Prólogo

1

Itzamara

Itzamara no deseaba morir. Si existiera un elixir que prometiera la vida eterna, lamería hasta la última gota del frasco. Dejaría el recipiente cristalino seco. Lo consumiría todo.

«¿Qué pasaría con la gente a la que quieres? Todo el mundo habría muerto y tú estarías sola», cuestionaban aquellos que la rodeaban.

Pero había algo que la aterrorizaba aún más que la soledad eterna: quedarse sin tiempo.

Cuando era pequeña, la idea de crecer le quitaba el sueño.

Nació la noche en que el velo entre los dos mundos era más fino. El 31 de octubre marcaba el final de la mitad luminosa del año, el fin de las cosechas y el inicio de la época más oscura del ciclo. Los espíritus danzaban libremente por la tierra, sin el permiso de nadie. En antiguas tradiciones, los pueblos encendían hogueras para protegerse del mal mientras cubrían sus rostros con máscaras que les permitirían entremezclarse con los espectros o, en el mejor de los casos, ahuyentarlos.

Itzamara había nacido en el momento del año más cercano a la muerte. Quizá era una broma cruel de los dioses. Un recordatorio constante de que su existencia podría finalizar en cualquier instante.

Las personas salían de sus casas disfrazadas de criaturas perversas mientras su abuela le cantaba el cumpleaños feliz alrededor de las velas. Itzamara permanecía inmóvil, con la mirada fija en las llamas de la tarta. Sabía que, al apagarlas, un año más habría pasado, y no había descubierto todavía el secreto para detener el tiempo.

Esa noche, a escondidas, lloraba con una pesadumbre en el pecho que tardaría un par de días en disiparse.

No quería que le quedaran libros por leer. No comprendía la idea de marcharse sin haber visitado todos los lugares que deseaba contemplar. «Habrá más gente a la que amar, habrá otras personas con las que compartir mi vida inmortal», pensaba, aunque nunca llegaba a decirlo en alto. Quizá resultaría insensible. Quizá esa necesidad ansiosa de devorar el mundo podría asustar a los demás. Menos a Ysobel. A ella no le asustaba nada.

Su abuela le tomaba el rostro entre las manos y le decía: «No temas, una vida como la tuya no se acabará tan fácilmente».

Nunca supo a qué se refería exactamente, y ahora le gustaría preguntárselo. Pero Ysobel no podría responder; su cuerpo descansaba en lo más profundo del mar, convertido en cenizas.

A Itzamara también le gustaría preguntarle cómo narices se salía de Plaka para llegar a casa, pero tendría que conformarse con dar un par de vueltas más a la manzana mientras la bolsa del mercado se le clavaba con fuerza en el hombro derecho.

Cumplía veinticuatro años.

En España, el día de su cumpleaños siempre amanecía envuelto en una niebla densa. Ribagorza, en Huesca, se caracterizaba por un clima frío y seco. Sin embargo, intuyó que aquel año sería diferente.

El sudor le resbalaba por la nuca mientras con un movimiento de la cabeza se colocaba su melena oscura a la espalda. Con una falda larga de color rojo, una camiseta de tirantes y una fina chaqueta de lino se paseaba por las calles desordenadas de Atenas.

Llevaba dos meses en esa ciudad y aún le costaba acostumbrarse a su ritmo caótico y al ruido constante que no le permitía pensar con claridad. La primera vez que puso un pie en aquella antigua capital, se sintió abrumada. Tuvo el impulso de salir corriendo. Pero había anclado sus pies al suelo, recordándose a sí misma el motivo que la había llevado hasta allí.

Días como aquellos, en los que el sol la seguía allá adonde fuera, los hombres la miraban con una curiosidad insaciable. Se notaba el pelo pegado a la piel por el sudor y el calor brotaba del asfalto con fuerza. Tenía que acudir de nuevo a ese recordatorio inicial.

No odiaba Atenas. De hecho, empezaba a entender por qué su tía abuela, a diferencia de Ysobel, nunca se había marchado de allí.

Mai la recibió en la puerta de la casa con una sonrisa jocosa. Miró, sin disimulo, el cuerpo cansado de Itzamara y dedujo al instante que había vuelto a perderse.

—Has llegado, que es lo importante —le respondió ante la disculpa de la joven por la tardanza. Después, tomó la bolsa del mercado como si no pesara en absoluto y añadió—: Ve a darte una ducha fría, la comida está casi lista.

Itzamara no desobedeció.

Permitió que el agua limpiara su piel arenosa y que el silencio invadiera su mente durante unos segundos. El agua dejó de correr cuando cerró el grifo y se envolvió en una toalla blanca. Otra para recoger su cabello húmedo.

Ya frente al espejo, cubrió su piel olivácea con crema y se aplicó otra distinta en las mejillas. Se miró. Dejó que sus pupilas se deslizaran por su reflejo y comprobó que aquellos últimos seis meses habían sellado en ella una mueca más adulta, más seria. La muerte de su abuela también le había acariciado el rostro.

Veinticuatro años.

Había pasado todo el día intentando escapar de la melancolía inevitable que le suponía celebrar su cumpleaños sin Ysobel. Sintió que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas y los cerró de inmediato negando con la cabeza.

Tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta y, con la misma determinación, comenzó a desenredarse el pelo, esforzándose por mantener la mente en blanco.

Pero era imposible. El recuerdo de su abuela la poseía sin previo aviso. Aquellos ojos verdes de una profundidad hipnotizante se le aparecían en cada momento que pasaba a solas. Ni siquiera Mai, que compartía la mirada de Ysobel, tenía esa esencia envolvente y repleta de secretos.

«Me gustaría ver el lugar en el que creciste, abuela. Me gustaría ver cómo fue tu vida antes de venir aquí», le había confesado un día en el que se encontraban las dos en la cocina.

El semblante de Ysobel se ensombreció de inmediato. Clavó los ojos en los de Itzamara con una seriedad que hizo que esta deseara no haber dicho nada.

«He luchado contra viento y marea para alejarme de allí. Mantente con la vista al frente y deja la curiosidad sobre el pasado bien enterrada. ¿Me escuchas, Itzamara? No des ni un paso atrás».

«Pero…».

«Ni un paso atrás».

Tajante, testaruda y con una voluntad de hierro. Así la recordaría siempre.

Ysobel había sido, además, su única familia desde que nació. Su madre falleció al darle vida, y su padre se marchó poco tiempo después. Por lo tanto, para Itzamara, su abuela era el único refugio que había conocido.

Intentaba no pensar demasiado en lo que ella diría al verla desobedecer tan clara advertencia sobre su presencia en la ciudad donde ahora se encontraba.

—¡Nena, la comida está lista!

Agradeció que la voz de Mai la sacara de sus pensamientos y, con rapidez, terminó de vestirse. Bajó al patio, donde una pequeña mesa estaba preparada para las dos. Suspiró aliviada al ver la sombra que la parra proyectaba sobre aquel rincón acogedor. El calor había disminuido, y ahora una brisa agradable hacía que el ambiente fuera perfecto para disfrutar de la comida con tranquilidad.

Se sentó. Ya había intentado ayudar a Mai en otras ocasiones, pero solo había conseguido de la mujer un par de gruñidos y que la expulsara de la cocina con firmeza.

De carácter similar al de Ysobel, con un rostro marcado por el tiempo y una figura ligeramente encorvada, su tía abuela la había acogido en su casa mientras cursaba un máster en la Universidad de Atenas.

«Ysobel se enfurecería conmigo si te hiciese pagar algo a cambio de tu estancia, nena. Ni lo pienses», le había contestado Mai después de que Itzamara se ofreciera a compensarla.

La realidad era que Ysobel se habría enfurecido si se hubiera enterado de su viaje a Atenas, pero eso Mai no necesitaba saberlo.

Su tía apareció en el patio con una pequeña tarta en las manos, las velas encendidas y una expresión de concentración absoluta mientras cantaba, cuidando que ninguna de las llamas se apagara. Itzamara no pudo evitar que se le escapara una pequeña risa al verla, esperando pacientemente a que Mai llegara hasta la mesa.

Cuando la tarta quedó depositada frente a ella y el cántico terminó, cerró los ojos y pidió un deseo. Después, sopló.

—Gracias, tía —murmuró antes de plantarle un beso en la mejilla.

Las dos disfrutaron de la comida al tiempo que Mai recordaba sus veinticuatro años en voz alta. Itzamara siempre la escuchaba con mucha atención. Porque la vida de su tía le interesaba de manera genuina, pero también porque muchas veces en sus anécdotas existían pequeñas menciones a Ysobel. Pequeños detalles de su vida que Itzamara no había podido conocer y a los que se aferraba con todas sus fuerzas.

—Los veinticuatro de ahora no son como los de antes, ¿entiendes, nena? A los veintiuno, yo ya había tenido a Dimitra y, a tu edad, estaba a punto de dar a luz a Ioanna. A tu tío le habría encantado tener un niño, pero no pudo ser. Es que no volví a quedarme embarazada, ¿sabes? Aunque lo intentamos, mi cuerpo dijo: «Hasta aquí, chata».

Mai se encogió de hombros y se llevó a la boca el último trozo de pastel de su plato.

