1. Aida Gallo

1

AIDA GALLO

Los fuegos artificiales estallan sobre el lago, quedan suspendidos en el aire claro de la noche y luego descienden en brillantes nubes hasta diluirse en el agua.

Mi padre se estremece a la primera explosión. No le gustan las cosas escandalosas o inesperadas. Por eso a veces yo le saco de sus casillas: porque puedo ser ambas cosas, incluso cuando trato de no hacerlo.

Le veo el ceño fruncido iluminado por las luces azules y doradas. Ajá. Sip, es la misma expresión que pone cuando me mira.

—¿Quieres que comamos dentro? —le pregunta Dante.

Como es una noche cálida, estamos todos sentados en la terraza. Chicago no es Sicilia: siempre que se puede, hay que aprovechar la oportunidad de comer al aire libre. Aun así, si no fuera por el ruido del tráfico, se podría llegar a pensar que estamos en un viñedo italiano. La vajilla de gres se trajo del Viejo Continente hace tres generaciones, y la pérgola del techo está cubierta por completo con las uvas de raposa que papá plantó para dar sombra. No se puede hacer vino con las uvas de raposa, pero al menos sirven para mermelada.

Mi padre niega con la cabeza:

—Aquí se está bien —se limita a decir.

Dante vuelve a meterse un trozo de pollo en la boca con un gruñido.

Mi hermano es tan grande que el tenedor parece enano en su mano. Come como si no le hubiesen alimentado en meses, devorando sobre el plato.

Dante es el mayor, así que se sienta a la derecha de mi padre.

Nero está a la izquierda y Sebastian a su lado. Yo estoy en la otra cabecera, que es donde se sentaría mi madre si aún viviera.

—¿Qué festivo es? —dice Sebastian mientras se eleva hacia el cielo otra tanda de fuegos artificiales.

—No es un día festivo. Es el cumpleaños de Nessa Griffin —le digo.

La inmensa propiedad palaciega de los Griffin se encuentra justo al borde del lago, en el corazón de la Gold Coast. Han decidido rematar la fiesta con fuegos artificiales para asegurarse de que absolutamente todo el mundo en la ciudad sepa que su princesita está de cumpleaños, como si no lo hubiesen anunciado ya a los cuatro vientos al nivel de los Juegos Olímpicos y los Oscar juntos.

Sebastian no lo sabe porque todo lo que no sea baloncesto le importa tirando a poco. Es el más pequeño de mis hermanos. Y el más alto. Le han dado una beca completa en la Universidad Estatal de Chicago. Debe de ser muy bueno, porque, cada vez que voy al campus a verlo, me doy cuenta de que a su paso va dejado miraditas y risitas por parte de las chicas. A veces se arman de valor y le piden que les firme las camisetas.

—¿Cómo es que no nos han invitado? —dice Nero muy sarcástico.

No nos han invitado porque odiamos a los putos Griffin. Y ellos a nosotros.

La lista de invitados estará confeccionada al detalle, repleta de miembros de la alta sociedad, políticos y cualquier otra persona que pueda ser de utilidad o con un caché. No creo que Nessa conozca a ninguno de ellos.

Tampoco es que Nessa me dé lástima precisamente. He oído que su padre ha contratado a Selena Gomez para que actúe. No es Halsey, pero sigue siendo bastante buena.

—¿Qué novedades hay sobre la Oak Street Tower? —le dice papá a Dante al tiempo que corta meticulosamente su pollo a la parmesana.

Sabe perfectamente cómo va la Oak Street Tower, porque sigue al milímetro todo lo que hace Gallo Construction. Solo cambia de tema porque le cabrea que los Griffin estén bebiendo champán mientras cierran todo tipo de tratos con la alta sociedad de Chicago.

Me importa una mierda lo que hagan los Griffin. A mí lo que no me gusta es que alguien se divierta sin mí.

Así que, mientras mi padre y Dante parlotean sobre la torre, le murmuro a Sebastian:

—Deberíamos ir.

—¿Adónde? —dice tragándose un vaso entero de leche de una sentada.

Los demás estamos bebiendo vino. Sebastian está intentando mantenerse en plena forma para hacer regates y abdominales o lo que coño haga su equipo de desgarbados ogros en los entrenamientos.

—Deberíamos ir a la fiesta. —Trato de no levantar la voz.

Nero se anima. Siempre le apetece meterse en movidas.

—¿Cuándo?

—Justo después de cenar.

—No estamos en la lista —protesta Sebastian.

—Madre mía. —Pongo los ojos en blanco—. A veces me pregunto si de verdad eres un Gallo. ¿También te da miedo cruzar la calle con el semáforo en rojo?

Mis dos hermanos mayores son gángsteres de pies a cabeza. Se encargan de las partes más chungas del negocio familiar. Sebastian por el contrario cree que va a ir a la NBA. Vive en una realidad completamente paralela a la del resto de nosotros. Intenta ser un buen chico, un ciudadano respetuoso con la ley.

Aun así, es el más cercano a mí en edad y probablemente mi mejor amigo. Aunque yo quiero a todos mis hermanos. Al final me sonríe.

—Que sí que voy, ¿vale?

Dante nos lanza una mirada severa. Sigue hablando con nuestro padre, pero sabe que estamos tramando algo.

Como todos nos hemos terminado el pollo, Greta saca la panacota. Es nuestra ama de llaves y lleva en casa desde hace unos cien años. Es mi segunda persona favorita del mundo después de Sebastian. Es corpulenta y guapa, aunque ahora ya tiene el pelo más gris que rojo. Me ha hecho la panacota sin frambuesas porque sabe que no me gustan las semillas y a ella le da igual que yo sea una malcriada. Le cojo la cabeza y le planto un beso en la mejilla mientras deja el postre delante de mí.

