Amanecer en la cosecha

Toda propaganda es mentira, incluso aquella que cuenta la verdad. Creo que eso no importa, siempre y cuando se sepa lo que se está haciendo y por qué.

george orwell

Una verdad contada con mala intención

es peor que mentir por pura invención.

william blake

Nada resulta más sorprendente para los que reflexionan sobre los asuntos humanos desde una perspectiva filosófica que la facilidad con la que la mayoría se deja gobernar por unos pocos; así como la sumisión implícita con la que los hombres renuncian a sus sentimientos y pasiones en favor de los de sus dirigentes. Si investigamos a través de qué medios se obra este portento, descubriremos que, como la fuerza siempre está del lado del gobernado, el único apoyo con el que cuentan los gobernantes es la opinión. Por lo tanto, el gobierno se basa tan solo en la opinión; y esta máxima abarca desde el más déspota y militar de los gobiernos hasta el más libre y popular.

david hume

Que el sol no vaya a salir mañana es una afirmación tan ininteligible e implica tantas contradicciones como afirmar que sí lo hará.

david hume

Primera parte

EL CUMPLEAÑOS

1

—¡Feliz cumpleaños, Haymitch!

Lo bueno de haber nacido el día de la cosecha es que puedes quedarte durmiendo hasta tarde en tu cumpleaños. A partir de ahí, todo va cuesta abajo y sin frenos. Un día sin clase no compensa el terror del sorteo de nombres. Y, aunque sobrevivas a eso, a nadie le apetece comer tarta después de ver cómo se llevan a dos críos al Capitolio para asesinarlos. Me doy la vuelta en la cama y me tapo la cabeza con la sábana.

—¡Feliz cumpleaños! —Mi hermano Sid, que tiene diez años, me sacude el hombro—. Me dijiste que fuera tu gallo. Me dijiste que querías llegar al bosque en cuanto saliera el sol.

Es verdad. Espero terminar mi trabajo antes de la ceremonia para dedicar la tarde a las dos cosas que más me gustan: perder el tiempo y estar con mi chica, Lenore Dove. Mi madre convierte ambas cosas en un reto, ya que no deja de anunciar a quien quiera oírlo que no hay ningún trabajo demasiado difícil, sucio o complicado para mí, e incluso los más pobres son capaces de reunir como pueden unos cuantos peniques para que otros se encarguen de lo que no les gusta. Sin embargo, dados los dos acontecimientos del día, creo que me concederá un momento de libertad, siempre que termine antes la tarea. Los Vigilantes de los Juegos son los que podrían fastidiarme los planes.

—¡Haymitch! —gimotea Sid—. ¡Que ya sale el sol!

—Vale, vale, ya estoy levantado.

Ruedo del colchón al suelo y me pongo unos pantalones cortos hechos con la tela de un saco de harina proporcionado por el Gobierno. Tienen las palabras cortesía del capitolio estampadas en el trasero. Mi madre no tira nada. Como se quedó viuda muy joven, al morirse mi padre en un incendio en la mina de carbón, nos ha criado a Sid y a mí encargándose de lavar la ropa de los demás y aprovechando hasta el último pedacito de todo. Las cenizas de la leña del brasero exterior se guardan para el jabón de sosa. Las cáscaras de huevo se trituran para abonar el huerto. Algún día, estos pantalones se cortarán en tiras y se trenzarán para hacer una alfombra.

Termino de vestirme y meto de nuevo a Sid en su cama, donde se entierra bajo la colcha de retales. En la cocina, cojo una rebanada de pan de maíz; es algo especial, solo por mi cumpleaños, mucho mejor que la masa oscura y arenosa que se hace con la harina del Capitolio. En la parte de atrás, mamá ya está removiendo con un palo un caldero humeante lleno de ropa; se le marcan los músculos al darle la vuelta a un mono de minero. Solo tiene treinta y cinco años, pero las penurias de la vida le han surcado de arrugas el rostro, como suele pasar.

Me ve mirándola desde el umbral y se seca la frente.

—Felices dieciséis. Hay salsa en la cocina.

—Gracias, mamá.

Doy con una sartén llena de ciruelas guisadas y me echo un poco en el pan antes de salir. Las descubrí en el bosque el otro día, pero es una agradable sorpresa encontrármelas calentitas y con azúcar.

—Necesito que hoy llenes la cisterna —me dice mi madre cuando paso junto a ella.

Tenemos agua corriente fría, aunque el chorro que sale es muy fino y se tardaría una eternidad en llenar un cubo. Hay un barril especial de agua de lluvia pura por la que cobra un extra, ya que deja la ropa que se lava con ella más suave de lo normal, pero usa el agua del pozo para casi toda la colada. Con todo lo que hay que bombear y cargar, llenar la cisterna es un trabajo de dos horas, incluso con la ayuda de Sid.

—¿No puede esperar a mañana?

—Me estoy quedando sin agua y todavía tengo ahí una montaña de ropa —responde.

—Pues esta tarde —le digo, intentando ocultar mi frustración.

Si la cosecha termina a la una, suponiendo que no forme parte del sacrificio de este año, puedo acabar con lo del agua a las tres y tener un rato para ir a ver a Lenore Dove.

Una manta de niebla envuelve con aire protector las casas maltrechas y grises de la Veta. Resultaría una visión reconfortante de no ser por los gritos dispersos de los niños que sueñan que los persiguen. En las últimas semanas, a medida que se acercaban los Quincuagésimos Juegos del Hambre, esos sonidos se han vuelto más frecuentes, igual que los pensamientos que, motivados por la ansiedad, he tenido que mantener a raya. «El segundo Vasallaje de los Veinticinco. El doble de niños». Me digo que no tiene sentido darle vueltas, que no puedo hacer nada al respecto. «Como dos Juegos del Hambre en uno». No hay forma de controlar el resultado de la cosecha ni lo que ocurre después, así que no alimentes las pesadillas. No te dejes llevar por el pánico. No le des esa satisfacción al Capitolio. Ya nos han quitado más que de sobra.

Sigo por la calle vacía cubierta de carbonilla que lleva a la colina donde está el cementerio de los mineros. Un revoltijo de lápidas toscas sobresale de la pendiente. Hay de todo, desde piedras con nombres y fechas grabados hasta tablas de madera a las que se les pela la pintura. Mi padre está enterrado en la tumba familiar. La parcela de los Abernathy, con una sola lápida de piedra caliza para todos nosotros.

Tras echar un vistazo rápido alrededor por si hay testigos (aquí no suele venir gente, y menos al alba), me arrastro por debajo de la valla para salir al bosque que linda con el Distrito 12 y poner rumbo al alambique. Fabricar licor blanco con Hattie Meeney es un negocio arriesgado, aunque un paseo por el campo comparado con matar ratas o limpiar los retretes de fuera. Espera de mí que me esfuerce al máximo, pero ella también lo hace y, aunque ya dejó atrás los sesenta, es capaz de trabajar más que una persona el doble de joven. Hay que hacer muchas tareas monótonas: recoger leña, cargar con el cereal, guardar las botellas llenas y transportar las vacías para volver a llenarlas. De eso me encargo yo: soy la mula de Hattie.

Me detengo junto a lo que llamamos el depósito, una zona pelada oculta por las ramas colgantes de un sauce donde Hattie deja las provisiones. Dos sacos de doce kilos de maíz triturado me esperan, y me echo uno a cada hombro.

Tardo una media hora en llegar al alambique, donde me encuentro a Hattie frente a una olla llena de malta remojada, junto a los restos de una pequeña fogata.

Me ofrece una cuchara de madera con un mango muy largo.

—¿Por qué no lo remueves un poco?

Suelto los sacos de maíz bajo el techado en el que guardamos las provisiones y alzo la cuchara, victorioso.

—¡Toma, un ascenso!

Que me deje encargarme de la malta es nuevo. Puede que Hattie empiece a entrenarme para que algún día seamos socios. Dos de nosotros fabricando licor a tiempo completo aumentaría la producción, y siempre hay más demanda de la que puede cubrir, incluso de la porquería imbebible que hace con el cereal del Capitolio. Sobre todo de esa, porque es lo bastante barata para que los mineros puedan permitírsela. El licor bueno lo compran los soldados alborotadores (los agentes de la paz, vamos) y la gente más rica de la ciudad. Sin embargo, el contrabando incumple mil leyes distintas, así que basta con que nos pongan un nuevo jefe de los agentes de la paz (uno al que no le gusten las bebidas fuertes) para que acabemos en el cepo o algo peor. La minería es un trabajo duro, pero no te cuelgan por hacerlo.

