población…


Roma. El Sacro Imperio Vaticano era una bestia voraz que engullía a toda Europa. Ahora incluso los orgullosos periódicos franceses gastaban tinta en especulaciones constantes sobre la capital, donde el Dios Inmortal residía en Sus iglesias con campanarios, que se habían vuelto afiladas y oscuras, y cuyos chapiteles de piedra se elevaban hacia el cielo mientras los exorcistas construían sus defensas. Todo para proteger a su Dios de los demonios que querían demostrar que ser inmortal no era un estado permanente, sino una simple ilusión.

Se planteó tirar el periódico en el lodo que tenía bajo los pies, pero se lo pensó mejor y se lo guardó en el bolsillo.

—Jules, levántate de ahí. Has acabado.

Se agarró a la tabla de madera áspera de la trinchera y notó que las astillas se le clavaban en la mano, lo que le sirvió como prueba de que estaba vivo mientras se erguía y se colocaba frente a frente con su superior. La escarcha le cubría las pestañas y las cejas, y hasta la barba incipiente, puesto que se había afeitado el día anterior. El frío le calaba hasta los huesos. Y así había sido durante cuatro años, desde que comenzó a merodear por la tierra de nadie a las afueras de Ostrava con el resto de su regimiento.

Apenas recordaba lo que era sentir calor.

—Sargento…

—Cabo Lacroix, no era una petición.

Jules suspiró mientras se metía las manos en los bolsillos.

—¿Hace cuánto que no duermes? ¿Hace cuánto que no comes?

Jules sacudió la cabeza, incapaz de responder a ninguna de las preguntas.

—Farah…

—Mi nombre no es una respuesta, cabo. Pareces medio muerto. —La firme línea entre sus cejas se profundizó y supo lo que estaba pensando: «Más que medio muerto».

Jules apretó los labios a la vez que miraba a algún lugar por detrás de su oreja. Tenía razón. Y a lo mejor debería estarlo. Muerto con el resto de su regimiento.

Farah chasqueó los dedos delante de su cara, lo que hizo que su mente divagante volviese al presente. La preocupación se hacía visible en sus ojos y, por primera vez, pensó que quizá no le faltaba razón al preocuparse. Mientras la seguía de vuelta por las trincheras hacia el campamento principal, situado al abrigo de la debilitada muralla de piedra de Ostrava, se tambaleó. El hambre no era algo nuevo, ni mucho menos, pero se le había instalado un dolor sordo bajo las costillas.

Farah lo agarró y lo sujetó bajo el brazo.

—Maldita sea, Lacroix. Morirte de hambre no nos dará la victoria.

—Había que intentarlo. —Esbozó una leve sonrisa.

La mujer negó con la cabeza; la frustración le oscurecía la mirada. Tenía apenas unos años más que Jules —no llegaba a los veinticinco— y el plateado empezaba a asomar en el dorado de sus sienes. A diferencia de él, ella se había ofrecido como voluntaria para esto, se había formado para esto. Y, aun así, la guerra los había engullido a todos.

—Jules, tienes que cuidarte. Eres el último de mis primeros hombres. No me hagas seguir adelante sola. —Farah apartó la vista y miró hacia el barro helado. Después de unos instantes, añadió con el tono entrecortado típico de un superior—: Además, Roma no se puede permitir perderte.

Mientras Farah dirigía a Jules por el sendero más alejado de las trincheras más sombrías del frente, Jules reconoció algunas caras. Lo observaban con cautela, asintiendo cuando cruzaban miradas con él. Podía regresar ahí también, con más calor y más seco que los novatos del frente.

«Lacroix, ¿cuántas muertes? ¿Llegan a cien, Lacroix? ¿Doscientas? ¿Más?».

Jules los oía como si le gritaran y apartó la mirada. Doscientos demonios muertos sería algo digno de admirar, claro, pero nada más lejos de la realidad. Tenía las manos oscuras por la sangre. Sin embargo, la peor parte era lo intrínseco que le parecía. La fuerza de su cuerpo. El ansia de matar. Ser excelente de verdad en algo. Cuando solo estaba él con una espada en la mano, el mundo dejaba de existir y sus elecciones eran mucho más sencillas.

Vivir o morir.

Luchar o morir.

Matar o morir.

Y se le daba muy bien. A veces incluso detestaba lo bueno que era.

Jules se tiró de la manga de forma distraída. Innumerables cicatrices blancas se extendían en hileras ordenadas más allá de los codos. Sentía que lo miraban y se bajó el puño de la camisa para esconderlas.