—¡Vas a hacer que se me caiga la bandeja! —Intenta zafarse de mí.

—No se te ha caído una bandeja en la vida.

Mi padre tarda la puta vida en comerse el postre. Da sorbitos al vino y no para de hablar del sindicato de electricistas. Me apuesto a que Dante está alargando esto a propósito para cabrearnos al resto. En las cenas tan formales como esta, papá quiere que nos quedemos todos hasta el final. Tampoco se permiten teléfonos en la mesa, lo cual es básicamente una tortura, porque el móvil me vibra una y otra vez en el bolsillo, con mensajes de a saber quién. Espero que no de Oliver.

Rompí con Oliver Castle hace tres meses, pero no lo debe de haber pillado. Puede que al final tengan que darle un buen mazazo en la cabeza si no deja de molestarme.

Papá acaba al fin de comer. Recogemos todos los platos y bandejas que nos caben en los brazos y los apilamos en el fregadero para que Greta los lave más tarde.

Después papá va a su despacho a tomarse su segunda última copa, y Sebastian, Nero y yo bajamos a hurtadillas.

Nos deja salir los sábados por la noche. Al fin y al cabo, todos somos adultos —bueno, en mi caso, no demasiado—. Pero, aun así, no queremos que papá nos pregunte adónde vamos.

Nos apiñamos en el coche de Nero, un Chevy Bel Air del 57, porque será mucho más divertido pasearnos con él con la capota bajada.

Nero arranca el motor. El resplandor de los faros revela la silueta corpulenta de Dante, que allí plantado, con los brazos cruzados, parece Michael Meyers a punto de asesinarnos.

Sebastian pega un brinco. Yo suelto un chillido.

—Nos estas bloqueando el paso —dice Nero con sorna.

—Esto no es buena idea —dice Dante.

—¿Por qué? —Nero puede hacer que su voz suene inocente incluso cuando ni una sola persona de este planeta pensaría que lo es. Pero para nada—. Solo vamos a dar una vuelta.

—¿Sí? —dice Dante, sin moverse—. Por Lake Shore Drive, ¿a que sí?

Nero cambia de táctica.

—¿Y qué pasa? Solo es una fiesta de los Dulces Dieciséis.

—Nessa cumple diecinueve años —le corrijo.

—¿Diecinueve? —Nero pone cara de asco—. ¿Y por qué le…? Da igual. Seguro que por alguna chorrada irlandesa. Con tal de fardar…

—¿Podemos irnos ya? —dice Sebastian—. No quiero estar fuera hasta muy tarde.

—¡Sube o quítate de en medio! —le grito a Dante.

Se queda mirando un minuto más y luego se encoge de hombros.

—Está bien. Pero yo voy de copiloto.

Me paso al asiento de atrás sin rechistar y le dejo a Dante la parte delantera. Un pequeño precio que pagar a cambio de que mi hermano mayor forme parte del Club Jodefiestas.

Bajamos por LaSalle Street, disfrutando del aire de principios de verano que entra en el coche. Nero tiene un corazón oscuro y un carácter violento, pero por su forma de conducir sería imposible adivinarlo. En el coche, es tan suave como el culito de un bebé, y conduce con calma y cuidado.

Quizá sea porque adora el Chevy y le ha dedicado unas mil horas de trabajo. O puede que porque conducir sea lo único que lo relaja. En cualquier caso, me encanta verlo con el brazo estirado sobre el volante, el viento echándole el pelo liso hacia atrás y los ojos entrecerrados como los de un gato.

La Gold Coast no está lejos. En realidad, somos prácticamente vecinos. Nosotros vivimos en Old Town, que está justo al norte. Aun así, los dos barrios no se parecen demasiado. Sí, ambos son elegantes a su manera. Nuestra casa da directamente al Lincoln Park y la suya al lago. Pero el Old Town es, bueno, lo que su nombre indica: la hostia de viejo. Nuestra casa se construyó en la época victoriana. Nuestra calle es tranquila y está llena de viejos robles macizos. Estamos al lado de la iglesia de Saint Michael. Mi padre cree de corazón que la iglesia se salvó del gran incendio de Chicago por la intervención directa del mismísimo Dios.

Por otro lado, la Gold Coast está a la última en todo. Está llena de tiendas y restaurantes de lujo y alberga las mansiones de los cabrones más ricos de Chicago. Venir hasta aquí es como avanzar treinta años en el tiempo.

Sebastian, Nero y yo pensábamos colarnos por la aparte de atrás de la propiedad de los Griffin, y robar algunos uniformes de los del catering. Dante, por supuesto, no está dispuesto a hacer ninguna de nuestras tonterías. Se limita a deslizarle al guardia de seguridad quinientos pavos para que «encuentre» nuestro nombre en la lista, y el tipo nos deja pasar.

Sé cómo es la casa de los Griffin antes de verla porque cuando la compraron, hace unos años, apareció en todas partes. En aquel momento, era la vivienda más cara de Chicago. Mil cuatrocientos metros cuadrados por la friolera de veintiocho millones de dólares. Recuerdo que mi padre se mofó y dijo que era propio de los irlandeses hacer alarde de pasta. «Un irlandés se pondría un traje de mil doscientos dólares, aunque no tuviese dinero ni para pagarse una pinta».

Los Griffin pueden pagarse muchas pintas. Tienen dinero hasta para quemarlo si quieren, que es literalmente lo que están haciendo ahora mismo, en forma de espectáculo de fuegos artificiales que podría dejar Disney World a la altura del betún.

A mí me la sudan las chispas de colores. Lo que yo quiero es el champán de lujo que llevan en las bandejas los camareros, seguido de lo que se sea que esté en una torre en la mesa del bufet. Voy a llevar a la bancarrota a estos capullos pretenciosos comiéndome mi peso en patas de cangrejo y caviar.

