Todos los dioses del Olimpo fueron invitados a los esponsales de Tetis y Peleo.
Todos menos Eris, la diosa de la discordia. Furiosa, quiso vengarse de la ofensa, así que se presentó en el banquete y dejó a la vista de los invitados una manzana de oro con la siguiente inscripción: «Para la más bella». Al instante, Era, Afrodita y Atenea empezaron a discutir y se dirigieron a Zeus, a fin de que dictaminase cuál de ellas debía ser la poseedora de la manzana. Él se negó a emitir un juicio y asignó tan ingrato papel a un mortal, el príncipe troyano Paris. El joven eligió a Afrodita, consolidando de este modo la fama de su belleza legendaria.
En el mundo existen dos tipos de personas: las que ven el vaso medio lleno y las que lo ven medio vacío.
A mí me gusta estar justo en el medio.
De modo que veo el vaso por lo que es en realidad: un vaso de agua. Me importa poco si falta la mitad o si está a la mitad. En cualquier caso, el agua está allí.
Si tuviera que describir mi vida, la compararía con medio vaso de agua.
Un único progenitor.
Un único fondo fiduciario que comparto con mi hermano.
Un cerebro lo bastante inteligente como para que me admitan en Yale, pero no superior al de los demás.
Un único ojo azul. Un único ojo marrón.
Cuando no tienes que preocuparte de lo que tienes ni de lo que te falta, la única preocupación que te queda es la de pensar que al menos hay algo. Y deberías estar agradecida por ello. Al mismo tiempo, cuando solo dispones de lo mínimo necesario, debes trabajar más para que con eso te baste.
Ni siquiera te da tiempo a envidiar a quien tiene el vaso medio lleno, porque estás demasiado ocupada asegurándote de que al menos haya un poco de agua en el tuyo.
—¡Haven!
Me giro de golpe, asustada. Mi hermano viene hacia mí; le siguen dos chicos y una chica que no conozco. Tengo dos maletas delante de mí y una mochila de ocho kilos a la espalda.
—Ey —saludo casi sin aliento.
Mi hermano Newt y yo somos el ejemplo más práctico del vaso medio lleno y medio vacío. Lo que yo no tengo, lo tiene él. Y lo que tiene él, no lo tengo yo. Él, un metro noventa de altura. Yo, un metro sesenta. Yo tengo por naturaleza los labios de un color rojo intenso. Él, pálidos y finos. A él se le dan de vicio las matemáticas, mientras que mi cerebro detesta los números.
Él es afortunado en el amor; yo, en el juego.
Él nació en plena primavera; yo, en pleno otoño.
—¿Vas a la reunión de nuevos alumnos en el auditorio? —pregunta la chica que lo acompaña.
Tiene el cabello rizado, muy revuelto, y la piel oscura; es un poco menos alta que mi hermano y está delgada. Unas profundas ojeras le surcan el rostro, que expresa aburrimiento.
Asiento y miro la hora en el teléfono.
—Creo que debería irme. Newt, ¿puedes llevarme las maletas a la habitación?
Antes de que pueda responder, uno de los chicos lo aparta y se me acerca.
—Ya me encargo yo —exclama con excesivo entusiasmo—. Me llamo Liam.
Me lo quedo mirando, algo indecisa, mientras él coge las maletas y se carga la mochila a la espalda. Lleva puesta una sudadera con el escudo de Yale.
—Hola, Liam, gracias.
—Vas a compartir habitación conmigo —me informa la chica cuyo nombre aún ignoro—. Espero que te parezca bien. De lo contrario… Bueno, lo siento, pero es imposible cambiarse.
Newt deja escapar un suspiro.
—Te presento a Jack.
La aludida percibe al instante mi confusión.
—Es el diminutivo de Jackeline Jones —me explica Newt.
Estoy a punto de volverme hacia el último chico, del que no tengo ninguna información, pero me centro de nuevo Liam. Le tiembla el cuerpo y tiene que cerrar los ojos a causa del esfuerzo que le está costando levantar mis maletas.
—Liam, si lo necesitas, puedes apoyarlas en el suelo —le informa Newt.
—No, debo causarle buena impresión a tu hermana.
—¿Y eso por qué?
—Porque está buena.
Newt se cruza de brazos.
—Perdona, ¿qué acabas de decir de mi hermana?
Y Liam le responde con un hilo de voz:
—Nada, nada. —Se vuelve hacia el otro chico y le susurra—: Está buena, ¿verdad? —Posiblemente esté convencido de que los demás no lo oyen.
Empiezo a comprender por qué no me había presentado a sus amigos de Yale. Yo, en su lugar, tampoco me sentiría muy orgullosa.
Mientras Liam y el otro chico discuten, Jack me coge del brazo con brusquedad y se me lleva de allí hacia las puertas del campus.
—¿Quieres que te dé un consejo, hermana de Newt? Liam es como un virus. Si lo escuchas más de cinco minutos, corres el riesgo de que se te pegue. Debes vacunarte.
Se me escapa la risa.
—¿Y qué tengo que hacer para no contraerlo?
—Yo, en cuanto empieza a hablar, suelo repetir el abecedario al revés. Y después lo hago en francés, en italiano y en español.
—¡Guau! —exclamo—. ¿Hablas todos esos idiomas?
Jack se encoge de hombros.
—No, solo me he aprendido el alfabeto para no tener que escuchar a Liam.
Esta vez no puedo reprimir una carcajada. Jack sonríe a su vez, pero sigue poniendo cara de indiferencia. Parece que siempre está cabreada con el mundo y, hasta cierto punto, la comprendo.
Cruzamos los jardines, atestados de gente cargada con sus cosas y que va de un lugar a otro. Hace un día de finales de septiembre más bien caluroso y la chaqueta me empieza a sobrar. Jack no ha vuelto a hablarme y me deja en la entrada del edificio. Se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros desgastados y se mira las Converse negras.
—A partir de aquí tienes que seguir recto. Gira a la izquierda, después a la derecha y sigue hasta el final del pasillo. Allí verás el auditorio.
No he entendido nada, pero soy estudiante de Yale, así que finjo que las instrucciones están claras y le doy las gracias. Por suerte, desaparece antes de que yo cruce el umbral de las grandes puertas y no se entera de que no tengo ni la menor idea de a dónde debo dirigirme.
En cuanto entro, un chico y una chica me reciben.
—Hola. —Se presenta ella—. Soy Lizzie. ¿Me dices tu nombre para que pueda entregarte la tarjeta de alumna de primer curso?
—Haven Cohen.
Lo escribe con rotulador negro en un rectángulo blanco enmarcado por un recuadro azul, del color de la universidad, y el escudo. Me pone la tarjeta en el pecho, cerca del hombro, y me sonríe.
—Hasta pronto, Haven.
Miro hacia abajo y suspiro. Ha escrito mal mi nombre, siempre me pasa lo mismo. Todo el mundo cree que se escribe «Heaven», como «Paraíso».
A mi alrededor todo resulta tan frenético que la cabeza me da vueltas. Debería fijarme en algún novato y seguirlo hasta el auditorio, pero hay demasiada aglomeración y decido probar por mi cuenta.
Me interno en el pasillo que tengo enfrente y giro a la derecha. Voy a dar de bruces con una escalinata de mármol muy ancha y con una barandilla dorada.
Cuando alzo la vista, me sobresalto al ver lo alta que es. Descorazonada, comienzo a subir los escalones.
—Te estás equivocando —dice una voz masculina a mi espalda.
En cuanto me giro, me llevo la mano al corazón.
Al pie de la escalera, apoyado en la pared, hay un chico. Mira al frente y tiene una manzana roja en la mano, con la que juguetea como si fuera una pelota en lugar de comida.
—Perdona, ¿cómo dices?
Bajo las luces artificiales, el pelo negro desprende reflejos azules. Un mechón le cae sobre el rostro y se lo oculta en parte.
—Que no es por ahí. El auditorio está en dirección contraria.
Empiezo a bajar las escaleras, pero siento que, cuanto más me acerco, más rígido parece estar.
—¿Te importaría indicarme el camino? —le pregunto.
—Sí.
Me quedo boquiabierta. No es que estuviera obligado a hacerlo, pero inventarse una excusa y mostrar un mínimo de amabilidad tampoco hubiera estado mal.
Alza la vista. Parece divertirse. Le da un mordisco a la manzana y empieza a masticar sin quitarme el ojo de encima. Inconscientemente, avanzo un paso más para poder observarlo mejor. Tiene los ojos grises. Pero lo que me parece más curioso es la cicatriz que le cruza la mejilla izquierda. Parte de la patilla y desciende por la mandíbula hasta desaparecer bajo el mentón.
No sé si es por mi curiosidad malsana o por la intensidad con la que me mira, pero la cuestión es que, por un segundo, me estalla el cerebro y mis labios formulan la última pregunta que debería haberle hecho en la vida.
—¿Qué tienes en la cara? —le suelto. Me arrepiento.
Entorna los ojos. No sé si está perplejo por mi osadía o irritado por mi curiosidad.
—Dos ojos, una nariz, una boca. Como tú —me responde con una voz sibilante.
Quisiera disculparme, pero el mal ya está hecho. Me siento tan avergonzada que me dan ganas de echar a correr para huir de semejante situación. El problema es que yo no corro, nunca.
Lo rodeo con calma, sin darle la espalda en ningún momento, y regreso al pie de la escalinata. Él sigue cada uno de mis movimientos, me hace sentir como una presa frente a un león dispuesto a atacarla en cuanto se gire.
Le da un segundo bocado a la manzana y el jugo de la pulpa le resbala por la comisura de los labios. Se limpia con el índice y se lame el dedo.
—Vale, gracias. Ya nos veremos.
—No lo creo —responde.
No consigo ocultar lo abochornada que me siento cuando él se aparta de la pared y empieza a acercarse. No despega los ojos de mí ni un segundo. Cuando llega a mi lado, levanta el brazo. Sostiene la manzana por el tallo, entre el índice y el pulgar. La suelta de pronto y me sorprendo a mí misma extendiendo la mano para atraparla al vuelo. Me la quedo mirando un instante y entonces la realidad de lo que acaba de ocurrir me golpea de lleno.
—Pero ¿qué…?
Cuando me giro de nuevo, ya no hay nadie a mi lado.
Desearía perseguirlo para lanzarle la manzana a la cara u obligarlo a tragársela, pero ya es demasiado tarde.
La tiro en la primera papelera que encuentro y, por suerte, me topo con Lizzie, la chica de antes. Enseguida se da cuenta de que algo no va bien, pero no necesita preguntarme nada.
—Vamos, te acompaño al auditorio —me propone.
—¿Tan perdida se me ve?
Sonríe.
—Tienes toda la pinta de estar al borde de un ataque de llanto.
Así está la cosa. Este es mi primer día en uno de los colleges más prestigiosos de Estados Unidos. Soy incapaz de orientarme. No conozco a nadie. Y un tío raro me ha dejado una manzana a medio comer en la mano. Pues claro que estoy a punto de sufrir una crisis de llanto.
Esta es la enésima diferencia entre Newt y yo. ¿Quién llora de rabia? Yo. ¿Quién llora de tristeza? Él. Por consiguiente, ¿quién no es capaz de afrontar una discusión sin echarse a llorar? Yo, por supuesto. Este es uno de esos raros casos en que me gustaría que el vaso estuviera medio lleno.
Lizzie tiene el pelo largo, liso y pelirrojo. Lleva la raya en medio, además de un pasador con una mariposa en el lado izquierdo, y su forma de vestir recuerda a los años setenta. No me pierde de vista ni un instante y me lleva del brazo durante todo el trayecto. Me explica que está en segundo de Astronomía y me anima diciéndome que puedo contar con ella para lo que necesite.
Me gustaría preguntarle quién es ese chico de ojos grises que deambula por las escaleras de Yale haciendo el burro, pero ahora tengo cosas más importantes en las que pensar. Y, en cualquier caso, es muy probable que no vuelva a cruzarme con él.
En la reunión de los novatos me muero de aburrimiento. A mi lado se ha sentado un chico francés, pero habla con tantísimo acento que apenas entiendo lo que me dice.
Los otros estudiantes hablan entre sí, por el tono de sus voces se nota que están muy emocionados y ahora me arrepiento de no ser capaz de tomarme las cosas más a la ligera. Para mí esto no es el principio de una carrera universitaria prestigiosa y emocionante. Es el principio de una carrera universitaria para la que tengo una beca de estudios que no puedo desperdiciar.
La rectora de Yale es una señora de al menos sesenta años, tiene el pelo rubio platino y lo lleva cortado en un bob.
Nos da la bienvenida con una enorme sonrisa maternal y nos recuerda la gran oportunidad que se nos ha brindado al poder obtener un título universitario en Yale. Como si ya no supiéramos que habíamos sido admitidos en una de las mejores universidades privadas de Estados Unidos.
—Yale es la tercera institución de enseñanza superior más antigua de Estados Unidos y, además, pertenece a la Ivy Ligue. Es una de las universidades más prestigiosas del mundo, en especial gracias a su facultad de Derecho. Hemos formado a presidentes y jefes de Estado…
La rectora sigue cantando las alabanzas de la universidad durante un cuarto de hora bastante llevadero. Cuando termina, el estudiante francés me dice algo que no entiendo y yo farfullo un «oui» solidario.
