Capítulo 1

Capítulo 1

La transformación tuvo lugar sobre las dos y veintitrés de la mañana, hora estándar del Pacífico. Hasta donde yo sé, todos los que se encontraban en el interior de algo murieron al instante. Tener un techo de cualquier tipo sobre ti, significó una muerte segura. Eso incluía a las personas que estaban dentro de coches, aviones o del metro. Incluso de tiendas de campaña o de cajas de cartón. Mira, quizá hasta de una sombrilla también. Aunque lo cierto es que en este último caso no lo tengo tan claro.

No voy a mentir. Estoy celoso, sí. Estoy celoso de todos los que estabais dentro de algo, probablemente calentitos, durmiendo y soñando con cualquier tontería. Sois los que tuvisteis más suerte. Dejasteis de existir, sin más. Quedasteis hechos papilla cuando tuvo lugar la transformación.

Era martes, y el calendario marcaba el 3 de enero. Una terrible tormenta invernal había asolado el norte de Estados Unidos, y la mitad del país había quedado enterrada bajo la nieve y el hielo. En Seattle no había nevado mucho esa noche. Pero los termómetros marcaban temperaturas muy por debajo de los cero grados, algo poco habitual incluso para tratarse de enero.

Tengo claro que en otras partes del mundo, donde hacía más calor y quizá no era mitad de la noche, sobrevivieron muchas más personas. Muchas.

También apostaría cualquier cosa a que llevaban más ropa de la que llevaba yo cuando ocurrió el incidente. Y esos cabrones fueron lo bastante listos como para no caminar hacia la luz.

Yo no tuve elección. Como he dicho, las temperaturas eran muy bajas. Hacía un frío de tres pares de cojones y estaba fuera. Llevaba puesto un bóxer, una chaqueta de cuero y unas crocs rosa en las que casi no me entraban los pies.

También tenía en los brazos a una gata que no dejaba de bufar, arañarme, moverse y escupirme, una llamada Princesa Dónut la Reina Ana Rechonchita. Era una gata persa color carey que valía más que el dinero que yo ganaba en todo un año. Mi exnovia la llamaba Princesa Dónut, para abreviar. Yo me limitaba a Dónut.

Volvamos atrás unos diez minutos. Tampoco quiero ponerme muy pesado con el trasfondo de la historia, pero hay detalles que quizá sean importantes.

Me llamo Carl. Tengo veintisiete años. Después de pasar una temporada en la Guardia Costera de Estados Unidos, terminé trabajando como técnico marítimo, arreglando sistemas electrónicos de los yates donde los típicos comemierda ricos daban sus fiestas. Unos pocos días antes de que empezase todo esto, vivía con mi novia en el apartamento que teníamos en Seattle.

Se llamaba Beatrice. Bea. Había ido a las Bahamas con sus amigos para la típica fiesta de Año Nuevo. Lo que no me dijo es que también iba a ir su exnovio, pero me di cuenta muy rápido cuando vi una foto de ella sentada sobre su regazo en Instagram.

No soy una persona a la que le gusten los dramas, y tampoco son algo que lleve muy bien. Lo cierto es que me dio igual que me estuviese poniendo los cuernos o no. Me había mentido. Por eso, la llamé y le dije que nuestra relación había terminado. Le prometí que tendría todas sus cosas preparadas para que se largase de casa al volver del viaje. Sin drama alguno. Sin discusiones. Pero se había acabado.

Ella pidió a sus padres que viniesen a buscar a la gata, pero vivían al otro lado de la cordillera de las Cascadas y nadie iba a recorrer los pasos de montaña tal y como estaba el tiempo. Por eso, les prometí que cuidaría de Dónut hasta que Beatrice volviese de su viaje.

Y ahora, dejadme que os hable un poco más de Dónut, la gata. Como he dicho, es una de esas bolas de pelo esponjosas de cara achatada que suelen estar sentadas sobre el regazo de los villanos de una película de James Bond. Bea y yo compartíamos un apartamento de dos habitaciones, y una de ellas era la de la gata, para que veáis por dónde van los tiros. Específicamente, la habitación se usaba para guardar todas las bandas de tela de los premios a mejor gata del espectáculo, así como las de los premios a gata de raza más pura y la infinidad de trofeos y fotografías enmarcadas de ella sentada sobre una mesa, con el pelo engrifado y cara de pocos amigos, con Bea y uno de los miembros del jurado detrás. Bea tendría unas cincuenta fotografías de esas. La gata ganaba muchísimas bandas de tela, trofeos y fotografías cada vez que Beatrice la llevaba a uno de esos eventos. Y la verdad es que Bea llevaba a la puñetera gata a uno de esos casi todos los fines de semana.

La familia entera se dedicaba a criar gatos persas. Yo no tenía mucha idea de todo ese mundillo del espectáculo de gatos. Y tampoco quería involucrarme demasiado. Como he dicho, no me van los dramas.

Y otra cosa os voy a decir sobre las personas a las que les gustan los gatos, los gatos que van a ese tipo de eventos, específicamente…

No, mejor no. Paso de esa gente. Lo importante es que Bea y Dónut formaban parte de ese mundo que a mí no me interesaba lo más mínimo.

Nunca me he considerado un fan de los gatos, pero siendo sinceros, la verdad es que Dónut me gustaba de verdad. A esa gata le importaba un carajo la gente y todo lo que pasaba a su alrededor, algo con lo que me sentía muy identificado. Si Dónut quería sentarse en mi regazo mientras yo estaba dándolo todo con la Play­Station, pues se sentaba y punto. Si intentaba quitármela de encima, empezaba a bufar y a arañarme, para luego volver a colocarse sobre mí. Y luego se me quedaba mirando con esa cara arrugada como si me estuviese diciendo: «¿Algún problema?».

En más de una ocasión me habían dado ganas de estrangularla, pero no soy tan cruel. Además, terminé por respetar la constancia de esa pequeña monstruosidad. Algunos de mis amigos se reían de que pasase tanto tiempo con esa bola de pelo que probablemente valía más que lo que yo ganaba en todo un año, pero me gustaba. Me gustaba tener encima a esa cosa rechoncha.

Una de las normas incuestionables y no negociables de Beatrice era que no se podía fumar en el apartamento, por lo que después de la ruptura y de la discusión, me aseguré de fumar todo lo posible. Sí, sé que suena muy inmaduro. Pero es que hacía mucho frío afuera. A Dónut el humo no le gustaba nada, y el pelo siempre se le quedaba oliendo a tabaco, así que llegué con ella al acuerdo de entreabrir un poco la ventana siempre que encendiera un cigarrillo.

Y un día que me había despertado a las dos de la madrugada después de un sueño que me había dejado muy intranquilo, decidí que me apetecía fumar. Saqué la cajetilla, abrí un poco la ventana y encendí un cigarro.

Dónut, que se había pasado toda la noche durmiendo junto a mí en la cama, decidió que por primera vez en toda su vida felina le apetecía salir un poco y ponerse a explorar. Me saltó en el hombro y pegó un brinco desde la ventana del segundo piso hasta el árbol que había por fuera de mi apartamento. Sin más. Había abierto esa ventana muchas veces durante todo el año y nunca le había prestado ni el más mínimo interés. Pero esa noche, la noche más fría del año, esa maldita bola de pelo decidió ponerse en plan exploradora y escapar del apartamento.

Bajó del árbol y olisqueó la acera un par de veces, para luego darse cuenta de que hacía un frío que pelaba. La aventura terminó tan rápido como había empezado: volvió a subir por el tronco y se me quedó mirando desde los casi dos metros que separaban la ventana de la rama. La aventura la había dejado agotada, por lo que decidió que sería mejor no volver a arriesgarse a saltar al interior. En lugar de eso, se puso a maullar como una desquiciada.

