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Capítulo 1

Que Vera supiera, tenía veintidós años. Y cuando terminó de atarse los cordones de las zapatillas de correr aquella mañana de principios de octubre, le quedaban diez horas y catorce minutos de la vida que había conocido hasta entonces en un pueblecito del sudoeste de Inglaterra llamado Glastonbury.

Los edificios más altos de Glastonbury no superaban los tres pisos. Y, aun así, cuando el aire soplaba en la dirección correcta, el viento azotaba la calle principal, High Street, como si estuviese en un túnel. Era casi perceptible un aroma que indicaba que algo de lo que allí se encontraba no era solo antiguo, sino sagrado. No son pocos los turistas que han llegado atraídos a Glastonbury cuando su intención era la de pasar de largo en dirección a algún otro lugar. Basta con acercarse lo suficiente al pueblo y ver el Tor, la mística colina que domina todo el paisaje, en cuya cima se yergue la extraña torre de piedra, de la que ya solo quedan ruinas.

Cualquier turista o transeúnte que pretenda dejar atrás el pueblo ve el Tor, se siente atraído al instante, vuelve a su casa y les dice a sus seres queridos: «Tenéis que ir a verlo vosotros también». Así fue cómo empezaron las peregrinaciones a este lugar hace unos diez mil años. Incluso para los más escépticos, Glastonbury desprende una energía sagrada, un misterio que nunca se resolverá y que así se mantendrá, como un suspiro reprimido.

Puede que alguna pobre alma pregunte escéptica: «¿Una colina? ¿Quieres que vaya a ver… una colina?». Pero eso será porque, sencillamente, no la habrá visto todavía o, bendita sea, tiene una disposición totalmente opuesta a la curiosidad. Podría quizá decirse que es… un alma sosa.

El Tor atrae a las almas, el viento azota algún lugar inexplorado, salvaje, vivo…, y los susurros de los peregrinos que han recorrido estos parajes resuenan a cada paso entre los pies. Luego se bebe el agua del pozo, y ya no hay marcha atrás: la transformación —y también algo más— termina de germinar.

Da igual la leyenda: la de los dioses y diosas paganos, la del rey Arturo, incluso la del mismísimo Jesucristo… Aquí tienen cabida todas esas historias, que conviven junto a la gente normal, la del día a día. Algunos habitantes de Glastonbury venden provisiones para hacer brujería casera, artefactos y gemas con supuestos poderes mágicos. Otros elaboran productos artesanales o preparan un café delicioso. Los hay que venden alfombras o que reparan coches. Pero da igual si comercian o no con lo que se podrían denominar artículos mundanos. Porque es inevitable que, sin importar el sitio donde vivan, el aire que respiren o por dónde pasen, todo acabe siendo normal para ellos.

Y la extraordinaria existencia de habitar en Glastonbury, entre el Tor, las leyendas y el aire místico, queda prácticamente en el olvido en medio del tumulto de vivir una vida.

Porque por desgracia, el precio que se paga por estar tan cerca de algo maravilloso acaba siendo muy barato.

Precisamente por eso, siempre que podía, Vera se ponía el despertador antes del amanecer y corría por el escarpado sendero que llevaba a la cima del Tor. Ella ansiaba lo extraordinario, aunque costara más, y por eso estaba dispuesta a pagarlo con zancadas y sudor. No era especialmente rápida y, a veces, en los tramos más empinados, su trote se convertía en penosa caminata, pero le encantaba la consabida carrera contra la aparición matutina del sol. Aquel día, Vera se despertó con el tiempo justo para vestirse y bajar corriendo las escaleras desde las dependencias privadas del personal del hotel George and Pilgrims, antes de salir escopetada por la puerta principal.

Lo único que llevaba para orientarse era una linterna: ni teléfono, ni música, ni distracciones. Solo el ruido de sus pies sobre el asfalto hasta que salió de la calle y se adentró en el estrecho sendero de grava lleno de curvas que serpenteaba por la ladera del Tor.

Antaño, cuando el viento le empujaba la espalda, Vera solía sonreír en la oscuridad pensando que una fuerza mayor la llevaba hacia adelante. Ahora ya no lo creía. Solo era viento; viento que le silbaba en los oídos al pasar y que ya no era presagio de nada bueno. De hecho, tan solo oírlo daba paso a la nostalgia de lo que había perdido.

Inhaló entrecortadamente, incapaz de reprimir el recuerdo cada vez mayor. Ese sonido. Era como el de hacía dos años, el del día que había entrado corriendo en la biblioteca de la universidad. Solo que entonces el silbido del viento llegaba acompañado de relámpagos. La tormenta había arreciado. No recordó haber oído truenos así ni antes de ese día ni desde entonces. En la biblioteca no había mucha gente, así que Vera se quedó dando vueltas entre los pasillos y las estanterías, cantando en voz baja para sí misma mientras esperaba a que amainara la lluvia.

Ni siquiera había visto al chico joven que estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared —probablemente porque estaba acostumbrada a que nadie se fijara en ella—, hasta que él habló cuando ella pasó por delante:

—¿Aceptas peticiones de canciones?

Vera se detuvo en seco y se dio la vuelta sobre sí misma para mirarlo. Aquella fue la primera vez que lo vio, aunque llegaría a conocerlo en profundidad. Vincent. Él sonrió sin levantar la vista del bloc de dibujo que tenía sobre las rodillas. A lo largo de los dos años siguientes, Vera se divertía llamándolo Vincent No Van Gogh, el artista con «dos orejas». El pelo hasta se le ponía hasta algo rojizo bajo la luz del sol.

Mientras obligaba a sus pies a que terminaran de subir el tramo más empinado del Tor, Vera vio reproducirse aquel día entero en su mente, como si el recuerdo fuera a cámara rápida o como si no existiera en absoluto el tiempo. Recordó que se había detenido a hablar con Vincent y que después se pasó horas ojeando sus dibujos. Que, hasta el anochecer, ninguno de los dos se dio cuenta de que la tormenta hacía tiempo que había amainado. Cuando salieron de la biblioteca, se fueron a tomar una pinta —que acabaron siendo tres—, y luego él la acompañó a casa. Vincent le dio un beso de buenas noches en la mejilla.

Después de aquello, no pasaron muchos días sin verse. Vera no tardó en querer a Vincent, y él la había querido a ella.

Llevaba muerto cuatro meses.

El sabor del amor perdido era cruel, y la permanencia de la muerte de Vincent la dejó devastada.

Así que, en esta época, corría no tanto en busca de algo maravilloso, sino para no sentir, en un intento desesperado por escapar del dolor de la pérdida de Vincent y de su propia culpa por cómo podría haberlo evitado.

Con solo una carrera de quince minutos en los días en que corría más lento, Vera llegaba a su destino: la torre de San Miguel, única estructura del Tor, que se recortaba como una masa oscura y difusa contra las primeras luces del alba. La torre en sí consistía en cuatro muros de piedra sin techumbre. Si al llegar a la cima llana del Tor hubiese seguido corriendo, habría continuado todo recto a través de una puerta de arco abierto a un lado de la torre y habría salido en el lado opuesto, que se abría a una terraza natural del tamaño de un jardín trasero con una rosa de los vientos justo en medio. Parecía un banco redondo de piedra, pero al mirarla de cerca, se observaban en el disco plateado del centro unas flechitas muy finas grabadas que apuntaban en todas direcciones. Marcaban las distancias hasta lo que vería alguien si la vista le alcanzase lo bastante lejos: veinticinco millas al norte, Bristol (donde Vera había ido a la universidad); once millas al sudeste, Camelot (sí, el de la leyenda); siete millas al sudoeste, Somerton… y otros lugares más.

También había gente de la ciudad que, prácticamente todos los días, ansiaba quitarse los grilletes de la mundanidad bajo el amanecer del Tor. Pero ese día no había nadie.

Vera caminó junto a la torre recorriendo sin pensar las piedras con los dedos, como hacía siempre por un impulso visceral de conectar con las cosas antiguas que la rodeaban. Miró hacia el oeste, hacia donde estaban las ruinas de la abadía de Glastonbury, y recordó la vez en que, durante una excursión escolar, su profesora de primaria la regañó por tocar todas las ruinas que veía. No había aún luz suficiente para distinguir el pueblo, a unos dos kilómetros de distancia. Así que desde donde estaba tampoco podía ver las ruinas de la abadía. Las impresionantes columnas de piedra de una catedral que antaño había sido grandiosa estaban ahora escondidas justo al lado de High Street, encajadas tan al milímetro en el entorno que se habían convertido en otro reclamo para los asombrados turistas. Cualquier viajero tenía los ojos pegados al móvil para saber cómo llegar y, de repente, al doblar la esquina, levantaba la vista y se quedaba sin aliento al ver las ruinas en todo su esplendor.

Vera llegó con los dedos a la esquina de la torre y los dejó allí durante un suspiro más. Cuando faltaban unos minutos para que se obrara el milagro diario del sol, se quitó las zapatillas y los calcetines y los dejó junto a la base de la torre antes de aventurarse en la hierba y juguetear con los dedos de sus pies desnudos sobre el terreno fresco y húmedo por el rocío.

Su enclave favorito del lugar estaba a apenas un tiro de piedra: prácticamente en el centro de aquel espacio, entre la torre de San Miguel en un extremo del Tor y la gran rosa de los vientos de piedra en el otro, había una zona de hierba totalmente lisa, perfecta para sentarse y contemplar el comienzo del día. Según la rosa de los vientos, Vera se hallaba frente a la legendaria Camelot, que evidentemente estaba incluida en la lista de atracciones turísticas. Aunque los que más fervientemente creían en aquellas leyendas eran los lugareños.

Ya había luz, y solo faltaban uno o dos minutos para que amaneciera por donde aparecerían los primeros rayos de sol. Vera clavó los ojos en el brillante punto, sin atreverse casi ni a pestañear. Era un día perfecto para observarlo: no había nubes que impidieran la visión, pero se había formado una espesa niebla alrededor del Tor. En cuestión de horas se disiparía, pero cuando la niebla se acumulaba con esa densidad, parecía una manta tendida sobre el valle que suspendía el momento, como si quisiera mantenerlo todo así un segundo más. Contuvo la respiración ante la certeza de que el primer destello de sol estaba a punto de aparecer.

Y así fue.

Había montañas más altas y paisajes más impresionantes, pero a Vera le costaba mucho creer que hubiese un amanecer igual en cualquier otra parte del mundo.

Se quedó allí, inmóvil, hasta que el sol iluminó el horizonte, y así se le animó el alma. Al menos, de momento. Luego recogió las zapatillas, tocó la torre por última vez y regresó corriendo por donde había venido.

Si se hubiese vuelto para mirar cuando pasó junto al viejo templo del Manantial Blanco, al pie de la colina, habría visto al hombre con capa que estaba de pie en su entrada: había llegado al interior del templo en el momento en que el sol coronaba el horizonte, y se iría, con Vera a su lado, cuando cayese la noche.

Capítulo 2

Vera nunca había tenido intención de acabar trabajando en el hotel. Sus padres habían sido los propietarios del George and Pilgrims toda su vida, y, en la práctica, había vivido allí incluso antes de mudarse definitivamente a las dependencias privadas del personal, tras su graduación universitaria la primavera pasada.

Cuando su madre, Allison, atendía a los huéspedes, la Vera de seis años se quedaba coloreando junto a la chimenea del pub. Mientras su padre, Martin, barría las habitaciones de los clientes y corría de aquí para allá cambiando sábanas en un tiempo récord, la Vera de nueve años buscaba escondites y pasadizos ocultos. En una posada construida en el siglo xvi, aquella niña dispersa se vio obligada a encontrar todo tipo de recovecos secretos.

Vera regresó al hotel con el tiempo justo para ducharse y arreglarse para sus muchas tareas diarias. Se hizo una cola de caballo baja y decidió que así llevaba bien el pelo. Recogido y limpio. Tenía unos rasgos atractivos y simétricos, nada irregular o poco convencional: nariz de tamaño medio, labios comunes, pestañas de longitud normal, pelo castaño ondulado con un corte desigual. Guapa, pero no una belleza extraordinaria.

Le avergonzaba admitirlo, pero hubo un tiempo en que pasar desapercibida le molestaba. Ahora, tras perder a Vincent, era un alivio moverse por la vida sin llamar la atención. La esfera de su mundo se había hecho muy pequeña. Así era más sencillo seguir adelante en el espacio de la pérdida. Su pequeño alojamiento, en la zona de servicio, tan ajeno a lo que siempre había planeado, ahora era un gran consuelo. Si de esta forma podía evitar que su mente pensara en él, todo iría bien.

La noche anterior, en el George solo tenían seis habitaciones ocupadas. Vera se había enterado de que una familia de huéspedes iría por la mañana a Stonehenge, así que les puso encima de su mesa una detallada réplica, hecha de mantequilla, de los megalitos. Y la familia estuvo encantada de que los recibieran con un desayuno bien caliente y un adelanto untable del día que les esperaba.

Los huéspedes entraban, mientras Vera servía té y café y anotaba las comandas. Todos se dirigían a ella con educación, pero ninguno la miraba directamente. Cuando se marcharon y ella les deseó un buen día, todos, incluida la familia que había disfrutado del arte en mantequilla de Vera, se despidieron como si nunca hubiesen hablado con ella.

