1. Jasmine. El día del vuelo

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Jasmine

El día del vuelo

Tenía que moverme con cuidado, en silencio, cogiendo solo lo que pudiera en medio de la oscuridad sin despertar a Glenn. Soltó un bufido y se giró hacia un lado. Yo me quedé inmóvil, con la mano levantada sobre la maleta, preparada para abortar la misión y volver a meterme en la cama si era necesario. Siempre podía mentir y decirle que acababa de levantarme para ir al baño. Recé por que, si pasaba eso, no se diera cuenta de que llevaba puestos unos vaqueros.

Se le empezó a abrir la boca de una forma cómica y roncó un poco. Parecía estar profundamente dormido, quizá en parte gracias al zolpidem, su medicación para el insomnio. No es que la noche anterior se hubiese tomado uno por voluntad propia exactamente. Yo había machacado una pastilla y había echado el polvo en su lata de cerveza. Él guardaba las pastillas en el armario del baño. Se las había vendido un tipo en el mercado negro y eran superfuertes, según me dijo; más de lo que recetaría ningún médico. Normalmente lo dejaban totalmente fuera de combate.

Pero aunque estuviera dormido, no podía arriesgarme a abrir ningún cajón de la cómoda. Aquel viejo mueble de madera crujía al menor movimiento. Tampoco podía arriesgarme a hacer ruido con las perchas del armario, así que tenía que elegir entre lo que había en el suelo o en el cesto de la ropa sucia. Un pantalón de chándal y unas mallas, algunas bragas y un sujetador del cesto, un par de camisetas mías y una camisa abrigada de franela roja de Glenn que siempre me había gustado. Al fin y al cabo, estábamos en enero y yo me iba a ir de Wisconsin a Denver. Regalarme su camisa de franela era lo menos que podía hacer.

No encontré ningún calcetín a juego, así que cogí varios desparejados y los metí también. Podía comprarme calcetines en mi nueva ciudad, igual que un cepillo de dientes y otros productos de primera necesidad. Pero quería llevarme mi perfume de pachuli y, en silencio, cogí de lo alto de la cómoda el pequeño bote de muestra de la perfumería y me di en las muñecas unos toques del aroma familiar que tanto me recordaba a mi abuela antes de cerrar bien el tapón para que no se me derramara en el bolso.

Despacio, me puse las zapatillas deportivas sin apartar en ningún momento la mirada de Glenn. Los párpados se le agitaban en la fase REM del sueño. Mi corazón parecía ir a la misma velocidad. Normalmente no se levantaba hasta las once de la mañana, más o menos. Todavía quedaban seis horas. Había tratado de planearlo a la perfección para escapar dos horas después de que se quedara dormido.

Glenn no podría imaginarse jamás que yo estaba en el aeropuerto. Si sospechaba algo, probablemente buscaría en la estación de autobuses del centro de Madison; quizá en la de ferrocarril de la cercana Columbus. Lo más probable era que pensara que andaba en casa de alguna amiga o compañera de trabajo y que simplemente estaría enfurruñada una noche, y él saldría a buscarme montando un escándalo, como había hecho en el pasado. Jamás podría creer que yo tuviera dinero para un billete de avión, pero lo tenía. Había estado guardándome las propinas del bar durante más de un año y cogiendo algún que otro billete de diez o veinte dólares de la cartera de Glenn cuando pensaba que él no se daría cuenta. Los días de paga y las noches de suerte en el casino solían ser los mejores momentos.

Cuando me levanté, me fijé en el contorno de mi cara en el espejo que había sobre la cómoda, con la luz de la luna iluminando la mitad. Pelo largo y rubio, unas gafas redondas falsas de segunda mano que siempre me habían recordado a John Lennon. No tenían lentes de cristal, sino de plástico transparente, pero me gustaba cómo me quedaban y me las ponía de vez en cuando. Me sentía orgullosa de que a los cuarenta y cuatro años siguiera sin necesitar gafas de verdad.

Cuando me subí una manga, me estremecí al ver el oscuro moretón con las marcas de los dedos que Glenn me había hecho unas noches antes. Nuestra última pelea. La que me destrozó. Me acusó de haber estado flirteando con unos tíos en el bar, me llamó «puta zorra» y me empujó sobre la cama, obligándome a tener sexo. Yo aparté la cabeza y cerré los ojos. Cuando terminó, me agarró del brazo, el que me había dejado marcado, y lo estrujó hasta que se me quedó dormido.

—¿Qué pasa? ¿Estás pensando en uno de los tíos del bar en vez de en mí? ¿Eh? Joder, no me mientas…, zorra.

Siguió apretando hasta que le supliqué que parara. Por fin, me empujó el brazo con fuerza sobre la cama y fue a darse una ducha. Le gustaba decirme que estaba sucia. Yo siempre me hacía un ovillo mientras él se duchaba; lloraba en silencio, mordiéndome las uñas y preparando mi huida.

Había intentado dejarlo dos veces antes, pero él me había encontrado, me había arrastrado del pelo y me había metido a la fuerza en su camioneta para llevarme de vuelta a su caravana. No me dejaba tener mi propio coche. Me recogía en el trabajo y me llevaba y, a menudo, se pasaba también la mayor parte de la noche en el bar, en apariencia jugando al billar o a los dardos, pero yo podía notar sus ojos clavados en mí, especialmente cuando servía a otros hombres.

¿Cómo había terminado tan mal? Cuando conocí a Glenn, él era uno de esos tíos del bar. A lo largo de mi vida había pasado por varios curros que nunca me habían gustado, pero encontré aquella taberna grande y animada del Medio Oeste gracias a Anna, mi vieja amiga del instituto, que trabajaba allí. Era de esos sitios donde la cerveza y las risas campaban a sus anchas hasta bien entrada la noche. Yo sentía que podía empezar a valerme por mí misma tras salir de una relación larga y tumultuosa. De hecho, no habían pasado más que tres meses desde la ruptura y quería estar un tiempo sola para curarme y, después, tratar de conocer a alguien decente. Pero ese tiempo no duró mucho.

Glenn era un tipo fornido que se hacía notar allá donde fuera. Tenía la espalda ancha y el pelo largo recogido en una coleta, y atrajo mi atención enseguida. Antes de darme cuenta, empezamos a flirtear mientras yo le llevaba sus botellas de Miller High Life.

Me pareció muy amable al principio, cuando se ofreció a acompañarme al coche tras la hora de cierre para que no me pasara nada, y me preguntó cortésmente si le podía dar mi número de teléfono. En nuestra primera cita, insistió en que no me bajara de la camioneta hasta que él diera la vuelta y me abriera la puerta. Era algo tan anticuado que me hizo gracia.

