1
La familia no se elige
Esta es la historia de Jude.
Como en todas las historias, para entenderla debemos conocer primero a quienes la rodean. Y, aunque hablar de otra persona no es lo ideal para conocer a la protagonista de tu siguiente historia, el caso de Jude es especial.
Y es que Jude nunca se creyó capaz de encabezar una historia. De vivir nada reseñable, nada que pudiera despertar el interés de nadie. Quizá su problema fue que se asumió quién era mucho antes de que ella misma pudiera descubrirlo. Que nunca se le dio la oportunidad de conocerse más allá de lo que se esperaba de ella. Que creció rodeada de personalidades tan fuertes que, en comparación, ella jamás pudo ponerse de puntillas y romper el techo de su propia jaula.
Hablaremos de ella. De cómo creció, se enamoró y le rompieron el corazón. De quién le dijeron que era, de quién descubrió que podía ser.
Pero no te quiero abrumar con los detalles, así que busca un lugar cómodo donde sentarte, hazte con una bebida caliente y acepta este guiño de ojo que acabo de ofrecerte.
Ahora sí. Empecemos por el principio.
Penelope Louise Portman siempre supo que era especial. Sabía que tenía ese toque mágico que tanta gente se pasa la vida entera buscando. Mucho antes de hacerse famosa, ya sabía que iba a ser de esas personas que no se olvidan. No era de las que se marchaban del mundo con una cuenta pendiente. Y no iba a pasar por la vida de puntillas. Si había nacido para ser vista, la verían como a ella le diera la gana. Sin vergüenza. Sin esconderse. Siendo ella misma, le pesara a quien le pesara.
Hija única de una familia acomodada, Penny sentía que su vida no tenía suficientes dificultades. Siempre le había gustado escuchar los dramas de las personas que la rodeaban y no podía soportar no tener uno propio. Tenía que ser la protagonista para lo bueno y también para lo malo. Decidió empezar a trabajar en el Melody Lane, el que en su momento fue el único bar karaoke de su ciudad. Su madre se opuso, motivo por el cual persiguió su propósito con más ganas. Su padre prefirió quedarse al margen de aquella ecuación.
Penny tenía ideas para avivar el local y atraer tanto a turistas como a locales. En aquellos tiempos, la ciudad de Serene Bay, Serena a secas para sus habitantes, era poco más que un lugar más del mapa. Uno sin identidad. Hasta que las fiestas temáticas del Melody empezaron a recorrer las calles, a saltar de boca en boca. Los carteles del local se veían en cada rincón de la ciudad. Los rumores de una preciosa camarera de melena castaña y ojos oscuros llenaban las cabezas de los habitantes. Y estos se sentían un poco decepcionados al encontrarse a una chica con mal humor y poca paciencia.
Fue ese carácter mezclado con sus ojos tristes, ese don para llamar la atención, lo que un buen día hizo que un productor cruzara las puertas del Melody. A esas alturas, Penny se había consagrado como la cantante oficial de Serena. Utilizaba el karaoke a menudo para entretener a los clientes, y la habían apodado Penny Lane porque las canciones de los Beatles eran su especialidad. El productor vio algo especial en ella. Se decía que, cuando cantaba, era capaz de acallar el ruido en las cabezas más ocupadas. Que era imposible olvidarla.
Penny se escapó de casa por molestar a su madre y volvió con un contrato bajo el brazo que, con los años, la convertiría en una leyenda.
Recorrió carreteras, voló en avión por primera vez en su vida, cantó delante de mucha más gente de la que jamás habría soñado conocer… y se enamoró. Muchas veces. Cada una más dramática que la anterior. ¿Su excusa? Bueno, sobre algo tenía que escribir canciones.
¿Qué existe en el mundo más universal que el amor? Mírate a ti, que estás leyendo esta historia.
No obstante, todo lo que sube termina cayendo. Nadie esperaba que Penny Lane lo hiciera en picado.
Lo que sucedió con Penny Lane siempre fue un misterio. Y es que, por mucho que fuera una leyenda, nadie la conocía de verdad. Podría haber sido aficionada a los trenes en su tiempo libre, dedicarse a pintar mandalas, a cocinar para sus seres queridos… Penny siempre hacía especial esfuerzo en mantener una imagen de estrella clásica, de esas que parecen casi inhumanas. Siempre fue inalcanzable. Y ascendió sin miedo a chocar contra el techo.
Hasta que todo terminó.
Podría contarte rumores. También podría echarle la culpa a Jude. Es lo que hace todo el mundo.
Sin embargo, la verdadera historia está en manos de Penny Lane. La que, pese a todo lo que consiguió, pronto fue olvidada. La que pensó que se comería el mundo y terminó apartada en el rincón de los juguetes rotos.
Fue un 24 de junio del año 2000. Penny, que en ese momento apenas rozaba los veinticinco años, casi le provocó un infarto de miocardio a su padre. El parto fue tan rápido —al contrario del que suelen experimentar las madres primerizas— que no fue consciente de sus contracciones hasta que Jude decidió que quería echarle su primer vistazo al mundo. Penny cayó de rodillas sobre la moqueta morada que tanto había odiado a lo largo de su vida. Su padre, desesperado, intentó arrastrarla hacia el coche, su querido Manolito, pero pronto entendió que su nieta no iba a esperar más tiempo.
Curiosamente, a Penny no le resultó tan doloroso como pensó que sería al enterarse de su embarazo. Su cuerpo reaccionó a la pequeña Jude como si la hubiera esperado toda su vida. Como si siempre hubiera formado parte de ella.
Todavía de rodillas en el suelo, sin saber cómo, Penny dio a luz a una niña que no lloró al ver el mundo por primera vez.
Jude llegó al mundo de la misma forma que lo viviría: sin querer molestar a nadie.
Y Penny, desde el primer momento, aborreció a aquella niña extraña y silenciosa. Aquellos ojos oscuros y caídos, iguales a los suyos, que la seguían. Aquella sonrisa que esbozaba cada vez que la veía. Aquel pelo castaño que un día sería exactamente igual al suyo.
Jude no había heredado nada de su padre; todo en ella gritaba el nombre de su madre.
Penny odiaba que todo el mundo le dijera que debería alegrarse de tener a una niña que fuera su viva imagen. Que tenía mucha suerte de que la cría fuera tan tranquila. Que no lloraba ni se quejaba por estar con desconocidos. Sin embargo, ella se sentía como si su propia hija intentara dejarla en evidencia. ¿Por qué no lloraba cuando tenía hambre?, ¿por qué no cogía rabietas como todos los niños que había visto a lo largo de su vida?, ¿por qué siempre parecía mirarla como si no le gustara tenerla cerca?
Pese a los avances de la sociedad y la cabida de la salud mental en la conversación coloquial, nadie estaba preparado para hablar de la depresión posparto. Y Penny, desgraciadamente, jamás fue capaz de ponerle nombre a esa desidia que sentía al ver a la niña. A ese rechazo que le producía que le preguntaran por ella. A que toda su vida y su cuerpo se hubieran visto cambiados.
Ya no era Penny Lane, la cantante. Ahora era Penny, la madre.
Y cómo lo detestaba.
Desde el primer día, supo que esa bebé y ella no tenían nada que ver. Y los años no hicieron que aquella relación mejorara.
Jude se crio entre camerinos, focos y escenarios. Su familia era el equipo de su madre, que eran los que se encargaban de vigilarla cuando Penny Lane estaba ocupada. Llegó al extremo de llamar «papá» a un chico de sonido al que despidieron poco después. Era tan pequeña que se olvidaría de él con los años. De hecho, con el tiempo, iría olvidando muchas de las cosas buenas que le habían sucedido, como si una nube negra se las fuera tragando a cada paso que daba.
