cap-2

Prólogo

—¿Podría darme un vaso de agua? —preguntó el cliente, que ahora parecía muy pequeño, como si hubiera encogido en el sillón.

Hélias, que agitaba una pierna de pura excitación, se volvió hacia Alain. Con un movimiento de cabeza, su mentor dio el visto bueno, y el chico salió disparado hacia la fuente de agua. Un vasito de plástico vacío y un suspiro de alivio más tarde, el paciente se sentía listo al fin. Hélias volvió a su silla y su acatisia. Ese trastorno, que había intentado controlar muchas veces, se agudizaba cuando estaba estresado. Es decir, cada dos por tres.

—Adelante, señor Durin, puede empezar cuando quiera —dijo Alain mirando al anciano, con el lápiz suspendido sobre la libreta.

El cliente se hundió aún más en el sillón y cerró los ojos.

—Hoy me gustaría volver a ver la clase de mi maestro de escuela. Todo un personaje. Divertido y, a la vez, exigente. Nos recibía en la escalera de la entrada, con su bata gris, tieso como un palo. ¿Cómo eran sus gafas? Redondas. No, cuadradas. —Por un momento, el rostro del anciano se crispó—. Bueno, ya no estoy seguro, pero le daban un aspecto severo. Sin embargo, era un profesor de lo más jovial. Siempre estaba bromeando. Aun así lo respetábamos. ¡Uy, ya lo creo! Ahora eso se ha perdido. Mi nieto hasta tutea a sus profesores. En mis tiempos, eso era impensable...

—Señor Durin, no olvide los desencadenantes olfativos —lo interrumpió Alain—. Es crucial que nos proporcione más precisiones sobre el entorno. Esos detalles son esenciales para obtener una reconstrucción fiel.

El anciano se pasó una mano cubierta de arrugas por el concentrado rostro y continuó:

—Cuando entrábamos en fila de a dos, yo siempre me las apañaba para ir al lado de Louis. Era mi mejor amigo. Ya le hablé de él. Sí, el que murió mientras dormía, hará cosa de un año. A mí también me gustaría irme así... —murmuró el señor Durin. Alain lo llamó al orden con suavidad—. Disculpe, cuando cierro los ojos, me vuelvo charlatán. ¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! Al entrar en el aula, Louis y yo subíamos a la tarima, nos embadurnábamos las manos con el polvo de tiza que había al pie de la pizarra y, luego, íbamos a limpiárnoslas en las espaldas de los otros chicos. Era muy divertido. Se ponían como fieras.

Al oír la anécdota, Alain enarcó una ceja y se apresuró a apuntar en la libreta las sustancias químicas olorosas. Sin saberlo, el paciente acababa de desbloquear la sesión. La madera de cachemira evocaría a la perfección la piedra de la pizarra. Una nota de fenilacetato de metilo y cedrol recordaría la tarima encerada. ¿Y una pizca de marítima? No. Alain tachó la última materia prima. Demasiado acuosa. No lo bastante seca y polvorienta. El iris nitrilo: eso es lo que representaría ese olor a tiza que irrita la nariz. Pero Alain no había terminado, ni mucho menos. Mientras el paciente, embarcado en una descripción caótica de su recuerdo, seguía describiendo aquella aula lejana, el terapeuta anotaba, analizaba y traducía cada divagación. Unos zapatos de cuero por aquí, el frío efluvio del tintero por allí... Alain transformaba la información en materias primas y apuntaba el nombre de las esencias en la libreta.

Satisfecho con sus notas, le hizo una seña a Hélias para que se acercara. Mientras el paciente continuaba su vagabundeo mental, el chico cogió la lista, rodeó el escritorio y sacó de la vitrina todos los frascos indicados. Sin hacer ruido, se deslizó detrás del anciano y se sentó ante una mesa de trabajo situada en una esquina de la consulta. Allí, el aprendiz de olfato mezcló los distintos componentes en un matraz colocado en una balanza de precisión.

—Era una escuela de chicos. Si queríamos ver a las niñas, teníamos que esperar hasta la tarde. Recuerdo que yo tenía una amiguita. Compartía conmigo sus pastillas Juanola. Un encanto de niña.