Mientras Hattie mete las botellas de medio litro de licor blanco en una cesta forrada de musgo, yo me agacho y remuevo a ratos la malta. Cuando se enfría un poco, la echo en un cubo profundo y ella añade la levadura. Dejo la malta remojada en el techado para que fermente. Hattie no va a destilar hoy porque no quiere arriesgarse a que el humo llame la atención si la niebla se disipa. Puede que nuestros agentes locales hagan la vista gorda con la destilería y el puesto en el Quemador, un viejo almacén que nos sirve de mercado negro, pero le preocupa que sus colegas del Capitolio nos localicen desde sus aerodeslizadores ocultos, que siempre vuelan bajo. Hoy tampoco vamos a transportar las botellas, así que me toca cortar leña para la semana. Cuando repongo la pila entera, le pregunto qué más hay que hacer y ella niega con la cabeza.

Hattie se ha ganado mi cariño dejándome una propina de vez en cuando. No en sueldo, porque eso se lo paga directamente a mi madre, sino con algún que otro detalle a escondidas. Un puñado de maíz triturado que le puedo llevar a Lenore Dove para sus gansos, un paquete de levadura con el que puedo comerciar en el Quemador y, hoy, medio litro de licor blanco para uso propio. Esboza una sonrisa llena de dientes rotos y dice:

—Feliz cumpleaños, Haymitch. Me parece que, si eres lo bastante mayor para prepararlo, eres lo bastante mayor para beberlo.

Tengo que darle la razón y, aunque no soy un gran bebedor, me alegro de tener la botella. No me va a costar nada venderla o cambiarla por otra cosa, e incluso podría dársela al tío de Lenore Dove, Clerk Carmine, a ver si cambia su opinión sobre mi persona. Cabría pensar que el hijo de una lavandera es alguien inofensivo, pero los Abernathy éramos unos rebeldes muy conocidos en su día y, al parecer, todavía apestamos a sedición, un aroma que resulta seductor y escalofriante a partes iguales. Hubo muchos rumores tras la muerte de mi padre; se sospechaba que el incendio no había sido un accidente. Algunos dicen que murió saboteando la mina, otros que su equipo fue víctima de los jefes del Capitolio por ser una pandilla de agitadores. Así que puede que el problema sea mi familia. No es que Clerk Carmine sienta simpatía por los agentes de la paz, pero tampoco es de los que tiran de su cadena. O puede que no le guste que su sobrina vaya por ahí con un contrabandista de alcohol, aunque el trabajo sea estable. En fin, al margen del motivo, el caso es que apenas me saluda con la cabeza y una vez le dijo a Lenore Dove que yo era de los que morían jóvenes, y no creo que lo dijera como un cumplido.

Hattie chilla cuando, siguiendo un impulso, le doy un abrazo.

—Venga, déjalo ya. ¿Todavía estás camelándote a esa chica de la Bandada?

—Al menos lo intento con ganas —respondo, entre risas.

—Pues ve a molestarla a ella. Hoy no me sirves de nada.

Me echa un poco de maíz triturado en la mano y me ahuyenta con aspavientos. Me guardo el maíz y me voy antes de que cambie de idea sobre su mejor regalo: tiempo con el que no contaba para estar con mi chica. Sé que debería irme a casa y adelantar el trabajo con la cisterna, pero no soy capaz de resistirme a la idea de unos cuantos besos robados. Es mi cumpleaños y, por una vez, la cisterna puede esperar.

La niebla comienza a clarear mientras corro por el bosque hacia la Pradera. Casi todo el mundo habla sobre lo bonita que es, pero Lenore Dove la llama «la amiga de los condenados» porque te esconde de los agentes de la paz. Suele ver el lado más oscuro de las cosas, aunque ¿qué cabría esperar de una persona a la que le ponen el nombre de una chica muerta? Bueno, la mitad por Lenore, la chica muerta de aquel viejo poema, y la otra mitad porque Dove es un tono de gris, cosa que descubrí el día que nos conocimos.

Fue justo el otoño después de cumplir los diez años y la primera vez que me colé por debajo de la valla que rodea el distrito. Tanto la ley como la amenaza de depredadores salvajes (pocos pero reales) me habían disuadido hasta entonces. Al final, mi amigo Burdock había conseguido convencerme de tanto insistir, diciéndome que él lo hacía todo el rato, que no tenía importancia y que todavía quedaban manzanas, si sabías trepar. Y yo sabía trepar y me encantaban las manzanas. Además, como él era menor que yo, me sentía como un gallina por no hacerlo.

—¿Quieres oír algo? —me preguntó Burdock mientras nos internábamos en el bosque.

Entonces echó la cabeza hacia atrás y cantó con aquella voz tan bonita que tiene. Era aguda y dulce, como la de una mujer adulta, pero más limpia, sin gorjeos. Todo pareció guardar silencio y, de repente, los sinsajos empezaron a imitarlo. Yo sabía que cantaban para los demás pájaros, pero nunca los había oído cantar para una persona. Fue bastante impresionante. Hasta que una manzana le cayó a Burdock en la cabeza y lo cortó en seco.

—¿Quién le está graznando a mis pájaros? —exigió saber una voz de chica.

Y allí estaba, a unos seis metros del suelo, despatarrada en la rama como si viviera en ella. Coletas torcidas, pies descalzos y sucios, comiéndose una manzana mientras sostenía en la mano un librito encuadernado en tela.

Burdock ladeó la cabeza y se rio.

—Hola, prima. ¿Te dejan estar aquí sola? Seguro que no.

—Bueno, no te he visto.

—Ni yo a ti. Tíranos algunas, ¿vale?

A modo de respuesta, se puso de pie sobre la rama y empezó a saltar de un lado a otro; las manzanas nos llovieron encima.

—Espera, tengo un saco con el arco.

Burdock salió corriendo. La niña bajó por las ramas y saltó al suelo. No era una de las primas de Burdock Everdeen, aunque me habían dicho que tenía algunas lejanas por parte de madre. La había visto en el colegio y me había parecido tímida, pero eso era poca cosa para iniciar una conversación. Ella tampoco parecía tener prisa por hacerlo y se quedó allí plantada, mirándome, hasta que rompí el silencio.

—Soy Haymitch.

—Yo soy Lenore Dove.

—¿Dove, como una paloma?

—No, dove, como el color.

—¿Qué color es ese?

—El mismo que el de la paloma.

Eso hizo que me diera vueltas la cabeza y supongo que no me ha parado de dar vueltas desde entonces. Poco después, en el colegio, me llamó para enseñarme un diccionario con una esquina doblada y señaló: «Dove: Color gris cálido con un ligero tono violáceo o rosáceo». Su color. Su pájaro. Su nombre.

Después de eso, empecé a fijarme en otras cosas de ella. En que sus camisas y petos desteñidos escondían pinceladas de color: un pañuelo azul vivo que le asomaba del bolsillo, una cinta frambuesa cosida al interior del puño. En que terminaba rápido los ejercicios, pero no alardeaba de ello, sino que se dedicaba a mirar por la ventana. Y entonces vi que movía los dedos pulsando unas teclas imaginarias. Tocaba canciones. Sacaba el pie del zapato y seguía el ritmo con el talón, silencioso dentro de la media sobre el suelo de madera. Como toda la Bandada, llevaba la música en la sangre. Aunque, por otro lado, no era como ellos. Le interesaban menos las melodías bonitas que las palabras peligrosas. Las que conducían a actos rebeldes. Las que la habían llevado ya dos veces a la cárcel. Como solo tenía doce años, la dejaron marchar. Ahora sería distinto.

Al llegar a la Pradera me meto por debajo de la valla y me detengo a recuperar el aliento y beberme con los ojos a Lenore Dove, que está encaramada a su roca favorita. La luz del sol resalta los reflejos rojos de su pelo al inclinarse sobre un acordeón decrépito. Le arranca una melodía al cacharro jadeante y regala una serenata a la docena de gansos que pastan en la hierba; su voz es tan suave y evocadora como la luz de la luna.

A ella la azotan y a él lo cuelgan del cuello

por robar un ganso que es del pueblo,

pero dejan libres a los bellacos

que despojan de su terreno a los gansos.

Atesoro los momentos en los que canta, ya que nunca lo hace en público. Nadie lo hace en la Bandada. Sus tíos son más músicos que cantantes, de modo que tocan la melodía y dejan que cante el público, si así lo desea. Lenore Dove lo prefiere, de todos modos. Dice que cantar delante de los demás la pone nerviosa. Se le forma un nudo en la garganta.

Clerk Carmine y su otro tío, Tam Amber, la han criado porque su madre murió al dar a luz y su padre siempre ha sido un misterio. No son familia de sangre, ya que ella es una Baird, pero la Bandada siempre cuida de los suyos. Hicieron un trato con la alcaldesa, que es la única que tiene un piano de verdad en todo el Distrito 12. Lenore Dove puede practicar con él a cambio de tocar de vez en cuando en alguna cena o reunión, ataviada con un vestido verde desvaído, con el pelo recogido en una cinta marfil y los labios teñidos de naranja. Cuando su familia toca por dinero en el Distrito 12, ella se apaña con el instrumento que toca ahora mismo, al que llama «concertina».

