
Eda
El arte de la guerra se basa en el engaño.
En los días lluviosos, encontraba el consuelo perfecto en la calma de no tener que ir a la biblioteca, disfrutando de lo que todos pensaban que era mi descanso semanal. Mientras el pueblo entero parecía detenerse, yo supuestamente me dedicaba a mi santuario personal: la cocina.
Sin embargo, mi padre y mi hermano estaban muy equivocados. Empleaba mis días libres de maneras que ellos ni siquiera podían imaginar.
Me posicioné con cuidado, los pies plantados con firmeza en el suelo y el peso equilibrado. Mis ojos se fijaron en el blanco buscando el punto exacto donde quería que impactara la daga. La respiración se volvió controlada y lenta, y retuve el aire justo antes del lanzamiento. Entonces, con un movimiento fluido y preciso, mi brazo se extendió hacia atrás y, en un instante, lancé la daga con todas mis fuerzas.
La hoja cortó el aire zumbando con una precisión letal y se clavó con un golpe sordo en el centro del árbol que había elegido esa vez, justo al lado del otro puñal que había lanzado anteriormente.
El metal brilló al sol antes de quedar incrustado en la corteza marcando con exactitud el punto que había visualizado.
Cada domingo, mientras mi hermano Nolan y mi padre se adentraban en el bosque para cazar, yo aprovechaba su ausencia para perfeccionar mis habilidades con las dagas. Esta práctica se había convertido en mi ritual secreto a lo largo de los últimos diez años. En la tranquilidad de nuestro entorno, dedicaba horas a lanzarlas una y otra vez contra el tronco de un viejo roble en el vasto bosque detrás de nuestra granja.
Aunque había ido a cazar con ellos un par de veces, nunca me complació la idea de matar animales. Prefería decirles que me quedaba en casa para practicar en la cocina, y ellos, sin sospechar la verdad, nunca se habían opuesto. Mientras creían que mejoraba mis habilidades culinarias, yo afilaba mi precisión y agilidad con las armas entre los árboles del bosque Lavender.
Nuestra casa se alzaba solitaria, alejada del bullicio del pueblo, envuelta por la espesura del bosque, que nos regalaba su sombra en los días más tórridos del verano.
Desde pequeña, mi infancia transcurrió entre los árboles y senderos que se extendían justo más allá del umbral de nuestra vivienda. Esta ubicación nos brindaba la ventaja de acceder con facilidad a recursos vitales: carne, leña, agua fresca. Poseíamos un establo sencillo, hogar de nuestros fieles caballos, y un gallinero cuyo cotidiano bullicio nos prometía huevos frescos. El huerto, mi dominio y orgullo, se desplegaba en un vibrante tapiz de verduras y hortalizas.
Las finas gotas de lluvia empezaron a mojarme el cabello anunciando la llegada de una tormenta. Arranqué las dagas incrustadas en el árbol y guardé cada una en una bota. Luego me dirigí de regreso a casa. En menos de veinte minutos, mi padre y Nolan estarían de vuelta, lo cual era perfecto.
Al entrar, me fui directamente a la cocina, adyacente al salón. Tomé el delantal que colgaba al lado del horno y me lo puse, atándomelo detrás de la cintura.
Abrí uno de los armarios para sacar la harina y con la mano esparcí un poco sobre mí y luego sobre la encimera para simular que había estado cocinando. Extraje una caja de galletas que había comprado el día anterior en la pastelería, las dispuse en una bandeja y las coloqué en el horno para calentarlas. Dos minutos era todo lo que necesitaba para que el olor de estas se esparciera por toda la casa.
Perfecto.
Al abrir la puerta del horno, el aroma embriagador de las galletas que no había horneado llenó el ambiente. Antes de agacharme, recogí mi cabello blanco en una trenza, y con extremo cuidado para evitar quemaduras, retiré la bandeja del pequeño horno de leña y la deposité sobre la encimera.
El sonido de la puerta de madera al abrirse me arrancó una sonrisa. Siempre tan predecibles y puntuales, igual que yo.
Mi padre, con su habitual aire de serenidad, entró en la habitación, seguido de cerca por mi hermano, que se dirigía a la chimenea cargando un montón de troncos.
El ruido de sus botas al pisar el suelo resonaba en el salón, mientras los pequeños charcos que dejaban tras de sí evidenciaban la fuerza de la lluvia que azotaba el exterior.
—Buenos días, cariño —me saludó mi padre acercándose a mí mientras mis ojos se desviaban hacia sus pies embarrados. Un suspiro escapó de mis labios—. Te prometo limpiar este desastre, pero antes permíteme probar esas galletas que has preparado —dijo, y besó mi mejilla derecha.
Puse los ojos en blanco como respuesta.
—Acabo de limpiar el suelo. Si tú no lo haces, lo hará él —le advertí lanzando una mirada amenazante a mi hermano—. De lo contrario, hoy no habrá galletas para nadie.
Asumir el papel de única mujer en el hogar venía con un abanico de responsabilidades que iban más allá de la simple supervivencia; se trataba también de tejer la felicidad en el día a día de nuestra familia.
Mi determinación era el pilar que mantenía el equilibrio en nuestro hogar, y no estaba dispuesta a ceder ante la menor señal de caos.
Mi padre, consciente de este límite tácito, se despojó de sus botas cubiertas de barro apenas cruzó el umbral y las dejó cuidadosamente en el suelo, siguiendo el protocolo no escrito de la casa. Mi hermano replicó el gesto y ambos avanzaron con cautela.
Desde mi posición, con los brazos cruzados y una ceja elevada en un gesto de autoridad, supervisaba sus movimientos.
Tras erradicar el caos, coloqué las galletas, ahora doradas, en un plato de cristal sobre la mesa del comedor. Mientras tanto, Nolan se dedicó a avivar el fuego de la chimenea, organizando meticulosamente los troncos que ambos habían acarreado.
—Las mujeres con carácter fuerte a menudo encuentran resistencia para conocer a un hombre —observó mi padre mientras se acomodaba en su sillón con un suspiro—. La idea de ser dominados por una mujer no es precisamente atractiva para muchos.
Se sirvió una galleta y su tono se suavizó un poco.
—Sin embargo, todos en esta casa somos conscientes de que tu madre tenía una visión diferente de las cosas. Ella desafiaba esas expectativas, y yo nunca pretendí adherirme a lo que la sociedad dicta sobre el papel de la mujer.
La muerte, ese inevitable destino, siempre llega demasiado pronto, en especial cuando se lleva al amor de tu vida. «Nunca hay un momento adecuado para decir adiós», me confesó en una ocasión, su mirada perdida en recuerdos.
No puedo imaginar el abismo que se abre al perder a tu alma gemela, pero conozco el dolor desgarrador de no ver más a una madre; la persona que te dio la vida, que te enseñó a encontrar la belleza en lo cotidiano.
Algunas pérdidas dejan un vacío profundo, otras nos roban el aliento. La sombra de su ausencia nos acompaña siempre; aprender a convivir con ella es la única forma de seguir adelante.
—Tengo principios, papá, y jamás los abandonaré —afirmé con convicción—. Mamá estaría orgullosa de ver que la casa no se cae a trozos gracias a mí —añadí lanzando una mirada cómplice y un guiño a Nolan.
—No tengo dudas, hermanita, aunque a veces seas insufrible —replicó mi hermano mientras se acomodaba a mi lado. Una sonrisa pícara iluminó su rostro mientras jugueteaba con mi trenza blanca, haciendo que mi cabeza se inclinara hacia atrás con un gesto teatral—. Estas galletas son tu obra maestra.
«Pobre, mi iluso hermano, como si yo supiera hacer galletas», pensé.
La lluvia persistía fuera, sus gotas acariciaban las ventanas, y en ese momento, aunque simple, se destilaba una felicidad pura y genuina. Estar en casa, en compañía de mi familia, me brindaba una sensación de plenitud difícil de describir.
Sin embargo, en el fondo de mi corazón sabía que aquella tranquilidad podía ser efímera.
Un relámpago rasgó el cielo y capturó al instante mi atención. Me lancé hacia la ventana cautivada por el resplandor.
—Cada vez que los veo, me fascinan más. Iluminan hasta el rincón más oscuro, ¿no es así, papá?
Él respondió con un gruñido y añadió:
—Asustan a los caballos y a las gallinas. El mal tiempo siempre trae complicaciones. —Estiró las piernas y las colocó sobre la mesa—. Nolan, revisa a los animales. No quiero sorpresas mañana.
Mi hermano y yo intercambiamos una mirada cómplice; él conocía mi pensamiento y yo anticipaba su reacción.
Me apresuré hacia la entrada e introduje los pies en las botas con agilidad; Nolan siguió mi ejemplo.
A diferencia de mi cabello blanco, Nolan lucía una melena rubia, herencia de nuestra madre, y unos ojos azules tan claros como los míos, que parecían reflejar el cielo de un día despejado.
No era solo el lazo fraternal lo que me hacía verlo con buenos ojos; era innegable que su atractivo causaba revuelo entre las jóvenes del pueblo.
Cada semana, como si fuera una tradición no escrita, alguna muchacha se acercaba a nuestro hogar para dejarle muestras de afecto: desde flores frescas dispuestas con esmero en nuestro porche hasta dulces caseros envueltos con delicadeza. Y, en ocasiones, cartas impregnadas de deseos y propuestas, deslizadas con sigilo bajo la puerta, en las que confesaban sentimientos profundos e insinuaban promesas de amor eterno o encuentros clandestinos.
Nolan, sin embargo, mantenía una distancia cortés, sin dar respuesta a esas cartas, sin mostrar interés alguno, lo que para mí siempre fue un misterio en el que, por alguna razón, nunca me atreví a indagar.
—Tu turno, princesa. —Nolan me cedió el paso con una reverencia fingida mientras abría la puerta para que yo avanzara primero—. Prepárate para la paliza de tu vida.
—Definitivamente, lo tuyo no es intimidar. No intentes copiarme.
Desde el porche de nuestra granja, hecho para soportar todas las temporadas, podíamos ver más allá de lo que considerábamos nuestro hogar en Valdemar. Nuestra vista pasaba por encima del pueblo, llegando hasta el mar que nos separaba de las misteriosas y prohibidas tierras de Pramvera.
Las normas, inquebrantables y respetadas por todos, dictaban que el mar solo debía ser surcado hasta donde la niebla lo consentía, esa espesa cortina que trazaba el fin de nuestro mundo conocido y que custodiaba secretos aún por descubrir, un lugar de leyendas.
Tomé una de las espadas de entrenamiento talladas en madera resistente que reposaba en la pared y la lancé hacia Nolan.
Aunque la tormenta había cesado, el cielo aún lloraba, dejando caer finas gotas que se entrelazaban con el aire fresco de la tarde.
—No te confíes demasiado; los dos sabemos que tengo la ventaja en este juego —afirmé con confianza empuñando otra espada.
Con un movimiento fluido apunté directamente hacia su pecho marcando el inicio del duelo.
—El hecho de que te haya permitido ganar algunas veces no te convierte en la campeona, hermanita.
Nolan, siempre listo para el reto, hizo chocar su espada contra la mía en un ataque oportuno.
No me pilló desprevenida, y mucho menos logró desarmarme. Mi mirada estaba fijada en su torso, planeando un golpe decisivo en la zona torácica superior.
Mi reacción fue veloz y retrocedí un paso con agilidad.
Conocía bien las intenciones de Nolan; su objetivo era asestarme un golpe en la costilla derecha.
