Playlist

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Caught Up – USHER |
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3:44 |
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Wild – Carter Faith |
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3:36 |
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Juice – iyla |
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3:27 |
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Save Me The Trouble – Dan + Shay |
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3:20 |
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3:15 (Breathe) – Russ |
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3:03 |
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Wild as Her – Corey Kent |
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3:18 |
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Lil Boo Thang – Paul Russell |
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1:53 |
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Lovely – Arin Ray |
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2:57 |
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Best Shot (Acoustic) – Jimmie Allen |
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3:12 |
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Miss Shiney – Kaiit |
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3:11 |
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Stay Down – Brent Faiyaz |
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3:26 |
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Come Over (Cover) – JVCK JAMES |
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2:21 |
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Grateful – Mahalia |
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3:17 |
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Better - Khalid |
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3:05 |
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I Just Want You – JAEL feat. Alex Isley |
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4:00 |
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Snooze – SZA |
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3:21 |
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If You Let Me – Sinéad Harnett feat. GRADES |
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3:51 |
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Until the End of Time – JVCK JAMES / Justin Timberlake |
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5:22 |
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BRB – Mahalia feat. Pink Sweat$ |
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3:37 |
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My Boy (My Girl Version) – Elvie Shane |
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3:25 |
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So Gone – Vedo |
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3:01 |
1
Kai
—Tienes que estar de coña, As. —Monty tira el informe sobre el escritorio de la habitación del hotel—. ¿Le has despedido en un día de partido? ¿Qué coño tienes pensado hacer con Max esta noche? Vas a estar en el montículo.
Me aseguré de llevarme al niño a la reunión en parte porque no tenía a nadie más que lo cuidara y en parte porque sabía que iba a cabrearse cuando se enterara de que también despedí al último niñero, pero estaría menos furioso con la sonrisa de Max de mejillas regordetas delante.
—No lo sé. Ya se me ocurrirá algo.
—Ya se nos había ocurrido algo. No había ningún problema con Troy.
¡Y una mierda que no había ningún problema! Después de haber estado desde primera hora de la mañana haciendo ejercicio con el médico del equipo y el personal de entrenamiento, calentando el hombro para el partido de esta noche, regresé a la habitación y me encontré que el niño llevaba un pañal que tendrían que haberle cambiado horas antes. Por no mencionar las semanas que pasó poniéndose en plan fan con mis compañeros en vez de centrarse en su trabajo, así que me harté.
—No era el adecuado —es lo único que respondo.
Monty suelta una larga exhalación, derrotado. A Max se le escapa una risita ante la frustración de mi director deportivo, que lo observa desde el otro lado del escritorio, inclinándose.
—¿Es que esto te hace gracia, niño? Tu padre está haciendo que me salgan canas.
—Creo que eso no es culpa mía, viejo.
El niño de quince meses, sentado en mi regazo, le sonríe a mi entrenador, enseñando las encías y los dientes de leche. El hombre deja de hacerse el duro como ya sabía que reaccionaría, siente debilidad por Max. Joder, siente debilidad por todo el equipo, pero sobre todo por el hombre que tiene sentado enfrente.
Emmett Montgomery, o Monty como lo llamábamos, no es el único director deportivo de los Windy City Warriors, un equipo de Chicago de las MLB o Grandes Ligas de Béisbol, pero también es padre soltero. Nunca me ha contado los detalles familiares, pero me sorprendería que su situación fuera tan absurda como la mía. Bueno, a menos que también le pasara lo mismo: que una tía con la que se lio se cruzara el país casi un año desde la última vez que la había visto para soltarle la bomba de que era padre, que no quería tener nada que ver con el niño y dejarlo con un bebé de seis meses.
Intento no aprovecharme, pues soy consciente de que tanto él como toda la organización se han desvivido por ayudarme a que esto funcione, pero me niego a ceder en cuanto a quién cuida de mi hijo mientras yo trabajo.
—Hablaré con Sanderson —propongo, es uno de los entrenadores del equipo—. Estará en el gimnasio toda la noche. Max puede quedarse allí. Mientras nadie se haga daño, la sala estará tranquila y el niño podrá dormir.
Monty se pasa el pulgar y el índice por las cejas.
—Kai, me estoy esforzando. Estoy haciendo todo lo que puedo por ti, pero esto no va a funcionar a menos que consigas a alguien que cuide a tu hijo, alguien en quien todos podamos confiar.
Me llama por mi nombre de pila cuando quiere que me tome en serio lo que dice. En cualquier otra situación, todo el equipo, él incluido, me llama por mi apodo: As.
Pero sí me he tomado sus palabras en serio. Lleva sermoneándome con lo mismo desde que empezó la temporada hace tres meses. Ya he tenido cinco niñeras. Y la razón es que… Bueno, no estoy seguro de si quiero que funcione.
Ya no estoy seguro de querer seguir jugando a béisbol.
Lo único que tengo claro es que quiero ser el mejor padre posible para Max. A estas alturas de la vida, no me importa nada más; tengo treinta y dos años y ya he estado diez en las Grandes Ligas.
Antes me encantaba jugar, era toda mi existencia, pero ahora es algo que me impide estar con mi hijo.
—Lo sé, Monty. Encontraré una solución cuando volvamos a Chicago, te lo prometo.
Exhala otro suspiro de derrota.
—Si tu hermano no estuviera también en mi lista, serías el peor grano en el culo, As.
Aprieto los labios para evitar no sonreír.
—Soy consciente.
—Y te cambiaría por otro si no tuvieras ese puñetero don que tienes.
No puedo evitar reírme al oír eso, porque no se lo traga ni él. Soy uno de los mejores lanzadores de la liga, sí, pero Monty me quiere, independientemente del talento que tenga.
—Y si no te cayera tan bien —añado, ya que él no lo dice.
—Largo de aquí y ve a hablar con Sanderson a ver si puede cuidar de Max esta noche. —Me levanto de mi asiento y me apoyo al niño en la cadera antes de darme la vuelta para salir de la habitación—. Por cierto, Max —le dice al bebé, aunque no pueda responderle—, deja de ser tan bonito, leñe, a ver si así puedo gritarle a tu padre de vez en cuando.
Pongo los ojos en blanco y me acerco al crío para decirle:
—Dile adiós a Monty y que se está volviendo un gruñón y un poco feo con la edad.
—Tengo cuarenta y cinco años, gilipollas. Tú tendrás suerte si dentro de trece años estás como yo.
Max se ríe y se despide del entrenador con la mano. No tiene ni idea de lo que estamos hablando, pero quiere a Monty tanto como Monty a él.
—¡Hola! —grita Max desde la otra punta de la habitación.
Casi.
—Hola, colega. —El hombre se ríe—. Nos vemos luego, ¿vale?
Jamás pensé que tendría con un entrenador el tipo de trato que tengo con este. Antes de la última temporada, jugaba para los Seattle Saints, el equipo que me reclutó y con el que pasé los primeros ocho años de carrera. Respetaba al personal y me gustaba bastante el director deportivo, pero la relación se limitaba a lo laboral.
