cap-2

1

MIKOLAJ WILK

Varsovia, Polonia

De camino a casa desde el trabajo, me paro a comprar una bolsa de chrusciki para Anna. El postre de huevo y crema deja unas manchitas de grasa que empapan la bolsa de papel y está cubierto de azúcar glas, lo cual le viene de perlas a su nombre, que significa «alas de ángel». Anna está haciendo hoy el examen de acceso a la universidad. Sé que tendremos algo que celebrar. Anna es inteligentísima. Estoy seguro de que aprobará con buena nota.

Puede que seamos gemelos, pero nadie lo diría. Ella tiene el pelo castaño, mientras que yo soy rubio como la barba del maíz. Ella devora todos los libros que caen en sus manos, mientras que yo abandoné el instituto a los catorce años.

No tuve elección. Alguien tenía que pagar el alquiler de nuestro piso pequeño y cochambroso.

Nuestro padre tenía un buen trabajo en Aceros Huta Warsawa. Era técnico de mantenimiento y traía a casa un sueldo de casi seis mil eslotis al mes. Lo suficiente para que tuviéramos zapatos nuevos y comida en el frigorífico.

Hasta que se coció como una langosta en una olla mientras trabajaba en un horno de fusión. No está muerto. Simplemente sufrió unas quemaduras tan graves que apenas es capaz de apretar los botones del mando a distancia mientras ve la tele encerrado en su cuarto todo el día.

Nuestra madre nos abandonó. Dicen que se casó con un contable y se mudó a Cracovia. No sé nada de ella desde entonces.

Da igual. Gano lo suficiente en una tiendecilla de alimentación como para mantenernos a todos. Algún día, Anna será catedrática de literatura. Entonces nos compraremos una casita en un sitio lejos de aquí.

Hemos vivido toda la vida en el distrito de Praga, en la ribera derecha del río Vístula. Al otro lado del río se encuentran los prósperos centros financieros y de negocios. Nosotros vivimos en un tugurio junto a edificios altos, rectangulares y sucios que tapan la luz del sol. Son fábricas vacías de la época comunista, de cuando este era el centro de una industria gestionada por el Estado. Ahora las ventanas están rotas y las puertas cerradas a cal y canto. Los drogadictos se cuelan para dormir sobre montañas de andrajos y se inyectan una droga asquerosa de origen ruso llamada krokodil.

Anna y yo viviremos en una casa como Dios manda, con jardín, sin nadie que viva encima o debajo de nosotros dando golpes y gritando de madrugada.

No espero que mi hermana llegue a casa hasta dentro de unas horas, así que, cuando abro la puerta de nuestro piso y veo su mochila en el suelo, me siento confundido y sorprendido. Anna es escrupulosa y ordenada. No tira la mochila al suelo ni deja que los libros se desparramen por ahí. Algunos de sus libros de texto tienen barro y están mojados. Igual que sus zapatos, abandonados junto a la mochila.

Oigo agua correr en el baño. También me extraña… Anna no suele ducharse por las noches.

Dejo la bolsa de dulces en la mesa de la cocina y me apresuro a nuestro único baño. Llamo a la puerta y digo el nombre de mi hermana.

No hay respuesta.

Cuando pongo la oreja contra la puerta, la oigo sollozar por encima del sonido de la ducha.

Empujo el hombro contra la puerta y oigo cómo se astilla la madera barata cuando el pestillo cede. Luego me cuelo en el pequeño baño.

Anna está sentada en la ducha, todavía lleva el uniforme del instituto. Tiene la blusa totalmente desgarrada. La fina tela solo se le adhiere a los brazos y la cintura.

Está cubierta de cortes y magulladuras: en los hombros, en los brazos, en la espalda. Veo moratones por el cuello y en la parte superior de sus pechos. Incluso algo que parecen mordiscos.

La cara está aún peor. Tiene un ojo morado y un largo tajo en la mejilla derecha. Le está sangrando la nariz, que gotea en el agua que se acumula alrededor de sus piernas y se difumina como una acuarela.

No es capaz de mirarme. Después de verme, entierra la cara en los brazos, sollozando.

—¿Quién te ha hecho esto? —exijo saber con voz trémula.

Ella frunce los labios y sacude la cabeza, no quiere decírmelo.

No es verdad que los gemelos puedan leerse la mente entre ellos. Pero conozco a mi hermana. La conozco como la palma de mi mano. Y sé quién le ha hecho esto. He visto cómo la miran cuando sale de nuestro piso. Los he visto apoyados en coches caros con los brazos cruzados; ni sus gafas de sol eran capaces de esconder cómo la miraban de forma lasciva. A veces hasta le gritan cosas, aunque ella nunca se gira ni les responde.

Ha sido la Braterstwo. La mafia polaca.

Se creen que pueden tener todo lo que quieran: relojes caros, cadenas de oro, móviles que cuestan más de lo que yo gano al mes. Por lo visto, han decidido que quieren tener a mi hermana.

Ella se niega a contarme nada porque le da miedo lo que pueda pasar.

La agarro del hombro y la obligo a mirarme. Tiene los ojos enrojecidos, hinchados, aterrorizados.

