Introducción. Un pastel menos

Introducción

Un pastel menos

El día de mi boda, todo el mundo me felicitó por el pastel. Coincidían en que estaba riquísimo. Pero yo no puedo confirmarlo, porque no comí ni un solo trozo. Me dejé todos los ahorros en esa boda; una boda con un pastel cuyo sabor ni siquiera pude probar. Como digo en mis redes, las señales son muy claras, pero supongo que a veces preferimos ignorarlas.

Soy Angie L. Luna, aunque es posible que me conozcáis como @eyesofthemoon, porque así me llamo en Instagram y en TikTok. «Ojos de la luna en inglés», como siempre explico. Mis redes sociales son un reflejo de lo que estoy viviendo en cada momento de mi vida. Por eso, en ellas empecé hablando de viajes, seguí con la maternidad y hoy hablo de mi divorcio y de mi experiencia personal coparentando.

El 6 de agosto de 2023 publiqué un vídeo en el que conté que me había divorciado y mis redes explotaron. No os podéis hacer una idea de la cantidad de mensajes que recibí. Algunos de ellos, llenos de odio e incomprensión. Pero también me llegaron muchos otros de mujeres que me explicaban las situaciones que ellas mismas estaban atravesando y el miedo que sentían a separarse de sus parejas teniendo hijos en común. Creo que todos esos mensajes, repletos de esperanza y ganas de seguir adelante, se merecen una respuesta mucho más profunda que la que podría proporcionar en redes.

Al final, los creadores de contenido hacemos vídeos de un máximo de treinta segundos. Treinta segundos, en el mejor de los casos, porque a veces son quince, diez o incluso cinco. Y en ese tiempo es muy difícil que os pueda explicar lo que se esconde tras las situaciones que vivo cada día y las decisiones que tomo. En redes solo habéis visto mis determinaciones, no las opciones que tenía.

Por eso he escrito este libro. Para responder a las preguntas, dudas y comentarios de mis seguidoras, mis queridas Flowers, y también para acercarme a todos aquellos padres y madres divorciados que puedan estar atravesando una situación parecida a la mía. Siento que es importante que os cuente cuáles son mis orígenes para que podáis entender cómo llegué hasta aquí. Porque la mía no siempre ha sido una vida cómoda y llena de facilidades. Y espero que en mi historia halléis el consuelo y la comprensión que necesitáis en este momento. O como mínimo, una distracción que os resulte entretenida y os ayude a relajaros y a sentiros un poco más acompañadas.

Este no es el libro de un divorcio cualquiera. Es la historia de un divorcio con niños. Mi separación habría sido muy distinta si no hubiese tenido a mis dos hijas. Dos niñas estupendas a las que quiero proteger por encima de todo y que no se merecen que las decisiones que toman sus padres afecten a su futuro como adultas. Justo por eso, mientras mi ideal de pareja, de familia y de futuro moría, nació una nueva forma de familia que a día de hoy me parece perfecta.

Así pues, en las páginas que siguen encontraréis las vivencias y reflexiones que han contribuido a que mi concepto de pareja y familia haya ido evolucionando a lo largo de mis casi cuarenta años. Espero sinceramente que os ayuden a avanzar y que consigáis responder todas esas preguntas que yo misma me hice durante mi separación. Porque el proceso es duro y las dudas nunca se acaban, pero más duro es aferrarse a algo que una ya no quiere.

Yo siempre he sido muy de elaborar listas y os puedo asegurar que la lista más dolorosa que he hecho nunca es la de los pasos que tenía que dar para divorciarme. Mientras la iba completando aprendí cosas importantísimas, como que los límites que a veces nos ponemos están solo en nuestra cabeza, que no es necesario vivir siempre en modo supervivencia, que no pasa nada si pides ayuda, y la más importante de todas: que el mayor amor de todos es el propio.

Y si hoy os puedo contar todo esto es gracias a la terapia y al acompañamiento que he recibido. Sé que hay gente que sale sola de esta situación, pero yo he necesitado ayuda y me parece muy importante decirlo. Porque todo este proceso es mucho más duro si no tienes la compañía adecuada. También ha sido fundamental el paso del tiempo. Hace un año hubiese sido imposible para mí ponerme a escribir algo así. No es que ahora sea fácil, pero al menos me siento más capaz de hablar de ello.