Sujetando con firmeza la espada de madera, esquivé su ataque con un movimiento ágil y preciso. Luego canalicé toda mi fuerza y dirigí mi espada hacia arriba, golpeándole en el blanco que me había propuesto. Derrotado, Nolan cayó al suelo, lo que añadió un toque de dramatismo a nuestra contienda.
—Parece que has estado practicando más de lo que pensaba —comentó sacudiéndose las gotas de lluvia de su cabello.
No tenía ni idea.
—O tal vez simplemente te estás haciendo viejo —repliqué.
—Solo nos llevamos dos años, no soy tan viejo, Eda. Y la próxima vez, no esperes que te deje ganar tan fácilmente —aseguró mirándome desde el suelo.
—Promesas, promesas —dije, y giré mi espada en una floritura antes de devolverla a su lugar contra la pared—. Pero no te preocupes, siempre estoy lista para otro asalto.
—Admito que eres mejor que yo en esto, pero que no se te suba a la cabeza —añadió estirando los brazos y las piernas en forma de estrella sobre la hierba. Le di una patada suave en el costado derecho como señal de protesta—. ¡Eso ha dolido!
—¿Ahora quién es el bebé de la casa? —Adopté una expresión de tristeza para burlarme un poco más.
—Tú siempre has sido el bebé de la casa.
Me acomodé a su lado sobre la hierba mojada. Mi pelo estaba completamente empapado y el agua me calaba la ropa, pero eso era lo de menos en ese momento.
—No soportaría la idea de que te fueras, Nolan —hablé con voz temblorosa, llena de miedo—. No deberías irte, incluso si te reclutan. Podríamos huir, marcharnos lejos con papá, cruzar el bosque, buscar un refugio al otro lado de las montañas…
Mis palabras se ahogaron en un sollozo, incapaz de enfrentarme al pensamiento de perder a mi hermano.
—Si me eligen, debo aceptarlo, Eda, es por el bien de nuestra familia, por mi honor —Nolan se enderezó—, pero ¿y si te eligen a ti? ¿Lo has considerado?
La posibilidad había cruzado mi mente más veces de las que podía contar. Podía ser él o podía ser yo.
—Tengo la sensación, Nolan, de que este año tú eres su objetivo… Podríamos huir juntos, deberíamos…
—Nos encontrarían, Eda. No podemos escapar de ellos. —Su mirada se perdió en el horizonte del mar.
—No necesitan humanos; son lo bastante poderosos para enfrentarse a cualquier amenaza por sí mismos —repliqué con la frustración burbujeando dentro de mí—. La fuerza de uno de esos demonios supera con creces la nuestra. No entiendo qué es lo que realmente quieren de nosotros.
Me incorporé y comencé a arrancar uno por uno los manojos de hierba canalizando mi frustración en ese simple acto.
La incertidumbre envolvía la verdadera esencia de esos entes denominados demonios. En Valdemar, las leyendas describían a esos seres como criaturas sin alma, monstruos hambrientos de carne humana. Pero su verdadera naturaleza seguía siendo un enigma para todos.
Cinco mortales de nuestras tierras, elegidos con un propósito aún más velado por secretos, partían hacia un destino envuelto en profundas incógnitas. Con despedidas cargadas de pesar, dejaban atrás hogares y seres queridos, conscientes de que su partida marcaba un adiós sin retorno, un camino hacia lo desconocido del cual no volverían.
Como si estuviera alineado con los ciclos lunares, cada cuatro años y puntual como un reloj, un barco levaba anclas en el puerto de la gran ciudad de Valdemar, lleno de aquellos marcados por un destino inescrutable hacia las costas nebulosas de Pramvera, sin importar si eran hombres o mujeres.
Sin embargo, había un patrón no escrito pero observable en el que los elegidos solían tener edades comprendidas entre los veinte y los treinta años, una etapa de la vida llena de un potencial aún por descubrir.
—Quizá buscan algo más que fuerza bruta. Algo que está dentro de nosotros y que ni siquiera sabemos que poseemos —respondió Nolan con tranquilidad.
—Pero ¿por qué nosotros? ¿Qué tenemos que ellos no puedan encontrar en otro lugar?
—Tal vez no se trate de lo que tenemos, sino de lo que podemos llegar a ser.
—Eso no me hace sentir mejor. Saber que podríamos ser algo más no cambia el hecho de que podríamos perderlo todo —contesté buscando en sus ojos alguna señal de duda.
—Nada está escrito en piedra, Eda. Nuestros destinos aún no están decididos. Hasta que llegue ese momento, tenemos que seguir viviendo nuestras vidas sin miedo a lo que pueda venir —me contestó al tiempo que me ofrecía su mano para ayudarme a levantarme.
Tomé su mano para impulsarme y ponerme en pie, y juntos miramos hacia el mar, que se fundía con el cielo en un horizonte frágil como nuestra situación.
En torno a Pramvera se entretejían mitos y leyendas oscuras que la describían como una tierra desolada, dominada por seres de una ferocidad implacable, guerreros carentes de cualquier vestigio de humanidad, cuya sola mención era capaz de infundir un terror profundo. Pero ¿cuál sería entonces el verdadero motivo de nuestro reclutamiento?
Si la intención de estos seres fuese nuestra aniquilación, bien podrían haberse desplegado sobre nuestras tierras hacía siglos, erradicando de raíz a la humanidad, liberándose de lo que para ellos sería una molestia.
Con el alba asomándose tímidamente entre las nubes, me preparé para un día más de trabajo en la biblioteca.
El camino hacia el pueblo nunca se me hacía largo. Aunque era pequeño y no tenía muchos habitantes, había algo reconfortante en su cercanía a la gran ciudad, como si pudiera disfrutar de lo mejor de dos mundos.
Las calles estrechas y de piedra no hacían de este uno de los pueblos más bonitos de Valdemar, pero aun así, era mi hogar. Saludaba a todo aquel con quien me cruzaba; era lo habitual allí, una muestra de lo unidos que estábamos en nuestra pequeña comunidad.
Al entrar en la biblioteca, sentía como si cruzara el umbral a otro mundo. La puerta de madera, adornada con una campana que tintineaba al abrirse, me recibía con calidez. Aunque el espacio era modesto, las estanterías repletas de libros se elevaban hasta casi rozar el techo, cada tomo susurrándome historias desde su repisa.
En ese lugar, mi santuario, el tiempo parecía detenerse. Podía pasar horas leyendo, completamente absorbida en un mar de palabras y mundos distantes.
—Buenos días, Theo —saludé con voz suave al entrar.
El bibliotecario del pueblo había sido una constante en mi vida desde mis primeros recuerdos. Siempre lo consideré la persona más sabia que había conocido.
Desde niña, pasaba horas en la biblioteca, devorando libros y perdiéndome entre las historias. Fue así como, con el paso del tiempo y viendo el cansancio acumulado en los años de Theo, se me ofreció la oportunidad de ayudarlo. Era mi manera de devolverle algo por todo el conocimiento que me había brindado.
—Ya están todos sentados, señorita Eda. —Theo señaló hacia la pequeña chimenea en la esquina, nuestro acogedor rincón de lectura, como solíamos llamarlo—. Han madrugado bastante, parecen ansiosos por que termines de leerles el libro.
Me dirigí hacia allí, donde ocho pequeñas figuras me esperaban con una expectación palpable en los ojos. Se habían acomodado en torno a la lumbre, nuestro lugar especial para sumergirnos en historias y aventuras.
La luz suave del fuego danzaba en sus caras ilusionadas, cada uno con la mirada fija en mí, listo para escuchar la continuación de la historia que había quedado pendiente la sesión anterior.
—Veo que estáis impacientes por descubrir cómo continúa la historia —dije acomodándome entre ellos.
Con entusiasmo y en un silencio respetuoso, me hicieron hueco. Tomé el libro y lo abrí por la marca que había dejado la última vez.
—«En un reino lejano, coexistían dos fuerzas poderosas: el yin y el yang —comencé captando la atención de los niños—. Estas fuerzas eran opuestas, pero, al mismo tiempo, se necesitaban la una a la otra para existir. El yang representaba la luz, la bondad y la paz; mientras que el yin era la oscuridad, la maldad y el caos».
Uno de los niños, con la curiosidad brillando en sus ojos, preguntó con inocencia:
—Pero, señorita Eda, ¿eso significa que el yin es malo?
Sonreí ante su pregunta.
—No exactamente —respondí—. Lo interesante del yin y el yang es que nos enseñan que no todo lo que parece malo lo es. Y lo que consideramos bueno también puede tener su lado oscuro. Se complementan, creando un equilibrio perfecto en el mundo.
Otra niña, con una mirada pensativa, añadió:
—Entonces ¿dentro de lo malo puede haber algo bueno?
—Ajá —dije asintiendo con aprobación—. Dentro de la oscuridad del yin, hay una pequeña luz, y en la claridad del yang, una sombra. Juntos, forman un círculo perfecto, donde cada parte tiene un poco de la otra.
Los niños se miraron entre sí mientras reflexionaban sobre el concepto.
—¿Y cómo sabemos cuál es cuál? —preguntó otro frunciendo el ceño.
—A veces no es fácil —admití—. Pero es importante recordar que nuestras acciones y decisiones pueden inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro. Al final, lo que importa es buscar el equilibrio, aceptar que todos tenemos luz y sombra dentro de nosotros, y que está en nuestras manos decidir cómo las usamos.
Los niños asintieron, algunos todavía con dudas, pero visiblemente intrigados por la idea de que el bien y el mal no fueran conceptos absolutos, sino relativos y complementarios.
—Entonces ¿el yin y el yang son amigos? —preguntó un niño con una sonrisa tímida.
—Sí, podríamos decir que son los mejores amigos —concluí con una sonrisa—. Porque uno no podría existir sin el otro, y juntos hacen que el mundo sea un lugar más completo y equilibrado.
Los niños se quedaron en silencio por un momento procesando la historia. Luego sus rostros se iluminaron con una comprensión nueva y continuamos con la lectura, explorando juntos las maravillas y los misterios de un mundo donde el bien y el mal se entrelazaban de maneras inesperadas.
Una vez finalizada la sesión de lectura, se dispersaron en un alegre bullicio, dejándome a solas con Theo en una calma que nos envolvió.
Nos embarcamos juntos en la tarea de reordenar los libros y limpiar el polvo acumulado, un ritual que siempre seguía a nuestras reuniones. Esa mañana, rodeada del silencio reconfortante de la biblioteca, decidí emplear mi tiempo en una labor de cuidado y preservación de los libros.
Theo se despidió para dirigirse a casa tras la pausa del almuerzo, dejándome entregada a mi tarea.
Mientras estaba absorta en la revisión de unos documentos, un crujido sutil irrumpió en el silencio, un sonido que recordaba al de pasos deslizándose sobre la madera antigua del suelo. Sin embargo, la campana situada en la entrada no había anunciado la llegada de visitantes.
Ningún eco había precedido a ese ruido, ninguna sombra había cruzado el umbral.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté mientras me ponía de pie, decidida a investigar.
Me dirigí hacia la entrada y descubrí que la puerta estaba abierta de par en par y se movía con suavidad.
Con gesto firme la cerré, sintiendo el peso de la madera contra mis manos, y volví a adentrarme en la penumbra de la biblioteca. A pesar de haber sellado la entrada, el inquietante sonido de pasos seguía resonando a lo largo de los pasillos oscuros.
Cada uno de mis movimientos era más cauteloso, el silencio a mi alrededor se hacía más denso, solo roto por el latido acelerado de mi corazón, que parecía retumbar con fuerza en mis oídos.