Sin embargo, la última temporada, mi agencia me trajo a Chicago porque mi hermano pequeño está en la franquicia. Empecé jugando de campocorto para los Warriors, aunque echaba de menos jugar con el renacuajo. Cuando conocí a Monty, enseguida me cayó bien, pero la relación laboral se convirtió en algo más familiar cuando Max llegó a mi vida el pasado otoño. Jamás podré agradecerle lo suficiente lo que ha hecho por mí. Fue él quien hizo que esta situación funcionara, pues entendía la clase de sacrificios que implica ser padre soltero.
Le dijo a la directiva del equipo que el niño viajaría conmigo esta temporada y que no aceptaría un no por respuesta. Era consciente de que, si se lo negaban, yo tendría que retirarme antes de tiempo. Me niego a estar sin mi hijo medio año cuando su propia madre lo abandonó a los seis meses. Necesita a alguien estable, que esté de forma constante en su vida, y no permitiré que algo tan trivial como un partido sea la razón de que no lo tenga.
Probablemente debería dejar de despedir a la gente que contratamos para que la vida de Monty fuera un poco más fácil, pero eso es otra historia.
Mi hermano, Isaiah, trota por el pasillo y se mete en el ascensor justo detrás de nosotros. La mata de pelo castaño claro despeinado todavía tiene la forma que se le ha quedado de dormir donde sea que haya dormido. Yo llevo horas levantado, entre que me he despertado con Max y me he puesto con mi entrenamiento matutino, pero me apostaría lo que fuera a que él acaba de salir de la cama.
Me jugaría el cuello a que todavía hay una mujer desnuda en ella.
—Eh, tío —dice—. Hola, Maxie —añade, haciéndole una pedorreta al niño en la mejilla—. ¿Adónde vais, chicos?
—A suplicarle a Sanderson que lo cuide esta noche durante el partido. —Isaiah no dice nada, simplemente espera a que le cuente más—. He despedido a Troy.
Se ríe.
—Por Dios, Malakai. Disimula un poco que no quieres que funcione este acuerdo.
—Se le daba fatal y lo sabes.
Mi hermano se encoge de hombros.
—Bueno, prefiero que tus niñeras tengan tetas y muchísimas ganas de acostarse conmigo, pero aparte de eso, no era tan terrible.
—Eres idiota.
—Max… —Isaiah se gira hacia el niño, que sonríe cuando le habla—. ¿No quieres una tía? Dile a papá que la próxima niñera tiene que ser una mujer, soltera, de unos veintitantos o treinta y tantos. Se lleva puntos extra si está tremenda con mi camiseta puesta.
—No debe importarle ser madre de un tío de treinta tacos que tenga un apartamento asqueroso —añado—. Y tiene que saber cocinar y limpiar porque eres literalmente un crío que se niega a hacer esas cosas.
—Mmm, sí, suena perfecto. Estate atento a ver si aparece alguna… así —termina de decir mientras las puertas del ascensor se abren en la planta baja y se queda mirando algo.
Mi hermano tiene los ojos clavados delante de él cuando llegamos a la planta baja.
—Mierda, me he pasado el piso de Sanderson. Mecachis —me corrijo—. No digas «mierda», Max.
Sin embargo, el niño está demasiado entretenido mordiéndose los dedos y mirando a su tío como para escucharme decir palabrotas.
—Isaiah, ¿sales o no? —le digo, se ha quedado plantado en medio del ascensor embobado.
Una mujer camina hacia el ascensor y se mete entre los dos, lo que hace un poco más obvio el estado de shock de mi hermanito. Las chicas guapas suelen dejarlo gilipollas.
Y esta es guapísima.
Unos cabellos chocolate oscuro caen sobre una piel bronceada cubierta de una intrincada tinta negra. Y se le ve muchísima piel. Lleva un peto corto y, debajo, un top o una especie de sujetador. Más allá del dobladillo deshilachado, se le ven unos muslos gruesos, también tatuados, aunque no es el mismo dibujo que le cubre el brazo y el hombro.
—Hola —la saluda al fin Isaiah, atontado y distraído.
Yo le doy una colleja pasando la mano por detrás de ella, porque lo último que necesita el tío es otra mujer en otra ciudad que lo entretenga. Yo también he disfrutado de la vida que se está permitiendo en este momento y la consecuencia de todo eso es que ahora tengo un bebé de quince meses en brazos. La responsabilidad añadida de que mi hermano pequeño siga mis pasos me divierte tanto como una endodoncia.
—Sal del ascensor, Isaiah.
Asiente y se despide con la mano mientras camina de espaldas hacia el vestíbulo.
—Adiós —dice con corazones en los ojos, pero no es ni por mí ni por su sobrino.
La mujer levanta una de las Coronitas que lleva en las manos a modo de despedida.
—¿A qué piso vais? —pregunta con una voz áspera y grave antes de lubricarse la garganta con un trago de cerveza.
Antes de pulsar la planta de la que acabo de llegar, gira la cabeza hacia mí a ver si respondo.
Tiene los ojos de color verde jade y una expresión de confusión. Un diminuto aro dorado le brilla justo debajo del puente nasal y ahora entiendo por qué mi hermano se ha quedado como un adolescente embobado, porque de repente me pasa lo mismo.
—¿Debería adivinarlo? Puedo darles a todos si quieres y así nos paseamos en ascensor.
Max extiende la mano hacia ella, cosa que por fin me devuelve a la realidad. Parece que no he visto a una mujer atractiva en la vida.
Aparto al niño para que no le enrede los deditos en el pelo. Dicho así suena muy divertido, pero no es que se esté bebiendo una cerveza un jueves a las nueve de la mañana, sino que se está trincando dos.
Me aclaro la garganta y pulso yo mismo la planta de Sanderson.
La señorita «A dos manos en un día entre semana» se echa el pelo por encima del hombro y vuelve a colocarse a mi lado. A pesar de que ha empezado a empinar el codo temprano, no huele a alcohol, sino a pastel. De repente, me apetece algo dulce.
Por el rabillo del ojo, la pillo mirando a Max con una sonrisita.
—Tienes un niño muy mono.
«Tú sí que lo tienes todo muy mono», le quiero responder.
Pero no lo hago porque ya no soy así. Ya no me permito el lujo de ligar con todas las chicas guapas que se me cruzan por delante. No puedo tomarme una cerveza a las nueve de la mañana. No puedo llevarme a la habitación del hotel a una mujer que no conozco de nada sin saber ni siquiera cómo se llama. No porque no vaya a verla más, sino porque duermo rodeado de cunas, tronas y juguetes.
Sobre todo, no necesito soltarle frases de ligoteo a este tipo de mujeres. No hace falta ser vidente para saber que es de las salvajes.
—¿No habla? —pregunta.
—¿Él?
Se ríe para sí misma.
—Me refería a ti. Entonces, ¿tienes la costumbre de ignorar a la gente que se dirige a ti?
—Eh… no. —Max vuelve a intentar tocarla y me aparto más para que no le ponga las manos encima a una desconocida—. Perdona. Gracias.