El olor a ozono de una tormenta distante hizo que le picase la nariz. Inclinó la cabeza y cerró los ojos un instante. Una tormenta espesaba el aire y lo llenaba de un crujido amenazante. El rojo sangre del amanecer se había diluido en un amarillo pálido como la orina y, cuando entrecerró los ojos al ver salir el sol, divisó las nubes de tormenta que se acumulaban más allá de lo que le alcanzaba la vista.

Estuvo a punto de chocar con Farah mientras se estiraba la manga otra vez.

—Entra —le ordenó mientras abría la puerta de lona de la tienda. No se le escapó el gesto de Jules.

—Farah…

—Sargento Bachelet.

Jules puso los ojos en blanco y se agachó por debajo de su brazo, ignorando los silbidos, que cesaron bruscamente cuando Farah miró con dureza a los culpables. Tras cerrar la puerta para tener algo de intimidad, puso una tetera a hervir.

—Quítate la ropa. Voy a quemarla. Apesta a ojete de demonio muerto.

—¿Tantas ganas tienes de verme desnudo, Farah? Esta es la única camisa que tengo.

—No, no lo es. —Le señaló su jergón, sobre el que había un montón ordenado de ropa: mudas limpias de su uniforme habitual—. Ha llegado un cargamento de Roma. Me aseguré de conseguirte ropa.

Jules enarcó una ceja.

—El Vaticano se las ha arreglado para asignarnos algunos fondos, ¿eh?

—Al parecer, un exorcista anda por Roma casi desnudo.

—Pobrecito. Y sin ropa de abrigo. Debe de ser duro.

—Terrible.

—Nacer solo con un pan debajo del brazo…

—Cuidado. Casi pareces resentido.

Jules se rio y la tensión fue desapareciendo de sus hombros.

—Sé lo que hacen por nosotros. —Se levantó la camisa y se pasó el pulgar por el sello del Vaticano grabado en cada botón—. Pero ¿tan importante es que muramos marcados como propiedad del Vaticano?

A Farah se le curvó la comisura de los labios mientras echaba el café molido en un filtro, pero era demasiado como para mostrar su acuerdo de una forma más evidente.

El Vaticano, donde el culto al Dios Inmortal había penetrado en los huesos de todo lo que había existido antes, y epicentro del asalto milenario de los demonios contra Dios.

Tanto si eras un soldado raso como un exorcista en Roma, sabías que hace doscientos años Dios había intercedido para defender la ciudad sagrada y a su pueblo. Con el humo que encapotaba el cielo y unas llamas que devoraban la ciudad, Él se había presentado en forma humana para luchar por ellos. En una lucha titánica en el corazón de la antigua Ciudad del Vaticano, un demonio lo había empalado, pero no antes de que Dios le hubiese asestado Su propio golpe mortal.

Y así Dios había escogido el Vaticano como el lugar en el que Su cuerpo descansaría para la eternidad en un estado de inmortalidad permanente.

O por lo menos así lo afirmaba el dogma.

Las gruesas paredes de lona serpenteaban y una corriente helada le arañaba los tobillos. Como tampoco hacía más calor ahí dentro, Jules se quitó la camisa para lavarse con el agua tibia de la palangana.

Notó que Farah estaba cerca de su hombro cuando se colocó detrás de él. Ella se remangó como si fuese parte de un ritual, acercó la muñeca a la suya y le enseñó las cicatrices de guerra.

Jules sonrió al reflejo de la mujer en el espejito e inclinó el antebrazo para que ella pudiera ver la nueva ristra de marcas. Farah leyó las cicatrices plateadas de su piel como si fuesen palabras en una lengua olvidada. Una lengua propia que contaba las historias de los demonios que Jules había matado en unos trazos cada vez más largos.

A la sargento se le ensombreció el rostro.

—Son muchas —dijo, refiriéndose a las líneas horizontales que marcaban sus muertes.

Por cada demonio que él mataba, perdían a dos o tres de los suyos. A veces más.

Solo Farah y él seguían grabándose los muertos en la piel. Jules no estaba seguro de cómo había empezado. Solo sabía que no podía parar.

El embriagador aroma del café inundó la tienda, pero Jules aún olía la promesa de una tormenta violenta. Abrió la puerta de la tienda y cruzó los brazos sobre el pecho desnudo mientras se inclinaba contra el poste, mirando más allá del campamento hacia el bosque. El frente se extendía un kilómetro y medio en ambas direcciones. Quizá más. No lo sabía a ciencia cierta, solo era un soldado. Más allá de los árboles, una acumulación de nubes oscurecía el horizonte.