Anduve hacia el lugar del que emanaba aquel sonido, y al llegar al punto donde esperaba encontrar una presencia, no había nada. Solo el vacío y el eco de mi propia respiración.
Y entonces la vi.
Una diminuta esfera de llamas azules emergió flotando en el aire justo sobre el libro que había estado leyendo a los niños.
La esfera no emitía luz como una vela o una lámpara; su resplandor azul era suave, envolvente, como si absorbiera la oscuridad a su alrededor domándola. Además, parpadeaba, parecía estar viva, y me hipnotizó al instante.
«Magia…».
No era solo una simple luz. Había algo profundamente mágico y enigmático en ella, una presencia que me atraía sin palabras.
Me quedé allí, inmóvil, sin saber qué hacer, observando cómo la esfera azul flotaba suavemente.
—Eda, ¿has acabado ya? —Nolan entró en la biblioteca y, con su presencia, la luz desapareció como si nunca hubiese estado allí—. He pensado en volver juntos a casa.
Por un momento me quedé sin habla.
«¿Qué acaba de pasar?».
—Eh…, sí, enseguida voy. Cojo mis cosas, un segundo.
Las preguntas giraban en mi cabeza como un carrusel frenético. Aquella esfera azul, tan misteriosa y desconocida, no se parecía a nada que hubiera conocido o sobre lo que hubiese leído antes. Me consumía la necesidad de entender su naturaleza, su propósito, su origen…
«¿Qué era esa luz de fuego azul?¿Y por qué ha hecho crujir la madera?».
Al cruzar el umbral de nuestra casa, el cálido resplandor de la chimenea me envolvió como un abrazo, disipando el frío penetrante que se había clavado en mi piel a lo largo del día.
Mi padre estaba allí, de pie ante el fuego, absorto en el hipnótico vaivén de las llamas. En sus manos temblorosas se encontraba un trozo de papel que parecía pesar más de lo que su apariencia sugería. Mi hermano lo observaba sin atreverse a pronunciar palabra.
Por un momento mi corazón se detuvo.
Sentía en lo más profundo de mi ser lo que significaba.
La simple visión de ese papel en las manos de mi padre era suficiente para avivar la ansiedad que había intentado mantener a raya durante las últimas semanas.
—¿Eso es una carta, papá? —pregunté; mi voz apenas fue un susurro en el silencio que nos rodeaba, roto únicamente por el crujir y chisporrotear de la madera consumiéndose.
Mi padre levantó la vista hacia nosotros.
El silencio se prolongó y se hizo casi tangible, hasta que finalmente habló.
—Son dos cartas. —Mi mundo se detuvo por completo—. Una para ti, Nolan, y otra para ti, Eda. Son del Parlamento. —La noticia cayó sobre nosotros como una losa, pesada y fría—. Los dos habéis sido reclutados.

Eda
—¡No vamos a dejarte solo, papá! —La voz de mi hermano retumbó en el pequeño salón—. Pero ¿qué pasará con la granja? Tú solo no puedes con tanto trabajo; tu espalda ya no te lo permite. Ni Eda ni yo estaremos aquí para ayudarte.
—La granja ha sobrevivido a muchas cosas, hijos. Antes de que vosotros crecierais, yo manejaba todo solo y lo haré otra vez si es necesario —dijo mi padre—. Podemos contratar ayuda si hace falta, tenemos dinero. Lo importante ahora es que vosotros hagáis lo que debéis. No os preocupéis por mí ni por la granja.
—Antes no llevabas el peso de los años sobre tus hombros, pero ahora las cosas han cambiado, papá —repuse, mi preocupación por él clara en mi tono—. No puedes encargarte de todo solo. Esto es distinto.
—El tío Marten me ayudará, sus hijos son jóvenes y fuertes. Se vendrán a vivir aquí.
—¿Y qué pasa si a ellos, en unos años, también los reclutan?
La preocupación en la voz de Nolan llenó el aire de la granja. Sus palabras se acompañaban de gestos expresivos; sus brazos agitándose de arriba abajo.
La certeza de que nuestra despedida podía ser definitiva pesaba dolorosamente sobre nosotros. Mi padre se enfrentaba a la posibilidad de perder no solo a un hijo, sino a ambos.
La ausencia de mi madre había dejado una marca indeleble en él, un hombre cuya fortaleza se había visto mermada no solo por el paso inexorable del tiempo, sino también por el peso del duelo. Las señales del cansancio y el dolor físico resultaban evidentes, aunque él luchaba por mantenerlas ocultas mostrando una resistencia que iba más allá de lo físico.
—Eso no va a pasar. Los hijos pequeños de Marten son jóvenes todavía. Y el hermano mayor ya ha pasado los treinta años —aseguró mi padre, que se giró hacia la chimenea sosteniendo las cartas entre sus dedos. Estas parecían quemarle más la mano que las propias llamas del fuego.
—¿Acaso Eda es la hermana mayor, papá? No. Lo soy yo. Yo soy el que tiene que ir, no ella.
—Nolan, no hables como si yo no estuviera delante —intervine. Estaba harta de que me trataran como a una niña, cuando ya no tenía edad para que me hablaran así—. Yo también formo parte de esta conversación —expresé, luchando contra la sensación de pequeñez—.¡Mi nombre está en esa carta! ¡Yo también tengo voz y voto en esto!
Mi hermano se giró hacia mí con una resolución que rara vez había visto en él antes.
—Eda, tú no tienes voz ni voto en esta conversación porque tú no vas a ir a ninguna parte —dijo, su voz llena de una autoridad que dejaba poco espacio para la réplica. Luego volvió su mirada hacia nuestro padre—. Esto ha sido un error. Iremos al parlamento y resolveremos esto.
La rabia comenzaba a hervir en mi interior y amenazaba con desbordarse por las puntas de mis dedos como si quisiera escapar a través de mis uñas.
—¡La decisión ya está tomada, Nolan! No hay vuelta atrás.
Observé la mano de mi padre, que aún temblaba.
En su dedo anular resaltaba el anillo de promesa de mi madre, idéntico a aquel que él le había entregado en señal de su amor y compromiso. Recordé el día en que lo llevó a arreglar para que se ajustara a la perfección al ancho de su dedo.
Desde aquel momento, no se lo había quitado ni una sola vez, un recordatorio constante de la vida que habían construido juntos.
—¿Qué pone en la carta, papá? —pregunté.
Mi padre extendió su mano hacia mí.
—Esta es la que lleva tu nombre.
Al tomarla, sentí la textura del papel entre mis dedos, un contacto físico que de alguna manera hacía más real la situación. La carta en mis manos simbolizaba el umbral hacia lo desconocido, una invitación —o, más bien, una convocatoria— a un destino que hasta ahora había sido solo materia de leyendas y susurros.
Estimada señorita Eda:
Por la presente, nos dirigimos a usted en calidad de representantes del ilustre Parlamento de Valdemar para comunicarle una decisión de suma importancia y trascendencia. Tras una cuidadosa deliberación, ha sido usted seleccionada como una de las distinguidas jóvenes que serán reclutadas este año para emprender el viaje hacia Pramvera, en compañía de otros honorables seleccionados cuyas identidades tendrá el privilegio de descubrir en breve.
Por tanto, se le informa que, en la víspera de la próxima jornada, con el ocaso como testigo, un carruaje dispuesto por este augusto cuerpo arribará a su morada para conducirla hasta la sede del Parlamento. Se le exhorta encarecidamente a abstenerse de llevar consigo bienes de carácter personal, y a asegurarse de permanecer en su residencia a la espera de dicho transporte.
Lamentamos cualquier inconveniente que este mandato pueda ocasionarle y le expresamos nuestra más sincera gratitud por su comprensión y cooperación ante este llamado de ineludible cumplimiento.
Atentamente,
el Parlamento de Valdemar
Leí la carta en voz alta, sintiendo cómo cada palabra pesaba en mi alma y adquiría un sabor amargo al pronunciarla. A pesar de la pesadez en mi corazón, mi voz no flaqueó. La notificación nos concedía apenas un día para despedirnos de nuestras familias, un lapso efímero antes de que nuestras vidas se transformaran de forma irrevocable.
Quizá esta prisa era una táctica deliberada para impedirnos procesar plenamente lo que estaba pasando, o para evitar que contempláramos la posibilidad de huir.
La idea de escapar se desvanecía como una ilusión.
No había escapatoria.
—Nos vamos al bosque Lavender —declaró Nolan—, llevaremos tres caballos y suficientes provisiones para varias semanas. Buscaremos refugio más allá de las tierras de Valdemar.
Mi hermano recorría el salón de un lado a otro, su mano acariciándose constantemente la frente en un gesto que parecía buscar claridad en medio de la confusión.
—¿Y si no hay nada más allá del bosque? —interrumpió mi padre, agarrándolo por el hombro para detener su incesante caminar—. ¿Y si el bosque nunca termina? Lo hemos recorrido muchas veces explorando con los caballos y nunca hemos encontrado el final.
Era una verdad ineludible.
Incluso desde nuestra granja, ubicada en las afueras del pueblo, el bosque Lavender estaba lo bastante cerca como para ser una presencia constante en nuestras vidas. Existían leyendas terribles sobre él, pero no relatos de lo que yacía más allá. La razón era simple: nadie había cruzado su densidad para contar qué había al otro lado.
¿Podía ser que el bosque tuviera un final? ¿Y si más allá de su umbral se extendían tierras desconocidas, repletas de vida y posibilidades?
—Lo encontraremos —replicó Nolan.
—¡No vamos a ir a ninguna parte! —hablé finalmente, silenciando la habitación—. Yo me subiré a ese barco, porque como tú siempre me has dicho —dirigí mi mirada hacia Nolan— es nuestro deber. Porque si no voy yo, irá otra persona en mi lugar y no puedo permitirme cargar con esa culpa. Además, el castigo por no hacerlo podría ser mucho peor. No permitirán que nadie deje Valdemar. Puede que ya haya guardias del Parlamento escondidos entre los árboles, vigilando cada uno de nuestros movimientos hasta que mañana por la tarde vengan a por ti y a por mí. Así que fin de la discusión.
Estaba cansada de que otros tomaran decisiones en mi nombre, sobre todo cuando era perfectamente capaz de hacerlo por mí misma. Comprendía que su intención era protegerme, pero este acto bienintencionado solo servía para subrayar una imagen de debilidad que no me representaba.
Decidida a reclamar mi propio espacio y pensamientos, salí de nuevo al exterior. Cerré la puerta de la casa tras de mí con un portazo.
Nadie me siguió. Y eso era justo lo que quería.
Me encaminé hacia el establo, impulsada por una necesidad urgente de alejarme, de respirar aire fresco en la tranquilidad que ofrecía el paisaje abierto. Necesitaba despejar mi mente, y sabía que no había mejor manera para mí que cabalgar.
—Hoy, Vienna, es un día difícil, pero estoy segura de que cabalgando juntas podremos hacer que mejore un poco, ¿no crees?
Con cuidado y destreza, coloqué la montura sobre su espalda, asegurándome de que todo estuviera en su lugar. La suavidad de sus crines contrastaba con el roce firme de mis manos.
Al cerrar la puerta del establo, un murmullo de agradecimiento pareció emanar de Vienna, como si reconociera nuestra conexión especial. Una vez en la silla, me dejé llevar por la gracia de su galope y nos sumergimos juntas en la libertad del bosque.
Eché un vistazo entre los árboles en busca de algún indicio de la presencia los guardias del Parlamento, pero no había señales de ellos. Con el camino despejado, me dispuse a continuar.
