Introducción La guerra forma parte de la humanidad

Introducción

La guerra forma parte
de la humanidad

La guerra forma parte de la humanidad. La tan trillada máxima de Clausewitz según la cual «la guerra es la continuación de la política por otros medios» no ha envejecido un ápice: hoy en día, sigue siendo tan cierta como lo era en el pasado. La antropología, la biología evolutiva, la historia, la arqueología, las ciencias políticas y sociales, la ecología e inclusive el psicoanálisis han explorado ampliamente tal materia y le han dado respuestas diversas.

Existen teorías que alegan que la guerra es innata al ser humano. Otros planteamientos científicos consideran, no obstante, que es más bien el fruto de una evolución social y cultural y la aparición de las primeras comunidades estructuradas. En su obra Más allá del principio de placer, Freud nos cuenta que el ser humano se mueve por una «pulsión de muerte» opuesta al Eros, la «pulsión de vida». Es un postulado inspirado en el pensamiento de la psicoanalista Sabina Spielrein. Posteriormente, tras una conversación con Einstein en torno al nacimiento de la guerra en la evolución humana, Freud acuñaría el concepto de pulsión de destrucción.

La biología evolutiva y la psicología evolucionista prueban que los seres humanos no están genéticamente programados para la guerra y que esta es la consecuencia de una adaptación evolutiva para proteger la colectividad de una agresión exterior. Por otra parte, los antropólogos culturales y los sociólogos sostienen que la guerra solo surgió con la creación de entidades políticas de toda índole (tribus, federaciones, Estados) mediante la canalización institucionalizada de la violencia donde prevaleció el auge de la cultura militar masculina (el Imperio asirio, Esparta, la República romana, etc.).

¿Y las mujeres? ¿Qué papel desempeñaron en el nacimiento de la guerra y en su propagación? Su presencia en los conflictos armados desde la Antigüedad hasta la Segunda Guerra Mundial, marco cronológico de este libro, es algo irrefutable, si bien durante mucho tiempo se intentó invisibilizar.

En el imaginario colectivo, la guerra constituyó siempre el «ámbito reservado» de los hombres, como una lejana perpetuación de la «caza» en un pasado remoto; las mujeres quedaban relegadas a una presencia secundaria y subalterna. Si la guerra era masculina, la paz correspondía a las mujeres de acuerdo con su naturaleza. ¿No fueron las sabinas, en los lejanos orígenes de Roma, las que evitaron un enfrentamiento entre los sabinos y los romanos cuando estos las raptaron para convertirlas en sus esposas, según relata Tito Livio?

Sin embargo, la participación combativa de las mujeres en conflictos bélicos tuvo su presencia en todas las épocas y latitudes; si no ha llegado a ser algo más destacado de lo que fue es simplemente porque las contingencias de las normas sociales masculinas lo impedían.

En la antigua Grecia, las mujeres lucharon para defender su hogar y su ciudad, guerreras a imagen de Artemisia de Halicarnaso que asombraron a reyes y jefes militares. Hubo reinas en la Antigüedad que se enfrentaron al Imperio romano cuando vieron sus posesiones amenazadas o su honra difamada, como Boudica, Zenobia o Mavia. En la Alta Edad Media, una reina bereber cristiana, la Kahina, se opuso al avance del califato omeya y del islam. En el siglo XI, la poderosa condesa Matilde se implicó militarmente para proteger al papa Gregorio VII. Más adelante, otras nobles y soberanas medievales ciñeron la espada para conquistar un país o recuperar un ducado, como Isabel de Francia o Juana de Flandes. Y la figura emblemática de Juana de Arco en el siglo XV ocupa un lugar destacado en este recorrido de las guerreras, pues mediante su asombrosa epopeya consiguió coronar a un rey y liberar parte de Francia de manos inglesas.

En el Medievo surgió también Christine de Pizan, la única mujer que compuso un tratado militar, un hito sin precedentes, que alcanzó un considerable éxito en las cortes europeas y fue leído por soberanos y caballeros curtidos en decenas de batallas. Con la Revolución francesa las mujeres quisieron servir a la República como soldados en los ejércitos, pero los diputados de la Convención frustraron sus aspiraciones patrióticas, tanto en este ámbito como en muchos otros. Solo a título personal se arriesgaron a combatir travestidas de hombres.

Más allá de Europa, encontramos a las mujeres samuráis, a las temibles amazonas de Dahomey, a la imponente guerrera Chiricahua Lozen, a las soldaderas de la Revolución mexicana. Las milicianas españolas lucharon en el frente en el transcurso de la guerra civil. Durante la Primera Guerra Mundial, destacaron principalmente las eslavas en el campo de batalla; constituyen una flagrante excepción respecto a los ejércitos de la Europa occidental, donde a las mujeres les estaba vedado combatir, si bien desempeñaron un papel esencial como enfermeras, secretarias, telegrafistas, etcétera.

Resuenan con fuerza los nombres de la rusa María Botchkareva, creadora del llamado BATALLÓN DE LA MUERTE, y de la serbia Milunka Savić, pero también de la británica Flora Sandes, única mujer extranjera que combatió en el ejército serbio. Durante la Segunda Guerra Mundial, el papel de las soviéticas en el Ejército Rojo fue importantísimo: francotiradoras, tanquistas, soldados de infantería y aviadoras que lucharon ferozmente para salvar a su patria de los alemanes. Las célebres pilotos Marina Raskova, Lidia Litviak y muchas otras demostraron con arrojo que podían desafiar y vencer a los ases de la Luftwaffe. Muchas de aquellas mujeres del Ejército Rojo fueron condecoradas por Stalin con las más altas distinciones militares.

De modo que sí, las mujeres han luchado desde siempre en la guerra, y lo seguirán haciendo.

