Cuando tenía unos trece años, empecé a salir con un grupo de chicos que se reunían habitualmente para hacer largas excursiones por las montañas cercanas a Seattle. Nos conocimos siendo boy scouts. Hacíamos mucho senderismo y muchas acampadas con nuestra tropa, pero muy poco después formamos una especie de grupo separado con el que salíamos a hacer nuestras propias expediciones —y así es como las considerábamos, expediciones—. Queríamos más libertad y más riesgos que en las excursiones que nos ofrecían los Scouts.
Normalmente éramos cinco: Mike, Rocky, Reilly, Danny y yo. Mike era el líder; tenía unos años más que el resto y mucha más experiencia al aire libre. Durante tres años o así anduvimos cientos de kilómetros juntos. Recorrimos el parque nacional Olympic, al oeste de Seattle, y el área protegida de Glacier Peak, al nordeste, e hicimos excursiones por la costa del Pacífico. A menudo, nos íbamos siete días seguidos o más, con la única guía de unos mapas topográficos, atravesando viejos bosques y playas rocosas en donde tratábamos de cronometrar las mareas mientras las recorríamos a toda prisa. Durante las vacaciones escolares, viajábamos para hacer senderismo o acampada, hiciera el tiempo que hiciera, lo que en el noroeste del Pacífico a menudo significaba una semana de pantalones de lana del ejército empapados que nos producían picores y de dedos de los pies que parecían ciruelas pasas. No hacíamos alpinismo técnico. Nada de cuerdas, eslingas ni escarpadas paredes de roca. Solo caminatas largas y duras. No había peligro más allá del hecho de que éramos unos adolescentes que nos adentrábamos en las montañas a muchas horas de distancia de cualquier ayuda y mucho antes de que los teléfonos móviles existiesen.
Con el paso del tiempo, nos convertimos en un equipo desenvuelto y muy unido. Concluíamos una larga jornada de caminata, decidíamos dónde acampar y, sin apenas decirnos nada, cada uno se encargaba de su labor. Mike y Rocky podían atar la lona que nos haría de techo durante la noche. Danny rebuscaba entre la maleza madera seca y Reilly y yo nos encargábamos de frotar un palo con unas ramitas para encender la hoguera que tendríamos de noche.
Y, luego, comíamos. Comida barata que no pesara mucho en nuestras mochilas, pero que fuese suficientemente sustanciosa como para alimentarnos durante el viaje. Nunca hubo nada que supiera mejor. Para la cena cortábamos un trozo de jamón enlatado y lo mezclábamos con paquetes de comida preparada, ya fuera pasta condimentada o ternera Stroganoff. Por la mañana podíamos tomar una mezcla de polvos instantáneos para desayunar u otros que con agua se transformaban en una tortilla rellena de pimientos verdes, jamón y cebolla, al menos eso decía en la caja. Mi desayuno favorito: Smokie Links de Oscar Mayer, unas salchichas que se anunciaban como «solo de carne» y que ya no existen. Usábamos una única sartén para preparar la mayor parte de la comida, y la servíamos en unas latas de aluminio que cada uno llevábamos. Aquellas latas eran nuestro balde para el agua, nuestro cazo y nuestro cuenco para la avena. No sé quién de nosotros inventó la bebida caliente de frambuesa. No es que se tratara de una gran innovación culinaria: nos limitábamos a añadir los polvos instantáneos de gelatina al agua hirviendo y nos la bebíamos. Servía como postre o como chute de azúcar por las mañanas, antes de la jornada de senderismo.
Estábamos lejos de nuestros padres y del control de ningún adulto, tomando nuestras propias decisiones en cuanto a dónde ir, qué comer, cuándo dormir, sopesando por nuestra cuenta qué riesgos asumir. En la escuela, ninguno de nosotros éramos chicos populares. Solo Danny participaba en un deporte de equipo, el baloncesto, y pronto lo dejó para tener más tiempo para nuestras excursiones. Yo era el más delgado del grupo y normalmente el más friolero, y siempre sentía que era más débil que el resto. Aun así, me gustaba el desafío físico, y la sensación de autonomía. Aunque el senderismo se estaba convirtiendo en una actividad popular en nuestra zona del país, no muchos adolescentes deambulaban solos por los bosques durante ocho días.
Dicho esto, estábamos en la década de 1970 y las actitudes hacia la crianza eran más relajadas que en la actualidad. Por lo general, los niños tenían más libertad. Y para los primeros años de mi adolescencia, mis padres ya habían aceptado que yo era diferente a muchos de mis compañeros y habían aprendido que necesitaba una cierta independencia para abrirme camino en el mundo. Llegar a esa conclusión requirió un gran esfuerzo, especialmente para mi madre, pero tuvo un papel decisivo en convertirme en la persona que llegaría a ser.
Al recordarlo ahora, estoy seguro de que todos nosotros buscábamos en aquellos viajes algo más que la camaradería o la sensación de logro. Estábamos en esa edad en la que los niños ponen a prueba sus límites, experimentan con diferentes identidades, y a veces también sienten un anhelo por vivir grandes experiencias, experiencias trascendentales. Yo había comenzado a sentir un claro deseo de averiguar cuál sería mi camino. No estaba seguro de la dirección que tomaría, pero sí de que tendría que ser algo interesante y relevante.
En aquellos años, también pasaba mucho tiempo con otro grupo de chicos. Kent, Paul, Ric y yo íbamos al mismo centro escolar, el Lakeside, que había creado un método por el que los estudiantes se conectaban con una computadora central a través de una línea telefónica. En aquel entonces, era tremendamente inusual que los adolescentes tuvieran acceso a cualquier tipo de computadora. Los cuatro terminamos aficionándonos y dedicando todo nuestro tiempo libre a elaborar programas cada vez más sofisticados y a explorar qué podíamos hacer con aquella máquina electrónica.
A primera vista, la diferencia entre el senderismo y la programación no podría ser mayor. Pero ambas actividades suponían una especie de aventura. Con aquellos dos grupos de amigos yo estaba explorando nuevos mundos, viajando a lugares a los que la mayoría de los adultos no podían llegar. Al igual que el senderismo, la programación encajaba conmigo porque me permitía determinar mi propia medida del éxito, no tenía límites y no dependía de lo rápido que pudiera correr ni de lo lejos que pudiera lanzar. La lógica, la capacidad de concentración y la resistencia necesarias para escribir programas largos y complicados formaban parte de mi naturaleza. Y, al contrario que en el senderismo, en ese grupo de amigos yo era el líder.
Hacia el final de mi segundo año, en junio de 1971, Mike me llamó para proponerme nuestro próximo recorrido: ochenta kilómetros en los montes Olympic. La ruta que eligió se llamaba sendero de la Expedición de Prensa, en honor a un grupo que había explorado la zona en 1890 con el patrocinio de un periódico. ¿Se refería al mismo viaje en el que aquellos hombres estuvieron a punto de morir de hambre y con las ropas podridas sobre sus cuerpos? Sí, pero eso fue hace mucho tiempo, dijo.
Ocho décadas más tarde seguía siendo una ruta difícil; ese año había nevado mucho, así que se trataba de una propuesta especialmente intimidante. Pero como todos los demás —Rocky, Reilly y Danny— se mostraron dispuestos a hacerlo, no había forma de que yo pudiera rajarme. Además, un scout más joven, un chico que se llamaba Chip, se había apuntado. Tenía que ir.