Como si fuera una extraña.

Le habría resultado chocante si no se hubiese pasado así toda su vida, si todo el que tenía a su alrededor no la hubiese tratado siempre como a una poco memorable actriz de segunda. Es cierto que había habido algunas notables excepciones a lo largo de los años. Sus padres, claro. Y una vez, cuando tenía doce años, Vera se convirtió para sus compañeros de clase, sin saber muy bien por qué, en alguien interesante. Las chicas querían ser sus amigas y todos los chicos, su novio. La invitaron a un montón de fiestas y eventos especiales, incluso a una excursión nocturna a Londres por un cumpleaños. Y, después, todo el mundo pareció decidir a la vez que ya no quería estar cerca de ella. No fue un momento horrible o embarazoso. Nadie fue cruel ni mucho menos. Simplemente…, el interés por ella desapareció.

En otra ocasión, en tercero de carrera más concretamente, le pasó algo parecido cuando se encontraba en sus horas más bajas y solitarias. Como por arte de magia, Vera tuvo un grupo de amigos de la noche a la mañana. Tenía citas. Se divertía. Y al igual que antes, se produjo un abrupto y silencioso acuerdo, y todos pasaron de ella. Solo que entonces no le importó tanto, porque durante ese último hechizo, ella encontró a Vincent. Y él no la olvidó.

Pero ahora él también se había ido.

Aquello no era lo habitual, pero Vera no conocía nada diferente. Para ella, una vida de insignificancia absoluta era totalmente normal.

Preparó una nueva tanda de té para los más dormilones, que miraban el móvil o leían el periódico de la mañana. Todos salvo un hombre que parecía claramente fuera de lugar, con un elegante chaleco gris de tweed sobre una camisa perfectamente planchada. Llevaba una cadena de plata que colgaba desde la solapa hasta el bolsillo del pecho. Y no tenía ningún teléfono ni leía nada.

Tenía pinta de sabio, pero no de viejo. Y era regio, aunque no estirado. Su atuendo iba a juego con una barba impoluta, cuidada, oscura si bien algo cana, y el pelo largo peinado hacia atrás y recogido en la nuca. La gente se paseaba por Glastonbury con pintas de lo más variado. Pero ese no era el motivo por el que a Vera se le ponía la carne de gallina cada vez que se giraba hacia él. Era…, bueno, era complicado de explicar. Estaba allí sentado, con las manos cruzadas frente a él, y solo se movía para sacar un reloj de bolsillo sujeto al extremo de la cadena de plata. Lo inspeccionaba, se lo volvía a guardar en el bolsillo y volvía a no hacer… nada.

Vera se dio cuenta al llevarle la tetera humeante y la leche: la había estado observando. Y a ella nadie la observaba.

—Gracias, Vera —le dijo.

Ella ya se estaba dando la vuelta para ir a la cocina, pero se quedó de piedra a medio girar y le devolvió la mirada. Vaciló antes de encontrar la voz:

—De nada. Me… Me sorprende que recuerde usted mi nombre —dijo, aunque no recordaba haberse presentado.

Tenía unos ojos verdes brillantes que miraban los de Vera con una intensidad sorprendente. El hombre ladeó la cabeza y juntó las cejas.

—Pues claro que me acuerdo de ti. —Sonrió, pero algo en él parecía triste.

Ninguno de los dos habló en el transcurso del tiempo incómodo que pasó mientras Vera intentaba reconocerlo. Pero no le venía nada a la mente.

—Bueno —dijo ella para romper el plomizo silencio—. Avíseme si necesita algo más.

Él asintió con la cabeza, con las comisuras de la boca curvadas hacia arriba, mientras volvía a centrarse en su té.

Cuando Vera regresó con la cuenta, el hombre ya se había ido. El dinero para pagar que había dejado sobre la mesa era la única prueba de que había estado allí.

Vera se puso con las tareas domésticas y olvidó aquella interacción como una rareza momentánea. La carrera diaria de sábanas, como la llamaba Martin, era su tarea favorita. Vera solo se estaba encargando de eso de manera temporal, hasta que Martin se recuperara lo suficiente para hacerlo de nuevo. Pero Vera había heredado de él su amor por la simplicidad de las mañanas dedicadas a dejar limpias y listas las habitaciones. Se ponía su música favorita en los auriculares y, cuando llegaban las mejores partes de una canción, dejaba un momento las sábanas a un lado para bailar desenfrenadamente. En un hotel tan antiguo, tener música servía también para otra cosa.

El edificio, de quinientos años de antigüedad, crujía y chirriaba. Las porosas vigas de madera estaban empapadas con los recuerdos de los peregrinos del pasado que, de vez en cuando, salían a relucir de nuevo. Quienes habían trabajado alguna vez en el George and Pilgrims, pero también muchos huéspedes, podían confirmar con sus propias experiencias que el lugar estaba encantado. Y mucho. Por lo que estar sola en el George, entre fantasmas y ruidos, no resultaba tan inquietante si la música resonaba en sus oídos. Pero casi siempre pasaba algo un poquito fuera de lo normal.

Este día, Vera estaba cambiando las sábanas de la habitación uno —la que más fama tenía de estar encantada—, cuando la televisión se encendió sola. Luego, mientras Vera desinfectaba el baño, las enormes y vetustas puertas del armario se abrieron de golpe. Las dos cosas se podían explicar perfectamente gracias al cableado viejo o a los pestillos mal encajados de los muebles antiguos.

Sin embargo, Vera ya tenía a sus espaldas una buena ración de sucesos menos explicables y, en una ocasión, había visto un fantasma. Fue un amanecer más en el Tor, casi un año atrás, durante el solsticio de invierno. Allí, sentada en su lugar habitual con una manta sobre los hombros para protegerse del frío, un movimiento hizo que desviara la mirada del horizonte en dirección a un punto situado a menos de cinco metros por delante de ella. Una nubecita que la bruma que se estaba formando en los campos de abajo había dejado misteriosamente atrás; una oveja de niebla esponjosa que se había alejado demasiado del rebaño.

Al observarla Vera, tomó la forma… de una persona. Un hombre que dio media docena de pasos antes de girarse y hacer lo mismo en la otra dirección.

—Joder —había susurrado en aquel momento.

Y la figura se detuvo, como si la hubiese oído. Se dio la vuelta y miró directamente a Vera. Tenía rasgos faciales, era evidente. Pero estaban curtidos, desgastados e indistinguibles, como los de una estatua de jardín a la que han dejado a la intemperie durante años y años de viento y lluvia. Se quedó clavada en el sitio justo mientras el sol rompía la línea del horizonte. Cuando el primer rayo se alzó y alcanzó con su luz al espectro, este se disolvió en la niebla, y la niebla desapareció en un suspiro.

Por eso, los extraños sucesos de esa mañana se quedaban en agua de borrajas en comparación con aquello. Vera terminó las habitaciones sin más incidentes y se fue a cubrir su turno del mediodía en el pub.

Solo tuvo un momento para pensar cuando se fueron los últimos huéspedes y terminó de limpiar todas las mesas. Eran las cuatro de la tarde. Serpenteaba entre las mesas vacías, desde la parte trasera del local hacia la ventana de la parte delantera, recolocando las sillas y limpiando con una bayeta la superficie de las mesas. Al ver unas cuantas migas bien grandes en el suelo, se volvió para coger la escoba de detrás de la barra. Se sobresaltó cuando se dio cuenta de que no estaba sola. Donde hacía apenas unos instantes reposaba una silla vacía, ahora estaba ocupada por alguien sentado de espaldas a ella que llevaba puesta una especie de túnica con capucha.

Tras el susto inicial, Vera continuó en dirección a la barra.

—Lo siento —dijo—, pero el servicio de cena no empieza hasta las cinco. Hay varios sitios donde tomarse un té a unos tres minutos a pie en cualquier dirección si tiene usted… —Se interrumpió cuando el hombre levantó la cabeza y le mostró su rostro.

Aunque llevaba capa y ya no vestía con la elegancia de antes, no cabía duda de que era el hombre de esa mañana. Vera no pudo evitar que las comisuras de los labios se le curvaran en una sonrisita. No se había imaginado para nada que aquel hombre fuera uno de esos druidas rollo new age. Y se sorprendió muy gratamente al descubrir que estaba equivocada.

—Hola otra vez —dijo.

Él sonrió. Pero al igual que por la mañana, parecía triste.

—¿Puedo hablar contigo, Vera?

Se puso rígida. Por la mañana también la había llamado por su nombre.

—Eh…, de acuerdo —dijo ella—. ¿Hay… hay algo con lo que pueda ayudarle?

—Creo que con muchas, muchísimas cosas. —El hombre hizo un ademán hacia la silla que tenía enfrente—. Siéntate, por favor.

Indecisa, casi como si lo hiciera a cámara lenta, se sentó frente a él y colocó su silla más lejos de la mesa, para crear un espacio adicional entre ambos.

—Vera —continuó él—, no eres quien crees ser.

La joven alzó muchísimo las cejas, y el vello de la parte posterior de sus brazos hizo sonar las primeras notas de alarma al erizarse.

—Señor —dijo ella con cortesía forzada—, usted y yo nunca nos hemos visto. No sabe nada de mí. Y como le he dicho, el pub está cerrado.

Se levantó rápidamente, dispuesta a increparlo aún más. En ese momento, sin embargo, él fijó sus ojos en los de Vera con una mirada penetrante y eso la detuvo.

—Sé muchísimo más de lo que sabes tú —contestó, con un tono de voz apenas un poco más alto que un susurro.

Vera empezó a sentir escalofríos en los brazos. Había lidiado con todo tipo de borrachos y babosos, pero jamás con alguien que centrara en ella la atención. Aunque cada gramo de sus entrañas le gritaba que se marchara, permaneció clavada en el sitio, tratando de averiguar qué decirle a alguien que la había desarmado por completo.

El extraño apartó los ojos de los de Vera y los dirigió a la puerta que había detrás de ella. Vera oyó un estrépito y el sonido de la porcelana al romperse, antes de darse la vuelta para ver qué sucedía. Allí estaba Allison, de pie, con los cubiertos y los platos rotos esparcidos a su alrededor. Por instinto, Vera se dispuso a ayudar rápidamente a su madre a limpiar aquel estropicio, pero se quedó paralizada al ver la expresión horrorizada de reconocimiento en el rostro de Allison.

—¡Por el amor de Dios! Es… —A Allison le tembló la voz, cargada de emoción—. No puede ser. ¿Ha llegado ya el momento?

Vera desviaba la mirada entre su madre y el extraño como si estuviese presenciando un partido de ping-pong. Había compasión en el rostro del hombre. Asintió con la cabeza a Allison, en un gesto casi imperceptible.

Su madre parecía tan destrozada como los platos del suelo.

—¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? —preguntó Vera.

Notó cómo el pánico le crecía en la voz y lo odió. Puso las manos encima de la mesa para serenarse.

Allison seguía allí de pie, negando con la cabeza con movimientos leves y frenéticos. Algo iba muy mal. Vera no había visto a su madre así en toda su vida.

El hombre apoyó la mano sobre los dedos de Vera. Ella no los apartó, aunque no supo muy bien por qué.

—¿Por qué no te vuelves a sentar? —preguntó él en voz baja, con suavidad—. Allison, tú también deberías sentarte con nosotros. ¿Y tal vez sería prudente tomar una bebida medicinal?

Vera se quitó la mano de él de encima y se dejó caer de nuevo en la silla. Allison cruzó el pub como un fantasma. La alegría que normalmente iluminaba su rostro, lleno de patas de gallo alrededor de los ojos después de tantos años de risas, había desaparecido. Allison cogió tres vasos y una botella de whisky de detrás de la barra y los puso sobre la mesa. Llenó cada vaso hasta arriba. Vera no se había dado cuenta hasta ahora de la cantidad de canas que tenía su madre en el pelo.

Allison bebió un trago y miró a aquel hombre fijamente, así que Vera también se volvió hacia él.

—No hay forma de decir esto sin que parezca un loco absoluto, así que lo haré sin más —dijo cuando Vera lo miró a los ojos—. Vera, querida, creo que ya sabes que Allison y Martin no son tus padres biológicos. —Vera asintió. Sus padres nunca le habían ocultado que la habían adoptado cuando era un bebé—. No sé muy bien si has buscado o no a tus padres biológicos, pero si lo has hecho, estoy convencido de que has salido con las manos vacías.

Eso también era cierto. Se había producido un misterioso escándalo con la agencia a través de la que la habían adoptado y había cerrado repentinamente. O al menos eso le habían dicho sus padres. ¿Acaso aquel hombre sabía algo sobre sus padres biológicos? ¿Algo que Martin y Allison le hubiesen ocultado?

—Sí, bueno, seguro que no había ningún registro —prosiguió el hombre—. Ahora te voy a pedir que me prestes toda tu atención. Probablemente querrás pedirme a gritos que me calle y que deje de decir locuras. Y podrás hacerlo. Pero antes, necesito que me escuches. ¿Te parece bien?

Vera se rio. Aquí no tenía cabida lo que estaba bien o no. Miró fijamente a su madre, notando en el pecho el temor ante una traición inminente.

A estas alturas, Allison no dejaba de llorar.