Farah le dio una taza y este la cogió con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —le preguntó ella.

—Huele a tormenta.

Farah enarcó una ceja.

—¿Eres un perro?

Jules le lanzó una mirada seria y ella se rio.

Dejó en el suelo la taza de la que todavía no había bebido para poder tirarse de la camisa, con unos dedos torpes al cambiar los botones metálicos del cuello de la vieja —que apestaba de verdad; Farah tenía razón— a la nueva. Mientras se ponía la chaqueta, una sensación de inquietud comenzó a fraguársele en el estómago. La noche había sido tranquila. Se había mantenido despierto en todo momento, esperando un ataque, pero no había ocurrido nada. Esa inquietud debía de ser fruto de los efectos residuales del agotamiento y el hambre. Y, aun así, no podía relajarse.

—Jules, come algo. Es una orden.

—Algo va mal…

—Siéntate…

El aguacero bramó como si fuera un monzón y la lluvia empezó a azotar la tienda con fuerza. Se oyeron algunos gritos de sorpresa en el exterior ante la repentina lluvia torrencial. Jules echó la cabeza hacia atrás, miró el techo de la tienda y esperó. Cuando notó la electricidad en el aire, se le erizó el vello de la nuca.

—Algo no va bien.

Farah asintió con un semblante serio mientras agarraba su cartuchera. Jules cogió su espada y la desenvainó para contar los sigilos de la parte plana. La había forjado el Vaticano y solo sobreviviría cincuenta muertes. Un sigilo por cada diez, y aún le quedaban tres. Los otros dos, quemados y ennegrecidos, indicaban que su espada estaba medio gastada.

Tendría que valer.

La horda de demonios de la Federación del Caspio había llegado.

CAPÍTULO TRES

Cuando Selene salió a la calle, había oscurecido por completo. Los copos de nieve se posaban en sus hombros y se derretían al instante. Se quitó uno de la nariz con la manga mientras caminaba hacia la luz dorada de los faroles de gas a lo largo de la calle principal.

—Selene Alleva.

Selene torció el labio. Mientras bajaba la mano, se cruzó con la mirada de Florentina.

Podía decir muchas cosas buenas de Florentina Altieri, pero, en el fondo, era su competencia. Habían estado en el mismo curso en la Academia, y Florentina nunca la dejaba ganar fácilmente. En ese momento, estaba apoyada contra un poste con filigrana de tal manera que parecía relajada y, al mismo tiempo, dispuesta a destripar a quien fuera. Llevaba el pelo recogido en una coleta trigueña que le caía sobre un hombro y que brillaba tanto como los botones dorados de su uniforme. A ambos lados había un par de artificieros que Selene no conocía.

—Florentina, ¿al final te graduaste?

Florentina se echó a reír, aunque fue un sonido desprovisto de humor.

—Dímelo tú. Estabas allí.

—Se me habrá olvidado —dijo Selene con cierta indiferencia—. Estaba demasiado ocupada siendo la primera de la clase.

—Capitana, por favor. —El quejido característico de Lucia interrumpió lo que fuera que quisiera responder Florentina—. No me mandes a las regiones. Me aburriré como una ostra. Y detesto aburrirme. —A Florentina se le iluminaron los ojos oscuros por el interés.

Lucia no iba a acatar el castigo sin protestar, estaba claro. Selene se frotó un dedo entre las cejas fruncidas. Culpa suya.

—Ya lo hablaremos después.

Caterina seguía de cerca a Lucia, con el rifle colgado del hombro.

—Me voy a pasar semanas oyendo quejas… —Al ver a Florentina, Caterina se irguió y se colocó a la derecha de Selene—. Lo siento, teniente Altieri, has llegado demasiado tarde a la batalla.

—Hemos matado a cinco demonios. —Lucia alzó cinco dedos—. Que son cinco más de los que has matado tú esta semana.

—Estamos a martes. Dame tiempo. —Florentina les echó un vistazo—. ¿Y dónde está el resto del equipo?

Selene se mordió el carrillo.

—Florentina, hemos terminado. Has sido demasiado lenta.

La expresión de Florentina se volvió rígida y se apartó de la farola. Se detuvo en el borde del círculo de luz.

—¿Cinco demonios? ¿De qué tipo?

Caterina levantó un hombro, pero Lucia, insensible como siempre, fue quien respondió.

—Un noble ha matado a Benedetta.