Al principio, yo no sabía si de verdad estaría interesado en mí. Él ni siquiera había cumplido los cuarenta y yo me sentía mucho más vieja a su lado. Pero a los dos nos gustaba la música en directo y fuimos a conciertos y espectáculos y, en medio de los bailes, el sudor y el calor, nos dimos nuestro primer beso y pasé la noche en su caravana.

Durante meses, todo fue estupendo. Yo creía que había encontrado a mi príncipe azul. Nos acostábamos tarde, nos levantábamos tarde, hacíamos el amor antes de desayunar y, a veces, después, y salíamos al campo los fines de semana con su Harley. Me fui de mi casa y me mudé a la suya al poco tiempo, y mi plan original de estar sola durante un tiempo se desvaneció ante la perspectiva de un nuevo amor.

Pero la primera señal de que las cosas se empezaban a torcer fue cuando mi coche se averió. Glenn insistió en que lo vendiéramos como chatarra y que él me llevaría adonde me hiciera falta. No me gustaba la idea de quedarme sin mi coche, que me había acompañado durante casi diez años. Lo llamaba mi Maeve Motorizada y no me entusiasmaba la idea de perderlo y verme obligada a depender de Glenn. Pero insistió en que era lo más sensato porque él tenía un trabajo de albañil con horario flexible, y podía salir y entrar cuando quisiera. En el desguace nos dieron seiscientos dólares por mi querida Maeve. Glenn decidió que lo dedicaríamos a «gastos domésticos» y se lo guardó.

Luego empezaron los celos. Si hablaba con algún dependiente de una tienda, Glenn me preguntaba si ese desconocido me parecía atractivo. También empezó a decirme cómo no debía vestir en el trabajo: «Con esa camiseta se te ven demasiado las tetas» o «Ese color te hace parecer aún más vieja de lo que eres».

No le gustaba que estuviera sola, ni siquiera para dar una vuelta los domingos. «¿Por qué necesitas salir sin mí?», me preguntaba. «¿No estamos enamorados?». Siempre me rodeaba firmemente la cintura con el brazo, a todas horas. Al principio me parecía un gesto de cariño pero, con el tiempo, pasó a ser de posesión.

Lo siguiente fue el sexo duro. Quiso probar a atarme a la cama y yo me opuse. Me dijo que tenía que complacerlo y que debíamos probar lo que él deseara y, a continuación, me agarró y lo hizo sin más, sujetándome los brazos al poste. Después de aquello, teníamos sexo siempre que él quería y como él quería, por muy agotada que yo estuviera cuando llegaba a casa del trabajo.

Pero lo peor ocurrió de manera inesperada en mitad de la noche. Yo estaba durmiendo cuando, de repente, sentí que algo me presionaba con fuerza alrededor de la cabeza y que era incapaz de respirar. Mientras me daba cuenta con espeluznante claridad de que tenía una almohada sobre la cara, oí cómo Glenn se reía cuando empecé a sacudirme. Justo cuando yo trataba de gritar, la levantó y se dejó caer sobre el costado, riéndose de manera descontrolada.

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras tosía y escupía, y conseguí reunir por fin el aliento suficiente para gritarle: «¿Qué coño haces?».

—Dios, Jasmine. Tu cara… tu cara cuando te he quitado la almohada. Tus ojos, hostia puta. Nunca te he visto los ojos así…

Siguió soltando carcajadas, sujetándose el vientre y dejándose caer mientras yo le aporreaba el brazo con los puños gritando y tosiendo.

—No tiene gracia, joder, Glenn.

—Ven aquí, cariño. Solo era una broma. —Me rodeó con los brazos y me empezó a besar en la cabeza y la cara.

Fue entonces cuando decidí coger parte de mi dinero de las propinas y esconderlo cada noche en una caja de tampones dentro de mi bolso de flecos. Él siempre quería que destinara un porcentaje de las propinas a esos imprecisos «gastos domésticos», pero me las arreglé para retirar un poco sin que se diera cuenta. Después cambié el dinero a un álbum de fotos que guardaba en una caja de cartón en la zona de almacenamiento de la caravana. Él nunca miraba ahí. No le interesaban mis fotos de la infancia ni las postales ni los recuerdos que yo tenía en la caja. Me imaginé que lo tiraría todo a la basura o le prendería fuego cuando me hubiese ido.

Para hacer sitio a mi creciente reserva de dinero, saqué los soportes de plástico de las anillas metálicas del álbum de fotos, quité las fotos viejas de sus fundas y las dejé sueltas. Sin los soportes de plástico tenía espacio para los billetes. Cogí una caja de cerillas, prendí fuego a las fundas en la parte de atrás mientras Glenn estaba en el trabajo y el olor del plástico y el papel quemándose se me metió por la nariz y me puso los ojos llorosos, pero para mí también olía a libertad.

Seguí así durante más de un año, fingiendo que todo era normal con Glenn mientras preparaba mi huida. Me había convertido en un robot en su presencia, un cascarón de la antigua y alegre Jasmine. Mi nombre era Jasmine Veronica. Nunca supe en qué estaría pensando mi madre. Pero también es verdad que ella había sido como una desconocida para mí durante buena parte de mi vida. Tuvo tres hijos con tres hombres distintos y, por alguna razón, decidió desde muy pronto que yo era la oveja negra. Aún no habría cumplido yo los diez años cuando oí que le contaba a una amiga que jamás habría debido tener una tercera hija, que mi padre era de lo peor, que yo me parecía mucho a él. Corría el rumor de que estaba en alguna cárcel. Tampoco es que ninguno de nuestros padres estuviera presente. Mi madre se quejaba de que tenía que cargar con sus hijos —eso sí estaba claro— o, al menos, se quejaba de que tenía que cargar conmigo.

Yo era cinco años menor que mi hermana y siete menor que mi hermano. Me crie con la sensación constante de ser una marginada. Flaca y desmañada, necesité varios años de aparatos dentales mientras a mis hermanos la naturaleza les concedió unos dientes casi perfectos. Mi madre se quejaba sin cesar de lo que yo le costaba. Me tenía que esforzar tremendamente con las matemáticas y las ciencias, mientras a ellos dos parecía que todo lo relacionado con los estudios les resultaba fácil. Se me daba tan mal que casi me hicieron repetir un curso. Mi madre le dijo a una amiga, esta vez delante de mí, lo avergonzada que estaba.

Todo lo que yo hacía o quería parecía ser una molestia, incluso necesidades básicas como la comida. «¿Otra vez tienes hambre?», preguntaba con un fuerte suspiro y clavándome los ojos, incluso en lo que a mí me parecían momentos normales para comer. Me puso el apodo de Cerdita y gritaba lo de «Esta cerdita fue al mercado…» cuando yo iba en busca de algo para picar. Mis hermanos no me ayudaban. Nunca pareció que yo fuera para ellos otra cosa que un fastidio, y me decían que los dejara en paz cuando trataba de empezar un juego o de hablar de alguna emoción.