Ahora ya me resulta más fácil encontrar el camino, porque todo el mundo va en la misma dirección. Cuando ya estoy llegando a la puerta, miro a la izquierda y distingo la escalinata de antes. El chico de la manzana no está.
Lizzie sigue delante de la puerta, me saluda guiñándome un ojo y levanta el pulgar. Le sonrío agradecida y me dispongo a salir al exterior.
Los rayos de sol me dan de lleno en el rostro y me cubro con la mano para poder ver algo. Mientras miro a mi alrededor, a pesar de que apenas llevo aquí una hora y me encuentro lejos casa, me doy cuenta de que este lugar ya me está gustando mucho. Con el tiempo acabaré amándolo. En el jardín del campus hay árboles dispersos por aquí y por allá, con unas copas frondosas que proyectan sombras generosas sobre la hierba. También hay muchos bancos ocupados por estudiantes, y unas pasarelas de cemento en medio del césped que crean una red de senderos por los que desplazarse.
Newt y Jack están parados a unos metros de distancia de la entrada, conversando.
—Mira, ahí está mi hermana —dice él mientras me saluda, aunque aún estoy bastante lejos—. ¿Cómo te ha ido? ¿Has conocido a alguien?
Dudo. Pésima pregunta.
—Un estudiante francés, una chica de segundo que parece salida de otra época y un maleducado de ojos grises —le suelto.
Suceden dos cosas extrañas. En cuanto acabo de hablar, Newt se queda cortado e intercambia una mirada con Jack. Y Jack, a su vez, se queda inmóvil, enarca una ceja y frunce los labios.
Y empiezan a caminar como si no hubiera pasado nada.
—Disculpad, ¿de qué iba ese intercambio silencioso de informaciones del cual me habéis excluido?
—Ya te lo puedes imaginar, Haven —se limita a responder Newt. Antes de que pueda rebatirle o insistir, levanta el brazo para saludar en un gesto demasiado dramático. Algo no va bien—. ¡Liam!
Liam y el chico de antes están sentados en el césped. Ahora que me fijo, hay un montón de estudiantes retozando al aire libre. Muchos lucen el cartelito de nuevo alumno y me pregunto cómo es posible que la gente sea capaz de entablar amistad tan deprisa.
Newt despeina a Liam antes de dejarse caer en el suelo. Jack se sienta de un modo más formal y mira a su alrededor.
—Bueno, yo soy Percy.
Una mano aparece en mi campo de visión y la estrecho. El otro amigo de Newt tiene el pelo castaño muy oscuro, los ojos marrones y los labios finos. Me sonríe y me ofrece una bolsa de patatas fritas.
Liam se la arrebata de las manos y es él quien me la pasa.
—¿Quieres patatas, Haven?
Jack me da un codazo.
—El alfabeto a la inversa. Recuérdalo —me susurra.
Liam lo ha oído, pero no pregunta nada. Sigue mirándome con insistencia.
—¿Cómo ha ido la reunión, Haven?
Me encojo de hombros.
—Normal, diría yo. ¿Conoces a un chico con los ojos grises y bastante maleducado? Puede que lleve una manzana en la mano.
Al oír mi pregunta, tanto Newt como Percy cambian de postura. Resulta imperceptible, pero ha sido como si de pronto se sintieran incómodos y quisieran levantarse e irse.
—Solo hay uno que encaja con esa descripción y se llama…
Mi hermano le da un golpe.
—Tío.
—¿Qué?
—Cuanto menos sepa, mejor. Haven es demasiado curiosa.
Vale. Ahora ya empiezo a cabrearme. ¿A qué viene tanto misterio? Es estudiante, como nosotros. ¿Por qué no puedo saber el nombre del chico que ha usado mis manos a modo de papelera para tirar su manzana?
En realidad, Newt no se equivoca. Quiero saber quién es el chico para devolvérsela. No soy una persona agresiva, pero sí vengativa. Mi hermano es la otra mitad del vaso: siempre complaciente y amable, evita los enfrentamientos.
Y, justo cuando estoy tratando de recabar más información, lo veo.
Esta vez no está solo. Camina por el sendero que hay en medio de la extensión de hierba, seguido de dos chicos y dos chicas. Parecen moverse todos en perfecta sincronía. No miran a nadie, pero todos los miran a ellos.
El chico de la manzana roja encabeza la comitiva. Avanza con la barbilla en alto y una mano metida en el bolsillo de los vaqueros negros.
Las dos chicas lo siguen. Una luce una larga melena rubia, es un tono tan bonito que parece absurdo que exista de verdad. No puedo ver de qué color tiene los ojos, pero deben de ser claros y rasgados. La otra, en cambio, tiene el pelo castaño, más corto y liso. Al contrario que su compañera, tiene los ojos grandes y, aunque me encuentro a cierta distancia, distingo que son de una tonalidad ambarina. Tiene la piel extremadamente pálida.
Y cerrando el grupo, van los otros dos chicos. Lo primero que me llama la atención es la gran espesura de rizos rubios del más bajito. Es el único que tiene una expresión serena, nada hostil. A su lado camina el otro chico, que tiene el cabello largo y castaño, despeinado. Al caminar, la raya del pelo se le desplaza de un lado a otro, tiene un aire descontento. Se mueve con tanto garbo que parece que está desfilando por una pasarela.
—Me refería a ese —susurro fascinada.
—Ya lo habíamos pillado, Haven —comenta Newt.
Ninguno de mis acompañantes los mira; es más, parece que se están esforzando en evitarlo.
—Deja de mirarlos, Haven —me reprende Jack. Está nerviosa. Lo noto por el modo en que juguetea con la goma elástica negra que lleva en la muñeca y por la rigidez de su postura.
No le hago caso. La chica rubia le está dando un mordisco a una manzana, también roja. El chico de los rizos del mismo color la llama; ella le tiende la fruta y se la da.
—¿Qué les ha dado con las manzanas? ¿Acaso tienen un huerto de árboles frutales?
Newt maldice en voz baja y me toca la rodilla para reclamar mi atención.
—Son los hermanos Lively, los mejores estudiantes de Yale. Delante va Hades, la rubia se llama Afrodita, y después está Atenea; cerrando filas va Hermes, el ricitos de oro, y el del pelo largo es Apolo. Su familia está obsesionada con la mitología griega, como ya te habrás dado cuenta. Además de estar podridos de dinero, son listísimos. Cada uno es el presidente de un club universitario y nadie se atreve a incordiarlos.
No sé cómo reaccionar. Ponerles a todos tus hijos nombres de divinidades griegas resulta inusual. Pero, al mismo tiempo, me gusta más de lo que estoy dispuesta a admitir en voz alta.
—¿Y ellos…?
Newt me interrumpe. Chasquea los dedos para que lo mire a los ojos. Nunca lo había visto tan serio.
—No, se acabaron las preguntas. Sabes quiénes son y cómo se llaman, con eso tienes suficiente.
Trato de ocultar la curiosidad morbosa que esos cinco hermanos me han provocado.
—Pero ¿por qué? ¿No crees que estás exagerando?
Mi hermano está a punto de responder, pero Percy se le adelanta. Mira hacia la comitiva y frunce el ceño.
—A menos que te gusten los juegos, es mejor que dejes de hacerte preguntas sobre los Lively.
Es evidente que Percy no me conoce; de lo contrario, no habría mencionado los juegos.
Newt masculla al instante:
—Ay, no.
—Me gustan los juegos —afirmo determinada—. La verdad es que siempre he tenido suerte. Mi hermano puede confirmarlo.
Es cierto. No sé por qué, pero tengo tanta potra en el juego que la gente ha llegado a creer que lo mío no es buena suerte, sino más bien pura pericia. Nadie puede ser tan afortunado, hasta yo lo reconozco. Jamás he perdido una partida de cartas. Los juegos de mesa son un chiste para mí. Solo he entrado una vez en toda mi vida en un casino y gané quinientos dólares apostando cinco a un solo número.
Me gustan los juegos. Me gusta jugar.
Newt sonríe, pero en su sonrisa no hay el menor rastro de alegría.
—Sí, pero ellos no juegan limpio, Haven.
—¿Qué quieres decir?
Jack arranca una brizna de hierba.
—Ellos juegan para hacerte perder.
Me quedo desconcertada por un instante. ¿Acaso esta frase tiene algún sentido para ella? Ni Newt ni Liam ni Percy rebaten su afirmación.
—Todo el mundo juega para ganar, es lo normal —digo al fin.
Newt sonríe de nuevo y sacude la cabeza, como si yo fuera boba.
—No estamos diciendo que jueguen para ganar, como cualquier persona de este mundo. Juegan para hacerte perder. Hay una gran diferencia.
No me apetece ponerme a sopesar sus frases intimidatorias. El aura de misterio, y casi de terror, que envuelve a los Hermanos Manzana me parece exagerada.
—Cuando decís que juegan, ¿os referís a juegos en el sentido estricto de la palabra o habláis en sentido figurado?
—No respond… —empieza a decir Newt.
Pero Liam contesta demasiado rápido:
—Son juegos de verdad, Haven. Los llaman «los Juegos de los Dioses». Y si tienes la desgracia, te invitan a participar.
Me muerdo el labio para evitar preguntarle a qué se refiere. Cuando por fin reúno el valor suficiente para hacer una última pregunta, Hermes se gira hacia mí. Curva la comisuras de los labios y me guiña un ojo.
Hades no solía ser nombrado; de hecho, existía el temor de que, si lo invocabas, podías desencadenar su cólera. Su nombre, de etimología incierta, remite a la imagen de un dios oscuro e invisible.
Con el teléfono mal encajado entre la oreja y el hombro, doblo un jersey negro encima de la cama para colocarlo en la mitad del armario que me corresponde.
—Sí, papá, todo va bien por ahora.
Aparte del tipo que me dejó una manzana a medio comer en la mano.
Al otro lado de la línea, Cori Cohen suspira aliviado.
—Me alegro. No sabes lo feliz que me hace ver a mis hijos emprendiendo unos estudios universitarios tan importantes. A pesar de todo…
«A pesar de todo» es la fórmula abreviada para decir «A pesar de que estamos hasta el cuello de deudas, no tenemos dinero y te estoy llamando durante los diez minutos libres que me quedan entre un trabajo ocasional y otro».
Tanto Newt como yo conseguimos una beca. Mientras que la mía cubre todas las tasas, la de él solo cubre la mitad. Lo que falta se ha cubierto con un préstamo estudiantil.
Nuestro padre siempre ha hecho todo lo que ha podido por nosotros. Pero nunca ha sido suficiente. Criar a dos hijos él solo, con las deudas que le dejó su difunta esposa, no es cosa fácil. Sin embargo, aunque siempre ha faltado dinero en casa, jamás nos ha faltado el afecto de nuestro padre.
—Haven, no te pido que me llames todos los días, para eso ya cuento con Newt…
Tiene razón. Yo soy muy distraída e inconstante. Newt es el hijo perfecto, que jamás da problemas y se acuerda de hacer todo lo que le pidas.
—Te enviaré mensajes para decirte que estoy bien, papá —le digo con una sonrisa, aunque no pueda verla.
Cuando me está diciendo que me quiere, Jack irrumpe en la habitación con su habitual aire desentendido.
—Yo también, papá. Hasta pronto.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Me siento feliz por estar lejos de casa, porque ya no tendrá que hacer la compra para dos. Pero estoy triste porque echo de menos al único pariente que me queda en el mundo. Siempre hemos estado solo los tres: papá, Newt y yo.
Sin pronunciar ni una sola sílaba, Jack se abalanza sobre su cama, que está enfrente de la mía.
—Esto, Jack…
—No.
Frunzo la frente mientras sostengo una camiseta a medio camino entre la maleta y el mísero armario de la habitación.
—No te he pedido nada.
Jack sigue tendida en la cama, pisando la colcha con las Converse.
—Estabas a punto de preguntarme por los Lively, lo sé.
Doblo el jersey y lo alineo con los demás que ya he sacado de la maleta.
—¿Acaso puedes culparme por ello? ¿Qué clase de grupo es ese?
Su lado del cuarto está muy desordenado. Sospecho que ella también debe de haber llegado hoy. Se vuelve y se me queda mirando, con el rostro apoyado en la mano.
—Haven, ¿en qué carrera piensas licenciarte?
Me quedo perpleja unos instantes por el repentino cambio de tema.
—En Derecho. ¿Por qué?
—Porque deberías pensar en tus estudios. Será lo mejor.
No me lo dice en el mal sentido, es más, su voz carece de toda emoción. Al igual que su rostro.
—Puedo pensar en mis estudios y al mismo tiempo informarme sin más acerca de un grupo de estudiantes mientras doblo la ropa interior.
Se le escapa una media sonrisa, pero antes de que pueda responder, alguien llama a la puerta. Jack desaparece en el vestíbulo para abrir y, a los pocos segundos, Percy y Liam invaden la habitación.
Liam se acomoda en mi cama y me mira con intensidad. Curiosea en mi maleta, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.
—¿Necesitas que te ayude a ordenar tus cosas, Haven?
Suspiro.
—Solo me queda por guardar la ropa interior. Todo lo demás ya lo he puesto en el armario.
Asiente muy serio.
—Lo sé. Por eso te lo he preguntado.