Fu Hao, la tigresa de los Shang

Erguida en su carro de combate, luciendo una armadura resplandeciente, Fu Hao observó un buen momento, impasible, el campo de batalla, donde se enfrentaban ambos ejércitos bajo un inmenso cielo moteado de nubes blancas. Había intuido el primer movimiento táctico del enemigo, como un águila que acechara a su presa. Esbozó una leve sonrisa de satisfacción. Ese día, sabía que conseguiría una aplastante victoria. Cuando la infantería enemiga se lanzó al ataque en medio de un clamor ensordecedor, Fu Hao permaneció imperturbable, a pesar de la insistencia de sus generales, que la exhortaban a emprender el combate sin más demora. Pero ¿qué sabían estos últimos del arte de la guerra que consistía en fingir vulnerabilidad para aniquilar al adversario sin dejarle otra opción que la rendición o el fracaso?

Entonces, justo en el momento en que sus primeras líneas recibían una embestida y caían en un aparente desorden, lo que dejaba creer a su rival que el éxito estaba asegurado, Fu Hao blandió su formidable hacha. Era la señal que miles de soldados que surgieron repentinamente de las colinas circundantes habían esperado para abalanzarse sobre la retaguardia contraria. La sorpresa y la confusión en las filas del enemigo fueron enormes, atrapados entre los contingentes que los destrozaban por los flancos y la arremetida de los carros de combate que diezmaban sus tropas más adelantadas. Habían caído en la trampa. Pronto, murieron masacrados centenares; un reguero de cadáveres desfigurados que en aquel campo de batalla fue un verdadero festín para los buitres. Finalmente, la inexorable aniquilación de su hueste empujó al comandante supremo a rendirse ante una mujer que ni siquiera el diablo podía derrotar…

Érase una vez China

Nuestro recorrido para hablar de las grandes mujeres guerreras de la historia empieza en la China del segundo milenio, en la época de la dinastía Shang (1570-1045 a. C.). Los primeros ejércitos chinos aparecieron con la dinastía Xia (siglo XXI a. C.), pero no fue hasta la dinastía de los Shang cuando se convierten en una parte esencial de la maquinaria del Estado. Fue en la época de los Shang cuando aparecieron los primeros carros de combate documentados por la arqueología. Es en esta brillante civilización de la Edad del Bronce, contemporánea del Imperio nuevo del antiguo Egipto, de Babilonia y de Troya, donde encontramos el primer testimonio acerca de la presencia de una mujer, Fu Hao, luchando en el campo de batalla. Un personaje extraordinario que asumió altas responsabilidades de mando, se impuso como general victorioso y jamás fue derrotada.

Hubo también otras mujeres en China durante los siglos posteriores que se convirtieron en caudillos, rompiendo así los tabúes respecto a su «inferioridad natural», que solía achacarse a una condición biológica y a las normas sociales vigentes, que consideraban que su papel principal se limitaba a ser buenas esposas y a engendrar hijos.

Fu Hao

En 1976, la imponente tumba de la reina Fu Hao (ca. 1250-1200) fue descubierta en el sitio arqueológico de Yin Xu, cerca de Anyang, ciudad de la provincia de Henan en el centro-este de China. Esta provincia, que recibió el nombre de Zhongzhou, «llanura central», se considera la cuna de la civilización china. Constituyó el corazón de la dinastía de los Shang, cuyos soberanos establecieron su capital en Anyang en la segunda mitad del siglo XIII a. C. El asombroso estado de conservación de la tumba (único vestigio funerario intacto de la época Shang hasta el presente) incluía, entre otros, 468 objetos en bronce, 755 en jade, 6.800 cauris (molusco utilizado como ornamento y moneda), 564 objetos hechos con hueso, 200 vasijas de bronce ritual, 130 armas, etc. La gran mayoría de las inscripciones en bronce revelaban el nombre de la reina, a la que se llamó póstumamente Si Mu Xin (Madre Xin). Pero ¿quién era esa mujer en realidad?

Sabemos que se convirtió en una de las sesenta y cuatro esposas del rey Wu Ding, uno de los monarcas más importantes de la dinastía Shang, que le otorgó tierras y súbditos, además de un pequeño ejército privado (de ahí su nombre de reina Fu Hao, pues, antes de casarse con Wu Ding, debió de ser una princesa o una persona de alto rango tribal). En su origen se llamaba Fu Zi. En tiempos de la dinastía Shang, el nombre Fu Hao indicaba un elevado rango aristocrático. Así pues, la denominación Fu Hao hace referencia más bien a un estatus social que a un nombre y apellido verdaderos.

La mayoría de los historiadores emplean el nombre de Fu Hao. Según el Shiji, o Memorias históricas, obra monumental del historiador Sima Qian, el «Heródoto chino», que la compuso entre 109 y 91 a. C. y que abarcaba la historia de China desde los tiempos míticos del Emperador Amarillo en el tercer milenio a. C. hasta su época, el rey Wu Ding era considerado un gran soberano, benevolente y justo. Pero Fu Hao no se contentó con su papel de esposa. Su enérgico carácter, su intrepidez y su valor la llevaron a acompañar a su esposo a la guerra. El rey, convencido de sus talentos en este ámbito, determinó confiarle grandes contingentes de soldados para enfrentarse a los enemigos de los Shang. Así empezaron sus proezas de guerrera.

Como líder de los generales, dirigió campañas victoriosas contra los Yi en el sureste y contra los Bafang en el oeste. En la guerra contra los Qiangfang, que amenazaban la frontera occidental de los Shang, Wu Ding no dudó en poner a su esposa al frente de un ejército de trece mil hombres, equipado con carros. Fu Hao, el comandante supremo, ideó la estrategia y obtuvo una rotunda victoria.

Sin embargo, fue sobre todo su campaña contra los Tufang en el norte lo que la alzó al panteón de la gloria. Esta victoria permitió a los Shang anexarse su reino y liberarse de la amenaza omnipresente de un poderoso enemigo.