El niño se catapulta por delante de mí y continúa estirando los dedos regordetes hacia ella. No me queda claro si el objetivo es la chica o una cerveza.
La mujer vuelve a reírse con disimulo.
—A lo mejor sabe que necesitas una de estas.
Me ofrece la otra Coronita.
—Son las nueve de la mañana.
—¿Y?
—Y es jueves.
—Vas de moralista, por lo que veo.
—Soy responsable.
—¡Dios! —Se ríe—. Necesitas algo más fuerte que una birra.
Lo que necesito es que el ascensor vaya un poco más rápido, pero puede que tenga razón en algo. Sí necesito una cerveza. O diez. O unas horas de revolcón con una mujer desnuda. No recuerdo la última vez que follé. Segurísimo que no lo he hecho desde que Max entró en mi vida y eso fue hace nueve meses.
—Pa-pa.
Max me aprieta las mejillas antes de señalar otra vez a la mujer.
—Lo sé, colega.
No sé una mierda.
Lo único que está claro es que no dejará de tirarse hacia ella hasta que la enganche. Lo cual es raro, porque, en general, no se va con desconocidos y menos aún se siente cómodo con las mujeres.
Le echo la culpa a que la que lo parió lo dejó para que lo criara su padre soltero, un tío imprudente y un equipo de béisbol lleno de jugadores pendencieros. La única presencia femenina que ha visto con regularidad es la prometida de mi amigo, pero incluso tardó un poco en mostrarse cariñoso con ella.
Sin embargo, por alguna razón, esta le gusta.
—Vamos, Max —exhalo colocándomelo bien—. Deja de retorcerte.
—Sé que es raro que me ofrezca, pero lo puedo coger si…
—No —le espeto.
—¡Caray!
—Quiero decir, no, gracias. No se lleva bien con las mujeres.
—A saber de dónde ha sacado eso.
Le lanzo una mirada penetrante, pero se encoje de hombros y da otro trago a su bebida.
Max vuelve a reírse. Por literalmente nada. Es curioso lo obsesionado que está con ella y este viaje en ascensor está siendo largo de la hostia.
—¿Has sacado esa sonrisa de tu mamá? —le pregunta la chica, inclinando la cabeza mientras lo admira—. Porque creo que tu papi no sabe sonreír.
—Qué graciosa.
—Fingiré que no ha sido sarcástico y que en realidad tienes sentido del humor.
—No tiene madre.
Reina un silencio inquietante como suele ocurrir cada vez que pronuncio esas tres palabras. A la mayoría de la gente le preocupa haber cruzado una línea porque su madre haya muerto de forma trágica, no porque no me dijera que se había quedado embarazada y luego se presentara seis meses más tarde para ponerme la vida patas arriba antes de marcharse.
—Ay, Dios, lo siento mucho. No pretendía… —El tono de coqueteo que estaba usando antes ha desaparecido por completo.
—Está viva, pero se largó.
Veo el alivio que la invade.
—Ah, vale, eso es bueno. A ver, no es bueno. ¿O a lo mejor sí? Quién soy yo para decirlo. Mierda, este ascensor tarda una eternidad. —Se lleva una mano a la boca y los ojos se le van a Max—. Quiero decir, miércoles.
Eso me hace al final reírme y se me escapa una sonrisa.
La chica se ablanda un poco.
—¡Pero si sonríe!
—Sobre todo cuando no le reprende una desconocida en un ascensor mientras se trinca dos cervezas nada más despertarse.
—Quizá es que esa desconocida no se ha acostado todavía. —Vuelve a encogerse de hombros de forma despreocupada.
«Dios santo», pienso.
—Quizá deberían dejar de hablar de sí mismos en tercera persona como un par de capullos pretenciosos.
El ascensor por fin se abre en su planta.
—Quizá él debería soltarse de vez en cuando. Tiene un niño precioso y una sonrisa incluso más preciosa cuando la enseña.
Me levanta la Coronita, se bebe lo que le queda y sale del ascensor.
—Gracias por el paseo, papá del bebé. Ha sido… interesante.
La verdad es que sí.
2
Miller
Me encanta la mantequilla. Imagina ser la persona que inventó el mayor regalo que Dios le ha hecho a la humanidad. Le daría un beso por el gran descubrimiento. ¿Con pan? La perfección. ¿Derretida sobre una patata asada? Llovida del cielo. O mi favorita, horneada para hacer mis famosas galletas con pepitas de chocolate.
Puede que pienses que todas las galletas con pepitas de chocolate son iguales, pero te equivocas. De cabo a rabo. Soy famosa en todo el país por planificar los postres de los restaurantes que aspiran a ganar una estrella Michelin, pero ojalá uno de esos sitios elegantes lo mandara todo a la mierda y me dejara incluir en el menú las puñeteras galletas con pepitas de chocolate.
Se las quitarían de las manos. Todas las noches.
Pero, aunque me dejaran fantasear con un clásico como ese, la receta es mía. Les prestaría mi creatividad, mis consejos y mis técnicas. Qué narices, hasta les crearía un menú nuevo de postres inspiradores para un restaurante que tiene lista de espera de un año para conseguir mesa. Pero las recetas clásicas, las que he perfeccionado durante los últimos quince años, las que hacen que el cuerpo se te funda en un suspiro en cuanto el azúcar te roza la lengua, las que te recuerdan a tu hogar, esas son mías.
De todas maneras, nadie me las pide. No me he hecho famosa por eso.
Pero estoy casi segura de que la única cosa por la que me van a conocer es por el colapso nervioso que está a punto de darme en medio de esta cocina de Miami, simplemente porque durante las últimas tres semanas no he sido capaz de crear ni un solo postre nuevo.
—Montgomery —dice uno de los cocineros de línea. Por algún motivo, no siente la necesidad de llamarme por mi título, así que yo no me he preocupado de aprenderme su nombre—. ¿Vas a salir con nosotros cuando acabemos el turno esta noche?
Ni me molesto en mirarlo, me concentro en limpiar mi puesto de trabajo y rezo para que el suflé sobreviva en el horno sin hundirse.
—Supongo que te has olvidado de que tengo el título de chef —digo girando la cabeza.
—Cielo, tú solo haces pasteles. No voy a llamarte «chef».
Como si se hubiera rayado un disco, la cocina entera se sume en el silencio y todos los ayudantes se quedan petrificados con su utensilio en la mano.
Hacía tiempo que no me menospreciaban por dedicarme a esto. Soy joven, tengo veinticinco años, no es fácil estar en una cocina llena de adultos, por lo general hombres, y corregirles lo que hacen mal. Pero en los últimos años me he ganado una reputación que exige respeto.
Hace tres semanas, gané el premio James Beard, la mayor distinción en mi sector. Además, como me han nombrado Mejor Chef Repostera del Año, me han pedido tanto los servicios de asesoramiento que tengo la agenda llena. Los próximos tres años me los pasaré de una cocina a otra para diseñar postres con los que puedan ganar una estrella Michelin.
Así que sí, me he ganado el título de chef.
