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NOTA DE LA AUTORA

Releasing 10 es la sexta entrega de la serie Los Chicos de Tommen.

Algunos pasajes de este libro pueden ser extremadamente perturbadores, por lo que se recomienda discreción al lector.

Ten en cuenta que esta historia aborda temas increíblemente desgarradores como abuso infantil, trauma sexual y suicidio, por lo que, aunque es realmente importante hablar de ellos, puede no ser adecuado para lectores más jóvenes. Considera los detonantes emocionales y procede con cautela.

Debido a su contenido sexual sumamente explícito, violencia gráfica, temática adulta, detonantes emocionales y lenguaje inapropiado, el libro solo es apto para lectores que hayan alcanzado la madurez.

La historia está ambientada en el sur de Irlanda, entre 1991 y 2005, e incluye diálogos, argot, lenguaje y posturas culturales irlandesas que se corresponden con esa época histórica. Como tal, no reflejan las opiniones ni los valores personales de la autora.

Como los primeros libros de la serie de Tommen se centraban en la familia Lynch, los protagonizados por sus distintas parejas se publicaron en orden; no obstante, desde el quinto libro en adelante, el orden de publicación de los libros irá rotando entre los personajes en función de la trama en curso.

Al principio del libro figura una guía de pronunciación.

En lugar de los habituales títulos de capítulo, en este libro se utiliza un método de navegación basado en partes, etapas y secciones.

Muchas gracias por acompañarme en esta aventura.

Con todo mi cariño,

CHLOE xxx

PRONUNCIACIÓN DE LOS NOMBRES

Aoifa: Ifa

Edel: Edel

Sean: Shawn

Gardaí: Gardi

Caoimhe: Kifva

Sadhbh: Saif

Sinead: Shined

Neasa: Nesa

Eoghan: Owen

Tadhg: Taig (como «tiger» en inglés, pero sin la terminación «er»)

Feis: Fesh

Scoil Eoin: Skull Owen

Poitín: Pochín

Garda Síochána: Garda Shijana

PARTE 1
LOS AÑOS DE FORMACIÓN

12 DE JUNIO DE 1991

Lizzie

—Pero ¿qué le pasa?

—Nada. —Mami siguió acunándome contra su pecho—. Es perfecta.

—¿Por qué no habla todavía?

Caoimhe no parecía contenta. Tampoco sonaba contenta.

—Lizzie tiene tres años, mamá. Tres. Y no hace nada de lo que debería estar haciendo.

—Está bien, Caoimhe —dijo mami con un tono de voz demasiado alegre—. Ya se pondrá las pilas.

Me dio un beso en la mejilla y yo me acurruqué contra su pecho. Me encantaba su olor y la forma en que me abrazaba con fuerza. Me gustaba poner la oreja contra su pecho y escuchar los latidos de su corazón.

Bum bum, bum bum, bum bum.

Sonreí y le toqué la cara. Su cara era la mejor. Tenía unos ojos amables. Eran azules, igual que los míos. Conocía el color. Me sabía todos los colores y quería decírselo a mi hermana. Es solo que… no conseguía que las palabras me saliesen de la boca.

Mi voz no funcionaba.

—¿Crees que le cuesta? —preguntó Caoimhe con tristeza. Yo quería hacer que se sintiera mejor porque yo no era lenta corriendo. Era rapidísima—. ¿Necesita ir a un cole especial o algo así?

—Esta conversación no es apta para orejitas. —La voz de mami sonaba enfadada y eso no me gustaba. Me acurruqué aún más y escondí la cara en su rebeca—. Así que vente y ponte a hacer los deberes. Hablaremos de esto más tarde cuando tu padre llegue a casa.

—Yo quiero irme a casa.

—Estamos en casa, Caoimhe.

—¡No, quiero volver a nuestra verdadera casa! —gritó—. Odio estar en Inglaterra, mamá. No tengo amigos y en el cole todos se meten conmigo por mi forma de hablar.

—Son idiotas —le dijo mamá—. Ignóralos.

—Para ti es fácil decirlo —repuso mi hermana antes de volverse hacia mí—. ¡Lo has arruinado todo —chilló—, ojalá no hubieras nacido!

—¡Caoimhe!

—No lo siento, mamá, ¡es la verdad!

—Mírame, preciosa mía —me pidió mami cuando mi hermana salió furiosa de la habitación—. Enséñame esos enormes ojos azules.

Eso hice.

—Ahí estás. —Con una cálida sonrisa, me apartó el pelo de la cara—. Eres perfecta, ¿queda claro?

Asentí.

—Eres mi niñita, y yo siempre cuidaré de ti. —Me hizo cosquillas por debajo de la barbilla y sonrió—. Y no debes dejar que nadie te haga sentir como si tuvieras algo malo. —Me hizo cosquillas de nuevo—. ¿Lo has entendido, Lizzie?

Asentí de nuevo.

—Bien —dijo sonriendo otra vez—. Te quiero, cariño.

31 DE OCTUBRE DE 1991

Lizzie

—Sé normal cuando vengan mis amigos —me dijo Caoimhe—. No hagas nada vergonzoso, ¿vale? —Se dio la vuelta para mirarme—. Nada de gritos ni de tirarse al suelo.

Asentí para que supiera que lo entendía.

—Bien. —Sacudió la cabeza—. Ojalá hablases de una vez, Lizzie. —Me encogí—. ¿Cómo se supone que voy a saber siquiera si me entiendes si tú no hablas?

No me gustaba que se enfadase por mi culpa.

Me hacía sentir mal.

Notaba cómo me ardía la cara.

Hacía que me clavase las uñas.

—Para —me advirtió Caoimhe, fijándose en mis uñas amenazantes. Se levantó del tocador y vino hacia la cama—. No tienes permitido hacer eso. —Se agachó frente a mí, me cogió las manos y me miró a los ojos—. No tienes permitido hacerte daño.

«Lo siento —quise decirle—. No sé cómo hacer que pare».

En lugar de eso, levanté la mano y le toqué la mejilla.

Los ojos azules se le pusieron llorosos.

—Por favor, háblame. —Sollozando, me abrazó y me estrechó contra su pecho—. Por favor, Liz, solo una palabra. Te lo suplico.

Lo intento.

12 DE NOVIEMBRE DE 1991

Lizzie

—Teniendo en cuenta los frecuentes arrebatos violentos en la guardería y los significativos antecedentes familiares, me gustaría que Elizabeth empezara un tratamiento.

—Cuando dices «tratamiento», ¿te refieres a asesoramiento?

—Y medicación.

—Tiene tres años y medio —recalcó mami—. A los tres años todo el mundo tiene berrinches, por el amor de Dios.

—Lo suyo no son berrinches, Catherine, y lo sabes —respondió papi—. Hable claro, doctor. ¿Cuál es el diagnóstico?

—Aún es pronto para saberlo.

—Pero tiene una teoría, ¿no? —insistió—. Cree que lo tiene, ¿verdad?

—No es seguro, pero hay evidencias que sugieren que Elizabeth experimenta episodios psicóticos. Lo que me preocupa es su falta de sensibilización y la pérdida de conocimiento durante los episodios. —Jugueteó con el bolígrafo que tenía entre los dedos—. Parece que no recuerda nada de lo que hace.

—Eso no lo sabe —espetó mami, alisándome el pelo con la mano—. No lo sabrá hasta que empiece a hablar.

21 DE DICIEMBRE DE 1991

Lizzie

—Eso es un avión —me explicó mami, saludando con la mano frente a nosotras—. Nos va a llevar volando de vuelta a casa en Irlanda.

La miré con los ojos entrecerrados.

Ya sabía lo que era un avión.

—No me mires así. —Soltó una carcajada—. ¿Cómo se supone que voy a saber que ya conoces estas cosas?

Le lancé otra mirada, diciéndole con la mirada que no era ninguna estúpida.

—Vale, está bien —se rio entre dientes, levantando las manos—. Siento haber dudado de ti, cariño.

Sonreí.

—Te gusta sorprenderme, ¿a que sí?

Esbocé una sonrisita.

—Chica lista —me elogió, pasándome el brazo por encima de los hombros—. Eres más perspicaz de lo que parece, ¿verdad que sí?

Asentí y me volví para mirar donde papi estaba sentado con Caoimhe. Fruncí el ceño.

Sabía que estaban enfadados conmigo.

Pero no sabía por qué.

—Tranquila —susurró, abrazándome aún más fuerte—. Ellos también te quieren, cariño. Igual que mami.

6 DE ENERO DE 1992

Lizzie

—No —replicó Caoimhe—. De ninguna manera. No voy a cambiarme de colegio otra vez.

—Caoimhe, cielo, ya hemos hablado de esto. Intenta entenderlo, por favor.

—¡No pienso mudarme otra maldita vez! —gritó—. Tengo amigos en el St. Joseph, y prometiste que podría volver a mi antiguo colegio cuando regresáramos a casa. —Sacudió la cabeza y retrocedió hacia la puerta—. ¡Me lo prometiste, mamá!

—Lo hemos intentado, Caoimhe —le dijo mami apenada—. Pero el director dice que no es posible readmitirte. No tienen espacio, cielo.

—No es justo —lloró mi hermana, sollozando a lágrima viva—. ¡Mi vida está acabada, joder!

—No digas eso —la reprendió mami, intentando persuadirla—. Te irá igual de bien en el St. Theresa.

—Pero ¡es un colegio solo de chicas! —chilló Caoimhe—. Y es de monjas.

—Solo será un año y medio, después irás al instituto y volverás a estar con todos tus viejos amigos.

—¡Te odio, joder! —bramó Caoimhe. Yo seguía sentada en el escalón cuando me empujó para pasar—. Quítate de en medio —me ordenó a voces mientras me empujaba con el pie—. ¡Siempre estás estorbando, Lizzie!

—¡Caoimhe! —saltó mamá saliendo detrás de ella—. ¡No te atrevas a tomarla con tu hermana!

Quería decirle que lo sentía, pero no era capaz de hacer que las palabras me saliesen por la boca.

—No es tu culpa, Lizzie. —Mami me sonrió y se agachó delante de mí—. Tú no has hecho nada.

Levanté el brazo y le acaricié la mejilla con la manita.

Con un sollozo, cerró los ojos y me la cubrió con la suya.

—No estoy llorando, cariño —dijo, respondiendo a la pregunta que tenía en la cabeza.

Sí lo hacía.

Podía notar las lágrimas en la mano.

—Ahora pórtate bien y vete a la cama. —Cuando abrió los ojos lo hizo con una enorme sonrisa—. Y recuerda que mami te quiere muchísimo.

«Yo también te quiero, mami».

10 DE FEBRERO DE 1992

Lizzie

—Pero ¡qué le pasa a esta niña!

—Mike, no lo entiende.

—Está perturbada, Catherine. Hasta un ciego podría verlo.

—¿Cómo puedes decir eso de alguien de tu propia sangre?

—No aguanto más, Catherine, lo siento.

—Lo que pasa es que eres un maldito cobarde.

—Me está matando verla así.

—¿Y crees que a mí no me mata, Mike? La diferencia es que yo jamás la abandonaría.

—No la estoy abandonando, pero necesito salir de esta casa o perderé la cabeza igual que ella.

—Menudo padre estás hecho, dándole la espalda en cuanto las cosas se ponen difíciles.

—Catherine.

—Venga, lárgate, Mike. Estaremos mejor solas que con un cobarde debilucho.

9 DE JUNIO DE 1992

Lizzie

—Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos, Lizzie, cumpleaños feliz.

Mis padres y Caoimhe se apiñaron a mi alrededor, sonriendo y cantando canciones de cumpleaños.

Me hacía sentir bien.

Me gustaba.

Papi estaba incluso sonriendo mientras hacía fotos con su cámara.

—Sopla las velas —dijo mami, señalando la tarta de cumpleaños rosa que tenía delante—. Y pide un deseo, cariño.

Inclinándome hacia delante, cogí aire y soplé con todas mis fuerzas.

Cuando las llamas de las velas se apagaron, todos aplaudieron.

«A mí».

Sonreí feliz.

—¿Sabe acaso que es su cumpleaños? —preguntó Caoimhe, y me molestó. Claro que lo sabía. Tenía una tarta de cumpleaños, ¿no? Se rio antes de añadir—: Seguro que ni siquiera sabe cuántos años cumple.

Puse las manos en jarras, me giré hacia mi hermana y la fulminé con la mirada.

—Cuatro.

Caoimhe abrió mucho los ojos, sorprendida.

—¿Qué acabas de decir?

—Cuatro —repetí, aún molesta con ella—. No soy tonta. —Señalé las velas de mi tarta—. Una, dos, tres, cuatro.

En ese momento eran mami y papi los que me miraban atónitos.

—Acaba de…

—Sí, definitivamente lo ha hecho.

—Dios mío.

—Puede hablar.

—Olvida lo de hablar, sabe contar.

—Di algo más —me pidió Caoimhe, con voz emocionada—. Venga, Liz, dinos algo más.

La miré con el ceño fruncido.

—¿Como qué?

—¡Dios mío! —chilló Caoimhe, saltando de un pie a otro y dando palmas con las manos—. ¡Me ha respondido de verdad!

Siempre lo hacía, solo que ella no podía oírme.

Nadie podía.

—¿Estoy hablando en voz alta? —dije confundida—. ¿Podéis oírme?

Los tres asintieron.

Parecían muy contentos.

Me estaban sonriendo.

—¿Cuál es mi nombre? —me preguntó mi hermana, que seguía dando botes.

—Caoimhe Young.

—¡Dios mío! —Aplaudió de nuevo—. ¿Cuál es tu nombre?

—Lizzie Young.

Mi hermana chilló emocionada y luego señaló a nuestros padres.

—¿Y ellos quiénes son?

—Mami y papi —contesté. Entrecerré los ojos cuando vi que los dos lloraban—. ¿Estáis tristes?

—No —dijo papi atragantándose. Me abrazó—. Estamos contentos.

11 DE OCTUBRE DE 1992

Lizzie

—¡Me ha arruinado la vida! —gritó Caoimhe—. No podré volver a pisar el colegio jamás.

—¡Caoimhe!

—Todo el mundo está hablando de mí.

—No es cierto.

—Claro que sí, mamá, y es por su culpa.

—Caoimhe, por favor.

—No pienso ir al colegio mañana si va ella.

—Estás en sexto curso, Caoimhe. Tu hermana está en primero de infantil. Estáis en alas opuestas del colegio.

—Me da igual, no pienso ir si ella va.

—Por supuesto que vas a ir.

—¡Ni siquiera debería estar en mi colegio porque hay algo que no le funciona bien! —Lanzó su mochila al suelo y se giró para mirarme—. ¿Por qué tuviste que venir a mi colegio? —Soltó un chillido cargado de furia y miró a nuestros padres—. ¿No podíais haberla enviado a cualquier otro sitio?

—Caoimhe, cálmate —dijo mamá, colocándose entre nosotras—. Solo tiene cuatro años, cariño, y ha progresado muchísimo este año. No te enfades con ella.

—¿Enfadarme con ella? —Caoimhe abrió los ojos como platos—. ¡La odio, joder, mamá!

—¡Caoimhe!

—Es una maldita lunática, mamá.

—No te atrevas a llamar a tu hermana de esa forma.

—¿Por qué no? Es la verdad. La mitad del tiempo no habla, y la otra mitad grita como una loca y ataca a cualquiera que se le acerque. —Mi hermana levantó las manos y chilló—: ¡Ha atacado a otro niño de su clase, bendito sea! ¡Al hermano pequeño de mi amigo! Le hizo sangre. Es imposible que pienses que es un comportamiento normal.

—¡Ya basta! —intervino papi. Se acercó y rodeó a mami con el brazo—. Ni se te ocurra levantarle la voz a tu madre. Sabes que no está bien.

—Sí, otra plaga más en nuestra vida —escupió Caoimhe—. ¡Primero Lizzie y ahora el cáncer!

—¡No hables así de tu madre! —rugió papi. Llevó a mami hasta su sillón y la ayudó a sentarse antes de volverse a Caoimhe.

Mientras tanto, me acerqué a mi madre; me sentía asustada, enfadada y preocupada, todo a la vez. Me subí a su regazo y me acurruqué en su pecho, pero esa vez lo noté diferente. Plano y huesudo. No tan suave como solía serlo.

—No pasa nada —susurró mami, rodeándome con los brazos. Tenía la piel amarilla, ya no estaba rosada como antes, y tenía la cabeza brillante y calva.

—Mira, he sido indulgente contigo porque sé que estos años han sido muy difíciles para ti, pero te has pasado de la raya, señorita —le dijo papi a Caoimhe—. Entiendo tus frustraciones, y lo siento mucho, pero tomarla con tu madre enferma no es la forma de gestionarlo, Caoimhe.

Derrumbándose delante de él, mi hermana se cubrió la cara con las manos y gritó:

—¡Preferiría estar muerta!