La mano de Percy surge de pronto. Agarra a Liam de la oreja y lo obliga a sentarse en el suelo, al pie de la cama de Jack.
Me mira como pidiéndome perdón.
—No es un pervertido —intenta justificar a su amigo—. Está convencido de que así puede conquistar a las chicas.
—Entonces, lo único que pasa es que es estúpido —concluyo.
Me sonríe.
—Exacto. Jack ya te ha hablado de la vacuna, ¿verdad?
Tardo unos segundos en pillar a qué se refiere. Liam está pendiente de la conversación, tratando de comprender de qué estamos hablando.
—Ah, sí. La vacuna contra Liam.
—¿La vacuna contra Liam? —repite el implicado, haciéndose eco de mis palabras. Mira a Jack—. ¿Qué quiere decir?
Jack tiene la mirada perdida en el vacío y mueve el pie perezosamente fuera de la cama.
—… D, C, B, A.
Mientras acabo de colocar lo que aún me queda en las maletas, con cuidado de ocultar las bragas de las indiscretas miradas de Liam, los tres se enfrascan en un parloteo al que no le presto atención. Sigo dándole vueltas a la pregunta que le estaba haciendo a Jack poco antes de que Percy y Liam nos colonizaran la habitación.
—Chicos —empiezo a decir—, ¿puedo…?
—Newt nos mataría —me interrumpe Percy.
—¡Venga ya! —exclamo inclinándome hacia ellos—. Solo son preguntas. Eso es todo. No pienso hacer nada. Además, en cualquier caso, ¿qué podría hacer? ¿Ir a buscarlo con una manzana y arrojársela a la cara?
Newt me conoce demasiado bien. Siempre me define como una «ludópata». No sé qué problema tengo con el juego, pero no puedo evitar que ejerza una atracción malsana en mí. Jack, Liam y Percy se miran en silencio. Por lo que veo, se les da muy bien mantener conversaciones en silencio, pero al parecer acabo ganando yo, porque Jack resopla y se cruza de brazos.
—¿Qué quieres saber? —pregunta Percy.
—¿Sus padres se llaman Zeus y Era?
Tres pares de ojos me apuntan al mismo tiempo.
—¿En serio? ¿Eso es lo primero que preguntas? —replica Liam.
Me encojo de hombros. ¿Por qué no? En mi cabeza resulta de lo más lógico. Al final, Percy me saca de dudas.
—No. Sus padres se llaman Cronos y Rea. De hecho, como ya habrás notado, los nombres de los cinco hermanos no están vinculados por un grado de parentesco directo. Hades era uno de los tres grandes, junto a Poseidón y Zeus.
Asiento, absorta en mis pensamientos. No había caído en ello.
—¿Cómo funcionan sus juegos? ¿Dónde los hacen? ¿Y cuál es el premio?
Liam hace una mueca para indicarle a Percy que él mismo se encargará de responder.
—Los Juegos de los Dioses se celebran todos los viernes por la noche, habitualmente después de la cena. Los hacen en la residencia, en sus habitaciones, o al menos eso dice la gente, pero no es cierto que exista un único «terreno de juego». Cada noche es distinta, según quién lo dirija. Por ejemplo, si este viernes lo organiza Atenea, será ella quien se encargue de los invitados y supervise la velada. También elegirá el juego. Cada Lively tiene el suyo.
Demasiada información de una sola vez. Estoy confusa y, al mismo tiempo, fascinada.
—¿Son ellos quienes escogen a los invitados? ¿Qué criterio siguen?
—Invitan sobre todo a quienes detestan o a quienes han hecho algo que no les parece bien, pero también a quienes los han ofendido por cualquier nimiedad. Hades y Atenea son los que se irritan con más facilidad —le explica Liam—. Pero ella es muy buena tía —añade.
Jack y Percy gruñen exasperados.
—¿Y cómo hacen para invitarte? —sigo preguntando, demasiado absorta para reparar en las tonterías que está haciendo Liam.
Durante unos segundos, se hace el silencio. Percy se aclara la voz.
—Utilizan piezas de ajedrez.
—¿Piezas de ajedrez? —repito esbozando una sonrisa. Pero como los tres tienen una expresión tan seria, yo también me esfuerzo en adoptarla.
Percy trastea con el móvil y, antes de que pueda hacerle otra pregunta, me lo tiende para enseñarme algo.
—Usan unas piezas de ajedrez de cristal muy muy especiales. Cuando les da la luz, se convierten en caleidoscopios multicolores. Cada hermano tiene una pieza que lo representa y, con ella, te indica que te está invitando a participar en los juegos.
En la pantalla veo las imágenes de las piezas de ajedrez. Me dan ganas de decirle que no es necesario que me las enseñe, porque soy buenísima en ese juego, pero decido guardar silencio.
—Afrodita tiene el alfil. Hermes, el rey. Atenea, la reina. Apolo, el caballo.
Va pasando las imágenes y se detiene en la última.
La pieza del juego que corresponde a Hades es la torre. Lo que no entiendo es la relación que puede haber entre la pieza y la persona. ¿Las han elegido al azar o existe algún motivo?
Sin dejar de mirar la imagen de la torre, pregunto:
—Entonces ¿se te plantan delante y te entregan una figurita de cristal?
Percy sacude la cabeza y bloquea la pantalla del teléfono.
—Te la encuentras en la puerta de tu habitación la misma mañana del viernes. No me preguntes cómo saben dónde se aloja la gente, porque a estas alturas todos tenemos claro que los Lively pueden obtener cualquier información que deseen.
¿Cómo es posible que nadie impida estos juegos? ¿O que nadie los denuncie al Consejo Universitario? Empiezo a sospechar que Yale lo sabe, pero hace la vista gorda. ¿Hasta qué punto tiene poder esta familia?
—Están locos —murmuro, no puedo evitarlo.
Mi comentario parece relajar el ambiente.
—Puedes decirlo en voz alta —me anima Liam entre risas.
Aún me queda una última duda o, por lo menos, la última que me permito plantear hoy antes de que vayan a decirle a mi hermano lo fisgona que soy.
—¿Estos juegos son difíciles? ¿Sabéis en qué consisten? ¿Qué son, partidas de póquer? ¿De UNO? ¿Monopoly?
Jack se levanta de la cama. Es la única que no ha respondido a ninguna de mis preguntas. Parece enfadada, aunque es difícil saberlo porque nunca se muestra muy expresiva que digamos.
—Nadie lo sabe. O al menos solo lo saben ellos y los pobres pringados a los que han invitado a jugar.
Abro la boca para responderle.
Jack levanta un dedo y me señala.
—Se acabó, Haven. Sácatelo de la cabeza, ya. Créeme.
—¿Y eso por qué? —le replico alzando la voz.
Percy frunce los labios.
—¿Recuerdas lo que te hemos dicho antes? Juegan para hacerte perder.
Me lo quedo mirando, a la espera de que añada algo más que justifique una frase tan absurda.
—Y yo os he dicho que eso no tiene ningún sentido. Si juegas para ganar, quiere decir que juegas para derrotar a tus rivales.
Sacude la cabeza, como si no fuera capaz de comprender un concepto tan básico.
—Cuando juegas para ganar, te concentras en la partida. Solo piensas en tus movimientos, de principio a fin. Los Lively solo tienen una cosa en mente: humillarte y hacer que te arrepientas de haber aceptado la invitación. Cuando te concentras más en tu adversario que en el juego, ¿ de verdad crees que la intención es ganar?
Y, con este simple razonamiento, logra hacerme callar.
Desde que Jack, Liam y Percy me hablaron de los Lively y de sus juegos, hay una duda que no he conseguido sacarme de la cabeza.
Hades y Atenea son los más susceptibles. Según me han dicho los amigos de Newt, basta con una mirada de más para que se sientan ofendidos y se saquen una pieza de ajedrez del bolsillo. Dios mío, suena tan ridículo…
Entonces ¿es posible que haya enfadado a Hades? Vale, puede que esa no sea la palabra exacta, pero está claro que lo molesté cuando le pregunté por la cicatriz de la cara. ¿Esa podría ser mi invitación a los juegos? Y, más importante aún, ¿es posible que esa idea me atraiga más de lo que debería?
Hoy es martes y, aunque solo quedan tres días para saber la respuesta, presiento que la impaciencia me devorará viva.
Son las ocho de la mañana cuando salgo de la habitación, la 109, para asistir a la primera clase del curso. Jack seguía roncando cuando he cerrado la puerta.
Despliego el plano del edificio y busco el aula a la que debo dirigirme. El problema de tener un pésimo sentido de la orientación es que ni siquiera sé leer un triste mapa. ¿Y los GPS? Siempre han sido un misterio para mí. Sobre todo cuando te dicen: «Continúe durante setecientos metros». ¿Cómo voy a saber cuánto es setecientos metros?
Saco una piruleta del bolso, le quito el envoltorio, me la llevo a la boca y me concedo un último intento.
En los pasillos hay un ajetreo de estudiantes constante. Me pongo la capucha de la sudadera y procuro no atraer las miradas de nadie. No sé cuánta gente de la que me cruzo también será de primer curso, pero yo soy la única que va con el mapa en la mano.
Trato de orientarme con los carteles.
Me doy cuenta de que me he equivocado en cuanto entro en un aula donde no hay ni un alma. Solo se oyen mis zapatos contra el suelo reluciente.
—Has vuelto a equivocarte.
El plano se me cae de las manos y revolotea unos instantes antes de tocar el suelo. Hades está a unos pocos metros, apoyado en la pared, como de costumbre, y con la cabeza agachada. Esta vez no lleva ninguna manzana en la mano.
—¿Disculpa? —le digo para ganar tiempo. La piruleta se me resbala de los labios, pero logro pillarla al vuelo.
—En esta ala de Yale no hay aulas para clases —me explica.
—Vale. Perfecto.
Me agacho para recoger el plano mientras él sigue cada uno de mis movimientos.
—¿Sabes que estos los han hecho para que la gente se oriente y encuentre el lugar a donde quiere ir, verdad?
Arrugo la nariz. No quiero que piense que soy tonta. Seguro que podría ganarle sin problemas a su juego.
—Gracias por la información. Procuraré hacer un buen uso del plano.
Asiente con un gesto casi imperceptible, pero permanece inmóvil. ¿No tiene otra cosa que hacer más que pasearse por ahí y aguantar las paredes del edificio con una expresión agonizante?
—¿Siempre estás dando vueltas por la universidad? ¿No tienes clases? —le pregunto.
Dos iris grises se calvan en los míos.
—Hoy no iré a clase.
—¿Porque eres demasiado inteligente y puedes permitirte saltártela?
Se inclina hacia delante, como si le hubiera entrado un ataque de risa, pero no se está riendo.
—Porque mis clases empiezan dentro de dos días.
Ah. Ahora sí que quiero que me trague la tierra. Para mi alivio, no me está mirando directamente a la cara. Carraspeo, como si así pudiera sacarme de encima el bochorno.
—Vale.
Sigue sin moverse. Ignoro si pretende seguir con esta conversación tan ridícula o si es que le encanta apoyarse en las paredes.
Avanzo un paso hacia él y, al hacerlo, capto toda su atención. Le ofrezco la mano.
—Me llamo Haven.
Se pasa tanto tiempo observándome la mano, que el brazo empieza a dolerme del esfuerzo que debo hacer para mantenerlo levantado.
—Me imagino que tú ya debes de saber cómo me llamo yo.
No sé por qué, pero en mi cabeza se precipita imparable la pregunta que me reconcome desde ayer, y siento el impulso de hacérsela.
—Cuando te pregunté por la cicatriz de la cara, ¿te enfadaste? ¿Tienes previsto invitarme a vuestros juegos?
Lo he pillado desprevenido. Enseguida me doy cuenta de ello. Me mira, con la boca ligeramente abierta y la frente arrugada.
—No, en realidad no. No creo que te invite a jugar conmigo.
—¿Por qué no?
—Porque no me caes mal.
—¿Y qué puedo hacer para caerte mal? —le pregunto.
Tensa las comisuras de la boca hacia arriba y sacude la cabeza.
—Si sigues haciéndome preguntas, lo lograrás sin problemas.
—¿Por qué no me invitarías? ¿En qué consisten los juegos? —lo intento de nuevo.
Baja la mirada hacia la piruleta y permanece allí, inmóvil.
—No juego con chicas.
Me mantengo a la espera de que me aclare lo que ha querido decir, pero no lo hace.
—¿Eres machista?
—Si mis juegos consistieran en combates de boxeo, ¿seguirías queriendo que te invite?
—¿Eso es lo que hacéis?
—No te lo diré.
—Si fuera así, me gustaría que me invitases de todos modos —le replico para mi propia sorpresa.
No me parece extrañado.
—Algo me dice que estás convencida de que se te da bien jugar.
Alzo la barbilla haciendo gala de una seguridad que en muy pocas ocasiones me permito exhibir.
—No tienes ni idea de lo que soy capaz.
Se aparta de la pared esbozando una media sonrisa. El contorno de la cicatriz se distorsiona y siento un deseo irracional de saber cómo se la hizo.
—Entonces, supongo que tendrás que irritar a uno de mis hermanos para poder demostrármelo.
Nos sostenemos la mirada tanto rato que me olvido de que aún llevo la piruleta en la boca.