Mientras crecía, tuve algunos encontronazos con la policía en el instituto. ¿No era lo normal? Luego me quedé embarazada a los dieciocho años y mi madre tuvo que pagarme el aborto. ¿No era eso mejor que traer a un hijo no deseado a aquel mundo de locos? Así que no fui a la universidad como mis hermanos. Probé a estudiar cosmética porque siempre me había gustado jugar con el maquillaje, pero mi madre me dijo que se había hartado de pagar cosas y tuve que dejarlo porque yo no podía costearme las clases.

La verdad era que sencillamente yo no le gustaba y nunca le había gustado. El hecho de que ella trabajara como auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos resultaba de lo más irónico. Podía cuidar con ternura a verdaderos desconocidos, pero no mostrar ni un ápice de cariño por su propia hija.

Mi madre y yo nos fuimos distanciando después de lo del aborto y las clases de cosmética. Durante algunos años nos enviamos felicitaciones de Navidad superficiales con palabras cada vez más forzadas y formales, como si estuviésemos dirigiéndonos a algún antiguo vecino, no a un familiar cercano.

«Que pases una feliz Navidad», había escrito mi madre en la última. Ni siquiera llevaba mi nombre en el interior y lo había firmado con «Tu madre», en lugar de «Con cariño, mamá». No pude evitar compararlo en mi imaginación con lo que pensé que escribiría a mi hermano y a mi hermana, y decidí en ese momento dejar de enviarle tarjetas o cartas. Cuando me mudé a un apartamento nuevo en la ciudad, no le di mi dirección. No habíamos hablado desde entonces. Lo último que supe fue que mi hermano vivía en Chicago y mi hermana en algún lugar del norte del estado de Nueva York. Él se dedicaba a no sé qué de ordenadores y ella era una de esas ejecutivas que trabajaba como representante farmacéutica y a la que yo me imaginaba volando en aviones por todo el país para ir a reuniones importantes y cosas así. Tampoco a ellos les había dado mi nueva dirección. El mismo año en que me alejé de mi madre, me alejé también de ellos. Para mí era más fácil en todos los aspectos mostrarme más dura.

Intentaba no pensar en ellos ni en mi madre muy a menudo. Me enfadaba y me ponía triste. En general, me sentía bien estando alejada de todos ellos pero, a veces, echaba de menos una familia en la que apoyarme. Como en este momento. Sin embargo, iba a necesitar apoyarme en mi propia inteligencia. A lo mejor no la había tenido para los libros, pero sí para desenvolverme en la vida. Eso sí lo sabía.

Había llegado mi hora.

La ciudad de Denver me parecía atractiva. No sabía por qué, puesto que no conocía a nadie allí ni había estado nunca, pero un sitio con montañas y un montón de gente relajada y amante del aire libre me parecía magnífico. ¿Por qué no empezar de nuevo allí? No tenía muchos más planes aparte de llegar con suficiente dinero para vivir hasta que encontrara un trabajo. Solo necesitaba dejar primero a Glenn sin correr ningún peligro. Tenía mi teléfono móvil, el enorme fajo de billetes que había sacado del álbum de fotos después de que él se hubiese quedado dormido, algo de ropa y un plan para salir en avión esa tarde.

Mi gran dilema era cómo ir desde nuestra caravana hasta el aeropuerto sin coche. Como nunca había usado un Uber, le pregunté a Anna, la amiga del instituto que me había buscado el trabajo en el bar, que me enseñara cómo instalar la aplicación. Lo hicimos en el baño de señoras al terminar de limpiar la noche de antes. A Anna se le daba bien ese tipo de cosas desde siempre. En el Instituto de Madison North, le gustaba enseñarnos todo tipo de tecnología que nos volaba la cabeza. Las cosas de ordenador de mesa del principio habían pasado a ser trucos para el iPhone, imágenes de IA o el tipo de preguntas que se le podían hacer a ChatGPT.

En la oscuridad de la caravana, saqué nerviosa el móvil del bolso y lo tapé con la mano para que la luz no fuera demasiado fuerte por Glenn. Me puse a reservar un trayecto desde el final de la calle donde estaba aparcada su caravana. Si esa aplicación de Uber no funcionaba, no estaba segura de lo que haría. A lo mejor dejar el plan para otro día u otra semana hasta que consiguiera que Anna me mostrara en qué me había equivocado. Pero al buscar vehículos cercanos, vi que funcionaba a la perfección. Apareció un punto en mi ubicación exacta y dijo que un coche con un conductor que se llamaba Carlos estaba a quince minutos de distancia.

Quince minutos. «Respira, Jasmine, respira». Tras confirmar la recogida, miré a Glenn. Estaba desnudo, como siempre dormía, con una fina sábana cubriéndole de cualquier manera. Yo siempre tenía frío y necesitaba pijamas abrigados y a veces mantas, sobre todo en el enero de Wisconsin. Él decía que parecía una «puta vieja» e intentaba obligarme a dormir también desnuda, pero yo me pasaba toda la noche tiritando si lo intentaba.

Me agaché, metí mi fajo de billetes en la maleta y empecé a cerrar la cremallera con cuidado. Esa podía ser la parte más peligrosa, además de la de escabullirme por la puerta de entrada sin hacer demasiado ruido. Con cuidado, moví la cremallera un centímetro y esperé a ver si había alguna reacción. Otro centímetro y volví a esperar. Con el siguiente centímetro que probé, él se dio la vuelta y se puso boca arriba, subiendo el brazo por encima de su cabeza, y yo me detuve y esperé hasta que estuvo otra vez completamente dormido.

Miré a mi lado de la cama y surgió en mi cabeza una fantasía: ¿Y si lo asfixiaba con la almohada mientras dormía? ¿Y si no la soltaba como había hecho él conmigo? Podía dejarlo ahí, muerto. Pero no estaba segura de poder con él y la perspectiva de pasarme la vida en la cárcel era demasiado. Todos sabrían que habría sido yo.

No, lo mejor era escapar sin más. Volví al plan de los centímetros con la maleta. Tardé más de cinco minutos en tenerla cerrada del todo. La cogí en brazos para que no rodara y salí de espaldas del dormitorio como una ladrona, con la mirada clavada en Glenn todo el tiempo.

Salir a la calle era lo siguiente. Había una puerta muy pesada, y otra con mosquitera que chirriaba, pero unos días antes había engañado a Glenn sacando un cúter de su caja de herramientas para hacer un corte en la mosquitera y luego diciéndole que la había roto el vendaval que habíamos tenido hacía poco. Así que Glenn tuvo que llevarla a su amigo de Contraventanas y Mosquiteras Monona para que la reparara. Con la puerta mosquitera fuera de juego, no iba a resultar tan difícil salir.

¿Y la tonta era yo? Se iban a enterar él, mi familia y todo el mundo.