A mí siempre me ha gustado escribir. Todas las cosas malas que he ido viviendo me las he sacado de dentro escribiendo. De ahí que los textos que acompañan mis fotos y vídeos resulten tan largos algunas veces. Porque yo las cosas necesito exteriorizarlas. Y eso es lo que hago aquí: dejar por escrito que lo he logrado. Que puede que ahora te parezca imposible y te cueste mucho esfuerzo, pero sí se puede conseguir. Podrás volver a ser tú, podrás volver a quererte e incluso podrás comer pasteles riquísimos sin necesidad de pasar por una boda. Porque nunca es demasiado tarde para empezar a vivir la vida que deseamos.

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Los años más felices

Esta historia empieza donde todo lo hace: en la infancia. Por suerte, los recuerdos que guardo de mis primeros años de vida son buenos. Tuve una infancia tan entrañable que a veces pienso que es una pena que en la realidad no resultase tan maravillosa como yo creía. Aunque eso no deja de hacerlo bonito. Así que fue bonito, pero con matices. La vida no es perfecta, ni tampoco puede ser siempre mágica. Pero empecemos por el principio…

Yo nací en Santo Domingo, la capital de República Dominicana. Según me cuenta mi madre, fui una bebé deseada y amada, a pesar de que ella tan solo tenía veintiún años cuando yo vine al mundo. Siempre me ha llamado la atención lo joven que era, pero no es un tema que hayamos comentado nunca. Sé que mi madre contaba con esa edad porque yo misma saqué el cálculo. No la oí pronunciar jamás ningún reproche del tipo «yo te tuve con veintiún añitos» o «me quedé embarazada de ti y tuvimos que casarnos corriendo».

Me imagino que la juventud de mis padres explica que al principio viviésemos en la casa de un tío de mi padre, el tío Luís. Aunque mi estancia en esa casa duró muy poco. Cuando apenas tenía unos meses de vida, mi madre se vio obligada a dejarme con mis abuelos maternos para seguir trabajando en la ciudad y así poder mantenerme. Por tanto, podría decirse que, desde bien pequeña, mis abuelos fueron mis padres.

Mi abuela, «mamá» para mí, se llamaba Modesta Emperatriz y creo que eso lo dice todo. Era una mujer dulce y noble que siempre dio su vida por sus hijos, sus nietos y su marido. Nunca nadie me brindó tanto amor como ella. Por su parte, mi abuelo Miguel, Manino para todo el mundo y «papá» para mí, era un hombre trabajador, educado, emprendedor y también muy estricto con nosotros.

Fueron unos segundos padres maravillosos, que siempre me proporcionaron todo lo que necesité. En algunos casos, incluso más, porque la verdad es que mi abuela me cebaba. No paraba de darme comida. Dicen que cuando era una bebé, en una mano llevaba un biberón con leche y en la otra, uno con papilla. Ella estaba tan preocupada por que creciera que una vez, cuando ya era un poco más mayor, tuve una sobredosis de hierro. Me hinché, los labios se me pusieron de color púrpura, por no hablar de las deposiciones…, pero así era ella. Siempre cuidándonos, siempre dándonos todo lo que consideraba mejor para nosotros.

De pequeña, mi comida favorita eran los tostones con queso de hoja y kétchup. Para los que no hayáis probado nunca la comida dominicana, os explico: los tostones son trozos fritos de plátano verde, aplastados a modo de pequeñas tostadas. El queso de hoja es un queso típico dominicano que resulta especialmente delicioso en la zona del país en la que me crie. Y el kétchup, creo que ya lo conocéis.

Uno de mis planes favoritos de niña era sentarme delante de la tele a ver Sábado Gigante (un reality show muy popular en Latinoamérica) en una mecedora con mi abuela mientras comía tostones. Y ese es el tipo de recuerdos que tengo de mi infancia. Tampoco se me olvidarán las excursiones a la playa en familia: todos mis primos y yo, subidos en la parte trasera de una camioneta, gritando, jugando, rodeados de cocoteros, con la brisa del mar en la cara. Y es que si algo marcó para siempre mi infancia fue haber crecido en Nagua.