La ley nos exige pagar un precio

cuando nos llevamos lo que no es nuestro,

pero deja a señores y señoras en paz

para que nos quiten todo lo que se quieran llevar.

Esta canción no es de las que sus tíos le dejan tocar en la casa de la alcaldesa. Ni siquiera cuando toca para la gente del Distrito 12. Se arriesgaría a que alguien conozca la letra y monte follón. Es demasiado subversiva. Y debo decir que estoy de acuerdo con Clerk Carmine y Tam Amber. ¿Por qué buscarse problemas? Ya hay problemas de sobra sin necesidad de ir a por más.

No hay escapatoria para los desgraciados

que conspiran para saltarse lo estipulado.

Y así debe ser, pero también soportan

a los que estipulan lo que los ahoga.

Recorro con la mirada la Pradera. Es un sitio apartado, pero hay ojos por todas partes. Y los ojos vienen con un par de orejas.

La ley a todos nos va a encerrar

si el ganso al pueblo vamos a quitar,

pero a los gansos el terreno les va a faltar

hasta que por fin lo vayan a recuperar.

Lenore Dove me explicó una vez que el terreno de uso común era aquel que podía utilizar todo el pueblo. A veces, los agentes de la paz los echaban a ella y a sus gansos de la Pradera, sin motivo alguno. Dice que ese problema no es más que una gota en un río de injusticias. Me preocupo por ella, y eso que soy un Abernathy.

Unos cuantos gansos graznan para anunciar mi llegada. El rostro de Lenore Dove fue lo primero que vieron al salir del cascarón, así que no quieren a nadie más que a ella. Sin embargo, como tengo maíz, hoy me tolerarán. Lo lanzo lejos para alejar de ella a sus guardaespaldas y me inclino para darle un beso. Después, la beso de nuevo. Y de nuevo. Y ella me lo devuelve.

—Feliz cumpleaños —dice cuando paramos para respirar—. No esperaba verte hasta después.

Se refiere a la cosecha, pero no quiero hablar de eso.

—Hattie me ha dejado salir temprano. Y me ha dado esto… Es un regalo, por mi gran día —digo, sacando la botella.

—Bueno, no te va a costar cambiarlo por algo. Y menos hoy. —Aparte de Año Nuevo, hoy es el día que se emborracha casi todo el mundo—. Cuatro niños… Va a afectar a muchas familias.

Supongo que voy a tener que hablar del tema.

—No pasará nada —respondo, lo que suena a falso.

—No te lo crees ni tú, ¿verdad?

—Puede que no. Pero lo intento. Porque la cosecha va a pasar crea yo lo que crea. Tan seguro como que el sol saldrá mañana.

Lenore Dove frunce el ceño.

—Bueno, no hay ninguna prueba de que eso vaya a pasar. No puedes contar con que algo pase mañana solo porque haya pasado antes. Es una lógica errónea.

—¿Sí? Porque más o menos así es como la gente planifica su vida.

—Y eso forma parte del problema. Pensar que las cosas son inevitables. Creer que los cambios no son posibles.

—Supongo, pero de verdad que no me imagino que mañana no amanezca.

Una arruga se forma entre las cejas de Lenore Dove, que medita su respuesta.

—¿Te imaginas que amanezca en un mundo sin cosecha?

—No en mi cumpleaños. Nunca he celebrado uno sin la cosecha.

Intento distraerla con un beso, pero está decidida a que lo entienda.

—No, escucha —me dice, seria—. Piénsalo. Estás diciendo: «Hoy es mi cumpleaños y hay cosecha. El año pasado fue mi cumpleaños y también hubo cosecha. Así que todos los años habrá cosecha el día de mi cumpleaños». Pero no tienes forma de saberlo. Vamos, que la cosecha ni siquiera existía hasta hace cincuenta años. Dame una buena razón por la que tenga que seguir celebrándose solo porque sea tu cumpleaños.

Para ser una chica a la que le da miedo hablar en público, en privado habla hasta por los codos. A veces me cuesta seguirla. Lenore Dove siempre es paciente cuando me explica algo, no arrogante, pero quizá sea demasiado lista para mí. Porque, aunque es una idea bonita, cuando pienso en un mundo sin cosecha, de verdad que no lo veo. El Capitolio tiene todo el poder, y se acabó.

—No he dicho que la haya solo porque es mi cumpleaños. He dicho… —¿Qué he dicho? Ahora no puedo recordarlo—. Lo siento, me he perdido.

—No, soy yo la que lo siente —dice, algo triste—. Es tu cumpleaños y yo me pongo a parlotear sobre vete a saber qué. —Se mete la mano en el bolsillo y saca un paquetito envuelto en un retazo de tela de color gris, atado con una cinta del mismo tono verde moteado de sus ojos—. Feliz cumpleaños. Lo ha hecho Tam Amber. Conseguí el metal a cambio de unos huevos y lo ayudé a diseñarlo.

Aparte de tocar la mandolina como nadie, Tam Amber es el mejor herrero del Distrito 12. Es a quien acuden todos cuando necesitan una herramienta nueva o que les arregle las piezas rotas de una máquina antigua. Burdock tiene una docena de sus puntas de flecha y las trata como si fueran oro, y la gente más rica de la ciudad tiene joyas de oro y plata de verdad; le llevan sus reliquias familiares, y él las funde y las transforma en otra cosa. No se me ocurre qué puede haberme hecho, pero desato con impaciencia la cinta.

En un primer momento, no identifico el objeto que me cae en la palma de la mano. Es una fina tira de metal con forma de ce. Por instinto, la agarro por el dorso en curva mientras examino los animales coloridos de la abertura, el uno frente al otro. La cabeza de la serpiente sisea al pico de un pájaro de cuello largo. Abro la mano y veo que sus escamas y plumas esmaltadas recorren la pieza hasta fundirse y hacerse indistinguibles. Hay dos anillitos soldados, uno detrás de cada cabeza. ¿Para una cadena, quizá?

—Es precioso. Es para colgármelo, ¿no?

—Bueno, ya sabes que me gustan las cosas bonitas y prácticas —responde crípticamente Lenore Dove para obligarme a descubrirlo yo solo.

Le doy la vuelta al objeto y vuelvo a coger la ce, aunque esta vez tapo las cabezas de los animales con los dedos. Entonces veo para qué sirve. El borde de acero suave no es solo decorativo.

—Es un eslabón, un encendedor de pedernal —concluyo.

—¡Sí que lo es! Pero no necesitas pedernal. Te valdrá con cualquier piedra que pueda soltar chispas, como el cuarzo.

En casa tenemos un eslabón viejo y muy maltrecho, herencia de la familia de mi madre. Es feo y opaco. En las largas noches de invierno, me hacía practicar con él hasta ser capaz de encender un fuego, para así no gastar dinero en cerillas. Dinero ahorrado, dos veces ganado.

Recorro con el dedo el elegante damasquinado de las plumas del cuello.

—Me daría pena estropearlo.

—No lo vas a estropear. Está hecho para eso. —Toca primero la cabeza de la serpiente y, después, la del pájaro—. Cuesta mucho romper a estos dos. Son supervivientes.

—Me encanta. —Le doy un beso largo y tierno—. Y te quiero más que el fuego a las brasas.

«Salir del fuego para caer en las brasas» es una expresión típica de la Bandada, pero esta frase es solo nuestra. Suele arrancarle una sonrisa, pero hoy está muy seria.

—Y yo a ti.

Nos besamos hasta que noto el sabor a sal. No tengo que preguntar por qué.

—Oye, no pasa nada —le aseguro—. No nos va a pasar nada. —Asiente, aunque las lágrimas siguen brotando—. Lenore Dove, vamos a superar este día, igual que el año pasado y el anterior, y, al final, lo dejaremos atrás.

—Pero nunca lo dejaremos atrás de verdad —responde amargamente—. Nadie lo hace en el Distrito 12. El Capitolio se asegura de que los Juegos del Hambre se nos graben en el cerebro. —Le da un toquecito a la botella—. Supongo que Hattie ha elegido el negocio correcto: ayudar a olvidar.

—Lenore Dove —la llama Clerk Carmine, que no grita, pero tiene una de esas voces resonantes que no lo necesitan. Está al borde de la Pradera, con los puños dentro de los bolsillos de su mono parcheado. Como es violinista, se protege mucho las manos—. Será mejor que te vayas preparando.

—Ya voy —responde ella mientras se seca los ojos.

