Dramatis personae

Dramatis personae

Julio César (Cayo Julio César): senador y procónsul de Roma

Familia de Julio César

Acia: hija de Julia la Menor y Acio Balbo

Aurelia: madre de Julio César

Calpurnia: tercera esposa de César, hija de Lucio Calpurnio Pisón

Cayo Octavio: sobrino nieto de Julio César

Julia: hija de Julio César y Cornelia, su primera esposa

Julia la Mayor: hermana de Julio César

Julia la Menor: hermana de Julio César

Líderes y senadores optimates

Afranio (Lucio Afranio): excónsul, amigo de Pompeyo

Bíbulo (Marco Calpurnio Bíbulo): senador, yerno de Catón

Bruto (Marco Junio Bruto): sobrino de Catón, hijo de Servilia y su primer marido, Marco Junio Bruto

Catón (Marco Porcio Catón): senador, descendiente de Catón el Viejo, próximo a Cicerón, hermanastro de Servilia

Cicerón (Marco Tulio Cicerón): abogado y senador, líder de los optimates

Cneo Domicio Calvino: candidato a cónsul

Cneo Pompeyo: senador y procónsul de Roma

Gabinio (Aulo Gabinio): tribuno de la plebe, propulsor de la lex Gabinia y gobernador de Siria

Lucio Domicio Enobarbo: candidato a cónsul

Marco Valerio Mesala: candidato a cónsul

Milón (Tito Annio Milón): líder de una banda armada defensora de los intereses de los optimates

Líderes y senadores populares

Apio (Apio Clodio Pulcro): lanista en Capua y hermano de Publio Clodio

Clodio (Publio Clodio Pulcro): tribuno de la plebe y líder de una banda armada en Roma

Craso (Marco Licinio Craso): senador veterano, el hombre más rico de Roma

Fulvia: esposa de Clodio

Otros líderes y senadores romanos independientes

Ateyo (Cayo Ateyo Capitón): tribuno de la plebe

Oficiales romanos en la Galia bajo el mando de Julio César

Balbo (Lucio Cornelio Balbo): hispano, intermediario con Roma y praefectus fabrum en la Galia

Cayo Fabio: legatus

Cayo Voluseno: tribuno militar

Cota: legatus

Décimo Junio Bruto: legatus

Labieno (Tito Labieno): amigo personal de César, legatus y segundo en el mando en la Galia

Lucio Roscio: legatus

Mamurra: praefectus fabrum

Marco Antonio: magister equitum

Marco Craso: hijo de Craso y Tértula, hermano mayor de Publio Craso y quaestor en el ejército de César en la Galia

Publio Licinio Craso: hijo de Craso y Tértula, al frente de los turmae

Quinto Atrio: legatus

Quinto Tulio Cicerón: hermano del famoso político Marco Tulio Cicerón y legatus

Sabino: legatus

Líderes galos

Abrar: líder de los vénetos

Acón: líder de los senones

Ambiórix: líder de los eburones y otros pueblos de la Galia belga

Boduognato: líder de los nervios y otros pueblos de la Galia belga

Casivelauno: líder de los britanos

Catuvolco: líder de los eburones

Cavarino: líder de los senones, aliado de César

Cingetórix: líder de los tréveros, aliado de César

Cneo Iccio: líder de los remos

Comio: líder de los atrebates, aliado de César

Diviciaco: líder de los eduos, aliado de César

Dúmnorix: líder de los eduos, jefe de la caballería gala, hermano de Diviciaco

Galba: rey de los suesiones y líder de una confederación de pueblos de la Galia belga

Gobanitio: líder de los arvernos, tío de Vercingetórix

Induciomaro: líder de los tréveros

Induciomaro hijo: heredero del liderazgo de los tréveros

Mandubracio: líder britano destronado, aliado de César

Vercingetórix: líder de los arvernos

Líderes políticos y altos cargos en Egipto

Aristarco: anciano bibliotecario de la biblioteca de Alejandría

Arquelao: sacerdote del templo de Belona, en Capadocia, y segundo esposo de Berenice

Arsínoe: hija de Tolomeo XII, hermanastra de Cleopatra

Berenice: hija de Tolomeo XII, hermanastra de Cleopatra

Cleopatra: hija de Tolomeo XII y Nefertari, su favorita

Filóstrato: tutor de Cleopatra

Pasherenptah III: sumo sacerdote de Ptah en Menfis

Potino: eunuco y principal consejero de la corte de Tolomeo XII

Seleuco VII de Siria: primer esposo de Berenice IV

Tolomeo XII: faraón, rey del Alto y Bajo Egipto, padre de Cleopatra

Tolomeo XIII: hijo de Tolomeo XII y hermanastro de Cleopatra

Tolomeo XIV: hijo de Tolomeo XII y hermanastro de Cleopatra

Otros personajes

Ariovisto: rey de los suevos y líder de los germanos

Casio (Cayo Casio Longino): quaestor en Siria

Catulo (Cayo Valerio Catulo): poeta conocido por sus escandalosos versos

Clodia: hermana de Clodio, amante de Catulo y denominada Lesbia en sus poemas

Cneo Pompeyo el Menor: hijo mayor de Pompeyo

El Cretense: prestamista y líder de una banda de malhechores en Roma

El Extranjero: enigmático asesor militar de los belgas y los britanos

Emilia: esposa de Labieno

Geminio: amigo y confidente de Pompeyo

Rabirio (Cayo Rabirio Póstumo): banquero romano

Servilia: hermanastra de Catón, madre de Bruto, amante de César

Sexto Pompeyo: hijo menor de Pompeyo

Vitruvio: ingeniero y arquitecto

Prooemium

Roma

58 a. C.

Los senadores Craso, Pompeyo y César dominaban Roma. Habían establecido un pacto, conocido como el triunvirato, mediante el cual controlaban las votaciones en el Senado uniendo sus fuerzas contra las de Cicerón, Catón y el resto de sus enemigos políticos. Pero en el año 58 a. C., Craso estaba más atento a sus negocios, Pompeyo a su vida privada y César ausente en la Galia. Los tres promovieron que Clodio, fiel partidario de su facción política y que disponía de la mayor banda de sicarios de la ciudad, fuera elegido tribuno de la plebe para que, desde ese cargo, ejerciera un poder absoluto sobre Roma. Clodio promulgó leyes acordes con los intereses de los tres poderosos senadores, y éstos, por su parte, no cuestionaban los métodos que Clodio pudiera estar empleando, absorbidos como estaban cada uno de ellos en sus asuntos. Que los cónsules de aquel año fueran Lucio Calpurnio Pisón y Aulo Gabinio era irrelevante, pues el poder del Senado estaba bloqueado.

El tribuno Clodio, y nadie más, regía los destinos de todos en la ciudad de Roma.

El todopoderoso tribuno sabía que, mientras no fuera en contra de los intereses de Craso, Pompeyo o César, podía hacer lo que quisiera.

Cualquier cosa.

Parecía el momento oportuno para una venganza personal.

Y Clodio tenía cuentas pendientes.

La Galia[1]

58 a. C.

César había resuelto la crisis de la migración de los helvecios de los Alpes a la Galia expulsándolos tras la batalla de Bibracte, pero la situación en la región estaba muy lejos de serenarse: el rey germano Ariovisto había iniciado una invasión en toda regla de gran parte de la Galia. Con un ejército de cuarenta mil guerreros y ciento veinte mil colonos germanos ya al sur del Rin, su plan de establecerse en la región de forma permanente estaba en marcha. Los galos, una vez más, en esta ocasión mediante el líder de los eduos, Diviciaco, habían solicitado la ayuda de Roma para detener esta nueva invasión de su territorio. Y Roma en la Galia era lo mismo que decir Julio César. De esta manera, el procónsul se vio implicado en una segunda campaña militar de final incierto: el ejército germano no era una simple migración de guerreros con sus familias, sino una trituradora militar que había derrotado a los galos en varias batallas campales. César intentaba evitar el choque frontal de las legiones con aquella apisonadora armada hasta los dientes, pero Ariovisto no era un rey proclive a negociar nada, y menos sobre un territorio, la Galia, que él consideraba suyo por derecho de conquista.

César avanzaba hacia el norte.

Ariovisto hacia el sur.

Egipto

58 a. C.

El faraón Tolomeo XII, padre de la joven Cleopatra VII, había sido depuesto del trono de Egipto por una conjura urdida por su consejero Potino, un eunuco veterano asesor de la corte tolemaica, asistido por la mayor parte de la élite sacerdotal. El detonante del complot había sido la cesión de la isla de Chipre por parte de Tolomeo XII a Roma. La ciudad del Tíber, con sus ojos puestos en Asia desde la derrota de Mitrídates del Ponto y las conquistas de Pompeyo en aquella parte del mundo, anhelaba la anexión de más y más territorios. Egipto era la joya más preciada, pero, por el momento, Roma iba apoderándose sólo de territorios dependientes del faraón. Tanto el pueblo de Egipto, agitado por los sacerdotes, que alimentaban un nacionalismo egipcio que defendía la independencia absoluta del reino del Nilo de Roma, como el propio Potino vieron en esta cesión de Tolomeo XII un signo de gran debilidad. Ni el pueblo ni los sacerdotes acertaban a comprender que militarmente Egipto ya no podía oponerse a un poder como el de Roma y que, en consecuencia, la línea de negociar cesiones y sobornar a senadores romanos, iniciada por Tolomeo XII, era la única salida posible para alargar la independencia del legendario reino. Potino, más astuto, más clarividente, sí podía ver esto, pero el viento en Alejandría soplaba en favor de los nacionalistas egipcios y decidió unirse al complot que depuso a Tolomeo XII y situó en el trono a su hija mayor, Berenice. Ésta era un títere en manos de los sacerdotes, pero una marioneta que, al poco tiempo, manifestaría tener sus propias ideas.

Tolomeo XII se refugió en el exilio, primero, en Grecia y, luego, por fin, en Roma misma, donde buscaba comprar suficientes voluntades en el Senado romano como para poder retornar al trono de faraón con el apoyo militar romano a cambio de más cesiones territoriales y un flujo incesante de trigo hacia la capital de la inmensa República.

Su hija pequeña, Cleopatra, lo acompañaba en aquel exilio.

En el 58 a. C., Roma, la Galia y Egipto eran tres mundos distintos que, sin saberlo, iban camino de un único destino.

Liber primus

ARIOVISTO

I

El poder de Clodio

Roma

58 a. C.

—¡Mátalo! —dijo ella—. ¡Mátalo sin piedad!

Clodio escuchaba. Su esposa Fulvia era la que hablaba.

Cicerón, en pie, inmóvil, esperaba la decisión de Clodio de actuar según deseaba Fulvia… o no.

Clodio y Fulvia venían escoltados por una turba de sicarios armados con dagas y mazas.

Cicerón, pese a haber sido advertido por algunos senadores amigos de que Clodio iba a por él, no se atrincheró en su casa como hiciera en el pasado, cuando Catilina envió a varios de sus conjurados para asesinarlo. Cicerón tenía claro que, en la nueva Roma del triunvirato de César, Craso y Pompeyo, el tribuno Clodio era quien mandaba y no había nada que hacer ya contra él. Si no salía a recibirlo a la puerta de su casa, la incendiarían y lo quemarían vivo. Cicerón, además, no era de rehuir la muerte cuando ésta llegaba inexorable. Él era de afrontarla cara a cara. Por eso salió y abrió personalmente la puerta a Clodio y su esposa solo, sin ni siquiera esclavos armados que lo defendieran, lo que, en cualquier caso, sería del todo inútil.

—¡Mátalo! —repitió Fulvia.

Cicerón se quedó inmóvil, esperando la daga que le diera muerte.

Los dos, Clodio y Fulvia, tenían motivos para querer matarlo y Cicerón no tenía con qué defenderse. Sencillamente, había llegado su hora.

Pero todo aquello había empezado años atrás…

Clodio tenía la peor de las reputaciones: tras su sacrílega participación en el escándalo de la Bona Dea, promovido por Aurelia, la madre de César, para tener una justificación con la que su hijo pudiera divorciarse de su incómoda esposa Pompeya, su carrera política quedó aniquilada. Aunque saliera exonerado en el juicio, gracias a múltiples sobornos, el hecho de que Clodio se hubiera infiltrado en los ritos religiosos en honor de la Bona Dea, en los que sólo podían participar mujeres, había dejado su imagen pública demasiado deteriorada como para poder optar a un puesto en el Senado. Poco importaba que todo hubiera sido una farsa con la que hacer creer a la sociedad romana que Pompeya, segunda esposa de César, nieta del dictador Sila, tenía una aventura extramarital con el propio Clodio, quien, supuestamente, se habría aprovechado de la celebración religiosa para vestirse de mujer e intentar tener un encuentro secreto con Pompeya. Tal fue el escándalo que César, gracias a la estrategia de su madre, consiguió su deseo de divorciarse por adulterio de Pompeya, pero Clodio quedó marcado por aquel suceso para siempre y su ascenso político paralizado.

—Mátalo, esposo mío —insistió ella ahora al oído de Clodio, con aquella voz joven y dulce, sibilante como la de una serpiente, embriagadora, persuasiva. Él seguía pensando, repasando los últimos episodios de su vida…

La ambición de Clodio era inmensa.

Vetado el camino político del Senado, quedaba, no obstante, otra ruta para conseguir poder: el tribunado de la plebe. Y más aún desde las incipientes reformas políticas impulsadas por César y Craso, que habían dotado a las asambleas del pueblo y a sus líderes, los tribunos de la plebe, de más capacidad legislativa y atribuciones de las que habían tenido estas instituciones en mucho tiempo, siempre en detrimento del Senado. Ser tribuno de la plebe en los tiempos del triunvirato era mucho más importante que en otros periodos políticos. Pero había un obstáculo técnico legal que soslayar para que Clodio pudiera presentarse a unas elecciones a tribuno de la plebe: él era patricio, y los patricios, según la ley, no podían presentarse al cargo de tribuno del pueblo.

—Y si no lo quieres matar por sus insidias contra ti, esposo mío —continuó la joven Fulvia, siempre susurrando al oído de su marido—, mátalo por todo lo que lleva haciendo contra mi familia desde hace años.

Fulvia estaba casada con Clodio apenas hacía cuatro años. Esa unión sólo acrecentó el odio de Clodio hacia el gran orador: Cicerón sabía perfectamente que aquella joven no le había perdonado nunca que él despreciara a su padre por su tartamudez y que se riera de él en público llamándolo Bambalio, «el tartamudo». Nunca pensó ni que la hija de Bambalio ni que ese Clodio que tenía ante él pudieran reunir tanto poder como para controlar Roma, como para decidir sobre la vida y la muerte de las personas, como para poder decidir sobre su vida o, en este caso, su muerte. Fue sorprendente, incluso para Cicerón, el modo en el que Clodio sorteó los impedimentos legales que le imposibilitaban acceder al tribunado de la plebe.

Clodio, en efecto, no podía presentarse a aquel cargo por ser patricio. Los tribunos del pueblo debían ser plebeyos de nacimiento. Sin embargo, en Roma, hecha una ley, hecho un subterfugio legal para soslayarla, si se desea de verdad y si se dispone de los suficientes apoyos políticos: Clodio renunció a su condición social de patricio, perdiendo todos los privilegios de su clase, y se hizo adoptar como hijo de un plebeyo. Y todo esto lo hizo con el apoyo de César y Craso, quienes buscaban tener un tribuno de la plebe poderoso que controlara las asambleas del pueblo en un momento en el que ya tenían al Senado bloqueado con su pacto a tres bandas entre ellos dos y Pompeyo. Con el Senado paralizado, con Cicerón y Catón incapaces de vetar nada de lo que se decidiera en las asambleas del pueblo, lo que la plebe votara y eligiera era aún más importante. Por eso, tener de tu lado a un tribuno de la plebe audaz era el modo perfecto de controlar Roma. Algo que le convenía a un César ausente, de campaña en la lejana Galia, y a un Craso más interesado en gestionar sus negocios que en dar la batalla política en primera línea. A Pompeyo, por su parte, mientras no se atacaran sus intereses personales ni a sus veteranos de guerra, que ya disfrutaban de las tierras prometidas por su participación en la conquista de Asia, lo que ocurriera en las asambleas del pueblo o en el Senado le importaba más bien poco. Esta confluencia de circunstancias originó el ascenso al poder de Clodio.

Publio Clodio Pulcro se hizo adoptar por el plebeyo Publio Fonteyo. Podría haber elegido a algún venerable plebeyo, pero, en una muestra más de su total irreverencia a lo convencional, Clodio seleccionó a un padre adoptivo de menor edad que él mismo. La maniobra era un escándalo, pero Clodio era el escándalo constante. En ese espacio, él se desenvolvía con soltura.

—Y si no lo matas por mí —siguió la joven hablando al oído de su esposo sin dejar de mirar a Cicerón mientras lo hacía—, mátalo por ti, por lo que te hizo cuando actuó como acusador contra ti en el juicio de la Bona Dea. Me da igual por qué lo mates, pero hazlo, amor mío.

Al comienzo de su tribunado, Clodio actuó al dictado de los principios políticos de César y Craso, siguiendo las directrices de la facción política popular y aprobando leyes que beneficiaran de forma clara a la plebe: incrementó aún más la capacidad legislativa de las asambleas del pueblo y sobre todo, en su actuación estrella, repartió ingentes cantidades de grano de forma gratuita a todo el pueblo de Roma. Estas acciones contribuyeron, por un lado, a hacer que la plebe olvidara el escandaloso modo en el que Clodio había conseguido presentarse y ganar unas elecciones como tribuno de la plebe y, por otro lado, ayudaron a consolidar el control de Roma por parte de los populares.

Pero fue en este momento cuando Clodio cruzó la fina línea de la ambición política y se adentró en el proceloso océano de la megalomanía: decidió unilateralmente la anexión formal de Chipre a Roma, sin importarle las negociaciones abiertas por el Senado con el faraón exiliado Tolomeo XII, por un lado, y las conversaciones con su hija Berenice IV, entronizada por los sacerdotes egipcios, por otro. Hasta ese momento, la política exterior de Roma siempre se había decidido en el Senado. Pero con Clodio ya no.

Y, finalmente, para poder asentar su control de la ciudad, armó casi militarmente a todos los collegia, las asociaciones profesionales de artesanos de Roma, cuyos intereses decía defender, pero a quienes utilizaba en verdad como una auténtica gran banda armada que sembraba el terror por cada esquina de la ciudad, persiguiendo, hiriendo y, si procedía, asesinando a cualquiera que se opusiera a las decisiones del todopoderoso tribuno de la plebe. Fue en ese momento cuando se sintió lo suficientemente fuerte para arremeter contra Cicerón.

Por eso salió Clodio aquella mañana de su domus, junto a su joven esposa, rodeado de una gran parte de su banda de sicarios para matar al famoso orador.

Pero de pronto… un pensamiento cruzó la mente del tribuno.

—No, esposa mía, no lo vamos a matar. —Y antes de que Fulvia pudiera contraargumentar, Clodio siguió hablando, mirando fijamente a los ojos de Cicerón—: Una vez alguien me hizo ver que hay cosas peores que la muerte. No, esposa mía, a Cicerón, a quien tenemos aquí delante, no lo vamos a matar. Aún no. —Y se limitó a mirar a sus hombres—. ¡Envainad las dagas! ¡Nos marchamos!

Y Cicerón se quedó allí, solo, pensando qué podía ser, para el tirano y despiadado Clodio, algo peor que la muerte.

Todas las opciones que imaginaba eran inquietantes.

II

Una trampa mortal

Bibracte, la Galia

58 a. C.

—Es una trampa —dijo Balbo.

Y el joven Publio Craso asintió mostrando que coincidía con aquella valoración.

En la tienda del praetorium estaban también Labieno y otros oficiales de alto rango de las legiones, junto con Diviciaco, el druida y líder de los galos eduos, su hermano Dúmnorix, jefe de la caballería gala, y otros jefes galos. En medio de todos, sentado en una sella curulis de campaña, César.