—¿Te vienes, Montgomery? —insiste—. Te invito a una cerveza o algo con sombrilla, que será lo que probablemente te guste. Algo dulce y rosa.
Me supera que este tío no se haya dado cuenta de que sus compañeros de trabajo le están rogando en silencio que se calle.
—Se me ocurre otra cosa dulce y rosa que no me importaría probar.
Solo intenta chincharme. Quiere sacar de quicio a la única mujer que trabaja en la cocina, pero no me merece la pena perder el tiempo. Por suerte para él, suena el temporizador y vuelvo a centrarme en el trabajo.
Al abrir la puerta del horno, me recibe un calor abrasador y otro suflé hundido.
El premio James Beard es solo un trozo de papel, pero pesa tanto que parece que me ha destrozado. Debería estar agradecida y sentirme honrada por ganar un galardón al que aspiran la mayoría de los chefs durante toda la vida, pero lo único que he sentido desde que lo gané es una abrumadora presión que me deja la mente en blanco y soy incapaz de crear nada nuevo.
No le he dicho a nadie que me está costando. Me da demasiada vergüenza admitirlo. La gente me observa más que nunca y me da vértigo. Pero dentro de dos meses, cuando salga en la portada de la revista Food & Wine en el número de otoño, no podré esconderme en ninguna parte y estoy segura de que el artículo solo hablará de lo mucho que les entristece a los críticos ver a otro nuevo talento incapaz de estar a la altura de todo su potencial.
Soy incapaz de dedicarme a esto. Aunque me avergüence reconocerlo, ahora mismo no puedo soportar la presión. Estoy algo quemada, es un bache creativo. Como el bloqueo del escritor, pero versión chef repostero. Lo superaré, pero ni de coña se me va a pasar mientras esté trabajando en la cocina de otra persona que espera que les enseñe mi arte a otros.
Dejo el molde del suflé sobre la encimera de espaldas al personal para que no vean mi última cagada. En cuanto lo hago, alguien me pone una mano en la cintura y el vello de la nuca se me eriza en señal de alarma.
—Llevas dos meses aquí, Montgomery, y sé cómo pasárnoslo bien. Sé cómo hacer que le caigas bien al personal.
El aliento caliente del cocinero de línea me roza el cuello.
—Quítame las manos de encima —digo con frialdad.
Me clava las yemas de los dedos en la cintura y ya es el colmo. Necesito alejarme de este hombre y de esta cocina. Necesito alejarme de todas las cocinas.
—Debes de sentirte sola con tanto viajar por el país. Seguro que en cada ciudad encuentras a un amigo que te da calor en esa furgonetita que tienes.
Desliza la palma hacia la lumbar, va al culo. Lo agarro de la muñeca, me giro y le doy un fuerte rodillazo en las pelotas, no vacilo ni un segundo.
Al instante, se desploma por el dolor y se le escapa un patético gemido.
—Te dije que me quitaras las putas manos de encima.
El personal se queda callado. Los gritos de su compañero, que sigue encogido sobre sí mismo, retumban en los utensilios de acero inoxidable. Una parte de mí quiere comentar lo pequeña que he notado la polla contra la rodilla, pero por cómo se comporta está claro que hay algo que compensar.
—Ay, venga ya —digo, desabotonándome la chaqueta de chef—. Levántate del suelo. Estás ridículo.
—Curtis. —Jared, el chef principal llega de repente. Se queda impactado al ver al cocinero de línea—. Estás despedido. Ponte de pie, joder, y sal de mi cocina.
Me acabo de enterar que se llama Curtis, pero de todos modos sigue agarrándose las pelotas y retorciéndose en el suelo.
—Chef Montgomery. —El chef Jared se gira hacia mí—. Siento muchísimo su comportamiento, es inaceptable. Le prometo que no es el tipo de cultura que promuevo aquí.
—Me parece que mi trabajo aquí ha terminado.
Lo digo por muchos motivos. El cocinero de línea al que no volverán a contratar en un restaurante de alto nivel solo ha sido la gota que ha colmado el vaso, porque en el fondo sé que este verano no voy a servirle de ayuda al chef Jared para elaborar el menú.
Y desde luego no me apetece una mierda que otros se enteren de lo mucho que me está costando trabajar. Esta industria es despiadada y, en cuanto la crítica se entere de que una chef de alto nivel, que encima ha recibido un James Beard, se está hundiendo, empezarán a rodearme como buitres. Me pondrán a parir en todos los blogs gastronómicos y ahora mismo no me hace falta recibir esa clase de atención.
El chef Jared se acojona un poco, lo cual es raro. Es un hombre venerado en el mundo culinario y me dobla la edad.
—Lo entiendo perfectamente. Me aseguraré de que le paguen todo el periodo de contratación, incluidos los próximos dos meses.
—No hace falta. —Le estrecho la mano—. Tan solo voy a marcharme.
Curtis sigue en el suelo, así que me limito a hacerle la peineta mientras salgo. Sí, soy una chef repostera premiada que a veces todavía se comporta como una niña.
Como si mi incapacidad para llevar a cabo mi trabajo no fuera lo bastante agobiante, en cuanto salgo fuera, la humedad de finales de junio me asfixia. No sé en qué estaba pensando cuando acepté pasarme el verano en una cocina del sur de Florida.
Me apresuro a subir a la furgoneta, que está en el aparcamiento para empleados, y pongo el aire acondicionado a tope. Me encanta mi camper. Está totalmente renovada por dentro y por fuera, con una capa de pintura verde fuerte en el exterior y mi propia cocinita en el interior.
Vivo en ella cuando viajo de un lado a otro, así voy tranquila y no tengo que preocuparme por nada de nada. Cuando llego a mi destino, me pongo el chip de trabajo durante los siguientes meses, me tapo los tatus y dejo que me llamen «chef» durante diez horas al día.
Así es la extraña yuxtaposición que llamo vida.
Si te soy sincera, no es precisamente lo que creía que haría. Soñaba con abrir mi propia pastelería, hacer mis famosas galletas y las barritas y los pasteles que horneaba para mi padre cuando era pequeña. Pero tuve la suerte de poder formarme con uno de los mejores chefs reposteros de París cuando terminé el instituto y después hice las prácticas en Nueva York.
Y, a partir de ahí, mi carrera despegó.
Ahora hago tartaletas minúsculas, mousses que la mayoría de gente no puede pronunciar y sorbetes que a todos nos gusta fingir que son más gratificantes que el helado. Aunque hay partes de este mundo de alto nivel que parecen pretenciosas y ridículas, doy gracias a que la vida me haya traído hasta aquí.
Tengo una trayectoria impresionante. Lo sé. He trabajado infinidad de horas para que sea así, para llegar a esos objetivos casi inalcanzables. Pero ahora que he logrado la mayoría de ellos, floto sin rumbo, buscando cuál será mi próxima meta.
Eso es precisamente lo que ha estado recordándome mi mente caótica las últimas tres semanas. O mantengo el éxito o salgo disparada por la puerta giratoria por la que entre el último mejor de la industria.