—Ha llegado a mis oídos que los más susceptibles sois Atenea y tú, así que tendré que apostar por ti.
Algo cambia en su expresión. Juraría que he percibido tristeza, pero la oculta al instante.
—Tonterías. Yo no soy susceptible. A los estudiantes de aquí les encantan los tópicos y los estereotipos.
Ahora estoy interesada. Indirectamente, me está contando algo más acerca de sí mismo.
—¿Como cuáles? ¿Qué clichés crees que te atribuyen?
Resopla y fija la mirada en mis hombros.
—Para empezar, por el hecho de vestirme de negro y llamarme Hades, no tengo por qué ser una diva gilipollas y perversa.
Ahora que lo menciona, me permito observar su atuendo. Lleva puesto un jersey negro y unos pantalones del mismo color.
—No pretenderás que la gente te asocie con unicornios y arcoíris. Te llamas Hades, como el dios de la muerte, y no Bloom, como el hada de las Winx.
Esperaba que se riera de mí y de mi comparación, pero al parecer se ha enfadado.
—Hades era el señor de los muertos. Gobernaba los Infiernos y se aseguraba de que las almas que merecían acabar allí permanecieran donde les correspondía. No mataba a nadie.
Puede que tenga razón. Me saco la piruleta de la boca y la mantengo suspendida en el aire.
—Pero raptó a Perséfone. Y encima era su tío.
—Te aseguro que no tengo a ninguna sobrina encerrada en el armario.
Esta vez se me escapa una sonrisa. Observa cómo me río por un instante, así que tengo la esperanza de que él también me sonreirá.
—Además —sigue diciendo—, si lees cualquier libro sobre los griegos, descubrirás que todos follaban con todos. En su historia muy pocas veces encontrarás relaciones lícitas.
Entorno los ojos.
—Estás diciendo…
Me interrumpe furibundo.
—No. No me follo a mis hermanas.
—Entonces…
—Y a mis hermanos tampoco —precisa.
Me muerdo el labio para no reírme. Él mira hacia otro lado, quizá para ocultarme que también se le escapa una risita.
Estoy a punto de decir algo cuando me sobresalta una voz que proviene del pasillo:
—¿Haven? ¿Qué haces aquí? —me pregunta Liam desconcertado.
Entonces se fija en mi acompañante y se queda pálido como un cadáver.
—Me he perdido —confieso.
Liam se me acerca, sin quitarle los ojos de encima a Hades, que a su vez también lo mira.
—Ya te acompaño yo a clase, vamos.
Hades alza una mano.
—No. Aún no he terminado de hablar con ella.
Puedo percibir el esfuerzo que está haciendo Liam al hinchar el pecho para mostrarse más seguro de sí mismo.
—Yo creo que sí.
Hades arquea una ceja.
—Yo creo que no —susurra con una voz tan ronca que me provoca escalofríos.
Liam da un respingo.
—Nos vemos más tarde, Haven, hasta luego —dice a modo de despedida, y desaparece tan rápido como había irrumpido.
Me gustaría decir que no ha sido divertido, pero la verdad es que sí lo ha sido.
Me vuelvo hacia Hades.
—Entonces ¿qué más querías decirme?
Él se encoge de hombros.
—Nada. Solo quería incordiarlo.
—Y después dices que la gente tiene una idea equivocada de ti —le replico.
Me mira con cara de aburrimiento.
—Deberías ir a clase, Haven.
Pronuncia mi nombre como si fuera un insulto, aunque sonríe para sus adentros.
No le pregunto por qué, pues de todos modos no me lo diría. De una cosa sí estoy segura: tengo muchas ganas de fastidiarlo y de que me invite a uno de esos juegos.
Creo que solo me queda una oportunidad para hacerle la pregunta final:
—¿Cuál es el premio de vuestros juegos?
—Aquello que todos quieren.
—¿Y qué es?
Se encoge de hombros. Al parecer ha dejado de interesarle la conversación.
—¿Tú qué quieres, Haven?
Finjo no haberlo oído para ganar algo de tiempo.
—¿Qué?
—¿Qué es lo que más deseas en este mundo? —murmura con un brillo de curiosidad morbosa en los ojos.
¿Para qué querrá saber cuáles son mis deseos más profundos?
Siento que me falta el aire.
—¿Me estás diciendo que podrías concederme lo que quisiera?
Se limita a asentir sin dar más explicaciones.
No sé por qué, pero me siento inclinada a decirle la verdad, una verdad que trato de negarme a mí misma para no sentirme desagradecida por lo que tengo.
—Quisiera el vaso lleno, para variar. Me conformo con cualquier cantidad de agua extra que entre. Soy de esas personas que pueden saciarse incluso con una mísera gota. Sin embargo, a veces quisiera litros; tantos para no sentirme culpable si se me cae un poco fuera y me moja la barbilla mientras bebo.
De entre todos los adjetivos que han usado para describirme a los Lively, uno se me ha quedado grabado por encima de los demás: ricos. Si pudiera escoger el dinero como premio, no lo dudaría. A mi familia y a mí nos procuraría comodidad. No, comodidad, no. Nos salvaría la vida. Newt lo sabe. Sin embargo, no ha jugado nunca. ¿Tan terribles son sus juegos? No, no son los juegos, sino los organizadores.
Ellos juegan para hacerte perder.
Veo que la nuez de Adán del chico baja. Pero, cuando creo que va a hablar de nuevo, hace un gesto con la cabeza y señala a su derecha.
—Las aulas están allí.
Le doy un último lametón a la piruleta y recreo la escena del día anterior. Sostengo el bastoncillo blanco entre el índice y el pulgar, como hizo él con el tallo de la manzana, y lo levanto. Lo dejo caer y sonrío satisfecha cuando extiende las manos hacia delante y lo coge.
Clava sus ojos en los míos, como si fueran flechas. Está a punto de decir algo.
Le doy la espalda.
—Ya nos veremos, Señor de las Manzanas.
Hades le ofreció la fruta a Perséfone y ella comió seis granos de la granada. La joven no sabía que eso la obligaría a regresar al reino de los muertos cada año durante el mismo número de meses.
—Haven, ¿qué estás mirando?
La voz de mi hermano me trae de vuelta a la realidad. Entonces, los sonidos, que hasta hace un momento percibía como si estuvieran amortiguados, me estallan de nuevo en los oídos. El caos de la cafetería de Yale me desestabiliza por unos segundos.
—Miraba… el ambiente —respondo por fin, y me apresuro a beberme el zumo de naranja.
Es un lugar precioso. La barra está situada en el lado izquierdo de la sala rectangular, y el espacio restante lo ocupan unas mesas redondas de madera oscura con sillas metálicas. Todas las paredes son de cemento, blancas, a excepción de la del lado opuesto a la barra, donde se encuentran los expositores con la comida y las cajas registradoras. A lo largo de la pared izquierda hay unas cristaleras transparentes que, además de verter grandes haces de luz en la sala, ofrecen unas vistas maravillosas del jardín del college.
Newt entorna los ojos.
—No me lo creo.
Jack, a mi lado, asiente con los pies encima de la silla.
—Yo tampoco.
Con la boca llena de patatas al horno, Liam dice:
—Yo, sí. ¿Te gusta, Haven? Es muy luminoso, ¿verdad?
Le dedico una sonrisa forzada. Liam es extrañísimo. Ya hace dos días que me acompaña recorriendo la universidad para enseñarme dónde están las aulas y los servicios. He descubierto que también estudia Derecho y, por un instante, he sentido la tentación de cambiarme de carrera. No es por mala fe, lo juro, pero siento que, si volviera a encontrármelo esperándome al final de una clase, podría estamparle la cabeza contra la pared.
Newt se lanza a parlotear, pero en lugar de prestarle atención, me permito desviar la vista hacia la mesa de Hades.
Está en el centro de la sala y, aunque la mesa es de ocho plazas, de las cuales solo hay tres ocupadas, nadie se atreve a sentarse allí. El chico está con sus hermanos, Apolo y Hermes. Cuando los ves juntos, te das cuenta de lo distintos que son. Hermes lleva hombreras y unos pantalones de campana de color fucsia, de donde surgen unos zapatos de charol negro. Apolo tiene el pelo castaño recogido en una coleta desordenada y viste una camisa azul con un estampado de pájaros. Hades lleva una camisa negra satinada.
Tamborileo con los dedos en la superficie de madera; cada vez me siento más frustrada. ¿Por qué no me devuelve la mirada? Sé que ha notado que lo observo, pero no se ha girado ni una sola vez hacia aquí. No debería ser así.
«Mírame, mírame, mírame, mírame…».
—¡Vale! —dice Newt dando un manotazo en la mesa—. Le habéis contado lo del juego, ¿verdad?
Jack baja la cabeza.
—No.
Liam engulle el bocado y se enjuaga la boca con Coca-Cola.
—Sí.
Tanto Jack como yo ponemos la misma cara cuando nos lo quedamos mirando.
—¡Liam! —protesto.
—Ay, lo siento. Tenía que ser un secreto. —Apoya la mano en el hombro de Newt y añade—: No, claro que no.
Newt se lo saca de encima y me mira fijamente, con su habitual aire de hermano mayor que cree tener algo que decir al respecto.
—Haven.
—Newt —le respondo imitándolo—. Me han contado lo de los juegos y los invitados, eso es todo. No tengo intención de ir a su mesa y arrojarle el zumo a Apolo en la cara para que me escoja.
En realidad, sí que he pensado en hacerlo.
Él se da cuenta y me arrebata la botella de las manos.
—¿Por qué no organizamos una velada nosotros y jugamos, qué sé yo, al Tabú? ¿O al Risk? Así mantenemos a raya tu ludopatía.
Jack suspira con un aire teatral.
—Déjalo ya, Newt. En caso de que quisiera que la invitaran a jugar, no creo que sea asunto tuyo. Si es lo bastante mema para desear que la humillen esos cinco capullos que parecen promotores de manzanas, ya se las apañará.
El breve monólogo nos deja sin palabras.
Jack se gira hacia mí y me sonríe, pero sigue teniendo una expresión de apatía.
—Sin ánimo de ofender, Haven. Me caes bien.
—Gracias —murmuro, aunque suena más a una pregunta.
Puedo leer en la cara de Newt hasta qué punto se siente herido por lo que acaba de decir su amiga. Entonces, sucede algo extraño. Se deja caer en el respaldo de la silla y cruza los brazos.
—Muy bien. Es cosa tuya, Haven. Pero este viernes te llevaré a la velada de apertura y así podrás hacerte una idea de quiénes son estos zumbados
Al instante soy toda oídos.
—¿Velada de apertura?
Después de haberse terminando las patatas y de echar unos generosos tragos de su bebida, Liam levanta la mano.
—La velada de apertura, claro. ¡El otro día nos olvidamos de comentártelo! —Hace una pausa para eructar—. Los juegos no empiezan sin más. Siempre hay un viernes de apertura.
Me lo quedo mirando.
—De acuerdo, Liam, pero que conste que tú no me has dicho nada.
Jack agita una mano, como diciéndome que no vale la pena que me esfuerce.
—Todo el mundo puede participar en esta velada, al contrario que en los juegos propiamente dichos. Se juega igual, que quede claro, pero son juegos normales, no como los que se practican en las veladas oficiales. Se celebran en su residencia. También suele haber comida y bebida.
Ahora dirijo mi atención hacia Newt.
—¿Y por qué quieres llevarme?
—Porque así comprenderás inmediatamente que es mejor no tener nada que ver con ellos.
Liam se me acerca y alarga la mano.
—Haven, ¿piensas acabarte las patatas? Es que me he quedado con hambre.
Empujo el plato hacia él sin decir nada. A continuación, les echo un vistazo a los tres hermanos, que hablan entre sí y comen, como el resto de los estudiantes.
—J. J., ¿te apetece ver una película esta tarde? He descargado una que podría gustarte —dice Newt, que capta de nuevo mi atención.
Jack se encoge de hombros, como si tratara de fingir indiferencia.
—¿Por qué no?
En el rostro de mi hermano aparece una enorme sonrisa y me pregunto cómo es posible que solo yo, llevando como llevo solo tres días aquí, haya notado que está coladito por ella. No es que me espere gran cosa de Liam, en vista de que ni siquiera se ha enterado de que lo que hay en mi plato no son patatas, sino bastones de coliflor.
—Voy a por fruta —anuncio levantándome de la silla. Sin esperar a que nadie me responda, me dirijo a la barra de la cafetería y me sitúo a un lado, en lugar de en la cola de cinco chicos, para ver qué surtido tienen.
Manzanas rojas, manzanas verdes y manzanas amarillas. Fenomenal.
Nunca me habían gustado tanto.
Mientras espero mi turno en la fila, alguien más alto que yo se sitúa a mi lado. Es Apolo, lo noto de pasada por el pelo largo y castaño, pero no tengo ni idea de lo que puede querer de mí. Carraspea, como si quisiera llamar mi atención.
Me lo quedo mirando. Él me mira a mí por el rabillo del ojo. Vuelve a mirar al frente. Y de nuevo mira fugazmente en mi dirección. Entonces yo, que ya me he cansado de este jueguecito, decido ignorar su presencia.
Un dedo me da unos golpecitos en el hombro.
—Hola —me saluda.
Se me escapa la risa. ¿Este es uno de los temidísimos hermanos Lively?
—Hola.