Este último paseó su mirada por los rostros de los presentes que todavía no habían hablado. En su mano derecha estaba aún, en caracteres de la lengua gala, el mensaje que Ariovisto, rex germanorum, monarca de los germanos, le había hecho llegar. En la misiva, el rey del norte proponía un encuentro cara a cara entre el propio César y él mismo para dirimir sus diferencias sobre la presencia de ambos en la Galia. Se trataba de un último intento por evitar el choque armado entre las legiones de Roma y el impresionante ejército de más de cuarenta mil guerreros veteranos de Ariovisto.

Pero en la carta, el rey germano había impuesto dos condiciones muy precisas para tal encuentro.

—¿Tú qué opinas, Tito? —preguntó César mirando directamente a Labieno.

Ariovisto había exigido, primero, que la entrevista tuviera lugar en un espacio neutral, al norte de la ciudad de Vesontio, y, segunda exigencia, la más delicada, que ambos líderes, tanto César como el propio Ariovisto, fueran acompañados sólo por sus respectivas caballerías.

Nada de infantería.

Y ésta era una cesión muy arriesgada para los romanos: el poder de las legiones se basaba en sus cohortes de infantería. El ejército de César apenas disponía de unas pocas unidades de caballería propia, bien dirigidas por el valeroso Craso, pero escasas en número, estando el grueso de la caballería de las legiones compuesto por jinetes eduos. Y éstos eran los mismos guerreros que se habían mostrado remisos al combate duro en enfrentamientos previos, como la batalla de Bibracte, en la que, a las primeras de cambio, Dúmnorix, ejerciendo el liderazgo de aquella unidad militar, dio la orden de retirarse y dejó a los romanos solos ante los helvecios, boyos y tulingos. Sólo la audacia del propio César y el arrojo de los legionarios de la X, los más valientes, y los veteranos también de la VII, VIII y IX habían salvado la situación.

César seguía mirando a Labieno en espera de una respuesta, pero no le apremió a hablar. Había aprendido a respetar los silencios de su segundo en el mando, a la par que su mejor amigo. Labieno era de esos pocos hombres que antes de dar una opinión meditaba. A César y al resto de sus oficiales les costó averiguar, tras la batalla de Bibracte, quién había dado la orden de retirada a los jinetes eduos al principio de la lucha, pero, al final, el nombre de Dúmnorix fue mencionado en repetidas ocasiones por varios de los oficiales galos interrogados. ¿Era sensato, pues, acudir al encuentro del peligroso rey de los germanos acompañado por una caballería de tan dudosa lealtad?

—Preferiría hablar a solas con el procónsul de Roma —respondió, al fin, Labieno.

César comprendió que era una forma elegante de solicitar que Diviciaco, Dúmnorix y los otros líderes galos no estuvieran presentes cuando él formulara sus pensamientos en voz alta.

—De acuerdo —aceptó César, y no tuvo que decir más: sus oficiales empezaron a abandonar la tienda y, con ellos, Diviciaco, Dúmnorix y el resto de los celtas—. Balbo, tú y Publio, quedaos —añadió el procónsul dirigiéndose a su amigo hispano y al joven hijo de Craso mientras miraba de reojo a Labieno. Este cabeceó afirmativamente.

En el exterior

—Nos hacen salir de la tienda por ti. Lo sabes, ¿verdad, hermano? —apuntó Diviciaco en cuanto se encontraron a solas a unos veinte pasos del praetorium de campaña.

Dúmnorix no se dignó a responder. En el fondo pensaba que su hermano era un blando. Él consideraba la Galia de otra forma: veía un vasto territorio gobernado sólo por y para galos. Por eso pactó en el pasado con los helvecios. Por eso se retiró de la batalla de Bibracte.

Dúmnorix callaba y se limitaba a mirar al suelo.

Por eso había pactado ahora con Ariovisto. Los germanos tampoco le gustaban, pero ya se encargaría de ellos cuando hubieran expulsado de la Galia a los romanos. Estos últimos le parecían mucho más complicados de empujar hacia el sur sin contar con la ayuda de un ejército adicional y potente como el de Ariovisto. Sí, éste era un germano, pero duro. No como el débil de su hermano Diviciaco, que había sucumbido a la invasión romana.

En el interior

—No nos podemos fiar de Dúmnorix —empezó Labieno—. Antes no sabíamos la mitad de lo que sabemos ahora, pero ya averiguamos que Dúmnorix influyó en las negociaciones entre sécuanos y helvecios para que los primeros permitieran cruzar su territorio a los segundos. Nos han informado también de que fue Dúmnorix quien instó a que muchos pueblos galos fueran muy remisos a proporcionarnos grano durante la campaña anterior contra los propios helvecios. Y, finalmente, como todos sabemos ya, en la batalla de Bibracte, fue Dúmnorix quien dio la orden de retirada de la caballería nada más empezar la lucha, dejándonos solos. No puedes ir con esos jinetes, bajo su mando, a entrevistarte con el rey germano. Será una emboscada de la que no regresarás vivo: frente a ti un líder germano agresivo y, a tu espalda, un jefe galo de lealtad incierta.

—Pero he de acudir a ese encuentro —respondió el procónsul de Roma, sereno, sentado en su sella curulis, bebiendo algo de agua de un cuenco de cerámica.

—¿Por qué? —preguntó Labieno—. Dame una sola razón. Yo no lo veo necesario. Detener al rey germano con las legiones, sí, pero hablar con él, no.

César echó un trago más, dejó el cuenco en la mesa y habló con intensidad en la voz:

—Porque, si existe una posibilidad de resolver ese conflicto evitando que centenares de legionarios caigan en combate, es mi obligación explorar esa opción. Porque esos mismos legionarios tienen miedo a los germanos, como en el pasado lo tuvieron los hombres de mi tío Mario a los germanos teutones, los cimbrios y los ambrones del norte. Porque, si no acudo a esa reunión, todos, legionarios, germanos y galos, me verán como débil, como cobarde. No dudéis de que en apenas una hora no se estará hablando de otro asunto en el campamento que de esta propuesta de reunión. Por todas esas razones he de presentarme y hablar cara a cara con el rey germano.

Labieno suspiró. Como cuando César se empeñó en aceptar ser fiscal contra Dolabela, podía detectar ahora en su amigo aquel mismo empecinamiento casi irracional. César, era cierto, acababa de aportar motivos importantes para acudir a aquel encuentro, pero para él pesaba mucho más la desconfianza hacia la caballería de Dúmnorix que cualquier otro razonamiento que César pudiera alegar para ir a esa reunión. A esa trampa mortal.

—Y hay una razón más —añadió César.

Labieno, Balbo y el joven Craso escuchaban atentos.

—Es bueno conocer a tu enemigo… en persona —sentenció César.

En el exterior

Labieno, Balbo y Craso salieron de la tienda del praetorium. Los rostros eran sombríos.

—¿Cuál es la decisión del procónsul? —los interpeló Diviciaco con genuino interés.

Fue Balbo el que respondió:

—El procónsul acudirá al encuentro. Parte mañana, al alba.

Diviciaco, muy serio, asintió.

A su espalda, Dúmnorix se giró lentamente para ocultar una leve sonrisa que, veloz, borró de su rostro y clavó entonces sus ojos en uno de sus jinetes, que lo observaba desde la distancia. Dúmnorix se llevó la palma de la mano a la frente dos veces. El jinete repitió el mismo gesto, acordado de antemano, en señal de respuesta, montó un caballo que tenía próximo y emprendió la marcha junto con una docena de guerreros galos también a caballo.

Cuando el grupo de jinetes llegó a las puertas del campamento, los legionarios de guardia los abordaron, pero los jinetes, como aliados que eran, conocían la contraseña para entrar y salir de la fortificación. Al instante, las puertas se les abrieron, y partieron al galope hacia el norte.

En el interior del campamento, en las tiendas de los eduos, un guerrero se dirigió a Dúmnorix en voz baja:

—¿Crees que ese jinete es de fiar, el que porta el mensaje para el rey germano? A fin de cuentas, no es realmente uno de los nuestros. No es de nuestra tribu.

—No, no lo es, pero tiene agallas —respondió Dúmnorix—. Y odia a los romanos tanto como nosotros.

Campamento de Ariovisto al norte de Vesontio

Tres días más tarde, varios mensajeros de César informaron al rey de los germanos de que el procónsul de Roma acudiría a la reunión aceptando, además, la condición de presentarse acompañado sólo por la caballería de su ejército.

Ariovisto se limitó a enviar una respuesta indicando el lugar que proponía para el encuentro. Lo que los mensajeros romanos no sabían es que un día antes ya habían llegado jinetes galos para informarle de todo aquello.

Ariovisto estaba exultante por lo fácil que estaba resultando resolver el asunto del líder romano que tantos quebraderos de cabeza había dado a los galos en los últimos meses. Los celtas eran, claramente, muy inferiores en estrategia y en audacia. El rey germano no era hombre de muchas palabras, pero aquella mañana, pensando en Julio César, se permitió usar tres:

—Ya es nuestro.

III

Berenice, reina de Egipto

Alejandría, Egipto

58 a. C.

—¡No entiendo por qué he de casarme, y menos con ese reyezuelo débil y de dudoso linaje!

Berenice IV, reina de Egipto, entronizada como nueva faraón[2] tras la crisis entre el reino del Nilo y Roma por la anexión de Chipre por parte del Senado romano, aullaba su descontento ante la propuesta que Potino, su consejero real, le acababa de hacer: desposarse con Seleuco VII de Siria.

El veterano consejero asentía y callaba. Era conveniente dejar que la reina se desahogara antes de insistir en que aquel matrimonio era el único camino para asentarse en el poder.

—Ese hombre no es ni siquiera un rey poderoso que pueda aportarnos fuerzas militares o un linaje de prestigio —continuaba Berenice, indignada—. Esta propuesta de matrimonio es inútil y una humillación impropia de ti. Humillarme, eso es lo que busca el Senado de Roma con este matrimonio.

—No exactamente, faraón, reina y diosa de Egipto, dadora de Vida, Salud y Prosperidad —se atrevió a oponerse Potino, pero añadiendo los títulos de respeto que le correspondían a Berenice como monarca del Nilo.

—¿Qué quieres decir? —lo increpó ella, que no comprendía adónde quería llegar su súbdito.

—Roma, sencillamente, mi faraón y reina, no acepta… ¿Cómo podría expresarlo bien? No considera la opción de hablar con una mujer, por muy faraón que sea, de tú a tú. Roma no reconoce la autoridad de gobierno de ninguna mujer en ninguna parte del mundo. Pero si Berenice IV se desposara con un hombre de linaje real, como Seleuco VII, tal y como ha propuesto el Senado romano, esto fortalecería la posición legal de mi reina ante el poder de una Roma que es, hoy día, quien controla prácticamente todo en todas partes. Ya nos arrebataron Chipre. Lo próximo pueden ser tierras de la propia ribera del Nilo. Y no hemos de olvidar que el padre de la propia reina, Tolomeo XII, sigue en la mismísima Roma, junto con la hermana pequeña de su majestad, presionando a otra facción de senadores romanos para que lo apoyen a él como gobernante de Egipto. Y Tolomeo XII es… un hombre. —Aquí hizo una breve pausa para dejar que Berenice digiriera todo lo dicho y retomó la palabra volviendo al asunto de los esponsales con Seleuco VII—. Por otro lado, que el candidato propuesto para desposarse con la reina de Egipto sea de pobre linaje puede ser un insulto, pero también es una ventaja.

—¿Una ventaja? —Berenice no parecía comprender los razonamientos de su consejero.

—Si vuestro futuro esposo fuera alguien como el famoso Alejandro, por poner un ejemplo —se explicó Potino—, sin duda os ensombrecería y sería él quien, de hecho, regiría el destino de Egipto. Pero Seleuco, como bien apunta la reina, no es nadie: apenas un descendiente, no muy claro, de una dinastía, la de los seléucidas, muy venida a menos. De los vastos territorios que en el pasado controlaron sus antecesores, Seleuco VII apenas mantiene el gobierno de Cilicia y de algunas ciudades fenicias, totalmente expuesto, por un lado, a las flotas piratas que aún quedan en la región y, por otro, al poder de vecinos poderosos como Armenia. Ciertamente, no es nadie, pero eso, a los ojos del pueblo egipcio, hará de él sólo un extranjero débil, y todos en Alejandría seguirán viendo en la reina Berenice la auténtica faraón de Egipto y a ella seguirán y obedecerán. La debilidad de vuestro futuro esposo será vuestra fuerza.

La monarca se quedó pensativa unos instantes. A sus dieciocho años, lo meditaba todo mucho. No tenía la agudeza ni la rapidez ni el conocimiento de su hermana pequeña Cleopatra, pero no era estúpida.

—Entonces… ¿crees que ese matrimonio es mi mejor opción? —preguntó ella al fin.

—Aceptar ese matrimonio, mi faraón y reina —respondió Potino—, hace que la monarca de Egipto sea de fiar a ojos de Roma, y eso retrasa las negociaciones de Tolomeo con su Senado. Cada día que pasa, vuestro padre fuera de Egipto es más débil y la reina Berenice, más fuerte. Además…

—Además… ¿qué? —preguntó la reina, incómoda ante el hecho de que su consejero no terminara la última frase.

—Además, siempre puede ocurrirle algo a vuestro marido. La vida es muy… azarosa.

Berenice lo miró fijamente.

No pidió aclaraciones sobre aquella aseveración final de su veterano asesor. En su lugar, iluminó su bello rostro con una sonrisa algo inquietante.

—Es cierto lo que dices: a mi futuro marido le puede pasar… cualquier cosa. Quizá seas mi consejero, Potino, durante muchos años.

El eunuco hizo una reverencia a la vez que respondía:

—Siempre al servicio de la reina de Egipto.

IV

La caballería gala

Campamento general de Julio César

Bibracte, la Galia

58 a. C.

La caballería edua estaba formada al amanecer.

Tal y como César había pedido.

Dispuesta para partir como escolta del procónsul de Roma en su encuentro con el temible rey de los germanos.

César salió de su tienda y pudo ver a los jinetes galos preparados para la larga marcha a un lado del campamento. Frente a ellos, tal y como había ordenado, estaban también las legiones uniformadas y equipadas, como si fueran a entrar en combate, aunque éstas ni siquiera iban a acompañarlo. A Labieno, a Balbo, a Publio Craso y al resto de los oficiales romanos aquello les parecía un sinsentido, aunque pensaron que quizá el procónsul quería una especie de despedida formal o, tal vez, dirigirse, como hacía de cuando en cuando, a todo el ejército y arengarlo antes de partir.

Fuera como fuera, César podía ver en el rostro de Labieno la sombra de la preocupación: era evidente que seguía desaprobando su idea de acudir al encuentro del líder germano cumpliendo, además, su condición innegociable de que sólo podría ir acompañado por la caballería de su ejército. Los jinetes romanos dirigidos por el joven Craso eran muy pocos y el grueso de la caballería gala, comandada por Dúmnorix, era de muy dudosa lealtad.

César leía todos estos pensamientos en la faz de Labieno, que, de forma oficial, lo recibía aquel amanecer junto al ejército completo en formación.

—Todo dispuesto… —dijo lacónicamente—. Según tus instrucciones.

César asintió.

—¿Las legiones están armadas y dispuestas al combate? —preguntó César.

La insistencia de César en aquel punto no dejaba de sorprender a Labieno, pues, en verdad, no había batalla alguna que emprender aquella mañana y uno hubiera pensado que con que formaran para escuchar a su líder habría sido más que suficiente.

—Sí, con todo el armamento —respondió Labieno, pues se habían cumplido las instrucciones de César al pie de la letra—. Y están desplegadas frente a la caballería gala que… —Iba a añadir que estaba dispuesta para partir como su escolta, pero, de pronto, Labieno observó en César esa misma mirada que le había visto en Mitilene o en medio de la batalla de Bibracte, cuando se vieron atacados por los tulingos y los boyos por un flanco.

Labieno calló y, sin terminar la frase, parpadeó y se hizo a un lado para dejar pasar a César.

El procónsul de Roma, seguido de cerca por sus oficiales, se situó justo frente al centro de la caballería gala, encarando a Dúmnorix. Entre los oficiales que seguían a César, estaba también Diviciaco, como representante máximo del pueblo eduo. El procónsul miró a Dúmnorix directamente a los ojos y para ello tuvo que levantar la cabeza, pues el galo, como el resto de los jinetes celtas, estaba ya montado sobre su caballo.

—Ordena a todos tus hombres que desmonten —dijo César.

Dúmnorix se quedó mirando al líder romano, confuso, inmóvil.

—Te he dado una orden —añadió el procónsul de Roma—. No pienso repetirla. Sólo espero su cumplimiento. No soy de repetir órdenes.

Dúmnorix no entendía bien a qué venía aquella instrucción. La idea era partir al alba para acudir al encuentro con el rey Ariovisto, pero la mirada de César era dura, fría, calculada.

Dúmnorix, pensativo, con el ceño fruncido, se volvió hacia sus oficiales de primera línea y repitió la orden de César en lengua gala.

Los oficiales celtas se miraron entre sí, pero, sin decir nada, asintieron, transmitieron la orden a los hombres de sus diferentes unidades y, en unos instantes, miles de jinetes galos desmontaban y se quedaban en pie junto a sus caballos, a los que mantenían sujetos por las riendas.

César se pasó entonces la mano izquierda por el rostro. Percibía la desconfianza de Dúmnorix. Era más o menos similar a la que él mismo sentía por el líder de la caballería gala.

—Labieno —dijo César sin volverse hacia su espalda.

—Sí, Cayo —respondió su amigo. Era el único que se atrevía a llamar por el praenomen al procónsul y sólo de cerca, cuando nadie podía escucharlos.

—Que la legión X avance hacia la caballería gala y que cada legionario se sitúe frente a un jinete celta. Y que las otras cinco legiones se preparen para el combate.

—Sí…, procónsul —respondió en voz bien alta Labieno, recurriendo ahora al título oficial de su amigo: era demasiado serio todo aquello para nombres de pila.

Los legionarios de la X se posicionaron, tal y como pedía César, frente a cada uno de los jinetes de Dúmnorix.

Las otras cinco legiones dejaron a un lado sus petates de transporte para una larga marcha, se quedaron sólo con sus gladios, pila y escudos y se dispusieron en formación de ataque.

Diviciaco, que hasta ese momento había permanecido en perfecto silencio, interpeló a César:

—¿De qué va todo esto? Somos tus aliados.

César se volvió hacia él:

—Lo sois, en efecto —confirmó—, por eso necesito que hoy tus jinetes nos presten sus caballos. Dile a Dúmnorix que cada uno de sus guerreros entregue las riendas de su caballo a cada uno de mis legionarios de la legión X.

César había hablado alto y claro, de modo que el propio Dúmnorix había oído cuál era su exigencia, pero por el momento ni decía nada ni se movía.

Diviciaco abrió la boca como si fuera a decir algo, pero la volvió a cerrar sin haber hablado.

—Los caballos serán devueltos a los guerreros de Dúmnorix a nuestro retorno del encuentro con Ariovisto —explicó César.

—Pero… la petición del rey germano era que sólo se podía acudir al encuentro acompañado por la caballería y… ¿tú vas a llevarte una legión?

—El procónsul de Roma elige su caballería para cada circunstancia —añadió César, categórico, inapelable—. Es mi potestad. Y son mis órdenes. Vosotros me pedisteis ayuda para terminar con la amenaza de Ariovisto. Eso haré. A mi manera.

Diviciaco negaba con la cabeza. Miró al suelo, alzó de nuevo la mirada y volvió a hablar en un susurro:

—Dúmnorix no va a aceptar esta orden tuya —dijo, también taxativo, sin la misma autoridad en la voz pero sí transmitiendo su pleno convencimiento sobre lo que decía.