4 DE NOVIEMBRE DE 1992

Lizzie

—Lizzie, cariño, ¿estás despierta? —Mami entró en mi habitación y suspiró cuando vio que aún estaba en la cama—. Ya hemos hablado de esto. —Recortó la distancia que quedaba entre nosotras, se sentó al borde de mi cama y me acarició el pelo con suavidad—. Tienes que levantarte para ir al colegio, pequeña.

—Estoy muy cansada —grazné, sin apenas fuerzas para mover los brazos ni las piernas.

—Eso es porque tu cuerpo aún tiene que acostumbrarse a la nueva medicación —me explicó mami—. Muy pronto te sentirás mejor.

—No quiero ser yo nunca más.

—¿Por qué dices eso?

—Porque soy mala.

—No eres mala, cariño.

—Sí que lo soy. —Parpadeé para contener las lágrimas que amenazaban con salir—. Por eso me das esas pastillas. Escuché a Caoimhe y a papi hablando de eso. Es porque estoy loca.

—No, Lizzie, no. —Mamá me cogió la cara entre las manos—. No estás loca, cariño. ¿Me escuchas? Eres perfecta tal como eres.

—Y entonces ¿por qué me odian? —sollocé escondiendo la cara—. ¿Por qué todo el mundo me mira raro?

—No te odian, cariño, y nadie te mira raro.

—Sí que lo hacen —resoplé—. Lo sé.

27 DE NOVIEMBRE DE 1992

Lizzie

Hecha un ovillo en el sofá del salón, me tapé las orejas e intenté ignorar los gritos, pero, aun así, podía oírlos.

—¡Es lo mejor, Catherine! —gritó papá desde la cocina—. ¡Confía en mí, ya he pasado por esto antes!

—Me da igual —rebatió mamá—. No pienso medicar a esta niña ni un día más.

—Necesita la medicación.

—¡Necesita ser una niña! —chilló mamá—. Es nuestra niñita, nuestra hija, y me niego a seguir con esta farsa.

—¿En serio quieres hablar de farsas, Catherine? ¿De verdad?

—No va a tomar ni una sola pastilla más. ¿Me oyes? Esto se acaba ahora mismo.

—¿Y cuando vuelva a portarse mal? Entonces ¿qué?

—Lo gestionaremos.

—No pienso hacer que Caoimhe se mude otra vez —le advirtió—. Nuestra otra hija no se lo merece. ¿Te acuerdas de ella?

—Eso no es justo y lo sabes.

—No, lo que no es justo es vivir mi vida entera de la forma en la que lo he hecho y tener que repetir la historia de nuevo.

—¿Qué se supone que teníamos que hacer?

—¡A mí se me ocurre lo que podrías haber hecho! —rugió—. Joder, tendrías que haber…

—¡Dios mío, parad! Puedo oíros desde arriba. —Era la voz de Caoimhe—. ¿Qué pasa?

—Tu madre cree que es buena idea que tu hermana deje de tomarse las medicinas.

—¿Estás mal de la cabeza? —Caoimhe otra vez—. Mamá, tiene que tomárselas.

—No empieces.

—Es una persona normal cuando se las toma, mamá. Quítaselas y volverá a ser un monstruo salvaje.

—¡Caoimhe!

—Lo siento, pero es la verdad. Papá tiene razón. Necesita tomarse la medicación. Los médicos lo dijeron. Muchos médicos, mamá. Muchas veces.

—Quizá no lo estamos enfocando bien —añadió papá—. Quizá le iría mejor en un internado.

—No pienso enviarla fuera.

—No de forma permanente.

—De ninguna manera. ¡No va a pasar!

Me puse de pie y subí a mi habitación lo más rápido que pude. Cerré la puerta sin hacer ruido y me dejé caer al suelo, con la mano aún en el pomo de la puerta.

Tenía que conseguir que mi familia me quisiera.

Si no lo hacía, me mandarían muy lejos.

«Deja de resistirte —me ordenó una voz en mi cabeza, y me estremecí cuando la imagen acuosa del rostro de una mujer pasó ante mis ojos—. Ríndete. Si lo haces todo irá mejor».

Oh, no.

La voz había vuelto.

La voz aterradora.

La que hacía que mojase la cama.

La que me hacía pelear.

Me tapé los oídos con las manos y empecé a tararear en voz alta para no escucharla.

Tenía que hacerla desaparecer.

25 DE DICIEMBRE DE 1992

Lizzie

—Sabía que venir a casa era mala idea, Mike. Sabía que atraeríamos problemas, ¡y tenía razón!

—Cálmate, Catherine. No puedes dejarte llevar así. Estás en pleno tratamiento de quimioterapia, cielo. Necesitas tomarte las cosas con calma.

—Por el amor de Dios, ¿cómo pretendes que me calme cuando esa mujer ha estado en mi casa? ¡Me muero solo de pensar en lo que podría haber pasado hoy, Mike!

Tiré de la cisterna, me subí al escalón de apoyo colocado frente al lavabo, el que me ayudaba a alcanzar el grifo, y cogí la pastilla de jabón naranja.

—Intenté avisarte en Inglaterra, pero no querías escucharme. Has estado empeñada en hacer las cosas a tu manera, aunque yo te rogaba que no lo hicieras. Ahora has podido comprobar lo que ha sido mi vida, lo que será nuestra vida.

—¡No digas eso!

—No puedo evitarlo. Veo que se acerca como un tren de mercancías mientras estamos atrapados.

—Es una pequeña posibilidad, Michael, no una garantía. Así que no te atrevas a echármelo en cara. ¡No te atrevas a reprochármelo por hacer lo correcto!

—¿Lo correcto para quién?

—¡Para nuestra familia!

—Puede que para ti, pero nunca ha sido lo correcto para mí.

—¿Cómo puedes plantarte ahí y decirme eso?

—Porque es lo que siento, Catherine. Es mi verdad. Nunca pude decir nada al respecto ¡porque tú tomaste todas las decisiones sin mí!

Abrí el grifo y me reí cuando el jabón se me escapó de las manos, como un pez escurridizo.

—¡Tenemos que mudarnos, Michael! No podemos quedarnos aquí. Es demasiado peligroso.

—No pienso mudarme de nuevo. Este es el hogar de mi familia, Catherine. La casa en la que me criaron mis padres. Es el sitio al que pertenezco.

—Bueno, pues yo me vuelvo a Cork, al hogar de mi familia, donde yo pertenezco, donde ese monstruo no puede encontrarnos.

—¿De vuelta al culo del mundo en Ballylaggin? ¿Y dónde pretendes que trabaje? ¿O acaso quieres que meta la granja de mi familia en la maleta y me la lleve conmigo?

—Sabes que tengo dinero, Michael. Nunca ha sido algo de lo que tengamos que preocuparnos. Por el amor de Dios, ni siquiera los hijos de nuestras hijas tendrán que preocuparse nunca. Mi padre se encargó de eso cuando me dejó el patrimonio familiar en su testamento.

—No pienso vivir de la maldita herencia de tu familia, Catherine.

—¿Y, sin embargo, te parece bien que vivamos de la granja que hemos heredado de tu padre?

—¿Has pensado en la educación de Caoimhe? Está en mitad de sexto curso y ya ha cambiado de colegio tres malditas veces. Y eso sin pensar en lo que otra mudanza le haría a Elisabeth. Ya has oído lo que dijo la profesora. Le está costando el jardín de infancia y tiene a todos los demás niños aterrorizados con sus arrebatos.

—Es un trastorno, Michael, y tú, de entre todas las personas del mundo, deberías entender cómo se siente.

—No vayas por ahí…

—Es una niña extremadamente brillante, y lo sabrías si le prestaras un minuto de tu tiempo. ¿Recuerdas alguna de las muchas cosas positivas que la profesora dijo sobre ella? No, por supuesto que no, porque solo escuchas la parte negativa en lo que respecta a Lizzie.

—¿Y me culpas?

—¡Cómo te atreves! A nuestra hija no le pasa nada malo, pero su padre sí que tiene algo que no va bien. Vaya cobarde estás hecho, dejando que tu miedo te impida querer a nuestra niñita.

—Es fácil decirlo cuando no has estado en mi lugar.

—Por si se te ha olvidado, soy yo la que cuida de Lizzie. Soy la que la lleva a cada cita con el médico, no tú.

—Yo he pagado cada médico al que la has llevado, ¿o no lo he hecho?

—Y yo ya te he dicho que tengo dinero más que suficiente para pagarlos. Ser padre implica mucho más que pagar las facturas.

Tarareando en voz baja, me peleé con el jabón al intentar agarrarlo. Mis ojos me devolvían la mirada desde el espejo y fruncí el ceño. No quería mirarlos demasiado tiempo. Me asustaba cuando cambiaban de color. Me hablaban cuando se ponían oscuros. Dentro de mi cabeza. Susurros, susurros, susurros.

—Y qué piensas hacer con el cáncer cuando cojas tus cosas y huyas de nuevo, ¿eh? Porque estás en mitad de la tercera ronda de quimioterapia y no estás en forma como para cambiar de casa, ¡y no digamos de estado!

—También tienen hospitales en Cork, ¿sabes? Y al menos esa horrible criatura no podrá encontrarnos en mi ciudad natal.

—No pienso mudarme de nuevo, Catherine. Me niego a hacerlo.

—Muy bien, estás en tu derecho si no quieres dar tu brazo a torcer y prefieres quedarte aquí encargándote de la granja. Pero yo me voy a casa, donde estaremos a salvo, y las niñas se vienen conmigo.

—¿No podemos hablarlo con calma antes de precipitarnos?

—¿De qué quieres hablar? Ese monstruo nos ha encontrado, se llevó a mi hija y pienso largarme de aquí antes de que vuelva a hacerlo.

—Ni siquiera le hizo nada. Se la llevó un par de horas y la trajo de vuelta.

—¡Sin decirle a su madre que se la estaba llevando! Madre mía, Michael, las niñas ni siquiera conocen a esa mujer. ¿No entiendes lo peligroso que ha sido? ¡Podría haberle pasado cualquier cosa a Lizzie!

—¿Liz? —Caoimhe asomó la cabeza por la puerta del baño y sonrió—. Por fin te encuentro.

Fruncí el ceño al verla. Nunca me sonreía. Siempre estaba enfadada conmigo.

—No ha pasado nada. La ha traído de vuelta sin un solo rasguño.

La sonrisa de Caoimhe se volvió triste.

—Venga. —Me tendió la mano—. Vente conmigo.

—¿Por qué? —repuse confundida.

—Esta vez. ¿Qué pasará la próxima vez? ¿Y si se le va la olla y decide…?

—Porque quiero jugar contigo —dijo con una gran sonrisa—. Corre.

Emocionada, solté el escurridizo jabón en el lavabo y me bajé del escalón de un salto. Me sequé las manos en el pijama y seguí a mi hermana por el rellano hasta su habitación.

Caoimhe tenía casi doce años, así que ya tenía una cama grande como nuestros padres. Yo aún tenía cuatro y seguía durmiendo en una cama pequeña, pero no me importaba porque me dejaban dormir con todos mis peluches.

—¿Estás bien? —preguntó. Esperó a que yo entrase y cerró la puerta después—. No estabas escuchando, ¿verdad?

—Mami está enfadada —le respondí, dirigiéndome directamente a su enorme cama. Caoimhe ya nunca me dejaba entrar en su habitación, no desde que empecé el jardín de infancia y estaba siempre enfadada conmigo, así que estaba emocionada de poder hacerlo entonces.

—Papi también está enfadado.

—Lo sé. —Se acercó a su radiocasete y lo encendió. Cuando reconocí la canción que sonaba por los altavoces, sonreí.

—Esta es mi favorita —le dije, sentada con las piernas cruzadas en medio de su cama. Antes de empezar a ir al colegio, siempre me dejaba pasar el rato con ella. Por eso conocía a todas las estrellas del pop y a los cantantes.

—Lo sé. —Me miró por encima del hombro y me sonrió—. ¿Recuerdas el nombre del grupo? —Su tono era burlón—. Más te vale no haberte olvidado del nombre del mejor grupo de música del mundo.

—Fleetwood Mac —afirmé orgullosa antes de señalar el equipo de música—. Y ese es su álbum, Rumours. —Ella los ponía todo el tiempo y me sabía las letras de las canciones mejor que las oraciones que me enseñaron en el colegio.

—Excelente —me elogió mientras subía el volumen conforme los gritos de las escaleras se escuchaban cada vez más—. ¿Y quién es nuestra reina bruja?

—Stevie.

—¿Y el rey de la guitarra?

—Lindsay.

La sonrisa de Caoimhe se hizo aún más grande.

—¿Y cuál es mi canción favorita?

—«Landslide».

—¿Y la de mamá?

—«The Chain».

—¿Y cuál es la tuya?

—«Silver Springs».

—¿Y quién más nos encanta?

Mi hermana señaló la camiseta que llevaba puesta, la que tenía el dibujo de una cara sonriente. Llevaba unos vaqueros con agujeros en las rodillas y las muñecas cubiertas de brazaletes y pulseras. También llevaba un collar de plata con forma de luna alrededor del cuello. Quería parecerme a ella cuando fuera mayor.

—Te daré una pista —dijo Caoimhe, aún señalando su camiseta—. Empieza por Nir…

—¡Nirvana! —terminé de decir, completamente emocionada de ver lo contenta que mi hermana estaba conmigo. Me gustaba cuando la gente estaba contenta conmigo. Sentía calidez en el estómago, no como la sensación de ardor que experimentaba cuando los entristecía. Como a papi. Siempre me miraba con cara triste y hacía que no me sintiera bien. Para nada bien.

—¿Soy mala, Caoimhe?

—¿Qué? —Mi hermana arqueó las cejas y me miró de forma rara—. ¿De dónde has sacado eso?

Me encogí de hombros.

—No lo sé.

—No, Liz. —Caoimhe exhaló un gran suspiro y se subió a la cama conmigo—. No eres mala. —Noté que tenía las manos calientes cuando me cogió y me puso sobre sus piernas, pero me hablaba con la voz apenada. La sensación de ardor empezó a aumentar. Esa que me hacía querer gritar. Esa que me hacía querer arañarme la piel—. Solo eres complicada.

—¿Por qué no quieres que vaya a tu escuela? —Me volví en su regazo para mirarla—. ¿Me odias?

—No —susurró, con la voz aún más triste—. Simplemente me frustro, nada más.

—¿Por mi culpa?

Asintió.

—Lo siento.

—No, Liz, yo soy la que lo siente. —Me abrazó más fuerte, haciendo que me sintiera mejor y más contenta. Haciendo que el ardor y el picor que sentía en la garganta desapareciesen—. Debo tener más paciencia contigo.

—¿Papá me odia?

—No. —Me acercó aún más a ella—. Solo está preocupado por lo del abuelo y Nell.

—¿Quién es Nell?

—¿Te acuerdas de esa mujer rara que se ha presentado en la cena de hoy con los regalos de Navidad? —Me acomodé entre sus piernas y me soltó el pelo de la coleta—. Con la que mamá se ha enfadado por llevarte al río.

Pensé en la señora que vino a casa y sonreí.

—Le hemos dado de comer a los patos.

—Esa es la hermana de papá. —Siguió peinándome con los dedos—. Nell.

—No sabía que papi tuviera una hermana —comenté—. No había venido nunca.

—Es porque su hermana es una lunática desquiciada —explicó Caoimhe mientras me hacía una trenza—. Igual que su padre antes de que muriese.

—¿Su padre?

—El abuelo Young.

—¿Qué es una lunática?

—Una persona que está loca y oye voces —contestó Caoimhe—. Por eso el abuelo se ahogó en el río cuando papá era un niño. Las voces le dijeron que saltase.

—Pero yo escucho voces. —Abrí mucho los ojos—. Puedo escuchar tu voz ahora mismo.

—No hablo de voces reales —aclaró Caoimhe sin dejar de tocarme el pelo—. Voces imaginarias. —Me dio un golpecito en la sien con el dedo—. Dentro de la cabeza.

—A mí no me pareció que estuviese desquiciada —respondí, frunciendo las cejas—. No habló con ninguna voz mientras dábamos de comer a los patos.

—Porque estaría muy ocupada en encontrar la forma de hacer que tú fueses la comida de los patos —repuso algo preocupada—. Has tenido suerte de que no te tirase al agua.

—Pero aún no sé nadar.

—Lo sé —asintió con la voz triste otra vez—. Por eso mamá está tan enfadada. Pensaba que no volvería a verte.

—¿Porque la señora me llevó a dar de comer a los patos?

—Porque te llevó al río. —Caoimhe se estremeció—. No puedes quedarte a solas con ella nunca.

—¿Nunca?

—Nunca jamás, y si alguna vez vuelve e intenta llevarte con ella, tienes que correr, Liz.

—¿Correr?