—¡Más rápido! —le ordené a la yegua.
La brisa matutina rozaba mi rostro llevándose la pesadez y dejándome en un estado de liberación total en que los pensamientos se disipaban con el viento.
«Más rápido».
Vienna, mi fiel compañera, galopaba con habilidad por el sendero de tierra, como si conociera cada recoveco.
El misterio de mi reclutamiento se anudaba en mi mente, un enigma que se intensificaba con el recuerdo de la luz azul que había irrumpido en la biblioteca. Aquella aparición insólita no hacía más que sumar interrogantes a una ya extensa lista de incógnitas.
¿Qué significaba todo eso?
El cielo se tornó gris por las nubes oscuras que avanzaban desde el norte. Pequeñas gotas de agua salpicaron el pelaje de Vienna y empaparon gran parte de mi ropa, pero no era la primera vez que cabalgaba bajo la lluvia.
Empujé a mi yegua a cambiar de dirección, buscando refugio en una cueva que sabía que estaba cerca. Vienna incrementó su velocidad.
A un relámpago lo siguió casi inmediatamente un trueno ensordecedor, tan potente que pareció sacudir la misma tierra bajo nosotros. El estruendo tomó por sorpresa a Vienna, que, por puro reflejo, se levantó sobre sus patas traseras en un movimiento brusco.
La súbita acción me pilló desprevenida y, antes de que pudiera afianzarme, me encontré desprendiéndome de la silla y cayendo hacia la tierra.
Todo se volvió borroso.
Mis ojos se abrieron de golpe.
Estaba tumbada en la tierra mojada, empapada hasta la médula.
Alcé la cabeza y miré a mi alrededor; árboles y más árboles. No reconocí el lugar.
Con ayuda de las manos, me incorporé y me puse de pie con cuidado al tiempo que me sacudía las hojas que se habían pegado a mi ropa.
Sentía que me iba a explotar la cabeza.
Me toqué el costado derecho, que me dolía rabiar. Levanté el jersey manchado por el barro, y no encontré ninguna herida de importancia.
Desorientada, busqué con la mirada a Vienna, pero no había ni rastro de ella.
Decidí moverme lentamente por el bosque, buscando alguna marca o pista sobre dónde habría podido ir después de los truenos que la habían asustado. Levanté la mirada hacia el cielo; ya no había tormenta, había dejado de llover y solo quedaban algunos nubarrones negros.
«¿Cuánto tiempo habrá pasado desde la caída?».
Aceleré el paso mientras sacaba la daga que había guardado con cuidado en mi bota.
Olvidé el dolor que sentía en el torso y que me hacía contraerme a cada paso y emprendí la búsqueda de mi yegua.
No sabía con exactitud las horas que habían transcurrido desde que había salido a cabalgar, pero el sol amenazaba con esconderse tras las montañas.
Con la daga en la mano, en alerta por el peligro que podía acechar en el bosque, el miedo se apoderaba cada vez más de mí, haciendo que pensara en horribles posibilidades. El aire movía las hojas de los árboles y creaba un sonido silbante que me hacía girarme con brusquedad hacia atrás de vez en cuando.
Aunque aún había suficiente luz para caminar, sabía que pronto me sumergiría en la oscuridad.
Llamé a Vienna un par de veces, pero no obtuve respuesta.
Anduve por un sendero frondoso, donde la vegetación era aún más asombrosa. Los troncos, de un marrón oscuro, se alzaban junto a árboles altos con hojas verdes y un toque rojizo bajo la luz del sol. A medida que avanzaba, el sonido del agua cayendo en cascada resonaba a lo lejos.
«Conozco ese lago».
De pequeña solía pasar en él las tardes de verano con Nolan, bañándonos y jugando hasta que el sol se ocultaba.
«Vienna debe de estar allí».
Escogí un camino a la derecha y me adentré en él, dejando atrás el sendero frondoso. Era difícil avanzar entre zarzales y malezas traidoras, especialmente con el torso dolorido por la caída. Sin embargo, al cabo de unos segundos pude ver el agua entre los árboles y el relincho de un caballo me hizo parar en seco.
La había encontrado.
Avancé más rápido sorteando el barro con destreza. Una sonrisa de alivio iluminó mi rostro al hallar a Vienna bebiendo del lago. Pero para mi sorpresa no estaba sola.
Mis dedos se tensaron alrededor del mango de la daga y palidecieron hasta volverse blancos por la fuerza con la que la sujetaba. El miedo se apoderó de mí por completo e invadió cada rincón de mi ser. Un escalofrío intenso y desconocido me recorrió de pies a cabeza, paralizando mi respiración y borrando de mi mente cualquier pensamiento claro sobre lo que buscaba.
Permanecí inmóvil, mis ojos fijos en la figura de un hombre que, con gestos suaves, acariciaba a mi yegua mientras esta bebía tranquilamente del lago azul.
Aunque se encontraba de espaldas a mí, estaba segura de que era consciente de mi presencia. No se había girado para mirarme, pero el ligero endurecimiento de su postura indicaba que había detectado mi llegada.
Me había escuchado, sabía que estaba detrás de él.
La figura ante mí era imponente, alcanzando fácilmente los dos metros de altura. Llevaba puesto un uniforme de guerra de color ébano que se adhería a su cuerpo como si fuera una segunda piel y que delineaba con claridad cada contorno muscular de su corpulento cuerpo.
Se me antojó implacable, como si nadie lo hubiese tocado nunca.
Me detuve a observar los detalles de su indumentaria de combate, particularmente llamativa por las dos espadas de hoja de obsidiana que llevaba cruzadas en la espalda. Esas armas, destacadas por su brillantez negra, estaban sujetas en forma de equis por unas correas que parecían cobrar vida con ondulantes… llamas negras.
Todo a mi alrededor pareció detenerse en ese momento de puro terror.
Las llamas, a pesar de su aspecto feroz, no quemaban el tejido, sino que se entrelazaban alrededor de las espadas y las correas, manteniéndolas en su lugar con una firmeza casi sobrenatural.
Giró su cabeza lentamente para observarme y yo no aparté los ojos de ese… ser. Mi corazón se aceleró, un vuelco inesperado que cortó mi respiración. Me encontré por completo paralizada, como si de repente el suelo bajo mis pies se hubiera convertido en cemento y me anclase al lugar, incapaz de moverme mientras el tiempo parecía detenerse a mi alrededor.
No era mortal.
Sus ojos, de un verde esmeralda intenso, recorrieron meticulosamente cada centímetro de mí, desde los pies hasta la cabeza, como un depredador que evaluaba a su presa.
Cada línea de su cuerpo parecía esculpida con precisión, desde los músculos que delineaban su figura hasta la manera en que su cabello oscuro caía descuidadamente sobre su frente.
«Un guerrero sin alma. Un demonio».
—Bonita yegua —susurró el extraño, su voz tan fría que parecía congelar el aire a su alrededor. Sus dedos rozaron el lomo del animal con una suavidad inquietante—. En mi tierra no nos molestamos en criar caballos. Las criaturas que habitan allí los devorarían antes de que pudieras siquiera contar hasta diez, no dejarían ni los huesos para recordarlos.
«Pramvera».
Iba a morir, cada vez lo tenía más claro.
El miedo se apoderaba de mí mientras retrocedía y mis pies tropezaban con la tierra húmeda y resbaladiza. Cada célula de mi cuerpo se había tensado en respuesta al peligro, consciente de la presencia de ese ser que traía consigo un manto de sombras, oscuridad y amenazas que parecían devorar la luz a su paso.
La incertidumbre crecía con cada palabra que resonaba en el aire. ¿Qué aspecto tendrían esas criaturas? ¿Acaso los mortales reclutados serían simplemente alimento para esas bestias despiadadas de Pramvera?
Tomé una profunda bocanada de aire intentando calmar el ritmo frenético de mi corazón. Nuestros ojos seguían entrelazados en un silencioso duelo, midiendo cada movimiento, cada gesto.
La llama negra que brotaba de su espalda y sostenía sus espadas danzaba con una gracia tenebrosa. ¿Emanaba de él mismo aquel fuego? ¿Podría quemarme si intentaba tocarlo? Por un instante, la idea de extender la mano hacia él cruzó mi mente en una curiosidad mórbida por tocar aquel fuego oscuro.
No, definitivamente no le tocaría.
—Aléjate de mi yegua, demonio —escupí con una rabia imprudente—. Sobre mi cadáver permitiré que te la lleves para alimentar a tus horribles bestias.
Una risa profunda y siniestra brotó de su garganta y creció en intensidad hasta llenar el espacio entre nosotros. El sonido era tan perturbador que parecía que el mismo aire temblaba.
Mientras reía, sus labios se curvaron hacia arriba y revelaron una hilera de dientes anormalmente blancos y perfectos, tan impecables que resultaban casi sobrenaturales en su brillo. Cada carcajada era un insulto directo no solo a mis palabras, sino a mi existencia.
—¿Demonio? ¿Acabas de llamarme así? —Su voz se deslizó entre diversión y amenaza mientras daba un paso hacia mí. Por instinto retrocedí, tratando de mantener la distancia—. Pero hoy es tu día de suerte —continuó, una sonrisa oscura curvando sus labios—. Estoy de buen humor…, por ahora.
Con un gesto deliberado dejó caer su mano de la yegua y avanzó otro paso hacia mí. Su mirada me recorrió y pasó de la daga a mi cabello desordenado, deteniéndose un momento en mis ojos, como si evaluara cada rincón de mi ser, disfrutando del miedo que seguramente reflejaban mis ojos.
—¿Qué queréis de nosotros?
Las palabras se escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas, y al instante supe que había cometido un error. Sentí como si cada segundo que pasaba sellara mi destino.
—¿Nosotros…? —murmuró él, su voz apenas un susurro, cargada de una ironía maliciosa.
—¿Vas a matarme ya? Si es así, hazlo de una vez. —Intenté sonar desafiante, pero incluso yo podía escuchar el temblor en mi voz. Su mirada se oscureció, y en sus ojos vi el cálculo frío, cómo sopesaba deshacerse de mí, una simple mortal con una daga frente a sus dos letales armas—. Prefiero que lo hagas aquí; al menos así evitaré un destino peor.
Él esbozó una sonrisa lenta y cruel, casi deleitándose en mi miedo.
—Interesante… —Su tono era burlón, casi contemplativo—. Hoy seré un demonio misericordioso y te dejaré corretear por el bosque con tu yegua.
Mi mente se debatía entre la incredulidad y el terror. «¿Es una trampa? ¿Otra forma de tortura psicológica? ¿O realmente me está dando una oportunidad para escapar?».
—Los demonios no conocéis la misericordia; no sabéis lo que es la piedad cuando se trata de inocentes. —Trataba de mantener la voz firme, pero el miedo se filtraba en cada palabra.
Di un paso hacia adelante, pero un dolor agudo en mi torso me hizo tambalear. Él lo notó y su mirada bajó hasta la herida que intentaba cubrir con la mano, mientras la otra sostenía temblorosa la daga.
Él sabía que estaba herida.
—¿Es eso lo que creéis que hacemos? —Hizo una pausa, disfrutando de la tensión que crecía entre nosotros antes de continuar—: ¿Matar?
—Creo que matarnos es lo menos cruel que podríais hacer con nosotros. —Mi voz se quebró al final, revelando el pánico que intentaba contener.
—En eso puedo estar de acuerdo, señorita… ¿Cómo se llama? —preguntó con una inclinación de cabeza, una falsa cortesía mientras las llamas a su alrededor parecían vibrar con su voz.