Me pasé un buen rato insultando a la gata e intentando convencerla de que saltase otra vez dentro. Abrí la ventana al completo, lo que hizo que la brisa helada soplase por el interior calentito del apartamento. La gata peluda de color blanco, negro y beis se quedó allí sentada, maullando y refunfuñando, tanto que temí que uno de los vecinos terminase por despertarse y le pegase un tiro.

Yo había dejado las botas en la secadora que teníamos en el sótano del edificio y tampoco sabía dónde carajo estaban las zapatillas de correr. Por eso, tomé la decisión provisional, una de la que no tardaría en arrepentirme, de ponerme las crocs de mi exnovia, una chaqueta de cuero y salir corriendo del apartamento para ir a buscar a la gata. Una parte de mí no dejaba de repetirme: «Pero que le den por culo, ni que la gata fuese tuya. Que se congele, la muy petarda».

Pero, como he dicho antes, no soy una persona cruel. Por mucho que Beatrice se mereciese algo así, sé que le encantaba esta gata. Y la pobre y estúpida Dónut no tenía posibilidad alguna de sobrevivir ahí fuera durante mucho tiempo.

Además, que se había puesto a maullar como si alguien se estuviese comiendo a sus crías delante de ella.

Bajé corriendo las escaleras y salí al exterior, a la carrera en dirección al árbol que había entre la acera y el edificio. Me arrepentí de inmediato de no haberme tomado el tiempo necesario para vestirme como era debido. El aire helado no tardó en apoderarse de mis piernas y de mis pies.

Dónut estaba justo allí, sentada sobre el árbol y fuera de mi alcance, mirándome a mí y a la ventana abierta del apartamento. No había dejado de maullar. Una luz se encendió de repente en la primera planta del edificio. Solté un quejido. Era la de la señora Parsons, esa mujer gruñona que siempre se quejaba a la comunidad de vecinos.

—¡Dónut! —dije—. ¡Que vengas aquí, mierdecilla!

Extendí los brazos.

La gata podría haber saltado hacia ellos. Era algo para lo que la había entrenado. Siempre que agitaba una bolsa de golosinas de gato, ella saltaba sobre mí. A veces, hasta se me subía al hombro cuando hacía el típico «pspsps». Me arrepentí de no haber bajado una de esas bolsas.

En ese momento, se abrió la ventana de la primera planta.

—Por Dios, pero ¿qué está pasando ahí fuera? —gritó la señora Parsons al tiempo que sacaba la cabeza por la ventana. La anciana la llevaba envuelta en una especie de toalla, lo que le daba aspecto de swami. Tenía los ojos pequeños y relucientes centrados en mí.

—Carl, ¿eres tú?

—Sí, señora Parsons —dije—. Perdón. Se me ha escapado la gata e intentaba cogerla antes de que muera congelada.

—Pues yo diría que quien va a morir congelado eres…

La señora Parsons nunca llegó a terminar la frase.

Pum.

Ocurrió demasiado rápido.

El edificio quedó aplastado contra el suelo. Vi cómo ocurría. Tenía siete pisos y estaba ahí frente a mí, para terminar por desaparecer por completo un segundo después. Bueno, lo cierto es que no había desaparecido. Estaba mirando a la señora Parsons cuando ocurrió, y me dio la impresión de que algo lo había machacado contra el suelo, como si una gigantesca bota cósmica hubiese aplastado una enorme lata también cósmica. Lo había visto. Y también lo había oído. El viento sopló contra mí, y todo quedó a oscuras de repente. La farola que tenía a mi izquierda había desaparecido. También los edificios que me rodeaban. Los coches parecían haber sufrido la misma suerte.

Todo había dejado de existir, a excepción de los árboles, las bicicletas aparcadas y el ciclomotor de Marjory Williams, que aún tenía puesto el cepo debido a las normas de estacionamiento.

Eché un vistazo alrededor y me olvidé por unos instantes del frío que hacía. No veía prácticamente nada en la oscuridad de esa noche cerrada. En la distancia, en un horizonte que ahora alcanzaba a apreciar gracias a la ausencia de los edificios, vi un incendio.

El silencio era sepulcral.

—Pero… ¿qué cojones? —dije mientras empezaba a caminar en círculos.

A su alrededor quedaron en pie algunas cosas del todo fortuitas. Como el soporte para las bicicletas aparcadas. También había por ahí una señal de stop, pero la que tendría que estar a su lado había desaparecido por completo. No tenía sentido. En los lugares donde antes había coches aparcados, ahora solo había agujeros con forma de vehículo, como si los hubiesen empujado hacia el centro de la Tierra y hubiesen atravesado el asfalto.

Dónut saltó a mis brazos, que aún tenía extendidos. Miré a la gata sin tener muy claro qué decir.

—Pero… ¿qué cojones? —repetí.

Lo único que quedaba de mi edificio era un rectángulo de tierra removida y rocas.

Y luego la vi, justo al lado de mis pies.

La cabeza de la señora Parsons. Me costó un poco distinguirla en la oscuridad, pero al verla supe lo que era de inmediato.

En ese momento, lo entendí todo. Una cosa era que los edificios hubiesen desaparecido, pero había personas en el interior. Casi todos los habitantes de la ciudad, joder. Hasta la mayor parte de los sintecho dormían en albergues. Habían salido en las noticias y todo porque los habían juntado debido al frío extremo que estaba haciendo. Eran las putas dos de la madrugada de un lunes por la noche. Seguro que todo el mundo estaba en la cama. ¡Y eso era sinónimo de que habían muerto!

Seguí caminando en círculos como un imbécil, sin saber qué hacer. Empecé a sentir náuseas. Dónut empezó a retorcerse al comprobar que no tenía sentido seguir en mis brazos. Me clavó las garras, pero no la solté.

Después oí la voz. Era una voz robótica y masculina.

Fue como si me hablase directo a la mente, una sensación física, como si algo me rascase el cerebro. No lo hizo en mi idioma, pero la entendía igual. Cuando habló, también apareció el texto con las mismas palabras flotando frente a mí.

Atentos, humanos supervivientes.

—¿Qué? —pregunté en voz alta—. ¿Qué ha sido eso? ¿Quién está ahí? —Les di una patada a las letras flotantes, y una de las crocs que me quedaba pequeña salió despedida por los aires. Salté a la pata coja hasta ella y volví a ponérmela. Las palabras se movieron conmigo, siempre a escasos metros de mi cara.

Ni siquiera esas letras estaban en mi idioma. Se arrastraban frente a mis ojos aunque no hubiese pantalla alguna. Las conocía y era capaz de comprenderlas, como si llevase toda la vida leyendo caracteres de ese tipo.

Al no haber interpuesto un recurso formal para reclamar los derechos sobre minerales y otros elementos en el periodo correspondiente a cincuenta soles después del primer contacto, y de conformidad con las reglas del Sindicato, apartado 543 del Código de Reservas Elementales Valiosas, vuestro planeta ha sido tomado por la fuerza y se le están extrayendo todos los depósitos minerales solicitados por el regente planetario asignado.

Todos los interiores del planeta han quedado aplastados y todas las materias primas (orgánicas e inorgánicas) están siendo extraídas para cosechar los elementos solicitados.

De conformidad con la Ley de Recuperación de Materiales Extraídos, así como con el apartado 35 de la Ley de Protección de Especies Planetarias Nativas, todos los humanos supervivientes tendrán la oportunidad de reclamar la materia que han perdido. La Corporación Borant, a la que se le ha asignado la regencia de este sistema planetario, tiene permitido elegir cómo se llevará a cabo dicha reclamación, y ha elegido la opción tres, también conocida como la Mazmorra Planetaria de dieciocho pisos. La Corporación Borant conserva los derechos de transmitir, aprovechar y controlar todos los aspectos de la Mazmorra Planetaria y conservará dicho control en tanto que cumpla con las normas del Sindicato para la reclamación de recursos planetarios.

En caso de completar con éxito el decimoctavo piso de la Mazmorra Planetaria, la regencia de este planeta pasará a manos del vencedor.