Clerk Carmine no hace ningún comentario sobre su estado, sino que, antes de dar media vuelta, se limita a lanzarme una mirada que dice que me considera responsable. No me prestaba mucha atención hasta que lo mío con Lenore Dove empezó a ser más serio. Desde entonces, parece que no hago nada bien. Una vez le dije a Lenore Dove que su tío odiaba el amor. Fue entonces cuando me reveló que llevaba unos treinta años con el tipo de la ciudad que se encarga de sustituir las ventanas rotas. Tienen que mantenerlo en secreto porque, si amas de una manera distinta, te metes en líos con los agentes de la paz, te quedas sin trabajo o acabas detenido, incluso. Dada su situación, cabría pensar que Clerk Carmine defendería nuestro amor (yo defiendo el suyo, sin duda), pero supongo que cree que Lenore Dove podría encontrar a alguien mejor.

Como ella odia que no nos llevemos bien, solo le digo:

—Creo que empieza a cogerme cariño. —Eso le arranca una risa que basta para aligerar el humor del momento—. Puedo pasarme después. Tengo algunas tareas pendientes, pero calculo que acabaré a las tres. Iremos al bosque, ¿vale?

—Iremos al bosque —me confirma con un beso.

De vuelta en casa, me doy un baño con varios cubos de agua fría, y me pongo los pantalones con los que se casó mi padre y una camisa que mi madre ha cosido usando los pañuelos de la tienda del Capitolio en la que compran los mineros. Tiene que parecer que te arreglas para la cosecha, al menos. Si apareces con la ropa andrajosa, los agentes de la paz te pegan o detienen a tus padres porque no estás demostrando el debido respeto a los muertos del Capitolio durante la guerra. Da igual que entre los nuestros también hubiera víctimas de sobra.

Mi madre me da sus regalos de cumpleaños: ropa interior de saco para el año entero y una navaja nueva, con instrucciones estrictas de no usar esta última para lanzarla ni para ningún otro juego de cuchillos. Sid me da un trozo de pedernal envuelto en un papel marrón mugriento y me dice:

—Lo encontré en la carretera de grava junto a la base de los agentes. Lenore Dove me dijo que te gustaría.

Saco mi eslabón y lo pruebo: saltan unas chispas estupendas. Y, aunque a mi madre no termina de caerle bien Lenore Dove porque es una distracción, le gusta tanto el regalo que usa un cordón de zapato de cuero para meterlo por las anillas metálicas y atármelo al cuello.

—Es un eslabón fantástico —dice Sid, que toca el pájaro con anhelo.

—¿Qué te parece si esta noche te enseño a usarlo? —sugiero.

Se le ilumina el rostro con la promesa de hacer cosas de adulto, unida a la promesa de que no me voy a ninguna parte.

—¿Sí?

—¡Sí!

Le alboroto el pelo, de modo que los rizos se le disparan por todas partes.

—¡Para! —me grita mientras me aparta la mano—. ¡Ahora voy a tener que peinarme otra vez!

—¡Pues date prisa! —le respondo.

Sale corriendo, y yo me meto el eslabón por debajo de la camisa porque no estoy preparado para compartirlo con el mundo precisamente el día de la cosecha.

Me sobran unos minutos, así que me dirijo a la ciudad para hacer un trueque. No corre el aire y el ambiente está cargado, lo que augura tormenta. Se me revuelve el estómago al ver la plaza llena de carteles y abarrotada de agentes de la paz, con sus uniformes blancos y sus armas. Últimamente, el lema ha sido «Si no hay paz», y los eslóganes nos bombardean por todas partes: ¡si no hay paz, no hay pan!, ¡si no hay paz no hay seguridad! y, por supuesto, ¡si no hay agentes de la paz, no hay paz!, ¡si no hay capitolio, no hay paz! Colgada detrás del escenario temporal frente al Edificio de Justicia hay una enorme banderola con el rostro del presidente Snow y las palabras el mejor agente de la paz de Panem.

En la parte de atrás de la plaza, los agentes apuntan a los participantes en la cosecha. Como hay poca cola, me lo quito de encima de una vez. La mujer no me mira a los ojos, así que supongo que todavía es capaz de sentir vergüenza. O quizá sea solo indiferencia.

La farmacia tiene una bandera de Panem en la ventana, lo que me cabrea. Sin embargo, es donde conseguiré el mejor trato a cambio de mi licor blanco. Dentro, el fuerte olor a productos químicos me irrita la nariz. Contrasta con el aroma dulce y tenue que brota de un ramo de flores de manzanilla que esperan en un tarro a que las transformen en infusión y medicina. Sé que Burdock las recogió en el bosque. Hace poco que ha añadido las hierbas silvestres a la caza.

No hay nadie en la tienda, salvo mi compañera de clase, Asterid March, que está colocando unas botellitas diminutas en un estante tras el mostrador. Una trenza rubia muy larga le cae por la espalda, pero el calor húmedo le ha sacado unos mechones que le enmarcan el rostro perfecto. Asterid es la belleza de la ciudad y es rica, en comparación con el resto de los habitantes del Distrito 12. Antes se lo echaba en cara, pero una vez apareció ella sola en la Veta para tratar a una vecina a la que habían azotado por responder con insolencia a un agente de la paz. Llevaba un ungüento que había preparado y después se marchó con sigilo, sin mencionar nada de pagos. Desde entonces, es la persona a la que la gente pide ayuda cuando un ser querido cae bajo el látigo. Supongo que Asterid tiene más sustancia de lo que cabría pensar al ver a los presumidos de sus amigos. Además, Burdock está loco por ella, así que intento ser agradable, aunque mi amigo tiene tantas posibilidades de ligársela como un sinsajo a un cisne. Las chicas de la ciudad no se casan con los chicos de la Veta, a no ser que todo se descontrole.

—Hola, ¿te sirve esto para algo? —le pregunto al dejar la botella de licor blanco en el mostrador—. ¿Para el jarabe de la tos o algo así?

—Seguro que le encuentro uso. —Asterid me ofrece un precio justo y añade una ramita de manzanilla—. Para hoy. Dicen que da buena suerte.

Me meto el tallo en un ojal.

—¿Quién lo dice? ¿Burdock?

Ella se ruboriza un poco y me pregunto si habré calculado mal las posibilidades del chico.

—Puede que fuera él, no me acuerdo.

—Bueno, a todos nos vendría bien un poco de suerte hoy.

Le echo un vistazo a la bandera, a través de la ventana. Asterid baja la voz.

—No la queríamos poner. Los agentes de la paz insistieron.

¿Qué les habrían hecho de no aceptar? ¿Les habrían reventado la tienda? ¿Se la habrían cerrado para siempre? Me siento mal por haberlos prejuzgado.

—Entonces, no os ha quedado otra. —Señalo con la cabeza la manzanilla—. Ponte tú también una ramita, ¿vale?

Ella me sonríe, triste, y asiente.

Me acerco a la tienda de dulces de los Donner, que está al lado, y compro una bolsita de papel blanco llena de gominolas de colores (las favoritas de Lenore Dove) para compartirlas después. Ella las llama gominolas arcoíris y jura ser capaz de distinguir los diferentes sabores, aunque saben todas exactamente igual. Merrilee Donner, que está en mi clase, me atiende con un vestido rosa nuevecito y cintas a juego en el pelo de color rubio oscuro. Nadie va a detener a los Donner por ir desastrados. Por suerte, Asterid me ha pagado en metálico, porque los Donner no aceptan pagarés, que es lo que reciben del Capitolio los mineros. Técnicamente, solo vale en la tienda del Capitolio, pero muchos de los comerciantes de la ciudad los aceptan y a mi madre le dan muchos por hacer la colada.

Cuando salgo, sonrío un segundo al ver la bonita etiqueta de los caramelos de los Donner y pensar en reunirme con Lenore Dove en el bosque. Entonces me doy cuenta de que ya ha llegado la hora. Las enormes pantallas que flanquean el escenario se han iluminado con la bandera ondeante en honor a los Juegos del Hambre. Hace unos cincuenta años, los distritos se alzaron contra la opresión de nuestro Capitolio, lo que dio inicio a una sangrienta guerra civil en Panem. Perdimos y, como castigo, el 4 de julio, los distritos tienen que enviar a dos tributos cada uno, una niña y un niño de entre doce y dieciocho años, para luchar a muerte en la arena. Quien quede con vida se corona vencedor.

La cosecha consiste en sacar los nombres de los elegidos para los Juegos. Han marcado dos rediles con cuerdas naranjas, uno para las chicas y otro para los chicos. Lo tradicional es que los de doce años se coloquen delante y detrás se vayan colocando los mayores por edades hasta llegar a los de dieciocho. La asistencia es obligatoria para toda la población, aunque sé que mi madre dejará a Sid en casa hasta el último momento, así que no me molesto en buscarlos con la mirada. Como no veo a Lenore Dove por ninguna parte, me dirijo a la zona designada para los chicos de entre catorce y dieciséis años, pensando en mis opciones.