Nagua es donde realmente me crie: un pueblo costero, pequeñito, situado en el norte del país. Toda mi familia, tanto por parte de madre como de padre, procede de allí. Y en ese lugar siempre me sentí libre. El mar estaba justo enfrente de la casa de mis abuelos, y entremedias, se hallaba el descampado en el que todos los niños nos juntábamos para jugar, así que podía ir sola a todas partes.

En Nagua éramos una familia conocida, ya que mi abuelo tenía (y todavía tiene) una fábrica de hielo. ¿Y quién no necesita hielo en República Dominicana? Por eso, fuese a donde fuese, me sentía protegida, porque todo el mundo sabía quién era: la nieta de Manino.

Nagua fue el epicentro de mi niñez. Por el mar, por mis abuelos y por mis tíos. Por parte de mi madre tengo ocho tíos, seis de ellos con hijos, así que imaginaos la cantidad de primos que somos. Entre los niños del barrio y mis primos, la diversión nunca se acababa. Aunque hay dos personas a las que debo agradecer especialmente lo bonita que fue toda esa etapa de mi vida: tía Asfodil y tío Arturo, a quien yo siempre llamé Ta.

Asfodil y Arturo eran y son mis tíos favoritos. Pasaba mucho tiempo a su lado, porque ellos estaban para mí en todo momento. Los quiero mucho y les agradezco el tiempo y el cariño que me dieron. Gracias a ellos y a mis abuelos maternos, de pequeña siempre tuve todo lo que quise. Nunca poseí nada demasiado extravagante, pero tampoco me faltó de nada.

Ta conducía un coche muy pequeño, pero eso daba igual: nos metía a todos los primos allí dentro y nos llevaba a pasear. Ya cuando me mudé de vuelta a Santo Domingo, tía Asfodil vivía justo debajo de mi casa. Ella tuvo un hijo, Oliver, mi primito. Oliver, mis hermanos Nadin y Yasser y yo éramos los inseparables.

Como te podrás imaginar por estas escenas, había mucha gente presente en mi vida que todavía permanece en ella. Y les estoy muy agradecida, porque en los momentos duros que vinieron más adelante, siempre me dieron motivos para sentirme a gusto y siempre encontré apoyo. Por eso es tan importante rodearse de muchas y buenas personas. Lo más bonito es que, hoy en día, Asfodil y Arturo son igual de increíbles con mis hijas. Cada vez que vamos a República Dominicana las sacan a pasear y las consienten tanto como a mí cuando tenía su edad.

La casa de mis abuelos era el punto de encuentro de la familia al completo: siempre estábamos allí, compartiendo y celebrando. Todos los fines de semana, todas las vacaciones, todas las navidades, todos los veranos. Y allí no nos faltaba de nada. Bueno, solo una cosa: el hielo. En casa del herrero, cuchara de palo. En cada fiesta era igual. Nunca teníamos hielo. Este, increíblemente, escaseaba por defecto.

Mi familia materna era, de puertas para fuera, una familia ideal, donde todo funcionaba como mandaba la tradición. Y a mis ojos, resultaba perfecto. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Sin ir más lejos, mi abuelo tuvo cuatro hijos fuera del matrimonio. Pero a todos mis tíos y primos se nos enseñó a respetar y a venerar a mi abuelo por encima de todo.

Ahora, desde mi perspectiva de adulta, no puedo entender por qué mi abuela sufrió tanto en silencio. Me pregunto por qué tuvo que aguantar todo eso. Por qué fue tan noble y tan buena con alguien que le hacía semejante daño. ¿Realmente era feliz? Me apena no haber tenido la oportunidad de preguntarle cómo se sentía. ¿Por qué aceptaba las infidelidades de mi abuelo? ¿Qué le hubiese gustado hacer en realidad a ella? ¿Qué cosas le apasionaban de verdad?

Desde bien pequeña, tuve ejemplos cercanos de matrimonios muy distintos, pero todos aparentaban ser iguales, ya que antes los problemas se escondían tras las sonrisas y la falsa aceptación por parte de unas familias y una sociedad machista y altamente patriarcal, en la que nadie podía reprochar las infidelidades de mi abuelo. Nadie podía cuestionar la forma en la que nos habían enseñado a vivir. Permanecen grabados en mi cabeza todos los «tienes que» y los «así no se hace» que me inculcaron en esa época. En mi familia, tenerlo todo significaba no dudar, no cuestionar y no pensar más allá de lo que se nos había enseñado; para tenerlo todo, tocaba cumplir. Supongo que, por eso, para mi abuela Modesta los demás siempre fueron por delante de ella. Y el primero de todos, mi abuelo.