De repente pensé en el Uber que estaba de camino y me pregunté si tenía que darme prisa. ¿El conductor tocaría el claxon si no estaba allí a la hora convenida? El corazón se me aceleró aún más y las manos me empezaron a sudar, haciendo que la maleta que tenía en los brazos se me resbalara por un instante. La levanté y me sequé las palmas rápidamente en los vaqueros mientras con el otro brazo sujetaba la maleta.

Todavía podía oír la respiración uniforme de Glenn por el pasillo de la caravana, el ruido áspero del aire que entraba y salía de sus pulmones. Siempre respiraba muy fuerte. Llevé la mano derecha al pomo de la puerta y lo giré milímetro a milímetro, hasta oír el último clic cuando se abrió.

Un búho ululó en un árbol cercano y aquel sonido me sobresaltó y tranquilizó a la vez. Con renovada decisión, abrí la puerta y salí de la caravana. Respiré el aire frío y cerré al salir con todo el cuidado que pude. Una ráfaga de invierno no iba a ser lo que despertara a Glenn.

Hacía tanto frío en la calle que me salía vaho de la boca, pero era un tiempo bueno para volar. Una tormenta de nieve habría frustrado mis planes. Llevaba una semana viendo la previsión del tiempo en las noticias locales de la CBS para estar segura. Su meteorólogo principal era mi preferido. Guapo y divertido. Glenn me había preguntado una vez si el meteorólogo me parecía atractivo. Le mentí diciéndole que no.

Oí el sonido de un coche que avanzaba por la grava a lo lejos y vi el barrido de unos faros. A Glenn no le gustaban los aparcamientos para autocaravanas —demasiada gente, decía—, así que se había buscado un pequeño terreno y había colocado allí la suya. Teníamos vecinos cerca, pero no tanto como para verlos a diario.

Ladeé la cabeza para escuchar algún movimiento de Glenn por encima del sonido de la grava, y me inundó una sensación de alivio cuando comprobé que la caravana seguía en silencio. Envolví con mis brazos la maleta y me enderecé para caminar todo lo recta y segura que podía en dirección al Uber que me esperaba. Tenía que aparentar control, no el aspecto de una loca que está huyendo. Tomé profundas bocanadas de aire, me recompuse para mostrar una gran sonrisa en mi rostro y me dirigí hacia el coche.

Había pensado decirle al conductor que iba a un viaje de trabajo si me preguntaba. Pensé en mi hermana con lo que imaginaba que sería ropa elegante, todo el maquillaje que quisiera y unos zapatos caros en los pies. Yo podía actuar como si fuese alguien importante y fantasear con que ese mismo día dejaría cautivada a una sala llena de gente con mis dotes empresariales. A lo mejor no era demasiado tarde para que esa vida se hiciese realidad. A lo mejor podría asistir a alguna escuela de negocios de Denver y abrirme por fin camino para conseguir un trabajo así. Esa era la nueva yo.

Carlos era un tipo fornido cuyo pelo despeinado hizo que me preguntara si se acababa de levantar, pero era hablador y me hizo un montón de preguntas. Yo empecé con las mentiras. ¿Por qué cogía un avión? «Viaje de negocios». ¿A qué me dedicaba? Recurrí a mi hermana: «Trabajo para una empresa farmacéutica». ¿Adónde viajaba? No quería decir que a Denver, por si Glenn conseguía localizar a aquel hombre, así que elegí también el estado de mi hermana. «A Nueva York». Imaginé que allí tenía que haber bastantes convenciones y reuniones.

Hábilmente dirigí la conversación hacia él y empezó a soltarme una perorata sobre sus hijos y sus actividades extraescolares. Perfecto. Desconecté y miré por la ventanilla, haciendo tan solo pequeños comentarios afirmativos cuando veía que tenía que contestar.

Carlos se detuvo en las salidas de Delta. Cuando estaba sacando mi maleta del maletero, tuve una repentina sensación de pánico. ¿Y si veía en el aeropuerto a algún conocido que casualmente fuera a volar ese mismo día? ¿Alguien del bar o de mis anteriores trabajos en la ciudad, incluidos el de dependienta de gasolinera y el de asistenta en varias casas? Tenía un plan, pero no me parecía infalible.

Tenía en el bolso una gorra de béisbol azul de Los Angeles Dodgers de una tienda de segunda mano. Eso, más las gafas redondas falsas, me serviría parcialmente como disfraz. También podría esperar sentada en algún rincón apartado o incluso en el baño de señoras todo el tiempo que necesitara hasta que despegara el avión.

Rápidamente me puse la gorra y me recogí el pelo por dentro lo mejor que pude, manteniendo la mirada baja mientras me dirigía al mostrador de billetes. Una mujer risueña con un corte de pelo perfecto y demasiada sombra de ojos me saludó.

—¡Buenos días! ¿Facturación para hoy?

¿Cómo podía estar tan despierta a las 5.30 de la mañana?

—Sí, la verdad es que tengo que comprar el billete. Se puede pagar en efectivo, ¿verdad?

—Claro que sí —respondió, pero también me dio la impresión de que me miraba con recelo. ¿Qué mujer se presenta con una gorra de beisbol y paga en efectivo?—. ¿Adónde se dirige?

—A Denver —contesté improvisando un falso entusiasmo—. Una despedida de soltera. Las chicas solo quieren divertirse, ¿eh?

—Así es —respondió cogiendo mi carné de conducir para anotar los datos mientras yo sacaba dinero del bolso con cuidado de que ella no viera el resto del fajo. No quería que sospechara.

Coloqué los billetes en el mostrador.

—He estado ahorrando el dinero de las propinas para esto. ¡Estoy deseando ir!

—¿Quiere también un billete de vuelta? —dijo.

No había previsto esa pregunta. Tuve que pensar con rapidez.

—Eh, no… Vuelvo en coche con una amiga el lunes.

Asintió y contó los billetes. A continuación pulsó varios botones y empezó a salir un billete, y el zumbido de la impresora electrónica me sonó a mayor libertad aún. Mis hombros empezaron a relajarse un poco.

—Ha llegado con muchísima antelación. —Inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado—. Su vuelo no sale hasta esta tarde.

Los hombros volvieron a recuperar la tensión. Traté de actuar como si aquello me hiciera gracia.

—Ah, tengo trabajo pendiente, así que he pensado que podría hacerlo aquí. —Señalé hacia el equipaje de mano—. Llevo el portátil en el bolso. Y otra amiga va a comer conmigo antes de embarcar.

Me pasó la tarjeta de embarque.

—Genial. ¡Espero que pase un estupendo fin de semana de chicas!

—Gracias —respondí sonriendo.