—Lo sé —replicó César en un tono más bajo también—, por eso te he dado la orden a ti, para que tú se la des a Dúmnorix como superior suyo que eres. Como su vergobreto y como su hermano mayor. —Y, de nuevo, en alto—: Tenéis tres opciones: uno, si Dúmnorix no obedece, me retiraré con mis seis legiones de la Galia y os dejaré solos con Ariovisto; dos, si Dúmnorix se encara militarmente conmigo aquí y ahora, ordenaré a mis seis legiones que masacren vuestra caballería; y tres, lo que he ordenado: que los jinetes de Dúmnorix entreguen sus caballos a mis legionarios de la legión X en préstamo por unos días. Acudiré al encuentro de Ariovisto con ellos, resolveré la situación y, a mi regreso, devolveré los caballos a sus jinetes. Tú decides.

Diviciaco torcía la cabeza y respiraba con rapidez.

Labieno, Balbo, Craso y el resto de los oficiales romanos asistían atónitos a la situación.

El vergobreto y druida líder de los eduos se separó del séquito de César y se dirigió junto a su hermano, que era el único galo que permanecía montado sobre su caballo.

—Ya has oído al procónsul de Roma —le dijo—: que tus hombres entreguen los caballos a los legionarios de la X.

Dúmnorix se pasó la punta de la lengua por los labios mientras meditaba.

—Esos legionarios no son jinetes. No saben montar —dijo.

Diviciaco suspiró. No quería entrar en una discusión pública con su hermano delante de todos los guerreros eduos.

—Eso no es asunto nuestro —respondió Diviciaco a su hermano menor—. Mientras mantengamos nuestra alianza con Roma, nos debemos a las órdenes de su procónsul en la Galia. Que tus hombres entreguen los caballos.

En el fondo, a Diviciaco le parecía hasta lógico lo que César demandaba. Iba a reunirse con un rey germano violento y brutal de quienes todos desconfiaban y parecía razonable que quisiera hacerlo escoltado por sus legionarios, y no con guerreros en quienes no confiaba. Tenía sentido. Y solicitaba los caballos en préstamo por unos días. Y César, hasta la fecha, siempre había cumplido la palabra dada. La alternativa de tener que enfrentarse a Ariovisto ellos solos, sin el apoyo de las legiones de Roma, conllevaría una derrota segura y la esclavitud o la muerte ante el rey germano. Con César se podía llegar a pactos. Con Ariovisto, no. Era mejor prestar unos caballos por unos días.

—¡Baja del maldito caballo, por Taranis! —vociferó Diviciaco de pronto, con tal fuerza y tal rabia que sobresaltó a todos, incluido a su hermano. A todos menos a César, que, impasible, asistía a la escena, a aquel pulso entre hermanos, como una estatua, en silencio perfecto, los brazos en jarras, la mirada fija en el jefe de la caballería gala.

Dúmnorix, ojos rabiosos, frente arrugada, por fin, muy despacio, desmontó de su caballo.

César miró entonces al joven Craso y éste comprendió que, como jefe de la caballería romana, le correspondería el caballo del jefe de la caballería gala y, rápidamente, se situó frente a Dúmnorix.

El galo tragó saliva.

Ante él y sus hombres, seis legiones romanas armadas y en formación de combate. ¿Cómo no había previsto algo semejante?

Dúmnorix, muy lentamente, tiró de las riendas, acercó su caballo a Craso y le entregó el animal. Luego se separó unos pasos y miró a sus oficiales. Éstos repitieron la operación con diferentes oficiales romanos, y lo mismo hicieron el resto de los jinetes galos, de modo que, al poco, cada legionario de la legión X tenía asido por las riendas uno de los magníficos caballos de la caballería edua.

Dúmnorix clavaba sus ojos en César con odio eterno, como el tahúr que se siente desvalijado por otro jugador mediante un ardid que no ha sabido anticipar. Y se siente al tiempo engañado y estúpido.

César ignoró aquellos ojos, giró el cuello hacia la derecha y se dirigió, de nuevo, a Labieno.

—Que monten los caballos.

El segundo al mando del ejército romano desplazado a la Galia transmitió la orden. Era uno de esos momentos en los que la admiración de Labieno por su amigo crecía, pero aún había más.

—Y cancela todas las contraseñas —añadió el procónsul de Roma—. No quiero que ningún galo salga de nuestro campamento para informar al rey germano de nuestra… —buscó una palabra adecuada— nueva… caballería. Y… —César fruncía el ceño—. Si algún galo, eduo o de cualquier otra tribu se acerca a las puertas para intentar salir, además de que se le impida el paso, quiero saber su nombre.

No todos los legionarios habían montado a caballo antes y hubo algunos a quienes les costó controlar su montura, pero, tras unos momentos de confusión, durante los cuales los nuevos jinetes y los animales hacían esfuerzos por aceptarse mutuamente, la legión X estaba a caballo.

La nueva caballería romana inició su marcha con el propio César y Labieno cabalgando al frente, y, poco a poco, al paso, los nuevos caballeros de Roma franquearon las puertas de la fortificación.

En el interior del campamento

Dúmnorix miró, de nuevo, hacia el mismo guerrero galo al que había hecho una señal tras la reunión en la que César había confirmado que iría al encuentro con el rey germano. Se habían sucedido suficientes días, mientras César maduraba su plan para asistir a aquella entrevista, como para que el mensajero hubiera regresado desde el norte.

Ahora a Dúmnorix le parecía importante advertir a Ariovisto del hecho de que la caballería que acompañaba al procónsul romano no era la edua.

El guerrero galo que hacía las veces de mensajero asintió y, de nuevo, como había hecho hacía unos días, acompañado por varios de sus hombres, se acercó a la entrada del campamento en cuanto la legión X lo hubo abandonado, justo antes de que se cerraran las puertas. Sin embargo, en esta ocasión, cuando entregó una tablilla con la contraseña que daba derecho a salir del campamento y que sólo tenían los oficiales romanos de más alto rango y algunos de los líderes galos, el centurión al mando del acceso principal a la fortificación negó con la cabeza.

—Todas las contraseñas están anuladas por el procónsul hasta nueva orden —anunció—. Hasta que revoque esa instrucción, nadie puede salir del campamento.

El guerrero galo apretó los dientes. Bajo su larga melena, unas trenzas apelmazadas con aceite, un casco reluciente y una profusa barba, el centurión romano adivinaba una clara sensación de urgencia.

El galo parecía ponderar sus opciones. Que no eran muchas, pues intentar franquear la puerta lo llevaría a un enfrentamiento con unos centinelas que superaban en número al guerrero y sus escoltas.

—De acuerdo —dijo, al final, el galo. Y, justo cuando iba a girar, el oficial al mando de la puerta, que tenía muy claras las instrucciones recibidas por sus superiores, se volvió a dirigir a él:

—Necesito, guerrero eduo, que me digas tu nombre.

El celta hizo que su caballo girara despacio hasta quedar encarado al centurión. Lo miró en silencio durante unos instantes. No tenía mucho sentido mentir u ocultar quién era. No había hecho nada ilegítimo a ojos de los romanos. Y, en cualquier caso, si preguntaban, pronto averiguarían su nombre.

—No soy eduo, sino arverno —precisó con un ramalazo de orgullo que no pasó inadvertido al centurión—. Y mi nombre es… Vercingetórix.

V

La advertencia de Cicerón

Domus de Cicerón, Roma

58 a. C.

Cicerón, a los pocos días de la indeseada visita del todopoderoso Clodio, fue informado de qué había ideado para él el temible tribuno de la plebe como algo peor que la muerte.

Y pronto la noticia se supo en toda en la ciudad.

—He venido en cuanto me he enterado —dijo Catón nada más entrar en la casa de su mentor y amigo. Apenas hacía una hora que acababa de llegar a sus oídos que Clodio había hecho aprobar una ley, votada por el pueblo, según la cual se condenaba al exilio a cualquiera que hubiera ordenado la muerte en el pasado de un ciudadano romano. Cicerón había hecho ejecutar a Catilina y sus conjurados hacía cinco años, cuando éste intentó dar un golpe de Estado para hacerse con el poder en Roma por la fuerza. Seguramente, la pena de muerte defendida por Cicerón contra aquellos hombres y refrendada a instancias suyas por el Senado tenía sentido en aquellas circunstancias, pero Catilina también había sido popular entre el pueblo y, ahora, la plebe, dirigida por Clodio, era la que votaba a favor de exiliar a quien ejecutó a uno de sus líderes.

—Revertiremos esa ley en el Senado —continuó Catón.

Pero Cicerón negó con la cabeza al tiempo que invitaba a su amigo a acomodarse en un triclinium del atrio.

—No, Marco —dijo el orador—, sabes muy bien que no podemos revertir ninguna ley en un Senado controlado por Craso, Pompeyo y César. Aunque cada uno parezca estar en sus asuntos en Roma o en la Galia, apoyarán la ley de Clodio. ¿Acaso no recuerdas la insistencia de César en que no se llevara a cabo la pena de muerte contra Catilina? No puede desdecirse ahora. Y no lo hará. Él, quizá, no sea el instigador directo de esta ley de exilio, pero no se opondrá, no puede hacerlo porque se contradeciría ante el pueblo. Aunque…

—Aunque… ¿qué? —inquirió Catón.

—Aunque, a su manera, César me ha ofrecido su ayuda: no se opondrá a esa ley, pero me ha propuesto, por carta, que me una a él en su ejército de las Galias, como legado.

Catón se quedó pensativo. Era, sin duda, una oferta generosa. Le proporcionaba así a Cicerón una posibilidad de exiliarse sin retirarse de la vida pública y militar de Roma, y un modo de posible enriquecimiento, a la espera de que se resolviera el modo de conseguir el regreso legal del propio Cicerón a la capital. Pero, por otro lado…

—Pero eso te dejaría en deuda con César —replicó Catón.

—Sin duda —admitió Cicerón—, por eso he declinado su oferta.

Catón respiró aliviado. Lo último que cabía en su cabeza era aceptar la ayuda de alguien como César en nada.

—Pero he aceptado que mi hermano Quinto se incorpore a sus legiones en la misma calidad de legado que me ofrecía —añadió Cicerón para pasmo de Catón—. Así tendremos a alguien que nos informe de primera mano de todo lo que ocurre en el norte.

—¿Un espía? —dijo Catón, ahora entre la sorpresa y la admiración por la astucia de su mentor.

—Llámalo como quieras. —Y Cicerón soltó una carcajada en medio de su desaliento, pues el problema principal que lo acuciaba persistía—. En todo caso, esto no soluciona el asunto esencial de mi exilio forzado.

Catón asintió. Era cierto lo que decía su amigo. Igual que llevaba razón en el hecho de que el Senado, controlado por el triunvirato, no se opondría a ese exilio para no enfrentarse con Clodio. Catón había propuesto luchar en el Senado contra esa ley movido más por el ansia de defender a Cicerón que por racionalidad.

—Entonces… ¿no hacemos nada? —preguntó.

—Yo no he dicho eso —replicó Cicerón—. Veamos, por Júpiter. Clodio ha sido muy inteligente: podría haberme dado muerte ayer mismo, pero muerte por muerte sólo genera rencor en el bando contrario. Un exilio será visto por muchos como una pena magnánima contra mí. Por eso ha conseguido con facilidad el apoyo del pueblo. Y un exilio es una dulce venganza para él: sabe cuánto me gusta la vida pública y política de Roma, y obligarme a partir de aquí, confiscando además todos mis bienes, porque eso va incluido en la ley, es más doloroso para mí que una rápida decapitación. Clodio quiere que sufra viendo cómo la República por la que yo he luchado se desvanece ante mis ojos sin que yo, impotente, sin los recursos económicos que me van a ser arrebatados y exiliado, pueda hacer nada. Casi habría preferido que hubiera hecho caso a Fulvia, su joven esposa, que pedía directamente mi muerte.

Se hizo el silencio.

El esclavo atriense entró en el patio, pero Cicerón hizo un marcado gesto de desdén. No estaban ni para vino ni para comida en aquel momento.

—No sabía que además había ordenado la confiscación de tus bienes —apuntó Catón—. Todo el asunto es aún peor de lo que había imaginado. Pero ¿cómo ha podido aprobar eso también sin oposición alguna?

—Nuevamente, Clodio ha sido muy hábil —se explicó Cicerón—. Ha prometido derribar mi casa para construir sobre sus ruinas un templo dedicado a la diosa Libertas, de gran popularidad entre la plebe en estos tiempos. Reconvierte un espacio privado de un adinerado senador en uno público. Eso al pueblo le gusta.

Los dos hombres volvieron a compartir unos momentos de silencio.

—Clodio también vino a verme a mí ayer —anunció entonces Catón y, ante la mirada inquisitiva de su amigo, desveló el objeto de aquella inesperada visita del temible tribuno—: Me ofreció ser gobernador de la recién anexionada Chipre.

Cicerón cabeceó afirmativamente varias veces mientras respondía mirando al suelo:

—Es una forma elegante de apartarte a ti también de la lucha política en Roma. La ley de exilio no se te puede aplicar, porque yo públicamente asumí toda la responsabilidad de la condena de Catilina y los suyos, pero sí puede apartarte de Roma de este sutil modo. Conmigo exiliado y contigo en Chipre, la oposición política contra él y el triunvirato de César, Craso y Pompeyo queda completamente descabezada.

—Aún no le he dado respuesta —precisó Catón—. Y no pienso aceptar semejante cargo. Como bien dices, con los dos fuera de la ciudad, Roma será suya. Cambiará todas las leyes con la aquiescencia de un Senado controlado por el maldito triunvirato.

—No, no harás tal cosa —se opuso Cicerón de modo tajante—. Al contrario, aceptarás su oferta. Chipre, además, está en medio del conflicto por controlar Egipto. Será útil que uno de nosotros esté ahí. Clodio ha elaborado un excelente plan: alejarte a ti y exiliarme a mí, pero toda su estrategia tiene un gran fallo. Y hemos de aprovecharlo. —Y ante la asombrada mirada de Catón, Cicerón siguió explicándose, desgranando su plan de contraataque—: Hemos de recuperar el control de las asambleas de la plebe, con nuevos tribunos más proclives a nuestra causa, pero en las votaciones, el pueblo, o es comprado por el grano que regala Clodio, o es intimidado por sus asesinos a sueldo. Hemos de empezar por recuperar el control de las calles. Hemos de reunir otra banda de sicarios tan potente como la del propio Clodio y luchar en las calles, una a una, esquina a esquina, a muerte, con dagas, hachas o mazas. Pero sin tocar a Clodio directamente, por el momento. He pensado en Milón: nos ha ayudado en otras ocasiones cuando se ha tratado de turbas y altercados callejeros y tiene tan pocos escrúpulos como el propio Clodio. Está a su nivel. Nos debe favores del pasado y, si convencemos a los optimates para que lo financien, pronto tendrá una banda con la que poner freno a la violencia incontrolada de Clodio. Ése es el primer paso. Recuperadas las calles, recuperaremos cierta libertad real en las votaciones de las asambleas y conseguiremos tribunos de la plebe más propicios a nuestra causa. Primero hemos de acabar con el poder de Clodio; luego, amigo mío, eliminado Clodio, iremos a por nuestro objetivo principal: el triunvirato.

Catón asentía, admirado por la resiliencia de Cicerón, quien, ni aun viéndose abocado al exilio y con sus bienes próximos a ser confiscados, no se rendía en modo alguno.

—Dirigiremos todo esto, tú desde Chipre y yo desde mi exilio —continuó el orador—. Los optimates pagarán a Milón, ya lo verás.

—De acuerdo, aceptaré el cargo de gobernador de Chipre y actuaremos según propones. Pero… —Catón tenía aún una duda—. ¿Cuál es ese gran error que ha cometido Clodio en todo esto?

Cicerón, por primera vez en bastantes días, sonrió.

—Dejarme con vida. Tendría que haber hecho caso a su esposa.

Domus de Pompeyo

Esa misma tarde

—Si has venido a pedirme ayuda, no la vas a obtener —dijo Pompeyo a modo de saludo en cuanto vio a Cicerón entrar en el atrio principal de su gran residencia de Roma.

—No he venido a pedirte ayuda —replicó el recién llegado mientras miraba a su alrededor: paredes recién decoradas con pinturas murales con todo tipo de motivos florales, animales, de caza o de juegos de lucha; mobiliario nuevo, con maderas exóticas que no reconocía, quizá provenientes de Asia, aún relucientes; un fastuoso mosaico en el centro de enormes dimensiones sobre los doce trabajos de Hércules, con teselas tan pequeñas que parecía casi una pintura más; lámparas de aceite, de momento apagadas en mitad de la tarde, pero de bronce deslumbrante; copas de oro y plata en las mesas, vajilla de bronce recubierta de una fina capa de plomo o de la mejor cerámica sigillata de Hispania. La opulencia se respiraba en cada esquina de aquella casa. El conquistador de Asia no hacía nada por ocultar su riqueza. La austeridad no iba con él. Cicerón aún recordaba sus monumentales desfiles triunfales con carrozas tiradas por elefantes, cuyo paso resultaba imposible bajo alguno de los arcos de la Vía Sacra, lo cual supuso tener que desenganchar a los animales con el consecuente oprobio a la inabarcable vanidad de Pompeyo.

—Si no has venido a que intente bloquear en el Senado la nueva ley de Clodio que te empuja al exilio, no comprendo a qué otro motivo pueda deberse tu visita a mi casa esta tarde.

Se hizo un silencio espeso, casi pegajoso, entre ambos hombres. Sólo la entrada de la joven y hermosa Julia y sus palabras relajaron un poco el ambiente áspero que envolvía el encuentro de ambos senadores.

—Quizá podríamos ofrecer un triclinium y algo de agua o vino al clarissimus vir Cicerón, amado esposo.

Pompeyo aceptó la sugerencia de su mujer con un gesto hacia los esclavos que observaban desde una esquina. Las diferencias políticas no tenían por qué estar reñidas con la buena educación. En eso llevaba razón su joven esposa.

Cicerón aceptó la oferta, se reclinó en uno de los triclinia, tomó una copa de vino en su mano y volvió a hablar:

—No vengo a pedir una ayuda que ya sé que no piensas ofrecerme. Vengo a hacerte una advertencia.

—Una advertencia ¿sobre qué? —preguntó Pompeyo.

Cicerón miró a Julia, que se había acomodado en otro triclinium junto a su esposo.

El orador pensó.

Y, por fin, respondió mirando de nuevo a su anfitrión y, a la vez, enemigo político:

—Una advertencia sobre Clodio.

—Clodio actúa en defensa de mis intereses políticos —replicó Pompeyo.

—Y los de Craso y César —completó Cicerón—. O eso pensáis los tres, pero realmente Clodio está sin control y sólo actúa en función de sus propios intereses. Hoy arremete contra mí, pero, cuando haya desarbolado a la facción de los optimates, empezará con vosotros tres. Creo que no sois conscientes de ello. Clodio es un Catilina en ciernes alimentado por vuestra inacción, que crece en poder sin parar y puede terminar devorando a quienes le están dando de comer políticamente, por decirlo de forma metafórica.

Pompeyo se quedó mirándolo sin parpadear.

Luego bebió un sorbo de su copa.

Dos.

—Si Clodio se revuelve contra mí, lo aniquilaré en un día —dijo, al fin.

Fue Cicerón ahora quien quedó en silencio, pero, en lugar de beber, dejó su copa en la mesa que tenía junto a su triclinium.

—Bien, sea —dijo el orador y se levantó despacio—. Pues ésa era mi advertencia. Si el senador Cneo Pompeyo el Magno cree que lo tiene todo tan controlado, no hay nada más que decir. —Y se inclinó ante Julia—. Gracias por la hospitalidad. Es muy posible que pocas veces coincida políticamente con las ideas defendidas por tu padre, pero reconozco que la cortesía y los buenos modales son insignia siempre de la familia Julia.

