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La realidad es un invento relativamente reciente. Desde tiempos inmemoriales han sido las mitologías que cada cultura ha construido —las ficciones que nos hemos ido contando— las encargadas de dar forma a eso que hoy llamamos realidad. Tradicionalmente esas ficciones compaginaban formas de lo existente a las que podíamos acceder con otras reservadas al misterio, un campo infinitamente mayor y que, según la geografía y la época, ha adquirido nombres diversos.

La ficción que hoy damos por buena —la del discurso científico— establece entre sus atribuciones la de poseer un acceso directo y exclusivo a la realidad, anulando el territorio reservado al misterio y asumiendo que nuestro intelecto —ese que se ve superado por dilemas tan inmediatos como la posible finitud o infinitud del universo— es potencialmente capaz de comprender la totalidad de lo existente. Y defiende esta ocurrencia basándose en el experimento y la prueba. Experimentos y pruebas que, por supuesto, están hechos a la medida de nuestro intelecto, no del universo.

Lo que las formulaciones más atrevidas, como la mecánica cuántica, están intentando explorar hoy en día —la idea de que la realidad no es más que un constructo, un campo de probabilidades que sólo colapsa en una posibilidad concreta frente a la mirada concreta que un observador ponga en juego— ha sido desde siempre una evidencia en todas las tradiciones que no sean la nuestra.

Incluso en la nuestra, hasta hace no demasiado tiempo, la idea de que la realidad era una ilusión estaba a la orden del día. Es sólo desde hace unos cuatro o cinco siglos que, apoyados en otras ficciones como la idea de progreso y de un tiempo lineal, hemos empezado a despreciar esta certeza por considerarla anticuada respecto de la nuestra. Con incontestable soberbia, hemos decidido que todas las tradiciones que nos precedieron estaban atrasadas, y que por eso habían fracasado en la tarea de comprender cabalmente lo que nosotros, con nuestra razón y nuestra ciencia, estábamos en condiciones de desvelar. Todo lo que existe en el universo —todo— podía ser abarcado por una psiquis que difícilmente es capaz de explicarse a sí misma su propia naturaleza.

Esta peregrina ocurrencia es, como digo, algo relativamente reciente, y desde el propio edificio de la ciencia ya se la ha empezado a cuestionar. No pasará mucho tiempo antes de que entendamos que debemos renunciar a ella. Y no por una cuestión de ambiciones superadoras, sino porque la ficción dentro de la cual existe una realidad objetiva nos ha desconectado de nuestra enorme responsabilidad a la hora de construirla. Y las consecuencias de este descuido han resultado devastadoras.

Lo descabellado no es pensar que no hay más realidad que la que la conciencia inaugura. Lo descabellado es haber sostenido durante tanto tiempo la existencia de una realidad exterior que permanece inmutable más allá de quién se siente a pensarla.

En la primera parte de este recorrido exploraremos el nacimiento, la consolidación, las contradicciones y las incongruencias del rocambolesco camino que nos ha llevado a construir una fantasía tan prodigiosa como la de la realidad.

En la segunda parte descorreremos el velo, para asomarnos a ver lo que hay más allá.

PRIMERA PARTE

El sustrato

1

Vamos a empezar nuestro recorrido viajando unos dos mil quinientos años hacia atrás en el tiempo. Estamos en la ciudad de Turios, en el sur de la costa itálica, y el año es el 430 a. C. Es una mañana soleada de comienzos de verano y la jornada transcurre tranquila, como cualquier otro día. Ninguno de sus habitantes es consciente de que uno de sus vecinos acaba de cambiar la historia para siempre. En esta pequeña colonia de la Magna Grecia ubicada en el extremo más occidental del golfo de Tarento, acaba de ver la luz el primer libro de historia de la Historia. En su introducción, el autor presenta la obra en los siguientes términos:

La publicación que Heródoto de Halicarnaso va a presentar de su historia se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros. Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes, y expone con esmero las causas y los motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos a los otros.