—¿Por qué quieres saber mi nombre?
Su risa resonó en el aire, profunda y estruendosa, y el sonido hizo que mi corazón diera un vuelco.
—Había olvidado cómo podías…, cómo podían ser de impertinentes y maleducados los mortales. —Chasqueó la lengua con una mezcla de diversión y desprecio—. Quiero saber tu nombre porque, sin él, no podré dormir tranquilo esta noche.
Dio un paso hacia mí, su presencia parecía oscurecer aún más el entorno.
—Ni un paso más o esta daga irá directa a tu cabeza —le advertí, aunque mi mano temblaba mientras apretaba con fuerza el mango.
Sus ojos bajaron lentos hacia la daga y la observaron con una calma perturbadora.
—¿De verdad piensas usarla? ¿Sabes siquiera cómo manejarla? —dijo con desprecio avanzando otro paso.
—Sé usarla, y no dudaré en hacerlo si es necesario, demonio —le espeté mientras la levantaba y apuntaba con ella directamente a su cabeza.
Una sonrisa torcida se formó en sus labios.
—Yo que tú bajaría ese juguete —murmuró con burla—. No por miedo a mí, claro…, pero no creo que él esté muy contento con lo que estás a punto de hacer.
En ese instante, un estruendo cortó el silencio arrancándome de mis pensamientos. El relincho temeroso de mi yegua llenó el aire, un sonido agudo que traspasó el miedo a mis huesos.
Actué por instinto y mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera procesar del todo la situación.
Bajé la daga y corrí hacia ella, mis pasos resonando en el suelo húmedo. Pasé rozando al demonio y lo dejé atrás con una proximidad peligrosa, cada paso adelante era una invitación tácita para que él pusiera fin a todo.
Sujeté las riendas, atrayendo la montura hacia mí, y deslicé suavemente las yemas de mis dedos por el cuello de mi yegua en un intento por transmitirle calma.
Me esforcé por mantener la serenidad tanto en mi mente como en mi cuerpo, por controlar el ritmo acelerado de mi corazón para evitar que Vienna cayera en un estado de pánico.
Miré atemorizada hacia la otra parte del lago, donde el sonido se hacía cada vez más fuerte, más atronador, como si los árboles del bosque se desplomaran en la tierra en un efecto dominó, cayendo uno detrás de otro y creando así una nube de polvo que me hizo toser con fuerza. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca totalmente seca, no podía respirar.
«Sin duda alguna, el demonio no ha venido solo».
Segundos más tarde, una descomunal, terrorífica y malévola criatura se cernió sobre el lago, y su enorme figura se reflejó en las aguas cristalinas.
No tenía palabras para describir a esa colosal y pesada bestia negra que debía de alcanzar más de treinta metros de altura y que sobrepasaba los cien de longitud. Tenía un enorme pecho y un largo y ondeado cuello.
Su cabeza me recordaba a la de un caballo, pero sobre ella sobresalían unos cuernos color púrpura que se asemejaban a los de un ciervo. Al final de sus cuatro patas se encontraban unas garras que se parecían a las de una feroz águila, y su cuello y su cola eran similares a las de una gigantesca serpiente.
Su piel estaba recubierta por unas grandes y flexibles escamas que cubrían cada centímetro de su enorme cuerpo, recorrido por una cresta hecha de hueso puntiagudo que iba desde su cabeza hasta el final de su larga e imbatible cola. Su frente se proyectaba sobre unos ojos llameantes, y su boca, formada por cientos de dientes afilados capaces de devorar cualquier ser de este mundo, dejaba entrever una extensa y puntiaguda lengua.
El pecho de aquella bestia subía y bajaba lentamente; su respiración era fuerte y ruidosa, y hacía temblar el agua y las ramas de los árboles, que a su lado parecían pequeñas cerillas de madera que se movían de un lado a otro, como si de un fuerte viento se tratara. Sin embargo, era su aliento ardiente el que levantaba las hojas de la tierra y esta del suelo.
Lo más impactante de aquella letal bestia eran sus dos magníficas alas, que se extendían sobre los laterales, abiertas por completo. Estaban formadas por una gruesa membrana brillante que hacía que los pocos rayos del sol que llegaban entre las ramas la traspasaran y dejara ver la sangre mágica circulando por sus venas.
Un solo aleteo de esas poderosas alas desplumaría a los pájaros que observaban atónitos desde las ramas. Por suerte, las plegó sobre su gran cuerpo, y la luz del atardecer volvió a iluminar el lago.
Vienna seguía pegada a mí inmóvil y no hizo falta que la obligara a quedarse, ya no estaba asustada.
—A un dragón no le suele gustar la idea de que los mortales apunten con su… ¿Eso es una daga o un cuchillo de cocina? —La voz del demonio resonó detrás de mí e hizo que un escalofrío me recorriera el cuerpo.
«¿Dragón? ¿Así llaman a esa bestia?».
Sabía que cualquier intento de huida desencadenaría mi fin, pues la criatura seguramente me daría caza antes de que pudiera escapar lejos, si es que el demonio que me acechaba no decidía acabar conmigo primero.
—Tu dragón no debería estar en estas tierras. —Tragué saliva.
Me di la vuelta con lentitud, manteniendo una mano sobre mi torso herido mientras el dolor punzante me recordaba lo frágil que era en ese momento.
—Deberías ocuparte de esa herida —comentó, su voz cargada de una fría indiferencia mientras sus ojos se fijaban en el lugar que me agarraba con ambas manos—. Esas cosas suelen matar a los mortales como tú.
Mortal. Mortal. Mortal.
Una palabra que repetía en cada frase, como si con ello subrayara mi inferioridad, como si mi condición humana me colocara automáticamente en una posición de desventaja.
El demonio avanzó con una gracia que rozaba lo sobrenatural con movimientos fluidos y controlados manteniendo una distancia calculada sin dejar de observarme mientras me acurrucaba junto a Vienna. Su mirada fija en el dragón no flaqueaba, y en cada paso que daba la tensión en el aire se hacía palpable.
El dragón, imponente a pesar de estar en parte sumergido en las aguas poco profundas del lago, parecía aún más colosal a cada momento que pasaba. Las aguas apenas le cubrían las patas, pero su masa y su presencia eclipsaban todo a su alrededor.
Las llamas negras que envolvían la espalda del demonio ardían con una intensidad aterradora, proyectando una sombra de poder oscuro que se extendía a su alrededor.
A medida que se adentraba en el lago, el agua apenas alcanzaba a rozar sus botas, creando pequeñas ondas que se desvanecían con rapidez.
Con una elegancia casi innata, el dragón inclinó su enorme cuerpo facilitando el acceso a su lomo. El demonio, con un salto ágil y preciso, se colocó firmemente sobre la bestia. Una vez acomodado su amo, la criatura desplegó sus gigantescas alas.
—¿No vas a matarme? —grité intentando superar la distancia que nos separaba.
—Hoy no.
El demonio, con una sonrisa cargada de malicia, clavó sus ojos en mí por última vez. Luego, con un gesto suave pero cargado de poder, instó al dragón a emprender el vuelo.
Al batir sus enormes alas, la bestia desató un vendaval que elevó todo a su paso. El aire se convirtió en una marea viva que revolvió las ramas de los árboles del bosque circundante, creando un rugido que se grabaría para siempre en mi memoria.
Y entonces, como si hubieran sido tan solo una ilusión, se desvanecieron, y yo permanecí allí, mirando hacia el cielo que, aunque seguía nublado, ahora se pintaba de tonos naranjas y violetas, a la espera inútil de que el demonio cambiara de opinión y volviera.
Subí a Vienna aún temblando.
Sabía el camino de regreso a casa, así que salí del lago y cabalgué tan rápido como pude, temerosa de encontrarme con más demonios en el bosque.
«Hoy no».
Las manos me temblaban sobre las riendas, pero no volví a ver ni a escuchar a la bestia.
Después de dejar a Vienna en el establo, me apresuré a entrar en casa, mi mente enredada en la confusión y la urgencia de contarle a Nolan lo que había sucedido. Pero al cruzar la puerta, el silencio me recibió. Nolan no estaba. Recorrí la casa con pasos rápidos, pero solo encontré a mi padre, profundamente dormido en el sofá, ajeno a todo lo que había ocurrido. Ni siquiera la presencia de una criatura alada surcando el cielo sobre el pueblo había logrado despertarlo.
Me detuve un momento con la respiración aún agitada, mientras intentaba asimilar lo que acababa de presenciar. Era como si las viejas leyendas, aquellas que había leído y que parecían tan distantes y fantásticas, hubieran cobrado vida ante mis ojos desdibujando la línea entre mito y realidad.
Nuestras tierras, que durante tanto tiempo habían permanecido en paz, apartadas del caos y la oscuridad, ahora se exponían a una nueva amenaza. Habíamos vivido en una calma casi ilusoria, pensando que los demonios y otras criaturas de la noche no tenían interés en nosotros, que éramos insignificantes para ellos. Pero ahora todo parecía estar cambiando. ¿Qué querían de nosotros?
¿Por qué, después de tanto tiempo de silencioso olvido, algo o alguien había decidido que era el momento de irrumpir en nuestra tranquila existencia?

Eda
Sentada en el porche, me envolví en una manta buscando un consuelo efímero ante el frío de la noche.
Mis ojos permanecían fijos en el cielo que poco a poco se teñía de oscuridad, dominada por la inquietante expectativa de ver surgir nuevamente esa criatura voladora, o algo aún peor, que no fuera la única y que otras bestias semejantes se unieran a ella, desencadenando el caos en nuestras vidas pacíficas.
Cada sombra que se movía en la penumbra de la noche me sobresaltaba, cada sonido inusual en la quietud me tensaba.
Esa mañana, esa luz azul había aparecido sobre ese libro flotando…, y ahora el demonio y esa bestia.
Todo parecía estar conectado de alguna manera extraña e inquietante.
—Eda, ¿qué haces aquí fuera? Vas a coger un resfriado.
La voz de mi hermano Nolan me sacó de mis cavilaciones.
Había vuelto sano y salvo.
—Me alegro tanto de que estés bien.
Corrí hacia él y lo abracé, un gesto poco común entre nosotros.
—¿Te has dado algún golpe? —me preguntó entre risas devolviéndome el abrazo—. Una simple tormenta no puede conmigo.
¿Pero cómo podía reírse? ¿Acaso no había visto a esa criatura en el cielo?
—¿No lo has visto?
Me separé para mirarlo con incredulidad.
—¿Ver qué? ¿La tormenta? —Dirigió la vista hacia la granja preocupado—. ¿Ha pasado algo con los animales?
—Ya he revisado los establos, todos están bien —le aseguré, agarrándolo del brazo para detenerlo—. Es solo que… ¿de verdad no has…? Olvídalo.
Me resultaba incomprensible que no hubiera visto a esa enorme criatura sobrevolando Valdemar. Tal vez había tomado otro camino, más oculto, aunque con su tamaño y la altura a la que volaba me parecía imposible.
Quizá, después de todo, solo había sido mi imaginación.
—Siento lo de antes, Nolan —comencé, mi voz portaba un tono de sincera disculpa—. No creo que este sea el momento más adecuado para estar enfadados el uno con el otro. Pero piénsalo, Nolan, al menos nos han reclutado a los dos. Estaremos juntos, tú y yo, enfrentándonos a cualquier destino, sea malo o terrible… Me mataría quedarme aquí sin saber qué te pasa ahí fuera, y a ti te destrozaría no saber qué me sucede a mí.