Como anécdota, cabe mencionar que Fu Hao iba a la batalla con un hacha de bronce de nueve kilos, símbolo supremo del mando militar al que todos sus generales debían someterse. Wu Ding nombró a Fu Hao gran sacerdotisa, un cargo excepcional para una mujer en la corte en aquel entonces. Se encargaba de los rituales religiosos y de las prácticas adivinatorias, que desempeñaban un papel de primer orden en los asuntos y el gobierno del reino. Presidía las ceremonias rituales, preparaba las ofrendas a los dioses e interpretaba los oráculos, los jiaguwens, que eran huesos de todo tipo de animales y caparazones de tortuga que se quemaban hasta formar grietas. Estas, a modo de presagio, se descifraban ante los miembros de la corte; el vaticinio quedaba grabado en el mismo hueso. Se han encontrado numerosos caparazones de tortuga con el nombre de Fu Hao, en los que se destacaba su considerable estatus de alta dignataria del reino y de general de los ejércitos.

Fu Hao falleció con apenas treinta y tres años, en el cenit de su gloria y sin que se sepa por qué motivo. El rey Wu Ding mandó edificar un grandioso mausoleo en su memoria.

El apabullante destino de Fu Hao, y su grandiosa epopeya en un tiempo en que una mujer podía dirigir ejércitos, sin duda contribuyeron a forjar la leyenda de Hua Mulan, una heroína de ficción que no pudo superar las hazañas de una auténtica guerrera de carne y hueso.

Un mundo de mujeres

Lo femenino como «engendro de maleficios»

En la mitología griega encontramos toda una serie de seres femeninos maléficos y monstruosos, como si la maldad fuera inherente a lo femenino desde la noche de los tiempos. Así, Hesíodo (siglo VIII a.C.) menciona en la Teogonía a las vengativas keres (Homero alude a ellas en la Ilíada y en la Odisea), horrendas criaturas infernales que se alimentan de sangre humana y que solo traen destrucción, desgracia y muerte violenta.

Luego están las moiras, personificación del destino y que persiguen los delitos cometidos por hombres y dioses, y que no dudan en aplicarles amargos castigos. Hijas de la «funesta noche» surgen Némesis, diosa del castigo celeste, y Eris, diosa de la discordia. Hesíodo cita también a las tres gorgonas, engendros malignos; Medusa es la más famosa. Describe a una ninfa monstruosa, Equidna, mitad mujer y mitad serpiente, madre de numerosos monstruos y esposa de Tifón, el más temido de los monstruos que Zeus consiguió vencer después de una lucha despiadada.

Las temibles erinias y harpías completan en parte este catálogo del horror.

A ver quién les tose a estas diosas

Por otra parte, la mitología griega creó el empoderamiento femenino con la omnipresencia de las diosas. Poderosas y astutas, derrocan a todos sus semejantes varones, que nos parecen lamentablemente estúpidos en comparación. Siguiendo a Hesíodo en su Teogonía, las diosas fueron las causantes de las primeras rebeliones del mundo. Nada de callarse y aceptar pusilánimes el yugo de las divinidades masculinas. En efecto, Gea (Gaia), deidad primordial y diosa de la Tierra, se sublevó contra su esposo, Urano, empujando a su hijo Cronos a castrarle con una hoz. Rea, hija de Gea, se venga de su cónyuge-hermano, Cronos, que se tragó a todos sus hijos, Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón, al nacer. Después de dar a luz a Zeus, lo escondió en la isla de Creta y, mediante una estratagema que elaboró la propia Gea, forzó a Cronos a que ingiriera una piedra oculta en pañales, engañándole burdamente. Más tarde, Zeus le hizo beber un veneno y Cronos regurgitó a todos los hijos de Rea. Posteriormente, con la ayuda de sus hermanos, Zeus derrocó a Cronos y a los titanes, y los encerró en el Tártaro.

Entre los doce olímpicos, sin duda destacan el trío de las temibles y veneradas diosas Hera, Atenea y Artemisa.

Hera, reina de los dioses, divinidad protectora de las esposas y del hogar, persigue con saña a las amantes de su infiel marido, a quienes a menudo castiga con la muerte. Zeus, un seductor compulsivo y un adúltero incorregible, teme mucho que Hera lo pille IN FRAGANTI en sus aventuras amorosas. No se atreve a enfrentarse a su terrorífica ira e intenta continuamente zafarse de su lado, pues ante ella se amilana. Ambos se enzarzan en continuas peleas matrimoniales que provocan las constantes infidelidades de Zeus. Muy celosa, su venganza era implacable.

Por su parte, Atenea es la diosa de la guerra y la sabiduría; nació de la cabeza de Zeus. Personalmente la considero la deidad más poderosa del panteón griego.

Por último, Artemisa, la cazadora, es la Señora de los Animales (Potnia Theron); su grandioso templo en Éfeso fue considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Defensora a ultranza de la virginidad, mata a cualquier hombre o cosa que se le parezca si se acerca demasiado (el único que no está de acuerdo con esta visión es Cicerón, que le atribuye la maternidad de Eros).

La culpa fue de ella…, después de él

Había que encontrar un chivo expiatorio a todas las calamidades humanas… y los griegos de la Antigüedad no se lo pensaron dos veces: se las atribuyeron a la mujer. Así, en su Teogonía (si bien no lo dice tan explícitamente) y en los Trabajos y días, Hesíodo achaca a Pandora el origen de los infortunios del hombre y de la humanidad. Cuando Prometeo robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, Zeus, iracundo, ideó una venganza letal: la creación de la mujer.

A esta mujer, que recibió dones de todos los dioses, la llamó Pandora, pues sería la perdición de los hombres, que se alimentan de pan. De la jarra que portaba salieron todos los males que hasta entonces no habían tenido que soportar, como la fatiga y las enfermedades, y solo quedó dentro la esperanza.

Helena de Troya, que antes
lo fue de Esparta, ¿culpable o no?

A Helena de Troya se la suele culpar de la legendaria guerra de Troya, un mortífero combate entre los aqueos de Agamenón y los troyanos del rey Príamo y sus aliados. Paris, uno de los hijos del rey Príamo, se había enamorado de Helena y decidió raptarla en el transcurso de un viaje a Esparta, mientras su esposo, Menelao, se encontraba en Creta.