—Mi hermano me envía para pedirte que le cojas una manzana roja.
Tiene la voz ronca y habla despacio, marcando cada palabra.
—¿No puede cogérsela él solito? —le replico.
Apolo se encoge de hombros.
—No creo que te caiga tan mal, en vista de que no le quitas los ojos de encima.
Estoy a punto de responderle, pero el chico me obsequia con una sonrisita maliciosa y me hace una seña antes de darse media vuelta y marcharse como si nada.
En vez de mirar a Hades, mantengo la vista clavada en la colección de nucas que tengo delante hasta que me llega el turno. Escojo una manzana roja y una amarilla, y me encamino hacia la mesa de los Lively.
Vacilo al darme cuenta de que también está Hermes. Los dos hermanos me están mirando, y me olvido de cómo se camina. Me paro delante de ellos y le lanzo la manzana roja a Hades, que la coge al vuelo pese a mi mala puntería.
—De nada.
—No te he dado las gracias.
Hermes pasa varias veces los ojos azules desde su hermano hasta mí, sonriendo.
—Pues deberías —le espeto.
No paro de darle vueltas a la manzana entre las manos, incapaz de decidir si debo quedarme o irme.
Hades no deja de mirar mi fruta, arrugando la frente.
—Te has equivocado.
Alzo los ojos al cielo. Él y su puñetera frase.
—¿En qué me he equivocado esta vez?
—Las mejores son las rojas —me explica, mientras observa la suya como si fuera el Santo Grial.
—No hay unas manzanas mejores que otras, porque, como frutas, todas dan pena.
Hermes suspira y se pone en pie. Recoge una pequeña mochila y empieza a alejarse.
—Nos vemos luego, Hades. Adiós a ti también, bombón.
Me quedo mirándole la espalda hasta que desaparece por la puerta de la cafetería.
—Me ha llamado…
Hades lanza un resoplido apenas audible.
—Hermes suele intentarlo con todas las personas que le parecen atractivas. Carece de toda inhibición cuando se trata de bajarse los calzoncillos.
Debería mostrarme turbada por esa frase, pero me sorprendo a mí misma riéndome.
Hades le da un mordisco a su manzana y señala el sitio vacío que tiene enfrente.
—Las sillas están hechas para depositar el culo en ellas y sentarse, ¿sabes?
—Me parece un modo más bien ambiguo de requerir mi compañía.
Pero me siento a la mesa.
Durante unos minutos, no decimos nada, nos limitamos a observarnos en silencio. Él le da cuatro mordiscos más a la manzana y el ruido de los dientes clavándose en la pulpa empieza a ponerme nerviosa.
Por fin rompe el silencio:
—¿Por qué prefieres las manzanas amarillas?
—Porque son las más dulces y tienen una buena consistencia.
—¿Qué entiendes tú por «buena consistencia»?
—Las rojas son harinosas. Y tienen menos jugo.
Frunce el ceño.
—No es verdad.
—Sí.
—No.
—Hades, solo son manzanas.
Sonríe.
—En mi familia, no.
Ah, claro, su familia obsesionada con la mitología griega.
—Hay frutas mejores —afirmo, con la esperanza de cerrar el debate.
Ladea la cabeza; se ha quedado con la manzana a pocos centímetros de su boca.
—¿Por ejemplo?
—Las cerezas.
Hace una mueca.
—Demasiado poca sustancia. Y ese hueso en el centro las arruina. ¿Cuál más?
Dudo un instante. ¿De verdad estamos hablando de frutas?
—La sandía.
Parece sopesar mi respuesta.
—Buena, aunque las semillas en la pulpa también la arruinan. Por no hablar de que a medida que comes, va perdiendo sabor.
Agita en el aire la mano libre para indicarme que siga.
—La granada.
Algo ha cambiado. En su postura y en su expresión. Deja la manzana roja en un plato vacío y se inclina hacia mí.
—¿Lo dices en serio?
Dios, ¿y ahora qué he hecho mal? Lo miro tratando de hacerle entender que no tengo ni idea de cuál es el problema.
Hades se apoya en el respaldo de la silla, sin dejar de mirarme a los ojos.
—¿No conoces el mito de Hades y la granada? Cuando Hades raptó a Perséfone y la condujo al reino de los muertos, Deméter, su madre, preocupada por la desaparición de su hija, logró conocer cuál había sido su destino tras una larga búsqueda. Abrumada por el dolor, decidió vengarse de los dioses haciendo que no volviera a crecer nada sobre la Tierra, y la sometió a un invierno perenne. Así, los humanos morirían de hambre, y los dioses no podrían contar con los sacrificios que estos les ofrecían. Entonces, Zeus envió a Hermes para que intercediese ante Hades y que devolviera a Perséfone. Sin embargo, antes de hacerlo, el dios se las ingenió para que su amada se comiera seis granos de granada. Así, al tomar el alimento del reino de los muertos, Perséfone se vio obligada a regresar y a permanecer varios meses allí. Deméter decidió que la primavera y el verano florecieran de nuevo en la Tierra seis meses al año, el periodo durante el cual su hija tenía derecho a residir en el mundo de los humanos. Sin embargo, los otros seis, apenas fértiles, debería pasarlos en los Infiernos con Hades.
Podría decirle muchas cosas o, por lo menos, mostrarme fascinada por su relato, pero de mi boca solo salen estas cuatro palabras:
—Sí que es extraño.
Me preparo para el momento en que me hará saber que lo he ofendido, pero se limita a esbozar una sonrisa. Señala mi manzana.
—Déjame darle un mordisco.
¿Qué ha dicho?
—No. Es mía.
Mi reacción lo pilla por sorpresa. Abre la boca, pero vuelve a cerrarla al instante. Entonces echa la cabeza hacia atrás y empieza a reírse. Se ríe tan fuerte que hay gente que se gira y se nos queda mirando. Y está claro que quienes no lo hacen son igual de conscientes de sus carcajadas.
Es incapaz de parar. Ahora Newt, Jack y Liam también nos están mirando.
Me vuelvo hacia él.
—¿Se puede saber de qué demonios te estás riendo?
Hades se calla de pronto, otro de sus innumerables cambios de humor.
—Me ha hecho gracia tu respuesta.
A mi izquierda, por el rabillo del ojo, veo que algo se mueve y me giro de golpe. Newt está agitando la mano. Me está diciendo algo, porque veo que mueve la boca y, aunque no puedo oírlo ni tengo demasiadas habilidades deductivas, que yo sepa, estoy bastante segura de que sus palabras son: «Lárgate de ahí».
En cualquier caso, no me apetece seguir con esa conversación tan rara.
En cuanto arrastro la silla para levantarme, Hades me imita.
—Mañana se celebra la velada de apertura de los juegos.
—¿Y…?
No me responde.
—¿Quieres saber si asistiré? Solo tienes que preguntármelo.
Frunce los labios.
—No me interesa.
—De acuerdo. Hasta la vista.
Le doy la espalda y, antes de que llegue a dar el primer paso, oigo que me pregunta:
—Pero ¿irás?
Sonrío.
—Es muy probable.
Comienzo a caminar en dirección a la salida y me siento como el personaje de una película que está teniendo su momento de gloria. Cuando sujeto el tirador de la puerta, algo me roza el hombro.
Hades. De nuevo.
Me ofrece la manzana amarilla; debo de habérmela olvidado en la mesa.
—Gracias —balbuceo—. En realidad, no me apetece nada comérmela.
Sigue ahí plantado, delante de mí, y no entiendo qué pretende.
—¿Sabes volver a la residencia o acabarás perdiéndote?
—La verdad es que ya no he vuelto a perderme, aunque igual no lo has notado.
Pero me refiero a otra cosa. Desde que Liam se encarga de hacerme de guía universitario por iniciativa propia, no he tenido ocasión de detenerme ante aquella enorme escalinata donde lo conocí.
—Sí, lo he notado. Ni siquiera has vuelto a pasar por las escaleras del ala oeste.
Los músculos del rostro se le ponen rígidos y me doy cuenta de que no quería decirlo.
—Ya. Liam me está haciendo de cicerone por toda Yale.
—¿Y eso te satisface?
Entorno los ojos, como si tuviera que esforzarme en enfocar un objeto demasiado lejano.
—En realidad, no. Preferiría perderme en la jungla antes que tener que soportar de nuevo tanto parloteo.
De pronto, como una maldición puntual, Liam aparece detrás de Hades.
—Perdonad —dice para hacer notar su presencia. El otro se vuelve y se lo queda mirando—. Haven, ¿algún problema por aquí?
Hades avanza un paso hacia él.
—No.
Su voz suena como un gruñido.
Liam pone los ojos en blanco.
—De acuerdo. Que lo paséis bien.
Pasa por mi lado, veloz como un rayo, y desaparece.
Vale. Liam es difícil de soportar, sobre todo en dosis masivas. Es como la fiebre. Si tienes entre 37,5 y 38, aún puedes apañártelas. Pero con él es como estar a 39 en pleno verano. Aunque eso no significa que esté bien asustarlo de ese modo.
—Tendrías que haber sido más amable con él —lo defiendo.
Hades hace una mueca.
—Ese idiota se pasó todo el primer curso escribiéndole poemas a Atenea, mi hermana. En versos pareados.
Ah.
—Bueno, al menos sabe componer rimas.
—Rimar «sexo» con «nexo» no me parece propio de alguien con un talento excepcional.
Reprimo una sonrisa.
—Nos vemos mañana por la noche.
Hades se inclina hacia delante y el rostro se le queda a unos pocos centímetros del mío. No me doy cuenta de me ha quitado la manzana de la mano hasta que la agita, sujetándola con los dedos. Se la lleva a los labios y le da un mordisco. Mastica despacio, cosa que me exaspera. Se traga el bocado.
—Sí. Yo tengo razón. Las rojas son mejores.
Me acaricia un mechón cobrizo de la frente y me sonríe malicioso. Por segunda vez desde que lo conozco, sostiene la manzana por el tallo y la hace oscilar por encima de mí. Suelta la presa. Pero esta vez no extiendo las manos y la dejo caer.
Atenea ayudó al guerrero griego Epeo a construir el caballo de Troya con madera que provenía de un bosque consagrado a Apolo. Ulises diseñó los planos. Se desconoce el número preciso de hombres que participaron y se ocultaron en el caballo.
Siempre me han gustado las fiestas. Quizá porque no requieren un gran esfuerzo a la hora de conversar. En una fiesta se espera de ti que hables con cualquier desconocido de cosas sin importancia. No es como en la vida real del día a día, donde debes crear vínculos profundos y duraderos.
No, eso no se me da bien. En una fiesta puedo entretenerme con cualquiera durante diez minutos, pero soy incapaz de establecer una relación seria. Resulta más fácil cuando no conoces bien a las personas. Como cuando compras libros y más libros, pero no te lees ninguno. Los acumulas prometiéndote a ti misma que más tarde o más temprano acabarás haciéndolo. Si no los lees, nunca correrás el riesgo de descubrir que te has gastado el dinero en vano, ¿no te parece? Si te limitas a sacarles el polvo y a admirar la cubierta, nunca te llevarás sorpresas desagradables.
Para confirmar una vez más mi teoría del vaso medio lleno o medio vacío, en este caso Newt también es mi opuesto. Se siente como pez fuera del agua en las fiestas donde no conoce a nadie, él solo entabla amistades profundas y sentimentales. Él no acumula libros. Los lee, del primero al último.
Caminamos por los pasillos de la residencia. Newt y Jack encabezan el grupo, porque no sé dónde se encuentran las habitaciones de los Lively y tengo que fiarme de ellos.
Tecleo a toda velocidad un mensaje que le mando a mi padre:
Este es mi yo que se acuerda de mantenerte informado e intenta que sea una buena hija, como Newt.
¡Todo en orden! ¿Cómo estás?
—Espero que haya venido Atenea —dice Liam, interrumpiendo el silencio que reinaba entre nosotros.
—¿No aprendiste nada el año pasado? —le responde Percy, que está a mi lado. De vez en cuando nos rozamos el brazo, pero no me molesta. Es un poco tímido, pero siempre resulta agradable estar con él.
—Liam, tengo curiosidad. ¿Podrías leerme una de esas poesías que le escribiste? —le pido.
Jack, Newt y Percy gruñen en señal de protesta.
—¡Haven! ¿Por qué narices se lo has pedido? —me reprende mi hermano, que acaba de girarse y me lanza una mirada asesina.
Liam, en el centro, da un saltito. Viste una camisa color fucsia y unos vaqueros blancos.
—¿De verdad quieres leerlos? Los he impreso todos y los he encuadernado en un librito que pienso regalarle algún día. Puedo prestártelo.
De pronto, ya no estoy segura de querer verlos.
—¿Los has encuadernado? Liam, ¿cuántas poesías le has escrito a Atenea Lively?
Se pone rígido.
—Unas cuantas.
—¿Unas cuantas? Dime un número —lo apremio.
—Empieza por uno.
Ah. Me esperaba algo peor.
—¿Quince? ¿Dieciséis?
—Ciento cincuenta —me corrige.
Me quedo paralizada, con la boca abierta de par en par. Percy es el único que se percata y me espera con una sonrisita en los labios. Me coge de la mano y tira de mí para que siga avanzando.
Aún sigo alucinando.
—¡Liam, son muchísimas!