Hélias se detuvo y alzó la cabeza en dirección a Alain. Pastillas Juanola... ¿Acababa de mencionar el regaliz? El terapeuta, que se había percatado de la reacción de su ayudante, le sonrió en señal de aprobación. Para completar la atmósfera olfativa del recuerdo, ese aspecto debía figurar en la fórmula en forma de rastro. La isobutil quinolina serviría, pese a sus facetas verdes y coráceas.

Una vez terminada la mezcla, Hélias la diluyó en la SVM, introdujo el resultado en un nebulizador y se lo entregó a su jefe. Alain esperó tranquilamente a que el paciente acabara la historia y, cuando lo hizo, le preguntó:

—¿Está preparado?

Los temblorosos labios del anciano dejaron escapar un «sí» apenas audible. Alain pulso el botón de encendido del aparato, y las primeras volutas de vapor se elevaron de la ranura. Luego, le tendió el nebulizador al paciente.

—Ha llegado el momento de reencontrarse con su pasado —le dijo sonriendo.

Sin esperar a más, el anciano se acercó el aparato a la nariz e inspiró profundamente. A sus células olfativas les bastó una fracción de segundo para captar las moléculas olorosas que flotaban en el aire. Un instante después, con la respiración cortada, tuvo la sensación de caer al vacío. Una zambullida en el limbo de su memoria, un viaje a donde nadie se aventura: el olvido. Estaba totalmente inmerso en los meandros de su cerebro. La fórmula química aromática no solo hacía emerger los recuerdos, sino también todas las emociones y las sensaciones pasadas. La despreocupación, la ligereza y la inocencia de la infancia. Habría sido incapaz de decir cuándo las había sentido por última vez. Un día, simplemente habían desaparecido de sus percepciones.

Mientras su hipotálamo digería la información olfativa, su cuerpo se incendió. Una explosión de anécdotas a cuál más luminosa y precisa regresó a la superficie. Detalles que creía olvidados hacía mucho tiempo. La mueca de su profesor cuando una respuesta era errónea; los dedos gordezuelos de sus compañeros, que lo agarraban de la pechera cuando descubrían la broma de la tiza; los cordones de los zapatos de Louis, siempre sueltos. Louis y su risa, que rebotaba en las tapias del patio de recreo. Sus rodillas despellejadas, cubiertas de tierra y sangre. Una cálida irradiación llenó el vientre del anciano. Estaba eufórico, extático. Era otra vez ese niño. Adiós a aquel cuerpo marchito, a aquel cuerpo que el paso del tiempo había encogido y encorvado. De pronto, se sentía inmortal, impetuoso y audaz como solo pueden serlo los niños. Sacando pecho ante el futuro, desafiaba con una mirada pícara a la vida, que se le ofrecía. Si la juventud supiera y si la vejez pudiera... No. Con sus zapatos de colegial, pisoteaba el adagio. Si la vejez recordara lo que era la juventud... Toda su alma se inundó de placer. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, en las que los años ya habían dejado surcos. Estaba a la vez vacío y lleno, presente y muy lejos.

Poco a poco, los efectos de la SVM se difuminaron, llevándose con ellos las reminiscencias de su vida pasada. Durante unos instantes, su infancia le había hecho una visita. Cuando volvió a abrir los ojos, los olores de su pasado se habían desvanecido. Tenía la garganta seca y los ojos húmedos. Alain, que estaba a su lado, posó en su hombro una mano reconfortante.

—Bienvenido de nuevo entre nosotros.

1

Horas más tarde, Hélias acompañaba a la salida al último paciente del día. Aunque no estaba muy al tanto de la política local, había reconocido al alcalde de Le Mans, gracias a los carteles colocados por toda la ciudad, pero había puesto todo su empeño en tratar al primer edil como a un completo desconocido. Su mentor le había enseñado a practicar la discreción más absoluta: «Si se olvidan de lo que son hoy, les resultará más fácil recordar lo que fueron ayer». Una lección impartida durante uno de sus encuentros rituales del viernes por la noche, único momento de la semana en el que Alain se permitía beber alcohol. A Hélias le gustaba acompañarlo entre otras cosas porque Alain, pródigo en rumores y chismes, le revelaba las noticias más frescas del sector, para perfeccionar su formación informal. Pero ese viernes Hélias tuvo que abstenerse. Su partida al centro olfativo estaba prevista para el lunes, y no quería dejar papeleo pendiente tras él.