Se ha creado y enviado al planeta una inteligencia artificial neutral, o sea, yo, que hará las veces de testigo y supervisará la creación de la Mazmorra Planetaria para garantizar que se cumplen todas las reglas y se adecúa a la normativa.

Por favor, prestad mucha atención a la información que voy a daros, ya que no la repetiré.

De conformidad con la Ley de Protección de Especies Planetarias Nativas, todos los materiales restantes, que se estima que se corresponden con el 99,999999 % de la materia cribada, están siendo reconvertidos para crear la Mazmorra Planetaria subterránea. El primer piso de la mazmorra se abrirá unos dieciocho segundos después de que termine este mensaje. Las entradas a dicho primer piso permanecerán abiertas durante una hora humana. Solo una hora. Una vez se cierren, no podréis entrar. Si lo hacéis, no podréis marcharos hasta que hayáis completado los dieciocho pisos de la Mazmorra Planetaria o hasta que cumpláis otros requisitos específicos.

Si decidís no entrar en la Mazmorra Planetaria, tendréis que sobrevivir por vuestra cuenta en la superficie de vuestro planeta, y es muy posible que esta sea la última comunicación que recibáis durante el resto de vuestra vida. Perderéis todo derecho a reclamar la materia y los elementos que habéis perdido, pero seréis libres de extraer minerales y utilizar cualquier recurso restante y natural que lleguéis a encontrar. La Corporación Borant os desea la mejor de las suertes y os da las gracias por esta oportunidad.

Aquellos que queráis ejercer vuestro derecho a reclamar los recursos, prestad atención.

Aparecerán 150.000 entradas en todo el planeta. Dichas entradas estarán bien señalizadas y quedarán a la vista. Si decidís entrar en el primer piso de la mazmorra, tendréis cinco rotaciones enteras de vuestro planeta para encontrar las escaleras que descienden al siguiente piso. Habrá 75.000 entradas al piso dos. 37.500 al piso tres. 18.750 al piso cuatro. 9.375 al piso cinco y 4.688 al piso seis. El número de entradas disponibles a los niveles inferiores seguirá reduciéndose a la mitad redondeando hacia arriba hasta alcanzar el decimoctavo piso, que solo contará con dos entradas y una salida.

Los mazmorreros que decidan entrar en la Mazmorra Planetaria deberán encontrar la escalera y descender al siguiente piso antes de que acabe el tiempo estipulado de dicho piso. Una vez haya transcurrido el tiempo, el piso será reclamado y toda la materia presente en él, orgánica o inorgánica, se perderá para siempre. El botín generado y el resto de la materia que no se hayan recogido y reclamado podrán llevarse al mercado del Sindicato.

Cada uno de los pisos inferiores tendrá un tiempo de reclamación cada vez más largo. Cuando uno de los mazmorreros descienda al décimo piso, entrarán en juego unas reglas adicionales. Dichas reglas se explicarán cuando corresponda.

Si decidís entrar en la Mazmorra Planetaria, os recomiendo encarecidamente que busquéis y os dejéis aconsejar por un gremio de tutorial. Habrá varios gremios de tutorial diseminados por toda la extensión de los pisos uno a tres de la mazmorra.

Si tenéis alguna pregunta, o queréis interponer un recurso, tendréis que enviar dichas solicitudes por escrito a vuestra oficina del Sindicato más cercana.

Gracias por formar parte del Sindicato. Que tengáis un buen día.

Estaba tan desconcertado por todo lo que acababa de ocurrir que mi cerebro no fue capaz de procesar lo que había dicho la voz. Dejé de sentir las piernas. Llevaba en la calle demasiado tiempo y empezaba a correr peligro de morir congelado, o como poco de perder los dedos de los pies. Tenía que entrar en algún lado y tenía que hacerlo de inmediato.

Pero ya no había ningún sitio al que entrar. No había coches. Contemplé el incendio que seguía ardiendo a unas pocas manzanas de donde me encontraba. Tenía que acercarme a él. Rápido. Me giré y empecé a correr a una velocidad que me resultaba cómoda con esas crocs.

El viento, que no era más que una ligera brisa antes de que de­sapareciesen los edificios, se había convertido en un vendaval helado y constante que olía a salitre. Dónut se retorció en mis brazos, me arañó e intentó liberarse. Me dio un mordisco en el hombro, pero la chaqueta me protegió. La agarré con más fuerza.

¿Estaba soñando? ¿Me había tomado por error algún tipo de alucinógeno?

¿Mazmorra Planetaria? Pero ¿qué cojones? ¿Qué carajo podía ser algo con ese nombre? Seguí dándole vueltas a todo sin parar. Me vinieron de inmediato a la cabeza cosas como Pathfinder, Dungeons & Dragons y otros juegos a los que no había jugado desde que estaba en servicio activo. No había absolutamente nadie a mi alrededor. Lo único que me rodeaba era el estruendo del viento.

En ese momento, resonó en la oscuridad de la noche una bocina que más bien parecía una trompeta. Me quedé clavado en el sitio y eché un vistazo a mi alrededor. ¿Qué estaba pasando ahora?

«Seguro que ha aparecido la mazmorra —pensé—. Está pasando. Me cago en Dios. Está pasando de verdad».

A menos de treinta metros a mi izquierda, justo en mitad de lo que antes era la tienda de una organización benéfica, apareció de repente un foco que se proyectó hacia el cielo. Vi otro a casi dos kilómetros de distancia. Me giré y vi algunos más desperdigados por toda la ciudad.

A pesar de la distancia, sentí el calor que irradiaba de aquel agujero brillante y luminoso en el suelo.

No me lo pensé dos veces. Aún le seguía dando vueltas a toda la información que acababa de oír. Las crocs rosa me apretaban en los pies. La luz distante estaba más lejos de lo que había creído en un principio, pero había visto de primera mano lo que la hipotermia podía llegar a hacerle a una persona.

Por eso, me giré hacia la luz y empecé a correr.

Priera parte

Capítulo 2

PRIMER PISO DE LA MAZMORRA

TIEMPO PARA EL DERRUMBE DEL PISO: 5 DÍAS

Una escalera ornamentada se internaba en la luz; cada escalón parecía estar hecho de hierro forjado, y la estructura era lo bastante amplia como para que cupiesen unas veinte personas las unas al lado de las otras. Un resplandor cálido brotaba del interior del agujero. Di un paso y me percaté de que estaba más baja de lo que esperaba. Las pisadas resonaron en la claridad.

La ciudad tenía casi un millón de habitantes, y yo era la única persona que había por el lugar.

Dónut, que había dejado de forcejear, se aferró a mi hombro y empezó a gruñir a medida que descendíamos en dirección al resplandor.

Aquel calor agradable y necesario me invitaba a seguir internándome. Las piernas y los pies, que hacía poco casi no sentía, habían empezado a quemarme a causa del calor. No había pasado tanto tiempo a la intemperie como para que el frío me dejase secuelas, pero estaba congelado hasta las cejas.

No veía el final de las escaleras. Los escalones de metal tenían unos grabados extraños con forma de algo parecido a peces. O puede que fuesen demonios. Eran unos de estilo casi asiático que habían empezado a inquietarme. Esas escaleras no estaban aquí hacía unos pocos minutos. Todo lo que me rodeaba estaba hecho con los edificios, los coches y la gente que había en el planeta. ¿Quién lo había hecho? ¿Cómo?

Cuando llegué abajo, la temperatura era de unos agradables y húmedos veintiséis grados. Las escaleras de metal dieron paso a un suelo de mármol y a una puerta descomunal que medía nueve metros de alto y lo mismo de ancho. Dicha puerta, que era de madera y arqueada, estaba tallada con la forma de un gigantesco pez demonio, parecido a los de las escaleras.

Alcé la vista hacia ella.

—Pero ¿qué mierdas es esto? —murmuré.

Mientras miraba la puerta, una ventana con información apareció sobre ella. La ventana apareció de forma tan repentina e inesperada que di un paso atrás. Era como si de repente estuviese en un videojuego, o como si llevase lentillas que mostrasen ventanas emergentes. Hasta tenía una cruz pequeñita en una esquina para cerrarla.

