Playlist

Playlist

Are You Even Real – Teddy Swims & GIVEON

2:27

Nights Like This – Kehlani feat. Ty Dolla $ign

3:21

Asking For Too Much – Aaron Page feat. Tone Stith

2:56

My Boo – Alicia Keys & USHER

3:43

Hate That I Love You – Rihanna feat. Ne-Yo

3:38

Second Chances – Kiana Ledé feat. 6LACK

3:12

Hold On – H.E.R.

3:23

Change – Arin Ray & Kehlani

3:12

hillside – Gabriel Jacoby

2:52

Nobody Gets Me – SZA

3:00

Reason – Blxst

2:59

A New Thing – Madison Ryann Ward

3:37

Favorite Girl – Marques Houston

3:33

One Of These – Ella Mai

3:44

Anyone – Justin Bieber

3:10

ICU – Coco Jones

4:01

Brown Eyed Lover – Allen Stone

3:57

BIRDS OF A FEATHER – Billie Eilish

3:30

Run Through Fire – Pink Sweat$

3:04

Easy (Unplugged) – DaniLeigh

3:59

This Is – Ella Mai

3:26

4 Ever – Lil’ Mo feat. Fabolous

3:42

1

Rio

—Mi preferido es el corte esmeralda.

Con el tenedor y el cuchillo en la mano, troceo mi bistec y digo:

—No sé. Este corte porterhouse está cocinado a la perfección.

—Diamantes, Rio. —El tono de Chelsea reniega de la paciencia—. No carne.

No me digas, se refiere a los diamantes… Mientras tanto, yo me esfuerzo por hacerme el tonto porque lo último de lo que quiero hablar en una segunda cita es de su estilo de anillo preferido. Me gustaría saber si es una persona amable. Si se lleva bien con su madre. Si le gusta viajar. Joder, ni siquiera sé si tiene alguna alergia.

—Soy intolerante a la lactosa.

Su cara muta en confusión ante mi súbito cambio de tema.

—¿Qué?

—Lácteos. —Le doy otro bocado al bistec—. Me dejan jodido. A veces me tomo una pastilla con antelación y otras simplemente voy a pelo y lidio con las consecuencias.

—¿Acabas de decir que vas «a pelo» refiriéndote a la ingesta de lácteos?

—Sí. Si hay helado y no llevo encima ninguna pastilla, no voy a dejar de comérmelo, ¿sabes? ¿Eres de esas personas afortunadas con un estómago que tolera los lácteos?

—Te estaba preguntando qué tipo de anillos llevan las mujeres de los otros jugadores del equipo. —Vuelve a desviar la conversación justo hacia donde no quiero que vaya, de modo que sigo comiendo y me niego a responder—. ¿Alguna tiene que trabajar? —opta por decir entonces—. Seguro que no.

—Algunas trabajan, sí. Una de mis mejores amigas está casada con mi compañero de equipo y trabaja en una protectora de perros mayores.

A Chelsea se le arruga la nariz, pero logra dominarla y vuelve a forzar una sonrisa.

—Bueno, supongo que es bonito.

—¿Tú cómo te ganas la vida?

Me atraviesa un breve instante de preocupación por si ya me lo ha dicho y lo he olvidado.

Habíamos ido a cenar poco antes de que me marchara a pasar fuera el verano, pero, como hacía tanto tiempo, ya no recordaba nada malo de la cita. Así que, cuando me preguntó si me interesaba volver a quedar, pensé: «¿Por qué no intentarlo de nuevo?».

A ver, la verdad es que no fue exactamente una pregunta. El mensaje decía: «¿Cuándo vas a llevarme por ahí otra vez? El viernes estoy libre». Pero supongo que da lo mismo.

—Creo contenido —responde sin titubeos—. Cosas tipo influencer. Moda y estilo de vida, más que nada.

—Qué guay. Así que trabajas para ti misma. ¿Te gusta?

Se encoge de hombros antes de pulirse la copa de chardonnay y agitarla en el aire sin hablar para que le traigan otra, ceja levantada y mirada expectante incluidas.

«Eso no me gusta», pienso para mis adentros.

«A lo mejor no se da cuenta de que es de mala educación», trato de justificar.

—Me gustan las ventajas que tiene —prosigue—. Puedo seguir mi propio horario. Me dan productos gratis. Esas cosas.

Esperaría a que me preguntara a qué me dedico, pero eso ella ya lo sabía antes de nuestra primera cita.

—¿Tienes alguna mascota? —indago.

—No. Demasiada responsabilidad.

—¿Estás unida a tu familia?

—No especialmente.

«Rio, ¿y tú estás unido a tu familia? Pues sí. Acabo de regresar después de tres meses en Boston, donde he pasado mucho tiempo de calidad con mi madre durante el receso de la temporada. Gracias por preguntar».

Su chardonnay llega a la mesa antes de que el camarero retire los platos ya vacíos y estoy a punto de dar la velada por concluida.

Me regaño a mí mismo por sentirme así.

Por sentirme siempre así.

No recuerdo la última vez que acabé teniendo una segunda cita, así que supongo que debería centrarme en esa pequeña victoria. Porque lo que suele pasar es lo siguiente: Estoy ansioso por conocer a alguien, o más bien desesperado. Salimos una vez, no siento esa chispa y ahí es donde muere la conexión.

«Esfuérzate más».

—¿Qué haces para divertirte? —sigo diciendo.

—Casi siempre estoy por ahí con mis amigos. Me invitan a muchos eventos; eso me ocupa bastante tiempo. Disfruto haciendo ejercicio. Me gusta probar restaurantes nuevos…

—¡A mí también me gusta probar restaurantes nuevos! —Me incorporo, emocionado en exceso por haber logrado encontrar un punto en común.

Chelsea me mira, completamente indiferente a mi entusiasmo.

—Genial.

«Mierda».

—¿Te gusta la música? —digo en un nuevo intento.

—Como a todo el mundo, ¿no?

—Vamos a escoger una canción.

Saco el teléfono y empiezo a buscar en mi biblioteca de música.

—¿Escoger una canción?

—Sí, ya sabes, por nuestra segunda cita. Deberíamos escoger una canción que nos hiciera recordarla. Así, cuando la escuchemos, nos acordaremos…

Mis palabras mueren al verle la cara.

Los ojos se le abren como platos, casi gritándome lo anormal que le parezco, y, cuando abre la boca para responder, la cierra al momento porque no tiene nada que decir.

Porque no es ella. Nadie más lo ha sido.

—O no… —decido.

Vuelve a dibujar esa sonrisa forzada.

—Mejor que no.

Chelsea echa un vistazo a su alrededor, entiendo que en busca de la salida, y no la culpo.

—¿Quieres tomar postre? —pregunto.

Tarda unos segundos en decidirse, hasta que al final me sorprende inclinándose sobre la mesa y deslizando una mano sobre la mía.

—En realidad… —Su tono se ha vuelto meloso—. Estaba pensando que podríamos ir a tomar el postre a tu casa.

«Ah».

Eso… no me lo esperaba.

—He vuelto hoy mismo de pasar el verano en Boston, así que, por desgracia, no tengo nada de comer.

Me sonríe con aire seductor.

—No me refería a ese tipo de postre.

Ya, si está clarísimo que no se refería a ese tipo de postre, pero tenía la esperanza de que pensara: «No tiene ni puta idea de nada y es un pringado, así que vamos a dejarlo estar».

Pero es otra de esas situaciones en las que da igual si todo lo que digo son estupideces o, joder, incluso si no digo nada en absoluto. Al fin y al cabo, soy jugador de hockey profesional, y solo eso ya me facilita tener más primeras citas e invitaciones a pasar la noche de las que le cuento a nadie.

Pero sé lo que busco, y no es esta conexión.

—Chelsea, yo…

—Será divertido.

Me río entre dientes.

—Chelsea…

—¿De verdad vas a decir que no? —Sonríe buscando mi complicidad—. Rio…

Pronuncia mi nombre con un tono que bien podría significar: «Si me rechazas es que estás mal de la puta cabeza», y que le he oído a más mujeres de las que me gustaría admitir.

No cabe duda de que es una chica preciosa y, si yo fuera de los que se llevan a alguien a casa sin tener expectativas de futuro con esa persona, quizá lo haría.

Pero no es el caso.

Pago la cuenta discretamente cuando la dejan sobre la mesa antes de decir:

—Gracias por venir a cenar esta noche.

Es entonces cuando se da cuenta de que voy en serio con lo de que la cita se ha acabado. Pone los ojos en blanco, pero no dejo que eso me haga cambiar de idea, y luego saca el teléfono y se pone a escribir en la pantalla sin responderme.

—¿Vamos tirando? —propongo.

Ella no levanta la vista del dispositivo.

—No hace falta. Voy a encontrarme con unos amigos en una fiesta que hay a la vuelta de la esquina.

—Ah, vale. Como te he ido a recoger, he pensado que lo mínimo que podía hacer era…

Su sonrisa se vuelve compasiva mientras se levanta y desliza los brazos dentro del abrigo.