Hoy tengo veinte papelitos con mi nombre en la cosecha. Todos los niños reciben automáticamente uno por cada año, pero yo tengo tres más porque siempre compro tres teselas para alimentar a mi familia. Una tesela te proporciona una ración para una persona de aceite en lata y un saco de harina marcado con la frase «Cortesía del Capitolio» que se recogen todos los meses en el Edificio de Justicia. A cambio, tu nombre entra en el sorteo de ese año una vez más por cada tesela que pidas. Esos papelitos se quedan contigo y se van sumando. Cuatro entradas al año por cinco años, así he llegado a veinte. Pero, para empeorar las cosas, como este año es el segundo Vasallaje de los Veinticinco, en el que se celebra el cincuenta aniversario de los Juegos del Hambre, cada distrito debe enviar el doble de niños. Supongo que, en mi caso, es como tener cuarenta papeletas dentro. Y no me gustan mis probabilidades.

Cada vez hay más gente, pero veo que uno de los niños de doce años de delante intenta ocultar que está llorando. Dentro de dos años, Sid estará ahí. Me pregunto si seré yo o mamá quien se siente antes con él para explicarle su papel en la cosecha. Que tiene que tener buen aspecto, mantener la boca cerrada y no dar problemas. Aunque suceda lo impensable y su nombre salga elegido, tiene que aguantarse, reunir todo el valor posible y subir al escenario, porque resistirse no es una opción. En caso necesario, los agentes de la paz lo arrastrarían hasta allí por mucho que pataleara y chillara, así que al menos hay que irse con algo de dignidad. Y que siempre recuerde que, pase lo que pase, su familia lo querrá y estará orgullosa de él para siempre.

Y si Sid pregunta «Pero ¿por qué tengo que hacerlo?» solo podemos decirle «Porque así son las cosas».

Lenore Dove odiaría esa última parte, pero es la verdad.

—Feliz cumpleaños —me dice alguien al chocarse contra mi hombro, y ahí está Burdock, con un traje raído, y nuestro amigo Blair, que ha heredado una camisa de vestir de su hermano mayor y le queda tres tallas más grande de la cuenta.

Blair me pone contra el pecho un paquete de los cacahuetes tostados de la tienda del Capitolio.

—Y que todos tus deseos se hagan realidad.

—Gracias. —Me guardo los cacahuetes y las gominolas—. No hacía falta que os arreglarais por mí.

—Bueno, queríamos que tu día fuera especial —dice Blair—. Hay que ser muy idiota para nacer el día de la cosecha.

—Es que es de esos que se crecen con los retos —dice Burdock.

—Solo juego con las cartas que me han tocado en suerte. Pero ya sabéis lo que dicen: «Desafortunado en el juego, afortunado en amores». —Me recoloco la manzanilla—. Oye, mira lo que me ha dado tu novia, Burdie.

Nos volvemos hacia el redil de las chicas, donde Asterid habla con Merrilee y su hermana gemela idéntica, Maysilee, la más estirada de la ciudad.

—¿Sus amigas saben lo vuestro, Everdeen? —pregunta Blair.

—No hay nada que saber —responde él, sonriente—. Al menos por ahora.

Los altavoces cobran vida y nos devuelven a la realidad. Justo entonces, veo a Lenore Dove esquivar a un agente de la paz y meterse en el redil. Está muy guapa con el vestido rojo manzana con volantes que en ocasiones se pone para tocar y el pelo recogido con las peinetas metálicas que le ha hecho Tam Amber. Guapa y alicaída.

La grabación del himno berrea por toda la plaza y me hace castañetear los dientes.

Joya de Panem,

poderosa ciudad.

Se supone que debemos cantarlo, pero lo que hacemos es mascullar lo que se nos ocurre, mover los labios en el momento oportuno. Las pantallas proyectan imágenes del poder del Capitolio: ejércitos de agentes de la paz en tierra, flotas de aerodeslizadores en el aire, tanques desfilando por las amplias avenidas del Capitolio, camino de la mansión presidencial. Todo está limpio, y es caro y letal.

Cuando termina el himno, la alcaldesa Allister se sube al podio y lee el Tratado de la Traición, que es, básicamente, las capitulaciones de la guerra. La mayoría de los habitantes del Distrito 12 ni siquiera habían nacido por aquel entonces, pero pagamos el precio, de eso no cabe duda. La alcaldesa intenta mantener un tono neutro, aunque se le nota tanto el desagrado que seguro que la sustituyen pronto. Es lo que pasa con los alcaldes decentes.

A continuación, recién llegada del Capitolio, aparece Drusilla Sickle, una mujer con cara de plástico que acompaña todos los años a nuestros tributos hasta los Juegos del Hambre. No tengo ni idea de cuántos años tiene, pero lleva viniendo desde el primer Vasallaje de los Veinticinco. ¿Tendrá más o menos la edad de Hattie? Cuesta saberlo, porque una hilera de elegantes chinchetas le rodea el rostro y le tira de la piel hacia atrás para sujetársela bien. El año pasado, cada una de las tachuelas estaba decorada con una diminuta hoja de sierra circular. Este año, el tema parece ser el número cincuenta. En cuanto a la ropa, se ha esforzado por incorporar dos tendencias de moda, la militar y la descarada, y el resultado es el traje que lleva en estos momentos: una chaqueta de agente en color amarillo limón a juego con unas botas hasta los muslos y un sombrero de copa con ala de visera. De lo alto del sombrero brota un abanico de plumas que le da el aspecto de un narciso demente. Aun así, nadie se ríe porque aquí ella es el rostro del mal.

Dos agentes de la paz colocan a ambos lados del podio unas bolas de cristal gigantes en las que llevan las papeletas de los tributos.

—Las damas primero —dice Drusilla al meter la mano en la bola de la derecha y sacar una única tira de papel—. Y la afortunada es… —Hace una pausa teatral, le da vueltas al nombre entre los dedos y sonríe antes de clavar el cuchillo—. ¡Louella McCoy!

Se me revuelven las tripas. Louella McCoy vive a tres casas de mí, y es la niña de trece años más lista y valiente del mundo. Un murmullo de enfado recorre a la multitud, y noto que Blair y Burdock se tensan a mi lado cuando Louella sube los escalones hasta el escenario, se echa atrás las coletas negras y frunce el ceño todo lo que puede para intentar parecer dura.

—Y este año, ¡las damas también después! A Louella se le unirá… —Drusilla agita las papeletas de la bola y pesca otro nombre—. ¡Maysilee Donner!

Busco la mirada de Lenore Dove y lo único que puedo pensar es: «No eres tú. Al menos, este año. Estás a salvo».

La multitud reacciona de nuevo, aunque más sorprendida que enfadada porque Maysilee es una chica de ciudad de pura cepa, altiva a más no poder, con eso de que los Donner son comerciantes y que todos están de acuerdo en que su padre será el que suceda a la alcaldesa Allister. Los chicos de la ciudad rara vez salen elegidos como tributos porque, en general, no piden tantas teselas como los de la Veta.

En el redil de las chicas, Maysilee agarra con fuerza la mano de Asterid mientras Merrilee, entre sollozos, la abraza, de modo que las tres cabezas rubias se juntan formando un nudo apretado. Entonces, Maysilee se suelta con cuidado y se alisa el vestido, que es idéntico al de su gemela, solo que de color lavanda, en vez de rosa. Casi siempre va por ahí con la barbilla bien alta, pero, ahora, la levanta más alto que nunca de camino al escenario.

Ahora les toca a los chicos. Me preparo para lo peor mientras Drusilla saca un papel de la bola de la izquierda.

—Y el primer caballero que acompañará a las damas es… ¡Wyatt Callow!

Hace un tiempo que no veo a Wyatt Callow por el colegio, lo que seguramente quiere decir que ha cumplido los dieciocho y trabaja en la mina. La verdad es que no lo conozco. Vive al otro lado de la Veta y siempre va con la cabeza gacha. Me odio por el alivio que siento al verlo acercarse al escenario; avanza con pasos comedidos y una expresión vacía que no desvelan nada. También me siento mal por él. Wyatt debe de estar a punto de cumplir los diecinueve, que es una edad importantísima en los distritos porque es cuando te libras de la cosecha.

Cuando Drusilla vuelve a meter la mano en la bola, empiezo a pensar que es demasiado pedir que tanto Lenore Dove como yo escapemos de este horror. Que dentro de unas horas estemos lejos de esta plaza, abrazados a la sombra fresca del bosque. Contengo el aliento, preparado para mi condena a muerte.

Drusilla le echa un vistazo al último nombre.

—Y el chico número dos es… ¡Woodbine Chance!

Un resoplido involuntario se me escapa entre los labios y varios chicos lo secundan como un eco. Lenore Dove me mira e intenta sonreír, pero no puede evitar centrarse en la última víctima.