A los cuatro años, Penny entró en su camerino y la vio sentada en su silla. Jude era muy pequeña, pero supo enseguida que aquella mirada no era buena. Que no era la forma en que una madre mira a su hija. Y, cuando la subió al coche, supo que iba a tardar mucho en volver a verla. Por primera vez, Jude ascendió la cuesta de Carriers Lane y se detuvo en la última casa sin número ni farola. La que estaba pegada a la colina. Penny la había mandado a vivir con su abuelo en aquella casa de moqueta morada.
Estaba sentada en ella, jugando con unas bolas de hilo, cuando unos meses después le contaron que iba a tener una hermana. Y que iba a llamarse Lucy. A raíz de aquel segundo embarazo, Penny se mudó con ellos.
Con cinco añitos, Jude no entendía todo lo que sucedía a su alrededor. Por ejemplo, que su madre no pudiera salir de casa sin seguridad. O que el abuelo no dejara que Jude hablara con la gente que se acercaba a Penny para pedirle una foto. La niña tampoco entendió, hasta años más tarde, por qué la gente querría una foto con ella o con su madre. O por qué, cada vez que se caía o hacía una tontería en un escenario, una marea de desconocidos se apresuraba a socorrerla. Por lo poco que sabía, los niños solían llevarse regañinas al hacer tonterías. Ella, jamás. Siempre fue intocable. Y eso que Penny apenas la miraba.
Porque lo que Jude siempre entendió, y arrastró durante toda su vida, era que su propia madre era incapaz de quererla.
Quizá no habría dolido tanto de no haber sido porque sí quiso con locura a su hermana pequeña.
Lucy fue un bebé insoportable: no dejaba de llorar, le salían sarpullidos por cualquier tontería, odiaba que cualquiera que no fuera su madre la cogiera en brazos, apenas comía, no le gustaban sus juguetes, golpeaba a Jude… A ver, la golpeaba con juguetes de goma. Lo que le molestaba a Jude era la humillación pública, no el dolor del rebote.
Jude no se sentía orgullosa de sus propios sentimientos, pero siempre tuvo la esperanza de que aquello hiciera que su madre se decantara por ella. La niña que no molestaba. La que cuidaba de su hermana casi a diario. Sin embargo, parecía que a Penny le gustaba que Lucy dependiera de ella. Que la necesitara.
A los diez años, Jude era capaz de cuidar de su hermana de cinco sin problemas. Sabía llamar a urgencias si sucedía algo, poner una lavadora, cambiar un pañal o preparar un biberón. Podía cocinar para diez comensales —y conservarlo después para que durara una semana—, ir a comprar y robar alguna que otra cosilla sin que la pillaran. Sabía diferenciar a quién hablarle y a quién no por la calle —su favorito era un adolescente raro llamado Nino de su misma colina—, arrancar el coche Manolito para su abuelo —aunque tenía prohibido contárselo a otros adultos—, diferenciar casi todas las notas de piano que tocaba su madre —pronto vendieron ese piano—, cantar muchas otras —jamás delante de Penny— y limpiar toda una casa en menos de tres horas.
Con los años, fue perfeccionando todas esas habilidades. Su mayor esperanza era que su hermana la sustituyera en algunas de sus tareas, pero aquello nunca sucedió. De hecho, cuanto más crecía, más responsabilidades tenía Jude. El crecimiento de Lucy sucedió a la vez que la salud de su abuelo empeoraba y, sobre todo, la fama de Penny desaparecía.
Lo cierto es que Jude nunca la recordaría en la cumbre de su carrera. Cuando ella nació, ya había empezado a caer. Siempre fue una sombra de lo que había sido.
Para cuando Jude cumplió dieciséis años, y cuando empezó esta historia, Penny ya no era más que un recuerdo colectivo. Una imagen que su generación guardaba en su memoria. Un tarareo distraído cuando una de sus canciones empezaba a sonar. Pese a que la gente la reconocía, ya no necesitaba seguridad ni le daban pases rápidos en los locales públicos. Ya no era la misma Penny Lane que había sido durante la década anterior.
Jude fue testigo de cómo el micrófono iba viéndose sustituido por una botella. Nunca supo decir si su madre era alcohólica porque, honestamente, pocas veces podía diferenciar si había bebido o no. Penny casi no hablaba con nadie. Apenas salía de casa. Si estaba borracha, lo estaba para sí misma. Su mirada se perdía por los alrededores, su cigarrillo quemaba cortinas y tapetes al despistarse, sus platos quedaban llenos…
Nuestra protagonista también fue testigo de cómo, con los años, Lucy evolucionaba a una chica bastante independiente. Le gustaba contar con la opinión de su madre para elegir sus modelitos, los colores para teñirse el pelo, la forma que dibujaría en sus uñas… Le encantaba ir al centro comercial con Quinn, su mejor amiga de toda la vida, y luego volver con su madre con toda la información que iba recopilando. Era su manera de mantenerla al día de lo que sucedía en Serena. Y, en cierta forma, Jude veía que Penny vivía a través de ella. Le gustaba escucharla. Le gustaba imaginarse todas aquellas cosas que le contaba. Y, aunque nunca llegó a ser una gran figura maternal para ninguna de las dos, por lo menos Lucy se lo pasaba bien con ella.
No era el caso de Jude.
Con los años, la relación que ella compartía con su madre se deterioró hasta pender de un hilo. Como una flor marchita que nadie recuerda regar. Como un libro mojado que, aunque consigas secar, jamás vuelve a tener la misma forma.
Jude dedicó años y energía intentando entenderla, descubriendo cuáles eran los pasos adecuados para no alterarla, intentando ser como Lucy para ver si alguna parte de aquel amor maternal conseguía hacer un huequecito para ella.
Nunca sucedió.
A los dieciséis años, Jude asumió lo que ningún hijo quiere asumir: que su madre nunca la querría de la misma forma que a su hermana.
Aunque le dolía hasta niveles que jamás podría expresar, llegó a preferirlo así. Tras tantos años, no sabría qué hacer con una madre que la quisiera. Se había acostumbrado a vivir sin ese amor. Se había acostumbrado, de alguna forma, a ser la figura responsable de aquella casa. Y contaba con el cariño de su abuelo, que, aunque iba en silla de ruedas, la ayudaba en todo lo que podía.
Él sí que la quería, a su manera un poco cascarrabias. Y aquello le parecía más que suficiente. O eso se decía a sí misma, consciente de que nunca podría aspirar a más.
Y aquí empieza esta historia.
Te guiño otra vez el ojo, querida ratilla lectora, porque no sabes dónde te estás metiendo.
Parte dos
Los ecos del invierno

2
El lanzamiento del corazón en llamas
Ahora que conoces a Jude, deberías saber quién es Isaac.
La parte buena —y mala— de Serena era que todo el mundo se conocía. Quizá Jude no era la persona más sociable del mundo, pero todos sabían que era la hija de Penny Lane. Y lo detestaba. Odiaba que, en cada conversación, el nombre de su madre apareciera como un puñetero rezo. Como si ella fuera una simple extensión del éxito de su madre. Como si fuera culpa suya que ya no lo tuviera.
Porque sí, decían que su existencia daba mala suerte. Era algo así como una leyenda de Serena. Todo el mundo la evitaba, aunque algunos eran más discretos que otros. No ayudaba que Jude, por sí sola, tampoco fuera muy afortunada. Si entraban en un laboratorio, iba a ser la persona que hiciera explotar un cristal. En Gimnasia, la que se caería de boca sobre la colchoneta. En clase, la que soltaría el cuaderno en medio del silencio opresivo de un examen. La que haría el ridículo, vamos.