—Lo sé —está de acuerdo conmigo—. Es increíble tener tanta inspiración, ¿verdad?
Dudo. Es mejor no ser demasiado dura con él.
—Ya. A eso me refería precisamente.
Percy y yo intercambiamos una mirada de complicidad. De pronto, desvío la atención al móvil, que me vibra en el bolsillo. Lo saco. Mi padre ha respondido:
Eres una buena hija, aunque a veces te olvides de escribirle unas palabras a tu viejo. Estoy bien. Os echo de menos. Esta noche tengo un currillo, voy a limpiar un parque. Cuatro dólares la hora, pero cuatro dólares son cuatro dólares.
Me rompe el corazón y lucho por reprimir las lágrimas. Jack y Newt se detienen. Deduzco que ya casi hemos llegado. Aunque a mi hermano no le entusiasme el programa de esta noche, sabe que ahora ya no hay vuelta atrás. Intuyo dónde deben de estar las habitaciones de los Lively. Por un solo motivo. Hay una fila delante de la puerta. Y un gran vocerío.
Avanzo unos pasos. Newt extiende el brazo para impedirme que pase.
—¿Tenemos que hacer cola, en serio? —exclamo.
Liam se me une, pero no parece preocupado.
—Ah, sí. Hay más gente en las veladas de apertura que en la cantina el día que sirven calabacines rellenos.
—¿Por qué?
—Ah, porque están buenísimos.
—No me refería a los calabacines —musito.
Newt se vuelve y noto el alivio en su expresión.
—Bueno, parece que no vamos a conseguir entrar nunca, Haven. ¿Por qué no nos vamos y hacemos otra cosa todos juntos?
Jack se encoge de hombros, está dispuesta a seguirlo, pero yo sigo caminando.
—Vosotros podéis iros si queréis. Yo voy a entrar.
—Haven —me insiste Percy. O tal vez es Liam. No les presto mucha atención.
A pocos metros de la puerta, la fila se aparta para dejar pasar a alguien que sale de una de las habitaciones. Es un chico pelirrojo. Todo resultaría normal si no fuera porque va en calzoncillos y tiene el rostro desencajado. Pasa corriendo por mi lado y grita un insulto.
Vale. Ahora aún siento más curiosidad. ¿Qué diablos pasa ahí adentro?
Me planto ante el umbral y busco a Hades, quizá él pueda colarme, pero entonces oigo a alguien que se queja a mi espalda. Me asomo un poco más y lo veo.
Está sentado en una butaca, delante de unas grandes ventanas. Sostiene un vaso casi vacío en una mano y tiene un aire de satisfacción en la cara mientras observa una partida de ajedrez entre Atenea y una chica que sin duda se encuentra en apuros. La habitación está llena de estudiantes. Deben de contar con un espacio más amplio de lo normal y la distribución parece distinta.
Hades posa sus ojos grises en mí. No reacciona.
—Déjame entrar —le pido.
Sonríe.
—No —gesticula con los labios.
Mi expresión lo divierte, porque se ríe para sus adentros y vuelve a seguir la partida de ajedrez, que parece estar a punto concluir. Me basta con echar un vistazo al tablero para saber que Atenea hará jaque mate en dos jugadas.
Agito la mano en el aire y Hades vuelve a mirarme, pero con indolencia, como si lo estuviera aburriendo.
—¡Déjame entrar!
Suspira. Escribe algo en el teléfono y, justo después de guardarlo, Atenea hace jaque mate.
Me pierdo la reacción de su adversaria porque el rostro de Apolo acaba de aparecer en mi campo de visión, a unos pocos centímetros de mi cara. Retrocedo asustada, pero él ni siquiera parpadea.
—Hola —me saluda.
—Hola.
—Ven.
Su actitud me parece tan serena que de repente me siento más tranquila. Hoy se ha dejado el pelo suelto, con la raya a un lado, y despeinado. Lleva la camisa desabrochada y se le ve el torso tatuado. Tiene unos pequeños dibujos hechos con tinta negra en el abdomen, cuya escena queda eclipsada por la de una enorme mariposa que tiene justo debajo del pecho.
—Aquí tienes comida y bebida —me informa Apolo mientras me conduce al lado derecho de la estancia. Hay una mesa de madera oscura con una cantidad exagerada de botellas de alcohol y fuentes con patatas fritas y frutos secos.
—En aquella parte es donde jugamos —dice, señalando la zona opuesta, donde se encuentran Hades y Atenea.
Hay una única mesa larga con un tablero y un mazo de cartas.
—¿Eso es todo? ¿Ajedrez y juegos de naipes? —pregunto.
Apolo me mira arqueando una ceja. Se toma algunos segundos para responder:
—Los mejores juegos los reservamos para las veladas de verdad. Además, pronto empezará Verdad o prenda.
—¿Qué es Verdad o prenda?
Se encoje de hombros.
—Un juego.
—Sí, pero…
Señala algo que está sucediendo al otro lado.
—Espera. Es la hora del castigo.
La chica que estaba jugando al ajedrez con Atenea se está despojando de toda la ropa y llora. La anfitriona se ha acomodado en el reposabrazos de la butaca, al lado de Hades. Hermes y Afrodita asisten al espectáculo de pie.
—¿Estáis de broma? —exclamo—. ¡No podéis obligarla a que se desnude por haber perdido una partida de ajedrez!
Apolo se pasa una mano por la espesa cabellera.
—Son las reglas. Cuando aceptas jugar, ya sabes a lo que te expones. Nadie te obliga, pero si aceptas, no puedes echarte atrás. De todos modos, está de suerte: hoy hemos decidido que puede conservar la ropa interior. Normalmente no lo hacemos.
Apenas puedo tragar saliva. Se me ha cerrado la garganta y el corazón me oprime con fuerza la caja torácica. Estas reglas no son normales ni justas, en absoluto.
La pobrecilla se ha quitado los pantalones, la última prenda que le quedaba, y ahora permanece inmóvil delante de los Lively, solo con un sujetador y unas bragas negras. Tiene una bonita figura y mantiene los brazos pegados a las caderas, pero le tiemblan las manos.
Nadie le quita el ojo de encima. Pero, cuando me fijo en Hades, me doy cuenta de que está mirando hacia otro lado. A mí. Con una media sonrisa estampada en los labios, apura la bebida y me hace una señal con la cabeza.
—¿Por qué se queda ahí sin moverse?
Apolo no parece comprender la pregunta.
—¿La chica? Ah, es otra regla. No puede marcharse hasta que se lo digamos.
—Dios mío, ¡es todo tan retorcido! —exclamo indignada. No sé por qué me enfado tanto.
—Voy a…
Apolo me sujeta por la muñeca. Aunque eso no me impide caminar, es como si se me hubiera paralizado cada músculo del cuerpo.
—No, así solo conseguirás irritar a mis hermanos.
—Me importa una mierda —mascullo. Me libero dando un tirón.
Hades no me pierde de vista cuando voy a su encuentro y me pongo delante de la chica tratando de cubrirla con mi propio cuerpo.
—Ya basta —le digo—. Vuelve a tu habitación.
Atenea me espeta:
—¿Y tú quién coño eres? La perdedora se irá cuando nosotros se lo digamos.
A Hermes parece divertirle mi reacción. Le da un golpecito en el hombro a Hades, que asiente y, por toda respuesta, murmura lo suficientemente alto:
—Lo sé.
¿Qué es lo que sabe?
Harta de sus jueguecitos, hago la única cosa en el mundo que jamás me imaginé que haría. Miro la ropa desparramada por el suelo y, cuando me agacho para recogerla, Atenea interviene. Planta el zapato encima de las prendas y las arrastra con fuerza hacia atrás para alejarlas.
—¿Y ahora qué? —inquiere desafiante.
Le sonrío como si no hubiera pasado nada. Me desabrocho la blusa negra que llevo puesta, me la quito y se la paso a la estudiante, aunque ni siquiera sé el nombre.
—Póntela. Y vete.
Ella obedece, las lágrimas aún le corren por el rostro. Es mucho más bajita que yo, de modo que la blusa le cubre buena parte de su diminuto cuerpo. Huye de la habitación sin mirar atrás.
Me vuelvo hacia los Lively. Solo llevo un top lencero y una falda. Me cruzo de brazos y espero a que alguien sea el primero en hablar.
Sé que será Atenea. Lo deduzco porque aprieta la mandíbula y respira con fuerza. Se pone en pie.
—La próxima vez que te entrometas en uno de mis juegos…
Ladeo la cabeza.
—¿Qué?
—Haven —interviene Hades—, tenemos reglas. No puedes hacer esto. Aunque creas que es injusto.
—Deberías meterte en tus propios asuntos —añade Atenea.
—Y tú podrías haber hecho jaque mate en un solo movimiento, pero has necesitado dos para ganar —le replico—. Solo tenías que mover la reina…
Hades estalla en una carcajada tan sonora que hasta Afrodita se sobresalta. Si antes Atenea ya me odiaba, ahora arde en deseos de echarme las manos al cuello.
—De acuerdo. Ya que eres tan buena, ¿por qué no juegas tú? —me propone.
Bajo la mirada al tablero y hago una mueca.
—Me aburre demasiado el ajedrez.
—Entonces puedes jugar a Verdad o prenda —susurra complacida.
Es el juego del que me estaba hablando Apolo hace unos minutos. No estoy segura de querer participar, pero tampoco puedo echarme atrás precisamente ahora.
Estoy a punto de aceptar cuando Liam irrumpe en la estancia, seguido de Jack, Newt y Percy.
—¡Haven! ¿Estás bien? ¿Qué pasa? —grita alarmado.
Mira a los Lively y, después, a mí. Y comprende que me he metido en un lío.
—Buena suerte, me vuelvo a mi habitación —anuncia a toda prisa antes de desaparecer de nuevo.
Newt alza los ojos al techo, pero se mantiene a una distancia prudencial, como si tuviera miedo del berenjenal en el que me he metido.
—Haven, ¿nos vamos?
—¡No! —brama Atenea—. Ahora va a jugar con nosotros. Sois libres de asistir o de iros.
Jack sacude la cabeza con movimiento rápidos y nerviosos.
—Haven, niégate. Puedes hacerlo, vamos a volver a la habitación. Por favor —me susurra.
Una parte de mí quiere decirle que sí, que me niego, pero tengo otra parte mucho más fuerte y curiosa en exceso. Además, después de la escenita que he montado, ¿cómo voy a quedar si no juego? Sería como si los griegos, una vez dentro del caballo de Troya, cambiaran de idea a medio camino y dijeran: «No, mejor nos volvemos atrás».
—De acuerdo. Dime cuáles son las reglas.
Atenea hace un gesto con la mano. Hermes y Afrodita comienzan a apartar la mesa sobre la que reposan el tablero de ajedrez y el mazo de cartas. La gente que hay a nuestro alrededor se sitúa a ambos lados de la habitación, dispuesta a hacer de público.
Hades me mira, ladeando apenas la cabeza, e interpreto que quiere que me acerque. Se levanta de la butaca y la empuja con el pie hasta la pared.
—¿Qué debo esperar?
Sacude la cabeza.
—¿Sabes eso de que decir la verdad es como desnudarse?
—Sí.
—Bien, pues en este juego tiene un doble sentido. Metafórico y literal.
Hago bastante ruido al tragar saliva y él lo nota.
—De acuerdo. Puedo hacerlo. ¿Contra quién jugaré? ¿Contra Atenea?
—Ay, eso sería demasiado fácil —me responde la aludida; estamos en el centro de la estancia—. Jugarás contra la persona que te ha permitido entrar. Hades.
Me da un vuelco el corazón. Me esperaba cualquier cosa menos esto. A él tampoco parece entusiasmarle la idea, pero no pone ninguna objeción. Camina tranquilo hacia el punto donde se encuentra su hermana.
—Ven, Haven.
Me sitúo frente a él. Atenea está a nuestra derecha, como si fuera el árbitro de un partido.
—Verdad o prenda tiene pocas reglas. Os haréis una pregunta, por turnos. El interpelado podrá decidir si responde o, por el contrario, se quita una prenda. Para saber si dice la verdad, monitorizaremos los latidos del corazón, y daremos una respuesta por falsa en caso de que las pulsaciones hayan aumentado de manera significativa. Por tanto, si decís una mentira, tendréis que desnudaros.
El juego no me parece gran cosa. Finjo indiferencia, pero hago la pregunta más importante de todas:
—¿Desnudarse hasta qué punto?
Atenea hace una mueca. Es Hades quien responde lanzándome una mirada intensa:
—Del todo.
—El primero que acabe sin una sola prenda encima, pierde —concluye ella.
Newt trata de protestar, pero Percy lo sujeta por los hombros y tira de él. Liam vuelve a aparecer en la sala, cauteloso.
—He oído que alguien va a desnudarse.
Por mi parte, reclamo de nuevo la atención de los dos hermanos Lively.
—¿Cuál es el premio?
Atenea se encoge de hombros y retrocede unos pasos, como si lo que estamos a punto de hacer de verdad requiriese un espacio extra.
—Lo que quieras. ¿Dinero? ¿Sexo? Cualquier cosa.
Aún sigo concentrada en su respuesta, cuando noto que algo me roza la mano. Hermes me está colocando un oxímetro en el dedo, concretamente en el índice de la mano derecha. Me guiña un ojo y se aleja. Hades se lo pone sin que nadie lo ayude. Deben de estar acostumbrados a esto.
