Introducción

Introducción

A todo el mundo le gustan los pájaros. ¿Qué criatura silvestre es más accesible a nuestros ojos y oídos, tan cercana a nosotros y a todo el mundo, tan universal como un ave?

SIR DAVID ATTENBOROUGH

Durante toda la historia de la humanidad hemos compartido nuestro planeta con las aves.

Las hemos cazado y domesticado para obtener alimento, combustible y plumas; las hemos situado en el corazón de nuestros rituales, religiones, mitos y leyendas; las hemos envenenado, perseguido y a menudo demonizado, y las hemos celebrado en la música, el arte y la poesía. Incluso hoy, pese a la creciente —y extremadamente preocupante— desconexión entre la humanidad y el resto de la naturaleza, las aves siguen desempeñando un papel esencial en nuestras vidas.

Diez aves que cambiaron el mundo se adentra en esta larga y azarosa relación, que abarca toda la historia de la humanidad e incluye aves de todos los continentes del planeta. Y lo hace a través de diversas especies cuya existencia, y cuya interacción con nosotros, han cambiado —de un modo u otro— el curso de la historia humana.

Pero ¿por qué elegir precisamente las aves? ¿Por qué no los mamíferos o las polillas, los escarabajos o las mariposas, las arañas o las serpientes, o incluso animales domésticos como los caballos, los perros o los gatos? Igual que las aves, todos ellos han sido también explotados y celebrados por nosotros y han desempeñado un papel fundamental en nuestra historia y nuestra cultura. Sin embargo, de todas las criaturas silvestres del mundo, las aves constituyen el grupo con el que los humanos hemos mantenido una relación más estrecha, profunda y compleja a lo largo del tiempo.

Eso se explica, en parte, por su ubicuidad: no existe ningún lugar en el planeta —desde los polos hasta el ecuador— en el que no haya aves. Son omnipresentes, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Se las puede ver en primavera, verano, otoño e invierno; y durante gran parte del año también se las puede oír.

Pero eso por sí solo no justifica nuestra fascinación por las aves. Ocurre también que, junto con otras especies —y, de hecho, junto con algunos objetos inanimados como los coches—, con frecuencia les atribuimos características antropomórficas, celebrando (y a veces condenando) sus rasgos supuestamente humanos.(1) A lo largo de la historia, y en culturas muy diversas, algunas aves nos han parecido simpáticas y adorables, y otras agresivas y odiosas, aunque para ellas nosotros no seamos más que otra criatura grande y pesada a la que es mejor evitar.

Por ejemplo, a menudo describimos el canto de los pá­jaros —y su efecto positivo en nuestro estado de ánimo— en términos musicales, refiriéndonos a él con expresiones como «concierto matutino» u otras parecidas; o consideramos que, al exhibir su cola, el pavo real «monta todo un espectáculo» en nuestro honor; o nos reímos de las graciosas travesuras de los pingüinos... Y al mismo tiempo, calificamos a las aves rapaces de «asesinas despiadadas», a los cuervos de «taimados» y a los buitres de «repugnantes carroñeros», obviando convenientemente la función esencial que desempeñan estos últimos al limpiar el paisaje de carne en descomposición y cadáveres de animales.

Nuestra fascinación por las aves se debe sobre todo a dos elementos característicos de su existencia: su capacidad de volar y su don para el canto. De ellos, el aspecto que más envidiamos es el vuelo, como revelan, por ejemplo, estos versos de John Gillespie Magee, poeta y piloto de combate durante la Segunda Guerra Mundial:

¡Ah! Me he liberado de los hoscos lazos de la Tierra

y he danzado en los cielos con alas de argentada risa...(2)

La capacidad de las aves para alzar el vuelo y surcar las alturas, tan alejada de nuestras aptitudes y realizada con tal gracia y elegancia, las diferencia de nuestra humilde existencia terrenal. Se trata de un don que hemos envidiado desde la prehistoria, y que sólo en los dos últimos siglos hemos sido capaces de emular, gracias primero al globo de los hermanos Montgolfier y luego al avión de los hermanos Wright.(3)

Incluso hoy en día, cuando subimos a un avión de pa­sajeros y viajamos a los rincones más remotos del planeta, nos sigue cautivando la capacidad de las aves migratorias de realizar esos mismos viajes sabiendo encontrar la ruta de ida y vuelta a su destino sin la ayuda de nuestros modernos sistemas de navegación.

El canto de los pájaros resulta, en muchos sentidos, aún más importante en nuestras vidas, y ha sido fuente de inspiración para músicos, poetas e innumerables oyentes cotidianos durante miles de años. En época reciente, los científicos han descubierto que una de las razones por las que nos fascina tanto es que escucharlo realmente nos levanta el ánimo.[1] Para las propias aves, en cambio, el acto de cantar constituye una lucha a vida o muerte para repeler a sus rivales o atraer a una pareja y reproducirse, y con ello transmitir su patrimonio genético a la siguiente generación antes de que su breve vida termine.

Una tercera razón por la que nos fascina tanto la vida de las aves es que comparten muchos de nuestros propios hábitos y comportamientos. De hecho, como señala el historiador y analista cultural estadounidense Boria Sax, en ocasiones se comportan de un modo que casi podría definirse como un equivalente aviar de la sociedad humana.[2]

Pero ¿significa eso que las aves han influido en el curso de la historia de la humanidad, e incluso que han cambiado el mundo, como sugiere el título de este libro? Personalmente creo que sí. Las historias que aquí se narran revelan la enorme influencia que han tenido determinadas especies o grupos de aves en diversos acontecimientos históricos y actuales, o en importantes aspectos de nuestras vidas.

Dicha influencia abarca desde un efecto acumulativo acrecentado a lo largo de siglos hasta una serie de acontecimientos concretos producidos durante un periodo breve pero crucial de la historia humana. Las aves han provocado revoluciones sociales, han cambiado nuestra forma de ver el mundo y, en determinados momentos de inflexión, han suscitado cambios de paradigma. Y los efectos de todo ello han sido notablemente diversos, desde los de índole económica hasta los de naturaleza ecológica.

Cada una de las diez aves que he elegido aquí guarda relación con un aspecto fundamental de nuestra humanidad: la mitología, la comunicación, la alimentación y la familia, la extinción, la evolución, la agricultura, la conservación, la política, el orgullo desmedido y la emergencia climática. Todos estos aspectos están imbricados con nuestra estrecha, constante y siempre cambiante relación con las aves.

La narración de Diez aves que cambiaron el mundo es vagamente cronológica: cada uno de los diez capítulos del libro se centra en una sola especie (o grupo) a lo largo del tiempo, en un orden histórico aproximado.

Desde que Noé soltara al CUERVO en su Arca, las aves han sido un componente esencial de las supersticiones, la mitología y el folclore humanos. Empiezo mi relato, pues, en la prehistoria, cuando este enorme y temible miembro de la familia de los córvidos apareció en los mitos de creación de todo el hemisferio norte, desde los pueblos amerindios originarios hasta la cultura nórdica y los pueblos nómadas de Siberia. Sin embargo, la influencia del cuervo no se limita al pasado: todavía hoy sigue configurando nuestra visión del mundo.

Hace unos 10.000 años, poco después de que la humanidad iniciara el tránsito de la caza y la recolección nómadas a la agricultura y la ganadería sedentarias y se estableciera para cultivar plantas y criar animales, los humanos se dieron cuenta de la gran ventaja que suponía domesticar a las aves silvestres que vivían a su alrededor. Una de ellas era una tímida especie que habitaba en los riscos, la paloma bravía, criada originariamente para obtener alimento, pero más tarde apreciada por su extraordinaria capacidad para llevar mensajes a largas distancias. Su descendiente, la PALOMA urbana, se encuentra hoy en todo el planeta. A menudo de­nigrada o tan sólo ignorada, esta humilde ave ha ayudado a ganar batallas e incluso a cambiar el curso de las dos guerras mundiales.

Las aves domesticadas no sólo nos han proporcionado alimento, sino también sustento espiritual y social. Uno de los principales ejemplos es el PAVO SALVAJE de América, que sigue siendo el elemento central de las comidas navideñas en Europa y del Día de Acción de Gracias en Norteamérica. Criado actualmente a escala industrial, el pavo se está convirtiendo cada vez más en objeto de encarnizados debates en torno a si tenemos derecho o no a explotar a otros seres vivos para nuestros propios fines egoístas.

Las secuelas y el coste humano de la exploración y el colonialismo europeos iniciados en el siglo XV aún se dejan sentir hoy en día. De las numerosas víctimas aviares de este periodo de la historia, ninguna es más conocida que el DODO. Este enorme pariente no volador de las palomas vivió durante muchos milenios en la isla oceánica de Mauricio, pero no pudo sobrevivir a la invasión humana del siglo XVII ni a la depredación de los diversos animales que los invasores llevaron consigo. Hoy en día, este auténtico emblema de la extinción puede enseñarnos algunas lecciones útiles acerca de nuestra problemática relación con las especies amena­zadas y el modo en que podríamos salvarlas de sufrir el mismo destino.