—¿A ti te habría gustado tener un niño? —quiso saber Itzamara, y su tía negó con la cabeza.

—Mira, nena, la nuestra es una familia de mujeres. Mi madre nos tuvo a tu abuela y a mí. Y tuvo otras tres niñas, ¿entiendes? Es que la vida es así. Aunque lo desees, hay cosas que no se pueden cambiar. Y yo lo sabía, nena. Tenía claro que nunca daría a luz un niño.

Itzamara parpadeó sorprendida. Jamás había reparado en ello. «Familia de mujeres». Nunca había pensado en su deseo de tener un niño, pero, de pronto, parecía que las posibilidades de tener un hijo varón acababan de reducirse enormemente.

—Tu abuela también tuvo a tu madre muy joven, ya lo sabes. Veinte años recién cumplidos. Pobre Ysobel, pobre… —suspiró Mai.

Itzamara sabía que su abuela habría odiado que alguien se compadeciera de ella de esa forma.

—¡Ay, casi se me olvida! ¡Tengo un pequeño regalo para ti!

—No hacía falta, tía…

Pero Mai ya se había puesto en pie y había entrado en la casa en busca de aquel detalle. Itzamara esperó mientras saboreaba su trozo de tarta.

Su tía tenía entre las manos una cajita de color dorado cuando volvió a aparecer. Se la entregó con una dulce sonrisa en el rostro. Nada más tocar el regalo, Itzamara sintió una especie de descarga eléctrica que le hizo dar un respingo en la silla. Por un instante, tuvo el impulso de dejar el objeto sobre la mesa, sin abrir.

—El regalo está dentro, nena —insistió Mai, que la contemplaba con curiosidad sin llegar a entender por qué su sobrina no era capaz de levantar la tapa de la caja.

Con los dedos temblorosos, Itzamara abrió el alhajero. Dentro, encontró un topacio azul que colgaba de una fina cadena de plata. Sin despegar los ojos de la joya, oyó a su tía decir:

—Era de Ysobel. Siempre lo llevaba puesto. Se lo dejó en su habitación la noche que se marchó. Se dejó muchas cosas. Es que se fue tan rápido… Le ofrecí mandárselo, pero me dijo que me lo quedara. Así que lo guardé. Creo que le gustaría que lo tuvieras tú.

El nudo volvió a hacerse presente en la garganta de Itzamara, y tuvo que esforzarse por tragar saliva para evitar que las lágrimas se le acumularan en los ojos. No quería que Mai la viera llorar. Tampoco que pensara que su regalo la había entristecido. Aunque, en el fondo, así fuera.

Tomó una respiración profunda y, forzando una sonrisa, respondió:

—Es precioso. Gracias, tía.

Mai le devolvió la sonrisa, si bien en sus ojos brillaba una tristeza que no podía ocultar. Itzamara había perdido a su abuela, pero Mai había perdido a su hermana. Y mucho antes de su muerte.

En un intento por disipar la neblina de añoranza que se había instalado entre ambas, la joven no tardó en tomar el collar entre los dedos y deslizárselo por el cuello hasta cerrar el broche con seguridad. Dejó que el topacio acariciara su pecho e ignoró la extraña sensación que le provocó sobre la piel.

—¿Qué tal me queda? —preguntó en un tono liviano.

A su tía le brillaron los ojos.

—Radiante, nena, radiante.

Esa noche, Itzamara pasó horas observando el topacio de Ysobel. Se detuvo en la suave cadena que lo sostenía y en la delicadeza de la plata que rodeaba el mineral. Trató de imaginar a su abuela de joven luciendo aquel colgante. Quiso descifrar las razones que la habrían llevado a olvidarlo en su habitación, como si fuera un secreto abandonado a propósito.

Siempre le había gustado imaginar las diferentes vidas que Ysobel podría haber tenido en aquella ciudad. La razón por la que había envuelto ese pasado en un silencio que la acompañó hasta el final de sus días seguía siendo un misterio.

La duda había estado presente en Itzamara desde que tenía memoria, y a pesar de sus intentos constantes por descubrir la verdad, nunca había logrado acceder a ella.

Ese colgante ahora se convertía en un nuevo enigma dentro del misterio que siempre había envuelto a su abuela. Y, aunque despertaba en ella una profunda curiosidad, la calidez de tener un objeto tan antiguo y personal la llenaba de una añoranza desbordante.

Tuvo que hacer un esfuerzo por tomar aire y llenar sus pulmones porque, a veces, esa tristeza la invadía de tal manera que sentía que le faltaba el aliento.

Mientras su mente vagaba por todos aquellos escenarios, un ruido en la planta baja la sobresaltó. Miró el reloj: las tres de la madrugada. Le pareció extraño que Mai estuviera en pie a esas horas, así que se deslizó de la cama con decisión.

Descalza, salió de la habitación, sus pasos apenas audibles contra el suelo.

No tuvo que avanzar demasiado para descubrir que la puerta de la habitación de Mai estaba abierta. Dentro, el cuerpo de su tía descansaba con ligereza sobre la cama. Fue al oír su respiración profunda cuando comprendió que era imposible que se hubiera levantado y vuelto a acostar con tanta rapidez.

Antes de que pudiera dar otro paso, un nuevo golpe resonó, esta vez más cerca.

Alarmada, miró hacia la escalera con el inevitable impulso de correr hacia su cuarto y encerrarse en él hasta el día siguiente. Lo habría hecho si hubiese estado sola. Sin embargo, observó de nuevo a Mai y supo que no sería lo correcto.

Se escurrió por los escalones tratando de moverse en silencio, pero la madera antigua crujía bajo cada uno de sus pasos. Maldijo en voz baja mientras su mirada temblorosa se dirigía al último, intentando vislumbrar algo en la oscuridad.

De todas las noches del año, esa era la última en la que deseaba estar deambulando por la casa.

«Los espíritus», recordó.

Una sombra se movió entre los pasillos y, de inmediato, sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Había alguien más allí.

Retrocedió temblorosa hasta topar contra la pared más cercana y apretó los labios para impedirse soltar ni un solo quejido.

La sombra volvió a moverse. Sus pasos eran rápidos y ligeros, como si apenas tocara el suelo. A Itzamara le ardieron los ojos. No recordaba haberse sentido nunca tan asustada.

La puerta del patio se abrió de golpe, rompiendo el silencio. Itzamara dio un respingo, un movimiento tan brusco que hizo que la sombra se quedara inmóvil por unos segundos que a ella le parecieron eternos.

Entonces la silueta se deslizó hacia el jardín interior, donde un pequeño halo de luz iluminaba tenuemente el espacio.

Itzamara vaciló. Una parte de ella le gritaba que huyera, que escapara de allí lo antes posible. Pero otra, más tenue y persistente, le susurraba lo contrario.

Sus piernas se movieron solas hacia el patio.

Durante el trayecto, dudó de estar despierta. Quizá estaba en uno de esos sueños lúcidos que la hacían levantarse de entre unas sábanas empapadas en sudor. Pero ese momento era diferente, sabía que estaba despierta. De hecho, hacía mucho tiempo que no se sentía tan consciente.

Notaba subir y bajar su pecho con cada bocanada de aire. Sentía el cosquilleo en su piel ante el temor de cada segundo que pasaba. Y, si se concentraba un poco más, podía oír el fuerte latido de su propio corazón.

Al llegar al patio, abrió mucho los ojos. Definitivamente, no estaba soñando.

Frente a ella, una figura encapuchada permanecía inmóvil, dándole la espalda. El silencio se sentía denso, con una textura manipulable que comenzaba a envolverla y a ahogarla poco a poco. No podía apartar la mirada de esa presencia inquietante.

—¿Quién eres? —La pregunta salió de sus labios casi por voluntad propia.

Ante la falta de respuesta, dio un paso atrás. La quietud de la figura y su silencio inquebrantable le resultaban profundamente amenazantes.

Era la noche en la que el mundo de los vivos estaba más cerca del mundo de los muertos. Antiguas almas visitaban su viejo hogar, el lugar que una vez había sido suyo y ahora solo podían contemplar desde la penumbra.

Esa noche, un fino velo les permitía cruzar y pasear bajo la luz de la luna, acunando sus recuerdos y viejas intenciones.

¿Y si era Ysobel? ¿Y si su abuela estaba allí para visitarla por última vez?

Itzamara tomó aire y, con los ojos empapados en lágrimas, volvió a susurrar:

—¿Abuela?

Y, de pronto, la sombra desapareció.

2

Evadne

—Evadne.

El fresco aire que fluía entre los árboles le acariciaba el rostro. Tenía los ojos abiertos y miraba fijamente el cielo azul que se levantaba sobre ella. En su visión, entraba en el dosel del bosque, que se mecía con el viento en un baile silencioso.

Si cerraba los ojos podía imaginarse flotando sobre la naturaleza, formando parte de ella de manera definitiva. La calma conformaría su espíritu y nadie podría gobernarla, jamás. Sería despojada, y su ansia de libertad descansaría para siempre.

Notó que el cuerpo se le destensaba ante esa idea y que, aunque fuera por un instante, se liberaba de la carga interna que la había torturado durante los últimos días. Pero la calma fue breve. La carga regresó con violencia y la golpeó de nuevo, más pesada que antes. No podría deshacerse de aquello con tanta facilidad.