Yo quería tanto a mi familia, sobre todo a mi abuela, que nunca me planteé hacer nada que pudiese molestarles. No quiero ni pensar el dolor que podría haberle causado a ella verme separada, verme haciendo algo que se escapaba en esencia de los rígidos patrones en los que suponía que yo tenía que vivir. Sin embargo, mi abuela sí pudo presenciar la mayoría de mis grandes acontecimientos vivenciales: me vio concluir mi preparación académica y profesional, me vio enamorada, casada, vio mis inicios como madre… Espero que se llevara esa felicidad con ella y que estuviese orgullosa y satisfecha conmigo. 

Me pregunto si seré yo la que rompa con toda esta abnegación y esta costumbre de soportarlo todo. Quizá mi infancia sea la causante de que hoy en día aguante tan poco de los demás. Que tenga menos resistencia, que sea más rebelde.

La infancia, ese capítulo inicial de la vida, moldea a nuestro yo adulto, dejando una huella indeleble en nuestras relaciones amorosas, en nuestra vida laboral y en cada rincón de nuestra existencia. Siento que cada detalle es una ventana hacia mi ser, una oportunidad para reflexionar sobre la intrincada red de experiencias que forman el tejido de la persona que soy ahora.

La infancia no solo es un pedazo de nuestra existencia. Es un caleidoscopio de emociones, vivencias y enseñanzas que se acabarán proyectando en nuestra vida adulta. Las relaciones amorosas a menudo se encuentran impregnadas de las lecciones aprendidas en esos primeros años. Y no es hasta la edad adulta que podemos comprender y desentrañar esas conexiones.

En mi caso, hasta que no me separé y me embarqué en un viaje de autoconocimiento, no pude entender la profundidad de las heridas que me había dejado la infancia. Por eso, al compartir estas experiencias no solo quiero descubriros mi propia historia, sino que pretendo invitaros a reflexionar sobre las historias que todos llevamos dentro. Porque cada trayectoria personal es un hilo en el tapiz de la comprensión mutua. Y si bien mi vida es única, las resonancias con vuestras propias vivencias pueden tejer un lazo de empatía invisible pero necesario.

Lo que quiero transmitirte es que, gracias a haber repasado mi propia historia, soy una persona mucho más consciente de mis emociones y estoy orgullosa de ello. Y por eso, os animo a que compartáis vuestras reflexiones conmigo siempre que queráis. ¿Cómo influyó vuestra infancia en vuestra vida adulta? ¿Qué lecciones lleváis grabadas en el corazón? Mis redes son un espacio abierto para que exploremos juntas la maraña de conexiones que nos definen.

Mi checklist de lecciones aprendidas:

Tic La vida no siempre es tan mágica como nos hacen creer los cuentos infantiles.

Tic Echar la vista atrás y conectar con nuestros recuerdos nos puede ayudar a entender quiénes somos ahora y quiénes queremos ser.

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El hueco

Mi padre falleció de cáncer sin que yo supiera que estaba enfermo. El día en que me enteré fue como si me clavaran un puñal en el corazón. Ya no había vuelta atrás. Ya nunca lo volvería a ver. Nunca sabría cómo se encontraba, si alguna vez pensó en mí después de irse, si se arrepentía de lo que nos había hecho. Ni siquiera sé cómo fueron sus últimos días. ¿Por qué? Porque hacía años que había dejado de hablarle.

Yo sentía mucho rencor. Estaba muy decepcionada con él y con todo el dolor que nos había provocado a mi madre, a toda mi familia y a mí. Desde el día en que tuve que salir corriendo de mi casa con mi madre y esperar en un callejón a que llegara la policía, yo ya no lo veía como mi padre, sino como una amenaza.