—Correr. —Una vez terminada la trenza, me giró para ponerme frente a ella—. Lo más rápido que puedas.

—¿De dónde salieron las voces del abuelo y de la señora? —pregunté, acercándome a mi hermana.

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Creo que simplemente nacieron con ellas.

—¿Pueden ponerse mejor? —Levanté la mano y se la puse en la mejilla, acurrucándome en su pecho de mi forma favorita—. ¿Los médicos pueden hacer que se vayan las voces?

—Bueno, el abuelo ya está en el cielo con Dios, así que ya no está sufriendo.

—¿Sufriendo?

—Quiero decir que las voces se han ido y ya está mejor.

—¿Dios ha arreglado al abuelo?

—Exacto —convino—. Porque cuando vas al cielo, desaparecen todos los dolores.

Sonreí para mis adentros. Era bueno saberlo.

—¿Papá también oye voces? ¿Por eso se enfada conmigo?

—No, papá está bien. —Suspiró profundamente—. Y no está enfadado contigo, te lo prometo. Solo le aterra que la historia se repita. Está asustado, eso es todo.

—¿De mí?

—No, Liz, tú no le asustas. Papá… Es muy complicado y tú eres muy pequeña para entender esto. —Suspiró con fuerza, me acarició la mejilla con el pulgar y sonrió de nuevo, pero esa vez parecía aún más triste—. Cuando seas mayor te lo explicaré todo.

—Pero yo quiero saberlo ahora.

—Confía en mí, no quieres.

—Pero tú no eres mayor —señalé—. ¿Cómo es que tú lo sabes?

—Porque lo aprendí por las malas. —De nuevo la voz triste—. Preferiría no saber nada de esta mierda.

—¿Y qué pasa con la señora? —pregunté—. ¿Quiere ir al cielo para que Dios haga que las voces desaparezcan, como su papá?

—No, porque cuando Nell estaba en el hospital, los médicos encontraron una manera de hacer que las voces se fueran.

—¿Cómo?

—Dándole unas medicinas especiales.

—¿Y ya está mejor?

—No, Liz, para nada —murmuró Caoimhe—. Porque no se las toma.

Pensé en las medicinas que había en el mueble del baño, el bote con el nombre «Elisabeth Young» impreso en él, y en cómo mami cogía una y me la daba cada día.

—¿Estoy enferma como la señora? —El ardor empezó a crecer de nuevo, engullendo la emoción de antes—. ¿También me pasa algo malo?

Sabía que me pasaba.

Yo también escuchaba las voces.

Me susurraban al oído cuando estaba sola en mi cama por la noche.

—No —negó Caoimhe con voz firme. Parecía enfadada. Como papi—. Esas pastillas son para los dolores de crecimiento, tonta.

—No. —Sacudí la cabeza. Sabía cómo eran las pastillas para los dolores de crecimiento—. Esas pastillas son rosas.

Mi hermana estaba mintiendo. No me gustaba.

Me mareaba.

—Liz.

—Yo también las oigo, Caoimhe. —Me levanté de un salto para mirarla, me picaba todo el cuerpo—. Yo también veo cosas. Cuando estoy durmiendo. El monstruo viene a llevarme. No deja de tirar de mí cogiéndome con sus garras afiladas.

—Lizzie, deja de hablar ahora mismo —me ordenó, poniéndome la mano en la boca—. No vuelvas a decir eso en voz alta. —Me miró con los ojos furiosos—. Estás bien. No te pasa nada malo. No oyes voces. No estás enferma. Te has librado de eso, igual que papá y que yo. No eres más que una niña normal, y todas estas pequeñas rarezas desaparecerán.

Sacudí la cabeza, estaba confundida y notaba calor por todo el cuerpo. Me picaba la piel.

Los dedos me arañaban.

Notaba cómo los gritos ardían en mi garganta.

—No te pasa nada malo —repitió mi hermana sin quitarme la mano de la boca para impedir que gritase—. Así que más te vale empezar a actuar como tal o terminarás como ella.

31 DE DICIEMBRE DE 1992

Lizzie

—¿Hemos llegado ya? —pregunté desde el asiento de atrás del coche de papá. Estirando el cuello, intenté ver por encima de las cajas que estaban amontonadas a nuestro alrededor, pero no podía ver a mis padres.

—Si vuelves a hacer esa pregunta, abriré tu puerta y te lanzaré fuera —gruñó mi hermana, dándome un codazo en el costado. El coche estaba tan lleno de cajas que teníamos que sentarnos una al lado de la otra. Caoimhe estaba tan cerca de mí que su codo quedaba justo encima del mío—. Me gustaba más cuando eras muda.

—¡Caoimhe! —la regañaron papá y mamá al unísono desde la parte delantera.

Volvió a darme con el codo antes de encender su walkman y poner su brazo encima del mío. Subió tanto el volumen que podía escuchar la canción «Do They Know It’s Christmas?» sonando en sus auriculares.

Entrecerré los ojos y le devolví el codazo para dejar mi brazo por encima del suyo antes de volverme hacia la ventana.

—¡Está nevando! —grité emocionada, con los ojos pegados a la ventana para ver los copos de nieve que caían a nuestro alrededor—. ¿Hemos llegado ya?

—Dame paciencia —murmuró papá en voz baja, mientras mamá se reía con disimulo.

—¿Ves esa señal, cariño? Mira por la ventana.

Busqué con la mirada hasta que mis ojos encontraron una enorme señal a un lado de la carretera.

BALLYLAGGIN

CONDADO DE CORK

—¡Lo veo! —exclamé dando botes en mi asiento—. ¿Es aquí? ¿Hemos llegado?

—Casi —respondió mamá alegre—. Solo unos minutos más de coche.

Sin apartar la cara de la ventana, miré hacia fuera y sonreí. La nieve se pegaba al suelo. Era precioso.

—¿Aquí es donde naciste, mami? —pregunté, viendo a un grupo de niños que se lanzaban bolas de nieve en un parque.

—Sí, cariño —contestó mamá—. Nací y crecí aquí, en Ballylaggin.

—Ballylaggin —repetí la palabra lentamente, asegurándome de pronunciarla bien.

Era una ciudad grande, con calles largas de tiendas y pubs. Había luces de Navidad por todas partes, en las ventanas de las casas y colgadas en las calles. Todas las tiendas tenían banderas rojas y blancas, y algunas casas también. «La bandera de Cork», recordé. Era la bandera de mami. La bandera de papi era la amarilla y azul de Tipperary.

—¡Hay un cine! —gritó Caoimhe. Se arrancó los auriculares y pasó por encima de mí hasta pegar la cara a la ventana—. Y un centro comercial.

—Lo sé —se rio mamá, más contenta que de costumbre.

—¿Tiene piscina?

—Sí —respondió mamá—. Y una bolera.

Papá siguió conduciendo hasta que salimos de la ciudad y volvimos al campo. Giró por una carretera más pequeña y luego frenó ante una verja gigante.

—¡Guau! —Caoimhe dejó escapar un grito ahogado y empezó a leer la plaquita que había en el enorme pilar de piedra—. «Antigua Casa Principal, calle Robin Hill Road, Noroeste Superior, Ballylaggin».

—Robin Hill Road —me reí, mientras las puertas crujían al abrirse—. Es gracioso.

Papá atravesó la puerta y oí la grava crujir bajo los neumáticos. Avanzó por un camino sinuoso con árboles a ambos lados hasta que llegamos a la casa.

—Ya hemos llegado —anunció mamá contenta cuando papá aparcó el coche.

—Bienvenidas a casa, niñas.

Abrí la puerta del coche, pero Caoimhe me pasó por encima y salió primero.

—Guau —exclamó girando—. ¿Esto es nuestro, papá?

—No —contestó papá escuetamente mientras rodeaba el coche para abrirle la puerta a mamá—. Es de tu madre.

—Está claro que le da mil vueltas a la granja —se rio Caoimhe sin dejar de dar vueltas—. Lizzie, vamos a investigar.

Salí ansiosa del coche y corrí hasta mi hermana, pateando la grava al precipitarme hasta Caoimhe, que estaba trepando una valla de madera.

—Tenemos un patio y un prado —comentó emocionada—. Y graneros y establos. —Trepó por otra valla y gritó—: ¡Madre mía, tenemos un huerto!

—¿Es un palacio? —pregunté intentando trepar la primera puerta.

—No, es una finca —me respondió Caoimhe—. ¡Y es nuestra!

—¡Niñas! —gruñó papá. Estaba de pie frente a la enorme casa con el brazo rodeando a nuestra madre—. ¡Venid!

Me bajé de la puerta de un salto y corrí hasta mis padres, demasiado contenta como para que me importase que papá estuviese enfadado de nuevo.

—Este es, niñas —dijo mami con una sonrisa radiante cuando giró la llave en la puerta gigante y papá empujó para ayudarle a abrirla—, nuestro hogar.

—¡Santo cielo! —soltó Caoimhe, empujándome para entrar a la enorme casa antes de que yo pudiese hacerlo—. ¡Somos ricos!

Entré corriendo y derrapé por el vestíbulo cubierto de azulejos, recorrí habitación tras habitación en busca de mi hermana. Había muchas. Demasiadas para contarlas. En nuestra antigua casa, había unas escaleras que subían a los dormitorios, pero, en esa, había una escalera que subía y otra que bajaba, y luego otra que subía aún más.

No sabía qué pensar.

Perdida en un laberinto de habitaciones y pasillos, terminé por encontrar a mis padres en la cocina. Era la cocina más grande que había visto en mi vida. Cuando los vi sentados en la mesa, me moví hacia ellos, pero me paré de golpe cuando me di cuenta de que Caoimhe estaba también ahí, y estaba hablando de mí.

Me escondí tras la puerta por la que había venido y escuché atentamente. Hablaban en voz baja, pero, aun así, podía escucharles.

—Ella estará en infantil y tú estarás en sexto —decía mamá—. Ni siquiera vais a estar cerca la una de la otra.

—He sacrificado todo por mi familia, pero este es mi límite —afirmó Caoimhe—. He hecho todo lo que me habéis pedido. Habéis hecho las maletas y nos habéis traído hasta aquí, y no he soltado ni media queja. Pero esto acaba aquí.

—Caoimhe, por favor.

—Quiero a mi hermana, de verdad que sí —añadió Caoimhe—. Y entiendo por qué hemos tenido que hacer lo que hemos hecho, pero esta vez tenéis que escucharme. No tendré oportunidad de encajar si la enviáis conmigo al Sagrado Corazón.

—Estoy de acuerdo —soltó papá.

—¡Michael!

—Caoimhe tiene razón —dijo en voz baja—. Es lo mínimo que podemos hacer por ella después de todo lo que le hemos hecho pasar.

—¿Y qué pasa con Lizzie? ¿Eh? —replicó mamá, molesta—. ¿Esperas que se quede en casa cuando las clases vuelvan a empezar?

—Exacto.

—Pero ya la he inscrito en el Sagrado Corazón.

—Pues la desinscribiré —repuso papá—. Es lo mejor, Catherine. Y lo sabes.

—Necesita ir al colegio, Michael.

—¿Y qué haremos cuando ataque a otro niño? —planteó Caoimhe—. Todos volverán a mirarme porque tengo una hermana loca.

—No está loca.

—Tampoco es normal, mamá —replicó Caoimhe—. Si de verdad quieres ayudar a Liz, deberías escuchar lo que dice papá sobre buscar un internado para ella. Uno en el que la ayuden con su…

—¡Por encima de mi cadáver!

—Podría empezar en septiembre, cuando Caoimhe haya pasado al instituto —propuso papá—. Nos dará tiempo más que suficiente para que te recuperes y darle a Elizabeth la ayuda que necesita.

Mamá rompió a llorar.

—Todo esto es muy injusto.

—No, lo que es injusto es tener que dejar nuestras vidas de lado —dijo papá con un suspiro cansado—. Hasta ahora hemos hecho las cosas a tu manera, Catherine, pero esta vez estoy con Caoimhe. Elizabeth se queda en casa.

30 DE ABRIL DE 1993

Lizzie

—Caoimhe, no lo he hecho aposta. —De pie en la puerta del dormitorio de mi hermana, junté las manos y sorbí por la nariz. Quería decirle que lo sentía por haber arruinado su fiesta de cumpleaños, pero no quería escucharme—. No pretendía…

—¡Lárgate! —gritó a la par que me lanzaba un bote de desodorante—. ¡Te odio, joder!

Me tapé la boca con las manos para evitar ponerme a gritar de nuevo. Como había hecho enfrente de sus amigos un rato antes. No lo había hecho adrede. No sabía por qué había ocurrido.

—¡La odio! —gritó de nuevo Caoimhe tirándose bocabajo en la cama—. ¡Ojalá no estuviera aquí!

—No digas eso —le dijo uno de sus amigos del cole mientras le acariciaba el hombro. Era el único chico de su fiesta—. Yo también tengo hermanos y hermanas pequeñas, y tienen berrinches todo el tiempo.

—No como los suyos —se lamentó Caoimhe contra la almohada.

—Está claro que no has conocido a Joey —replicó el chico—. Shhh, vamos, no es el fin del mundo.

—¡Ni siquiera puedo tener una fiesta de cumpleaños sin que ella la arruine! —gritó aún más fuerte—. ¡Preferiría que estuviese muerta!

«Yo también».

—Me tiró del pelo —intenté explicarle entre lágrimas—. Me hizo daño.

El chico se volvió para mirarme.

—Lo sé —afirmó con un tono amable—. Dice la verdad. —Miró a Caoimhe—. Yo he visto a Saoirse Murphy tirarle de la cola mientras estabas soplando las velas de la tarta.

—¿Y eso le da derecho a intentar arrancarle los ojos? —gruñó Caoimhe, sentándose para mirarme—. Es mi amiga y tú le has hecho sangre. —Se le escapó un sollozo—. Si pensabas que papá alguna vez te iba a dejar ir al colegio en la ciudad, ya puedes ir olvidándote. ¡Tendrás suerte si no te envía a un internado!

—Caoimhe, no te pases, es pequeña.

—¿Y qué? Sabes que tengo razón —espetó Caoimhe, temblorosa—. Ya te lo he contado, Darren. Sabes por todo lo que he tenido que pasar. —Entre sollozos, se volvió para mirarme de nuevo—. Ya puedes rezar para que el cáncer no mate a mamá, porque, si lo hace, estarás fuera de esta casa antes de que su cuerpo se enfríe bajo tierra, y que te den.

—¡Madre de Dios, Caoimhe!

—¡Me da igual, Darren! —chilló—. ¡Es una maldita lunática!

—Caoimhe, lo siento…

—Sácala de aquí, Darren —vociferó—. ¡Haz que se vaya de una maldita vez antes de que la mate yo misma!

—Será mejor que te vayas abajo un rato. —Darren me miró con los ojos azules tristes. Y con un tono amable añadió—: Tu hermana está molesta, ¿vale? No piensa esas cosas de verdad.

—Lo siento —asentí entre sollozos.

—Todo irá bien —me reconfortó con una sonrisa—. Te lo prometo.

19 DE SEPTIEMBRE DE 1993

Lizzie

—Hola, cariño —me saludó mamá cuando entré en la cocina al llegar del colegio y encontrarla horneando galletas—. ¿Has tenido un buen día en el cole?

Sacudí la cabeza.

—No digas eso —dijo mamá pensativa, mientras colocaba una bandeja de galletas en el horno. Tras cerrarlo, se giró hacia mí sonriendo—. Seguro que ha habido algo bueno.

Nada.

Solo había diez niños más en mi clase, y algunos aún llevaban pañales. Todos eran más pequeños que yo y lo único que hacíamos en clase era colorear dibujos y trastear con juguetes. Después me llevaban a la «sala de terapia» para hablar de mis sentimientos, jugar, hacer ejercicios raros o practicar las palabras. Me sabía las palabras, y me molestaba que los profesores actuasen como si no fuera así. No dejaban de mirarme y siempre estaban apuntando cosas sobre mí en un libro secreto.

Odiaba estar ahí.

La mejor parte del día era cuando volvía a casa con ella.

—No quiero ir a la guardería —le dije, yendo directa hacia mi madre—. Tengo cinco años. Quiero ir al colegio de los mayores y hacer amigos. Como Caoimhe.

—El St. Anthony no es una guardería, Lizzie —me respondió mamá con un tono amable—. Es una escuela privada para niños y niñas de todas las edades que necesitan un poco más de ayuda.

—Pero yo no necesito más ayuda —me quejé, apoyada en la encimera—. Me sé todas las letras y los números. Puedo escribir mi nombre y hacer sumas, y hasta puedo leer.

—Ya sé que puedes, mi niña lista. —Seguía sonriendo, aunque con tristeza—. Pero el doctor Wolfe piensa que un año en St. Anthony te ayudará.

Entrecerré los ojos.

—Odio al doctor Wolfe. —Era viejo y malhumorado, y siempre me miraba raro—. Piensa que soy mala. —Igual que papá.