Atenea cruza los brazos y nos observa con atención. Intercambia un gesto con sus hermanos y deduzco que el juego ha empezado.
—Haven, si tuvieras ocasión, ¿te acostarías con Hades?
Tengo que recurrir a todas las fuerzas de mi cuerpo para no poner los ojos como platos.
—No.
El oxímetro permanece inactivo, no indica ninguna variación importante en los latidos.
Me permito desviar la mirada hacia Hades. Su rostro no transmite ninguna emoción. En cualquier caso, no creo que le haya sentado mal.
—Hades, si tuvieras ocasión, ¿te acostarías con Haven?
Espero oír su «no» de un momento a otro, pero empieza a desabrocharse la camisa blanca que lleva puesta, la arroja al suelo y se queda con el torso desnudo. Sonríe.
—Haven, si tuvieras ocasión, ¿te acostarías con Apolo?
—Pero ¿qué clase de preguntas son estas? —estallo—. ¿Son todas iguales? ¿Vais a recitarme una lista de chicos que me parezcan atractivos?
Hermes me azuza, haciendo bocina con las manos.
—¡Responde! ¡Responde!
Inclino la cabeza, entorno los ojos.
—No.
Los latidos de mi corazón aumentan. El fastidioso bip de la maquinita que llevo conectada al dedo llena la estancia y todo el mundo se queda alucinado. Yo incluida.
No me atrevo a mirar a Apolo.
Hades, en cambio, tiene la boca entreabierta.
Me quito los zapatos y me quedo en camiseta, falda y medias.
—Hades —prosigue Atenea con su cantinela—, ¿te molesta que Haven considere que Apolo es más guapo que tú?
No duda ni un instante.
—Sí. Está claro que yo soy más guapo. —Se gira hacia su hermano—. Con perdón.
Apolo ni siquiera nos mira. Parece incómodo. Ahora que lo pienso, es el único hermano al que no parecen divertirle estos juegos. ¿Es posible que uno de ellos no quiera que se lleven a cabo? ¿Que no estén todos de acuerdo?
Los latidos de mi contrincante siguen siendo regulares. Ha dicho la verdad. No había necesidad de confirmarlo.
Atenea camina a nuestro alrededor, dibujando pequeños círculos en torno a nuestros cuerpos. Cada vez que se me acerca, siento escalofríos.
—Haven, ¿hay al menos una cosa que te guste de Hades? Una única, mínima cosa. Aunque sea un detalle banal.
Lo miro. No lo conozco, así que no puedo hablar de su carácter. Y, si nos referimos a la estética, es de todo menos feo. Pero la atracción física debe apoyarse en bases más sólidas. Sé que es arriesgado, pero respondo:
—No.
Un fulgor de rabia atraviesa el rostro de Hades y se le contrae la cicatriz. Pero, en cuanto ve que se me acelera el pulso, se relaja. Hermes aplaude y se ríe, es el único en la sala que hace ruido. Me quito las medias y las dejo dentro de los zapatos.
—Hades, ¿te sientes atraído físicamente por Haven?
Estoy a punto de decirle que es la misma pregunta que le hizo antes, cuando le preguntó si se acostaría conmigo, pero entonces me doy cuenta de que no es igual. Hasta donde yo sé, Hades podría ser una persona que no le da ninguna importancia al acto en sí mismo, así que no le costaría irse a la cama con alguien que no le gusta. Esta pregunta, sin duda, va mucho más allá.
Hades se desata los zapatos y se los quita. ¿No quiere responder?
Hermes, emocionado, vuelve a hacer más ruidos. Apolo le da un codazo y, sin querer, desvía la mirada hacia mí. La aparta enseguida.
—Haven, si tuvieras que escoger quién te parece más atractivo, Apolo, Hermes o Hades, ¿a cuál escogerías?
Estoy cansada de las preguntas. No me imaginaba que serían tan específicas y que, encima, iban a estar presentes a quienes hacen referencia. Me bajo la cremallera de la falda y dejo que me caiga a los pies. Se oyen murmullos de estupefacción. No puedo responder «Apolo» de nuevo. No quiero que los Lively encuentren nuevos motivos para provocarme o seguir incordiándome.
Hades no aparta la vista de mis piernas, tampoco hace el menor esfuerzo por mirar hacia otro lado. Me estudia con tal insistencia que empiezo a sentirme incómoda. Nunca he tenido problemas con mi cuerpo, y aún menos con la desnudez, pero ahora comprendo a la chica de antes.
Aunque todavía le saco ventaja. A mí me quedan dos prendas íntimas y la camiseta interior. A él, los pantalones y los calzoncillos.
—Bien, estamos ante dos jugadores muy hábiles —exclama Atenea en un tono que no me gusta nada—. Y en vista de que la cosa se está volviendo aburrida, la siguiente pregunta valdrá por toda la ropa que lleváis encima. Si la persona a quien se la haga responde con la verdad, la otra deberá desnudarse.
Giro el cuello de repente.
—¿Qué? No es justo. ¡Esas no eran las reglas!
Afrodita se ríe. Nunca había oído su voz, pero su risa suena cristalina, tal como me la había imaginado. Hermes no cabe en sí de gozo. No me quita los ojos de encima y se pasa la lengua por los labios con frenesí.
—Hades —brama Atenea—, ¿te gustaría que Haven se quitase la ropa y se quedara desnuda delante de ti?
Entorna los ojos grises. Me recorre de la cabeza a los pies con la mirada, tantas veces que me pregunto si habrá decidido detener el juego. ¿Podría hacerlo, después de todo?
Todos los presentes esperan su respuesta como si estuviera a punto de revelar el secreto de lo que nos espera después de la muerte.
Miro a Newt y a sus amigos. Mi hermano está inclinado hacia delante y oculta el rostro entre las manos. Liam, a su izquierda, me muestra el pulgar.
—Qué buen tipo tienes, Haven —me susurra.
Y entonces sucede. Hades se desabrocha los vaqueros negros.
Contengo la respiración. Se detiene. Me mira.
—No —dice con apenas un hilo de voz.
Mira el oxímetro, como si no supiera si ha dicho la verdad o ha mentido. Pero los latidos no se han acelerado. En todo momento, indica el mismo ritmo. Y el ruido que emiten me retumba en los oídos, atenuando cualquier otro sonido.
—Haven. Desnúdate —ordena Atenea.
—¡No! —grita Newt.
La anfitriona repara de pronto en su presencia.
—Hazte a un lado. Ha perdido.
—¡Tú has cambiado las reglas! ¡No vale! —me defiende mi hermano a gritos, con el rostro encendido. Jack le toca el brazo, pero él la aparta.
Percy mira al suelo, quizá por pudor ante lo que está a punto de suceder.
Liam, en cambio, no deja de mirarme, tan descarado como de costumbre.
Cierro los ojos y cuento hasta diez. No es un problema. Lo peor es la humillación de haber perdido solo porque han amañado el juego en el último momento. Yo estaba ganando. Yo habría ganado.
Como el caballo de Troya. Todo ha sido una artimaña. No hubiera tenido la menor oportunidad, porque, fuera cual fuese el resultado, habrían hallado un modo de joderme. Ya había perdido antes de que me desafiaran a jugar. Habría perdido de todos modos aunque hubiera ganado.
Me quito la camiseta, la dejo caer a mis pies y me quedo solo en ropa interior. Hades sigue el movimiento con los labios fruncidos.
—Ánimo, Haven —me dice.
Algunos de los presentes, debe de haber una veintena de estudiantes como mínimo, siguen el ejemplo de Percy y apartan los ojos, pero la mayoría sí mira.
Suspiro. Me llevo las manos a la espalda y busco el broche del sujetador. Tiene tres corchetes, así que primero desabrocho uno. A continuación, el segundo.
Cuando ya estoy a punto de desabrochar el tercero, alguien se sitúa delante de mí. Nuestros cuerpos se chocan y, debido al impacto, acabo con la espalda contra la pared fría.
Apolo me está haciendo de escudo con los brazos extendidos.
—Ya basta. El juego se acaba aquí. Haven, vuelve a vestirte.
Estoy esperando a que Atenea proteste. O alguno de los otros Hermanos Manzana. Pero no sucede.
—¿Puedo? —murmuro.
Apolo solo gira la cabeza para hablarme.
—Sí, cualquiera de los cinco puede interrumpir el juego. Vístete.
Hades abandona la estancia principal, sin preocuparse por volver a ponerse la camisa. Me visto de nuevo. El corazón me late a mil por hora, mucho más que cuando estaba respondiendo, mientras Apolo me protege de las miradas indiscretas.
Entre los atributos propios de Atenea, no solo destacaban su gran inteligencia y sabiduría, sino también su carácter orgulloso, que sabía transformar en venganza contra quien se atreviera a desafiarla.
—¿Tienes frío?
—No.
—Pues deberías, solo llevas puesta la camiseta.
—No, estoy bien.
La velada de apertura ha concluido. Después de que Apolo se interpusiera e interrumpiese el juego, Atenea ha echado a todos los presentes y se ha encerrado en su habitación. Afrodita ha ido tras ella, puede que para tranquilizarla.
Ahora me encuentro en la misma butaca donde estaba sentado Hades cuando llegué. Apolo está en el sofá y se mira las manos, como si se sintiera avergonzado. Esta es una de esas ocasiones en las que debería estarme calladita, pero decido no hacerlo, porque soy tan curiosa que necesito vaciar la cabeza de todas las cosas que me guardo para mí.
—¿Por qué no me miras?
Sus ojos verdes me asaltan. Puede que sea un gesto involuntario, porque al instante los aparta.
—Debería ser yo quien sintiera vergüenza —sigo diciendo—. Además, también soy quien se ha arriesgado a acabar con las tetas y el papo al aire delante de todos.
Las palabras que he elegido lo sobresaltan. Yo también reconozco que podría haberlo dicho de un modo más elegante. Apolo no parece un tipo al que se le pueda hablar sin filtros.
Pero, para mi sorpresa, se ríe. Poco, pero se ríe.
—Al final no ha pasado.
Lo cual nos lleva a la pregunta más importante de todas:
—¿Por qué lo has hecho? —susurro.
—Haven —pronuncia mi nombre con una lentitud extenuante. Arruga la frente mientras trata de dar con las palabras que me dirá a continuación—. Eres la única persona que ha aceptado jugar a Verdad o prenda, ¿lo sabías?
Eso no me lo esperaba. Me pongo y me quito el oxímetro del dedo índice una y otra vez para hacer tiempo. Nadie ha venido a reclamarlo.
—Pensaba que era un juego típico de vuestras veladas de apertura.
Asiente.
—Lo es. Pero nadie ha aceptado participar jamás. Suelen jugar Hermes y Atenea. Siempre gana ella. Sobre todo, porque a Hermes le encanta desnudarse. —Alza un dedo en cuanto abro la boca—. No me preguntes por qué. Hace mucho tiempo que dejamos de hacernos preguntas sobre nuestro hermano.
Nos quedamos en silencio. Se abre una puerta y se oyen uno pasos que se acercan. Hades aparece en el pequeño salón de la estancia, se detiene y nos mira, primero a Apolo y después a mí. Frunce los labios. Le hace un gesto a su hermano y desaparece.
—No debo de caerle muy simpática —comento.
—Yo creo que solo está asombrado de que hayas querido jugar. —Vacila unos instantes. Se pasa la mano por el pelo castaño y largo—. Y de tus respuestas.
Al principio no entiendo por qué ha bajado la voz y la segunda frase le ha salido con un matiz de timidez.
—¿Por qué has dicho…?
Me bloqueo. Casi he mentido cuando he dicho que no me acostaría con Apolo si se presentara la ocasión.
¿Se refiere a eso? Solo tengo que preguntárselo.
—¿Quieres decir cuando tu hermana me ha preguntado si me iría a la cama contigo, yo he respondido que no y habéis descubierto que mentía? —le pregunto.
Abre mucho los ojos. Inspira con fuerza y cambia de postura en el sofá, como si estuviera incómodo.
—A ver… Mmm. Sí.
—Vuestros aparatitos funcionan mal —me defiendo—. No mentía.
Un bip acelerado resuena por toda la estancia. Tanto Apolo como yo nos quedamos mirando el oxímetro que me he vuelto a poner en el dedo. Me lo quito con un gesto rápido y se lo lanzo. Ahora sí que estoy avergonzada de verdad.
Él aprieta los labios, puede que para reprimir una sonrisa, y lo coge al vuelo. Se lo guarda en el bolsillo. Solo tengo que cambiar de tema y desviar la conversación. No tiene por qué ser difícil. Basta con decirle cualquier cosa. La primera que se me ocurra.
—¿Cuáles son tus manzanas preferidas? Hades afirma que las rojas son las mejores. ¿Tú qué opinas?
Apolo se recuesta en el respaldo del sofá. Sigue evitando cualquier contacto visual. Está dándole vueltas a la pregunta muy serio, se lo leo en la cara. Sigo alucinando con lo importantes que son las manzanas para esta familia.
—Sin duda alguna, las amarillas —murmura—. Son las más dulces.
—¿Puedes explicarme por qué parecéis tan obsesionados con esta fruta?
