Si tienes este libro en tus manos, tal vez no estés pasando precisamente por tu mejor momento. Quizás ahora mismo tu vida está patas arriba o te sientes atrapada en un pozo de difícil salida. Vamos, que a lo mejor te sientes un poco en la mierda y, como objetivamente no es el mejor lugar en el que quedarte, te gustaría saber cómo empezar a salir de ahí para colocarte en un lugar más bonito, inspirador, seguro y agradable.
Antes que nada, déjame decirte algo: amiga, yo he estado ahí. Y no cuatro días, no. He estado en ese pozo años y años, viendo la vida pasar sin saber muy bien cómo salir de aquella situación. SPOILER ALERT: sí, salí de ahí, y quiero que tú también lo hagas, que te liberes de aquello que no te aporta, que te lances a cumplir tus sueños, que tomes las riendas de tu vida.
Tranquila, no tienes que hacer esto sola. Te prometo que te acompañaré en tu proceso de transformación e intentaré que estas páginas sean una potente herramienta para ti. Y lo haré contándote poco a poco mi historia, el camino que he recorrido hasta convertirme en quien soy ahora: una mujer feliz, segura de sí misma y que ama su vida por encima de todo.
Lo que soy ahora es fruto de lo que he sido. Y sí, tal vez en este momento sea una mujer feliz y orgullosa de mí misma, pero te prometo que no siempre fue así. Tal vez mi historia se parezca a la tuya, tal vez te remueva como a mí al recordarla, tal vez te inspire para dejar atrás ese dolor que cargas.
CUANDO ESTÁS ABAJO
Cuando fuimos invisibles
Soy la pequeña de cinco hermanos de una familia obrera, desordenada y humilde que sobrevivía como podía en los 90. Me crie en el bar de mis padres, un negocio abierto casi a demanda de los clientes desde las seis de la mañana para empezar con los desayunos hasta las dos de la madrugada si se alargaban las cenas. Mi padre solo cerraba la noche de Nochebuena y el hombre llegaba tan cansado que más de un 24 de diciembre ni se sentaba a la mesa para cenar. No hace falta que te diga que era un adicto al trabajo; era infiel a mi madre con su negocio y también un padre ausente, un completo desconocido para mí.
Por otra parte, mi madre hacía lo que podía. Enganchada a una relación tóxica, se dejaba arrastrar al maldito bar intentando salir de un bucle de deudas que no dejaban de surgir. Se quedó embarazada de mí casi a los cuarenta, algo ahora habitual, pero muy extraño entonces. Claramente fue una sorpresa para todos y siempre sentí que no era merecedora de nada, ya me habían hecho un favor al darme un lugar en aquella familia caótica.
Cuando mi vecina Sabina me veía sola en la calle o sentada en la puerta de la cocina, me invitaba a pasar a su casa y no tardaba ni cinco minutos en quedarme frita en su sofá. Muchas noches tenía que dormir en el coche de mi madre, un viejo Renault 21 con unas fundas de peluche blanco y negro animal print que llegué a sentir como un hogar, hasta las dos de la mañana, cuando mis padres cerraban el bar. No sé qué edad tendría yo, pero mi cuerpo cabía perfectamente en aquel asiento trasero.
Algunos años después busqué mis estrategias para no pasar tanto tiempo sola en la calle. Salía del colegio y siempre intentaba ir a casa de alguna compañera con la excusa de hacer los deberes. Me encantaba vivir una tarde en una familia ordenada, con una merienda preparada por un adulto que te obligaba a hacer la tarea. Un espacio con normas que yo no tenía; a mí nunca me pidieron las notas ni jamás se sentaron a ayudarme con los deberes. En casa de mis amigas, nos tirábamos las tardes dibujando. Cuando eran las ocho, amablemente me invitaban a irme y entonces volvía al bar, cenaba algo y, si no tenía suerte con las vecinas o hacía demasiado frío para estar en el coche, juntaba cuatro sillas y dormía allí mismo.