—Lo siento mucho, cariño.

La imaginación de Vera corría desbocada tratando de averiguar cuál podía ser aquel secreto; un secreto que, era evidente, estaba haciendo añicos a su madre delante de ella. Clavó su mirada en aquel hombre, decidida a mantener la calma ante lo que se avecinaba.

—Vale —dijo ella.

—Vale. —Él asintió con la cabeza—. No puedes encontrar a tus padres biológicos, porque no existen… en ningún lugar donde puedas buscarlos.

Vera se preparó ante algo horrible. Esto tenía que ser enorme. ¿Una muerte trágica? Tal vez fueran asesinos u otro tipo de criminales abominables.

El hombre se miró las manos antes de proseguir.

—No naciste hace veintidós años. Naciste en el año 612.

Y al pronunciar aquellas palabras, todos los pensamientos que le daban vueltas a Vera en la cabeza se detuvieron. No hacía ni medio minuto que había accedido a escuchar a aquel hombre, pero sin duda aquello era prácticamente lo último que se esperaba. No tenía ningún sentido.

Sin levantar la mirada, él alzó la mano al intuir, con toda razón, que Vera estaba a nada de interrumpirlo. Y volvió a posar los ojos en ella.

—Cuando tenías veinte años, sufriste unas heridas muy graves que nadie, por muchos conocimientos que tuviera, podía curar. Para que todo esto tenga algún sentido, hay algo muy importante que debes saber y que también te sonará ridículo: la magia es real en nuestra época…, en tu época original. No es algo que posea todo el mundo, ni a lo que quienes la tienen pueden acceder por igual. Yo tengo magia y, aunque me vea obligado a renunciar a la humildad para que lo comprendas, poseo un acceso considerable a sus dones. —Sacudió la cabeza como si aquel pensamiento lo molestara profundamente—. Pero no pude salvarte. Sin embargo, sí pude salvar tu esencia y revertirte a una etapa de tu vida muy temprana. Seguirías siendo tú…, pero fue como pulsar un botón de reinicio. Volviste a ser un bebé.

Debió de notar que Vera respiraba rápidamente y apretaba mucho la mandíbula. Así que añadió:

—Te prometo que responderé a tus preguntas en la medida de lo posible, pero permíteme que te diga esto: eres irremplazable en lo que concierne al futuro de Inglaterra en el momento exacto en que exististe por primera vez. Aun con toda la magia que hay, no se puede apresurar una generación humana. No había forma de convertirte en lo que eras antes sin que hubiera que esperar, permitiéndote volver a crecer hasta la edad correcta. Si te hubiese dejado en aquella época, habría sido demasiado tarde.

»Así que encontré una vía inusual…, una solución provisional, por así decirlo. Podría traerte a esta época, permitir que crecieras aquí y, una vez que tuvieras la edad adecuada, dispondría de una pequeña ventana temporal durante la cual podría llevarte de regreso y reintroducirte justo tras tu accidente inicial. Supondría una serie de hechizos muy precisa, pero si se ejecutaba a la perfección, nadie de los que te rodeaban entonces se daría cuenta de que no habías estado junto a ellos más de un año… y podríamos reparar todo lo que había salido mal. Hoy, y solo hoy, estamos en esa ventana.

Al terminar, cruzó las manos encima de la mesa y la observó expectante. Vera no rompió el contacto visual mientras cogía el whisky y bebía un trago que le arañó la garganta. Notar tanto el ardor fue un alivio que la devolvió a la realidad.

—Muy bien pues —dijo ella—, ¿ya ha llegado la parte en que te digo que estás como una puta cabra?

—Creo que sería el momento oportuno, sí —dijo él, muy razonable, con un leve atisbo de diversión en la voz.

—Vale. Perfecto —dijo debatiéndose entre los cientos de réplicas que se atropellaban en su cabeza. Pero Allison le había cogido la mano a su hija y Vera se dio cuenta de que le temblaba. Su madre, además, tenía las mejillas bañadas en lágrimas silenciosas, y eso obligó a Vera mantener la lengua a raya. Ojalá su padre estuviese en casa—. De acuerdo. —Esta vez fue firme al hablar—: ¿Has dicho que el futuro de Inglaterra depende de mí? Y esto sin entrar siquiera en que ahora mismo ya estamos en el futuro de TU Inglaterra…, pero…, suponiendo que algo de esto sea posible, ¿qué es tan importante…?

—¿En ti? —terminó el hombre por ella. Vera asintió. De toda la absurda historia que le había contado, aquella era la parte que le resultaba menos creíble—. Bueno, pues que, para empezar, estás casada con el rey.

Se rio, pero cuando Allison le apretó la mano, Vera la notó temblorosa y empapada en sudor. Cuando la miró a los ojos, volvió a ver a su madre, no al estupefacto fantasma de antes que se movía a cámara lenta. Tenía la cara llena de lágrimas, pero había recuperado parte de su chispa. Y miraba con suma atención a su hija.

—Vera fue el apodo que te pusimos, amor mío —dijo—. Tu nombre es Ginebra.

Capítulo 3

Vera apartó la mano de la de Allison como si el contacto la quemara. Miró desesperada a su madre, la persona en la que más confiaba de este mundo.

—¡Mamá, es imposible! Esto no tiene sentido. Estoy convencida de que sabes que esto no tiene sentido.

Allison asintió con los ojos muy abiertos.

—No lo tiene. Claro que no lo tiene. Al principio, yo tampoco lo creía. Merlín tuvo que demostrarnos…

—¿Merlín? —chilló Vera.

Dicho lo cual, le pareció un momento tan bueno como cualquier otro para beberse el resto del whisky. Se atragantó y se limpió rápidamente la baba que se le había escapado por la comisura de los labios.

—Ah, sí. —El hombre ladeó la cabeza y levantó un dedo—. Ese soy yo.

Vera se inclinó hacia atrás tratando de asimilar todo aquello.

—No pareces Merlín.

—¿Cómo? —dijo levantando una ceja—. Es por el pelo, ¿verdad?

—Sí, un poco —dijo Vera con una carcajada.

Se imaginaba a Merlín con una larga barba plateada y no con ese vello facial tan cuidado y oscuro en el que solo se veía algún destello gris. Vera se lo pensó dos veces antes de añadir que también esperaba que alguien que afirmaba ser Merlín fuera mucho mayor.

—Intento no ahondar demasiado en el conocimiento de vuestra época, pero sí que estoy lo suficientemente familiarizado con ella como para saber que mi nombre se conoce bastante en todas vuestras leyendas. Pero poco más han acertado sobre mí. —Puso las dos manos con las palmas hacia arriba frente a él—. Siento no haberme presentado antes, pero pensé que solo entorpecería nuestra conversación.

Vera sacudió la cabeza. Todo aquello era una locura.

—Nosotros solo nos lo creímos después de que Merlín nos lo enseñara —dijo Allison—. Al principio, tu padre y yo pensamos que te había secuestrado. Estuve a punto de llamar a la policía cuando…

—¿Te enseñó… magia, o te enseñó a viajar en el tiempo? —preguntó Vera.

—Magia. —Fue Merlín quien respondió—. Demostrarle a alguien que eres del pasado es bastante más difícil de lo que imaginas. Podría contarte muchas cosas sobre nuestra época que vuestros libros de historia han descrito con gran desacierto, pero con mis palabras no pruebo nada.

Vera lo miró con escepticismo, pero a quien se dirigió fue a su madre.

—¿Y qué te enseñó exactamente?

—Pues, él —dijo Allison al tiempo que se encogía tímidamente de hombros y giraba el vaso entre los dedos— convirtió el agua en vino.

—Estás de coña —dijo Vera—. ¿Como Jesucristo?

Allison soltó una breve carcajada y asintió.

—¿Y a mí qué me vas a enseñar, Merlín? —preguntó Vera pronunciando su nombre con mucho retintín.

Merlín bajó la mirada y les sonrió a sus manos. A Vera le pareció oírle una risita. Pero él se puso muy serio y se concentró. Ni respondió ni se movió, pero las luces de toda la estancia se apagaron. Aunque en el exterior brillaba el sol, su luz no entraba del todo por la ventana principal. Así que el pub se quedó en una profunda oscuridad. Merlín extendió la mano, con la palma hacia arriba, y allí, a unos milímetros por encima de sus dedos, se formó un orbe brillante. Al principio Vera pensó que era blanco, pero luego observó que los bordes eran negros y, en ocasiones, azules. Y en el centro vio una visión.

Era incapaz de saber si el orbe proyectaba una imagen de su mente o si la reproducía como una película dentro de aquella bola de luz que bailaba. Pero en esa visión, se vio a sí misma con suma claridad. Su cara y su cuerpo eran los mismos, pero vestía un atuendo medieval, verde oscuro con ribetes dorados. Tenía los ojos tristes hasta cuando sonreía. Era una expresión sombría que Vera reconoció, porque era la que ella misma había tenido en sus peores momentos. La bola se desvaneció en la mano de Merlín, y las luces, a su alrededor, volvieron a la normalidad anterior.

Vera parpadeó y se estremeció.

—Joder.

Más que pronunciarla, exhaló la palabra. Era evidente y no se podía negar. Aquello era magia. Y, aunque no recordaba haber estado en aquel lugar, la del orbe era ella. No, no era ella. Cómo iba a ser ella. Pero… no había duda de que era alguien exactamente igual que ella, hasta en la expresión.

—¿Soy su clon? —preguntó Vera, tratando de encontrarle sentido.

—No. Esa eras tú. Tú eres ella. Ese —dijo Merlín, al tiempo que se miraba fijamente la mano, ahora vacía, donde había estado el orbe— es tu cuerpo… y todo lo que contenía, antes de que yo te devolviera a una etapa anterior de tu vida.

—Pero ¿por qué? —preguntó exasperada Vera.

Ni siquiera le habían gustado nunca las leyendas artúricas, aunque siempre había pensado que la razón por la que le fastidiaban tanto era porque su padre estaba obsesionado por consumir todas las películas, libros y programas sobre el tema; obsesión que ahora cobraba todo el sentido del mundo. Sabía que la leyenda iba sobre Arturo y sus caballeros, no sobre Ginebra. ¿Por qué iba a tener un papel tan importante la esposa del rey…? Vera entreabrió los labios con una nueva sensación de temor.

—¿Acaso ella iba a tener un hijo suyo? —preguntó.

La idea se le quedó atascada en la garganta. Ni por asomo. Prefería enfrentarse al mago y morir antes que ser una yegua de cría viajera en el tiempo.

—En absoluto —dijo Merlín con rotundidad—. La sucesión para nosotros no funciona así. Es la magia la que elige al rey, no la sangre. Será elección tuya tanto si decides tener hijos como si no.

—Entonces, ¿de qué se trata? —preguntó Vera—. ¿Por qué se supone que ella es tan importante?

—No es «ella». Eres tú. Y tú presenciaste algo que le está extrayendo la magia al reino. Fuiste la única testigo. Y no es tanto un problema de si destruirá nuestro mundo, sino de cuándo lo hará. Y tus recuerdos son nuestra única oportunidad de evitarlo.

—¿Necesitas que yo recuerde lo que ella vio?

Merlín la miró fijamente para sopesarlo. Parecía elegir cada palabra con sumo cuidado:

—Necesitas recordarlo todo.

Vera nunca había tenido noción alguna de una vida distinta a la que había vivido. Ni visiones de batallas o castillos.

—No recuerdo nada.

—Antes soñabas con ello. —Allison llevaba callada tanto tiempo, que Vera pegó un brinco al oír su voz, y más aún por lo que acababa de decir—. Debías de tener tres o cuatro años, y por las mañanas ya no te acordabas, pero te despertabas en mitad de la noche hablando de él.

—¿De quién? —Vera no quiso susurrar, pero lo hizo.

—Del rey. Una vez dijiste que te habías ido de paseo con él y que todo el mundo lo conocía y que quería hablar con él. —Allison se rio un poco antes de continuar—: Y tú pensabas que seguramente él estaba cansado de fingir que todos le caían bien.

Vera nunca había saludado a ningún desconocido por la calle más que de soslayo. Así que la afirmación de su yo infantil le pareció muy correcta. Pero, aun así, ese era el sueño de una niña. Se creía que Glastonbury era la antigua isla de Avalon, y los monjes de la abadía del siglo xiii en algún momento habían asegurado que habían desenterrado las tumbas de Arturo y Ginebra. A pesar de su aversión a las leyendas artúricas, era prácticamente imposible ir por el pueblo sin oír alguna referencia al respecto. Y Vera había sido una niña con mucha imaginación. Podría haberse inventado alguna historia del rey Arturo. Así que el sueño no probaba nada.

—También hablabas de Merlín —dijo Allison.

Merlín se enderezó en su silla, y Vera pensó que agarraba su vaso de whisky con más fuerza. Pero cuando habló, solo parecía interesado.

—¿Ah, sí?

—Sí —dijo Allison, que sacudió la cabeza y esbozó una media sonrisa—. Decía que tú le hacías… globos de agua con formas de animales para entretenerla. Era un poco disparatado, pero ¿a ti te suena de algo?

—Me suena, sí —dijo Merlín.

—¿Recuerdas cuál era su favorito? —preguntó Allison mientras se inclinaba hacia el mago.