Arrastré mi maleta de ruedas llena de calcetines desparejados y ropa sucia hacia el control de seguridad, imaginándome a Glenn profundamente dormido. Pero ¿qué pasaría cuando se despertara? Comenzó a invadirme una energía nerviosa y empecé a morderme las uñas. Podría denunciar o no mi desaparición. Yo estaba bastante segura de que no lo haría porque no querría ser el centro de una investigación policial. Podrían averiguar que nunca pagaba impuestos y que sus jefes de la construcción le pagaban sobre todo en efectivo. Tampoco desearía que los policías vieran las macetas que tenía en la ventana junto al fregadero. La marihuana seguía siendo ilegal en Wisconsin. ¿Se preocuparía por mí lo suficiente como para denunciar mi desaparición? ¿O diría sin más «bueno, ya se ha ido la zorra» y se dispondría a buscarse a otra nueva? Supuse que sería lo segundo.

Imaginé que quizá contaba con una semana antes de que él hiciera algo gordo. Mientras tanto, me llamaría, me enviaría mensajes y trataría de buscarme por la ciudad, amenazándome y diciéndome que más me valdría volver a casa echando leches. Pero, tras una semana, podía imaginarlo tomando una decisión. ¿Informaría a la policía o pensaría que sería demasiado arriesgado para él? Seguí dándole vueltas a aquello mientras pasaba por el control de seguridad y llegué a la puerta de embarque, me senté en una de las sillas de vinilo negro y encontré otra uña para morderme.

Cerré los ojos con fuerza y pensé en mi abuela, la única persona a la que me había sentido unida de verdad en toda mi vida. Había muerto justo antes de que yo empezara el instituto. Mi madre me dijo más tarde que mi abuela se revolvería en su tumba si viera en qué me había convertido, pero yo no la creía. La abuela que yo recordaba me llevaba regalos y caramelos y dejaba que me sentara en su regazo siempre que quería cuando era niña, y el olor de su perfume de pachuli me reconfortaba. Me decía que yo era lista y guapa, en ese orden, y que no lo cambiara. Eso fue después incluso de mis problemas con los estudios, y aquellas palabras significaron mucho para mí. Necesitaba que me mirara desde el cielo y me guiara. Yo no era de las que rezaba, pero cerré los ojos y dirigí una oración a mi abuela de todos modos.

2

Stephanie

La noche anterior al vuelo

Hacer maletas era una de mis actividades menos favoritas. Irónico, considerando lo mucho que viajaba. Por supuesto, siempre tenía preparada una pequeña maleta con mis cosas de aseo, botes de viaje de champú y acondicionador de mi marca preferida, una pastilla de jabón hidratante en una caja de plástico rosa y una muestra de mi perfume favorito (floral y ligero), pero era la organización de la ropa lo que siempre me suponía mucho esfuerzo. Ya eran las 22.30 de la noche y no podía seguir retrasándolo.

Había prometido a mi equipo que trabajaría media jornada la mañana siguiente, antes de salir para la conferencia. Lo de siempre: dejarlos bien encaminados antes de que la jefa se fuera. Iba a ser una jornada larga de viaje: de Madison a Denver. De Denver a San Diego. La Cumbre de Informativos de Televisión empezaba el jueves por la mañana.

Iban a asistir cien directores de informativos que no se conocían entre sí para escuchar a expertos y compartir opiniones. Las cadenas de televisión de todo el país estaban tratando de mejorar sus programas de noticias locales. Los espectadores querían algo distinto —como demostraban los índices de ­audiencia a la baja— e íbamos a tratar de averiguar exactamente qué era.

Cuando examiné la ropa de mi armario, una blusa de seda verde oscura llamó mi atención y la descolgué de la percha para colocarla con unos pantalones marrones de trabajo; eso serviría como conjunto número uno para el primer día.

Ahora, el conjunto número dos. Recorrí con la vista las hileras de prendas profesionales. Había tratado de organizar el armario dividiéndolo en trabajo y ocio, una mitad a cada lado. La parte del ocio estaba desordenada: mallas y sudaderas desparramadas de cualquier manera y vaqueros tirados en el suelo. Pero el lado del trabajo lo mantenía bien organizado. Incluso lo tenía colocado por colores. El verde ya iba a estar representado con la blusa, así que ¿qué tal un toque distinto? Me fijé en una chaqueta rosa fuerte y encontré una camisa negra entallada que podría llevar debajo con unos pantalones negros. Añadiría unos zapatos de tacón negros. Para el conjunto número tres me moderé un poco y elegí un jersey azul marino con unos pantalones de pata de gallo y unos zapatos que parecían zapatillas de deporte con tacón.

Como ya me había ocupado de la ropa principal, podía añadir la complementaria. Un vestido largo de flores y uno negro más corto, pijama, pantalones cortos de gimnasia, zapatillas de deporte, mis bragas favoritas, varios sujetadores que iban desde los más prácticos a los de encaje, bodis de distintas formas y varios calcetines.

Además del somnífero que me habían recetado, y una plancha de ropa y otra de pelo, metí un joyero de viaje con pendientes largos y cortos y varios collares. Por fin, sobre las 23.15, había acabado con la tarea. Solté un suspiro, la fatiga empezaba a acumularse en mis ojos. Estaba echando la cremallera de la maleta cuando entró Fred y se frotó contra mi rodilla con un suave ronroneo.

—Hola, pequeño Freddie. —Lo levanté del suelo y lo cogí boca arriba como si fuera un bebé recostado en mi brazo izquierdo. Él me parpadeó con gesto de aprobación y ronroneó más mientras yo seguía acariciándole el vientre con la otra mano—. Sí, mami se va a ir, pero volveré pronto. Y Robert te dará de comer.

Mami tenía que salir de viaje con demasiada frecuencia. Dave, mi jefe, siempre me pedía que representara a la cadena en conferencias, seminarios, talleres y en nuestras reuniones trimestrales en las oficinas centrales de Cleveland. Hacía ya mucho tiempo que tenía la sensación de que probablemente él creía que yo era un recurso fácil. A lo mejor lo era. Como mujer divorciada con un hijo mayor y solo un gato, podía dejarlo todo y marcharme, eso era verdad, pero tanto viaje me estaba agotando. No había nada de diversión en esos viajes. Eran por trabajo y yo tenía que estar en modo «profesional» todo el tiempo, codeándome con los otros y hablando de temas laborales. Este era el cuarto viaje en los últimos seis meses al que me pedían que fuera.

Tras besar a Fred en la cabeza, volví a dejarlo en el suelo. Él olisqueó la maleta, frotó dos veces la cara contra ella y saltó sobre mi cama, haciendo un lento círculo para encontrar su sitio, listo para dormirse.

Me puse un pijama de franela y unas babuchas para combatir el implacable frío de enero y bajé a la cocina, saqué varias latas de comida húmeda para gatos y una bolsa de comida seca, las coloqué en la encimera y escribí una nota para Robert.

