Uno. Mia

UNO

Mia

Esta noche, cierta persona molesta va a recibir su propia medicina.

Me paseo por la oscuridad de la noche cargada de resentimiento, sintiendo la rabia bullir hasta la médula de mis huesos.

Mis dedos juguetean con la cinta de la máscara que me cubre la cara. El aliento se condensa contra el plástico y el sudor me empapa el labio superior.

El lugar donde va a desarrollarse mi plan aparece delante de mí: enorme, imponente, despiadado de una forma terrible.

Pero no está vacío.

Este tipo de mecas hedonistas suelen estar a rebosar de pringados a los que les gusta pensar que valen más que las cuentas bancarias de sus padres.

Ay, qué más da… Mi plan no tendría razón de ser si no hubiera público.

Las luces parpadeantes de lo que solo podría describirse como una mansión surcan la noche con el brillo de una estrella fugaz.

Lo que estoy viendo no tiene ni pizca de modestia. Es una maravilla arquitectónica impresionante de tres plantas con ventanales altos y anchos.

Por ahí se derrama toda la luz, sobre todo desde el primer piso. Unas bandas led rodean los árboles del enorme jardín que rodea la propiedad. No puedo evitar sentir pena por esos pobres árboles, asfixiados por una fiesta sin sentido.

Desde fuera, la mansión exuda un estilo victoriano que promete muchas diversiones, pero a mí no me engañan.

En el interior de esa mansión acecha un peligro espeluznante disfrazado de apariencia deslumbrante.

Y esta noche pienso ir directa a por la garganta de ese peligro hasta ponerlo de rodillas, joder.

—¡Para un poco, Mia! —me grita una voz femenina que rebosa frustración.

Miro por encima del hombro y encuentro a mi hermana gemela, Maya, que se sujeta la máscara carnavalesca con motivos dorados. Está jadeando.

Abro los ojos de par en par detrás de mi propia máscara y la empujo a un lado antes de que atravesemos la cancela de la mansión. Mi hermana se resiste a mi agarre y sus quejidos me recuerdan a los de un niño caprichoso.

—Ay, que me haces daño. —Se zafa de mi agarre despiadado después de mucho tirar. No es ningún secreto que yo soy la gemela a la que le gusta entrenar la fuerza. A Maya le interesan más los masajes y esculpir su cuerpo de modelo.

Estamos bajo un árbol de gran altura y ramas retorcidas que nos resguarda un poco de las miradas de los curiosos.

Maya se lleva una mano a la cadera, por encima del vestido apretado y resplandeciente de color negro que no deja nada a la imaginación. Mi hermana siempre se ha sentido muy orgullosa de su cuerpo de reloj de arena y sus pechos de copa C y nunca ha renegado de mostrarlos.

Somos hermanas gemelas, así que tenemos la misma estructura facial redondeada, ojos azul claro ovalados y labios carnosos, aunque los suyos son algo más grandes que los míos. Las dos tenemos el cabello rubio platino, pero ella se lo ha dejado largo (actualmente le llega hasta la parte baja de la espalda) y el mío acaba a la altura de los hombros.

Normalmente suelo adornarlo con un montón de lazos, pero como estoy intentando pasar desapercibida, lo llevo recogido en una coleta sujeta con un único lazo azul.

También llevo un conjunto de lo más sencillo: un vestido de cuero palabra de honor que acaba por encima de mis rodillas. Las botas de esta noche son las más anodinas que tengo; las únicas que no tienen plataforma ni están cubiertas de cadenas.

Sin embargo, Maya ha decidido llevar tacones, como siempre. Al parecer, le da igual que eso pueda complicarnos nuestra misión. Señalo la máscara que tiene en la mano y gesticulo para hacerme entender.

—¡Deberías llevarla puesta! Tienen cámaras por todas partes. Es posible que ya les hayas dejado ver quiénes somos.

Maya pone los ojos en blanco con un gesto dramático para dejar constancia de la reinona que es.

—Relájate. Las cámaras solo tienen alcance a unos metros de la puerta. Y pensaba ponérmela, solo tenías que ser paciente un par de segundos más.

—No me la líes. —Le arrebato la máscara y se la planto en la cara. Acto seguido, se la anudo en la nuca para que no se le mueva. Mi hermana gimotea y se queja.

—Me estás despeinando, idiota. Suelta, que ya lo hago yo.

La suelto cuando quedo satisfecha con cómo le ha quedado la máscara. Me fulmina con la mirada a través de las rendijas mientras se arregla el pelo.

—No me mires así —digo por señas—. Sabes lo mucho que me ha costado conseguir una puta invitación para esta fiesta pretenciosa. Lo último que necesito es que algo salga mal.

—Que sí, que sí. —Hace un aspaviento que delata su hartazgo—. He escuchado la historia de tus sacrificios un millón de veces. Tantas que podría recitártela de memoria.

—Pues entonces cíñete al plan y deja de darme dolores de cabeza.

—Sí, señora. —Me dedica un saludo militar de coña y yo esbozo una mueca por detrás de la máscara. Como solo me ve los ojos, Maya no la capta por completo, pero, aun así, sonríe con socarronería.

Mi hermana gemela siempre ha sido mi mejor amiga, pero suele sacarme de quicio con sus tonterías.

Cuando estoy segura de que no estamos mostrando nuestros rostros, nos dirigimos de nuevo hacia la mansión. O, más concretamente, al edificio de los Élites.

La primera vez que pisé la isla de Brighton, tuve que aprender algunas cosillas. La más importante es que hay dos universidades rivales en esta isla. Yo pertenezco a la estadounidense, que se llama King’s University. La fundó gente poderosa con los bolsillos llenos de dinero recién conseguido. Personas que se mueven por motivos tan difíciles de discernir como la procedencia de su fortuna.

Mis padres forman parte de ese grupo de personas poderosas. Somos la realeza de la mafia rusa y, además, resulta que son los líderes de la bratva de Nueva York.

La otra universidad se llama Royal Elite University, o REU. Británica, rebosante de dinero heredado y aristócratas pretenciosos.

Nuestra facultad tiene dos clubes: los Paganos, a quienes debemos lealtad porque mi hermano y mis primos son miembros; y las Sierpes, que son los segundos en mi lista de enemigos.

Sin embargo, los primeros de esa lista son los Élites. El club secreto y el sagrado grial de la REU.

Mientras que los Paganos son herederos de la mafia y realeza estadounidense, los Élites son peligrosos… de otra forma.

A pesar de su apariencia elegante y sutil, por debajo de la superficie acechan atributos más nefarios.

Maya y yo vamos a infiltrarnos en su mansión y en su fiesta. Es imposible conseguir invitación para estas reuniones del círculo más íntimo, a menos que formes parte del club o pertenezcas a la familia o amigos.

Por suerte para mí, he logrado hacerme con dos invitaciones que iban dirigidas a dos miembros de la familia.

Cuando Maya y yo llegamos a la entrada, un hombretón nos impide el paso. Esta noche es obligatorio llevar máscara, y él también luce una negra con adornos dorados.

Después de mucho investigar, he descubierto que las noches de mascarada son las importantes. No son solo reuniones de los miembros del club, sino que las usan para celebrar las victorias y para anunciar los planes de futuro.

Precisamente por eso mismo he esperado tanto tiempo para poner en marcha mi plan. Para que la misión resultase satisfactoria, necesitaba que se tratase de un día de especial importancia.

Meto la mano en el bolso y le muestro la invitación de color negro que tiene escrito en letras doradas VIP Élite. Maya hace lo mismo y el portero las escanea con un dispositivo especial.

Joder. No me extraña que sea imposible colarse en estos eventos. Hasta escanean las invitaciones para asegurarse de que no hay falsificaciones.

Cuando la luz se torna verde, el portero asiente, más para sí que para nosotras, y señala a su compañero, que lleva una máscara parecida.

—Tenéis que dejar aquí todos vuestros efectos personales. No se permiten ni móviles ni cámaras en el interior. —Su voz áspera con un acento británico casi incomprensible inunda el ambiente—. Si descubrimos que habéis metido algún dispositivo de comunicación, os echaremos.

Maya deja escapar un suspiro exasperado cuando dejamos nuestros bolsos.

—Más te vale protegerlo con tu propia vida. De hecho, siendo como es una edición especial de Hermès, vale más que tu vida. Como lo pierdas, emplearé tu piel para hacerme uno nuevo. ¿Entendido?

El hombre ni se inmuta ante tanta palabrería, pero yo la agarro del brazo y la empujo al interior, hacia un pasillo apenas iluminado.

—Estás llamando la atención —le digo discretamente por señas—. ¿Eres tonta o qué? ¿Ya no te acuerdas de nuestro plan de pasar desapercibidas?

—Perdona, pero mi bolso vale más que esta misión.

—¿Me estás diciendo que un bolso vale más que vengar a nuestro hermano?

—Bueno, teniendo en cuenta que podría hacerlo él solito, y que ya debería haberlo hecho y ni siquiera sé por qué no lo ha hecho… ¿Supongo que sí?

—¡Maya!

—¿Qué? Tuve que pedir favores para conseguir ese bolso.

—¡Pues entonces no deberías haberlo traído una noche como la de hoy!