—Evadne.

¿Es que Atenea no había escuchado sus plegarías? ¿Es que no la había visto suplicante frente a su templo?, se preguntó.

—Haré lo que sea. Pero, por favor, libérame de este castigo —susurró con la esperanza de que la diosa se viera reflejada en su alma y ejerciera justicia sobre ella.

Sin embargo, no hubo respuesta. Solo un silencio que la condenaba a un destino miserable. Un destino que Evadne había rechazado durante todo el tiempo que le fue permitido. Y ese tiempo se había agotado.

Con todo, estaba agradecida; había sido mucho más de lo que otras mujeres jamás tuvieron. Una independencia que la mayoría de ellas ni siquiera pudo rozar. Por eso daba las gracias cada noche antes de acostarse. Y, en ese mismo susurro, pedía un día más.

Pero esa vez no gozaría de ese privilegio.

—Evadne.

—¿Qué?

—Deberíamos volver, la guardia se impacienta.

Evadne reposó el cuerpo sobre la tierra unos segundos más y cuando se incorporó, quedando sentada sobre la hierba, dirigió la mirada hacia su paidískē, Sophia, que la miraba con sus ojos oscuros bien abiertos. Sabía que una parte de la muchacha temía lo que ella pudiese hacer en esos últimos instantes de libertad.

Su mirada viajó después hasta los dos guardias que se encontraban un poco más alejados de ellas, estáticos y con la vista al frente. Si no fuera por sus uniformes reconocibles, parecerían dos estatuas clavadas en medio del bosque. Sin alma, absolutamente vacíos por dentro. Era imposible determinar si estaban impacientándose, pero Evadne entendía que Sophia no se refería a ellos, sino a quienes se encontraban en su casa.

Habría anclado los pies en aquel lugar y puesto una daga sobre su cuello, y habría amenazado con matarse si alguien se atrevía a moverla de allí. Pero ni Sophia ni los dos guardias eran responsables de su situación. Y si se retrasaban un minuto más, serían ellos los que recibirían un castigo por su obstinación. Así que, con desagrado, Evadne se levantó del todo y caminó de vuelta a casa en un silencio absoluto.

Al llegar, los ojos de su padre reposaron sobre ella con alivio. Sin embargo, Evadne no se dignó a devolverle la mirada. Apenas podía enfrentarse a su rostro; si lo observara con detenimiento, tan solo encontraría una profunda traición en sus pupilas.

Había llorado a sus pies, jadeando con plegarías.

«Padre, un año más, por favor. Dame tan solo un año más».

Pero ya había demasiados ojos fijos en ellos. Los rumores sobre su familia se esparcían rápidamente en la asamblea. Ser la hija de un stratēgós y no tener marido era lo más parecido a llevar una diana pintada en la frente.

«Lo han elegido ellos. Han considerado nuestra tardanza una incompetencia por mi parte. Estoy seguro de que será una elección adecuada. Tienes una buena dote, hija». Evadne sollozó de nuevo. «Te avisé el año pasado de que esto traería consecuencias, te lo dije. Este es el precio que nos ha tocado pagar».

Su madre los había observado desde el otro extremo de la sala con una inquietud poco disimulada en el semblante y una negación de cabeza constante. Evadne sabía que ambos estaban decepcionados y que esa vez no habría súplicas que valieran. Nada evitaría aquel matrimonio.

Su padre estaba avergonzado. Parte de la asamblea había tenido que intervenir en el casamiento de su única hija. Eso ponía en evidencia la capacidad decisiva del estratega. Algo tan simple podría poner en juego su papel y el futuro completo de su familia. Todo porque se había dividido entre su deber como hombre y los deseos de Evadne. Cuando ella no debería tener deseo ninguno.

Ahora, a un día de su enlace, nadie intercambiaba palabras en la casa. Su padre había reforzado la seguridad, temeroso de que Evadne hiciera algo imprudente. Los preparativos de la boda estaban prácticamente terminados. Iba a ser una ceremonia pequeña, sencilla, sin demasiada repercusión. No querían incidir aún más en la mayoría de edad de Evadne de manera pública.

Tras unos minutos dentro del hogar, percibió una tensión inusual, se diría que palpable, en el ambiente. Los bloques de piedra, los ladrillos de arcilla y las paredes encaladas de blanco que antes le resultaban familiares ahora la asfixiaban.

El tejado de terracota parecía una barrera opresiva, bloqueándole el acceso al oxígeno del exterior, como si el propio aire hubiera decidido abandonarla.

—Tenemos invitados —dijo su madre mientras la tomaba del brazo con ímpetu y, casi a la carrera, la hacía traspasar el pórtico que circundaba el patio hasta llegar a su habitación.

—Madre —se quejó Evadne mientras la mujer le pasaba la mano una y otra vez por la ropa, que se le había manchado al tumbarse sobre el prado.

Con unas tijeras, cortó con rapidez una parte de la tela que sobresalía del vestido. Evadne se sobresaltó, pero su madre la ignoró y deslizó enseguida los dedos por su larga melena rubia, quitándole los enredos a tirones.

—Eres una insensata. Tumbarte en la tierra de ese modo… Por todos los dioses, ¿qué va a pensar él cuando te vea? —La voz le tembló.

Todos los instintos de Evadne se pusieron en alerta, porque a su madre nuca le temblaba la voz.

—¿Cuando me vea quién? —murmuró con temor.

—Han venido sin avisar. Querían constatar lo que les prometimos.

—¿Lo que les prometisteis?

Evadne no tuvo tiempo para hacer más preguntas porque, con un empujón, su madre la lanzó de nuevo al atrio. Juntas lo atravesaron con rapidez y Evadne miró a ambos lados en busca de respuestas. No tardó en encontrarlas, pero dentro de la sala principal. Ambas entraron, casi tropezando la una con la otra.

Era la habitación donde, debido a su amplitud, la familia compartía la mayor parte del tiempo. Su padre también la utilizaba para reunirse en los momentos necesarios. Era un espacio con paredes de piedra iluminado de manera natural gracias a la luz que entraba a través de unas pequeñas ventanas y del patio central.

Las vigas de madera eran visibles en todo el techo, y en el centro había una gran mesa rectangular de madera. Alrededor de ella se encontraban los invitados, un grupo de estrategas que Evadne no reconoció.

Sus ojos viajaron con rapidez hacia su padre, pero él se mantuvo a un lado y con la mirada pegada al suelo.

Algo no iba bien.

Con el cuerpo envuelto en un temor apabullante, Evadne deslizó de nuevo la mirada hacia los hombres sentados a la mesa. Eran tres, pero sus ojos se mantuvieron cautivos en la figura del centro.

Aquel individuo no solo tenía un aspecto escalofriante, sino que le doblaba la edad. Ya a simple vista, podía asegurar que era mayor que su propio padre.

No tardó en ser consciente de que miraba a un único ojo. El otro, inexistente, estaba cubierto por una cicatriz profunda que se le extendía por buena parte del rostro, exponiendo un accidente que no solo lo había dejado tuerto, sino que había deformado la mitad de su semblante.

—Hija, saluda a Stavros. Con gran amabilidad, ha considerado propio conocerte antes de la boda —dijo su padre con una voz tan queda que apenas logró oírlo.

Notó que el pecho se le quebraba con lentitud. El dolor de esa grieta interna fue tan agudo que temió que los presentes pudieran verlo.

La sala volvió a quedarse en silencio, hasta que Evadne se percató de que su madre le pellizcaba con disimulo el brazo. Se sobresaltó y agachó la cabeza con rapidez.

—Es un honor conocerlo, señor.

Un sabor amargo invadió su boca en cuanto pronunció esas palabras. Por el rabillo del ojo vio que Stavros esbozaba una mueca de satisfacción y supo al instante que esa sonrisa la perseguiría en sus pesadillas durante el resto de su vida.

—¿Nos podrían dejar a solas? —preguntó el hombre. Su voz retumbó contra la piedra de las paredes.

Evadne se irguió de un impulso y miró a su padre, suplicante, pero él fingió no verla y aceptó con el mentón. Quiso gritar, si bien no lo hizo. Simplemente observó con el alma entumecida cómo todos los presentes salían de la habitación, dejándola encerrada con aquel animal que le ofrecían por marido. El miedo en su cuerpo comenzó a transformarse en algo caliente y vibrante a lo que ella todavía no había puesto nombre.

—Querida…, me han hablado mucho de ti.

La textura de la voz de Stavros era pegajosa, densa y cargada de mucosidad. Su tono, profundo y con una tenebrosidad claramente forzada, habría hecho correr a cualquiera.

Aun así, Evadne permaneció en silencio y con la cabeza gacha mientras veía cómo comenzaba a moverse en su dirección.

Daba pasos lentos, tomándose su tiempo. Sin necesidad de dirigir los ojos hacia su rostro, tuvo la certeza de que él sonreía. La idea de aquel hombre deleitándose ante su temor la hizo afianzar su postura. Ignoró el ligero temblor de sus rodillas y alzó la mirada para centrarla en aquel único ojo.

«Puto tuerto», pensó.