—Había hecho planes alternativos, pero pasa una buena noche solo, Rio. Gracias por la cena. —Agita los dedos con gesto descuidado y se escabulle por la salida que antes había estado buscando con la mirada.

Quizá debería sentirme desconcertado u ofendido, pero no es la primera vez que me dejan solo en una mesa después de decidir que no deseo seguir la noche en mi casa, y estoy seguro de que no será la última.

Aunque, a la mierda, esta copa de vino tinto que llevo saboreando toda la noche es una delicia y no estoy lo suficientemente avergonzado como para desperdiciarla. Así que vuelvo a sentarme en la silla de mi mesa individual y la disfruto mientras saco el móvil, que está a rebosar de mensajes.

Zanders: Rio, ¿has vuelto?

Indy: ¡Por favor, dime que sí! ¡Te echo de menos!

Stevie: Taylor ha preguntado dónde estaba el tío Rio todas las cenas de los domingos de este verano. Ha sido muy triste. No deberías volver a irte nunca más.

Kai: ¡Bienvenido de nuevo, tío!

Miller: ¡Las noches de chicas no han sido lo mismo sin ti!

Kennedy: ¿Esta es la primera cena de domingo en la que vamos a coincidir todos desde mayo? Estoy deseando veros.

Isaiah: Pero ¿ha vuelto Rio? No contesta.

Zanders: Más le vale. Mañana es el primer entrenamiento de la temporada.

Yo: No voy a responder hasta que todos y cada uno de vosotros hayáis preguntado si estoy bien, y me falta uno…

Zanders: ponerillorarderisa16

Kai: Hay cosas que nunca cambian.

Indy: Cariño, eso va por ti.

Ryan: No pienso hacerlo.

Miller: Ryan, podría estar herido, perdido o atrapado sin comida ni agua y nunca lo sabríamos porque tú no eres capaz de hacer una sencilla pregunta.

Isaiah: No sabía que el grupo había adoptado a un perrito.

Stevie: Es nuestro perrito.

Kennedy: Nuestro pequeño y dulce perrito que solo quiere saber si Ryan se preocupa por él.

Yo: …

Ryan: Está bien. Rio, ¿has vuelto o qué?

Yo: Tu interés y preocupación por mí no conocen límites. ¡Ya estoy en casa, cielo!

Ryan: No puedo con esto.

Yo: Lo sé. La distancia también ha sido difícil para mí, Ryan.

Ryan: Me largo de este chat grupal.

Lo hace durante una fracción de segundo, hasta que su mujer vuelve a agregarlo.

Indy: ¡Nos vemos todos el domingo en nuestra casa!

El arrepentimiento me remueve las tripas por no haber parado en alguna de sus casas cuando volví a la ciudad. En lugar de eso, me fui a la mía el tiempo suficiente para dejar las bolsas antes de recoger a Chelsea para nuestra cita.

Parte de mí piensa que debería abandonar. He buscado durante años sin descanso, desde que me mudé a Chicago, y empiezo a pensar que el amor verdadero ya no existe.

Luego recuerdo que he visto a ocho de mis amigos encontrarlo durante los últimos años, así que sé de primera mano que sigue ahí fuera.

Me acabo la copa de vino antes de escribirle a Indy por separado.

Yo: Me paso por tu casa de camino a la mía.

Indy: ¡Sí, porfa! Te he echado de menos. No vuelvas a irte de casa tanto tiempo.

—Deduzco que la cita no ha ido bien —aventura Indy mientras nos sentamos en el sofá de la sala de estar.

Ryan vuelve tras asegurarse de que sus hijos de dos años duermen apaciblemente y se une a nosotros para recibir el parte de lo sucedido.

—¿Alguna vez van bien? —pregunto a modo de respuesta.

—¿Adónde la has llevado?

—Al Sullivan’s, en la Octava.

Ryan se pone rígido en su asiento y una sonrisa juguetona inclina la boca de Indy.

—Ay, me encanta ese sitio. Estuve allí en una ci…

—Cuidado, Blue —dice él con brusquedad mientras tira de ella hacia su regazo.

Se sonríen entre ellos como si compartieran un secreto, y quizá me parecería todo demasiado almibarado si no fuera porque yo deseo lo mismo para mí con todas mis fuerzas.

Pero además el secreto no es tal. Todos sabíamos que, antes de estar juntos, Ryan se había llevado a Indy de una cita en el mismo restaurante al que yo había ido esa noche.

Indy fue auxiliar de vuelo en mi equipo de hockey hace unos años y, desde entonces, ha sido mi mejor amiga. Conoció a su ahora marido cuando la hermana de Ryan le ofreció una habitación en casa de él, y el resto es historia. Ryan es el capitán del equipo de baloncesto de Chicago y, aunque he sido fan suyo durante años, con el tiempo también se ha convertido en un buen amigo.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta Indy.

—Ella… —Dudo—. No estaba por la labor. No le interesaba. Ya me conoces. O acabo en la zona de amigos o las asusto.

No era del todo mentira. A ella no le interesaba saber qué quiero.

Lo que no les cuento a mis amigos es con cuánta frecuencia no las asusto. No les explico las veces que soy yo el que intenta ponerse en la zona de amigos y no funciona. Les dejo creer que soy un perfecto idiota sin ningún tipo de habilidad para ligar, porque eso parece más fácil de explicar que el hecho de que tengo veintisiete años y nunca, ni una sola vez, me he enrollado con nadie con quien no sintiera una conexión profunda.

Voy poco a poco. Siempre ha sido así. Joder, no perdí la virginidad hasta los diecinueve años e, incluso entonces, fue con una chica a la que conocía desde los doce.

—Lo siento, tío —dice Ryan—. Son cosas que pasan.

—Sí, puede. —Me levanto y me estiro—. Bueno, me voy. Solo quería pasarme un momento a saludar. Os quiero, chicos.

—Te quiero, Rio.

—¿Lo has oído, Ryan? —pregunto desde la puerta principal—. ¿Has oído con qué facilidad lo ha dicho?

Él niega con la cabeza.

—Eso no va a pasar nunca.

—¡Nunca digas nunca, Shay!

Cuando paro el coche en mi entrada ya es tarde, pero las luces nuevas del jardín delantero de mi vecina iluminan la casa de al lado lo suficiente como para ver que no es la misma junto a la que vivía tres meses atrás.

—¿Tu casa siempre ha tenido mejor aspecto que la mía? —pregunto mientras salgo del coche.

Wren se ríe desde el buzón, mirando su hogar por encima del hombro.

—No. Llevan reformándola todo el verano, pero, para ser una pobre estudiante de posgrado, ¿verdad que tengo una casa mucho más bonita que la del jugador de hockey profesional que vive al lado?

Nos encontramos en la acera, a medio camino entre nuestras propiedades, y me inclino para darle un abrazo.

—¿Un buen verano? —pregunto.

—Tanto como cabría esperar del último antes de acabar el posgrado, lo que quiere decir que he vivido en un aula, no he visto la luz del sol y me he pasado los fines de semana estudiando en una zona en construcción. ¿El tuyo?

—Ha estado bien. Me ha encantado pasar algo de tiempo con mi familia. Y también estar unos meses en Boston.

Me echa una mirada de complicidad.

—¿Cómo de insoportable se te hace la idea de dejar atrás otro otoño del noreste?

—Ni lo menciones.

Señala hacia mi casa.

—Te he dejado el correo sobre la isla de la cocina. He abierto las ventanas un par de veces por semana para que el aire no estuviera cargado. Y tu única planta está creciendo bien, así que de nada.

—Es una suculenta, Wren. Lo único que tienes que hacer es dejarla en paz.

Asiente con un gesto de aprobación, claramente orgullosa de sí misma.

—Bueno, entonces he hecho un buen trabajo.

Wren es mi vecina desde hace años. Su hermano compró la casa contigua a la mía para que ella tuviera un lugar donde vivir mientras estudiaba, y desde entonces hemos sido buenos amigos.

«Buenos amigos» de los que de vez en cuando rajan de otros vecinos mientras se toman una cerveza o de los que se ofrecen una taza de azúcar si al otro se le ha acabado. O, como en este caso, de los que cuidan la propiedad del otro si uno se va de viaje fuera de la ciudad.

Sus hermanos son deportistas profesionales, así que nunca se ha inmutado al verme a mí o a mis compañeros de equipo cuando vienen a casa, algo que siempre me ha gustado de ella.

Somos las dos únicas personas de esta calle que viven solas; las demás casas están llenas de familias. En realidad tiene mucho sentido, ya que son viviendas enormes con cuatro o cinco dormitorios. Hay una universidad cerca, así que algunas casas alquilan habitaciones a estudiantes de posgrado, pero están tan ocupados estudiando que nunca los veo.