—Eda…
—Ya no soy una niña, y lo sabes bien.
—No debería haberte hablado de esa manera. Por supuesto que tienes voz y voto en esta casa —me dijo con la mirada impregnada de arrepentimiento. Se acercó a mí reduciendo la distancia que nos separaba y tomó mis manos entre las suyas—. Lo siento mucho, Eda. Sé que deberías odiarme por las cosas que te he dicho, pero tengo miedo. Ahora no es solo el temor de que algo malo me suceda a mí, sino que también te podría pasar a ti, y eso nunca me lo perdonaría. Eres mi hermana pequeña, pero ya has crecido, algo que no había querido ver hasta ahora. Lo siento de verdad.
—Entremos en casa, Nolan —le dije tomando su mano para guiarlo de vuelta al interior.
Me detuve en el umbral de mi habitación, dedicando unos minutos a absorber cada detalle, a memorizar cada rincón. Quería recordar cómo se sentía tener una cama cómoda bajo mi cuerpo, el olor de mi propia ropa, la familiaridad reconfortante de mi espacio personal.
Mi habitación era modesta, con una cama pequeña, un escritorio y un armario sencillo.
Con pasos lentos, me acerqué a este y lo abrí. Las bisagras emitieron un chirrido de protesta, traicionando su edad y el óxido acumulado. Tras la muerte de mi madre, había guardado toda su ropa, lo único tangible que me quedaba de ella.
Sin embargo, rara vez me atrevía a usarla.
Cada vez que lo hacía, notaba cómo el semblante de mi padre se ensombrecía. Parte de mí deseaba no usarlas nunca para evitar tener que lavarlas y perder así el último vestigio de su presencia, ese aroma que aún persistía en las fibras de la tela y que me traía recuerdos de tiempos más felices. Sabía que no podía llevarme nada, así que me permití un último momento con esas prendas.
Inhalé profundo, llenándome de la esencia de mi madre por última vez.
Ese gesto simbolizaba más que un simple adiós a una pieza de ropa; era despedirme de una parte de mi vida que, sabía, nunca volvería a ser igual. Con el corazón pesado y la mente llena de recuerdos, cerré la puerta del armario y, con ella, una etapa de mi vida. Quería exprimir cada momento de esa mañana, tenía el propósito firme de despedirme de Theo en la biblioteca.
Descendí por las escaleras de mi hogar, cada crujido de la madera bajo mis pasos resonaba con una nota de finalidad. Observaba cada rincón, cada detalle, intentando grabar en mi memoria la esencia de mi vida hasta ese momento.
La casa se sumía en un silencio que denotaba vacío. Era probable que mi padre estuviera en el huerto, absorto en sus labores diarias, y Nolan, suponía yo, también se estaría encargando de sus propios adioses.
Al pasar por el pueblo, intercambié saludos con los vecinos como solía hacerlo cada día. Pero bajo la normalidad de ese intercambio se ocultaba una verdad que solo yo conocía: pronto se difundiría la noticia de nuestra partida. Me atormentaba pensar en las miradas de compasión dirigidas hacia mi padre, en cómo lo verían cargando con la pérdida de su esposa y ahora de sus hijos. Solo imaginarlo me causaba un revuelo en el estómago.
La idea de tener que dejar atrás en menos de un día todo lo que había construido y amado —mis dos refugios, la biblioteca y mi hogar, mi pueblo y mi ciudad— era desgarradora.
Al abrir la puerta de la biblioteca, el sonido de la campana anunció mi llegada, una melodía agridulce que parecía marcar el principio del fin. Entré y ahí estaba Theo, detrás del pequeño mostrador, inmerso en su trabajo cotidiano. Al verlo, algo dentro de mí se rompió.
Era como si, de repente, toda la realidad de mi situación cayera sobre mí con un peso insoportable. Los sollozos se me escaparon sin previo aviso, brotando desde lo más profundo de mi ser ante la inminente pérdida de ese lugar que había sido mi refugio, y de las personas que habían llenado mi vida de sentido y pertenencia.
Theo levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. En ese momento, sin necesidad de palabras, supe que él entendía la tormenta de emociones que me embargaba. La biblioteca, con sus estantes llenos de historias y sus rincones cargados de recuerdos, había sido más que un lugar de trabajo para mí; había constituido un hogar, un santuario. Y dejarlo atrás, junto con todo lo demás que amaba, partía mi alma en dos.
—Theo —dije mientras me acercaba a él para abrazarlo con fuerza. El bibliotecario era de estatura pequeña y complexión regordeta, y a lo largo de los años había llegado a ser como un abuelo para mí. En su presencia siempre había encontrado consuelo y sabiduría—. Ayer, mi hermano y yo recibimos dos cartas del Parlamento. Nos han reclutado, Theo, a los dos —logré decir entre sollozos, mi rostro convertido en un mar de lágrimas que caían sin cesar.
Sentía cómo cada gota salada trazaba su camino por mi piel.
—Oh, mi pequeña Eda —respondió Theo mientras su mano acariciaba mi cabello en un intento de calmarme—, no llores, por favor. No quiero verte sufrir así.
—Yo… me voy esta noche. Un carruaje del Parlamento vendrá a buscarnos. Solo nos han dado un día para despedirnos. No sé qué voy a hacer… Dejarte solo aquí, a los niños sin nuestras tardes de lectura, a mi padre sin compañía…
Las palabras se me atoraban en la garganta.
Theo se separó ligeramente de mí y tomó mis manos entre las suyas mirándome a los ojos con una serenidad que solo él podía transmitir.
—Yo estaré bien, Eda. Gracias a ti tengo trabajo para muchos meses. Los niños…, ellos estarán bien. Pronto serán capaces de escribir sus propias historias. Y tu padre es un hombre muy fuerte. Él sabe cómo cuidarse.
—He venido para despedirme y ayudarte a dejarlo todo perfecto antes de irme —dije intentando ofrecer algún tipo de ayuda en mis últimos momentos en el pueblo.
—De eso nada, jovencita. Debes disfrutar del tiempo con tu padre. Ya me ayudarás más cuando vuelvas, ¿vale?
—Theo…
Me cogió las manos.
—Por supuesto que volverás, y lo harás cargada de nuevas historias para compartir. Eres fuerte y valiente, y a tu regreso todos estaremos aquí, esperándote con los brazos abiertos.
Aunque las palabras de Theo eran sinceras y su fe en mi regreso inquebrantable, el conocimiento común y las historias susurradas a lo largo de los años pesaban sobre mi espíritu. Nadie había regresado jamás de las tierras malditas, y esa desalentadora realidad se cernía sobre mí como una ominosa sombra.
—Ve con tu familia —me instó con suavidad—. Yo estaré bien aquí, y tú también estarás bien allí.
Asentí no sin esfuerzo y lo abracé por última vez, intentando memorizar su olor, así como el aroma característico de la biblioteca que tanto había significado para mí.
Antes de salir, lancé una última mirada al interior. Los rayos del sol se filtraban a través de las ventanas iluminando el polvo danzante en el aire y creando un efecto casi mágico. El suave murmullo del ambiente, donde el tiempo parecía transcurrir de manera distinta, se grabó en mi memoria.
—Adiós, Theo. Gracias por ayudarme a cumplir mi sueño.
Trabajar con él, haber podido sumergirme en el mundo de los libros que tanto amaba, había sido un regalo inestimable.
—Adiós, Eda. Vuelve pronto.
El sonido de la campana al cerrar la puerta marcó el final de ese capítulo de mi vida. Mis dedos rozaron el viejo pomo por última vez, un adiós simbólico no solo a Theo y a la biblioteca, sino a todo lo que habían representado en mi vida.
El carruaje se erguía imponente frente a nuestra casa, un espectáculo de elegancia que contrastaba con la sencillez de nuestro hogar.
Era un carro pintado de un blanco puro que brillaba bajo los últimos rayos del sol, adornado con detalles en dorado que resaltaban su diseño refinado.
Dos caballos, de pelaje tan blanco como el carruaje mismo, estaban enganchados al frente. Parecían en paz con su tarea, esperando con una paciencia digna para llevarnos hacia nuestro destino. El Parlamento de Valdemar.
El cochero, vestido con un uniforme que complementaba la elegancia del carruaje, se mantenía inmóvil en su puesto observando con una neutralidad profesional.
En las horas previas a ese momento, dediqué mi energía a limpiar y ordenar la casa con meticulosidad por última vez. Quería asegurarme de dejar todo en perfectas condiciones para mi padre, facilitándole al menos la carga de tener que mantener la casa en orden una vez partiera hacia Pramvera. Era mi manera de cuidar de él, incluso en la distancia, un último gesto de amor y consideración hacia la persona que nos había dado todo.
Me deslicé primero en el asiento del carruaje, seguido de cerca por Nolan, quien se acomodó a mi lado. Los asientos eran amplios y cómodos, perfectos para el viaje que teníamos por delante. A ambos lados, las ventanas nos permitían echar un vistazo al mundo exterior mientras avanzábamos.
Con un simple chasquido del cochero, los caballos empezaron a moverse y el carruaje se puso en marcha. Las horas pasaron, y me encontré mirando por la ventana, perdida en el cielo nocturno, buscando cualquier señal de luz azul o la silueta de un dragón. Pero todo lo que vi fue la inmensidad oscura de la noche.
A medida que nos acercábamos a Valdemar, el paisaje comenzó a cambiar. Las casas empezaron a aparecer con más frecuencia, señal de que estábamos llegando. El carruaje se balanceaba suavemente con el movimiento por el camino, pero se mantenía firme sobre el terreno.
Finalmente, dejamos atrás la tierra y la hierba y entramos en las calles empedradas de la gran ciudad. Valdemar se desplegaba ante nosotros, llena de vida y movimiento. Nos detuvimos frente a un edificio enorme en el centro de la ciudad, un coloso arquitectónico con múltiples ventanas que parecían observar todo desde su altura, como si vigilara el ajetreo de la ciudad.
El parlamento.
El carruaje se detuvo con un suave tirón en medio de la calle empedrada, justo frente al edificio. El sonido de los cascos de los caballos cesó y, por un momento, el silencio envolvió nuestro vehículo.
—Estaremos bien —murmuró mi hermano apretando mi mano, una respuesta tranquilizadora a los temblores apenas perceptibles que revelaban mi nerviosismo.
Asentí intentando empaparme de su fuerza, y esbocé una sonrisa. El sonido del cochero descendiendo del carruaje marcó nuestra llegada oficial. Al abrir la puerta, Nolan fue el primero en bajar, luego me ofreció su mano con una firmeza sutil para asistirme en mi descenso.
Al tocar el suelo, mis ojos rápidamente se posaron sobre el entorno que nos rodeaba. Ante el imponente edificio del Parlamento, cuatro guardias erguidos custodiaban las puertas de entrada.
Uno de ellos se separó del grupo y se acercó a nosotros. Tras saludarnos con un leve movimiento de cabeza, nos instó a seguirlo.
Mientras lo hacíamos observé cómo sus compañeros permanecían inmutables, con la mirada fija en el horizonte de la ciudad, sin desviar su atención hacia nosotros.
Una de las puertas se abrió silenciosamente, invitándonos a adentrarnos en los recovecos del edificio. Acompañamos al guardia a través de un laberinto de pasillos interminables, cada vuelta y esquina revelaba un poco más de la grandiosidad del lugar.