Su instituto no estaba regido por las típicas normas de populares y marginados, como había visto en los libros y las películas que más le gustaban. Más bien, la gente había crecido en sus grupos de amigos ya formados y no les interesaba salir de ahí. Algunos hacían planes divertidos, otros deseaban formar parte de ellos. Ella se consideraba parte del segundo grupo, porque nunca había terminado de encontrar su lugar.
Porque, por si ser la torpe de la mala suerte e hija de una estrella caída en desgracia no fuera suficiente…, también era la empollona que cursaba un año más del que le correspondía. Sacaba tan buenas notas que ni siquiera podía compartir clases con sus compañeros de generación, sino que en la mayoría de las asignaturas estaba con alumnos mayores que ella. Alumnos que ya tenían sus grupos formados y, por tanto, no la incluían en nada.
Tampoco se sentía muy desolada al respecto, pues siempre tuvo claro que tan solo le interesaba uno de esos grupos. Estaba formado por unas diez u once personas, dependiendo del día. Podría describirte cada miembro, pero solo necesito que te quedes con tres nombres: Josh, Milly e Isaac.
Fíjate que he dejado el mejor para el final, ¿eh? Truquitos, truquitos.
Josh era el hijo de Gordon Phelps, el dueño de la mitad de Serena y la principal causa de la afluencia de turismo de los últimos años. Se había pasado diez años construyendo hoteles, atracciones turísticas y empezando campañas para ser alcalde. También había privatizado una parte de la playa pública y se había hecho con el control del Melody Lane. Y, entre sus muchas propiedades, también era el dueño de la casa del abuelo y a quien le pagaban el alquiler cada mes.
Josh también era el hermano mayor de Quinn, la mejor amiga de Lucy. Tenían una relación un poco rara, pero era mucho más sana que la que compartían Jude y Lucy.
Sé que te estoy soltando mucha información de golpe, pero confía en mí: todo es importante.
Josh siempre fue conocido por sus ataques de ira, por discutir con los profesores y por pecar de soberbia a cada paso que daba. Sin embargo, era de esas personas a las que se les perdonaba todo. Pese a su actitud, su cara —era bonita, no te voy a engañar— te hacía sentir bien en su presencia. Josh se paseaba por el mundo como si fuera suyo. Y siempre era el que soltaba el comentario gracioso en clase, el que hacía que incluso el profesor tuviera que ocultar una sonrisa divertida. Vestía de una forma bastante casual, como si apenas le prestara atención al espejo, pero tenía a medio instituto embobado. Nunca pareció consciente de ello. Como si aquello fuera un efecto secundario al que ya se había acostumbrado.
Jude no lo soportaba.
¿Quién podía ser tan querido sin ni siquiera intentarlo? Era injusto. Ella, que lo intentaba, nunca conseguía nada.
Uf, cómo lo odiaba.
Luego estaba Milly. Ella sí era el prototipo de animadora que seguramente te viene a la cabeza cuando piensas en una. Solo que era tan torpe e insegura como Jude. Era la capitana del equipo de voleibol de la ciudad, aunque nadie sabía muy bien por qué, pues era bastante mala. Aun así, se consideraba la abeja reina de su grupo de amigas. Con ese pelo rubio que se alisaba cada día, esa línea negra que se dibujaba cada mañana en el ojo y esas camisetas que su madre le traía de sus viajes de trabajo…, era la viva imagen de la moda de Serena. O al menos la que seguían las chicas de su clase.
Jude tampoco la soportaba. Aunque, siendo honestos, no soportaba a casi nadie.
Y finalmente estaba Isaac.
Oh, Isaac…
Él formaba parte del grupo, aunque siempre estuvo a años luz de todos ellos. En lugar de entablar conversación, se pasaba el rato dibujando o escuchando música. Incluso cuando compartían mesa en la cafetería, Isaac apenas les prestaba atención. Prefería pasarse el rato en su propio mundo, centrado en aquello que más le gustaba. El hecho de ser el mejor amigo de Josh le daba un pase VIP para entrar en ese grupo, aunque nadie se explicaba muy bien qué pintaba con ellos.
Jude no lo odiaba.
Ya le gustaría haberlo odiado… La de dolores de cabeza que se habría ahorrado.
Aunque jamás lo admitiría, siempre había sentido un pequeño interés estúpido y distante hacia él.
¿Habían hablado alguna vez? No. Dudaba que supiera siquiera que ella existía, pero en su cabeza ya se habían casado de cuarenta formas distintas, habían ido a todas las fiestas de la mano y habían vivido en miles de realidades paralelas.
En todas sus fantasías, un día Isaac levantaba la cabeza y la veía. Y aquello era suficiente para que se enamorara perdidamente de Jude.
Oh, qué bonito era vivir en las fantasías.
Jude jamás pensó que se cumplirían.
Fue un miércoles cualquiera. Estaban en el laboratorio, que a su vez se encontraba en un edificio anexo al resto del instituto. En pleno diciembre, el frío había caído sobre Serena sin piedad y todos vestían abrigos y bufandas. Fue el año en que se averió la calefacción, así que sus manitas temblaban mientras intentaban apuntar lo que les decía el profesor Kessler. Jude llevaba una bufanda morada que había pertenecido a su abuela, pero que ya empezaba a deshilarse. Se la ajustó, respiró hondo y se colocó los guantes de látex.
Aquel día les tocaba analizar las cavidades de un corazón. Para ello, disponían de un corazón de cerdo y de varias pajitas de colores que debían colocar en dicho órgano. La idea era hacerlo en parejas. Una persona colocaba las pajitas, y la otra apuntaba el color con la vena o arteria correspondiente.
¿El problema? A Jude le había tocado compartir proyecto con Milly Palmer. ¿Por qué sus apellidos tenían que ir uno detrás del otro en orden alfabético?
Jude y Milly no se llevaban bien. Milly pensaba que Jude era rarita, y Jude pensaba que Milly era gilipollas.
Una mezcla explosiva.
Otro detalle que deberías saber es que en clase había un alumno nuevo. Robert —mejor Robbie— era el primer alumno nuevo que había tenido su instituto en los últimos veinte años. Era extranjero y, aunque hablaba su mismo idioma, todo el mundo lo trataba como a un paria. Los lugares pequeños no aceptan a la gente que se sale de su norma con la misma facilidad que las ciudades grandes.
Al ser nuevo, Robbie tuvo que colocarse con una pareja. Y la pobre alma inocente las eligió a ellas.
Se suponía que Milly y él iban a escribir los colores y los nombres, pero solo lo hacía Robbie. Jude, por su parte, era la única alumna que colocaba sus pajitas sin un solo gesto de asco. Ni siquiera se dio cuenta de que la sangre seca se había acumulado en sus guantes de látex. Milly contenía arcadas con dramatismo.
—¿Puedes alejar esa cosa de mí? —exigió varias veces.
Jude contempló el corazón durante unos instantes. Luego se lo acercó.
—¿Qué cosa? ¿Esta?
—¡BASTA! ¡No me lo acerques!
—¿Qué te da tanto asco?
—¡El corazón!
—Todos tenemos uno. Bueno, tú no tienes alma, pero seguro que tienes corazón.
—¿Has sacado ese chiste de uno de tus foros de pringada? Vete a escuchar Green Day y cállate.
Jude la ignoró y clavó otra pajita como si fuera a conquistar el corazón de cerdo. Robbie, con la palidez de quien no soporta ver sangre, apuntó el nombre de la arteria.
—Oye —le dijo Jude entonces—, no lo hagas todo tú solo. La inútil también tiene que ayudar.