Aún le estoy dando vueltas a la cabeza cuando salgo a la autopista para dirigirme al hotel de mi padre. Justo entonces me llama mi agente.
Respondo por el manos libres.
—Hola, Violet.
—¿Qué coño te ha hecho ese capullo para que dejes el trabajo antes de tiempo? El chef Jared me ha llamado para disculparse e intentar pagarte los tres meses por adelantado.
—No aceptes ese cheque —le digo—. Sí, su empleado es un imbécil redomado, pero la verdad es que de todas formas yo no le habría servido de ninguna ayuda este verano.
Se queda callada un momento al otro lado de la línea.
—Miller, ¿qué pasa?
Hace tres años que es mi agente y, aunque no tengo muchas amistades debido al frenético estilo de vida que llevo, a ella la considero una amiga. Gestiona mi agenda y me concierta entrevistas. Si alguien quiere escribir sobre mí en su blog gastronómico o quiere que le asesore sobre su menú, tiene que hablar con ella primero.
Y a pesar de que hay muy pocas personas con las que pueda sincerarme sobre lo que estoy pasando, esta mujer es una de ellas.
—Vi, a lo mejor me matas, pero creo que voy a tomarme libre el resto del verano.
Si en la autopista de Miami no hubiera tanto puto ruido, se podría haber oído el aleteo de una mosca.
—¡¿Por qué?! —exclama con tono de desesperación—. Tienes el trabajo más importante de tu carrera en otoño, vas a salir en la portada de la revista Food & Wine. Por favor, no me digas que también te echas atrás en eso.
—No. Por Dios, no. Eso sí lo voy a hacer y estaré en Los Ángeles para empezar el próximo trabajo, es que… —Mierda, ¿cómo le digo que a su clienta mejor pagada se le está yendo la pinza?—. Violet, no he sido capaz de crear un postre nuevo desde hace tres semanas.
—¿Te refieres a que no has tenido tiempo? —supone—. Porque si necesitas más para perfeccionar las recetas del artículo, podría entenderlo.
—No. Me refiero a que no he hecho nada que no se haya ido al traste en el proceso o que no se haya carbonizado en el horno. Sería gracioso lo mal que hago mi trabajo si no estuviera al borde de un ataque de nervios.
Se ríe.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?
—Violet, una niña de cinco años con un horno infantil haría mejor un postre que yo ahora mismo.
Vuelve a reinar el silencio al otro lado de la línea.
—Violet, ¿sigues ahí?
—Lo estoy procesando.
Mientras tomo la salida hacia el hotel de mi padre, espero a que hable.
—Vale —dice, calmándose—. De acuerdo, está bien. No pasa nada. Vas a tomarte los próximos dos meses para respirar, recomponerte y luego te irás a Luna’s a primeros de septiembre.
Es el restaurante de la chef Maven, a la que asesoraré en otoño. Maven impartió un seminario en mi escuela culinaria y me muero por tener la oportunidad de trabajar con ella, pero dejó la industria poco después de que nos conociéramos. Después de ser madre, regresó al mundo gastronómico abriendo un restaurante con el nombre de su hija y me pidió que fuera a ayudarla con la carta de postres. La entrevista para la revista Food & Wine tendrá lugar en su cocina de Los Ángeles, yo no podría estar más entusiasmada por esta oportunidad.
Al menos estaba entusiasmada, hasta que todo se fue a la mierda.
—Estarás en Luna’s el uno de septiembre, ¿verdad, Miller? —me pregunta Violet cuando no respondo.
—Sí, allí estaré.
—Vale —exhala—. Puedo venderlo así: estás celebrando tu nuevo premio pasando el verano con tu familia y estás deseando volver a las cocinas en septiembre. Dios, los blogs y los críticos me van a dar por saco con esto, porque se van a preguntar dónde coño estás. ¿Estás segura de que tu padre no está enfermo? Podría inventarme algo con eso.
—Ostras, Violet. —Me río sin dar crédito—. Está perfectamente, gracias a Dios.
—Bien. Ese hombre es demasiado guapo para morir tan joven. —Por fin se ríe.
—Qué asco. Tengo que dejarte.
—Saluda a tu papá de mi parte.
—Sí, bueno, no pienso hacerlo. Adiós, Vi.
Los Windy City Warriors, el equipo de béisbol profesional de Chicago, lleva un par de días en la ciudad. Mi padre es el director deportivo, que básicamente es el entrenador jefe, desde hace cinco años. Antes trabajaba con el equipo de segunda división, después de que lo cogieran de la universidad local en Colorado.
Emmett Montgomery ascendió enseguida en el béisbol. Como se merecía. Avanzó rápidamente y se labró una reputación en el deporte, pero de repente todo cambió para nosotros. Lo dejó todo para ejercer de padre, incluida su próspera carrera, y se negó a dejar el trabajo como entrenador local hasta que terminé el instituto y fui a buscarme la vida.
Es de los buenos. De hecho, diría que es el mejor.
La mayoría de mi vida solo hemos estado él y yo y, aunque podáis creer que me marché de casa a los dieciocho años para echar a volar, la verdad es que lo hice para que volara él. Entonces supe, igual que lo sé ahora, que en cuanto me dejara de mudar, él se ataría a la ciudad en la que yo me hubiera establecido para estar cerca de mí. Así que, por su bien, no he dejado de correr desde que me marché de casa a los dieciocho y no tengo intención de parar. Él ha renunciado a todo por mí y lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que no renuncie a nada más.
Paro en una tienda a comprar un par de botellines de Coronita, una para mí y otra para él, antes de cambiarme los pantalones de la cocina y los zapatos antideslizantes por un peto corto y unas chancletas. Me quito la camisa de manga larga, me pongo el aro en la nariz y aparco en la plaza más alejada de la entrada del imponente hotel en el que se aloja mi padre.
Aunque lleva cinco años entrenando en las Grandes Ligas, todavía no me acostumbro a verlo en este ambiente. Nunca tuvimos cosas caras ni lujosas cuando vivía con él. No ganaba mucho dinero como entrenador en la universidad y solo tenía veinticinco años cuando se convirtió en mi padre. En muchos sentidos, crecimos juntos.
Me daba de comer macarrones con queso directamente de la caja casi siempre porque no era el más competente en la cocina. Y por esa razón, cuando tuve edad suficiente, me encargué yo del tema, aprendí a cocinar y descubrí mi amor por la repostería. Me ponía muy contenta cada vez que le impresionaba con una receta nueva, lo que, para ser sincera, sucedía siempre. Sin lugar a dudas es mi mayor fan.
Pero verlo aquí, prosperando tanto, haciendo lo que más le gusta, lo que se le da tan bien y le ha hecho conseguir ya un anillo de la Serie Mundial, me hace sentir orgullosísima de lo bien que le ha ido sin mí.
Quiero que él se sienta igual de orgulloso de mí, sobre todo después de todo lo que ha sacrificado, y ahora tengo la oportunidad de conseguirlo. Después de convertirme en una de las personas más jóvenes a las que les han otorgado el premio James Beard, me van a hacer un reportaje de ocho páginas en la revista Food & Wine. Saldré en la portada y se incluirán tres recetas nuevas que ahora mismo no puedo crear porque no encuentro la inspiración. Todo eso sucederá en menos de dos meses, cuando vaya a Los Ángeles para mi siguiente proyecto.