Lo cierto es que, previamente a dicho rapto, Paris había sido elegido por Zeus para arbitrar un extraño juicio: se trataba de elegir quién, de las tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita, merecía una manzana de oro por ser la más hermosa. Las tres divinidades intentaron entonces seducirle con diferentes dones. Hera le ofreció el poder, Atenea le prometió la sabiduría y Afrodita le aseguró que conseguiría el amor de la más bella mujer del mundo. Paris no se lo pensó dos veces y eligió a Afrodita, que lo recompensó con el amor de Helena…, cosa que acabó por desatar la guerra de Troya. El conflicto se prolongó durante diez años, si bien la Ilíada solo narra los acontecimientos de algunas semanas durante el último.

La Ilíada empieza con la cólera de Aquiles contra Agamenón…, también por un asunto de mujeres. El adivino Calcas había dictaminado que la peste que asolaba el campamento de los aqueos se debía a la actitud de Agamenón, pues este no quería devolver a su concubina Criseida a su padre, que había implorado el auxilio de Apolo. Entonces el dios había desatado la temible plaga, diezmando las filas de los griegos. Acorralado, Agamenón tuvo que dejar marchar a Criseida para librar a su ejército de la funesta epidemia. Sin embargo, se apoderó de Briseida, que «pertenecía» a Aquiles. En ese momento se desató la ira del héroe que exigió que le fuera devuelto su «botín» y en señal de protesta decidió retirarse de la contienda hasta no obtener satisfacción. Así pues, otra vez, el origen de las desgracias de aquellos hombres había que buscarlo en una mujer… objeto de sus deseos.

Pero volvamos por un momento a Helena. La todopoderosa diosa Hera la culpa de ser la causante de la guerra. Tal juicio lo comparte un grupo de ancianos consejeros de Príamo. No obstante, él no está de acuerdo y la defiende y culpa a los dioses. Así pues, si en la Ilíada algunos imputan a Helena todos los males de aquella guerra, otros la disculpan.

Pero hubo otros defensores suyos. Para el poeta Estesícoro (ca. 630-ca. 555 a.C.) en su palinodia, Helena nunca estuvo en Troya. Un argumento que retoma el historiador Heródoto, que añade que Homero manipuló la «auténtica» historia de Helena para hilvanar su relato con más dramatismo. Asimismo, los grandes poetas trágicos debatieron acerca de la responsabilidad de Helena en dicho conflicto. Esquilo, en su Agamenón, no se anda por las ramas y le imputa ser la causante de las hostilidades. En Las troyanas, de Eurípides, Menelao exime a Helena de cualquier culpa, no la sanciona y se reconcilia con ella. En otra obra de Eurípides, Helena, se alega, siguiendo la estela de Estesícoro, que Helena jamás estuvo en Troya, pues solo apareció allí «su doble» de índole divino, mientras que la Helena de carne y hueso se hallaba en Egipto. De tal modo se podía decir que la guerra de Troya fue causada por un espejismo y que la hermosa Helena quedó así absuelta mediante un auténtico tour de passe-passe…

Una adolescente pensativa

En un bajorrelieve de mediados del siglo V a. C. expuesto en el museo de la Acrópolis de Atenas, descubierto en 1888 entre sus vestigios, una joven guerrera parece leer, pensativa, un texto grabado sobre una estela rectangular que, sin embargo, no lleva ninguna inscripción. Viste un peplo y ciñe un casco corintio, adornado de una amplia cimera, levantado sobre la coronilla. Su cuerpo inclinado hacia delante revela púdicamente la redondez de los senos. Posa una mano en la cadera mientras con la otra sujeta una lanza, casi sin apretarla. Los dedos de su pie izquierdo tocan levemente el suelo. A pesar de la postura inestable, el artista anónimo ha logrado transmitir una sensación de equilibrio y de inconmensurable belleza. La obra, de carácter intimista, desprende un halo de misterio enmarcado en una escena enigmática. El semblante de la joven, plasmado de perfil, no refleja emoción alguna; ella permanece absorta en una profunda meditación, alejada del mundanal ruido.

La obra fue objeto de interpretaciones dispares por los historiadores de la Grecia antigua. Se conjeturó que la base de este monolito llevaba un ex voto cuyo significado borró el paso del tiempo. Sin embargo, la mirada de la joven se dirige hacia más abajo, donde quizá aparecían unas indicaciones contables sobre el costo de la edificación del Partenón. Otra interpretación se refiere al sentimiento de tristeza que se desprende de la obra en relación con una lista de soldados muertos en combate cuyos nombres figuraban en la estela. Pero, muy probablemente, en realidad, el pedernal que observa la joven era el poste de una competición de atletismo, sagrada para los griegos, donde se manifestaba la voluntad divina mediante la elección del vencedor.

Esta joven es la diosa Atenea.

Nada nos impide imaginar que Atenea estaba cavilando en esta estela sobre el modo de crear una estirpe de mujeres guerreras o, por lo menos, de convertirse en su arquetipo para reequilibrar las cosas con los hombres. Atenea, la todopoderosa diosa guerrera… y amante de la paz. En La ciudad de Dios, de san Agustín, encontramos el extraño motivo por el cual las mujeres fueron castigadas con la pérdida de sus derechos civiles: haber elegido a una diosa como soberana de su ciudad, Atenas. Minerva (Atenea) ofreció a la ciudad un árbol de la oliva; Neptuno (Poseidón) ofreció una fuente de agua. Cuando llegó el momento de la votación para elegir a su dios, las mujeres votaron a Atenea y los hombres a Poseidón, pero, al ser ellas una más, se alzaron con la victoria. Poseidón, enfadado, devastó las tierras atenienses, y estos, para aplacar su ira, les quitaron el sufragio a sus mujeres.