—¿Quién ha sido? —siseo—. ¿El de la cabeza rapada?

Anna duda, pero luego asiente.

—¿El de la barba oscura?

Otro asentimiento.

—¿El de la chaqueta de cuero?

Arruga el gesto.

Es el cabecilla. He visto cómo los demás le rinden cuentas. He visto cómo se queda mirando a Anna más que los demás.

—Iré a por ellos, Anna. Lo pagarán, todos y cada uno de ellos —le prometo.

Anna niega con la cabeza y unas lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas magulladas.

—No, Miko —solloza—. Te matarán.

—No si yo los mato antes.

La dejo ahí en la ducha. Voy a mi dormitorio y rebusco bajo las tablas del suelo en las que tengo escondida mi caja fuerte. En ella están todos mis ahorros, el dinero reservado para que Anna vaya a la universidad. No ha hecho el examen. No podrá ir este año.

Arrugo un fajo de billetes y me los meto en el bolsillo. Acto seguido, salgo del piso y corro bajo la lluvia hasta la tienda de empeños de la calle Brzeska.

Jakub está sentado detrás del mostrador, como siempre, leyendo un periódico que tiene la mitad de la portada arrancada. De espalda encorvada, calvo y con gafas de culo de botella y montura gruesa de plástico, Jakub me mira como una lechuza que se ha despertado demasiado temprano.

—¿En qué puedo ayudarte, Mikolaj? —dice con voz rasposa.

—Necesito un arma.

Suelta una carcajada ronca.

—Eso es ilegal, hijo mío. ¿Quieres mejor una guitarra o una Xbox?

Dejo el fajo de billetes sobre el mostrador.

—Corta el rollo. Enséñame qué tienes.

Baja la vista hacia el dinero, pero no lo toca. Poco después, rodea el mostrador y se acerca a la puerta delantera. Echa el pestillo para cerrarla. Luego se apresura hacia la parte trasera.

—Por aquí —dice sin volver la cabeza.

Lo sigo a la trastienda. Aquí es donde vive; veo un sofá viejo cuyo relleno rebosa por los agujeros de la tapicería. Una televisión de tubo. Una cocina diminuta con un fogón que huele a café quemado y cigarrillos.

Jakub me lleva hasta una cómoda. Abre el cajón superior y deja a la vista una pequeña colección de pistolas.

—¿Cuál quieres?

No sé nada de pistolas. Nunca he tenido una en la mano.

Miro el abanico de armas: unas de fibra de carbón, otras de acero, algunas elegantes y otras de la prehistoria. Hay una totalmente negra, de tamaño medio, que parece moderna y sencilla. Me recuerda a la pistola que lleva James Bond. La cojo y me sorprendo de lo mucho que pesa.

—Es una Glock —explica Jakub.

—Lo sé —replico, aunque no es cierto.

—De calibre 45. ¿Necesitas munición también?

—Y una navaja.

Me fijo en su expresión divertida. Se cree que estoy de broma. Me da igual, prefiero que no me tome en serio. No quiero que avise a nadie.

Me entrega una navaja Leatherneck con una funda de polímero. Me muestra cómo sujetar la funda para sacar la navaja, como si se lo estuviera enseñando a un niño.

No me pregunta para qué la quiero. Tampoco me da más opciones.

Escondo las armas por debajo de la ropa y me apresuro a volver al piso. Quiero ver cómo está Anna antes de buscar a esos cadáveres andantes que se han atrevido a ponerle las manos encima a mi hermana.

Cuando vuelvo a abrir la puerta, un extraño escalofrío me recorre la espalda.

No sé muy bien qué es. Todo parece igual que antes: la mochila sigue en el mismo sitio del pasillo, los zapatos de mi hermana justo al lado. Todavía escucho la cháchara de la televisión que sale de la habitación de mi padre, un sonido presente día y noche. Hasta veo la luz azul que se filtra por debajo de su puerta.

Pero ya no oigo correr el agua de la ducha. Ni oigo a mi hermana. Espero que esté descansando en su habitación.

Eso espero. Espero que esté tumbada en su cama bajo las mantas. Con suerte, dormida. Aun así, cuando paso junto a la puerta del baño para buscarla, dudo.

Oigo un ruidito del interior. Un goteo constante. Como un grifo que no está cerrado del todo.

La puerta está entreabierta. He destrozado el marco al entrar a empujones. Ahora no se cierra del todo.

Abro la puerta, y la luz fluorescente me ciega por un momento.

Mi hermana está en la bañera contemplando el techo. Tiene los ojos abiertos y fijos, absolutamente muertos, y el rostro más pálido que la tiza. Un brazo le cuelga por el borde de la bañera. Un largo tajo, abierto como una sonrisa estridente, la recorre de la muñeca al codo.

El suelo está cubierto de sangre. Mana de la bañera hasta el borde de los azulejos y me llega a los pies. Si doy un paso más, caminaré sobre ella.

Hay algo que me paraliza. Quiero correr hacia Anna, pero no quiero caminar sobre su sangre. De una forma estúpida e ilógica, es como si le fuera a hacer daño. Aunque está muerta.