Esa pregunta a Vera le resultó muy extraña.

Merlín se quedó pensativo un momento, antes de dar un golpecito con la muñeca a su vaso de whisky. El líquido brotó de él y, con solo un movimiento de sus dedos, el hombre lo transformó en lo que no cabía duda de que era un mono, protuberante y fluido, pero del que no se derramaba ni una gota.

—Oooh —murmuró embobada Allison ante la escultura de whisky.

Vera notó una sonrisa no deseada en los labios. Sí que parecía un globo con forma de animal y, efectivamente, era líquido.

Merlín movió los dedos hacia abajo, y la bebida volvió al vaso como una ola diminuta, mientras Allison se recostaba de nuevo en su silla. Vera se dio cuenta, sobresaltada, de que su madre había estado poniendo a prueba al mago.

—Y había una mujer llamada Matilda —dijo Allison, volviéndose de nuevo hacia ella—. Una vez te despertaste llorando y me pediste que te trenzara el pelo… Que Matilda vivía en el castillo y te hacía una trenza cuando estabas triste.

—Es tu doncella —dijo Merlín—. ¿Lo ves? Los recuerdos siempre han estado dentro de ti. Puede que lleve un tiempo, pero cuando regreses a casa, podremos empezar a desbloquearlos.

Le resultó chocante oír referirse a otro lugar, a otro momento, como a su casa. Porque para Vera su casa era esta. Ella no era una reina. No era —imposible— Ginebra. Pero era innegable que estaban hechas de la misma (¿cuál era la palabra que había usado Merlín?) «esencia», como tampoco podía negar sus propios recuerdos de la infancia. A lo mejor ella era una especie de… recipiente de la historia de Ginebra.

Aceptarlo dejó muy abierta la posibilidad de marcharse de verdad. Eso la asustó.

—Si vuelvo contigo, ¿me quedaré atrapada allí para siempre?

Merlín frunció el ceño con una expresión de auténtica lástima en la mirada.

—Si eres capaz de recordar y conseguir que el curso de la historia retome su cauce para cuando acabe la primavera, existirá una oportunidad para que regreses. Si es que lo que deseas es volver a esta época.

—Pero ¿puedo volver? —preguntó Vera mirando a su madre. Allison parecía estar esforzándose por mantener impasible el rostro—. ¿No rompería el hilo del tiempo o algo así?

Merlín le dio a su whisky un lento trago.

—Cuando nos hayas ayudado a solucionarlo todo, yo puedo hacer que regreses, sí, si eso es lo que quieres.

Vera apretó los dientes para evitar hacer un mohín con los labios. Merlín no dejaba de decir eso: «Si quieres». Pues claro que querría. Pero por mucho que el momento exacto fuera importante para Merlín y Arturo, también lo era para Vera.

—¿Y volvería a ahora mismo, o también habrán pasado aquí seis meses? —preguntó Vera.

Allison cerró los labios con tristeza mientras se acercaba a Vera y le apretaba el hombro.

—Cariño mío, no puedes plantear tu vida en torno a su tratamiento.

Vera se apartó.

—¿Puedes garantizarme al menos que él sobrevivirá seis meses más?

—El tratamiento va bien…

—Ni siquiera sabremos si ha funcionado hasta dentro de un mes. —Miró fijamente a su madre para reprimir las incipientes lágrimas.

—Ah… —dijo Merlín en voz baja—. Deduzco que Martin está enfermo.

Vera frotó el borde de su vaso. Preferiría haberlo lanzado contra la pared.

—Sí. De puto cáncer. —En cuanto lo dijo en voz alta, se quedó de piedra. Pero ¿en qué estaba pensando? Aquel hombre había salvado a Ginebra de la muerte. Así que le preguntó—: ¿Podrías curarlo? Si me demuestras que eres capaz de una magia así, haré lo que me pidas.

Él sonrió con tristeza, y la esperanza de Vera se convirtió en ceniza:

—El cáncer no es lo mismo que las heridas mortales en el cuerpo. Lo siento.

Así que todo se basaba en la pregunta más importante:

—¿Cuánto tiempo estaría fuera?

—No puedes tocar ningún tiempo en el que ya hayas vivido, así que no podría devolverte a tu pasado de aquí, pero sí podrías regresar a Glastonbury, a algún momento posterior a nuestra partida de esta noche —dijo Merlín—. No quiero engañarte; existe un riesgo. No puedo hacer que regreses a menos que… Hasta que nos hayas ayudado a arreglar lo que está roto. Eso es imperativo. Que decidas venir o no conmigo, ya es decisión tuya.

—Y si decido no ir, ¿qué pasaría?

Merlín suspiró y observó la mesa antes de fijar los ojos en Vera.

—El tiempo es —chasqueó la lengua mientras buscaba las palabras— inconmensurablemente complicado. Pero el presente, tal y como tú lo conoces, depende de ti, de tu vida y de tus actos… y de que regreses al lugar de donde viniste. Si te quedas aquí, el reino desaparecerá. Y no puedo decir ni cuándo ni cómo ocurrirá, pero este tiempo, esta vida de ahora, tal y como la conoces, al final dejará de existir.

—¿Y tú a eso lo llamas elección? —preguntó Vera, que lo miraba boquiabierta—. Me cago en la leche. Yo tengo aquí una vida. Yo… —Hizo un gesto con la mano que abarcaba el pub. ¿Qué iba a decir? ¿Limpio váteres y cambio sábanas?—. Soy feliz.

—Lo siento —dijo Merlín—. Si no hubiese existido esto, la única alternativa era la muerte. Tú habrías muerto el día en que te hirieron y no habrías vivido nada de esta vida. Esto fue lo mejor que pude darte.

Allison se las había apañado para evitar que las lágrimas le cayeran a raudales, pero de tanto luchar tenía los ojos rojos.

—Tengo que irme, ¿verdad? —le preguntó Vera.

Una parte de ella esperaba que Allison se opusiera rotundamente, que tomara la decisión en su nombre.

—Sí, mi amor —dijo su madre mientras le cogía una mano entre las suyas—. Te quiero hasta el fin del mundo. —Allison intentó continuar, pero le falló la voz. Se aclaró la garganta y volvió a intentarlo—: Escúchame. No eres feliz. Y esto no es vida. Quiero algo mejor para ti.

Aquello le hizo mucho daño, pero era cierto. No había sido feliz desde la muerte de Vincent. No había sido capaz de volver a ser ella misma, y Martin y Allison habían sido testigos de eso. Por esa parte, Merlín había sido un regalo tremendamente oportuno. Vera no podía escapar de los recuerdos que tenía de Vincent en ningún lugar de este tiempo, y bien que lo había intentado. Prácticamente había huido de Bristol, donde se conocieron, donde se enamoraron, donde vivieron juntos y donde él murió… para volver a Glastonbury.

Huía al Tor casi todas las mañanas. Huía hacia la estabilidad de limpiar habitaciones y preparar desayunos. Daba igual la distancia o la distracción…, porque el dolor la atrapaba y la reclamaba para sí. Normalmente se le daba bien muy bien esconder lo malo y meterlo por debajo del lugar al que llegarían sus pensamientos y sentimientos conscientes, pero esto… esto no se iba nunca.

Todo se agravó con el diagnóstico de Martin solo unos meses atrás. Vera había asumido todo el peso de su tratamiento de un modo que sabía que no era sano. Pero no podía evitar pensar que la curación de su padre dependía totalmente de ella, que era su responsabilidad.

Y sabía por qué. Cuando se trataba de Vincent, no podía escaparse de la verdad de su culpa. Cuando el coche de él se salió de la carretera y chocó contra un árbol al volver a casa después de una competición de trivial en el pub, las llamadas quiz nights, ella estaba dormida en el sofá. Estuvo desangrándose dos horas en una cuneta hasta que alguien al fin lo encontró. Para entonces ya era demasiado tarde. Vera solía acompañarlo a todas las quiz nights que se hacían en los pubs cada semana, pero aquella noche se había quedado en casa porque estaba cansada. Si hubiese estado con él, podría haber conseguido ayuda. Puede que, si no se hubiese quedado dormida en el maldito sofá, se habría dado cuenta de que él nunca había vuelto a casa. Habría llamado a la policía. Él no habría muerto.

Vera llegó al hospital antes de que Vincent muriera. La atormentaba no haber tirado abajo la puerta de urgencias para estar con él. Lo dejó morir rodeado de desconocidos.

Y ahora estaba igual de indefensa mientras su padre se consumía, día tras día, sin que ella pudiera hacer nada más que observarlo.

Mil cuatrocientos años era un camino muy largo que recorrer para huir de su culpa. Pero necesitaban los recuerdos de Ginebra y, era evidente que Vera los tenía. A lo mejor… A lo mejor, si podía satisfacer este propósito, si podía ser el recipiente de Ginebra que necesitaban, tal vez… Tal vez, nada. Eso no haría que Vincent volviera.

«Pero tal vez sí puedas perdonarte a ti misma», pensó.

¿Cuántas vidas salvaría el conocimiento que encerraba Ginebra? Seguramente, sí, sin duda ese acto podría expiarla, y ella podría regresar a su vida discreta e invisible. El tratamiento de su padre funcionaría (TENÍA que funcionar), y una pérdida como la de Vincent no entraría siquiera en la ecuación. Podría subir al Tor o leer un libro o contemplar las estrellas y estar contenta sin que el dolor la destrozara.

Vera se rio un poco como una loca. Nunca había soñado que estaría deseando limpiar sábanas el resto de su vida, pero en ello encontraba una alegría fácil. Y si para recuperar esa alegría tenía que viajar mil cuatrocientos años y desenterrar los recuerdos que había perdido una importante mujer, que así fuera.

—Lo haré —dijo ella.

Capítulo 4

Allison se removió incómoda en su silla y habló con timidez.

—Odio pensar en esto, pero ¿qué debemos hacer cuando la gente se dé cuenta de que se ha ido?

—No se darán cuenta. Eso ha sido parte del hechizo; parte de lo que ha hecho posible que Vera esté aquí tanto tiempo —dijo Merlín—. ¿Te has fijado alguna vez en cómo interactúa la gente con ella?

Al asentir, Allison interceptó la mirada de Vera. Ellas dos solo habían hablado de ese tema cuando Vera era pequeña, y desde entonces no habían vuelto a hacerlo. Su hija había llorado porque no tenía amigos, y su madre la había calmado, acariciándole el pelo y diciéndole que era normal sentirse inestable e insegura.

—Hice como que aquello no existía —murmuró Allison—. Pero pasado el tiempo, no hubo forma de negarlo.

Vera no supo si era mejor o peor que su madre se hubiese dado cuenta desde el principio, pero que lo admitiese ante ella le escoció como una traición que decidió guardarse para sí misma. No quería irse de allí enfadada con su madre.

—Aquí se olvidan de ti —le dijo Merlín a Vera—. Pero en nuestro tiempo no hay ni un alma que haya olvidado a Ginebra. Allí no te ignorarán ni te rechazarán. Porque allí está tu sitio. —Le dio un tironcito a la cadena de su reloj de bolsillo y lo sacó para echar un vistazo a la esfera—. El viaje solo es posible hasta antes de la puesta de sol. Disponemos de una hora y treinta y cuatro minutos. —Recogió un bolsón del suelo, junto a su silla, y se lo dio a Vera—. Deberás ponerte esto antes de partir.

Vera lo abrió y miró dentro. Solo vio tela verde. Supuso que era un vestido.

En una hora y media no le daría tiempo a prepararse, y mucho menos a despedirse de sus padres.

Mierda.

Vera estiró el cuello para echarle un vistazo a la puerta, como si mirar fuera a hacer que su padre apareciera por allí. Martin tenía que estar hospitalizado en Londres dos días más. Vera había estado planeando ir a primera hora de la mañana del día siguiente para estar con él durante el tratamiento.

Era un trayecto de tres horas.

—Joder.

Vera dejó caer la cabeza entre las manos. Las lágrimas le empañaban los ojos.

—Intentaré llamar a tu padre para que al menos puedas… —Allison se interrumpió.

Vera asintió y dijo, reservando algo de furia tanto para Merlín como para su madre:

—Me podrías haber avisado con algo más de una hora de antelación, ¿sabes? Y para que quede totalmente claro, este… rey con el que ella… con el que yo estoy casada, es…

—El rey Arturo. Sí.

—Bien. —Vera apartó la silla y levantó el bolsón en lugar de despedirse—. Entiendo que me tengo que ir a cambiar.

Se pasó la correa de la bolsa por el pecho desde el hombro. El cuero suave y desgastado le rebotaba en la pierna mientras subía las escaleras hacia su apartamento. ¿Cómo podía estar pasando todo aquello?

Puso la bolsa bocabajo sobre la cama y la sacudió hasta que cayó un vestido enrollado y un par de babuchas de cuero encima. Afortunadamente, era un atuendo muy sencillo. No se dio cuenta de que se había dejado puestos las bragas y el sujetador hasta después de pasarse el vestido por la cabeza.

—Que le den por culo. —Su primer acto de rebelión sería transportar de contrabando ropa elástica a la Edad Media.

