Alza la mano y ve flexionando un dedo por cada vez que hayas oído alguna de estas frases: «Si quieres, puedes», «Ser feliz es una elección» o «Si estás deprimido, es porque te falta serotonina». Tal vez también has escuchado que para sentirte bien solo necesitas hacer ejercicio, meditar o seguir un curso de siete pasos para sanar a tu niño interior.
Dime, ¿cuántos dedos extendidos te quedan? A mí, ninguno. Vivimos rodeados de mitos sobre el comportamiento humano, y los repetimos una y otra vez como si fueran verdades absolutas.
Desde tiempos remotos, los humanos hemos buscado entender las razones que justifican nuestros comportamientos. Al principio, miramos al cielo, creamos mitos y atribuimos nuestras acciones a fuerzas sobrenaturales. Pero, en algún momento, dejamos de buscar respuestas afuera y empezamos a mirar dentro de nosotros, convencidos de que la clave está en nuestro interior.
Desde las religiones monoteístas hasta Descartes, la idea de un ser humano dividido en cuerpo y alma se consolidó. Se creía que el alma, una entidad inmaterial, era la fuente de nuestros pensamientos, emociones y acciones. Y, aunque hoy en día hemos avanzado en nuestra comprensión, esta noción persiste, especialmente cuando hablamos del malestar psicológico.
Actualmente, el alma ha sido reemplazada por el cerebro, y de ahí nacen lo que yo llamo las «neuromierdas». Ya no te dicen que estás mal porque un demonio posee tu espíritu o porque tus cuatro humores están desbalanceados, como creía Hipócrates. Ahora la explicación suena más científica: tu cerebro, sin más, ha decidido disparar a saco cortisol y recortar en serotonina. Compra libros de autoayuda y aprende a poner a cada uno en su lugar.
La psicología, en su afán de ser tomada en serio, se ha puesto a hacer cosplay de ciencia, aferrándose a la narrativa de los desequilibrios de neurotransmisores como la causa de tu sufrimiento. Al final, seguimos en la misma línea que Descartes, convencidos de que todo lo que pensamos, sentimos y padecemos nace de nosotros.
Las redes sociales y la sobreinformación nos bombardean con soluciones fáciles, vendibles y atractivas para los problemas de salud mental. «Haz journaling», «Medita», «Tómate un matcha», y así regularás al único culpable de tu estrés: tu cortisol.
Porque, claro, tu malestar no tiene nada que ver con tu trabajo precario, tu jefe explotador, una familia que no te apoya o la carga de cuidados que llevas sobre los hombros. No, el problema está solo dentro de ti. Al sistema no le conviene que mires hacia fuera y te des cuenta de que muchos de esos malestares no son fallos individuales, sino consecuencias de algo mucho más grande: lo estructural.
En este libro, quiero invitarte a mirar al exterior y conectar lo que ves con lo que vives dentro. Porque eso es lo que hace la verdadera psicología: entender la conducta como una interacción entre la persona y su contexto. Nada ocurre en el vacío. Los neurotransmisores no se liberan por sí mismos, y no podemos comprender lo que hacemos, pensamos y sentimos sin analizar cómo nos relacionamos con nuestro entorno.
Cuando ampliamos la perspectiva, no solo vemos nuestra realidad individual, sino también un contexto social que, curiosamente, afecta de manera similar a ciertos grupos de personas. Por eso, dedicaré algunos capítulos a explorar las muchas variables estructurales que influyen en nuestra salud mental: nuestra capacidad adquisitiva, las condiciones laborales, el acceso a la vivienda, nuestro origen y nuestro género tienen implicaciones importantes en el bienestar psicológico. Al mismo tiempo, el contexto que te afecta a ti se parece mucho al de otras personas. El malestar no es solo personal.