La fiesta es al aire libre, en el inmenso y verdísimo césped. Es la noche perfecta para ello: una prueba más de la suerte de los irlandeses. Todos ríen y conversan, se atiborran a comer e incluso bailan un poco, aunque todavía no actúa Demi Lovato, sino una DJ normal y corriente.

Igual me tendría que haber cambiado de ropa. No hay ni una sola chica a la vista sin un vestido brillante de fiesta y taconazos. Pero no debe de ser muy cómodo que se te claven los tacones sobre la hierba blanda, así que me alegro de ir con sandalias y pantalones cortos.

Veo a Nessa Griffin, rodeada de gente que la felicita por el monumental logro de haber llegado viva a los diecinueve años. Lleva un bonito vestido de verano color crema, sencillo y bohemio. Tiene el pelo castaño claro suelto alrededor de los hombros, está algo bronceada y con algunas pecas de más en la nariz, como si hubiese estado en el lago toda la mañana. Se la ve muy feliz, muy dulce y colorada por tanta atención.

La verdad es que, de todos los Griffin, Nessa es la mejor. Fuimos al mismo instituto. No éramos lo que se dice amigas, ya que ella iba un año por detrás de mí y era un poco monja. Pero parecía bastante maja.

Su hermana, en cambio…

Puedo ver a Riona ahora mismo, regañando a una camarera hasta que la pobre se echa a llorar. Riona Griffin luce uno de esos vestidos entallados y tiesos que quedarían mejor en una sala de juntas que en una fiesta al aire libre. Su pelo está aún más tieso que el vestido. Nunca a nadie le ha sentado tan mal el pelo rojo fuego. Es como si la genética hubiese intentado hacerla divertida y Riona hubiese dicho: «No me voy a divertir en toda mi vida, así que muchas gracias, pero no».

Está escudriñando a los invitados como si quisiera embolsar y etiquetar a los más importantes. Me doy la vuelta para rellenar mi plato antes de que me vea.

Mis hermanos han hecho la bomba de humo en cuanto hemos llegado. Veo a Nero ligar con una guapa rubia en la pista de baile. Dante ha ido directamente a la barra porque ese champán de pitiminí no se lo va a beber. Sebastian ha desaparecido totalmente, cosa nada fácil de hacer cuando mides dos metros. Supongo que habrá visto a algunos conocidos; Sebastian le cae bien a todo el mundo y tiene amigos en todas partes.

Y yo…, yo tengo que hacer pis.

Los Griffin han instalado retretes al aire libre, muy discretos, en el extremo opuesto de la finca y protegidos por un toldo de gasa. No pienso mear en un meadero portátil, por muy de lujo que sea. Voy a mear en un baño Griffin como Dios manda, justo donde aposentan sus blancos traseros. Además, así podré cotillear en su casa.

Esto me lo voy a tener que currar un poco más, porque alrededor de la entrada a la casa tienen mucha más seguridad, y yo ando escasa de dinero para sobornos. En cuanto me echo una servilleta de tela al hombro y robo la bandeja que ha dejado abandonada la camarera a la que Riona ha hecho llorar, solo tengo que cargar unos cuantos vasos vacíos y me cuelo en la cocina del servicio.

Pongo los platos en el fregadero, como una buena empleada, y luego me cuelo dentro de la casa.

Madre mía, la casa es la leche de bonita. Ya sé que se supone que somos enemigos a muerte y todo eso, pero sé cuándo veo un sitio mejor decorado que cualquier cosa que haya visto en House Hunters. Incluso en House Hunters International.

Es más sencilla de lo que imaginaba: paredes lisas en tonos crema y madera natural, muebles bajos modernos y lámparas con un rollo de arte industrial.

También hay mucho arte del de verdad: cuadros que parecen bloques de color y esculturas hechas con montones de formas. Tampoco soy una completa ignorante: sé que ese cuadro es un Rothko o se le parece. Pero también sé que yo no podría hacer que una casa tuviese este aspecto así de bonito, aunque me dieran cien años y un presupuesto ilimitado para ello.

Ahora sí que me alegro de haber entrado para mear.

Encuentro el baño más cercano al final del pasillo. Por supuesto, es una oda al lujo: jabón de lavanda, toallas suaves y esponjosas y agua que sale del grifo a la temperatura perfecta, ni demasiado fría ni demasiado caliente. Quién sabe, en un lugar tan inmenso, a lo mejor la primera persona que pone un pie aquí soy yo. Probablemente cada Griffin tenga su propio cuarto de baño. De hecho, lo más seguro es que se pierdan en este laberinto cuando se emborrachan.

Cuando termino, sé que debo volver a salir. Ya me he aventurado y todo eso, pero no tiene sentido tentar a la suerte.

Pero al final acabo subiendo sigilosamente por la amplia escalera en curva hasta el piso superior.

La planta baja era demasiado formal y antiséptica, como si fuese una casa de exposición.

Yo quiero ver dónde vive realmente esta gente.

A la izquierda de la escalera, encuentro un dormitorio que debe de pertenecer a Nessa. Es dulce y femenino, lleno de libros, peluches y material de arte. Hay un ukelele en la mesilla de noche y varios pares de zapatillas de deporte metidas a toda prisa debajo de la cama. Lo único que no está limpio e impoluto son las zapatillas de ballet colgadas del pomo de la puerta por las cintas: están completamente destrozadas y llenas de agujeros en las puntas de satén.

Frente a la habitación de Nessa hay otra que probablemente pertenezca a Riona. Es más grande y está ordenada a la perfección. No veo rastro de aficiones en ella. Tan solo unas preciosas acuarelas asiáticas colgadas de las paredes. Me decepciona que Riona no tenga estanterías llenas de antiguos trofeos y medallas. La verdad es que tiene pinta de ser de esas.