En los siglos XVIII y XIX, el auge de la nueva disciplina de la ciencia evolutiva amenazó con derribar el edificio religioso sobre el que se había construido la sociedad civilizada. El punto de inflexión crucial se produjo en 1859, cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies, un libro cuyo contenido cambiaría nuestra forma de ver el mundo que nos rodea. Sin embargo, como veremos más adelante, no fue él, sino otros científicos que siguieron sus pasos, quie­nes con el tiempo acabarían comprendiendo la importancia de los PINZONES DE DARWIN, que se convertirían en un ejemplo clásico del funcionamiento de la evolución.

A menudo se da por sentado que la agricultura industrial moderna comenzó tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, más de un siglo antes, la recolección de excrementos de vastas colonias de un ave marina sudamericana —el CORMORÁN GUANAY— había proporcionado ya el fertilizante necesario para iniciar el extraordinario auge de la agricultura intensiva, que a la larga alteraría para siempre el paisaje de Norteamérica y Europa, marcaría el inicio del largo declive de las aves y la fauna silvestre en las tierras de cultivo y transformaría nuestra forma de cultivar, consumir y valorar los alimentos.

También otras especies se vieron amenazadas. La GARCETA NÍVEA de Norteamérica fue víctima del negocio de la moda, y su ornado penacho de plumas decoró los sombreros y vestidos de las mujeres hasta el punto de llevar a esta elegante ave acuática al borde de la extinción. Esta crueldad gratuita —así como el asesinato de personas que intentaban proteger la especie— dio lugar a la creación de diversas or­ganizaciones de protección de las aves, como las sociedades Audubon en Estados Unidos y la Real Sociedad para la Protección de las Aves (RSPB, por sus siglas en inglés) en el Reino Unido. Pese a ello, aún hoy valerosos hombres y mujeres que trabajan para salvar a las criaturas silvestres, y proteger los lugares donde habitan en todo el globo, son asesinados por su causa.

El águila siempre ha estado asociada a la fuerza de las naciones y los imperios: primero en su significado simbó­lico para los antiguos griegos y romanos; después, como emblema tanto del Sacro Imperio Romano Germánico, como de Alemania y Rusia, y por último, en la forma de una especie concreta, el ÁGUILA CALVA, como ave nacional de Estados Unidos. Pero el águila también tiene una historia más oscura como emblema de regímenes totalitarios: en el siglo pasado, en la Alemania nazi, y actualmente, entre los partidarios de la extrema derecha en países como Estados Unidos. El relato de cómo esta poderosa ave llegó a representar lo peor de la naturaleza humana es uno de los más inquietantes de este libro.

Sin embargo, probablemente la historia de la campaña librada contra un pequeño pájaro antaño omnipresente resulta aún más chocante. Con frecuencia, los políticos han sido víctimas de un orgullo y una arrogancia desmedidos, en especial los déspotas todopoderosos. La historia del presidente chino Mao es aleccionadora en ese sentido: se enfrentó a la naturaleza, y perdió. Su guerra contra el humilde GORRIÓN MOLINERO no sólo estuvo a punto de causar la desaparición de la especie, sino que en última instancia acabó provocando también la muerte de decenas de millones de personas de su propio pueblo.

Por último, el destino del PINGÜINO EMPERADOR —la única ave que cría durante el frío y crudo invierno antártico— es hoy un destino compartido por toda la humanidad, en la medida en que nos precipitamos a toda velocidad hacia una crisis climática global. ¿Llegará demasiado tarde la advertencia relativa al rápido declive y la inminente extinción del pingüino? ¿O conseguiremos, a un minuto de la me­dianoche, rescatarnos a nosotros mismos —y al resto de la naturaleza— del borde del abismo?

La necesidad de investigar nuestra relación con el mundo natural nunca ha sido tan urgente como hoy. A lo lar­go de mi vida, he visto desplomarse el número de aves del planeta debido a una combinación tóxica de pérdida de há­bitats, persecución, contaminación y emergencia climática. Actualmente, el número de criaturas silvestres —incluidas las aves— que pueblan la Tierra se ha reducido a menos de la mitad del que había en 1970;[3] mientras tanto, la población humana ha aumentado en más del doble, pasando de 3.700 millones a 8.000 millones de personas.[4]

A pesar de este dramático declive, queda un vestigio de esperanza: la constatación de que nunca como hoy las aves han sido tan importantes para nosotros y para nuestra futura continuidad en el planeta. Seguimos dependiendo de ellas como siempre lo hemos hecho, no sólo para obtener alimento, combustible y plumas, sino también para mejorar nuestra comprensión del mundo natural, del que, gracias a su ubicuidad, se han convertido en las principales guardianas.

Nunca ha habido mejor momento para centrar nuestra atención en la prolongada, tumultuosa y siempre fascinante relación entre las aves y la humanidad que el presente, justo cuando la actual crisis medioambiental amenaza con sumirnos, a nosotros y al mundo natural, en el caos y el olvido. Puede que ello nos ayude a forjar una relación mejor en el futuro.

STEPHEN MOSS

Mark (Somerset, Reino Unido)

1

EL CUERVO

Corvus corax

Ilustración en blanco y negro de un cuervo

Y soltó un cuervo, que estuvo volando de un lado a otro esperando a que se secara la tierra.

GÉNESIS, 8, 7

Al anochecer de un día de principios de otoño, una mujer estaba trabajando en el exterior de su casa, en el cañón de Boulder, a orillas del río Colorado. Pero le resultaba difícil concentrarse en su tarea porque, cerca de ella, un gran pájaro negro emitía una constante cantinela de estridentes gritos.

El pájaro le resultaba familiar —era un cuervo—, pero aquella tarde su comportamiento le pareció muy extraño. Por mucho que intentara ignorarlo, las llamadas del cuervo eran cada vez más fuertes y persistentes. Como ella misma recordaría más tarde, «armaba un alboroto demencial».

Exasperada, miró hacia arriba y vio que el cuervo volaba directamente por encima de su cabeza y se posaba en una roca cercana, justo por encima de donde estaba ella. Sólo entonces comprendió por qué el pájaro se comportaba de forma tan extraña.

Entre las rocas, a apenas seis metros de distancia, se agazapaba un animal: un puma,(4) que la observaba fijamente con sus penetrantes ojos amarillos. La bestia —que pesaba más de cincuenta kilos, más que la propia mujer— estaba a punto de abalanzarse sobre ella. Con menos de metro y medio de estatura, la mujer tenía aproximadamente el tamaño y el peso de un ciervo, la presa habitual del puma. De modo que, si la atacaba, como mínimo resultaría malherida, y, en el peor de los casos, podría morir.

La mujer retrocedió rápidamente para alejarse del puma, gritando asustada. Su marido oyó sus gritos de pánico y apareció en escena, ahuyentando al depredador.

Una vez recuperada de la conmoción, la mujer explicó que había escapado por los pelos. No tenía ninguna duda de lo que ha­bía ocurrido: «Aquel cuervo me salvó la vida.» Los medios de comunicación declararon que su supervivencia fue poco menos que un milagro.[1]

Pero retrocedamos por un momento y centrémonos no en los pensamientos y sentimientos de la mujer, sino en los instintos y motivos de la propia ave. ¿Por qué querría el cuervo advertirla de un ataque potencialmente letal? Y si no damos con una respuesta satisfactoria a esta pregunta, ¿qué está ocurriendo entonces?

Desde tiempos prehistóricos, los lobos y los cuervos han colaborado en la búsqueda de comida, cooperando en ocasiones con cazadores humanos y otras veces con depredadores mamíferos. Los cuervos son demasiado pequeños para matar presas grandes como los ciervos, algo que sólo pueden hacer los lobos o los humanos... Y, por supuesto, los pumas.

Pero, en comparación con los cuervos, estos grandes mamíferos terrestres carecen de una enorme ventaja: no pueden volar. Sólo el cuervo puede hacer un reconocimiento de una gran extensión de terreno, localizar una presa potencial y luego regresar para guiar a los cazadores hacia el objetivo. Si éstos consiguen matar al animal, se darán un festín con su carne, pero al terminar dejarán los restos, todavía con suficiente carne adherida a los huesos para que los cuervos puedan rescatar una sustanciosa comida.

Así pues, aunque nos gustaría considerar benignas las intenciones del cuervo, ¿no es más fácil que ocurriera justo lo contrario? ¿No resulta mucho más probable que el cuervo atrajera «deliberadamente» al puma hacia la mujer con la esperanza de que lograra matarla? En ese caso, tanto el puma como el cuervo habrían comido hasta saciarse. Como señala el eminente ornitólogo Bernd Heinrich, que relató esta historia en su libro Mind of the Raven: «Todo lo que sé sobre los cuervos [...] es congruente con la idea de que no sólo se comunican entre sí, sino también con cazadores para participar de su botín.»[2]

Si queremos buscar ejemplos de la forma en que a menudo malinterpretamos los motivos y las acciones de las aves, es difícil imaginar algún otro que pueda superar esta historia, de la que cabe extraer una importante lección: cuando se trata de criaturas silvestres, debemos tener buen cuidado de no suponer que, de algún modo, están «de nuestro lado». Puede que en ocasiones lo estén, pero sólo si también ellas se benefician de esa alianza temporal.