Mis panas Ortega y Gasset (ya sé que son uno solo, pero me enteré tarde) dijeron algo muy cierto: «Yo soy yo y mis circunstancias». Como persona, llevas contigo una historia de aprendizaje, una experiencia de vida, una carga genética, hormonas, neurotransmisores y los contextos en los que has crecido y te has movido. Además, te atraviesan múltiples interseccionalidades: género, raza, orientación sexual y, sobre todo, clase social. Todo esto no solo ha moldeado lo que eres hoy, sino que seguirá haciéndolo. Ser consciente de ello es el primer paso para poder aceptar todo eso que no depende de ti, ver cuáles de las cartas que te han sido dadas puedes cambiar e interactuar con tu contexto de un modo que sea más favorable para ti (y para los demás).
En esencia, somos pocas cosas. Somos en la medida en que interactuamos con nuestro entorno. No existe una explicación completa de tu comportamiento sin considerar todo lo que te rodea y lo que te ha rodeado.
Sobre esta línea, quiero hacer un par de aclaraciones. Primero, notarás que este libro está lleno de ejemplos relacionados con el sexo y las dinámicas del amor romántico. No, no es porque tenga una obsesión extraña ni porque esté atravesando una ruptura. Simplemente, es lo que más veo en consulta, ya que mi especialización es la sexología y la terapia de parejas.
Segundo, verás que juego bastante con el género en la escritura, usando en ocasiones el femenino genérico. Lo hago, primero, porque yo misma soy una femenina genérica. Y, segundo, porque en muchos casos hablo de poblaciones mayoritariamente femeninas (como las psicólogas) o me refiero a «personas», que —sorpresa— es una palabra en femenino.
Pocas cosas me generan más placer que aprender algo nuevo. Y si divulgo es porque quiero que los demás sientan lo mismo que yo cuando descubro aquello que me cambia la forma de ver el mundo. Espero despertar en ti ese mismo entusiasmo por el conocimiento y, no voy a mentirte, también espero que encienda una llama en tu interior: una actitud más consciente, crítica y, sobre todo, activa.
Eso es lo que hace la verdadera psicología: entender la conducta como una interacción entre la persona y su contexto.
Del «si quieres, puedes» a «la felicidad es tu nivel de serotonina»
Echar la mirada al contexto es una cosa que no nos sale de forma natural cuando nos preguntamos por qué lo estamos pasando mal en un momento dado.
Como veremos en este capítulo, que nos cueste no es una casualidad ya que, gracias al bombardeo de frases como «Si quieres, puedes» al que estamos expuestos actualmente, hemos aprendido a ignorar el contexto.
Porque puede que el matrimonio de mis padres haya fracasado rotundamente, pero ¿sabes qué matrimonio tiene hijos felices, una casa enorme y un labrador corriendo alegremente por el jardín? ¡Efectivamente! El de la meritocracia y las neuromierdas.
Hablemos de estos dos y de cómo se enamoraron.
La meritocracia es la idea de que, en el sistema en el que vivimos, los logros que tienen las personas son fruto directo de sus esfuerzos y habilidades. Así es, la misma filosofía de criptobros neoliberales que defienden públicamente a Elon Musk. De aquí vienen frases como «Todo está en tu mente», «Las cosas son cuestión de actitud», «El que es pobre lo es porque quiere» (esta es heavy) y también es mi favorita: «Si quieres, puedes». La meritocracia asume que todos partimos del mismo punto en igualdad de condiciones y oportunidades, y que el mérito es el factor que diferencia que unos lleguen lejos y otros no. Esto, ya de base, va en contra de todo lo que sabemos del comportamiento humano.
Cualquier conducta tiene un antecedente que la desencadena y la hace posible. Por ejemplo, ¿por qué no puedes imaginar un color que nunca has visto? Porque no has tenido ninguna experiencia previa con ese color y, sin esa referencia, tu mente no puede recrearlo. De la misma manera, no puedes esforzarte sin que algo haya precedido ese esfuerzo: algo que lo haya antecedido y que lo haya hecho posible. No podemos generar conductas o pensamientos de la nada; siempre hay algo que las precede.

Conducta: todo lo que hacemos, decimos, pensamos y sentimos.
La meritocracia asume que todos partimos del mismo punto en igualdad de condiciones y oportunidades, y que el mérito es el factor que diferencia que unos lleguen lejos y otros no.