—No lo piensa —me corrigió mamá—. Está intentando ayudarte.

Sí, con pastillas que me adormecen.

—El St. Anthony no es para siempre —me explicó mamá con otra sonrisa triste—. Es solo un escalón más.

—¿Para qué?

—Para que vuelvas al buen camino —respondió, agachándose para acariciarme la mejilla—. Tienes que empezar a hablar con la gente otra vez.

—Estoy hablando contigo.

—Con otra gente —puntualizó mamá—. Profesores y otros niños. El año pasado lo estabas haciendo muy bien. —Sonrió apenada—. Yo sé que eres brillante, cariño, pero los profesores no pueden saberlo si no se lo demuestras.

—No quiero hablar con ellos —repuse—. Siempre están enfadados conmigo.

—Estoy segura de que eso no es verdad.

—Sí que lo es —discutí—. Siempre me ponen en el rincón.

—Vale. —Mamá se mordió el labio, preocupada—. Volveré a hablar con ellos.

No servirá de nada.

Habló con ellos la última vez y al final siempre acabo en la esquina.

—Soy mala.

—No lo eres.

—Todo el mundo piensa que lo soy.

—Bueno, deja que te cuente un secretillo. —Me hizo un gesto con el dedo para que me acercara. Cuando lo hice, me susurró en la oreja—: Cualquiera que piense que tú eres mala es un jodido estúpido.

—Has dicho palabrotas. —Abrí mucho los ojos, sorprendida.

—Pues sí —se rio, colocándome el pelo detrás de la oreja—. No me imites.

Risueña, le acaricié los rizos blancos de la cabeza.

—Tu pelo es gracioso. —Mamá se rio.

—Eso es porque está volviendo a crecer.

—Parecen nubes esponjosas —comenté, tirando de uno de los rizos—. Te he echado de menos.

—Y yo a ti más, mi niña. —Me rodeó con los brazos y me acercó a ella para darme un abrazo.

—Siento no haber podido recogerte del colegio hoy. —Me llenó la mejilla de besos—. Tenía cita en el hospital.

«Hospital».

Era una palabra fea.

No me gustaba.

«Oh, oh».

—Tranquila —me dijo, calmándome y rozando su nariz contra la mía—. Los médicos están muy contentos con mami.

—¿De verdad?

Asintió.

Le devolví la sonrisa.

—Entonces mi deseo se ha cumplido.

—¿Qué deseo, cariño?

—Pedí por ti en mi deseo de cumpleaños —confesé contenta—. Para que te pusieras mejor, y ha funcionado.

—¡Es el mejor día de mi vida! —Caoimhe chilló y entró en la cocina con su nuevo uniforme escolar—. Es oficial, mamá. ¡Me encanta el colegio!

—Bueno, para todo hay una primera vez. —Mamá me guiñó el ojo antes de ponerse de pie y acercarse a mi hermana—. Venga, suéltalo. ¿Qué chico te ha puesto esa sonrisa en la cara?

—¿Quién dice que mi sonrisa tenga nada que ver con un chico? —se carcajeó Caoimhe, brincando alegremente—. Quizá solo me encanta el Tommen.

Mamá levantó una ceja.

—Caoimhe Catherine Young.

—Vale, vale. Se llama Mark, y acaba de llegar a Ballylaggin, igual que yo —contó entusiasmada—. Se ha mudado hace poco a Clonamore con su padre. Tú conoces Clonamore, ¿no, mamá? Es el pueblo de al lado de Ballylaggin. Un montón de chicos de esa zona van al Tommen.

Nuestra madre abrió la boca para responder, pero mi hermana continuó antes de que tuviera oportunidad.

—Resulta que su madre murió el año pasado y su padre decidió que necesitaban un cambio de aires, así que se mudaron de Roscommon a Cork. —Esbozó una amplia sonrisa radiante—. Va a mi clase en el Tommen.

—¿Qué pasa con Darren? —La miré—. ¿También va a tu clase?

—No —suspiró apenada—. Darren tiene que ir a BCS.

—¿Y eso por qué?

—Porque su familia no tiene mucho dinero y Tommen es una escuela privada, hay que pagar mucho para poder ir.

—No es justo.

—Lo sé. —Soltó la mochila en el suelo y se acercó a la nevera girando sobre sí misma—. De todas formas, Mark es de primer año como yo, y su padre está saliendo con Sadhbh Gibson. Te acuerdas de Sadhbh, ¿verdad? Siempre me encargaba de cuidar de Gibs y Beth.

—Sí, Caoimhe, me acuerdo de ella. —Mamá puso los ojos en blanco—. Era yo quien te llevaba y te traía de su casa cada fin de semana, cariño.

—Pues Mark y su padre viven en Clonamore, pero se van a mudar al pueblo en cuanto Joe y Sadhbh pongan las cosas en orden. ¿Te lo puedes creer? ¡Va a vivir con los niños a los que yo cuido! Es como si el destino hubiese intervenido a mi favor, porque de verdad que está como un tren.

—Caoimhe —espetó mi madre a la vez que yo le preguntaba.

—¿Como un tren?

—Significa que es muy guapo —me explicó mi hermana antes de suspirar embelesada—. Es alto y tiene el pelo negro. Juega al rugby y tiene el mejor mullet rizado.

—¿Qué es un mullet?

—Es un corte de pelo —intervino mamá, sacando la tabla de planchar.

—Sí —afirmó Caoimhe, dándole a nuestra madre su camisa del cesto de la plancha—. Como Slater, de Salvados por la campana.

Lo sabía todo sobre Salvados por la campana. Era el programa de televisión favorito de mi hermana. Lo veíamos todos los días después del colegio.

—A mí me gusta Zach.

—Zach es mono —coincidió mi hermana asintiendo—. Pero Slater es sexi. —Se puso la mano en el pecho y fingió desmayarse—. ¡Igual que Mark!

—¡Caoimhe! —gruñó mamá de nuevo—. Hablo en serio, cielo, hay orejitas escuchando.

—Lo siento, es que no puedo evitarlo —exclamó mi hermana, con la sonrisa más grande que jamás le había visto.

—Es tan alto, mamá… Mide casi dos metros.

—Sí, amor, ya lo has dicho.

—Tiene una increíble melena oscura y los ojos verdes, y juega al rugby.

—Eso también lo has dicho ya, Caoimhe.

—Lo sé, pero merece la pena mencionarlo de nuevo. —Caoimhe se abrazó y suspiró ensimismada—. Es tan guapo, mamá…, es que ni te lo imaginas. Y me ha pedido salir. A mí, mamá. De todas las chicas que hay en el cole, me ha elegido a mí. —Sonriendo de oreja a oreja, movió las caderas y chilló—: ¡Creo que estoy enamorada de él!

—Oh, Caoimhe —soltó mamá entre risas mientras presionaba la falda que estaba planchando—. Conoces a ese chico desde hace un mes.

—El corazón quiere lo que quiere, mamá —respondió mi hermana, abrazándose de nuevo—. Y mi corazón quiere a Mark Allen. —Entonces se puso a dar vueltas, bailando de forma muy graciosa en la cocina—. Nunca me había emocionado tanto ir al colegio.

—Bueno, si tan especial es para ti, invítale a cenar esta noche.

—¿En serio? —Caoimhe abrió los ojos como platos—. ¿Hablas en serio?

—¿Por qué no? —sonrió mamá.

—Dios mío, ¡te quiero! —gritó lanzándose a abrazar a nuestra madre—. Eres la mejor madre de toda Irlanda. —Cubrió de besos las mejillas de mamá—. Lo vais a adorar, ¡lo prometo!

19 DE SEPTIEMBRE DE 1993

Lizzie

—¿Qué le pasa a tu hermana? —preguntó Mark después de cenar cuando entré en la cocina y los vi besándose.

—Mutismo selectivo —respondió Caoimhe. Llenó un vaso de agua del grifo—. No te lo tomes como algo personal. Es así con todo el mundo menos con la familia. —Dio un sorbo antes de añadir—: Por eso va a la escuela de la ciudad y hace toda esa terapia de la que te hablaba. —Se encogió de hombros—. Puede hablar perfectamente cuando le conviene.

—¿Y eso por qué? —Me miró y luego a mi hermana antes de preguntar—: ¿Por qué no habla como una niña normal?

—Los psiquiatras dicen que se debe a un trauma del pasado.

—¿Qué tipo de trauma?

—No es… Se trata de un asunto familiar —contestó Caoimhe, con las mejillas coloradas—. Pero, al ritmo que va, cumplirá los treinta antes de graduarse. —Dio un sorbo más y agregó—: Lo único que necesitas saber es que Liz no se chivará a mis padres.

Mark dirigió su atención hacia mí y me sonrió.

—Hola, pitufa.

Me llamó «pitufa».

Me gustó.

—No le dirá a tu padre que nos estábamos besando, ¿no? —preguntó, mirando a mi hermana por encima del hombro—. ¿Puede mantener la boca cerrada?

—Claro. —Caoimhe puso los ojos en blanco y se metió una uva en la boca—. Acabo de decírtelo, no es una chivata. Además, apenas habla con mi padre.

—¿Con él también se queda muda?

—A veces.

—¿Le hizo daño o algo?

—No —le espetó Caoimhe, que en esos momentos parecía enfadada—. ¿Por qué iba a hacerle daño nuestro padre?

—Lo siento, solo preguntaba —dijo levantando las manos a modo de disculpa—. No pretendía molestarte.

A Caoimhe no pareció importarle mucho porque volvió a mirar a Mark con ojos tiernos.

—Le caes bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Está sonriendo. Hazme caso, no sonreiría así si no le cayeras bien.

—Parece un angelito —afirmó Mark sonriente. Entonces se agachó frente a mí—. ¿Te caigo bien, pitufa? ¿Vas a hablarme?

—Ah, no, no. Puede que lo parezca, pero no dejes que su carita angelical te engañe —se rio Caoimhe—. Grita como una loca cuando se le antoja.

—Apuesto a que consigo que hable —dijo mientras me ponía un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Puedes intentarlo —replicó Caoimhe—. Pero ningún médico ha sido capaz de arreglarla.

—¿Te gustaría eso, pitufa? —me preguntó Mark. Me puso una mano en el hombro—. ¿Vas a dejar que yo te arregle?

Asentí y le devolví la sonrisa.

«Sí, por favor».

—¿Dónde está?

»Sé que está por aquí.

»¡Puedo olerla!

Sin parar de reír, rodé debajo de la cama, intentando escapar del monstruo del calcetín apestoso, pero fue inútil.

—¡Te tengo! —Una mano cubierta con un calcetín se metió debajo de la cama y me cogió la pierna—. Ñam, ñam, ñam…, justo lo que me apetece —bromeó Mark con su divertida voz del monstruo del calcetín apestoso mientras me sacaba de debajo de la cama—. Una sabrosa pitufa solo para mí.

Grité entusiasmada e intenté escapar, pero él era mucho más rápido que yo. Me enganchó por la barriga con un brazo, me puso en su regazo e hizo como que me engullía con su mano calcetín.

—Eres, sin lugar a dudas, el mejor novio del mundo. —Apoyada contra el marco de la puerta, mi hermana nos sonreía—. Gracias por ser tan paciente con ella.

—No nos importa, ¿a que no, monstruo del calcetín apestoso? —repuso Mark, y luego usó su divertida voz del monstruo para decir—: No, no nos importa. Nos encanta comer pitufas.

—Bueno, ahora que le has alegrado la noche a mi hermana, ¿qué tal si me alegras la mía? —Le guiñó un ojo e hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta—. Antes de que tu padre te recoja.

—Lo siento, pitufa, la jefa ha hablado. —Me sentó en la cama y me revolvió el pelo—. Jugaré contigo la próxima vez que venga, ¿vale?

Asentí muy contenta y observé cómo se marchaba, con la esperanza de que Caoimhe lo invitase de nuevo pronto.

Mi primer amigo de verdad.

15 DE NOVIEMBRE DE 1993

Lizzie

—¿Qué narices estás haciendo? —preguntó papá mientras se levantaba de la silla cuando yo me subí a su regazo—. No puedes subirte en mi regazo sin nada de ropa. —Se le notaba furioso mientras me envolvía con la toalla por encima de los hombros para taparme—. Vuelve arriba y ponte ropa, y no vuelvas a bajar sin ropa nunca o te daré unos azotes.

—Cálmate —le ordenó mamá cuando me crucé con ella—. Acaba de salir de la bañera.

—Tiene cinco años, Catherine, no es ningún bebé —repuso papá—. Es demasiado mayor para correr desnuda por ahí y ya debería saberlo.

—Michael, solo quería darle un abrazo a su padre.

—Caoimhe nunca ha hecho algo así.

—No las compares. Las niñas son como el día y la noche.

—¿Te crees que no lo sé, joder?

—¡Michael!

—Habla con ella, Catherine. Explícale a la niña que no puede hacer esas cosas. Por el amor de Dios, ¿y si Caoimhe hubiese traído a Mark?

—Quizá si te preocupases un poco menos por Caoimhe y un poco más por Elizabeth, no estaría tratando de conseguir tu atención.

—Y quizá si tú no complacieras todas sus necesidades, abriría la boca de una vez y hablaría por sí misma.

—¿Cómo te atreves?

—Solo digo que si te apartases un poco y la dejases ser más independiente, puede que empiece a serlo.

—No se te ocurra intentar echarme la culpa de esto. Hay un motivo por el que nuestra hija tiene problemas, y ese motivo viene por tu parte, ¡no por la mía!

—Entonces ¿ahora me culpas por algo que se escapa a mi control?

—Igual que tú me culpas a mí por no ser capaz de arreglarla.

—Esto ha sido un error.

—No digas eso.

—Voy a por una pinta.

—No te vayas. Tenemos que hablar de esto.

—No hay nada de lo que hablar. Es lo que hay y esto es lo que tenemos. Fin de la historia.

—¡Michael, por favor!

La puerta principal se cerró de golpe.

«Eso es. No llores. Shhh, shhh…».

«Es porque eres una niña mala. Dios te está castigando…».

«Me ha enviado para purificarte…».

«Dime qué quieres…».

Presa del pánico, subí la escalera sin parar hasta que me metí debajo del edredón.

«Niña mala».

«Niña mala».

«Niña mala».

Cerré los ojos e intenté apartar las voces de mi cabeza, pero no se iban.

25 DE DICIEMBRE DE 1993

Lizzie

Era la noche de Navidad y se hacía tarde. La puerta de mi habitación se abrió de repente y Mark entró en mi habitación.

Sonreí cuando echó el pestillo después de entrar porque eso significaba que iba a arreglarme de nuevo.

Mark me gustaba mucho. Olía bien y era superdivertido. Siempre jugaba conmigo cuando venía a casa, incluso cuando Caoimhe no quería que yo estuviese con ellos. Ella prefería ir a besuquearse entre los árboles de detrás de nuestra casa, donde nuestros padres no podían verlos. Lo hacían todo el tiempo, y mi hermana incluso lo traía a casa cuando papá y mamá no estaban.

Siempre me hacían prometer que no me iba a chivar. Para mí era pan comido, se me daba genial guardar secretos.

Al fin y al cabo, yo les guardaba un montón de secretos. Sobre todo el superpoder secreto de Mark.

Nunca se lo dije a nadie porque Mark me explicó que, si lo hacía, dejaría de funcionar, y yo no quería volver a estar enferma. Me dijo que eso es lo que pasaría si él no seguía arreglándome.

Mark y su padre habían venido a nuestra casa a cenar y se habían quedado a dormir porque su padre había bebido demasiado whisky con el mío.

—¿Estás preparada para mí, pitufa? —susurró Mark, acercándose a mi cama.

—Te estaba esperando —le contesté, orgullosa de haber aguantado despierta hasta tan tarde sin que me pillasen—. Como me habías dicho.

—Esa es mi chica —sonrió. Se sentó en el borde de mi cama—. Mira lo que he traído por Navidad. —Levantó una cámara reluciente y me indicó—: Voy a hacerte unas fotos, pitufa. Unas fotos especiales solo para mí, ¿vale?

Asentí entusiasmada e hice todo lo que me pidió.

—Eres la cosita más bonita que he visto —me dijo Mark cuando terminó de hacerme una foto—. ¿Cómo te sientes esta noche, pitufa?

—Genial.

Frunció el ceño y me tocó la frente.

—Oh, no.

—¿Qué pasa?

—Está empeorando.

—¿De verdad? —Abrí los ojos como platos. Él asintió apenado.

—¿Sabes lo que pasa si no mejoras?

—¿El qué?

—Se te caerá el pelo igual que a tu mamá, y te pondrás cada vez más enferma, como ella.

—¿Me pondré más enferma? —Me agarré la cabeza, asustada—. Yo no quiero que se me caiga el pelo.

—Podrías morir.

Empecé a llorar.