Era invisible, o así lo sentía yo. Una vez, cuando tenía seis años, me escapé del bar y nadie vino a buscarme. Volví dos horas después y nadie se había dado cuenta de que me había ido.
No había tiempo para mí. Ni siquiera cuando nací merecí la importancia de apuntar mi fecha de nacimiento correcta y cada año recuerdo que mi cumpleaños oficial no era el día que tocaba. Tampoco había tiempo para peinarme, por eso llevé el pelo corto como un chico hasta los seis, ni había tiempo para comprarme ropa bonita, así que vestía con ropa heredada de mis primos y hermanos. En la función de Navidad, tampoco dedicaron unos minutos a hacerme una falda de pastora y atarme un pañuelo en la cabeza: tuve que ser pastor con el traje de mi hermano.
Me enseñaron que era responsable para ser un ente independiente que volvía solo del colegio porque estaba junto al bar, pero también para ir a catequesis, que estaba más lejos. A los ocho años, heredé una bici y mi hermano de trece años me enseñó el camino del bar a mi casa para que mis padres no tuvieran que perder su tiempo en llevarme.
A mediodía yo dejaba de ser invisible, había un minuto en el que hablaban conmigo; mi padre abandonaba su trabajo para preguntarme: «¿Qué quieres comer?». No sabes la felicidad que sentía en aquellos segundos, cuando mi padre, como cocinero orgulloso, alardeaba de mí con los clientes sobre lo bien que yo comía. Así que la pequeña Miriam desarrolló con lógica la siguiente estrategia: si pedía un segundo plato, mi padre me miraría dos minutos en lugar de uno. De esta forma encontré en la comida una herramienta para merecer cosas buenas, al menos por dos minutos del día, pero desarrollé un trastorno compulsivo de la alimentación que llegaría más tarde.
Cuando había muchos clientes, ayudaba en el bar y eso me hacía sentir útil: por fin era «importante» en aquella sociedad hostelera. Al principio mis padres me pedían que llevara la cuenta a la mesa para que me dejaran propina, ya que siempre solía ser más generosa si una niña pequeña te la llevaba. Pronto aprendí a montar una mesa, con el mantel de papel sujeto a la mesa con pinzas, cubiertos enrollados en la servilleta, aceitera completa y copa. «¿Qué le traigo para beber?», preguntaba a los clientes. Aquella diminuta camarera improvisada era muy graciosa. El pan me lo cortaba mi hermano, hasta que un día cogí el cuchillo y lo corté yo. Recuerdo que me tuve que subir a una caja de Coca-Cola para llegar a la mesa de corte.
Por las tardes, también era útil como «alarma». Mi padre estaba solo y tenía una silla de playa en la cocina, donde descansaba un par de horas. Mi trabajo era sencillo, solo tenía que despertarlo cuando entrara un cliente. Mientras, yo sola me hacía un vaso de leche con colacao y comía algo que yo misma me había comprado en la panadería. Pronto aprendí a preparar siete cafés diferentes en aquella Faema manual de los 90. Café solo, recuelo, cortado, bombón, manchado, carajillo, café con leche y leche manchada. No podía equivocarme, ya que si no tendría que despertar a aquel padre agotado, y si alguna tarde no podía quedarme me sentía responsable, porque su descanso dependía de mí. Por supuesto, en aquel momento mis padres no me pagaban, era obligatorio colaborar en el negocio familiar.
En mi casa no se escribían cartas a los Reyes Magos, simplemente dejaban lo que ellos consideraban (o lo que pillaran de última hora). Tampoco había caprichos especiales, así que cuando quería algo me tocaba ponerme creativa para conseguir el dinero. Con nueve años aprendí a hacer pulseras de hilo y me puse a venderlas en la puerta del bar, y con lo que me saqué me compré el paquete de hojas de cambiar de Sad Sam que tanto quería.