Hay detalles de la vida de mis padres en los que nunca he llegado a ahondar. Algún día, me gustaría poder sentarme a hablar de ello con mi madre. Pero a ella no la educaron para compartir conmigo este tipo de conversaciones. Y ella a mí, tampoco. Por eso, yo no guardo muchos recuerdos de la relación amorosa de mis padres. Solo sé lo que me contó mi madre: que se conocieron en Nagua y que mi padre fue el único hombre en su vida. «El ÚNICO», dice siempre ella, orgullosa. 

Con mi madre tampoco mantengo una relación muy cercana. Hablamos de vez en cuando y le cuento cómo me va la vida, pero omito muchos detalles de forma consciente, porque sé que si se los cuento, solo recibiré reproches del tipo «yo no te eduqué así» o «eso no fue lo que yo te enseñé», o el ya conocido por todos «tienes que», que son las típicas expresiones de mi madre. «Que no se te olvide llamar a tu tío». «Que no se te olvide darle las gracias a fulano». Unas frases que sigue diciéndome a día de hoy, siendo yo una adulta de cuarenta años.

Con el tiempo he llegado a entender que, al quedarse embarazada de mí tan joven, mi madre se dejó por el camino muchos sueños y objetivos sin cumplir. Y eso hizo que volcara sobre mí todo lo que ella no pudo ser, supongo que para acercarse de algún modo a aquellas cosas que le faltaron por hacer antes de ser madre. Para una niña pequeña, eso es demasiado. Mi mayor miedo siempre fue que mi madre no se sintiera orgullosa de mí, porque yo sabía que todas sus esperanzas estaban puestas sobre mis hombros. Y todavía hoy en día hay situaciones que contribuyen a que me vuelva a sentir así.

Eso en parte explica que, en mi mente y en mi corazón, yo nunca sea suficiente para mi madre. No importa lo que haga, no importa lo que logre. Puedo obtener becas, comprarme una casa con mis propios medios o conseguir cualquier cosa que se os ocurra. Para ella todo eso da igual, siempre hay alguna pega que ponerme, algún detalle que recriminarme. Así fue durante toda mi infancia y adolescencia y así sigo sintiéndolo ahora. Y esa sensación constante de ser insuficiente es muy dura. Aunque, en realidad, estoy segura de que yo internamente la he juzgado a ella mucho más que ella a mí. Por haber perdido tanto tiempo con mi padre y por haber soportado tanto. Pero, en realidad, tiene todo el sentido del mundo, porque fue lo que ella vio hacer a mi abuela.

En cuanto a mi padre, supongo que fue ejemplar hasta que dejó de serlo. Yo no lo recuerdo mucho, pero mi madre siempre me ha contado lo puesto que era conmigo, su primera hija. Dice que a menudo me ayudaba con mis deberes y con los trabajos de clase. Cuando estaba bien, era una persona muy graciosa y también muy resolutiva; detallista y cuidadoso. De hecho, creo que es el único médico con buena letra que he conocido en mi vida. También era un manitas, capaz de arreglar cualquier cosa que se estropease, sobre todo si se trataba de un coche. Me da mucha pena que lo echara todo a perder por una causa tan ruin como el alcohol.

La incertidumbre de no saber cómo volvería cada noche, si estaría bien o si llegaría borracho, gobernaba nuestros días. Nunca sabíamos qué esperar. Cuando entraba en casa, debíamos leer cómo se encontraba. Si se había emborrachado, no podíamos molestarle. Y, además, se pasaba el siguiente día entero durmiendo, así que nosotros teníamos que estar callados, sin hacer ningún tipo de ruido. Nuestra vida dependía completamente de sus borracheras.

Dicen que nuestro cerebro bloquea los recuerdos negativos, pero a mí solo me quedan las memorias más duras de mi padre. La que tengo más grabada es la vez que golpeó tan fuerte a mi madre que ella perdió los dientes delanteros. Le salía de la boca un chorro enorme de sangre. No sé dónde estaban mis hermanos en aquel momento, solamente recuerdo que mi madre y yo salimos corriendo, bajamos las escaleras hacia la calle y nos escondimos en un pasaje que quedaba detrás de la casa. Las dos solas, de noche. A mi madre tuvieron que reconstruirle todos los dientes superiores después de ese episodio.