Un noble. Un demonio de nivel cuatro. ¿Cómo se le había escapado? La sorpresa se reflejó en el rostro de la chica.

—¿Y el resto?

—Unos cuantos demonios menores —respondió Selene—. En su mayoría necrófagos.

Lucia se estiró y curvó la espalda.

—Y un engendro.

—Basta. —Selene se masajeó la sien—. Que se lea el informe si quiere.

Riéndose, Florentina hizo un saludo militar en broma.

—Ya sabes lo mucho que me gustan tus informes, Selene, siempre rebosantes de ingenio y con detalles tan gráficos. —Abrió la boca en un gran bostezo—. Me emociono solo de pensarlo.

Y entonces hubo un destello.

Selene levantó una mano y entrecerró los ojos ante el segundo estallido del flash.

Un reportero.

El hombre bajó la cámara y los miró a todos con avidez.

—¿Qué ha pasado esta noche, Macellaia?

—Lleváoslo de aquí —dijo Florentina, colocándose entre el periodista y Selene.

Las vendas que antes cubrían los brazos de Florentina habían caído a los adoquines y habían dejado al descubierto la carne de la parte interior de sus brazos y las hileras de sigilos tatuados con tinta metálica clara entre la muñeca y el codo. Florentina, naturalmente, protegía con celo esos símbolos que tanto le había costado conseguir.

—¿He oído que ha habido víctimas? ¿Quién ha muerto, capitana Alleva? —preguntó el periodista con una voz incisiva que denotaba interés. El hombre olía las historias de la misma manera que ella percibía a los demonios—. ¿Ha sido Benedetta Fiore, de los exorcistas Fiore?

¿Cómo había conseguido colarse en la zona?

Uno de los artificieros de Florentina le levantó la correa de la cámara por la cabeza y se la quitó, mientras el otro lo agarraba por el codo con firmeza y lo apartaba de allí. El hombre se giró y miró por encima del hombro a Selene.

—¿Tiene algo que decirle a su familia?

Florentina resopló y agitó la mano para que se fuera. Ahora llevaba diez símbolos en cada brazo, pero Selene seguía sin dejarse impresionar.

A diferencia de los artificieros, que se veían limitados a una sola arma, la magia de los exorcistas era infinitamente adaptable. Con un buen dominio, la magia podía integrarse en un entramado complejo como las notas de una sinfonía. Cada nota era un símbolo. Cada símbolo, una palabra. Algunos exorcistas solo conocían unas pocas palabras de poder, suficientes para tejer un exorcismo y poco más. Otros eran como Florentina, que no dejaba de ampliar su repertorio, tatuándose sigilos en la piel.

Sin embargo, ninguno era como Selene, que llevaba los suyos grabados en los huesos.

Se permitió un momento de amargura autoindulgente.

Florentina solo tenía que marcarse un poco los símbolos en los brazos para liberar su magia, mientras que la magia de Selene iba ligada a sus huesos. Un exorcista únicamente tenía que activar los símbolos que quería utilizar y entrelazarlos en una intención, cuya única limitación era el número de palabras que pudiera dominar.

Y lo mucho que pudiera llevar al límite su cuerpo.

Con una languidez felina, Florentina volvió a cubrirse los antebrazos con las vendas para taparse los tatuajes. Veinte símbolos. Veinte palabras de poder. Y sabiendo lo que sabía Selene de su competencia, Florentina los usaba con destreza.

—Pues nada, mejor me voy. —Florentina se metió las manos en los bolsillos y se fundió con la noche.

Caterina retomó la conversación anterior como si no hubiera habido un punto y aparte, y se dirigió a Selene.

—Lucia ha cometido un error esta noche —dijo con una voz lo bastante baja para que no la oyeran—. Ya lo sabe. Y está arrepentida.

—Así es. Lo siento mucho. Selene, por favor…

Selene se planteó dejarlo pasar. Eran unas cazadoras excelentes y su ciudad las necesitaba. El Vaticano tenía delegaciones por todo el mapa, desde Edimburgo hasta Marrakech y Shanghái, pero eran entidades pequeñas, expertas en disipar maldiciones y gestionar el comercio ilegal de magia demoníaca. Y, a veces, aunque muy pocas, había que expulsar a demonios de niveles inferiores. Aun así, la gran mayoría de los ataques de demonios ocurrían dentro de Roma. Su talento sería más útil dentro de los límites de la ciudad, pero Caterina y Lucia necesitaban con urgencia una lección sobre los peligros de una confianza excesiva.