El plan consistía en subir por el paso del Low Divide, bajar al río Quinault y, después, hacer el mismo recorrido de vuelta, pasando cada noche en refugios de madera que había por el camino. Seis o siete días en total. El primero fue fácil y pasamos la noche en un bonito prado cubierto de nieve. A lo largo del día o dos días siguientes, mientras subíamos por el Low Divide, la nieve se volvió más profunda. Cuando llegamos al lugar donde teníamos planeado pasar la noche, el refugio estaba enterrado en la nieve. Disfruté de un momento de íntimo júbilo. Seguramente tendremos que volvernos, pensé, y bajar hasta un refugio mucho más acogedor por el que habíamos pasado ese día. Encenderíamos una hoguera, nos calentaríamos y comeríamos.
Mike dijo que lo sometiéramos a votación: volver o seguir hasta nuestro destino final. Cada una de las opciones implicaba una caminata de varias horas.
—Hemos pasado por un refugio más abajo, a unos quinientos metros. Podríamos volver a bajar y quedarnos allí o continuar hasta el río Quinault —explicó Mike.
No fue necesario que aclarara que retroceder implicaba abortar nuestra misión de llegar hasta el río. Cuando levantamos las manos, quedó claro que yo estaba en minoría.
—¿Tú qué opinas, Dan? —preguntó Mike. Danny era el segundo en nuestra cadena de mando extraoficial. Era más alto que los demás y un senderista muy capaz y de piernas largas que parecía no cansarse nunca. Lo que él dijera influiría en el voto.
—Bueno, ya casi hemos llegado, quizá deberíamos continuar —contestó Danny. Según se alzaban las manos, quedó claro que me encontraba en minoría. Seguimos.
Cuando llevábamos avanzados unos minutos más por el sendero, protesté:
—Danny, no estoy contento contigo. Podrías haber evitado esto. —Estaba de broma… más o menos.
Recuerdo esa ruta por el frío y por lo mal que lo pasé aquel día. También lo recuerdo por lo que hice a continuación. Me refugié en mis pensamientos.
Imaginé un código computacional.
Por aquella época, a la escuela Lakeside le habían prestado una computadora que se llamaba PDP-8, fabricada por Digital Equipment Corp. Era 1971 y, aunque yo ya estaba muy metido en el emergente mundo de las computadoras, jamás había visto nada así. Hasta ese momento, mis amigos y yo utilizábamos solamente enormes computadoras centrales que se compartían de manera simultánea con otras personas. Normalmente nos conectábamos a ellas a través de una línea telefónica o estaban ubicadas en otra habitación. Pero la PDP-8 había sido diseñada para que la utilizara directamente una persona y era suficientemente pequeña como para colocarla en la mesa a tu lado. Probablemente, era lo más cercano en aquella época a los ordenadores personales que serían comunes, más o menos, una década después, aunque pesaba treinta y seis kilos y costaba ocho mil quinientos dólares. Como desafío, decidí probar a escribir una versión del lenguaje de programación BASIC para la nueva computadora.
Antes de la excursión, yo estaba trabajando en la parte del programa que le daría a la computadora la orden por la que realizaría operaciones cuando alguien introdujera una expresión como 3(2 + 5) × 8 - 3 o quisiera crear un juego que necesitara de operaciones matemáticas complejas. En la programación, a esa herramienta se la conoce como evaluador de fórmulas. Mientras caminaba fatigosamente con la mirada puesta en el suelo que tenía delante, iba desarrollando mi evaluador, dándole vueltas en la cabeza a los pasos que había que dar para ejecutar las operaciones. Lo fundamental era que ocupara poco. Las computadoras de entonces tenían muy poca memoria, lo que implicaba que los programas tenían que ser austeros y escribirse utilizando cuantos menos códigos posibles para que no acapararan mucho espacio. La PDP-8 solo tenía 6 kilobytes de la memoria que utiliza un ordenador para almacenar los datos en los que está trabajando. Yo tenía que desarrollar el código y después tratar de averiguar el modo en que la computadora cumpliría mis órdenes. El ritmo de la caminata me ayudaba a pensar, muy parecido a una costumbre que tenía de balancearme sin moverme del sitio. Durante el resto del día, mi mente estuvo completamente inmersa en mi rompecabezas de codificación. Mientras descendíamos al fondo del valle, la nieve dio paso a un sendero con cierta pendiente que atravesaba un viejo bosque de píceas y abetos, hasta que llegamos al río, levantamos el campamento, comimos nuestra ternera Stroganoff y, por fin, nos dormimos.
A primera hora de la mañana siguiente estábamos volviendo a subir por el Low Divide con mucho viento y aguanieve que nos azotaban de lado en la cara. Nos detuvimos bajo un árbol el tiempo suficiente como para compartir un paquete de galletas saladas Ritz y continuamos. Cada punto de acampada que encontramos estaba lleno de otros senderistas que aguardaban a que acabara la tormenta. Así que continuamos, añadiendo más horas a un día interminable. Al cruzar un arroyo, Chip cayó y se dañó la rodilla. Mike le limpió la herida y le puso unas tiritas tipo mariposa; a partir de ahí nos movimos a la velocidad que nos permitía la cojera de Chip. Durante todo ese tiempo fui puliendo mi código en silencio. Apenas pronuncié una palabra durante los treinta y dos kilómetros que recorrimos aquel día. Al final llegamos a un refugio en el que quedaba espacio y acampamos.
Como dice la famosa frase «Si tuviera más tiempo, habría escrito una carta más corta», resulta más fácil elaborar un programa con un código chapucero que ocupe varias páginas que escribir el mismo programa en una sola. La versión chapucera podría también ejecutarse de una forma más lenta y necesitar más memoria. A lo largo de aquella caminata, tuve tiempo de acortarla. Durante aquel largo y último día, la reduje más, como si hubiese ido tallando pequeños trocitos de un palo para afilar la punta. El resultado parecía eficiente y gratamente sencillo. Fue de lejos el mejor código que he escrito nunca.
Mientras hacíamos el camino de regreso al punto de partida, a la tarde siguiente, la lluvia finalmente cesó para dejar paso por fin a un cielo despejado y la luz del sol. Sentí la euforia que siempre me invadía después de una excursión, cuando todo el esfuerzo había quedado atrás.
Al empezar de nuevo las clases en otoño, quienquiera que nos prestara la PDP-8 había pedido que se le devolviera. Nunca terminé mi proyecto BASIC. Pero el código que desarrollé en aquella excursión, mi evaluador de fórmulas, y su belleza se quedaron conmigo.
Tres años y medio más tarde, cuando me encontraba en el segundo año de universidad y todavía inseguro sobre el camino que quería tomar en la vida, Paul, uno de mis amigos de Lakeside, irrumpió en mi habitación con noticias de una computadora revolucionaria. Yo sabía que podíamos escribir lenguaje BASIC para ella; teníamos un punto de partida. Lo primero que hice fue acordarme de aquel aciago día en el Low Divide y recuperar de mi memoria el código de evaluación que había desarrollado. Lo tecleé en una computadora, y así planté la semilla de lo que se convertiría en una de las compañías más importantes del mundo y el comienzo de una nueva industria.