Solía llegar tarde todos los días porque dependía de mis padres, adultos ocupados que siempre iban sin tiempo y que me dejaban en el Fulgencio Ruiz después de que la sirena hubiese sonado. Al principio me daba vergüenza, pero al final me acostumbré y entendí sin querer que la puntualidad no era importante; he llegado tarde a todo durante la mayor parte de mi vida. La disciplina y las rutinas nunca fueron mi fuerte. Hasta los catorce años no empecé a lavarme los dientes, lo hice porque vi que mis amigas lo hacían; tampoco fui merecedora de aprender algo tan sencillo como esto.
Podría contarte mucho más, pero creo que con esto es suficiente para que te hagas una idea del entorno en el que viví. Mi familia me crio lo mejor que supo en aquellas circunstancias, así que crecí creyendo que:
• No era suficiente.
• No era merecedora de nada bonito.
• No era una prioridad para nadie.
• Para poder sobrevivir es necesario trabajar sin descanso.
• Para que me quisieran, debía olvidarme de mí y contentar al resto.
• Debía ser responsable de mí misma, sin delegar ni pedir ayuda.
• Cultivar buenos hábitos no era algo importante.
• No era digna de amor sin condiciones.
• La vida es trabajar sin descanso.
• Soy responsable de los problemas de los demás.
• No está bien quejarse, reclamar atención o expresar mis emociones.
¿Te suena alguno de estos puntos?
Las creencias que adoptamos en nuestra infancia nos acompañan toda la vida, a menos que aprendamos a cuestionarlas y transformarlas.
Durante años, estas fueron mis creencias limitantes, aquellas que detuvieron mi crecimiento personal. La herida más profunda que cargo desde entonces es la de sentirme ignorada en mi niñez; aunque he trabajado mucho para sanarla, aún hay días en que me veo a mí misma como aquella niña invisible. Me creí completamente las etiquetas que otros me impusieron y llegué a pensar que una vida distinta a la que conocía no era posible.
A mi niña interior se le ha ocurrido un pequeño juego secreto, entre tú y yo. Para que te sientas acompañada en esta guía, vamos a mandarnos mensajes en clave, que estarán a la vista de miles de personas, pero solo nosotras sabremos lo que significan. Si te apetece jugar, en cada bloque te dejaré la contraseña que tienes que escribirme en cualquier vídeo de mi perfil de Instagram @miriamalegria. Seguro que en algún momento te das cuenta de que hay otras personas jugando a esto y en el mismo punto que tú; es solo una pequeña señal para que todas veamos que no somos invisibles y no estamos solas.
La contraseña de hoy es esta:


CUENTA TU HISTORIA
Tus creencias de la infancia
¿Con qué creencias creciste? Te invito a reflexionar sobre aquellas creencias que se arraigaron en ti durante tu infancia. Este ejercicio es un primer paso para conocerte mejor, sin juicios, y comprender cómo estas creencias influyen en tu vida actual.
Las 13 creencias más habituales:
1. No soy suficiente o no soy digno de amor: Surge cuando el niño no recibe afecto, atención o aceptación incondicional, o cuando percibe que no cumple con las expectativas de sus padres, maestros o entorno. Puede ser el resultado de críticas constantes, abandono emocional o amor condicionado al logro de metas, así como de comparaciones frecuentes o la falta de validación emocional.
2. El dinero es malo o el éxito no es para mí: Aparece en entornos donde se desvalorizan los logros o donde hay mensajes familiares negativos sobre el dinero, como «el dinero no da la felicidad», «el dinero cambia a las personas», «somos pobres pero honrados» o «si tiene dinero, algo malo habrá hecho». Estas creencias pueden limitar la ambición, generar miedo al fracaso o al rechazo y bloquear la relación con la abundancia y el éxito financiero.
3. Siempre tengo que agradar a los demás, no tengo derecho a decir que no, o mi opinión no importa: Se desarrolla en entornos donde no se respetan los límites del niño, se espera obediencia absoluta o donde el amor y la aprobación dependen de la complacencia. También surge cuando los adultos desestiman o ignoran lo que el niño dice. Estas creencias fomentan una personalidad complaciente y pasiva, dificultan la expresión de necesidades y deseos, y promueven la falta de límites saludables, lo que puede llevar a relaciones tóxicas.