Hola, vecino. Gracias de nuevo por dar de comer a F. Te traeré un regalo de California. ¡Suerte con tu cita! Además, he decidido comprar ese reloj de alarma que te despierta con la luz, el que me dijiste. Llega el viernes. ¿Puedes recogerlo?

Le estaba muy agradecida a Robert. Nos habíamos hecho buenos amigos desde que se mudó al adosado contiguo al mío hacía dos años y medio. Nuestra relación empezó un día de verano en el que él estaba instalándose. Los dos teníamos las ventanas abiertas y le oí poner la banda sonora de El violinista en el tejado. Como antigua alumna de teatro en el instituto que era, empecé a tararear al compás con una sonrisa. Esa misma tarde estaba regando las plantas de mi lado cuando él salió con un montón de cajas de cartón de mudanza dobladas en los brazos.

—Ah, hola. ¿Eres mi vecina? —me preguntó alegremente. Enseguida lo examiné. Pelo canoso, gafas de montura negra y una sonrisa ligeramente asimétrica. Llevaba una camiseta en la que ponía: «Gay y con canas. ¿Tienes ganas?».

—Sí, hola. Soy Stephanie —contesté tratando de poner mi mejor voz de vecina alegre—. Stephanie Monroe. Bienvenido.

Cuando alargué la mano, él soltó las cajas, la estrechó con un apretón fuerte y seguro y le brillaron los ojos.

—Gracias. Estoy encantado con la casa. Soy Robert Tay­burn, el vecino nuevo y evidentemente ruidoso y molesto de la casa de al lado. Espero que no te importe. Lo primero que hago en una casa nueva es conectar el Bluetooth. No puedo deshacer las cajas sin un poco de música divertida para bailar.

—No, no me importa. De hecho, me encanta El violinista —respondí y, a continuación, añadí parte de la letra para dejarlo claro con un tono cantarín—: To life! To life! L’chaim!

—Dios mío. ¡Te sabes la letra! —Echó la cabeza hacia atrás y se rio.

—Participé en el musical en el instituto. —Sonreí—. Solo en los coros, pero me encantó.

—¡He debido de morirme y llegar al cielo de los vecinos! —exclamó Robert.

A partir de ahí seguimos hablando. Como nos considerábamos expertos en musicales, Robert propuso que celebráramos noches de «Broadway y champán», y nos turnábamos en la casa de cada uno para comer tablas de fiambres, beber champán y cantar al compás de la música. Él también tenía un gato, y enseguida Evita y Fred se convirtieron en tema de conver­sación.

Robert no se había casado nunca. Me hablaba de las citas a las que acudía con hombres nuevos a los que conocía, y me animaba a salir más. Yo le hablaba de lo absorbente que era mi trabajo y del loco mundo de los informativos de televisión en el que estaba inmersa. Él no veía nunca las noticias a menos que se acercara una tormenta y necesitara saber el pronóstico del tiempo. El resto lo consideraba demasiado negativo o demasiado banal. En más de una ocasión, me reprendió en tono de broma por mi profesión. Pero, al final, se convirtió en mi confidente. Como no le importaba que nuestros presentadores o reporteros fueran famosos en nuestro entorno local y como se le daba bien escuchar, terminé contándole cosas que pasaban en el trabajo.

—¿Me estás diciendo que esa presentadora se estaba comportando como la madrastra malvada de Cenicienta? —preguntaba—. ¡Pues conviértela en calabaza y a otra cosa, hermana! ¡Tú eres la jefa!

Me ayudó cuando me quejé de que era un mundo que todavía estaba dominado por los hombres. A veces, en las galas de entregas de premios o en las fiestas, otros directores de informativos de la ciudad, que casualmente eran todos señores, se sentaban juntos en plan club masculino.

—Están celosos —me consolaba Robert—. Porque tú les estás pateando el culo y se sienten amenazados.

Al menos, yo tenía un buen jefe. Dave me trataba con absoluto respeto y a Robert le caía bien por eso.

—Pero no le digas a Dave que no ves las noticias locales —le advertí riéndome una noche de Broadway y champán—. Tú formas parte del problema que todas las cadenas de televisión están tratando de solucionar.

—No te preocupes. Se me da de maravilla mentir —contestó mirándome con toda su sonrisa asimétrica—. Pensará que soy el mayor fan del Canal 3.

Robert era como un hermano. Teletrabajaba para una empresa tecnológica local, así que estaba encantado de dar de comer a Fred cuando yo salía de la ciudad. Podía fiarme de darle una llave de mi casa y por ese motivo había siempre una en su parte del adosado.

De nuevo arriba tras escribir la nota para ese último viaje, me cepillé los dientes y luego me limpié la cara con exfoliante de albaricoque, me la froté con toallitas a las que había puesto tónico de hamamelis y me puse crema de noche para las ojeras y una nutritiva facial carísima que, según afirmaba Gwyneth Paltrow en un anuncio de Instagram, era un producto milagroso. Pulsé el clic de compra en un momento de debilidad en el que mi rostro de cuarenta y cinco años me parecía más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Olía a rosas, pero hasta el momento no me había estirado nada la piel.

Tras rociar la almohada con un espray relajante de lavanda que también olía bien, pero que no parecía inducir muy a menudo a un sueño instantáneo, me metí en la cama al lado de Fred y cogí mi teléfono de la mesita de noche. Sí, sabía que la luz azul era mala. Sí, sabía que debía estar leyendo un libro en lugar de eso, pero la tentación del chute digital antes de dormir era demasiado grande.

Mi orden de consultas siempre era el mismo: mensajes de móvil, mensajes de Teams, correo electrónico del trabajo, correo electrónico personal, Facebook, Twitter (me negaba a llamarlo X), Instagram, Threads, TikTok y mi aplicación de noticias. Como directora de informativos, tenía que estar constantemente al corriente de lo que ocurría tanto aquí, en Madison, como también en el resto del país.

Por suerte, no había ningún mensaje. Nunca se sabía lo que se podía encontrar al dirigir una redacción llena de periodistas jóvenes. Siempre había gente haciendo preguntas, con necesidad de enviarme mensajes a mí o a mi asistente de dirección a cualquier hora del día o de la noche, sobre todo el equipo nocturno, que llegaba a las diez de la noche y trabajaba para preparar el programa de la mañana. Estaban recién salidos de la facultad y temían cometer errores, así que preguntaban mucho.

Me alegró ver que parecía estar siendo una noche tranquila en Madison. Esa era una de las razones por las que me gustaba ser directora de informativos de un mercado más reducido. Rara vez había tiroteos. Nuestros sucesos más importantes estaban ligados a la universidad o a la política del estado. Seguíamos cubriendo cosas como la inauguración de la feria de caravanas o el campeonato de la Liga Infantil, que reunía a miles de personas.