Más allá de las habitaciones de las chicas está la suite principal. Bueno, ahí sí que no voy a entrar. Me parece pasarse ya. Tiene que haber algún tipo de línea que no cruce cuando me cuele en casa de alguien.

Giro en dirección contraria y me encuentro en una biblioteca enorme. Esta es la clase de movida misteriosa por la que he venido.

¿Qué leerán los Griffin? ¿Estará la biblioteca llena de clásicos encuadernados en cuero o son fans secretos de Anne Rice? Solo hay una forma de averiguarlo…

Parece que predominan las biografías, los tochos de arquitectura y, sí, efectivamente, todos los clásicos. Hasta tienen una sección dedicada a los escritores irlandeses más famosos de todos los tiempos, como James Joyce, Jonathan Swift, William Butler Yeats y George Bernard Shaw. No hay ni rastro de Anne Rice, pero al menos veo a Bram Stoker.

Anda, mira, si incluso tienen un ejemplar firmado de Dublineses. No me importa lo que diga la gente. No hay quien entienda ese puto libro. Y los irlandeses pretenden que nos traguemos que es una obra maestra de la literatura, cuando estoy convencida de que a ellos les suena a chino, igual que al resto.

Además de las estanterías de libros que van del suelo al techo, la biblioteca está llena de sillones de cuero acolchados, tres de los cuales se han dispuesto alrededor de una gran chimenea de piedra. A pesar del clima cálido, hay un fuego encendido. Pero es pequeño. Es de troncos de abedul, que huelen fenomenal. Encima de la chimenea cuelga un cuadro de una mujer muy guapa. Debajo hay un reloj de carruaje y un reloj de arena. Y entre los dos, un viejo reloj de bolsillo.

Lo recojo de la repisa. Me sorprende lo pesado que es y que el metal resulte cálido al tacto en lugar de frío. No sé si es de latón o de oro. Parte de la cadena sigue sujeta, aunque parece que está rota a mitad de la longitud original. El estuche está tallado, pero tan desgastado que no sabría decir qué imagen tenía antes. Ni sé cómo abrirlo.

Estoy jugueteando con el mecanismo cuando oigo un ruido en el pasillo: un tintineo muy sutil. Me meto el reloj en el bolsillo y me escondo detrás de uno de los sillones, el que más cerca está de la chimenea.

Entra un hombre en la biblioteca: alto, moreno, de unos treinta años. Lleva un traje perfectamente hecho a medida y va muy bien peinado. Guapo, pero con aspecto rudo, como si no tuviese ninguna duda a la hora de tirarte de un bote salvavidas en el caso de que no hubiese asiento para él. O incluso en el caso de que te hubieras olvidado de lavarte los dientes.

A este tío no lo he visto nunca, pero estoy bastante segura de que es Callum Griffin, el mayor de los hermanos Griffin. Lo que significa que es la peor persona que podría pillarme en la biblioteca.

Por desgracia, parece que ha entrado con intención de quedarse un tiempecito. Se repanchinga en un sillón casi enfrente de mí y empieza a leer correos electrónicos en el teléfono. Tiene un vaso de whisky en la mano y le da un sorbito. Ese es el sonido que he oído: el tintineo de los cubitos de hielo.

Detrás del sillón casi no hay sitio. La alfombra que cubre el suelo de madera no es lo que se dice mullidita, y tengo que hacerme un ovillo para que no se me vean la cabeza y los pies por los lados. Además, hace un calor de narices tan cerca del fuego.

¿Cómo coño voy a salir de aquí?

Callum sigue sorbiendo y leyendo. Sorbito. Lectura. Sorbito. Lectura. El único sonido es el crepitar de los troncos de abedul.

¿Cuánto tiempo va a estar sentado aquí?

No puedo quedarme para siempre. Mis hermanos empezarán a buscarme dentro de un minuto.

No me gusta estar atrapada. Estoy sudando del calor y del agobio.

Qué refrescante parece el hielo del vaso de Callum. Joder, quiero una copa y quiero largarme.

Pero ¿cuántos putos correos electrónicos tiene este tío?

Cabreada y nerviosa, urdo un plan… que debe de ser el más estúpido que haya tramado en mi vida.

Alargo la mano hacia atrás y cojo la borla que cuelga de las cortinas. Es una gruesa borla dorada sujeta a unas cortinas de terciopelo verde.

Si tiro de ella hasta el tope, puedo meterla por el borde de la rejilla de la chimenea, directamente a las brasas.

Mi plan es hacer que eche humo, lo que distraerá a Callum y me permitirá escabullirme por el lado opuesto del sillón y salir por la puerta. Ese es mi plan genial.

Pero, como esto no es una puta novela de Nancy Drew, lo que ocurre en su lugar es esto:

Las llamas trepan por el cordón como si estuviese empapado en gasolina, y casi me achicharran la mano. Dejo caer el cordón, que vuelve hacia la cortina. La cortina empieza a arder. Y el fuego llega al techo en un santiamén.

En realidad, consigo mi propósito de distraer a Callum Griffin. Este pega un alarido, se levanta de un brinco y el sillón donde está sentado se cae. Sin embargo, la distracción se produce a costa de toda sutileza por mi parte, porque yo también tengo que abandonar mi escondite y salir pitando de la habitación. No sé si Callum me ha visto o no. Me la suda.

Pienso si debería buscar un extintor, agua o algo. También pienso que debería largarme de aquí inmediatamente.

Gana la segunda idea: bajo las escaleras a toda leche.

Al final de la escalera, choco con otra persona. Es Nero, con la rubia guapa justo detrás. Está despeinado y con el cuello lleno de carmín.

—Joder, ¿es un nuevo récord? —Estoy convencida de que no hace ni ocho segundos que la conoce.