Se trata de un kua-tin, la especie dominante del sistema Borant y los principales propietarios de la Corporación Borant. Asegúrate de quedarte con su cara, ya que más tarde te haré un examen.

¿Se suponía que eso del final tendría que haber hecho gracia? Me centré en la cruz de la esquina y cerré la ventana mentalmente.

«Anda…», pensé. Alcé la vista para volver a mirar el grabado y sentí algo, una especie de cosquilleo háptico en el cerebro. La ventana de información volvió a aparecer. La cerré.

Qué raro. Podía controlar la información con la mente. Era capaz de abrir ventanas de información de ciertos objetos concentrándome en ellos. Y también podía cerrar dichas ventanas haciendo clic mental en esa cruz.

«Eso significa que todo está en tu mente. Quizá nada de esto esté pasando en realidad. Puede que estés durmiendo, y que esto no sea más que una especie de simulador último modelo. Como en las películas de Matrix».

El dolor que sentía en las piernas y en los pies, que aún se me estaban calentando, me recordó que no importaba demasiado si todo esto era una simulación o no, porque dolía igual.

Empujé la puerta con la mano que tenía libre. Se abrió con facilidad hacia el interior y, tras ella, apareció un largo pasillo iluminado con varias antorchas. Dicho pasillo era igual de ancho y de alto que la puerta, por lo que más que un lugar por el que ir a pie, podría decirse que parecía el túnel de una carretera de dos carriles. En la distancia, vi varios caminos que se abrían a ambos lados a partir del pasillo principal. Cerca del primero de ellos, apareció una luz parpadeante. Me dio la impresión de ver una especie de cartel, pero no alcanzaba a leerlo desde mi posición.

—¡Au! —grité cuando Dónut me dio un mordisco en la mano. Solté a la gata, que empezó a correr por el pasillo. Se detuvo a unos diez pasos de mí y echó un vistazo a su alrededor con gesto confuso y sorprendido.

Me acerqué a ella, y las puertas se cerraron de golpe detrás de mí. La luz de la entrada desapareció y quedó reemplazada por una penumbra similar a la del anochecer.

Bienvenido, mazmorrero. Bienvenido al primer piso.

La voz era diferente. Era masculina y sonaba con demasiado entusiasmo, como si perteneciese al presentador de un concurso televisivo. No era la misma que había pronunciado el primer anuncio. Las palabras aparecieron flotando frente a mí al mismo tiempo que las había dicho la voz. A diferencia de la ventana emergente, estas no se podían cerrar. Parecían subtítulos, o algo así.

Después, apareció un contador en la esquina superior derecha de mi campo de visión. Rezaba: 4 DÍAS, 23 HORAS Y 48 MINUTOS. En cuenta regresiva. Volví a intentar darles un manotazo a los caracteres, pero no desaparecieron. Solo los perdía de vista al cerrar los ojos. Era inquietante y me daba náuseas.

Dónut seguía delante de mí, pero había empezado a agitar las patas frente a ella, como si intentase golpear algo.

«También las ve —pensé—. La puta de su madre».

Fuera lo que fuese aquello, también le estaba pasando a la gata.

—Dónut —la llamé—. No te separes de mí.

La gata me ignoró, como dictaba su naturaleza, pero cuando la miré sentí el mismo cosquilleo imperceptible que había sentido cuando vi la puerta. Me concentré con más intensidad y apareció sobre ella una ventana de información.

Mazmorrero n.º 4.119. «Princesa Dónut».

Nivel 1.

Especie: Gato.

Clase: No se ha asignado aún.

Di un paso al frente, a sabiendas de que aún llevaba esas crocs que me quedaban pequeñas y me hacían daño.

Otro bloque de texto apareció frente a mí.

Se te ha asignado el número de mazmorrero 4.122. Se te ha asignado el nombre de mazmorrero «Carl».

Se te ha asignado la especie «Humano». Tienes nivel 1. Podrás seleccionar una nueva especie y una clase tan pronto como desciendas al tercer piso. Se han repartido tus puntos de característica atendiendo a tu perfil mental y físico actual. Abre el menú de características si quieres más información.

¿Menú? Me pregunté cómo abrir el menú, pero no tuve tiempo siquiera de averiguarlo, ya que volví a ser asaltado por un bloque de texto.

¡Felicidades! Has conseguido tu primer logro: «Loca de los gatos».

Has entrado en la Mazmorra Planetaria acompañado de un gato. Qué mooono, ¿verdad?

Recompensa: ¡Has recibido una caja de mascota de bronce!

¡Logro desbloqueado! Loca de los gatos pionera.

Eres el primer mazmorrero que ha entrado en la Mazmorra Planetaria acompañado de un gato. Tienes que querer mucho a esa cosita. Es una pena que podáis ser víctimas de una muerte horrible en cualquier momento. O quizá no. ¡Mirad el premio que acabáis de conseguir!

Recompensa: ¡Has recibido una caja de mascota legendaria!

¡Logro desbloqueado! Vanguardia mazmorrera.

Eres uno de los 5.000 primeros mazmorreros que ha entrado en una nueva Mazmorra Planetaria. Hay que ser bobo.

Recompensa: ¡Has recibido una caja de aventurero de plata!

¡Logro desbloqueado! Bolsillos vacíos.

No has traído suministro alguno. Niente. Sabes que aún necesitas comer, ¿no?

Recompensa: ¡Has recibido una caja de aventurero de bronce!

¡Logro desbloqueado! ¿Por qué no llevas pantalones?

Has entrado en la mazmorra sin pantalones. Pero a ver… ¿En serio?

Recompensa: ¡Has recibido una caja de indumentaria de oro!

¡Logro desbloqueado! Combate sin armas.

Ya veo. Te vas de parranda a un sitio que se llama «Mazmorra Planetaria» y no se te ocurre coger un arma, ¿no? O eres más valiente de lo que pareces o eres tonto. Buena suerte, Van Damme. La vas a necesitar.

Recompensa: ¡Has recibido una caja de armas de bronce!

¡Logro desbloqueado! Lobo solitario.

Has entrado en la mazmorra sin acompañantes humanos. ¿Nadie te ha enseñado que la unión hace la fuerza?

Recompensa: ¡Ninguna! ¡Ja, ja! Hueles a muerto desde aquí, joder.

Me quedé mirando esas últimas palabras hasta que desaparecieron.

«Hueles a muerto desde aquí, joder».

Dónut había vuelto a agitar las patas frente a ella.

—Menú —dije en voz alta. No pasó nada—. Características. —Tampoco.

¿Cómo carajo se suponía que iba a consultar mi información? Esa cosa me acababa de decir que había «recibido» varias… ¿qué? ¿Cajas de botín? Sí, parecían eso exactamente. Lo que quería decir que tenía que tener alguna suerte de inventario. En ese momento, recordé algo del anuncio inicial, algo sobre encontrar un gremio de tutorial. Alcé la vista al cartel de neón que estaba a unos cien metros de mí, en aquel túnel oscuro. ¿Sería eso?

Empecé a correr por el túnel lo más rápido que me permitían las crocs en dirección al cartel resplandeciente. Pasé junto a Dónut, que seguía sentada en el suelo lamiéndose la pata y frotándosela contra la frente. Un momento después, me dio la impresión de que la gata suspiraba antes de empezar a seguirme.

El cartel de neón rezaba: JREMIO DE TUTORIAL con una flecha que señalaba hacia un callejón estrecho y oscuro. Dejé de correr en ese momento. El ruido de mis pisadas siguió reverberando en aquel túnel largo y vacío. Miré hacia la oscuridad. No se veía absolutamente nada.

Detrás de mí, Dónut maulló con preocupación.

Entré en el callejón.

¡Nuevo logro! Caer en una trampa muy obvia.