—Ayudo —comentó Milly—. Cada segundo que pasa sin que vomite por verte la cara es ayuda.
—Oh, ¿qué haríamos sin ti?
—Está bien —aseguró Robbie, que no quería problemas—, puedo hacerlo yo solo.
Milly sonrió con triunfo y se apoyó en el respaldo de su silla. Si le cambiaran el gorro de lana por un cóctel, cualquiera diría que estaba tomando el sol. Lucía una sonrisa muy característica, de esas que solo esbozas cuando estás a punto de decir una crueldad.
—Oye, Robin.
Él carraspeó tímidamente.
—Es Robert. O Robbie.
—Eso, eso. ¿Quieres que te ponga al día?
Jude le lanzó una mirada de advertencia. Robbie quizá era demasiado novato para entender que un consejo de Milly solía estar envenenado, pero ella lo sabía de sobra.
—No molestes al nuevo —advirtió.
Milly le hizo un gesto despectivo.
—Jude, aquí presente, ¡es famosa!
—¿Por qué no te callas un rato? —sugirió la aludida.
Ella la ignoró.
—¿No te suena una tal Penny Lane?
—Oh… —Robbie lo consideró unos instantes—. ¡Oh, claro! ¡De eso me sonabas!
El pobre Robbie lo dijo con toda su buena intención, pero Jude le lanzó tal mirada que él enrojeció. Milly, por su parte, entrelazó los dedos como el villano de una peli de Austin Powers.
—¡Claro! —exclamó, toda alegría—. Es que son superparecidas, ¿a que sí?
—¡La verdad es que sí!
Jude estaba tan ocupada clavándole pajitas al corazón que no se dio cuenta de que, en la mesa de atrás, Josh e Isaac habían dejado de trabajar para escucharlas mejor.
—¿Sabías que Penny Lane es de Serena? —prosiguió Milly con su sonrisita—. De hecho, es la madre de nuestra querida Jude. ¡Y ella también canta!
—Yo no canto —aclaró Jude de mal humor.
—Y tu madre tampoco, me pregunto cómo se haría famosa.
Jude le clavó otra pajita al corazón.
—Cállate —siseó.
—Robbie, ¡podrías pedirle a la madre de Jude que te haga un tour por su casa! He oído que tiene una especie de museo de los horrores de su carrera. Seguro que eres la primera persona en veinte años que se lo pide.
El pobre chico pasaba la mirada de la una a la otra.
—Em…
De pronto, Josh se inclinó sobre su mesa para acercarse a la de ellos.
—Milly —pidió—, ¿puedes callarte cinco minutos seguidos? Hay gente que intenta trabajar.
La aludida pareció muy divertida con la intervención. A Jude, en cambio, le pareció humillante que todo el mundo las estuviera oyendo. Especialmente Isaac, que sabía que estaba justo detrás de ella. Y al que ya no oía garabatear.
Empezó a notar que se le calentaban las mejillas. Milly, al darse cuenta, sonrió todavía más. Parecía el Joker.
—¿Te estoy avergonzando, Judy?
—Milly, cállate.
—Pídemelo de rodillas. Como hizo tu madre para conseguir una carrera.
Apenas había pronunciado la última palabra cuando su voz se transformó en un grito de horror. Y es que Jude, en un intervalo de tiempo que impresionaría a cualquier ojeador de béisbol, echó el brazo hacia atrás y lanzó el corazón de cerdo con todas sus fuerzas.
Contra la cara de Milly, por supuesto.
Todo transcurrió a cámara lenta. Robbie observó la trayectoria con la boca abierta; Josh, con los ojos desorbitados, e Isaac, con una ceja arqueada. Milly, por su parte —y por inercia—, consiguió atrapar el corazón tras el rebote que dio contra su mejilla. La mancha de sangre reseca se quedó sobre su piel y, al verla entre sus dedos, tardó unos segundos de más en reaccionar.
Y entonces el caos arrasó con toda la clase.
Milly gritó con todas sus fuerzas. Por el tono, cualquiera diría que le habían lanzado una bomba y no un corazón de cerdo. El horror hizo que lanzara el músculo a cualquier lado, que resultó ser Josh. Y este, espantado, le dio una palmada que lo hizo volar todavía más lejos. Cayó en la mesa de unas chicas que, del susto, se sumaron a los gritos y lo lanzaron a otro lado.
Así, el corazón empezó a rebotar por toda la clase.
El profesor Kessler, un pobre hombre que estaba a punto de pedir la jubilación anticipada, suspiró y se preguntó por qué tenía que aguantar esas cosas.
La clase estaba sumida en un pánico generalizado y un poco desproporcionado. Los alumnos gritaban y corrían de un lado a otro. Intentaban escapar como si los persiguiera el kraken. Las bufandas volaban. Los corazones de otras mesas, también. Y Jude lo observó todo con los brazos cruzados y el ceño fruncido. El horror. El enfado del profesor. El pánico de Milly, que sollozaba con toda la fuerza de sus pulmones.
Y todo aquello, contra todo pronóstico, se vio interrumpido por un lento pero intencionado aplauso.
Fue como hacer sonar una trompeta en medio de un funeral. Todo el mundo, cada uno en una posición peor que la anterior, se volvió hacia el lugar de donde venía el sonido. El silencio inundó todo el laboratorio. Tan solo fue interrumpido por el aplauso de Isaac Rivera, que tenía la cadera apoyada en su mesa y no dejaba de sonreír y aplaudir lentamente.
Jude se volvió, confusa. Durante unos instantes no entendió por qué la miraba a ella. Por qué estaba aplaudiendo. Por qué sonreía. Isaac sonreía. Tras todos esos años, jamás lo había visto sonriendo. Y no solo eso, sino que parecía estar al borde de la carcajada.
Y era solamente para ella.
Todo habría sido mágico si no hubiese sido por el grito del profesor Kessler.
—¡JUDE PORTMAN! —bramó, rojo de furia—. ¡Al despacho! ¡¡¡Ahora mismo!!!
Por lo menos Milly se llevó la misma bronca que ella.
¿Diez minutos de regaño con la directora a cambio de ver llorar a Milly? Había valido la pena cada segundo.
El problema surgió cuando, de pronto, a la directora no se le ocurrió otra cosa que descolgar el teléfono para llamar a los padres de Milly. Y, por si toda la conversación sobre su madre no hubiera sido lo suficientemente humillante, miró a Jude a los ojos y le dijo:
—Mejor no me molesto en llamar a tu madre, ¿no?
Jude se tragó el orgullo, que le había formado una bola muy incómoda en la garganta.
—Puede llamar a mi abuelo.
—Sí, lo imaginaba.
Milly sonrió en medio de las lágrimas falsas. Jude, por su parte, agachó la cabeza como si la humillación le pesara sobre la nuca.
Los padres de Milly llegaron al cabo de unos instantes como la viñeta que eran: la madre, desesperada por impartir justicia por su pobre hija; el padre, mirando el móvil y recalcando que tenía que volver al trabajo. Se dedicaba a enseñarle casas a gente rica del norte de la ciudad, así que a Jude tampoco le dio mucha lástima. Que se jodiera.
Su abuelo llegó al cabo de unos minutos más. Jude se tapó disimuladamente la cara, previendo la bronca que le esperaba.
—¡¿Se puede saber qué ha pasado ahora?! —bramó él sin saludar ni nada—. ¡Más os vale que alguien se haya muerto!
También atropelló al padre de Milly con la silla de ruedas. Si el abuelo se dio cuenta, lo disimuló bastante bien. Incluso cuando el hombre dio un brinco y se le cayó el móvil al suelo.