Stavros continuó acercándose hasta quedar frente a ella. Su aliento acre le rozaba la piel y, asqueada, contuvo un amago de arcada. Olía a vino, orina y humedad. Esa combinación fue la que la empujó a retroceder, pero él fue más rápido. Le puso una mano en la cintura, impidiéndole alejarse. A Evadne se le cortó la respiración.

—Veintidós años… Tu padre es un incauto infeliz que se cree demasiado listo.

Fue su verdadera declaración de guerra. Evadne lo comprendió. Esa sería la represalia por su insurrección. Y la violencia que desprendía el agarre de Stravos sobre su piel le confirmó que no tendría escapatoria a su castigo.

Con urgencia, comenzó a contemplar sus opciones para huir. Dos puertas. Había dos puertas por las que echar a correr, pero sabía que no llegaría muy lejos. Fuera la estarían esperando.

El aire dejó de entrar en sus pulmones. Y por si fuera poco, el hedor del hombre que la sostenía seguía asfixiándola.

Sus ojos buscaron las ventanas. Sería aún más difícil. Le llevaría más tiempo.

—Evadne, Evadne… ¿Creías que podías huir para siempre? —susurró Stavros mientras acercaba la boca a su cuello y rozaba con la lengua tibia y seca su delicada tez—. Has sido una mujer desobediente. Y a las mujeres desobedientes se las castiga.

Acto seguido, la joven notó que los dientes de él se le clavaban en la piel.

Un grito brotó de su garganta y trató de empujarlo con todas sus fuerzas. No sirvió de nada. Stavros continuaba pegado a su cuerpo, como si quisiera consumirlo por completo. Su cuerpo, su sostén, su tez cuidada con tanta estima. Todo lo que únicamente le había pertenecido a ella ahora le estaba siendo arrebatado.

Stavros ejerció toda la presión que pudo sobre Evadne, empujándola contra la pared hasta que su espalda impactó contra la piedra fría. Antes de que ella pudiera volver a gritar, estampó una mano sobre su rostro con una bofetada feroz.

El sabor metálico de la sangre invadió la boca de Evadne de inmediato.

Toda su inocencia corrompida en un solo golpe. Cuanto había luchado por preservar le había sido despojado como si no significara nada.

«¿Cómo no lo he comprendido antes?».

Ahora, por querer alcanzar un poder sobre sí misma, se veía amordazada.

Cuestionó sus propias decisiones. Tuvo ganas de reírse de sí misma ante aquella fantasía infantil que la había llevado a creerse capaz de convertirse en algo diferente.

Aún recuperándose del impacto, se liberó a toda velocidad de Stavros y echó a correr hacia una de las puertas. Apenas había dado un par de pasos cuando notó unos brazos rodeándole la cintura. Su cuerpo se encontró en vilo durante una décima de segundo antes de estrellarse contra la mesa del centro de la sala. Gritó.

«¿Es que nadie me oye?».

Consternada, intentó incorporarse, pero la mano de Stavros sobre su cabeza volvió a golpearle la mejilla contra la madera.

—Ya me has cabreado, maldita sea. Vamos a comprobar si eres tan virgen como tus padres aseguran —gruñó él contra su oreja.

Evadne volvió a gritar, pero su voz se quedó suspendida en el aire. Nadie acudió a socorrerla.

Mientras Stavros la obligaba a quedarse quieta en esa terrorífica posición, su otra mano, fría y repleta de callos, viajó por sus piernas hasta subirle el vestido hasta la cintura. De nuevo se le cortó la respiración.

Cuando oyó que el quitón de Stavros caía al suelo, su mente quedó sumida en un silencio abrumador. Todo se detuvo, salvo una voz que no le pertenecía pero que resonaba con fuerza en su interior, susurrando: «¿Vas a ser una víctima toda tu vida?».

Tenía dos opciones: quedarse allí, cerrar los ojos y esperar a que todo sucediera lo más rápido posible, o detenerlo, fuera como fuese. Por primera vez, eligió actuar.

Sus ojos recorrieron la habitación con rapidez hasta posarse en el escritorio. Allí, frente a ella, estaban las tijeras de resorte de su madre.

¿Las habría dejado allí a propósito? ¿Querría que se defendiera o solo esperaba que permaneciera quieta, sufriendo el menor daño posible?

Ya no importaba. Sabía que solo tendría una oportunidad. Y sabía también que, si fallaba, Stavros no tardaría en matarla.

Sintió nuevamente cómo él le apretaba los muslos y se recolocaba entre sus piernas. No lo pensó más. Era un riesgo que estaba dispuesta a correr.

A una velocidad de la que no se consideraba capaz, alargó el brazo y tomó las tijeras entre los dedos. No se detuvo. Lanzó el brazo hacia atrás con toda la fuerza que pudo reunir, sin estar segura de qué alcanzaría a golpear.

Un latigazo de energía le recorrió el cuerpo cuando oyó gritar a Stavros, y las tijeras volvieron a ella con las puntas ensangrentadas.

Aprovechando los últimos segundos que le quedaban, Evadne se dio la vuelta y se abalanzó sobre él como un animal salvaje. Un grito feroz salió de sus labios cuando consiguió hincarle las tijeras en su único ojo. La sangre brotó de la cara de Stavros, y cuando esta le salpicó su propio rostro ella aceptó que aquel no sería su final.

Con una fuerza que no le pertenecía, comenzó a clavárselas en cada parte accesible del cuerpo. Stavros gritaba tras cada puñalada y, como una serpiente, se removía tratando de buscar una salvación. Pero, por mucho que le costara aceptarlo, su vida se había acabado en el preciso momento en el que tocó a Evadne.

Ella gritaba. Por el esfuerzo, por la rabia y por aquel dolor que la consumía por dentro.

«Nunca más. Nunca más. Nunca más», se dijo.

No supo durante cuánto tiempo ni en cuántas ocasiones le clavó las tijeras. Pero siguió una vez que estuvo muerto.

Poco a poco, se incorporó. Se contempló las manos y las ropas, cubiertas de una sangre que no era la suya. Se notó los dedos temblorosos y la boca con un sabor amargo que le produjo varias arcadas y la hizo vomitar.

Su cuerpo se convulsionó hasta quedar completamente vacío mientras sus manos se aferraban con desesperación a su vientre, intentando contener un dolor que sabía que la acompañaría para siempre: el dolor de haber acabado con una vida.

Le costó apartar la mirada de Stavros. Tenía el rostro de un rojo vibrante, los labios entreabiertos y los miembros desmadejados como si acabara de caer del cielo. La atmósfera que lo rodeaba era densa y oscura.

Ella había generado aquello. Ella había teñido el mundo de negro.

Solo cuando dejó de vomitar y pudo respirar con cierta tranquilidad fue consciente del silencio que reinaba en la casa. Ni un solo murmullo, ni un paso sobre los suelos de piedra. Nada que le confirmase que había alguien al otro lado.

¿Es que se habían marchado? ¿De verdad la habían dejado sola?

No pensó en sus manos manchadas de sangre, tampoco en el hombre que yacía asesinado. Caminó con decisión hacia la puerta y la abrió de un tirón. Las tijeras seguían en una de sus manos y las sostenía con toda la fuerza que le restaba. Quería gritar: «¡Mirad! ¡Mirad lo que me habéis obligado a hacer! ¡Mirad en lo que me habéis convertido!».

Sin embargo, todas esas palabras se quedaron en el olvido cuando por fin salió de la habitación.

El cuerpo le tembló de terror.

Petrificada, observó la escena frente a ella como si formase parte de un sueño. Se clavó la punta de las tijeras en la yema de un dedo mientras se suplicaba a sí misma despertar. Pero tan solo sintió el dolor del pinchazo y la confirmación de que lo que estaba viendo formaba parte de la realidad.

Sophia fue el primer cadáver que captaron sus ojos. Allí, con el cuello degollado, se encontraba su compañera. Tenía una mirada de horror en el rostro y la rodeaba un charco de sangre. Evadne no tardó en darse cuenta de que no era solo de la joven.

Un poco más lejos se encontraban los dos guardias que las habían acompañado esa misma tarde. Ambos apuñalados por la espalda. Evadne era incapaz de moverse, todo el poder que le había pertenecido apenas unos minutos antes había desaparecido por completo.

Lo que finalmente le arrancó un grito desgarrador fue la visión de los cuerpos de su padre y su madre en el otro extremo de la habitación.

Se cubrió la boca con horror al contemplar a su familia sin vida frente a ella. Su padre, con un puñal enterrado en el pecho; su madre, con el cuello desgarrado y ensangrentado. Esas mismas heridas las sintió Evadne en su propio cuerpo, como si el dolor de ellos le atravesara el alma. Un ardor insoportable la recorrió y no se consideró capaz de sobrevivir a ese sufrimiento.

Creyó que desfallecería allí mismo. Pensó en clavarse las tijeras, en terminar lo antes posible con la tortura que la consumía.

Aun así, antes de que pudiera tomar una decisión, oyó ruidos y voces provenientes del exterior. Más hombres. Más depredadores listos para cazarla.

En alerta, contempló de nuevo la escena que la rodeaba. Y recordó el cadáver de Stavros. Eso la llevó a pensar en su propio cuerpo lleno de vísceras. Comprendió que, si quería tener una muerte digna, si quería ser ella la que acabase con su vida, tenía que salir de allí antes de que la encontraran.