—Es mi bolso de la suerte. Pues claro que me lo he traído a tu misión suicida.

—Lo tengo todo planeado. No es suicida.

—Lo será cuando Niko se entere.

Tuerzo el gesto al pensar que nuestro hermano mayor, Nikolai, se pueda enterar de todo esto. Enfurecerse será solo el comienzo de su reac­ción.

Los ojos de Maya relucen detrás de la máscara y sé que está sonriendo con malicia.

—Nos va a despellejar vivas.

Levanto el mentón.

—Me da igual. Ya lidiaré con él cuando hayamos ejecutado nuestra venganza.

Nuestra conversación se acalla poco a poco cuando salimos del pasillo y nos adentramos en el vestíbulo principal.

De los altos techos cuelgan enormes lámparas de araña que iluminan el interior con un leve parpadeo. Los suelos son de mármol y hay columnas ornamentales por todas partes.

Todos los invitados llevan máscaras como las nuestras y van ataviados con esmóquines a medida y vestidos de fiesta elegantes. Es evidente que soy la menos sofisticada del lugar, pero Maya encaja a la perfección.

—Te lo dije —me susurra al oído, refiriéndose al momento en el que me sugirió que me pusiera un vestido más llamativo.

Le doy un codazo, pero ella se limita a reírse sin tomárselo en serio. Si no fuera mi hermana, le habría metido una patada en la cara hace un buen rato.

Aceptamos una copa de un camarero que pasa por nuestro lado, pero yo no bebo. En primer lugar, porque tendría que levantarme la máscara y prefiero no revelar nada sobre mi identidad. Y segundo, porque soy tan poca cosa que hasta una cerveza me emborracha. Así que me limito a fingir que bebo mientras me centro en las personas que nos rodean.

Algunos de ellos están bailando una música clásica que desconozco, como si fueran un puñado de parejas de mediana edad. Hay otros que hablan y ríen de cosas que seguramente sean aburridas.

El sujeto de mi venganza, que debería estar en algún sitio de esta pantomima, no se encuentra aquí.

—¿Lo ves? —me signa Maya, como solemos hacer cuando no queremos que nadie nos oiga.

Niego con la cabeza.

Taconeo el zapato de forma repetitiva. Mal asunto.

Ese cabrón es la estrella del espectáculo, así que, a menos que deje ver esa asquerosa cara, nuestro plan no servirá de absolutamente nada.

De repente, las luces se atenúan. Mis ojos se adaptan a la oscuridad, pero solo veo sombras y las siluetas del resto de invitados.

Me yergo y dejo de dar toquecitos con el pie, sobre todo porque ahora siento un pánico tan grande que no lo puedo desfogar con taconeos.

El sudor recorre mi columna y el olor podrido del moho inunda mis fosas nasales.

No pienso volver allí…, no pienso…

—Eh. —La voz dulce de Maya es todo lo que oigo cuando me pasa un brazo por encima de los hombros—. Todo irá bien. No estás sola, Mia.

La miro a los ojos, que son tan idénticos y, al mismo tiempo, tan distintos de los míos. Al cabo de unos segundos, mi respiración vuelve a la normalidad.

Tiene razón. No estoy sola, y de ninguna forma he vuelto a ese lugar oscuro y húmedo en el que estuve hace diez años.

Le dedico una sonrisa poco convincente, porque agradezco que esté conmigo, pero, al mismo tiempo, me da vergüenza sentirme tan débil.

No haberlo superado después de tanto tiempo.

Todos los años me prometo que este será el año que lo supere, pero hasta el momento, no ha habido suerte.

—Estoy bien —le digo con señas, y me obligo a centrarme en lo que está pasando.

De hecho, han aparecido unos desconocidos con vestidos y esmóquines que caminan como si fueran los dueños del lugar y, además, esperaran que los demás se postren a sus pies. Llevan máscaras de lujo y van con la cabeza en alto, como si su propósito fuera juzgar a todo el mundo.

Nuestro objetivo está entre ellos.

No me cabe la menor duda.

De hecho, seguramente sea el que está en el medio. El que tiene una mano en el bolsillo y otra inerte al costado como quien no quiere la cosa.

Me arde la sangre y requiero de toda mi fuerza de voluntad para no echarme encima y sacarle los ojos.

«Paciencia, Mia. La venganza es más dulce cuando se produce en el momento justo».

Maya y yo intercambiamos una mirada, como si se activara nuestro sentido de gemelas, y nos dedicamos un asentimiento.

Nos colamos entre los invitados, que están demasiado extasiados de ver a los que supongo que son los líderes del club como para percatarse de nuestra presencia.

Por primera vez en mi vida, doy gracias de que esté oscuro. Maya y yo conseguimos llegar al pasillo de nuestro plan sin problemas.

Aunque es cierto que recibir una entrada a una fiesta de los Élites es un proceso muy selectivo, entrar en la mansión que usan como cuartel general no es tan complicado.

Sobre todo porque soy amiga de alguien que vive aquí.

No sé si me seguirá considerando su amiga después de lo que voy a hacerle al cabrón de su hermano, pero, bueno, él ya sabía que nunca perdonaría a su hermano por secuestrar a Niko y provocarle esas heridas.

Alguien tiene que darle una lección a ese gilipollas y yo soy una buena samaritana de la cabeza a los pies.

Como ayer pude entrar en la mansión, tuve ocasión de guardar nuestras armas de destrucción en el salón de celebraciones.

Lo único que tengo que hacer es subir y darle al botón para desatar el infierno.

Sin embargo, antes de hacerlo, debemos asegurarnos de que lo que instalé sigue en su sitio.

Para hacerlo, Maya comprobará el suministro eléctrico y yo he de llegar al interruptor de activación.

No necesitamos ningún dispositivo de comunicación porque somos ese tipo de gemelas que nota lo que le pasa a la otra en cualquier situación.

Si todo va bien, sentiré una corazonada antes de apretar el botón.

Deslizamos las palmas de las manos una contra la otra y nos damos un golpecito en el dorso. Es nuestro apretón de manos especial. Acto seguido, nos separamos.

Subo a la segunda planta y, como todos están ocupados con esos capullos pretenciosos, no me encuentro a ningún invitado. Sin embargo, sé que hay guardias y cámaras, así que finjo que voy al baño.

Pero, en cuanto llego allí, me subo al lavabo y quito la rejilla de ventilación, me aúpo en el conducto y lo vuelvo a cerrar. Estoy tan delgada que quepo sin problemas. Una vez dentro de ese espacio reducido, respiro hondo y empiezo a avanzar a gatas.

«Todo irá bien, Mia».

«Este no es el mismo lugar de hace diez años».

«Solo estás haciendo justicia para Niko».

Estoy a punto de sucumbir al pánico irracional, pero no lo hago. Tardo unos cinco minutos en llegar al otro lado. Para cuando llego a mi destino, he inhalado más polvo que una aspiradora y estoy sudando como un cerdo.

Con cuidado, abro la rejilla del conducto y, una vez me aseguro de que no hay nadie en este baño, me descuelgo y aterrizo en el lavabo. Luego salto al suelo.

Fase uno terminada.

Maya ya debería haber llegado al otro lado. Ella no tiene que saltar ni que arrastrarse. Jamás la habría convencido de «denigrar» su estatus de «divina».

Seguramente solo tenga que tontear con un guardia si se encuentra con alguno.

Me toco la máscara para asegurarme de que está en su sitio y miro mi reflejo en el espejo. Me atuso el pelo y me quito el polvo del vestido. Cuando quedo satisfecha con mi apariencia, salgo del baño de los hombres. Cualquiera podría entrar y preguntarme qué hago aquí, pero bueno… Si me pillan, fingiré que me he confundido.

Lo único que tengo que hacer es llegar al panel de control que hay en el rincón y activar el temporizador.

En cuanto salgo por la puerta, se me eriza el vello de la nuca.

Sin embargo, antes de que pueda darme la vuelta y descubrir el origen de la intrusión, alguien me empuja de vuelta al baño con una fuerza descomunal.

Estoy demasiado desorientada para centrarme, y mucho menos para intentar detener la fuerza sobrehumana que se me echa encima.

Me golpeo la espalda contra la pared y se me escapa un gruñido. Levanto la mano, preparada para pegarle de hostias a quien sea esta persona.

Pero todo queda en nada cuando mi mirada se topa con unos ojos azul oscuro.

Unos ojos que reconozco.

Los ojos de mi enemigo y el objetivo de mi venganza.

Es el puto Landon King.

DOS

Mia

Esto no forma parte del plan.

De hecho, se ha alejado tanto del plan que estoy oyendo cómo se desbaratan todos los escenarios que me había imaginado como si fuera una vajilla haciéndose pedazos.

Estoy delante de nada más y nada menos que Landon King: un dios encantador, un genio escultor y, por encima de todo, un cabrón insufrible.

Con las manos me aprieta la parte superior del brazo y me empuja contra la pared de una forma que me mantiene inmóvil.

Frunzo los labios mientras siento que la condensación llena el interior de la máscara. El sudor me cae por el valle del escote y me pega el vestido a la espalda.