Pero tengo que llegar a ella. Tengo que cerrarle los ojos. No soporto cómo está mirando el techo. No hay paz en su rostro, parece tan aterrada como antes.

Con el estómago revuelto y el pecho en llamas, corro hacia ella. Los pies se me escurren por las baldosas resbaladizas. Le levanto el brazo con suavidad y lo meto en la bañera, junto a su cuerpo. Todavía tiene la piel cálida y, por un segundo, creo que aún hay esperanza. Luego miro de nuevo su rostro y sé que soy un idiota. Le cierro los ojos poco a poco.

Luego voy a su habitación. Cojo su manta favorita, la que tiene lunas y estrellas. La llevo al baño y cubro su cuerpo con ella. Hay agua en la bañera. Empapa la manta. No importa, solo quiero cubrirla para que nadie pueda mirarla. Nunca más.

Vuelvo a mi habitación. Me siento en el suelo, junto a la caja fuerte vacía que todavía no he colocado en su escondite bajo las tablas del suelo.

La profundidad de la culpa y la pena que siento es insoportable. Literalmente no puedo soportarla. Siento que me está haciendo trizas la carne, centímetro a centímetro, hasta que no quede más que un esqueleto, huesos desnudos sin músculos, nervios o corazón.

Ese corazón se está endureciendo en mi interior. Cuando he visto el cuerpo de Anna, el corazón me ha latido tan fuerte que creí que estallaría. Ahora se contrae más y más lento, más y más débil.

Nunca he pasado un día entero sin mi hermana. Ha sido mi mejor amiga, la única persona a la que quería de verdad. Anna es mejor que yo en todos los aspectos. Es más lista, más amable, más feliz.

A veces pienso que, cuando nos formamos en el vientre, nuestras personalidades se dividieron en dos. Ella se llevó la mejor parte, pero, mientras estuviéramos juntos, podríamos compartir esa bondad. Ahora se ha ido, y se ha llevado su luz con ella.

Lo único que queda son los atributos que viven en mí: fijación, determinación… y rabia.

Está muerta por mi culpa. Debería haberme quedado con ella. Debería haberla vigilado, haberla cuidado… Eso es lo que hubiera hecho ella.

Jamás me perdonaré ese error.

Pero, si me permito sentir la culpa, me llevaré la pistola a la sien y acabaré con todo ahora mismo. No puedo hacerlo. Tengo que vengar a Anna. Se lo prometí.

Reúno toda la emoción que aún siento y la entierro en lo más profundo de mi ser. Me niego a sentir nada por pura fuerza de voluntad. Nada de nada.

Lo único que me queda es mi objetivo.

No lo llevo a cabo de inmediato. Si lo hago, acabaré muerto sin conseguirlo.

En lugar de eso, paso las semanas posteriores acechando a mis presas. Descubro dónde trabajan. Dónde viven. Qué club de estriptis, restaurantes, discotecas y burdeles frecuentan.

Se llaman Abel Nowak, Bartek Adamowicz e Iwan Zielinski. Abel es el más joven. Es alto, desgarbado, de aspecto enfermizo. Lleva la cabeza rapada, un guiño a su ideología neonazi. Hace mucho tiempo, fuimos juntos al instituto, aunque él iba dos cursos por delante de mí.

Bartek tiene una barba oscura y espesa. Parece que es quien controla a las prostitutas de mi barrio, porque siempre está acechando las esquinas por las noches para asegurarse de que sus chicas le entregan sus ganancias sin tan siquiera entablar conversación con los hombres que buscan su compañía.

Iwan es el cabecilla. O el subjefe, diría yo. Sé quién está por encima de él. No me importa. Los tres pagarán por lo que han hecho. Y no será ni rápido ni indoloro.

Primero voy a por Abel. Es fácil porque frecuenta el Piwo Klub, como muchos de nuestros amigos en común. Lo encuentro sentado en la barra, riendo y bebiendo, mientras mi hermana lleva bajo tierra diecisiete días.

Observo cómo se emborracha cada vez más.

Luego coloco un aviso en la puerta del baño: «Zepsuta Toaleta». Váter averiado.

Espero en el callejón. Diez minutos después, Abel sale a mear. Se desabrocha los vaqueros ajustados antes de apuntar su chorro de pis contra la pared de ladrillo.

No tiene pelo del que agarrarle, así que le rodeo la frente con el antebrazo y tiro hacia atrás. Le corto la garganta de oreja a oreja.

La navaja está afilada; me sorprende lo mucho que he tenido que apretar para hacer el corte. Abel intenta gritar. Es imposible. Le he seccionado las cuerdas vocales y la sangre le mana de la garganta. Lo único que puede hacer es emitir un sonido estrangulado.

—Esto es por Anna, hijo de puta asqueroso.

Le escupo en la cara y lo abandono allí, gimiendo y ahogándose en su propia sangre.

Luego vuelvo a casa. Me siento en la habitación de Anna, en su cama, en la que solo queda el colchón. Veo sus libros favoritos en la estantería que hay junto a su cama, los lomos arrugados de tantas veces que los leyó: El principito, La campana de cristal, Anna Karenina, Persuasión, El Hobbit, Ana de las Tejas Verdes, Alicia en el País de las Maravillas, La buena tierra. Contemplo las postales que tenía clavadas en la pared: el Coliseo, la torre Eiffel, la estatua de la Libertad, el Taj Mahal. Los lugares que soñaba con visitar, pero que ahora nunca verá.