La aversión de Vera por la tradición artúrica se transformó en una ironía que hizo que se sintiera fatal cuando le echó un vistazo a su estantería, sabiendo como sabía que no tenía en ella ni una sola versión de la historia. Repasó mentalmente lo poco que sabía sobre la leyenda: Arturo era el hijo ilegítimo del rey, a quien Excalibur designó para ocupar el trono. Estaban los caballeros de la mesa redonda, incluido Lanzarote, que, en casi todos los relatos que recordaba, había tenido una aventura con Ginebra. Esa parte la puso muy nerviosa. También había una búsqueda del santo grial…, ¿o eso solo ocurría en la peli Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python? A Vera esa versión le gustaba mucho… Y un nombre extraño le vino a la cabeza: Mordred. Ese era el malo. El que había matado a Arturo.

Vera suspiró al recordar el improvisado comentario de Merlín sobre lo mucho que se había equivocado la historia. Así que decidió que era mejor centrarse en el vestido, recolocándolo para que le sentara bien a su cuerpo. Era bonito y le llegaba hasta la parte superior de los pies. Era de un color verde bosque intenso, con adornos y ribetes dorados por la cinturilla que se unían en un triángulo por debajo del ombligo. Vera se alisó la parte de arriba y al hacerlo notó un pequeño enganchón en el dobladillo de la manga. Este vestido no era nuevo. Alguien lo había usado, aunque se ajustaba perfectamente a las curvas de su cuerpo y tenía exactamente la longitud que debía. Y tras un sobresalto fue consciente de que la persona que lo había llevado antes era, de hecho, ella.

Era el mismo vestido que lucía en la visión que Merlín había sostenido en la mano. La prenda no era del todo incómoda; no tenía corsé ni ballenas, pero sí algunas cintas en la espalda. Vera se estiró torpemente a ver si llegaba con un brazo y consiguió apretárselo lo suficiente. Se dio la vuelta y se miró en el espejo.

Qué raro era vestirse con un traje antiguo. Estuvo a punto de reír, pero no lo hizo tras observar en el reflejo una expresión extrañamente parecida a la versión de sí misma que aparecía en la visión de Merlín.

Vera sacó el móvil y los auriculares de los pantalones que se acababa de quitar. Se le pasó brevemente por la cabeza llevarlos consigo. No servirían para tener contacto con nadie, pero sí que iba a echar de menos el consuelo que le ofrecía escuchar música ella sola. Tocó la pantalla y vio que la batería estaba al dieciséis por ciento. Lo normal al terminar el día. Decidió que no merecía la pena intentar colarle aparatos electrónicos a Merlín si no había forma de cargarlos. Suspiró y lo dejó con las llaves encima del escritorio, junto al portátil, antes de coger un bolígrafo y un pósit y escribir en él todas las contraseñas importantes que recordó.

Sin embargo, Vera sí quería llevarse algo de su vida. Recorrió la habitación y acabó posando los ojos en una foto enmarcada de sus padres y ella. Martin la había colocado en las estanterías el día que las había montado para ella. Quitó la parte de atrás del marco, cogió la foto y la metió en el bolsón de cuero. Era la única foto impresa de todo el cuarto. Todas las fotos de Vincent las había tirado un día en que sintió que el dolor de verlas podría llegar a matarla. En este momento, se sintió tremendamente enfadada con ella misma por eso. La rabia hizo que germinaran en ella raíces de rebeldía mientras miraba la bolsa vacía. Así que fue directa al primer cajón de la cómoda y cogió bragas, dos sujetadores deportivos y unos cuantos pares de calcetines, pues estaba segura de que la ropa íntima de la Edad Oscura sería, cuando menos, penosa e insuficiente.

Eso era todo. Alisó el cojín de la cama, colocó un libro en la estantería y quitó la taza de café del escurreplatos. Había un cesto de ropa sucia a medio llenar, pero de eso tendría que encargarse Allison. Vera cogió las zapatillas de deporte de detrás de la puerta y se dispuso a guardarlas en el armario, pero se detuvo antes de hacerlo. Merlín no lo permitiría lo más seguro, pero… estas eran unas zapatillas bastante nuevas.

Metió también las zapatillas en el bolsón.

Vera apagó la luz y cerró la puerta sin molestarse siquiera en cerrar con llave.

Oyó el bullicio de los clientes que empezaban a llenar el pub antes de llegar al pie de la escalera. Allison y Merlín ya no estaban en la mesa. Se habían trasladado al vestíbulo cercano a la entrada, pero Vera le echó igualmente un último vistazo al pub donde había crecido. Resultaba chocante ver a la gente pedir un pastel de carne o tomarse una pinta cuando ella acababa de ver cómo toda su existencia se iba al garete.

—¡Vera!

La voz de Allison casi le hizo dar un bote. Se echó el bolsón al hombro y fue al vestíbulo. Allison tenía el teléfono pegado a la cara.

—¡Es tu padre! —dijo, apartándoselo de los labios. Luego volvió a centrar su atención en el teléfono—. No hay tiempo para eso. Están saliendo por la puerta, Martin.

Vera pudo imaginarse a su padre al otro lado, discutiendo en contra de que ella se marchara. Cogió el teléfono y se dio la vuelta para tener algo de intimidad.

—¿Papá?

—Hola, mi amor.

La voz de Martin, siempre tan rápida para una broma y tan sonora, parecía en esta ocasión suave y sombría. Vera no quiso adivinar si era por tristeza o por la enfermedad. Ambas opciones hicieron que se le encogiera el corazón—. Siento mucho no estar ahí contigo. Tú has…

Dejó de hablar y Vera supo que estaba llorando. Tampoco pudo evitar que se le hiciera un nudo en la garganta.

—No pasa nada, papá. Yo…

—Vera, mi amor, estarás muy bien. Tú… solo tienes que ser tú misma. Eres exactamente quien necesitan que seas.

Necesitaban a Ginebra. Y Vera no era ella, pero la idea de que cumplir el propósito de Ginebra pudiese liberarla ya se había asentado en su interior. No sabía cómo explicárselo a Martin, que se había alarmado aún más que Allison ante este reciente cambio de actitud en Vera.

—Si soy capaz de ayudarlos —dijo ella con el deseo de que él lo comprendiera, aun contra todo pronóstico—, podré volver a casa y ayudarte a terminar el tratamiento. Estaré mucho mejor que ahora y habré hecho algo verdaderamente importante.

—Tú sí que eres importante —dijo Martin con rotundidad—. ¿Me oyes?

Vera no contestó. Era un buen padre. Por supuesto que diría eso. Se secó con prisa las lágrimas de las mejillas, al tiempo que resoplaba intentando que la respiración no se le convirtiera en sollozos. Todo esto era demasiado.

—Vale —dijo al cabo de un segundo—. Tengo que irme, papá.

—Lo sé, cariño —respondió él, con la voz apagada.

Vera se lo imaginó en la habitación del hospital, a medio sentar con la cama reclinada. Sabía perfectamente que él tenía la cara entre las manos, que apenas era capaz de mantener la compostura. Y probablemente podría haberse quedado a hablar más con él, pero no había en este mundo suficientes despedidas robadas. Y ella no podría aguantar mucho más sin venirse abajo del todo.

—Te quiero mucho —le dijo él.

A Vera le temblaron las piernas.

—Yo también te quiero —dijo, y se sintió como una tonta al no encontrar otra forma de decirlo como Dios manda. Pegó la espalda contra la pared y se deslizó hasta el suelo—. Gracias por ser un padre ridículo, raro y maravilloso. —Oyó su risita entremezclada con un sollozo—. Yo… No te darás ni cuenta de que me he ido. Volveré y…

—Vale. Hablaremos pronto, ¿de acuerdo?

—Sí. —Cerró los ojos con fuerza—. Adiós, papá.

Vera terminó la llamada sin esperar a que él contestara. No podía mantenerse en pie. Le temblaba todo el cuerpo. Inspiró con una bocanada profunda y vacilante y se centró en los hechos: la realidad había cambiado. Y tenía que irse.

Respiró por segunda vez, y en esta ocasión fue más firme que la primera. Vera dejó que Martin y Allison desaparecieran en lo más profundo de su mente para concentrarse en lo que pasaría a continuación. Debía salir de aquel edificio. La última inhalación profunda le llenó los pulmones sin dificultad y exhaló un largo suspiro antes de ponerse de pie.

—Estoy bien —se dijo a sí misma en voz alta. El cuerpo pareció responderle y la condujo de nuevo junto a Merlín y Allison. Le devolvió el móvil a Allison—. El mío está arriba. Y te he dejado allí las contraseñas y las llaves.

A Allison le caían lágrimas por las mejillas cuando agarró a Merlín por ambos codos y lo miró fijamente a los ojos.

—Tú encárgate de que esté a salvo.

Él asintió, dándole una palmadita en el brazo.

—Lo haré. Te lo prometo.

Allison lo soltó para estrechar a Vera en un fuerte abrazo.

—Te quiero —le dijo, con los labios pegados a su pelo.

—Yo también te quiero. Muchísimo. Muchísimo —dijo Vera. Se separó de los brazos de Allison. No podía permitirse venirse abajo. Ahora debía ser fuerte—. Adiós, mamá.

Allison intentó valientemente reprimir el sollozo que se le escapaba de la garganta.

Merlín le abrió la puerta a Vera. La joven echó una última mirada a su madre, quien alargó la mano como si estuviese a punto de agarrarla y tirar de ella. No iba a haber ningún final de cuento para este momento.

Vera giró sobre sí misma, salió por la puerta y no se detuvo.

Capítulo 5

«No mires atrás. No mires atrás», se ordenaba a sí misma Vera en silencio. No se paró hasta que llegó a un banco situado frente a la vieja iglesia, unas manzanas más allá. No tenía valor para darse la vuelta y asegurarse de que Merlín seguía detrás de ella, por si a Allison también se le hubiese ocurrido salir. Él la alcanzó y no dejó de caminar. Se limitó a hacer un gesto con la cabeza para invitar a Vera a seguirle el paso.

Ella no sabía nada de él. Nada de adónde iban. Ni se le había ocurrido preguntar qué accidente había sido el que casi le cuesta la vida a Ginebra.

Era demasiado. Había demasiadas piezas. «No te desmorones», se decía a sí misma. «Aguanta».

—¿Has estado alguna vez en el templo del Manantial Blanco? —le preguntó Merlín de un modo parecido a cómo lo haría acerca del pueblo cualquier huésped del George.

A Vera le conmovió la amabilidad que demostraba él con aquella conversación casual. A lo mejor Merlín sabía mejor que nadie el riesgo que corría Vera de perder el equilibrio de su cordura, a medida que se alejaba más y más de su hogar.

Ella asintió y él continuó.

—Pues allí vamos. Es… bueno, supongo que se podría decir que hay un portal allí, pero desde el punto de vista científico sería más exacto llamarlo agujero de gusano espaciotemporal mágicamente estable —dijo como si estuviese hablando de lo que había desayunado.

A Vera estuvo a punto de escapársele una carcajada. Pensándolo mejor, puede que Merlín hubiese sobrestimado la capacidad mental de ella. Eso sí, si tenía que haber un portal (o agujero de gusano espacio… lo que fuera) en Glastonbury, el Manantial Blanco era de los pocos lugares que encajaban a la perfección.

Los restos del templo estaban en la parte baja del Tor, en el interior de una vieja y modesta casa con un pozo, construido sobre el manantial para que sirviera de depósito. El edificio, de doscientos años de antigüedad, no disponía de luz eléctrica, así que la iluminación consistía en velas y algún que otro tenaz rayo de sol que pudiese colarse entre las grietas y agujeros de los muros de piedra. Eso, junto con el sempiterno sonido del agua que fluía y el eco constante de las gotas procedentes de fuentes invisibles, dotaba al lugar de un ambiente místico. Había pequeños altares en todos los rincones en honor a la dama de Avalon, que servían a los propósitos de todo tipo de peregrinos religiosos. Algunos la llamaban «Diosa», otros, «Virgen Madre» y el resto, «Madre Tierra».

Desde que había registros, el agua que manaba del manantial no se había secado jamás. Había abastecido a Glastonbury durante hambrunas y enfermedades, y los turistas atestiguaban con devoción sus propiedades curativas, aunque, cuando intentaron canalizarla por la ciudad a finales del siglo xix, había obstruido las tuberías. Desde un punto de vista científico, era obvio que los daños irreparables que causó en el metal se debieron al alto contenido de calcita del manantial. Pero algunos decidieron que había una respuesta alternativa: la fontanería moderna no estaba hecha para la magia. Así que, aunque la magia no saliera por los grifos de la población, cualquiera podía visitar el manantial. A la entrada había un cartel que advertía a los visitantes de los peligros de meterse en las aguas poco profundas o de sumergirse por completo en las pozas más hondas.

Curiosamente, el Manantial Blanco se encontraba a unos cientos de metros de otro manantial antiguo (y más conocido): el Pozo del Cáliz. El agua que fluía de este era de color rojo, lo que para una mente racional se explicaba fácilmente por su alto contenido en hierro, pero los cazadores de leyendas y espíritus rara vez lo habían atribuido a eso. La tradición cristiana afirmaba que el manantial —y sus poderes curativos— estaban directamente relacionados con el santo grial. La leyenda decía que fue José de Arimatea quien llevó a Inglaterra el grial, el cual, en un momento dado, acabó enterrado en una caverna bajo el manantial. Se decía que las aguas rojas significaban la sangre de Cristo, de la que en otros tiempos se había llenado ese mismo cáliz bajo la cruz. Por su parte, los paganos creían que eran las aguas del vientre de la tierra.