Trey

Con el tiempo, existiría una gran empresa. Y, con el tiempo, habría programas de software con una extensión de millones de líneas en el núcleo de miles de millones de ordenadores que se estarían utilizando en todo el mundo. Habría fortunas y rivales y una constante preocupación por cómo mantenerse en la vanguardia de una revolución tecnológica.
Antes de todo eso, lo que había era una baraja de cartas y un único objetivo: derrotar a mi abuela.
En mi familia no había una forma más rápida de ganarse el favor de todos que la de ser bueno en los juegos, sobre todo en los de cartas. Si se te daba bien el rummy, el bridge o la canasta, te ganabas nuestro respeto, lo cual convirtió a mi abuela materna, Adelle Thompson, en una leyenda en nuestra familia. El de «Gami es la mejor con las cartas» era un comentario recurrente que oía de niño.
Gami se había criado en la zona rural de Washington, en la ciudad ferroviaria de Enumclaw. Se encuentra a menos de ochenta kilómetros de Seattle, pero aquello suponía una distancia infinita en 1902, el año en que ella nació. Su padre trabajaba de telegrafista del ferrocarril y su madre, Ida Thompson, a la que llamábamos Lala, terminaría generando unos modestos ingresos haciendo tartas y vendiendo bonos de guerra en el aserradero. Lala también jugaba mucho al bridge. Sus compañeros y rivales eran la gente de la alta sociedad de la ciudad, las esposas de los banqueros y el propietario del aserradero. Puede que esas personas tuvieran más dinero y mayor estatus social, pero Lala compensaba parte de esa diferencia derrotándolos hábilmente a las cartas. Ese talento terminó pasando a Gami y, en parte, a mi madre, su única hija.
Mis inicios en esta cultura familiar empezaron muy pronto. Cuando aún llevaba pañales, Lala empezó a llamarme «Trey», que en la jerga estadounidense de los juegos de cartas quiere decir «tres». Se trataba de un juego de palabras para expresar que yo era el tercer Bill Gates vivo, después de mi padre y mi abuelo. (En realidad, soy el cuarto, pero mi padre decidió utilizar el sobrenombre de «Junior» y, por eso, a mí me llamaron Bill Gates III). Gami me inició a los cinco años en el juego de Go Fish. Durante los siguientes años, jugamos miles de partidas de cartas. Lo hacíamos para divertirnos y para tomarnos el pelo y pasar el tiempo. Pero mi abuela jugaba también para ganar. Y siempre lo conseguía.
En aquella época, su maestría me fascinaba. ¿Cómo había llegado a ser tan buena? ¿Había nacido así? Era una mujer religiosa, así que ¿se trataba quizá de algún don caído del cielo? Durante mucho tiempo, no tuve ninguna respuesta. Lo único que sabía era que, cada vez que jugábamos, ella ganaba. Daba igual en qué juego y cuánto me esforzara yo.
Cuando la Ciencia Cristiana se expandió a toda velocidad por la costa oeste a principios del siglo XX, las familias tanto de mi madre como de mi padre se convirtieron en devotos seguidores. Yo creo que los padres de mi madre sacaban las fuerzas de la Ciencia Cristiana, abrazando su creencia en que la verdadera identidad de las personas se encuentra en lo espiritual y no en lo material. Eran verdaderos adeptos. Como los seguidores de la Ciencia Cristiana no siguen la edad cronológica, Gami no celebraba jamás su cumpleaños, nunca confesó su edad ni tampoco reveló siquiera el año en que había nacido. A pesar de sus convicciones, Gami nunca impuso a los demás sus creencias. Mi madre no fue seguidora de su fe, ni tampoco nuestra familia. Gami jamás trató de convencernos de lo contrario.
Es probable que su fe influyera a la hora de convertirse en una mujer extremadamente recta. Incluso en aquella época, yo entendía que Gami seguía un estricto código personal basado en la ecuanimidad, la justicia y la integridad. Una vida bien vivida implicaba hacerlo de una forma sencilla, dedicando tu tiempo y dinero a los demás y, sobre todo, usando tu cerebro, a la vez que mantenías tu compromiso con el mundo. Jamás perdió los estribos, nunca se entregaba a cotilleos ni críticas. Era incapaz de servirse de artimañas. A menudo, era la persona más inteligente de cada reunión, pero procuraba dejar que los demás brillaran. Sobre todo, era una persona tímida, pero tenía una seguridad interior que mostraba como una calma casi zen.
Dos meses antes de mi quinto cumpleaños, mi abuelo J. W. Maxwell júnior murió de cáncer. Tenía tan solo cincuenta y nueve años. Debido a su creencia en la Ciencia Cristiana se había negado a someterse a intervenciones de la medicina moderna. Sus últimos años estuvieron llenos de dolor y Gami sufrió siendo como fue su cuidadora. Más tarde, supe que mi abuelo creía que su enfermedad era en cierto modo el resultado de algo que había hecho Gami, algún pecado desconocido a los ojos de Dios, que ahora le estaba castigando a él. Aun así, ella aguantó estoica a su lado, ayudándole hasta el final. Uno de los recuerdos más nítidos de mi infancia es que mis padres no me dejaran asistir a su funeral. Yo apenas era consciente de lo que estaba pasando, aparte del hecho de que mi madre, mi padre y mi hermana mayor fueron a despedirlo mientras yo me quedaba en casa con una niñera. Un año después, mi bisabuela Lala murió estando de visita en casa de Gami.
Desde aquel momento, Gami dirigió todo su amor y atención hacia mí y mi hermana mayor, Kristi, y más tarde hacia mi hermana Libby. Se convirtió en una presencia constante en nuestras jóvenes vidas y supuso una profunda influencia en nuestro futuro. Me leía antes de que yo pudiera sostener un libro en las manos y, durante los siguientes años, me introdujo en los clásicos como El viento en los sauces, Las aventuras de Tom Sawyer y La telaraña de Carlota. Tras la muerte de mi abuelo, Gami empezó a enseñarme a leer, ayudándome a pronunciar las palabras de The Nine Friendly Dogs, It’s a Lovely Day y otros libros que había en nuestra casa. Cuando los terminamos todos, me llevó en el coche a la biblioteca de Northeast Seattle a por muchos más. Yo era consciente de que ella leía mucho y que parecía saber un poco de todo.
Mis abuelos se habían construido una casa en el exclusivo barrio de Windermere, en Seattle, lo suficientemente grande como para alojar a sus nietos y albergar las reuniones familiares. Gami siguió viviendo allí tras el fallecimiento de mi abuelo. Algunos fines de semana, Kristi y yo nos quedábamos con ella, alternándonos el privilegio de dormir en su habitación. El otro dormía en el dormitorio de al lado, donde todo, desde las paredes hasta las cortinas, era de un color azul claro. La luz de la calle y de los coches que pasaban proyectaba sombras inquietantes en aquella habitación azul. A mí me daba miedo dormir allí y siempre me alegraba cuando llegaba mi turno de quedarme en la habitación de Gami.