Los pasillos del parlamento estaban custodiados por guardias reales, dispuestos en intervalos regulares a lo largo de las paredes, erguidos y solemnes, como si fuesen parte integral de la estructura misma del complejo.
Al final del pasillo, decorado con una sucesión casi interminable de puertas, nuestro guía se detuvo en silencio ante una de ellas. Sin pronunciar palabra, la abrió e hizo un gesto para que entráramos.
La habitación que nos recibió era austera, con dos camas sencillas dispuestas en paralelo, cada una flanqueada por una pequeña mesa de noche. La simplicidad del mobiliario contrastaba notablemente con la opulencia de los pasillos que habíamos transitado.
—Permaneced en vuestras habitaciones hasta recibir instrucciones de un guardia para salir —fue la única indicación que el hombre nos dejó. Acto seguido, cerró la puerta con llave.
Nolan y yo nos miramos. Aquello no había hecho más que empezar.

Eda
En aquella gélida mañana, el silencio reinó sin interrupción.
Ninguna llamada perturbó la puerta.
Nolan se encontraba con los brazos cruzados frente a la ventana, su rostro era un enigma, carente de cualquier expresión, la personificación de la impasibilidad.
Me levanté de un salto desde la estrecha cama y me posicioné a su lado, compartiendo el silencio y la vista. Ante nosotros se extendía el mar, indómito, un misterio en sí mismo. Reposaba tranquilo, marcado solo por suaves ondulaciones que creaban una delicada espuma. Una densa cortina de niebla lo envolvía y avanzaba paulatinamente hacia el puerto lacustre, como presagio del inminente cambio.
La inquietante presencia de aquellos demonios ya dejaba su huella en nuestras tierras.
—¿Cuándo tienen pensado abrir la puerta? ¿Nos van a dejar aquí todo el día? —pregunté de forma retórica.
—Tú no deberías estar aquí, esto tiene que ser un error. —La voz de Nolan salió disparada por su boca.
Su mirada seguía fija en la ventana.
—No creo que sea justo que descargues tu enfado conmigo; después de todo, yo no elegí estar aquí.
Él sabía perfectamente que no había sido una elección voluntaria.
—Lo sé, Eda —dijo con suavidad, posando su mirada fija en la mía—. Sé que no tienes culpa alguna. Te has preparado de manera excepcional: sabes cómo pelear, cómo manejar una espada y, más importante aún, tienes una mente extraordinaria. Pero ambos somos conscientes de que lo que hay ahí fuera nos supera con creces. Estoy muy orgulloso de la persona en la que te has convertido —dijo con una sonrisa que, aunque genuina, pronto dio paso a una expresión juguetona—. Bueno, de la persona en la que yo te he ayudado a convertirte.
Mi ceja se alzó en respuesta.
—¿De veras? No sabía que tenías el poder de influenciar a las personas. La próxima vez que papá y yo discutamos, te llamaré para que nos des unas lecciones.
—Tienes razón. No soy un maestro del universo, pero siempre te he visto como alguien fuerte y capaz.
Sin duda, era capaz de muchas cosas, y las dos dagas ocultas en mis botas eran prueba de ello.
—¿Qué crees que hay allí? —volvió a hablar.
—Sea lo que sea, es algo malo. —Y yo tenía razón.
—Esto parece una broma. Es como «Eh, hola, estáis obligados a morir y nadie puede dar su opinión» —dijo soltando una risa amarga.
Nada bueno podía aguardar en Pramvera, no después de lo que había visto el día anterior. Un escalofrío recorrió todo mi ser al recordar el fuego del demonio, sus ojos, sus espadas y su uniforme impecable.
Recordé también a su bestia. La sola idea de que esas tierras pudieran estar plagadas de criaturas semejantes…
—Nolan, tengo que contarte algo. Ayer…
Un golpe abrupto en la puerta me interrumpió e hizo que ambos saltáramos.
—Reclutas, el barco ha atracado en el puerto y les espera. Les ruego que abandonen su habitación y me acompañen hasta su destino. —La voz del guardia resonó a través de la puerta cerrada.
Había llegado el momento.
El puerto se desplegó ante nosotros, con el murmullo de las olas y el ajetreo de los marineros como un telón de fondo constante.
A medida que avanzábamos hacia el barco de vela, la imponente estructura del navío se alzaba ante nosotros, recortada contra el cielo matutino.
A lo largo del puerto, otros jóvenes se congregaban, avanzando en solitario hacia el galeón que nos esperaba.
Entre los reclutas un chico con rasgos distintivos destacaba del resto. Sus ojos almendrados y su piel ligeramente más oscura, junto con un cabello liso y negro que le enmarcaba el rostro, le conferían una apariencia serena y tranquila. A su lado, un joven rubio con el cabello largo hasta los hombros y de notable altura sobresalía en el grupo.
Una chica de cabello oscuro, con los labios apretados y la mirada firme, se posicionó al lado de Nolan, exudando una resolución implícita en su postura erguida. A su otro lado, otra joven, esa vez con una cabellera roja y vibrante.
En ese instante, todos éramos plenamente conscientes de que nos dirigíamos hacia un destino desconocido, sin comprender del todo por qué habíamos sido elegidos.
La densa niebla que cubría el puerto parecía cobrar vida, envolviéndonos con su manto gris y frío.
Observé cómo se espesaba aún más, casi como si tomara vida propia.
En un abrir y cerrar de ojos, los guardias que nos habían acompañado quedaron envueltos en ella. Era como si una especie de magia invisible los hubiera tapado, impidiéndoles ver quién descendía del barco.
Nerviosa, miré a los otros reclutas buscando en sus rostros indicios de lo que pudieran estar pensando. Pero sus expresiones reflejaban la misma confusión e incertidumbre que yo sentía.
Desde la espesura de la niebla, dos figuras comenzaron a materializarse y emergieron lentamente del barco, como sombras que cobraban forma en medio de la penumbra. Descendían con una lentitud casi ritual por una larga rampa de madera que conectaba la embarcación con el muelle.
Mi corazón empezó a latir de forma desmedida, cada pulsación más rápida y pesada al reconocer a una de las figuras que descendía. Al verlo, un escalofrío helado recorrió mi espina dorsal, mientras el color abandonaba mi rostro.
«El demonio del lago».
Respiré hondo, luchando por disimular, por ocultar la inquietud que se agolpaba en mi pecho, cada vez más difícil de contener. Demasiadas coincidencias en esos últimos días, cada una más perturbadora que la anterior.
La luz azul y misteriosa en la biblioteca había sido una advertencia, pero verlo a él ahí, en ese momento…
Levanté la vista desesperada en busca de alguna señal del dragón, pero solo encontré el contorno opresivo del barco, sin rastro alguno del ser alado en el cielo.
A su lado, un hombre de cabello oscuro, que caía hasta sus hombros en un gesto severo, acompañaba la escena con una mirada penetrante que atravesaba a cada uno de los reclutas. Sus ojos, acerados y fríos, se movían inquietantes y su semblante imperturbable transmitía una autoridad incuestionable, tan afilada como un cuchillo bajo la garganta.
—Bienvenidos, reclutas —pronunció el demonio del lago, con una voz que parecía emerger de las profundidades mismas de una pesadilla. Vestía un imponente uniforme de guerra negro que acentuaba su figura, y su rostro estaba enmarcado por una espesa melena negra.
Podía sentir sus ojos clavados en mí, como si pudiera leer mis pensamientos. Como si las expresiones de mi rostro no revelaran lo suficiente lo que pensaba.
A su espalda, las dos espadas de hojas afiladas habían desaparecido, al igual que sus llamas negras ardientes.
—Permítanme presentarles al comandante del ejército de Pramvera. —El demonio señaló al hombre que se encontraba a su derecha—. El comandante Kaiden.
Mi respiración se hizo más profunda mientras los observaba. Sus movimientos eran fluidos y seguros, cada uno parecía en perfecto control de su entorno.
Parecían mortales.
Tal vez el comandante lo fuera realmente, ya que no mostraba signos de magia alguna. Y ahora el demonio también parecía mortal sin las llamas a su espalda.
Era extraño, porque siempre había pensado que los seres inmortales serían entidades de pura oscuridad. Sin embargo, él parecía tan humano…
—Subamos, hemos perdido ya demasiada mañana —ordenó el comandante Kaiden.
«¿Es posible que Kaiden sea el más poderoso de los dos?».
Los dos hombres se apartaron, revelando la pasarela que conducía al barco. La vela oscura ondeaba en lo alto del mástil, mientras el navío, esculpido con una meticulosidad inquietante, estaba adornado con símbolos arcanos.
La chica morena tomó la iniciativa, adelantándose y cruzando la pasarela con pasos cautelosos. A su lado, tres reclutas más la seguían con precaución mientras avanzaban por el estrecho camino de madera que los llevaba hacia el barco.
Nolan, que no había dicho una palabra desde que salimos de la habitación, se ubicó como el quinto en la fila. Al darme cuenta de que debía seguirlo, Nolan, en un gesto protector, extendió su mano hacia mí. La tomé y su firme agarre me proporcionó el apoyo necesario para mantener el equilibrio y evitar resbalar.
Al subir, mis ojos se posaron en el entorno que nos rodeaba.
La cubierta del barco era un mundo de madera desgastada y cuerdas retorcidas, pero a pesar de su aspecto antiguo, estaba limpio y ordenado.
Lo que resultaba aún más sorprendente era que no había señales de la tripulación que normalmente se encargaría de llevar la nave.
El comandante Kaiden se posicionó en la pasarela que conectaba el barco con el muelle. Con movimientos precisos y seguros, comenzó a recogerla, doblando las maderas y asegurándolas en su lugar. Era evidente que estaba cerrando la única puerta de acceso al barco cerciorándose de que nadie más pudiera subir a bordo.
Con este acto, sellaba nuestro destino: no había vuelta atrás.
—Comandante Kaiden, asegúrese de que nadie tenga la brillante idea de saltar por la borda —ordenó el demonio mientras su mirada recorría cada uno de nuestros rostros con una intensidad que congelaba la sangre—. Zarparemos de inmediato.
Tras impartir sus órdenes, el demonio nos lanzó una última mirada antes de girarse y desaparecer dentro del barco.
—¿Qué vais a hacer con nosotros? —inquirió la joven de cabello rojo, su voz temblando ligeramente, pero con la misma pregunta que todos teníamos clavada en la garganta.
El comandante Kaiden soltó una carcajada, un sonido frío y extraño que rebotó en la cubierta del barco, haciendo que todos nos estremeciéramos.
—Si tuviéramos intenciones de mataros, no habría tanto teatro —dijo con una seriedad que no encajaba con su risa anterior—. Además, matar a simples mortales es una tarea tediosa y carente de desafío.
Yo creía en sus palabras; había vislumbrado una de las bestias que habitaban esas tierras. Para esos demonios, nosotros no éramos más que insectos, criaturas ínfimas que no merecían más que una mirada despectiva.
—¿Entonces? Si somos tan insignificantes, ¿por qué traer un barco a nuestro puerto y llevarnos a vuestras tierras? —respondí desafiando su autoridad para tratar de captar cualquier rastro de emoción o intención en su mirada.
—Eda, por favor —me susurró mi hermano.
El comandante Kaiden se volvió hacia mí, sus ojos se estrecharon mientras ladeaba la cabeza, como un depredador evaluando a su presa. Por un instante, su rostro pareció suavizarse, pero fue una ilusión breve antes de que volviera a endurecerse.
—Lo de no saltar por la borda es algo que debéis tomar en serio —dijo en voz baja pero cargada de amenaza—. No me apetece tener que lanzarme al mar a rescatar a ninguno de vosotros… otra vez.