4. El mundo es un lugar peligroso: Nace en ambientes donde predominan el miedo, la inseguridad o la sobreprotección. Esta creencia limita la capacidad de asumir riesgos y explorar nuevas oportunidades.
5. No puedo hacerlo solo o no soy inteligente/capaz: Se origina por comentarios como «no es lo tuyo», «tú no entiendes» o «déjame hacerlo yo». Refleja la falta de confianza en las habilidades del niño por parte de los cuidadores, lo que limita la confianza en el aprendizaje y la capacidad de asumir retos intelectuales.
6. Mis necesidades no son importantes o soy una carga para los demás: Aparece en familias donde se priorizan las necesidades de los adultos o hermanos mayores, o donde el niño siente que su presencia o necesidades generan molestias. Estas creencias fomentan sentimientos de culpa, baja autoestima y descuido del propio bienestar.
7. No es seguro expresar mis emociones: Surge en familias donde las emociones son reprimidas, ignoradas o castigadas, con frases como «no llores», «no es para tanto» o «sé fuerte». Limita la capacidad de conectarse emocionalmente con los demás y consigo mismo.
8. Soy responsable de los problemas de los demás o no puedo ser feliz si los demás no lo son: Estas creencias fomentan la codependencia y el sacrificio personal. Suelen surgir en familias disfuncionales donde el niño asume responsabilidades emocionales desproporcionadas y desarrolla la idea de que su felicidad está ligada al bienestar de los demás.
9. No puedo confiar en los demás: Aparece cuando el niño experimenta traición, abandono o promesas incumplidas. Esta creencia fomenta el aislamiento y la desconfianza en las relaciones.
10. Debo ser como los demás para encajar o no destacar para no molestar: Surge en entornos donde la conformidad es más valorada que la individualidad o donde destacar provoca envidia, críticas o rechazo. Estas ideas limitan el desarrollo personal, fomentan el miedo a ser diferente y llevan a la pérdida de autenticidad.
11. No puedo cambiar quién soy: Se basa en mensajes como «así eres tú» o «nunca cambiarás». Limita la capacidad de creer en el desarrollo personal y en la posibilidad de transformación.
12. Es mejor no intentar para no fallar o las cosas buenas no duran: Aparece a raíz del miedo al fracaso inculcado por críticas excesivas o experiencias tempranas de pérdida o desilusión. Estas creencias llevan a la procrastinación, evitan asumir desafíos y dificultan disfrutar los momentos felices.
13. No debo cometer errores, debo ser perfecto o siempre tengo que esforzarme más que los demás: Se origina en ambientes perfeccionistas donde se castigan los errores o no se toleran las equivocaciones. Esto genera miedo al fracaso, parálisis ante decisiones importantes, agotamiento y una autoexigencia desmedida. También está ligada a la creencia de que el amor o la aceptación dependen de un desempeño impecable.
Creencia n.º 1:
¿Qué situaciones la originaron?
¿Sigues creyendo que es cierta? ¿Por qué?
¿Esta creencia te limita actualmente en algo?
Creencia n.º 2:
¿Qué situaciones la originaron?
¿Sigues creyendo que es cierta? ¿Por qué?
¿Esta creencia te limita actualmente en algo?
Creencia n.º 3:
¿Qué situaciones la originaron?
¿Sigues creyendo que es cierta? ¿Por qué?
¿Esta creencia te limita actualmente en algo?
Tómate el tiempo para escribir con honestidad y empatía hacia ti misma, explorando cómo estas creencias han influido en tu vida. Este ejercicio es un espacio seguro para comenzar a desatar nudos internos y abrirte a nuevas perspectivas. Más adelante, te acompañaré en el proceso de transformar estas creencias en pilares que impulsen tu crecimiento personal.
Viví en Londres una pequeña temporada con la idea de aprender inglés trabajando como au pair para una familia de seis y su golden Joe. En mi rutina diaria estaba incluido un largo paseo con aquel compañero, al que le encantaba correr libre por el parque. Soy de Murcia, una zona desértica en el sureste de España, por lo que me quedé impresionada la primera vez que pisé aquel parque lleno de verdes. Caminábamos un buen rato hasta que llegamos a una zona de robles enormes, los más grandes que yo había visto jamás.

