Stella corrió al jardín

Stella corrió al jardín. Lo vio derrumbarse en el suelo. Su amigo, su infancia, su universo. Los hombres de los machetes estaban sucios, brillantes de sudor, satisfechos de sí mismos. Ella lanzó un grito de terror antes de caer de rodillas en la hierba con la mano sujetándose el vientre y la cara ardiendo.

Desde ese día, Stella está internada.

El médico habla con su madre en el pasillo del hospital. Menciona el estrés postraumático. La madre deja escapar una risita nerviosa. «Esta niña no ha pasado por nada grave ni le ha faltado nunca de nada, ¿de qué me habla, doctor?» El médico pregunta si Stella es una superviviente. Pero nada más terminar la frase, ve la fecha de nacimiento en el formulario. Tiene veintiún años. La madre se echa a reír, esa risa que siempre le ha gustado a Stella, clara, en cascada. Enseguida recobra la compostura para no disgustar al médico y confirma con calma que sí, que nació después del desastre.

Las noches siguientes, a Stella le cuesta conciliar el sueño. Largos sollozos, gemidos incesantes y gritos recorren todo el edificio. En la habitación contigua a la suya, percibe una agitación inquietante. Roces. Chirridos. Crujidos. Por la mañana, la enfermera que le administra el tratamiento le cuenta que el paciente de al lado es un hombre sin edad, que lleva años ingresado. Durante el día, permanece postrado en una silla frente a la ventana. Por la noche, se arrastra por el suelo y se agarra a las paredes de su habitación. Stella no puede dormir, su angustia vuelve, aguda y vívida. En la oscuridad se queda mirando al techo, al acecho de los movimientos espasmódicos de las salamanquesas, atenta a los ruidos del hombre cucaracha que corretea por las paredes. El hospital es un barco nocturno que rescata a la humanidad de las profundidades del abismo, a los grandes quemados por el esfuerzo de reconstrucción, a los exhaustos por las presiones familiares, a los agotados por las convenciones sociales, a los desertores de la gran comedia humana. Pero sobre todo alberga a esas sombras entumecidas que se disculpan por seguir existiendo, a esas ánimas errantes que viven en territorios sin luz, caparazones humanos llenos de tormentos y pesadillas imposibles de curar.

El médico insiste en preguntarle. Quiere que hable, quiere entender qué ha provocado su estado. Ella no se atreve a decir nada. Procede de una historia que le enseñó a tragarse sus emociones, a dejar que sus lágrimas fluyan dentro de su vientre. El médico insiste, Stella se obstina en su silencio. El corazón es un secreto. ¿Cómo podría confiarle a ese hombre que es a causa del árbol? De su árbol.

Su amigo, su infancia, su universo.

Su jacarandá.

1

1994

¡La guerra! No sé por qué respondí «la guerra» cuando Sophie, la delegada que preparaba mi defensa en el consejo de clase, me preguntó por qué mis resultados del último trimestre eran tan catastróficos. Ella insistió: «¿La guerra?» Repetí: «Sí, la guerra.» Por supuesto, no iba a admitir que no había hecho nada, que era un vago de siete suelas que se pasaba el tiempo soñando despierto y escuchando rock. Tenía que encontrar una explicación convincente, imposible de verificar y que conmoviera al consejo de clase. Podría haber utilizado la excusa de una enfermedad grave, cáncer o insuficiencia cardíaca, pero habría tenido que aportar certificados médicos; o podría haber dicho que mis padres se habían separado recientemente, pero eso le ocurría a la mitad de los alumnos del insti y no les impedía sacar notas decentes. Así que, sin pensármelo dos veces, dije que era por la guerra en el país de mi madre. ¡No me podía creer que me hubiera inventado una mentira así! Pero cuanto más lo pensaba, más creíble me parecía la historia. Los telediarios llevaban semanas hablando de ese conflicto, con imágenes impactantes, de las que atormentan la mente. Aunque se tratase de acontecimientos lejanos en un país desconocido, todo el mundo, en ese momento, sabía más o menos de qué se trataba. Tiré de ingenio, me lo inventé todo: las atrocidades de la guerra, el sufrimiento de mi madre, las pesadillas de mi padre, mi dificultad para concentrarme y estudiar con serenidad. Supe que mi mentira funcionaría porque Sophie me escuchó con lágrimas en los ojos. En la reunión del consejo de clase, defendió tan bien mi caso, retomando mis argumentos con tal emoción, que los profesores, conmocionados, decidieron esperar antes de decidir qué hacer conmigo.