—Me sorprende que no sea el Pozo del Cáliz —reflexionó Vera, que se sentía obligada a decir algo.

Giró a la derecha en Chilkwell Street sin siquiera pensarlo. Había recorrido esta ruta tantas veces que, si no fuese por la ropa de época que llevaba puesta, casi podría convencerse a sí misma de que se trataba de un paseo normal y corriente. Se cruzaron con gente que iba en dirección contraria, pero en un pueblo como Glastonbury, donde ir disfrazado era algo de lo más normal, nadie les prestó atención.

—Qué interesante que digas eso —respondió Merlín—. Las aguas del Manantial Blanco salen directamente del Tor. Y es del Tor de donde procede este tipo concreto de magia. Vera. —Se detuvo de golpe—. Me he fijado en que aún llevas la bolsa que te di. Te has puesto todo lo que había dentro, pero no está vacía. ¿Qué traes en ella?

Vera apretó los labios y se giró hacia él solo un poco.

—Una foto de mis padres, calcetines, ropa interior y… —¿Serviría de algo mentirle precisamente a él?

—¿Sí?

—Mis zapatillas de correr. —Dicho lo cual, echó los hombros hacia atrás y se irguió, como para retarle a discutir con ella al respecto.

Él suspiró profundamente:

—¿Y nada más? ¿Ningún aparato electrónico de ninguna clase?

—No.

Merlín soltó una risita y sacudió la cabeza al reanudar la marcha.

—Muy bien. Pero debes prometerme que tendrás sumo cuidado y que las esconderás muy bien, para que cualquiera que no seamos nosotros, o sea, los que estamos al tanto de la situación…

Esta vez fue Vera la que se paró en seco.

—¿Lo saben otros? ¿Quién lo sabe todo?

Ni se le había pasado por la cabeza que otras personas formaran parte del plan.

—Oh, Ginebra. Lo siento mucho. —Merlín frunció el ceño—. Debería habértelo contado antes. Arturo lo sabe, al igual que…

—¿Él lo sabe?

Estaba convencida de que tendría que guardarse el secreto para sí misma y, sobre todo, ocultárselo a Arturo.

—Pues claro. Y él —suspiró Merlín, al tiempo que ponía los ojos en blanco—, debo añadir que, en contra de mi voluntad, se lo contó a su confidente más cercano.

—¿A quién? ¿Reconocería yo el nombre?

Merlín echó a andar de nuevo sin dar respuesta. Vera corrió los pocos pasos necesarios para alcanzarlo. Estaba intrigada. Era el primer indicio de frustración que veía en este mago tan paciente.

—¿No será Lanzarote o algo así? —dijo ella en tono burlón, pero Merlín apretó tanto los labios que acabaron por convertirse en una línea muy fina.

Vera se quedó boquiabierta.

—¡Ah! ¡Venga ya! ¡Sí que es Lanzarote! —A lo mejor fue porque Merlín había hecho que todo su mundo se pusiera del revés en el plazo de una hora, pero lo cierto es que a ella le encantó ver lo mucho que sus palabras habían enfadado al famoso mago. Y se rio al añadir—: ¡Y no te cae bien!

—No es que… —Merlín negó con la cabeza—. Es el amigo más antiguo y querido del rey. Y no me consta que no haya sido nunca otra cosa más que leal hasta la muerte con él, y por ello le estoy tremendamente agradecido. Pero Lanzarote es… muy bobalicón y escandaloso.

Abrió la boca, a punto de añadir algo más, pero desistió y la cerró.

A ella todo le seguía pareciendo lo suficientemente distante como para creer que aquella fuese su propia historia. Sin embargo, Vera recordó de repente la parte de la historia artúrica en que Ginebra había tenido una aventura con Lanzarote. ¿Conocería Merlín esa parte?

—Sé que me dijiste que no te metes demasiado en nuestra versión de la leyenda, pero hay un hilo argumental que se repite bastante acerca de Lanzarote y Ginebra que podría…

—Sí, soy consciente. —Merlín le hizo un gesto para que lo dejara en paz—. Ginebra, te sorprenderá saber lo mal que se ha interpretado la historia en esta época.

Vera tardó un poco en darse cuenta de que Merlín se dirigía a ella cuando había dicho Ginebra.

—¿Sobre el rey Arturo? —preguntó ella.

—Sobre todo. La magia es algo habitual en nuestro tiempo. Alimenta nuestra cultura, nuestra sociedad… Muy pocas cosas serán como te las esperas. La magia no deja rastro arqueológico, razón por la cual a ti te han dicho desde que naciste que esta época es la «Edad Oscura». —La miró de reojo, y la sonrisa que asomó a sus labios fue de orgullo—. Y déjame que te diga, querida mía, que descubrirás que no es oscura en absoluto.

Merlín se detuvo y miró al otro lado de la calle por encima del hombro de Vera. Había estado tan absorta intentándose imaginar la historia que por desgracia los libros habían interpretado de forma tan errónea, que no se había dado cuenta de dónde se encontraban. Habían llegado a la casa del pozo.

El edificio victoriano de piedra estaba enclavado junto al bosque arbolado de la base del Tor. Lo cubría casi por entero el follaje, creando la ilusión de que el tejado del edificio estaba hecho de exuberantes enredaderas verdes. En un pilar de piedra, cerca de la esquina delantera, había una fuente de la que manaba agua constantemente. Incluso cuando el templo estaba cerrado, cualquier transeúnte tenía acceso a las aguas sagradas. En el muro bajo de piedra que rodeaba un patio, en la parte delantera de la casa, se había habilitado una abertura que servía de camino de entrada desde la calle hasta la puerta del edificio. Esta no era robusta, sino una mera verja de hierro forjado con intrincados diseños de remolinos y tres figuras verticales, en forma de almendra, en el centro.

El templo se abría al público unas horas al día. A esas horas de la noche, el conjunto no estaba abierto y la puerta estaba cerrada con llave.

—¿Vamos a…?

Vera no tuvo tiempo de terminar su pregunta. Merlín sacó una llave del bolsillo de su túnica y pasó a su lado para abrir la puerta, lo suficiente para que alguien pudiera pasar por ella; luego le hizo un gesto cortés para que entrara ella primero. Vera se sobresaltó un poco cuando oyó de nuevo la llave en la cerradura y se giró para ver cómo Merlín echaba de nuevo el cierre. Se le hizo un nudo en la garganta y se puso tensa. Estaba atrapada aquí con un extraño que tenía poderes mágicos. Vera apretaba y relajaba el puño mientras analizaba la situación.

¿Qué opciones tenía? ¿Llegar a la conclusión de que todo lo que había ocurrido hasta entonces era mentira y que se trataba de un elaborado plan para asesinarla? ¿Entrar en pánico y exigirle que abriera la puerta para poder volver a casa corriendo?

No. Había decidido confiar en Merlín en el momento en que aceptó el bolsón que ahora llevaba colgado al hombro. Por eso llevaba ese vestido. Estaba metida en esto y no había vuelta atrás. O bien se estaba fiando de un zumbado absoluto, o su vida estaba a punto de convertirse en algo que nunca habría soñado. No había término medio.

Entrecerró los ojos en las sombras, para que la vista se le empezara a adaptar a la oscuridad de la gigantesca estancia en la que estaban, donde la única luz que entraba por la puerta era la del sol del atardecer.

Merlín movió el brazo, y las velas, que hasta ese momento solo había visto como unos bultos difusos, cobraron vida por toda la habitación: había decenas de candelabros, pilares sobre pequeñas repisas, arreglos de velas que rodeaban altarcitos y velas de té en cualquier saliente lo bastante ancho. La estancia se llenó de un resplandor titilante que parecía bailar al son de la música del agua sobre las rocas.

Había pilares de piedra desde el suelo hasta el techo que mantenían en pie el edificio y que, al mismo tiempo, le daban un aire de misterio al conjunto. La sala tenía recovecos a cada paso, y en cada uno de ellos había más velas, imágenes, estatuas de santos o deidades y resplandecientes relicarios que asomaban desde la oscuridad. El suelo estaba mojado por todas partes, pero las pilas de piedra recogían el agua del manantial que fluía.

Justo en el centro había una piscina redonda con agua suficiente para que alguien pudiera meterse hasta las rodillas. En un rincón del fondo, a la izquierda, había una poza de piedra con tres niveles, el más alto de los cuales tenía el tamaño de un jacuzzi de balneario. Aquí era donde los visitantes podían sumergirse en las aguas del manantial.

—¿Y ahora qué? —preguntó Vera, y su voz resonó por toda la estancia con un volumen demasiado alto, a pesar de que lo había dicho en un susurro.

A modo de respuesta, Merlín se dirigió despacio a la poza de tres niveles.

—Tendremos que meternos en la pila de inmersión…

—¿Para qué me he cambiado entonces? —preguntó Vera.

—Eso no será un problema —respondió Merlín mientras se metía con cautela en el primer nivel de la poza, que le quedaba a la altura de las rodillas. Y, con la agilidad de un hombre mucho más joven, trepó hasta la parte superior de la poza.

Vera suspiró, se recordó a sí misma que había decidido que ya había llegado demasiado lejos como para dar marcha atrás, y lo siguió. No era excesivamente alto — no llegaba a dos metros de altura—, así que trepó como pudo para llegar hasta arriba. El vestido se le enganchó por debajo. Gruñó y resopló por el esfuerzo mientras giraba los pies hacia las aguas. Al mirar el bolsón que aún llevaba colgado del hombro, Vera recordó la fotografía que tenía allí guardada.

—¿Merlín? —dijo tímidamente. Al principio no lo vio. En esta parte de la sala apenas había luz salvo por un pequeño candelabro encendido en el extremo de la poza. Pero al cabo de un momento, vio que el mago había llegado nadando grácilmente al centro—. No estoy segura de qué hacer con el bolsón. Tengo… tengo una foto de mis padres dentro.

No podía verle la cara, pero sabía que él la estaba mirando.

—No pasa nada. Tus pertenencias estarán a salvo.

Dudó solo un momento más y luego, aferrando el bolsón a su cuerpo, se metió. Se le escapó algo entre un grito y un jadeo cuando notó el agua helada en la piel. Nunca se había metido en el manantial, pero sabía que las aguas eran famosas porque estaban frías todo el año. Avanzó a trompicones en dirección a Merlín, que estaba en el centro de la poza. El vestido, totalmente empapado, le pesaba cada vez más y se le enganchaba en los tobillos.

La parte más profunda estaba en el centro. Cuando llegó hasta Merlín, la cabeza era la única parte del cuerpo que no tenían sumergida. Incluso en esas circunstancias, cuando no era más que una cabeza sin cuerpo flotando en agua helada, el mago parecía sereno y majestuoso. Vera, en cambio, tiritaba con violencia. Tuvo que agarrarse al brazo de Merlín tras tropezar con el dobladillo. Él la ayudó a ponerse de pie y la sujetó por el codo para ayudarla a mantener el equilibrio.

—Dentro de un momento, te pediré que te sumerjas del todo. Y entonces daré comienzo al hechizo. —Merlín hablaba con rotundidad, lentamente, y no rompía el contacto visual con Vera—. Y en cuanto empiece el hechizo, es muy importante que no vuelvas a la superficie. ¿Lo has entendido?

Ella asintió e intentó que no le castañetearan los dientes.

—Quedarme bajo el agua. Entendido.

—Solo tenemos una oportunidad —dijo él—. ¿Estás preparada?

—Supongo que sí —respondió, respirando entrecortadamente—. ¿Y tú?

—Lo estoy.

La calma que transmitían sus palabras tranquilizó un poco a Vera, que agradeció la mano que la sostenía.

—¿Quieres contar hasta tres o voy a por ello directamente? —preguntó Merlín.

—Tú hazlo y ya —dijo ella.

—De acuerdo. Y… ahora.

Vera respiró hondo y metió la cabeza bajo la superficie. Merlín no le había especificado hasta qué profundidad debía sumergirse, así que se limitó a dejar de pelearse contra la fuerza que ejercía su vestido, que tiró de ella hasta que las rodillas le llegaron al fondo. Mantuvo los ojos cerrados todo el tiempo y, aunque no lo hubiese hecho, tampoco habría podido ver si Merlín también se había sumergido porque estaba todo demasiado oscuro. Sintió cómo la mano de Merlín se dirigía hacia su hombro y lo presionaba con firmeza, no como un empujón, sino como un nudo que la sujetaba.

No notó nada extraordinario. Era como… como estar bajo el agua. Vera no le había preguntado cuándo debía volver a subir ni cuánto tiempo tendría que aguantar la respiración. Los segundos se alargaban y no sucedía nada. Ella permanecía totalmente inmóvil. Al cabo de veinte segundos, sintió el comienzo de una pequeña quemazón en el pecho. A los treinta, le empezó a entrar el pánico. Con el agua tan fría, no podría aguantar la respiración mucho más tiempo. ¿Qué pasaría si intentaba salir demasiado pronto? Sin que ella se lo hubiera ordenado de forma consciente, el instinto de supervivencia tiró de sus piernas hacia abajo cuando la necesidad de ponerse de pie se le hizo irresistible. Al tratar de impulsarse hacia arriba, sin embargo, la mano firme que le sujetaba el hombro la empujó hacia abajo con una fuerza sorprendente.