El hermano mayor de Wren, Cruz Wilder, es un famoso jugador de baloncesto que compró la casa que hay junto a la mía para que su hermana pudiera vivir sin tener que pagar ningún alquiler mientras estudiaba. El plan siempre había sido personalizar la vivienda, que estaba decorada con materiales de bajo coste, y venderla para obtener beneficios una vez que ella acabara el posgrado. Él lo llama «inversión», pero he conocido a Cruz. Simplemente no quiere que su hermana se estrese buscando un buen sitio para vivir durante sus años de universidad.

A mí también me gusta decirme a mí mismo que me compré esta casa de nueva construcción con veintiún años porque estaba haciendo una inversión y no porque fuera un puto merluzo. En mi año de novato, ni un solo tío del equipo vivía fuera de la ciudad. Todos tenían apartamentos. Algunos de los chicos con contratos más pequeños compartían piso, pero todos estaban cerca del estadio, ya fueran en coche o andando.

Pero este gilipollas pensó que era buena idea comprarse una casa de cuatro dormitorios a veinte minutos de la ciudad. Como si creyera que iba a vivir en familia y no como un soltero de veintisiete años todo este tiempo después.

Al menos tengo algo de espacio, un bonito patio con jacuzzi y puedo decir que mi casa se ha convertido en el punto de recreo del equipo, básicamente porque cabemos todos.

Y ¿quién sabe? Puede que mi «inversión» dé sus frutos el año que viene.

Vuelvo a señalar hacia la casa de Wren.

—Entonces ¿has redecorado? ¿Pintando las paredes y eso?

—Algo así. ¿Quieres verla? —Mira la hora en el móvil—. Me quedan cinco minutos exactos de descanso antes de volver a mis estudios.

—Haremos una visita rápida. —La sigo—. La próxima vez que hagas una pausa, te invito a cenar. Pediré comida para llevar de ese sitio griego que te gusta y podrás contarme todos los cotilleos del vecindario que me he perdido.

Gira la cabeza hacia mí y levanta una ceja.

—¿Las próximas dos veces? —propongo en un segundo intento.

—Te he vigilado la casa durante tres meses y eres asquerosamente rico.

—Vale. Tres noches de comida para llevar y te saco la basura a la acera todas las semanas del mes que viene.

—Por algo eres mi vecino preferido.

Eso es lo único que hemos sido el uno para el otro: vecinos platónicos. No quiero que se me malinterprete, Wren es genial, pero nunca la he visto más que como una amiga, y sé que ella siente lo mismo por mí. Tengo muchas amigas y ella es una más.

Abre la puerta principal, que está recién pintada. Es de un marrón oscuro que contrasta grácilmente con el nuevo revestimiento verde salvia y el marcado ribete blanco.

El suelo es lo primero que veo. Un flamante parqué de tonos claros pero cálidos. Paredes realzadas: unas cubiertas de un moderno papel pintado, otras pintadas de colores sutiles a la par que cautivadores. La escalera luce una barandilla nueva, los armarios de la cocina han recibido una capa de pintura y las encimeras se han renovado para darles un estilo más personal. Incluso las lámparas son nuevas y brillantes y dan la sensación de cohesionar todo el espacio.

—Madre mía —exhalo mientras giro lentamente en un pequeño círculo y lo asimilo todo—. Apenas la reconozco.

—Esa chica ha hecho un trabajo increíble.

—¿Y quién es esa chica?

Normalmente les hago esa pregunta a mis amigos añadiendo sin hablar: «¿Está soltera?, ¿es maja?, ¿estaría interesada en alguien como yo?».

Pero ahora mismo más bien quiero saber quién narices ha transformado esta casa tan anodina en un hogar digno de revista y si esa persona está disponible para hacer lo mismo con la mía.

Está a años luz de la casa decorada con materiales de bajo coste que compró el hermano de Wren, y si acabo poniendo mi propiedad a la venta el próximo verano al mismo tiempo que la de él, estaré jodido. Nadie va a querer echarle un segundo vistazo a mi casa cuando la suya tiene este aspecto.

Wren me enseña el piso de arriba. Ahora el desván se ha configurado como sala de ocio o como posible espacio infantil, según el comprador. Cada dormitorio tiene un diseño único que refleja el mismo lujo y encanto personal que el resto de la casa.

Mientras me guía por el pasillo, me detengo al ver que en uno de los dormitorios libres hay una cama. Las habitaciones de arriba siempre han estado vacías, a diferencia del cuarto de invitados de abajo, que es donde se alojan sus hermanos cuando están en la ciudad.

Señalo el colchón desnudo que descansa sobre el somier.

—¿Wilder, va a venir un compañero de piso o algo por el estilo?

—Pues sí, una chica. Cuando se le acabe el contrato actual, en octubre.

Me sorprende oírlo, porque hace años que vivimos los dos solos en nuestras casas absurdamente grandes. Aunque los motivos de que nuestros hogares estén vacíos no podrían ser más diferentes.

Wren estudia demasiado y nunca ha querido compañeros de piso, y su hermano está lo bastante forrado como para permitírselo. Mientras que yo soy un triste gilipollas que ha estado esperando a alguien que nunca llegó.

—¿Por qué?

—¿Que por qué ahora quiero compartir piso? Porque la chica necesitaba un sitio asequible donde vivir y nos llevamos bien. De hecho, es la diseñadora de la casa. Este verano estuvo por aquí todos los días y nos hicimos amigas. Además, trabaja continuamente y solo vendrá a dormir. —Va asintiendo con la cabeza por el pasillo—. Venga, que te enseño el resto.

Los baños están renovados con azulejos y grifería moderna. Hay elegantes luces que cuelgan sobre las fotos enmarcadas del pasillo. Mola hasta el puto lavadero, que rebosa profundidad y carácter.

—Bueno, pues estoy jodido —afirmo sin medias tintas—. Nunca conseguiré vender mi propiedad si compite contra esto.

—Cruz no bromeaba cuando dijo que quería rentabilizar la inversión. —Me da un manotazo en el hombro—. ¿Sabes? Deberías hacer lo mismo. Contrata a un diseñador. Pon al día esa fraternidad del hockey que tienes por casa si vas en serio con lo de venderla.

¿Voy en serio con lo de venderla? Aún no lo sé, pero si la temporada pasada no firmé la ampliación anticipada de mi contrato con los Raptors fue por algo. No estaba seguro de querer pasar otros seis años de mi vida alejado de Boston. De mi ciudad natal. De mi familia.

Es probable que este sea el último gran contrato de mi carrera y me veo en la encrucijada de decidir si quiero jugar al hockey para Chicago durante toda mi carrera o si prefiero probar a ir por mi cuenta y cumplir mi sueño infantil de jugar para los Boston Bobcats.

Sin duda mi madre quiere que vuelva. Joder, si fuera por ella, vendería mi casa y me mudaría en cuanto acabaran la temporada y el contrato vigente.

Wren es la única persona de mi círculo de amigos que sabe que me planteo vender porque, en cuanto se saque el posgrado en primavera, ella hará lo mismo. Mudarse a casa para estar cerca de su familia.

—¿Cómo la has encontrado? —pregunto—. Me refiero a la diseñadora.

—¿Has oído hablar de Tyler Braden? Es un reconocido diseñador de interiores. De aquí, de Chicago.

Le lanzo una mirada carente de expresión.

—A ver, yo qué sé. Tiene una línea en Target y su propio programa en la HGTV. Tienes madre y como mil amigas. Pensé que igual te sonaba.

—¿Lo contrataste a él? ¿Cruz soltó toda esa pasta para luego revender?

—Bueno, eso quería yo, porque me obsesiona Tyler Braden y habría sido un sueño, pero te aseguro que el presupuesto que me dio mi hermano no daba para tanto. Sin embargo, sí que me llegó para contratar a una de sus becarias, y resulta que es increíble en su trabajo y ahora además mi nueva amiga, así que no dudaré en sobornarla para que me lleve a la fiesta navideña de Tyler Braden Interiors de este año. Al final todos salimos ganando.

Suelto una risita.

—¿Y cómo lo hago para contratarla?

—Te enviaré el contacto del estudio de diseño. —Saca el teléfono para enviarme un mensaje—. Mierda. Se acabó el descanso.

—Te dejo a lo tuyo. Me alegro de verte, Wren. Gracias por cuidar de mi casa todo el verano.

—Sin problema. Entonces ¿qué vas a hacer? ¿Contratar a la misma diseñadora?

—Tal vez.

Pueden pasar dos cosas. Que el próximo verano ponga mi casa a la venta o que eche raíces aquí a largo plazo. De una manera o de otra, la casa no puede venderse tal cual está y si por casualidad conociera a alguien con quien ir en serio… este no sería ni de coña la clase de hogar al que quiero llevar a una mujer.

—¡Oye! —Wren me da un manotazo en el bíceps—. ¿Cómo ha ido la cita?

Esa es otra. La cita me ha hecho recordar que llevo seis años en Chicago y es muy posible que esa persona especial no se encuentre aquí.

2

Hallie

—¿Y te acuerdas de dónde está el lavadero?

—Wren. —Me río entre dientes—. Solo hace dos meses que dejé de trabajar en tu casa. Claro que me acuerdo de dónde está el lavadero.