Cualquier intento de controlar la respiración acaba siendo un fracaso estrepitoso. El aire que entra por las aberturas nasales de mi máscara es como una cuerda alrededor del cuello: me ahoga de una forma tan nefaria y peligrosa como los ojos que me miran penetrantes.

Es lo único que veo a través de la máscara blanca de carnaval veneciano adornada con líneas doradas y elegantes. En otras personas podría parecer un elemento inofensivo e incluso acogedor, pero en este hombre no es más que una amenaza siniestra.

Un único rasgo distintivo lo delata: los ojos.

Son de un azul oscuro y resplandeciente, como un océano que brilla bajo la luz plateada de la luna: profundos, misteriosos… y letales.

He oído decir muchas cosas de Landon, pero esta es la primera vez que creo que es un peligro mortal y que no debería cruzarme en su camino. A menos que tenga ganas de ahogarme en su océano tan rápido que nadie encontrará mis restos.

Por desgracia para él, soy de esas a las que le gusta nadar en mar abierto.

Dejo caer la mano al costado y abandono la idea de darle de hostias, pero levanto la barbilla. Llevo tanto tiempo deseando patear a este cabrón en la cara que no sé ni cómo aguantarme las ganas.

Sí, su llegada complica mi plan, pero no lo destruye. Solo tengo que deshacerme de su compañía indeseada y seguir con lo mío.

—¿Te importaría explicarme qué está haciendo aquí tu insignificante presencia? —Su acento británico suave resuena en el espacio vacío como una nana.

Esto es lo que más odio de este gilipollas desde que lo conocí cuando se cargó el coche de mi primo. Tiene un talento natural para hacer que las amenazas más frías suenen elegantes y altaneras.

Estoy casi segura de que no es capaz de sentir ni la más mínima emoción y que ya no le queda ninguna conexión con su parte más humana. Y, aunque me importa una mierda la relación que tenga con sus sentimientos, me complica lidiar con él.

Mi primo Killian pertenece a la misma categoría y tiene la inteligencia emocional de un pez de colores, pero al menos le caigo bien, así que no tengo que ponerme en guardia cuando estoy a su lado.

No puedo decir lo mismo de Landon.

No solo no le caigo bien, sino que además no dudaría en darme una lección para devolvérsela a Kill y a Niko.

Sus dedos aprietan mi brazo, pero contengo la mueca de dolor antes de que asome a mis labios. Mi padre me enseñó a no mostrar debilidad delante de los enemigos, ni siquiera cuando te hacen daño, aunque toda fibra de mi ser quiera hacerlo.

«Hay monstruos que disfrutan más de cómo reaccionas al dolor que al hecho de infligírtelo, así que nunca caigas en una situación en la que seas la fuente de diversión de alguien así».

Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza mientras miro al monstruo del día. ¿Qué? He lidiado con tantos en mi vida que he dejado de contar.

—Te he hecho una pregunta. —Landon vuelve a apretar hasta que siento dolor en todo el brazo—. ¿Dónde está la respuesta?

«Vete a tomar por culo, gilipollas».

Pero no puedo decirle eso (ni nada, en realidad), así que me limito a seguir mirándolo fijamente.

Podría hablar en lenguaje de signos, pero averiguaría quién soy al instante. Además, tampoco es que me fuera a entender. Así que frunzo más los labios e intento zafarme de su agarre.

Craso error.

Me clava los dedos con tanta fuerza que parece que esté intentando partir el hueso. Abro los ojos como platos. Espera…, ¿es eso lo que pretende?

De repente, se ha convertido en alguien tan alto y ancho que se come todo el horizonte con su cuerpo.

Está claro que me supera en altura, pero en este momento en concreto, se me antoja un muro. Un muro cubierto de alambres y esquirlas de cristal. ¿Siempre ha estado tan petado? ¿Sus hombros se pegaban de esa forma a la chaqueta del esmoquin a medida hace unos minutos?

O tal vez sea porque es lo único que puedo mirar.

Landon es alto, seguramente supere el metro noventa, y tiene un cuerpo musculoso y una postura perfecta y erguida. Para empeorar las cosas, esos atributos físicos superiores se rematan con un carisma natural.

Se pasea por la vida con una seguridad en sí mismo y un ego que da miedo. Confía tanto en sus habilidades que es hasta frustrante, es hostil de una forma que le hace ganarse enemigos allá donde va, y exuda una arrogancia que haría llorar al mismísimo Narciso.

Sin embargo, hay otro aspecto de su persona que estoy descubriendo ahora.

Es… terrorífico.

Y no hablo de ese miedo que intentan insuflar los pringados. No hincha el pecho ni alza la voz. No se muestra aterrador modificando su propio comportamiento.

Lo único que tiene que hacer es mostrarse tal como es. Los largos dedos de la mano que tiene libre se acercan a su máscara y se la aparta como si nada.

Cuando le veo la cara al descubierto, mi teoría cobra fuerza. Lo único que tenía que hacer Landon era quitarse la máscara para que emergiera su verdadero yo.

Tiene un rostro precioso, con una simetría propia de un modelo. Tiene una nariz larga y recta, unos pómulos marcados y una mandíbula tan afilada que podría cortar piedra.

Sin embargo, no me ha desvelado su rostro para encandilarme de alguna manera. Es un arma que está usando simplemente para intimidarme.

Ha decidido mostrar su identidad para que quede claro quién tiene la mano ganadora: él, el líder de los Élites, el anfitrión de la fiesta donde yo solo soy una invitada.

—Probemos de nuevo. ¿Quién eres y qué haces en el baño de los hombres?

Lo miro a los ojos sin dudar, sin pestañear.

No dejo ver mi miedo y no cambio la postura, simplemente porque tengo delante su bello rostro (el cual no se merece, hay que decirlo).

—Te niegas a hablar, ¿no?

Asiento.

—Ya veo —musita, y me suelta el brazo.

¿Va a dejar que me vaya?

Lo miró de reojo con cierta duda, pero no parece que haya malicia en sus ojos. No muestran nada. Tal vez luzcan hasta un poco amistosos.

El latido de mi corazón vuelve poco a poco a la normalidad, a pesar de que sigo en alerta.

Entonces sucede algo.

Ocurre tan deprisa, de una forma tan fugaz, que me lo habría perdido si hubiera creído que estaba a salvo y hubiera bajado la guardia.

En un abrir y cerrar de ojos, Landon busca mi máscara con la mano abierta, como si quisiera ahogarme.

Sin pensarlo dos veces, aparto la palma de su mano en el último segundo y esta acaba sobre mi pecho, que sube y baja. El peso de su mano lo empeora todo.

En vez de echarse atrás, a sus labios asoma una sonrisilla. Aprieta la carne por encima del vestido.

—Así que toda esta pantomima era una invitación, ¿no? Las chicas ya no sabéis qué inventar para llamar mi atención. ¿Y quieres hacerlo aquí, donde podría entrar cualquiera y ver cómo te follo como una chica muy muy mala?

Al principio, me deja tan impresionada que no digo nada. En parte, porque nadie me ha hablado así nunca.

Nadie se habría atrevido.

Soy Mia Sokolov. La hija de Kyle Hunter y Rai Sokolov. Si alguien se hubiera atrevido a tocarme y a decirme esas palabras, los habría mandado a la luna de un puñetazo. Mis padres lo hubieran encontrado y habríamos desayunado sus pelotas.

Eso sin mencionar a mi hermano. Resucitaría al desgraciado solo para volverlo a masacrar.

Mientras yo estoy estupefacta, Landon desliza la mano hasta mi cadera y me toca el culo. Luego lo aprieta y me empuja hacia sí.

Se me escapa un gemido de los labios cuando mi vientre se frota contra su erección a medias.

Me sube la temperatura de la rabia que siento, joder.

¿Cómo se atreve? ¿Cómo coño…?

Sin pensarlo dos veces, levanto la rodilla para darle en los huevos.

Sin embargo, antes de que pueda hacerlo, me sujeta el culo con más fuerza y me deja sin rango de movimiento.

—Tranquila, ratoncita. Me gusta mucho pelear, pero creo que no vas a poder conmigo.

«Lo que voy a hacer es llevarte al otro barrio, gilipollas».

Intento quitarme de en medio, pero me tiene totalmente sujeta con esos dedos que se clavan en mi culo.

—Eres de lo más silenciosa. —Me coge la otra cacha del culo con la mano en la que tiene su propia máscara—. Te has informado bien, ¿no? Me encantan calladitas.

«Eso es».

Calmo mi temperamento y me permito relajarme en sus brazos, como si me estuviera derritiendo.

Entonces levanto una mano y paso el dedo índice por su mejilla hasta su mandíbula, lenta y coquetamente. Landon ensancha la sonrisa y no parece importarle la caricia.

«Eso es, psicópata. Deja que tu polla te guíe, como a todos los demás».

Me detengo en su labio inferior e intento no percatarme en las libertades que se está tomando.

Se cree que lo estoy seduciendo, pero solo estoy borrándole esa sonrisa de suficiencia para que deje de parecer el gemelo perdido de Lucifer.

Landon me acaricia el culo y yo contengo las cosquillas que siento por toda la columna vertebral. Me pongo de puntillas para que mi cara tapada por la máscara quede a unos centímetros de la suya y, entonces, le pego un puñetazo.