Me mira. Solo dura unos segundos, pero bastan para hacerme sentir que el estómago me da vueltas. Está a punto de responder cuando, de pronto, algo sale volando y me alcanza en todo el pecho. Me cubre la mitad del rostro.
Sucede tan deprisa que ni siquiera me da tiempo a asustarme. Hades se encuentra a unos metros de distancia, con el brazo aún extendido. Trato de averiguar qué acaban de lanzarme a la cabeza. Es una sudadera negra, sencilla, con cremallera.
No merece la pena resistirse y decirle que no la necesito. Me la pongo y me subo la cremallera, feliz de sentir un poco de calor.
—Gracias.
—Quiero que me la devuelvas. Mañana —responde con voz inexpresiva—. En las escaleras del ala oeste. Antes del almuerzo.
—Sí, por supuesto, eh…
Pero Hades ya me ha dado la espalda y se está marchando. Una vez más.
Ha sido amable por su parte. Y, sin embargo, al mismo tiempo, no lo ha sido en absoluto. ¿Alguien puede ser amable y no amable al mismo tiempo?
Suspiro. Por el rabillo del ojo, veo que Apolo me está observando. Le devuelvo la mirada y él se gira a la derecha de golpe.
—Creo que lo mejor es que regrese a mi habitación —digo—. Mi hermano debe de estar preocupado.
Se pasa el dedo índice por el labio inferior, lo tiene de un intenso color cereza oscuro.
—Pensaba que querías saber por qué nos gustan tanto las manzanas.
Vuelvo a sentarme al instante. Mi reacción lo hace reír.
—Te escucho.
Él se inclina hacia delante y junta las manos. Sigue llevando la camisa abierta y le miro el pecho escultural y tatuado sin el menor recato.
—¿Recuerdas el mito de la boda de Tetis y Peleo? La diosa de la discordia, como venganza por no haber sido invitada a la celebración, les lanza una manzana de oro a Atenea, Afrodita y Era.
Asiento con un gesto.
—La fruta sería para la más bella, y las tres pugnaron por hacerse con ella. Quien eligió fue un simple campesino, y ganó Afrodita, ¿no? Desde entonces, se la conoce como «la manzana de la discordia».
Apolo duda. Parece divertido.
—Aquel campesino era Paris —dice.
—¿Tengo que acordarme de quién es?
—No, no es necesario.
—¿Y bien? ¿Qué tiene que ver eso con vosotros?
—En nuestra familia, hace muchos años sucedió algo parecido.
Espero a que continúe, pero no añade nada más.
No entiendo qué pretende. Aunque era obvio que no iba a contarme los asuntos privados de su familia.
—¿Alguien lanzó una manzana en la boda de tus padres?
Sacude la cabeza. En ese preciso instante, la puerta de la sala se abre y aparece Hermes. No me había dado cuenta de que se había marchado, pero ahora está aquí, con unos calzoncillos en la cabeza y el torso desnudo. En la mano lleva un teléfono y suena una canción que reconozco al instante.
Debe de estar borracho, poque se mueve al compás de la música con los ojos cerrados. Pese a todo, tiene un buen sentido del ritmo, y apostaría a que es buen bailarín.
—A ella le gusta la gasolina. ¡Dame más gasolina! Cómo le encanta la gasolina. ¡Dame más gasolina! —berrea, desafinando como pocas personas lo harían en todo el mundo.
Fuera cual fuese la atmósfera que se había creado, ahora ya está rota. Apolo se levanta del sofá y yo interpreto que es la señal para indicarme que ya es hora de que me marche. En cualquier caso, tampoco es que tenga ganas de seguir aquí. O eso creo.
Me acompaña hasta la puerta y no puedo evitar preguntarme qué le pasa a Apolo con sus hermanos. ¿O solo está fingiendo?
El pasillo está desierto y muy iluminado. Apolo se queda en el umbral, con la mano apoyada en la pared.
—¿Estás bien? —me pregunta justo cuando estoy a punto de irme.
Lo desafío con la mirada.
—¿No debería estarlo?
Se queda desconcertado y no hace nada por ocultarlo.
—¿No te ha perturbado Verdad o prenda?
Me encojo de hombros.
—Estaba dispuesta a llegar hasta el final. No soy de las que se echan atrás cuando se trata de jugar. Y habría ganado si tu hermana no hubiera cambiado las reglas.
Se inclina hacia delante. Me mira directamente a los ojos, como si no se atreviera a dejar de hacerlo. Noto que le cuesta mantener el contacto visual.
—Ha cambiado las reglas porque se ha dado cuenta de que ibas a ganarnos. Todos se han dado cuenta, Haven —susurra con la voz ronca.
Si aún llevara puesto el oxímetro en el dedo, seguramente se habría vuelto loco de lo rápido que me late el corazón.
—¿Se ha enfadado porque has interrumpido el juego?
—¿Enfadarse? No tienes ni idea de lo que es capaz Atenea.
—Lo siento.
—No tienes por qué. Yo estaba de tu lado.
Siento que me estoy ruborizando y espero que no lo note. Cambio de tercio.
—¿Debo esperar que me envíe una pieza de ajedrez?
—No creo que te invite nunca a jugar, porque ha comprendido que eres mejor que ella.
Salgo del aula a la hora del almuerzo, con la sudadera de Hades apretada contra el pecho. Estoy nerviosa y no he sido capaz de atender en clase como debería. Cuanto antes se la devuelva, antes podré olvidarme e ir a comer.
Como no podía ser de otro modo, Liam me está esperando. Está de pie, lleva tres libros en una mano y agita la otra para que lo vea. Suspiro y me acerco.
—Hola, Liam.
—¿Estás lista?
No será difícil engañarlo. Le suelto lo primero que me pasa por la cabeza.
—La verdad es que primero tengo que ir al servicio. Adelántate tú y ya os veré en la cafetería.
La idea no parece entusiasmarle. Arruga la frente y se queda pensativo unos instantes.
—Puedo esperarte. ¿Tardarás mucho?
Asiento sin dudar.
—Muchísimo. Nos vemos después, ¿vale?
Empiezo a caminar en dirección contraria a la suya, pues me he pasado toda la noche estudiándome el mapa del edificio para memorizar el camino hasta el ala oeste desde el aula.
Liam vuelve a llamarme y me quedo inmóvil. Espero que no se haya dado cuenta de que el baño está justo detrás de él, si incluso el cartel cuelga unos metros por encima de su cabeza.
—¿Sí?
Levanta el pulgar, como para darme ánimos.
—¡A por todas!
¡Dios mío! Esbozo una sonrisa forzada y echo a andar a paso ligero para poner la mayor distancia posible entre nosotros. A mi alrededor, los estudiantes se agolpan para conseguir mesa en la cafetería, y yo debo de ser la única que va en dirección contraria. A lo lejos diviso la barandilla dorada de las escaleras y reconozco el ala de Yale donde me perdí el primer día. Se me ocurre que quizá Hades no esté allí, vete a saber por qué. Aprieto la sudadera con más fuerza y sigo avanzando. Pero sí que está. Intercepta mi mirada desde lejos, apoyado en la pared, como de costumbre.
Llego hasta donde está él y le paso la sudadera.
—¿Ni siquiera un triste saludo? —me suelta. No se mueve ni un milímetro.
—Hola.
—Atenea está muy cabreada contigo —dice de pronto.
Bajo el brazo, resignada al comprobar que, por el momento, no tiene intención de recuperar la sudadera.
—A mí, en cambio, me da absolutamente igual.
Enarca una ceja, pero se le escapa una sonrisita. La borra al instante.
—Te aseguro que no quieres participar en sus juegos.
Aguzo el oído. Apolo me dijo muy convencido que jamás volvería a desafiarme, pero Hades parece sugerir lo contrario.
—¿En qué consisten?
—Si te invita, lo sabrás. Yo no puedo decirte nada.
—Apolo dice que no me desafiará.
Hades mira hacia arriba.
—Atenea es la diosa de la estrategia militar y de la sabiduría. Si hay algo más grande que su orgullo, son sus ganas de ganar. Te propondrá jugar de nuevo, sin la menor duda.
Me encojo de hombros.
—De acuerdo.
Le tiendo la sudadera de nuevo.
Ni se molesta en mirarla.
—Y tú te negarás.
—No.
—A lo mejor aún no has entendido que te estoy haciendo una sugerencia, Haven —me dice, recalcando mi nombre. En sus palabras no hay el menor rastro de soberbia, y menos aún de mala fe, pero me pone de los nervios de todos modos.
—A lo mejor aún no has entendido que no te he pedido ninguna sugerencia —le replico con voz sibilante—, ni la quiero. De todos modos, gracias por prestarme la sudadera ayer, ya es hora de que te la devuelva.
Se la lanzo de cualquier manera, tal como hizo él. El cierre de la cremallera le golpea el labio, pero él no exterioriza ninguna señal de dolor. Mi gesto lo deja boquiabierto y, por la expresión confusa de su rostro, parece que le divierte.
—¿A qué viene esa agresividad? Intento ser amable. No tienes ni idea del esfuerzo que me supone.
—Sí, ayer fuiste muy amable mientras me mirabas a la espera de que me desnudara y me decías: «Ánimo, Haven».
La cicatriz del rostro se le contrae. Aprieta con fuerza la tela negra hasta que los nudillos se le ponen blancos.
—Eran las reglas. Nadie te obligó. Si no fueras tan fisgona y entrometida…
—¡Cualquier hermano puede suspender la partida! —lo interrumpo furiosa. No sé a qué viene esta explosión. Ayer no estaba enojada con él—. Habrías podido detenerlo tú. Como hizo Apolo.
En cuanto lo menciono, se le escapa un gruñido.
—¿Por qué tendría que haberlo hecho? No te conozco. No somos amigos. No eres nadie para mí. Apolo es un santurrón de mierda que siempre lo jode todo.
—Pues entonces no vengas a darme consejos sobre lo que debo o no debo hacer —le replico—, no los quiero. Guárdatelos donde te quepan.
Aprieta la mandíbula.
—Entendido.
—Entendido —repito solo porque no quiero que la conversación termine así.
El pecho le asciende y le desciende a toda velocidad, delatando que está furioso.
—Tú también podrías dejar de fingir que no te gustó jugar ayer —añade—. Estoy seguro de que habrías llegado hasta el final.
No tengo ningún problema en admitirlo. No sé qué esperan de mí, pero solo hallarán la verdad.
—Claro que habría llegado hasta el final. Me habría desnudado. Incluso podría hacerlo aquí, ahora, delante de ti.
Hades mira a su alrededor, como si estuviera comprobando que no hay nadie antes de decirme que lo haga.
—Ya tengo bastante con que Hermes se pasee por la habitación con el culo al aire. No necesito ver a más gente desnuda. Así que conserva la ropa puesta, por favor.
No sé qué replicar, pero quiero tener la última palabra.
—Perfecto.
Toda la ira desaparece y en su rostro no hay emoción alguna. ¿Cómo se las apaña para cambiar de estado de ánimo tan rápido?
—Ya puedes marcharte.
—Me iré cuando me dé la gana. Es decir, ahora.
Me doy media vuelta y empiezo a subir las escaleras de mármol.
La voz de Hades vuelve a sonar.
—Te estás equivocando.
Retrocedo sin decir nada. Ese no es el camino correcto. Ya debería saberlo. Le lanzo una mirada furtiva y, por un momento, me quedo inmóvil. Se está riendo por lo bajo.
Tengo un problemón con las discusiones. No me gusta que acaben si no tengo la sensación de que he ganado.
—Y para que conste —añado—, no me creo que no quisieras verme desnuda. No sé cómo te las apañaste para mentir de un modo tan impecable, o si simplemente los oxímetros están trucados, aunque no lo creo.
Vuelve a ponerse serio.
—Yo que tú, no continuaría por ahí, porque ignoro hasta qué punto puedes afrontar con entereza la desilusión.
Rechino los dientes. Ya ni soporto el sonido de su voz.
Le hago un gesto de despedida y empiezo a caminar en dirección contraria a las escaleras, que es por donde he venido.
—Haven.
—¿Qué quieres ahora?
Se aparta de la pared, avanza hacia mí con parsimonia y murmura:
—Recapacita. ¿Es mejor alguien que no te avisa de que vas a participar en un juego peligroso y luego lo interrumpe porque se siente culpable? ¿O alguien que te avisa enseguida de los riesgos que corres y te aconseja que no juegues?
Se coloca delante de mí con su imponente altura y agacha la cabeza para mirarme a los ojos. Los suyos son como un pozo de un gris magnético. Ahora que lo tengo tan cerca, comprendo que, cuando respondí que no había nada en él que me gustara, el oxímetro detectó la mentira. Tiene unos ojos preciosos.
—Quien calla, otorga —murmura—. Piensa en lo que eliges, Haven. Una manzana de oro desencadenó la guerra de Troya. Hace falta muy poco para meterse en situaciones desagradables.
¿Qué narices tiene que ver la guerra de Troya con todo esto?
¿En qué momento se han invertido los papeles? Era yo quien se estaba yendo y lo estaba dejando aquí plantado. Y ahora es él quien me da la espalda.
—Si aceptara una invitación de Atenea —le grito mientras se aleja— y la partida me pusiera en muy mala situación, ¿detendrías el juego?
No lo duda ni un segundo.
—No.