—Tienes razón. No sé por qué estoy tan rara. Es que hace mucho que no vivo con nadie y quiero asegurarme de que estés cómoda.

Si viera el estado del apartamento del que me mudo, no estaría preocupada por mi comodidad. Antes de la reforma, esta casa ya habría supuesto una mejora enorme con respecto a mi vivienda anterior, pero tras el lavado de cara…, bueno, ahora es tan apetecible como el alquiler que me cobra el hermano de Wren.

—¿Y tú? ¿Estás cómoda? —le pregunto dejando la bolsa de deporte sobre mi nueva cama—. Sé que ni necesitas compañera de piso ni probablemente quieras tener una, así que si esto te hace sentir…

—Estoy encantada de que estés aquí. De verdad. Será divertido.

Le sonrío agradecida mientras saco mi ropa de la bolsa.

—Yo también lo creo. Y, jolín, si al final acabamos odiándonos, al menos solo será algo temporal. En mayo podrás olvidarte de que existo.

Se ríe.

—No creo que eso vaya a ser un problema. Además, necesito que me presentes a Tyler Braden, así que, en el peor de los casos, simplemente fingiré que me caes bien.

—Por mí genial. Me da la impresión de que vas a ser la mejor falsa amiga y compañera de piso que he tenido jamás.

La verdad es que Wren no tiene nada de falsa. Es una persona amable y atenta de corazón. Siempre les traía café y postres caseros a los contratistas que estuvieron trabajando en la casa durante el verano. Se ofrecía a llevarme cuando me fallaba el coche, algo que al principio resultaba embarazoso, puesto que trabajo para un lujoso estudio de diseño de interiores y mi vehículo no grita precisamente «pompa y estilo». Y, cuando supo de mi otro trabajo y de las horas que echaba solo para conseguir llegar a fin de mes, me ofreció una habitación en alquiler a un precio mucho más barato del que pagaba por vivir en el centro.

Con el paso de los meses, nos enteramos de que las dos teníamos hermanos —ella, tres; yo, uno—. Nos unió el hecho de que ambas éramos de fuera —ella, de la costa oeste, y yo, de la costa este o de otra zona del medio oeste, según se mire—. Y enseguida nos dimos cuenta de que ambas estábamos tan ocupadas, entre sus estudios y mi trabajo, que vivir juntas seguramente sería muy parecido a vivir solas.

De modo que nuestra amistad no tiene nada de falso. Y saber que a mis veinticinco años he sido capaz de hacer una nueva amiga en una nueva ciudad me ha dado un subidón de confianza. Cuando era más joven hacía amigos enseguida, pero de adulto no resulta tan fácil.

Aunque Wren se mude a su ciudad natal cuando acabe el posgrado, mi idea es quedarme en Chicago a largo plazo, por lo que espero que ella sea solo la primera de la larga lista de amistades que voy a hacer aquí.

—Oye, ¿ha hablado mi vecino con tu empresa para contratarte? —me pregunta.

—¡Sí! Gracias por recomendarme. Necesito hacer otro proyecto grande antes de que acaben las prácticas y, viviendo tan cerca, el arreglo es perfecto.

—Me alegro. Su nidito de soltero necesita una renovación. ¿Cuándo empiezas?

—Pronto, espero. Me darán el resumen del proyecto el lunes, en la reunión de personal.

Señala la bolsa que he dejado sobre la cama.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Estaré bien. Todavía tengo que coger algunas cajas del apartamento cuando vaya al centro esta noche.

—Ah, ¿trabajas en el bar?

—Por desgracia, no. Intenté coger un turno, pero el encargado denegó la petición. Dice que acumularía muchas horas extra si trabajara esta noche. Pero tengo una cita y vamos a encontrarnos en las oficinas del centro, así que después recogeré las últimas cosas del apartamento.

Wren yergue la cabeza y se apoya contra el marco de la puerta.

—¿Una cita? Hallie Hart, te guardas lo mejor para el final.

—No te emociones demasiado.

—¿Quién es?

—Un nuevo cliente de Tyler. Hace poco se compró un apartamento y Tyler le está haciendo el diseño, así que nos hemos cruzado un par de veces por las oficinas.

—Pues no pareces muy contenta de que un tío rico con buen gusto te lleve por ahí.

Suelto una risita.

—No sé. Me siento halagada, pero ya llevo algún tiempo fuera del mercado y, francamente, mi preferencia actual es recuperar sueño. El caso es que Tyler me pidió que fuera y a mí me interesa hacerle la pelota porque quiero que me contrate a tiempo completo cuando termine las prácticas la primavera que viene.

—Me parece muy sensato. En el peor de los casos, conocerás a alguien nuevo y cenarás gratis. ¿Adónde vais?

—No estoy segura, se ha encargado él de la reserva, pero me dijo que fuera abrigada.

—Qué raro. —Se reincorpora junto al marco de la puerta, esta vez para irse—. Bueno, avísame si se te estropea ese coche de mierda que tienes y necesitas que te lleve a casa. Iré a recogerte encantada.

—Ey, no menosprecies a mi niña. Se encuentra perfectamente, muchas gracias, y no quiero que te oiga hablar mal de ella.

—Hallie, puedo oler la fuga de aceite de tu niña desde aquí. Prométeme que, cuando consigas ese empleo a tiempo completo, lo primero que harás será comprarte un coche nuevo.

He aparcado el coche «de mierda» en el punto más alejado del garaje para empleados con la esperanza de que nadie se fijará en él. A Wren no le faltaba razón. Está destartalado y sin duda pierde aceite.

Para ser sincera, eso no es lo único que pierde.

Le dije a Brian que nos encontraríamos en el restaurante, pero él insistió en que era mejor llevar solo un coche. Se ofreció a recogerme en casa, pero es la primera cita y no conozco de nada a este hombre, así que ni de coña iba a darle mi dirección.

El estudio de diseño es terreno neutral.

Parece un tío normal. Es guapo, un poco tímido y nervioso, pero eso está bien, supongo.

A decir verdad, no tengo muy claro cuál es mi tipo, si es que tengo preferencia por algún tipo de chico. Hace tanto que no siento esa clase de interés por nadie que es como si estuviera empezando de cero y averiguando lo que me gusta. Los últimos años he tenido demasiadas preocupaciones como para pensar en citas.

Aunque, siendo sincera, la idea de conocer de nuevo a alguien me parece aterradora, y puede que en parte ese haya sido el motivo por el que me he mantenido tan ocupada estos años: como excusa para evitarlo.

Por eso este rollo tímido y nervioso de Brian me da confianza.

—¿Vas a mudarte a Chicago? —Por fin rompo el silencio mientras él conduce—. Tyler me ha dicho que te has comprado un apartamento en la ciudad.

—No, no voy a vivir aquí a tiempo completo. Tengo una casa en el sur de Florida y otra en Arizona, pero la idea es venir cada pocos meses.

—Esas son muchas propiedades que administrar.

Se ríe para sus adentros, disipando parte de sus nervios.

—Tengo a una persona que me las cuida cuando estoy fuera.

Hago una pausa.

—¿Y quién es esa persona?

No me contesta, y mi atención se dirige inmediatamente hacia su mano izquierda, en busca de una marca de anillo de boda o de algún cambio en su tono de piel derivado de la falta de sol. No veo ninguna de las dos cosas, pero mi intuición femenina está en alerta máxima.

Esto es lo que detesto de las citas: intentar aprender todo lo posible no solo escuchando lo que dicen, sino también leyendo entre líneas. Es mucho más fácil cuando has crecido con esa persona y sabes cómo es tanto por dentro como por fuera.

Brian gira a la derecha en otra manzana y sigue la misma ruta que yo misma hago cuando voy del estudio de diseño al bar en el que trabajo.

—¿Dónde vamos a cenar? —pregunto.

—Es una sorpresa. —Sus ojos revolotean hacia mí y en los labios se le perfila una pícara sonrisa mientras se reclina en el asiento y va conduciendo su carísimo coche con una sola mano—. Por cierto, esta noche estás muy guapa.

La tímida fachada cae rápidamente hacia el territorio del flirteo.

Vuelvo a centrar la atención en la ventanilla del copiloto.

—Gracias. Tú también.

—¿Te gustan los deportes?

—¿Practicarlos o verlos?

—Verlos, en este caso.

—De vez en cuando. —Le echo una mirada de desconfianza—. ¿Por qué lo preguntas?

Su sonrisa se vuelve orgullosa, ya sin un ápice de timidez.

—Por curiosidad, nada más.

Brian reduce la velocidad al aproximarnos a una cola de vehículos y me doy cuenta de que las aceras están repletas de peatones que van en la misma dirección que nosotros. Los bares y los restaurantes de la manzana rebosan de clientes; la emoción es palpable incluso desde el interior del coche.

Se oye música por la calle, los edificios están iluminados con luces rojas, las banderas del equipo de Chicago cuelgan de las ventanas y, un poco más adelante, hay unos controladores de tráfico que guían a los vehículos hacia determinados carriles y aparcamientos.