Aquellos fines de semana eran especiales. Su casa estaba a apenas tres kilómetros de la nuestra, pero ir allí era como estar de vacaciones. Tenía una piscina y un campo de minigolf que había instalado mi abuelo en el jardín lateral donde jugábamos. También nos dejaba ver la televisión, algo que en nuestra casa estaba sometido a un estricto control. Gami se apuntaba a todo; gracias a ella, mis hermanas y yo llegamos a ser ávidos jugadores que convertíamos cualquier cosa, como el Monopoly, el Risk o el Concentration, en un deporte de competición. Comprábamos dos rompecabezas iguales para hacer carreras y ver quién terminaba primero. Pero sabíamos cuáles eran sus preferencias. La mayoría de las noches, después de cenar, sacaba la baraja y procedía a darnos una paliza.
Yo tenía unos ocho años cuando atisbé por primera vez cómo lo hacía. Todavía recuerdo aquel día: estoy sentado enfrente de mi abuela en la mesa del comedor y Kristi está a mi lado. La habitación tiene una de esas radios antiguas y enormes de madera que ya entonces era una reliquia del pasado. A lo largo de otra pared, hay un armario grande donde guardaba la vajilla especial que usábamos para cenar todos los domingos.
Todo está en silencio, excepto por el sonido de las cartas sobre la mesa, un frenético coger y emparejar cartas a toda pastilla. Estamos jugando al pounce, una especie de solitario que se juega en grupo y a un ritmo veloz. Un ganador asiduo de pounce puede llevar la cuenta de las cartas que tiene en su mano, las que están en los montones de cada jugador y las que están en los montones comunes que se encuentran en la mesa. Hace que se te desarrollen una fuerte memoria funcional y la capacidad de establecer patrones para reconocer al instante que una carta que aparece en la mesa te sirve para las que tienes en la mano. Pero yo no sé nada de eso. Lo único que sé es que, lo que sea que ponga la suerte de su lado, Gami lo tiene.
Estoy mirando mis cartas y mi mente trabaja a toda velocidad para encontrar las que puedan venirme bien. Oigo que Gami dice: «Tu carta seis». Y luego: «Tu carta nueve». Nos está enseñando a mi hermana y a mí a la vez que está jugando su propia mano. De alguna manera capta todo lo que sucede en la mesa e incluso parece saber qué cartas tenemos cada uno. Y no es por arte de magia. ¿Cómo lo hace? Para cualquiera que suela jugar a las cartas, esto es algo básico. Cuanta más atención pongas en la mano de tu oponente, más oportunidades tienes de ganar. Aun así, para mí y con aquella edad, supone una revelación. Veo por primera vez que, pese a todo el misterio y la suerte que existen en los juegos de cartas, hay cosas que puedo aprender para aumentar mis posibilidades de ganar. Me doy cuenta de que no solo se trata de que Gami tenga suerte o talento. Ha entrenado su cerebro. Y yo también puedo hacerlo.
A partir de ese momento, me sentaba a jugar una partida de cartas sabiendo que cada mano me ofrecía una oportunidad para aprender, si es que era capaz de entenderlo. Ella también lo sabía. Eso no significaba que me pusiera las cosas fáciles. Podría haberme tenido allí sentado y enseñarme todo lo que había y no había que hacer, las estrategias y tácticas de los distintos juegos, pero eso no era propio de Gami. No era didáctica. Enseñaba con el ejemplo. Así que jugábamos sin parar.
Jugábamos al pounce, al gin rummy, al corazones y a mi preferido, el siete. Jugábamos a su favorito, una versión más complicada del gin al que ella llamaba el coast guard rummy. Jugábamos un poco al bridge. Jugábamos siguiendo de principio a fin un libro de Hoyle que trataba sobre juegos de cartas, ya fueran populares o no, incluso el pinochle.
Durante todo ese rato, yo la observaba. En informática existe una cosa que se llama máquina de estados, que forma parte de un programa que recibe unos datos y, según el estado de un conjunto de condiciones, actúa de la forma óptima. Mi abuela tenía una máquina de estados perfectamente afinada para las cartas; su algoritmo mental resolvía metódicamente las probabilidades, los árboles de decisiones y la teoría de los juegos. Yo no habría sabido articular esos conceptos, pero poco a poco empecé a intuirlos. Vi que incluso en momentos únicos de una partida, como una combinación de posibles movimientos y probabilidades que quizá ella no había visto antes, solía hacer el movimiento óptimo. Si perdía una buena carta en un momento dado, más adelante, durante el mismo juego, yo veía que la había sacrificado por un motivo: prepararse para la victoria final.
Jugábamos y jugábamos y yo perdía y perdía. Pero observaba e iba mejorando. Durante todo aquel proceso, Gami no dejaba de animarme con ternura. «Piensa bien, Trey. Piensa bien», me decía mientras yo sopesaba mi siguiente movimiento. En sus palabras iba implícita la idea de que, si utilizaba mi cerebro, si prestaba atención, podría saber cuál era la mejor carta para jugar. Podía ganar.
Un día lo conseguí.
No hubo fanfarria ni ningún gran premio. Tampoco ningún choque de palmas en el aire. Ni siquiera recuerdo a qué estábamos jugando la primera vez que gané más veces que ella en un día. Lo que sí sé es que mi abuela estaba encantada. Estoy seguro de que sonreía, como reconocimiento de que yo estaba creciendo.
Al final, casi cinco años después, yo ganaba constantemente. Para entonces, ya era casi un adolescente y tenía un carácter competitivo. Me gustaban los combates mentales, así como la sensación tan profundamente satisfactoria que uno tiene cuando aprende una nueva habilidad. Los juegos de cartas me enseñaron que, por muy complejo o incluso misterioso que algo parezca, a menudo puedes solucionarlo. Puedes entender el mundo.
Nací el 28 de octubre de 1955, el segundo de tres hijos. Kristi, que nació en 1954, era veintiún meses mayor; mi hermana Libby no apareció en escena hasta casi una década después. De bebé, me apodaron «chico feliz» por la amplia sonrisa que, al parecer, siempre lucía. No es que no llorara, pero la alegría que según parece sentía anulaba todas las demás emociones. Mi otro rasgo notable desde niño podría describirse como exceso de energía. Me balanceaba. Al principio, encima de un caballito de juguete de goma, durante horas y horas. Y, cuando fui creciendo, seguí haciéndolo sin caballito, meciéndome mientras estaba sentado, de pie, o en cualquier momento en que me ponía a pensar en algo. El balanceo era como un metrónomo para mi cerebro. Todavía lo es.
Muy pronto, mis padres supieron que el ritmo de mi mente era distinto al de otros niños. Kristi, por ejemplo, hacía lo que le ordenaban, se le daba bien jugar con otros niños y, desde el principio, sacaba unas notas estupendas. Yo no hacía ninguna de esas cosas. Mi madre estaba preocupada y advirtió a los profesores de preescolar de la academia Acorn de lo que debían esperar de mí. Al final de mi primer año, el director escribió: «Su madre nos había preparado para su llegada, quizá imaginando que iba a suponer un enorme contraste con su hermana. Estuvimos completamente de acuerdo con ella en cuanto a esta conclusión, pues él se mostraba decidido a impresionarnos con su absoluta falta de interés por cualquier aspecto de la vida escolar. No sabía ni parecía importarle aprender a recortar o a ponerse el abrigo, y estaba feliz con que así fuera». (Resulta ahora curioso que uno de los primeros recuerdos que tiene Kristi de mí es la frustración de que siempre era la que tenía que pelearse conmigo para ponerme el abrigo y que terminaba tumbándome en el suelo para inmovilizarme lo bastante como para subirme la cremallera).