Aquella sucursal de Fragrancia, situada en las plantas primera y segunda de un edificio con carácter, la llevaban ellos dos, un personal mínimo que obligaba a Hélias a luchar en todos los frentes. Limpió los utensilios de laboratorio, comprobó las cantidades de las atmósferas y las materias primas, se aseguró del buen funcionamiento de los nebulizadores, completó la agenda y envió un informe detallado de las existencias de SVM a la sede central. La casa madre, responsable de la fabricación, distribución y explotación del producto, controlaba su uso de forma muy estricta. El psicotrópico, esencial para las sesiones de trance olfativo, era el pilar de toda la empresa. La menor anomalía en los informes habría provocado una situación de lo más complicada para la oficina y para Alain.

El resto de la hora se le fue en actualizar las fichas de los pacientes en la base de datos. Uno tras otro, Hélias reseñó todos los recuerdos olfativos de la semana y los clasificó por número de incidencias. Para su gran sorpresa, «paseo por la playa», que ese mes había aparecido más de cinco veces, no estaba recogido en la biblioteca de los acordes olfativos «listos para oler». Se lo señalaría a Alain antes de irse. Por último, añadió la atmósfera de la antigua aula a la ficha del señor Durin. Un paciente enternecedor. Hablaba mucho y divagaba aún más, pero sus sesiones de recuerdos olfativos siempre encerraban esa poesía que se oculta en lo banal.

Finalizadas todas las tareas, se concedió una pausa en la sala de espera desierta. Alain no tardaría en mandarlo a casa. Hélias aprovecharía para acabar de limpiar su habitación antes del gran día. Una idea angustiosa asaltó su cansada mente. ¿Y si no estaba a la altura de ese periodo de prueba? Fragrancia no tendría más remedio que despedirlo. ¿Se enfadaría con él Alain? No, imposible, aquel hombre solo deseaba su felicidad. Hélias suspiró y echó la cabeza atrás. Al cabo de unos segundos, empezó a dolerle el cuello. Enderezó el cuerpo y paseó la mirada por la sala. Era una habitación rectangular de techo alto y muy luminosa, gracias a las dos grandes ventanas, pero se diferenciaba de una sala de espera corriente por la cantidad de cachivaches de todo tipo que la ocupaban. Tendría que volver a poner orden, si le daba tiempo. Allí dentro, apenas podías moverte.

Alain era un coleccionista compulsivo. Lo guardaba todo. Aquí y allí, sobre el viejo entarimado, se alzaban pilas de periódicos de la altura de un hombre arrodillado, como testigos sedimentarios de las sucesivas eras. Jarrones imponentes, llenos a rebosar de bolígrafos promocionales, ocupaban un lugar central, y las paredes estaban cubiertas de cientos de postales procedentes de todo el mundo. Hélias sospechaba que los pacientes obtenían un placer perverso enviándolas, solo para ver hasta dónde llegaría la fiebre coleccionista. De momento, se extendía hasta los lavabos, pero Hélias se temía que no se detendría allí. Un día en que su mentor lo invitó a tomar un café en su casa, Hélias descubrió un cajón lleno de cajas de camembert. Así que, de vez en cuando, y de común acuerdo con Claudine, la mujer de Alain, hacía limpieza entre las cosas de su jefe, que nunca se percataba.

Cerró los ojos. Con el estrés de la partida, sentía la necesidad de hacer el vacío en su interior. Respiró hondo y dejó que sus emociones fluyeran, un ejercicio que solía practicar cuando se sentía ansioso. De pronto, el timbre de la puerta taladró el silencio. Con un respingo desproporcionado, Hélias se puso en pie y gritó en dirección al despacho de Alain que se encargaba él.

Al abrir la puerta, se encontró frente a dos gigantes vestidos de negro de los zapatos a la gorra. Incluso habían hecho el esfuerzo de dejarse las gafas de sol puestas. El aprendiz de olfato reconoció el monocromático atuendo de inmediato.