La conclusión de san Agustín, cuya misoginia es manifiesta en toda la obra, es que el voto o la elección de las mujeres es malo y acarrea siempre funestas consecuencias. Sin embargo, Heródoto es mucho más escueto al respecto y no menciona en absoluto dicha pérdida de la ciudadanía de las mujeres por culpa de un supuesto castigo divino. El hecho es que Atenea se impuso como la diosa poliada de Atenas. Su majestuoso templo se alzaba sobre la Acrópolis, promontorio del poder y de lo sagrado. En el siglo V a. C., Fidias realizó la impresionante escultura criselefantino de Atenea Pártenos, que medía once metros y medio de altura y cuyo testimonio nos transmitió Pausanias (siglo II d. C.) en su Descripción de Grecia. Cada año, en verano, se celebraban las festividades de la Panateneas, dedicadas a Atenea; era el evento religioso, deportivo y cultural más solemne y prestigioso de la ciudad. La paradoja es que, si Atenea como protectora y guardiana regía los designios de la ciudad, esta quedaba supeditada al poder de los hombres, que monopolizaban los poderes políticos, excluyendo a las mujeres.

Un mundo de hombres… cuyo ídolo era una mujer, por diosa que fuera.

Atenea es una diosa virgen (Atenea Pártenos) que rechaza el matrimonio y la maternidad, como Artemisa y Hestia, valores antinómicos de los griegos. Asimismo, es una «joven» que encarna la andreia (‘virilidad’). En tanto que divinidad guerrera, simbolizaba las virtudes y cualidades del ciudadano-hoplita que debía defender la ciudad en el campo de batalla. Nació armada de la cabeza de Zeus con casco, lanza, escudo y coraza (la égida). Si Atenea ocupa un lugar destacado en las representaciones cívicas de la ciudad es por su vinculación con el mito fundador de la autoctonía, que, de hecho, convertía a todos los atenienses en hermanos nacidos de una misma madre, la tierra ática. Atenea fue la «madre adoptiva» e inclusive el «padre social» de Erictonio, primer ancestro verdaderamente humano de los atenienses y cuarto rey legendario de Atenas nacido de Gea. Según Apolodoro, Atenea fue perseguida por Hefesto, que quería poseerla; sin embargo, ella consiguió zafarse, aunque el dios eyaculó sobre su pierna. «Asqueada», se limpió el semen con un trozo de lana que arrojó al suelo. De aquella simiente nació Erictonio, que ella crio a escondidas de los demás dioses en su santuario. Le confirió un reconocimiento cívico y la legitimidad de sus derechos políticos, papel que era atribuido al padre.

Sin duda, las características de Atenea como protectora eran las más destacadas. Así en la tragedia Ion, de Eurípides, Atenea entrega a Erictonio un amuleto de forma ofidia, que encerraba dos gotas de sangre de la Gorgona. Una era un potente veneno; la otra constituía un antídoto que alejaba las enfermedades (además, era un alimento vital). La diosa se revela, pues, como un poderoso talismán que aleja todos los males.

En la Acrópolis existía un templo para el culto de Atenea Hygieia, en tanto que deidad de la salud. Por extensión, Atenea se convirtió en la «nodriza», la educadora y la madre de todos los atenienses, si bien su feminidad era ambigua. A veces, el estatus de madre de Atenea se manifiesta de un modo más bien cómico, como en la Ilíada, en un momento en el que Ajax y Ulises compiten en una carrera. Este último implora la ayuda de Atenea para vencer a su contrincante; la diosa acude en su ayuda y hace tropezar a Ajax, que se da de bruces contra las boñigas de buey esparcidas en el camino. Avergonzado y enojado, declara que la diosa, que siempre asistía a Ulises, le ha trabado los pies.

Sin embargo, no podemos convertir a Atenea en una gran diosa matriarcal, pues no es una divinidad de la maternidad ni de la fertilidad a imagen de otras diosas del panteón griego. Su carácter «maternal» solo se entiende a la luz de su dimensión cívica y marcial.

Atenea, protectora de Esparta

Desde la época arcaica (siglo VIII a. C.), Atenea fue una de las diosas más importantes de Esparta; su culto pervivió hasta la época romana. Era honrada por sus cualidades guerreras y como protectora; se le profesaba fe por todas partes. Se le consagraron catorce lugares de culto. En su templo, en la Acrópolis de Esparta, se la veneraba como Poliouchos, «protectora de la ciudad», y Calcioikos, «morada de bronce», debido a la estatua y a los relieves de bronce de su templo, según relata Pausanias. Si bien tal epíteto se refiere a algunos elementos de su santuario, hechos con metales, destaca esencialmente el carácter militar de la diosa, revestida con el bronce de los guerreros.

En Esparta, la virtud guerrera de Atenea era de suma importancia, visto que la sociedad se fundamentaba esencialmente en la dimensión militar. En este sentido, el culto de Atenea desempeñaba una función sustancial en las diferentes etapas de la formación cívica y militar de los jóvenes espartanos destinados a convertirse en guerreros. Presidía los ritos de paso de la adolescencia a la edad adulta. En tiempos de guerra, se realizaban sacrificios a Zeus y a Atenea para asegurar la victoria de Esparta, según relata Jenofonte en la Constitución de Esparta, donde resalta la envergadura de la diosa en los conflictos bélicos, pues «decreta» la guerra y acompaña a los espartanos en campaña. La singularidad del santuario de Atenea Calcioikos era la de acoger a los soberanos legítimos injustamente acusados de fomentar disturbios políticos que amenazaban la estabilidad de la ciudad; tales soberanos recurrían al derecho de asilo en el templo de la diosa. El culto a Atenea permaneció en Esparta hasta el siglo IV; fue una reminiscencia pagana en una época en la que imperaba el cristianismo como religión de Estado. Entonces, la todopoderosa diosa desapareció vencida por un «dios» crucificado.

Nacimos para luchar: las amazonas

Nosotras más que nadie

Mujeres, guerreras y bárbaras. He aquí una tríada que alimentó numerosos mitologemas y mitemas de los griegos de la Antigüedad, en un intento de exorcizar sus propios temores, fantasías y fantasmagorías, pues los mitos son inseparables de las sociedades que las forjaron. Por su naturaleza, las amazonas simbolizaron para los griegos una transgresión de sus normas sociales y políticas, una inversión antropológica intolerable, antagónica de su concepción del mundo y su cosmovisión patriarcal.