Recompensa: Bueno, si hay un cielo y no te has portado muy mal, puede que te dejen entrar. ¡Porque estás a punto de espicharla!

Se encendieron tres luces que me dejaron ciego. Me cubrí los ojos y di un paso atrás. Algo mecánico siseó y me pareció oír cómo se encendía un motor de vapor. También risas, unas agudas y chillonas.

Me di la vuelta y empecé a correr. Las dos crocs rosa salieron despedidas de mis pies cuando llegué al túnel principal, para luego seguir en dirección contraria del lugar donde se encontraban las escaleras. Dónut soltó un alarido y corrió detrás de mí.

La máquina era del tamaño de un tractor y avanzaba sobre unas orugas, como si fuese un tanque. Esa cosa estaba construida con planchas de metal oxidado desiguales, y me dio la impresión de que podía desmontarse en cualquier momento. Una rueda giratoria cubierta de pinchos abarcaba por completo la parte delantera de aquel vehículo mortífero. Sobre el tractor había en pie tres monstruos humanoides de piel verde, que gritaban y señalaban en mi dirección. Cada uno de dichos monstruos parecía medir un metro veinte e iba vestido con harapos de cuero. Uno parecía llevar una cacerola de cocina en la cabeza. Gruñó y gritó mientras se afanaba con los controles del tractor. Un humo negro brotaba de varias tuberías. La rueda empezó a girar aún más rápido cuando la máquina enfiló el pasillo y empezó a acelerar directa hacia mí.

Apareció una ventana emergente.

Buldócer asesino goblin. Artilugio.

Una máquina de vapor de manufactura goblin diseñada para atropellar y masacrar mazmorreros distraídos. Espero que te hayas vacunado contra el tétanos.

Luego aparecieron tres ventanas emergentes más sobre los tres pasajeros. Dos de ellas rezaban:

Goblin. Nivel 2.

Pequeño, verde y listo. Lo que los goblins no tienen de fuertes, lo tienen de perseverantes.

El tercer goblin, el de la cacerola en la cabeza que conducía el vehículo, tenía una descripción diferente.

Ingeniero goblin. Nivel 3.

Ingenieros, los incels de la cultura goblin. Les cuesta mucho conseguir pareja, lo que hace que siempre estén muy enfadados. Si hay mujeres en tu grupo, las atacarán primero.

No tenía tiempo para pensar en esos chistes estúpidos o siquiera en el hecho de que era la primera vez en mi vida que veía un grupo de monstruos de verdad que intentaban matarme. Seguí corriendo por el pasillo hasta que llegué a otro cruce. Podía ir en tres direcciones: hacia delante, hacia la derecha o hacia la izquierda. Por la derecha había otro pasillo levemente iluminado la mitad de ancho que el anterior, pero seguía siendo espacio más que suficiente para que me siguiesen los goblins. El de la izquierda llevaba a un pasillo estrecho y oscuro que era muy pequeño para el buldócer.

La elección obvia hubiese sido continuar por ese pasillo oscuro. Me detuve. Era una elección demasiado obvia y me dio la impresión de que podía tratarse de otra trampa. No podía seguir hacia delante, porque el cruce siguiente estaba demasiado lejos y seguro que la máquina me alcanzaba antes de llegar.

Giré hacia la derecha. Dónut decidió seguirme y hacerme compañía, un comportamiento que no era nada típico de Dónut.

Este pasillo tenía el ancho de una carretera normal y un techo liso que se encontraba a casi cinco metros. Algo parecido a un liquen verde brillaba en los ladrillos de las paredes y del techo, lo que hacía que el túnel reluciese de forma extraña. Detrás de mí, los goblins aullaron mientras se afanaban por girar el buldócer asesino. Esa cosa necesitaba mucho espacio para hacerlo, por lo que iban a tardar al menos un minuto en volver a seguirme.

Vi que tenía delante varios cruces, pero justo antes de la intersección me fijé en una puerta de madera lisa que destacaba en la pared. Había un cartel bastante simple colgado de la pared. Las letras estaban pintadas del mismo rojo oscuro que los ladrillos, así que me costó mucho leerlo. Rezaba: GREMIO DE TUTORIAL. Estaba en ese idioma extraño, como todo lo demás.

Cuando leí el cartel, apareció encima una ventana verde y reluciente que iluminó las letras.

¡Logro desbloqueado! Has descubierto y leído un cartel oficial de la mazmorra.

Guau. Sabes leer. ¡Eso hay que celebrarlo!

Recompensa: La señalización oficial de la mazmorra quedará resaltada y será más fácil de ver. También aparecerán en tu minimapa los gremios cercanos.

¿Un minimapa? Eso no me vendría nada mal. Detrás de mí, el buldócer asesino se había quedado atascado en una esquina, y uno de los dos goblins de nivel 2 gritaba y daba golpes al ingeniero en la cacerola con lo que parecía un palo. El tercero se me había quedado mirando y no dejaba de agitar un puño.

¿Iban a seguirme al interior del gremio? No tenía forma de saberlo. Agarré el pomo de latón de la puerta e intenté abrirla.

Nada. Estaba cerrada.

—Pero ¿qué cojones? —dije. Luego le di un buen golpe—. ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

Los dos goblins de menos nivel parecieron hartarse de esperar a que el buldócer terminase de solucionar sus problemas con la curva y saltaron al exterior para luego empezar a correr hacia mí. No llevaban armadura, pero ambos blandían lo que parecían ser palos de madera con una piña en un extremo. Iban a tardar menos de un minuto en alcanzarme. A mi lado, Dónut empezó a gruñir y a bufar.

Tras la puerta, oí el repiqueteo de las cadenas y el chasquido de unos cerrojos. La puerta crujió para luego entreabrirse un poco. Habían dejado puesta una cadena de seguridad que evitaba que se abriese del todo.

Una criatura parecida a una rata y con barba apareció tras ella. No la distinguía muy bien en la oscuridad, pero era más o menos una cabeza más baja que yo. Más alta que los goblins, eso sí, aunque no mucho.

—Hola. Este es el gremio de tutorial, ¿verdad? Esa cosa me dijo que se suponía que tenía que venir aquí.

El ojo se abrió más para mirarme mejor.

—¿Eres…? ¿Eres un mazmorrero? Espera. —La criatura con forma de rata dio un paso atrás, como para mirarme mejor. Me recordó de inmediato al maestro Splinter, el senséi rata de las Tortugas Ninja—. ¡Sí que lo eres! ¡Por su teta izquierda! ¡Habíamos abierto y ni me había enterado! Seguro que estaba dormido cuando emitieron el anuncio. ¡Ya nadie le cuenta nada al viejo Mordecai! Antes enviaban un boletín informativo. Lo hacían cada pocos ciclos, siempre que se podía, claro. Pero un día dejó de llegar. Recortes de presupuesto, supongo. Siempre están recortando por donde pueden. ¡Creía que íbamos a seguir cerrados dos años más!

—Oye, tienes que dejarme entrar —lo interrumpí. Me giré para encararme con los dos goblins que ya se habían detenido. Uno se colocó a mi izquierda, y el otro se posicionó para bloquearme el camino por el que podía escapar—. ¡Abre la puñetera puerta!

Uno de los goblins dijo algo al hombre rata que estaba dentro del gremio, cuyo nombre parecía ser Mordecai. No entendí el idioma goblin y solo oí gruñidos y chillidos. Mordecai respondió con los mismos sonidos. Ambos rieron.

—Perdón, mazmorrero. Has tardado mucho —dijo Mordecai a través de la puerta con cadena—. No puedo abrirte si hay enemigos cerca. Las normas son las normas.

—¿Que he tardado mucho? —dije. Luego puse pose de pelea. Uno de los goblins me hizo una finta y después intentó golpearme sin suerte con el palo. La piña que había en el extremo se soltó cuando lo agitó con fuerza, cayó al suelo e hizo plaf. El goblin maldijo y le dio una patada. Yo di un paso atrás. Dónut se quedó entre mis piernas, bufando y llenándolo todo de babas.