Nunca imaginé que el centro convocaría a mis padres. Había caído en mi propia trampa. En el despacho del director, sentado entre mi madre y mi padre, con la cabeza gacha, mientras el director releía en voz alta lo que había dicho la delegada, yo me miraba fijamente el pie, que se movía frenéticamente bajo la mesa. Al salir de la reunión, cuando aún estábamos en el recinto escolar, mi padre me soltó una humillante reprimenda delante de un grupo de alumnos muertos de risa. Pero lo más difícil de encajar fue el silencio de mi madre. Su silencio de costumbre. Se limitó a mirarme durante unos interminables segundos. Una mirada llena de desprecio que me hizo querer desaparecer del mapa para siempre. No me dirigió la palabra durante varios días. Las notas llegaron la semana siguiente. En la casilla de «Observaciones», el director había escrito una nota mordaz: «Cuando la mentira emerge, la confianza naufraga.» Como era de esperar, a mis doce años, repetí curso.

Aquella primavera, Ruanda entró en nuestras vidas por primera vez. Mi madre nunca había hablado de ello. Para ella, su existencia comenzó en 1973, cuando llegó a Francia. No hacía alusión a su familia, no contaba nada de su infancia, no tenía fotos de su juventud allí. De pequeño, le pregunté dónde estaba su país, dónde estaban sus padres —mis abuelos—, a los que no conocía. No recuerdo sus respuestas. El pasado de mi madre era una puerta cerrada. Es más, no escuchaba música ruandesa, no cocinaba platos ruandeses ni me cantó nunca nanas en su lengua materna. No teníamos ni un solo objeto exótico en casa y ningún conocido ruandés venía a visitarnos. En mi mente, éramos una familia francesa normal y corriente. Por supuesto, mi madre no podía ocultar el color de su piel, y ocurría con regularidad que preguntas insistentes, reflexiones anodinas o insinuaciones tendenciosas la remitieran a ese país lejano que ella ni mencionaba ni reivindicaba. Pero no le daba importancia. Era anecdótico. No recuerdo haberla oído nunca quejarse de su condición ni denunciar ningún tipo de racismo. Lo más sorprendente era su francés sin acento: la gente se asombraba y la felicitaba cuando se enteraba de que no había nacido en Francia. El único error que cometía a veces era una extraña confusión entre el masculino y el femenino, o, cuando estaba cansada, las eles pronunciadas como erres. Mi padre decía que la diferencia de piel nunca había sido un problema para él. «El amor no tiene color», repetía a menudo. Lo decía con orgullo, afirmando que no se fijaba en el de mi madre. Como ella guardaba un silencio absoluto sobre sus orígenes, casi olvidé que había nacido y crecido bajo otro cielo. Tanto es así que cuando la sorprendía hablando en kinyarwanda durante una conversación telefónica, y la oía expresarse con fluidez en esa lengua desconocida, me quedaba parado, atónito. Nunca supe con quién charlaba. Cuando le preguntaba, se mostraba evasiva, hablando de «viejos conocidos» o de su «lejana familia de Bruselas». Aprovechaba esas llamadas para espiarla. Sus actitudes, las inflexiones de su voz, su postura, incluso su manera de agitar las manos en el aire, la convertían en una persona diferente y le daban un aura misteriosa que me perturbaba profundamente. La observaba en esa nueva encarnación y me invadía una sensación fugaz y desagradable. La de no saber nada de la persona con la que llevaba viviendo desde siempre. La terrible impresión de no conocer a esa mujer. A mi propia madre.

Ruanda entró en mi vida a través de la televisión, que veíamos religiosamente a la hora de la cena. La primera vez que el presentador se refirió a ese país, me volví de forma instintiva hacia mi madre, todo emocionado, casi feliz de que por fin se hablara de su región natal en el telediario. Pero ella no reaccionó, absorta por completo por las imágenes que desfilaban por la pantalla. Al ver mi febrilidad, mi padre me dirigió una mirada molesta y disuasoria. Al final del programa, esperé a que mi madre reaccionara, pero no ocurrió nada. Esa escena se repitió casi todas las noches. Durante meses, un magma de imágenes de muerte, violencia y éxodo se vertió en nuestros platos. Antes de abordar el tema, el presentador advertía de que ciertos contenidos podían herir la sensibilidad de los telespectadores. Entonces permanecíamos en silencio, con la mirada fija en la pantalla, con los tenedores en el aire, congelados como estatuas ante el espectáculo de esa barbarie lejana. Luego reaparecía el presentador para anunciar otro reportaje. El mutismo en la mesa se prolongaba un buen rato antes de que las cosas volvieran a la normalidad: mi padre se servía un vaso de vino, mi madre espolvoreaba enérgicamente la pimienta sobre su puré de patatas y yo me esforzaba por cortar mi filete y ahuyentar las escenas de horror que acababan de golpearme. En casa, la sensibilidad del espectador era engullida como un bocado de silencio. Lo que acababa provocándome terribles dolores de estómago.