—Identifíquese —le ordenaron.

—Hélias Révol, ayudante de Alain Fisson —respondió él masajeándose la nuca.

Con el grueso pulgar, el más bajo hizo desfilar los nombres por la pantalla de su aparato. Luego, alzó la cabeza y dictó sentencia:

—No estás homologado. Apártate —dijo, y entró con el hombro por delante, seguido por su compinche, un auténtico coloso con la recia muñeca esposada a un maletín de aluminio—. ¿Dónde está el olfato Fisson? —ladró el primero mirando a su alrededor por encima de las gafas negras.

—En su despacho.

—¿Y a qué esperas? Ve a buscarlo.

Conmocionado por la brutalidad de la orden, Hélias se paralizó.

El segundo gorila se desabotonó la chaqueta. En su azoramiento, el chico creyó que el estuche para gafas sujeto a su cinturón era una pistolera de cuero. Respirando agitadamente, retrocedió un paso. El fulano, encantado de que por fin alguien se tomara en serio su accesorio, sonrió de oreja a oreja. Ante su jeta de vaquero venido a menos, al que no seleccionarían ni para un spaghetti western, Hélias interpretó su rictus como una amenaza. Su campo visual se estrechó y su respiración se volvió rápida y caliente. El miedo lo inundó. Las emociones de Hélias tenían la particularidad de ser tan violentas que a veces le provocaban ataques. Una vez más, iba a perder el control. Era una certeza. Esa fugaz idea no hizo más que empeorar la situación. Un tumor de ansiedad se adhirió a su esternón. Justo lo que intentaba evitar. Se sacó una ficha metálica del bolsillo y la estrujó. «Relájate, relájate...», dijo entre dientes, y cerró los ojos.

—¿Es mi estuche para gafas táctico lo que lo pone así? ¡Vaya! Y tú llamándome hortera...

Su compañero se encogió de hombros.

—Míralo. Lo que pasa es que no rige...

—Ya basta —intervino Alain saliendo de su despacho.

Los dos mensajeros se quedaron inmóviles.

—Olfato Fisson, tenemos órdenes estrictas. Nos han...

—¡Cállese! —tronó Alain, y, alzando los brazos, les mostró las dos rosas adornadas con cuatro espinas que llevaba tatuadas en las muñecas—. Y deje en paz a mi ayudante —añadió en un tono más calmado. Luego, buscó en su cartera y les tendió una tarjeta negra, que los gorilas se apresuraron a verificar—. No sé dónde los recluta a ustedes Cornélia, pero voy a tener que decirle cuatro cosas sobre los criterios de selección.

Alain les dio un código de cinco cifras. Un chasquido metálico más tarde, las esposas se abrieron y el maletín pasó a sus manos. El olfato comprobó la integridad de las cintas de sellado que unían los bordes del maletín y despidió a los dos gigantes con un revés de la mano. Poco a poco, Hélias recobraba la calma.

—Te las has arreglado bien. No te has venido abajo —lo tranquilizó Alain, y cerró la mano sobre la del chico, lo que puso fin a la frenética agitación de la ficha.

Hélias se la guardó en un bolsillo y miró el maletín con los ojos desorbitados. Era la primera cerradura biométrica que veía.

—Nuevo protocolo —rezongó Alain—. Solo funciona con mis huellas. Mejor dicho, con la del dedo gordo del pie. Por si a alguien le diera por cortarme la mano. —Agitó los dedos—. No sé de dónde sacan todas esas ideas. Adivina lo que hay dentro...

—Sustancia volátil memorial, supongo —respondió el chico sin ocultar su admiración por el valioso fluido.

Alain asintió.

—Ven, me ayudarás a abrir este trasto. ¡Dos cerebros piensan más que uno!

2

En esos mismos momentos, a varios centenares de kilómetros, una rutilante berlina negra aparcaba en una calle próxima al ayuntamiento. El chófer apagó el motor, bajó el parasol y miró por el retrovisor. Detrás, su jefa estaba concentrada en la lectura de un artículo de prensa.