Este contexto familiar propició que me viera obligada a hacerme cargo muchas veces de mis dos hermanos pequeños a una edad muy temprana. Y en más de una ocasión, no me quedó otra que interponerme entre mi padre y mi madre, porque a mí no me pegaba. Vivir este tipo de violencias en mi propia casa supuso cargar desde muy joven con una responsabilidad demasiado grande. Una responsabilidad que no le deseo a nadie. Recuerdo que, con quince años, cuando tenía ganas de llorar me metía en un armario, porque percibía que llorar no era correcto. En mi casa no había ninguna persona que pudiese sostener mi angustia. Yo no tuve a nadie que me dijera que era normal que me sintiera así, tan frustrada e impotente, que lo que estaba viviendo era una locura.

Lo peor es que se separaban, pero, pese a ello, mi madre lo acababa perdonando, mi padre regresaba a casa, volvíamos a vivir otro episodio de violencia y entonces, empezábamos con todo el proceso de nuevo. Nuestra vida se convirtió en un círculo vicioso. Y yo no podía entender por qué mi madre lo perdonaba una y otra vez. Al final, la situación llegó a ser tan peligrosa que mi abuelo intervino y puso seguridad privada en casa. Mi madre decidió retirar esa seguridad cuando perdonó por enésima vez a mi padre y eso, como es lógico, a mi abuelo no le sentó nada bien.

Así son la mayor parte de los recuerdos que tengo de mi padre: abusos, noches de desasosiego, el miedo a molestarle, los días enteros que se pasaba durmiendo en la cama, los abandonos… Y todas las veces que me sentí arrastrada por mi madre a buscarle, a perseguirle, a espiar qué hacía y con quién estaba. Porque durante ese periodo de su relación, mi madre nos usaba a mí y a mis hermanos como moneda de cambio.

El último recuerdo bonito en familia que tengo fue la celebración de mis quince años. Él estuvo en la fiesta. Al menos, estuvo. Cuando fui a comprarme mi primer coche, también vino a revisarlo y a darme su visto bueno. Pero poco después, cuando yo debía de tener unos dieciséis años, mis padres se separaron de forma definitiva y él se fue a vivir a otro pueblo. Y fuimos perdiendo el contacto. En ocasiones coincidíamos en Nagua. Normalmente, porque él aparecía de repente, sin avisar.

Cuando más tarde me mudé a Madrid, mi padre me llamaba de vez en cuando, borracho, y me decía cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Ni siquiera me preguntaba cómo me encontraba o cómo me iba por España. Él estaba ahí, pero no estaba. Solo me aportaba preocupaciones, así que simplemente decidí distanciarme.

Falleció cuando yo tenía treinta y seis años. Me enteré porque mi madre me lo dijo con un mensaje de Whats­App. Ella tampoco sabía que él estaba tan enfermo. Fue una sorpresa para todos. Mi madre pudo visitar su sepultura, pero ni yo ni mis hermanos fuimos. En ese momento, pensé que con él desaparecía la posibilidad de sanar la herida que me dejó su ausencia. Aunque más adelante descubrí que se puede sanar a papá incluso cuando él ya no está. Sé dónde se encuentra enterrado, pero de momento no he ido. ¿Iré alguna vez? Lo ignoro.

A veces me pregunto si mi madre seguirá pensando en él. Ahora que me he separado, puedo entender la decepción y el dolor que pudo haber sufrido cuando el hombre del que se enamoró se convirtió en otro totalmente distinto en cuanto entró el alcohol en su vida. Algo que, por lo visto, aprendió de su padre, que también fue un hombre alcohólico y maltratador. Como dicen, la manzana no cae muy lejos del árbol. 

Todo ese caos y esas malas experiencias me hicieron creer que fuera de casa hallaría lo contrario a lo que estaba viviendo. Un lugar mejor, más libre, más seguro. Por eso, desde mi adolescencia hice todo lo que pude para salir de casa y propiciarme un futuro lejos del lugar en el que más dolor había sentido.

Gracias a la terapia, entendí que la ausencia de mi padre y las exigencias de mi madre me llevaron durante mucho tiempo a buscar una validación constante en otras personas. Mi padre dejó un hueco que yo llenaba con parejas, pero también con la necesidad de ir alcanzando metas sin descanso. Y por eso, mi vida ha sido siempre un no parar.