—No puedes decirle a nadie que sabes la verdad —susurró, acariciándome la mejilla—. Lo empeoraría todo.

—¿Tú crees?

—Estoy seguro, hablar de ello hace que la enfermedad se extienda por tu cuerpo.

—¡Haz que pare!

—Puedo intentarlo si es lo que quieres.

—¡Dijiste que podías hacer que mejorase! —grité agarrándole el hombro—. Por favor, arréglame.

—Está bien, pero vas a tener que ser una niña buena —suspiró triste—. ¿Puedes hacer eso por mí? ¿Puedes ser una niña valiente y hacer todo lo que yo te diga?

—Puedo —afirmé con entusiasmo—. Lo juro.

—¿Y serás capaz de guardar el secreto?

—Te lo prometo, no lo contaré.

—Puede que esta noche tengamos que probar algo diferente, pitufa.

—¿Como qué?

Estuvo pensando durante bastante tiempo, dándose golpecitos en la mejilla antes de decir:

—Podría intentar el abrazo superespecial.

—Sí —asentí expectante—. Hazlo.

—¿Estás segura? —Levantó una ceja—. Puede ser un poco extraño.

—¿Hará que me ponga mejor?

—Por supuesto —aseguró persuasivamente—. Hará que te sientas mucho mejor, pitufa.

—Entonces hazlo —acepté.

—Vale. —Se sentó en mi cama y me puso una mano en la pierna—. Voy a necesitar que te quites el pijama esta vez, pitufa. —Me sonrió—. Así es como los chicos y las chicas se dan abrazos especiales. Tenemos que quitarnos toda la ropa.

No lo pensé dos veces. No quería ponerme enferma como mami. Quería que me arreglasen y Mark podía arreglarme. Me prometió que podía. Me deshice de mi pijama, le miré y esperé a que me dijese lo siguiente que tenía que hacer.

—Puedes mirar —dijo mientras empezaba a quitarse la ropa—. Te gusta mirar, ¿no, pitufa?

Abrí los ojos muy sorprendida cuando vi la cosa que le colgaba entre las piernas.

—¿Eso qué es?

—Esto es lo que va a hacer que te sientas mejor, pitufa —contestó—. ¿Quieres tocarla?

No quería.

Era raro.

Y me asustaba.

—No pasa nada —murmuró mientras se subía a mi cama—. Ya llegaremos a eso.

—¿Llegaremos a qué? —pregunté. Me tumbé en el colchón para mi abrazo especial y abrí las piernas justo como a Mark le gustaba que lo hiciese.

—Olvídalo. —Me separó más las piernas, se arrodilló entre ellas y suspiró feliz—: Eres una niña muy buena, pitufa.

—¿Lo soy?

—Lo eres —confirmó. Me paseó los dedos por el muslo.

—Me haces cosquillas.

—¿Sí? —Sonrió—. ¿Te gusta cuando te hago cosquillas?

Me encogí de hombros, asustada.

—Conozco un cosquilleo secreto —susurró, subiendo más la mano—. ¿Quieres que te lo enseñe?

PARTE 2
LOS CIMIENTOS DE LA AMISTAD

PELOTAS REVENTADAS, MATONES Y RUPTURAS

Hugh

27 de octubre de 1994

—Un día de estos, voy a pillaros, mocosos —bramó el señor Murphy desde el otro lado del muro del jardín el jueves por la tarde después del colegio—. Y, cuando lo haga, os colgaré a los dos por los huevos. ¿Me oís? ¡Ese es el último parterre mío que destruiréis con vuestra puta pelota!

—Mierda, la va a reventar, ¿verdad?

—Es un farol, Hughie.

Con la espalda pegada al muro del jardín, miré al chico más pequeño que estaba detrás de mí, el que tenía la cabeza llena de rizos dorados y se tapaba la boca con la mano para disimular la risa.

—Nunca va de farol, Gibs —susurré, dándole un codazo—. Y deja de reírte.

—¿Qué? —respondió, riendo más fuerte, mientras llovía sobre nosotros—. Es gracioso.

—No —repliqué—. Lo gracioso es el estúpido chubasquero amarillo que llevas puesto.

—¡Oye! El amarillo me queda genial.

—Genial se te da causar problemas —le espeté—. Y ahora estoy en problemas de nuevo. Por tu culpa. De nuevo.

—Anda, deja ya de preocuparte, grandullón. —Muy divertido, se limpió una gota de lluvia de la mejilla—. No seas tan susceptible.

—Para ti es fácil decirlo —murmuré—. Tú no estás a punto de perder la tercera pelota de fútbol esta semana.

Sabía que pasaría. El viejo Murphy era el peor vecino de nuestra calle y todos los niños de Avoca Greystones sabían lo que pasaba si tu juguete traspasaba el muro de su jardín. Lo habías perdido para siempre. Yo tenía suerte de vivir al otro lado de la calle del viejo cascarrabias, pero Gibsie vivía a dos casas de él.

—No te enfades conmigo, Hughie —suplicó mientras me miraba con ojos de cordero degollado, esos ojos grises siempre lo sacaban de los problemas—. Eres mi hermano mayor.

Puse los ojos en blanco, pero sabía que tenía razón. Quizá no tuviésemos los mismos padres, pero Gerard Gibson era mi hermano.

Nuestros padres eran mejores amigos desde el colegio y acabaron yéndose a vivir a Avoca Greystones, una urbanización de doce viviendas situada en la parte alta norte de su ciudad natal, Ballylaggin. Nosotros vivíamos en el número 4 y Gibson vivía al otro lado de la calle en el número 9.

Aparte de los cuatro meses más de vida que tenía comparado con él, jamás he conocido un mundo sin el alborotador de pelo rizado que estaba detrás de mí. Era raro porque no lo veía como un amigo como Patrick Feely, mi mejor amigo del colegio. Para mí, mi relación con Gibsie era la misma que con mi hermana pequeña Claire. Gibs no tenía que preocuparse por mis sentimientos y yo no tenía que preocuparme por los suyos. Podíamos discutir, pelear y decirnos las peores cosas que se nos ocurrieran y siempre haríamos las paces porque éramos hermanos, y los hermanos siempre se perdonan.

—Alegra esa cara. —Gibs me dio una palmada en el hombro para apoyarme y me sacó de mis pensamientos—. La guerra no ha acabado. Podemos recuperarla.

—Seguro que ya tiene el cuchillo preparado —suspiré con pesadez—. Era mi pelota favorita.

—¿Me estáis escuchando, malnacidos del infierno? —El viejo Murphy seguía con sus amenazas, se le oía un poco más cerca esa vez—. Cuando os ponga las manos encima, os retorceré el pescuezo. ¡Especialmente al gordo!

Entonces fui yo el que tuvo que taparse la boca con las manos para aguantar la risa mientras Gibsie fruncía el ceño indignado.

—Será cabrón…

—Así es, pequeño tanque sobrealimentado —se burló el viejo Murphy, en ese momento desde un poco más lejos—. ¡Yo te enseñaré modales!

—¡Será cabrón…! Mamá dice que estoy fornido, no gordo, y papá dice que desaparecerá cuando pegue el estirón —se defendió Gibsie, indignado—. Tengo los huesos anchos, Hughie. —En ese momento era él quien lanzaba codazos para intentar que dejase de reírme—. No todos podemos ser larguiruchos.

—Lo sé, lo sé —le tranquilicé, intentando dejar de reír—. Y no hagas caso al viejo Murphy. Solo está celoso porque él es viejo y calvo.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Vale, ve a mirar —me ordenó entonces, señalando hacia el muro tras el que nos escondíamos—. ¿Qué está haciendo ahora? Si se ha metido dentro de la casa puedes colarte por la verja y conseguir tu pelota.

—¿Y por qué no entras tú? —le espeté—. Has sido tú quien la ha colado ahí dentro. —De nuevo—. Tú le has destrozado las petunias. —De nuevo—. Tú eres el culpable. —De nuevo.

—Sí, pero yo no puedo escalar el muro y tú sí —me explicó Gibsie, con una mirada traviesa—. Venga. —Juntó las manos y se agachó—. Yo te levanto.

—Soy cuatro meses mayor que tú —gruñí. Usé sus manos como un escalón para alzarme—. Pero tú eres cuatro veces más problemático.

Me agarré a la cornisa de hormigón del muro lateral del jardín del señor Murphy, me impulsé hacia arriba poco a poco y me asomé justo a tiempo para ver cómo el monstruo canoso clavaba una navaja en mi pelota.

Y eso fue todo.

Otra que muerde el polvo.

Suspiré con decepción, me dejé caer hasta el suelo y negué con la cabeza cuando Gibsie me miró con una expresión esperanzada.

—No —respondí con dureza—. Descansa en paz, pelota.

—Se acabó. —Gibsie apretó los puños a ambos lados de su cuerpo, miró hacia el muro que nos separaba del asesino de felicidad, y puso las manos ahuecadas a lado y lado de la boca para gritar—: ¡Espero que tengas fotos de todos esos parterres de flores, Murphy, porque no podrás vigilarlos eternamente, pedazo de calvo matón mierd…!

—No lo empeores —le advertí mientras le tapaba la boca con la mano antes de que pudiese terminar—. Ya somos muertos en vida. —Lo rodeé con el brazo y nos alejé del muro del vecino, con cuidado para evitar el parterre de flores de la señora Grady mientras atravesábamos su jardín—. Si les dice a nuestros padres que le hemos insultado, nos matarán otra vez.

Devolví el saludo a la señora Grady, que nos sonreía desde la ventana de su cocina, y guie a Gibs para que evitase sus preciosas rosas, con más cautela de lo normal para no dañarlas. La señora Grady era aún más mayor que el viejo Murphy, pero no era una cascarrabias como él. Solía cuidarnos cuando éramos pequeños hasta que se rompió la cadera durante el verano. Incluso entonces no le molestábamos, seguía dejándonos jugar en su jardín y nos invitaba a tomar té y panecillos.

—Esto es la guerra —refunfuñó Gibsie cuando estuvimos nuevamente en la calle—. Ya verás la semana que viene. —Volvió a cerrar los puños a ambos lados del cuerpo—. Ese cabrón se va a enterar la noche de Halloween, Hughie.

Nos salimos de la acera cuando llegamos a su casa y le seguí por el camino de la entrada, muy disgustado por mi pelota.

—Te conseguiré una pelota nueva por tu cumpleaños —me prometió Gibsie cuando entramos a su casa—. Papá nos va a llevar a su casa el fin de semana, así que iremos de compras y te conseguiré una nueva.

—Olvida la pelota —le respondí, saber que iba a estar fuera el fin de semana empeoraba la situación—. ¿Irás al cole mañana? La señorita Lawlor dijo que traería caramelos porque es nuestro último día antes de las vacaciones de Halloween.

—Iré —prometió. Caminó hasta la entrada de la cocina—. Simplemente iré desde la casa de mi padre.

—¿Estarás de vuelta para mi fiesta de cumpleaños el lunes?

—Pues claro.

—¿Y para ir a pedir caramelos después?

—Sí, señor. —Se frotó las manos contento y se acercó la tarta mientras se sentaba en la isla de la cocina—. He estado guardando huevos debajo de mi cama para vengarme del apuñalapelotas.

—Excelente —murmuré.

—Gerard Joseph Gibson, si no apartas las manos de la tarta de cumpleaños de Hughie, no te quedarán dedos con los que hurgarte la nariz —advirtió Sadhbh, que apareció desde detrás de la puerta abierta del frigorífico.

—¿Qué dices? —resopló indignado, con la mano a centímetros del glaseado de la tarta—. Yo no me hurgo la nariz.

—No, Gibs, no te hurgas la nariz —intervino Joe cuando entró en la cocina con Bethany medio dormida en sus brazos—. La usas de almacenamiento, ¿verdad que sí?

—Fue una vez, papá —replicó Gibsie—. Y una cuenta.

—Fueron cuatro cuentas —le corregí entre risas al recordar el incidente durante la clase de plástica en el colegio la semana pasada—. Y tuviste que ir al hospital para que te las sacasen.

—Quería saber cuántas me cabían —se defendió—. ¿Tan malo es?

—Sí —contestamos los tres al unísono, y eso hizo que mi amigo se enfurruñase al típico estilo Gibs—. Sinceramente, Gerard, no debería tener que decirte esto, pero no debes meterte ningún objeto extraño en las fosas nasales. —Sujetando una cuchara de madera como si fuese un arma, Sadhbh hizo que su hijo se apartara de la tarta de cumpleaños con forma de número siete—. ¡Ni en las orejas!

—Iré arriba y cogeré sus bolsas para el fin de semana —le dijo Joe a su mujer, aunque no subió hasta que Sadhbh asintió para darle su aprobación.

—¿Cuándo va a volver papá a casa? —preguntó Gibsie cuando su padre salió de la habitación—. Odio estar aquí sin él.

«Yo también» quise añadir, pero mis padres ya me habían advertido que no me metiese. Según mamá, Sadhbh y Joe estaban en mitad de una separación, y teníamos que mantenernos al margen y guardarnos nuestras opiniones por el bien de Gibs y Bethany.

Tenía muchas opiniones que me callaba sobre la mierda que estaba pasando en la casa del otro lado de la calle. En especial sobre el gilipollas al que estaba besando Sadhbh en vez de a Joe, pero hice lo que me pidió mi madre.

Keith Allen.

«Qué asco».

—Gerard. —A Sadhbh se le escapó un suspiro de cansancio—. Ya hemos hablado de esto, cielo.

—No, no lo hemos hablado —replicó Gibs—. Decirme que papá se va de casa no es hablarlo, mamá. Es informar, no hablar. Hay bastante diferencia.

—No ha cambiado nada —declaró su madre, en un intento de persuadirle mientras se le acercaba—. Tu padre y yo os seguimos queriendo mucho a ti y a tu hermana. —Le revolvió los rizos y le acarició la mejilla—. Seguimos siendo una familia, cariño.

—Salvo que no lo somos. —A Gibsie se le quebró la voz y se alejó de su madre antes de limpiarse la mejilla con el dorso de la mano—. Y todo ha cambiado.

—Seguimos siendo una familia —repitió Sadhbh más seria esta vez—. Simplemente nuestra familia ya no es igual que antes.

—Ya, ¡porque tú la has roto! —gritó Gibs mientras se alejaba aún más—. Tú y el gilipollas de tu novio.

Abrí los ojos todo lo que pude y rápidamente me tapé la boca con la mano para impedir que las palabras «oh, mierda» se me escapasen en voz alta.

—¡Gerard! —Su madre dio un grito ahogado.

—¿Qué? —exclamó Gerard desafiante—. Sabes que no miento.

—No me hables de esa forma —le ordenó con la voz quebrada—. Sigo siendo tu madre.

—¡Pues ojalá no lo fueras! —bramó Gibs justo antes de salir corriendo de la cocina y dejarme solo con su madre.

—Bueno, yo… —Empecé a echar mi silla hacia atrás y me levanté con torpeza señalando la puerta de la cocina. Estaba muy incómodo. Me encogí de hombros y le sonreí a Sadhbh con timidez—. Debería irme a casa.

Con los ojos llenos de lágrimas, ella me devolvió una sonrisa cargada de dolor antes de darse la vuelta para que no pudiera verle la cara.

—Vale, cielo.

—Esto…, gracias por la tarta. —Sacudí la cabeza y me dirigí a la puerta—. Y… lo siento.

Sin esperar respuesta, hice como Gibsie y salí corriendo de su casa. Con las prisas por llegar a la seguridad de mi casa al otro lado de la calle, batí mi récord personal de velocidad.

—Creo que has hecho llorar a tu madre —le conté casi sin respiración cuando llegué al camino de entrada a mi casa y encontré a Gibsie haciendo rebotar una pelota de baloncesto contra la pared del garaje.

—Bien. —Fue todo lo que respondió antes de lanzar el balón contra la pared una vez más.

—Sé que no hablas en serio.

—¿Ah, no?

—No —reiteré, en un intento de persuadirle y esquivando por los pelos un balón de baloncesto lanzado con furia, que pasó volando a toda velocidad por delante de mi cabeza y se estrelló estrepitosamente contra los cubos de basura que había detrás de mí.

—¿Y si nos escapamos de aquí? —me planteó Gibsie. Recuperó la pelota antes de apuntar de nuevo a mi cabeza—. Creo que podríamos hacerlo.

—No pienso volver a escaparme contigo. —Esta vez cogí la pelota antes de que me diese de lleno en la cabeza—. La última vez que lo intentamos, te measte en mi saco de dormir. —Le lancé la pelota lo más fuerte que pude—. Conmigo dentro.

—Fue un accidente. —Y nuevamente me lanzó la pelota a la cabeza—. Supéralo.

—Lo haré. —Desvié la pelota justo antes de que impactase en mi cara—. Cuando dejes de lanzarme la pelota a la cabeza.

—¡Estoy enfadado!

—Lo sé.