La cruda verdad es que, como todas las demás aves que se mencionan es este libro, los cuervos sólo piensan en sí mismos y en su propia supervivencia. Es una verdad que ha­ríamos bien en tener muy presente.

Para constatar que los seres humanos y los cuervos comparten una larga historia, basta con examinar el origen del nombre del ave. En inglés, podemos afirmar que raven constituye uno de los nombres de aves más antiguos de dicha lengua;(5) tenemos evidencias de que se utilizaba bastante antes del nacimiento de Cristo.

Lo sabemos porque el término es más o menos similar en todas las lenguas escandinavas y germánicas,[3] por lo cual podemos deducir de manera razonable que todas sus variantes se derivan de una misma raíz original, basada, por supuesto, en una versión humanizada del graznido del ave.[4]

Es probable que la palabra que todavía hoy se emplea en islandés, hrafn (con la «f» pronunciada como una «v»), sea el equivalente moderno más cercano al sonido que emitieron nuestros ancestros prehistóricos cuando, al alzar la vista hacia el cielo frío y gris, intentaron imitar el graznido de esta ave extraordinaria.

Con toda probabilidad, los cuervos seguían regularmente a los cazadores humanos —al igual que a otros grandes depredadores— a fin de alimentarse de los restos de sus presas. Pero no se trataba de una transacción unidireccional: a cambio, como hemos visto, alertaban a los humanos y a otros mamíferos depredadores de la presencia de sus víctimas potenciales.

Esta temprana relación semisimbiótica con los humanos explica en gran medida por qué los cuervos ocupan un lugar tan prominente en las mitologías de tantas culturas primitivas. De hecho, de todas las aves del mundo, el cuervo es la que tiene un papel más destacado en los relatos originarios de las civilizaciones antiguas. En todo el hemisferio norte, desde Alaska hasta Japón, pasando por Gran Bretaña e Irlanda, Escandinavia, Siberia y Oriente Próximo, no sólo protagoniza mitos y leyendas, sino que en la mayoría de las culturas es también la primera especie de ave así mitificada.

Hay muchas otras aves que han desempeñado un papel relevante en diversas mitologías del mundo. Entre ellas se cuentan los búhos, conocidos por su supuesta sabiduría; las grullas y los pavos reales, admirados desde hace largo tiempo, especialmente en algunas partes de Asia, por sus intrincadas danzas de cortejo; el ibis sagrado, vinculado a las re­ligiones del antiguo Egipto; las águilas, que simbolizan la fuerza y el poder (como veremos en el Capítulo 8), y el llamativo quetzal guatemalteco, una de las aves más bellas y codiciadas del mundo, que desempeñó un papel clave en las culturas precolombinas de Centroamérica. Pero, por muy significativas que resulten todas ellas para nosotros, en ninguna se observa la importancia, la extensión geográfica o la longevidad histórica que caracteriza nuestra relación con el cuervo.

Los cuervos también exhiben una larga y distinguida historia como mensajeros premonitorios. Esta función se remonta como mínimo a la antigua Grecia, donde Apolo (dios de la profecía) los utilizaba para transmitir sus mensajes, aunque —como veremos en otros contextos— las aves no siempre resultaban ser muy fiables.[5] Una de las leyendas más conocidas en ese sentido dice que, si los cuervos que residen en la Torre de Londres la abandonan alguna vez, el Reino Unido y su monarquía caerán.[6]

Y si el lector supone que en el mundo moderno el cuervo ya no tiene tanto arraigo en nuestras creencias y culturas, considere este ejemplo: cuando, en su serie de novelas Canción de hielo y fuego (más tarde llevada a la televisión con el título de Juego de Tronos), el escritor estadounidense George R. R. Martin tuvo que elegir un ave para simbolizar el po­der de la profecía —y llevar mensajes como una especie de paloma mensajera sobrealimentada— sólo había un posible candidato: el cuervo.[7]

Pero ¿por qué el cuervo ocupa un lugar central en tantas mitologías antiguas y modernas? ¿Qué tiene este miembro concreto de la familia de los córvidos que lo ha hecho destacar y desempeñar un papel tan crucial en tantas épocas y lugares, y en tan diversas culturas? Como ocurre con otras aves que dan origen a historias, mitos y leyendas, la clave está en su propia naturaleza: en sus hábitos, su comportamiento y, sobre todo, su inteligencia.

Listos, ingeniosos, adaptables, astutos, oportunistas: son sólo cinco de los numerosos adjetivos que se aplican a los cuervos... y, por supuesto, también a nosotros mismos. Al igual que los seres humanos, con los que conviven des­de hace decenas de miles de años, los cuervos son capaces de modificar su comportamiento para adaptarse a diferentes circunstancias. Como los humanos, pueden resolver problemas, aprender de sus experiencias e incluso variar de conducta tras un contratiempo para tener más éxito la pró­xima vez. Y, como los humanos, suscitan reacciones de lo más diversas: desde el odio más profundo hasta el respeto, la admiración e incluso el amor.

Pero hay otro aspecto de la naturaleza del cuervo que lo convierte en el sujeto ideal para tales mitos: su independencia de espíritu. Este rasgo aparece descrito por primera vez en uno de los relatos más antiguos sobre el cuervo, que además constituye también la primera mención de un ave en la Biblia: la historia del Diluvio Universal narrada en el libro del Génesis, en el Antiguo Testamento.

Después de cuarenta días, Noé busca desesperadamente tierra firme hacia la que dirigir su Arca. Decide soltar dos aves, un cuervo y una paloma, y el cuervo es el primero en salir.[8] Poco después le sigue la paloma, pero ésta no encuentra dónde posarse y regresa al Arca. Al cuervo, en cambio, no se lo vuelve a ver.

Esta independencia —la falta de disposición a someterse a la voluntad de sus compañeros humanos— es un tema que puede encontrarse en casi todos los relatos sobre cuervos, en la alta cultura y en la cultura popular, y desde la Antigüedad hasta nuestros días. Las tres grandes religiones abrahámicas —judaísmo, cristianismo e islamismo— comparten la creencia de que los humanos son superiores a todas las demás criaturas (en el primer capítulo de la Biblia, por ejemplo, se otorga al hombre el dominio sobre todas ellas).[9] Pero en este aspecto el cuervo rema a contracorriente, negándose con tesón a ser otra cosa que un socio igualitario, casi como si se considerara a sí mismo un ser humano más.

Y así es justo como muchos observadores perciben a los cuervos.

El ornitólogo escocés del siglo XIX William MacGillivray no era conocido precisamente por su sentimentalismo: los relatos de su monumental obra en cinco volúmenes A History of British Birds rara vez se alejan de lo puramente científico y descriptivo.

Cuando se trata del cuervo, sin embargo, ni siquiera él es capaz de resistirse a la tentación del antropomorfismo (la atribución de características humanas a una especie no humana):

No conozco ninguna ave británica que posea cualidades más estimables que el cuervo. Su constitución le permite desafiar la furia de las más violentas tempestades y subsistir en medio del frío más intenso; es lo bastante fuerte para repeler a cualquier ave de su tamaño, y su espíritu es tal que lo induce a atacar incluso al águila [...]. En sagacidad no le supera ninguna otra especie.[10]

MacGillivray podría estar describiendo en tan elogiosos términos a un ser humano, quizá un héroe de guerra o un explorador, antes que a un pájaro. Esa estrecha identificación de los cuervos con nuestra propia naturaleza —con lo mejor, y a veces lo peor, de nuestros rasgos humanos— se revela también en la ambigüedad que subyace en tantos mitos y leyendas relativos a esta ave: el cuervo puede ser bueno o malvado, un poderoso aliado o un temido adversario, un inmundo carroñero o una valiosa ayuda para mantener limpias las calles de la ciudad.(6) A menudo es visto como un símbolo de esperanza, pero también (incluso de manera simultánea) de mal agüero. Pero por muchas opiniones que suscite, y por mucho que nos esforcemos en definirlo, sigue siendo un enigma.

Son estas cualidades tan humanas —que, como veremos, suelen tener su origen en el comportamiento de la propia ave— las que hacen tan fascinante la perdurable po­sición que ocupa en nuestras vidas. Y al consolidar el lugar de las aves en el centro mismo de nuestra cultura, el cuervo acabaría por cambiar incluso nuestra forma de ver el mundo.

Pero ¿qué podemos decir del cuervo en sí, de su versión biológica y ecológica, más allá de esta aproximación cultural, histórica y mitológica?