Había vivido la experiencia de la gran ciudad, había ido a la universidad de DePaul y había trabajado en Chicago, ascendiendo en el escalafón desde becaria hasta productora ejecutiva. Pero el largo trayecto diario desde nuestro barrio de las afueras a la sede de la NBC en el centro de Chicago estuvo a punto de acabar conmigo, con noventa minutos de ida y otros tantos de vuelta los días buenos, así que, cuando apareció un puesto de asistente de dirección de informativos en Madison, mi entonces marido, Jason, nuestro hijo Evan y yo hicimos las maletas y decidimos probar a vivir en una ciudad más pequeña. Dos años después, el director de informativos se fue y Dave me ascendió. Llevaba en ese puesto desde entonces.

Evan acababa de terminar la universidad y había conseguido su primer trabajo profesional encargándose del marketing de un equipo de fútbol de Minneapolis. Jason y yo habíamos durado solo un año después de que Evan abandonara el nido para irse a la universidad. Descubrimos que no teníamos mucho que decirnos el uno al otro sin el ajetreo de un hijo compartido y nos fuimos distanciando, viendo nuestras series favoritas en habitaciones distintas, buscando excusas para quedarnos en el trabajo hasta tarde y haciendo ejercicio, compras y comidas en horarios distintos.

Yo miraba de reojo a Jason por la casa y trataba de ver al chico joven que había conocido en DePaul, pero parecía que todo había cambiado. Su cara era mayor, claro, igual que la mía; pero no conseguía identificar al chico atractivo del que me había enamorado. Por el contrario, hacía cosas que me molestaban: su costumbre de no enjuagar nunca su taza del café y dejarla junto al fregadero de tal modo que la capa marrón oscura del fondo se solidificaba; su obsesión con el fútbol y el hecho de que pareciera creer que participaba en el partido mientras se balanceaba y mecía con cada juego; su forma no solo de roncar sino de resoplar cuando se quedaba dormido en el sofá; la costumbre de dejar siempre la compra y la colada para mí, pese a que mi horario de trabajo era más extenso. Cuando íbamos de paseo, caminábamos a ritmos distintos. Sus pasos eran mucho más largos que los míos y yo notaba que él no reducía la velocidad como antes para que yo lo alcanzara. Incluso un simple paseo demostraba lo mal sincronizados que estábamos. Éramos muy jóvenes cuando tuvimos a Evan y Jason había sido un buen padre, pero yo ya estaba aburrida y cada vez más molesta con él.

Al final, una noche me armé de valor para preguntarle si pensaba que seguíamos siendo compatibles. Él se incorporó de su posición recostada en el sofá, me miró sin decir nada durante treinta largos segundos y después dijo: «Supongo que los dos hemos estado sintiendo lo mismo, ¿no?». Se me encogió el estómago. Cuando añadió «A lo mejor deberíamos probar a vivir separados» sentí a partes iguales alivio, dolor por que hubiera sido él quien lo propusiera y pena porque una pareja que había criado a un chico tan bueno llegara a su fin. Ni siquiera tratamos de acudir a terapia. Fue un divorcio amistoso y rápido. Por suerte, me dijo que no le parecía mal que me quedara con Fred. Yo habría entablado una dura batalla por mi pequeño Freddie.

Jason volvió a casarse antes de lo que me habría imaginado, y me provocó varios momentos de celos ver las fotos de la boda, con su nueva esposa y las hijas de ella, además de Evan, tan elegante con su traje; pero una parte de mí se alegraba por él. Lo cierto era que yo deseaba lo mismo. Aunque me gustaba mi vida, anhelaba el tipo de complicidad que tenía con Robert, pero con alguien que me encontrara físicamente atractiva. A lo mejor conocía a algún hombre ese fin de semana: en mi imaginación apareció como moreno y guapo. Un nuevo amor sería muy emocionante. Anhelaba aventuras, un cambio, unas vacaciones y un compañero de vida. Hacía mucho tiempo que no tenía nada de eso. Cuando le propuse a Dave que enviara a Bruce, mi asistente de dirección de informativos, a esa conferencia, me dijo que para este sería una complicación porque tenía aún dos hijos pequeños en casa. Le di unos cuantos nombres más de la redacción, diciendo que podrían disfrutar en un congreso, pero los rechazó a todos. O también tenían familia o eran demasiado jóvenes e inexpertos como para representar a la cadena. Así que continué dando vueltas en una rueda de hámster que, al parecer, no podía controlar. Hacía mucho tiempo que había pasado el momento de bajar de ella, aunque fuera brevemente.

Si alguien hubiera contemplado mi vida desde fuera se habría quedado impresionado. Tenía dinero, una carrera profesional y un hijo adulto y sano. Nunca había sufrido una en­fermedad grave y aunque a mi cuerpo no le habría ido mal tonificarse un poco —me fastidiaban especialmente las alas de murciélago de los brazos—, seguía teniendo una figura decente. Mi pelo castaño tenía unas ligeras ondas naturales. Empezaban a aparecerme canas, pero iba a la peluquería para teñírmelas cada dos meses y llevaba una cuidada melena por debajo de las orejas y por encima de los hombros. Me hacía microblading de cejas un par de veces al año y la manicura y pedicura semipermanentes cada tres semanas. Ese mes, en un rosa suave. Tenía una bici estática último modelo que no usaba tanto como antes, una cinta de correr, alfombrillas, bloques y almohadillas de yoga, balones de pilates y un juego de mancuernas caseras, todo ello en una habitación que usaba como gimnasio. La ropa me llegaba en una caja de Stitch Fix; las comidas, en una caja de Hello Fresh, y todo lo demás que deseara en una caja de Amazon con entrega en veinticuatro horas. A veces, era como si mi vida consistiese en una serie de cajas. Robert bromeaba con que estaba «encajada». Él prefería comprar en tiendas de verdad.

Supongo que yo no era más que una ejecutiva estadounidense más. Pero sentía que mis días eran muy parecidos, sin ninguna camaradería aparte de Robert. Incluso mi relación con Evan parecía estar escapando a mi control. Era como si estuviera molesto conmigo por el divorcio, no con Jason, por razones que no me podía imaginar, y solía decirme que estaba demasiado ocupado para hablar. Nuestras conversaciones semanales estaban empezando a ser más bien quincenales o incluso más espaciadas. El año anterior había elegido ir a casa de Jason tanto para Acción de Gracias como para Navidad, argumentando que era más divertido con sus hermanastras en la casa. Prácticamente tuve que suplicarle que nos viéramos para comer el día después de Navidad.