Sin embargo, estaban fascinados por estas mujeres guerreras, aunque no podemos obviar la implícita dimensión erótica. Las amazonas, hijas del dios Ares, según los mitógrafos, intrépidas luchadoras que recorrían las estepas a lomos de un caballo y que manejaban con destreza el arco y la espada, constituyeron un reto y una incomprensible alteridad para la mentalidad griega. Simbolizaban la dicotomía entre lo femenino salvaje y lo masculino, que representaba la cultura.

Para Heródoto, las amazonas no podrían vivir en sociedades griegas, pues no habían aprendido las labores propias de las mujeres, sino a disparar el arco, tirar jabalinas y montar a caballo. Solo se casarían con un griego si este abandonaba sus propiedades y se marchaba a vivir con ellas.

No obstante, las amazonas poseen caracteres inherentes de la cultura griega y no eran del todo «bárbaras», pues sus nombres y sus dioses no dejaban de ser griegos. Además, aunque sustituían a los hombres en la guerra y en la vida pública, continuaban siendo mujeres y madres que criaban a sus hijas (rechazaban, eso sí, a los niños). A menudo, se las describió con términos idénticos a los que se aplicaban a los héroes.

Algunos historiadores como Heródoto, Diodoro de Sicilia y Plutarco parecen concederles una realidad histórica. Otros, como Paléfato o Estrabón, para quien la existencia de un pueblo constituido exclusivamente de amazonas era sencillamente una aberración, lo niegan rotundamente.

Se las mencionó por primera vez en la Ilíada; su recurrencia en la literatura y en el arte de la Antigüedad es casi omnipresente. Después de Homero, el mito de las amazonas aparece en La Etiópida, de Arctino de Mileto, un poema épico formado de cinco libros (es una obra hoy desaparecida). El poema empieza cronológicamente donde acaba la Ilíada, con la llegada a Troya de la reina Pentesilea y de sus amazonas, después de la muerte de Héctor. Deciden entonces luchar junto con los troyanos. Pentesilea se comporta como una heroína en el campo de batalla, pero, a pesar de sus proezas, sucumbe ante Aquiles. Su trágica muerte constituye un hecho crucial que en gran parte influenció en la versión del mito de las amazonas descrita por autores posteriores. Apolodoro de Atenas (siglo II a. C.) añade que Aquiles se enamoró de Pentesilea después de darle muerte. Siglos más tarde, Quinto de Esmirna (que vivió a caballo entre los siglos III y IV d. C.) relata el combate épico de Pentesilea contra Aquiles en sus Posthoméricas, poema en catorce libros cuyo propósito era reanudar la Ilíada donde lo había dejado Homero. Aquí también, Aquiles, después de vencer a Pentesilea en un duelo a muerte, se enamoró perdidamente de ella, subyugado por su belleza divina.

En su Biblioteca histórica, Diodoro de Sicilia (siglo I a. C.) se propone profundizar en el «conocimiento» de las amazonas; escribe sobre sus orígenes, sus costumbres, sus guerras y sus conquistas. Vivían en una gran ciudad a la desembocadura del río Termodonte (Capadocia), como un pueblo de poderosas mujeres guerreras gobernado por una reina que pretende ser «hija de Ares». Añade que la reina adjudicó a los hombres los trabajos de hilar y las labores de las mujeres en las casas. Introdujo leyes por las cuales dirigió a las mujeres a los combates bélicos y asignó a los hombres la humildad y la esclavitud. Sin embargo, lo que sin duda hizo correr ríos de tinta, vinculando grotescos estereotipos que han permanecido durante generaciones en el inconsciente colectivo, fue la descripción que hizo de algunas de sus características. Decía que a las hembras les quemaban el pecho derecho para que no les molestara en las batallas. Tales elucubraciones fueron recogidas con gran fortuna en obras literarias de toda índole, aunque en el arte griego las amazonas jamás fueron representadas con un seno mutilado.

El nacimiento de las ciencias de la Antigüedad y las amazonas

A partir del Renacimiento y de las legiones de humanistas que trajo consigo, florecieron las investigaciones de toda índole respecto a la Antigüedad. Sin embargo, habría que esperar al siglo XVIII para que empezaran a constituirse disciplinas con ramas específicas (historia, filología, arqueología, etc.). En este sentido, cabe mencionar que, en el transcurso de la campaña de Egipto, el 22 de agosto de 1798, Bonaparte fundó el Instituto de Egipto. En el siglo XIX, todas estas materias conformaron lo que los alemanes englobaron bajo el nombre Altertumswissenschaft (‘ciencias de la Antigüedad’). Enseguida nacieron en las universidades más prestigiosas las Classischen Altertumswissenschaft, es decir, las asignaturas que se dedicaban al estudio de la Antigüedad y que se dividían en cuatro grupos principales: Grecia, Roma, Egipto y Oriente.

En relación con el estudio de las amazonas, en el siglo XIX, destacaron tres eruditos alemanes: Georg Friedrich Creuzer, Karl Otfried Müller y Johann Jakob Bachofen. Según Creuzer, las amazonas fueron un pueblo histórico oriundo del Cáucaso. Veneraban a la Luna (en el idioma caucásico, la Luna se pronunciaba «maza») y a la diosa Artemisa en Éfeso. Müller, arqueólogo, filólogo clásico e historiador de la Antigüedad, propuso otra tesis sobre las amazonas y las relacionó con los dorios, pueblo originario del norte de Grecia, que habría invadido el Peloponeso hacia 1200 a. C., junto a algunas islas del Egeo y parte de la costa de Asia Menor. La supuesta invasión de los dorios, hoy en día muy debatida por el conjunto del mundo académico, habría «regenerado» a la civilización egeomicénica en plena decadencia económica y militar. Menos de un siglo después de su fallecimiento, los seudoantropólogos nazis se apoderaron de los planteamientos de Müller para impulsar su idea de superioridad de las razas del norte sobre las demás, alegando en sus desvaríos que la «raza germánica» engendró a Grecia. Sin embargo, volviendo a nuestras amazonas, Müller consideraba que no eran sino prostitutas procedentes de «Oriente», cuya nefasta influencia y antagonismo con los valores griegos habría pervertido la civilización griega de aquel entonces.