La ansiedad me eriza la piel. Esa intuición a la que me refería ahora es un zumbido alarmante.

—Brian, ¿por qué me pediste que me abrigara?

Se ríe, pero no me contesta. En lugar de eso, baja la ventanilla para hablar con el controlador de tráfico y esta vez, cuando miro por el lado del copiloto y me fijo mejor, veo que toda esa gente de ahí fuera va vestida de rojo, negro y blanco.

Y todos se dirigen al United Center, en la calle de al lado.

No. No, no, no. No podemos ir allí.

—¿Vamos al United Center? —pregunto; ahora es mi voz la que suena nerviosa.

Una vez más, no me contesta y sonríe satisfecho como si creyera haberme impresionado profundamente. Pero no es así. Estoy aterrada.

Lo único que puedo hacer es rezar para que el partido de esta noche sea de los Devils. Baloncesto… Baloncesto estaría bien.

—Mi amigo tiene abonos de temporada y no ha podido venir —explica—. Espero que te guste el hockey.

«Me cago en mi vida».

Observo a la multitud que pulula alrededor del estadio. La mayoría de la gente lleva camisetas de los Raptors. Su camiseta.

Se me seca la boca.

—Podríamos haber venido andando desde el estudio.

«Así yo podría haber echado a correr en la dirección opuesta en cuanto me hubiera dado cuenta de adónde nos dirigíamos».

—Quería darte la oportunidad de que montaras en este coche. —Brian gira hacia un aparcamiento privado—. ¿A que soy adorable?

Su aire de timidez ha quedado atrás hace rato. Ahora es un engreído de cuidado.

Brian me habla mientras pasamos el control de seguridad privado y nos escanean las entradas, pero yo no lo escucho. Culparía al tumulto de gente que nos encontramos en los pasillos cuando entramos en el estadio, pero, sinceramente, lo único que oigo es el silbido de mis oídos.

Mi cuerpo es demasiado consciente de lo que tiene alrededor porque no debería estar aquí. Llevo evitando este edificio desde que me mudé a Chicago, hace seis meses. Ni siquiera me atrevía a caminar por la calle en la que se encuentra, y aquí estoy ahora, dentro de él.

Brian me guía hasta nuestro sector y yo voy detrás, escudriñando con ojos nerviosos el área que me rodea. Este estadio es enorme. ¿Cuántos asientos tiene? ¿Veinte mil? Es imposible que me vea entre tanta gente.

Pero no son solo personas. Son fans… que llevan su camiseta.

Doblamos una esquina y el corazón me da un vuelco, haciéndome parar en seco cuando me encuentro de cara con él.

Bueno, con una versión suya de seis metros impresa en un cartel y colgada del techo para disfrute de todos sus seguidores. En la pared hay otra en la que sale con una pose diferente. Es una imagen a tamaño natural con la que los niños se hacen fotos en el pasillo.

Oigo cómo la sangre me bombea en los oídos mientras contemplo esa cara. Esos ojos verdes. Esa sonrisa descarada.

La he visto más veces de las que podría contar.

—Hallie. —Oír mi nombre me saca del aturdimiento y veo que Brian está esperando junto a un señor mayor con el teléfono preparado para mostrarle las entradas—. Vamos. No queremos perdernos la caída del disco.

«Yo sí. A decir verdad, me gustaría perderme todo el partido».

Una gran cortina de terciopelo bloquea el acceso a los asientos.

—Que se diviertan —dice el señor mientras la sujeta para que entremos.

El hielo es de un blanco cegador. La música es atronadora. El frío es instantáneo.

Brian me pone la mano en la zona baja de la espalda para indicarme que pase delante de él. Eso hago, mientras me agarro a la barandilla de la escalera y me dirijo hacia arriba, alejándome del hielo.

Se ríe y gesticula con la cabeza hacia el lado opuesto.

—Nuestros asientos están allí, Hallie.

«Cómo no, joder».

Con la cabeza agachada, no miro al hielo mientras lo sigo. Me centro en la parte posterior de los pies de Brian, deseando que gire pronto hacia un pasillo, pero no lo hace. Sigue bajando, cada vez más cerca de la pista.

Siento cómo nos observan cuando pasamos junto a unos fieles seguidores. Ninguno de nosotros luce los colores o la camiseta del equipo; aun así, nos aproximamos a los asientos que están junto al hielo.

Les daría mi sitio si pudiera.

Se nota que el aire es más frío cuanto más avanzamos. Estamos demasiado cerca. Cerquísima. Y Brian no deja de caminar.

—¿Seguro que no nos hemos pasado ya la fila?

—Al cien por cien.

Me arriesgo a echar un rápido vistazo a la pista y, Dios, tengo la sensación de estar prácticamente en ella. En ese momento no hay ningún jugador patinando sobre el hielo, así que me tomo unos segundos para asimilarlo todo.

Él está en todas partes.

En las presentaciones de los jugadores que se proyectan en la pantalla, en las camisetas que tengo alrededor… Es un número diferente al que solía llevar, pero sé que se lo cambió cuando lo seleccionaron para la liga.

—Son estos —indica Brian al abrirse paso entre los aficionados que tienen las manos y la nariz pegadas al vidrio, esperando para ver un fugaz primer plano de alguno de sus jugadores favoritos cuando salgan patinando.

Porque es ahí donde estamos sentados. Frente al vidrio. En la fila uno.

—Chicago defiende dos veces en este lado —prosigue como si fuera la cosa más maravillosa del mundo que podamos sentarnos detrás de su portero durante dos de los tres tiempos.

Lo que pasa es que él juega de defensa.

Tengo que salir de aquí. Fingir que estoy enferma. Inventarme una emergencia. Aunque, si mi corazón sigue latiendo a este ritmo, es posible que no tenga que fingir demasiado.

—Gracias por salir conmigo esta noche —declara Brian poniéndome la palma de la mano en la rodilla—. Me alegré mucho cuando Tyler me dijo que habías dicho que sí.

Dios, soy lo peor. Este chico está intentando impresionarme y yo aquí teniendo una crisis existencial.

Antes de que pueda decidir si me voy o me quedo, se atenúan las luces y estalla la música. Mientras el locutor del estadio azuza al público para que busque su asiento, el equipo sale disparado del vestuario y las camisetas rojas pasan zumbando a nuestro lado de camino hacia el hielo.

No me atrevo a buscarlo. Mantengo los ojos fijos en mi regazo.

«Ha pasado mucho tiempo».

Tiene que jugar un partido. Estará concentrado en la pista. Tampoco es que vaya a salir ahí y ponerse a examinar a la multitud. Además, llevo el pelo mucho más corto que antes, así que, aunque le diera por echar un vistazo, no hay ninguna posibilidad de que me reconozca.

«Nunca sabrá que estoy aquí».

«No hay problema».

—Gracias por invitarme —le respondo a Brian—. Perdona si estoy un poco desubicada. Hace tiempo que no salgo con nadie.

—No te preocupes. Para mí también hace tiempo. —Me sonríe amablemente y luego hace un gesto con la cabeza hacia el hielo—. Vale, en el hockey hay tres tiempos. El ataque se realiza en cuatro líneas. Los verás haciendo cambios junto al banquillo y te parecerá un caos.

Sigue hablando sobre las reglas, y yo me vuelvo hacia él y asiento como si no las conociera, pese a que he ido a incontables partidos de cierto jugador.

A Brian le suena el teléfono en el bolsillo, pero lo ignora y reanuda su explicación:

—Ahora Zanders es el capitán. El número once. Defensor. Un cabrón engreído, pero increíblemente bueno. Su compañero en la defensa es DeLuca. Él…

—¡Agua! —grita alguien cerca de mi oído—. ¡Agua fría!

El vendedor sigue chillando y, por suerte, ahoga todo lo que Brian dice sobre el jugador al que conozco mejor que cualquier estadística que él pueda soltar.

Tras el himno y la habitual caída de la pastilla, empieza el partido, pero apenas lo veo. Me concentro en mi regazo, en el público, en cualquier cosa menos en el hielo que tengo delante.

El primer tiempo se alarga demasiado. Oigo que jalean su nombre demasiadas veces. Sé que está en este lado de la pista y lo único que puedo hacer es rezar para que llegue el segundo tiempo y por fin se cambie de lado.

¿Sería de mala educación si me largara después del segundo tiempo? Quizá pueda convencer a Brian de que no me encuentro bien y sería mejor quedar otro día.

Le vuelve a sonar el móvil, pero hace caso omiso.

—¡No me puedo creer que no estés viendo esto! —grita junto a mí.

—Es que no me encuentro muy bien.

«Eso es. Prepara el terreno».

No me oye, como tampoco oye su teléfono, que no para de recibir mensajes de texto.

Defienden los Raptors, lo que hace que se intensifiquen los vítores del gentío que me rodea.

Hay mucho ruido; aun así, vuelvo a oír el móvil de Brian.

—Te va a explotar el teléfono. —Alzo la voz para que pueda oírme.