Estas son las palabras con las que el propio Heródoto de Halicarnaso da comienzo a la obra que lo ha hecho ser reconocido como el padre de la Historia. Era la primera vez en la historia en que alguien hablaba de la Historia como algo separado y diferente de los hechos narrados en los cantos de los poetas. Hasta ese momento nadie se había parado a pensar si los hechos referidos en las tragedias de Sófocles o en los poemas de Homero eran ciertos o no. Para la gente de la época no revestía ninguna importancia. Simplemente retrataban aspectos de la vida en los que lectores y espectadores podían verse reflejados, y desde ahí conectaban de manera muy real con sus propias circunstancias. Lo que Heródoto venía a decir es: «¡Cuidado! Esto que van a leer no son hechos inventados ni susurrados por una musa al oído de ningún poeta; esto que voy a contarles son hechos realmente ocurridos». Por eso tituló su trabajo con el sencillo nombre de Historiae, inaugurando así el concepto y la disciplina. Nadie nunca antes que él había establecido una distinción entre los hechos ficcionales y los realmente ocurridos. Sin saberlo, Heródoto estaba inaugurando la noción de «realidad». Y la de su hermana melliza: la fantasía.

En realidad no es estrictamente cierto que Heródoto fuera el primero en llevar a cabo esta distinción —¿qué significa cierto?, ¿qué significa en realidad?—, pero eso es lo que hacemos los seres humanos cuando queremos explicarnos el mundo: elaboramos narraciones, conjuntos de hechos que atribuimos a ciertos protagonistas, y en base a ello construimos nuestra idea acerca de lo que es la realidad.

Nuestra mente, de hecho —el sentido por excelencia con el que accedemos al mundo, porque todos los otros desembocan en él—, no conoce la diferencia entre la realidad y la ficción. Una manera muy sencilla de comprobarlo es observar lo que le ocurre cuando se ve enfrentada a una película erótica: a pesar de que tiene a su disposición todos los datos que le indican que los actores están del otro lado de la pantalla, y que por lo tanto nos resulta imposible interactuar con ellos, envía la orden a nuestro cuerpo para que ponga en marcha todo el protocolo que se activa ante la inminencia de un encuentro sexual. Así de irreconocible le resulta a nuestra psiquis el límite que separa la ficción de lo real.

Pero estamos utilizando muchas palabras que piden ser definidas. ¿Qué significa hechos ocurridos? ¿Qué significa ficcionalizar? ¿Qué significa en realidad la palabra realidad?

Quizá una buena manera de empezar a desenredar la madeja sea analizar lo ocurrido con Heródoto.

Nacido a finales del siglo V a. C. en Halicarnaso, ciudad griega sometida a los persas, Heródoto tuvo que exiliarse de su tierra natal para refugiarse primero en Samos y luego en Atenas. Como les ocurre a muchas personas que han tenido que repartir su vida entre dos culturas diferentes, desde muy temprano mostró una fuerte inclinación por tratar de entender la forma en que una y otra se explicaban el mundo. Es así que, en numerosos pasajes de su libro, las anécdotas recogidas parecen apuntar más a explicitar las diferencias entre los griegos y los asiáticos que a detallar los acontecimientos en los que ambos se vieron involucrados.

Más allá de sus circunstancias personales, es importante tener en cuenta que a Heródoto le tocó vivir un momento muy especial de la historia de Grecia —y de la historia del mundo—, en el que el poder absoluto de la antigua aristocracia estaba siendo cuestionado por un creciente número de ciudadanos repentinamente enriquecidos que no veían en el mero linaje una justificación suficiente para que una porción tan pequeña de la población acaparara la totalidad del poder político y económico. Lo que legitimaba los privilegios de la aristocracia era un orden supraterreno, y era ese orden el que debía socavarse si lo que se pretendía era lograr un nuevo statu quo. Así, a lo largo de los siglos VII y VI a. C., y durante un proceso que duró más de ciento cincuenta años, ocurrió que los que habían sido los valores aristocráticos de la antigua Grecia, reflejados en la poesía homérica y avalados por los designios de los dioses, fueron puestos en tela de juicio por una nueva concepción del mundo que proponía un nuevo orden social en el que debían ser las personas —los ciudadanos de la polis— quienes decidieran acerca de su propio destino.

Para que una transformación de semejante calibre fuera posible, era imprescindible generar nuevos relatos que implantaran en el imaginario de las personas esta nueva concepción del mundo. La historia, como flamante género literario que se basaba no en la inspiración divina, sino en el registro objetivo de los hechos ocurridos a los seres humanos, se ofrecía como un excelente territorio de reflexión y debate acerca de estas nuevas ideas que poco a poco empezaron a cuajar en la mente de las personas.