En la nariz.

Con todas mis fuerzas.

Joder, ¡cómo duele!

El golpe es tan repentino que se queda petrificado.

Me aprovecho de esa sorpresa para darle un empujón, soltarme y salir corriendo por la puerta.

Aunque estoy desorientada y ardiendo después del sobeteo de ese gilipollas, no me detengo para mirar atrás ni por un segundo.

De hecho, corro lo más rápido que puedo por si me está siguiendo.

Aunque no oigo pasos a mi espalda, no bajo la guardia y sigo corriendo hasta que llego al panel de control.

El corazón está a punto de salírseme de la garganta, pero respiro hondo y aprieto el botón. No me cabe la menor duda de que Maya ha cumplido su parte.

Tal como esperaba, el temporizador se pone en marcha.

Regreso por el jardín, que era mi plan B. De ninguna manera pienso volver a ese baño donde Landon podría volver a emboscarme.

Nota mental: no quedarme a solas con ese cabrón nunca más.

Es un puto pervertido y, además, insistente.

Tardo más de la cuenta en volver al vestíbulo principal, pero llego a la parte del fondo a tiempo. En cuanto me reúno con Maya, me signa:

—¿Por qué coño has tardado tanto? Me estaba preocupando.

—He tenido una pequeña complicación, pero no te preocupes, no ha sido nada importante.

No me creo ni yo lo que estoy signando.

Nada no ha sido. Ha sido de todo menos nada. El cuerpo todavía me cosquillea de frustración y rabia.

—¿A qué te refieres con una complicación? —masculla Maya entre dientes—. ¿Qué ha pasado?

Me llevo un dedo a la boca cuando el propio Landon vuelve a la pista y hace sonar su copa de champán con una cuchara.

Justo a tiempo.

Lleva la máscara puesta, pero da igual. Después de nuestro encuentro, tengo el poder inútil de reconocer a ese cabrón a un kilómetro de distancia.

—Gracias por venir a nuestra fiesta —empieza con su voz suave y elegante que podría ser la de un político. Ese precioso acento británico es un desperdicio en sus labios, sinceramente—. Estamos encantados de abrir las puertas de los Élites a esas personas que consideramos importantes. Esta noche podréis tener una cita con un servidor, el hombre y la leyenda, Landon King.

«Qué asco de tío».

—Suena y parece potable —signa Maya—. Qué pena que sea un capullo.

—¿Por qué está tardando tanto? —respondo con gestos mientras el público se vuelve loco por el futuro líder de una secta.

¿Le habré dado al interruptor equivocado con las prisas? Que ese cabrón me tocara donde no debía me ha dejado un poco descolocada.

No, estoy segura de que…

Landon levanta la copa.

—Por los Élites.

—Por los Élites —corean los demás.

Y, en ese instante, se abren las puertas del infierno y todo cae sobre él. La sangre de cerdo baña a Landon y a su copa en unos segundos y lo convierten en una guarrería asquerosa delante de la gente que lo estaba venerando.

Un grito ahogado se extiende por los invitados. Yo me río tras la máscara.

«Chúpate esa, gilipollas. Así aprenderás a no meterte nunca más conmigo o con mi familia».

El personal de seguridad acude al escenario y Maya me tira de la mano.

—Tenemos que irnos.

Me arriesgo a mirar de reojo justo a tiempo para ver a ese gilipollas que ha quedado como un tonto, pero él ya se ha quitado la máscara y nuestras miradas se encuentran.

Una sonrisa ancha estira sus labios, y me resulta más terrorífica ahora que está cubierto de sangre.

Me hace el signo universal de «te estoy vigilando» y corro tanto como puedo.

TRES

Mia

—No me has respondido. —La voz de Nikolai resuena en la habitación al tiempo que me da una patadita.

Pierdo el equilibrio, pero retomo mi postura y no abro los ojos.

Cualquiera con sentido común me dejaría meditar en paz, pero mi hermano y el sentido común llevan toda la vida a la gresca.

Vuelve a empujarme y esta vez me hace caer de culo. Cuando levanto la vista para fulminarlo con la mirada, me sobresalto al encontrármelo tan cerca.

En serio.

Se ha inclinado tanto que esa postura me resulta tan espeluznante como incómoda. Mi hermano solo tiene un año más que Maya y yo, pero es totalmente distinto. Mientras nosotras nos parecemos a nuestra madre y a su gemela idéntica, él es igual que nuestro padre. Comparten esa tonalidad camaleónica azul turquesa de los ojos, la misma complexión y cabellos negros, aunque mi hermano lo lleva largo.

Ahora mismo lo tiene recogido en una coleta baja en la nuca, lo cual deja a la vista su rostro sombrío de pocos amigos. Adoro a mi hermano y, sinceramente, es guapo, pero hay que mirar más allá de su gesto maniaco para verlo.

Además, el noventa por ciento del tiempo va sin camiseta, como ahora. Y eso hace que todos sus tatuajes hedonistas y aterradores estén a la vista de todo el mundo.

Si a eso le añades que está bastante petado, tenemos la receta perfecta para un accidente en ciernes.

Tampoco ayuda que lo criaran para ser el heredero de los puestos de mis padres en la bratva de Nueva York.

A veces es un bruto con licencia para dar palizas, desmembrar y hasta matar. En otras ocasiones, solo es mi hermano, el que nos llevaba a Maya y a mí a tomarnos un helado y nos defendía de los perros callejeros más letales.

—Sigo esperando una respuesta.

No puedo evitar mirar las vendas que le envuelven la base del cuello.

Ese es el motivo por el que bañé al cabrón de Landon en sangre de cerdo hace unos días, y lo volvería a hacer sin pestañear.

—Sigo esperando —repite Nikolai en su tono habitual gruñón, aunque ahora está bastante irritado. Sinceramente, tiene la paciencia de un niño de tres años.

—¿Qué más te da? —replico con señas con mi expresión más inocente—. Eres un maleducado, por cierto. ¿No te tengo dicho que no me molestes cuando estoy meditando?

—Bla, bla, bla. Que no me evites la pregunta, hostias. —Se acerca tanto que aspiro la menta de su aliento—. ¿Adónde te llevaste a nuestra hermana la otra noche y por qué os estabais riendo como brujas malvadas cuando volvisteis? Reconozco un subidón de adrenalina cuando lo veo y vosotras lo teníais. Desembucha.

Jugueteo con la decena de lazos azules que llevo en el pelo como si estuviera arreglándomelos.

—¿Qué te hace pensar que la llevé yo? Tal vez me llevó ella a mí.

—Ella es mala, pero tú eres el cerebro de todos los desastres que planeáis. No tengo todo el día, Mia. ¿Qué cojones habéis hecho? ¿Tengo que desmembrar a alguien?

Me señalo con el pulgar con orgullo.

—Tu hermanita se ha encargado de todo. Tú tranquilo, Niko.

Este entorna los ojos y parece un loco de forma aterradora. No suele soltar presa cuando hace sus interrogatorios, sobre todo si se trata de Maya y de mí.

Además, aunque vivimos en un piso cerca de la mansión donde reside con los Paganos, no puede vigilarnos todo el día.

Sí, hay guardaespaldas, pero Maya y yo dejamos claro que solo los queríamos para el exterior y que nunca entrarían en casa. O que Dios no lo quiera, nos sigan por ahí.

El otro día tuvimos mala suerte, porque cuando regresamos, Nikolai nos estaba esperando.

Evidentemente, no se creyó la mentira de que estábamos con unos amigos. Primero porque no tenemos de eso. La gente nos tiene miedo o nos trata con cautela, así que Maya y yo somos la mejor amiga de la otra.

Mi hermana tiene muchos seguidores en redes sociales y encaja rápido con la gente que es como ella, pero ni siquiera ella los considera amigos. Cuando éramos niñas, tenía una relación muy estrecha con la niñera y solía llamarla amiga, pero eso se acabó cuando se fue para estar con su propia familia.

Y, en segundo lugar, a pesar de que Maya y yo tenemos habilidades para inventarnos cosas de improviso y terminar las mentiras de la otra sin despeinarnos, Nikolai lleva con nosotras toda la vida y, aunque le gusta fingir que no nos diferencia cuando nos vestimos igual, claro que puede.

También se da cuenta de cuándo estamos fingiendo.

—¿Qué sucedió aquella noche? —pregunta sin amilanarse ante mi respuesta—. Y no me digas que nada porque sé que es mentira.

—La verdad es que no pasó nada —signo con una sonrisa tierna.

Aprendí muy rápido que soy muy mona. Maya hace todo lo posible para parecer sexy, pero yo me aprovecho de mis encantos.

Si eres mona y sonríes, la gente suele caer en la trampa.

Solo tengo que parecer ingenua hasta tener la oportunidad de soltar una patada o pegarles en la cara. Como hice con Landon King.

Me sobreviene un escalofrío al recordar la sonrisa espeluznante de aquella noche. De hecho, tuve una pesadilla sobre esa sonrisa llena de sangre y el símbolo de «te estoy vigilando».