Con los ojos fijos en el partido, en la acción que tiene lugar frente a nosotros, saca el teléfono para silenciarlo, pero entonces veo la pantalla. Hay innumerables mensajes de la misma persona. No sé qué dicen, pero, quienquiera que sea, a su nombre de contacto solo le han asignado un emoji. El del anillo de diamantes.

Brian le echa un rápido vistazo a la pantalla y enseguida trata de esconderse el dispositivo en el bolsillo, pero es demasiado tarde.

Lo he visto.

—Pensé que habías dicho que llevabas tiempo sin salir con nadie —le espeto con tono acusador.

Él no me mira.

—Y así es.

—¿Estás casado?

De nuevo, hace eso tan molesto de no contestarme, y entonces me doy cuenta de que la energía tímida y nerviosa de antes se debía a que estaba aquí saliendo con alguien que no es su mujer.

Mi risa de incredulidad suena un poco maniática, pero así es como me siento ahora mismo.

—Me voy.

Al ponerme de pie y ver que el partido sigue en juego, vuelvo a sentarme rápidamente y espero a que piten el final.

—Hallie, no es lo que piensas. Estoy en una relación abierta. Lo que pasa es que la abrimos hace poco, por eso llevo tiempo sin salir con nadie.

—¿Y no crees que deberías haberme dicho que estás casado? Venga ya. Vete a la mierda, anda.

Un tremendo golpe hace temblar el vidrio que tengo delante y desvío mi atención hacia el jugador de Tampa que ha quedado inmovilizado contra el muro tras una carga extremadamente dolorosa. El deportista se desploma sobre el hielo, lo que me ofrece una visión perfecta del hombre que ha asestado el mamporro, y ahí es cuando lo veo.

Rio DeLuca.

El número treinta y ocho baja la vista hacia su oponente mientras el público golpea la barrera con los puños, sacudiendo el cristal para celebrar el tremendo impacto.

Hace ademán de irse, pero, al cambiar el peso sobre las cuchillas, desvía la mirada hacia arriba.

Hacia mí.

Se queda inmóvil al reconocerme y la incredulidad se apodera de él. Los labios se le abren un poco mientras recorre cada centímetro de mi rostro con sus ojos verdes. Yo intento apartar la mirada, pero no puedo. Estoy demasiado perpleja, demasiado cautivada por el hombre que tengo delante y que ya apenas se parece al chico al que conocía.

Lo tengo muy cerca. Tan solo nos separa un trozo de plexiglás, y ahora sí que quiero salir corriendo. Parpadea rápidamente y frunce sus oscuras cejas en señal de confusión antes de fijarse en el tío que tengo al lado durante apenas un suspiro y después centrarse de nuevo en mí. Catalogándome. Estudiándome.

El estadio se ha vaciado.

Hay un silencio absoluto, solo estamos él y yo.

Recuerdo la primera vez que lo vi. También estaba jugando al hockey, pero entre aquel día y el actual han cambiado muchas cosas.

En el presente, es la única persona a la que he intentado evitar desde que me mudé aquí. La única persona que en un principio casi me hace rechazar las prácticas, simplemente porque sabía que vivía en esta ciudad.

Mi corazón palpita como antaño hasta que recuerdo todo lo que pasó.

Porque tal vez amara a Rio DeLuca hace tiempo, pero ahora ya no.

3

Rio

(12 AÑOS)

—Tienes que seguir trabajando ese equilibrio —apunta mi padre mientras me ayuda a levantarme después de una nueva caída; no me suelta los brazos hasta haberse asegurado de que me mantengo estable sobre los patines.

—El entrenador dice… —Las ruedas vuelven a salir volando por los aires antes de que pueda terminar la frase.

Me caigo justo sobre el codo, pero mi padre me hizo ponerme protecciones antes de salir a entrenar para que el impacto no doliera tanto, así que trato de levantarme lo antes posible para seguir practicando con él. Trabaja mucho, pero va a ayudarme a entrenar un par de veces por semana y, como siempre, yo hago lo que puedo para impresionarlo.

Apoyo las manos sobre su brazo y él me ayuda a deslizarme desde el camino de entrada hasta el césped, donde me dejo caer sobre el trasero para sentarme.

—El entrenador dice que las clases de baile me ayudan a coordinar mejor.

Se echa a reír.

—Seguro que sí. Ey, tengo que ayudar a tu madre con la cena, así que vamos a dejar el entrenamiento por hoy. —Se inclina para poner los ojos a mi nivel mientras me quita los patines—. ¿Te sigue gustando el hockey? Porque, si no te lo pasas bien, podemos probar con el fútbol americano, el béisbol o incluso el fútbol. Hay muchos deportes en los que no tendrías que patinar, ya lo sabes.

—No, me gusta. Creo que cada vez lo hago mejor. Quiero seguir jugando.

Me desabrocha el casco y lo tira sobre el césped.

—De acuerdo. Entonces seguiremos jugando. No tardes mucho en entrar y lavarte para la cena, ¿vale?

Mi padre me alborota el pelo, ya de por sí revuelto, antes de irse al trote hasta la casa para ayudar a mi madre.

Siempre la está ayudando. Siempre está besándola o bailando con ella en la cocina. Es bastante asqueroso, pero todos mis amigos dicen que mis padres son los mejores, y yo estoy de acuerdo con ellos. Se conocieron cuando tenían mi edad, lo cual me parece un poco raro.

Saco los pies de los patines y me desabrocho las coderas y las rodilleras. Cojo el palo de hockey y apilo los discos en medio del acceso de entrada. La red está colocada frente al garaje, que es donde siempre entreno. He llenado la puerta de marcas y abolladuras por los tiros que fallo, pero cada vez se me da mejor meterlos en la red.

Con los calcetines puestos, golpeo el disco, pero el tiro se desvía y rebota contra el farol que cuelga en la fachada de la casa.

Por suerte, no se rompe. Mi madre se cabrearía. Ya está enfadada por las abolladuras de la puerta del garaje, pero tampoco me ha dicho que deje de entrenar.

Ojalá tuviera un amigo en mi calle contra el que pudiera jugar como defensa o que me hiciera de portero mientras yo lanzo, pero por aquí no hay más niños.

La gente de nuestra manzana ha vivido aquí desde siempre. Es lo normal en esta zona de Boston. Nuestra casa es la misma en la que creció mi nonna. Aquí es donde crio a mamá y donde yo vivo ahora. Mis vecinos siempre han sido los mismos. Algunos tienen hijos que van al instituto y otros han empezado a tener bebés ahora, pero no hay ningún niño de mi edad.

Anoche, durante la cena, les pregunté a mis padres si nuestros nuevos vecinos tenían hijos, y mi madre dijo que aún no estaba preparada para pensar en que alguien fuera a mudarse a la casa de Cecilia, así que la conversación terminó ahí.

Cecilia era la mejor amiga de mi nonna y siempre había vivido en la casa contigua a la mía, pero murió hace un par de meses y su familia no quiso vivir ahí, de modo que la vendieron.

No volví a sacar el tema durante la cena, pero, cuando me fui a la cama, recé para que mis nuevos vecinos tuvieran un hijo de mi edad.

Practico los ejercicios con el palo que aprendimos en el entrenamiento esta semana, moviendo el disco de un lado a otro por la entrada antes de lanzarlo hacia la red.

Vuelvo a fallar y, cuando me vuelvo para alcanzar otro disco, veo que un coche se detiene en la entrada de acceso de Cecilia y aparca frente a la casa.

Es un coche normal, como el de mi padre, pero este es verde oscuro y parece nuevo.

De pie en mi entrada, observo cómo una señora se baja y levanta la vista hacia el exterior de ladrillo rojo de la vivienda de al lado antes de dar la vuelta hasta el maletero para sacar una pequeña caja de mudanza, que traslada dentro de la casa en la que solía vivir Cecilia. La mujer tiene el pelo oscuro y aparenta más o menos la edad de mi madre.

Luego sale un hombre, que coge una caja más grande y camina detrás de ella. Después se abre la puerta trasera del coche y aparece un chico rubio. Lleva un palo de lacrosse y tiene mi misma estatura.

Mira su nuevo hogar antes de advertir mi presencia en la puerta de al lado.

Lo saludo con la mano.

—Ey.

Me devuelve el saludo.

—Ey. ¿Vives aquí?

—Sí.

Camina hacia mí, señalando la casa de Cecilia.

—Me mudo ahí.

—Qué guay. Soy Rio.

—Yo me llamo Luke. —Sus ojos se fijan en mi palo de hockey—. ¿Juegas al hockey?

—Sí, pero no se me da muy bien.

Él levanta el palo de lacrosse y dice:

—Yo juego al lacrosse y se me da muy bien.

—Mola. ¿Cuántos años tienes?

—Doce.

—Yo también.

Sonríe.

—Guay.

Vuelvo a centrarme en el coche y veo que una chica también sale del asiento de atrás. Es más baja que Luke y que yo, pero su pelo es castaño oscuro y rizado como el mío. Lleva unos vaqueros acampanados y una sudadera rosa con un gran smiley amarillo en la parte delantera.