La hija de César se levantó y también se inclinó de forma amable.

—¿Me acompañará el senador a la puerta de su casa? —preguntó Cicerón dirigiéndose, de nuevo, a su anfitrión.

Pompeyo, con aire de cierto fastidio, frunció el ceño, pero se levantó y siguió al veterano orador hasta el vestíbulo. Julia, tal y como esperaba Cicerón, se quedó en el patio dando instrucciones a los esclavos para que recogieran las copas.

Llegados a la puerta de la vivienda, Cicerón aprovechó que se encontraba a solas con Pompeyo para hablarle en voz baja:

—Realmente lo de Clodio ha sido una excusa. Mi advertencia no es sobre el tribuno de la plebe, de quien, estoy seguro, sabrás defenderte cuando se revuelva contra ti. Mi advertencia es, como ya he apuntado en alguna otra ocasión, sobre César.

Pompeyo lo miraba atento, pero sin decir nada. Cicerón continuó susurrando sus palabras:

—Tú y Craso creéis que usáis a César, ya sea en el Senado o, ahora, en la Galia, para vuestros intereses, pero ¿no se os ha pasado por la cabeza que realmente sea él el que os está utilizando a ambos?

Pompeyo se mantuvo sin dar respuesta alguna.

Los esclavos acababan de abrir la puerta y los sirvientes del orador estaban fuera, en la calle, esperando para escoltar a su amo de regreso a su domus, una casa que pronto ya no sería suya.

—Cneo Pompeyo cree que tiene controlado a César porque está casado con su hija —continuó Cicerón musitando su parlamento—, pero… ¿y si un día, esperemos que los dioses no lo quieran, le pasara algo a la joven Julia? ¿Cree acaso el poderoso Cneo Pompeyo que también le bastará un día para detener la ira de César?

Pompeyo siguió en silencio.

—Ésa y no otra, clarissime vir, es mi advertencia —apostilló el orador—. Ahora, con tu permiso, me voy al exilio…, pero volveré. —Y cruzó el umbral y se ajustó la toga, pero aún se volvió un instante hacia Pompeyo—. César, por cierto, también volverá.

—Igual César, a quien tanto temes, no regresa nunca vivo de la Galia —replicó Pompeyo en tono desafiante.

—Ah… —Cicerón parpadeó varias veces al tiempo que asentía—. Ya entiendo: ése es tu plan. —Cabeceó entonces afirmativamente—. Interesante posibilidad. No es un mal plan.

No dijo más, y el orador emprendió la marcha rumbo al exilio.

VI

Legio X equestris

Al norte de Vesontio,[3] la Galia

58 a. C.

La legión X, cabalgando sobre los caballos de los eduos, avanzaba en una larga serpiente militar rumbo a las proximidades de Vesontio, en busca del punto designado por el rey germano Ariovisto para su encuentro con César.

El avance fue algo más parsimonioso de lo previsto, pero para nada elegante o marcial. A algunos legionarios les costaba mantener la formación, pues no controlaban con la debida destreza unos animales acostumbrados a la autoridad de sus experimentados jinetes galos.

—No montan bien —dijo, al fin, Labieno, acercando su propio caballo al del procónsul de Roma. Todo oficial romano era adiestrado en la destreza de cabalgar, pero no era así siempre con las tropas de infantería. Para algunos legionarios, aquélla era la primera vez que se veían sobre un caballo. Lo cual, teniendo en cuenta que los romanos cabalgaban sin estribos, podía ser bastante exigente.

César respondió sin ni siquiera volverse a mirarlo.

—Mejor quinientos malos jinetes leales que cinco mil buenos jinetes proclives a la traición.

Ni Craso ni Balbo ni el propio Labieno respondieron nada ante semejante valoración. Lo inapelable no tiene réplica.

De este modo, el estandarte del toro de la legión X se adentraba entre los bosques del norte de la Galia.

Hubo algunas noches al raso, con patrullas de vigilancia para evitar ser sorprendidos en la oscuridad por un ataque enemigo, y, a los pocos días, estaban a menos de una milla del lugar acordado para la reunión en las proximidades de la ciudad de Vesontio.

—El campamento general germano está tras esas colinas —informó uno de los legionarios enviados como avanzadilla.

César asintió.

En ese momento, justo por el horizonte, en las primeras horas de aquel nuevo día, se dibujó la silueta de varios centenares de jinetes suevos y harudes casi como por ensalmo.

Los germanos se aproximaron hasta que apenas quedaban unos doscientos pasos de distancia y se detuvieron.

César, Labieno y el resto de los oficiales observaban aquella caballería enemiga con atención: no eran migrantes, como los helvecios. Aquellos suevos y harudes cabalgaban recios, altivos, desafiantes como militares profesionales, como guerreros eternos para quienes el combate era su forma habitual de vida. Puede que entre los miles de colonos germanos establecidos por Ariovisto al sur del Rin hubiera agricultores, ganaderos y artesanos, pero no entre aquellos jinetes que les cortaban el paso.

Uno de los caballeros germanos, acompañado por sólo diez jinetes, se adelantó al resto. Su porte y su casco reluciente, la magnificencia de su caballo y sus riendas con adornos de oro y plata anunciaban que aquél no era otro guerrero más, sino el propio rey Ariovisto.

César miró a Labieno y éste asintió e hizo una señal a un pequeño grupo de diez jinetes que había seleccionado previamente entre los hombres más distinguidos por su valor en los combates contra los helvecios y que, además, hubieran mostrado pericia a la hora de montar. Era clave no dejar entrever al rey germano que los jinetes que acompañaban al procónsul de Roma pudieran ser inexpertos o torpes.

César avanzó y aquellos diez hombres hicieron que sus caballos siguieran a su líder.

Cabalgaron hasta que, cuando apenas quedaban unos cuarenta pasos, los germanos se detuvieron.

César levantó el brazo derecho y refrenó su montura, y lo mismo hicieron sus hombres.

El rey germano desmontó despacio y entregó las riendas doradas y plateadas de su caballo a uno de los jinetes suevos de su escolta.

César hizo lo propio y cedió el control de su montura a uno de los legionarios de la X.

El rey germano y el procónsul de Roma recorrieron, lentamente, los pasos de distancia que los separaban, como dos fieras que se estudian para decidir si les conviene o no entrar en una lucha que ambos intuyen mortal.

César ya había apreciado la calidad de las armas de su oponente, el hecho de que apoyara su mano sobre la empuñadura de la espada envainada y la fortaleza muscular que asomaba por debajo de las protecciones de cuero y bronce que cubrían el pecho del rey. Lo que le interesaba ahora, al acercarse, al detenerse ambos apenas a dos pasos el uno del otro, era verle los ojos: azules, intensos, como un mar sin fondo. Y sin un ápice ni de miedo ni de estupidez. Un enemigo, en consecuencia, temible.

Ariovisto habló.

César no entendió lo que decía, aunque identificó el uso de la lengua gala.

—Saludo a Ariovisto, rex germanorum —respondió el procónsul de Roma en latín, pero el monarca germano no reaccionó.

Hubo un silencio largo.

César comprendió que Ariovisto no entendía el latín ni tenía pretensiones de que se usara aquella lengua en la negociación, porque ni había traído intérprete alguno ni hizo ademán de reclamar a cualquiera de entre sus hombres que pudiera comunicarse en esa lengua.

El rey germano permanecía inmóvil.

César desestimó usar el griego, con el que, estaba seguro, tampoco obtendría comunicación alguna. Por otro lado, sabía que tras la negativa de Ariovisto a emplear el latín había un significado político.

El procónsul sí se volvió hacia Labieno y le reclamó un intérprete. Y el segundo en el mando del ejército romano se dirigió, a su vez, hacia el grueso de las tropas legionarias reclamando la presencia de uno de los galos que había hecho las veces de intermediario en otras negociaciones con líderes galos.

César ya había considerado la necesidad de tener que recurrir a uno, pero las instrucciones del rey germano habían sido muy precisas: sólo la caballería al norte de Vesontio, sólo diez hombres de escolta y luego sólo ellos dos. La presencia de un tercero sin que se viera clara su necesidad podría haber indispuesto al monarca enemigo.

El intérprete, por fin, llegó junto a los dos líderes.

Ariovisto repitió las palabras que había pronunciado antes y añadió más. Bastante para un hombre que no se prodigaba en grandes discursos. El intérprete tradujo lo mejor que pudo:

—Ariovisto, rey de los germanos, saluda al líder del ejército romano, pero le advierte de que este territorio, por completo, es suyo, del mismo modo que acepta que la Galia Cisalpina pertenece a Roma.

César bajó la cabeza un instante y se pasó los dedos de la mano izquierda por los labios, luego suspiró, dejó caer el brazo, alzó la mirada y empezó a hablar a intervalos, de modo que el intérprete pudiera ir transmitiendo poco a poco el sentido de su parlamento: le recordó a Ariovisto que los eduos eran un pueblo aliado de Roma y que Roma cumplía con sus compromisos contraídos, de modo que no iban a dejar esa región mientras los galos requirieran su ayuda frente a su invasión. Le conminó a que detuviera las incursiones en territorio eduo y a que entregara a los rehenes galos que había capturado en los últimos encuentros bélicos al sur del Rin.

El intérprete tragó saliva antes de traducir las últimas palabras de César y, si hubiera podido, habría salido de allí corriendo.

El rey germano escuchó con atención, pero sin asentir en ningún momento y manteniendo siempre su faz tan seria como impenetrable. Era imposible saber qué estaba pensando.

Ariovisto respondió y, ahora, el intérprete no encontró alivio en tragar más saliva mientras escuchaba lo que tenía que traducir.

César miró al galo.

—El rey germano dice… —Para el intérprete era importante remarcar que no era lo que él pensaba, sino que sólo transmitía lo que el monarca enemigo acababa de decir, pero, incluso así, no se atrevía a continuar.

—¿Qué dice el rey? —preguntó César, instando al galo a traducir sin más demora.

—El rey insiste, clarissime vir y procónsul, en que los territorios eduos pertenecen ahora a su pueblo germano por derecho de conquista…, al igual que otros territorios pertenecen a Roma por ese mismo derecho de conquista. Y también dice que…, mientras las legiones del procónsul permanezcan en lo que él considera parte de su reino, las tratará como enemigos que hay que expulsar.

César apretaba los labios. El tono desafiante del rey germano era una evidente provocación, pero no estaba seguro de cómo responder cuando, de pronto, como si los acontecimientos quisieran subrayar el sentido inapelable de las palabras pronunciadas por Ariovisto, se oyó el silbido inconfundible de proyectiles arrojados por potentes hondas desde ambos flancos. Algunas de las piedras cayeron sobre los jinetes romanos de primera línea, hiriendo a varios y generando confusión por lo inesperado de aquel ataque en medio de las negociaciones.

Pero nadie se retiró.

La caballería romana permaneció en su sitio.

A continuación, varios centenares de guerreros suevos emergieron de entre los árboles colindantes y lanzaron jabalinas nuevamente sobre los jinetes romanos de primera línea más próximos a los extremos de la larga formación militar.

Hubo más heridos, gritos y varios muertos, pero una vez más la legión X se mantuvo firme en sus posiciones.

César se giró un momento hacia atrás y comprendió que, de haber sido la caballería edua dirigida por Dúmnorix la que hubiera recibido aquellas andanadas de proyectiles, los caballeros galos se habrían retirado dejándolo solo a merced del rey germano y un centenar de harudes que venían ahora por detrás de Ariovisto con fines nada amistosos.

César asumió que el tiempo de las palabras había terminado para el monarca enemigo y retomó su montura por las riendas, montó sobre ella y, veloz, galopó, junto con su pequeña escolta, de regreso todos juntos a las firmes hileras de jinetes romanos que permanecían tras él sin moverse un ápice, pese a los heridos y muertos, a la espera de sus órdenes.

—Ésta era la trampa —dijo Labieno.

—Ésta era —admitió César, pero, en cuanto llegó junto a la legión X a caballo, se giró y encaró al rey germano y a gran parte de sus tropas que emergían del bosque. No era su ejército completo, pero sí varios miles de guerreros armados y dispuestos a combatir hasta la muerte.

La legión X montada, a un lado.

Miles de harudes y suevos, frente a ellos.

Los caballos de unos y otros, presintiendo la lucha inminente, resoplaban y relinchaban nerviosos.

César miraba hacia el rey germano.

Era el momento del combate.

El cielo plomizo, espeso, parecía observar a ambas caballerías confrontadas, expectante.

Pero Ariovisto… no daba la orden de ataque. Después de haberlo preparado todo para sorprender al procónsul romano, en el momento de la verdad… dudaba. Sus ojos escrutaban las largas hileras de jinetes enemigos que permanecían inamovibles frente a él. Aquéllos no eran los hombres comandados por Dúmnorix. El líder romano los había reemplazado por legionarios suyos que, quizá, no cabalgaran con tanta desenvoltura como los galos, pero que, a buen seguro, no iban a dejar solo en ningún momento al procónsul de Roma. Y aquél no era el plan que tenía para eliminar al líder romano.

Tendría que ser en otra ocasión, en otro lugar, pero no allí, no aquella mañana.

Suspiró y escupió en el suelo.

Ejército romano

César vio cómo Ariovisto se retiraba, y con él todos los guerreros suevos y harudes.

—Nos replegaremos nosotros también varias millas hacia el sur —dijo el procónsul a Labieno—. No quiero pasar esta noche tan alejado del resto de las legiones y tan cerca del enemigo.

Y eso hicieron.

Se retiraron unas tres millas hacia el sur y, al día siguiente, siguieron cabalgando hasta que la distancia fue de sesenta y estaban ya próximos al campamento general donde se encontraban las legiones VII, VIII, IX, XI y XII acantonadas.

Al amanecer del tercer día, llegaron mensajeros del rey germano.

—Quiere un segundo encuentro —anunció Labieno en el praetorium de campaña, después de haber recibido él a los emisarios enemigos para no perturbar el descanso de César.

—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Balbo.

El joven Craso y el resto de los oficiales asistían atentos a aquel anuncio.

César callaba, ensimismado.

—Le he hecho repetir esa misma pregunta dos veces al intérprete galo y éste confirma que el rey germano quiere un segundo encuentro.

Todos los ojos del cónclave se volvieron hacia el procónsul de Roma.

—Enviaremos a un par de oficiales como emisarios, pero no veo inteligente volver a arriesgarme personalmente —anunció César—. El primer encuentro, tal y como preveía Labieno, fue una trampa, y ahora el rey germano ya sabe que puedo acudir con legionarios de mi confianza a caballo y preparará otra estrategia.

A todos les pareció aquella prudencia una actitud muy sensata.

—¿Algún voluntario para entrevistarse con Ariovisto en mi nombre? —preguntó entonces César.

Varios oficiales dieron un paso adelante y se postularon como posibles emisarios. No faltaban los hombres valientes en aquel ejército. Valerio Procilo y Marco Mecio fueron los seleccionados. Eran tribunos que se habían distinguido por su valía, pero no eran claves en la línea de mando de las legiones y César se sentía en la obligación de prever lo peor para aquella misión, y por eso no enviaba a ninguno de sus colaboradores más fieles y cercanos.

—¿Volverán vivos? —preguntó Labieno a su amigo cuando ambos se quedaron solos en la tienda del praetorium.

César no respondió.

Estaba apoyado en la mesa, examinando un mapa de la región.

—Estamos muy al norte —dijo—. Hemos de asegurar bien nuestra línea de aprovisionamiento del grano que nos llega desde el sur. Puede ser una campaña larga.

Labieno no repitió la pregunta. Tampoco dijo nada con relación al comentario que César acababa de hacer. Le resultaba evidente que el procónsul de Roma sólo estaba pensando en alto y por ello se limitó a abandonar la tienda en silencio para no interrumpir sus pensamientos.

La noche abrazó el campamento romano con su manto oscuro.

Las hogueras de los legionarios que buscaban calor y un lugar donde guisar la cena eran puntos brillantes en medio de una inmensa espesura negra que cubría aquella región remota de la Galia.

Por órdenes expresas del procónsul, todos se retiraron pronto a descansar, pues tenían una larga marcha por delante de regreso hacia el sur.

Y así fue.

Al día siguiente, a buen paso desde el amanecer, la legión X llegó al campamento general romano en Bibracte y los legionarios devolvieron los caballos a los jinetes eduos. Ya no volverían a montarlos, pero, como una broma entre unas legiones y otras, los soldados de las demás unidades empezaron a llamar a la legión X como equestris, la legión a caballo. Quizá se inició como una chanza, pero, al final, ese nombre quedó para siempre asociado a la legión más leal de César por una aventura en el norte en la que no pasó nada grave, aunque había sido diseñada para terminar con la vida del procónsul de Roma.

César y Labieno reían sobre la ocurrencia de aquel sobrenombre, mientras bebían vino por la noche junto a una de las hogueras próximas al praetorium, cuando un legionario se acercó al grupo de altos oficiales.

—¿Qué ocurre? —preguntó César al observar la palidez del rostro del recién llegado, que no parecía atreverse a hablar.

—El rey germano, procónsul…, ha secuestrado a nuestros emisarios.

Las risas provocadas hacía unos instantes por el nuevo apelativo de la legión X desaparecieron.

A la luz de la hoguera, los rostros marcados por luces y sombras se tornaron serios y sombríos.

—Es la guerra —dijo Labieno—. Ya no hay margen para la negociación.

César cabeceó y confirmó:

—No, no lo hay.

Las hogueras seguían ardiendo. La mayor parte de los oficiales fueron retirándose. Labieno y César se quedaron a solas escuchando el crepitar de la madera ardiendo.

—Por cierto —reinició Labieno—, sé que es algo sin importancia en medio de lo que se nos viene encima, pero me han pasado el nombre de un líder galo que intentó salir del campamento cuando fuimos a parlamentar con el rey germano, y que seguramente sería un enviado de Dúmnorix para advertir a Ariovisto de que habías reemplazado a los jinetes eduos por legionarios de la X.

César miraba hacia el fuego.

—Su nombre es Vercingetórix —continuó Labieno—. Un muy joven líder arverno. No tendrá más de veinticinco años.

César asentía, pero, inmerso como estaba en los pensamientos de la inminente guerra contra Ariovisto, Labieno no estaba seguro de que hubiera escuchado nada de lo que acababa de decirle. Como cuando le preguntó sobre si los emisarios regresarían vivos o no.

VII

La decisión del faraón

Residencia del faraón Tolomeo XII en Roma

58 a. C.

Tolomeo XII caminaba con la premura de la inquietud por los pasillos de la residencia que la familia real de Egipto en el exilio disponía, en aquellos días, junto al Tíber. Se detuvo a mirar las aguas bravas del río que de alguna manera parecían representar, en su enfurecido oleaje, su propia rabia mal disimulada.

La pequeña Cleopatra se acercó a su padre, a quien nadie se atrevía a hablar cuando lo veían en aquel estado, y le preguntó con tiento:

—¿Hay malas noticias de Alejandría?

La interrogante de la princesa era retórica. El correo había llegado en la mañana, temprano, y de manos de un legionario romano, que había hecho las veces de mensajero, su padre había recibido una misiva que, una vez abierta y leída, había desatado su furia.

—Tu hermana Berenice va a desposarse con Seleuco VII, de la dinastía seléucida.

Cleopatra se situó al lado de su padre, en la gran terraza que permitía ver el Tíber más allá de los jardines que rodeaban la casa que Pompeyo, el gran senador de Roma, les había cedido para su estancia en la ciudad.

—¿Y eso es tan… grave, padre?