Acabo de matar a una persona. Debería sentir algo: culpa, horror. O, al menos, una sensación de justicia. Pero no siento nada. Solo soy un agujero negro. Lo absorbo todo sin que escape ninguna emoción.

No tuve miedo cuando fui a por Abel. Si mi corazón no se desboca por eso, no lo hará por nada.

Una semana después, voy por Bartek. Dudo que me esté esperando; Abel tiene demasiados enemigos como para dilucidar quién lo ha matado. Seguramente ni se acuerden de mi hermana. Dudo que sea la primera chica a la que ataca la Braterstwo. Y no le he mencionado a nadie mi deseo de venganza.

Sigo a Bartek hasta el apartamento de su novia. Por lo que tengo entendido, solía hacer las calles antes de que la eligiera como amante. Compro una gorra roja y una pizza, y llamo a su puerta.

Me abre Bartek, sin camiseta y perezoso, oliendo a sexo.

—No hemos pedido pizza —gruñe, y se dispone a cerrarme la puerta en las narices.

—Bueno, no puedo devolverla —respondo—. Así que quédatela.

Levanto la caja, esparciendo el seductor olor a pepperoni y queso. Bartek la mira, tentado.

—No pienso pagar —me advierte.

—No pasa nada.

La extiendo, mirándolo directamente a los ojos. No muestra ni la más mínima señal de reconocimiento. Seguramente ya se ha olvidado de Anna, así que dudo que se preguntara si tenía un hermano.

En cuanto tiene las manos ocupadas con la caja de la pizza, saco la pistola y le disparo tres veces en el pecho. Cae de rodillas, con una expresión cómica de sorpresa en el rostro.

Cuando su cuerpo desaparece de mi vista, me doy cuenta de que su novia está de pie justo detrás. Es bajita, rubia y con curvas, lleva lencería barata. Se lleva la mano a la boca, está a punto de gritar.

Me ha visto la cara.

Le disparo también, sin dudar.

Se desploma. No le dedico ni una mirada. Bajo la vista hasta Bartek y observo cómo desaparece el color de su cara conforme se va desangrando en el suelo. Debo de haber acertado en los pulmones. Silba cuando respira, hasta que deja de hacerlo.

A él también le escupo en la cara, después me giro y me marcho.

Tal vez no debería haber dejado a Iwan para el final. Puede que sea el más complicado. Si es mínimamente inteligente, sumará dos más dos y sospechará que alguien les guarda rencor.

Pero era la única forma de hacerlo, la única forma en la que puedo sentir todo el peso de la catarsis.

Así que espero dos semanas más, buscándolo.

Por supuesto, está siendo discreto. Como si fuera un animal, percibe que alguien le está dando caza, aunque no sepa muy bien quién es.

Se rodea de otros gángsteres. Siempre está alerta cuando sube y baja de su reluciente coche, y cuando les cobra sus honorarios a los traficantes de poca monta del barrio.

Yo también estoy alerta. Solo tengo dieciséis años. Estoy delgaducho, a medio crecer, llevo el delantal de la tienda bajo mi abrigo. Soy como cualquier otro niño del barrio: pobre, mal alimentado y pálido por la falta de sol. Para él no soy nadie. Al igual que Anna. Jamás sospecharía de mí.

Por fin, lo pillo saliendo solo de su piso. Lleva una bolsa de viaje de color negro. No sé qué contiene esa bolsa, pero temo que pretenda irse de la ciudad.

Lo persigo, impaciente y algo incauto. Han pasado cuarenta y un días desde la muerte de Anna. Todos ellos han sido una agonía de vacío. He perdido a la única persona que significaba algo para mí. El único punto de luz en mi vida de mierda.

Observo a Iwan caminando por delante de mí, bien aseado con su chaqueta de cuero. No es feo. De hecho, la mayoría de las mujeres lo considerarían guapo: cabello oscuro, barba de tres días perenne, mandíbula cuadrada, los ojos un poco juntos. Con el dinero y los contactos que tiene, estoy seguro de que no le falta atención femenina.

Lo he visto entrar y salir de las discotecas con chicas agarradas del brazo. También de burdeles. No atacó a mi hermana porque quisiera follar. Quería cazarla. Quería atormentarla.

Iwan acorta por un callejón, luego entra por una puerta abierta de metal en la parte trasera de un edificio abandonado. Me quedo en el callejón para ver si vuelve. No lo hace.

Debería esperar. Eso es lo que he estado haciendo.

Pero estoy harto de esperar. Esto acaba hoy.

Abro la puerta y me cuelo en el edificio. El almacén está a oscuras y se oye un goteo constante que proviene del techo agujereado. Huele a humedad y a moho. En su día sería una fábrica textil o de montaje de lámparas. Es difícil saberlo en la oscuridad. No veo a Iwan por ninguna parte.

Ni a la persona que me golpea por detrás.