Es imposible que sepa que fui yo. No llegué a quitarme la máscara y, en teoría, no estaba invitada a la fiesta.

La persona que me dio esas invitaciones y me dejó entrar en la mansión de los Élites jamás me delataría. De hecho, Brandon, hermano mellizo de Landon y aliado mío, me envió una foto de su hermano cubierto de sangre y un mensaje.

Brandon

¿Has sido tú?

Mia

Si te digo que sí, ¿me odiarás?

Brandon

No. En realidad, ahora me caes mejor. Estoy impresionado.

Mia

¿No estás enfadado por que haya usado las invitaciones que me diste para esto?

Brandon

La verdad es que no. Supuse que ibas a liarla cuando me las pediste.

Mia

¿Y si te causa problemas con tu hermano?

Brandon:

Sé cómo apañármelas con él. No te preocupes.

Así que todos salimos ganando. Puedo mantener la amistad que he entablado hace poco con Bran, aun totalmente frágil, y también me he vengado por lo que el salvaje de su hermano le hizo al mío.

Aun así, los últimos días he estado vigilando mis pasos sin darme cuenta, como si esperara que Landon se me echara encima en cualquier momento.

O peor…, que me arrastrara a algún rincón oscuro donde quedaría totalmente indefensa.

—Vale. —Nikolai se yergue cuan alto es.

—¿Vale? —Lo repito en lenguaje de signos, como si no estuviera segura de haberle oído correctamente.

—Sí, vale, Maya y tú podéis saliros con la vuestra. —Ladea la cabeza—. A cambio, voy a añadir dos guardaespaldas más y todo el equipo de seguridad os seguirá allá donde vayáis.

Me pongo en pie y gesticulo con furia.

—No puedes hacernos eso.

—Ya lo verás con tus propios ojos mañana a primera hora.

Ay, mierda.

Si mi hermano dice que lo hará, no me cabe la menor duda.

—Espera —signo, y dejo escapar un suspiro—. Vale, mentimos. En realidad, había quedado con un amigo que he hecho hace poco que dudo que vayas a aprobar, por eso no te lo dijimos.

—Nombre. Dirección. Facultad.

—Brandon King. Vive en la mansión de los Élites y va a la REU.

Mi hermano se queda quieto y las cejas casi le alcanzan el nacimiento del pelo.

—¿Desde cuándo te buscas amigos en la REU?

—Sucedió sin más. Fue en la época en la que su hermano Landon estuvo molestando a Kill y siendo un maleducado. Brandon vino a pedir disculpas por su comportamiento. Después jugamos todos a un juego y nos hicimos amigos.

—Killian no me contó nada de eso.

—Pues no sé por qué. —Aunque creo que fue porque Brandon le pidió que no lo hiciera. Y como Killian quería ganarse a Bran para poder salir con su hermana, Kill se calló todo aquel incidente.

—Entonces me estás diciendo que tú y Flor de… —Se aclara la garganta—. Que Brandon y tú sois amigos.

—Sí, quedamos para jugar a videojuegos y demás. Nos damos unas buenas palizas. Deberías verlo.

—Lo mismo sí —masculla entre dientes.

—Entonces ¿te parece bien?

La expresión pensativa desaparece al instante y entrecierra los ojos.

—En absoluto. No quiero que te involucres con nadie de los Élites.

—Pero él es diferente, Niko. Es muy simpático y todo un caballero.

—Ah, ¿sí?

—¡De verdad! No se parece en nada al idiota de su hermano, Landon.

—Entonces ¿Maya y tú estuvisteis con Brandon esa noche?

Asiento.

—¿Dónde? ¿En la mansión?

—No, allí estaban dando una fiesta, así que quedamos en una cafetería gamer y jugamos un rato.

—¿Maya fue a una cafetería gamer? ¿Al foco de frikis como ella lo llama?

Mierda. Eso no lo había pensado.

Maya jamás entraría en uno de esos sitios ni aunque llevara sus tacones más baratos.

—Quería conocer a Bran porque le he hablado mucho de él.

—Le has hablado mucho de él —repite Nikolai en un tono misterioso.

—Sí, y le cae superbién. —Ahora tengo que presentar a Maya y a Bran de verdad. Uf, seguramente no se lleven bien.

Nikolai coge mi móvil del suelo y me lo pasa.

—Llámalo.

Doy un respingo.

—¿Cómo?

—Dices que sois amigos y que pasáis tiempo juntos. Eso significa que tienes su número, ¿no?

Asiento.

—Pues llámalo. Quiero verificar tu historia.

Abro el teléfono y tecleo con rabia.

—Esto es ridículo. ¿Es que no te fías de mí ni un poquito? Es como si no me creyeras.

—Es que no te creo —replica sin más—. Llámalo.

—No suelo llamarlo.

—Estoy seguro de que no le importará por esta vez siendo tan simpático y tan caballeroso. —No se me pasa por alto la forma en la que recalca las palabras que yo misma he dicho.

Ay, mierda.

Intento ganar todo el tiempo que puedo mientras busco el nombre de Bran con la esperanza de que Maya entre en la habitación.

Siempre está invadiendo mi espacio, pero ahora no aparece. Seguramente se esté escondiendo para que Niko no la acribille a preguntas. Será traidora.

Como ve que tardo más de la cuenta, Nikolai me quita el móvil y escribe Bran en la barra de búsqueda. Cuando solo aparece un contacto con ese nombre, pulsa «Llamar» y lo pone en altavoz.

El corazón casi se me sale por la garganta mientras hace llamada.

«No respondas».

«No respondas».

«Por favor».

«Por favor…».

—¿Diga? —La voz de Bran resuena algo áspera en el ambiente, como si se hubiera despertado de una siesta—. ¿Mia? ¿Va todo bien?

Dejo escapar un profundo suspiro y por el rabillo del ojo veo que mi hermano me está mirando.

Qué horror.

—¿Mia? —Bran ya está despierto del todo—. ¿Ha pasado algo? Haz algún ruido si necesitas ayuda…

—Soy su hermano, Nikolai.

Bran se queda callado unos tensos segundos y yo estoy a punto de mearme encima. Esto va cuesta abajo sin frenos.

—Entiendo. —Bran se aclara la garganta y suena indiferente, incluso frío—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Mi hermana dice que hace tres días pasó la noche contigo.

—¿Que pasó la noche conmigo?

—¿No fue así?

Joder, Niko. Lo dice como si me hubiera acostado con Bran o algo.

—Nos vimos, pero no pasó la noche conmigo como estás diciendo.

«Eso, Bran, gracias».

—¿Qué estuvisteis haciendo?

—Estoy seguro de que puedes preguntárselo a tu hermana.

—Ya lo he hecho, pero estoy decidiendo si la encierro o no según tu respuesta.

De nuevo, silencio.

Pobre Bran, arrastrado a una situación que no se merece y a la que no ha accedido.

—Estuvimos jugando a videojuegos —responde sin más.

—¿Dónde?

—En una cafetería gamer.

—¿Cuál?

—La única que hay en la isla. Play Dangeon.

—¿Quiénes?

—Nosotros dos.

Casi me desmayo. Lo estaba diciendo todo bien, como si yo misma le hubiera dado los detalles, pero ha fallado en la última.

—Vosotros dos —repite Nikolai con una sonrisa taimada.

—Sí. Solo jugamos nosotros. Maya estaba allí, pero estuvo enganchada al móvil la mayor parte del tiempo.

«Ese es mi chico».

Pienso comprarle a Bran todo el merchandising nuevo del League of Legends.

—Si no quieres nada más… —Entonces Bran cuelga.

Sonrío a mi hermano triunfante.

—No deberías desconfiar de tus propias hermanas. Tenemos que trabajar esos malos hábitos, Niko.

—Mantente alejada de esa panda de malnacidos. —Me aprisiona el móvil contra el pecho—. Incluido Brandon.

Y se marcha. Por Dios, qué mala leche tiene.

Bueno, sigue siendo una victoria.

Ahora tengo que agradecérselo a Bran en persona y espero… No, rezo por no volver a ver a su hermano desquiciado.

CUATRO

Mia

Como meditar en el apartamento se ha vuelto imposible, he tenido que idear otra forma para relejarme.

El club de ajedrez del centro.

Tenemos un club de ajedrez en la King’s U, pero ya no me supone ningún reto. Además, es posible que le diera un patadón en la barbilla al presidente del club por llamar «puta barata» a Maya.

¿Qué más da si le gusta vestirse bien y enseñar su cuerpo? No es de su incumbencia, joder.

Como ya es más que evidente, no reacciono muy bien a la gente que hace daño o habla mal de mi familia. Además, ese presidente de pacotilla sabe perfectamente quiénes somos y la presión y el peligro que hemos tenido que aguantar desde que éramos niños.

Maya es una tía independiente a la que le encanta arreglarse y enseñar su belleza. No es que vaya buscando la atención de ese gilipollas.

Obviamente, me pusieron en la lista negra del club, a pesar de ser lo mejorcito que tienen. En fin, que hace unas semanas conseguí inscribirme en el club de ajedrez de la isla, después de ver unos folletos en la puerta de nuestra residencia.

Hay algunos ancianos que juegan bastante bien, aunque muchos van allí para cotillear, como si fuera un club de costura.