—Eso sitúa a un hombre en el trono de Egipto. Eso, hija, hace que ella sea más fuerte como reina de Egipto. Eso hace que Roma tenga ahora un rey, un… —Se resistía a usar la palabra para referirse a aquel maldito impostor sirio, pero la usó, pues era de lo que iba todo aquel asunto—. Eso hace, hija mía, que, a ojos de Roma, haya un faraón en Egipto. Ahora tendrán dos hombres entre quienes elegir para gobernar Egipto, y eso me dificulta las negociaciones aquí una enormidad. —Y miró al suelo mientras seguía hablando con la frente arrugada—: Esto es una maniobra de Potino. Tu hermana no tiene esta astucia.

Cleopatra había escuchado con mucha atención. Comprendía que el ardid de su hermana, ejecutado seguramente, como decía su padre, a instancias de alguno de sus consejeros, la hacía más fuerte a la hora de mantenerse como gobernante de Egipto con una Roma que parecía decidirlo todo en aquellos tiempos revueltos y para la que las mujeres por sí mismas parecían contar poco. O nada. En Egipto tampoco era habitual que una mujer fuera de demasiada importancia, pero había habido faraones que habían sido mujer. No era lo común, pero no era imposible. Sin embargo, que los romanos eligieran a magistrados o senadores entre las mujeres de su ciudad era inconcebible. Pero más allá de ser hombre o mujer, su padre parecía no tener en cuenta un detalle… importante…

—Mi hermana no es de compartir —dijo Cleopatra.

El faraón la miró con curiosidad.

—¿Qué quieres decir con eso?

Cleopatra, con sus apenas once años, habló contemplando el río, como si recordara su más tierna infancia entre las estancias enormes del palacio de Alejandría:

—Mi hermana, padre, nunca compartió nada conmigo en todo el tiempo que pasé con ella. Tampoco la vi compartir nada con Arsínoe o con mis hermanos. Berenice, padre, no es de compartir nunca nada con nadie. No compartió un solo juguete conmigo de niña, o un vaso de agua o un juego o un libro. No creo que ahora vaya a compartir el poder supremo de Egipto con nadie. Aunque se case.

Tolomeo se quedó en silencio mirando fijamente a su hija. La pequeña había hablado con la ingenuidad propia de su edad. ¿O con la clarividencia del niño que cavila sin los prejuicios desarrollados en la edad adulta que, con frecuencia, ocultan lo evidente?

—Quizá lleves razón —dijo, al fin, Tolomeo XII, con los ojos muy abiertos, como si estuviera descubriendo en aquel preciso instante que Cleopatra ya no era una niña tan pequeña como él pensaba—. Quizá, hija mía, Berenice sea, a la vez, nuestro problema pero también nuestra solución.

A Tolomeo XII le cambió el semblante y Cleopatra se sintió feliz por haber sido causa de semejante transformación en el estado de ánimo del faraón de Egipto.

—Esta tarde tengo una reunión con el senador Pompeyo, como otras veces, y quiero que vuelvas a acompañarme, pequeña.

—Sí, padre —respondió Cleopatra.

Domus de Pompeyo

Unas horas después

Pompeyo, rollizo, gordo, con un cuerpo que ya no era el del fornido procónsul guerrero del reciente pasado, departía con cordialidad con Tolomeo XII.

Estaban en el atrio principal de la mansión del todopoderoso senador romano y se habían dispuesto triclinia y mesas y copas y jarras de vino y agua, pero aún no habían llegado las bandejas de comida con los suculentos manjares que Pompeyo acostumbraba a degustar en su casa.

—¿Me acompañaría la joven princesa al otro atrio? —Era la voz amable y agradable de la esposa del senador.

Cleopatra miró a su padre en busca de aprobación.

El faraón en el exilio asintió.

Cleopatra aceptó, entonces, la invitación de la anfitriona. De camino al otro patio, Julia le dirigió algunos comentarios elogiosos sobre su atuendo oriental, las joyas de oro con piedras preciosas engastadas y, por otro lado, su maquillaje sobrio, mínimo para realzar la belleza natural del rostro cargado de misterio de la hija del faraón.

A Cleopatra le gustaba el trato con aquella joven mujer romana. Julia se dirigía a ella como si fuera una adulta, sin ese paternalismo que empleaban sus tutores. En ese sentido, la joven esposa de Pompeyo le recordaba al anciano bibliotecario de Alejandría: Aristarco no usaba palabras menos complejas cuando hablaba con ella o no reducía sus frases, preguntas o comentarios a cuestiones propias de niños. Aristarco le hablaba de todo y ella, incluso aunque a veces no lo entendiera bien, prefería aquel trato exigente en el diálogo que la forzaba a aprender. Y ésa era una de sus grandes pasiones: aprender cada vez más. De todo. Sentía que era hija del faraón de Egipto, del auténtico, y que su padre retornaría al trono en algún momento y ella estaría, de un modo u otro, a su lado, y quería estar a la altura de las circunstancias. Por eso había seguido leyendo y estudiando todo aquel tiempo desde su llegada a Roma.

—He oído que a la princesa le encanta leer —comentó Julia mientras caminaban ya por el segundo atrio. Las mujeres romanas no solían estar presentes cuando los hombres debatían de política, o eso había observado la joven princesa, y por eso sabía que Julia la había conducido al otro patio de la residencia. Sin embargo, Cleopatra no se sentía desplazada, pues intuía que la conversación con Julia podría ser tan interesante o más que la que su padre estuviera sosteniendo en aquel momento con el senador romano. Y es que la joven princesa había observado que, a menudo, la esposa de un hombre sabe más de ese hombre que él mismo.

—Ahora estoy releyendo la Ilíada —comentó Cleopatra—. Aristarco, el bibliotecario de Alejandría, me dijo que sería un libro demasiado difícil para mí, pero creo que, en realidad, dijo eso para incitarme a que lo leyera. Él hace cosas así. ¿Lo has leído?

—¿La Ilíada? —preguntó Julia—. Sí. Un libro de guerreros, de lucha y de política. —Y sonrió—. Como mi padre.

—Tu padre es Julio César, ¿verdad? —indagó Cleopatra. Era una pregunta retórica para poder hablar de otro de los hombres que controlaba el poder—. El tercero de los senadores que conforman el triunvirato que gobierna Roma.

—Así es. Ése es mi padre. Te veo muy informada de la política de Roma.

—He de estarlo, bueno, mi padre ha de estarlo, ya que es Roma quien puede ayudarlo a recuperar el poder de Egipto.

—Cierto —aceptó Julia viendo la lógica de aquel razonamiento.

—No sabía que tu padre fuera también guerrero —continuó la joven princesa—. Pensaba que era más bien político, como Pompeyo. O Craso.

—Bueno, en Roma, lo político y lo militar se combinan —se explicó Julia—. Pompeyo, mi esposo, ha luchado en numerosos lugares: en Hispania, en Asia, contra legiones rebeldes en Occidente o contra el rey Mitrídates del Ponto en Oriente. Y ha barrido a la mayoría de los piratas del mar. Entre otras campañas.

—Lo sé —replicó Cleopatra, pues su tutor la había puesto al día de muchos de aquellos sucesos—, como sé que Craso fue decisivo en la guerra servil que Roma sostuvo contra ese gladiador esclavo que reunió un ejército en Italia y a punto estuvo de derrotar el poder romano. Pero de tu padre desconocía que además fuera guerrero.

—Mi padre luchó en Oriente también, de joven, y participó bajo el mando de Craso en la guerra contra Espartaco, ese gladiador esclavo que has mencionado. También llevó a cabo una exitosa campaña contra los lusitanos en Hispania, merecedora de un triunfo que no pudo celebrar en las calles de Roma por las maniobras de sus opositores políticos. —Aquí su voz no se esforzó en ocultar un sesgo de decepción y rencor mitigado por el paso del tiempo, pero no desaparecido por completo—. Y ahora, más recientemente, ha derrotado a los helvecios en el norte, en la Galia.

Pero aquí la faz de Julia se ensombreció.

—Entonces tu padre es también un gran guerrero —concluyó Cleopatra con respeto, percatándose del cambio de ánimo en el semblante de su interlocutora. Ignoraba todo aquello sobre Julio César—. Sin embargo, observo que algo preocupa a mi amable anfitriona.

Atrio principal, domus de Pompeyo

—Supongo que en verdad has venido por el asunto del matrimonio de Berenice —apuntó Pompeyo, después de que hubieran hablado sobre diferentes banalidades relacionadas con la vida social en Roma.

—Así es —confirmó el faraón—. El Senado piensa que mi hija Berenice con esa boda dará más estabilidad a Egipto, ¿verdad?

—La mayor parte de los senadores sí lo ven de ese modo —ratificó Pompeyo.

—Quizá ese matrimonio no sea estable o no perdure en el tiempo —argumentó Tolomeo XII.

Pompeyo parpadeó, mientras asimilaba una idea que no había concebido en su mente hasta ese momento.

—Ésa es, sin duda, una posibilidad, pero el faraón no debería pensar tanto en las acciones de su hija Berenice como en las suyas propias.

Tolomeo XII miraba fijamente al senador, como si quisiera escrutar sus pensamientos más profundos, aquellos que ocultaba y que, con toda seguridad, eran el motor de sus decisiones:

—¿Qué quieres decir…? —El faraón iba a terminar la pregunta añadiendo «con esa afirmación», pero no concluyó la frase. Lo vio claro—. ¿Crees que yo debería actuar de igual modo? ¿Tomar una nueva esposa?

—Berenice pronto podrá producir un heredero propio y, si bien es cierto que el faraón Tolomeo XII tiene ya descendencia, y además hijos varones, a los ojos del muy tradicional Senado romano, una esposa también transmitiría una sensación de estabilidad a nuestro deseo de reinstaurar a Tolomeo XII en Egipto. Aquí es habitual que un senador contraiga matrimonio por interés político para afianzar alianzas antes de unas elecciones o para hacerse más popular entre unas familias senatoriales o ante la plebe, según los casos. La selección de Berenice de ese Seleuco VII no aporta tampoco mucha fuerza ni política ni militar a sus pretensiones de permanecer como reina faraón. Estoy seguro de que si Tolomeo XII encontrara una nueva esposa de mayor prestigio, eso, para los senadores de Roma, también tendría peso en la compleja negociación para devolverte al poder. Más allá de las concesiones de grano a Roma de las que ya hemos ido hablando.

Tolomeo asintió. Veía que su anfitrión podía tener razón, claro que ¿dónde encontrar una posible candidata a nueva reina de Egipto que fuera inteligente, leal, que no lo traicionara nunca, como Berenice había hecho? Y que supiera desenvolverse en los entresijos de la compleja Alejandría… Alguien que conociera las artimañas de la casta sacerdotal…, que supiera no sólo griego, sino también demótico y el lenguaje de los jeroglíficos…, que entendiera los sueños, los anhelos y hasta los temores del pueblo de Egipto…, que conociera sus dioses, sus templos, los campos de trigo, las crecidas del Nilo, los medidores de agua que indicaban los impuestos a pagar por los campesinos…, que conociera el papiro y el loto y la gran biblioteca, y que sintiera los siglos y siglos de historia de aquel reino milenario como algo propio, mágico e irrepetible en el devenir del mundo… Una princesa de origen sirio o parto o armenio o de Grecia o Tracia o Fenicia o de cualquier otro lugar ya subyugado por Roma no sería capaz ni de asimilar la centésima parte de todo aquello que conformaba la inmensidad de un Egipto inabarcable…

El faraón, pensativo, bebía de su copa y, mirando por encima de ésta, mientras sorbía el licor, sus ojos alcanzaron a ver, al fondo de un largo pasillo, la silueta de su joven hija… Cleopatra… paseando al lado de la esposa de Pompeyo.

Cleopatra, que había crecido entre los rollos de papiro de los estantes infinitos de la gran biblioteca, que conocía todas las lenguas de Egipto y los reinos colindantes, que sabía de los ardides secretos de los sacerdotes, que lo había acompañado en aquel exilio mostrando una lealtad perenne y que había viajado con él a innumerables ciudades, ya fuera al norte o al sur de Alejandría, y conocía el Alto y Bajo Egipto como el niño que ha memorizado los rincones más felices para sus juegos, que había navegado con él por el Nilo… Cleopatra, que se entendía con los esclavos del palacio, igual que la había visto departir con soltura con campesinos o con los más altos sacerdotes, recibiendo aprecio y cariño de los primeros y admiración y respeto de los segundos…, cuando no miedo…, e inspirar afecto al pueblo y algo de temor a los sacerdotes era tan importante en ambos casos… Cleopatra, tan pequeña y de espíritu tan regio…

El faraón cerró los ojos mientras apuraba su copa y, para cuando la dejó sobre la mesa, su decisión, destinada, sin él saberlo, a cambiar el curso de la historia, ya estaba tomada.

Segundo atrio de la residencia de Pompeyo

—Sin embargo, observo que algo preocupa a mi amable anfitriona—había dicho la joven princesa cuando Julia había mencionado a su padre César y su campaña en la Galia.

Julia, ante aquel comentario aparentemente ingenuo aunque, al mismo tiempo, tan cargado de lucidez, suspiró. No sabía hasta qué punto podía compartir sus preocupaciones más hondas con aquella princesa extranjera, pero, más allá de su abuela Aurelia, a la que no veía con mucha frecuencia, no tenía a nadie con quien conversar sobre aquellos asuntos que la apesadumbraban, nadie con quien descargar esa inquietud permanente que no la dejaba ni dormir ni descansar cuando Apolo retiraba su carro al final de cada jornada.

Desde luego no podía hablarlo con su esposo, que le daba siempre una versión interesada del espinoso asunto de la Galia, sujetas sus opiniones al deseo de que su padre no saliera vivo de allí. En tales circunstancias, aquella joven princesa, aunque todavía era una niña, representaba una inesperada posibilidad de compartir sus sentimientos, más aún, sus temores. Por otro lado, la desenvoltura de la regia egipcia, a todas luces inusual en alguien de su corta edad, no dejaba de sorprenderla y de incitarla a hablar.

—La Galia es un lugar muy peligroso. Los galos siempre han atacado la frontera norte de Italia y ahora mi padre está involucrado no sólo en una guerra con tribus celtas, sino también con una invasión de germanos que han cruzado el Rin, el gran río del norte, y, la verdad, temo por su vida. Por eso la princesa me ha visto esta cara de preocupación.

—Pero tu padre siempre ha salido victorioso, ¿no es así? Contra los lusitanos, o contra Espartaco, o contra quien fuera que luchara en Oriente. ¿Qué te hace temer por su vida ahora?

En este punto, a Julia le habría gustado decir que el hecho de saber que su esposo, rival político de su padre, en el fondo, alentaba la prolongación del conflicto militar en la Galia desde el Senado con el fin de involucrar a su padre en una guerra tras otra en el norte hasta que acabara pereciendo en alguno de aquellos enfrentamientos era lo que más le preocupaba. Pero no tenía la suficiente confianza con la joven princesa como para abrirle del todo su corazón y mostrarle lo que estaba ocurriendo en aquella casa: aquella tensión oculta por haberse convertido en rehén de un esposo al que fingía amar y que, en verdad, aunque se mostrara atento y amable con ella, sólo anhelaba la muerte de su padre…

—El rey germano, Ariovisto, es, según dicen, un gran militar, un enemigo muy superior a cualquier otro contra el que se haya enfrentado mi padre en el pasado, y eso ha despertado en mí un gran desasosiego —dijo Julia en vez de desvelar sus pensamientos.

La joven Cleopatra asintió.

—Ojalá mi padre fuera tan guerrero como el tuyo —dijo, llevando la conversación en una dirección alejada de las preguntas de su interlocutora sobre la Galia y trasladándola con sus palabras a la remota ribera del Nilo—. Egipto, mi país, necesita no sólo un político al frente, sino también un guerrero.

—¿Un guerrero que luche contra Roma? —preguntó Julia de forma directa.

La joven princesa se quedó en silencio unos instantes mientras sostenía la mirada de su anfitriona.

Julia no percibió molestia en los oscuros y brillantes ojos de la niña, sino una intensidad de pensamiento tan honda como impenetrable.

—No —respondió Cleopatra al fin—, mi reino necesita un romano que luche por Egipto. Sólo eso puede devolver a mi padre al trono.

En ese momento, una joven esclava apareció en el atrio.

—La cena va a empezar y el amo requiere la presencia de su esposa y de la princesa.

Las dos mujeres se dirigieron hacia el otro atrio.

Justo antes de entrar en el patio principal, Julia le dijo en voz baja a la princesa:

—Hemos de hablar más. Me gustan nuestras conversaciones.

—A mí también —respondió Cleopatra.

Y entraron en el atrio.

VIII

La maniobra de Ariovisto

Región montañosa de los Vosgos

Ejército de César

58 a. C.

Con el secuestro por parte de Ariovisto de los emisarios de César, ya no quedaba otro camino para detener al rey germano que la guerra.

Ariovisto, no obstante, en lugar de atacar, inició un extraño repliegue hacia el noreste, hacia la región boscosa de los Vosgos.

—No negocia la paz, pero no ataca —dijo Labieno tras varios días de persecución.

—Es sólo cuestión de tiempo que Ariovisto se lance contra nosotros —respondió César—. En algún momento dejará de retirarse hacia el norte y se revolverá contra nosotros, como hizo Divicón con su ejército de helvecios.

En la reunión del alto mando de las seis legiones desplazadas a la Galia estaban Publio Craso, Lucio Balbo, el propio Labieno, Diviciaco, líder de los aliados eduos, algunos jefes galos más y César, junto con varios de los legati que comandaban las diferentes unidades militares romanas.

César recibió un mensaje de un legionario que acababa de entrar con información relacionada con los últimos movimientos de Ariovisto.

—De hecho, va a ser cuestión de poco tiempo —anunció César en cuanto terminó de leer el mensaje, retomando lo que había dicho hacía unos instantes—. Ariovisto ha dejado de retirarse y está apenas a seis millas de nosotros, con todo su ejército, construyendo un inmenso campamento.

—¿Tan cerca? —preguntó Balbo, asombrado por la rapidez de los movimientos del rey enemigo—. No sólo ha dejado de replegarse. Ha debido de girar hacia nosotros y moverse con velocidad hacia nuestra posición.

—¿Tan pronto? —añadió el joven Craso con inquietud en su tono de voz. Pese a llevar unos días tras el rastro del rey germano, de súbito, la decisión de Ariovisto de detenerse y levantar un gran campamento imponía, si no miedo, nadie era cobarde allí, sí respeto, pues el combate parecía inminente.

—Ariovisto es un hombre resolutivo, aunque también calculador —continuó César, serio, pero con control—. Habrá considerado que ya nos tiene lo suficientemente lejos de nuestra base en Bibracte y del campamento levantado en las proximidades de Vesontio como para iniciar la lucha. Debe de pensar que ha estirado nuestra línea de aprovisionamiento tanto que es el momento y el lugar para iniciar una dura campaña contra nosotros —prosiguió dejando el mensaje sobre la mesa de los mapas, en el centro de la tienda—. Sí, frío y calculador… —César se quedó pensativo mirando el plano mientras rememoraba en su cabeza el breve encuentro con el rey germano, en el que pudo ver sus gélidos pero profundos ojos azules—. Esa impresión me dio cuando hablé con él cara a cara. Y si repasamos sus acciones recientes, siempre ha resuelto sus diferencias con los galos con movimientos rápidos de tropas y combates audaces que han sorprendido siempre a nuestros… —Y miró a Diviciaco—: A nuestros aliados. —No dijo más sobre las derrotas galas frente al rey germano para no herir los sentimientos ni despertar la susceptibilidad de los otros líderes galos presentes en la reunión, como el veterano Dúmnorix o el joven arverno Vercingetórix—. Pero nosotros hemos de responder con la misma resolución de combate: mañana mismo formaremos con las legiones en el exterior de nuestro campamento a la espera del ataque germano.

Labieno, Craso, Balbo y los legados asintieron ante el anuncio de lucha que acababa de hacer César: se había hecho todo lo posible por evitar el combate, pero, si ésta era la única opción, lucharían con la misma energía con que lo hicieron no hacía tanto contra los helvecios.