Nero se encoge de hombros, con un atisbo de sonrisa en ese rostro de demonio que tiene.

—Probablemente.

El humo empieza a asomar por encima de la barandilla. Callum Griffin sigue gritando desde la biblioteca. Nero mira hacia la escalera.

—Pero ¿qué es…?

—No importa. —Le agarro del brazo—. Tenemos que salir de aquí.

Mientras tiro de él en dirección a la cocina de servicio, no logro seguir mi propio consejo. Echo una mirada hacia atrás por encima del hombro. Callum Griffin está de pie al final de la escalera, lanzándonos una mirada asesina.

Corremos por la cocina, derribamos una bandeja de canapés y salimos por la puerta, de vuelta al jardín.

—Tú busca a Sebastian; yo buscaré a Dante —dice Nero.

Deja ahí a la rubia sin decir palabra y se marcha corriendo por el césped.

—Oye, ¿pero qué…? —dice ella.

Yo salgo disparada en dirección contraria, a ver si logro encontrar la figura larguirucha de mi hermano menor.

Dentro de la mansión, empieza a sonar una alarma de incendios.

2

CALLUM GRIFFIN

La fiesta de Nessa empieza dentro de menos de una hora. Y yo sigo encerrado con mis padres en el despacho de mi padre, que es una de las habitaciones más grandes de la casa, mayor incluso que la suite principal o la biblioteca. Y viene que ni pintado, porque en mi familia todo gira en torno a los negocios: es el objetivo principal del clan Griffin. Estoy prácticamente convencido de que mis padres tuvieron hijos solo para poder asignarles funciones dentro de su imperio.

Desde luego, sí tenían intención de que fuéramos más. Yo le saco cuatro años a Riona, y Riona le saca seis a Nessa. En esos impasses, hubo siete embarazos fallidos, que o bien acabaron en aborto natural o en mortinatos.

Así que el peso de todos esos niños no nacidos recae sobre mis hombros. Soy el mayor y el único chico. El trabajo de los hombres Griffin solo puedo hacerlo yo. Soy el que debe continuar nuestro nombre y nuestro legado.

A Riona le enfurecería oírme decir eso. Se cabrea sobremanera ante cualquier insinuación de que pueda haber una diferencia entre los dos porque yo soy mayor que ella y varón. Jura que nunca se casará ni cambiará de nombre. Ni tendrá hijos. Y eso es, a su vez, lo que indigna muchísimo a mis padres.

Nessa es mucho más flexible. Le gusta complacer a la gente y no haría nada que molestara a sus queridos padres. Por desgracia, vive en un puto mundo de fantasía. Es tan dulce y tierna que no tiene ni la más remota idea de lo que hace falta para que esta familia se mantenga en el poder. Así que, en la práctica, es inútil.

Eso no significa que Nessa no me importe. Es tan buena que es imposible no quererla.

Me alegra verla así de feliz hoy. Está encantada con la fiesta, aunque apenas tenga nada que ver con ella. Va de un lado a otro probando todos los postres, admirando la decoración…, completamente desconocedora de que el único motivo de esta celebración es granjearme apoyos para mi campaña a concejal del distrito 43.

Las elecciones son dentro de un mes. El distrito 43 incluye toda la orilla del lago: Lincoln Park, Gold Coast y Old Town. Salvo por la alcaldía, no hay cargo más poderoso en toda la ciudad de Chicago.

Durante los últimos doce años, el cargo lo ocupó Patrick Ryan, hasta que ingresó en prisión. Antes de eso, su madre, Saoirse Ryan, estuvo en el puesto dieciséis años. Se le dio de maravilla lo de ser concejal, y evidentemente mejor que a su hijo lo de que no la pillaran con las manos en la masa.

En muchos sentidos, ser concejal es mejor que ser alcalde. Eres el emperador de tu distrito. Gracias a los privilegios de concejal, tienes la última palabra sobre zonificación y desarrollo inmobiliario, préstamos y subvenciones, legislación e infraestructuras. Puedes ganar dinero de frente, bajo cuerda y de soslayo. Todo pasa por ti, y todo el mundo te debe favores. Es casi imposible que te pillen.

Y, sin embargo, estos cabrones codiciosos tienen tan poco cuidado que aun así consiguen que los trinquen.

Pero a mí no me pasará. Porque yo me haré con el control del distrito más rico y poderoso de Chicago para luego hacer lo mismo cuando pase a ser el alcalde de la maldita ciudad entera.

Porque eso es lo que hacen los Griffin. Construir nuestro imperio. Nunca nos detenemos. Y nunca nos atrapan.

El único problema es que el puesto de concejal está bastante codiciado. Y no me extraña, porque es la joya de la corona del poder en esta ciudad.

Los principales contendientes son Kelly Hopkins y Bobby La Spata. Hopkins no debería ser un problema. Es una candidata anticorrupción, que se presenta con promesas de mierda sobre hacer una limpieza en el ayuntamiento. Es joven, idealista y no tiene ni idea de que está nadando en un tanque de tiburones con un traje de carne puesto. A esa me la quitaré de encima sin problema.

Lo de La Spata ya es más complicado.

Tiene muchos apoyos, incluidos los de los sindicatos de electricistas y bomberos, además de los italianos. En realidad, no le cae bien a nadie: es un puto chulángano que se pasa la mitad del tiempo borracho y la otra mitad pillado con una nueva amante. Pero sabe cómo untar las manos adecuadas y lleva mucho tiempo en esto. Y mucha gente le debe favores.

Paradójicamente, será más difícil deshacerse de él que de Hopkins. La pobre Hopkins confía en su imagen pulcra; en cuanto saque a relucir algún trapo sucio sobre ella (o me invente alguno), estará hundida. Sin embargo, los defectos de La Spata son vox populi. Es un crápula de tal categoría que nadie espera nada mejor de él. Voy a tener que abordar el tema desde otro ángulo si quiero acabar con él.