Woodbine es el menor y más guapo de los locos hermanos Chance. Se les va tanto la cabeza cuando beben que Hattie no les vende licor blanco por miedo a que la líen con los agentes de la paz, así que tienen que comprárselo al viejo Bascom Pie, que no tiene escrúpulos y se lo vende a todo el que pueda pagarlo. Si los Abernathy huelen un poco a sedición, los Chance directamente apestan a ella, y he perdido la cuenta de los familiares que han perdido en la soga. Se rumorea que Lenore Dove es pariente suya por parte de padre. Parecen tenerle mucho cariño, aunque no sea algo oficial. En cualquier caso, Clerk Carmine no aprueba ese vínculo.

Veo a Woodbine, que está unas cuantas filas por delante de mí, proyectado en la pantalla. Hace ademán de seguir a Wyatt, pero un brillo de desafío le asoma a los ojos grises, se vuelve y corre hacia un callejón. Sus parientes le gritan palabras de ánimo e, instintivamente, se colocan para bloquear a los agentes de la paz. Justo cuando creo que va a conseguirlo (los Chance corren que se las pelan), alguien dispara desde el tejado del Edificio de Justicia y a Woodbine le estalla la base del cráneo.

2

Las pantallas se oscurecen durante un segundo y después regresa la bandera. Está claro que no quieren que el resto del país sea testigo de la revuelta en el Distrito 12.

El caos se adueña de la plaza cuando algunas personas corren hacia los callejones laterales y otras van a ayudar a Woodbine, aunque de poco le servirá ya. Los agentes de la paz siguen disparando, sobre todo como advertencia, pero aciertan a algunos desgraciados que están un poco más allá. No sé adónde ir. ¿Voy a buscar a Sid y a mi madre? ¿Saco a Lenore Dove de la plaza? ¿O corro a refugiarme?

—¿Quién ha sido? ¿Quién ha sido? —grita Drusilla.

Alguien empuja hasta el borde del tejado del Edificio de Justicia a un agente de la paz joven y desconcertado.

—¡Imbécil! —lo insulta la mujer desde abajo—. ¿Es que no podías esperar a que llegara al callejón? ¡Mira la que has montado!

Y la ha montado, sí. Veo a Sid y a mi madre al fondo, y doy un paso hacia ellos cuando una tosca voz masculina resuena por los altavoces.

—¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo! ¡Ahora!

Automáticamente, me hinco de rodillas y me pongo en posición: manos entrelazadas detrás del cuello, frente contra los ladrillos ennegrecidos de la plaza. Por el rabillo del ojo, veo que casi todo el mundo me imita, pero Otho Mellark, un atontado enorme, hijo de los dueños de la panadería, parece desorientado. Le cuelgan las manos carnosas a los lados y arrastra los pies adelante y atrás, y entonces me doy cuenta de que tiene el pelo rubio manchado de la sangre de otra persona. Burdock le da un buen puñetazo detrás de la rodilla, lo que basta para que caiga y salga de la línea de fuego.

Por el micrófono abierto oímos retumbar la voz de Drusilla, que grita a su equipo.

—¡Tenemos cinco minutos! ¡Una tregua de cinco minutos y después tendremos que terminar esto en directo! ¡Deshaceos de cualquiera que sangre!

Por primera vez comprendo que, cuando muestran la cosecha en directo, en realidad no lo es. Debe de haber un retardo de cinco minutos en la retransmisión, por si ocurre algo como esto.

Las botas de los agentes se abren paso entre el público, y los soldados levantan a cualquiera que tenga sangre encima, incluido Otho, y se los llevan a las tiendas cercanas para esconderlos.

—¡Necesitamos a otro chico! ¡El muerto no nos sirve! —dice Drusilla, que baja los escalones que dan a la plaza.

Se oye un gemido agudo seguido de las órdenes de los agentes. Entonces distingo la voz de Lenore Dove y mi cabeza se gira hacia ella como si tuviera vida propia. Está intentando ayudar a la madre de Woodbine, que se ha aferrado a la mano de su hijo mientras un par de agentes de la paz intentan llevárselo. Lenore Dove tira del brazo de uno de los soldados y le suplica que deje a su madre quedarse con él, que la permita verlo un minuto más. Pero no parecen tener un minuto.

Esto no va a acabar bien. ¿Debería acercarme? ¿Sacar de ahí a Lenore Dove? ¿O empeoraré la situación? Es como si tuviera las rodillas pegadas al suelo.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta Drusilla—. ¡Sacad ese cadáver de la plaza!

Un pelotón compuesto por otros cuatro agentes se dirige hacia ellas.

Cuando la madre de Woodbine oye decir que su hijo es un cadáver, pierde por completo los papeles. Empieza a chillar y le rodea el pecho con los brazos para intentar apartarlo de los soldados. Lenore Dove se le une y agarra las piernas de Woodbine para ayudarla a liberarlo.

Mi madre me va a matar por intervenir, pero no puedo quedarme humillado contra el suelo mientras Lenore Dove está en peligro. Me levanto y corro hacia ella con la esperanza de conseguir que suelte a Woodbine. Veo que uno de los agentes de la paz que se acercan levanta su arma para golpearla.

—¡Para!

Doy un salto para escudarla, justo a tiempo de interceptar la culata del fusil que se estrella contra mi sien. La cabeza me estalla de dolor y veo destellos de luz que atraviesan mi campo visual. Antes incluso de caer, unas manos de hierro me sujetan por los antebrazos y me arrastran hacia delante, dejándome la nariz a pocos centímetros de los ladrillos. Después me sueltan de bruces delante de un par de botas amarillas. La punta de una de ellas me levanta la barbilla antes de dejarla caer de nuevo al suelo.

—Bueno, creo que hemos encontrado a nuestro sustituto.

Lenore Dove está detrás de mí, suplicando.

—No os lo llevéis… ¡No ha sido culpa suya! ¡Ha sido culpa mía! ¡Castigadme a mí!

—Ay, por favor, pegadle un tiro de una vez a esa chica —dice Drusilla. Un agente de la paz cercano apunta con su fusil a Lenore Dove, pero Drusilla resopla, exasperada—. ¡Aquí no! Bastante sangre tenemos que limpiar ya. Buscaos un sitio discreto, ¿vale?

Cuando el soldado da un paso hacia Lenore Dove, un tipo con un mono violeta aparece y le pone una mano en el hombro.

—Espera. Si me permites, Drusilla, me encantaría contar con ella para una despedida dramática. Al público le encantan esas cosas y, como siempre nos recuerdas, es todo un reto que se fijen en el Distrito 12.

—Vale, Plutarch. Lo que tú quieras. Pero pon en pie a los demás. ¡Arriba! ¡De pie, cerdos de los distritos! —Cuando me levantan, me fijo en que Drusilla lleva una fusta enganchada al lateral de una bota y me pregunto si es meramente decorativa. Noto su aliento a pescado en la cara—. Pórtate bien o te disparo yo misma.

—¡Haymitch! —grita Lenore Dove.

Empiezo a responder, pero Drusilla me agarra la cara con sus larguísimos dedos.

—Y dejo que ella lo vea.

Plutarch le hace un gesto a uno de los miembros del equipo.

—Apunta con una cámara a esa chica, Cassia, por favor. —Después sigue a Drusilla—. Tenemos grabados a los agentes de la paz controlando a la multitud. Podría ser una oportunidad para vender el enfoque de «Si no hay agentes de la paz, no hay paz».

—¡No tengo tiempo, Plutarch! ¡Apenas me quedan unos minutos para dejar las cosas como estaban! Ve a por el primer chico… ¿Cómo se llamaba?

—Wyatt Callow.

—Vuelve a meter a Wyatt Callow en el redil. —Drusilla se da un golpe en la frente—. ¡No! —Lo medita un momento—. ¡Sí! Los llamaré a los dos. Quedará más natural.

—Te costará otros treinta segundos.

—Pues vamos a ello. —Me señala—. ¿Cómo te llamas?

—Haymitch Abernathy —respondo, y es como si fuera el nombre de un desconocido.

—Haymitch Abernanny —repite ella.

—Haymitch Abernathy —la corrijo.

Ella se vuelve hacia Plutarch, exasperada.

—¡Es demasiado largo!

Él garabatea en su portapapeles y arranca una hoja. Ella la coge y lee:

—Wyatt Callow y Haymitch… Aber… nathy. Wyatt Callow y Haymitch Abernathy.

—Madre mía, eres toda una profesional —la alaba Plutarch—. Será mejor que te pongas en posición. Yo lo coloco a él. —Cuando Drusilla sube a toda prisa los escalones, él me agarra por el codo y susurra—: No seas estúpido, chaval. Si la lías otra vez te matará con tan solo un chasquido.

No sé si se refiere a chascar los dedos o a una forma de morir extrahorrenda y rápida. En cualquier caso, no quiero morir con un chasquido.