No sólo la Historia cumplió esta misión renovadora. Siempre que un nuevo orden se impone, afecta a la forma de los relatos que empiezan a moldear el imaginario colectivo en los más diversos ámbitos. La poesía, la literatura y las demás formas de expresión humana mutan sus estructuras y sus contenidos para reflejar esa nueva cosmogonía. El teatro griego, por ejemplo, cuyo origen se remonta a esta misma época, nació para desempeñar una función similar. Más allá de los argumentos que las obras ofrecían, lo que en realidad se ponía en juego en las representaciones a las que la gente asistía en los anfiteatros era el debate acerca de este nuevo ordenamiento del mundo y de la sociedad. Antígona enfrentándose a la ley del rey Creonte era en realidad una reflexión acerca de a qué fuente de poder se debía obedecer: a la ley de los dioses o a la de los hombres. La propia Antígona, de hecho, al defender la ritualidad de enterrar a su hermano, se adhería a la postura más conservadora frente a la modernidad de Creonte, que privilegiaba la lógica humana por sobre la divina. Y en el terreno de la filosofía ocurrió algo parecido. El gran giro que la historia del pensamiento dio por esa época tuvo que ver con el hecho de que los filósofos trasladaron el objeto de sus reflexiones del mundo natural —el de los dioses— al mundo social —el de los seres humanos—.

Siempre ha ocurrido así. Siempre que se ha producido un cambio importante en el modo en que nos explicamos el mundo, éste se ha visto reflejado en el tipo de relatos que nos hemos empezado a contar. Y ello por una razón muy sencilla: son los relatos que nos contamos —las ficciones que construimos— los que edifican la idea que tenemos acerca de lo que es el mundo y de lo que es la realidad.

En el momento en que a Heródoto le tocó vivir, se estaba produciendo una de estas grandes transformaciones. Una tan grande, de hecho, que provocó el nacimiento de toda una nueva forma de entender el mundo: la civilización occidental.

El mito, el relato que exponía los designios de los dioses como la base del ordenamiento del mundo, se vio reemplazado por la Historia, la relación de los acontecimientos humanos a partir de los cuales nos explicamos la realidad. A instancias de una nueva forma de repartir y validar el acceso a las esferas de poder, se había colocado al ser humano en el centro de la escena, desplazando a los dioses de ese lugar de privilegio. En este contexto fue que Heródoto escribió su obra.

En la introducción a su libro, como hemos visto, Heródoto anunciaba que, con el fin de que «no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres», expondrá con esmero «las causas y los motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los griegos y los bárbaros». He aquí dos de las claves de este nuevo enfoque: por un lado, la voluntad de centrar la mirada en «los hechos públicos de los hombres»; por el otro, estudiar estos hechos «desde la perspectiva causal que los relaciona». No ya como un capricho de los dioses o del destino, sino como un análisis metódico y racional que intenta explicar las causas humanas —las causas sociológicas, diríamos hoy— de que las cosas ocurran como ocurren.

En este sentido fue que Heródoto otorgó a la investigación un papel muy importante a la hora de desarrollar su trabajo. Debía imbuirse de los detalles y de las circunstancias que rodeaban a los hechos sobre los que se proponía escribir, para lo cual llevó a cabo largos viajes por los territorios en los que tuvieron lugar los conflictos acerca de los que versa su obra —las llamadas «guerras médicas», que, en el siglo V a. C., enfrentaron a los griegos y a los persas—. Su intención era entrevistarse con las personas que allí vivían y, en un trabajo más parecido al del periodista que al del rapsoda, ser capaz de componer una fotografía lo más objetiva posible de lo ocurrido. Lo cierto es que, en el afán de enriquecer el cuadro, e influido por la tradición en la que se había criado, Heródoto echó mano también de otras fuentes menos directas, entre las que se cuentan las narraciones de los poetas, los documentos administrativos de los Estados y de los oráculos y las redacciones llevadas a cabo por los logógrafos.

El hacer de estos últimos desempeñó un papel muy importante en el enfoque que Heródoto dio a su trabajo. Además de referirse al oficio de quienes redactaban los discursos que los oradores tenían que pronunciar ante los jueces, el título de logógrafo se aplicaba en la antigua Grecia a aquellos cronistas de los hechos que por primera vez intentaron separar en sus escritos el pasado mitológico del pasado histórico. El que mayor presencia tiene en la obra de Heródoto —y el único que es citado por su nombre propio— es Hecateo de Mileto, a quien algunos atribuyen el mérito de ser pionero en la puesta de manifiesto de esta separación y por lo tanto una pieza fundamental en el nacimiento de la Historia.