—¡Odio a ese imbécil!

—Lo sé.

—¡No quiero vivir con él!

—Lo sé.

—¡Quiero estar con mi padre!

—Lo sé.

Con el pecho agitado por el mal genio, Gibs me miró con los ojos grises llenos de lágrimas durante lo que me pareció una eternidad, antes de exhalar un suspiro entrecortado.

—Solo quiero que todo vuelva a ser como antes, Hugh.

—Lo sé, Gibs —suspiré con fuerza—. Yo también.

—Nada va a ser como antes, ¿a que no?

—No, Gibs. —Negué con la cabeza—. No lo creo.

Profundamente derrotado, Gibs caminó hasta el final del camino de entrada a mi casa y se dejó caer. Se rodeó las rodillas con los brazos y se quedó mirando su casa al otro lado de la calle.

No sabía qué decir para que se sintiera mejor y odiaba esa sensación. Porque quería ayudarle. Quería hacer que todo le fuese un poco mejor. Quería traer a su padre a casa y lograr que su familia volviese a estar unida.

Pero no podía.

Lo único que podía hacer era sentarme a su lado y hacerle compañía.

—Siento haber intentado arrancarte la cabeza —se disculpó Gibs cuando terminó de calmarse.

—No pasa nada.

—¿Sigues queriendo que vaya a tu fiesta el lunes?

—Por supuesto.

—¿E iremos a pedir caramelos cuando nuestros amigos se vayan?

—Pues claro, Gibs.

—¿Y después me quedaré a dormir?

—Exacto.

—¿Y aún sigue en pie lo de escaparnos para lanzarle huevos a la casa de ese imbécil cuando nuestros padres estén dormidos?

—Ya lo creo que sí.

—Bien. —Una sonrisa se dibujó en sus labios y me chocó con el hombro—. Bueno, ¿cuándo vuelve tu hermana de la peluquería con Sinead?

Puse los ojos en blanco y miré a Gibs con recelo, aunque por dentro me alegraba de haber vuelto a su tema de conversación favorito.

—¿Tanto te costaría fingir que yo soy tu favorito por un día?

—No sé, Hugh, no se me da muy bien mentir —soltó. Y así, sin más, volvió a ser el bromista que yo conocía—. ¿Tu madre sigue insistiendo en que invites a las amigas de Claire a tu fiesta?

—Sí. —Dejé caer los hombros, derrotado—. Pero voy a escribir las invitaciones esta noche y ella estará trabajando, así que quizá consigo no invitarlas.

—¿A quién quiere invitar?

—No recuerdo los nombres. —Me encogí—. Pero son cuatro.

Abrió mucho los ojos.

—¿Cuatro?

—Sí.

—¿Y vamos a tener que jugar con todas?

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

—Sí.

—¡Madre mía! —se quejó—. ¿Y qué se supone que vamos a hacer con cuatro niñas?

—Cinco —le corregí—. No has contado a mi hermana.

—Claire es una de nosotros, así que no cuenta —puntualizó—. Y, además, nos gusta jugar con ella.

—No, Gibs, a ti te gusta jugar con ella.

—Quizá no esté tan mal —dijo entonces, en un claro intento de animarme—. A lo mejor son como tu hermana.

—Ya. —Me estremecí—. Y no se me ocurre nada peor.

LOS PROBLEMAS LLAMAN A LA PUERTA

Lizzie

27 de octubre de 1994

—Gracias, Lizzie —susurró Shannon desde donde se encontraba a mi lado. Estábamos sentadas en el banco fuera del despacho del director, esperando a que nuestros padres saliesen de su reunión—. Pero no tendrías que haberlo hecho. —Me miró con unos enormes ojos azules—. Te vas a meter en problemas por mi culpa.

—No me importa —le dije—. Le ha hecho daño a mi amiga. Te ha hecho llorar.

—Sí, pero tú le has hecho sangrar —repuso, mordiéndose el labio—. Te van a castigar.

Lo sabía.

Había visto lo enfadado que estaba mi padre cuando entró al despacho junto a nuestra profesora y al director. Todos lo estaban. Todos me miraban enfadados.

Pero no me sentía mal por ello.

No sentía la necesidad de gritar.

En lugar de eso, me sentía bien.

Mis pensamientos eran buenos y lentos.

Como siempre que me sentaba al lado de Shannon Lynch.

Ojalá pudiese sentarme con ella para siempre.

—Gracias —me dijo, encogiendo los hombros—. Nunca había tenido una amiga que me defendiese.

—Yo siempre te defenderé —le prometí—. Y Claire —me apresuré a añadir, cuando recordé a la rubia de pelo rizado que iba a nuestra clase y que había sido mi amiga desde que empezamos el colegio el mes pasado. Claire era ruidosa y divertida, y hacía que me sintiera feliz. Shannon era silenciosa y calmada, y hacía que me sintiera segura.

Estaba nerviosa cuando empecé en el colegio de primaria Sagrado Corazón. No se parecía en nada a la escuela a la que solía ir para que me ayudasen a hablar cuando las palabras se me atascaban en la garganta. Pero los adultos dijeron que estaba haciendo un gran trabajo y que por fin estaba preparada para ir a ese colegio. Yo no estaba segura de lo que eso significaba, pero estaba nerviosa por cambiar de cole y empezar en infantil. El resto de los niños de mi clase tenían cuatro y cinco años, y me daba miedo que pensasen que yo tenía algún problema.

Cuando nuestra profesora me guio hasta una mesa redonda y me sentó al lado de una niña pequeña con el pelo castaño oscuro, me sentí fuera de lugar. Pero cuando Shannon sonrió y me dijo que esa era su segunda vez en infantil y que iba a cumplir seis años en marzo, me sentí mejor. Y esa sensación creció aún más cuando me di cuenta de que ya conocía a su hermano mayor, Darren. Era amigo de Caoimhe y yo había estado con él un par de veces. Era clavadito a Shannon y era tan amable como ella.

Un poco más tarde, la profesora trajo a otra chica para que se sentase con nosotras. No era tímida como Shannon ni extraña como yo. Esa niña parecía un rayo de sol. Todo el mundo quería sentarse con Claire Biggs y ser su mejor amiga, pero ella solo quería sentarse con nosotras y ser nuestra mejor amiga.

—¿Por qué tu mamá tiene una bufanda en la cabeza? —preguntó Shannon entonces, sacándome de mis pensamientos.

—No tiene nada de pelo —respondí, mientras balanceaba las piernas—. Se le cayó cuando se puso enferma.

—Oh. —Puso su diminuta mano sobre la mía—. Lo siento.

—No pasa nada. —Le sonreí—. Ya estuvo enferma antes y le volvió a crecer. —Me encogí de hombros—. Cuando se ponga buena, le crecerá otra vez.

Shannon me miró durante un rato antes de susurrar:

—Eres diferente, Lizzie Young.

—¿De verdad?

Asintió y sonrió.

—Eres especial.

—¿Y eso es malo?

—No. —Sacudió la cabeza sin dejar de sonreír—. Me recuerdas a Joe.

—¿Tu hermano?

—Sí. —Asintió de nuevo—. Y eso es algo muy bueno.

—Cálmate, Mike —dijo mamá por décima vez desde que salimos del colegio. Estaba sentada en el asiento delantero, al lado de papá, le puso la mano en la rodilla y agregó—: No es el fin del mundo. —Se giró y me guiñó un ojo.

Junté las manos con fuerza y sonreí a mi madre. Me encantaba mirarle a la cara. Tenía unos ojos amables, azul oscuro como los de Caoimhe, y su voz era mi favorita. Era suave y agradable, y tan reconfortante como un abrazo. Papá también tenía los ojos azules, pero parecían pálidos y tristes. Como los míos.

—¿Que me calme? —Papá sacudió la cabeza y noté que el coche aceleraba—. Catherine, ha mordido a un niño de su clase. Como un maldito perro salvaje. —Sonaba muy enfadado. No me gustaba—. ¿Para qué nos dejamos una fortuna en terapias si luego reacciona así a la primera de cambio?

—Empujó a Shannon —me oí decir, cada vez más molesta—. Estaba siendo un matón, papá.

—¿Te empujó a ti? —me preguntó papá, mirándome por el espejo retrovisor—. ¿Te puso un dedo encima?

Negué con la cabeza y me giré para mirar por la ventana.

—No, papá.

—Entonces no tenías ningún derecho de ponerle las manos encima —replicó él—. Tienes suerte de que no te hayan expulsado por esa hazaña, Elizabeth. Dios sabe que tenían una buena razón para hacerlo.

—Pero empujó a Shannon —insistí. Noté cómo la piel se me ponía cada vez más caliente a la vez que con la mirada seguía las gotas de lluvia que salpicaban la ventana—. Empujó a mi amiga. —¿Me estaba expresando mal? ¿Es que no podía oírme?—. Es un niño malo, papá —añadí, apretando los puños sobre el regazo—. Y le tiró del pelo a Claire la semana pasada. También le hizo llorar en su primer día de cole.

—¡Ya está bien! —bramó papá a la vez que daba un puñetazo al volante—. Lo digo en serio. Deja de buscar excusas para tu comportamiento porque no hay nada que justifique morder a un niño con tanta saña como para hacerle sangrar.

Con la respiración entrecortada, miré a la parte de detrás de su asiento, intentando no gritar con todas mis fuerzas. No levantarme de un salto y arañarle. No quería que mi madre se pusiera triste otra vez, pero podía sentir cómo crecía dentro de mí.

—¡Por Dios, pensaba que ya habías superado todo esto! —continuó gritándome—. Sabes lo que está bien y lo que está mal, Elizabeth, ¿por qué no te comportas como tal? Tienes seis años, por el amor de Dios. Ya eres demasiado mayor para seguir teniendo rabietas. ¿Por qué no puedes ser normal? No es tan difícil, joder…

—¡Ya está bien, Michael! —le advirtió mamá, evitando que siguiera—. Baja la voz.

—¿Que baje la voz? —Volvió la cabeza para mirar a mi madre antes de atravesar las enormes puertas del colegio de mi hermana—. Deberías abrir los ojos, Catherine. El comportamiento de esta niña no es normal. Tiene edad para estar en primero, pero está en infantil muy por detrás del resto, y todo porque no sabe controlarse, maldita sea.

—¡He dicho que ya está bien! —estalló mamá ya enfadada—. Has dicho lo que tenías que decir, y el director también. Ahora déjalo estar.

—Se merece mucho más que unas cuantas crudas verdades, pero, claro, eso no pasará porque tu debilidad por ella te ciega demasiado. —Papá sacudió la cabeza, aparcó el coche en una de las plazas de aparcamiento y pulsó un botón para que los limpiaparabrisas fuesen más rápido—. Se supone que los médicos habían dicho que la nueva medicina ya estaría haciendo efecto.

—Y así es.

—¡Eso díselo al pobre chico que ahora tiene marcas de dientes en un lado de la cara! —volvió a gritar papá—. Sabía que no era buena idea sacarla del St. Anthony. Lo sabía, joder. Allí tenía toda la ayuda que necesitaba, con profesores preparados para tratar a gente como ella. Pero no, tenías que hacerlo a tu manera otra vez, ¿verdad que sí? Da igual lo que quiera el resto de la familia…

—¡Michael! —respondió mamá, alzando la voz—. No es el momento para esta conversación.

—No tendría que haberte hecho caso ni a ti ni a esos malditos médicos —gruñó—. Estoy cansado de vivir así, Catherine, de verdad te lo digo.

Me tapé los oídos, cerré los ojos con fuerza e intenté tragarme la voz mientras trataba de expulsar la suya.

«Vuelve conmigo».

«Estoy esperando».

«Te encontraré».

«No te resistas».

—¡Madre mía, la que está cayendo! —chilló Caoimhe al abrir la puerta de un tirón. La voz de mi hermana acalló la voz de mi cabeza.

Con la respiración acelerada, mantuve los ojos cerrados, demasiado asustada para abrirlos por si la veía de nuevo, a la mujer siniestra, la de las garras, la de la voz que se metía en mi cabeza a la hora de dormir. O cuando me enfadaba. Se arrastraba fuera del agua, empapada, con el pelo apelmazado y unas garras largas. Era la señora que había visto desde mi ventana algunas veces. La que los médicos decían que no existía. La que mi familia decía que era producto de mi imaginación. Se suponía que no debía verla. Pero yo la veía.

—¡Elizabeth! —dijo papá, y el tono amenazante de su voz hizo que abriera los ojos de golpe.

No veía la cara de la señora aterradora, pero veía a mi padre. Se me daba muy bien leer las caras. Era mi superpoder. Y en ese momento, mi padre me estaba diciendo con la mirada que me comportase.

—Ponte en el centro, Liz —me ordenó Caoimhe, dejando su mochila del colegio en el suelo bajo mis pies antes de pasar por encima de mí—. Mark viene a casa con nosotras, ¿recuerdas?

Sí, lo recuerdo.

—¿Cómo va eso, pitufa? —La familiar voz de Mark me sacó de mis recuerdos y me giré para ver cómo se subía al asiento trasero del Jeep de mi padre, a mi lado. Me sonrió al abrocharse el cinturón y me revolvió el pelo antes de volverse hacia mis padres.

Me cubrí la boca con la mano para esconder una risita.

Mark siempre me llamaba «pitufa», y me gustaba.

Papá avanzó marcha atrás y escuché a los cuatro hablar durante todo el trayecto a casa. Nadie habló conmigo, pero no me importó. Estaba acostumbrada.

Cuando Mark apoyó el brazo en mi falda para darle la mano a mi hermana, me estremecí. Se dio cuenta y me hizo un guiño especial. El guiño secreto que reservaba solo para mí. Para cuando me estaba arreglando. Me hizo sentir especial y le devolví la sonrisa.

COACCIÓN EN LA COCINA

Hugh

27 de octubre de 1994

—¿Cómo está mi hombre favorito? —preguntó mamá cuando entró en la cocina el jueves por la noche.

—Mejor ahora que estás aquí —respondió papá con un guiño. Se recostó en la silla frente a la mesa y dirigió a mamá toda su atención—. ¿Qué tal el trabajo, mi amor?

—Atareado —contestó mamá con un suspiro alegre, aún con el uniforme del hospital—. ¿Mi bebé está en la cama?

—Por suerte —murmuré desde detrás de mi padre. Costó más de lo normal conseguir que Claire se durmiera esa noche, y eso me molestaba porque significaba que tenía menos tiempo a solas con papá.

—Es mi culpa —le explicó papá a mamá entre risas—. Dejé a Claire y a la pequeña Gibs a solas con un pastel Selva Negra.

—Error de novato, Biggs.

—No me lo recuerdes.

—¿Y vosotros habéis pasado una buena tarde? —preguntó mamá con una sonrisa cómplice. Cuando tenía turno de día en el hospital, no llegaba a casa hasta las diez de la noche, pero papá siempre me dejaba quedarme despierto con él. Incluso entre semana. La clave era conseguir que Claire estuviera en la cama a las ocho, y así poder pasar las siguientes dos horas viendo deportes, leyendo historias o haciendo lo que me apeteciese.

Esa noche, pasamos nuestro tiempo de calidad escribiendo las invitaciones a mi fiesta de cumpleaños, para dárselas a mis amigos por la mañana antes de que empezasen las vacaciones de Halloween. Iba a cumplir siete años la semana siguiente, así que no necesitaba que papá me ayudase a escribir las invitaciones, pero sí quería que lo viese. Practicaba mucho para mejorar mi letra, incluso durante las vacaciones escolares, y se notaba. Cuando papá me dijo lo orgulloso que estaba, aumentaron mis ganas de practicar solo para que estuviese aún más orgulloso.

—Qué bien, ya has empezado con las invitaciones para tu fiesta —comentó mamá, curioseando la pila de sobres cuidadosamente apilados sobre la mesa frente a mí—. Guau, esas son muchas invitaciones, cariño.

—He invitado a toda la clase —le expliqué—. Veintiséis.

—¿Veintiséis? —Mamá levantó las cejas—. Encantador. —Su voz sonaba chirriante cuando murmuró—: Veintiséis niños correteando por toda la casa suena… encantador.

—Resulta que tenemos un genio con nosotros, Sinead —anunció papá, rodeándome con el brazo—. No cumplirá los siete hasta dentro de una semana y ha escrito cada palabra de esas invitaciones él solito. ¿Y le has oído leer últimamente? La otra noche estaba leyendo El hobbit y nunca había escuchado nada igual. La escuela hizo bien en hacerle pruebas, Sinead. Va muy por delante del resto. —Me apretó el hombro—. Este jovencito nuestro va a hacer grandes cosas.

Mamá me sonrió con indulgencia.

—¿De verdad?

Se me puso la cara roja y sonreí orgulloso.

Sabía que en el colegio me consideraban brillante, pero oír a mi padre afirmarlo en voz alta me hizo creerlo de verdad. Los profesores me lo decían con frecuencia y, aunque no me daban los resultados de esos exámenes especiales individuales para los que me sacaban de clase, yo sabía que tenían que ser buenos.