No mira hacia nosotros. Tiene los ojos clavados en su nueva casa. Lleva unos auriculares en las orejas y un reproductor de casetes en la mano.

—Es mi hermana —apunta Luke—. No tienes que ser su amigo; es una chica.

—Tengo muchas amigas. Y todas son muy listas y divertidas. Voy a clases de baile y allí solo hay chicas.

—¿Vas a clases de baile?

—Sí. Me ayuda a patinar mejor.

—Qué cosa más rara.

La hermana de Luke sigue contemplando la casa de al lado. Sus ojos recorren la línea del tejado y se detiene en el punto en el que conecta con el mío, hasta que finalmente baja la vista y centra la atención en su hermano y en mí.

—¡Hallie! —grita Luke gesticulando con la mano para que se acerque.

Ella levanta un dedo para indicarle que espere y luego vuelve a centrarse en su casa.

Luke menea la cabeza.

—A veces es un incordio.

Yo no tengo hermanas, pero muchos de mis amigos creen que sus hermanas son un incordio, así que supongo que es algo normal. Pero me encantaría tener una hermana. O un hermano. Me da igual. Ser hijo único es muy solitario.

Al final, Hallie se baja los auriculares, sujetándoselos alrededor del cuello, y se une a nosotros en mi entrada.

Es exactamente igual que la mujer que acaba de entrar en la casa, pero una versión más joven.

—Hola. —Me sonríe—. Soy Hallie Hart.

Luke refunfuña.

—No tienes que decirle a todo el mundo tu nombre y tu apellido.

Ella se encoge de hombros, con total indiferencia.

—Me gusta hacerlo.

Luke pone los ojos en blanco.

—Soy Rio DeLuca —me presento también especificándole de igual modo mi apellido.

Su sonrisa se agranda.

—¡Luke! —llama su padre desde el porche delantero—. Ven a ayudar a tu madre a desembalar los platos.

El hombre me saluda con la mano y yo levanto la mía para hacer lo mismo. Parece majo.

—¿Tú no tienes que ayudar? —le pregunto a Hallie.

—No. Yo los embalé. Le toca a Luke desembalarlos. ¿Cuántos años tienes?

—Doce.

—Yo tengo once. Hoy.

—¿Es tu cumpleaños?

—Sí. El ocho de marzo. ¿El tuyo cuándo es?

—El tres de agosto.

Arruga las cejas e inclina la cabeza hacia un lado.

—Entonces ¿no puedes celebrar tu cumple en el cole?

—No. Siempre es justo antes de que empiecen las clases.

—Yo suelo celebrar mi cumple en el colegio, pero este año no ha sido así. Hemos venido en coche desde Minesota.

—Eso está bastante lejos, ¿no?

—Mucho. Todos mis amigos están allí. Pero mi madre dice que puedo pintar mi nuevo cuarto del color que quiera, así que supongo que está bien.

—Qué chulo. Mi cuarto solo es blanco.

—Creo que lo pintaré de amarillo. ¿Te gusta el amarillo?

Me encojo de hombros.

—Supongo.

—Sí, creo que será amarillo. —Señala una ventana que da a mi casa—. Ese es mi cuarto. A Luke le dieron a elegir primero y se quedó con el más grande.

Señalo mi ventana, que está frente a la suya y comparte el mismo tejado.

—Esa es mi habitación.

—¡Desde tu cuarto puedes ver cómo pinto el mío!

—Vale. Suena guay.

—¿Quieres que seamos amigos?

Qué fácil ha sido. Justo anoche rezaba por tener un nuevo amigo, y ahora la tengo a ella.

—¡Claro!

—Probablemente mi hermano te diga que no seas mi amigo.

—Me da igual. Soy amigo de mucha gente. Puedo ser amigo tuyo y de él. O podemos ser amigos secretos.

Se le ensancha la sonrisa.

—Vale. —Me mira los pies—. ¿Dónde están tus zapatos?

—Estaba entrenando para patinar mejor, pero me he tenido que quitar los patines porque mi padre se ha ido adentro y me caigo demasiado. Aunque estoy mejorando mucho.

—¿Te gusta la música?

—Sí.

—A mí también. Me encanta la música.

Pulsa el botón de rebobinado de su reproductor de casetes.

—Los CD son mucho mejores que las cintas —le digo—. Tienes que empezar a comprarte CD.

—Me gustan las cintas. Los CD se rayan demasiado cuando los rebobinas y luego ya no funcionan bien.

—¿Qué estás escuchando?

—No sé cómo se llaman. Solo he escogido una canción para recordar el momento.

«¿Eh?».

Parece que se da cuenta de lo confundido que estoy, porque añade:

—Elijo una canción cuando pasa algo guay o importante para poder recordarlo. Cuando quiero revivir un momento, rebobino y pongo la canción desde el principio.

Suena un poco raro, pero eso no se lo digo. Igualmente, tampoco creo que se molestara si la llamara «rara». Creo que seguiría haciendo lo mismo que hasta ahora.

Y eso hace que sea bastante guay.

—¿Intentas recordar la mudanza? —pregunto.

—Sí. Y conocer a un nuevo amigo. Deberías probarlo alguna vez.

—Vale, puede que lo haga.

Su sonrisa adquiere un matiz de orgullo.

—¡Rio! —grita mi madre desde la puerta de delante—. Hora de cenar, tesoruccio.

Le echa un rápido vistazo a Hallie antes de sacar la cabeza en busca de nuestros nuevos vecinos. Mi madre le dedica esa característica sonrisa de amabilidad que siempre luce y vuelve a entrar.

—Me tengo que ir —le digo a mi nueva amiga.

—Vale. Hasta luego —contesta y se despide con la mano mientras vuelve a casa dando saltitos.

Me paro en el primer escalón del porche y ella hace lo mismo, mirándome.

—Feliz cumpleaños, Hallie.

Su sonrisa es tan grande que le veo todos los dientes.

—Gracias, Rio.

4

Rio

¿Era ella?

Tenía que serlo. Reconocería esa cara en cualquier parte. Esos ojos de color avellana. El pelo ondulado, mucho más corto que antes. Deben de haber pasado seis años desde la última vez que la vi, pero nunca la olvidaría.

Durante esos seis años, he pensado en Hallie Hart más veces de las que jamás reconocería y, sí, ha habido ocasiones en las que me he permitido creer que la había visto. En las que he confundido a otra persona con ella, como si mi imaginación me estuviera jugando una mala pasada.

Esta noche, sin embargo, estoy seguro de que era ella.

Al menos lo estaba en ese momento, pero entonces Zee ha berreado mi nombre lo bastante alto como para sacarme de mi estupor y forzarme a que me centrara de nuevo en el partido. Me he mantenido focalizado en el hielo el resto del turno, pero, en cuanto he vuelto al banquillo, la he buscado con la mirada… y he descubierto que su asiento estaba vacío, algo que no ha cambiado durante el resto del partido.

Así que ya no estoy tan seguro de que no fuera una alucinación.

Paro el coche en la entrada de casa, apago el motor y me quedo allí sentado. Es tarde, casi medianoche, y mi cuerpo está agotado y listo para irse a la cama gracias a la prórroga, tras la que nos hemos alzado con la victoria. No salgo del coche. Me quedo sentado y repaso hasta el más mínimo detalle del momento en el que la he visto.

Dios, qué guapa estaba. Aunque siempre ha sido guapa, así que eso tampoco me ha sorprendido demasiado.

Todavía recuerdo la primera vez que vi a Hallie Hart, con su sonrisa imperturbable, totalmente segura de quién era. Pero esta noche no lucía esa sonrisa.

«Joder, ¿era ella?». Cuanto más me alejo de ese instante fugaz, más me cuestiono a mí mismo.

Lo que tengo que hacer es entrar y dormir, olvidarme de quien fuera que he visto en el estadio. Pero, antes de salir del coche, mi atención se desvía hacia la ventanilla del copiloto y observo cómo un vehículo se detiene en la entrada de acceso de Wren.

Y, una vez más, me pregunto si estoy alucinando.

Un Nissan Altima verde oscuro aparca frente a la casa de mi vecina. Es exactamente el mismo coche que aparcó frente a la casa de mi vecina el día que los Hart se mudaron al lado de mi familia en Boston. La misma marca. El mismo modelo. Del mismo año.

Una mujer sale y da la vuelta alrededor del vehículo para extraer una caja del maletero.

Maldición. ¿Qué me pasa? Estoy experimentando el peor caso de déjà vu al ver a la señora Hart trasladar la primera caja de la mudanza a su nueva casa. La que contenía todos los platos que Luke debía desembalar. Parece que fue ayer y, a la vez, que hace toda una vida. Pero también está pasando ahora mismo.

Esta vez no la sigue ningún señor Hart. No hay ningún chico rubio con un palo de lacrosse ni ninguna chica de ojos color avellana con los auriculares cubriéndole las orejas sentados en el asiento de atrás.