—¡Al menos dime cómo abrir estas malditas cajas de botín!

Mordecai se quedó un momento en silencio, como si estuviese sopesando si decírmelo o no.

—En la pestaña Premios y Cajas del menú de tu inventario —dijo el hombre rata—. Pero aún no puedes acceder a él, chico.

—¿Y cómo se supone que accedo al menú del inventario?

El segundo goblin, que aún llevaba la piña en el extremo del palo, me intentó dar un golpe y falló por mucho. De cerca, las criaturas tenían un aspecto muy parecido al de las películas y los videojuegos. Bajitas, verdes, prácticamente calvas, con orejas puntiagudas, rostros angulares y dientes afilados. Me quedé muy confuso. Parecía como si los extraterrestres, o lo que quiera que fuesen, conociesen mucho sobre la mitología y el acervo de la Tierra.

A mucha distancia detrás de él, el buldócer asesino se había enderezado y enfilado bien el pasillo. El motor empezó a rugir mientras se dirigía hacia nosotros.

—Pues tienes que completar el tutorial.

El goblin de la piña volvió a atacarme. Esperé hasta que el palo alcanzase el punto más alto y, en ese momento, di un paso al frente. Le di un puñetazo directo en la nariz y luego un gancho con la izquierda en la sien derecha. Cayó al suelo hecho un ovillo. Al golpearlo, apareció una barra sobre su cabeza. Me di cuenta de que se trataba de una barra de salud y que no había aparecido hasta que no había recibido daño. La barra bajó más de la mitad y pasó de ser de color verde a rojo. El goblin había perdido más de la mitad de sus puntos de vida.

Le había dado un buen golpe, pero tampoco es que tuviese mucho mérito. Había sido como darle un puñetazo a un niño de diez años.

El segundo goblin miró a su amigo con la boca abierta y luego se dio la vuelta y empezó a correr hacia el buldócer.

Me dolieron los puños. Llevaba años sin pelearme de verdad. La mayor parte de mi época en la Guardia Costera la había pasado a bordo de una patrullera, como mecánico. Nunca me enfrenté a una situación en la que tuviese que usar la fuerza. Dicho esto, también es verdad que la mayoría de la gente que he conocido y nunca ha estado en la Guardia Costera no tiene ni idea de lo mucho que entrenamos. Se creen que somos unos guardacostas venidos a más, pero lo cierto es que entrenamos mucho el combate cuerpo a cuerpo.

—Pero ¿cómo voy a hacer eso si no abres la puerta? —grité mientras empezaba a darle patadas en las costillas al goblin que seguía en el suelo. Sentí un crujido muy satisfactorio—. ¿No puedes abrir y ya o qué?

—No funciona así, chico —dijo Mordecai—. No podemos dejar que los mazmorreros sin entrenar campen a sus anchas por la mazmorra. Además, las cajas de botín solo pueden abrirse en una estancia segura y, a menos que seas un completo imbécil, es muy probable que te hayas dado cuenta de que el sitio en el que estas de seguro tiene poco.

La barra de salud del goblin había bajado más aún, pero no estaba muerto. Muy en el fondo, me horrorizaba que se me estuviese pasando por la cabeza matar a esa cosa. Era muy fácil hacerle daño, aunque tuviese un arma. Pero levantar la vista y ver al buldócer, que había parado para recoger al segundo goblin, me libró de todo arrepentimiento. Coloqué las manos a ambos lados de la cabeza del goblin inconsciente y la golpeé con todas mis fuerzas contra el suelo. Seguí golpeándola una y otra vez, hasta que la barra de salud terminó por vaciarse.

—¡Eh, eh! —gritó Mordecai—. ¡Eh! ¡Para!

—Pero ¿tú de parte de quién estás? —pregunté al tiempo que giraba la cabeza hacia el hombre rata. En ese momento, me di cuenta de que no hablaba conmigo.

—¡No puedes entrar aquí! —siguió diciendo. Se había dado la vuelta hacia el interior.

Dónut. Estaba hablando con la puñetera gata, quien había llegado a la conclusión de que estaba harta de aquel pasillo para luego entrar en el gremio por la puerta entreabierta.

Vi varios bloques de texto que anunciaban LOGRO DESBLOQUEADO, junto a varias notificaciones más, pero en lugar de reproducirse de manera automática como antes, aparecieron como pequeños mensajes en la parte superior izquierda de mi pantalla. Sentí que podía hacer clic mental en ellos, pero no era el momento. La IA, o lo que quiera que estuviese gestionando aquel circo en el que me había metido, parecía saber de alguna manera que no era un momento oportuno para cubrir la mitad de mi visión con las tonterías de aquel juego. Había un peligro muy real que se abalanzaba sobre mí.

—¡Abre la puta puerta! —grité.

—Chico, ¡llama a tu criatura! —dijo Mordecai, que se giró hacia mí con un insólito atisbo de pánico en su voz de rata—. Voy a tener problemas si descubren que he dejado entrar a un mazmorrero. ¡Las reglas no lo permiten!

La puerta se cerró de golpe, quitó la última de las cadenas y luego la abrió del todo. Corrí hacia el interior mientras el buldócer asesino se acercaba a toda velocidad hacia el cadáver ensangrentado de su amigo. Se oyó el chirrido de los frenos, pero el vehículo continuó avanzando por pura inercia, atropelló el cuerpo y puso las paredes del pasillo perdidas de sangre. Los dos goblins se giraron y me miraron a los ojos, momento que aproveché para hacerles un gesto obsceno con el dedo. Gritaron de pura rabia cuando les cerré la puerta en las narices.

Capítulo 3

Justo cuando se cerró la puerta, apareció una notificación:

Sede del Gremio de tutorial.

Estás en una estancia segura.

Aviso: el temporizador del piso de la mazmorra sigue activo.

—No tendría que haberte dejado entrar —dijo Mordecai mientras agitaba sus puños peludos. Examiné al hombre rata. Llevaba un chaleco negro y unos pantalones azules. También unas sandalias desgastadas en los pies. Apareció una ventana de información.

Mordecai. Camorrista Rata. Nivel 50.

Maestro gremial de esta sede.

Se trata de un PNJ no combatiente.

Los camorristas son los más listos, más rápidos y más feos entre los hombres rata. Los camorristas rata no están tan musculados como los salvajes rata ni van de «Voy a meterte una bola de fuego por el culo» como los chamanes rata, pero cuentan con las mejores cualidades de ambos. Tienen fuerza física y una capacidad para la magia bastante decente.

Cerré la ventana. Al otro lado de la puerta seguía oyendo el chirrido de la maquinaria goblin.

Hice clic mental en la primera de las ventanas de información que habían empezado a cubrir mi visión.

Error. No puedes acceder hasta que no hayas completado el tutorial.

Todas las ventanas desaparecieron y se guardaron en el icono de una carpeta que empezó a parpadear.

Me encontraba en una habitación amplia del tamaño de un aula. En uno de los extremos había una chimenea y una cama. Varias estanterías adornaban las paredes en la parte izquierda del lugar, llenas de objetos cualesquiera y unas cuantas fotografías enmarcadas de criaturas similares a aves. La otra mitad de la estancia solo contenía una alfombra gris y desgastada de forma ovalada y un escritorio vacío. Varias sillas como de escuela yacían desperdigadas alrededor. Me giré hacia la puerta.

—¿Esa es la única salida que hay? —pregunté.

—¿Qué? —dijo Mordecai. La rata no me estaba prestando atención a mí, sino a la gata.

—Oye, Morty —insistí—. Te he preguntado que si esa es la única salida.

—Me llamo Mordecai, chico. Y sí, sí. Es la única salida.

—¿Y esos cabrones verdes van a seguir esperándome ahí fuera cuando salga?

Dónut saltó a una estantería alta y tiró un jarrón al suelo. Estaba lleno de ceniza.

