cap

 

A quienes me cuidaron

con paciencia y ternura,

porque me enseñaron

a escuchar

y a implicarme

para intentar

que el mundo sea

un poco más amable.

A todas las personas

que una vez necesitaron

un poema,

una palabra amable

y que, quizás, aquí

lo encuentren.

Prólogo

 

Supongo que en el prólogo a un libro ajeno parece feo o inadecuado empezar hablando de uno mismo. Aunque no me queda otra. En tanto poeta y como profesor de poesía improvisada, incluso como director de la Academia Oralitura, cada vez me siento más feliz, orgulloso y realizado. Pero no por mí, sino por mis alumnos. Este libro es un claro ejemplo.

Hace unos años tuve la dicha de tener de alumna a la joven poeta Clara Carusa. Asistió a dos de los cursos que impartía en la Academia Oralitura, el de Introducción a la décima y el de Improvisación poética. Luego, con el paso del tiempo, me sorprendí al ver cómo aquella joven llevaba a la práctica las enseñanzas de la improvisación (no solo en décimas, también en verso libre, y no solo oralmente, también por escrito), juntando en su personalidad y en su obra dos importantes frases. Una, que daba título al curso del que fue alumna («A improvisar se aprende improvisando»), y otra del gran poeta Federico García Lorca («La poesía anda suelta por la calle»).

La joven Clara Carusa resultó ser una militante activa de la poesía, o una activista militante de lo poético. Parapetada detrás de una máquina de escribir (tecnología demodé) y convirtiendo el parque del Retiro madrileño en un plató poético al aire libre, Clara Carusa lleva varios años escribiendo para los transeúntes, transformando en poemas la vida de los otros, sus alegrías y tristezas, sus vacíos y emociones. Hace poco escuché decir a Fernando Aramburu en la radio que la poesía solamente era útil cuando convertía en poetas a sus lectores, que esa era su única función. Estoy de acuerdo. Eso es, precisamente, lo que hace la joven poeta Clara Carusa. No solamente convierte en poetas a los transeúntes que le piden poemas, sino que convierte en poesía sus vidas, sus vivencias personales. Un amor. Un desamor. Una pérdida. Un encuentro. Una nostalgia. Una amistad. Una anécdota. Todo es materia prima para la poesía y todo ocurre ahí, en la calle, como decía Lorca. Poesía vivencial; poesía confesional. Verdadera poesía de la experiencia (y no experiencial y, mucho menos, experimental). Poesía que nace para que Clara deje, como quería Lezama Lima, «un rasguño en la piedra», una huella en el mundo. En esta época en la que el concepto poesía es tan escurridizo; en esta época, en la que el apellido contemporáneo tiende a difuminar o a borrar las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas, la poesía transeúnte o poesía transitoria de Clara Carusa da una lección diaria de humildad creativa y de utilidad sin apellidos. En esta época de egos incendiarios y de críticos volátiles agarrados al palo mayor de sus propios conceptos poéticos, Clara Carusa deja carusamente claro que su único mástil es la poesía en sí misma y que, no me cansaré de citar al gran Nicanor Parra, «todo es poesía menos la poesía».

Escribe Clara con claridad endogámica, como si su nombre hiciera justicia a su estilo poético. Escribe Clara claramente. Escribe Clara y aclara con sus poemas las emociones más diversas de quien le pide ayuda. Porque, no nos engañemos, la gente que pide poesía no pide poemas; en realidad, pide ayuda. O, seamos más claros, nosotros también: la gente que pedimos poemas no pedimos poesía, sino ayuda. Es la única forma de mendicidad positiva que conozco. Estiro la mano, en postura noblemente mendicante, y pido ayuda en forma de versos. Tengo miedos, tengo dudas, sufro nostalgia, estoy herido de amor y estiro la mano frente a una joven que tiene antídotos para todas estas cosas y que no me conoce.

Pero la joven Clara tiene una clara misión en esta vida: ayudar a los otros, salvar a sus lectores, ser su portavoz ante sí mismos. Y lo hace con elegancia y sabiduría. Y encima, como es una joven de su tiempo, o sea, de su época, tiene una versión virtual de sí misma en Instagram, en una cuenta que se ha viralizado para asombro de Whitman, Borges y Góngora (¿quién iba a decirles que tanta gente seguiría y compartiría poemas?). Clara lo ha conseguido. Poemas que debes escuchar al menos una vez en la vida es su eslogan, su gancho, y caemos en él como moscas los demás. A ver, ¿qué poema debo escuchar? Y aceptamos, o descubrimos, que la joven Clara tiene claro qué es la buena poesía. Tiene buen gusto. Tiene formación. Tiene una fina sensibilidad lectora. Y entonces nos dejamos conquistar por ella.

Entre la joven que improvisa diariamente poemas propios al ritmo de un teclado mecánico en el Rastro y la joven que viraliza poemas de otros (clásicos, modernos, contemporáneos), hay una hermosa zona de misterio. ¿Quién es Clara Carusa? ¿Qué métodos y criterios sigue para su selección poética? ¿De qué y sobre qué hablan sus propios poemas? Este libro sirve para resolver ese misterio: una mujer admiradora y seguidora de los grandes poetas, ¿sobre qué y cómo escribe sus propios poemas? Esa es la pregunta que subyace y he aquí las respuestas.

La poesía de Clara Carusa es como ella. Tiene los ojos grandes para vernos mejor. Tiene cejas negras y expresivas para escenificar bien el asombro. Tiene su poesía incluso un piercing en la nariz para distinguirse de otros poetas sin nariz ni olfato. Su poesía es joven, como ella. Su poesía es transparente, como ella.