Plutarch me conduce a un punto más cerca del escenario.

—Aquí va bien. Quédate donde estás y, cuando te llame Drusilla, subes muy tranquilo al escenario, ¿vale?

Intento asentir. Me palpita la cabeza y los pensamientos me dan tumbos como piedras dentro de una lata. ¿Qué acaba de pasar? ¿Qué está pasando ahora? En algún lugar de mi interior, lo sé. Soy un tributo en los Juegos del Hambre. Dentro de unos días, moriré en la arena. Sé todo eso, pero es como si le pasara a otra persona mientras yo lo observo de lejos.

Los demás miembros del público se han puesto ya de pie, aunque no han recuperado la compostura. Todos se susurran e intentan averiguar qué está pasando.

—¡En directo en treinta! —grita alguien por los altavoces—. Veintinueve, veintiocho, veintisiete…

—¡Callaos! —chilla Drusilla al público mientras alguien le empolva el rostro sudoroso—. ¡Como no os calléis ahora mismo os mataremos a todos!

Como si deseara enfatizar la amenaza, el agente de la paz que tiene al lado dispara unas cuantas balas al aire y un aerodeslizador sobrevuela la plaza.

Todo se queda en silencio muy deprisa y oigo la sangre latirme en los oídos. Siento el impulso de huir, como Woodbine, pero me viene la imagen de su cerebro colgándole del cráneo.

—… diez, nueve, ocho…

En el escenario, todo está como antes del tiroteo: Louella y Maysilee, los agentes de la paz, y Drusilla, que rompe a toda prisa el papel que le ha dado Plutarch y mete las tiras en la pila del interior de la bola de cristal.

Busco con las manos a Burdock y a Blair para sujetarme, pero, claro, no están. Solo hay un par de críos más pequeños que me dan todo el espacio del mundo.

—… tres, dos, uno y ¡en el aire!

Drusilla finge sacar un nombre.

—Y el primer caballero que acompañará a las damas es… ¡Wyatt Callow!

En una especie de extraña repetición de los acontecimientos, veo a Wyatt, tan impasible como antes, acercarse y ocupar obedientemente su lugar en el escenario.

La mano de Drusilla flota sobre la bola y después saca una tira con precisión quirúrgica.

—Y nuestro segundo chico será… ¡Haymitch Abernathy!

Me quedo donde estoy por si esto es una pesadilla y estoy a punto de despertarme en mi cama. Todo está mal. Hace unos minutos, había esquivado esta bala. Me iba a casa, después al bosque, y estaría salvo durante otro año.

—¿Haymitch? —repite Drusilla, que me está mirando.

Mi cara ocupa toda la pantalla de encima del escenario. Empiezo a mover los pies. Veo que enfocan a Lenore Dove, que se ha llevado una mano a la boca. No llora, así que Plutarch no obtendrá la despedida dramática que buscaba. Ni de ella ni de mí. No permitiré que nuestras lágrimas les sirvan de entretenimiento.

—Damas y caballeros, ¡demos la bienvenida a los tributos del Distrito 12 de los Quincuagésimos Juegos del Hambre! —Drusilla nos mira—. ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!

Empieza a aplaudir y oigo por los altavoces que la gente la imita, aunque solo veo a un puñado de personas aplaudir en la plaza.

Localizo a Lenore Dove entre la multitud y nos miramos a los ojos; empezamos a sentir de verdad la desesperación. Por un momento, todo lo demás desaparece y estamos solo los dos. Ella baja la mano y se la lleva al corazón mientras, con los labios, forma las palabras en silencio. «Te quiero más que el fuego a las brasas».
«Y yo a ti», respondo de la misma manera.

Los cañones rompen el hechizo. Me cae encima una lluvia de confeti que cubre también todo el escenario y la plaza. Pierdo a Lenore Dove de vista entre los trocitos voladores de papel.

Drusilla abre mucho los brazos.

—¡Feliz segundo Vasallaje de los Veinticinco a todos!

—Y… estamos fuera —dice la voz de los altavoces.

La retransmisión ha pasado a la cosecha del Distrito 11. Los aplausos enlatados se cortan, y Drusilla gruñe y se deja caer con mucho teatro contra el podio.

Los miembros del equipo de televisión del Capitolio estallan en vítores cuando Plutarch aparece por un lateral del escenario gritando:

—¡Maravilloso! ¡Bravo a todos! ¡Fluidez absoluta, Drusilla!

Drusilla se recupera y se arranca el sombrero de narciso tirando de la correa de la barbilla.

—No sé ni cómo lo he hecho. —Se saca de la bota un paquete de cigarrillos y enciende uno; deja escapar el humo por la nariz, como una chimenea—. Bueno, ¡es una gran historia para contarla en las fiestas!

Uno de los ayudantes aparece con una bandeja cargada de copas con un líquido pálido y me ofrece una por accidente.

—¿Champán? —pregunta, antes de darse cuenta de su error—. ¡Huy, no! ¡Nada para los niños!

Drusilla coge una copa y se fija en los habitantes del Distrito 12 que esperan allí parados, en silencio y abatidos, mientras les caen encima los últimos trocitos de confeti.

—¿Qué estáis mirando? Bestias mugrientas. ¡Marchaos a casa! ¡Todos! —Se dirige a un agente de la paz—. Sácalos de aquí antes de que se me pegue su olor en el pelo. —Se huele un mechón y hace una mueca—. Demasiado tarde.

El agente da la señal y los soldados empiezan a empujar a la multitud para echarla. Aunque veo que Burdock y Blair se resisten, la mayoría corre hacia los callejones, encantada de escapar del calvario de la cosecha para volver a casa, abrazar a sus hijos y, los que frecuentan el puesto de Hattie, emborracharse a fondo.

Me entra el pánico al ver a un agente de la paz del Distrito 12 sujetar a Lenore Dove. ¿Por qué no intervine antes? ¿Por qué esperé hasta que no me quedó más opción que desafiar a ese soldado? ¿Tenía miedo? ¿Estaba desconcertado? ¿O solo me sentía indefenso ante esos uniformes blancos? Ahora estamos los dos condenados. El agente está sacando las esposas cuando Clerk Carmine y Tam Amber aparecen. Hablan con él deprisa, en voz baja, y creo ver dinero que cambia de manos. Es un alivio cuando el hombre mira a su alrededor, la suelta y se aleja. Lenore Dove intenta ir hacia mí, pero sus tíos se la llevan por un callejón.

Los otros desafortunados seres queridos de los tributos de este año se quedan atrás.

El señor Donner se acerca corriendo al escenario con un puñado de dinero, con la esperanza de comprar la libertad de Maysilee, mientras que su esposa y Merrilee se abrazan cerca del escaparate de su tienda.

—¡Papá, no! —grita Maysilee, pero su padre no deja de agitar los billetes delante de la cara de la gente.

En una familia, supongo que los Callow, una mujer llora histéricamente mientras que los hombres han empezado a pegarse.

—¡Lo has gafado! —acusa uno a otro—. ¡Es culpa tuya!

Nuestros vecinos, los McCoy, abrazan a mi madre, que apenas se mantiene en pie. Sid cuelga de su mano y tira de ella hacia delante mientras berrea:

—¡Haymitch! ¡Haymitch!

Ya los echo tanto de menos que me siento morir. Sé que tengo que ser fuerte, pero verlos así me destroza. ¿Cómo se las van a apañar sin mí?

Lo que se supone que pasa ahora es que los tributos entran en el Edificio de Justicia para una despedida final con sus amigos y familiares. Lo he hecho antes. Mi madre y mi padre me llevaron cuando eligieron a Sarshee Whitcomb, la hija del antiguo jefe de la cuadrilla de mi padre. Se había quedado huérfana ese mismo año porque su padre, Lyle, había muerto de la enfermedad del pulmón negro. Mi madre les dijo a los agentes de la paz que éramos familia y nos metieron en una sala de estar con muebles incómodos y polvorientos. Creo que fuimos sus únicas visitas.

Sé que debería esperar a la despedida oficial, pero ahora lo único que me importa es abrazar a Sid y a mi madre. Como el señor Donner y Maysilee están formando un escándalo, aprovecho para acercarme al borde del escenario, agacharme y alargar los brazos para recibirlos.

—¡De eso nada! —Un agente de la paz tira de mí mientras Drusilla sigue hablando—. Para esta gente no hay despedidas. Tras su intolerable comportamiento, han perdido ese privilegio. Llévatelos directos al tren y vámonos de esta pocilga.

Un par de agentes tiran al señor Donner del escenario. Mientras está en el aire, se le escapa el dinero, que baja flotando y se mezcla con el confeti del suelo. Después sacan las esposas.

Louella, que ha estado aguantando muy bien, ahora me mira, muerta de miedo. Le pongo una mano en el hombro para darle fuerzas, pero, como si fuera metal frío al tocar piel, deja escapar un chillido que suena a cachorro en una trampa. Al oírlo, las familias corren al frente, desesperadas por reclamarnos.