Por la noche, cuando me tumbaba despierta mirando al techo, a veces me preguntaba si todas las ocasiones en las que me había perdido acontecimientos escolares cuando trabajaba de noche o hacía turno doble en los informativos habrían supuesto un perjuicio para nuestra relación. El trabajo normal de Jason le permitía estar disponible para todo. ¿Podría albergar Evan algún resquemor contra mí por haber trabajado hasta tarde y no poder escabullirme para ir a todos los conciertos y partidos de fútbol de su juventud? ¿O por haber respondido a una llamada de teléfono de algún trabajador joven durante la cena diciéndole a mi hijo que volvía enseguida mientras respondía a cualquier petición urgente? Él nunca lo había dicho, pero esa idea me estaba carcomiendo. La cuestión era que necesi­tábamos el dinero y que ese era mi horario y mi responsa­bilidad en un trabajo que no tenía descanso en todo el día, así que desde esa perspectiva no lo lamentaba, pero su reciente frialdad había abierto en mi alma una pequeña grieta que ­parecía agrandarse.

A veces pensaba que quizá Evan necesitaba un recordatorio de lo importante que yo era para él. Nada trágico, por supuesto: por ejemplo, que me diagnosticaran una enfermedad que lo asustara lo suficiente, pero de la que me recuperara. A lo mejor sentía cierta lástima por mí y volvía a mi lado. O que me perdiera en un bosque unas cuantas noches y volviera como una heroína conquistadora… ¿Haría eso que volviera a respetarme? ¿Vendría corriendo a mis brazos como cuando era niño? Quizá era ese el empujón que necesitaba. Yo había sido una buena madre, joder, y lo había lanzado a la edad adulta con todas las herramientas que necesitaba; total, para que acabara ignorándome la mayor parte del tiempo. Una noche me desahogué con Robert contándole aquello y él se rio.

—Entonces…, ¿me estás diciendo que estarías dispuesta a que te raptaran?

—Bueno, puede que sí, siempre que no me hicieran daño mientras durara.

—Un secuestrador bondadoso, ya entiendo —contestó—. Publicaré un anuncio en tu nombre.

Le di un puñetazo en el brazo.

Pero Evan no era mi único problema. Echaba de menos a mi antigua yo cuando era una rebelde en la universidad. Había sido de las que estaban dispuestas a saltarse una clase o usar una identificación falsa para entrar en un bar. Era famosa por las bromas que les gastaba a las otras chicas de mi residencia o por disfrazarme de profesora e imitar su forma de hablar. Por desgracia, desde aquella época parecía haber pasado una eternidad. Era una mujer profesional y tenía que guardar las apariencias. Sin embargo, en la intimidad, anhelaba un poco de diversión e indisciplina.

Al menos en San Diego iba a ver a Diana, una nueva amiga. Teníamos mucho en común. Hacía muy poco que la había conocido y parecía mostrar el mismo interés que yo por vivir una aventura. No trabajaba en informativos, pero sería una buena ayuda a la hora de sentir algo de emoción ese fin de semana.

Llevaba tiempo soñando con salir huyendo, empezar una vida nueva y estimulante en México, abandonar el mundo de los informativos y retirarme a una vida de vino y buenos libros. A lo mejor así Evan querría ir a verme y quedarse en mi cabaña de la playa, donde contemplar a las chicas que hacían surf. Esa fantasía de establecerme en otro país se me aparecía cada vez con más frecuencia. Me descubría viendo episodios de la versión internacional de Cazadores de casas y haciendo una lista de sitios de México a los que mudarme por su buen clima y su cercanía a Estados Unidos. ¿Qué me mantenía en esa zona fría del norte aparte de Robert? Era un vecino estupendo, pero no podía dejar que toda mi vida girara en torno a eso, ¿no?

Suspiré mientras volvía a dejar el teléfono en la mesita de noche. Mi futuro a largo plazo era un asunto demasiado serio como para pensar en él a las 23.45 de la noche. Lo que necesitaba era dormir. Al apagar la luz y cerrar los ojos, probé a respirar hondo para reducir el ritmo cardiaco. Tomar aire contando hasta cuatro, mantener hasta siete y expulsar hasta ocho. El olor a lavanda de la almohada se me fue adentrando por las fosas nasales y me concentré en dejar que me invadiera.

Pero no estaba funcionando.

Mientras estaba allí tumbada, con el suave edredón de flores rodeándome el cuerpo y Fred junto a mis piernas, sentí que me iba alterando en lugar de relajarme. La sensación de fatiga que había tenido apenas cuarenta y cinco minutos antes estaba desapareciendo. Era como si me hubiese saltado mi hora de dormir. Me rondaba la inquietud por el viaje que me esperaba.

Abrí un ojo, miré el reloj y vi que eran casi las 00.30. Tenía que estar completamente operativa como jefa de una redacción de informativos de televisión en menos de ocho horas y levantarme al cabo de seis y media. Joder. Aquello no iba bien. «Duérmete», me dije. «Duér-me-te». Pero mi mente se revolvía diciéndome que no.

A las 00.45 me rendí. Me levanté de la cama, para fastidio de Fred, que elevó la cabeza y soltó un maullido, abrí la cre­mallera de la maleta, busqué a oscuras hasta que encontré el bote de zolpidem, le quité la tapa y me tragué una pastilla entera, haciéndola bajar con el agua de un vaso que tenía en la mesita. Mi médico me había advertido que no debía conducir hasta ocho horas después de haber tomado zolpidem y tendría que estar en la carretera en poco más de siete, pero necesitaba dormir. Lo siento, doctorcito.

Detestaba las noches así, y eran demasiado frecuentes, con el runrún de toda una variedad de preocupaciones en la mente: problemas personales; espectadores que enviaban mensajes de odio; espectadores que escribían, declarándose a alguno de nuestros presentadores o reporteros, y que rozaban el acoso; índices de audiencia en declive; meteduras de pata de nuestro personal en redes sociales… La lista era interminable.

Después de meterme de nuevo bajo el edredón de flores y buscar a tientas el teléfono, tecleé «ASMR» en la barra de búsqueda. Una amiga del grupo con el que hacía una escapada de fin de semana al año me había hablado de ello hacía tiempo y, cuando necesitaba dormir de verdad, acudía a este recurso. Había miles de vídeos entre los que elegir, la mayoría de mujeres, pero también de hombres. Hacían cosas como juegos de rol en los que ibas al médico o a hacerte un tratamiento facial. El sonido relajante de su conversación en voz baja podía proporcionarte una respuesta sensorial meridiana (en inglés, ASMR) o, dicho de otro modo, un hormigueo en la cabeza. Era mi arma secreta para relajarme. Busqué uno antiguo pero muy bueno: una mujer que fingía estar atendiéndote en un estudio de tatuajes. Entre eso y el zolpidem me estaba quedando dormida, por fin, después de la 1.15 de la madrugada. Mientras iba amodorrándome, no dejaba de pensar que quizá un cambio de escenario ese fin de semana podía ser justo lo que necesitaba. A lo mejor sí me divertía. O tenía una aventura. A lo mejor mi vida nunca volvería a ser igual.