Pero, bueno, como el ajedrez y la meditación son las dos cosas que me ayudan a acallar a mis demonios, este es mi último recurso.

También me encantan las plantas, pero nunca sé si meter alguna en nuestro apartamento. Es como si le estuviera poniendo los cuernos a las flores tan bonitas que tengo en casa de mis padres.

La cuestión es que no pueden volver a echarme de aquí, o me meteré en un lío. En mi familia, solo puedo jugar al ajedrez con Gareth, pero últimamente está ocupado con sus estudios.

Recorro la calle ignorando las miradas que me dedica todo el mundo. Hoy he recurrido a mi atuendo por excelencia: un vestido ancho negro con una falda de tul de textura esponjosa, unas botas con plataforma y cadenas y unos lazos a juego en el pelo. Ah, y unas gafas de cristal azul reflectante chulísimas.

¿Qué? Así parezco una villana.

Muchos dicen que es ropa de gótica, pero en realidad no es así. Tampoco es el estilo típico de los adoradores de Satán; paso de esa liga de pringados. Ni siquiera llevo maquillaje negro. De hecho, el único que me pongo es un pintalabios rosa y rímel. Si tengo ganas de guerra, como aquel día en la mansión de los Élites, me pinto el rabillo del ojo de negro.

Me gusta ser tan mona como letal. Ese es mi punto fuerte.

Cuando entro, me quito las gafas y saludo al presidente del club. El resto de miembros levantan la vista, pero, nada más verme, vuelven a sus cotilleos o sus partidas.

Pues nada.

De alguna forma, se han enterado de quién soy y no quieren tocarme ni con un palo de tres metros. Apenas me dirigen la palabra.

El único que lo hace es el presidente, que normalmente suele ser quien juega conmigo al ajedrez. Cuando ve que le saludo, se pone en pie lentamente desde donde estaba sentado junto a la recepción y se dirige a mí.

El señor Whitby es un anciano amable de cabello canoso y arrugas profundas con una postura impecable para la edad que tiene.

—¿Cómo se encuentra hoy, señorita Sokolov?

Le hago el signo de «bien», porque ya lo entiende. Aunque todo lo demás lo tengo que escribir en la aplicación de notas del móvil. Le muestro lo que le he escrito: «Te dije que me llamaras Mia. A secas».

El hombre asiente como si fuera el mejor caballero británico de la historia, después de mi padre, claro, que tiene acento británico aunque proviene de una genealogía complicada.

La mayor diferencia es que el señor Whitby no asesina a la gente como medio de vida como hace mi padre.

El anciano sonríe levemente.

—Lamento decirte que no podré quedarme para jugar hoy. Tengo que hacer un recado urgente.

Vaya.

—Seguro que cualquiera de los demás estará encantado de jugar contra una jovencita tan inteligente como tú.

No, ni de coña.

El señor Whitby mira a los demás.

—¿Alguien quiere?

Agacho la cabeza. Parece que hoy no voy a tener ni meditación ni ajedrez. Aun así, necesito purgar esta energía antes de que me consuma.

Esta mañana me descubrí a mí misma delante del espejo abriendo y cerrando la boca. Lo más perturbador no fue parecer un pez atormentado y ridículo, sino que hacía años que no me pasaba.

Tras dejar de hablar cuando tenía ocho años, intenté hacerlo unos años después situándome delante del espejo abriendo y cerrando la boca. Trataba de que los ruidos que a veces se me escapaban se convirtieran en palabras, pero solo conseguí acabar llorando y provocarme ataques de ansiedad.

Así que dejé de intentarlo.

Pero últimamente he sufrido mucho estrés; de no ser así, no lo habría hecho. También podría ser por las pesadillas que…

—Yo jugaré con ella.

Doy un respingo y siento de nuevo ese escalofrío que se me cuela por el ombligo.

Es imposible.

Debo de estar imaginándolo.

Aun así, no me giro hacia el origen de la voz.

Si finjo que no la he oído, entonces no ha pasado. ¿Quién sabe? Tal vez mis oídos se estén poniendo a la altura de mi lengua y también se estén volviendo disfuncionales.

Delante de mí se detiene una sombra y esta vez sí que alzo la cabeza. El gritito que se me escapa está a punto de ahogarme al ver con mis propios ojos a nada más y nada menos que al maldito Landon King.

Por segunda vez en mi vida, me deja descolocada. No, pasmada. Todo lo relacionado con este hombre me perturba, y ni siquiera su carisma es capaz de camuflarlo.

Es injusto que siempre parezca que acabe de salir de una pasarela o de un anuncio. Lleva una camisa blanca y reluciente metida por dentro de los pantalones de traje a medida, que acentúan su cintura esculpida. Se mueve con una elegancia natural que se enfatiza con una presencia llamativa y una sonrisilla sarcástica.

Al contrario que hace unos días, se ha dejado una barba corta sobre la mandíbula marcada, lo que le hace parecer algo salvaje.

El muy cabrón sabe de sobra cómo usar las armas de las que dispone: belleza, estilo y un carisma irritante. Ladea la cabeza y esboza la misma sonrisa de la otra noche: provocativa a la par que peligrosa hasta decir basta.

—Landon. —El señor Whitby le agarra el hombro como saludo—. Hace tiempo que no nos vemos.

«¿Hace tiempo que no nos vemos? ¿Cómo que hace tiempo que no nos vemos? Por favor, dime que este gilipollas no es parte del club».

—Frank. —Landon saluda al presidente con la familiaridad de un conocido cercano, y su sonrisa se transforma en un gesto de bienvenida—. Echaba de menos este sitio y a la gente que viene, así que se me ocurrió haceros una visita.

Todo el mundo, y me refiero a todas y cada una de las personas presentes, le dedica una sonrisa o se pone en pie para acercarse al monstruo.

Las mujeres se dedican a pelear por su atención y él se comporta como si fuera famoso. Sin embargo, al contrario que las celebridades, Landon se sabe todos los nombres y hace comentarios: felicita a una chica por su nuevo corte de pelo, a otra por sus gafas tan bonitas, y a la siguiente por su jersey. También saluda a los hombres como si fueran colegas y todos se dedican asentimientos entusiastas.

«Estarás de coña».

Observo este espectáculo con la boca abierta. Esto es a lo que debía de referirse Bran cuando me dijo: «Nunca has visto a Lan en acción. Puede ser la persona más carismática del mundo, o la más letal, dependiendo de cómo se sienta o lo que pretenda».

Ahora lo veo claramente. Esta es la otra cara de Landon, de la que solo había oído hablar pero que nunca había tenido la desgracia de presenciar.

Capta la atención de la gente sin despeinarse. Es evidente que tiene un talento natural y que jamás podrán superarlo en este juego.

Lo peor de todo es que la gente acude a su presencia con la tendencia suicida de una polilla a las llamas. En unos segundos, soy la única que se ha quedado fuera del círculo. Una marginada en toda regla.

El señor Whitby se aclara la garganta y consigue abrirse paso por el círculo que rodea a Landon. De repente, vuelvo a estar en el campo de visión de este príncipe no-tan-encantador, un lugar en el que no quiero estar después de cargarme su fiesta la otra noche.

—Bueno, ya está bien —impone el señor Whitby—. Landon ha venido a jugar, ¿por qué no le dejamos que lo haga?

El hombre del momento (así es como seguramente se considere a sí mismo) centra su atención en mí y mantiene una sonrisa perturbadora que no tendría rival con la de un asesino en serie.

—Landon, esta es Mia. —El señor Whitby me señala—. No puede hablar, pero oye perfectamente. Si necesita comunicarse, te escribirá una nota en el móvil. Ah, resulta que es la mejor jugadora a la que me he enfrentado después de ti.

¿Acaba de decir «después de ti»?

«Señor Whitby, acababa de ponerte en el altar de los caballeros británicos, ¿cómo te atreves a situarme detrás de este capullo?».

—¿Después de mí? —repite Landon, y juraría que he visto un brillo en sus ojos que lo hacían aún más sarcástico.

—Sí, es una jovencita de lo más inteligente y una contrincante formidable. Ojalá pudiera quedarme para veros jugar.

—Ahora estoy intrigado.

El muy cabrón, que no se parece en nada a Bran salvo en la apariencia, vuelve a sonreír. ¿Cómo es posible que algo tan simple como ese gesto exude un carisma tan poco sano y un vudú satánico?

A regañadientes, me siento a la mesa que hay libre en el rincón. Una parte de mí quiere salir corriendo y replantearse lo de adorar al diablo para maldecir al hombre que tengo enfrente, pero, si lo hago, levantaré sospechas.

Además, es imposible que Landon sepa que fui yo la que lo humilló delante de esos patéticos que quieren ser como él.

Aun así, me muevo con rigidez cuando me siento enfrente. Adiós a relajarme y a acallar mis pensamientos.

Creo que podemos decir que todo se ha ido al traste.

Me entretengo colocando las piezas blancas en el centro del tablero.

—Volvemos a vernos.

Poco a poco, levanto la cabeza, y así mi mirada se encuentra con la suya, mordaz, y esa sonrisa provocadora que asoma a sus labios. Mantengo la expresión y tecleo en mi móvil. «¿Quién has dicho que eras?».