Un dolor cegador me estalla en la parte trasera del cráneo. Me caigo sobre las manos y las rodillas. Una luz se enciende, y me doy cuenta de que estoy rodeado de media docena de hombres. Iwan está en primera línea, aún lleva la bolsa de viaje. La suelta en el suelo.

Me ponen en pie otros dos hombres y me sujetan los brazos por detrás de la espalda. Me cachean con brusquedad hasta que encuentran la pistola. Se la entregan a Iwan.

—¿Tenías pensado dispararme por la espalda con esto? —gruñe él.

Sujeta la pistola por el cañón y me cruza la cara con la culata. Es un dolor lacerante. Saboreo la sangre en la boca; creo que me ha sacado un diente.

Seguramente estoy a punto de morir. Pero no me siento asustado. Lo único que siento es rabia por no haber matado antes a Iwan.

—¿Para quién trabajas? —exige saber Iwan—. ¿Quién te envía?

Escupo sangre al suelo y le salpica en los zapatos. Iwan aprieta los dientes y levanta la pistola para pegarme de nuevo.

—Espera.

Un hombre da un paso al frente. Tal vez tenga cincuenta años, estatura media, ojos claros y unas cicatrices muy marcadas a ambos lados de la cara, como si le hubieran disparado perdigones o hubiera sufrido un acné persistente en algún momento de su vida. Cuando habla, todos los ojos presentes se centran en él con un silencio expectante que demuestra que este tipo es el verdadero jefe, y no Iwan Zielinski.

—¿Sabes quién soy? —pregunta con voz grave.

Asiento. Es Tymon Zajac. Más conocido como Rzeźnik, el Carnicero. No estaba seguro de si Iwan trabajaba para él, pero podría haberlo supuesto. En Varsovia todos los caminos llevan al Carnicero.

Se planta delante de mí, mirándome a los ojos. Los suyos están blanquecinos por la edad, y tal vez por las cosas que ha visto. Me atraviesan.

No bajo la mirada. No siento miedo. No me importa lo que me haga este tío.

—¿Qué edad tienes, chico?

—Dieciséis.

—¿Para quién trabajas?

—Trabajo en Delikatesy Świeży. Hago bocadillos y limpio mesas.

Aprieta la mandíbula. Me mira con dureza mientras intenta dilucidar si estoy bromeando o no.

—Trabajas en una charcutería.

—Sí.

—¿Mataste a Nowak y a Adamowicz?

—Sí —respondo sin dudar.

De nuevo, se sorprende. No se esperaba que lo admitiera.

—¿Quién te ayudó?

—Nadie.

Ahora parece enfadado. Descarga su rabia contra sus propios hombres.

—¿Un camarero ha perseguido y asesinado a dos de mis soldados él solo?

Es una pregunta retórica. Nadie se atreve a responder.

Vuelve a mirarme.

—¿Pretendías matar a Zielinski esta noche?

—Sí.

—¿Por qué?

Una mínima sombra de miedo aparece en la cara ancha de Iwan.

—Jefe, ¿por qué estamos…? —empieza a decir.

Zajac alza una mano para silenciarlo. Sigue mirándome fijamente, esperando que conteste.

Tengo la boca hinchada por el golpe de la pistola, pero hablo claramente.

—Tus hombres violaron a mi hermana cuando iba a hacer el examen para entrar en la universidad. Tenía dieciséis años. Era una buena chica: amable, bondadosa, inocente. No formaba parte de tu mundo. No había motivos para hacerle daño.

Zajac entrecierra los ojos.

—Si quieres una compensación…

—No hay compensación posible —digo amargamente—. Se suicidó.

No hay compasión en los ojos claros de Zajac, solo reflexión. Está sopesando mis palabras y considerando la situación.

Entonces mira de nuevo a Iwan.

—¿Es esto cierto?

Iwan se relame los labios, duda. Sé que se está debatiendo entre sus ganas de mentir y el miedo que le tiene a su jefe. Al final se decide:

—No fue culpa mía, ella…

El Carnicero le dispara entre ceja y ceja. La bala desaparece en el cráneo de Iwan y deja un agujero redondo y oscuro entre sus cejas. Los ojos se le quedan en blanco y cae de rodillas antes de desplomarse.

Por mi mente pasa todo un carrusel de pensamientos. En primer lugar, alivio porque ya he vengado a Anna. En segundo lugar, decepción porque haya sido Zajac el que haya apretado el gatillo. Tercero, me doy cuenta de que estoy a punto de morir. En último lugar, comprendo que no me importa. Ni lo más mínimo.

—Gracias —le digo al Carnicero.

Este me mira de arriba abajo, de pies a cabeza. Contempla mis vaqueros destrozados, mis zapatos sucios, mi pelo sin lavar y mi cuerpo desgarbado. Suspira.

—¿Cuánto ganas en la tienda?

—Ochocientos eslotis al mes —respondo.

Deja escapar algo a medio camino entre un suspiro y un silbido, lo más parecido a una carcajada que le he escuchado.

—Ya no trabajas allí —dice—. Ahora trabajas para mí. ¿Entendido?

No lo comprendo del todo. Pero asiento.