El cuervo común(7) es (junto con el cuervo picogordo, Corvus crassirostris, que sólo se encuentra en el Cuerno de África) el miembro de mayor tamaño de la familia de los córvidos, o Corvidae. Éstos, a su vez, son, con diferencia, los miembros más grandes del orden de los paseriformes, o Passeriformes (que etimológicamente significa «con forma de gorrión»), un orden que comprende las aves a las que por lo general denominamos «pájaros», y que abarca 140 familias y unas 6.500 especies, más de la mitad de todos los tipos de aves del mundo.[11]

Al igual que ocurre con otros córvidos, los cuervos exhiben una considerable variación en peso y tamaño.(8) También son increíblemente longevos, sobre todo en comparación con otros paseriformes, que suelen sobrevivir sólo dos o tres años, o incluso menos en el caso de muchas especies más pequeñas. Se han encontrado cuervos que han llegado a vivir hasta veintitrés años en libertad, aunque lo más normal es que vivan entre diez y quince años.[12]

Para obtener una descripción a la vez concisa y evocadora del cuervo, me parece insuperable este fragmento de la monografía autorizada sobre la especie escrita por el ornitólogo británico Derek Ratcliffe: «En su aspecto resulta una criatura asombrosa [...], con un fuerte pico en forma de piqueta. Vista de cerca, la aparente negrura azabache de su plumaje se revela como una brillante iridiscencia de púrpura, azul y verde. En el aire exhibe una extensión alar aqui­lina, con primarias de dedos separados y una gran cola en forma de cuña.»[13]

Ratcliffe, que pasó muchos días sobre el terreno observando y estudiando a los cuervos, describe asimismo su característico comportamiento en vuelo y su singular llamada: «Cuando tiene el ánimo más pausado, el cuervo [...] se entrega con frecuencia a curiosas travesuras en su vuelo, girando sobre el dorso y precipitándose durante un momento antes de invertir el movimiento. Y para anunciar su presencia a diestro y siniestro, emite chillidos y graznidos profundos y resonantes que llegan a oírse a gran distancia.»[14]

Siempre resulta difícil diferenciar los aspectos biológicos y culturales del cuervo, pero cuando Ratcliffe lo describe como «el espíritu de la tierra virgen», seguramente está pensando tanto en sus rasgos físicos como metafóricos. Para poder comprender de verdad la naturaleza del cuervo, hay que verlo —y oírlo— por uno mismo. Cuando uno ha tenido un encuentro cercano con esta fascinante criatura, nunca volverá a confundirla con una vulgar corneja.

Al igual que la humana, la de los cuervos es una especie tremendamente próspera: se los puede encontrar en todo el hemisferio norte, incluidas grandes franjas de Europa y Asia, y también en buena parte de Norteamérica, ya que la especie cruzó hace varios millones de años el puente de tierra que entonces unía el Viejo y el Nuevo Mundo.[15] Debido a ello, el cuervo común tiene la mayor área de distribución de los más de 130 córvidos que pueblan el planeta.

Una de las claves del éxito de la especie reside en el hecho de que los cuervos han sido capaces de adaptarse a una amplia variedad de condiciones climáticas, hábitats y altitudes distintas. El ornitólogo neerlandés Karel Voous señalaba que sólo el halcón peregrino ha logrado explotar una mayor diversidad de entornos,[16] mientras que los editores de la que constituye la obra de referencia sobre las aves del denominado «Paleártico Occidental» (Europa, Norte de África y Oriente Próximo) sostienen que la capacidad de adaptación del cuervo es tal que en su caso el concepto de «hábitat» apenas tiene sentido.[17]

Los cuervos se distribuyen desde más allá del Círculo Polar Ártico hasta los desiertos del Norte de África; en colinas y montañas, en litorales, en bosques, tierras de cultivo y en las lindes de las ciudades, y desde una altitud equivalente a las dos terceras partes de la del Everest hasta la de las islas del Pacífico Norte, cuyas tierras apenas superan el nivel del mar.(9) En todos estos lugares han desarrollado una estrecha —aunque a veces bastante agitada— relación con los seres humanos, cuyo origen se remonta a muchos miles de años atrás, mucho antes del comienzo de la civilización humana moderna.

Como señala Derek Ratcliffe: «El cuervo se halla [...] quizá más íntimamente ligado a la vida cultural de los pueblos primitivos que ninguna otra ave en toda la historia.»[18] Como veremos, esta relación se manifiesta de formas insólitas y a menudo sorprendentes, algunas de las cuales apenas estamos empezando a comprender.

El 2 de septiembre de 2009, un arqueólogo aficionado llamado Tommy Olesen estaba excavando un yacimiento en las inmediaciones del pueblecito de Lejre, en la región oriental de Dinamarca, cuando se tropezó con una diminuta estatuilla de plata de sólo 18 milímetros de altura y apenas 9 gramos de peso. Dos meses después, el descubrimiento se presentó a la prensa y al público en general en el cercano Museo de Roskilde, donde permanece expuesta aún hoy.

El objeto, que data aproximadamente del año 900 de nuestra era, representa una figura humana sentada en un trono a la que acompañan dos pájaros, uno a cada lado. La identidad de la figura, conocida como «Odín de Lejre», ha sido objeto de controversia, pero la mayoría de los expertos creen que representa al dios nórdico Odín, flanqueado por sus dos fieles cuervos, Hugin y Munin.[19]

Odín es uno de los personajes más conocidos de la mitología nórdica,(10) sólo superado por Thor (cuya fama se ha incrementado recientemente gracias a su aparición en la franquicia conocida como el Universo Cinematográfico de Marvel). Tuerto y barbudo, se lo calificaba como «padre de los dioses», y es célebre por su sabiduría, una cualidad que habría obtenido gracias a su estrecho vínculo con la mencionada pareja de cuervos: Hugin significa «pensamiento», y Munin, «memoria» o «mente».[20]

Según reza la leyenda, cada mañana estas dos aves volaban alrededor del mundo, para luego regresar a los hombros de Odín y susurrarle al oído todo lo que habían visto en su viaje. Esta estrecha relación hizo que Odín recibiera el nombre de Ravneguden o Dios Cuervo.[21]

Los estudiosos han debatido durante largo tiempo el significado simbólico de los cuervos de Odín. Algunos relacionan la capacidad de estas aves para compartir con él sus pensamientos con el chamanismo, donde el protagonista humano conecta con el mundo de los espíritus entrando en un estado de trance,[22] mientras que los cuervos también podrían representar a una criatura de la mitología nórdica conocida como fylgja, cuyas características incluyen la capacidad de metamorfosearse de animal en humano y viceversa, la de ser portadora de buena fortuna y la de erigirse en espíritu guardián.[23]

Ambas ideas han influido claramente en la trama de Juego de Tronos, en la que el niño paralítico, Bran,(11) entra a menudo en trance y parece «convertirse» en el cuervo de tres ojos, lo que le permite ver el pasado, el presente y (utilizando el tercer ojo) el futuro.(12)

Su autor, George R. R. Martin, ha confirmado que, cuando asignó a los cuervos un papel esencial en su historia, tenía en mente a Odín y sus pájaros, a los que describe como «intrépidos, curiosos, de potente vuelo [...] y lo bastante grandes y feroces como para hacer que hasta el mayor de los halcones se lo piense dos veces antes de atacarlos». También destaca su extraordinaria inteligencia, y concluye: «No es de extrañar que mis maestres los utilicen como mensajeros para unir los Siete Reinos.»[24]

Junto a los cuervos, a Odín suele representársele con dos lobos, Geri y Freki. También en este caso se ha especulado acerca de su posible simbolismo y significado, pero hay quienes consideran en cambio que su presencia arraiga en el mundo real. El biólogo Bernd Heinrich propone una razón conductual, antes que simbólica, para explicar la conexión entre el hombre, el lobo y el cuervo en la historia de Odín.[25]

Heinrich postula que dicha conexión podría reflejar una relación real entre las tres especies, todas ellas caracterizadas por un gran éxito evolutivo: un temprano ejemplo de simbiosis, o cooperación en beneficio mutuo, entre los cazadores humanos y las dos criaturas silvestres. Como él mismo señala: «En una simbiosis biológica, un organismo suele suplir alguna debilidad o deficiencia de otro u otros.» Al ser tuerto, Odín necesita ayuda para ver, y también es propenso a ser olvidadizo; de ahí la presencia de los dos cuervos como asistentes: «También tenía dos lobos a su lado, y la asociación hombre/dios-cuervo-lobo era como un único organismo en el que los cuervos eran los ojos, la mente y la memoria, y los lobos, los proveedores de carne y ali­mento.»[26]

Después, Heinrich pasa a analizar los orígenes de esta relación y el modo en que simboliza nuestra pérdida de conexión con el mundo natural. El mito de Odín, sugiere el autor, condensa la interrelación entre los humanos y las otras dos criaturas en lo que él denomina «una potente alianza de caza».[27]

Con el tiempo, no obstante, a medida que la civilización humana fue avanzando, este vínculo entre el hombre, el lobo y el cuervo empezó a deshacerse. Cuando nuestros antepasados pasaron de ser cazadores-recolectores nómadas a llevar una vida sedentaria como agricultores y ganaderos, nuestra relación con el cuervo también cambió: de servicial amigo y aliado se convirtió en enemigo y rival.(13)

Esta transformación supuso la primera alteración notable en la compleja y cambiante fortuna del cuervo durante los últimos miles de años, en la que pasaría de héroe a villano, para acabar, con el tiempo, recuperando su antigua posición.