Sin presión.
Giro el tapón de una de las cervezas para tragarme las expectativas altísimas que me he autoimpuesto mientras el ascensor se abre en la planta baja. Los dos hombres que hay dentro no salen, así que me meto entre ellos.
El que está a mi izquierda tiene el pelo castaño claro y parece incapaz de cerrar la boca.
—Hola —saluda y no sé lo que es, pero me atrevería a asegurar que a este tío lo entrena mi padre. Es bastante alto, de constitución atlética y parece que se lo acaben de follar.
Los jugadores de mi padre tienden a estar tan dedicados a las mujeres que se llevan a casa como al propio partido.
—Sal del ascensor, Isaiah —dice el hombre a mi derecha y aunque, sí, los dos son guapos desde un punto de vista objetivo, este es tan atractivo que ofende.
Lleva una gorra del revés, unas gafas de montura oscura y un bebé en brazos con una gorra a juego, ¡por Dios santo! Me esfuerzo al máximo para no fijarme demasiado, pero veo el pelo oscuro que rodea unos ojos azul claro enmarcados por las gafas. Tiene la barbilla cubierta por una barba incipiente que dice a gritos «señor mayor», y eso por sí solo ya es mi kriptonita.
A eso le añades un niño monísimo apoyado en la cadera y está casi rogando que le babeen encima.
—Adiós —se despide el tal Isaiah al salir del ascensor y me deja sola con los otros dos guaperas.
—¿A qué piso? —pregunto y le doy un trago a la cerveza mientras pulso el botón de la planta donde está la habitación de mi padre.
Ni de coña puede ser que no me haya oído, pero aun así el papá del bebé no responde.
—¿Debería adivinarlo? —inquiero—. Puedo darles a todos si quieres y así nos paseamos en ascensor.
No se ríe, ni siquiera sonríe un poco, lo que para mí es una señal de alarma.
El bebote alarga las manos hacia mí y yo nunca he sido de hacerle carantoñas a los críos, pero es que este es muy mono. Está contento y, después de la mañana que he tenido, que un bebé me esté sonriendo como si fuera lo mejor que existe es justo lo que necesito, por sorprendente que parezca.
Tiene las mejillas tan regordetas que los ojos casi le desaparecen cuando sonríe. El padre continúa ignorándome y pulsa el botón sin decir nada.
«Vale, pues muy bien». Esto va a ser divertido.
Tras el trayecto en ascensor más largo de mi vida, llego a la conclusión de que este hombre maravilloso tiene un palo gigante metido por el culo. Cuando llego a la habitación y llamo a la puerta, no puedo estar más agradecida por que haya terminado nuestro breve encuentro.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me pregunta mi padre con la cara iluminada—. Creía que no tendría ocasión de volver a verte en este viaje.
Levanto las dos cervezas con falso entusiasmo, una está vacía, pero la otra todavía va llena.
—¡He dejado el trabajo!
Me mira con preocupación y abre más la puerta para que pase.
—¿Por qué no entras y me cuentas qué haces bebiendo a las nueve de la mañana?
—Vamos a beber los dos —lo corrijo.
Se ríe.
—Creo que necesitas esa segunda cerveza más que yo, Millie.
Cruzo la habitación y me siento en el sofá.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Se me da fatal el curro. Ni siquiera disfruto cocinando ahora mismo porque se me da como el culo. ¿Cuándo me has oído decir que no disfruto cocinando?
Alza las manos en el aire.
—No tienes que justificarte conmigo. Quiero que seas feliz y, si ese trabajo no te estaba haciendo feliz, me alegra que lo hayas dejado.
Sabía que diría eso. También sé que, cuando le cuente que mis nuevos planes para el verano consisten en conducir por el país y vivir en la furgoneta para respirar aire fresco y que me venga la inspiración, me dirá que se alegra por mí, aunque lo dirá con un tono cargadísimo de preocupación. Pero no me altero. Lo que a mí me preocupa es decepcionarlo.
En veinte años jamás lo he defraudado, así que no estoy segura de por qué me empeño en no hacerlo. Pero me mataré a trabajar y me quedaré en todas las cocinas tristes que haga falta para evitar desilusionarlo.
Soy muy consciente de que tengo la necesidad innata de ser la mejor en cualquier objetivo que persiga. Ahora mismo, no soy la mejor y no quiero darle a nadie la oportunidad de presenciar mi fracaso. Sobre todo, no quiero que lo vea él. Mi padre es la razón por la que me esfuerzo para lograr la perfección en mi carrera, lo que contrasta muchísimo con la actitud alocada y despegada que tengo en lo personal, donde voy a mi rollo.
—¿Lo dejas del todo? —me pregunta.
—Dios, no. Me he tomado el verano para recuperar la pasión por la repostería. Volveré mejor que antes. Tan solo necesito espacio, sin miradas indiscretas, para recomponerme y darme un pequeño descanso.
Se le iluminan los ojos por el entusiasmo.
—¿Y dónde vas a pasar esas vacaciones de verano?
—No lo tengo claro. Tengo dos meses libres y mi próximo trabajo es en Los Ángeles. Quizá los pase conduciendo por la Costa Oeste y haga turismo por el camino. Practicaré en mi cocina sobre ruedas.
—Te irás por ahí con la furgoneta.
—Sí, papá. —Me río—. Me iré por ahí con la furgoneta mientras intento averiguar por qué todos los postres con los que me pongo desde que gané el puto premio han sido un completo desastre.
—No todos te han salido mal. Los que me has hecho a mí han salido fenomenal. Estás siendo muy dura contigo misma.
—Las galletas y los pasteles sencillos son otra cosa. Lo que me cuesta es lo creativo.
—Bueno, a lo mejor lo creativo es el problema. A lo mejor deberías volver a lo sencillo.
No conoce el mundo culinario como yo y por eso no entiende que una galleta con pepitas de chocolate no basta.
—¿Sabes? Podrías venir a pasar el verano a Chicago conmigo —me propone.
—¿Por qué? Estarás de viaje por trabajo la mitad del tiempo y, cuando estés en casa, te irás al estadio.
—Pues vente de viaje conmigo. No hemos estado en el mismo sitio más que unos cuantos días desde que tenías dieciocho años y echo de menos a mi niña.
No he tenido vacaciones, ni siquiera un fin de semana o una tarde libre en siete años. He estado trabajando sin descanso, matándome en la cocina. Incluso esta noche, que el equipo de mi padre tiene un partido en la ciudad, ni se me había ocurrido ir a verlo.
—Papá…
—Solo me queda pedírtelo de rodillas, Miller. Tu viejo necesita tiempo de calidad con su hija.
—Me acabo de pegar tres semanas en una cocina llena de tíos y uno de ellos prácticamente me estaba rogando que lo denunciara a recursos humanos por acoso sexual. Lo último que quiero es pasar el verano con otro grupo de hombres.