Aquel era su verdadero castigo, la consecuencia directa de su desobediencia. Su padre se lo había advertido: los castigarían. Pero nunca imaginó que sería de esa manera.

Las demás familias de Atenas no podían tomar como ejemplo la desobediencia de Evadne; las mujeres no podían ver su tardanza como una opción. Por ello, habían decidido impartir una lección a toda la ciudad de la forma más cruel posible, asegurándose de que el mensaje quedara grabado en la memoria de todos.

Miró a sus padres por última vez mientras las lágrimas le nublaban la visión. Sabía que no volvería a contemplar sus rostros ni sus delicados cuerpos, ahora sin vida. Quiso acercarse a ellos, abrazarlos. Quiso pedirles perdón y repetirles cuánto los quería.

Pero no tuvo tiempo.

La puerta de la casa tembló violentamente desde el exterior, y Evadne fue consciente de que debía marcharse.

Con rapidez, corrió hacia la ventana trasera más cercana.

Temblaba de la cabeza a los pies de manera incontrolable, pero logró abrirla, dejando las huellas de sus manos ensangrentadas.

Finalmente, echó a correr. Y nunca miró atrás.

3

Itzamara

Itzamara tan solo oía sus propios pasos sobre los suelos de mármol. Corría todo lo rápido que podía, esquivando a la gente que se le interponía por el camino. El pelo, recogido atrás, le bailaba de un lado a otro con el movimiento de su cuerpo. Este le pedía a gritos que se detuviera.

No se dejó llevar por el cansancio y continuó corriendo con la respiración entrecortada. Casi resbaló al doblar la esquina y procuró que los libros no se le deslizaran de las manos.

Prácticamente había llegado.

Se relajó con alivio cuando por fin alcanzó su destino, pero no tardó en querer maldecir en voz alta al ver que la puerta ya estaba cerrada. Se detuvo, tomó una respiración profunda y, sin pensarlo demasiado, tocó con suavidad la madera. Unos segundos después, la puerta se abrió.

—Señorita Georgiou, llega tarde.

Cuando deslizó la mirada hacia el interior, comprobó que el aula estaba casi completa. La profesora Sideris la observó con hastío, a la espera de una respuesta.

—Lo sé, lo siento… ¿Puedo pasar?

De nada serviría poner excusas o tratar de ofrecer una explicación que resultara convincente. Se había dormido, punto. Ahora le tocaba asumir las consecuencias.

Sideris asintió resignada e Itzamara avanzó con rapidez entre las filas y se sentó en el primer sitio libre que encontró. Dejó de manera silenciosa los libros sobre la mesa y se permitió unos segundos para recuperarse.

Llevaba varios días sin poder conciliar el sueño.

No le había contado a Mai lo que había visto la noche de su cumpleaños, no quería asustarla. Además, tampoco estaba segura de que hubiese sido real.

Cada pequeño crujido de la madera y el silbido del aire la habían mantenido con los ojos abiertos. Era incapaz de volver a cerrarlos.

Se había prometido a sí misma no ir a la planta de abajo hasta que amaneciera. Pero las noches en las que no logró resistirlo, nunca encontró nada.

«Un sueño. Solo fue un sueño».

Tan solo dormía tranquila cuando los primeros rayos de luz se colaban por la ventana de su cuarto. Eso provocaba que, al sonar el despertador, su cuerpo luchase contra su voluntad en un intento de quedarse hundido en la cama para siempre.

A pesar de ese deseo desesperado por seguir durmiendo, que hacía que los párpados se le cerraran casi sin darse cuenta, hizo un esfuerzo por mantenerse atenta a la clase.

Escuchó el suave roce de la tiza sobre la pizarra y observó cómo Sideris terminaba de escribir, con letras grandes: «Ley de Semejanza».

—Lo similar produce lo similar. ¿Alguien me sabe decir qué significa esto? —preguntó mientras dejaba la tiza en la mesa y se limpiaba los dedos manchados de blanco.

Itzamara acomodó la espalda contra el asiento y abrió uno de sus libros.

Una chica, un par de filas por delante, levantó la mano. Sideris le cedió el turno.

—Significa que puedes influir en algo o en alguien usando una representación que se parezca a lo que deseas afectar.

La profesora asintió, e Itzamara no tardó en comenzar a apuntar. Eso la mantendría despierta.

—Exacto. Esta ley sostiene que un efecto puede producirse imitando su causa. Así se fundamenta la magia imitativa. —Sideris se deslizó lentamente entre las filas de alumnos caminando con calma—. ¿Quién podría darme ejemplos de prácticas y rituales basados en esto en la antigua Grecia?

La misma chica de antes volvió a levantar la mano.

—Creaban pequeñas figuras de cera o arcilla para representar a individuos específicos. Estas se utilizaban en rituales para afectar la salud, el amor o la fortuna de la persona representada —contestó.

Itzamara volvió a escribir en su cuaderno al ver que Sideris asentía dándole la razón. Un chico de un par de filas más atrás intervino:

—Los antiguos griegos también utilizaban plantas y minerales que se asemejaban a ciertas partes del cuerpo o que tenían características similares a los síntomas de una enfermedad para tratarla. Por ejemplo, el uso de la planta helecho para tratar problemas del cabello.

Itzamara recordaba haber leído algo sobre eso en alguna parte, aunque no lograba descifrar dónde. Buscó a la profesora con la mirada y preguntó:

—Ahí también estaríamos hablando del principio de correspondencia, ¿cierto?

Sideris sonrió complacida y se deslizó de nuevo hasta la pizarra mientras hablaba. Itzamara deseó que esa aportación compensara su tardanza de la mañana.

—Así es. Ambos principios comparten la idea de que existe una relación entre las cosas basadas en sus características, ya sean visuales, simbólicas, funcionales o energéticas.

Esa vez escribió con la tiza: «Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba». A Itzamara volvió a resultarle familiar aquella frase.

¿Dónde la había leído antes?

Incapaz de recordarlo, tomó un pósit y lo pegó sobre sus apuntes para acordarse de investigarlo después.

—Estos principios nos muestran cómo veían el mundo en la Antigüedad. Creían que todo estaba conectado y que podían influir en su entorno a través de rituales y símbolos.

Itzamara había ido a Atenas a realizar un máster en Estudios Clásicos. Apenas había comenzado sus clases, pero ya sabía que había tomado la decisión correcta.

Todo allí se sentía refinado, profundo, de una riqueza inconmensurable. En la universidad coexistían todo tipo de alumnos llegados de todas partes. Y se habían encontrado en el mismo lugar en busca de conocimiento. Todos querían entender mejor el mundo que los rodeaba. A Itzamara le parecía algo emocionante que tener en común.

Los primeros días había recorrido los pasillos de la universidad con asombro.

Los suelos de mármol brillaban cuando las cortinas de luz entraban por los ventanales. El sol se colaba entre los pasillos creando delicadas estelas que debías traspasar para llegar al siguiente lugar.

La curiosidad de Itzamara se deslizaba con pasión e inquietud. Las columnas que sostenían el gran edificio convertían el espacio en un antiguo templo con frescos en las paredes y puertas hechas de madera maciza. No creía poder cansarse jamás de esa majestuosidad.

Cuando la clase finalizó, tomó de nuevo los libros entre sus manos y salió del aula. Agradeció notarse más despierta, aunque reconoció que un café podía ser una grata solución a su cansancio.

Otro de sus lugares favoritos en la universidad era la cafetería. Le encantaba pasar sus descansos en las mesas redondas y las sillas de diseño clásico que llenaban el espacio.

La cafetería tenía una vitrina repleta de pasteles que siempre lucían irresistibles, y un par de estudiantes trabajaban como camareros, aunque parecía que ninguno de ellos sabía cómo preparar un buen capuchino.

Allí, con un café solo entre las manos, volvió a leer los apuntes de la clase de Sideris.

«Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba». Trató de hacer memoria, una vez más.

Investigó entre sus recuerdos, entre las páginas que alguna vez había leído.

A sus quince años, había encontrado una caja con diferentes libros en la habitación de Ysobel. Más concretamente, escondidos bajo su cama.

Por el lugar en el que se hallaban y la cinta aislante que cerraba el cartón, supo que aquello no le correspondía. Pero era una adolescente que acababa de descubrir la adrenalina de la desobediencia, así que, cada vez que su abuela salía de casa, aprovechaba para sumergirse en aquellas páginas secretas.

La verdad era que en pocas ocasiones llegaba a descifrar lo que significaban la mayoría de ellas. La construcción de las frases era compleja, trataban conceptos que Itzamara no conocía y que no había podido encontrar en ninguna otra parte.

Nunca preguntó a Ysobel por aquellos libros. Tampoco por qué los había ocultado

Una tarde en la que su abuela se encontraba ausente, volvió a adentrarse bajo su cama en busca de la caja, pero no encontró nada. Sospechó que la habían descubierto.

Pensó que tal vez Ysobel los había escondido en otro lugar, así que buscó por toda la casa. Movió armarios, revolvió cajones y levantó colchones, pero los libros habían desaparecido.

«Magia primitiva», se dijo.

Después de rebuscar un rato en lo más profundo de su mente sentada en la cafetería de la universidad, aquel título finalmente apareció.