Sin embargo, fue Bachofen quien propagó con éxito el mito del matriarcado establecido por las amazonas, algo que carece de todo fundamento histórico y que, no obstante, gozó de una considerable popularidad; de hecho, en nuestros días ha sido recuperado por feministas exaltadas y ecologistas que pregonan el regreso a la todopoderosa «Madre Naturaleza». Asimismo, un historiador de la altura de Rostovtzeff (1870-1952) dio crédito a la existencia de las amazonas, que localiza en el área del mar de Azov (noreste de la península de Crimea).

En el transcurso de los siglos XX y XXI, las excavaciones arqueológicas en Ucrania y en Rusia han sacado a la luz varias sepulturas de guerreras del siglo VI a. C. entre el Don y el Volga. Sin embargo, tal y como aclara el historiador francés de origen ucraniano Iaroslav Lebedynsky (renombrado especialista mundial de las culturas guerreras de la estepa y del Cáucaso antiguo), no se trataba de las amazonas de los mitos. Dichas mujeres sármatas o escitas, pueblos nómadas de origen iranio, acompañaban a los hombres a la guerra y luchaban a su lado. La historiadora estadounidense Adrienne Mayor, en su libro Amazonas, guerreras del mundo antiguo las sitúa también en Escitia, territorio que se extendía aproximadamente desde el mar Negro y el Cáucaso hasta Kazajistán y el sur de Rusia. Ambos autores, junto con otros muchos investigadores en la materia, siguen, pues, a Heródoto, que ubicaba a las amazonas en estas regiones.

Respecto a estas guerreras de las estepas de Asia Central, Heródoto narra la gesta de Tomiris, reina de los maságetas, un pueblo nómada iraní asentado entre el mar de Aral y el mar Caspio. Cuenta que Ciro II el Grande, fundador del Imperio aqueménida, quiso casarse con ella. Sin embargo, la reina rechazó su oferta porque no la pretendía a ella, sino al reino de los masagetas. Ciro movilizó entonces a su ejército, allá por el año 530 a. C., e hizo prisionero al hijo de Tomiris, Espargapises, que, avergonzado por la afrenta de caer preso, se suicidó. Tomiris acabó por vencer a Ciro, que murió en la batalla. Sin embargo, Jenofonte asegura en su Ciropedia que este murió pacíficamente en su cama, en la capital, Pasargada. Sea como sea, en la Antigüedad se escribieron muchas otras versiones acerca de su fallecimiento. Asimismo, no tenemos prueba alguna de la existencia de Tomiris, si bien para los autores antiguos fue un personaje real.

Un mar de etimologías

Hubo etimologías fantasiosas que intentaron conceder un marchamo de realidad histórica a las amazonas para tratar de explicar lo inexplicable. Hipócrates fue el primero en considerar que carecían de un seno (a-mazos o a-mastos). Sin embargo, la tradición iconográfica griega representa a las amazonas con los dos pechos. El historiador romano Herodiano hizo hincapié en su régimen alimenticio, desprovisto de pan (a-maza), y subrayó aquí su carácter «bárbaro», inferior a la civilización griega. Por otra parte, las amazonas tendrían una filiación directa con la sacerdotisa de Artemisa, Amazo. Asimismo, existe el adjetivo Amazonikè como epíteto de Artemisa. Su cinturón (ama-zoonais), obsequio del dios Ares, constituye un atributo fundamental de su condición de guerrera.

Por otro lado, según estableció el lingüista francés Pierre Chantraine, también se ha hablado de la posibilidad de una procedencia iraní, según la cual el término ha-mazan significa «guerrero», una tesis que, no obstante, es bastante controvertida. Heródoto califica a las amazonas de «asesinas de hombre» (Oiorpata), según una etimología totalmente aberrante que procedería de los escitas: oior (‘hombre’) y pata (‘matar).

En la Ilíada, a las amazonas se las calificaba como antianeirai, que significa «equivalente de los hombres». Hay que subrayar que se emplearon numerosos prefijos griegos para acentuar sus peculiaridades. Encontramos la raíz hipp- para resaltar su habilidad con los caballos (como la reina Hipólita); anèr-, andr, que destaca su virilidad, o anti, con el que se acentúa su oposición a los hombres (Antianara, sucesora de la reina Pentesilea).

Esta brevísima disquisición acerca de fuentes etimológicas solo demuestra una cosa: los griegos contaban con una imaginación desbordante.

Feroces guerreras

Hacia finales del siglo VIII a.C., las amazonas aparecen en la pintura de los vasos áticos de figuras negras y se convierten en un recurrente tema iconográfico muy popular a partir del siglo VI a. C. Por aquel entonces, un famoso pintor, designado como el pintor de Antimenes, autor de unas ciento cincuenta obras, retrató el noveno trabajo de Hércules, durante el transcurso del cual el semidiós tuvo que luchar contra las amazonas para robar el cinturón de su reina Hipólita.

Siguiendo los cánones vigentes, Antimenes representó sus atuendos exactamente como si fueran hoplitas griegos: llevan un casco ático con penacho, una coraza, cnémidas (hojas de bronce que protegían las tibias), un hoplon (escudo redondo), una espada y una lanza. Además, visten un quitón, prenda sumamente popular en la Grecia antigua. Sin embargo, hacia finales del siglo VI a. C., los pintores abandonan el modelo hoplítico de representar a las amazonas; pasan a retratarlas con aspecto de guerreros tracios y escitas, algo que se generaliza en la cerámica de los vasos de figuras rojas. Pintadas con leotardos coloreados y ajustados (anaxyrides), llevan un gorro frigio o uno de piel de zorro (alopekis), característico de la indumentaria tracia. Su armamento se distingue nítidamente del hoplita griego: aparecen con un pequeño escudo ligero con forma de medialuna (péltē); un hacha de una hoja (sagaris o labrys) o bien de doble filo, una lanza y el arco escita.