En mi segundo año en la academia Acorn, llegué convertido en un «niño con una reciente agresividad y rebeldía», un pequeño de cuatro años al que le gustaba cantar solo y hacer viajes imaginarios. Reñía con otros niños y estaba «la mayor parte del tiempo frustrado y descontento», según informó el director. Por suerte, mis profesores se animaron al conocer mis planes a largo plazo: «Nos sentimos muy aceptados por él al ver que nos incluye como pasajeros en su futuro viaje a la Luna», escribieron. (Le llevaba unos cuantos años de delantera a Kennedy).
Lo que tanto los educadores como mis padres notaron desde muy temprana edad eran indicios de lo que vendría después. La misma intensidad que me llevó a resolver el rompecabezas de la destreza de Gami con las cartas, la canalizaba hacia cualquier cosa que me interesara, y nunca hacia algo que no lo hiciera. Entre las cosas que me interesaban estaban la lectura, las matemáticas y estar a solas con mis pensamientos. Entre las cosas que no, estaban los rituales de la vida diaria y de la escuela: escribir, el arte y los deportes. Además de casi todo lo que mi madre me ordenaba hacer.
La batalla de mis padres con su hijo hipercinético, inteligente y, a menudo, protestón y tempestuoso les absorbía buena parte de las energías cuando era niño y dejaría una huella indeleble en nuestra familia. A medida que me he ido haciendo mayor, entiendo mejor lo decisivos que fueron ayudándome a trazar mi poco convencional camino hacia la edad adulta.
A mi padre se le conocía por ser un gigante simpático de dos metros de altura que exhibía una calma y unos buenos modales que no cabría esperar de un hombre que, a menudo, solía ser el más grande entre los presentes. Tenía un modo directo y decidido de tratar a las personas que le definía y le vino bien en su carrera como abogado a la hora de asesorar a empresas y consejos de administración (y más tarde como presidente de nuestra fundación filantrópica). Aunque educado, no era tímido a la hora de exigir lo que quería. Cuando iba a la universidad, lo que él quería era una pareja de baile.
En el otoño de 1946, formó parte de una oleada de veteranos en el G. I. Bill, el generoso programa gubernamental que proporcionó a millones de personas una educación que, de otro modo, no habrían podido permitirse. Según mi padre, el inconveniente estaba en que el número de hombres en el campus de la Universidad de Washington superaba con creces al de mujeres. Eso significaba que las posibilidades de encontrar una pareja de baile eran pocas. En un momento dado, pidió ayuda a una amiga. Su nombre era Mary Maxwell.
Él sabía que era directora de una sororidad, Kappa Kappa Gamma, así que le preguntó si sabía de alguna chica que pudiera estar interesada en conocer a un tipo alto al que le gustaba bailar. Ella le contestó que miraría a ver. Pasó el tiempo. No le presentó a nadie. Un día, mientras paseaban juntos al lado de la casa de la sororidad, mi padre le volvió a preguntar si conocía a alguna chica apropiada.
—Tengo a alguien en mente —respondió ella—. Yo.
Mi madre medía un metro setenta y cuatro y mi padre le dijo que, literalmente, no estaba a la altura.
—Mary —contestó él—, eres demasiado bajita.
Mi madre se colocó a su lado, de puntillas, se puso la mano sobre la cabeza y repuso:
—¡No lo soy! Soy alta.
Mi padre siempre ha asegurado que su petición de que le presentara a alguien no era ninguna trampa para conseguir que mi madre saliera con él. Pero es lo que ocurrió.
—Caramba —dijo—. Pues tengamos una cita.
Y así, según cuenta la historia, dos años después se casaron.
Siempre me encantaba oír aquella anécdota porque refleja a la perfección las personalidades de mis padres. Mi padre: reflexivo y pragmático sin ningún pudor, a veces incluso en asuntos del corazón. Mi madre: gregaria y también nada tímida en lo que se refiere a conseguir lo que quiere. Era una historia pulcra, una síntesis de la historia completa, en la que hubo diferencias más allá de la altura que al final influyeron en la persona en la que me convertí.
Mi madre era meticulosa en lo relativo a registrar momentos de su vida, con álbumes de fotos de viajes familiares y funciones musicales en el colegio y libros con recortes de periódicos y telegramas. Hace poco encontré una colección de cartas que mis padres se escribieron durante el año anterior a su boda, en la primavera de 1951. Seis meses antes de la ceremonia, mi padre estaba en su ciudad natal trabajando de abogado, su primer trabajo tras licenciarse en Derecho ese mismo año. Mi madre había vuelto a la universidad para estudiar su último año. En una carta que ella escribió en octubre, empieza hablando de su esperanza de que en esas páginas pudiera evitar el «desequilibrio emocional» que sintió en una conversación que habían mantenido un día antes. No dio más explicaciones, pero parece que había algunas preocupaciones previas a la boda con respecto a su unión y a cómo solventar ciertas diferencias entre los dos. Lo explicó así:
Mi conclusión objetiva respecto a nuestra relación es que tenemos mucho en común y algo muy bueno. Deseamos tener más o menos la misma vida social y doméstica. Creo que es verdad que los dos deseamos un matrimonio muy unido; es decir, los dos queremos ser uno solo. Aunque nuestro pasado social y familiar es diferente, creo que somos capaces de entender los problemas que puedan surgir por ello, porque como individuos somos bastante parecidos. A los dos nos gusta lidiar con las ideas, estar continuamente pensando y aprendiendo […] Los dos queremos lo mismo: todo el éxito del mundo que se pueda conseguir de una forma honesta y justa. Aunque valoramos enormemente el éxito, ninguno de los dos piensa que merece la pena derribar a otra persona a través de una injusticia. A los dos nos gustaría que nuestros hijos tuvieran los mismos valores básicos. Quizá las «vías» de cada uno sean un poco diferentes, pero me inclino a creer que podríamos formar un frente sólido que serviría de complemento a los puntos de vista de ambos […] Tú sabes, Bill, que, si de verdad me querrás siempre, yo haré lo que sea por ti.
Te quiero, Bill.
MARY
En la carta, detecté las negociaciones privadas que seguramente se prolongaron a lo largo de mi infancia y posteriormente. Casi siempre mantuvieron su frente sólido, solucionando en privado sus diferencias, la mayoría con origen en el modo en que cada uno fue educado.