—Resulta que también es todo un artista —siguió papá para mi regocijo—. Algo que solo le valdrá si decide seguir los pasos de su padre. —Me dio un apretón en el hombro otra vez—. ¿No es así, hijo?

—Para el carro, Peter Biggs —intervino mamá con una risita—. Tu hijo tiene siete años. —Levantó una ceja—. Creo que es un poco pronto para orientarle hacia la arquitectura y la promoción inmobiliaria, ¿no te parece, mi amor?

—No cuando tiene la comprensión lectora de un adolescente —rebatió papá—. O puede montar un Lego más rápido que cualquier niño que conozcamos.

—Pete, déjale ser un niño —ordenó mamá de camino a la nevera—. Hugh tiene toda la vida por delante. Su infancia es una fracción muy pequeña, así que no se la hagas aún más corta, cariño.

—Cielo santo, tienes razón, Sinead. No debería estar hablándole de este tipo de cosas. Me he dejado llevar por… —Mi padre se aclaró la garganta y dejó la frase sin terminar. Se había puesto rojo, como si estuviese avergonzado—. Olvida lo que he dicho, hijo. Vamos a centrarnos en tu cumpleaños, ¿vale?

—¡Y que no se te olviden las invitaciones para las amigas de Claire! —gritó mamá—. Tengo los nombres escritos en algún sitio. —Buscó entre las notas y dibujos que estaban colgados en la nevera hasta que cogió un pósit—. Aquí están.

—Papá —gemí girándome hacia mi padre, que estaba sentado a mi lado—. Por favor.

Papá levantó los brazos.

—A mí no me mires, hijo.

—Claire solo va a invitar a cuatro amigas —añadió mamá—. Podrás arreglártelas.

—¿Por qué, mamá? —protesté al mirarla cuando puso la nota en la mesa justo delante de mí—. Ninguno de mis amigos del colegio invita a las amigas de su hermana a sus cumpleaños. ¿Por qué tengo que ser el único chico de la clase que tiene chicas en su fiesta?

—Porque, por lo visto, eres el único chico de tu clase cuya madre lo está educando como a un caballero —repuso mamá. Me acarició la mejilla con el pulgar y volvió al frigorífico—. Escribe las invitaciones.

—Pero estamos en primero —seguí defendiendo mi caso—. ¿Qué vamos a hacer con cuatro niñas pequeñas?

—Cinco —intervino mamá alegremente—. No has contado a tu hermana.

—Peor me lo pones. —Apoyé la cabeza en la mesa y me cubrí con las manos—. Joder.

—Controla ese lenguaje delante de tu madre —advirtió papá, dándome un codazo en el brazo como advertencia—. Y siéntate bien cuando hables con una señorita.

—Lo siento —murmuré, hice lo que me pidió, aunque no lo sentía lo más mínimo—. Entonces ¿no hay forma de evitarlo? —Me oí preguntar, derrotado—. ¿De ninguna manera?

—Ni una sola, hijo. Date prisa y escríbelas antes de irte a la cama —ordenó mamá a la vez que ponía en marcha el microondas—. Claire irá en tu autobús mañana, así que puedes entregárselas tú mismo a las chicas.

—¡No, por favor!

Mamá soltó una carcajada.

—No te morirás, Hugh.

—A lo mejor sí.

—Ya has oído a tu madre —intervino papá, cubriéndose la boca con la mano—. Está educando a un caballero.

Acepté la derrota con un suspiro y cogí la nota con los nombres de las estúpidas amigas de mi hermana.

—Shannon Lynch, Marybeth y Cadence O’Neill, y Lizzie Young —leí los nombres del papel y fruncí el ceño—. Puaj.

—¿La hermana de Caoimhe? —preguntó papá, que se había inclinado para ver bien los nombres—. Caoimhe Young, la que hace de niñera para Sadhbh.

—La misma —contestó mamá—. Hablando de niñera, le he pedido su número a Sadhbh. He pensado que podríamos llamarla y tener alguna noche para nosotros.

A papá se le levantaron las cejas.

—Santo cielo, no recuerdo la última vez que tuvimos una cita, mi amor.

—Justo antes de que la señora Grady se operara de la cadera —respondió mamá sonriendo.

—Caoimhe tiene el visto bueno de Sadhbh y los O’Reilly, que viven más arriba, solo dicen cosas buenas de ella.

—Señor, estaría genial que pudiese —reflexionó papá, rascándose el pecho—. Con la señora Grady fuera de combate, no tenemos niñera para las vacaciones escolares.

—Esperemos que salga bien —comentó mamá—. Parece que se le dan bien los niños, hasta nuestro pequeño Gibs está encantado con ella.

—Odio cuando le llamáis así —gruñí—. Lo hacéis todo el rato y es muy molesto. No es «el pequeño Gibs». Es Gibs a secas.

—Lo siento, hijo. —Sonrió papá—. Pero Joe Gibson siempre será el Gibsie original.

—Y lo ha sido desde que éramos niños —asintió mamá con una risita.

—Y, por ende, su hijo es el pequeño Gibs.

—Me da igual. Y no me importan las niñas, pero Joe es Joe y Gibs es Gibs. —Resoplé y volví a centrarme en las invitaciones que me habían obligado a escribir—. Marybeth y Cadence son las hermanas gemelas de Pierce, así que haré una invitación para las dos.

—Hazla bonita —me indicó mamá—. Con tu mejor letra.

—No pongas esa cara, Hugh. —Papá se rio y me revolvió el pelo—. En unos años estarás rogándonos a tu madre y a mí que te dejemos salir con chicas.

—Para que lo sepas, la abuela Biggs obligó a tu padre a invitarme a su fiesta de cumpleaños cuando éramos muy pequeños. —Mamá recortó la distancia y abrazó a papá por detrás—. Y míranos ahora.

—Sí que me obligó —musitó papá. Le dio un beso a mi madre en la mano—. Y fue la mejor invitación forzada que he escrito nunca.

Mamá le sonrió.

—Y no hemos estado separados más de una semana en treinta años.

—Nunca se sabe, hijo —se burló papá—. Uno de esos nombres podría ser el que pronuncies el día de tu boda.

Me estremecí y lo miré horrorizado.

—¿Se supone que intentas animarme?

ABUSONAS, INVITACIONES DE CUMPLEAÑOS Y HERMANOS MAYORES

Lizzie

28 de octubre de 1994

—¿Te queda mucho? —bramó Claire desde el otro lado de la puerta del baño—. Vamos a perder el autobús de vuelta a casa. Sale pronto, ¿recuerdas? La profesora ha dicho que a las doce en punto.

—Ya voy —le respondí mientras me quitaba las bragas y las hacía una bola. No quería volver a meterme en líos, que es lo que pasaría si los mayores se enteraban de que había tenido un accidente. Preocupada, busqué la papelera y cuando la encontré, empujé la tela de algodón hasta el fondo y la cubrí con papel higiénico. Tiré de la cadena, quité el pestillo y corrí hacia el lavabo para lavarme las manos sin dejar de pedir perdón a mis amigas mientras lo hacía—. Era una urgencia.

—No pasa nada —dijo Claire, que seguía sujetándome la mochila—. No te olvides el jabón.

—No lo hago —repuse mientras me echaba un poco en la mano—. ¿Alguna vez has hecho pis rojo?

—¡Puaj, no! —Abrió los ojos marrones como platos—. ¿Tú sí?

—A veces. —Me centré en enjuagarme el jabón de las manos—. Cuando me escuece.

—¿Haces pis que te escuece?

Asentí y me acerqué hasta el papel para secarme las manos.

—¿Tú no?

Claire negó con la cabeza.

—No.

—Ah. —Sonreí. Cogí mi mochila y me la puse a la espalda—. Lista.

Echamos a correr para ver quién llegaba antes a la puerta del cole. Claire era tan alta como yo, con unas piernas que la hacían rapidísima, pero yo llegué a tocar la puerta antes que ella.

—Eres un cohete. —Se rio al alcanzarme—. Un cohete supermegarrápido.

—Las dos sois cohetes —dijo Shannon, que estaba junto al resto de los niños que esperaban al autobús en la puerta del colegio—. Yo no soy tan rápida como ninguna de vosotras.

—¡Ostras! —gritó Claire—. Casi se me olvida. —Escarbó en su mochila, sacó un sobre y se lo entregó a Shannon antes de girarse para mirarme—. Luego te doy el tuyo, te lo prometo.

—¿A mí? —pregunté muy emocionada de repente sin tener ni idea de lo que estaba pasando, pero contenta de estar incluida.

—Es una invitación de cumpleaños.

—Pero tu cumpleaños es en agosto —dijimos Shannon y yo al unísono.

—Para el cumpleaños de mi hermano —explicó Claire, arrugando la nariz—. Apesta y es supermolesto, pero es buena gente, supongo.

—Vale —acepté, mientras Shannon guardaba el sobre sin abrirlo.

—¿Vais a venir?

Yo dije que sí al mismo tiempo que Shannon dijo que no.

Claire empezó a celebrarlo y automáticamente se puso triste.

—¿Por qué no?

Shannon cambió el peso de un pie al otro, con aire indeciso, pero no respondió.

—No puedo ir a fiestas de cumpleaños.

—¿Por qué no? —preguntamos a la vez.

—Porque es una pordiosera —se burló una de las chicas de cuarto antes de apartar bruscamente a Shannon de su camino—. Quita, pordiosera.

—¡Oye! —bramó Claire, sujetando a nuestra amiga del hombro cuando casi se cae por el empujón de la chica mayor—. Eso es cruel.

—¿Ah, sí? —se burló con crueldad la chica de pelo oscuro—. Vete a lloriquear por ahí, ricitos.

—Se llama Claire —gruñí. Mi cuerpo empezó a temblar con furia mientras me acercaba a mis amigas—. Así que vete a la puta mierda.

Todos a nuestro alrededor se quedaron sin aliento.

—¡Joder! —soltó uno de los chicos mayores mientras otros reían y señalaban.

—Has dicho una palabrota —me susurró Claire al oído—. Has dicho la palabra con pe, Liz.

—Sí, la he dicho —coincidí, decidida a mantenerme firme, incluso cuando la multitud se apelotonaba en torno a nosotras. Estábamos en la puerta del colegio, pero me daba igual si alguien se chivaba a un profesor de lo que había dicho. Estaba acostumbrada a que los mayores me regañasen. Estaba acostumbrada a decepcionar a la gente—. Puedo decir cosas peores —añadí, mirando con malicia a la abusona—. Y también puedo hacer cosas peores.

—Tú vives en Avoca Greystones, ¿verdad? —preguntó a Claire otra de las chicas.

—Sí —contestó mi amiga asintiendo con cautela—. ¿Y?

—Esas casas son muy bonitas —declaró la chica—. ¿Para qué vas a invitar a una Lynch a tu casa?

Todo el mundo se empezó a reír.

Los ojos de Shannon se llenaron de lágrimas.

—Porque es mi amiga —la defendió Claire, cogiendo la mano de Shannon—. Por eso.

—Pues anda, si fuera tú, no dejaría que esa pordiosera pasase de la puerta de entrada. —La chica se colocó la coleta encima del hombro y añadió—: Sabes que ella es de Elk Terrace, ¿no? Probablemente le robará a tu familia en cuanto le des la espalda.

—Y he oído que tiene liendres —intervino la abusona original—. Vosotras sabréis si de verdad queréis estar tan cerca de ella. No queréis tener piojos, ¿a que no?

—¡¿Por qué no te callas?! —bramé. Avancé y empujé a la chica todo lo fuerte que pude. En lugar de defenderse, se rio en mi cara. Todas sus amigas también se rieron. Porque eran más grandes que nosotras. Y eso me enfadaba aún más.

No podía controlar la furia que crecía dentro de mí y, lo que es más, no quería controlarla. Shannon era muy buena amiga mía. Estar con ella me ayudaba a mantener la mente clara y a sacar mi voz. Me daba igual dónde viviese. Era amable y dulce, y me hacía sentir a salvo. Quería arrancarles los ojos a esas chicas. Quería que sangrasen, que pagasen por hacerle daño a mi amiga.

—Lizzie, no lo hagas —suplicó Shannon, sujetándome la mano—. Vamos a alejarnos y a esperar a tu autobús.

—Sí, Lizzie —se burló la abusona—. Escucha a la pordiosera Shannon, que no puede coger el autobús porque sus andrajosos padres son demasiado pobres para pagarlo.

A nuestro alrededor, los niños empezaron a reírse y yo empecé a temblar de rabia.

—Retíralo —le advertí; me solté de mis amigas y apreté los puños a ambos lados del cuerpo—. ¡Retira lo que acabas de decir ahora mismo!

—Y si no, ¿qué? —me incitó, inclinándose para sonreírme en la cara—. ¿Qué vas a hacer, chiflada?

—¡Cuidado! —gritó un chico un instante antes de que la abusona se alejara de nosotras tambaleándose.

—¡Dios mío! —Agarrándose la cabeza, la niña empezó a gritar como una loca—. ¡Mi cabeza, mi cabeza!

Sorprendida, me giré y vi a Joey Lynch bajando los escalones que iban desde el campo hasta la puerta del colegio con un hurley colgado del hombro.

El hermano mayor de Shannon solo estaba en segundo, pero los chicos mayores no dudaron en apartarse de su camino. Porque le tenían miedo. Porque se había metido en un montón de peleas en el colegio. Incluso más que yo.

—He avisado. —Joey abrió la puerta de la escuela con tanta fuerza que esta golpeó contra la pared. No tuvo que abrirse paso entre la multitud para llegar hasta su hermana; todos se hicieron a un lado rápidamente para dejarle pasar—. No es mi culpa si estás sorda.

—Quizá deberías tener mejor puntería —le reprochó la abusona, que no dejaba de sujetarse la cabeza mientras las amigas que habían estado con ella se apresuraban a coger el autobús.

—Quizá no deberías estar tan cerca de mi hermana pequeña —respondió Joey. A propósito, se puso delante de nosotras para bloquearle la vista.

—Me has hecho daño de verdad, Joey Lynch —siguió lamentándose la chica, que en ese momento lloraba a lágrima viva—. Se lo diré a mi hermano.

—No te he puesto un dedo encima, Loretta Crowley —repuso encogiéndose de hombros, despreocupado—. Pero corre, ve y díselo a toda tu familia si quieres, como si me importase…

—Ha llamado «pordiosera» a Shannon —soltó Claire tirando de la manga del uniforme de Joey—. Y también le ha empujado.

—¿De verdad? —respondió Joey sin dejar de mirar fijamente a Loretta—. Ha sido un error, ¿verdad que sí, Loretta?

—No te tengo miedo —replicó, pero dio unos pasos hacia atrás—. Eres un saco de mierda.

—Sí —coincidió Joey con una sonrisa peligrosa, acortando la distancia que ella había puesto en medio—. Pero soy el saco de mierda que destrozará tu puto mundo si vuelves a tocar a mi hermana.

Guau.

—Dile a tu hermano que me busque —dijo justo antes de enganchar el sliotar que había golpeado con su hurley con precisión experta—. Le estaré esperando. Y tú —atrapó la pelota blanca de cuero en el aire, se la guardó en el bolsillo del pantalón de su uniforme—, más te vale haber prestado atención a mi advertencia porque es la última que te doy, ¿queda claro?

Loretta inspiró hondo y se dio la vuelta para correr en dirección al autobús.

«Ja».

«Ahí lo llevas».

Ni siquiera traté de ocultar la risa que se me escapó.

Estaba encantada.

—Shan —dijo Joey cuando se giró hacia su hermana—. ¿Estás bien?

—Perfectamente, Joe —murmuró, y se puso a su lado de inmediato.

Respirando con dificultad, miró fijamente a su hermana durante un largo rato antes de decir:

—Bien. —Y sin mirarnos a mí o a Claire, asintió con rigidez—. Vámonos.

—Adiós, chicas —se despidió Shannon antes de correr detrás de su hermano, que se alejaba a grandes zancadas en dirección al pueblo—. Os veo después de las vacaciones de Halloween.

—Adiós —dijimos las dos a la vez. Nos miramos la una a la otra.

—Ha sido increíble. —Me reí mientras corríamos hacia nuestro autobús—. La ha hecho llorar.

—Ha sido aterrador —afirmó Claire, con sus enormes ojos marrones abiertos a más no poder—. El hermano de Shannon parecía muy enfadado con todos. —Frunció el ceño y agregó—: Hasta con nosotras.

—Porque siempre está enfadado —apuntó una de las gemelas de nuestra clase cuando nos pusimos en la fila para subir al autobús. No estaba segura de si era Marybeth o Cadence porque eran exactamente iguales. Y tampoco me importaba. Las dos eran simpáticas.