El abuelo era un hombre… particular. Tenía mala leche. Había ido empeorando con los años, desde el ictus. Había tenido que aprender a hablar otra vez y, aunque algunas palabras todavía se le atascaban y se frustraba, lo cierto es que se hacía entender. Además, él nunca había necesitado palabras para comunicarse. Le gustaba decir que su idioma era el de la rebeldía. Un ídolo.
Se detuvo junto a Jude y le lanzó una mirada que habría congelado el infierno. Ella enrojeció.
Era curioso, eso de sentirse intimidada por un hombrecito delgado, que iba en silla de ruedas y tan envuelto en mantas y bufandas que prácticamente solo enseñaba sus ojitos cubiertos por unas gafas de medialuna. En algún momento de su vida, alguien le había comprado un ushanka rojo y lo llevaba a todos lados. Jude una vez comentó que parecía un Papá Noel y el abuelo le lanzó un cojín a la cara. No volvió a comentarlo.
El caso es que su abuelo estaba tan rojo como el ushanka. Además, estaba enfadado porque había ido en bus y odiaba compartir espacio con otros seres humanos. Encima, lo había hecho para hablar con unos pijos de la zona norte. Todo mal.
Jude respiró hondo. Esos diez minutos iban a ser los más largos de su vida.
—¿Y bien? —insistió el hombrecito—. ¿Se puede saber qué ha pasado que es taaan urgente?
La directora Baker abrió la boca para responder, pero la madre de Milly se adelantó con dramatismo.
—¿Cómo no va a saberlo? —espetó—. ¡¿Es que no ve a mi hija?!
El abuelo le lanzó una mirada de soslayo.
—La veo y comprendo que llore usted cada vez que piense en ella, pero no entiendo qué tiene que ver conmigo.
La mujer empezó a ponerse roja de la rabia. Menos mal que la directora Baker intervino:
—Me temo que Amelia y Jude han tenido… otro conflicto. En esta ocasión, en el laboratorio de ciencias.
—Ha sido culpa suya —explicó Milly con desprecio.
Jude sonrió con ironía. Dejó de hacerlo cuando el abuelo le asestó un manotazo.
—¿Y qué? —bramó él—. Son adolescentes y se pelean. Oh, qué gran novedad. Que abran las enciclopedias de sociología, necesitamos una nueva entrada.
—Señor Portman —murmuró la directora con ese tono que usaba para hablar con niños pequeños o adultos locos—, me temo que es la sexta vez que debo llamarlos en un solo semestre. Esto ha dejado de ser un conflicto puntual y se ha convertido en un problema. No podemos seguir así.
—Estoy de acuerdo —saltó la madre de Milly—. ¡No puede permitir que mi niña siga compartiendo clase con esa delincuente juvenil!
Ofendida, Jude enarcó las cejas.
—En esta ocasión —volvió a intentarlo la directora—, Jude ha lanzado un corazón contra Amelia y eso ha hecho…
—¡La ha atacado con un órgano que podría haber tenido más de cuarenta enfermedades contagiosas! —insistió la mujer con desesperación—. ¡Agresión!, ¡llámelo por su nombre!
—Y me ha entrado sangre en un ojo —lloriqueó Milly.
Su madre se llevó una mano al pecho. La actuación habría humillado a la mismísima Meryl Streep.
—¡¡¡Podría haberse quedado ciega!!!
—Mejor —murmuró el abuelo—, así se ahorraría ver este cuadro.
—¿Cuadro? —repitió la mujer ofendidísima—. ¡¿Cómo se atreve?!
—¿Cómo quiere que lo llame exactamente?
—¡Intento de asesinato!
—Si mi nieta quisiera matarla, ya estaría muerta.
Aquello desencadenó una oleada de reclamos, discusiones y gritos. La madre de Milly señalaba a Jude y el abuelo imitaba su voz de forma bastante graciosa. Milly lloraba para darle peso al argumento de su madre. El padre, por otro lado, se frotaba los ojos. Y la directora Baker los observaba con los dedos entrelazados y preguntándose por qué había aceptado ese trabajo.
—A ver —intervino esta última—, me temo que las peleas no empiezan sin la participación de dos personas. El compañero de mesa ha dejado claro que Amelia ha empezado el conflicto.
Jude parpadeó sorprendida. No esperaba que Robbie, siendo el nuevo, se atreviera a posicionarse a su favor. Le salía mucho más rentable hacerle la pelota a Milly.
Y la rubia saltó enseguida:
—¡No he provocado a nadie! Solo le he dicho al nuevo que Jude es hija de Penny Lane. ¿Qué tiene eso de malo?, ¿eh?
Jude se tensó en su silla. Especialmente cuando su abuelo se volvió hacia ella. Le lanzó una de sus miradas de advertencia, una de esas que aseguraban que ese tema no había concluido y que ya lo hablarían en casa.
—No tiene nada de malo —aseguró la madre de Milly acariciándole el hombro—. Si ella se avergüenza de su madre, no es culpa de mi niña.
En esa ocasión, Jude intervino para adelantarse a su abuelo. Como hablara el hombrecito, iba a masacrar a medio despacho.
—Milly sabía perfectamente lo que hacía —aclaró Jude—. Si no quería un corazonazo en la cara, debería haberse callado cuando se lo he pedido.
—¿Y quién eres tú? —saltó Milly—. ¿La alcaldesa de la clase?
—La que te lanzará otro corazón si sigues molestánd…
—¡Ya está bien!
Aquello lo dijo el padre de Milly, que empezaba a sentirse un poco desesperado. Se había plantado entre ambas parejas en un triste intento de separar los bandos. E hizo bien, porque Jude estaba a punto de lanzarle un lapicero a su hija. Y esta vez habría apuntado al ojo.
—Ya está bien —repitió—. Está claro que las chicas nunca van a ser amigas, pero eso no quiere decir que tengan que pasarse el día discutiendo. ¿No podemos cambiarlas de clase?
Tanto Jude como Milly asintieron fervientemente.
—Me temo que esa no es una opción —respondió la directora con calma—. Este centro tiene una política muy clara sobre la marginalización de su alumnado y moviendo a una de ellas solo aumentaríamos el conflicto entre otros alumnos que no desean compartir espacio. La solución está en que ambas aprendan a convivir juntas. Que entiendan que no siempre puede gustarnos la persona que tenemos al lado, pero eso no justifica agresiones o ataques personales.
Remarcó aquellas dos cosas mirándolas fijamente a ambas. Tanto Milly como Jude apartaron la mirada.
—He decidido llamarlos —prosiguió la directora, ahora para los adultos— porque quiero que estén al corriente de cuál es la situación actual de ambas chicas. Y advertirles de que no volveremos a tolerar una escena de este calibre.
—¿Nos está amenazando? —saltó la madre de Milly.
El abuelo puso los ojos en blanco.
—Te está diciendo que le pongas un bozal a tu hija.
—¡¿Cómo se atrev…?!
—Lo que quiero decir —intervino la directora con su suavidad habitual— es que esta es la última advertencia. Si volvemos a vivir algo así, no me quedará más remedio que tomar medidas drásticas. La junta de profesores ha propuesto una suspensión disciplinaria de una semana. —Antes de que los padres de Milly saltaran sobre el escritorio para agarrarla del cuello, la pobre mujer levantó las manos y acalló las protestas—. Sin embargo, he decidido reducirlo a una advertencia. Eso no quiere decir que no vaya a haber consecuencias, claro. Van a ser compañeras de laboratorio hasta final de curso. Y ambas deberán cumplir un castigo de un mes…
—¡¿Un mes?! —repitió Milly con los ojos desorbitados.