—Aun así —sigue con sobriedad—, has matado a dos de mis hombres. Eso tiene un castigo.

Le hace un gesto de asentimiento a uno de sus soldados. El hombre abre la cremallera de la bolsa de viaje que hay junto al cadáver de Iwan. Saca un machete del tamaño de mi brazo. La hoja está oscurecida por la antigüedad, y la punta, afilada como una cuchilla. El soldado le entrega el machete a su jefe.

El Carnicero se acerca a una vieja mesa del taller. Es una superficie astillada y le falta una pata, pero todavía se mantiene en pie.

—Extiende la mano —me dice.

Sus hombres me sueltan los brazos. Soy libre de caminar hasta la mesa. Libre de extender el brazo sobre su superficie con la mano abierta.

Siento una sensación de irrealidad, como si me estuviera observando hacerlo a un metro de distancia.

Zajac levanta el arma. Luego la baja a toda velocidad y me parte el meñique por la mitad, justo por debajo del primer nudillo. Me duele menos que el golpe con la pistola. Solo quema, como si hubiera posado el dedo sobre una llama.

Zajac recoge el trocito de carne que antes estaba unido a mi cuerpo. Lo tira sobre el cuerpo de Iwan.

—Ya está —sentencia el Carnicero—. La deuda está pagada.

DIEZ AÑOS DESPUÉS

2

NESSA GRIFFIN

Chicago

Estoy yendo en coche al Lake City Ballet por calles alineadas con hileras dobles de arces, cuyas gruesas ramas casi forman un dosel por encima de mi cabeza. Las hojas son de un carmesí oscuro que caen hasta formar montañas crujientes en las alcantarillas.

Me encanta Chicago en otoño. El invierno es terrible, pero no me quejo mientras pueda ver estos tonos rojos, naranjas y amarillos intensos durante unas semanas más.

Acabo de visitar a Aida en su nuevo piso cerca de Navy Pier. Es una casa chulísima que antes era una antigua iglesia. Todavía se ven los ladrillos originales en las paredes de la cocina y las enormes vigas de madera que atraviesan el techo como si fueran las costillas de una ballena. Hasta tiene una vidriera en su dormitorio. Cuando nos sentamos en su cama, la luz del sol que se colaba nos ha coloreado la piel como un arcoíris.

Hemos estado comiendo palomitas y mandarinas mientras veíamos en su portátil la sexta película de Harry Potter. A Aida le encanta la fantasía. A mí también me gusta después de todas las cosas que me ha hecho ver. Pero aún no me creo que tenga el valor de comer en la cama. Mi hermano es muy tiquismiquis.

—¿Dónde está Cal? —le he preguntado con nerviosismo.

—En el trabajo.

Mi hermano acaba de ganar su puesto de concejal del distrito 43 de la ciudad. Eso además de ser uno de los retoños de la familia más exitosa de la mafia de Chicago.

Siempre me siento extraña cuando pienso en nosotros así, como la mafia irlandesa. No he conocido otra cosa. Para mí, mi padre, mi hermano, mi hermana y mi madre son las personas que me quieren y me cuidan. No los considero criminales con las manos manchadas de sangre.

Soy la más joven de la familia. Intentan ocultarme sus crímenes. No formo parte del negocio, al menos no de la misma manera que mis hermanos mayores. Callum es la mano derecha de mi padre. Riona es la abogada jefa. Hasta mi madre está involucrada en la logística de nuestros negocios.

Luego estoy yo: la pequeña. Mimada, resguardada, protegida.

A veces creo que quieren que permanezca así para que al menos haya algo en la familia que se mantenga puro e inocente.

Eso me deja en una posición extraña. No quiero hacer nada malo; no puedo ni matar una mosca y no sé mentir ni aunque esté en juego mi vida. Las veces que lo he intentado, me ruborizo como una remolacha y empiezo a sudar, a tartamudear, y creo que voy a vomitar.

Por otro lado, a veces me siento sola. Como si no pudiera estar con ellos. Como si no formara parte de mi propia familia.

Al menos, Cal se ha casado con una chica estupenda. Aida y yo nos caímos bien desde el principio. No nos parecemos en nada. Ella es atrevida y divertida, y no acepta gilipolleces de nadie, sobre todo de mi hermano. Al principio parecía que iban a matarse el uno al otro. Ahora no me imagino a Cal con ninguna mujer que no sea ella.

Ojalá se hubieran quedado viviendo en casa, pero entiendo que quisieran tener su propio espacio. Por desgracia para ellos, pretendo seguir visitándolos casi todos los días.

Eso me hacer sentir culpable por no tener la misma relación con mi hermana. Riona es… demasiado intensa. Está claro que eligió bien su carrera profesional; para ella, discutir es un deporte olímpico. Que le paguen por hacerlo es como pagarle a un pato por nadar. Quiero que nos llevemos bien como otras hermanas lo hacen, pero siempre siento que apenas tolera mi existencia. Como si creyera que soy estúpida.

A veces me siento estúpida. Pero hoy no. Hoy estoy yendo al teatro para ver los programas que han impreso para nuestra próxima actuación. Se llama Bendición. He ayudado con la coreografía de la mitad de los bailes y solo de pensar que voy a verlos sobre el escenario me ilusiona tanto que apenas puedo respirar.