—Con todo el mundo —coincidió la otra gemela.

—Pues yo creo que es genial —reconocí al mismo tiempo.

—Uoooh. —La primera gemela se tapó la boca para ocultar su risa—. Lizzie está colada por el hermano de Shannon.

—¿Qué es estar colada?

—Cuando miras a un chico y se te pone la cara roja.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Creo que yo también estoy colada por Joey —confesó la segunda gemela. Cuando sus mejillas se pusieron de un rosa brillante, supuse que tenía que ser Cadence. Era la gemela que se sonrojaba siempre que un profesor le hacía una pregunta—. Se me pone la cara roja cuando lo veo en el patio.

—A mí también —añadió Marybeth—. Es porque es guapo, como Casper.

Claire frunció el ceño.

—¿El fantasma?

—Sí —contestaron las gemelas al unísono—. Pero Casper cuando se convierte en un niño de verdad.

La fila avanzó y subí los escalones del autobús justo detrás de mis amigas. Al llegar arriba me di cuenta de lo lleno que iba, y empecé a notar algo raro en la barriga. Normalmente, cogíamos uno más pequeño que salía del colegio a las dos de la tarde y que era solo para los de infantil, pero como ese día empezaban las vacaciones de Halloween y todos terminábamos a las doce en punto, teníamos que compartir autobús con los mayores. Era un autobús enorme, y también recogía a niños de otras escuelas. No me gustaba.

Cuando una de las gemelas tiró de Claire para que se sentase con ella y la otra tomó asiento con otra persona, la sensación que tenía en la barriga empeoró.

Encontré un par de sitios vacíos al otro lado del pasillo, dejé mi mochila en el asiento exterior y me senté junto a la ventana antes de que el autobús arrancara.

Había mucho ruido.

El resto de los niños.

El ruido del motor.

Las risas a mi alrededor.

Las vibraciones bajo el asiento.

Mucho ruido.

Demasiado.

Incómoda, puse las manos sobre el regazo y me centré en pellizcar el padrastro que me salía de una uña mientras el conductor del autobús recorría la ciudad.

Caoimhe los llamaba «advenedizos» y me dijo que no me los arrancase o se me pondrían peor, pero no podía evitarlo.

Tenía la mirada clavada en el trozo de piel suelto, lo cogí, y tiré de él hasta que cedió y se rompió. Cuando sentí un escozor en el dedo, noté que los hombros se me relajaban. De la herida salió un puntito rojo, del mismo color que los puntos que había visto antes en la ropa interior, y observé fascinada cómo se deslizaba lentamente por el dedo.

«Como un minúsculo río de sangre —susurró la voz desde el rincón oscuro de mi mente—, perteneces al agua, bichito».

Oh, no.

No, no, no.

Me puse rígida y miré a mi alrededor muerta de miedo; no sabía si alguien más lo había oído. No parecía que fuese así. Todos seguían hablando y riéndose entre ellos, y nadie miraba en mi dirección. El autobús paró de nuevo y algunos niños se bajaron, mientras que muchos más subían.

Todos chicos esa vez.

Chicos ruidosos.

Entré en pánico y me tiré de las mangas hacia abajo para que la tela de mi chaqueta del uniforme me tapase los dedos. Porque quería seguir tirando. Quería arañarme, desgarrarme y arrancarme la piel porque eso me tranquilizaba. Pero se suponía que yo ya no hacía esas cosas. Porque estaba mal. Lo había dicho el médico.

Así que usé las mangas para no verme las manos.

Para que mi mente no las viera.

Porque yo quería ser una niña buena.

Como Mark prometió que sería.

—¡Toma! ¡Lo conseguiste!

Levanté la cabeza cuando escuché el chillido emocionado de Claire y la vi hablándole a uno de los chicos mayores que acababa de llegar. Le hablaba muy emocionada, pero no tenía claro que el chico la estuviese escuchando porque llevaba puestos unos auriculares. Unos muy chulos con la montura metálica, como los que le regalaron a Caoimhe en Navidad. Los auriculares estaban unidos a un cable negro que se conectaba al walkman plateado que llevaba en la otra mano.

—¡Eres el mejor hermano mayor del mundo! —continuó chillando y aplaudiendo. Las gemelas también estaban de rodillas en sus asientos, pero esa vez no pude distinguirlas porque ambas estaban sonrojadas.

—Esta es Marybeth —le dijo Claire a su hermano señalando a la gemela que estaba a su lado y luego repitió el gesto con la que tenía enfrente—. Y esta es Cadence.

Cuando su hermano les dio un sobre, las gemelas le sonrieron antes de lanzarse a cogerlo al mismo tiempo. Al instante se convirtió en un tira y afloja entre las hermanas, dejé de prestarles atención y me centré en el hermano mayor de Claire. Sabía que tenía uno, y hasta sabía cómo se llamaba, Hugh, pero Claire nos contó que era apestoso y que se parecía al trol de la portada del cuento de Los tres cabritos y el trol.

Claire nos había mentido.

Su hermano no parecía para nada un trol.

Llevaba un jersey verde oscuro con el escudo de Scoil Eoin y los pantalones grises del colegio, y era alto. Muy alto. Tenía el pelo rubio como su hermana, pero de un tono más oscuro y muy corto por detrás y a los lados, con una maraña de rizos ondulados en la parte superior.

—Esa es Lizzie —anunció Claire entonces, señalando en mi dirección mientras el autobús se ponía en marcha de nuevo—. Esa de ahí, ¿la ves?

El hermano de Claire miró hacia mí y, de repente, una ola de calor me recorrió el cuerpo. No era la ola de calor la que me causaba el enfado o el miedo como me ocurría por las noches. No, era un tipo diferente de calor. Como el calor que sentí al ver al hermano de Shannon en la escuela. Solo que mejor.

Mucho mejor.

Su hermano empezó a caminar hacia mí y noté cómo me ponía rígida mientras el calor aumentaba cada vez más.

Cuando llegó a mi asiento, se quitó los auriculares y se los dejó en el cuello antes de mostrarme una sonrisa esperanzadora.

—¿Lizzie?

Guau.

Claire era una gran mentirosa.

Asentí con entusiasmo, quité mi mochila del asiento y le sonreí, rogando y esperando que se sentase.

Lo hizo.

—Gracias —dijo, y puso su mochila en el suelo junto a la mía—. Soy Hugh.

—Lo sé. —La emoción me burbujeaba por dentro cuando se volvió hacia mí—. Claire nos dijo que parecías un trol. —Me coloqué de lado en mi asiento, me acerqué e inspiré—. Claire dijo que apestabas. —Me volví a colocar en mi sitio y fruncí el ceño—. Pero no es verdad. —Olía a jabón y a fresas—. Me gusta cómo hueles.

—Mmm, ¿vale? —respondió Hugh con una pequeña sonrisa—. Gracias, supongo.

Tenía los ojos grandes, y cálidos, y marrones, y seguros. No era el mismo marrón oscuro de los ojos de Claire. Los de ella eran mucho más oscuros. Los de su hermano eran del mismo tono marrón que el whisky de mi padre.

Ojos color whisky.

—¿Qué es eso? —pregunté señalando sus auriculares, de los que aún salía música.

—¿Esto? —Levantó el dispositivo—. Es un walkman.

—Eso ya lo sé, tonto. —Me reí y toqué uno de los auriculares—. ¿Qué estás escuchando?

—Ah. —Se quitó los auriculares del cuello y me los dio—. Es «Send Me on My Way», de Rusted Root. Me acerqué uno de ellos al oído y escuché atentamente la melodía. Era una melodía alegre. Me hizo sonreír.

—Me gusta.

—Sí —coincidió cuando le devolví los cascos—. A mí también.

Con la atención fija en el chico que estaba sentado a mi lado, estudié cada mota y cada patrón de color ámbar de sus ojos. De sus párpados salían gruesas pestañas oscuras, del mismo color que sus grandes pupilas.

Hugh Biggs tenía unos ojos color whisky que no miraban hacia otro sitio.

En cambio, se quedaron a mi lado, cálidos y amables, ahuyentando el miedo que sentía en mi cabeza. Caoimhe siempre me decía que dejara de mirar fijamente a la gente. Decía que era espeluznante y raro. Pero a ese chico no parecía importarle.

—Tienes unos ojos bonitos —le dije, y sentí que el corazón me daba un vuelco al mirarle—. Me gustan.

—Eh, ¿gracias? —Las mejillas se le pusieron rojas—. A mí también me gustan los tuyos.

—Tienes la cara roja.

Se revolvió incómodo.

—Tú también.

—Sé por qué —le sonreí—. Es porque estás colado por mí.

—Ah. —Me miró sorprendido y se le puso la cara aún más roja—. Yo, esto…

—No pasa nada —espeté. Le cogí la mano y la presioné contra mi mejilla—. ¿Ves? A mí también me acaloras.

—Sí, es posible —balbuceó—. Toma —dijo entonces, entregándome un sobre mientras me miraba con cautela—. Es una invitación a mi fiesta de cumpleaños. —Las mejillas se le empezaron a poner rosas—. Espero que puedas venir.

—Puedo —solté. Agarré el sobre con fuerza—. Iré.

—Ni siquiera sabes qué día es. —Rio entre dientes y me miró de forma extraña—. Es en Halloween, a lo mejor tienes planes con tu familia.

—No tengo —me apresuré a decir, aunque no tenía ni idea de si los tenía. No lo sabía y no me importaba. Lo único que tenía claro en ese momento era que yo iba a ir a su fiesta de cumpleaños—. Allí estaré.

—Es una fiesta de disfraces.

—Ah. —Arrugué la nariz—. No me gusta disfrazarme.

—A mí tampoco —convino—. Pero mi madre nos obliga porque mi cumpleaños cae en Halloween. —Me sonrió a modo de disculpa—. Algunas niñas de mi clase se van a poner máscaras y bolsas de basura, así que no te preocupes mucho por el disfraz —añadió antes de partirse de risa.

—¿Qué? —Sonreí y me acerqué—. ¿Qué tiene tanta gracia?

—Estaba acordándome de mi amigo —me explicó, sin parar de reír—. Se va a disfrazar de Peter Pan. —Soltó otra carcajada sonora, y esa vez se le escapó un ruido por la nariz—. Tiene unas medias verdes y todo.

Su risa provocó que yo me riera con él, y me estremecí cuando una sensación vibrante se apoderó de mi estómago.

—¿De qué te vas a disfrazar tú?

—Del doctor Grant en Jurassic Park.

«Del doctor Grant», repetí para mis adentros, quería guardar la información a buen recaudo.

—Así que nada de medias, ¿no?

—En absoluto —musitó, sus ojos marrones brillaban con diversión—. De verdad que no hace falta que te disfraces —continuó con un tono amable—. No tienes que hacer nada que no quieras.

—¿De verdad?

—De verdad. —Me miró durante un rato largo, sacudió la cabeza y se puso de pie—. Será mejor que vuelva con mis amigos. —Cogió su mochila, se la colgó al hombro y me sonrió—. Nos vemos.

—Nos vemos —respondí. Aunque quería decirle que no se fuese.

Hugh sacudió la cabeza y se dio la vuelta para marcharse, pero volvió a girar sobre sí mismo y se inclinó para acercarse.

—Creo que tienes razón —susurró, tan cerca que noté su aliento acariciándome la mejilla.

Me giré para preguntarle a qué se refería, pero ya se había alejado. Me puse de rodillas y apoyé la barbilla en el respaldo de mi asiento para ver cómo el hermano de Claire se unía a un grupo de chicos que llevaban el mismo uniforme que él al fondo del autobús.

Sonriendo, observé a Hugh sentarse al lado de un chico moreno que le rodeó el cuello con un brazo y le hizo una llave. Los dos empezaron a reírse y a luchar entre ellos, mientras el resto del grupo los animaba.

Cuando el hermano de Claire se liberó de la llave que le hacía su amigo, levantó la cabeza y miró en mi dirección.

Cuando sus ojos se toparon con los míos y sonrió, el corazón volvió a darme un vuelco. Me hundí rápidamente en mi asiento y exhalé un suspiro tembloroso. Tenía la cara ardiendo. Abracé su invitación contra el pecho y sonreí.

¿ESA ES LIZZIE?

Hugh

28 de octubre de 1994

Cuando me subí al autobús el viernes después de clase, me sentía como si fuera un soldado con una misión peligrosa. Porque sabía que cualquiera que se juntara con la loca de mi hermana iba a ser un incordio, y tenía que invitar a cuatro de ellas a mi fiesta. En persona.

Y, encima, Joe había recogido a Gibsie después de clase, así que no estaba en el autobús conmigo para respaldarme, y Feely disfrutaba demasiado de mi vergüenza como para ayudarme en el proceso. Una de sus amigas no cogía el autobús, así que Claire se había llevado la invitación a clase para dársela, pero aún quedaban tres.

Localicé a las hermanas gemelas de Pierce sentadas con Claire. Con expresión seria, avancé por el pasillo y me detuve cuando llegué hasta ellas. Se giraron para mirarme al mismo tiempo, con la misma sonrisa y diciendo las mismas palabras al unísono.

No era su culpa que fueran idénticas, pero, aun así, me daba mal rollo. Madre mía, menos mal que yo no tenía que vivir con dos Claires.

Con tres entregadas y solo una pendiente, mi intención era encontrar a la última niña, darle la invitación tan rápido como me fuera posible y luego volver con mis amigos. Lo que no era mi intención era quedarme como un pasmarote en mitad del pasillo cuando mi hermana señaló a su amiga.

Madre de Dios.

¿Esa era la amiga de mi hermana?

«¿Esa es Lizzie?».

Pensaba que mi hermana tenía el rubio más claro que había visto jamás, pero el pelo de esa chica era blanco. Tan blanco como la nieve. Tenía la piel tan pálida que casi se podía ver a través de ella, como una de las muñecas de porcelana de Claire. Tampoco tenía ni una sola peca en toda la cara. Ni una sola. Y esos ojos azules, ¿los que estaba mirando fijamente? Jamás había visto unos ojos como los suyos.

Parpadeé un par de veces, no estaba del todo seguro de si la estaba viendo bien porque esa chica no se parecía al resto de las chicas del autobús. No se parecía a nadie que hubiese conocido antes. Casi parecía un fantasma.

«O un ángel».

Algo diferente.

«Algo especial».

La chica no apartó la vista cuando me pilló mirándola. Todo lo contrario, se quedó mirándome fijamente.

No sé cómo, conseguí reunir el valor para acercarme y decir:

—¿Lizzie? —Porque si Claire se había equivocado al señalar, iba a quedar en evidencia.

«Por favor, que sea la chica correcta».

Cuando asintió y me ofreció sentarme a su lado, casi me caigo en el asiento. No entendía nada, yo nunca había querido sentarme con chicas, pero quería sentarme con esa. Y también quería mirarla.

Tenía el pelo largo y liso, y no lo llevaba atado con cintas o lazos como el resto de las chicas. En cambio, lo llevaba colocado detrás de las orejas para que no le molestase. Tampoco llevaba medias, como las demás. Llevaba unos calcetines blancos que le llegaban hasta por debajo de las rodillas. Su abrigo era negro, no rosa ni de colores, y tenía ambas rodillas llenas de arañazos. Todo en esa chica era diferente, pero fueron sus ojos lo que más me llamó la atención. Eran muy claros, parecían cristales de hielo azul pálido atravesados por rayos grises irregulares.

Cuando me presenté y empezamos a hablar, no escuchaba ni una sola palabra. No tenía ni idea de lo que estaba soltando por la boca. Estaba demasiado distraído por el sonido de mis latidos, que me retumbaba en los oídos, y por la forma en que disfrutaba mirándola. Sinceramente, no podía evitarlo porque delante de mí estaba la chica más guapa del mundo. Cuando se inclinó y me olió el cuello, pensé que también era la más extraña. Pero no la aparté, y no me sentí raro ni avergonzado cuando me hizo un cumplido. Es más, me encantó. De repente me di cuenta de que quería que me admirase.

Tal como la estaba admirando yo a ella.

Cuando le di la invitación de mi cumpleaños y confirmó que vendría, el estómago me dio un vuelco. Intenté que no se me notase, pero apenas podía respirar. El modo en que me sonreía hacía que me ardiese la piel y se me pusiera el vello de punta. No sé cuánto tardé en volver con mis amigos, pero, cuando lo hice, me sentí como si acabara de salir tambaleándome de una atracción de feria. Una muy rápida que me había hecho girar y me había mareado.

Cuando los chicos empezaron a burlarse de mí por ella, me di cuenta de que no me importaba lo más mínimo.

En lugar de eso, me reí de sus burlas, sintiéndome orgulloso en lugar de avergonzado.

Porque ellos no sabían lo mismo que yo.

La chica más extraña de Ballylaggin no iba a sus fiestas de cumpleaños.

La miré a los ojos desde la otra punta del autobús y sonreí.

«O la más guapa».