«Oh, mierda».

Abrió los ojos de golpe y miró al agua oscura que había sobre ella, buscando respuestas que nunca vería. Aunque estaba en la oscuridad, se dio cuenta de que la vista se le estaba nublando. Estaba ya a punto de perder el conocimiento, cuando el agua que la rodeaba se transformó.

Ya no era líquida. En su lugar, se convirtió en un gel espeso. Sus frenéticos movimientos ante la falta de aire cesaron; se quedó muy quieta. Todo estaba inmóvil, y entonces notó como si se abriera un vacío por debajo de ella. Vera sintió una gran sacudida y gritó en aquella agua gelatinosa, mientras su cuerpo era succionado violentamente hacia abajo, pero sin llegar nunca al fondo. Hubo un segundo en que el temor de que aquello no terminara jamás dominó su mente.

De todas partes y de ninguna, la llenó una voz que no había oído nunca en su vida.

Ishau mar domibaru.

Y después, ya no existió nada más.

Capítulo 6

La confusión de Vera se disipó cuando miró al cielo, con los ojos ya abiertos, y observó unas pocas nubes que flotaban en él. Tenía otro sonido en los labios: «ish». El sonido de una brisa de verano susurrando a través de campos floridos. Hubo más palabras; estaba segura de ello. Persiguió el sonido por su mente e intentó aferrarse a él, pero este se evaporó en la nada en cuanto lo tocó el pensamiento consciente. Vera se incorporó.

—¿Has dicho algo? —preguntó una voz masculina.

Vera se giró. Merlín estaba sentado en el suelo a su espalda, igual de desaliñado que ella.

—No lo sé —murmuró la joven.

El agua. Recordó cómo había cambiado y la sensación de ser succionada hacia abajo, y luego… ¿qué? Vera parpadeó. ¿Cómo había salido del agua? ¿O del templo?

Estaba sentada sobre la hierba verde de un campo abierto. Vera oyó fluir agua antes de darse cuenta de que había un arroyo junto a ella. Su mano izquierda descansaba en la parte menos profunda, sobre unas piedras lisas y redondeadas por las que apenas corría un dedo de agua. Pero esa mano era la única parte de su cuerpo que estaba mojada. El vestido, el bolsón, los zapatos…, todo lo que se había sumergido por completo con ella estaba seco. Vera levantó la mano y se tocó la cabeza. Ni siquiera tenía el pelo húmedo.

El arroyo serpenteaba por la ladera antes de desaparecer entre los árboles y el frondoso follaje que crecía debajo. Vera remontó las aguas con la mirada colina arriba, hasta el lugar de donde procedían: una fisura en la roca a menos de seis metros por encima de ella.

—¿Dónde estamos?

—¿Es que no lo sabes? —preguntó Merlín.

Se volvió hacia él y lo encontró de pie, quitándose la tierra de la túnica y recolocándose los bolsillos. Vera empezó a negar con la cabeza, pero el movimiento hizo que su cerebro empezara a ensamblar las piezas del puzle.

La desembocadura del arroyo estaba en una frondosa ladera. Se puso de pie a tientas y posó los ojos más allá de Merlín, en un bosquecillo situado tras él. No había casa del pozo y los árboles ocultaban el paisaje, pero estaba casi segura de que, de haber estado todo despejado, tendría delante el Tor.

—¡Oh! —Vera giró sobre sí misma, intentando captar todos los detalles—. ¡Oh! —repitió cuando empezó a reconocer el paisaje.

Colina abajo, la hierba estaba muy trillada y formaba un sendero en el mismo lugar en el que, supuestamente, estaba la carretera que ella conocía. Pasaba por delante de Vera y Merlín y rodeaba los árboles, donde intuyó que serpenteaba hasta la cima del Tor. Y en dirección contraria, Vera supuso que se apreciaba el rastro de lo que algún día sería la carretera que llevaría a la ciudad.

—¿Vamos? —dijo Merlín, al tiempo que señalaba el camino que tenían ante ellos.

—Eh…, sí, supongo. —Vera se cambió de lado la bolsa que llevaba al hombro—. ¿Así que ya está? ¿Hemos llegado? ¿Estamos en el año seiscientos y pico?

A Merlín se le escapó una risita y le dio a Vera una palmadita en el hombro.

—Eso es, exactamente el año seiscientos y pico. Ahora bajaremos a Glastonbury, cogeremos nuestros caballos y terminaremos el viaje hacia el castillo.

Vera había supuesto que el viaje en el tiempo también los llevaría a su destino, dondequiera que este se encontrara. No había caído en que vería Glastonbury en su forma antigua. Lo más seguro es que allí también hubiera gente, aldeanos que vivían su vida medieval. ¿Qué hacían para pasar el día? ¿De qué hablaban?

En ese momento, un atisbo de preocupación recorrió los pensamientos de Vera.

—El inglés de ahora es diferente, ¿no? —preguntó—. ¿Cómo voy a entenderlo y poder comunicarme?

—No tienes de qué preocuparte… Oh, cuidado por dónde pisas. —Merlín evitó que metiera el pie en el estiércol fresco de caballo que había en el camino—. Entenderás a todo el mundo perfectamente. Y ellos te entenderán a ti. Es…

—¿«Parte de la magia»? —terminó por él Vera.

—Aprendes rápido —dijo con cariño—. Cualquier coloquialismo que utilices se entenderá en la lengua común. No es necesario hacer ajustes. Aunque —añadió, haciendo una mueca como si casi no quisiera decirlo—, puede que debas evitar decir tantas palabrotas, como «joder». Se traducen bien, pero no es lo más apropiado para una dama de tu clase.

—Haré lo que pueda —dijo Vera lanzándole una mirada de reojo al mago.

Él se rio. Parecía mucho más divertido que molesto por sus payasadas. Le asombraba la calma con que Merlín se tomaba todo lo que tenía que salir bien para que Vera llegara hasta aquí. Lo único que quedaba en esa lista que tanto la intimidaba era que recuperara los recuerdos de Ginebra. El viaje en sí no había conseguido que le aflorara ninguno. Estaba pensando en una forma de recordarlos, cuando el borboteo del arroyo cercano, la brisa entre los árboles y el canto vespertino de los pájaros empezaron a mezclarse con otros sonidos.

Habían salido ya de la zona boscosa cuando oyeron un alboroto que procedía de más adelante. Era un alboroto de voces…, de muchas voces. Y había música: melodías de cuerdas, flautas y cantos que traía el viento. Había una casita a la izquierda, y las dos ventanas que flanqueaban la puerta tenían los postigos de madera abiertos. Una niña de siete u ocho años salió corriendo a carcajadas de detrás de la casa y se coló por la ventana abierta, con las trenzas cayéndole sobre la cabeza. Justo cuando la niña desapareció, el que debía de ser su hermano pequeño dobló la esquina, con el chillido alegre de un niño de cinco años. El pequeño tuvo que esforzarse mucho más para meterse por la ventana detrás de la niña.

La reconfortó mucho observar que los niños se comportaban igual que en su época. Una ráfaga de viento les trajo el olor de la comida que se cocinaba a fuego lento en el interior. Ya era tarde, y el estómago de Vera se lo recordó. Se alisó el pelo alborotado por el viento y se dio cuenta de que llevaba la coleta deshecha. Vera paró de caminar un momento para quitarse la goma del pelo y peinarse bien.

—Eso me recuerda algo —dijo Merlín rebuscando en otro bolsillo de la túnica y sacando una delicada corona en forma de aro. Estaba hecha de fino metal entrelazado en un patrón redondeado y delicadamente moldeada hasta un punto en el que había una única piedra de luna de forma ovalada—. Deberías ponerte esto.

Vera se trenzó el pelo y se lo puso sobre el hombro. No estaba segura de cuál era el estilo del peinado en el siglo vii, pero una trenza normal y corriente le parecía correcta. Merlín la ayudó a colocarse la corona de modo que la piedra de luna quedara en el centro de la frente. Se quedó maravillada de lo bien que se adaptaba a su cabeza. Claro que, cayó en la cuenta, eso era porque ya la había llevado antes.

Merlín la miró y sacudió la cabeza.

—Perfecta. Pareces… tú.

Cuanto más caminaban, más casitas había a ambos lados del sendero, cada vez más ancho. También aumentaba el número de personas con las que se encontraban. Y casi todos los que pasaban les saludaban con respetuosas reverencias o genuflexiones a la vez que murmuraban «señora» o «majestad». Desde el otro lado de la calle cuchicheaban tras las manos y señalaban con el dedo. Vera tenía las palmas de las manos sudadas a pesar del frescor de la noche. Ni una sola vez en su vida le había prestado atención tanta gente.

Se recolocó la falda para asegurarse de que la tenía bien puesta en las piernas.

—¿Es normal este tipo de atención?

—Es normal para ti, querida —respondió él amablemente mientras le cogía la mano a ella y se la enroscaba en el codo—. Te conocen. Me atrevería incluso a decir que te adoran. Arturo es un rey muy querido. Habéis estado muchas veces en Glastonbury. Y eso causa una buenísima impresión en la gente.

—¿Tengo que responder de alguna manera en concreto? —preguntó ella intentando mover los labios lo menos posible.

—Lo estás haciendo muy bien. —Le dio una palmadita en la mano—. Sonríe, di «buenas noches» si quieres. Es todo lo que tienes que hacer.

Aquella debía de ser la zona residencial más concurrida. Las casas estaban pegadas unas a otras, sus ocupantes salían y entraban, las hogueras estaban encendidas y había grupos que cenaban sentados en mesas al aire libre. Vera oyó más risas de las que esperaba. El sendero terminaba y reconoció vagamente que allí habría estado High Street. Doblaron la esquina y lo que vio no la decepcionó en absoluto.

Trastabilló hasta detenerse por completo. La sorpresa hizo que Vera se quedara inmóvil. La callejuela estaba ahora rodeaba de edificios, todos de piedra o madera, y bastante más pequeños que las estructuras de la época de Vera. Pero no fueron aquellas construcciones las que la dejaron sin aliento. Había farolillos brillantes, del tamaño de balones de fútbol, colgados alegremente: cruzaban por encima del camino de tierra e inundaban la calle con una suave calidez. Había carros y puestos cada pocos metros. Vera olió las especias antes de verlas. Los orgullosos vendedores exponían sus productos por todas partes: comida, joyas, ropa y elegantes telas. Y también había artistas que vendían pinturas, dibujos y bordados. Cuando la música volvió a sonar, Vera buscó con la mirada de dónde venía hasta dar, justo pasado el puesto de especias, con la troupe de artistas, que tocaba en ese momento una animada canción. Vera no tardó en descubrir que trataba de un hada traviesa que se colaba en las casas y bendecía a los niños con magia.

Porque sí, efectivamente, había magia.

Cuando los observó más de cerca, vio que los farolillos que cruzaban de lado a lado de la calle no colgaban de cuerdas, sino que se balanceaban en su sitio por sí solos. Y lo que brillaba en su interior no era una llama, sino alguna fuente de luz que Vera no supo identificar. Al otro lado de la calle, un niño pequeño manejaba un carro. Detrás de él, una mujer asaba unas nueces sobre un fuego azul, y de ellas emanaba un aroma delicioso. Vera se fijó en otra mujer más adelante, que le estaba cobrando a un cliente que levitaba a unos treinta centímetros del suelo.

Mirara donde mirara, había algo sorprendente. Merlín guio a Vera a través de la multitud de gente que la observaba con tanto interés como ella a ellos. Llegó a la altura de dos cantantes, un hombre y una mujer, que ejecutaban con un misticismo sin igual una armonía a cuatro voces…, aunque solo eran dos. El Glastonbury que había amado toda su vida sería para siempre un lugar especial. Pero este mercado nocturno del Glastonbury medieval parecía una extravagante feria sacada de un cuento de hadas.

—Debemos seguir nuestro camino, Ginebra —dijo Merlín. Le iba a costar acostumbrarse a aquel nombre.

Dejó que la guiara sin apartar los ojos del feliz espectáculo que la rodeaba.

Llegaron al final de la calle mágica demasiado pronto, y ya no había ni farolillos que brillaban ni apenas gente.

—Arturo se reunirá con nosotros allí.

Merlín señaló al final de lo que sería High Street: en la tranquila oscuridad, Vera pudo distinguir un granero.

Se le hizo un nudo en el estómago. Merlín debió de ver cómo cambiaba su expresión.

—No tienes por qué ponerte nerviosa. Reconectar con él te ayudará a que afloren tus recuerdos. Supongo que te acordarás de él antes que del resto. Esto será bueno para ti —le dijo.

La seguridad que él le transmitía a Vera tenía un límite. Ella inhaló con firmeza y asintió. Cuando se acercaron al establo, Vera vio que había alguien sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Estaba tan oscuro que no podía distinguir sus rasgos, pero el hombre sí debió de verlos a ellos, porque se levantó. El nudo del estómago se cerró aún más.

Era él.

—¿Por qué no te adelantas tú? —dijo Merlín—. Os daré un momento a solas.