—Hemos llegado, señora.

Nora alzó la cabeza y se volvió a derecha e izquierda. Nada indicaba que estuvieran en Melun. Pero si él lo decía...

Sacó un espejito de bolsillo y examinó su semblante. Resplandeciente: su rostro de joven treintañera no reflejaba el cansancio acumulado desde que ocupaba su cargo. Solo unas leves ojeras oscurecían sus párpados inferiores. «Son el adorno de la gente trabajadora», le dijo su madre un día. Algunos compañeros le habían pronosticado que, estando a las órdenes de la excéntrica directora general de Fragrancia, envejecería antes de tiempo. Después de un lustro de buenos y leales servicios, concluyó que podían meterse sus pronósticos donde les cupieran. Guardó el espejito en el bolso y salió del vehículo.

—Tengo para unos veinte minutos, François. Si quiere, puede ir a dar una vuelta —le dijo al chófer antes de cerrar la portezuela.

A última hora de la tarde, el centro empezaba a vaciarse. Un puñado de transeúntes, turistas despistados, desafiaban el mortecino ambiente. Aquellos impertinentes no tardarían en entrar en razón. Uno tras otro, los comerciantes de la rue du Général de Gaulle bajaban las persianas metálicas, tan cansadas como ellos. No muy lejos de allí, después de recorrer toda la ciudad, el Almont se encontraba al fin con el Sena.

Nora echó un vistazo a su móvil. Era la hora exacta. Mientras cruzaba la verja, un empleado del ayuntamiento le advirtió que el parque no tardaría en cerrar. La joven le dio las gracias y siguió su camino.

El punto de encuentro, un árbol solitario cerca de un banco, se dibujaba en la distancia. Horas antes, Ali Abbad, inspector de la policía judicial, le había enviado un mensaje con la descripción del lugar. Hasta sus tacones, que hacían crujir la gravilla del sendero, parecían burlarse de la situación. Semejante puesta en escena era impropia de Abbad.

De lejos, lo vio apagar un cigarrillo contra los listones del banco, guardarse la colilla en un bolsillo y levantarse para ir a su encuentro. Le había crecido la barba e iba desarreglado, como si no hubiera pasado por su casa en varios días. Una gabardina con las solapas subidas hasta los ojos habría completado el tópico. Al llegar junto a ella, tropezó y dejó caer al suelo una carpeta.

—¿Se encuentra bien?

Nora se agachó para ayudarlo a recoger los papeles desparramados a sus pies.

—Lo siento.

Al levantarse, Abbad lanzó hacia la nariz de la chica una bocanada del fougère moderno que compraba en una gran superficie desde que tenía veinte años. Aquel cóctel de lavanda, musgo de roble y cumarina, mezclado con el olor a tabaco, era su firma olfativa. Su principal elemento distintivo. Después de quitarle el polvo con la manga de la chaqueta, el policía le entregó la carpeta.

—Vuelvo a necesitarla —dijo encendiendo otro cigarrillo, y le tendió el paquete.

Nora rechazó la oferta.

El motivo del encuentro era un caso de violación durante una fiesta. Leyendo por encima las páginas del dosier, Nora se enteró de que, en el momento de la denuncia, la joven había tenido dificultades para recordar lo ocurrido. Cada intento de describir a su agresor se saldaba con un fracaso. Algunas reminiscencias relacionadas con la agresión emergían esporádicamente y desencadenaban ataques de ansiedad. Un estado postraumático considerado habitual por el psicólogo encargado de asistir a las víctimas. Los interrogatorios de los jóvenes presentes en la fiesta no habían dado ningún fruto: nadie se había percatado de nada. Una auténtica reunión de invidentes. ¿La única certeza del informe? La policía judicial daba palos de ciego.

—Con lo que está pasando en Fragrancia ahora mismo, me temo que no puedo aceptar un nuevo encargo.

Nora quiso devolverle la carpeta, pero el inspector se negó a cogerla.

—Si tuviera elección, me las arreglaría de otro modo, pero el fiscal se niega a continuar con la investigación si no interviene usted para validar la pista.

—¿Qué pista?

—Un posible culpable. Bastará con que confirme nuestras sospechas.