Terminó con rapidez su café y se incorporó. Quizá podría encontrarlo en la biblioteca.

Estaba en el extremo opuesto de la universidad, así que aceleró el paso. No le quedaba mucho tiempo de descanso. Su siguiente clase comenzaba en veinte minutos y debía darse prisa.

Había ido a Atenas con la intención de completar sus estudios. Pero también había sido la excusa perfecta para conocer más sobre el pasado de su abuela.

Creyó que, al conectar con su lugar de nacimiento, quizá llegaría a comprender mejor la historia de Ysobel y sus propias raíces. A menudo se preguntaba cómo su abuela había sido capaz de guardar silencio durante tantos años sobre esa ciudad.

Sentía que ella nunca podría callar sobre Atenas durante tanto tiempo. Había tanto que admirar, tanto que celebrar en voz alta. Y, sin embargo, Ysobel nunca había dicho ni una palabra.

Siempre que Itzamara se atrevía a preguntarle, lo único que recibía a cambio era una mirada de advertencia.

No se hablaba de su pasado. No se hablaba de Atenas.

No fue hasta que tomó la escalera para atajar que Itzamara prestó atención al sonido de unos pasos tras ella. Cuando se dio la vuelta, no encontró a nadie.

Retomó su camino y terminó de bajar hasta la planta siguiente. Dobló la esquina para seguir por el pasillo más cercano y por el rabillo del ojo pudo cazar una sombra tras ella. Se volvió con ímpetu de nuevo, pero solo se encontró a un par de chicas que la miraron con el ceño fruncido y que avanzaron, dejándola atrás.

Inspiró profundamente para ignorar su temor a estar volviéndose loca. Con todo, no consiguió liberarse de la sensación de que estaban observándola. Miró una vez más hacia los lados y, con un ritmo más ralentizado, siguió caminando.

Oyó los pasos de nuevo. Cada vez más cerca. Al girar en la siguiente intersección, pudo identificar una sombra al final del pasillo, tras ella.

El recuerdo de la figura de la casa de Mai la golpeó con violencia, arrastrándola hacia un temor incontrolable.

Apenas le quedaba un pasillo para alcanzar la biblioteca. Al llegar a la última esquina, se detuvo en seco y se pegó a una columna.

El corazón le martilleaba en el pecho mientras aguzaba el oído, esperando. El eco de unas pisadas resonó tras ella. Contuvo la respiración, inmóvil, hasta que percibió el movimiento justo detrás.

Con un impulso, dobló la esquina, solo para chocar de frente con la figura que la había estado acechando. Esta se detuvo de golpe y el aire pareció volverse más denso entre ambas.

Cuando levantó la mirada, Itzamara se encontró con unos ojos marrones que la observaban con la aguda curiosidad de un lince. Frente a ella había un hombre que, si bien era considerablemente más alto, tendría una edad similar a la suya.

Antes de poder procesar lo que estaba ocurriendo, Itzamara dio un paso atrás, buscando distancia.

—¿Me estás siguiendo? —le preguntó sin pensarlo.

Se arrepintió al instante. Ysobel no habría estado demasiado orgullosa de esa primera interacción, pero a él pareció hacerle gracia.

—¿Tiendes a pensar que todas las personas que van en la misma dirección que tú te persiguen? Porque debe de ser extremadamente exhaustivo —bromeó, e introdujo las manos en los bolsillos con una actitud relajada.

Itzamara permitió que su mirada reposara unos segundos sobre él.

Era griego, de eso no le cabía duda. Sus cejas gruesas enmarcaban unos ojos oscuros, ligeramente almendrados, que la analizaban con una intensidad abrumante. Su cabello negro, cortado con precisión, complementaba su aspecto pulcro y le confería un aire distinguido. Su estatura imponente y sus hombros anchos llenaban cualquier espacio con una presencia casi magnética. Era atractivo, Itzamara no podía negarlo.

Se sintió estúpida. A pesar de su imponente figura, algo en esa mirada despreocupada le daba a entender que no se trataba de ninguna amenaza. Aun así, no fue capaz de rebajar la tensión de sus hombros.

—No tiene gracia.

Él no podía decir lo mismo. En su rostro ovalado se deslizó una sonrisa burlona.

—No te estoy siguiendo, señorita Georgiou.

Itzamara parpadeó con sorpresa al oírle pronunciar su apellido.

—¿Nos conocemos?

—Para ser tan paranoica, prestas poca atención.

Después pasó por su lado rozando su brazo izquierdo y continuó caminando de espaldas a ella, como si diese la conversación por finalizada. Itzamara frunció el ceño y, frustrada, lo siguió.

Pudo observar las comisuras de sus labios elevadas con diversión. «Capullo», pensó.

Aceleró el paso hasta colocarse frente a él, obligándolo a detenerse en seco para evitar chocar contra ella una vez más.

—¿Vas a responder a mi pregunta?

Él posó sus ojos con lentitud sobre los suyos. Itzamara no le retiró la mirada.

—Sí, nos conocemos. Vas a mi clase. Teniendo manía persecutoria, no me extraña que llegues tarde a todas partes.

Itzamara maldijo por dentro. El chico estaba en la clase de Sideris. Una ligera vergüenza acarició sus mejillas.

—Que no tengo… Da igual.

Se dio la vuelta e, imitando su gesto anterior, finalizó la respuesta.

Cuando se percató de que él se ponía junto a ella, le preguntó:

—¿Adónde vas?

—A la biblioteca, como tú —contestó él chico al tiempo que abría la puerta hacia la cual ella se dirigía y, con una mueca irónica, le hizo un gesto para que pasara primero—. ¿Me equivoco?

Itzamara tuvo el impulso de darse la vuelta por no darle el gusto de tener la razón. Pero, al recordar su siguiente clase, supo que no tenía tiempo para desafíos innecesarios. Asintió, resignada, y con una sonrisa fingida pasó por su lado.

Ambos se adentraron en el espacio más silencioso de la universidad. A esas horas apenas había gente, lo que le permitiría preguntar a la bibliotecaria por el libro que buscaba con rapidez.

—Un placer conocerte, señorita Georgiou —oyó a su espalda.

Antes de que tuviese tiempo de responder, él ya se había marchado.

Intentó no pensar demasiado en el hecho de que había acusado a uno de sus compañeros de clase de seguirla, como si fuera una auténtica lunática, y se dirigió al mostrador de préstamo.

—Hola, disculpa, estoy buscando un libro. Se llama Magia primitiva, pero desconozco el autor… o la autora. ¿Sabes si lo tenéis disponible aquí? No he podido encontrarlo en ninguna otra parte —murmuró apresuradamente cuando llegó su turno.

La bibliotecaria apenas la observó conforme tecleaba en su ordenador.

Itzamara sintió una especie de nerviosismo mientras esperaba, consciente de que, si el libro estaba allí, volvería a tener uno de los secretos de su abuela entre las manos.

—¿Este? —preguntó la mujer al tiempo que giraba la pantalla de su ordenador y le mostraba una portada que Itzamara reconoció al instante.

—¡Sí! —exclamó.

La bibliotecaria le hizo un gesto rápido para que bajase la voz, e Itzamara apretó los labios con arrepentimiento. Se mordió una de sus uñas mientras esperaba pacientemente a que la mujer le confirmara su petición. Se le encogió el pecho al verla negar con la cabeza.

—Estuvo en algún momento. Pero hace años que no tenemos información de seguimiento. En la última clasificación no fue catalogado, aunque eso no significa que no esté aquí. Te recomiendo ir a la sección de procesamiento, quizá allí puedas encontrar algo.

Itzamara notó un fogonazo de decepción recorrer su cuerpo.

Después de dar las gracias a la bibliotecaria, miró la hora. No le quedaba tiempo, tendría que ir a la sección de procesamiento otro día.

Recordó las palabras de Ysobel: «He luchado contra viento y marea para alejarme de allí. Mantente con los ojos al frente y deja la curiosidad sobre el pasado bien enterrada». Realmente se lo estaba poniendo difícil.

4

Briseida

Los gritos de Briseida se oían por toda la aldea. Apretaba con las manos la ropa de cama empapada de sangre. Las lágrimas recorrían su rostro y se entremezclaban con el sudor que le caía por la frente con desesperación.

Una mujer convertida en animal. Un animal que se desgarraba a cada respiración.

Siempre había sido callada, discreta. Su voz rara vez se alzaba más allá de un susurro y sus pasos eran tan ligeros que apenas dejaban rastro.

En la aldea, la gente no solía reparar en ella. Caminaban a su lado como si no existiera, como si fuera un espectro que se deslizaba entre ellos. Ni una mirada de reconocimiento, ni un gesto que le indicara que su presencia era percibida. Nada que confirmara que, para los demás, existía.

Eso podría haberla entristecido, pero la realidad era que lo prefería.

Tenía libertad para hacer la mayoría de las cosas que deseaba. Se escabullía de los lugares con facilidad, escuchaba conversaciones que no le correspondían y conocía los secretos de todos los que la rodeaban.

Desde pequeña había gozado del don de ser invisible. La vida siempre le había parecido un pequeño juego en el que había que ser imperceptible. Observaba con minuciosidad cada pequeño movimiento de los adultos a su alrededor. Imitaba sus gestos, actuaba como espejo. Y así había sobrevivido en la aldea durante toda su vida.