—Informad de mi decisión a la delegación cuando volváis. Y disfrutad de la comisión de servicio… Después de lo de hoy, estoy segura de que ninguna de las dos está preparada para enfrentarse a otro noble.

«Quizá así aprendan en lugar de morir».

Selene se alejó de las calles oscuras, iluminadas tan solo por farolas de gas y unas pocas velas en los alféizares de las ventanas, y se dirigió a un bulevar más concurrido, donde las luces anaranjadas parpadeaban débilmente en lo alto. Una vez más, el poder demoníaco los había dejado sin electricidad.

Aquí, los romanos paseaban sin miedo a la noche, al frío o a los demonios. De un bar se escapaban risas. Sería tentador si no acabara de perder a una de sus subordinadas. O si le importara un poco menos.

La noticia de otra muerte ya se estaría extendiendo por la ciudad. Era una crueldad que Benedetta se convirtiera en una mera estadística. Los ciudadanos la llorarían, por supuesto, pero Roma no la había conocido de verdad.

Selene se subió la capucha de su abrigo negro, pero la espada que llevaba cruzada a la espalda era una marca. Mientras cruzaba el mercado nocturno, entre el vapor que olía a castañas asadas, manzanas dulces y caramelo, los romanos de a pie se hacían a un lado para dejarla pasar. Fuera por miedo o por respeto, el resultado era el mismo. Hizo caso omiso de los susurros como si no los oyera y adoptó una expresión implacable, como cabría esperar de alguien como ella.

«Ahí va la Carnicera de Roma».

Siempre tuvo la duda de si la llamaban Carnicera por los demonios que mataba o por los cadáveres que dejaba a su paso.

Gente del Vaticano. Otros exorcistas. Su padre.

Y ahora Benedetta, otra más en su lista.

Dio…, ¿tendría que haberle ordenado que mantuviera las distancias? No.

Los artificieros podían ser más débiles que los exorcistas —su magia solo se tomaba prestada un breve periodo de tiempo—, pero ni por asomo los subestimaba. Desde pequeña había idolatrado a cazadores como Caterina, que manejaban sus armas como una extensión de su propio cuerpo.

Con la punta de los dedos, rozó el escudo de armas de la familia Alleva en la empuñadura de la espada. Su padre la había forjado, así que ella nunca había tenido que forjar la suya. «Alabado sea el Dios Inmortal». Empuñar su propio cuerpo como arma ya era bastante extenuante.

Selene suspiró y el aliento formó una nubecita por el frío. Esta noche había bajado la guardia y lo había pagado con su propia sangre. No podía permitirse repetir ese error. A pesar de haber castigado a Caterina y a Lucia, la culpa era suya. Ella era la oficial al mando.

Un tranvía burdeos pasó zumbando y se apresuró a subir los escalones antes de que las puertas se cerraran de golpe. El mundo parecía más pequeño de lo habitual. El traqueteo metálico del tranvía al cambiar de vía y el zumbido eléctrico de las luces eran casi claustrofóbicos en ese estado de alerta en el que se encontraba. Parecía que el uso anterior de la magia lo permeaba todo. Se adhería a los adoquines que pasaban volando bajo el tranvía, a los raíles bajo las ruedas y a la propia carne de la gente que la rodeaba. Al aliento y a su sangre.

Los demás pasajeros del tranvía mantenían las distancias con ella. Vedi Vaticano nero, addio tuo amante era un dicho popular acuñado en Roma y se traducía más o menos como: «Si ves el Vaticano negro, adiós a tu amante».

Los exorcistas no eran precisamente temidos, pero sí se les atribuía cierta peligrosidad. El hecho de que solo aparecieran donde ya había demonios, y no al revés, se consideraba intrascendente.

Un hombre con los típicos ojos vidriosos de borracho y vestido lo bastante bien como para ser un joven aristócrata jugando con el peligro se inclinó para hablar en voz baja con la chica, que estaba lánguidamente recostada entre él y otro hombre.

«El peligro», supuso Selene.

—Y esa de ahí, querida, es Selene Alleva.

Cuando la chica se giró para mirar, tiró de la camisa del segundo hombre y dejó al descubierto —para el ojo exorcista de Selene— una marca en la espalda, que se reflejaba en la ventana del tranvía.

Este la observó con una mirada adormilada mientras el joven ebrio bajaba aún más la voz.

—La protegida del Imperium Bellum.

La chica soltó un leve grito ahogado.

A Selene la invadió el orgullo al oír esas palabras.