—Lo siento, pero no podemos ayudarle.

Nora había evitado utilizar un tono compasivo. Ser juzgada teatral en un momento así era de todo menos productivo.

Abbad se sacó el móvil del bolsillo.

—La semana pasada, unos compañeros de Marsella me mandaron fotos de una incautación.

Nora le cogió el teléfono de las manos y fue pasando las imágenes. Mostraban el desmantelamiento de un laboratorio clandestino. Unos hombres cuyos uniformes ostentaban el escudo de la brigada de estupefacientes juntaban grandes bidones azules. Nora se preguntó si, detrás de sus mascarillas FFP2, sonreirían.

—¿Cuánto?

—Cien litros. De muy mala calidad. Con esta SVM fraudulenta, la mayoría de los clientes se intoxica. Mis compañeros acabaron interrogándolos en sus habitaciones del hospital. Pero no se inquiete. Se hizo lo mismo que las otras veces: destruirlo todo y endosar otros cargos a los aprendices de químicos. Pasarán una buena temporada en la trena.

Abbad recuperó el móvil.

A Nora el intento le pareció zafio y no dudó en hacérselo saber. Amenazar la colaboración entre la policía y Fragrancia era ridículo. Desde luego, la empresa los necesitaba para mantener en secreto su actividad, pero las fuerzas del orden tenían mucho que perder si se veían obligadas a prescindir de sus servicios.

—No caigamos en la intimidación de bajo nivel, ¿le parece? Nadie ganaría nada con eso. —Nora le tendió la carpeta. Esta vez fue aceptada—. Cuando nuestra agenda nos lo permita, podrá volver a contar con nuestra colaboración.

Caminaron en silencio unos cuantos metros. La temperatura bajaba conforme declinaba el día. Entre calada y calada, Abbad se echaba el aliento en las manos para calentárselas.

Mientras Nora se felicitaba interiormente por haber evitado el infierno logístico de aquel encargo, con la gestión de los olfatos, los descifradores y los escenarios que inventar, una idea la perturbó.

—¿Por qué esta investigación y no otra? Usted no suele acudir a mí para cosas así. No me malinterprete, que a una chica la agredan durante una fiesta es algo horrible, pero de ahí a recurrir a Fragrancia... ¿No es un poco desproporcionado? Y más teniendo en cuenta que nuestra colaboración debe seguir siendo oficiosa.

El inspector le dio una calada tan ansiosa al cigarrillo que lo consumió por completo. Conocía a la víctima. A Nora no le gustó. Pero al menos ahora comprendía la actitud de Abbad y sus amenazas de poli de película barata. Estaba implicado emocionalmente en el asunto. Nora siempre desconfiaba de los sentimientos. Sobre todo, de los ajenos. Echaban a perder todo lo que tocaban.

—¿Y si la sesión hubiera revelado la culpabilidad del sujeto, pero usted no encontrara ninguna prueba suplementaria? ¿Qué habría hecho? No necesito recordarle que una confesión bajo los efectos de la SVM no puede figurar en el expediente del caso.

Por primera vez, los ojos de Abbad se despegaron de sus zapatos y se clavaron en los suyos.

—Ocúpese de probar su culpabilidad. Yo me encargaré del resto.

Nora se abstuvo de señalarle que no había respondido a su pregunta. De todas formas, le traía sin cuidado lo que él pudiera hacer en aquel caso, ella no le ayudaría. En ese momento, el empleado del ayuntamiento surgió de la nada, o quizá de detrás de un árbol.

—Bueno, ya está bien. Le he dicho a la señorita que el parque estaba a punto de cerrar. Tengo que pedirles que lo abandonen.

Nora se disculpó y se dirigieron a la salida. Delante de la verja, Abbad cogió a Nora del brazo y, en un susurro saturado de tabaco y alcohol, dijo:

—Chispa.

La joven dio un respingo. Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no mostrar su estupor. Sin esperar respuesta, Abbad le metió la carpeta en el bolso, dio media vuelta y desapareció en la esquina de la rue Contrescarpe.

—¡Mierda! —masculló Nora.

La tenía en sus manos.