—¡Mamá! —gritó Mordecai, que corrió hacia la estantería para ahuyentar a la gata. Extendió los brazos hacia ella, pero estaba a demasiada altura—. Maldito cuerpo. —Volvió a girarse hacia mí—. ¿Podrías coger a esa cosa? ¿Podrías sacarla de aquí? —Mordecai estornudó—. Creo que soy alérgico.

No creí que hubiese estornudado por la gata, sino por la nube de polvo gris que se había levantado alrededor de la ceniza derramada.

—Pero ¿es que no me oyes o qué? —dije.

«Cuidado —pensé al momento—. No parece muy robusto, pero tiene nivel 50. Eso seguro que quiere decir que es un desgraciado muy fuerte».

—¿Podrías ayudarme? Dime, ¿van a esperarme ahí fuera o no?

—Sí. No. Seguramente. Bueno, es complicado. Puede que uno de ellos se quede a esperar. Pero estoy seguro de que otro irá a buscar a su clan y llamará a los demás. Le has aplastado la cabeza a ese pobre goblin. Dales una hora y tendrás ahí fuera al resto de la familia.

En el otro extremo de la habitación, Dónut descubrió la chimenea, que crepitaba alegremente. La gata se sentó frente a ella, levantó una pata y empezó a lamérsela.

Joder.

—Vale —dije—. No te atrevas a cerrar la puerta, ¿eh?

Agarré el pomo y volví a salir.

—Estás poniéndolo todo perdido con las cenizas de mi madre… —oí decir a la rata justo antes de cerrar de un portazo.

El tractor goblin se encontraba a unos diez metros de la puerta y había empezado a girar para volver por donde había venido. El ingeniero había estampado el vehículo contra la pared. La rueda giratoria no dejaba de soltar chispas mientras los pinchos rayaban la piedra. El goblin muerto seguía aplastado en el suelo. El cadáver parecía una pizza de salchicha y pimiento verde tamaño familiar a la que le hubiesen pasado por encima varias veces.

Los goblins restantes me estaban dando la espalda, así que corrí en dirección al vehículo.

El buldócer asesino tenía una pequeña escalerilla cerca de la parte trasera. Parecía estar hecha de huesos atados con cuerdas. Uno de los goblins podía darse la vuelta en cualquier momento. Tenía que ir a por ellos ya. Si uno se escapaba y avisaba al resto de los integrantes de su «clan», o lo que fuese, podía darme por muerto. Necesitaba el gremio de tutorial, por lo que solo me quedaba una elección.

Los huesos aserrados de la escalerilla se me clavaron en los pies descalzos cuando empecé a subir. Ahogué un grito y luego salté a la parte superior de ese artilugio metálico y chirriante.

El buldócer asesino hacía tanto ruido que las criaturas no se percataron de mi presencia. La parte superior de la máquina no era más que un agujero forrado en piel con unos bancos que iban de lado a lado. A pesar de la piel, el suelo bajo mis pies estaba caliente, ardiendo prácticamente. Olía a alquitrán quemado y a almizcle animal. La máquina podía albergar unos quince goblins sin incluir al conductor, que iba sentado en la parte delantera. Varias palancas, espitas e interruptores que no dejaban de vibrar brotaban del suelo en la zona de la cabina. Todos los controles estaban temblando y rebotaban de un lado a otro. El goblin de la cacerola estaba en el asiento, gritando y gruñendo algo mientras retorcía, giraba y tiraba de todo lo que tenía alrededor. El humo había empezado a acumularse, y el vapor silbaba al salir de todo tipo de cañerías. La máquina entera vibraba como una caldera a punto de estallar.

El techo liso de roca de aquel túnel era mucho más bajo que el del pasillo principal donde se encontraban las escaleras. Cuando me ponía de pie, podía extender el brazo y llegaba a tocarlo. Con la punta de los dedos. Aún no había dejado de sorprenderme que hubiese un mundo entero formado por este tipo de pasillos y caminos.

Me abalancé hacia delante y agarré al goblin normal, que aún no había soltado ese palo con una piña en el extremo. La criatura no pesaba prácticamente nada, lo que me sorprendió. Lo alcé por los aires mientras no dejaba de gruñir a causa de la sorpresa. Intentó golpearme con el arma sin éxito. Luego, con todas mis fuerzas, lo lancé hacia delante y salió despedido del asiento de pasajeros del buldócer.

Entre gritos, el monstruo voló directamente por encima de la cabeza del ingeniero, que empezó a reaccionar justo en ese momento. El goblin volador chocó contra la pared del túnel, rebotó y aterrizó justo delante de las cuchillas giratorias. Un chorro rojo nos cubrió de arriba abajo.

El último de los goblin gruñó y, en un movimiento muy rápido, sacó una hoja pequeña y curvada de la funda que tenía en la cadera. Se bajó de la silla y corrió hacia mí.

«Mierda».

El monstruo se movía mucho más rápido de lo que esperaba y me sorprendió. Recordé que pertenecía a una clase diferente a la de los dos anteriores, y también que tenía un nivel más. Dos niveles más que yo.

Aquello había sido una idea pésima. ¿Cómo era lo que Bea decía siempre? ¿«Te lanzas de cabeza sin pensar bien las cosas»?

Le di una patada a la criatura con uno de los pies descalzos. Nadie controlaba el tractor, por lo que la máquina siguió chirriando y destrozando la pared de la mazmorra. Las vibraciones empeoraban poco a poco, y el vehículo no tardó en ponerse a brincar como una lavadora llena de rocas.

El goblin me gritó algo en ese idioma gutural suyo.

—¡Ahora estás en mi mundo! —le respondí—. Tienes que hablar mi idioma, mierdecilla verde.

Me sorprendí al comprobar que la criatura sonreía. Sabía que me había entendido. El pequeño monstruo empezó a cambiarse de manos el arma blanca.

—Tú no estás hablando tu idioma —dijo—. Estás hablando estándar del Sindicato, esclavo idiota. Lo han programado en tu cerebro. ¿De verdad crees que sobrevivirás a…?

El goblin nunca terminó la frase. Mientras estaba distraído con su soliloquio, me abalancé hacia delante, le quité la cacerola que llevaba en la cabeza y le di un fuerte golpe con ella. Unos pequeños dientes afilados salieron despedidos de su boca. El goblin se tambaleó. Volví a golpearlo y cayó por un lado del tractor. La barra de salud había aparecido sobre su cabeza tras el primer golpe, pero aún seguía verde. Cayó al suelo entre gemidos, y el arma salió volando lejos de él.

Miré por el borde. El goblin estaba tumbado bocarriba, y el tractor seguía agitándose, girando poco a poco en la dirección opuesta. Aún le quedaban tres cuartas partes de la barra de salud, pero el golpe lo había dejado sin aliento.

Empezó a incorporarse, momento en el que le lancé la cacerola. Me sorprendí muchísimo al comprobar que acababa de acertarle en plena frente. Gritó y levantó las manos para cubrirse la nueva herida.

Calculé la distancia. No había mucha altura. Entre dos metros y dos metros y medio, más o menos. Era algo que había hecho muchas veces de niño.

«A la mierda». Salté del buldócer en movimiento y apunté con los pies hacia el pecho y el estómago del goblin, que aún no había terminado de recuperarse.

No estoy seguro de si lo he mencionado antes, pero es información muy importante. Mido un metro noventa, peso poco más de cien kilos y, aunque no estoy en tan buena forma como cuando estaba en servicio activo, lleno años yendo al gimnasio tres veces por semana para ganar masa muscular. Siempre he tenido uno de esos cuerpos que conservan los músculos de manera natural. Mi padre era defensa en un equipo de fútbol americano. Si es que hasta mi madre medía casi un metro ochenta. Y su padre había jugado de centro en el Oregon State antes de empezar a trabajar como guardia de seguridad en una prisión.

Lo que quiero decir es que soy un tipo grande, que soy corpulento. Saltar sobre la criatura desde esa altura fue como si alguien hubiese aplastado con una almádena un dónut relleno. La criaturilla no pudo hacer nada. Le salió una sustancia viscosa por todos los orificios del cuerpo.