Habían pasado unos doscientos años desde que todo el poder político recayera en el Vaticano, donde se repartía incómodamente entre los Imperiums —el Imperium Bellum, el Señor de la Guerra, y el Imperium Politikos, el canciller de Estado—, relegando a la emperatriz Augustus a una mera figura decorativa, un tigre desdentado por el poder sagrado que residía entre los muros del Vaticano. Y, por encima de todos, el exorcista primus, cuya palabra era la ley.

Selene disfrutaba de la hipervigilancia casi insoportable de su cuerpo. En la confusa euforia que le producía, incluso el dolor de sus heridas le parecía sublime. La cúpula de San Pedro apareció a la vista cuando el tranvía dobló una esquina. Iluminada con tonos dorados rojizos, brillaba sobre el horizonte de la ciudad. Al bajarse del tranvía, miró el reloj mientras cruzaba la plaza de San Pedro.

Quince minutos tarde.

Cesare Alleva, el Imperium Bellum para el resto de Roma, no era el tipo de hombre al que se podía hacer esperar. Como no tenía tiempo para quitarse la ropa manchada de sangre, se irguió y se dirigió a paso firme hacia el comedor del Vaticano, ajustándose el protector de cuero para detener el flujo de sangre. Se le nubló brevemente la vista mientras el dolor la invadía en forma de un profundo sufrimiento.

—Me cago en todo —siseó entre dientes.

El mármol a lo tablero de ajedrez amplificaba el chasquido de sus botas relucientes.

A ambos lados, los subordinados retrocedían, pegando la espalda a la pared y llevándose el puño al corazón en señal de saludo. No cabía duda de que se había corrido la voz de otro miembro caído. Selene inclinó la barbilla hacia los pocos a los que conocía por su nombre.

Al menos su camisa blanca de botones había sobrevivido a la primera lluvia de sangre. Seguía sin manchas y las cadenas de oro que unían la doble botonadura no estaban empañadas por las vísceras.

—Capitana Alleva, el Imperium ha ido al Cor Cordium.

Ella apretó la mandíbula.

—¿Cuándo?

—Hace unos instantes.

Podía alcanzarlo.

Desesperada por interceptar a Cesare antes de que llegara a la cámara en el mismísimo corazón del Vaticano, corrió.

Los artificieros y exorcistas se hacían a un lado para dejarla pasar. Aun ignorando la diferencia en el uniforme, eran fáciles de distinguir. Los artificieros siempre iban acompañados de su arma, normalmente algo de un tamaño exagerado, como la ametralladora de Caterina, y los exorcistas llevaban tatuajes.

Las campanas del Vaticano resonaban por los pasillos.

Su tío, el Imperium Bellum, era imponente. Cuando lo vio justo delante, aminoró el paso. Su sombra se extendía por delante de él, acaparando espacio. La Sombra de Dios, lo llamaban. Un apelativo que pronunciaban en susurros.

Al oír sus pasos, el hombre se detuvo.

Esta noche llevaba el pelo revuelto. Debía de estar relajado, pues. De lo contrario, lo llevaría peinado hacia atrás, dejando ver un ligero brillo plateado en las sienes. Sin embargo, al acercarse, advirtió algo en su postura que la hizo sentir incómoda. Cesare no estaba del todo fuera de servicio.

Aunque ¿cuándo lo estaba?

Su voz retumbó en el mármol como un trueno lejano.

—La Carnicera de Roma por fin me honra con su presencia.

El marcado perfil de su mandíbula hacía difícil determinar si hablaba en serio, pero un leve tic en el borde de sus labios lo delató: reprimía una sonrisa.

—Lo siento, Imperium, me han entretenido. —Selene se llevó el puño al pecho.

Él clavó la mirada en sus protectores de brazos.

—¿Has empleado tu magia?

Selene asintió, apretando los dientes.

Tras ocho años en el cargo, a Cesare se le seguía considerando el nuevo Imperium Bellum. Su predecesor había ostentado el puesto durante casi sesenta años antes de su muerte y, para muchos, Cesare había sido algo así como un advenedizo. Una percepción que no mejoraba su relativa juventud, pues no había cumplido aún los treinta cuando lo nombraron. No obstante, era el único Imperium Bellum que Selene había conocido.

A Cesare se le ensombreció el rostro.

—Ya veo.

—Ya estaba al borde de la muerte —dijo ella sin más.

El exorcismo no había consumido gran parte de su poder, pero tenía las venas llenas de magia sin usar y la tentaban a utilizarla.