El esfuerzo también es una conducta porque se trata de algo que hacemos. Por lo tanto, el esfuerzo no es lo que explica la conducta, sino que es una conducta que necesita ser explicada: debemos analizar qué mecanismos hacen que algunas personas se esfuercen y otras no. Decir que «esta persona es exitosa gracias a su esfuerzo» es decir poco, porque la verdadera pregunta es esta: ¿qué permitió que esa persona pudiera hacer ese esfuerzo? Lo mismo ocurre con otros conceptos como motivación, disciplina o ambición: no son explicaciones en sí mismas, sino que deben ser explicadas. Son cosas que hacemos, sentimos, decimos y pensamos, ¡y es justamente eso lo que la ciencia de la conducta busca entender!
Así que no solo deberíamos preguntarnos qué experiencias previas permitieron que esa persona pudiera esforzarse, sino también qué otros factores, además del esfuerzo, facilitaron sus logros. Porque, aunque el esfuerzo es fundamental, no surge de la nada, ni mucho menos es la única variable que explica los éxitos de alguien.
Las personas no partimos del mismo punto ni tenemos las mismas oportunidades, y esto es crucial no solo al atribuir los resultados de éxito en cualquiera de sus formas, sino también al medir la motivación para hacer las cosas.
Si estoy siendo explotada en mi trabajo, haciendo jornadas de doce horas y viajando dos horas diarias en transporte público desde la periferia de la ciudad, ¿qué es más probable que haga cuando llegue a casa: trabajar en un libro que trata sobre la reinterpretación filosófica del eterno retorno de Nietzsche o ver el reality de turno, que solo me hará utilizar las dos neuronas que me quedan en reserva después de la paliza que me dio el día? Sí, hay contingencias materiales que permiten a algunas personas ser más motivadas, más echadas p’alante y más ambiciosas que otras.
Pero, bueno, ahora que ya sabemos que la meritocracia tiene la misma validez que el terraplanismo, volvamos con el criptobro neoliberal de hace unos párrafos.
Vamos a tratar de rebatir las frases de cajón que se basan en su filosofía y que nos repiten constantemente:
→ «Todo está en tu mente»
«La mente» no es más que el conjunto de pensamientos que tenemos. Aunque a veces nos dé la sensación de que algunos pensamientos surgen de la nada, no es así: todos tienen antecedentes. Según nuestra historia y nuestro contexto, pensaremos de una forma u otra. De hecho, no se trata tanto de que nuestros pensamientos creen nuestra realidad, sino más bien de que nuestra realidad moldea nuestros pensamientos. Así que no, los pensamientos no son la génesis de todo lo que hacemos y sentimos, sino una forma más de responder a lo que ocurre a nuestro alrededor.
→ «Las cosas son cuestión de actitud»
¿A qué te refieres exactamente con actitud, José Alberto? La actitud, al igual que el esfuerzo, no es una explicación en sí misma, sino algo que debe ser explicado. Tener una actitud determinada depende de mi experiencia y de lo que he aprendido a lo largo de ella, muchas veces de manera inconsciente. Es fácil tener una «buena actitud» cuando tu propia historia te ha mostrado que las cosas pueden salir bien para ti. Por ejemplo, si soy un hombre blanco, occidental y de una familia adinerada, es más sencillo desarrollar una «actitud de millonario»: los millonarios se parecen a mí, y la vida me ha enseñado que esa realidad está al alcance de personas como yo. Esto, en psicología, se llama «aprendizaje vicario».

Aprendizaje vicario: es el aprendizaje que adquirimos a partir de observar o escuchar experiencias de otras personas sin tener que vivirlas directamente. Mi conducta puede cambiar en función de las consecuencias positivas o negativas que he visto en personas de mi entorno.