3

El olfato rodeó el escritorio y dejó el maletín en el suelo. Se quitó un calcetín, levantó el pie y presionó la almohadilla biométrica con el pulgar desnudo. Hélias seguía con la mirada las fases de la operación meneándose con impaciencia. Piloto en verde, ruido de pestillo y señal sonora. El maletín se abrió al fin. Alain despejó el escritorio apartando decenas de figuritas y la colección de muñequitos de roscón que pensaba regalarle a Claudine cuando estuviera completa. Por fin, colocó el maletín en el tablero.

Hélias recibió con culpable satisfacción el disgusto de su mentor al advertir que acababa de rayar el vade de cuero con los remaches metálicos del maletín. Ya no recordaba cuántas veces había tenido que impermeabilizar el dichoso tapete a petición de Alain para protegerlo de eventuales salpicaduras de materias primas. Aunque tenía a su mentor en muy alta estima, Hélias sabía ya que él enfocaría ciertos aspectos del oficio de olfato de otra manera. Empezando por los muebles. Optaría por un escritorio de cristal. Y, aparte de las materias primas, lo estrictamente necesario. Nada de colecciones. Ninguna. Jamás.

Alain sacó una botella de aluminio en cuya etiqueta podía leerse: «Sustancia volátil memorial-500 ml», seguido de una combinación de cifras. Se colocó sobre la nariz —alargada por los años y la gravedad— un par de gafas con montura fina, movió el ratón del ordenador para encender la pantalla y empezó a teclear con una lentitud que delataba su falta de práctica. Odiaba las máquinas. De hecho, era de los que, en su día, consideró que Bernard Marti estaba yendo demasiado lejos con su Minitel.

—¿Quieres que te ayude?

—Por favor. Con la nueva plataforma, ya no me aclaro. Primero introduce el número de serie que figura en la botella. Perfecto. Y ahora, si puedes traer dos nebulizadores limpios...

Hélias se acercó al gran armario y cogió varios aparatos que había limpiado horas antes.

—Vamos a hacer un test de calidad.

—¿Para qué sirve?

—Para comprobar que la SVM no se ha adulterado desde el lugar de producción hasta llegar aquí —respondió Alain cogiendo los nebulizadores—. Con todos los robos que hay en estos momentos, Cornélia ha reforzado los controles.

Pese a su excitación, Hélias no pudo reprimir una pizca de aprensión. Era la primera vez que Alain le permitía ayudarlo en aquella tarea. Temía decepcionarlo. Peor, que fuera testigo de una reacción desmesurada cuando Hélias inhalara la SMV. Aunque sabía que, en manos de los especialistas, la sustancia volátil memorial era prácticamente inofensiva, no olvidaba que, en estado puro, podía provocar trances temibles.

Alain desenroscó el recipiente de aluminio, extrajo un poco de su contenido con una pipeta y lo trasvasó a los depósitos de los nebulizadores. Luego, colocó delante de su ayudante el aparato capaz de transformar en frío los líquidos en una nube de finas partículas.

Hélias no tenía escapatoria. Notó que se le aceleraba el corazón, pero respiró hondo y consiguió serenarse. Debía cortar de raíz cualquier pérdida de control. Sabía por experiencia los estragos potenciales de una emoción a la que no se vigila. A base de convivir consigo mismo, ahora era más o menos capaz de anticipar los ataques. Lo irónico era que aquella estricta vigilancia de su propia persona participaba activamente en su desarreglo emocional. Hacía a la vez de verdugo y de condenado.

—Prefiero avisarte: es bastante impresionante. Un cerebro «normal» —dijo Alain dibujando unas comillas en el aire con los dedos— siempre sale de la experiencia conmocionado. Pero no es nada que tú no puedas controlar.

Hélias, tenso a más no poder, asintió con la cabeza. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Nunca había tenido la oportunidad de oler SVM pura y dudaba de su capacidad para soportar el shock. Pensar eso reavivó su angustia.

Se secó el sudor de las manos en los vaqueros y buscó un último gesto de ánimo en su mentor antes de lanzarse. Luego, cogió el nebulizador, lo accionó y se acercó a la nariz la ranura, que dejaba escapar un vapor lechoso. Cerró los ojos, inspiró profundamente y se recostó en el respaldo de la silla. Fuera, el sol se ponía.