Briseida parecía no existir, pero la realidad era que estaba en todas partes.

Menos esa noche. Esa noche todos sabían de su presencia. Lo contrario era imposible. Briseida creía estar partiéndose en dos mientras empujaba con todas las fuerzas que ya no le quedaban. «Me voy a morir —pensaba—. Me voy a morir».

—No te vas a morir, mi amor. Tranquila, por favor —le contestó Andreas, y fue en ese instante cuando Briseida se dio cuenta de que estaba expresando su temor en voz alta.

Otro grito salió de sus labios, como contestación. Su marido lanzó su mirada hacia la comadrona con los ojos repletos de angustia.

—Empuja, niña, empuja. ¡Ya casi está! —exclamó la mujer, con la cabeza entre sus piernas mientras le sostenía los tobillos.

Briseida no creía poder empujar más. Quiso rendirse, quiso desfallecer en la cama, cerrar los ojos y no volver a abrirlos en un largo tiempo.

«Me voy a morir», pensó de nuevo, y la idea no le pareció tan desagradable.

Andreas advirtió la rendición en su rostro y, con rapidez, se puso a su lado para tomarle una mano con fuerza.

—Bri… Vamos, sé que puedes hacer esto. Sé que estás cansada, mi amor, pero no queda nada. Uno más y esto habrá terminado. Lo prometo.

Briseida reparó en que los ojos de su marido se humedecían. Nunca lo había visto llorar. Andreas entrelazó sus dedos con los suyos, y ella quiso confiar en su promesa. Uno más y habría terminado. Él asintió con insistencia y posó los labios sobre su frente húmeda. Briseida se permitió cerrar los ojos durante un breve segundo.

Un hijo con el amor de su vida era mucho más de lo que jamás se había atrevido a soñar. Había visto al resto de sus hermanas casarse con hombres a quienes no amaban, extraños que pronunciaban promesas matrimoniales vacías. Con el tiempo, convertidos en carceleros, sofocaron lentamente las esperanzas que ellas una vez habían albergado.

Pero Briseida… Ella había tenido suerte.

La hija pequeña de la familia se había quedado con la dote más reducida, así que tuvo que casarse con el hijo de un campesino que vivía junto a ella. Un joven dulce y humilde que había tomado su mano con ternura mientras sellaban su casamiento y que la había mirado como si estuviese descubriendo el mundo por primera vez.

—Andreas…, si me muero… —susurró para que solo él la escuchara.

Pero los ojos de su marido se oscurecieron rápidamente, interrumpiéndola.

—Ni se te ocurra, Bri, ¿me oyes? No digas ni una palabra más —contestó con seguridad.

Briseida lo comprendió, así que no insistió. Apretando su mano con fuerza y con los ojos repletos de lágrimas, hinchó los pulmones y volvió a empujar.

Después de eso, solo hubo silencio.

Un silencio petrificante que pareció parar el tiempo en la alcoba.

El cuerpo de Briseida ardía de dolor y por unos segundos lo vio todo negro. Pero incluso en ese breve momento de inconsciencia podía seguir oyendo el silencio más aterrador que había existido jamás.

Cuando volvió a abrir los ojos, Andreas continuaba a su lado. Su rostro, pálido y tenso, estaba vuelto hacia la comadrona. La mujer, de pie junto a la cama, sostenía un bebé entre sus brazos. Una criatura diminuta, frágil y desprovista de color.

Briseida estiró las manos en un amago desesperado por tomar a su hijo en brazos. Le costaba enfocar la mirada, pero pudo ver con claridad el gesto de tristeza que se deslizaba en el rostro de la mujer.

Su pulso se disparó y, en un acto de pura desesperación, se incorporó de golpe. La punzada de dolor que recorrió su cuerpo fue inmediata, cada fibra de su ser protestando contra el movimiento.

Andreas reaccionó al instante, sus manos firmes pero cuidadosas la sostuvieron por los hombros, obligándola a recostarse de nuevo en la cama.

—Bri… —susurró, como si él supiese algo que ella todavía desconocía.

—Lo siento mucho, niña —dijo la mujer mientras le tendía aquel reducido cuerpo que acababa de salir de sus entrañas.

Briseida lo sostuvo con urgencia, apretándolo contra su pecho en un acto puramente instintivo. Pero su mente comenzó a llenarse de sombras cuando vio a Andreas, incapaz de mirar al bebé, con las pupilas clavadas en ella, como si el peso de algo insoportable lo hubiera quebrado.

Le temblaron las manos. El corazón comenzó a latirle con fuerza mientras, poco a poco, retiraba el paño que envolvía a su bebé.

En el instante que sus ojos se encontraron con lo que ocultaba la tela, sintió como si el aire abandonara su cuerpo.

—No…

No había vida. No la encontraba por ningún lado. Entre sus brazos solo existía lo que podría haber sido pero nunca llegaría a existir. Una idea, un deseo, un recuerdo.

Un dolor aún mayor del que había experimentado hacía unos minutos la golpeó.

Notó cómo cada parte de sí misma comenzaba a descomponerse, sentía la sangre correr con rapidez por sus venas. Creyó que le estallaría el pecho en cualquier momento.

Sin embargo, esa vez no hubo gritos, no hubo palabras, ni un solo gemido salió por sus labios temblorosos. Se quedó estática mientras notaba los brazos de Andreas sostenerla.

Sabía que él le estaba hablando. Podía ver cómo sus labios se movían, cómo su voz intentaba atravesar la distancia que ahora los separaba. Pero no lo escuchaba.

Todo lo que oía era ese silencio ensordecedor que había nublado su mente. El silencio de la muerte irrumpiendo sin permiso, llevándose a su hijo recién nacido.

No dijo nada esa noche. Tampoco encontró las palabras al día siguiente, cuando con una suave tela cubrieron el cuerpo de su bebé y después lo taparon con tierra.

Había visto varias lágrimas deslizarse por el rostro de Andreas, pero ella no había sido capaz de sentir nada. Tan solo existía un vacío absoluto en su interior, una ausencia que se extendía por cada rincón de su ser y la consumía en una oscuridad a la que no sabía cómo hacer frente.

Se tocaba el vientre como si aún pudiese percibirlo dentro. Era incapaz de comprender que ya no existiera.

«¿Cómo ha podido abandonarme tan rápido?».

Andreas la había bañado con delicadeza. Había acariciado su cuerpo con ternura y eliminado todo rastro de la noche anterior. En cualquier otro momento, Briseida se habría desecho ante su tacto. Lo habría besado y deseado que ese momento fuera eterno. Pero en ese instante, continuaba envuelta entre las sombras.

Las mujeres de la aldea habían limpiado las ropas llenas de sangre de su cama, y la vida había seguido su ritmo como si nada hubiese ocurrido.

¿Es que no lo entendían? La vida se había acabado. Ella había visto la muerte esa noche, la había mirado de frente mientras esta tomaba una decisión sin su permiso.

—Dime algo, amor. Háblame —susurró Andreas, su voz apenas audible.

Sus dedos se deslizaban con lentitud por el pelo de Briseida, buscando consolarla de alguna manera mientras ambos permanecían recostados en la cama. Su mano temblaba ligeramente, como si temiera que su gesto no fuera suficiente para atravesar la barrera de dolor que los separaba.

—Me sonrió —murmuró Briseida mientras observaba el techo.

—¿Qué? ¿Quién?

—Estuvo aquí. Era joven, más de lo que me imaginaba. Supe que era él por las alas. Al principio, me pregunté por qué no podías verlo, estaba ahí, era imposible no sentirlo. Tenía unas alas negras que ocupaban gran parte de la alcoba. Pero después me di cuenta de que solo me visitaba a mí.

Andreas se incorporó sobre sus brazos con el rostro descompuesto y sus ojos recorrieron el rostro de su mujer buscando en vano algún indicio de respuesta.

—Bri… —murmuró apenas, su voz quebrándose con el peso de la incertidumbre…

Pero Briseida no le respondió. Tenía la mirada perdida y sus labios se movían con una lentitud extraña mientras continuaba atrapada en el recuerdo, narrándolo como si lo estuviera viviendo de nuevo, como si cada palabra la arrancara de las profundidades de su ser.

—Me miró y me sonrió. Tenía una expresión tranquila y amable, como si no estuviera a punto de cometer una atrocidad. —Le tembló la voz, quebrándose con cada palabra que pronunciaba—. Quise preguntarle qué hacía aquí. Cómo podía ser él, precisamente él, quien se atreviera a cruzar nuestro umbral. ¿Es que acaso no había crueldad en ese acto? ¿Es que la muerte de nuestro hijo no estaba llena de violencia?

Su garganta se desgarró mientras hablaba, como si las palabras arrancaran algo profundo dentro de ella. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro, calientes y constantes, pero no se movió de la cama.

Seguía mirando al techo, las pupilas fijas en un vacío que parecía consumirla.

Andreas le tomó la mano y se la apretó más de lo que pretendía.

—Los dioses lo decidieron así, mi vida. Si ellos consideraron…

—¡No! —rugió Briseida—. ¿Con qué derecho? ¿Qué razón puede haber para llevarse una vida inocente de ese modo?