A casi medio mundo de distancia de Escandinavia, en la región del Pacífico Noroeste, en Norteamérica, el cuervo también tiene un destacado papel en la cultura y la mitología antiguas. Como sus equivalentes europeos, los primitivos pueblos amerindios del norte del continente entablaron, con toda probabilidad, una estrecha relación simbiótica con estas aves, que los ayudarían a encontrar alimento.[28] De ahí a incorporarlas a sus mitos originarios no había, pues, más que un breve paso.[29]

En las culturas indígenas como la suya se considera al cuervo el creador del mundo y del universo circundante, incluidos el sol y la luna. Estos relatos comparten también otros temas comunes: los cuervos son metamórficos, capaces de adoptar forma humana y animal; guardan secretos, y ofrecen valiosas lecciones a sus compañeros humanos. Y lo que es más importante: aquí los cuervos siguen siendo ferozmente independientes, movidos siempre por el deseo de sa­tisfacer sus propias necesidades antes que las de otros. Este aspecto, como veremos, reviste especial trascendencia en la cercanía que ha caracterizado la relación entre los humanos y los cuervos a lo largo de nuestra historia común.[30]

El fuego suele ocupar un lugar central en estos relatos, y en ocasiones el color negro azabache del plumaje del cuervo se atribuye a que sus plumas —originariamente blancas— se tiznaron con el humo de una tea que portaba. Sin embargo, el simbolismo del ave sigue resultando un tanto equívoco: aunque representa la creación del mundo, también es un travieso embaucador, cualidades que no solemos asociar a una deidad todopoderosa.[31]

Al otro lado del estrecho de Bering, en la península rusa de Kamchatka, existen similares mitos de creación protagonizados por el cuervo. Aquí, como en Norteamérica, se le representa a menudo como un embaucador. La estrecha relación entre estas dos culturas no tiene nada de extraño, ya que los antepasados de los pueblos indígenas de Nor­teamérica proceden del noreste de Asia, y se desplazaron rumbo al continente americano hace entre 20.000 y 14.000 años.

En otros lugares, el cuervo (o alguno de sus parientes cercanos) también ocupa un lugar prominente en la cultura y la mitología; por ejemplo, en la antigua Grecia, en Roma, en las civilizaciones celtas, en China, Japón, la India, Australia y Oriente Próximo. Además de en la Biblia, aparece también en el Corán, donde un cuervo muestra a Caín cómo enterrar a su víctima, su hermano Abel.[32]

Los cuervos no sólo tienen una presencia simbólica a lo largo de toda la historia humana, sino que su presencia es muy real y tangible. Estos enormes pájaros negros eran ha­bituales en los campos de batalla, ya fuera en los de los antiguos griegos y romanos o en los de los sajones, vikingos y normandos y en conflictos como la guerra de las Dos Rosas, en el siglo XV, o en el que sería el último enfrentamiento sangriento librado en suelo británico: la batalla de Culloden, que tuvo lugar en 1746. Estaban allí por una sola razón: alimentarse de los cadáveres de los muertos y los cuerpos de los moribundos, y con frecuencia iniciaban su festín picoteando las partes blandas, como los ojos. Debido a este espantoso comportamiento se los consideraba, comprensiblemente, como presagios de muerte o calamidad.[33]

En su libro The Folklore of Birds, publicado en 1958, el ornitólogo británico Edward A. Armstrong concede gran importancia a este hecho, hasta el punto de dedicar todo un capítulo al cuervo, al que da el solemne título de «El pájaro de la perdición y el diluvio».[34] Sin embargo —como admite el propio autor—, el cuervo, al igual que muchas aves de la mitología y el folclore, no es un símbolo unidimensional del mal, sino que a menudo se revela más sutil y ambivalente, capaz de adoptar a la vez un papel benévolo y otro malévolo. Al igual que su pariente la urraca, el cuervo puede ser signo de buena o mala fortuna, como reza esta balada tradicional:

Ver un cuervo sin duda es una suerte,

pero es desventura cierta divisar a dos de ellos,

¡y encontrarse con tres es una maldición![35]

En cualquier caso, los cuervos pueden habituarse a los humanos, al menos temporalmente. Una función frecuente de estas aves en muchas culturas es la de hacer de guías, tanto espirituales como materiales. Para los vikingos, por ejemplo, los cuervos tenían a la vez una importancia simbólica y práctica: los guerreros decoraban sus escudos y estandartes con la representación de un cuervo, cuya asociación con la muerte creían que intimidaría a sus enemigos. También los utilizaron para que los ayudaran a encontrar tierra cuando cruzaron con sus barcos el mar del Norte para invadir Britania.[36]

Un nórdico, el explorador del siglo IX Flóki Vilgerðarsson, se alejó aún más de su hogar con la intención de llegar a Islandia (que había descubierto accidentalmente su compatriota Naddoddr unos años antes).[37] Cuenta la leyenda que llevó consigo tres cuervos para que lo ayudaran a encontrar tierra. Cuando soltó al primero, éste se dio la vuelta de inmediato, lo que hizo pensar al explorador que aún quedaba un largo trecho por recorrer. El segundo sobrevoló el barco, pero luego volvió, indicando así que seguían en mar abierto, lejos de tierra. El tercer cuervo también se elevó en el cielo, pero después se dirigió hacia el noroeste y nunca regresó. Flóki comprendió que la tierra que buscaba estaba cerca, y, siguiendo la dirección del ave, llegó a Islandia. Por tales hazañas fue apodado Hrafna-Flóki (hrafna significa «cuervo»).[38]

Una vez más, como buena parte de la mitología y el folclore relacionados con los cuervos, este relato se basa en su comportamiento real. El especialista en cultura clásica y ornitólogo británico Jeremy Mynott menciona una historia que induce a pensar que los cuervos tenían una habilidad especial para «compartir noticias» de una batalla con otras aves de lugares remotos: «Después de una masacre particularmente espantosa acaecida en Farsalia, Tesalia, en el año 395 a. C., se dice que los cuervos se reunieron allí en gran número, “habiendo abandonado todos sus lugares habituales [...], lo que sugiere que poseían algún sentido a través del cual podían comunicarse entre sí”» (la última parte de esta frase es una cita de Aristóteles).[39]

Historias como ésta, y de hecho casi todos los encuentros de los humanos con los cuervos, vuelven una y otra vez al único rasgo universalmente atribuido a ellos desde la Antigüedad hasta nuestros días: su profunda inteligencia. Como señala Bernd Heinrich, desde los antiguos nórdicos hasta Konrad Lorenz, pionero del estudio del comportamiento animal, el ser humano ha considerado al cuervo como una de las aves más inteligentes del mundo.

Al igual que otros córvidos, los cuervos tienen un cerebro más grande en relación con su tamaño que la mayoría de las aves, lo que les permite realizar tareas complejas que otras especies no podrían abordar. Así, por ejemplo, los grajos han demostrado tanto en estudios de campo como de laboratorio una gran capacidad de resolución de problemas,[40] mientras que el cuervo de Nueva Caledonia no sólo es capaz de fabricar y utilizar herramientas, sino que además puede elegir la herramienta apropiada para una tarea específica, lo que revela cierta capacidad para planificar acon­tecimientos futuros, un atributo anteriormente considerado exclusivo de los humanos.[41]

También el cuervo común es un ave muy inteligente, y, lo que es más importante, así lo perciben los observadores humanos, que suelen describirlo con adjetivos como «sabio», «astuto», «despierto» y «profético».[42] Aun así, aunque a primera vista podría parecerlo, en este caso no se trata de que estemos asignando cualidades humanas a las aves: los cuervos poseen realmente una gran inteligencia. De hecho, un reciente estudio científico sugiere que igualan a los grandes simios en su capacidad para realizar tareas complejas.[43] Otro estudio postula que, como los simios, los cuervos son capaces de retrasar la gratificación, es decir, de aplazar una recompensa del momento presente para obtener un premio mayor más adelante.[44] Muchos científicos creen que los cuervos también poseen lo que se conoce como «teoría de la mente»: la capacidad de comprender y tener en cuenta los pensamientos y estados mentales de otros congéneres.[45]

El lingüista Derek Bickerton ha sugerido que los cuervos constituyen uno de los cuatro grupos de animales (junto con los humanos, las hormigas y las abejas) que exhiben lo que en lingüística se denomina «desplazamiento», definido como la capacidad de comunicar conceptos que no están presentes de forma inmediata en el espacio o el tiempo, lo que en cierto modo vendría a confirmar que quizá los antiguos griegos y otras civilizaciones primitivas tenían razón al atribuir a los cuervos poderes de comunicación inexplicables.[46] Del mismo modo que las abejas realizan su «danza» para indicar la dirección y la distancia desde su colmena a una nueva fuente de néctar, los cuervos que buscan alimento en solitario son capaces de transmitir la presencia y la ubicación de un cadáver al resto de su grupo, que espera en su lugar de descanso nocturno. De ahí procede, tal vez, la expresión utilizada para denominar a un grupo de estas aves: una «conspiración» de cuervos.

Tanto los cuervos jóvenes como los adultos se entregan a lo que a primera vista parecen «juegos», como dar volteretas en el aire solos o en pareja, o deslizarse por bancos de nieve.[47] A menudo he tenido ocasión de observar a un cuervo solitario poniéndose panza arriba en pleno vuelo, para luego dejarse caer y recuperar su posición normal instantes después, aparentemente sin otra razón que la de pasárselo bien.