Los agentes los retienen mientras Plutarch dice:

—No quiero ser un grano en el culo, Drusilla, pero la verdad es que tengo pocas reacciones de la multitud para el resumen. ¿Podría grabar unas cuantas?

—Si no hay más remedio… Pero si no estás en el tren dentro de quince minutos, te vuelves andando a casa.

—Te debo una —dice Plutarch, que les echa un vistazo rápido a las familias y nos señala a Louella y a mí—. Dejadme a esta y a este.

Los agentes se llevan a Maysilee y a Wyatt al Edificio de Justicia, y golpean a sus parientes con las porras cuando intentan seguirlos. No sé cómo, pero Merrilee se les escapa y, por un momento, las gemelas Donner son una sola persona, fundidas en un abrazo, con la frente y la nariz pegadas. Una imagen en espejo que los agentes de la paz desgarrarán en dos. Veo que Wyatt le echa un último vistazo a la Callow histérica antes de cruzar la puerta.

Louella y yo corremos hacia nuestras familias, pero Plutarch interviene.

—Vamos a conseguir esas tomas.

El equipo barre el confeti de una zona frente a las tiendas. Un cámara se coloca en posición, y Plutarch sitúa a los padres de Louella y a su media docena de hermanos y hermanas delante de la panadería.

—Esperad, si estabais en la cosecha, salid del plano. —Dos de los niños se apartan—. Bien. Muy bien. Ahora, lo que necesito que hagáis es que reaccionéis exactamente igual que cuando oísteis que anunciaban el nombre de Louella. En tres, dos, uno, acción.

La familia McCoy lo mira, paralizada.

—¡Y corten! —Plutarch se acerca a los McCoy—. Perdonad. Está claro que no lo he explicado bien. Cuando oísteis que llamaban a Louella os quedasteis conmocionados, ¿verdad? «¡Oh, no!». Puede que se os escapara un jadeo o que gritarais su nombre. El caso es que algo hicisteis. Y ahora necesito que repitáis para la cámara, ¿vale? —Retrocede—. Así que en tres, dos, uno, ¡acción!

Los McCoy se quedan más impávidos todavía que antes, si cabe. No es confusión: es que se niegan en redondo a actuar para el Capitolio.

—Corten —dice Plutarch, que se restriega un ojo y suspira—. Llevaos a la chica al tren.

Los agentes meten a Louella en el Edificio de Justicia mientras los McCoy por fin se quiebran y gritan su nombre, angustiados. Plutarch hace un gesto para que el equipo grabe su reacción. Cuando los McCoy se dan cuenta de que su desgracia ha quedado recogida en la cinta, se enfurecen, pero los agentes los echan a la fuerza de la plaza.

Plutarch se vuelve hacia Sid y mi madre.

—Escuchad, sé que esto no es fácil, pero creo que podemos ayudarnos mutuamente. Si consigo una reacción que pueda usar, os doy un minuto con Haymitch. ¿Está claro?

Veo que Sid mira un momento al cielo, ya que suena un trueno que parece una advertencia. Miro la cara pálida de mi madre y los labios temblorosos de mi hermano. Las palabras me salen sin que se lo pida.

—No lo hagas, mamá.

Sin embargo, ella me desautoriza y se dirige a Plutarch.

—No, lo haré. Lo haremos los dos, si nos dejas abrazarlo por última vez.

—Trato hecho. —Plutarch los coloca uno al lado del otro, pero mi madre se pone detrás de Sid y lo abraza—. Muy bonito. Me gusta. Vale, así que estamos en plena cosecha, Drusilla está sacando las papeletas de los chicos. Acaba de decir «Haymitch Abernathy». Y tres, dos, uno, acción.

Mi madre ahoga un grito y Sid, desconcertado, como sin duda estaba en aquel momento, gira la cabeza para mirarla.

—¡Corten! Ha estado genial. ¿Podemos intentarlo otra vez y, quizá, jadear un poco más fuerte? Vale, en tres, dos, uno…

Al final no es una vez. Plutarch no deja de pedir respuestas más dramáticas («¡Grita su nombre!», «¡Esconde la cara en el vestido!», «¿Puedes echarte a llorar?») hasta que Sid empieza a llorar de verdad y mi madre parece a punto de desmayarse.

—¡Basta! —estallo—. ¡Ya basta! ¡Tienes suficiente!

Entonces crepita el walkie-talkie que lleva colgado del cinturón y oigo a Drusilla decir con impaciencia:

—¿Dónde te has metido, Plutarch?

—Terminando. Estoy contigo en cinco minutos. —Plutarch les hace un gesto a Sid y a mi madre para que se me acerquen, y ellos corren a abrazarme—. Tenéis dos minutos.

Los aplasto contra mí y sé que es la última vez. Pero no hay tiempo que perder y somos una familia muy práctica.

—Tomad esto.

Vacío en sus manos el contenido de mis bolsillos, dinero y cacahuetes en las de mamá, cuchillo y la bolsa blanca de gominolas en las de Sid. Les lego los restos de mi vida en el 12.

Sid levanta las gominolas.

—¿Para Lenore Dove?

—Sí, asegúrate de que le lleguen, ¿vale?

Sid está ronco por culpa de las lágrimas, pero habla con decisión.

—Las tendrá.

—Lo sé. Porque siempre puedo contar contigo. —Me arrodillo frente a mi hermano menor y le ofrezco la manga, como hacía cuando era diminuto para que se limpiara la nariz—. Ahora eres el hombre de la casa. Si fueras otro crío, estaría preocupado, pero sé que tú puedes hacerlo. —Sid empieza a negar con la cabeza—. Eres el doble de listo que yo y diez veces más valiente. Puedes hacerlo. ¿Vale? ¿Vale? —Asiente y le revuelvo el pelo. Después me levanto y abrazo a mi madre—. Tú también puedes, mamá.

—Te quiero, hijo —susurra.

—Y yo a ti.

A través de la estática del walkie-talkie de Plutarch, oigo de nuevo la voz impaciente de Drusilla.

—¡Plutarch! ¡No te creas que no soy capaz de irme sin ti!

—Tenemos que irnos, amigos —dice Plutarch—. Drusilla no espera a nadie.

Los agentes de la paz se acercan para separarnos, pero mi madre y Sid me agarran con fuerza.

—¿Recuerdas lo que le dijo tu padre a la hija de Whitcomb? —me pregunta mi madre a toda prisa—. Todavía vale.

Hago memoria, recuerdo el Edificio de Justicia, a la niña llorando y el olor enfermizo a flores medio marchitas que impregnaba aquel lugar. Mi padre habla con Sarshee y le dice: «No dejes que te usen, Sarshee. No…».

—¡Plutarch! —chilla Drusilla—. ¡Plutarch Heavensbee!

Los agentes de la paz nos separan a la fuerza. Me llevan en volandas mientras Sid suplica:

—¡No os llevéis a mi hermano, por favor! Por favor, no os lo llevéis. ¡Lo necesitamos!

No puedo evitarlo, debería ser un buen ejemplo para él, pero forcejeo para soltarme.

—¡No pasa nada, Sid! Todo va a ir…

Una descarga eléctrica me recorre el cuerpo y me quedo sin fuerzas. Noto que los talones de las botas rebotan en las escaleras y en las moquetas del Edificio de Justicia, y que se arrastran por la grava del camino que hay detrás. En el coche, permito que me esposen sin resistirme. Tengo el cerebro adormecido, aunque sé que no quiero que vuelvan a darme una descarga. Con piernas temblorosas, subo los escalones metálicos del tren y me lanzan a un compartimento con una sola ventana con barrotes. Aprieto el rostro contra el cristal, pero lo único que veo es un vagón mugriento lleno de carbón.

A pesar de todas las quejas de Drusilla, nos pasamos una hora sin movernos. El cielo se oscurece y estalla la tormenta. El granizo golpea la ventana, seguido de una manta de lluvia. Para cuando las ruedas del tren empiezan a girar, se me han aclarado las ideas. Intento memorizar todas y cada una de las imágenes fugaces de mi casa: los relámpagos iluminando los almacenes maltrechos, el agua cayendo por los montones de escoria y el brillo de las colinas verdes.

Entonces veo a Lenore Dove. Está en lo alto de una cumbre, con el vestido rojo pegado al cuerpo y la bolsa de gominolas en la mano. Al pasar el tren, echa la cabeza hacia atrás y le chilla al mundo su pérdida y su rabia. Y, aunque me destroza, aunque golpeo con los puños el cristal hasta que se me ponen morados, agradezco su último regalo: que le haya negado a Plutarch la oportunidad de retransmitir nuestra despedida.

El momento en el que se nos rompió el corazón nos pertenece solo a nosotros.