Al día siguiente

Campamento germano

Ariovisto recibió la noticia de que César sacaba sus tropas del campamento y que las disponía en formación de combate con cierta indiferencia, mientras desayunaba carne de un ciervo recién cazado por algunos de sus mejores soldados.

—Nosotros seguiremos con nuestro plan —dijo mirando a los jefes de las tribus sobre las que gobernaba, suevos, harudes, marcomanos, tríbocos, vangiones, németes y sedusios, que estaban compartiendo aquel festín matutino de carne asada en el amanecer de una nueva guerra en la que, estaban seguros, Ariovisto los conduciría a una nueva victoria. A un nuevo botín. A más tierras. El plan, además, les parecía perfecto. Se trataba de una estrategia diseñada para debilitar al enemigo antes de atacarlo, y un enemigo débil era siempre más fácil de aniquilar. De trocear. De engullir.

El ciervo, sazonado en una espesa salsa de vino galo, estaba exquisito.

Campamento romano

Las legiones estaban en triple línea de combate en la parte superior de la ladera de la colina sobre la que se levantaba el campamento.

—¿Avanzamos o esperamos? —preguntó Labieno.

—Esperamos —respondió César mientras caminaban por delante de las tropas—. No quiero perder la ventaja que nos da nuestra posición en alto.

Los romanos habían construido el campamento en una zona elevada, de modo que a cualquier enemigo le resultara más costoso atacarlos y, al mismo tiempo, si luchaban frente a sus fortificaciones, disfrutarían de la ventaja adicional de tener cerca un lugar donde replegarse en caso de que la lucha se torciese. Y César no pensaba perder ninguna de esas dos ventajas. Al menos, no por el momento.

—Esperaremos —repitió.

El sol empezó un lento ascenso en el horizonte.

No pasó mucho tiempo antes de que recibieran las primeras noticias de los movimientos de tropas del enemigo.

Un legionario se aproximó al procónsul exhibiendo un papiro doblado con un mensaje proveniente de las patrullas de jinetes de avanzadilla que vigilaban a los germanos.

—Ya han salido —proclamó César al resto de oficiales que lo acompañaban en su inspección de la primera línea de las legiones.

Campamento germano

Ariovisto, al frente sólo de una parte de su caballería y seguido por diez mil soldados de infantería, salía de su fortificación, pero, en lugar de avanzar directos al enfrentamiento con César, los dirigió hacia el sur, rodeando el flanco izquierdo de los romanos.

Vanguardia del ejército romano

—Va a desbordarnos por un flanco —dijo Labieno.

César arrugaba la frente.

—No —dijo negando con la cabeza—. No hay ataque por el frontal y no lleva a todo su ejército. Está haciendo… otra cosa…

—¿Qué? —preguntó Balbo, a quien, como al resto, no le gustaban los movimientos de tropas enemigas que no entendía.

—Por Hércules… —respondió César, la mirada fija en aquella caballería que, a varias millas de distancia, levantaba el polvo de los campos secos del verano galo—. No lo sé.

En efecto, las tropas enemigas cabalgaban rodeándolos. Era difícil discernir las unidades militares concretas que se estaban desplazando. Los jinetes romanos que traían información sobre aquella maniobra del enemigo eran la única forma de reunir datos más precisos.

—Llevan bastante infantería entre diferentes contingentes de caballería, procónsul —se explicaba uno de estos jinetes desde lo alto del caballo. Estaban a punto de entrar en combate y no era momento de perder ya tiempo con mensajes escritos ni desmontando y montando para informar. César había dado instrucciones de que quería datos con la mayor rapidez—. Son unos dieciséis mil hombres en total, procónsul.

—¿Y el resto de las tropas? —preguntó Labieno.

—Permanecen en formación frente a su campamento —respondió otro de los jinetes informadores.

—¿Pero no avanzan hacia nuestro campamento? —insistió Labieno, que temía una maniobra enemiga similar a la que Divicón intentó en Bibracte: un gran ataque frontal y un movimiento envolvente por un flanco con un contingente adicional de tropas. Quizá Ariovisto, a diferencia de Divicón, quería iniciar primero el ataque por el flanco, dirigiéndolo él personalmente, y que, acto seguido, el grueso de su ejército se lanzara frontalmente contra ellos.

—No, las tropas enemigas ubicadas frente a nosotros no avanzan, mi legatus —confirmó el último jinete mirando al segundo en el mando.

—No lo entiendo, por Júpiter, no tiene sentido —dijo, entonces, Labieno, exasperado, y miró a sus compañeros: el joven Craso, Balbo y el resto de los legados tenían la misma expresión de asombro y confusión en el rostro.

César permanecía en silencio.

—¿Y si nos rodean del todo para atacarnos por la retaguardia y es entonces cuando avanzan el resto de sus tropas contra nosotros? —preguntó Craso.

—Tenemos el campamento para refugiarnos si nos atacan en dos frentes opuestos —respondió César mirando hacia un extremo y hacia el otro, hacia el lugar donde apenas se divisaba el campamento enemigo y hacia la caballería y la infantería que ya se movían por su retaguardia, pero siempre a una distancia notable, lo que disipaba la sensación de urgencia por un posible ataque inminente. Sin embargo, todos seguían tensos por la incertidumbre de no entender qué estaba pasando.

—No es que no haya visto esto nunca antes —comentó Balbo—, es que no he oído nunca de ninguna batalla que se haya iniciado así.

La caballería enemiga, por fin, se detuvo a unas tres millas al sur del campamento romano, pero no daba media vuelta para cargar contra la retaguardia de las legiones, sino que permanecía inmóvil en aquel punto.

—Es que esto no es una batalla —proclamó César en un instante de clarividencia—. Si no me equivoco, ya sé lo que nuestros jinetes informadores van a anunciarnos.

—Por Hércules, ten la bondad de anticipárnoslo —comentó Labieno, que veía a todos los oficiales nerviosos. Diviciaco y Dúmnorix se acercaron, seguramente también inquietos por los extraños movimientos de los germanos, mientras que César no daba orden alguna a las legiones.

—¡Por Taranis, nos están rodeando y no estamos haciendo nada! —espetó Dúmnorix al procónsul nada más llegar a la posición del alto mando romano.

Todos miraban a César.

Llegó un jinete más desde el sur.

—Se han detenido y es… como si construyeran algo. La infantería germana trabaja sin descanso mientras su caballería parece estar en alerta.

Todos seguían mirando a César. Esperaban una reacción, una explicación, algo que los sacara del miedo que daba esa sensación de que el enemigo estaba jugando con ellos, tendiéndoles una trampa que aún ni tan siquiera eran capaces de entender.

—Están construyendo un segundo campamento —dijo, al fin, César.

Labieno asintió: aquello podía ser y daba sentido a los movimientos de tropas del enemigo, pero…

—¿Por qué un segundo campamento? —indagó poniendo voz a la pregunta que todos se hacían, pero sin atreverse a formularla—. Eso divide sus fuerzas. ¿Por qué un segundo campamento y tan alejado uno del otro?

—Eso es… lo que aún no sé —respondió César por segunda vez aquella mañana, y aquélla era una frase muy poco habitual en él.

—Podríamos lanzar un par de legiones contra el contingente del sur e impedirles la construcción de ese segundo campamento —sugirió Craso.

—Podríamos —admitió César—, pero eso sería dividir también nuestras fuerzas y no me gusta separar unas legiones de otras teniendo germanos al norte y germanos al sur.

—En Bibracte luchamos en dos frentes —apuntó Labieno.

—Allí se trataba de combatir en dos frentes que estaban unidos, uno junto al otro —se explicó César—, pero aquí se nos obliga a dividir nuestras legiones, a separar unas de otras.

—En la batalla del río Arar sí adelantamos unas legiones a otras, y las separamos —recordó el joven Craso.

—Pero allí llevábamos la iniciativa —continuó César—. En aquel momento sabía lo que los helvecios estaban haciendo y nosotros teníamos un plan, la iniciativa. Aquí, sencillamente, más allá de que están construyendo un segundo campamento, no sé lo que está haciendo el enemigo, y sin saberlo no pienso dividir nuestras fuerzas.

—Entonces, por Júpiter…, ¿qué hacemos? —preguntó Balbo.

Se hizo el silencio. Todos los legati romanos esperaban la respuesta de su procónsul y lo mismo por parte de Diviciaco, Dúmnorix y otros líderes galos. Era la primera vez que veían a César dudar. Eso les hizo ver que Ariovisto era, ciertamente, un enemigo tan formidable que confundía a cualquiera, incluido a quien creían todopoderoso procónsul de Roma en la Galia. Y de esa confusión que creaba Ariovisto en sus oponentes surgían sus victorias. Empezaban a sentir esa extraña sensación de angustia que precede a la derrota. Y la derrota con alguien como Ariovisto suponía, con suerte, la muerte, y con menos fortuna, la esclavitud de por vida.

—Esperaremos —reiteró César por tercera vez aquella mañana.

Al atardecer

Con la caída del sol, los informes que traían los jinetes romanos sobre las posiciones de los germanos, ya fuera de un extremo o de otro, no dejaban margen para la interpretación: la fuerza de caballería e infantería dirigida por el propio Ariovisto, desplazada a la retaguardia del campamento romano, se había dedicado toda la jornada a levantar una serie de fortificaciones de lo que estaba llamado a ser la base para una especie de campamento avanzado de los germanos por detrás de las posiciones de César.

Con la puesta de sol, el rey germano, con la mayor parte de su caballería, regresó junto al grueso de sus tropas al campamento principal enemigo al norte.

No hubo ningún ataque a las posiciones romanas.

En el nuevo campamento germano, Ariovisto había dejado un contingente de guerreros suficiente como para defender esa nueva fortificación ante cualquier ataque romano.

—¿Para qué habrá construido ese campamento a nuestra espalda? —preguntó, de nuevo, Balbo, pues todos seguían dándole vueltas a aquel asunto—. ¿Para tenernos amenazados por detrás en caso de batalla campal?

César, que volvía a sentir las miradas de todos sobre él, meditaba en silencio. Podría ser lo que sugería Balbo. Aquello le recordaba el movimiento que en su momento Pompeyo le comentó en una de las veladas previas a la boda con su hija: su yerno le explicó que Sertorio asediaba Lauro, en Hispania, pues la ciudad le era favorable a Pompeyo; éste acudió en ayuda de los sitiados, pero Sertorio, en vez de retirarse, hizo que una de sus legiones rodeara a Pompeyo y se situara en su retaguardia, y Pompeyo, temeroso de un ataque, terminó retirándose y vengándose con la masacre de la pequeña ciudad de Valentia. Quizá eso era lo que buscaba Ariovisto: que cundiera el miedo entre los legionarios a verse atacados por delante y por detrás… Y, sin embargo, César estaba convencido de que había algo más en todo aquello. Algo diferente…

—El campamento germano de nuestra retaguardia está demasiado lejos como para sorprendernos —dijo César arrugando la frente, como si pensara en voz alta—. Podemos desplegar mañana las legiones en posición de combate, encarando el campamento principal del enemigo, y, en caso de que se inicie una batalla, si se nos atacara por la retaguardia, tenemos tiempo de enviar unas cohortes a detener ese segundo ataque o, incluso, retirarnos ordenadamente a nuestro propio campamento, porque Ariovisto ha levantado esa segunda base a demasiada distancia de nosotros. Por eso no creo que el objetivo de ese segundo campamento germano sea el de atacarnos por la retaguardia. Esa segunda fortificación ha sido levantada por el enemigo con otra finalidad… —Pero no terminó la frase y, antes de que alguno de los presentes le preguntara, dio instrucciones precisas sin dejar margen a más debate—: Retirad las legiones. Que cenen bien, que descansen pronto y al alba las quiero nuevamente dispuestas en posición de combate.

Y se marchó a su tienda sin querer departir más con nadie.

Los oficiales romanos y los líderes galos se dispersaron.

La noche cubrió la llanura y las montañas cercanas. Una luna creciente proyectaba sombras tenebrosas y, mientras Diana gobernaba así el cielo nocturno, un rocío húmedo empapaba las tiendas de los legionarios que, fieles a las órdenes de su líder, buscaban el abrazo de Morfeo.

A César le costó conciliar el sueño.

Sus pensamientos viajaban ahora a la campaña de su tío contra los germanos de su tiempo, esto era, los teutones, los cimbrios y los ambrones, que lo acorralaron en el sur de la Galia. César cerraba los ojos y recordaba los trabajos que su tío Mario ordenó hacer a sus hombres para construir la Fossa Mariana, aquel canal que hizo excavar a miles de sus legionarios al sur del campamento.

César cerró los ojos. En el fondo, tenía muy claro lo que Ariovisto estaba haciendo. Estaba seguro de cuál era exactamente la finalidad de aquel segundo fortín enemigo. Por eso su mente rememoraba aquella campaña de su tío contra los teutones. César, no obstante, aún albergaba la esperanza de equivocarse. Quizá estuviera malinterpretando algo. Sólo el paso de los días le confirmaría sus sospechas o las disiparía. En aquel momento, la mejor opción era que se estuviera equivocando en lo que su cabeza barruntaba con relación a la estrategia de Ariovisto.

Los días siguientes

Las legiones VII, VIII, IX, X, XI y XII formaron en triplex acies frente al campamento general romano.

Ariovisto hizo lo propio sacando a sus tropas de su campamento principal, pero sin avanzar hacia las posiciones romanas. Las tropas del campamento secundario germano, sin embargo, permanecieron acantonadas, sin asomarse al exterior en ningún momento.

Transcurrió el día entero sin que nadie hiciera ademán alguno de entrar en combate.

Llegó la noche y César ordenó el reingreso de las tropas en la gran fortificación romana.

El segundo día después de la construcción del campamento adicional germano fue una repetición del anterior: tropas de ambos bandos dispuestas para la lucha, pero sin que ningún ejército hiciera movimiento alguno de ataque, ni tan siquiera de provocación a su enemigo. Y, por su parte, los guerreros del campamento secundario germano, en la retaguardia romana, permanecieron, de nuevo, sin salir de su base.

El tercer día fue una copia exacta de los dos anteriores.

Ese nuevo atardecer, al retirar las tropas, César se quedó mirando los grandes almacenes de grano donde se acumulaba el cereal para alimentar a las legiones: había conseguido reunir tanto que no cabía en las tiendas de almacenaje y montones de sacos con grano se apilaban junto a ellas. Como era verano y no llovía, no era problema que estuvieran a la intemperie. El rocío los humedecía un poco, pero, como los sacos del exterior eran los que primero se consumían, no había tiempo de que se corrompiera el grano. Si no, habría hecho levantar más tiendas.

El cuarto día tampoco se entabló combate.

El quinto día igual. Y el sexto. Y el séptimo.

La única diferencia notable con las primeras jornadas era que ya no quedaban casi sacos de grano fuera de los almacenes. Las legiones, lucharan o no, tenían la costumbre de desayunar, comer y cenar cada día. Y seis legiones eran muchas bocas que alimentar.

Y las provisiones se consumían.

Fue en el anochecer del octavo día cuando un jinete que patrullaba al sur del campamento general romano, en la ruta de suministros que habían de llegar para las legiones desde Bibracte y Vesontio, irrumpió en el praetorium del alto mando romano con las noticias que César ya había anticipado, y temido, en sus elucubraciones sobre la estrategia de Ariovisto.

—Los guerreros germanos del segundo campamento han atacado el convoy de provisiones que venía desde Vesontio, procónsul.

César suspiró y, mirando al suelo, habló como si completara el informe de aquel jinete:

—Y los germanos de ese segundo campamento hostigaron al convoy de suministros hasta que, o bien hicieron retroceder a los carros, o bien se hicieron con parte o la totalidad de ellos, y sólo entonces se retiraron a su fortificación, ¿no es así, legionario?

—Eso es exactamente, procónsul, lo que ha pasado —corroboró con cierta sorpresa ante la precisión con la que su superior había descrito lo que había visto—. La mayor parte de los carros pudo retroceder y retirarse hacia el sur. Sólo unos pocos bagajes han caído en manos del enemigo —añadió con intención de dulcificar unas noticias que en lo sustantivo anunciaban que las legiones estaban con su línea de aprovisionamiento interrumpida por el enemigo.

César asintió y con un gesto de la mano indicó al jinete que se retirara.

Labieno, Craso y Balbo estaban con él. Los líderes galos, no, pero, en cualquier caso, pronto se enterarían de lo que había ocurrido.

César tradujo en palabras lo que todos estaban empezando a comprender:

—Sí, ese segundo campamento germano no está para atacarnos directamente, sino para impedir la llegada de suministros. Cada vez que un convoy con grano se acerque a nosotros desde Vesontio, será atacado por esas fuerzas enemigas apostadas en ese maldito segundo fortín germano, y de ese modo, cada día que pase, tendremos menos grano, mientras que Ariovisto tiene asegurada la llegada de tanto alimento como precise a su campamento principal desde el norte. Ésa es su estrategia. Por eso no nos ataca. Su plan es debilitarnos antes de lanzarse contra nosotros. Primero nos quiere débiles. Luego ya nos cazará, como se atrapa a las bestias enfermas o enflaquecidas por el hambre.

—Entonces, por Júpiter, nuestra mejor opción es ser nosotros quienes iniciemos un gran combate lo antes posible —propuso Labieno.

César cabeceó un par de veces afirmativamente.

Al noveno día, las legiones volvieron a formar en triplex acies y, esta vez, César hizo que avanzaran hacia el campamento enemigo.

Pero nada resultó como esperaban: los germanos, aquel día, ni tan siquiera salieron de su fortificación principal.

—¿Por qué no salen hoy? —preguntó el joven Craso.

César respiraba aceleradamente. Nadie entendía lo grave de la situación.

—Porque el rey germano, tras el ataque de ayer a nuestro convoy de suministros, ya sabe que hemos descubierto su estrategia —explicó el procónsul— y tiene claro que ahora querremos entrar en combate para evitar quedarnos largo tiempo sin que un convoy de provisiones nos llegue, ya que cualquier envío de grano va a ser sistemáticamente interceptado. Por eso el rey germano no sale. Atacar su fortificación sólo nos hará sumar innumerables bajas, acumular muertos y heridos y cansancio sin conseguir derrotarlo. Y cada día tendremos menos víveres. Y la moral de los legionarios empezará a mermar, mientras que sus hombres se sentirán cada vez más confiados y tranquilos, simplemente esperando nuestro debilitamiento total, y entonces, y sólo entonces, Ariovisto saldrá con todo lo que tiene y nos atacará. Y, en esas circunstancias, seguramente nos derrotará.

Todos callaban.

—Pero… —continuó César— todo esto me recuerda a la campaña de mi tío Mario contra los teutones y a cómo mi tío se empeñó en la construcción de la Fossa Mariana, según la terminaron llamando los propios legionarios bajo su mando: un gran canal fluvial que aseguraba el flujo de suministros conectando el campamento con Roma por mar. Mi tío sabía lo esencial que era mantener el flujo de provisiones. Los legionarios tienen pánico a ver desaparecer la comida de los almacenes sin que lleguen nuevos suministros. Es algo que, con razón, detestan. Y es algo que promueve la insubordinación, cosa que no podemos permitirnos frente a un enemigo tan potente como Ariovisto. —Hizo una pausa intensa antes de su anuncio final—: Necesitamos, pues, nuestra propia Fossa Mariana.

Balbo, que como praefectus fabrum estaba encargado de la logística y de las labores de ingeniería, ya se tratara de levantar campamentos o de construir puentes, no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Pero estamos a centenares de millas del mar —exclamó—. ¡No es posible construir un canal que nos una al mar ni hay ningún río navegable hasta el sur, ni tenemos flota con la que llegar a Roma por ese medio…! —A Balbo todo aquello le parecía una locura.