—El poder es peligroso a la vez que embriagador. —Cesare apoyó una mano en una puerta doble de madera tallada—. Debes tener más cuidado, ¿recuerdas?

Selene apartó la mirada del tablero lacado que sellaba las puertas permanentemente cerradas. No era de extrañar. En su primer intento de dominar la magia, Cesare había estado dentro de aquella sala abovedada con ella mientras su magia arremetía con furia, arrancando frisos de valor incalculable de las paredes y corroyendo la misma piedra.

La sangre robada que circulaba por su cuerpo era un arma de doble filo.

Había empezado como algo destructivo, pero ahora el daño era invisible y ocurría dentro de sus venas.

Cesare conocía la situación en la que se encontraba, pero nunca la entendería. No del todo.

Dejando a un lado la amargura, Selene se puso en su lugar. Tenía razón al sentirse decepcionado. Había permitido que un demonio la indujera a usar demasiada magia. Qué lamentable. A diferencia de otros exorcistas, incluso de Cesare, cuando ella derramaba sangre para utilizar su magia, esta echaba humo cuando salía al aire: un humo negro y acre, que se retorcía con la ferocidad de una serpiente sin cabeza. Ese era el poder que habitaba en su sangre. Una bendición y una maldición. Era una de las exorcistas más poderosas de la orden, pero, cada vez que utilizaba su magia, se le escurría la vida poco a poco.

De hecho, el asunto era todavía peor. Si solo fuera su vida, podría vivir con ello. Le atraía la grandeza de una vida corta —una vida vivida con intensidad antes de desaparecer—, pero no era solo su vida la que estaba en juego. Era su alma. Más de una vez, Selene había presenciado cómo un exorcista más viejo llevaba su magia al límite y la corrupción se extendía a través de él, desatando la bestia que llevaba dentro. Lo había visto y no quería ser así.

Antes prefería morir.

Cesare le levantó la cabeza con el dorso de los dedos y se le suavizó la expresión.

—No quiero ser yo quien tenga que acabar contigo, Selene. Tú no.

Respiró hondo y levantó la vista hacia él.

—Lo sé. Te prometo que tengo cuidado.

Él estaba taciturno, como si le pasara algo por la cabeza, y a ella se le hizo un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa? —preguntó, temerosa de la respuesta—. De verdad.

Selene había oído rumores de que Cesare hablaba en nombre del exorcista primus de Roma, que estaba enfermo. En la práctica, eso lo convertía en el hombre más poderoso de la ciudad… y del mundo entero. Cuando ella le preguntó si era cierto, Cesare se limitó a contestar: «Su Santidad, el exorcista primus, ha tenido unas cuantas buenas ideas últimamente, ¿no?», con una sonrisa velada.

—Estoy dividido. Por un lado, eres mi exorcista más capaz. Por otro, tengo miedo de que te estés extralimitando. Todos hemos visto lo que ocurre cuando un exorcista se excede… —La miró entonces con más fiereza que afecto—. He perdido a demasiados exorcistas buenos, Selene. Y no soportaría perderte a ti.

—Nadie quiere eso, tío. —Ella lo miró a los ojos, sin pestañear—. Pero acabas de decir que te sientes dividido. No creo que solo sea mi magia lo que te preocupa.

Él esbozó una sonrisa de resignación y ella se le acercó para caminar a su lado.

Los reverberantes pasillos de la basílica estaban en silencio dada la avanzada hora, aunque el Vaticano nunca dormía. No se permitía el lujo de desconectar. Ellos eran los guardianes de Roma y Roma estaba siendo atacada.

—Tengo un trabajo para ti —dijo Cesare—. Supongo que pondrá a prueba tus límites de una manera que jamás se ha visto aquí en Roma.

—¿Me vas a mandar lejos? —preguntó ella con brusquedad.

—No exactamente, pero sí que debo pedirte que me perdones. Todo este tiempo te he puesto en una situación en la que corres el riesgo constante de tener que usar la magia, y lo que te voy a pedir ahora es que hagas precisamente eso.

—No me importa.

—¿No te importa que tu tío sea un hipócrita?

Selene se removió y, de nuevo, pasó el pulgar enguantado por el escudo de la familia Alleva que llevaba grabado en la empuñadura de la espada.

—Cuéntame más y luego decidiré.

De hecho, le sorprendía que no le hubiera dado más detalles a esas alturas.

Era poco habitual que transcurriera tanto tiempo entre el momento en que se percataban de la actividad demoníaca y la reacción del Vaticano. Por lo general, enviaban a un equipo en cuestión de minutos.