Mi madre, Mary Maxwell, se crio en el seno de una cultura familiar iniciada por su abuelo, J. W. Maxwell, un banquero que adoraba a mi madre y que fue un modelo de una vida de superación constante. Durante su adolescencia en Nebraska, J. W. dejó los estudios y consiguió un trabajo desenterrando el sótano de la casa de un banquero de su ciudad a cambio de dinero, alojamiento y comida. Cuando J. W. dejó la pala dos meses después, aquel hombre le ofreció un trabajo en su banco. Tenía quince años. Después de varios años de aprendizaje en el mundo de la banca, se mudó al estado de Washington para labrarse una nueva vida. La depresión económica de 1893 se llevó por delante su incipiente banco, y la ciudad costera por cuyo auge había apostado terminó en la quiebra. Al final, consiguió un puesto fijo como inspector federal de bancos, trabajo que le alejó de su familia durante meses de constantes viajes a caballo, en carro y en tren por la zona oeste, examinando la salud de bancos pequeños. Consiguió finalmente poner en marcha su propio banco. Cuando murió en 1951, a la edad de ochenta y seis años, mi bisabuelo era presidente de un importante banco de Seattle y un activo líder cívico. También fue alcalde y parlamentario estatal, miembro del consejo escolar y director de la Reserva Federal.
La plataforma de riqueza y oportunidades que puso en marcha J. W. y que continuó mi abuelo, también banquero, hizo que a mi madre no le faltara de nada siendo niña. Era una estupenda estudiante con todo tipo de aficiones deportivas y actividades familiares y un amplio círculo de amistades. Los domingos se dedicaban a los pícnics familiares y los veranos, a nadar en la casa de la playa de sus abuelos en el estrecho de Puget. Los deportes y los juegos eran parte esencial de cualquier encuentro —el cróquet, el shuffleboard y la herradura eran fundamentales— y nadie dudaba de que mi madre aprendería a jugar al tenis y a montar a caballo, y que se convertiría en una elegante esquiadora. En la familia Maxwell, los juegos suponían el aprendizaje de otras lecciones. El golf, por ejemplo, era una representación del mundo de la banca, pues ambos requieren, según escribió su abuelo, «destreza, práctica continuada, sobriedad, paciencia, resistencia y vigilancia».
En uno de los álbumes de mi madre, hay una imagen de cuando tenía tres o cuatro años. Un grupo de padres del barrio reunió a sus hijos para la foto, cada uno de ellos con su triciclo. En el reverso, Gami escribió la anécdota de la instantánea. Un niño tenía el triciclo más grande. Mi madre quería que lo cambiara por el suyo para así tener ella el más grande. De alguna manera, consiguió que aceptara. En la foto resultante, ella está sonriendo, sentada por encima de las cabezas de los demás. Jamás tuvo miedo de mostrar su fuerza y ocupar su espacio.
Mi madre sacó probablemente su confianza y ambición a partes iguales de los Maxwell y de Gami, que, además de su agudeza con las cartas, sacaba las mejores notas de su clase del instituto, era una dotada baloncestista, leía mucho y tenía como objetivo buscarse una vida mejor fuera de su ciudad natal. Fue en la Universidad de Washington donde conoció a mi abuelo. Mi madre entró en la misma universidad en 1946 con el apoyo absoluto de dos padres ambiciosos y las expectativas de toda la familia de que destacara.
Al otro lado del estrecho de Puget desde Seattle, la ciudad natal de mi padre, Bremerton, era muy conocida por su astillero de la marina y por ser el lugar donde llegaban barcos destrozados por la guerra para su reparación. No muchos años antes tenía fama de ser una ciudad de apuestas y de tener más tabernas de las que nadie pudiera recorrer tambaleándose en un solo día.
De pequeños, Kristi y yo subíamos a bordo del ferry hasta Bremerton para visitar a los padres de mi padre. Desde el ferry recorríamos a pie la corta distancia colina arriba hasta la casa donde mi padre se crio. Era una casa azul de estilo Craftsman en una calle tranquila. Nos quedábamos una o dos noches con mis abuelos. Si la televisión estaba puesta, mi abuelo veía boxeo, que era casi el único entretenimiento que se permitía. Mi abuela paterna, Lillian Elizabeth Gates, tenía la misma chispa para las cartas que Gami, así que a menudo jugábamos varias partidas. Al igual que mis abuelos maternos, los padres de mi padre pertenecían a la Ciencia Cristiana. Un recuerdo que tengo de aquellas visitas es el de la abuela Gates en la cocina todas las mañanas con una taza de café leyéndole en voz baja a mi abuelo la enseñanza diaria de la Biblia de Mary Baker Eddy.
Cuando mi padre hablaba de su niñez, siempre parecía melancólico respecto a su padre. Lo describía como un adicto al trabajo al que le sobraba poco tiempo para hacer mucho más en su vida. Tenía una tienda de muebles que había pertenecido a mi bisabuelo y que había sobrevivido a la Gran Depresión, pero a duras penas. La constante preocupación por la economía familiar hizo que mi abuelo fuese un esclavo del negocio. Detrás de la casita azul había un callejón por el que antiguamente pasaba mi abuelo de vuelta del trabajo, para así recoger los trozos de carbón que se les habían caído a los camiones de reparto. Mi padre decía que su padre jamás fue al cine ni llevó a su hijo a partidos de béisbol; veía esas cosas como distracciones que le quitaban tiempo de la tienda. Siempre parecía estar asustado, decía mi padre.
En cierto modo, no se le podía culpar. Mi abuelo había conocido la pobreza de niño en Nome, Alaska, donde su familia subsistía mientras mi bisabuelo, el primer Bill Gates de nuestra familia, probaba suerte con la fiebre del oro de finales del siglo XIX. Bill júnior tuvo que dejar el colegio en octavo curso para ayudar a su familia. Vendía periódicos en las gélidas calles de Nome y aceptaba cualquier trabajo que encontrara mientras su padre salía de prospección. Al final, volvieron a Seattle y pusieron en marcha el negocio de los muebles. Llegaron mejores tiempos para la familia, pero las preocupaciones de aquellas primeras experiencias jamás desaparecieron.
Mi abuelo tenía también lo que mi padre llamaba una visión muy estrecha del mundo. Mi padre lo atribuía en parte a la inseguridad. Al carecer de una educación completa, mi abuelo se aferraba a lo que mi padre llamaba sus axiomas, unas estrictas reglas sobre el mundo y la vida. «Aprende para ganar dinero, hijo, aprende para ganar dinero», le decía a mi padre. La educación consistía en adquirir las habilidades necesarias para conseguir un trabajo. Nada más.
Mi abuela, una orgullosa estudiante de último curso que fue representante de su clase del instituto, tenía su propio axioma, que influyó en la visión de mi padre sobre la superación personal: «Cuantas más cosas sepas, más habrá que no sepas». Pero no siempre lo tuvo fácil en casa. Aunque las mujeres se estaban abriendo paso en la sociedad, el padre de mi padre estaba anclado en una época pasada. No permitió que Merridy, la hermana mayor de mi padre, obtuviera el permiso de conducir. Ni se le pasó por la cabeza enviarla a la universidad. Los conocimientos que una mujer necesitaba eran los de la casa.
Mi padre era muy consciente de la brecha intelectual que había entre su padre y él. Aunque no era analfabeto, su padre apenas sabía leer, mientras que mi padre quería hacer uso de su cabeza e ir a la universidad. No quería someterse al plan de su padre de entrar a trabajar en la tienda de muebles.