—… en la sala de castigos después de clases. Una hora cada día durante un mes. Podrán hacer sus deberes, ponerse al día con sus apuntes…
—¡No es justo! ¡Yo no he hecho nada!
—Me temo que la decisión está tomada, Amelia. Y es una advertencia para que ambas analicéis mejor vuestros actos. No solo se trata de comportaros, sino también de velar por vuestro futuro. Con las notas que tienes, Jude… No lo arruines por mal comportamiento. Y tú tampoco, Amelia. Gracias a todos por venir y espero que esta reunión sirva como reflexión.
Los padres de Milly se quedaron en un rincón del pasillo, amonestándola entre susurros furiosos. Cuando Jude pasó junto a ellos, la mujer rodeó a su hija con un brazo como si acabara de pasar el anticristo. Solo le faltaba sacar un crucifijo. Jude suspiró y siguió caminando junto a su abuelo.
El hombre no dijo nada hasta que llegaron a la puerta del instituto. Jude lo ayudó a bajar la rampa y a detenerse junto a la parada del autobús, que se encontraba justo al lado de la entrada. No fue hasta entonces que el abuelo la analizó con la mirada.
—¿Un corazón?, ¿en serio?
—Era lo que tenía a mano.
—Sabes perfectamente que no me refería a eso. ¿Cómo se te ocurre, Jude?
Ella quiso decirle que se lo merecía y que no se arrepentía, pero no se atrevió. Podía soportar muchos desprecios, pero haber decepcionado a su abuelo era horrible.
—Lo siento —murmuró.
—Y más que lo vas a sentir, porque vas a cumplir con ese castigo.
—Ya…
—Y espera que se lo cuente a tu madre.
—Si a Penny le importara, estaría aquí.
Otra mirada de advertencia. Jude mantuvo la vista clavada en el suelo.
—Es «mamá» —aclaró el hombre—, no «Penny».
—Sigue sin estar aquí.
—No seas dura con tu madre.
De nuevo, silencio. El bus ya había doblado la esquina. Jude lo agradeció en silencio.
—Ya hablaremos en casa —aseguró su abuelo—. Ni se te ocurra llegar tarde.
—Que sí, abuelo…
—Y ven aquí.
En esa ocasión, sonreía. Su abuelo rara vez ofrecía gestos cariñosos, pero sus ojillos podrían considerarse alegres tras las gafas de medialuna. Especialmente cuando extendió una mano hacia ella. Jude chocó su puño suavemente con el suyo. Después giró la mano para darle con los nudillos y finalmente las apretaron de forma breve y decidida.
—Pórtate bien —le dijo él—. Aunque, si te cargas a la llorona, tampoco me quejaré.
Para cuando se subió al bus entre maldiciones e insultos para que la gente se quitara de en medio, Jude ascendió las escaleras del instituto con una pequeña sonrisa.
3
El chico del pupitre de enfrente
Jude nunca lo admitiría, pero la sonrisa de Isaac permaneció en su cabeza durante mucho más tiempo del que debería.
¿Hizo algo al respecto? Pues no, pero pensó mucho en ello.
Tal y como sospechaba, Penny no entendió el incidente del laboratorio, o no quiso entenderlo, así que no tuvo más bronca que la de su abuelo. Y el castigo correspondiente después de clases, que tampoco le parecía un gran precio a pagar a cambio de haberle arruinado la mañana a Milly.
Cumplió su primera semana de castigo sin ninguna protesta. De hecho, le resultó reconfortante tener una excusa para hacer los deberes tranquila. En casa de Penny era complicado concentrarse. Así que Jude cumplía con su condena, desde el otro extremo del aula que Milly, y volvía a casa una hora más tarde, sin ningún remordimiento y encantada por el tiempo libre.
Ocho días después del incidente, entró en clase de Literatura con sus libros bajo el brazo. Esa mañana Lucy se había quedado dormida y habían perdido el bus. Es decir, que habían corrido para no llegar tarde. Consiguió entrar en el instituto con un margen de medio minuto, la cara roja y la respiración atascada en la garganta.
La profesora acababa de llegar. Todavía colocaba sus cosas. Silenciosa como una ninja, Jude pasó por detrás de ella y contempló las mesas libres.
Sus opciones de compañero de pupitre eran:
–Milly (ja, ni de coña).
–El chico que se tiraba pedos porque tenía intolerancia a la lactosa pero desayunaba leche con cereales cada puñetero día (no, gracias).
–La amiga número seis de Milly (ni de coña otra vez).
–Robbie, el nuevo. El chico que la había defendido delante de la directora.
Lo tuvo claro. Y, por si hubiera alguna duda, Robbie hizo un tímido gesto de saludo.
Jude se acercó antes de que la profesora se diera la vuelta. Estaba tan apurada que apenas se fijó en Isaac, que estaba sentado justo delante de ella y la había seguido con la mirada.
Todavía un poco ahogada por el maratón que se había metido entre pecho y espalda, Jude se dejó caer en el asiento y empezó a quitarse capas de ropa. Robbie la observaba con los ojos muy abiertos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Acabo de correr quince minutos seguidos. Y sin desayunar.
—Ah, bueno, no es para tant… —Al ver su cara, Robbie cambió el discurso—. Qué… bufanda tan bonita. Y tan morada. En plan berenjena.
Jude suspiró y se quitó la bufanda. Estaba acalorada. La lanzó sobre la mesa sin pensarlo demasiado, pero su mirada permaneció en la prenda. Especialmente cuando vio que alguien la tomaba entre sus dedos.
Durante unos instantes, Jude no entendió qué estaba pasando. Su mirada ascendió por el largo de su bufanda, que de pronto le parecía horrorosa —sí que le recordaba a una berenjena—, y por las manos morenas que jugueteaban con ella…, hasta llegar al dueño del jersey negro que toqueteaba una de las bolitas de lana morada.
Jude dejó de desabrocharse la chaqueta, todavía con las manos en la cremallera. No sabía qué hacer. Isaac contempló sus propios dedos jugando con la bolita y luego elevó la mirada. Al ver a su compañera tan pasmada, esbozó lo que parecía una sombra de sonrisa. Ella notó que su cara, ya de por sí roja, se volvía todavía más llamativa. La sonrisa de Isaac aumentó. Ella parpadeó. Él hizo un gesto de asentimiento un poco vago, como si quisiera saludarla. Y entonces dejó la bufanda en la mesa con suavidad y se volvió hacia la profesora, que había empezado la clase.
Si Jude hubiera tenido un diario en el que apuntar sus cosas, esa habría sido la entrada más marcada de su vida.
A partir de ese día, Isaac sería lo único que recordaría de sus clases de Literatura. Y es que, en cada lección, él le hacía un breve gesto de reconocimiento. Una mirada de reojo, una caricia sobre alguna de las prendas que ella lanzaba de cualquier manera sobre su mesa, un gesto de aprobación a alguna de sus intervenciones… Y Jude, que debería haber empezado a acostumbrarse, sentía que a cada ocasión se ponía más nerviosa.
Pese a que su enamoramiento infantil llevaba mucho tiempo en marcha, Isaac empezó a llenar sus pensamientos como nunca antes. Mientras hacía la cena, acompañaba a su abuelo al médico o vaciaba los ceniceros de Penny, pensaba en él. Qué romántica ella. Pero pensaba en él, que era algo que jamás le había sucedido.
Se preguntaba si sería posible…
No, era imposible.
Pero ¿y si…?
No, no, no. ¿Cómo iba a fijarse en ella?
A ver, la miraba mucho…
¡¿Y si estaba todo en su cabeza?!
¡¿Y si le gustaba?!
¡¿Y si estaba haciendo el ridículo?!