Clara Carusa hace llorar a una joven con un poema improvisado para su madre en el Retiro. Es un poema sentimental, espontáneo, directo. Pero, luego, esa misma Clara Carusa rescata otro poema improvisado y lo convierte en poema-poema, en Instagram, para calmar a otros: «Si no sabes cómo decirle a tu mente que pare, / quizás este poema te venga bien escucharlo antes de dormir», empieza el post. Y aclara luego: «Los poemas que elijo para compartir, como los que escribo improvisados en el Rastro de Madrid, los escojo porque pienso que son comunes a muchas personas y que pueden ayudar a muchas más». Otra vez la búsqueda de la poesía útil.

Es la misma Clara Carusa que más tarde en su casa, sin las simpáticas y útiles prisas de la improvisación, escribe poemas de autoconocimiento:

Aprendí

a amarme

incluso los días que no me quiero

y ya no me traiciono.

Y que se desnuda en el papel para evitar equívocos:

Soy ligera y transparente,

y no me cabe nada más.

Son sus poemas acordes a los que yo llamo poemas consejeros. O poemas terapéuticos. Con el tono casi táctil de los libros de autoayuda. Un poema de Clara te pone la mano en el hombro, como un padre o un amigo. Un poema de Clara te abraza. Otro te lanza un beso. Otro te carga la bolsa de preocupaciones para aliviarte el peso.

Deja que salga

lo que ya no aguanta dentro,

suelta la barrera,

sácalo,

arrolla lo que pesa.

Suelta todo

hasta el cansancio

de la misma lágrima…

Tiene también su poesía cierto tono ensayístico, reflexivo, que se aviene muy bien con los filosofemas y los aforismos. Quizás por eso sus lectores deben tener a mano un lápiz, de punta fina y larga, para practicar el deporte favorito de los consumidores de poesía: el subrayismo. Yo lo haría.

Me cuenta Clara Carusa que, además de mis cursos sobre décima e improvisación, tomó clases —también en la Academia Oralitura— con Pedro Poitevín sobre poesía y matemáticas y, con Gema Corredera, un curso de canto. Se me antoja que algo de todo esto tiene su obra poética: la belleza del canto y su ductilidad, la exactitud de las matemáticas en temas y palabras, la frescura de la improvisación, el impacto epigramático de la décima. En estas ciento sesenta páginas con ochenta poemas, pasa y posa la joven Clara en todas sus facetas, y lo hace siempre con un objetivo muy claro, tal como lo anuncia en su Instagram: «Escribo poemas a medida para expresar aquello que necesites».

Leer en caso de es un libro con una estructura clara, como ella: bloques de poemas bien identificados, para que las personas encuentren el momento idóneo o cotidiano que estén viviendo y puedan identificarse con los versos.

Que el libro se titule Leer en caso de es ingenioso y acertado, y a su vez una advertencia y una invitación. Clara Carusa ha escrito su tercer libro de poemas (antes vinieron Gotas, autoeditado en 2020, y Personas sin problemas pero con problemas, en 2021), un libro que, en sus propias palabras, «contiene poemas para diferentes momentos de la vida, para que las personas que acudan a la lectura de la poesía se puedan sentir acompañadas y emocionadas en diferentes ocasiones». Y añade: «Lo inspira la improvisación que llevo a cabo en el Rastro». Y esto me gusta. Que la improvisación inspire la poesía, que desemboque en ella, me enorgullece mucho después de tantos pleitos que la estigmatizan. Sí, señores poetas; la improvisación no siempre es poesía, pero sí que es siempre poética y, a veces incluso, incuba poemas, desemboca en ellos y estos poemas conforman un libro como este que pone luz en vuestras manos.

Aprovechen. Aprovéchenlo. Aprovéchense. Leer en caso de es un libro vivo y vital. Fresco y sincero. Limpio y transparente. Necesitado (de lectores) y necesario. Un libro para llevar en el metro y en el autobús, en la playa y en el parque, en casa y en el trabajo. Un libro útil. Un libro feliz. Un libro que nos hará a todos, como quiere Aramburu, un poquito poetas.

ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA

Sevilla, 1 de enero de 2025

Poemas para…

Mis

emociones

Que necesites volver a priorizarte

Serme fiel,

siempre recordarme,

para que no se sequen mis raíces,

para que no desaparezca en los otros,

diluida en sus peticiones,

en sus necesidades.

Serme fiel,

para conocerme,

reconocer mis cambios al pasar el tiempo.

Para verme siempre entera,

compañera de mí misma,

respetuosa de mis instintos,

que saben lo que quiero,

que no me dejan caer al abismo.

Aprendí

a amarme

incluso los días que no me quiero

y ya no me traiciono.

Que te sientas pletórica

Nada me apaga ahora.

Toda la electricidad se juntó entre mis pies

y no toco el suelo.

Lo hice,

lo dije,

lo conseguí.

Hoy todo está en línea,

las curvas son suaves,

se abre el camino en

las calles.

Nada me para ahora.

Ni una mala mirada,

ni la falta de sueño,

ni el puñal en la espalda.

Soy ligera y transparente,

y no me cabe nada más.

Si vienes conmigo,

te abrazo en mi juego,

te cuento historias,

ya dormiremos luego.

Hoy lo puedo todo

y a todo me entrego

porque me desperté libre,

y la libertad venció al miedo.

Ilustración de dos pájaros volando