César sonrió por primera vez en todos aquellos días. Y es que tener confirmada, por fin, la estrategia del enemigo y, además, tener claro cómo contrarrestarla, aunque fuera difícil, le daba la paz de contar con un plan, abandonando, por fin, aquellos días de pesada incertidumbre ante lo desconocido.

—Tranquilo, Lucio —le dijo a Balbo poniendo su mano derecha en el hombro del nervioso praefectus fabrum—. No hace falta que construyamos un canal. Sólo refréscame la memoria… ¿Cómo se llamaba ese ingeniero joven que ayudó en la construcción del puente sobre el río Arar en la campaña contra los helvecios?

—Vitruvio —respondió Balbo, aún sin haber recuperado la calma. Temía que se le exigiera cualquier imposible.

César asintió.

—Bien, pues dile a Vitruvio que venga esta noche a mi tienda.

IX

Cartas de Chipre y Dirraquio

Chipre

58 a. C.

Bruto recibió la carta de manos del mensajero recién llegado a Chipre. Cruzó el vestíbulo de la residencia que su tío Catón tenía asignada como gobernador de aquella isla, atravesó un largo pasillo y entró en el atrio central de la gran mansión.

—Ha llegado otra carta de Cicerón, querido tío —anunció el hijo de Servilia.

Catón, reclinado en su triclinium, tomó la misiva que le entregaba su joven sobrino. Viendo lo servicial que se mostraba el joven, incorporado a su séquito de consejeros en aquel año como gobernador de Chipre, no pudo por menos que rememorar en su mente, aunque fuera de modo fugaz, la última conversación con su hermana, previa a su partida de Roma.

—Te ruego que te lleves a Bruto contigo a Chipre —le había rogado Servilia—. Sabes que, desde siempre, Bruto ha mostrado una inclinación favorable a las ideas de los optimates, a tus ideas. No te vayas y lo abandones en la Roma de Clodio, donde no tendrá nunca futuro alguno y donde su vida puede correr peligro. No le hagas pagar por mis faltas —había concluido ella, aludiendo así de forma velada a su relación con aquel miserable de César.

A Catón le costaba perdonar. Y en su recuerdo estaba aún muy indeleble el momento en el que él había quedado en ridículo ante todo el Senado cuando forzó a César a leer un mensaje que él pensaba que era de Catilina y, en realidad, era sólo una carta de amor de su propia hermana a aquel libertino que, en aquel entonces, junto con Craso y Pompeyo, regía el destino de Roma.

Pero era cierto que Bruto siempre se había mostrado afecto a la causa senatorial de los optimates, y también era verdad que era injusto pagar aquella buena inclinación de su sobrino abandonándolo como castigo por los deslices lujuriosos de su madre. Despropósitos de Servilia que escapaban, sin duda, al control del hijo.

Por eso Catón aceptó llevarse consigo a Bruto como asistente a Chipre, y por eso de su mano recogía ahora la última carta de Cicerón.

Dirraquio

Unas semanas antes

—«De Cicerón a Catón, en Chipre» —dictó Cicerón a su escriba y detuvo la voz.

Quería pensar bien y ordenar sus ideas antes de que éstas quedaran reflejadas por escrito. No es que fuera tacaño ahora en sus años de madurez, pero detestaba malgastar papiro, y más en aquellos días en que, precisamente limitado de recursos en un forzado exilio, no nadaba en la abundancia.

Clarificó sus pensamientos.

Se aclaró la garganta.

—Apunta —dijo, al fin, y prosiguió, entonces, el gran orador dictando la carta—: «Me consta que Pompeyo sigue maniobrando en Roma para entronizar de nuevo a Tolomeo XII como faraón. Y sé también que Craso está interesado en el control de aquel reino. La exuberante riqueza del milenario reino del Nilo no puede ser pasada por alto por alguien como él, a quien tanto le atrae el dinero. Egipto puede ser una fuente de conflicto entre los dos triunviros, y esto nos interesa y hemos de estar atentos a esta cuestión. Pero lo esencial ahora es que nuestros senadores amigos en Roma, tal y como te anticipé y siguiendo mis designios, han reunido el suficiente dinero como para financiar al muy atrevido Milón. Así, este último está congregando una gran cantidad de hombres osados, dispuestos a luchar en las calles, si es preciso con mazas, dagas o lo que sea necesario, en favor de nuestra facción política. Sólo con una adecuada respuesta a la violencia promovida por Clodio, con una réplica de esa fuerza con la misma o mayor contundencia, podremos empezar a tener elecciones en las que los nuestros se atrevan a votar con libertad y los tribunos de la plebe de nuestra tendencia política puedan ejercer vetos o promover leyes que puedan tener efecto real, no sujetas sus acciones legales al imperio de los hombres armados por Clodio. Todo sigue complicado para nosotros, y que tú estés en el remoto Chipre y yo exiliado en el distante Dirraquio no ayuda a nuestra causa, pero, amigo mío, no desfallezcas en tu tenaz constancia, por la que tan popular te has hecho entre los nuestros. Aún recuerdo con admiración y hasta cierto divertimento tu memorable intervención en el Senado el día en el que César llevó a debatir su ley de reforma agraria y cómo hiciste uso de tu turno de palabra hasta que el propio César terminó arrestándote porque no dejabas de hablar en ningún momento. Esa constancia tuya es la que necesitamos ahora. Créeme si te digo que estoy persuadido de que los dioses, al fin, nos favorecerán y Roma retornará a los tiempos de orden que tanto añoramos. Espero que esta carta te encuentre con buena salud y hazme partícipe de cualquier información que consideres pertinente».

Suspiró.

—Añade la despedida habitual —apostilló y se sentó, pues no había dejado de andar de un lado a otro del atrio mientras dictaba la misiva.

Cicerón se quedó pensativo. ¿Y si Pompeyo tuviera razón y la Galia supusiera el final de César? Todo sería entonces tan fácil…

X

La reacción de César

Región montañosa de los Vosgos

Campamento general romano

58 a. C.

Vitruvio trabajó sin descanso durante una semana y todos los legionarios que César puso bajo sus órdenes, también.

—Los materiales están preparados, clarissime vir y procónsul de Roma —anunció un día el joven ingeniero, que no sabía bien aún cómo dirigirse al jefe supremo del ejército romano.

—Perfecto —aceptó César—, que lo monten todo en los carros.

Labieno, que reconocía en la mirada brillante de su amigo y en su porte decidido al César que había visto actuar en Mitilene, el río Arar o Bibracte con tanta audacia como ingenio, sabía que había un plan. Y, como siempre en César, una estratagema inusual.

Aquella mañana, el procónsul compartió su estrategia con su alto mando y a todos, incluido el propio Labieno, les pareció una buena idea: el grano iba escaseando y el asunto de la falta de suministros era ya tema habitual de conversación entre los legionarios, así que, cuando vieron que César tenía claro que aquella cuestión y no otra era la prioridad absoluta, sus corazones se sintieron, de nuevo, bajo el mando de alguien tan valiente como sabio. Y eso les dio seguridad, una certidumbre que transmitieron de inmediato a centuriones, oficiales de caballería y, por fin, a cada uno de los legionarios del ejército romano desplazado a la Galia.

Aun cuando los soldados no sabían cuál era el plan, se respiraba otro ambiente en las hogueras de la noche, mientras se calentaba la cena y se departía sobre el futuro de aquella campaña que ahora, sin saber detalles, percibían más prometedora que apenas unos días atrás. Ése era el magnetismo de César. Verlo pasear por entre los corros de legionarios, tranquilo, deteniéndose a conversar con diferentes grupos de soldados o compartir con ellos un poco de agua o una ración de sopa caliente, les transmitía un sosiego que sólo los líderes naturales son capaces de generar en su entorno.

Campamento germano

Al día siguiente

—¡Los romanos han salido! —proclamó un guerrero suevo que venía a informar, como cada mañana, de los movimientos del enemigo.

Ariovisto no reaccionó en modo alguno. Eso era lo que los romanos llevaban haciendo desde hacía varios días: salir de su campamento y disponerse en formación de combate, preparados para una lucha en la que él no estaba dispuesto a entrar… aún. Quería que el grano escaseara entre el enemigo, que la semilla de la indisciplina y el motín, por miedo al hambre, se extendiera entre las tropas del líder romano, y sólo entonces entraría en combate. Ariovisto preparaba una única batalla definitiva en la que barrería de la Galia, de su Galia, toda presencia romana con una victoria tan brutal, tan abrumadora que resultaría ya inapelable. Roma entendería que la Galia tenía un dueño diferente a ellos. Un nuevo amo que no negociaba. Y que no compartía territorios conquistados.

—Pero no han salido como otros días, mi rey —prosiguió el jinete suevo.

Aquí Ariovisto enarcó una ceja.

—Han salido unas cuatro legiones y avanzan… hacia nuestra segunda fortificación, mi rey.

Ariovisto dejó de comer, dejó de beber y dejó caer el peso de su cuerpo en el respaldo de la gran butaca cubierta de pieles de oso en la que se encontraba sentado para su desayuno.

Tomó una decisión:

—Preparad la caballería.

Campamento secundario germano

Los centinelas de las torres del campamento germano al sur de los romanos pudieron ver cómo varias legiones se les acercaban a paso veloz. Los jefes al mando de la fortificación pronto concluyeron, nada más subir a los puestos elevados de vigilancia, que se encontraban ante un ataque a gran escala. Sentían que estaban abocados a afrontar una embestida descomunal. Era cierto que estaban protegidos por la empalizada, pero no tenían claro que pudieran resistir el ataque de tantas tropas romanas de golpe. La diferencia de fuerzas entre atacantes y defensores era desproporcionada.

A medida que los romanos avanzaban, la tensión y, en gran medida, el desánimo cundían entre todos los germanos de aquel segundo campamento. Una cosa era tener que hacer salidas para atacar convoyes de suministros y otra muy diferente enfrentarse a varias legiones armadas que se lanzaban contra ellos todas a una.

Pero en medio de las cavilaciones y tribulaciones de los mandos germanos llegó un mensajero.

—El rey viene hacia aquí desde el campamento principal con la caballería —comunicó con orgullo.

Y aquello, sin duda alguna, insufló ánimos a los guerreros germanos: si su rey atacaba a los romanos por la retaguardia con la caballería, el empuje enemigo contra la empalizada se debilitaría enormemente, al tener que dedicar numerosas tropas a defenderse de los jinetes del monarca, y de ese modo sí podrían mantener la defensa del campamento.

Todo estaba bien.

En guerra, en combate, en batalla, pero con el enemigo bajo control.

Pero, de pronto, cuando los jefes del campamento secundario germano empezaban a sentirse confiados, los romanos hicieron algo inesperado.

—Nos rodean —dijo un centinela en voz baja, pero los líderes germanos que estaban en la misma torre de observación pudieron oírlo con claridad, y, en efecto, el guerrero tenía razón: los romanos, en lugar de lanzarse contra la fortificación, pasaban de largo, rodeaban su base y seguían avanzando más hacia el sur, dejándolos atrás. Y aquello, sencillamente, no tenía sentido… ¿Acaso el procónsul no estaba dirigiendo un ataque? ¿Acaso el procónsul estaba emprendiendo una huida?

Caballería germana

Ariovisto trotaba con el resto de su caballería.

No era necesario agotar a los animales con un galope. La distancia que los separaba de los enemigos no era grande y, efectivamente, en poco tiempo se encontraron próximos a su segunda base, pero el rey, extrañado al igual que lo habían estado los jefes del segundo campamento, observó que los romanos no atacaban la fortificación, sino que la rodeaban y seguían alejándose.

El monarca germano frunció el ceño, pero no detuvo su caballería y, por el momento, decidió continuar la persecución de las legiones romanas sin aventurar conjeturas. Había mirado directamente a los ojos de aquel romano y Ariovisto no consideró ni por un instante que el procónsul estuviera huyendo. Desconocía el propósito de aquella maniobra, pero estaba seguro de que no era una fuga.

Ejército de César

—Detened todas las legiones —ordenó César a Labieno y al resto de oficiales.

No tuvo que decir más porque el plan ya estaba asimilado por todos.

Con rapidez, las legiones giraron y encararon la caballería germana que los perseguía con el rey Ariovisto al frente.

Velozmente se constituyó la triplex acies de combate y las dos primeras líneas se dispusieron, como en la batalla de Bibracte, a resistir la acometida frontal del enemigo. Por detrás, sin embargo, la tercera línea de veteranos no se quedó en reserva, inmóvil, a la espera de intervenir en la lucha o para proteger ningún flanco, sino que inició los trabajos de excavación necesarios para levantar una gran empalizada en el menor tiempo posible. En los carros que habían acompañado a las legiones en aquella salida, había grandes segmentos con troncos de árboles ya amarrados entre sí por fuertes maromas y clavos preparados bajo la supervisión del joven Vitruvio. Se trataba de cavar zanjas estrechas pero profundas en las que encajar la base de aquellas secciones de muro de madera, ya preparadas de antemano, y ensamblarlas con rapidez hasta disponer de toda una fortificación completa. La idea era construir un campamento romano en tiempo récord y pese a estar en medio de una batalla.

Las cohortes de la primera línea prepararon los pila.

La caballería germana se les acercaba, ahora sí, al galope.

Los legionarios tragaban saliva mientras estaban atentos a las órdenes de los centuriones. Sabían que una buena andanada de jabalinas era la mejor forma de detener la embestida de una caballería enemiga. Pero todo lo tenían que hacer bien coordinados.

Los centuriones miraban hacia atrás, hacia el propio César.

La caballería enemiga seguía acercándose.

César lo observaba todo desde lo alto también de un caballo propio, montado sin estribos, a la usanza romana, calculando el momento de descargar los pila sobre los germanos.

Caballería germana

Ariovisto vio los trabajos de la tercera línea de romanos.

Y lo supo.

Leyó con inteligencia el plan del procónsul.

Y sabía que era un buen plan.

Tenía que desbaratarlo, y la mejor forma de hacerlo era impedir que pudieran seguir adelante con su estrategia, y el mejor modo de conseguirlo era un ataque frontal que las dos primeras líneas romanas no pudieran contener.

—¡Al ataque, por Wotan![4] —aulló a la cabeza de la carga de su caballería contra las legiones romanas.

Ejército romano

César pudo ver al rey germano al frente de su carga de caballería. Ariovisto no sólo era inteligente. Tenía arrojo.

—¡Lanzad pila! —ordenó César.

Las jabalinas romanas volaron.

Caballería germana

Ariovisto vio cómo algunos de los jinetes cercanos caían abatidos por la lluvia de hierro enemigo, pero él, como protegido por sus dioses, salió ileso de aquella primera tormenta de armas arrojadizas.

No obstante, el impacto con la primera línea enemiga fue duro.

Ariovisto y sus guerreros golpeaban con hachas, mazas y espadas los escudos romanos desde lo alto de sus caballos, derribando a numerosos legionarios, pero los integrantes de las cohortes se defendían pinchando piernas humanas y vientres de los animales.

Defensa cerrada y férrea.

Sangre y gritos.

Ariovisto no lo vio sencillo.

—¡Replegaos! —vociferó y, mientras galopaba en retirada, comprendió que debía haber salido del campamento principal con infantería.

Ejército romano

—Demasiado fácil —dijo Labieno—. Volverán a la carga.

—Sí, yo también lo pienso —confirmó César—, pero lo esencial es resistir mientras los veteranos de la tercera línea de combate progresan en la construcción del nuevo campamento.

Caballería germana

Ariovisto ordenó que sus jinetes se lanzaran contra el enemigo en diferentes oleadas para, de ese modo, intentar estorbar los trabajos que los romanos seguían llevando a cabo en la retaguardia.

El monarca miraba hacia su segundo campamento. Quizá podría traer de allí refuerzos de infantería, pero aun así estaría en inferioridad de condiciones frente a las cuatro legiones que el procónsul había comprometido en aquella salida. La otra opción era traer a todo su ejército del campamento principal, pero, entonces, el líder romano sacaría también el resto de sus legiones y conseguiría lo que había estado buscando desde un principio: una gran batalla campal.

Decidió no convocar a más hombres y continuar hostigando al enemigo con su caballería.

Las dos primeras líneas de cohortes enemigas se turnaban y, con una resistencia contumaz, mantenían las mazas y hachas y espadas germanas alejadas del lugar donde los veteranos levantaban la fortificación.

Más lucha y más heridos. Y bastantes muertos.

Era un desgaste lento.

—Dejad de atacar —dijo, al fin, Ariovisto, al resto de líderes de las otras tribus.

Demasiadas bajas. Los romanos también, pero prefería replegarse y esperar acontecimientos, y no agotar a sus tropas en aquella lucha que no parecía conseguirle mucha ventaja.

Además, después de varias horas, podía ver por detrás de las filas enemigas grandes segmentos de empalizada ya levantados. Antes del anochecer, los romanos dispondrían de una fortificación lo suficientemente sólida como para resistir cualquier ataque.

Ejército romano

—Se marchan —apuntó Balbo.

Todos podían ver cómo Ariovisto, con la caída del sol, retiraba toda su caballería rumbo a su campamento principal.

—¿Qué hacemos? —preguntó el joven Craso.

César tenía todo muy meditado. El plan estaba saliendo según sus cálculos.

—El nuevo campamento está casi terminado —dijo—. Dejaremos aquí dos legiones, para que una termine los trabajos durante la noche y la otra defienda las empalizadas en caso de cualquier ataque enemigo, y nosotros regresaremos al campamento principal con las otras dos legiones.

Así se hizo.

Con la nueva distribución de efectivos, los romanos disponían de cuatro legiones en su campamento principal y de dos en el nuevo, que se encontraba más al sur que el segundo fortín germano.

Campamento principal romano

Pasaron los días.

Los suministros empezaban a escasear entre los legionarios, pero era el momento de que llegara un nuevo convoy desde Vesontio con provisiones. El desarrollo de la campaña, en un sentido u otro, hacia la victoria o hacia las penurias, dependía de aquel cargamento de grano.

César ya había recibido informes de las patrullas: la larga hilera de carros repletos de cereal estaba apenas a unas millas al sur.

La partida contra Ariovisto seguía en marcha.

Campamento secundario germano

—Ahí viene el grano del enemigo —dijeron los centinelas y, raudos, los líderes de la base organizaron una nueva salida para, o bien hacer retroceder el convoy de suministros romanos, como habían hecho con el anterior, o bien incluso apoderarse de algunos de los carros.

Segundo campamento romano

Labieno había quedado al mando de la segunda base militar romana recién levantada. En cuanto recibió mensajes sobre la aproximación del convoy de carros de cereal, ordenó que una legión entera se armara para hacer una salida.

Convoy de suministros

Los carros de bagajes, repletos de sacos con trigo, avanzaban despacio, recelosos de ser objeto de un nuevo ataque, como les había pasado hacía unos días. Desde entonces habían recibido instrucciones del procónsul de Roma de volver a cargar todos los carros disponibles en Vesontio y hacer un segundo intento de trasladar cereal al norte con urgencia.

Pero ocurrió lo que todos temían: un numeroso contingente de jinetes y guerreros de infantería germana se les aproximaban a toda velocidad por un flanco.

Los oficiales enviados por César para dirigir el convoy de suministros estaban a punto de ordenar detener los carros y darse a la fuga con ellos, si aún era posible salvar el cargamento, cuando, de pronto, vieron cómo una legión entera aparecía por ese mismo flanco y se interponía entre ellos y los germanos.

Desde los carros podían ver cómo se iniciaba una lucha encarnizada entre las cohortes de aquella legión y los guerreros enemigos, al tiempo que llegaban varios emisarios enviados por Labieno con instrucciones precisas.

—¡Avanzad con el cargamento de trigo, avanzad, por Júpiter! ¡Son órdenes del legatus Labieno! ¡Dejad sólo un tercio de los carros aquí mismo y proseguid la marcha con el resto!

Y avanzaron con los carruajes prescritos, dos tercios del total, en dirección al campamento principal romano, donde los esperaba el procónsul de Roma.