Eso era precisamente lo que ella no quería. No sabía cómo hacer para que se le movieran los pies. ¿Cómo iba a identificar como marido a uno de los hombres más famosos de la historia? Por el amor de Dios.

Su «marido». Se habría reído de lo absurdo del asunto si no fuera porque, a su vez, era aterrador. A Vera no le salieron ni palabras ni voz para protestar. Allí estaba, clavada en el sitio. Merlín la empujó con cariño. Y ella dio un paso tembloroso, y luego otro.

El corazón le retumbaba en el pecho y la sangre le bombeaba por el cuerpo tan deprisa, que casi la notaba latir en las yemas de los dedos. Estaba convencida de que él podía ver lo mucho que temblaba. Antes de darse cuenta, los pies ya la estaban conduciendo a él. Era guapo y alto, con un cuerpo ni ancho ni estrecho, sino esbelto, musculoso y en forma. Llevaba una barba corta, recortada a la altura de la barbilla, y tenía el pelo castaño miel lo bastante largo como para que un mechón le cayera sobre la frente. Lo que más le llamó la atención a Vera fue la bondad que emanaban sus ojos. Y, en cuanto sus miradas se encontraron, Vera sintió un profundo afecto que le brotaba de las entrañas.

—Hola —dijo, dudosa.

Ella no se había fijado en la expresión tensa en los labios de él hasta que el hombre los relajó al oír su saludo. La preocupación que se reflejaba en las líneas de su rostro se convirtió en alivio y le brillaron los ojos. Fue corriendo hacia Vera y la abrazó. Ella se dejó abrazar por él tímidamente, sobre todo para ver cómo se sentía al apoyar la cabeza en su hombro y corresponder a su abrazo tocándole la espalda con una mano.

Él le apoyó las manos en los hombros y dobló un poco las rodillas para ponerse a su altura. Frunció el ceño mientras la examinaba detenidamente.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Creo que sí —dijo ella con una media risa nerviosa.

Aunque no se acordaba de él, Vera tuvo al instante la sensación de que ya lo conocía. A lo mejor esto podría funcionar.

—¡Maldita sea!

Vera dio un respingo al oír la voz de Merlín cerca de ella.

—¿Dónde demonios está Arturo? —exclamó, fulminando con la mirada al otro hombre.

Vera se puso tensa y se volvió hacia aquel extraño que la sujetaba por los hombros. ¿No era Arturo?

El desconocido vio la estupefacción en el rostro de ella. Dejó de sujetarle los brazos y se acercó a Merlín.

—¿Podemos hablar?

La templanza de Merlín, que Vera había presenciado hacía solo unos minutos, se había transformado en un enfado palpable. Asumió que, dada la gravedad de la situación, era comprensible. El desconocido, por su parte, se acercó a Merlín con amabilidad y le pasó un brazo por el hombro como a un viejo amigo. Vera no podía escuchar la conversación, pero observó, por sus gestos y su postura, que el hombre se esforzaba por calmar la ira de Merlín. Los miraba sin intentar ocultar su interés. Si había alguna razón por la que Arturo no se había presentado a un paseo a caballo de nada, después de que ella hubiese dejado atrás toda su vida, Vera se sentía con derecho a saberlo. Había creído que ella misma, y nadie más, podría ser el único obstáculo para el éxito de este plan. No se le había ocurrido preguntarse cómo se sentiría Arturo al respecto, ni se le había pasado por la cabeza, hasta ese preciso instante, que la relación entre Ginebra y Arturo quizá había sido infeliz.

Cuando Merlín se giró hacia ella, con el otro hombre un paso por detrás, Vera tuvo la sensación de que los esfuerzos del extraño no habían caído en saco roto: aunque Merlín seguía muy enfadado, el aura de furia se había disipado.

—Por lo visto me necesitan urgentemente. Yo me adelantaré a caballo y sir Lanzarote te escoltará hasta el castillo. Con él estarás a salvo.

Dio media vuelta y se fue corriendo al establo sin decir una palabra más, dejando a Vera a solas con Lanzarote.

—Mierda —dijo ella en voz baja.

Estaba más perdida de lo que jamás había estado respecto a sí misma y al mundo. Sentía una exasperante combinación de preocupación y ofensa por la ausencia de Arturo, pero también estaba tremendamente avergonzada por su interacción con el hombre que ahora sabía que era Lanzarote. Este se balanceaba desde los talones hasta la punta de los pies, con una leve expresión en el rostro, pero sin inmutarse siquiera.

—¿Le pasa algo a Arturo? —preguntó Vera.

—Ah, no, está bien —dijo con un gesto vago de la mano, como para quitarle importancia—. ¿Tienes hambre? Nos espera un largo viaje. Tres horas, tal vez.

Vera suspiró al tiempo que se preguntaba si Merlín no le habría ocultado intencionadamente la dificultad de toda esta odisea. Además, sí que estaba famélica. Solo se había comido unas tostadas y un té después de correr. Durante el almuerzo le había dado algún bocado rápido al estofado mientras atendía a los clientes, y luego se había puesto en duda toda su existencia, así que estaba totalmente agotada.

—Sí que la tengo —dijo.

—Ah, fantástico, porque yo también. —Le ofreció su brazo, que ella aceptó antes de que se dieran la vuelta para volver al mercado nocturno—. Allí hay un puesto con buenas empanadas. ¿Cerveza o vino?

—Eh… Cerveza —respondió Vera.

El agua podría haber sido una mejor opción, pero no estaba segura de que fuera fácil obtenerla y la vergüenza de la ingenuidad le impidió preguntar.

Lanzarote la guio a través de la creciente multitud bajo los farolillos mágicos. Fue directo a un puesto de comida en particular. Mientras él hablaba con el anciano que preparaba la comida, Vera se escabulló y volvió a la calle, con cuidado de no perder de vista a Lanzarote. Esta versión de Glastonbury era un poco caótica y luminosa, y bullía envuelta en magia. No había duda de que era el mismo pueblo que ella tan bien conocía, pero ahora lo veía como a través de un espejo lleno de joyas. Tenía tan arraigado el instinto de coger el móvil y hacer una foto que incluso hizo el gesto de llevarse la mano al bolsillo del pantalón, antes de recordar que no lo tenía. Le iba a resultar mucho más extraño acostumbrarse a aquello que a su nuevo nombre.

Sintió la presencia de Lanzarote en el codo. Portaba una jarra de cerveza en cada mano, con dos empanadas humeantes encima, y observaba a Vera con taimado interés. Ella se apresuró a quitarle el peso de una de las manos: cogió una empanada y una jarra, y lo siguió a una de las muchas mesas largas y compartidas, con bancos a ambos lados.

Vera se sentó y, al segundo, le dio un bocado lo más grande posible a la empanada sin que el gesto resultase grosero y sacudió la cabeza mientras masticaba. El relleno estaba tan caliente que Vera tuvo que dejárselo en la boca abierta y aspirar aire entre los dientes.

—¿Qué estabas mirando por allí? —preguntó Lanzarote.

Se estaba achicharrando la lengua y casi podía saborear el relleno de la empanada, pero juraría durante el resto de su vida que estaba delicioso. Cuando logró tragar, respondió:

—Todo es muy diferente a cómo son las cosas en mi época. La magia solo se encuentra en los cuentos, y, a ver, esto es… historia del país. Me enseñaron historia medieval en el colegio y ahora veo lo mal que lo hemos hecho todo. ¿Qué coño ha pasado entre medias?

—Nadie lo sabe —dijo Lanzarote, que tuvo que darle un sorbo a la cerveza para reprimir una sonrisa. Sonrisa que Vera interpretó de soslayo como una reacción a su colorido lenguaje. Ella, sin embargo, estaba concentrada en lo que él había dicho. No esperaba que tuviese una respuesta—. Merlín no puede acceder al tiempo entre este momento y el año 1900.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Vera.

—Porque soy muy listo y sé muchas cosas —dijo Lanzarote tras tragar un buen bocado—. La magia tiene sus límites.

—¿En serio?

—Sí, un montón de cosas. —Se inclinó hacia delante y miró a Vera con una intensidad socarrona—. Pregúntame lo que quieras.

Ella empezó a reír, lo que provocó una sonrisa de satisfacción en su acompañante.

—No, lo que quería decir…

—Ya sé lo que querías decir. Hay un bloqueo total en el que la magia no puede penetrar en los próximos mil trescientos años. No hay conocimiento más allá —dijo como si aquello zanjara el asunto.

—Oh.

Vera guardó silencio mientras se terminaba la empanada y le daba un sorbo a su cerveza, intentando poner en orden todo lo que había aprendido y lo que aún necesitaba preguntar. Que no era poco. Tenía la sensación de que, cuanto más le contaban, menos sabía. Sujetaba con fuerza la jarra, con el cuerpo en tensión por el esfuerzo que estaba haciendo para no entrar en pánico. «Respira hondo. No le des vueltas. Te encuentras bien».

No tuvo que esforzarse durante mucho tiempo, pues sus ojos se fijaron en un hombre que estaba completamente fuera de lugar en medio de un ambiente tan festivo: se abría paso entre la multitud, con la frente empapada en sudor y la mirada fija en Lanzarote. El miedo que sentía hacía unos instantes se disipó al verlo y ladeó la cabeza. Lanzarote siguió su mirada mientras el hombre llegaba hasta ellos y se apoyaba en la mesa con ambas manos.

—¡Sir Lanzarote! —dijo con la respiración entrecortada—. He oído que estabais aquí. Y qué oportuno, caramba. —Se giró rápidamente hacia Vera, que se estremeció ante la desconocida sensación de que se fijaran en ella—. Me alegro mucho de que estéis bien y hayáis regresado, majestad. Y, por favor, disculpad mi intromisión. Pero es que el asunto es urgente.

—¿Son los ladrones? —preguntó Lanzarote.

El halo que hasta ese momento lo rodeaba cambió de repente ante los ojos de Vera. Sus rasgos se afilaron un poco y el brillo de su amabilidad se oscureció en un instante. El Lanzarote que ahora tenía delante daba bastante miedo.

—Se les ha visto acercarse por la carretera del este. Llamaré a los soldados, si os parece bien. —El hombre se enderezó y se hizo evidente que deseaba entrar en acción cuanto antes—. Ya es hora de que les pongan el cepo a esos muchachos.

Lanzarote suspiró, como si fuera un poco reacio a la idea, pero asintió con la cabeza, y el hombre se dispuso a marcharse. Pero entonces, a Lanzarote se le iluminaron los ojos y agarró por el brazo al hombre que se retiraba.

—Espera. ¿Han herido a alguien?

—¿Los ladrones? No —respondió rápidamente el hombre—. Nada más que rasguños y magulladuras, por suerte.

—Hum. —Lanzarote tamborileó con los dedos en la mesa. Miró brevemente a Vera—. Garth, ¿podrías concedernos un momento a la reina y a mí?

Garth, con la tensión de la prisa, resopló y apretó los labios.

—Lo sé, lo sé. El tiempo es oro —continuó Lanzarote y levantó un dedo—. Un solo momento.

Se inclinó hacia Vera, que estaba al otro lado de la mesa, mientras Garth se alejaba unos pasos a regañadientes.

—Los ladrones a los que se refiere… son unos muchachos —le dijo rápidamente—. Poco más que niños. Unos mierdecillas, sin duda. Llevan tres semanas tendiéndoles emboscadas a los viajeros en el Camino del Rey… y sorteando con éxito a los soldados de la zona, lo que dice bastante sobre la astucia de los chicos.

—O sobre la competencia de los soldados —bromeó Vera.

Lanzarote sonrió y bajó la mirada a sus manos.

—Tienes razón. En cualquier caso, no unimos a toda la maldita nación ni luchamos contra los invasores durante diez años para que esos chiquillos convirtieran el Camino del Rey en un peligro. Pero dicen que están sin hogar. Es evidente que nadie se ocupa de ellos, pero tampoco podemos permitir que continúen con sus acciones. Porque, si no, sucederá una de estas dos cosas: que roben a la persona equivocada y acaben muertos…, o que esos mierdecillas crezcan y se conviertan en una grandísima mierda. Y la mierda grande ensucia tanto que no se puede limpiar, si es que me disculpas la expresión.

—No hace falta que te disculpes —dijo Vera—. Es bastante ilustrativo.

Garth se aclaró la garganta y cambió el peso de un pie a otro.

—Creo que puedo darles un buen susto y meterlos en vereda cuando nos vayamos de aquí. Si te parece bien. —Lanzarote le seguía hablando solo a Vera—: Y si todo va según lo previsto, mañana tendrán una vida mejor que la que han tenido hasta hoy. Tú no tendrás que hacer nada y procuraremos que nadie te vea. No estarás en peligro directo.

Vera fingió incredulidad enarcando una ceja, pero para su sorpresa se estremeció por la emoción.

—¿No «directo»?

La media sonrisa de Lanzarote casi logró que a Vera se le cayera la fachada. Mierda. Él era adorable… y, joder, le estaba empezando a gustar demasiado. Pero eso no fue lo que la hizo tambalearse, sino que él dejara de sonreír para decirle, con una apasionada sinceridad:

—Yo cuidaré de ti, majestad. —La voz le salió mucho más sombría de lo que debería.

Y ella lo creyó.