Se inclina hacia delante, apoya los brazos tatuados sobre las rodillas y abre bien los ojos.
—¿Perdona?
—Ya lo he solucionado.
—¿Cómo exactamente?
—Con un rodillazo rápido en las pelotas. —Le doy un trago a la cerveza con despreocupación—. Justo como me enseñaste.
Niega con la cabeza acompañando el movimiento de una risita.
—Nunca te enseñé eso, pequeña psicópata, pero ojalá lo hubiera hecho. Y ahora insisto más en que te vengas de viaje conmigo. Ya sabes que mis chicos no son así.
—Papá, tenía pensado… —Mis palabras se desvanecen en la lengua cuando alzo la vista para mirarlo desde el otro lado del sofá. Veo unos ojos tristes y suplicantes, cansados incluso—. ¿Te sientes solo en Chicago?
—No voy a responder a eso. Claro que te echo de menos, pero quiero que pases un par de meses conmigo porque también me eches de menos tú, no porque te sientas obligada.
No me siento obligada. No en ese sentido, al menos. Pero todo lo que hago, de algún modo, es un intento de eliminar la culpa que siento respecto a nuestra situación. Para compensar el hecho de que renunciara a toda su vida por mí cuando solo tenía veinticinco años.
Pero mentiría si dijera que no lo echo también de menos. Por eso me aseguro de que todos mis trabajos coincidan con sus viajes. Escojo las cocinas en las grandes ciudades con equipos de las Grandes Ligas de Béisbol a las que mi padre irá por trabajo. Así que claro que lo echo de menos.
Un verano con mi viejo suena muy bien y, si tenerme cerca por un tiempo lo hace feliz, es lo mínimo que puedo hacer después de todo lo que ha hecho por mí.
Salvo que hay un problema.
—Pero los altos cargos no lo permitirán —le recuerdo—. No se permite que nadie del equipo ni del personal viaje con ningún miembro de su familia.
—Sí se va a permitir que viaje un miembro de la familia con el equipo esta temporada. —Dibuja una sonrisa pícara—. Tengo una idea.
3
Kai
Monty: Deja a Max con Isaiah y vuelve a mi habitación. Tenemos que hablar.
Yo: ¿Es para que puedas gritarme?
Monty: Sí.
Yo: Guay, estupendo. Voy corriendo para no perdérmelo.
—Le he encontrado niñera a Max —es lo primero que dice antes incluso de cerrar la puerta.
«¿Eh?». Me siento al otro lado del escritorio de Monty y lo miro confundido.
—¿Cómo? Pero si he despedido a Troy hace una hora.
—Así de bueno soy, y vas a contratarla porque está claro que tienes un gusto de mierda y no dejas de despedir a todo el mundo, así que me he encargado yo.
—¿Es una chica?
—Es mi hija.
Los ojos se me van a la foto enmarcada que tiene al lado. Es la misma que tiene en su despacho de Chicago. La misma fotografía que pone en el escritorio que tiene en todas las ciudades que visitamos.
Sabía que la chica de la foto era su hija, eso estaba claro, pero, aunque nosotros somos íntimos, nunca me ha contado mucho de ella. Siempre supuse que era porque se sentía culpable por dejarla para viajar por trabajo tanto. Eso, o sabe que hablar de la hija que echa de menos solo confirmará lo que ya creo: que es casi imposible hacer este trabajo siendo padre soltero.
La chica de la foto no tendrá más de trece o catorce años. Está en esa fase incómoda por la que todos hemos pasado al principio de la adolescencia, tiene aparato en los dientes y acné. El pelo oscuro lo lleva recogido en una coleta muy apretada, una visera le ensombrece el rostro y viste una camiseta de manga corta de color amarillo fuerte, con el número catorce en medio de la parte delantera. Es jugadora de sóftbol y las mangas, demasiado grandes, están cogidas al hombro con una especie de cinta. Tiene apoyado un guante de lanzadora sobre la rodilla mientras posa para su foto de la temporada.
A Monty le pega tener una hija que juegue al sóftbol.
—Está libre este verano y quiero que viaje con nosotros —continúa.
Tiene sentido, habrá terminado el colegio.
—Sí, pero, Monty, estamos hablando de mi hijo.
—Y de mi hija. —Levanta las cejas desafiándome a que diga algo en contra de su plan—. No es una pregunta, As. Te estoy diciendo qué es lo que va a pasar. Estoy harto de que siempre le pongas pegas a la gente que contratamos. Cada pocas semanas, hay que comprobar los antecedentes penales de alguien nuevo y cambiar los nombres para las reservas de hotel y los vuelos está siendo un auténtico coñazo para los coordinadores de viajes. Va a ser la nueva niñera de Max y lo mejor de todo es que, como es mi hija, no vas a poder despedirla.
«Mierda».
—Solo está libre hasta septiembre, así que tendremos que buscar a otra persona para que termine la temporada, pero nos ocuparemos de eso cuando llegue el momento.
Está claro que no hay escapatoria. Se lo debo por todo lo que ha hecho por mí y por Max, y él lo sabe, joder.
Si tuviera que dejar a mi hijo con alguien que no fuera yo, supongo que no es la peor solución posible. Quizás sea una niñera demasiado joven para que le importen una mierda un puñado de jugadores de béisbol profesionales y seguro que su padre la vigila como un halcón siempre que no esté cuidando de Max, lo que me quita esa responsabilidad.
¿Qué son dos meses? «El doble de lo que he tardado en despedir a alguien».
—¿Sabe conducir? —pregunto.
Frunce el ceño por la confusión.
—¿Qué?
—Por si le pasa algo a Max mientras yo no estoy, ¿podría llevarlo al hospital?
—Sí…
Vale, eso está bien. Al menos tiene dieciséis años. Puede que la foto tenga un par de años.
—¿Es responsable?
—Es… —vacila—. Es responsable en el trabajo.
Una respuesta rara.
La cerradura eléctrica de la puerta hace el típico ruido de cuando pasas la tarjeta. Giro la cabeza y lo primero que veo es un pelo moreno. Hay una mujer entrando de espaldas porque ha abierto con el culo.
Pelo chocolate. Pantalones cortos con dobladillo deshilachado. Muslos gruesos.
Se da la vuelta y veo en la habitación de mi entrenador a la tía del ascensor que llevaba dos cervezas. Y vuelve a llevar un par de bebidas en la mano, salvo que esta vez son dos cafés.
Me coloco bien las gafas para asegurarme de que la veo correctamente. Sus ojos verdes se clavan en los míos.
—Tú. —La palabra sale en parte con tono de enfado, en parte con tono de sorpresa.
Suspira y deja caer los hombros.
—Me daba la impresión de que ibas a ser tú.
«¿Eh?».
—As, te presento a mi hija, Miller Montgomery. Es la nueva niñera de Max.
Giro la cabeza para mirarlo.
—Estás de coña.
—Miller, él es Kai Rhodes. Cuidarás de su hijo este verano.
—Ni hablar —intervengo enseguida.