Cada día me sentaba un ratito frente a uno de estos árboles gigantes y me fijaba en su copa, intentando ver qué pájaros anidaban allí. Los días de viento podías encontrarte en el suelo unas diminutas bellotas que pasan desapercibidas, casi invisibles. Fue entonces cuando encontré la metáfora del roble y la bellota. A mí me gusta contarla como si la narrara mi abuela:
«Una anciana solía sentarse cada tarde bajo la sombra del gran roble centenario en la plaza del pueblo. Le gustaba mirar con aquellos ojos llenos de sabiduría por el paso del tiempo a los niños que jugaban en aquella replaceta. Los pequeños, que ya la conocían, se sentaban en el suelo frente a ella y decían: “Señora Joaquina, cuéntenos el cuento”.
»La abuela se reía mientras cogía del suelo algunas bellotas, se las daba a los chiquillos y decía: “¿Habéis visto la magnitud de este roble? Pues no siempre fue así. Hubo un tiempo en que no era más que una simple bellota como estas, así de pequeña e irrelevante, oculta entre las hojas del suelo. A primera vista, este fruto no parece ser nada especial, ¿verdad? Es tan diminuto que cualquiera podría pasar junto a él sin prestarle atención”.
»Joaquina hacía una pausa, permitiendo que sus palabras se quedaran fijas en aquellas mentes. “Para que la bellota crezca, necesita la magia de los cuatro elementos”:
Tierra, debe ser fértil para que puedan crecer las raíces que sujetarán el peso. Siempre nos fijamos en el éxito de este árbol al mirar su grandeza, pero ¿sabíais que hay una parte de él que no se ve? Para mostrarse así, ha tenido que trabajar mucho interiormente con sus raíces bajo tierra; a veces son incluso más largas las raíces que el propio árbol.
Fuego, en forma de luz, aporta pasión y motivación para crecer cada día más. Con ella hace la fotosíntesis, que le permite renovarse y transformarse cada amanecer.
Agua, debe ser abundante para que nutra todo nuestro árbol cada día. El agua es el alimento principal de cualquier árbol, como lo es la formación para nuestro desarrollo.
Aire, con el viento entrena sus ramas frente a las adversidades para hacerlo fuerte y resistente. Aprende a ser flexible para adaptarse a cualquier situación o época de cambio. Lo ayuda a liberarse de las cosas que quiere dejar ir, como sus hojas secas, para poder renovarse.
Además de los cuatro elementos, hay algo más importante que todo esto: el tiempo. Así como todos necesitamos un entorno de amor, oportunidades y paciencia para florecer, la bellota está llena de sueños, esperando el momento propicio para comenzar su transformación.
El viaje de la bellota no es fácil, enfrenta tempestades, vientos imposibles, el frío del invierno o las sequías del verano. Pero persiste, porque sabe que dentro de ella hay un roble esperando a nacer; al igual que nosotros cuando enfrentamos desafíos y tiempos difíciles debemos recordar que tenemos dentro la capacidad de crecer y convertirnos en algo grandioso. Finalmente, la bellota se convierte en un gran roble, un árbol fuerte, que proporciona sombra, refugio y hogar para aves, un símbolo de vida y resiliencia. Por lo tanto, cada persona que se permite crecer y superar las dificultades, se convierte en esperanza y fortaleza para ella misma y para los demás”.
»Los niños miraban el roble con ojos nuevos, comprendiendo el esfuerzo de su crecimiento. Joaquina concluía así: “Recordad siempre, dentro de cada uno de nosotros hay una bellota. Con el tiempo, el cuidado adecuado y la paciencia, podemos convertirnos en robles majestuosos, capaces de transformar el mundo a nuestro alrededor”.
Dentro de cada uno de nosotros hay una bellota con el poder de transformarnos en un enorme roble, capaz de cambiar el mundo a nuestro alrededor.