De ahí que, por más prudentes que debamos ser a la hora de comparar en exceso a los cuervos con los humanos, resulte difícil no hacerlo cuando somos testigos de esos comportamientos. Sin duda su inteligencia, pero también sus cualidades, las luminosas y las sombrías, han influido en la imagen con la que los hemos representado tanto en la literatura clásica como en la cultura popular.

Si pensamos en el papel de estas aves en la literatura, probablemente lo primero que nos venga a la cabeza sea el famoso nevermore («nunca más») que repite el cuervo. La expresión procede de un célebre poema narrativo del siglo XIX titulado «El cuervo», del escritor estadounidense Edgar Allan Poe.[48] Publicado en enero de 1845, menos de cinco años antes de la muerte de Poe, es una obra maestra de la literatura gótica cuya popularidad sigue vigente aún hoy, casi doscientos años después de su publicación; en internet figura en casi todas las listas de los diez mejores poemas en lengua inglesa de todos los tiempos.[49]

Con un ritmo curiosamente vivaz, pero a la vez extrañamente siniestro, «El cuervo» narra la historia de un hombre que se despierta «en mitad de una noche lúgubre» al oír unos golpecitos en su puerta. El visitante resulta ser un cuervo que, una vez que ha entrado en la habitación, sólo pronuncia una palabra: nevermore, «nunca más». El diálogo entre el hombre y el pájaro (casi un monólogo) prosigue de ese modo, con el hombre cada vez más enojado y perturbado al darse cuenta de que la constante repetición de esa palabra por parte del cuervo le recuerda la pérdida de su amante, Leonor. Poco a poco se va sumiendo en la locura, de la que culpa a aquel pájaro «sombrío, torpe, espectral, macilento y siniestro».

Al igual que en muchos mitos antiguos sobre el cuervo, Poe utiliza al pájaro principalmente como recurso dramático: refleja, y en cierto modo acelera, el colapso mental del hombre. El mismo planteamiento se repite en otras apariciones del cuervo en la literatura, casi siempre como un ave de mal agüero.

Al comienzo del último acto del Julio César de Shakespeare, por ejemplo, cuervos, grajos y milanos sobrevuelan el malhadado ejército de los asesinos:

... y, desde la altura,

nos miraban como a presas moribundas.

La imagen sugiere sin duda que los pájaros condenan el terrible acto del regicidio.[50]

Cuando Shakespeare encontraba un símbolo apropiado, además, tendía a reelaborarlo y reutilizarlo. Así, en Macbeth hace decir a Lady Macbeth:

Hasta el cuervo ya enronquece

graznando la fatal entrada de Duncan

bajo mis almenas.[51]

Podemos deducir de esta frase, pronunciada ya en un momento tan temprano de la obra, que el terrible destino de Duncan está escrito mucho antes de que, de hecho, muera asesinado: la llamada del cuervo funciona como un siniestro coro de la acción humana. El cuervo también aparece como presagio de la fatalidad en Hamlet («el cuervo graznador está reclamando venganza»),[52] y en Otelo, donde el héroe trágico epónimo se lamenta de que un mal recuerdo vuelve a su memoria «como cuervo ominoso a una cosa infectada».[53] El público de Shakespeare seguramente habría reconocido esta frase como una referencia habitual a la forma en que los cuervos se congregaban sobre las casas de las víctimas de la peste, atraídos por la inminente oportunidad de darse un festín con un cadáver.

Otro conocido vínculo literario con los cuervos resulta más benigno, dado que en este caso tiene que ver con animales de compañía y no con la peste. Charles Dickens tuvo sucesivamente tres cuervos como mascota (a todos los cuales, por curioso que pueda parecer, les puso el nombre de Grip), y los tres vivieron con él en su casa de Londres, donde aterrorizaban tanto a los perros de la familia como a los propios hijos del autor.[54] También aparecen en su novela de 1841 Barnaby Rudge. Una de estas aves incluso acompañó a Dickens en un viaje a través del Atlántico hasta Filadelfia, donde ambos conocieron al mismísimo Edgar Allan Poe, un encuentro que muchos creen que inspiró a este úl­timo para componer el que sería su poema más famoso.[55]

«El cuervo» de Poe y las referencias a esta ave en otras obras literarias, como en el caso de Shakespeare, se centran a menudo en la voz del animal. Bernd Heinrich relaciona este hecho con la historia de los cuervos de Odín, que le susurran al oído al regresar de sus viajes diarios; pero también señala una paradoja: aunque el graznido del cuervo es el aspecto de su comportamiento que más interés y comentarios ha suscitado, «estoy convencido de que no hay nada sobre lo que sepamos menos».[56] «Creo que puedo detectar la sorpresa, la felicidad, la bravuconería y el engreimiento de un cuervo a partir de su voz y su lenguaje corporal —concluye Heinrich—. Pero no soy capaz de identificar esa gama de emociones en un gorrión ni en un halcón.»[57]

Sería fácil tachar esta afirmación de puro antropomorfismo si no fuera por dos factores. En primer lugar, Bernd Heinrich ha estado observando y estudiando a los cuervos durante gran parte de sus más de ochenta años de vida, de manera que, si afirma que puede detectar tales emociones, deberíamos hacerle caso. Y en segundo lugar, porque no es el único en hacer este tipo de afirmación: cualquiera que haya pasado algún tiempo en compañía de cuervos sabe que sus llamadas tienen de hecho cierta cualidad bastante humana. Puede que eso explique la persistente popularidad del poema de Poe, con su hipnótica repetición de la cantinela del pájaro: Nevermore, «Nunca más».(14)

Las referencias a la literatura clásica aparecen con frecuencia en la cultura popular, a veces de forma explícita, pero generalmente de manera soterrada, a través de historias conocidas que se reelaboran y se convierten en la base de la trama de un nuevo libro, película o serie de televisión. De ahí que no tuviera nada de sorprendente que, en octubre de 1990, los creadores de la serie Los Simpson decidieran basar parte de su episodio de Halloween «La casa-árbol del terror» en «El cuervo» de Poe. Lo más insólito del caso fue que, en lo que entonces aún se consideraba una serie de dibujos animados para niños, decidieran incluir el poema íntegro, sin recortar nada. Narrado por James Earl Jones, un actor de Hollywood de voz grave, y con los distintos miembros de la familia Simpson interpretando a los personajes, se trata de una auténtica hazaña televisiva, un buen ejemplo de la imbricación de las culturas clásica y popular.[58] El resultado final es bastante divertido, pero también sorprendentemente perturbador.

En muchas otras obras literarias modernas también aparecen cuervos, a menudo, una vez más, haciéndose eco de mitos y leyendas ya existentes. En su exitosa novela de fantasía infantil El Hobbit,[59] publicada en 1937, J. R. R. Tolkien presenta a dos cuervos viejos y sabios, Roäc y Carc. Ambos nombres son claramente onomatopéyicos, y es muy probable que aludan a Hugin y Munin.

Parece que el cineasta Walt Disney tenía también una especial afición a los cuervos, que están presentes ya en el que sería el primer largometraje de animación de la historia, Blancanieves y los siete enanitos (estrenado en 1937, el mismo año en que se publicó El Hobbit), así como en la película de 1959 La bella durmiente (donde aparece uno llamado Diablo), y en su remake de 2014, Maléfica, y su secuela posterior, Maléfica: maestra del mal (2019), en las que el cuervo es capaz de asumir forma humana (otro guiño al vínculo entre los cuervos y el chamanismo). Como en los antiguos mitos, los cuervos de Disney exhiben un carácter muy voluble: a veces son graciosos, a veces astutos, a veces siniestros... y a menudo las tres cosas a la vez.

La naturaleza compleja y siempre cambiante del cuervo también fue muy apreciada por Lewis Carroll (el seudónimo con el que se conoce al escritor y matemático victoriano Charles Dodgson). En su célebre obra Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, publicada en 1865, el Sombrerero Loco plantea un acertijo a su público en la fiesta del té: «¿Por qué un cuervo es como un escritorio?» Varias generaciones de lectores han intentado encontrar una respuesta al enigma, con soluciones que van desde las de tipo práctico (ambos «aletean»: las alas del cuervo y las de la tapa del escritorio), a las de índole conceptual (porque ambos producen muy pocas notas) y a las directamente surrealistas (como la de Aldous Huxley, quien, siguiendo la lógica del absurdo y aludiendo a los correspondientes términos ingleses, raven y writing desk, señaló que «porque hay una b en ambos y en ninguno hay una n»).[60]

Actualmente, la mayoría de los estudiosos creen que Carroll se burlaba de sus lectores y que en realidad el acertijo no tiene solución. Una vez más, puede que eligiera el cuervo precisamente porque nuestra imagen de él está —como ha estado siempre— rodeada de ambigüedad.

La visión que tenemos hoy en día del cuervo está influenciada en gran medida por este desfile de cuervos a lo largo de los siglos, desde los antiguos mitos y leyendas hasta la literatura clásica y la cultura popular. Pero también está inevitablemente marcada por la milenaria coexistencia de esta carismática ave con los humanos, ya sea como compañera de caza, como útil carroñera y, a veces, como enemiga mortal.