Dicha separación, sin embargo, en la práctica no era tan rigurosa. Se trataba más bien de una voluntad no del todo concretada en el hacer de los logógrafos, los cuales seguían mezclando en sus registros fuentes mitológicas con otras más mundanas. Ni siquiera la obra de Heródoto es tan estricta en ese sentido, ya que, como dijimos, continuaba combinando los datos procedentes de fuentes testimoniales con otras más poéticas. Habría que esperar a Tucídides, veinticuatro años más joven que Heródoto, para encontrar una prosa que extirpa conscientemente y de raíz toda posible explicación mitológica de los hechos para decantarse por otra puramente racional, una que sólo se sustenta en las relaciones de causa y efecto de los acontecimientos humanos a la hora de dar cuenta del modo en que los hechos ocurren.

Al menos eso es lo que nos cuentan los libros de historia, y lo damos por bueno porque posee ese respaldo, pero también porque nos parece que tiene sentido que haya habido un momento en el que se consiguió fijar ese límite. Así como nos parece que tiene sentido que cada uno de los pasos dados en esa dirección haya representado un gran avance en la historia del pensamiento, ya que nos ha permitido distinguir entre lo que es real y lo que no.

Debemos ser conscientes, sin embargo, de que esto sólo es así porque lo leemos a la luz de nuestras propias creencias, las cuales han sido fundadas en el mismo entorno cultural que aquellas que determinan que lo real es lo comprobable y que vinculan los hechos a través de relaciones causales.

Si lo mirásemos con unos ojos distintos, unos que otorgaran a cualquier forma de manifestación de la experiencia igual grado de validez, tal vez llegaríamos a la conclusión de que dicha separación es caprichosa y que, más que fijar el límite entre lo real y lo ficticio, lo que hace es inaugurar una nueva ficción que cuenta entre sus relatos con uno que dice que ese límite existe, y que distingue así entre la realidad de las cosas —la realidad objetiva, causal y comprobable de las cosas— y los relatos ficticios que a partir de ella elaboramos.

Hace un tiempo, en un coloquio que exploraba la frontera entre la realidad y la ficción en literatura, pregunté al auditorio si conocía un buen método para distinguir lo que es real de lo que no. Entre los asistentes había una jueza que no dudó en afirmar que los hechos reales son aquellos que pueden ser comprobados. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, bien instruida y muy elegantemente vestida. «Así que para usted lo real es aquello que se puede comprobar», inquirí, a lo que ella asintió sin titubear. «¿Y lo que no se puede comprobar?», agregué. «No debería ser tomado en cuenta», afirmó la mujer. «¿Tiene usted hijos?», le pregunté al cabo de un momento. «Tengo tres», dijo ella. «Y supongo que los quiere». «Muchísimo», respondió. «Compruébemelo», le pedí.

Cada época, cada cultura, establece su propia relación con las cosas del mundo. Cada una establece su propio relato al respecto, el cual determinará las reglas que otorgarán o restarán verosimilitud a las ficciones que en ella se cuenten.

A partir de que Heródoto fijó las reglas de la Historia como la descripción del modo en que los hechos ocurridos a los hombres se relacionan en un orden causal, la organización de los fenómenos del mundo dejó de depender de un orden divino para pasar a depender de un orden humano. El mito, el relato que expone los designios de los dioses y que incluye y trasciende las circunstancias de los hombres, fue reemplazado por la Historia, la narración de los hechos acontecidos a los hombres dispuestos en una relación de causa y efecto: había tenido lugar la fundación cultural de Occidente.

El nacimiento de la Historia no representó el momento en que fuimos capaces de tomar contacto con la realidad objetiva de los hechos —sea lo que sea lo que eso signifique—, sino el momento del nacimiento de una nueva ficción que determinó que ese contacto era posible.

Lo cierto es que nunca ha ocurrido que alguien haya podido tomar contacto directo con la realidad objetiva de los hechos —sea lo que sea lo que eso signifique—. Siempre que lo hacemos, lo hacemos a través de una ficción ordenadora, y el relato de la Historia no es una excepción. La particularidad de esta ficción es que, al basarse en la investigación de unos supuestos hechos objetivos, se define a sí misma como no ficticia, inaugurando así la noción de lo real.

¿Cómo podemos diferenciar, pues, entre la ficción y la realidad? Vaya aquí una primera pista: si tiene sentido es ficción, porque la realidad no lo tiene.