Y de eso estoy discutiendo con mis padres.

Mi padre está apoyado en su escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho. Es alto, está en forma, tiene el pelo gris cortado con estilo y unas gafas de pasta que le dan aspecto de intelectual. Cualquiera diría que se crio como un matón, rompiendo rótulas en el Horseshoe cuando la gente no pagaba sus deudas…

Mi madre es delgada y menuda, con una elegante melenita rubia. Está junto a la ventana, mirando cómo disponen el catering en el jardín. Sé que está deseando salir cuanto antes, pero no dirá ni mu hasta que acabe la reunión. Puede que parezca una elegantísima y pulcra mujer de la alta sociedad, pero está igual de metida en los entresijos de nuestro negocio que yo.

—Asegúrate de hablar con Cardenas —dice mi padre—. Controla el sindicato de bomberos. Tendremos que sobornarle. Sé sutil. Le gusta fingir que está por encima de ese tipo de cosas. Marty Rico necesita que le prometamos que vamos a cambiar la zonificación de Wells Street para que pueda incluir sus edificios. Renunciaremos al requisito de vivienda asequible, no queda otra. Leslie Dowell también va a venir, pero no estoy seguro de qué…

—Quiere que se amplíen las escuelas concertadas —responde mi madre—. Si le concedes eso, tendrás asegurado el apoyo de todas las mujeres del consejo de educación.

Sabía que mi madre estaba poniendo la oreja.

—Riona se puede encargar de William Callahan —le digo—. Hace tiempo que siente algo por ella.

Mi madre aprieta los labios. Cree que es indigno para nosotros usar el atractivo sexual como gancho. Se equivoca. Si funciona, no hay nada demasiado bajo para nadie.

Una vez que hemos repasado la lista de personas con las que tendremos que codearnos en la fiesta, estamos listos para pasar a la acción y ponernos a trabajar.

—¿Algo más? —le digo a mi padre.

—Esta noche no. Pero en algún momento, más pronto que tarde, tenemos que hablar de la Braterstwo.

Hago un mohín.

La mafia polaca se me está atragantando cada vez más. Putos salvajes que no entienden cómo se hacen las cosas en la era moderna. Siguen viviendo en los tiempos en que las disputas se resolvían cortándole las manos a un hombre y arrojándolo al río.

Claro que yo también lo haré si es necesario, pero al menos intento alcanzar un acuerdo antes de llegar a ese punto.

—¿Qué pasa con ellos?

—Tymon Zajac quiere reunirse contigo.

La cosa va en serio. Zajac es el gran jefe: el Carnicero de Bogotá.

No quiero que venga a mi oficina.

—Ya lo vemos mañana —le digo a mi padre.

Esta noche no me puedo permitir pensar en ese tema.

—Bien. —Se endereza y se pone el dobladillo de la chaqueta en su sitio.

Mi madre le echa un vistazo para asegurarse de que está impoluto y luego me mira a mí.

—¿Eso es lo que vas a ponerte? —me dice mi madre al tiempo que levanta una ceja perfectamente cuidada.

—¿Qué le pasa?

—Es un poco formal.

—Papá lleva traje.

—Lo que quiere decir es que pareces un enterrador —comenta mi padre.

—Soy joven. Quiero parecer más mayor.

—Te falta aún un poco de estilo —dice.

Suspiro. Soy muy consciente de la importancia de la imagen. Todos mis trajes están hechos a medida. Siguiendo el consejo de mi ayudante, hace poco empecé a llevar el pelo de la cara bien arreglado. Aun así, resulta agotador cambiarse de ropa tres veces al día para tener siempre el aspecto perfecto en cada ocasión.

—Le pondré solución —prometo.

Al salir de la oficina, veo a Riona en el pasillo. Ya está vestida para la fiesta. Me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Qué hacíais ahí dentro? —Odia que la dejen fuera de todo.

—Estábamos repasando la estrategia para esta noche.

—¿Y por qué a mí no me han invitado?

—Porque quien se presenta a concejal soy yo.

Le aparecen en las mejillas dos puntos de color brillantes, señal inequívoca desde que éramos niños de que está que trina.

—Necesito que hables con Callahan por mí —le digo para suavizar la situación… y para hacerle saber que sí que la necesitamos—. Me apoyará si se lo pides tú.

—Sí, claro que lo hará —dice Riona con altivez. Sabe que tiene al jefe de policía comiendo de la palma de su mano—. No está mal. Lástima de aliento.

—Pues entonces no te acerques demasiado.

Asiente. Riona es una soldado de primera. Nunca me ha defraudado.

—¿Dónde está Nessa? —le pregunto.

Se encoge de hombros.

—Por ahí, Dios sabe dónde. Deberíamos ponerle un cascabel.

—Si la ves, mándamela.

Todavía no he felicitado a Nessa por su cumpleaños ni le he dado mi regalo. He estado demasiado ocupado.

Subo las escaleras trotando y luego recorro el pasillo hasta mi suite. No me gusta el hecho de seguir viviendo con mi familia a los treinta años, pero hace que sea más cómodo trabajar juntos. Además, para ser concejal hay que vivir en el distrito. Y no tengo tiempo para buscar casa.

Por lo menos, mi cuarto está en el extremo opuesto de la casa respecto a la suite principal. Es grande y cómodo; derribamos un tabique cuando volví de la universidad, con lo que me gané mi propia suite y un despacho contiguo. Es casi como un apartamento, separado de las otras habitaciones por la enorme biblioteca.

Oigo a los primeros invitados, que ya están llegando al jardín. Me pongo mi traje Zegna más nuevo y bajo para mezclarme con los demás.