Miller pone los ojos en blanco y le pasa a su padre un café.
¿Cómo es posible? Está clarísimo que no tiene ni trece ni catorce años. Es una mujer adulta que bebe cerveza y, al parecer, no duerme. El acné hace tiempo que ya ha desaparecido, dejando una piel morena y perfecta, y los aparatos le pusieron los dientes totalmente rectos en una boca que dice lo que le da la puñetera gana.
Pero se parece a su padre. Tiene un aire de marimacho alocada con ese peto corto y los tatuajes.
—Esta no va a cuidar de mi hijo.
Ella se sienta a mi lado y me señala con el pulgar, mirando a su padre en plan «Qué jodido el tío».
Monty se ríe, qué traidor.
—Veo que ya os conocéis.
—Sí, llevaba dos cervezas en el ascensor a las nueve de la mañana.
—¡Por Dios santo! —Echa la cabeza hacia atrás y la voz ronca mezclada con ese aire sexual con el que ha interpretado la frase mi cerebro hacen que la polla me traicione—. Eran unas Coronitas. Algunas personas se hidratan así.
—No me importa. —Miro a su padre—. No voy a dejar a alguien así a cargo de Max.
—Relájate, papá del bebé. —Le da un trago informal a su café, o más bien al chai latte, por lo que pone en el vaso de papel.
—No me llames así.
—Me estaba tomando una cerveza para celebrar que he dejado el trabajo esta mañana. Actúas como si hubiera estado esnifando coca en el pasamanos del ascensor y sí, ahora que lo digo en voz alta, curiosamente, suena demasiado específico, pero te prometo que jamás he hecho nada parecido.
Me giro hacia Monty.
—¿Esta es tu hija?
—La única e inigualable —dice con orgullo.
—¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco.
No había caído en la cuenta de que había sido padre tan joven. Entonces ¿tenía… veinte años cuando nació la niña? Maldita sea. Y yo que creía que era difícil a los treinta y dos.
—¿Cuántos años tienes tú? —pregunta.
—Yo soy el que hace las preguntas. Estoy intentando ver si merece la pena arriesgar la seguridad de mi hijo y contratarte para quitarme a tu padre de encima.
—Y yo estoy intentando ver si merece la pena arruinarme el verano pasando los próximos dos meses trabajando para un tío con un palo gigantesco metido por el culo.
—Soy responsable, no tengo un palo metido por el culo.
—Probablemente lleva tanto tiempo ahí dentro y está tan metido que te has olvidado de que lo tienes.
—Miller, no estás ayudando —interviene Monty.
—¿Tienes experiencia cuidando niños?
—A niños adultos, sí.
Le lanzo una mirada mordaz al entrenador.
—Ni siquiera sabemos si le gustará a Max. Ya sabes cómo es con las mujeres.
—Casi se me tira encima en el ascensor. Creo que eso lo llevamos bien.
—Estoy seguro de que iba a por los botellines. Se parecen mucho a biberones.
—No te vas a olvidar de las cervezas, ¿eh?
—No.
—Vale. —Monty da una palmada—. Esto va a ser interesante.
—¿Fumas?
La voz que tiene sugiere que tal vez fume.
—No, pero puede que me incites a ello si así es como va a ser el verano.
—Miller —la interrumpe Monty como un padre serio separando a dos críos que se pelean—. Gracias por el café. ¿Nos dejas un minuto a solas?
La aludida suspira y se recoge rápidamente el largo pelo castaño en un moño alto, así puedo ver mejor el tatuaje que le cubre los brazos y los hombros. En su mayoría es un diseño floral intrincado, casi como el patrón de una página para colorear.
A Max le gustarán.
—Vale. —Se levanta, se lleva su chai consigo y un dulce aroma a postre emana de ella antes de que se gire hacia mí—. Pero para que lo sepas, esto lo hago como un favor. Así que intenta ser menos capullo al respecto, ¿eh? Hasta luego, papá del bebé. —Se detiene en la puerta, tiene el pomo en la mano e inclina la cabeza como si considerara algo—. ¿O debería llamarte Papi Béisbol? Ay, sí. Mucho mejor. ¡Adjudicado!
Y al decir eso, nos deja solos.
Niego con la cabeza sin dar crédito.
—Tu hija está desquiciada.
—¿A que es la mejor? —Monty se ríe ante mi enfado.
—No puedes decirlo en serio. No es para nada la persona adecuada para encargarse de Max.
Se recuesta en el asiento, con las manos tatuadas entrelazadas encima del estómago.
—No te lo digo porque sea mi hija, pero tienes suerte de que sea ella. Puede que esté un poco loca y que no sepa lo que es un filtro, pero en lo que respecta al trabajo, es la persona más resuelta que conozco. Hará cualquier cosa por tu hijo.
Echo la cabeza hacia atrás.
—Vamos, hombre. Seamos serios.
—Te lo digo de verdad. Créeme, Kai. Conozco a mi hija. Si por algún motivo alguna vez te da una razón válida para que la despidas, yo mismo la echaré. Hasta ese punto tengo fe en esta situación.
Lo miro callado, buscando alguna señal de engaño.
Puede que no conozca a Miller, puede que no confíe en ella, pero sí que le confío a Monty mi vida y la de mi hijo. Y sé que jamás pondría a Max en peligro, aunque esta situación lo beneficie.
No me creo que esté considerando aceptar que me convenza, pero se lo debo.
—Al primer strike, está fuera —digo, enseñando un dedo para darle más énfasis.
—¿Un juego de palabras de béisbol, As? ¿En serio?
—Cállate.
Me tiende la mano.
—¡Al primer strike, la echamos!
—Vale, te has pasado.
Le estrecho la mano que me ofrece, pero antes de soltarlo, me aprieta con fuerza para que lo mire a los ojos.
—Te voy a dar un consejo, hijo. Conociéndola, se asegurará de daros el mejor verano de vuestras vidas, tanto a ti como a Max, pero ni se te ocurra encariñarte con ella.
Frunzo el entrecejo, eso me ha confundido.
—¿Es que no has visto nuestra interacción?
Suelto la mano y señalo la puerta por la que se ha ido Miller.
—Sí, y te lo digo no como su padre, sino como tu amigo. Se marchará cuando el verano se acabe. Quiero muchísimo a mi hija, pero siempre está de un lado para otro y lo último que quiere es que la atrapen.
Monty debería conocerme ya lo suficiente para saber que lo último que quiero es que esa chica se quede. De hecho, si no fuera porque Max está creciendo demasiado rápido, desearía que el verano pasara ya.
—Créeme, Monty. No tienes nada de qué preocuparte.
Asiente, escéptico.
Me pongo de pie y meto la silla hacia el lado opuesto de su escritorio.
—Te veo en el campo.
Estoy casi ya en la puerta, cuando me detiene.
—Y, As —me llama—, guárdate la polla en los pantalones. Todos sabemos que eres fértil de la hostia y yo soy demasiado joven y demasiado atractivo para que alguien me llame abuelo, joder.
—Madre mía —resoplo y me voy de la habitación.