Mi madre me apuntó a clases de ballet a los tres años. También iba a clases de hípica, de tenis y de chelo, pero solo seguí adelante con el baile. Caminaba a todas partes de puntillas mientras sonaban en mi mente los acordes de La consagración de la primavera y Pulcinella.

Lo amaba tanto como respirar. Y se me daba bien, además. Muy bien. El problema es que hay una diferencia entre ser buena y ser genial. Hay mucha gente buena, pero solo un puñado son geniales. Aunque dos personas pasen la misma cantidad de horas esforzándose con sangre, sudor y lágrimas, el abismo entre el talento y la genialidad es tan ancho como el Gran Cañón. Por desgracia, yo me encontraba en el lado contrario.

No quise admitirlo. Pensaba que, si seguía una dieta más estricta, si me esforzaba más, podría ser una bailarina ejemplar. Pero, cuando me gradué del instituto, me di cuenta de que no era la mejor bailarina de Chicago, ni mucho menos la mejor a nivel nacional. Tendría suerte si me contrataban como aprendiz en una compañía importante de danza, pero tenía pocas posibilidades de ser un miembro principal.

Aun así, me inscribí en el cuerpo del Lake City Ballet mientras iba a clases en la Universidad Loyola. Quería seguir bailando mientras me sacaba la carrera.

El director y el coreógrafo jefe se llama Jackson Wright. Es un poco gilipollas, pero qué director no lo es. «Director» y «dictador» parecen sinónimos en esta industria. Aun así, es un hombre brillante.

El Lake City Ballet es una institución contemporánea, experimental. Montan espectáculos increíbles de todo tipo, como uno que se hizo a oscuras con pintura corporal fluorescente y otro sin ningún tipo de música salvo tambores.

Nuestro futuro espectáculo trata de la alegría, lo cual me viene genial, porque soy la persona más animada que conozco. Es difícil deprimirme.

Tal vez por eso Jackson me ha permitido participar tanto en la coreografía. Me ha estado dejando hacer cositas por aquí y por allá desde que descubrió que se me daba bien. Esta es la primera vez que he compuesto bailes completos yo sola.

Estoy deseando verlo en vivo y en directo con el maquillaje, el vestuario y la iluminación. Mis propios pensamientos cobrando vida en el escenario. Me imagino a mi familia sentada en primera fila, fascinada por que yo sea la escultora y no solo la arcilla. ¡Impresionados conmigo para variar!

Entro prácticamente saltando al estudio. Hay una clase de condicionamiento en la sala uno y otra de técnica en la sala dos. Reconozco el sonido familiar de los pies cayendo sobre el suelo de madera, el pianista marcando el ritmo en directo, y los aromas mezclados del sudor, el perfume y la cera para el suelo. El olor de mi hogar.

El aire es denso por el calor de tantos cuerpos. Me quito la chaqueta y voy directa al despacho de Jackson.

La puerta está entreabierta. Llamo con suavidad en el marco y espero a escuchar su terso «pasa» antes de entrar.

Está sentado detrás de su escritorio y me mira a través de una pila desordenada de papeles. Su despacho es un desastre, está lleno de fotos enmarcadas, pósters de actuaciones antiguas, carpetas desorganizadas y hasta trocitos de tela de los vestidos en su fase inicial de diseño. Jack lo controla todo en las actuaciones, hasta el último tutú.

Es un poco más alto que yo, esbelto, y está en forma gracias a una estricta dieta vegana. Tiene una espesa cabellera negra con algunos mechones grisáceos en las sienes. Se vanagloria en exceso de ello, siempre se está pasando los dedos por el pelo cuando habla. Su piel está bronceada, tiene la cara estrecha y los ojos grandes, oscuros y expresivos. Muchos bailarines se enamoran de él, tanto hombres como mujeres.

—Nessa —dice levantando la vista de sus papeles—. ¿A qué debo el placer?

—¡Isabel me contó que ya están listos los programas! —digo intentando no sonreír demasiado.

Isabel es la diseñadora de vestuario. Es capaz de coser a mano como si fuera a máquina y gritar órdenes a todos sus ayudantes al mismo tiempo. Tiene la lengua afilada y el corazón de oro. Me gusta pensar que es como mi madre en el ballet.

—Ah, es verdad. Aquí está —replica Jackson señalando con la cabeza una caja de cartón llena de programas que hay sobre una silla plegable.

Me acerco rápidamente y saco el paquete que está arriba de todo. Le quito la banda elástica para ver un programa.

La imagen de la portada es preciosa. Es Angelique, una de nuestras bailarinas principales, con un vestido de seda rojo. Está saltando en el aire con una pierna en un ángulo imposible sobre la cabeza y el pie perfectamente arqueado.

Abro el programa y reviso la lista de bailes hasta los créditos. Espero ver mi nombre; de hecho, pensaba pedirle a Jackson que me dejara llevármelo a casa para enseñárselo a mis padres.

Pero… no veo nada. Jack Wright aparece como coreógrafo jefe y Kelly Paul como ayudante. Yo no aparezco por ningún lado.