«Las vencimos por poco»… Héroes contra amazonas

Para Homero, las amazonas eran iguales a los hombres. Por su parte, Apolonio de Rodas (siglo III a. C.), en sus Argonáuticas, cuenta que los argonautas se lo pensaron dos veces antes de enfrentarse a ellas. Los héroes griegos no menospreciaban el peligro que suponía una expedición contra estas mujeres y adoptaron muchas precauciones para minimizar los riesgos y aumentar sus posibilidades de éxito en la batalla.

En Heracles, de Eurípides, el héroe epónimo elude combatirlas en grupo. Opta por contar con el auxilio de otros guerreros. Según Apolonio de Rodas, Heracles les tiende una trampa. Píndaro expone que Belerofonte tuvo que subirse a lomo de su caballo alado Pegaso y desde las «alturas» vencer a las amazonas, pues de otro modo era imposible. Una táctica bastante cobarde, por cierto. En fin, que todo esto está lejos de ser glorioso…

En su noveno trabajo, Heracles tenía que apoderarse del cinturón de Hipólita, reina de las amazonas. Según la versión de Pseudo-Apolodoro en su Biblioteca mitológica, llegado a la desembocadura del río Termodón, fue recibido por la reina de las amazonas, Hipólita, que, encandilada por su belleza, estaba dispuesta a regalarle su precioso cinturón. Sin embargo, la diosa Hera, que se la tenía jurada a nuestro héroe, materializándose en una amazona, hizo correr la voz entre las suyas de que, en realidad, Heracles solo quería secuestrar a la reina. Estas le atacaron de inmediato. Creyendo que la hermosa reina le había traicionado, la mató despiadadamente, le robó el cinturón y se enfrentó a sus guerreras. Sin embargo, según otros mitógrafos, las cosas no sucedieron de este modo. Para Apolonio de Rodas, Heracles raptó a la hermana de la reina y exigió el cinturón como rescate.

Encontramos otros relatos donde Teseo se apodera del cinturón y se lo ofrece a Heracles, que, en cambio, se lo regaló a Antíope (como si fuera un intercambio de cromos). En su descripción de Grecia, Pausanias cuenta que Antíope se había enamorado de Teseo. El hecho es que abandonó a su pueblo para vivir con Teseo en Atenas. Para los mitógrafos, se trataba de demostrar la superioridad de la civilización griega sobre las amazonas media «salvaje». Aquellas invadieron el Ática en represalia e intentaron rescatar a Antíope, que falleció luchando contra ellas junto a Teseo.

La otra lectura del mito de las amazonas pone de relieve un punto esencial: su rechazo del matrimonio y su negativa férrea a someterse a cualquier hombre, cosa que constituye una antítesis radical de las normas sociales griegas. En este sentido, el cinturón tiene un evidente significado sexual. Para la reina de las amazonas, perderlo equivalía a entregar su sexualidad, a ser sometida. No obstante, el cinturón simbolizaba también el poder real de la reina, su estatus de monarca. Los héroes griegos, mediante sus «gestas», habrían arrebatado el poder regio a las amazonas, que respondieron a los constantes ataques con expediciones en las que buscaron saciar su sed de venganza. Pero, por otra parte, también emprendieron conquistas muy lejos de su reino. Pausanias, geógrafo e historiador griego del siglo II, que admitía la existencia histórica de las amazonas, sitúa la tumba de Antíope en Atenas. Alude también a otras sepulturas de amazonas en diversas regiones de Grecia: en Mégara, en Beocia, en Calcis, en Tesalia y en Troya.

Así, Diodoro de Sicilia narra como Mirina, reina de las amazonas, venció a los atlantes y se adueñó de su ciudad. Posteriormente, conquistó Libia y parte de Egipto, antes de morir. Ya hemos visto que las amazonas habían acudido a Troya para auxiliar al rey Príamo. La iconografía de la «amazonomaquia», que aparece retratada en los relieves de algunos de los monumentos más insignes de la antigua Grecia (entre los cuales el Partenón), manifiesta el profundo impacto del mito de las amazonas que subyugó a los griegos. Un mito que sigue fascinando hoy en día, como la visión de un tiempo inmemorial en las edades del inconsciente.

En busca de un pasado mítico

Si los aedos y rapsodas de la época preclásica se esforzaron por rescatar el pasado a través de relatos épicos que contribuyeron a forjar una memoria colectiva, era ante todo con la idea de conjurar el olvido, pues los griegos de la Antigüedad siempre anhelaron conocer el significado de su pasado para atribuirse una homogeneidad como pueblo, enraizado en un lejano origen.

La pregunta sobre la realidad histórica de las amazonas, inseparable del cuestionamiento que se hicieron los griegos acerca de la autenticidad de la gesta de sus héroes en tanto que expresión de una sociedad civilizada frente a la apabullante alteridad de estas guerreras, obnubiló a los historiadores en la Antigüedad.

En su libro ¿Creyeron los griegos en sus mitos?, Paul Veyne expone que la percepción que los griegos tenían de la «verdad» era sensiblemente diferente de la nuestra. Si los historiadores antiguos, salvo Heródoto, admitieron la realidad de la guerra de Troya tal y como la relata Homero, es porque, a su entender, descansaba sobre una tradición que consideraban indiscutible. En este sentido, Heródoto fue una voz discordante que no solamente desautorizó a Homero, sino que además quiso ningunearle. Así consta en su Historia libro I (Clío), donde, para referirse a los orígenes de la guerra de Troya, no menciona a Homero, sino a los doctos persas. Para Tucídides, no es posible un «conocimiento perfecto» acerca de las épocas más remotas y se puede hablar únicamente de indicios, tekmêria.

Solo el presente garantiza un relato veraz que pueda comprobarse.