Abro la puerta de mi coche sin apartar la vista de ella porque está claro que esa mujer no es la señora Hart. Vale, ahora lleva el pelo más corto, pero, excepto eso, es la viva imagen de su madre.

Y entonces me oigo decir un nombre que no he pronunciado en seis años. Porque, esta vez, tengo la certeza de que no estoy alucinando.

—¿Hallie?

Cargada con la caja, se vuelve de golpe hacia mí y los ojos se le abren como platos al reconocerme, dejándome clavado en el suelo con su mirada. Cuando era adolescente, recuerdo que sentía que habría matado porque sus ojos se posaran sobre mí, pero ya no me permito querer eso.

Lentamente, cruzo el césped hacia ella, atraído por su gravedad con la misma fuerza de siempre.

—Rio. —Traga saliva—. Hola.

Vale, es ella seguro porque nunca olvidaré cómo me daba un vuelco el corazón cuando decía mi nombre. Hago un enorme esfuerzo para mantener los brazos a los lados en lugar de pasárselos alrededor de los hombros y atraerla hacia mi pecho tal y como solía hacer, tan solo para cerciorarme de que es real.

Su cabello color chocolate, iluminado por reflejos castaños más claros, le llega por debajo de la barbilla. Antes lo llevaba largo, pero le queda bien así. Resalta su impresionante rostro. Tiene el puente de la nariz salpicado de suaves pecas. Sus ojos, que recuerdo luminosos y amables, ahora me miran con desasosiego. Su boca, antes sonriente frente a cualquier situación, ahora está inclinada hacia abajo, en la dirección opuesta.

Aun así, no sé cómo, está incluso más guapa que la última vez que la vi, y eso me cabrea. Primero, porque ¿cómo puede ser? Y, segundo, porque me jodió vivo. ¿No debería el karma cumplir con su parte y otorgarme una victoria?

Deja la caja en el escalón frontal de Wren antes de encarar mi dirección, con los brazos cruzados sobre la cintura como si los utilizara de escudo contra mí.

Pero no es ella quien necesita un escudo. Soy yo. Puede que hayan pasado seis años, pero no he olvidado lo que pasó.

—¿Qué haces aquí? —pregunto sin amabilidad ni delicadeza en el tono.

Ella frunce el ceño confundida, como si se preguntara a sí misma qué es lo que hago yo aquí.

Alzo el pulgar sobre el hombro señalando hacia mi casa.

—Vivo aquí, Hallie. Así que, de nuevo, ¿qué haces aquí?

Los ojos le alcanzan un tamaño imposible y da un paso atrás.

—Pero yo vivo ahí.

—No lo creo. Wren no…

«Su nueva compañera de piso».

Tiene que ser una puta broma.

Me acerco un paso, presa del pánico.

—¿Sabías que vivo justo al lado? ¿Por eso has venido?

Con un bufido, descruza los brazos y se planta las manos en las caderas.

—¿Estás de coña? Llevo intentando evitarte desde que me mudé a Chicago. ¿Crees que me he mudado a la casa de al lado a propósito? ¿Para qué? ¿Para estar cerca de ti? ¿Para revivir nuestra infancia? Gracias, pero no, Rio. Ya he pasado página.

Ahí está. Recuerdo su fiereza.

«Desde que me mudé a Chicago».

—¿Cuándo te mudaste a Chicago?

Lo pregunto como si tuviera todo el derecho del mundo a saberlo, y parte de mí cree que así es. Ella sabía dónde vivía yo. Tendría que haberme avisado.

Levanta la barbilla con aire desafiante.

—En abril.

«¿Lleva aquí seis meses?».

—¿Y no te parece que deberías habérmelo dicho?

—¿El qué exactamente? —Suelta una carcajada—. «Ey, ¿te acuerdas de mí? Esa chica a la que odias. ¡Nada, que me he mudado a Chicago! ¡Vamos a tomar algo!». Han pasado seis años, Rio. Esta ciudad no te pertenece y yo no te debo ninguna llamada. Y, además, aunque así fuera, perdí tu número hace años.

Eso me sienta como un puto puñetazo en las entrañas y duele más de lo que estoy dispuesto a admitir. Es verdad, no hemos hablado desde que me fui de Boston, pero durante mi primer año aquí traté de llamar a Hallie unas cuantas veces y ella tenía la línea desconectada.

Desde entonces no he querido intentarlo de nuevo.

La tensión puede cortarse con un cuchillo; ninguno de los dos sabe qué decir.

—No puedes vivir aquí —acabo espetando.

—Tampoco es que tenga mucha elección.

—Esta ciudad es enorme, joder. Seguro que hay opciones más allá de quedarte en la casa que está a tres metros de la mía, Hallie.

Aprieta los labios con rabia y asienta la mandíbula. Está que echa chispas.

—Para mí no hay más opciones. No todos podemos ganar millones de dólares al año jugando a un juego, Rio. Algunos intentamos sobrevivir mes a mes. Así que, sí, voy a vivir en la puerta de al lado, y, créeme, no es porque quiera estar cerca de ti. Me quedaré hasta mayo, que es cuando el hermano de Wren pondrá la casa en venta, y si para ti eso va a ser un problema, ya puedes coger algunos de esos millones de dólares que tienes y comprarte otro sitio en el que vivir.

¿Quiere que me compre otra casa? Ese es el plan. Precisamente por eso he contratado a…

Un momento.

No, no puede ser.

Todo encaja. La compañera de piso. La diseñadora. Hallie siempre quiso ser diseñadora de interiores. Es lo que estaba estudiando la última vez que nos vimos.

—¿Tú eres la que ha reformado la casa de Wren? —pregunto con tono acusador.

Sus facciones se encogen en señal de confusión y veo cómo se da cuenta de todo igual que me ha pasado a mí. Con la cabeza hacia atrás, dejando a la vista su precioso cuello, cierra con fuerza los ojos.

—Y tú eres el vecino.

«Mierda».

—Bueno, no va a funcionar —decide.

—Ya, no me digas.

Se la ve ligeramente afectada, como si mis palabras le hubieran hecho daño. Siempre tuvimos cuidado el uno con el otro… hasta que dejamos de tenerlo. Hallie es un alma frágil con una cubierta muy dura, y ahora su exterior parece aún más duro de lo que era.

A pesar de nuestra historia, nunca he querido verla sufrir.

«Ella fue la que te hizo sufrir a ti».

—Sabes que no va a funcionar, Hal.

—No me llames así.

Levanto las manos en señal de rendición.

—Hallie. Ambos sabemos que no funcionaría tenerte en mi casa a diario. No puedo contratarte.

El tiempo se detiene.

—Lo sé —anuncia con tono derrotado.

Y de nuevo se hace el silencio. Joder, toda nuestra interacción no puede ser más surrealista. Nunca había pensado que volvería a tenerla delante.

Es preciosa. Y sigue siendo obstinada. Durante unos segundos, me paro a recordar lo abrumador que era tenerla tan cerca. Me robaba todos los pensamientos. Ocupaba toda mi existencia.

Casi había olvidado lo que se sentía.

Me he pasado seis años comparando inconscientemente a todas mis citas con ella. Su risa con la de ella. Su bondad con la de ella. Su seguridad en ellas mismas con la de ella. Su gusto musical con el de ella.

No he pronunciado su nombre en seis años, pero Hallie ha vivido gratis en mi cabeza mientras yo intentaba replicar lo que teníamos antes de que todo se fuera a la mierda.

Tengo que irme. Preparar una bolsa y mudarme con Ryan y con Indy hasta mayo.

—Simplemente evitemos cruzarnos en el camino del otro —propone, rompiendo el silencio—. Apenas sabrás que estoy aquí.

—Eso sería imposible —murmuro entre dientes.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

Mis ojos se encuentran con los suyos; las palabras que no decimos flotan entre los dos. Han pasado demasiadas cosas entre esa chica y yo, y hay otra cosa que mis amigos no saben.

¿Eso que llevo buscando desde que me mudé a Chicago? ¿Esa conexión? ¿Esa persona especial que algunos tardan toda la vida en encontrar? Yo ya la tenía a los doce años.

Al menos eso pensaba.

Sé lo que busco porque lo tuve hace tiempo, y ahora la única chica a la que he querido se muda a la casa de al lado.

Otra vez.

Me vuelvo para irme directo a mi casa; necesito poner una puta puerta, una pared, lo que sea, entre nosotros. Cuando estoy en el césped, a medio camino, se me viene a la cabeza una imagen de ella en el partido. No se me pasó por alto que estaba con alguien.

—El chico con el que estabas esta noche. —Regreso lentamente para mirarla a la cara—. ¿Quién era?

La fuerza que hace con la mandíbula es evidente incluso desde aquí.

—Eso no es cosa tuya.

Asintiendo, me doy la vuelta para volver a mi casa y, con gesto indiferente, me meto las manos en los bolsillos mientras camino. De espaldas a ella, me aseguro de hablar lo bastante alto como para que me oiga:

—Pasa de él.