—¿Qué pasa? —dice Jackson con irritación al notar mi expresión estupefacta.

—Es solo que… Creo que se han olvidado de citarme entre los coreógrafos —respondo en tono cauteloso.

Me refiero a los que han diseñado el programa. Debe de tratarse de una omisión accidental.

—No —dice Jackson sin más—. No se han olvidado.

Alzo la vista para mirarlo con la boca entreabierta por la sorpresa.

—¿A…, a qué te refieres?

—No se han olvidado —repite—. No estás en los créditos.

El corazón rebota contra mi caja torácica como una polilla contra una ventana. Mi tendencia natural sería asentir, decir «muy bien» y marcharme. Odio la confrontación. Pero sé que, si lo hago, me odiaré más todavía a mí misma. Tengo que entender qué está pasando.

—¿Por qué no? —pregunto intentando mantener la voz lo más tranquila y poco acusadora posible.

Jackson suelta un suspiro de irritación y deja a un lado los papeles que ha estado ojeando, los cuales se pierden en el caos de su escritorio.

—No estás contratada como coreógrafa, Nessa —dice como si me estuviera explicando que uno más uno son dos—. Formas parte del cuerpo de baile. Que hayas dado un par de ideas al tuntún…

—¡He creado cuatro de los bailes! —estallo con la cara roja. Sé que sueno infantil, pero no puedo evitarlo.

Jackson se pone en pie. Se acerca a mí y me pasa el brazo por el hombro. Creo que quiere consolarme, hasta que me doy cuenta de que me está llevando hasta la puerta.

—Te diré la verdad, Nessa —explica—. Has participado un poco. Pero tus ideas no son muy originales. Son simples. Las partes de la actuación que le dan vida, que le dan alas, son las mías. Creo que, si sigues insistiendo en recibir crédito por algo que no te mereces, solo conseguirás ponerte en ridículo.

Tengo la garganta tan hinchada de la vergüenza que no puedo hablar. Intento contener desesperadamente las lágrimas que me arden en los ojos.

—Gracias por pasarte —dice cuando llegamos a la puerta—. Quédate el programa si quieres.

Ni siquiera me he dado cuenta de que sigue en mi mano, arrugado de lo fuerte que lo estoy apretando.

Jackson me saca de su despacho. Cierra la puerta con un leve chasquido y me deja sola en el pasillo.

Me quedo ahí pasmada, mientras unas lágrimas silenciosas se deslizan por mi cara. Dios, me siento gilipollas.

Como no quiero que nadie me vea, salgo corriendo por el pasillo en busca de las puertas principales.

Antes de que llegue, me intercepta Serena Breglio. Forma parte del cuerpo de baile, como yo. Ha salido de la clase de condicionamiento para beber agua de la fuente del pasillo.

Se queda quieta cuando me ve y frunce las cejas rubias, preocupada.

—¡Nessa! ¿Qué sucede?

—Nada —respondo negando con la cabeza—. No es nada. Solo estoy… siendo una idiota. —Me enjuago las mejillas con el dorso de la mano e intento recomponerme.

Serena lanza una mirada recelosa hacia la puerta cerrada de Jackson.

—¿Te ha hecho algo? —pregunta.

—No.

—¿Segura?

—Totalmente.

—Bueno, dame un abrazo al menos —dice rodeándome los hombros con el brazo—. Perdona, estoy sudando.

No me molesta en absoluto. El sudor, las ampollas, las uñas rotas…, por aquí son tan habituales como los alfileres.

Serena es la típica rubia californiana. Tiene un cuerpo esbelto y atlético, y, de alguna forma, consigue mantener el bronceado a pesar de vivir en el Medio Oeste. Le pega más estar en una tabla de surf que de puntillas. Pero es lo bastante buena como para llegar a ser segunda solista dentro de poco.

Es competitiva como ninguna otra dentro del estudio, pero fuera es un encanto. No me importa que me vea así. Sé que no se lo contará al resto de las chicas.

—¿Te vienes esta noche con nosotras? —pregunta.

—¿Adónde vais?

—Han abierto una discoteca nueva. Se llama Jungle.

Dudo.

En realidad, se supone que no debo ir a ese tipo de sitios, sobre todo sin decírselo a mis padres o a mi hermano. Pero, si se lo digo, no me dejarán ir. O enviarán a uno de sus guardaespaldas para que me controle, alguien como Jack Du Pont, que se sentará en una esquina a mirarme y a asustar a todo el que quiera bailar conmigo. Es bochornoso y mis amigas se sienten incómodas.

—No sé…

—Ay, venga. —Serena me aprieta los hombros—. Marnie también viene. Vente con nosotras, nos tomamos algo. Te dejamos en casa a las once.

—Está bien —digo, sintiéndome rebelde solo por aceptar—. De acuerdo.

—¡Sí! —Serena eleva el puño—. Será mejor que entre antes de que madame Brodeur me eche la bronca. ¿Nos esperas aquí?

Niego con la cabeza.

—Estaré en la cafetería de aquí al lado.

—Perfecto —replica Serena—. Pídeme un bollo.