¡¡¡¿¿¿Y si no???!!!
¿Y si perdía tanto el tiempo pensando en las posibilidades que nunca llegaba a hacer nada? Esto no lo pensó Jude, pero te lo digo yo.
El caso es que no podía pensar en otra cosa. Tenerlo delante no ayudaba, porque Jude podía observarlo tanto como quisiera sin que él se diera cuenta: cuando se inclinaba sobre la mesa; cuando los músculos de sus brazos se flexionaban bajo el jersey porque apuntaba o dibujaba alguna cosa que nunca alcanzaba a ver; cuando se apoyaba en las patas traseras de su silla con un brazo sujetándose en el respaldo; cuando se volvía para mirar por la ventana y ella podía analizar su perfil distraído; cuando ignoraba a los demás pero se volvía para escuchar las intervenciones de Jude; cuando Josh, sentado a su lado, le susurraba algo y él le ofrecía un asentimiento y poco más; cuando miraba su móvil por debajo de la mesa; cuando le daba vueltas a su lápiz favorito a toda velocidad sin ni siquiera mirarlo. Le gustaban sus ojos oscuros. Su pelo siempre desordenado. Sus labios fruncidos por la concentración. El lunar que tenía en el dorso de la mano. Sus dedos largos —¿desde cuándo le importaban los dedos?—. Sus pestañas, que eran más bonitas que las de ella. Le gustaba su nariz también. Y la arruguita que se le formaba en la comisura de la boca las pocas veces que esbozaba una pequeña sonrisa.
A ver…, ¡tampoco es que se fijara tanto en él!
Solo… un poquito. Lo justo y necesario.
Pero era culpa de Isaac, por haberle hecho caso cuando podría haber seguido ignorándola. ¡Eso le pasaba por darle alas a una persona que vivía el noventa por ciento de su vida dentro de su propia cabeza!
Sin embargo, nunca hablaban. Quizá no valía la pena pensar en él.
Porque Jude no iba a ser la primera en hacerlo, ¿eh? Bastante tenía con no explotar por el simple gesto que le hacía cada día al sentarse. ¿Cómo iba a hablarle? Además, dudaba que él tuviera intenciones de hacerlo. Porque ni siquiera lo había intent…
—Hola.
Jude dejó de apuntar en su libreta. De hecho, dejó de respirar.
Se suponía que ese día la profesora les había dado diez minutos para hacer un comentario de texto, pero todo el mundo se dedicaba a hablar. Quizá por eso dudó entre ilusionarse y levantar la cabeza, o asumir que Isaac no le estaba hablando a ella.
Porque era imposible que le estuviera hablando a ella.
Jude lanzó una mirada preventiva hacia Robbie. En los últimos días se habían unido un poquito y, aunque no charlaban demasiado, pasaban bastante tiempo juntos. Y, al ver que su compañero había levantado la mirada y rozaba la catatonia, Jude asumió que, efectivamente, Isaac se estaba dirigiendo a ella.
Finalmente, levantó la cabeza.
Y sí, la estaba mirando a ella. Se había sentado de lado, con el brazo pasado por encima de su propia silla para apoyarlo en la mesa de Jude. Uno de sus dedos repiqueteaba un ritmo desconocido sobre la superficie de madera. Ella pudo sentir cada vibración bajo los brazos, que todavía no había sido capaz de mover. Isaac volvía a lucir esa sonrisa no del todo formada que esbozaba cada vez que la veía, como si tuviera que contener las ganas de reírse, pero a la vez no se diera cuenta del gesto. La arruguita había salido a saludarla.
Ese día Isaac se había puesto una sudadera de una banda de música que llevaba años sin sacar nada nuevo. Todavía tenía el pelo oscuro un poco húmedo por la nieve, lo que la llevó a pensar que no se había molestado en ponerse la capucha.
Mientras ella pensaba en todo eso, Isaac había hablado y Jude todavía no tenía ninguna respuesta. De hecho, no se dio cuenta hasta que Robbie le clavó una patada ruidosa por debajo de la mesa. Sobresaltada por el sonido, dio un brinco y se pegó al respaldo de su silla, lo más lejos posible de Isaac.
—Hola —dijo, como si nunca antes hubiera saludado a nadie.
La fuente de todos sus nervios, que iban multiplicándose a cada segundo, se mantuvo en silencio unos instantes. Seguía repiqueteando un ritmo sobre el pupitre.
—¿Sigues castigada?
—¿Eh?
—Después de clases —aclaró.
En realidad, Jude lo había entendido. Lo único que no comprendía era el porqué de la pregunta. O el porqué de interesarse en su vida, cuando era la más aburrida de la historia.
Jude asintió.
—Sí.
—¿Y qué tal?
—¿Me estás preguntando qué tal el castigo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Voy a hacer un artículo protesta y necesito un testigo.
La pobre chica estaba tan paralizada que no entendió la broma. Robbie sonrió con la mirada clavada en su cuaderno.
Aquella conversación había atraído también la atención de Josh. Dejó de apuntar un momento e intercambió una mirada entre Jude e Isaac, pero ninguno de los dos se dio cuenta, pues estaban ocupados mirándose el uno al otro.
Isaac, al ver que ella no comprendía la broma, sonrió y se inclinó sobre la mesa que los separaba. Esta vez apoyándose con ambos brazos. Jude se echó un poco más hacia atrás. No entendía sus propias reacciones, pero le habían empezado a sudar las manos.
—Bien —dijo ella finalmente—. Aburrido, pero bien.
Él asintió como si estuviera esperando esa respuesta.
—Puedo hacerlo más entretenido, si quieres.
De nuevo, ella no entendió lo que quería decir. Y, con todos los nervios acumulados, le sorprendió lo segura que sonó su respuesta.
—Vale.
Jamás habría adivinado lo que pasaría a continuación.
Isaac, todavía apoyado en su mesa, volvió la cabeza hacia la profesora Marsh. La mujer estaba analizando unos papeles con gesto crítico, pero levantó la cabeza en cuanto él gritó:
—¡Oye!
Toda la clase se quedó en silencio y se volvió hacia Isaac, que, con su gesto aburrido de siempre, mantuvo la mirada clavada en la profesora.
Ella enarcó una ceja.
—¿Te parece que esa es manera de…?
—Tengo una duda, profesora.
—Sorpréndeme.
—¿Cuánto cobra por mandarnos deberes y no hacer absolutamente nada durante media clase?
Jude contuvo la respiración. Robbie abrió mucho los ojos. Josh miró a su amigo como si se hubiera vuelto completamente loco.
Pero ninguna mirada era como la de la profesora Marsh, que tardó un intervalo ridículamente largo en asumir lo que acababa de oír. Al entenderlo, se levantó tan deprisa que su silla osciló tras ella.
—¡Tienes tres segundos para disculp…!
—Oh, puede quedárselos. Pero gracias por su tiempo.
La mujer, furiosa, lo señaló con un dedo acusador.
—¿Quieres ser el gracioso del aula, Isaac? —espetó—. Pues ya te reirás después de clase, ¡porque te vas a quedar dos semanas en la sala de castigos!
La profesora ocupó su asiento y murmuró algo relacionado con alumnos maleducados. El resto de la clase se contenía para no reírse o comentar nada del encontronazo.
Isaac se volvió para mirar a Jude. Sonrió de forma misteriosa, casi como si acabara de guiñarle un ojo, y repiqueteó el dedo una última vez sobre la mesa. Tras eso, se sentó bien y volvió a centrarse en su dibujo.
Jude no dejó de pensar en él durante todo el día. Especialmente a la hora de la comida, cuando se cruzaron de cerca, pero Isaac apenas le prestó atención.