Al lado de la casa familiar de mi padre había una cosa que parecía sacada de un cuento de hadas: una casa de ladrillo y estuco de estilo normando con vidrieras en las ventanas y una torre con un tejado cónico. Era tan diferente a las casitas de estilo Craftsman que la rodeaban que los habitantes de allí la apodaron «el castillo». El viaje de mi padre hacia una vida mejor tuvo su inicio cuando empezó a pasarse por el castillo y a relacionarse con la familia Braman. Jimmy, el mayor de los hijos, fue el amigo inseparable de mi padre cuando eran niños. Mi padre decía que le encantaba la capacidad de Jimmy de convertir una idea loca en realidad y los dos se pasaban el día fantaseando con todo tipo de planes y negocios. Pusieron un puesto de hamburguesas en el patio delantero, instalaron un circo en el trasero. Es curioso pensar que hubiera niños que pagaban por ver a mi padre sin camiseta tumbado sobre una cama de clavos. También publicaron un periódico, The Weekly Receiver, en el que, por unos centavos, sus setenta suscriptores leían noticias que habían sacado de la radio y los resultados de los partidos de fútbol americano y béisbol de los colegios de la zona.
Mi padre se convirtió en hijo adoptivo de la familia Braman. En el padre de Jimmy encontró a un mentor y un ejemplo del tipo de persona que podría llegar a ser. Tras abandonar el instituto, Dorm Braman había puesto en marcha la mayor carpintería de Bremerton y más tarde se convertiría en oficial de la marina, le nombrarían alcalde de Seattle y, finalmente, sería subsecretario de Transportes en la administración Nixon. Fue él quien diseñó y construyó aquella casa tan característica con sus propias manos.
Dorm no tenía «ningún sentido de las limitaciones personales», decía mi padre con admiración. Aquello se volvió un valor que Dorm inculcó en los chicos de su familia y en su tropa de los scouts, a la que se unió mi padre nada más cumplir los doce años.
Tanto mi abuelo como Dorm habían dejado los estudios, pero gestionaron aquel desafío de modos completamente diferentes y, como consecuencia, las oportunidades que se les presentaron en la vida también lo fueron. Mi abuelo vivía en un constante estado de angustia y se aferraba a sus rígidas normas. Dorm no se obsesionaba con sus carencias, sino que se concentraba en lo que podía llegar a ser. Mi padre prefería la forma con que Dorm veía el mundo.
En el otoño de su penúltimo año de instituto, cogió ochenta y cinco dólares de la cómoda de su dormitorio, caminó las cuatro manzanas hasta un concesionario de coches usados y compró un viejo Ford cupé de 1939 modelo A con los neumáticos llenos de burbujas. Su padre no le dejaba usar el coche de la familia, demasiado peligroso para un adolescente. Mi padre no era todavía suficientemente mayor como para comprar el coche, así que su hermana firmó los papeles. (A veces, cuando contaba la historia, mi padre decía que ella incluso le compró el coche como regalo de cumpleaños).
Lo hizo consciente de que su padre se enfadaría, y no solo con él. Jamás habría gastado dinero en un coche para su hijo. Y ahora, su hermana, a la que le tenían prohibido conducir, era propietaria de un coche.
Mi padre fue con el coche hasta su casa y anunció como quien no quiere la cosa que era el orgulloso dueño de un destartalado cupé verde claro. Alarmada por los gritos delante de la casa, mi abuela metió a rastras al padre y al hijo, los sentó y les obligó a hacer las paces. Mi padre aseguraba que el mantenimiento del coche no costaría mucho y, por fin, convenció a su padre de que fuera a dar una vuelta con él. Me gusta imaginarlos a los dos juntos, a aquel viejo obstinado cediendo por fin ante la euforia de su hijo. Aquella noche, mi padre se levantó dos veces de la cama solo para asomarse a ver su nueva adquisición. «Estaba a punto de reventar de alegría…, ¡independencia por fin!», escribió mi padre en un trabajo de la universidad.
Mi padre llamó a su coche Clarabelle, nombre que le pareció que correspondía con su apariencia de mediana edad. Clarabelle le dio libertad, le llevaba a sus citas, a los partidos de fútbol y a sus salidas para pescar. En ocasiones se apretaban en su asiento trasero descubierto hasta diez personas o colgaban de los guardabarros mientras traqueteaba por las calles de Bremerton y los caminos forestales fuera de la ciudad.
Para entonces, mi padre había empezado a alejarse de la Ciencia Cristiana y a cuestionar la religión en general. En su último año de instituto, mi padre y dos amigos empezaron a pasar las noches del domingo en la casa de su entrenador de baloncesto, Ken Wills, un venerado líder en el centro escolar. Los domingos abría su gimnasio para cualquiera que prefiriera jugar al baloncesto en lugar de ir a la iglesia. Por la noche, mi padre y sus amigos escuchaban sus argumentos de por qué debían poner en cuestión el Antiguo Testamento y la existencia de Dios.
Estados Unidos llevaba casi dos años participando en la Segunda Guerra Mundial y muchos de los amigos de mi padre, la mayoría hombres de menos de cuarenta y cinco años que aún no combatían, se estaban preparando para la guerra. En el cielo sobre Bremerton flotaban enormes globos de barrera con el fin de frustrar cualquier ataque de los bombarderos japoneses. Colina abajo, en los astilleros de Bremerton, estaban reparando el buque estadounidense Tennessee y los barcos que habían sobrevivido a Pearl Harbor. Tras graduarse en el instituto, mi padre entró en la reserva militar del ejército, lo que le permitió ir a la Universidad de Washington hasta que le llamaran para cumplir con un servicio activo. Aquella llamada llegó a finales de su primer año. En junio de 1944, una semana después de que cientos de miles de soldados estadounidenses se abrieran camino por las playas de Normandía, mi padre acudió a la instrucción básica en Arkansas.
Fue entonces cuando mi padre decidió cambiarse de nombre. En su partida de nacimiento ponía «William Henry Gates III», demasiado pijo en su opinión para tratarse del hijo de un vendedor de muebles. Convencido de que el estatus que implicaba ese «tercero» sería una invitación al ridículo y las burlas por parte de los sargentos de maniobras y sus compañeros del ejército, se deshizo legalmente del numeral y lo sustituyó por «Junior».
Reconozco a mi padre en el joven de diecinueve años que escribía con frecuencia cartas a su casa desde su instrucción básica y, más tarde, desde la Escuela de Formación de Oficiales del ejército. Se muestra gracioso, seguro de sí mismo, habla de lo mucho que se estaba esforzando y del profundo cariño que sentía por su familia. Entretejida a lo largo de sus cartas, aparece una frustración por cómo el incierto calendario del ejército le dificulta concretar una visita a su casa. Se muestra alegre, arrepentido por el dinero de más que necesita que le envíen desde casa para pequeñas compras (ropa interior) y porque ha prestado quince dólares a otro recluta. Sobre todo, se le ve reflexivo con respecto a su vida. La vida militar es dura, cuenta. Pero se centra en madurar y esforzarse por ser mejor. Se maravilla ante el nuevo mundo al que se expone, jóvenes de todo tipo de vida, pobres, ricos y personas de color. Con un grupo de sureños mi padre discute sobre la Guerra Civil.