Sus gritos se alzaron con tal fuerza que Andreas, paralizado por el terror, se inclinó rápidamente sobre ella y le cubrió la boca con la palma de una mano, intentando contenerla. Ella se incorporó y forcejeó, pero él mantuvo la presión.

—¿Es que quieres que Tánatos te lleve a ti también? ¿Quieres enfurecerlos y que condenen a toda la aldea? —jadeó en un susurro mientras la miraba fijamente.

Briseida le apartó la mano con brusquedad. Después se acercó más al rostro de su marido, que la observaba con una preocupación creciente.

—Que se atrevan… —maldijo entre dientes mientras lágrimas llenas de rabia le cubrían el rostro.

Andreas notó un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

Tomó una respiración profunda y, con delicadeza, atrajo hacia sí a su mujer. Mientras notaba los sollozos de Briseida contra su pecho, miró al cielo y pidió en silencio: «Que los dioses nos perdonen».

Pero de poco servirían sus plegarias. Briseida ya había tomado una decisión y nada ni nadie podría detenerla.

Esa misma noche, mientras Andreas dormía junto a ella, continuó mirando el techo de la misma alcoba en la que todo había ocurrido. Los ojos le pesaban y el cuerpo, aún dolorido, le pedía descanso a gritos. Su mente, en cambio, estaba más despierta que nunca.

Supo que tendría que esperar hasta bien entrada la madrugada, cuando todos en la aldea estuvieran dormidos y Andreas no pudiera despertarse.

Llegado ese momento, salió de la cama con sigilo. Tomó una manta de lana para protegerse del frío y salió de la casa. Sus pies pisaron la tierra húmeda con rapidez al tiempo que su mirada se deslizaba a ambos lados para asegurarse de que nadie la observaba.

La aldea entera descansaba mientras todo estaba sumido en una oscuridad densa. Un regalo de la luna nueva.

Se oían los sonidos de los animales moviéndose libremente bajo el manto de la noche. Briseida sintió que era una de ellos conforme avanzaba, silenciosa y decidida, hasta la pequeña tumba de su hijo.

Una vez allí, se agachó hasta que sus rodillas rozaron la tierra y, con las manos desnudas, comenzó a retirar la arena.

Cavó con toda la energía que le quedaba, cada movimiento desgarrando sus fuerzas. Sentía el polvo incrustarse bajo sus uñas, incluso se le quebraron algunas, pero no le importó. Tenía que llegar a él, costara lo que costase.

Cuando sus nudillos rozaron algo suave, un paño teñido del color de la tierra, un jadeo escapó de sus labios. El aire volvió a llenar sus pulmones. Lo había encontrado.

Con rapidez, siguió excavando hasta que consiguió desprender del todo la tela que envolvía a su hijo. Se la llevó al pecho, tal como hizo cuando su bebé nació, y ahogó un sollozo. Junto con otras telas, lo cubrió con mayor cuidado hasta que quedó perfectamente oculto entre sus brazos.

—Tranquilo… No te vayas todavía —le susurró con la voz quebrada—. Mamá va a encontrar una solución.

Andreas se despertó al día siguiente y halló la cama vacía. Briseida no estaba a su lado. La buscó por toda la casa y luego por la aldea, llamándola sin obtener respuesta, hasta que la realidad se impuso: su mujer se había marchado.

Un día después, Briseida llegó al puerto de Pelargos.

Había caminado sin pausa. No había descansado, tampoco había bebido agua ni ingerido ningún alimento. Con la mirada fija al frente y con su bebé aún entre los brazos, había hecho el largo recorrido con un único objetivo: necesitaba un barco.

Llegó al puerto durante la noche.

El lugar estaba en calma, casi desierto. La mayoría de las misiones habían zarpado de madrugada y los pesqueros ya estaban en alta mar.

Oculta entre las sombras, sopesó la idea de esperar un par de horas a que algunos de los barqueros regresaran. Tal vez entonces tendría más posibilidades de acceder a uno de los barcos, aunque también correría el riesgo de encontrarse con más ojos que pudieran detenerla.

A lo lejos, un grupo de hombres llamó su atención al acercarse a una de las mayores embarcaciones del puerto. Sus ropajes, finos y cuidadosamente adornados, delataban que eran personas importantes, tal vez hombres poderosos con algún cometido relevante. Hoplitas, quizá.

Decidió que lo más sensato sería esperar a que se marcharan; el puerto quedaría más vacío y las probabilidades de que la descubrieran disminuirían.

Sus ojos viajaron hacia una mujer alta de pelo largo y vestida de azul que se encontraba frente a la embarcación. En silencio, visualizaba todo con detenimiento. A Briseida le costó despegar los ojos de ella.

Poco después, un hombre esbelto descendió del barco. Caminó directamente hacia la mujer, pero Briseida no se movió. Permaneció en las sombras observando cómo él llegaba a su lado y le susurraba algo que no alcanzó a oír. La mujer asintió con el semblante serio.

Entonces, él inclinó el rostro hacia ella y la besó con lentitud.

No era un beso como los de Andreas. No había pasión, no había la urgencia de una despedida verdadera ni el calor de un amor que se aferraba a lo que estaba a punto de perder. Era un gesto vacío, casi metódico.

Algo dentro de Briseida se removió, una punzada silenciosa que la llevó a aferrarse con más fuerza a su hijo contra el pecho.

La pareja frente a ella se separó y el hombre volvió a subir a la embarcación. No pasó mucho tiempo antes de que el barco zarpase, deslizándose despacio hacia el horizonte.

La mujer permaneció inmóvil mirando cómo la embarcación se convertía en una pequeña mota de polvo en la lejanía. Solo entonces se dio la vuelta y se marchó.

Briseida supo que era su momento.

De manera silenciosa, se desplazó por el puerto con la mirada alerta en busca de un barco que pudiera servir para su misión. Sus ojos se detuvieron de inmediato en una embarcación pequeña pero sólida.

Estaba construida con resistente madera de roble, con una única fila de remos que parecía lista para cortar el agua con facilidad. En la proa, una hermosa sirena tallada destacaba como un guardián silencioso del navío. El barco era relativamente bajo, lo que le facilitaría el abordaje, y la cubierta ofrecía suficiente espacio para varias personas.

Briseida lo supo al instante: ese era su barco.

Se deslizó dentro de la embarcación con movimientos rápidos y cautelosos. Una vez estable en la cubierta, colocó con cuidado en un rincón el bulto de telas donde descansaba su hijo, asegurándose de que estuviera bien sujeto para evitar que se deslizara.

Luego se acercó a la proa y sacó los elementos que había traído con ella: lavanda, romero y salvia. Con precisión, comenzó a esparcir las hierbas, dejando que su fragancia llenara el aire. Después, sacó uvas, higos y una granada.

Con ambas manos, partió la granada en dos, y el jugo rojo se deslizó por sus dedos y goteó sobre la madera. Mientras el líquido brillante creaba pequeñas manchas carmesíes en la cubierta, cerró los ojos y comenzó a susurrar una oración.

—¿Se puede saber qué está haciendo en mi barco? —interrumpió una voz masculina tras ella.

Briseida se volvió con rapidez, el corazón acelerado, y se topó con un hombre corpulento de ojos oscuros que la contemplaba. Tragó saliva mientras continuaba apretando la granada entre las manos. El hombre frunció el ceño al ver el líquido rojo recorrer sus brazos.

Briseida no contestó. Solo necesitaba un poco más de tiempo. Un poco más de tiempo y todo el esfuerzo habría merecido la pena.

—Fuera de mi barco, ahora —insistió el hombre con enfado, y se acercó más a ella.

Briseida cerró los ojos y murmuró la oración para sí. Notó que el hombre la tomaba del brazo y la sacudía con violencia.

—¿Es que no me has oído? ¡He dicho fuera! —Su voz retumbó por el puerto, pero eso no la detuvo.

—¿Qué está ocurriendo? —Otra voz desconocida se hizo eco en la embarcación.

Allí, frente a ella y el barquero, estaba la mujer que había visto antes, la que se despedía de aquel otro hombre. Briseida maldijo en silencio. Demasiada gente.

—Se ha colado aquí sin mi permiso —dijo el barquero, sosteniéndola aún entre sus fuertes brazos.

La otra mujer depositó los ojos sobre las manos manchadas de rojo de Briseida y parpadeó confusa. Después, su mirada viajó hasta el fardo que se encontraba sobre el suelo de la embarcación. Briseida dijo la oración de nuevo, con mayor urgencia ahora.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer, su tono cargado de una cautela evidente.

Briseida no supo qué contestar. Lo único que deseaba era acabar con todo aquello lo antes posible.

Los dos continuaron mirándola con creciente confusión mientras Briseida, con un gesto desesperado, comenzó a morder la granada que tenía entre las manos. Sus labios y su mentón pronto se mancharon del jugo carmesí, intensificando la extrañeza de la escena.

El desconcierto los paralizó. Ninguno de los dos se dio cuenta de que el barco, empujado por la marea y los movimientos iniciales de Briseida, había comenzado a alejarse del puerto. Solo cuando miraron alrededor fue evidente: ya estaban demasiado lejos de tierra firme para regresar.