Ya hemos visto que los humanos primitivos mantenían una estrecha relación simbiótica con el cuervo, que los acompañaba en sus cacerías y los guiaba hacia una posible comida. Pero cuando nuestros antepasados dejaron de ser cazadores para convertirse en agricultores, los cuervos enseguida pasaron de aliados a enemigos, dado que ahora amenazaban el sustento de la gente al consumir sus preciadas cosechas.[61]

Más tarde, en gran parte de Europa, durante y después de la época medieval, el papel del cuervo —y nuestra consideración hacia él— volvió a cambiar de nuevo. Junto con el milano real, se convirtió en un carroñero familiar, y en gran medida bienvenido, en pueblos y ciudades, al pasar a formar parte del «escuadrón de limpieza» que mantenía las calles libres de cadáveres de animales en descomposición. En Inglaterra, el cuervo estaba incluso protegido por Real Decreto, como observaba con sorpresa un viajero veneciano de finales del siglo XV: «Tampoco les disgusta lo que nosotros tanto aborrecemos [...]. El cuervo puede graznar a su antojo, pues a nadie le importan sus augurios; incluso se castiga su sacrificio, ya que dicen que mantienen las calles de la ciudad libres de toda suciedad.»[62]

A partir del siglo XVIII, sin embargo, a medida que las ciudades se hacían más salubres y disminuía la necesidad de sus servicios, la opinión pública empezó a volverse en contra tanto de los milanos como de los cuervos, y su persecución pasó a ser más frecuente que su protección. Lo mismo ocurrió en el campo, donde los cuervos habían sobrevivido durante largo tiempo alimentándose del ganado muerto, y donde presumiblemente, al igual que los grajos y las cornejas en la actualidad, se ganaron la reputación de matar animales jóvenes y débiles. En Gran Bretaña, a principios del siglo XIX el cuervo prosperaba en casi todo el territorio, pero a finales del reinado de la reina Victoria, en 1901, había desaparecido de muchas zonas de las Midlands, en el centro, y de Anglia Oriental, en el este, aunque todavía sobrevivía en los condados más meridionales de Inglaterra.[63]

Amenazados por el acoso y la persecución constantes, los cuervos se vieron obligados a refugiarse en lugares re­motos de las tierras altas. En palabras de Derek Ratcliffe, el cuervo se convirtió en «una criatura marginada propia de los lugares solitarios, los pastizales de ovejas, los páramos, las montañas y el litoral escarpado». Como señalaba el naturalista y cazador del siglo XIX Abel Chapman, «hoy en día el cuervo personifica el tipo de fauna desaparecida», junto con el lobo, el oso y el jabalí.[64] No es casualidad que en las tierras altas de Gran Bretaña haya tantos topónimos basados en el término raven, como Ravenscraig, Ravenscar o Ravensdale (cuyo significado respectivo es «peñasco», «roca» y «valle del cuervo»), todos los cuales hacen referencia a elementos del paisaje donde debieron de habitar estas aves.[65]

Sin embargo, incluso en esos remotos lugares siguieron siendo perseguidos. Desde el siglo XVII hasta el XIX se ofrecía una recompensa de cuatro peniques antiguos (aproxi­madamente el equivalente a 4 libras esterlinas al cambio ac­tual) por cada cuervo muerto (ya fuera joven o adulto).[66] El poeta William Wordsworth recordaba haber presenciado esta práctica en su infancia: «Recuerdo haber visto con frecuencia, cuando era niño [en las décadas de 1770 o 1780], manojos de cuervos sin plumas colgados en el cementerio de Hawkshead, por los que se ofrecía una recompensa de tanto por cabeza al aventurero que los sacrificara.»[67]

En Silent Fields, la rigurosa y detallada historia de la persecución de «alimañas» en Gran Bretaña escrita por el ornitólogo y conservacionista Roger Lovegrove, el autor revela que se siguió persiguiendo, envenenando y hostigando a los cuervos durante más de doscientos años. De hecho, en algunas partes de Escocia las leyes que permitían la matanza de cuervos continuaron mucho después de que se promulgara la Ley de Protección de las Aves de 1954, y no se derogaron definitivamente hasta 1981.[68]

Los criadores de ovejas y los cazadores de recompensas no fueron los únicos enemigos del cuervo. El auge de las cacerías de faisanes durante los siglos XVIII y XIX, y la determinación de los guardas de caza de salvaguardar sus preciadas aves, supusieron de hecho una sentencia de muerte para la especie. Lovegrove sugiere que el declive del cuervo en las tierras bajas se debió casi por completo a una «persecución generalizada e incesante, especialmente por parte de pastores y guardas de caza».[69]

La persecución ilegal de cuervos (y otros depredadores como el aguilucho pálido y el águila real) continúa vigente todavía hoy en muchos cotos de caza. Pese a ello, no obstante, los cuervos están ampliando su área de distribución: en Gran Bretaña, tras siglos de persecución, finalmente han regresado a sus antiguos refugios en las tierras bajas de Inglaterra, e incluso han vuelto a criar en los blancos acantilados de Dover, lo que constituye todo un símbolo.[70]

Para que el lector pueda entender mejor esta sorprendente recuperación, sólo diré que, cuando empecé a observar aves, en la década de 1970, tuve que viajar más de 300 kilómetros, desde mi residencia en Londres hasta la región de Eryri, en el norte de Gales, para poder ver mi primer cuervo. Treinta años después, cuando me vine a vivir a la zona de Somerset Levels, en el sur de Inglaterra, apenas vi un ejemplar en los dos primeros años. Ahora es habitual verlos —y oírlos— en estas llanuras pantanosas: durante el primer confinamiento por la COVID-19, en la primavera de 2020, me tropecé con no menos de treinta y cinco de estas enormes aves en un solo campo, a menos de un kilómetro y medio de mi casa.

Mis propios datos anecdóticos están respaldados por las cifras de los estudios periódicos del proyecto Atlas, realizados desde la década de 1960 por una legión de aficionados a la ornitología en nombre del Patronato Británico de Ornitología (BTO, por sus siglas en inglés). El mapa del primer Atlas de aves de cría, que abarca el periodo de 1968 a 1972, se corresponde casi exactamente con las zonas altas y costeras del norte y el oeste de Gran Bretaña, sin que haya prácticamente registro alguno de cuervos en las tierras bajas del este y el sur.[71] El Atlas de invierno, que comprende los años 1981-1984, muestra muy pocos cambios: ambos revelan que menos de la mitad de las cuadrículas de 10 kilómetros objeto de estudio (el 44 %) estaban ocupadas, ya fuera durante la temporada de cría o la invernal.[72]

Si avanzamos aproximadamente otro cuarto de siglo hasta llegar al Atlas de las aves 2007-2011, el panorama cambia de forma radical: en las décadas transcurridas, el área de cría del cuervo se amplió en más de dos tercios, mientras que su área de invernada casi se duplicó.[73] El mapa sigue mostrando lagunas en los condados orientales de Inglaterra, pero, como señalan los propios editores, «Hoy en día el cuervo es un ave propia tanto de los pastizales o las tierras bajas mixtas de cultivo y forestales como de las tierras altas».[74] En la actualidad, cuando ha transcurrido más o menos una década desde este último estudio de ámbito nacional, el cuervo se reproduce más o menos en todo el territorio británico.

El resurgimiento de la especie también ha provocado un cambio de actitudes. En el caso del cuervo, la familiaridad no ha generado desprecio, sino admiración. La gente ha aprendido a celebrar la presencia de este pájaro, a maravillarse con sus acrobáticas travesuras cuando se lanza a dar volteretas en el cielo estival, y no sólo a oír, sino de hecho a «sentir» su profundo graznido cuando le llega procedente de algún lugar del firmamento.

Por seguir con la suerte de los cuervos en Gran Bretaña, y como un eco de los antiguos mitos sobre esta ave, contaremos aquí una última historia que la sitúa en el centro mismo de la civilización británica. En ella los cuervos no son sólo importantes, sino aparentemente cruciales, ya que se alzan como los últimos guardianes contra la caída del Reino Unido.

La Torre de Londres no sólo forma parte de la historia de Londres, Inglaterra y el Reino Unido, sino que en muchos aspectos de hecho la ejemplifica. Construida —o más bien iniciada— por Guillermo el Conquistador hace casi un milenio, ha dominado la historia de la nación desde entonces. Y aunque hoy se vea empequeñecida por los rascacielos de oficinas que la rodean, sigue siendo uno de los edificios más impresionantes no sólo de Gran Bretaña, sino del mundo entero.

La primera vez que visité la Torre de Londres fue en compañía de mi madre, a finales de la década de 1960. Al regresar allí un soleado día de septiembre más de medio si­glo después, volví a sentir el asombro y la admiración que había experimentado de niño. Éste es el lugar donde muchos monarcas ingleses pasaron la noche antes de su co­ronación, donde otros fueron encarcelados y donde se dio muerte a dos de ellos, Enrique VI y Eduardo V. También aquí fueron ejecutadas tres reinas Tudor: Ana Bolena, Catalina Howard y Juana Grey, junto con otras 400 personas, entre ellas Tomás Moro y Thomas Cromwell. Sin embargo, pese a esta larga y espeluznante historia, hoy en día la torre probablemente es más conocida por sus dos peculiares atracciones: las joyas de la Corona y los cuervos.