Todo va sobre ruedas, como siempre que mi madre se encarga de las cosas. Puedo ver su elegante melena rubia al otro lado del césped y oír su risa suave y culta mientras se esfuerza por relacionarse con todos los invitados más aburridos e importantes.

Por mi parte, me voy abriendo camino a mi lista particular de Cardenas, Rico y Dowell a medida que van llegando.

Al cabo de una hora, empiezan los fuegos artificiales. Se han programado para que coincidan con la puesta de sol, de modo que las brillantes explosiones resalten sobre el cielo recién oscurecido. Es una noche tranquila y el lago es tan liso como el cristal. En el agua los fuegos artificiales se reflejan por partida doble.

La mayoría de los invitados se giran para contemplar el espectáculo, con el rostro iluminado y la boca abierta por la sorpresa.

Yo ni me molesto en mirarlos y aprovecho para escrutar la multitud en busca de alguien con quien tuviese pensado hablar y que se me haya pasado por alto.

Pero, en lugar de eso, veo a una persona que definitivamente no estaba invitada: un chico alto de pelo oscuro, de pie con un grupo de amigos de Nessa. Les saca la cabeza a todos. Debe de medir 1,95 como mínimo. Y estoy bastante seguro de que es un puto Gallo. El pequeño.

Me distraigo porque Leslie Dowell viene a abordarme otra vez. Cuando vuelvo a mirar al grupo, el chico alto ya se ha largado. Tendré que hablar con seguridad y decirles que estén atentos.

Lo primero, la comida. Hoy apenas he tenido tiempo de comer. Cojo unas gambas del bufet, y miro a mi alrededor en busca de una bebida decente.

Los camareros circulan entre la multitud con copas de champán. A mí esa mierda no me va. Y la cola de la barra es demasiado larga. Lo que de verdad quiero es el Egan’s Single Malt de diez años que tengo en mi despacho.

Bueno, ¿y por qué no? Ya he hecho la ronda con las personas más importantes. Por un momento que me escabulla, no pasa nada.

Ya bajaré otra vez cuando llegue la cantante pop. Ha sido un derroche de papá. No sé si ha sido para hacer feliz a Nessa porque es su ojito derecho o solo por fardar. En cualquier caso, a los invitados les va a encantar.

Volveré con tiempo de sobra.

Me dirijo al interior antes de subir las escaleras hasta mi parte de la casa. Tengo un pequeño bar en mi despacho; nada ostentoso, solo unas cuantas botellas de alcohol del bueno y una mininevera. Saco un vaso bien grande, echo tres cubitos de hielo gigantes y vierto una buena medida de whisky. Inhalo el embriagador aroma a pera, madera y humo. Luego me lo trago y disfruto de la cálida sensación en la garganta.

Sé que debería volver a la fiesta, pero, sinceramente, ahora que estoy aquí arriba, en paz y tranquilidad, voy a disfrutar del descanso. Hay que tener un cierto nivel de narcisismo para querer ser político. Debes nutrirte de complacencia y atención.

A mí todo eso me importa una mierda. Solo me mueve la ambición. Quiero poder. Riqueza. Influencia. Quiero ser intocable.

Hacer campaña me agota.

En lugar de ir a las escaleras como pretendía, me voy a la biblioteca.

Esta es una de mis estancias favoritas de la casa. Casi nadie entra aquí, excepto yo. Es tranquila. El olor a papel, cuero y troncos de abedul es relajante. En beneficio mío, mi madre mantiene el fuego encendido por las tardes. El resto de la casa tiene tanto aire acondicionado que nunca hace demasiado calor como para tener un pequeño fuego en la chimenea.

Sobre la repisa está el cuadro de mi tatarabuela, Catriona. Llegó a Chicago en plena hambruna de la patata de Irlanda. Con quince años, cruzó sola el océano con tres libros en la maleta y dos dólares en una bota. Se puso a trabajar como criada para un hombre rico de Irving Park. Cuando él murió, le dejó la casa y casi tres mil dólares en efectivo y bonos. Los periódicos decían que debían de tener una relación secreta. Los hijos de él dijeron que ella lo había envenenado y falsificado el testamento. Catriona se quedó con la casa y la convirtió en una taberna.

Fue la primera Griffin de Estados Unidos. A mis padres les gusta decir que descendemos de los príncipes irlandeses del mismo nombre, pero yo prefiero la verdad. Somos el sueño americano: una familia que asciende desde el servicio doméstico a la alcaldía de Chicago. O eso espero.

Me siento un minuto a saborear mi bebida, y luego me pongo a revisar mis correos electrónicos. Soy incapaz de estar sin hacer nada mucho tiempo.

Oigo un ruido y me detengo un momento, pensando que debe de ser alguien del personal que está en el pasillo. Como no escucho nada más, vuelvo al teléfono.

Ocurren dos cosas a la vez:

Huelo algo que me eriza el vello de la nuca: humo. Pero no es el humo limpio del fuego, sino algo molesto y químico.

A continuación, un sonido parecido a una respiración súbita, pero diez veces más fuerte. Luego, un destello de luz y de calor cuando se prenden las cortinas.

Pego un brinco del sillón gritando Dios sabe qué. Estoy confuso y presa del pánico, no sé qué demonios está pasando ni qué debo hacer al respecto.

Entonces se impone el sentido común.

Las cortinas están ardiendo, probablemente por una chispa que ha saltado a través de la rejilla. Tengo que coger un extintor antes de que arda toda la casa.

Eso tiene sentido.

Hasta que un completo desconocido salta de detrás de un sillón y pasa a toda pastilla por delante de mí.

Darme cuenta de que no estaba a solas en la biblioteca es un golpe brusco. Estoy tan sorprendido que ni siquiera veo bien al intruso. Lo único que llego a ver es que es alguien de estatura media y pelo oscuro.