En cuanto ve las palabras, se le escapa una carcajada.

—Eres una ratoncita de lo más interesante.

«Me llamo Mia», escribo para enseñárselo.

—«Ratoncita» me parece más correcto. Te encanta pasar desapercibida y dejar miguitas de destrucción a tu paso, ¿no?

Menudo gilipollas.

¿Cuántas probabilidades tengo de darle una patada y que los fans de todos los géneros que nos están mirando no acaben echándome?

Además, ¿esto significa que sospecha de mí?

Aun así, aunque lo haga, no tiene pruebas y, por lo tanto, no puede acusarme de nada.

Empujo mi primer peón y lo miro fijamente. Él me devuelve la mirada mientras desliza uno de sus peones por el tablero.

—Debo admitir que tienes unas habilidades de actriz muy por encima de la media. —Enarco una ceja—. Mantener la calma y fingir que ni siquiera me conoces debería ganarte una ronda de aplausos.

Le escribo: «No sé de qué me estás hablando. ¿Nos conocemos de algo? ¿De cuándo? ¿En tus sueños, quizá?».

—¿Mis sueños?

«Vaya. ¿En serio he estado en tus sueños? Sé que soy guapa, pero ya puedes ir limpiándote la baba».

Frunce los labios.

—Está claro que alguien está babeando aquí, pero no soy yo. Y no, no nos hemos conocido en mis sueños. Tendrías que importarme algo para darte acceso a mi subconsciente y no se me conoce por ello. Pero sí que nos conocimos cuando le destrocé el coche a tu primo.

«No me acuerdo».

—¿Y te acuerdas cuando me llamaste gilipollas de mierda y procediste a enseñarme a insultar en lenguaje de signos porque yo te llamé muda? ¿De eso te acuerdas?

Me arde la sangre al recordarlo y siento la tentación de volver a hacerle una peineta solo por ello. Sin embargo, muevo otro peón y escribo: «No, he conocido a muchos gilipollas en mi vida y es imposible que me acuerde de todos. Aunque me alegro de que tú tengas tan buena memoria para los encontronazos sin importancia».

Ya está. Muerto. ¿La mejor forma de devolvérsela a los capullos egocéntricos con complejo de dios como Landon? Hacerlos sentir insignificantes.

—Hum. —Su mirada pasa del móvil a mi cara—. Y yo que quería disculparme por haberte llamado muda, pero al parecer no hay necesidad.

Entrecierro los ojos, pero me recompongo rápidamente. El muy cabrón casi me pilla. ¿A qué está jugando con lo de disculparse? La gente como él nunca se disculpa.

Si lo hacen, no lo dicen en serio.

Y si lo dicen en serio, tienen otro motivo.

—Como veo que tienes lagunas en la memoria… —Se pasa los dedos por el cuello de la camisa y me mira a los ojos—. Supongo que no habrás estado en mi casa últimamente, ¿no?

«Ni siquiera sé dónde vives», escribo.

—Qué curioso. —Se inclina hacia delante—. Porque he visto vídeos en los que mi hermano te invitaba a venir.

Mierda.

«¡Ah! No sabía que era tu casa». Sonrío con dulzura cuando le enseño el móvil.

—Supongo que tampoco sospechaste que mi gemelo idéntico, que es literalmente una copia de mí mismo, pudiera ser, no sé, ¿mi hermano?

«Lo he sospechado cuando te he conocido ahora, pero es de mala educación hablar de la familia de los demás, ¿no crees?». Vuelvo a sonreír al sacarlo de sus casillas.

Creo que hoy alguien va por detrás de mí, más que al contrario.

—Cierto, por eso prefiero no mostrarte los vídeos en los que tu hermana gemela hace el tonto con uno de mis guardias aquella noche.

Me quedo muy quieta y siento que me arden las mejillas.

—Así es, ratoncita. Sé que las dos os colasteis en mi propiedad y me bañasteis con sangre de cerdo. Ahora que hemos dejado atrás las aburridas cortesías, ¿quieres que lo hablemos?

CINCO

Landon

Nunca se me ha dado bien jugar con los demás.

Sí, puede que use mis encantos, pero solo lo hago para obtener un favor aquí, una conexión por allá, y un polvo con cualquiera.

No lo hago para ganar superfans y chicas de ojos soñadores.

De hecho, solo juego con los demás para que caigan en el sitio exacto del tablero, ahí donde los quiero tener.

La fuerza es para los brutos que no tienen la capacidad de usar la cabeza. Y aunque de vez en cuando me deleito con estallidos de violencia, no suele ser mi modus operandi.

Sin embargo, atrapar a cierta ratoncita en un rincón sí que lo es.

La pequeña e insignificante alborotadora que consiguió bañarme de sangre en mi propia casa está sentada delante de mí con una postura que es la imitación perfecta de una estatua griega.

O, mejor pensado, romana. Esas son más forzadas y tienen muchos más detalles.

Aunque hay una diferencia: los ojos. Cuentan una historia muy distinta a la postura. Ese azul opaco no se parece en nada al mío y es prácticamente una explosión de colores. También de fiereza, como un volcán enterrado en las profundidades del océano.

Aunque puede permanecer dormido durante años, ocasiona un tsunami letal en cuanto entra en erupción.

O tal vez sea el azul de las flores silvestres. Aplastadas por la naturaleza pero siempre resistentes. Orgullosas y bellas aunque sean temporales.

La parte pegada del vestido ofrece una vista modesta de la curva de sus pechos redondeados. Añade a eso la cantidad indecente de lacitos y esas gafas ridículas en lo alto de la cabeza y es la digna estampa de una de las seguidoras favoritas de Satanás.

Una Barbie gótica sin el maquillaje pretencioso.

La torre permanece suspendida en pleno movimiento, como si el mundo se hubiera detenido.

Pero no lo ha hecho, así que puedo contemplar el cambio intrigante de su expresión, que pasa de la arrogancia al terror absoluto.

Ha merecido la pena el tiempo que me he pasado investigando el incidente de hace unos días. Podría haber optado por algo totalmente distinto, que hubiera incluido violencia y un caos digno de salir en las noticias. Aunque esa emoción habría sido entretenida unos segundos, no me habría durado mucho más. Y, desde luego, no tiene ni punto de comparación a lo que tengo delante.

Unos labios carnosos y rosados, algo abiertos, que dejan a la vista unos dientes totalmente blancos. Unas mejillas y un cuello sonrosados. Los ojos tan abiertos que me pregunto si sigue viéndome.

En conclusión, le he hecho un jaque mate en toda regla.

—¿Hola? —Le paso una mano por delante de la cara—. ¿Sigues ahí, ratoncita?

La chica parpadea una vez…

Dos…

Tres…

Percibo el instante en el que se lanza al ataque. Es como cuando tuvo la osadía de pegarme bajo mi propio techo. La única diferencia es que aquí está menos resguardada y no parece contemplar la opción de seducirme de forma poco experta.

Estira el puño pero, antes de que acierte en mi cara, lo sujeto con la mano y lo aparto a un lado sin hacer mucho esfuerzo.

—No me parece muy inteligente, ¿no? Los dos sabemos que soy más fuerte que tú y que podría aplastarte como un insecto insignificante si así lo quisiera, así que no me obligues a hacerlo.

Tuerce el gesto con dolor o con rabia…, no me queda claro. Espero que sean ambas cosas.

Me encanta ver a la gente patalear en el charco de sus propias emociones inútiles antes de que se rindan y se ahoguen.

Según dicen por ahí, no soy más que un rebelde guapísimo con cierta tendencia al sadismo.

—Ahora vamos a negociar en mis términos, ¿de acuerdo?

Le suelto la mano y es entonces cuando me doy cuenta de lo que pequeña que es. De hecho, todo su cuerpo es pequeño, desde su naricilla hasta sus rasgos diminutos. No es bajita, pero tampoco es especialmente alta.

La altura perfecta para caber en un ataúd.

Por Dios, ya lo he vuelto a hacer.

Imaginarme a alguien muerto.

Si pudiera ir a su funeral, pediría que le dejaran los ojos abiertos. ¿A mí qué más me da que espante a todos los demás? Mientras yo pueda disfrutarlos, al mundo que le den.

Sin embargo, no me dejo engañar por esa ternura. A pesar de su aspecto delicado, esta chica tiene tendencias violentas y ha demostrado que es valiente.

En cuanto la ratoncita se ve libre, me dedica unos signos furiosos y las mejillas se le colorean de rojo por la rabia. Una de las ventajas de mi cerebro de genio es dominar a la perfección los idiomas después de haberlos aprendido desde muy joven. Hablo cinco de forma fluida y una docena más a distintos niveles. Sin embargo, jamás se me había pasado por la cabeza aprender el lenguaje de signos.

No entiendo nada de lo que Mia está queriendo comunicar, pero sonrío y asiento de todas formas.

—Por tu expresión, deduzco que no estás contenta con el giro de los acontecimientos. Tal vez llegue a empatizar contigo cuando me importe algo lo que pienses.