Antes de llegar, había estado consultando el sitio web oficial de la Torre, donde se explica cómo habían llegado allí los cuervos, y, lo que es más importante, donde se alude a la creencia, tan frecuentemente citada, de que si los cuervos desaparecen, mueren o se van, el reino caerá.

Según el sitio web, el origen de esta historia se remonta a más de trescientos cincuenta años atrás, al reinado de Carlos II. Se dice que John Flamsteed, el astrónomo real, se quejaba de que el ruido de los cuervos que volaban en torno a la Torre le impedía concentrarse. Según él, esto dificul­taba sus importantes observaciones astronómicas desde el edificio que en aquella época era probablemente uno de los más altos de la ciudad: la originaria Torre Blanca de Guillermo el Conquistador. Pero cuando el rey Carlos se disponía a ordenar que se sacrificara a los cuervos, por lo visto se le advirtió de que, si éstos abandonaban la Torre, la monarquía estaría condenada. Ante aquella advertencia, el rey cambió de opinión y decretó que al menos seis aves debían permanecer allí para siempre.

Por aquel entonces, la capital acababa de sufrir el doble trauma de un mortífero brote de peste, en 1665, seguido del desastroso gran incendio que arrasó la ciudad al año siguiente. Milagrosamente —y, de hecho, casi de inmediato— la suerte de la nación empezó a mejorar. Tras el devastador cisma de la guerra civil inglesa y la terrible ejecución del rey Carlos I, su hijo había logrado restaurar la monarquía. El brote de peste resultó ser el último, mientras que incluso el gran incendio, considerado catastrófico en la época, sirvió para barrer los restos de la ciudad medieval y permitió al arquitecto sir Christopher Wren reconstruir la capital para adecuarla a la era moderna. Todo iba bien en el mundo, y aunque por supuesto no podía atribuirse todo el mérito de estos éxitos a la presencia continuada de los cuervos en la Torre, las aves podían seguir sirviendo como un símbolo de la estabilidad de la nación. Un relato conmovedor.

Sólo hay un pequeño problema con este relato, y es que, como tuve ocasión de descubrir cuando hablé con Christopher Skaife, guardián ceremonial y, desde 2011, maestre cuidador oficial de los cuervos de la Torre de Londres, resulta casi completamente falso.

Cuando conocí a Chris unos años antes —en la presentación de un libro en Hatchards, una conocida librería del centro de Londres—, llevaba puesto su magnífico uniforme de Beefeater negro y escarlata. Pero el día en que visité la Torre él no estaba de servicio, de manera que, en lugar del uniforme, lucía una colorida camiseta malva, apropiadamente adornada con el logotipo del equipo de fútbol americano Baltimore Ravens.

Mientras escribía sus memorias, una amena e ilustrativa obra titulada The Ravenmaster,[75] Chris investigó el relato de la «caída del reino» y descubrió que, como tantos otros relativos a la historia y el patrimonio de Gran Bretaña, se basa en gran medida en un mito. De hecho, no hay pruebas de que hubiera cuervos en la Torre antes de 1883, cuando apareció por primera vez el relato en un libro infantil.[76] Pero la sugerencia de que los cuervos pudieron haber estado presentes en la Torre de Londres desde mucho antes podría contener un atisbo de verdad. Antes y durante el reinado de Carlos II (1660-1685) estas aves eran habituales en las calles de la ciudad, donde estaban siempre al acecho de carroña que pudiera servirles de alimento. Cierta historia sugiere que aquellos cuervos silvestres se ha­brían alimentado de los cuerpos de los ejecutados en la torre, incluida la desdichada Ana Bolena, decapitada allí en mayo de 1536. Otra espeluznante anécdota, repetida con frecuencia, afirma que los cuervos arrancaron los ojos de la cabeza cortada de Juana Grey cuando yacía al pie del tajo del verdugo, lo que Boria Sax califica como «una última humillación póstuma».[77]

Como me contó Chris, el aventurero, poeta y estadista sir Walter Raleigh, que estuvo encarcelado en la Torre desde 1603 hasta su ejecución en 1618, escribió a su carcelero lord Cecil para quejarse de «los malditos cuervos» que picoteaban las flores de su jardín. Sin embargo —lo que constituye un detalle crucial—, Raleigh no hablaba de los cuervos «de» la Torre, sino de los que acudían «a» ella, por lo que no podemos inferir a ciencia cierta que aquéllos fueran los precursores de las actuales aves que viven allí en cautividad. En cualquier caso, en opinión de Chris, todas las pruebas apuntan a que la idea de que los cuervos impiden la caída del reino constituye casi con toda seguridad un mito bastante moderno. A lo largo de los años, este relato se ha ido repitiendo una y otra vez, hasta convertirse en la explicación «por defecto» de la presencia de los cuervos.

En última instancia, sin embargo, a Chris no le preocupa que la historia sea cierta o no. Para él, lo que de verdad importa es su «significado»: esa conexión vital entre los pájaros, las personas y la historia. Como él mismo señala: «Esos relatos, como los fantasmas que recorren los pasillos por la noche, forman parte del carácter y la urdimbre de la Torre de Londres. Son reales, como mínimo en la mente de la gente.»

Le pregunté de pasada si al menos los cuervos cautivos habían estado allí de forma continuada desde la fecha de la que se tenía constancia fehaciente, 1883. Su respuesta, y la vacilación que la precedió, me sorprendieron mucho. Me explicó que, durante los bombardeos que sufrió Londres a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, dos de los cuervos de la Torre murieron aterrorizados por el terrible estruendo, y sólo sobrevivieron tres. Luego dos de ellos se volvieron contra el tercero y lo mataron, un incidente «que se ha borrado de la historia». Para empeorar aún más las cosas, un día la pareja que había sobrevivido salió volando, por lo que durante varias semanas no hubo cuervos en la Torre, algo que las autoridades procuraron ocultar a la prensa y a la opinión pública. Por fortuna, pese a la amenaza inminente de una invasión nazi, el reino no cayó, y, tras llevar nuevas aves de reemplazo a la Torre, los cuervos han vivido y prosperado allí desde entonces. Y así, a pesar de todas las pruebas en contra, la creencia de que los cuervos de la Torre salvaguardan el reino sigue hallando amplio eco entre los británicos.

Es obvio que a Chris le encanta su trabajo, sobre todo su interacción diaria con estas magníficas e inteligentísimas aves, que él describe en términos descaradamente humanos: «Cada una de ellas tiene su propia personalidad; yo tengo la oportunidad de ver sus cambios de humor, su felicidad, su tristeza [...], todas las emociones que tenemos los humanos. No creo que exista ninguna otra ave que haya tenido una relación tan estrecha con nosotros y durante tanto tiempo.»

Aun así, como él mismo me señaló, a diferencia de otras criaturas que hemos acabado domesticando, como los caballos y los perros, los cuervos han seguido siendo salvajes e indómitos: «Cuando empecé a hacer este trabajo pensé que podría controlar a los cuervos; al fin y al cabo, por algo me llaman el “maestre de cuervos”. Pronto aprendí que yo no los controlo a ellos, sino que son ellos los que me controlan a mí: ellos hacen siempre lo que les viene en gana.»

Esto confirma la conclusión de que los cuervos no sólo se cuentan entre las aves más inteligentes del mundo, sino que también constituyen la especie más parecida a los humanos y en ocasiones incluso son superiores a nosotros. «Nos han estado utilizando desde tiempos inmemoriales —sostiene Chris—, y siempre lo harán.»(15)

Cuando le pregunté si el trabajo de maestre de cuervos tenía algún inconveniente, se detuvo a pensar un segundo.

Esté donde esté, no dejo de pensar en ellos en ningún momento del día. Nunca me desentiendo de lo que puedan hacer: tanto si estoy aquí, en la Torre, como si estoy en casa o de vacaciones, no puedo dejar de preocuparme por ellos, lo cual puede resultar dificultoso para mí y para mi familia. Pero cuando eso deje de ocurrirme sabré que ha llegado el momento de pasar a otra cosa.

Tras haber compartido estas charlas con Chris, me cuesta creer que alguna vez llegue a perder su profunda conexión con sus cuervos, los de la Torre y, de hecho, los de todo el país. Cuando nos despedimos, me reveló que su máximo sueño es viajar por el mundo observando a los cuervos en sus numerosos y variados entornos y hablando con personas para quienes estas aves representen el centro de su vida y de su cultura. Espero sinceramente que pueda cumplir su ambición.

Justo antes de abandonar la Torre pude observar de cerca a los propios cuervos. A pocos metros de distancia, resultan aún más grandes —y más impresionantes— de lo que imaginaba. Su brillante plumaje negro azulado, su enorme pico y, sobre todo, su extraordinaria llamada y sus graznidos vinieron a confirmar mi creencia de que se trata de un ave diferente de cualquier otra especie del planeta y, en última instancia, más interesante que ninguna otra.

2

LA PALOMA

Columba livia domestica

Ilustración en blanco y negro de una paloma