El buldócer asesino empezó a chirriar aún más fuerte. Bajé la vista a lo que acababa de hacer y, de repente, me dieron ganas de vomitar. Aparecieron más notificaciones en la pantalla, y luego se abrió una ventana emergente en mi visión periférica. Me giré para mirarla.

Buldócer asesino goblin. Explosión de la caldera inminente.

Apareció una cuenta atrás debajo del texto. Doce segundos y bajando.

«Me cago en la puta. Va a explotar».

Me di la vuelta en dirección a la habitación, que se encontraba a unos treinta metros por el pasillo. ¿Estaba demasiado cerca? Tampoco es que tuviese tiempo para pensar. Corrí hacia allí sin dejar de resbalarme en las baldosas del suelo. Abrí la puerta sin pensar, salté al interior, la cerré con brusquedad y me preparé para la explosión.

¡Pum! Todo empezó a temblar. La puerta se agitó, y caí al suelo de la sede gremial. Empezaron a pitarme los oídos. Por suerte, la puerta aguantó el tipo y yo no parecía estar herido. Dónut se encontraba en un rincón de la estancia, engrifada y bufando.

—Pero ¿qué demonios acabas de hacer, chico? —preguntó Mordecai sin dejar de mirarme—. Esta puerta es capaz de resistir el ataque cinético de un destructor estelar. Nunca la había visto moverse tanto.

—Bueno… —dije al tiempo que me incorporaba. No había dejado de oír el pitido—. Ese buldócer goblin se quedó atascado contra la pared y luego explotó.

Mordecai asintió despacio.

—Claro, ha explotado la caldera. Seguro que el chamán local le había lanzado un conjuro por si llegaba a explotar en algún momento. Es muy probable que dicha energía fuese dirigida hacia la criatura más cercana que no fuese goblin. Has tenido mucha suerte de estar detrás de esta puerta. Una explosión dirigida como esa, aunque sea pequeña, es más potente de lo que crees.

Cuando Dónut llegó a la conclusión de que todo había vuelto a la normalidad, salió del rincón y volvió a colocarse frente a la chimenea. El pelaje, que solía tener engrifado de por sí, ahora lo estaba mucho más, y no dejaba de menear la cola de un lado a otro. Algo me decía que estaba enfadada.

—Tu criatura ha cagado sobre las cenizas de mi madre —dijo Mordecai mientras negaba con la cabeza—. No merece la pena. Nada de esto merece la pena.

—Bueno, señor Gremio de tutorial —dije al tiempo que me apoyaba en la pared. Me dolían mucho los pies, y el corazón aún me latía desbocado en el pecho. Estaba lleno de sangre de goblin y sentía como si tuviese carne cruda de hamburguesa entre los dedos de los pies. Me estremecí. «Necesito unos zapatos. Unos zapatos y unos pantalones»—. ¿Qué cojones está pasando aquí? ¿Qué es la mazmorra esta? ¿Todo el mundo está muerto? ¿Qué se supone que tengo que hacer?

Tenía un millón de preguntas más. Sabía que era muy probable que esa criatura pudiese partirme por la mitad sin esfuerzo, pero me dieron unas ganas irrefrenables de agarrar al hombre rata por su estúpido chaleco y empezar a zarandearlo hasta que las respondiese todas—. Y otra cosa, ¿quién coño eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué es lo que está…?

Mordecai alzó las manos.

—Vale, vale, tranquilo, chico. Sé que estás confundido. He estado en tu lugar. Tendrás respuestas. Para eso estoy aquí. Pero, antes de empezar, tengo que explicaros algo a los dos. —La rata miró a la gata, que le devolvió la mirada—. Me llamo Mordecai y soy lo que podría denominarse un PNJ no combatiente. Soy como tú. Soy una persona cuyo mundo quedó destruido, algo que ocurrió hace muchísimos soles. También fui mazmorrero, como tú. Llegué hasta el undécimo piso y supe que jamás iba a lograr seguir descendiendo. Cuando llegas al décimo, se te dan varias opciones para salir de la mazmorra. Cuanto más desciendes, mejores son dichas opciones. —Se acercó a la estantería donde se encontraba el jarrón volcado y cogió la foto enmarcada de una de las criaturas con forma de ave. Me la entregó. Se me antojó una foto del todo normal, pero el material del que estaba hecha era muy peculiar, y la foto en sí estaba recortada de forma extraña, ovalada y con las puntas recortadas.

—Ese era mi verdadero aspecto. Es una foto de mi hermano. Nací aveceleste, pero me convertí en Cambiado cuando llegué al tercer piso. Cambio de forma siempre que la sede gremial se mueve de sitio.

Mordecai continuó:

—Cuando se abre una nueva mazmorra, empiezo a trabajar en un gremio como este. Más tarde, cuando el tercer piso queda destruido, esta estancia se transporta a uno mucho más profundo y vuelvo a cambiar de forma. Me paso la mayor parte del tiempo gestionando un gremio mágico, que es un lugar donde conseguir conjuros y entrenar si has elegido una clase con poderes mágicos. A lo largo de los años, son muy pocas las personas que han llegado tan lejos. La mayoría de los mazmorreros no pasan del décimo piso.

—Vale. Entonces…, ¿un Cambiado es como un cambiaformas? —Examiné la fotografía. No sabía si era una foto, un cuadro o algo diferente. Los ojos de la imagen parecían taladrarme con la mirada. Eran los de una criatura dorada con forma de águila. Tenía unas alas angelicales replegadas a la espalda.

—Sí —respondió Mordecai. Luego suspiró—. Recrearon mi casa, incluyendo todas mis posesiones, cuando decidí convertirme en maestro gremial. Solo había tenido unos momentos para coger lo que quisiese antes de que lo hiciesen desaparecer todo. Ahora, cada vez que vamos a un nuevo planeta, me cambian de forma. Es una diferente en cada caso, pero siempre la de un enemigo del piso de la mazmorra en el que me encuentre. No sé por qué.

—No me creo nada —dije—. Entonces ¿sois extraterrestres? ¿Todos sois de un planeta diferente? Si ese es el caso, ¿cómo es que este juego, o lo que quiera que sea, sabe nuestro idioma? ¡Algunas de las últimas notificaciones que he recibido tenían referencias a Jean-Claude van Damme, incels y esteroides!

Mordecai asintió.

—Te estás precipitando. Cada mazmorra está creada específicamente para el planeta en el que se encuentra. Y se pasan mucho tiempo…, mucho…, asegurándose de que los habitantes entenderán el juego y las notificaciones. Siempre intentan conseguir la mayor autenticidad posible. Se supone que no tendría que contarte nada de eso, pero me imagino que si vas a ir dando tumbos por ahí tendrás que saber lo que está pasando, al menos.

—Sigo sin saber lo que está pasando —dije, cada vez más frustrado.

Mordecai negó con la cabeza.

—Todos los humanos sois iguales. Este es el séptimo o el octavo planeta sembrado con humanos y siempre ha pasado lo mismo. Siempre queréis una razón. ¿Por qué no podéis limitaros a aceptar vuestras circunstancias y seguir con vuestras vidas? Mi pueblo, los avecelestes, casi siempre duramos más que vosotros. ¿Sabes por qué? Porque fluimos.

Me quedé un rato en silencio. Tenía muchas cosas que procesar.

—¿Planeta sembrado con humanos? ¿Eso significa que ese palurdo conspiranoico de pelo raro que salía en la tele estaba en lo cierto? ¿El que decía que los humanos no eran únicos, que no eran más que un cultivo que alguien había dejado crecer sin supervisión hasta… hasta que pasase algo así?

Mordecai vio mi gesto de desconcierto y suspiró.

—Vale, vale. Te contaré la versión rápida —dijo. Acercó una silla y se sentó. Señaló otra que había en el centro de la alfombra redonda—. Será mejor que te pongas cómodo.