Pero tengo que volver de nuevo la atención a las llamas, porque se están expandiendo a toda velocidad. Ya van por el techo y la moqueta. Como no haga algo, en unos minutos toda la biblioteca estará ardiendo.

Corro por el pasillo hasta el armario de la ropa blanca, donde sé que guardamos un extintor. Vuelvo corriendo a la biblioteca, quito la anilla de seguridad y rocío todo el lateral de la estancia con espuma hasta que no queda ni una brasa.

Cuando termino, la chimenea, las sillas y el retrato de Catriona están empapados de espuma química blanca. Mi madre se va a poner hecha un basilisco.

Lo que me recuerda a la otra parte implicada en este desastre. Me voy corriendo a la parte de arriba de la escalera, justo a tiempo para ver a tres personas que escapan: una chica rubia que se parece muchísimo a Nora Albright, una morena que no conozco y el puto Nero Gallo.

Sabía que los Gallo se habían colado.

La pregunta es por qué.

La rivalidad entre nuestras familias se remonta casi hasta Catriona. Durante la Ley Seca, nuestros bisabuelos lucharon por el control de las destilerías ilegales del extremo norte. Ganó Conor Griffin. Y, desde entonces, nuestra familia se ha alimentado de ese dinero.

Pero los italianos no se rinden así como así. Cada vez que Conor preparaba un cargamento de alcohol, Salvator Gallo esperaba para secuestrar sus camiones, robar el licor e intentar vendérselo de nuevo al doble de precio.

Más adelante, los Griffin se hicieron con el control de las apuestas en el hipódromo de Garden City, mientras que los Gallo dirigían las quinielas ilegales en la ciudad. Cuando el alcohol volvió a ser legal, ambas familias pasaron a llevar pubes, clubes nocturnos, locales de estriptis y burdeles rivales.

Hoy en día, los Gallo están presentes sobre todo en el sector de la construcción. Les ha ido bastante bien. Por desgracia, nuestros intereses siempre parecen estar enfrentados. Como ahora, que apoyan a Bobby La Spata para el puesto de concejal que debo ostentar yo. Quizá porque les cae bien. O a lo mejor porque quieren tocarme las narices una vez más.

¿Habrán venido esta noche a hablar con los invitados más indecisos con el voto?

Me encantaría ponerle las manos encima a alguno de ellos para preguntarle. Pero, cuando localizo a los de seguridad que hemos contratado esta noche, los Gallo ya se han largado, incluido el larguirucho.

Me cago en la puta.

Vuelvo a la biblioteca para evaluar los daños. Es un puto desastre: un desastre humeante, apestoso y mojado. Han destrozado mi parte favorita de la casa.

¿Y por qué estarían aquí?

Me pongo a mirar por toda la biblioteca, intentando averiguar qué buscaban.

Aquí no hay nada importante; cualquier documento o registro valioso estaría en el despacho de mi padre. El dinero y las joyas están guardados en las cajas fuertes repartidas por toda la casa.

Entonces ¿qué sería?

Justo en ese momento me fijo en la repisa salpicada de espuma de encima de la chimenea. Veo el reloj de carruaje y el reloj de arena. Falta el reloj de bolsillo de mi abuelo.

Busco por el suelo e incluso entre las brasas de los troncos de abedul, por si se hubiese caído detrás de la rejilla.

Nada. No está en ninguna parte.

Esos cabrones lo han robado.

Ahora, el que echa humo soy yo al volver al piso de abajo, donde la fiesta se acaba de reanudar tras la interrupción de la alarma de incendios. Nessa se está riendo con algunas de sus amigas. Podría preguntarle si ha invitado a Sebastian Gallo, pero ni ella es tan despistada como para hacer algo así. Parece muy contenta a pesar de la conmoción. No quiero molestarla.

Pero no voy a tener tantos miramientos con el resto de sus amigas. Al ver a Sienna Porter, la cojo del brazo y la alejo un poco de Nessa.

Sienna es una pelirroja delgaducha que va a la misma universidad que mi hermana. La he pillado mirándome a hurtadillas alguna que otra vez. Y lo que es más importante: estoy bastante seguro de que era una de las chicas que han estado hablando con Sebastian esta noche.

Sienna no protesta cuando me la llevo. Se pone colorada como un tomate y me dice:

—Ho… Hola, Callum.

—¿Antes has estado hablando con Sebastian Gallo? — exijo.

—Bueno, más bien me estaba hablando él a mí. Quiero decir, a todos nosotros. No a mí en concreto.

—¿Sobre qué?

—Sobre el campeonato de la división uno de baloncesto, principalmente. Ya sabes que su equipo jugó la primera ronda…

La corto al segundo con un movimiento de cabeza:

—¿Sabes quién le ha invitado esta noche?

—N-no —tartamudea con los ojos como platos—. Pero, si quieres, podría preguntárselo…

—¿Qué quieres decir?

—Creo que hemos quedado todos en Dave and Buster’s después.

—¿A qué hora? —Le aprieto el brazo, igual demasiado fuerte.

—¿Como a las diez?

Hace un gesto de dolor. Bingo. La suelto. Ella se frota el brazo con la otra mano.

—Gracias, Sienna.

—De nada —dice ella totalmente alucinada.

Saco el teléfono y llamo a Jack Du Pont. Somos amigos desde la universidad. Trabaja de guardaespaldas personal y sicario cuando lo necesito. En teoría, como habíamos contratado a toda una empresa de seguridad para hoy, él no iba a venir. Pero estos tipos han demostrado ser unos putos inútiles, así que a quien quiero ahora es a Jack.

Descuelga tras un solo timbrazo.

—Hola, jefe.

—Ven a recogerme. Ahora mismo.