Con esas palabras, giró sobre sus talones y desapareció en la espesa niebla que comenzaba a envolvernos.
El frío se colaba por cada capa de mi ropa erizando mi piel. Aunque no podía verlos, estaba segura de que el demonio, o lo que fuera que nos vigilaba, sabía exactamente dónde estábamos y qué hacíamos. Era como una sombra constante, siempre al acecho.
—¿Cómo os conocéis vosotros dos? —preguntó de repente el joven de ojos almendrados, mientras su mirada alternaba entre Nolan y yo.
Las dudas no iban a tardar en estallar.
—Somos hermanos —respondió Nolan sin mucho más que añadir.
—Joder, ya estaba intentando asimilar que esos demonios nos secuestraran, porque, sí, esto es un secuestro en toda regla. Y ahora, encima, me tengo que enterar de que hay dos hermanos en el barco —espetó la chica de cabello oscuro, con un tono agresivo que dejaba claro lo poco que le gustaba la situación.
—Créeme, no eres la única llena de preguntas. Ni siquiera sé por qué estamos aquí, ni qué pretenden hacer esos demonios con nosotros —solté dejando salir parte de mi frustración.
—¿Demonios? ¿Cómo que demonios? —intervino una pelirroja dando un paso al frente con el ceño fruncido por su confusión.
—Parece que la pelirroja no tiene ni idea de dónde se ha metido —comentó alguien con desdén.
—¿Pelirroja? ¿De verdad? Me llamo Elandra, por si te interesa. Podrías haber dejado esa superioridad en casa —respondió ella cruzando los brazos.
—Pero ¡serás…! —La chica de cabello oscuro avanzó hacia Elandra, su rabia apenas contenida, lista para estallar.
—¡Basta ya, joder! —intervino el joven rubio, que se interpuso entre ellas—. Guardad las peleas para después. Ahora tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos. Nos guste o no, estamos todos en el mismo barco, así que más nos vale mantenernos unidos.
El silencio que siguió fue pesado, pero nadie más habló. Había demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.
Miré alrededor; aunque estaba en la cubierta del barco, no podía ver nada de la ciudad. Caminé hacia la borda dejando atrás a los otros reclutas. Me asomé con una mezcla de curiosidad y aprensión.
La humedad del mar envolvía la cubierta del barco y mi pelo blanco comenzó a mojarse ligeramente. Las hebras de cabello se volvieron un poco más pesadas y algunas gotas se deslizaron por mi frente y mejillas.
Noté que los demás reclutas se acercaban a mí en silencio, compartiendo la curiosidad por lo que no se veía más allá. Elandra, la joven pelirroja, extendió su mano con cautela hacia la niebla, como si intentara acariciarla o jugar con ella.
—Soy Elandra, como mencioné antes. Soy la hermana mayor de dos niñas —su voz rompió el silencio, teñida de una calidez que contrastaba con la tristeza en su rostro—. Fue muy duro despedirme de ellas sabiendo que no tendré la oportunidad de verlas crecer.
Su intento por aliviar la tensión en el ambiente era evidente.
—Mi nombre es Adriel —habló el joven de ojos almendrados con un tono sereno—. Tengo veintitrés años y, por suerte, no tengo hermanos pequeños. Lo siento, Elandra.
Le lanzó una mirada de compasión.
El chico rubio dio un paso adelante para presentarse.
—Soy Calen, tengo veintidós años. Tengo un hermano, un gemelo —dijo lanzándonos una mirada a mí y a Nolan.
—Me llamo Nolan, soy el mayor —respondió mi hermano con firmeza—. A cada uno de nosotros nos enviaron una carta distinta anunciando que habíamos sido seleccionados como uno de los cinco reclutas. Pero ahora veo que no somos cinco a bordo, sino seis.
Nolan tenía razón. Durante el último siglo, siempre habían sido cinco los reclutados que debían viajar a Pramvera. Pero ahora éramos seis.
—Parece que somos uno más, lo que solo añade más misterio a este viaje —comentó la chica de cabello oscuro con una risa nerviosa.
—Todavía no te has presentado —le señaló Calen a la joven.
Ella le sostuvo la mirada y se cruzó de brazos, mostrando una incomodidad superior a la de los demás.
—Me llamo Liral.
—Veo que ninguno ha saltado del barco. Una vez tuvimos que rescatar a un mortal que prefería la muerte antes que pasar tiempo con nosotros. Una verdadera lástima —intervino el demonio, que apareció de repente detrás de nosotros, interrumpiendo nuestras conversaciones—. Si preferís permanecer en cubierta, adelante, pero os advierto que la niebla no va a desaparecer. Mejor seguidme —nos instó, comenzando a caminar hacia el interior del barco.
Sin dudarlo, los demás reclutas siguieron al demonio. Yo no tenía más opción que hacer lo mismo. Descendimos por unas escaleras de madera que crujían bajo el peso de nuestros pasos. El interior del barco estaba decorado con lujosos paneles de madera oscura e intrincados tallados por todas partes.
Finalmente, llegamos a una especie de comedor, donde una mesa inmensa ocupaba el centro del espacio.
Esta estaba cubierta de platos, vasos y cubiertos, dispuestos meticulosamente como si esperaran a la realeza. Sobre ella se desplegaba un festín que parecía más propio de un banquete que de un desayuno común.
Mi estómago gruñó recordándome que aún no había desayunado.
—Tomad asiento —ordenó el demonio.
Mientras nos sentábamos, mis ojos recorrieron la comida dispuesta sobre la mesa, y no pude evitar preguntarme quién, en medio de todo el caos, se había tomado el tiempo para preparar esos platos.
«¿Acaso hay alguien más a bordo encargado de la cocina, o los han preparado justo antes de nuestra llegada?».
—Comed.
Mis compañeros intercambiaron miradas dubitativas; estaba claro que ninguno confiaba plenamente en la situación.
Calen fue el primero en romper el impasse. Cogió su tenedor y apuñaló un trozo de carne de uno de los platos centrales de la mesa. Inspirado por su acción, Adriel hizo lo mismo poco después. Elandra y mi hermano no tardaron en seguir su ejemplo.
A pesar de la creciente normalidad con la que comenzaban a actuar algunos, estaba claro que Liral y yo no íbamos a probar bocado. Nuestra desconfianza aún nos retenía, haciéndonos observar con cautela cada movimiento y cada gesto de los demás, en un intento por discernir si la comida era segura o no.
Eché una mirada cauta al demonio, quien ocupaba el lugar principal en la mesa sin dar bocado alguno.
Yo decidí seguir su ejemplo y tampoco probé nada.
Con discreción, le di una patada por debajo de la mesa a Nolan, que estaba sentado frente a mí. Él devoraba la comida como si fuese su última cena, sin mostrar signos de preocupación.
La posibilidad de que los alimentos estuvieran envenenados cruzó mi mente.
Aunque, pensándolo bien, tal vez morir envenenados sería preferible a ser devorados por bestias.
—La comida no está envenenada, si eso es lo que te preocupa —dijo el demonio con una calma que me puso los nervios de punta. ¿Cómo lo sabía?—. Podrías disfrutarla como lo hacen tus compañeros.
Giré la cabeza en su dirección.
Los reclutas seguían comiendo sin inmutarse, como si no hubieran escuchado sus palabras. Parecía que yo era la única que lo había oído…
¿Le has hablado a tu hermanito sobre mi dragón?
Volvió a hablar, pero era imposible que las palabras hubieran salido de su boca; no la había abierto.
Confundida me quedé mirándolo, tratando de entender cómo había sido posible. ¿Cómo había hablado sin mover los labios?
Perdón, olvidaba que no sabes comunicarte por aquí, una pena.
«¿Cómo que comunicarme? ¿Cómo puede hablar sin que nadie más se entere? ¿Cómo…? Mente… Se comunica con la mente…».
Me quedé en blanco por un momento, presa de una sorpresa evidente en el abrupto ensanchamiento de mis ojos. ¿Cómo era posible que el demonio estuviera hablándome directamente en la mente?
Me sentí expuesta y vulnerable, como si cada uno de mis pensamientos pudiera ser examinado sin mi consentimiento.
Eso no podía ser posible.
Resolveremos este problema más adelante. Pero tenemos que hablar de las cosas que has podido contarle a tu hermanito.
«Otra vez, lo ha hecho otra vez».
—¡No!
Las palabras emergieron de mis labios antes de que pudiera detenerlas y resonaron en el tenso silencio. La mirada de sorpresa de mis compañeros se posó sobre mí.
—¿Algún problema, recluta? —inquirió el maldito. Quería dejarme en ridículo—. ¿No piensas comer?
Mis compañeros me observaron, en especial Nolan, quien mostraba curiosidad ante mi actitud.
—No tengo hambre —respondí con tono cortante.
—Bien, entonces tú y la recluta morena podéis iros. Comandante Kaiden —lo llamó el demonio.
El comandante apareció en el salón, como si hubiera estado escoltando la entrada desde que habíamos entrado.
—Acompáñalas a sus camarotes. —Otra orden.
«Camarotes… ¿Tenemos camarote?».
Sabía que Pramvera no estaba cerca de la tierra mortal y que el viaje en barco llevaría uno o dos días para llegar a sus aguas más cercanas. Sin embargo, la idea de disponer de un camarote…
—Yo voy con ella —dijo mi hermano, que se levantó de la silla con tal fuerza que esta golpeó el suelo, retumbando en el pequeño salón—. No pienso dejarla sola.
—Tranquilo, hermano, creo que se las arregla bastante bien por su cuenta. El barco no es precisamente un laberinto, no va a perderse —respondió el demonio con un suspiro de impaciencia, poniendo los ojos en blanco.
—Por favor, comandante —añadió.
Seguidamente, este hizo un gesto para que lo siguiéramos.
Era de esperar que Nolan no quisiera dejarme sola, yo tampoco querría si fuera al revés.
Liral se levantó en silencio de su silla; no había dicho ninguna palabra desde que abandonamos la cubierta del barco. Así que, hice lo mismo y la seguí. Le eché una mirada a Nolan, tratando de transmitirle tranquilidad, y él asintió.
No iba a ser tan tonta de llevarles la contraria.
Por ahora.
Liral y yo seguimos al comandante Kaiden por el estrecho pasillo del barco, el murmullo del comedor se desvanecía gradualmente, dejando tras de sí un silencio pesado y opresivo. A pesar de la tensión que parecía suspendida en el aire, Liral caminaba con una serenidad inquietante, como si el miedo fuera un concepto ajeno para ella. Pero, francamente, su mera presencia ya era suficiente para intimidar a cualquiera. Descendimos por unas escaleras de madera y, al llegar a un pasillo más amplio, nos encontramos con varias puertas: tres a la izquierda, tres a la derecha. Los camarotes.
—Elegid la que prefiráis, me da igual —dijo Kaiden con indiferencia, su voz resonando en el silencio—. Ninguna de ellas tiene ventana.
No esperaba menos.
Sin pronunciar palabra, Liral se acercó a la primera puerta de la derecha, la abrió y entró al camarote sin dudar.
—El aseo está subiendo las escaleras —añadió Kaiden antes de girarse y marcharse, dejándonos a solas.
Al abrir con cautela mi puerta, la primera a la izquierda, el chirrido de las bisagras reverberó por el estrecho pasillo. Ante mí se desplegó un camarote modesto pero acogedor. Aunque el espacio no era amplio, su comodidad y privacidad superaban cualquier expectativa que pudiera haber tenido.