Atrás quedaba una feroz batalla entre la legión de Labieno y los germanos de la segunda base enemiga.

Campamento principal romano

César recibió en las puertas del campamento a los carros con grano con la misma solemnidad de la que habría hecho gala en un triunfo: dispuso todas las legiones en formación, firmes, bien equipadas militarmente, como si fueran a combatir de inmediato, pero lo que deseaba es que todos y cada uno de los legionarios fueran testigos con sus propios ojos de que su procónsul les procuraba el sustento necesario para alimentarse de modo confortable y abundante durante las exigencias de aquella nueva campaña militar.

—Llevadlo a los almacenes —dijo César— y distribuid hoy el doble de ración de grano entre todos los legionarios. Y un vaso de vino.

Campamento secundario romano

Labieno paseaba por entre los heridos en el hospital de campaña levantado de forma provisional junto a la entrada del fortín.

Los germanos habían opuesto una dura resistencia y no fue fácil repelerlos, aunque, al fin, cedieron una vez persuadidos de que no estaban ante una pequeña escolta de apoyo a los carros, sino ante cohortes militares romanas dispuestas a combatir tanto como fuera requerido. De hecho, al ver que los romanos hacían salir otra legión entera de su segunda base, se retiraron a toda velocidad.

Labieno organizó un valetudinarium de campaña para atender a los heridos.

Habían caído un centenar de buenos soldados y otro centenar más, al menos, tenía heridas de diversa consideración.

Un combate muy duro.

Bebía agua y se limpiaba sudor y sangre enemiga que tenía por el rostro con un paño que le había proporcionado un legionario.

Había conseguido los objetivos de quedarse para su campamento un tercio de los carros de grano, con los que alimentar a las dos legiones a su cargo, tal y como le había ordenado César, y permitir que el resto del convoy llegara intacto al campamento principal, donde se encontraban las otras cuatro legiones.

—Aah —dijo Labieno exhalando aire, una vez satisfecha su sed, y entregando a uno de sus asistentes el paño impregnado de sangre germana y sudor romano.

Campamento principal germano

Ariovisto recibió las noticias sobre el fracaso de sus guerreros.

No por esperada fue menos agria aquella información.

El rey germano se quedó pensativo, mirando al suelo, jugando con su espada desenvainada, dibujando líneas en la arena mientras el resto de los líderes lo miraban expectantes.

Campamento principal romano

—¿Qué hará Ariovisto? —preguntó el joven Craso a César, a quien todos ahora admiraban aún más, pues la línea de suministros estaba restablecida gracias a su idea de levantar una segunda base junto, a su vez, la segunda base enemiga y así neutralizar los ataques a los convoyes de aprovisionamiento.

César, rodeado por todo su alto mando, con excepción de Labieno, quien, por orden suya, permanecía a cargo del nuevo campamento del sur, respondió categórico:

—Sólo puede atacarnos o esperar, pero esperar ya no tiene sentido para él. Atacará. Pronto. Y pronto lo comprobaremos: mañana, al amanecer, formación de combate de las cuatro legiones de esta fortificación. Y veremos qué hace. Cuando nos ataque, convocaremos a las fuerzas de Labieno para que nos asistan desde el sur o controlen los movimientos que el enemigo pueda hacer desde su segunda base. Si no me equivoco, mañana se resolverá todo.

Campamento principal germano

Al alba

Ariovisto escuchó, de nuevo, a uno de sus guerreros informándole de que el procónsul romano había formado sus tropas en su habitual triple línea de combate a modo de enésimo desafío para que entablara, por fin, una gran batalla campal.

Pero el rey germano ni tan siquiera se levantó de la butaca recubierta de pieles de oso y se limitó a continuar con su desayuno. Sólo interrumpió su festín de carne de ciervo cuando le anunciaron la llegada de las sacerdotisas. Entonces, por respeto a aquellas mujeres, Ariovisto se levantó y salió de su tienda. Frente a él, las hechiceras se inclinaron y él las saludó también con un asentimiento. Alrededor de ellos había un corro de jefes de las diferentes tribus. Las hechiceras no se hicieron de rogar y, al poco, lanzaron sus pequeñas maderas, que parecían casi juguetes de niño, al aire y las siguieron con la mirada en su viaje etéreo y fugaz hasta caer sobre una gran sábana blanca y, de ese modo, poder interpretar el futuro.

Las maderitas quedaron esparcidas por la superficie de tela.

Las mujeres se arrodillaron y las examinaron, y susurraron varias palabras entre ellas hasta que pareció que alcanzaban algún tipo de consenso.

La más anciana, ajado su rostro por tantos años como profecías proclamadas por su boca, se aproximó al rey y anunció el vaticinio.

Ariovisto sonrió satisfecho.

Y lo mismo hicieron los jefes de todas las tribus.

Ejército de César frente a su campamento principal

—Pues no ataca —se atrevió a decir, al fin, Balbo, pero sólo en voz baja.

César escudriñaba el horizonte y podía ver que el enemigo no hacía ni el ademán siquiera de abrir las puertas de su campamento.

Esperaron así hasta el mediodía.

Tras varias horas aciagas bajo los rayos de Apolo, César ordenó el repliegue.

Fue durante la tarde cuando el procónsul de Roma fue informado de que Ariovisto, ahora sí, hacía una salida con lo que parecía ser todo su ejército…

—Pero… —dijo el centinela de una de las torres que había llegado corriendo al praetorium para poner al tanto al alto mando de los movimientos del enemigo.

—Pero… ¿qué? ¡Por Júpiter! —lo interpeló César, algo airado por la lentitud en aportar todos los datos sobre las maniobras del monarca germano.

—Pero no dirige sus tropas contra nosotros, procónsul: el rey germano avanza con todos sus efectivos contra nuestra segunda base.

César inclinó la cabeza hacia un lado.

—Es eso… —masculló—. Sigue empeñado en cortar nuestros suministros y rehuir la batalla total. Bien, pues no vamos a permitirlo. Él juega a una estrategia, pero nosotros tenemos la nuestra. Es un largo y lento pulso. —Y miró a Craso y Balbo—. Preparad de nuevo las legiones. Vamos a perseguir a Ariovisto y a ayudar a Labieno.

—¿Cuántas legiones? —preguntó Balbo.

—El rey germano ha salido con todo —respondió César—. Nosotros también.

Campamento secundario romano

Labieno había sido reclamado por los centinelas para que subiera a la empalizada.

—El rey germano viene con todo su ejército contra nosotros —dijo uno de los legionarios de guardia en lo alto de una de las torres de defensa.

—Y se le están uniendo también las tropas que tenía en el campamento secundario, legatus —apuntó otro sudando profusamente por la frente.

Labieno arrugaba los ojos intentando verificar con la vista todo lo que se le decía y, lamentablemente, todo parecía ser tal cual lo estaban describiendo los centinelas.

—¿Salimos? —preguntó uno de los tribunos.

—No —negó Labieno de forma taxativa—. Nos masacrarían. Nuestra única opción es plantear la mejor defensa posible en la empalizada y… esperar.

Los legionarios y oficiales que estaban junto al legado se miraron entre sí.

—¿Esperar… qué, legatus? —preguntó el tribuno.

—Al procónsul, por supuesto —respondió Labieno con seguridad—. César vendrá. No nos dejará solos.

Ejército germano

Ariovisto lanzó un primer contingente de guerreros con escalas para acometer el asalto de la empalizada, protegidos éstos en su avance por numerosos honderos que lanzaban proyectiles contra los legionarios que estaban en lo alto de la fortificación y en las torres.

El monarca pudo ver cómo caían heridos algunos de sus hombres, pero otros llegaron hasta la base misma de la empalizada y consiguieron ascender por las escalas, arrojadas contra el muro de madera y enganchadas con garfios a la parte superior de éste, hasta encaramarse en lo alto e iniciar una dura lucha.

Fueron repelidos finalmente por los romanos, pero no sin antes perder éstos también bastantes hombres.

Ariovisto se pasó la mano izquierda por la barbilla, pensativo.

El ataque había sido sólo una pequeña muestra de lo que podía hacer. Visto lo visto, estaba muy convencido de que, en varias oleadas, la empalizada caería bajo su control y, de ese modo, la puerta principal del campamento enemigo estaría en sus manos, sus hombres la abrirían y sería el fin de aquella segunda base romana.

Iba a dar la orden de iniciar un segundo ataque cuando uno de sus guerreros lo abordó por la espalda.

—¡Mi rey! —exclamó.

Ariovisto se giró, algo molesto por verse interrumpido justo en el momento en el que iba a lanzar un nuevo contingente contra el campamento enemigo, y a punto estaba de arremeter con improperios o a golpes contra aquel impertinente cuando vio que señalaba hacia la retaguardia del ejército.

El rey germano engulló su rabia: el procónsul romano se le acercaba por la espalda con las otras cuatro legiones.

—Maldita sea —masculló entre dientes.

Había esperado algún tipo de reacción por parte del líder romano, pero ni tan rápida ni tan contundente, y mucho menos ambas cosas al tiempo.

—¿Seguimos con el ataque al segundo campamento romano?

—¿Nos retiramos?

Sus hombres le planteaban preguntas que resumían las dos opciones que el monarca germano sabía que tenía ante sí. Porque una batalla campal con los dos ejércitos empleando todas sus tropas era algo que no contemplaba.

—Nos retiramos —respondió Ariovisto.

Legiones bajo el mando directo de César

—Viene hacia aquí —apuntó el joven Craso—. Se aleja del campamento de Labieno y viene hacia nosotros.

César observaba muy atento los movimientos de las tropas enemigas.

—No exactamente —dijo—. Unos germanos vuelven al campamento secundario y el grueso de las tropas intenta regresar a su campamento principal. Se están desviando para rodearnos. No quiere luchar, no quiere una batalla campal total.

Craso y Balbo y el resto de los oficiales asentían. El procónsul estaba leyendo con perspicacia los movimientos de las tropas germanas.

—Que la legión X y la XI se interpongan en su camino —ordenó César—. Quiero que intenten detenerlo. Quiero arrastrarlo a una gran batalla aunque sea a regañadientes.

Ejército germano

Ariovisto vio cómo el procónsul romano lanzaba dos legiones enteras contra sus tropas y ordenó a la caballería que las embistiera para permitir, mientras tanto, el repliegue de su infantería hacia el campamento principal, por un lado, y dar ocasión también, por otro, a que los efectivos del campamento secundario se refugiaran en su fortificación. Seguía empecinado en evitar un enfrentamiento total con el enemigo.

Aún no era el momento.

El día para esa lucha estaba marcado y no era aquella mañana.

—¡Agggh! —empezaron a gritar algunos jinetes que caían bajo los pila romanos, pero también morían legionarios.

—¡Rápido, rápido, por Wotan! —insistía a gritos Ariovisto.

Había intentado destrozar el campamento secundario romano para volver a interrumpir la línea de aprovisionamiento del ejército proconsular, pero, si no podía conseguirlo, lo que de ningún modo debería hacer era aceptar la batalla total.

—Aún no —dijo en un susurro.

Legiones de César

—Se nos escapa —apuntó un joven Craso cubierto de sudor y salpicado por la sangre de la primera línea de combate, de donde acababa de regresar.

César cabeceaba afirmativamente. Ariovisto había empleado la caballería con habilidad para proteger su retirada y zafarse de una lucha generalizada, y nada había que hacer. El grueso de las tropas enemigas ya estaba atrincherándose, de nuevo, en sus respectivos campamentos y pronto ordenaría retirar también a sus jinetes.

—¡Por Hércules! —exclamó el procónsul con ira y, en un gesto poco común en él, César pateó el suelo.

Campamento principal germano

Por la noche

Ariovisto se lamía las heridas en su orgullo: retirarse no era agradable ni heroico, pero él era práctico. Sabía de la vanidad que Teutobod mostró con el líder romano Mario, tío del actual procónsul, y era conocedor del fatídico desenlace para los teutones. Y él era de los que aprendían del pasado.

No pensaba entrar en batalla campal de cualquier modo y en cualquier momento. Y, menos aún, el día y el momento que el líder romano eligiese. Necesitaba tener a sus tropas completamente persuadidas de que lucharían en el momento adecuado, el día indicado, la jornada idónea para arrasar al enemigo, y para ello esperaría tanto como hiciera falta.

Sabía que era una guerra de nervios la que estaba librando, y él, por ahora, era el más tranquilo de los dos contendientes.

Porque él sabía por qué esperaba.

Y el romano, no.

Campamento principal romano

Al día siguiente

César ordenó, una vez más, que las legiones formaran frente a la fortificación, en posición de combate, pero, de nuevo, como hacía siempre, el rey germano se negó a presentar batalla. De hecho, Ariovisto, como en ocasiones precedentes, ni siquiera se molestó en sacar a sus tropas de su propio campamento.

—¡No lo entiendo, por Hércules! —exclamó César, exasperado, y miró al joven Craso y a Balbo—. No lo entiendo —insistió—. Si tenemos nuestra línea de aprovisionamiento abierta, no comprendo a qué espera para la lucha. La espera ya no lo beneficia. Hay algo que se nos escapa.

Ninguno de los tribunos ni nadie de entre el resto de los oficiales presentes, ni tampoco los líderes galos como Diviciaco o Dúmnorix supieron dar respuesta a lo que el procónsul planteaba. La reticencia del rey germano a combatir les resultaba a todos tan inexplicable como desquiciante.

César envió entonces mensajeros a Labieno, y éste le respondió por escrito en una breve misiva que él tampoco entendía a qué podía estar jugando ahora el rey enemigo.

En medio de aquellas dudas, con las legiones bajo el sol, en triplex acies, pasando las horas lentamente y con el procónsul a cada instante más inquieto, era difícil plantearle ninguna pregunta. Aun así, Balbo consideró que había una cuestión que atender y se le acercó despacio.

Campamento principal germano

Ariovisto permanecía sentado en su gran butaca recubierta de pieles de oso. Los líderes del resto de las tribus estaban reunidos con él. Las adivinas volvieron a arrojar sus pequeñas piezas de madera al aire y, bajo el mismo sol que bañaba a los romanos, confirmaron sus vaticinios.

Ariovisto y el resto de los jefes, intercambiando sonrisas y dándose palmadas en la espalda, se mostraron optimistas.

Campamento principal romano

—¿Qué hacemos con los prisioneros? —preguntó Balbo, aun a riesgo de estorbar los pensamientos de su superior. Pero se debía decidir si alimentarlos o ejecutarlos, si venderlos como esclavos o, por el momento, retenerlos bajo custodia.

César parpadeó varias veces antes de volverse hacia él.

—¿Hay prisioneros? —inquirió el procónsul. Hasta ese instante no había pensado en ellos.

—Cuando intentaron rodearnos ayer e interpusimos en su camino las legiones X y XI y se inició una lucha encarnizada en aquel sector de la llanura, hubo muertos y heridos por ambas partes, pero sólo nosotros nos hicimos con algunos jinetes que habían sido derribados de los caballos —explicaba Balbo con detalle—. Éstos se rindieron y fueron hechos presos. ¿Qué hacemos con ellos…, con los prisioneros?

Se quedó absorto, como petrificado.

Una idea germinaba en su mente.

—Prisioneros —repitió ensimismado primero y, de súbito, con los ojos encendidos, pronunció aquella misma palabra de nuevo—: Prisioneros.

XI

De temores, vaticinios, niñas y princesas

Domus publica, residencia oficial de la familia Julia

Roma

58 a. C.

En la residencia de la familia Julia junto a la Vía Sacra, en el centro del foro de Roma, tres mujeres departían sobre el mundo, sobre la vida, sus sueños y sus temores.

—¿Quieres comer ya? —preguntó una solícita Calpurnia a su suegra.

—Yo aún no tengo hambre. —Y se giró hacia su nieta—. ¿Y tú, Julia?

La interpelada negó con la cabeza.

Calpurnia se volvió entonces hacia el atriense, que esperaba instrucciones en una esquina del atrio, y le hizo un gesto para que se retirara.

—Me preocupa lo que pueda ocurrirle a padre en la Galia —dijo Julia manifestando con claridad su mayor temor y lo que le quitaba el sueño en los últimos días, el motivo de su visita aquella jornada a casa de su abuela y de su padre ausente y su madrastra.

—Tu padre conseguirá derrotar a los germanos —pronosticó Aurelia con determinación—, como hizo antes con los helvecios. —Pero como percibiera aún una notable desconfianza en su nieta, añadió unas palabras mirando a su nuera—: Además, por si confiar en la pericia militar de tu padre te pareciera insuficiente para disipar tus temores, te recuerdo que Calpurnia ha vaticinado que veremos el regreso victorioso de tu padre. ¿No es así?

Calpurnia asintió. Aunque sabía que sólo parte de aquella afirmación era cierta, seguía guardándose para sí la compleja totalidad de sus visiones. Existía la posibilidad de que se equivocara o de que hubiera malinterpretado sus sensaciones.

—Porque, Calpurnia, nunca te has equivocado en tus premoniciones, ¿verdad? —inquirió la anciana madre de César.

—Nunca —confirmó ella con sinceridad, pero evitando mirar directamente a los siempre sagaces ojos de su suegra.

Aurelia la observaba inquisitiva.

Julia era testigo de la escena e intuía, como quizá lo hiciera su abuela, que Calpurnia escondía algo sobre sus visiones, algo que no deseaba compartir, al menos, con Aurelia.

La joven hija de César decidió llevar la conversación hacia otro punto y dejar así libre a Calpurnia del intenso examen de su abuela.

—He vuelto a ver y a hablar con la joven princesa de Egipto.

—Lo dices como si hubiera algo que contar de mérito sobre ella —apuntó Aurelia no con desdén, pero sí con cierta indiferencia, pues su mirada aún estaba fija en Calpurnia, hasta que, al fin, se volvió hacia su nieta—. ¿No es acaso una niña aún? Los niños, sean príncipes o mendigos, niños son. —Aunque, nada más hacer esa aseveración, pensó en que para ella Cayo, su propio vástago, ya desde pequeño fue diferente a todos los niños.

—Realmente no piensas eso de todos los niños, abuela. —Se atrevió a oponerse la joven Julia.

Aurelia sonrió.

—Cierto. Me desdigo de lo dicho. Empezando por lo que siempre he pensado de tu padre desde su infancia, pero la joven princesa egipcia es, en verdad, una niña aún, ¿no es así?

—No me dijo su edad, pero averigüé que tiene sólo once años —respondió Julia—. Se lo pregunté a mi atriense, que había estado hablando con algunos de los esclavos del séquito del faraón. Lo indagué porque la conversación de la princesa me pareció más propia de una persona mucho más madura, casi adulta. Y eso me sorprendió, así como su afabilidad, su ingenio y su belleza.

Aurelia miró a su nieta con vivo interés.

—Ciertamente, la joven princesa egipcia te ha impresionado.

—Sí, yo diría que lo ha hecho —añadió Julia, pensativa—. Me pregunto cuál será su destino… Por otro lado, se interesó bastante por padre.

—¿Por Cayo? —inquirió Aurelia.

Calpurnia también se mostró sorprendida y más atenta a la conversación, aunque guardaba un respetuoso silencio mientras hablaban abuela y nieta.

—Sí, por padre —confirmó Julia—. Se interesó porque pensaba que sólo era político y desconocía que un ciudadano romano ha de implicarse tanto en los debates del Senado o las asambleas como en la lucha militar. Eso pareció llamarle la atención y fue entonces cuando dijo algo curioso.

—¿Qué dijo? —inquirió Aurelia.

—Le pregunté si ella pensaba que Egipto necesitaba menos política y más un guerrero que luchara contra Roma. Y a esto me respondió que lo que necesitaba el reino del Nilo era un romano que luchara por Egipto.

Calpurnia mantuvo su silencio.

Aurelia asintió levemente y manifestó con brevedad, pero con contundencia, su valoración:

—No, no es la conversación propia de una niña.