En la escuela de oficiales te sometían a pruebas con regularidad. Si no aprobabas, te echaban. Con cada examen, mi padre veía como su clase se iba haciendo cada vez más pequeña. Aunque los iba superando, le preocupaba el siguiente examen, especialmente las flexiones, las dominadas, los cien metros arrastrándose por el suelo y otras pruebas físicas. Entró en el servicio siendo «un poco enclenque —escribió—. Casi tengo la sensación de estar convirtiéndome ya en un hombre y dejando de ser el chico que soy ahora. Si me echan de aquí, sé que no lo voy a superar. Si consigo quedarme, creo que podré afrontar cualquier aspecto de mi vida con más confianza y ánimo. Estoy seguro de que será así. Además del aspecto mental, nunca he estado en mejor forma física».
Y sí que lo consiguió, graduándose como alférez, y se encontraba a bordo de un barco hacia Filipinas el 15 de agosto de 1945, cuando Japón se rindió. Mi padre pasó la mayor parte de su despliegue como miembro del primer grupo de soldados en Tokio. Sus cartas están llenas de vertiginosos contrastes: la belleza de subir al monte Fuji a primera hora de la mañana y el impactante estado de Tokio tras los bombardeos estadounidenses: casas quemadas y edificios que no eran más que carcasas de hormigón.
Mi padre rara vez hablaba de su experiencia en el ejército. Sabía que era afortunado. La escuela de oficiales evitó que fuera a luchar durante medio año y, después, la bomba atómica puso fin a la guerra. Muchos de sus amigos no tuvieron tanta suerte, y los que consiguieron regresar se trajeron con ellos la guerra a casa. Un amigo de mis padres que vivía cerca de nosotros en Seattle había recibido un disparo en la cabeza y sobrevivió. En su casa tenía expuestos su casco destrozado y su condecoración del Corazón Púrpura. Si le preguntaban, mi padre contestaba que el servicio militar fue tremendamente valioso para él y no decía más.
Cuando regresó a Estados Unidos, mi padre se apresuró a sacarse una licenciatura, empezar su carrera profesional y…, bueno, también a bailar.
Mis padres se hicieron amigos cuando los dos eran voluntarios del consejo estudiantil. Los Estudiantes Asociados de la Universidad de Washington componían tanto un club social como un órgano de gobierno, por lo que mis padres tuvieron muchas oportunidades de pasar tiempo juntos. En aquel momento, la asociación se enfrentaba a la política tradicional de la Junta de Regentes de la universidad que prohibía los discursos políticos. Sé que aquella medida enfadaba a mi padre y que se esforzó por acabar con la prohibición, aunque al final no lo consiguió.
Al contrario que su futuro novio, al que le gustaba trabajar en segundo plano, mi madre prosperaba desde el centro, y aún más si la habían elegido sus compañeros para ocupar ese lugar. Con su habitual determinación, dirigió en su penúltimo año una campaña muy organizada para ser secretaria del consejo de estudiantes. Compuso una canción para la campaña (le venía bien que su nombre rimara con «secretaria») y también un guion que tenían que seguir sus adeptos cuando telefonearan a los estudiantes para pedirles el voto. El día de las elecciones, supervisó de forma meticulosa cómo los cinco mil alumnos que votaban metían sus papeletas. Mi madre venció a sus rivales por un amplio margen.
En un álbum de recortes guardó los telegramas de felicitación de amigos y familiares, así como una nota escrita a mano por sus hermanas de sororidad. También conservaba una carta de su abuelo en la que aludía a sus grandes logros de esa primavera: elegida tanto para el puesto de secretaria como de presidenta de su sororidad, además de quedar la primera en una carrera de esquí. Como recompensa por esas tres victorias, le adjuntó setenta y cinco dólares (unos mil dólares de hoy en día) y le dio la enhorabuena por «pasar al primer plano».
Para mí es fácil imaginarme el comienzo de la amistad de mis padres. Mi madre tenía una forma de ser cálida y elegante que le otorgaba una capacidad casi mágica para conectar. Si aparecías en una fiesta y no conocías a nadie, mi madre era la primera persona que te extendía la mano, te daba la bienvenida y te facilitaba el ingreso en algún grupo que hubiese en la habitación. El pastor de nuestra iglesia dijo una vez que mi madre «nunca conoció a una persona que no fuera importante».
Me la imagino decidida a intentar sacar conversación a un alto y flacucho Bill Gates Junior. Ve que es reservado e intenta imaginar cuál es su historia, de dónde es, quiénes son sus amigos y qué cosas le emocionan. Enseguida encuentra puntos en común: las personas y los problemas del consejo estudiantil. Lo hace sin flirtear. Él es dos años mayor y ya está perdiendo pelo. No es el típico chico atractivo. Su novio de entonces sí lo era. En fotos, parece más cincelado. Más en la media.
Aun así, siente curiosidad. Cuando Bill Gates habla, no dice ninguna tontería. Se expresa con lógica, con claridad y de forma analítica. Hay gente que piensa en voz alta —su mejor amiga, Dorothy, es así—, pero este joven habla desde una sabiduría que le hace parecer mayor, más reflexivo que la gente que le rodea. Además, es divertido. Tiene una gran sonrisa y es una persona alegre.
Mi padre, por su parte, se siente atraído por la energía de mi madre, su mente rápida y su arrojo para decir lo que piensa, incluso cuando eso implica decirles a los demás qué es lo mejor para ellos. «Bill, creo que sería una buena idea que fueras…» probablemente sea un comentario que él empezó a oír poco después de conocerla.
Además, bailaban bien juntos.
La colección de fotos de Mary Maxwell cuenta el resto de sus comienzos. Desde la primavera de 1948, aparece en las fotos de los bailes, fiestas y otros eventos universitarios con el chico cincelado. Pero a principios de 1950 debió de pasar página, ya no aparece el otro tipo, solo una foto de una fiesta medio informal de principios de 1950: mis futuros padres, sentados en una mesa, sonriendo a la cámara. Mi padre se graduó esa primavera tanto de un título medio como de la licenciatura de Derecho, gracias a un programa acelerado que se ofrecía a los veteranos del ejército. Mi madre se licenció un año después en Magisterio.
Debieron de resolver las diferencias que sus cartas dan a entender porque en mayo de 1951 se casaron. Mi madre se fue enseguida con mi padre a Bremerton, donde él trabajaba para un abogado que era, además, el fiscal municipal. El trabajo obligaba a mi padre a ayudar a la gente en sus procesos de divorcio y a encargarse de los casos judiciales de la policía. Mientras tanto, mi madre empezó a dar clases en el mismo instituto al que había asistido mi padre.
Tras dos años en Bremerton, las perspectivas de conseguir un trabajo mejor y una vida más emocionante les hizo regresar a Seattle y, a los pocos meses de mi nacimiento, nos volvimos a mudar a una casa recién construida en View Ridge, una zona del norte de Seattle con colegio de primaria, parque infantil y biblioteca a poca distancia a pie. Todo el barrio seguía aún en plena construcción cuando llegamos. Tengo una película que grabó mi padre poco después de mudarnos: se puede ver un patio de tierra donde aún no habíamos plantado el césped. Mi hermana va montada en su triciclo por una acera tan limpia que el cemento casi parece líquido. Al otro lado de la calle se ve la estructura de madera de una casa sin terminar. Contemplo esa película y me quedo asombrado al observar todo tan nuevo, como si todo el barrio estuviese recién construido para niños como nosotros.