→ «El que es pobre lo es porque quiere»
Vamos a ver, ¿quién genuinamente querría ser pobre? ¿No sería muy fácil salir de la pobreza si «el que quisiese hacerlo pudiese»? Las estadísticas demuestran que los ricos tienden a volverse más ricos y a acumular cada vez más dinero: según un informe de Oxfam de 2023, el 45,6 % de la riqueza mundial está en manos del 1 % de la población más adinerada y la mitad de la población mundial más pobre posee solo el 0,75 %. ¿No te parece una loca coincidencia que casi todos los que «quieren y pueden» tengan padres ricos? Y no, no me vengas con la historia de que Bill Gates ni siquiera terminó la universidad y empezó Microsoft en un garaje sin mencionar que la universidad que no terminó fue ¡Harvard! (donde lo difícil no es tanto entrar como pagarla) y que, además, el garaje era de una casa de un barrio de clase alta que se podía permitir con el dinero de papá. Pequeños matices, dirán algunos.
→ «Si quieres, puedes»
Querer hacer algo es una buena motivación para realizarlo, pero hacer las cosas depende más de las posibilidades que tengamos de hacerlas que de lo que nosotros sintamos al respecto. Por ejemplo, si quiero beber agua, necesito tener un vaso de agua disponible, y entonces, si tengo sed, es más probable que beba. Pero la sed por sí sola no me da la posibilidad de acceder a un vaso con agua. De hecho, podemos beber agua sin tener sed, siempre y cuando el vaso esté lo suficientemente accesible. El punto es que no todos tenemos el mismo acceso al vaso con agua. ¿Me sigues? Las personas que lograron algo no lo hicieron solo porque quisieron, sino porque tuvieron, en mayor medida, acceso a los recursos (el vaso con agua); por tanto, la cantidad de sed que tenían importaba menos.
Básicamente, lo que te vienen a decir es que si te pasan cosas buenas es por tu culpa, y si no te pasan, también, sin tener en cuenta tu entorno, tus condiciones sociales, tu historia. ¿Vamos a reducir la explicación de por qué algunas personas logran unas cosas y otras no a la socorrida frase «Pues haber estudiao»? ¿Qué somos, tu tío Paco en la cena de Navidad?
La tendencia actual es entender el comportamiento humano y los problemas psicológicos como fenómenos puramente individuales. ¿Quién nos ha llevado a creer eso? Pues la psicología pop y la supuesta psicología 100tifika AKA cerebrocentrista. Esta última es la gran tendencia en la divulgación de salud mental, aquella psicología que hace cosplay de ciencia, pero que tiene de ciencia lo que yo tengo de estabilidad emocional: casi nada.
Es verdad que en los últimos años la psicología ha ganado mucha popularidad, pero aún no goza del prestigio social de otras ciencias, como la medicina o la biología. Por tanto, como ciencia acomplejada, la psicología ha empezado a imitar a estas ciencias con buena fama tomando elementos que están asociados a ellas. Un ejemplo de esto lo podemos ver en los psicólogos de la Seguridad Social en España: ¿por qué llevan bata blanca? Se supone que el personal sanitario las utiliza para protegerse de fluidos corporales como la sangre. ¿Qué fluido te va a salpicar cuando tu paciente te habla sobre sus traumas familiares y problemas de asertividad?
Hoy en día, parece que a todo lo que le añades el prefijo «bio-» o «neuro-» se convierte automáticamente en algo empírico. En los últimos años han aparecido disciplinas supuestamente científicas como el neuromarketing, el neurocoaching o la biodescodificación, a las que solo si les añadiéramos el prefijo «pseudo-» podríamos llamar ciencia. Estas disciplinas con nombres fancy nacen, efectivamente, para venderte cosas. «Por favor, ¡compra mi masterclass online de “Estimula tu serotonina en siete pasos (el quinto te sorprenderá)” por solo 24,99 euros!».
La verdadera ciencia no es un estudio publicado sin más en una revista con un nombre largo en inglés, ni datos al aire, ni una gráfica de un cerebro con colores, ni un hombre con bata blanca y monóculo hablando con palabras esdrújulas para hacerse el intelectual. La ciencia tiene metodologías específicas, se basa en principios filosóficos y también requiere de una interpretación crítica de los resultados. Al igual que no todo lo que parece ciencia es científico, no todo lo que aparenta ser psicología lo es.