Qué contradicción de chico.
Como cada día, ella fue directamente a su mesa porque se había preparado la comida en casa. También se la había preparado a Lucy, que estaba sentada al otro lado de la cafetería con su grupo de amigas, entre las que se encontraba Quinn, su mejor amiga. La contempló unos instantes, distraída, hasta que tuvo la sensación de que ella también estaba siendo observada.
De forma casi inconsciente, su mirada fue a parar sobre Josh. Se dirigía a su mesa y no perdió la oportunidad de observar a Jude de forma intencionada. Como si estuviera analizándola en busca de algo interesante y no pudiera encontrarlo, el asqueroso.
En ese momento, Jude todavía no sabía lo importante que terminaría siendo Josh en su historia. El antes y el después que supondría para ambos que sus caminos decidieran cruzarse.
Años más tarde, recordaría esos mismos ojos azules, esos que al principio habían hecho que se sintiera fuera de lugar, y no sería capaz de pensar en ellos sin que le entraran ganas de llorar. Recordaría esa misma sudadera gris, la que llevaba puesta aquella mañana en la cafetería, porque sería la misma que llevaría ese último día. Envuelta en llamas. Las manchas de sangre y ceniza. Y sus propias lágrimas, saladas cuando resbalaron hasta sus labios agrietados.
Jude le devolvió la mirada, más confusa que intimidada. Josh torció el gesto con desagrado y fue a su mesa sin volver a prestarle atención.
—¿Puedo sentarme aquí?
La voz de Robbie hizo que ella volviera a centrarse. Le ofreció una pequeña sonrisa y apartó la bandeja para que cupiera. Como casi cada día, ambos comieron acompañándose de algún que otro comentario, pero poco más.
Antes de presentar a la tercera integrante de la mesa, debería aclararte un detalle de la vida de Jude: para ella, el instituto fue insignificante.
Nunca se sintió parte de ningún grupo ni vivió nada que sintiera que fuera a cambiarle la vida. Jamás podría recordar un momento que destacara entre los demás, más allá de alguno con ese grupo reducido con el que se relacionaba. Tampoco hizo amistades para toda la vida. Ni descubrió nada de sí misma que no conociera ya. Pasó por esa época sin pena ni gloria, como se había sentido en la mayoría de los aspectos de su vida.
Años más tarde, entendería por primera vez que sus propias inseguridades le habían impedido relacionarse con los demás. Buscar su lugar en el mundo y luchar por asentarse en él. En ese momento, sin embargo, solo sentía que no era lo suficientemente interesante como para integrarse en ningún grupo.
Si tan solo hubiera sabido que todo el mundo se sentía así…
El caso es que, en medio de toda aquella bruma, un día apareció Nia. Era de la parte norte de la ciudad —la rica, sí— y vivía en la calle de Josh Phelps. Juraba constantemente que habían sido amigos durante unos años, pero él no parecía recordarla. Nia tenía historias parecidas con todos los hijos de familias ricas de la ciudad, pero estaba tan sola que había tenido que conformarse con ser amiga de Jude.
Por lo menos así se sentía Jude. Nia tan solo se relacionaba con ella cuando no tenía alternativa. Jude era su amiga de banquillo, la que se conformaba con ser la segunda opción porque no tenía tanto valor como para ser la primera. A veces Jude se decía a sí misma que estaba bien, que no le importaba. En otras ocasiones le dolía un poco más. Pero la triste realidad era que prefería ser una amiga de banquillo y conformarse con las migajas que estar completamente sola. Porque, aunque pasaba mucho tiempo en soledad, le tenía un miedo horrible al abandono.
Además, su amistad no siempre había sido así. Hubo un tiempo en el que le encantaba estar con Nia. Qué pena…
Ese día, su amiga se sentó delante de ella dando un golpe sobre la mesa con la bandeja. El pobre Robbie dio un respingo.
—¿Se puede saber qué le has hecho a Milly? —le preguntó Nia a Jude—. ¡No me han dejado sentarme a su mesa!
Jude lanzó una mirada a dicha mesa. Isaac escuchaba música y miraba por la ventana, Josh hablaba con Milly y los demás participaban en la conversación.
—Nada que no se mereciera —concluyó.
—Hola —intervino Robbie entonces—, soy Robbie. Creo que no nos conocemos.
Nia le lanzó una mirada irritada y, como si no hubiera oído nada, volvió a centrarse en Jude.
—¿Le lanzaste un corazón?
—Ah, así que ya te han llegado los rumores…
—¡Pues claro que me han llegado! ¿De qué quieres que hable aquí la gente, Jude?, ¿del tiempo? ¡Si nunca pasa nada!
—Pues espero un agradecimiento colectivo por el cotilleo.
—¡No tiene gracia! —se exasperó Nia—. ¿Por qué tengo que pagar yo por tus cagadas?
—¡Ya se les olvidará! Ni que le hubiera lanzado un cuchillo…
—A veces siento que te dan igual mis sentimientos.
—¿Y qué quieres que haga?
—Disculparte.
Jude contuvo una risotada.
—Será una broma.
—No lo es —aseguró Nia muy seria—. Por tu culpa, no quieren invitarme a la fiesta de Navidad.
—Nunca te han invitado a ninguna fiesta.
—¡Iban a empezar ahora!
—¿Eso te dijo tu buena amiga Milly?
Nia levantó un dedo acusador.
—Que tú le tengas manía no quiere decir que yo no pueda ser su amiga.
—Por favor… ¡La única amiga que tiene Milly es ella misma!
—¡Por eso tienes que disculparte!
—No.
Nia la contempló unos instantes con impotencia, como si midiera si valía la pena insistir. Al final, recogió su bandeja de nuevo y miró a Robbie.
—¿Quieres un consejo? No esperes un mínimo esfuerzo de su parte.
Jude fingió que aquello no le había dolido y removió su yogur de frutas. Mantuvo la vista clavada en él para no ver a Nia alejarse de ellos.
El silencio se extendió unos instantes. Hasta que Robbie carraspeó con incomodidad.
—Bueno… —murmuró—, tu vida no es nada aburrida.
—¿Ya te arrepientes de juntarte conmigo? Puedes seguir a Nia, si quieres.
—No te ofendas, pero tampoco es que tenga muchas más opciones que tú.
—Vaya, gracias.
Robbie enrojeció.
—Ha sonado un poco peor de lo que quería. Perdón.
Jude dejó de remover su yogur durante un instante.
—Tienes que dejar de disculparte por cualquier cosa —concluyó.
—¿Eh?
—Te disculpas demasiado, Robbie.
—Ah…, perdón.
Jude enarcó una ceja. Él enrojeció todavía más.
—Perd… Quiero decir…
—En el laboratorio lo haces constantemente. Sobre todo con Milly —insistió ella al recordarlo—. No tienes que disculparte con alguien que claramente se está burlando de ti. Sin ofender.
Él suspiró y removió su almuerzo recién comprado sin mucho ánimo.
—No, no… Tienes razón. Mi padre también me lo dice.
Hubo una pausa un poco incómoda en la que ninguno de los dos comió y aun así ambos se centraron en su plato de comida.
—¿Y quién era esa? —preguntó Robbie entonces.
—Una… Bueno… Es Nia.
—¿Una amiga?
—Supongo.
Robbie asintió como si lo entendiera, aunque ni la misma Jude lo hacía.
—Quizá yo no debería disculparme tanto —murmuró él— y quizá tú deberías saber si la gente que te rodea es tu amiga o no.
Por motivos que desconocía, Jude esbozó una pequeña sonrisa divertida. Al darle un codazo, vio que Robbie tampoco podía contener la suya.
Vaya dos.