Cesare se rio entre dientes, complacido.

—Muy bien.

Cuando terminó, se hizo el silencio entre ambos. «Hace una hora han destruido un pueblo cerca de Niza», le había dicho. «Creemos que se trata de un demonio».

Y sería peligroso.

—Ya sabes lo que significa —murmuró Selene.

Cesare asintió con la barbilla.

Un demonio de alto nivel. Tan poderoso que la delegación local no era capaz de defenderse. En el corazón de Roma, los poderosos hechizos de protección les impedían ser invadidos por completo, aunque no podían detener a los demonios del todo. Salvo en el Vaticano, cuyas protecciones mantenían alejados incluso a los demonios de más alto rango, siempre había lugares por los que se colaban estos seres. Niza no había tenido tanta suerte.

Selene frunció el ceño y levantó el guante para ajustárselo mejor a los dedos doloridos. Estaban rotos bajo el cuero, pero nadie tenía por qué saberlo. Su cuerpo se curaría pronto con la sangre que fluía por sus venas. El secreto que el Vaticano guardaba con más celo que ningún otro era la fuente de su poder robado, sustraído de la sangre de los demonios condenados a morir. Pensar en ello le trajo a la mente el regusto metálico en la lengua. Esa sensación caliente que le bajaba por la garganta.

Cerró los puños y notó el rechinar de los huesos astillados.

Cesare inclinó ligeramente la cabeza hacia ella y captó el rumor de su debilidad con sus agudos sentidos. Selene agradeció que no dijera nada.

—¿Sabes a quién tenemos en Francia ahora mismo? —preguntó ella.

Cesare negó con la cabeza y se frotó la mandíbula con el pulgar encallecido.

—No. Y no importa porque tú estarás al mando. —Se acercaron al Cor Cordium y, al doblar la esquina, las enormes puertas de la Sala de la Crucifixión se alzaron ante ellos—. Llamaré a la oficina de Niza y mandaré a alguien para que te reciba.

Ella asintió, distraída, girando la cara para no tener que mirar las puertas.

—Debería irme —dijo de forma atropellada—. Tendría que prepararme para…

Pero ya era demasiado tarde.

La respuesta de él quedó engullida por un silencio abrumador. Llegó desde el otro lado de las puertas tachonadas cuando los guardias las abrieron sin hacer ruido. Selene giró la cabeza y vio un tenue resplandor en la parte más alejada de la habitación oscura. Apartó la mirada. No había visto nada. Se negaba a ver.

Giró la muñeca para mirar el reloj. Las manecillas parecían resistirse al movimiento del tiempo, como si con cada segundo que pasara tan cerca del corazón del Vaticano el tiempo mismo se ralentizara.

—En serio, debería…

—Reza conmigo.

No era una petición.

Selene se mordió un carrillo.

Cesare la observó con extrañeza y, con cierto retraso, ella se dio cuenta de que su exigencia sonaba a repetición. Incapaz de negarse, lo siguió hasta el Cor Cordium. El corazón dentro del corazón del Vaticano.

El Dios Inmortal se alzaba sobre ellos, crucificado en las grandes vigas de la catedral que habían ardido a su alrededor. Selene se llevó las puntas de los dedos a la frente, ocultándolo de la vista un momento, antes de tocarse el esternón e hincarse de rodillas sobre el mármol.

Cuando posó la mirada en Su rostro, empezaron a resbalarle las lágrimas por las mejillas. Era hermoso, con el cabello esparcido como la tinta por la frente. Tenía la cabeza inclinada hacia delante como si le pesara. Las pestañas oscuras proyectaban medias lunas sobre las mejillas. Por un momento se permitió creer que estaba durmiendo. Luego, su mirada traidora recorrió la gran lanza que lo atravesaba y lo clavaba a la columna de obsidiana que tenía a lo largo de la espalda. La sangre brillante goteaba por la lanza hasta el suelo, donde un charco de oro líquido llenaba el centro de la estancia.

—Dio Immortale —murmuró.

Pero ella no era creyente.

Ninguno de ellos lo era.

El Vaticano reventaba por las costuras de piedra por los paganos que habían matado a su dios. Tal vez no le habían clavado la lanza hasta el fondo, pero no se la habían sacado.

«Y nos deleitamos en Su muerte eterna».

Tras besarse los dedos, Selene los sumergió en el charco de sangre dorada y se dibujó una runa en la frente con la uña del pulgar.

La sangre de Dios aún estaba caliente.