Habitualmente, la sustancia volátil memorial, emparejada con un olor familiar, penetraba en las fosas nasales, se adhería a la mucosidad del epitelio olfativo y ascendía hasta los cilios receptores, situados en la extremidad de las neuronas olfativas. Estas, bajo la influencia psicoactiva de la SVM, transmitían un impulso nervioso cargado de informaciones tan potentes que, una vez pasado por el bulbo, el mensaje que llegaba al córtex sacudía toda la región límbica del cerebro. Entonces, la amígdala y el hipocampo, las dos zonas encargadas del tratamiento de las emociones y los recuerdos, vibraban con tal intensidad que los tres órganos se activaban al unísono para provocar las alucinaciones sensoriales y memoriales. En el argot, a ese fenómeno se le daba el nombre de «inmersión».

Inhalada sin una atmósfera olfativa asociada, la SVM propició una experiencia diferente. Sola, revelaba un olor sintético, acre, con notas frías, ascendentes y picantes, casi aldehídicas. Cuando el flujo de datos alcanzó el sistema límbico de Hélias, una sensación agradable se propagó por todo su cerebro. Una dulce anestesia crepitó en su cráneo. Tuvo mareos, pero no tardaron en dar paso a la euforia. El viaje se volvía excitante, apasionante. Luego, ese estado, que duró unos segundos, viró a lo agrio. Su encéfalo empezó a patinar. Un pandemónium mental se apoderó de él, que intentaba en vano detenerlo. Trataba de recordar un pasado que no existía. No aparecía nada, pero todas sus sinapsis estaban en funcionamiento. Su cerebro buscaba en una biblioteca desesperantemente vacía. Irritadas, frustradas, sus manos se aferraron a los brazos del sillón. Bajo los párpados, que seguían cerrados, sus ojos se encogieron. Hacía ímprobos esfuerzos por recordar un olvido, revivir una ausencia y volver a sentir un vacío.

Lo que había empezado siendo una sensación molesta, un poco como tener una palabra en la punta de la lengua o esperar un estornudo que no acaba de llegar, se transformó rápidamente en una irritación palpable. Cada vez que intentaba asirse a ella, su memoria lo esquivaba. Tenía la frente perlada de sudor. Por fin, exhausto, al límite de sus fuerzas, su cerebro desistió. Los efectos de la SVM se estaban difuminando. Hélias abrió los ojos. Alain le había dejado delante un vaso.

El chico se sacó la ficha del bolsillo y la hizo danzar entre sus dedos.

—Guarda eso y bebe. No te preocupes, solo es agua azucarada. Después del esfuerzo que se le ha exigido, es todo lo que pide tu córtex. —Hélias obedeció—. Bueno, ¿qué tal la primera vez?

—¿Que qué tal? Pues superdesagradable. Ni siquiera sabía qué buscar.

—La frustración. Y, a juzgar por tu enfado, diría que la has encontrado —respondió Alain desabotonándole el cuello de la camisa. La situación lo divertía mucho—. Cuando no hay ningún olor asociado a la SVM, el cerebro recibe la información de recordar, pero no comprende el qué. Como sensación es muy desagradable, lo admito. Tanto más desagradable cuanto mayor sea la calidad. Este lote no ha sido cortado —añadió señalando la botella.

Los efectos casi habían desaparecido. Hélias se relajó.

—Perdona que me haya alterado.

—¡Bah, no te disculpes! Tu reacción ha validado la remesa. Más bien hay que alegrarse.

—Debo confesar que no todo era negativo. La fase inicial ha sido incluso muy agradable.

—¿La subida? Una contrapartida molesta que nos causa muchos problemas. Hay tarados que intentan sintetizar la SVM solo por esa euforia del principio. —Alain se levantó y se desperezó—. De hecho, por culpa de esos tarados, ahora tenemos tarados aún mayores que nos la entregan. —Señaló la pantalla con el dedo—. Ayúdame a comunicar el resultado a Fragrancia. Luego, te vas a descansar. Te lo has ganado con creces.