La chica baja la mano a la mesa y se obliga a respirar. Parece que no le resulta especialmente efectivo y que es peor que un niño cuando intenta mantener la calma. Después de soltar un resoplido dramático, apuñala la pantalla del móvil con unas uñas pintadas de azul, como los lacitos y las gafas.

—Tranquila, campeona. —Es lo que le dije la noche que se atrevió a provocarme y se apresuró a firmar su certificado de defunción—. El móvil no tiene la culpa de que estés perdiendo de forma estrepitosa.

Me planta el móvil en la cara. «Si te atreves a hacerle daño a mi hermana, te cortaré la garganta y te pondré a secar colgado de las pelotas».

Muevo la mirada del mensaje a su cara, justo cuando se pasa el dedo índice por el cuello traslúcido, que quedaría etéreo con unas cuantas marcas. Luego aprieta algo imaginario (supongo que mis pelotas) y me señala.

Noto que se me ensancha la sonrisa cuando entrelazo mi dedo índice con el suyo.

—¿Esto es una especie de método telepático?

Mia aparta la mano de un tirón y me hace una peineta sin perder la sonrisa espeluznante y tierna a partes iguales.

Es una sonrisa que no solo pretende ser falsa sino también fingida.

Interesante.

Por lo visto, a Mia Sokolov no le importa provocarme por diversión.

Por lo visto, me he topado con alguien que no se muestra especialmente receptiva a mi personalidad impresionante y a mis encantos inmaculados.

Pero, claro, de no ser así, no me habría bañado en sangre.

Mia mueve su torre y yo le bloqueo el paso con mi reina. Acto seguido, apoyo un codo sobre la mesa y la cabeza sobre mi puño.

—Tengo curiosidad.

Ella escribe: «¿Sobre cómo ser una mejor persona? Yo puedo darte algunas indicaciones».

—No seas ridícula. A nadie le da curiosidad algo tan aburrido, y tú eres la última persona que podría darme indicaciones. —Empujo mi reina hacia delante y la chica entrecierra los ojos ante ese movimiento inesperado—. Lo que sí me da curiosidad es por qué me atacaste.

Su expresión delata un «¿estás de coña?», a lo que le sigue una negación de cabeza y un resoplido. Me está tratando con la misma condescendencia que un profesor que está harto de un alumno problemático.

Su actitud me resulta extrañamente parecida a la de mi hermana, Glyndon, cuando me dice que está harta de mis extravagancias. Sin embargo, como yo estoy a punto de cumplir veinticuatro años y ella solo tiene diecinueve, dispongo de ciertos privilegios de hermano mayor. Y soy el segundo nieto King que pisa la Tierra. Todo eso supone un superpoder de propio derecho.

—¿Qué? —Tamborileo los dedos sobre los labios—. Si es por algo que he hecho, vas a tener que ser más específica. No guardo registro de todas las obras maestras que llevo a cabo. Como comprenderás, tengo que borrar algunas para hacer espacio para las nuevas.

Mia mete la mano en el bolsillo de su vestidito, que parece que se lo ha robado a una muñeca gótica, y saca lo que parece un bolígrafo para garabatear en la pantalla del móvil algo más largo de lo habitual.

Su caligrafía, si es que puede llamarse así, es diminuta y desordenada, como un borracho que intenta volver a casa después de una noche de parranda.

«¿Se te ha olvidado que le hiciste daño a mi primo Kill? ¿O que secuestraste a mi hermano y aquello le provocó una herida? Además, ¿cómo conseguiste secuestrar a mi hermano? Es mucho más grande y fuerte que tú».

—La fuerza carece de importancia cuando la víctima está drogada. Se la metí en el vodka y no se enteró de nada. Un consejito: no bebas nada que te haya ofrecido un desconocido. Aunque lo cierto es que tu hermano es un poco espeso, ¿no?

Sus ojos relucen como si llamearan en el infierno. Le respondo con una sonrisa victoriosa.

Hay algo que me intriga en la expresión asesina que me dedica. Algo que querría inmortalizar en piedra.

Tal vez la transforme en una de mis estatuas y contemple esa expresión irritada durante toda la eternidad.

Ja.

Es la primera vez que he pensado en esculpir a alguien solo para contemplarla. Normalmente me los imagino en piedra por el único propósito de arrebatarles la vida.

—Hay que admitir que tu primo Kill tuvo la osadía de ir a por mi hermana, un pecado que aún no le he perdonado, la verdad. En cuanto a tu hermano, fue parte de un plan muy complejo que tenía más de una complicación, pero conseguimos que fuera un éxito rotundo.

Empieza a hablarme en señas, pero luego deja el puño en la mesa y garabatea con la otra mano.

«No sería tan rotundo como el puñetazo que te di y el baño de sangre que te pegaste, gilipollas».

—Pues mira, ahí estás equivocada. —Voy a por su alfil y lo dejo a un lado—. El ataque de la otra noche iba dirigido a mí, mientras que yo nunca he ido a por ti.

Escribe algo más y lo planta delante de mi cara. «Si vas a por alguien de mi familia, es lo mismo que ir a por mí».

—No estoy de acuerdo. De hecho, considero ese asalto como una invitación al desafío y yo me tomo los desafíos muy en serio, por lo que mi primer movimiento es exponer a Maya como… facilona, por decirlo de alguna manera.

Mia se pone en pie de un salto y cierra los dos puños, al tiempo que se le marca una vena en el cuello de la tensión.

—Siéntate antes de que decida que después de su humillación pública, me la follaré y publicaré un vídeo para que lo vea todo el mundo.

La chica levanta un puño como si fuera a pegarme, pero yo sigo mirándola fijamente a los ojos.

—Siéntate, Mia, joder.

Frunce los labios pero empieza a sentarse poco a poco. Le tiembla el cuerpecito a pesar de lo mucho que se esfuerza por ocultarlo.

«¿Qué es lo que quieres?», escribe en su móvil.

—Si te soy sincero, todavía no estoy seguro. Lo único que tengo claro es que quiero hacer algo a cambio de ese baño de sangre no consensuado y por el puñetazo que se llevó mi nariz aristocrática.

Mia pone los ojos en blanco. «Eres un capullo arrogante sin un hueso decente en el cuerpo».

—Te agradezco ese comentario innecesario, aunque no sirve de nada, porque nada me importa demasiado. Además… —Le agarro la mano que sujeta el móvil; mis dedos se deslizan por su muñeca estrecha—. Será mejor que dejes de insultarme y de provocarme por diversión, porque empiezas a resultarme bastante molesta y eso es lo último que quiere nadie que se esté enfrentando a mí.

Mis dedos se deslizan por su brazo desnudo y siento los escalofríos que le erizan la piel. Normalmente, solo toco a mujeres si tengo intención de atraerlas a mi mundo sangriento. No pienso hacer eso con esta salvaje.

Su destino es tenerla rota entre mis manos. Cuando acabe con ella, lo único que quedará de su determinación férrea y su seguridad inquebrantable será polvo.

Sus ojos azul oscuro brillan con rabia. Si yo fuera gasolina, habría prendido de forma espontánea.

No aparta la mirada en ningún momento. Cuando exteriorizo mi energía maliciosa e intimidante, la mayoría de la gente se acobarda al cabo de unos segundos.

Aunque se me da genial emplear la máscara de mis encantos, no deja de ser una máscara y, cuando me la quito y dejo a la vista mi verdadera identidad, la destrucción que vive en mí, la gente tiende a evitarme, incluida mi propia familia.

Pero la puñetera Mia Sokolov no cede.

Me mira a la cara con una actitud que dice: «Que te jodan, ¿cómo te atreves a amenazarme?».

Supongo que había olvidado que es una princesa de la mafia. Probablemente la alimentaron con orgullo, arrogancia y poder desde el biberón.

Esas tres cosas acabarán hechas trizas por un servidor.

El momento finaliza cuando aparta la mano y escribe: «Muéstrame lo peor de ti, cabronazo».

Mi polla se retuerce contra mis pantalones y sonrío. Ampliamente. Tanto que Mia frunce los labios.

Unos labios que estarían estupendos alrededor de mi polla, temblando mientras se la meto hasta el fondo y acabo manchándolos con mi corrida.

Bueno, bueno. Al final esta alborotadora me está poniendo cachondo.

—¿Estás segura? La mayoría de la gente no tiene estómago para aguantarlo. Por cierto… —Muevo mi torre hacia delante—. Jaque mate.

Me pongo en pie y, antes de que pueda analizar el tablero, donde he bloqueado todos los posibles movimientos, me coloco a su lado.

Mia huele a magnolia entre la brisa de un invierno congelado. Hundo los dedos en la mata de cabellos rubio platino y lacitos y lo aparto para dejar su oreja al descubierto.

Entonces me inclino hacia delante y mis labios encuentran el lóbulo, que muerdo tan fuerte que Mia se sobresalta.

Mi polla se aprieta un poco más, es evidente que disfruta con esa reacción. Se me conoce por ser promiscuo, pero no tanto. Además, no suelen atraerme personas que suponen una amenaza a mi persona.

Otra primera vez. Qué interesante.

Le suelto el lóbulo de la oreja y susurro:

—Será mejor que cierres las ventanas por la noche. Nunca se sabe qué podría entrar por ellas.