Recuerdo estar horas y horas hecho un ovillo en la cama, el sudor corriéndome por la frente y yo presionándome la tripa dolorida con los antebrazos, a la espera de que se me pasara el ardor; recuerdo estar en mi cuarto al caer la tarde, mirando fijamente una sombra evanescente en una de las paredes de la habitación, y la sombra cambiando, temblando, metamorfoseándose y luego desapareciendo al ritmo del recorrido del sol y de la aparición de la noche; recuerdo estar postrado durante horas y horas, con la inexplicable sensación de que debo ser paciente, que la vida me ha destinado a algo que aún desconozco, y que la contrapartida de ese algo desconocido es la espera, una espera larga, serena y encarnizada.

2

Esperaba las vacaciones de verano, la estación de la sublime relajación. Todos los años íbamos al oeste, al océano Atlántico, a sus largas playas, a la casita blanca con contraventanas verde pastel, en el extremo de la isla. Pasaba las vacaciones con mis padres y mis abuelos paternos. Mi padre no tenía hermanos ni hermanas, su padre tampoco, éramos una estirpe de hijos únicos. Era el verano de mis doce años y siempre había vivido rodeado de adultos. Mi abuelo tenía un velero en el que salíamos por las mañanas a pescar caballas y a prepararnos para la regata de la Asunción. Por la noche, cenábamos bajo los cipreses del jardín, los adultos bebían rosado fresco y yo saciaba mi sed con litros de agua con gas y sabor a limón. Una ligera brisa nos liberaba del agobiante calor estival. En el distendido pueblo resonaban risas de embriaguez y conversaciones lejanas, los cubiertos tintineaban en los jardines contiguos, en algún lugar del vecindario un saxofonista se dejaba los pulmones con «My Favorite Things» de John Coltrane, y los timbres de las bicicletas de dinamo resonaban tras el murete de piedra al fondo del jardín. A la hora del café, cuando el día aún se demoraba un poco en la mesa, me tranquilizaba saber que al final de la playa, en el extremo oeste donde se alza el faro de Les Baleines, un sol ambarino estaba a punto de sumergirse por completo en el océano para ir a despertar a la otra mitad del mundo. A esa hora precisa, cada 14 de julio, los cinco nos dirigíamos lentamente a las salinas para asistir al tradicional espectáculo de fuegos artificiales, una de las raras ocasiones en que los veraneantes del camping municipal se mezclaban con las familias burguesas del pueblo.

Aquella noche, a pesar de la aglomeración, encontramos un sitio sobre unas rocas y, a nuestro alrededor, la excitación de los niños se transformaba en una gozosa algarabía. Mi abuela se agitaba, se volvía, observaba a la multitud con un aire de exasperación que se esforzaba por transmitirnos.

—¡Cuánta gente! ¡Mirad! ¡Llega hasta allá!

Como una familia de suricatas vigilando, todos volvimos la cabeza al mismo tiempo. Entonces mi abuelo replicó, en tono filosófico:

—Qué quieres, Geneviève, no vamos a echar de menos los días en que subíamos el coche al transbordador. El puente significa más gente en la isla. Eso es el progreso...

Mi abuela se rió inmediatamente y continuó en tono de broma:

—¡Ya está otra vez el ingeniero jubilado defendiendo a su bebé! Ya sabemos que estás orgulloso de tu puente, cariño. Pero semejantes atascos por todas partes, ¿llamas a esto «progreso»?

Había una mezcla de ternura y guasa entre mis abuelos que les daba un aire de adolescentes traviesos y pendencieros. Comparados con ellos, mis padres parecían tener una relación sin asperezas. Nunca una palabra más alta que la otra, estaban de acuerdo en todo, desde mi educación hasta las convicciones políticas, pasando por la elección del programa de televisión de la noche o el color de un sillón en Ikea un domingo por la tarde. Y si tenían algún desacuerdo, lo resolvían en voz baja y contenida. Era como si, por miedo a romper el hechizo de un sueño ligero, tuvieran cuidado de hacer el menor ruido posible y no molestar al otro. Bajo una apariencia armoniosa, su relación vegetaba en un aburrimiento mortal.

Mis padres tenían aspecto cansado y no habían parado de bostezar en todo el día. Habíamos llegado el día anterior, agotados por un viaje de siete horas de coche y los atascos en plena canícula de julio. Debido a las rebajas, mi madre había abierto hasta tarde su tienda de prêt-à-­porter el día anterior a nuestra partida, y mi padre, que era ejecutivo de banca, había multiplicado las horas extra durante los últimos tres meses debido a un ascenso del que parecía arrepentirse amargamente. Por mi parte, estaba agobiado porque mis abuelos aún no me habían hecho ninguna pregunta sobre mi curso escolar, y esperaba que eso no ocurriera en presencia de mis padres. Pero la curiosidad de mi abuela se centró en mi madre:

—Dígame, Venancia, es terrible lo que está pasando en su país. Me refiero a las masacres. Y ahora esa pobre gente huyendo por las carreteras y muriendo de cólera o tifus. Yo pensaba... bueno... me preguntaba, ¿cómo está viviendo todo eso?

No me lo podía creer. ¡Mi abuela le estaba haciendo a mi madre una pregunta directa sobre Ruanda! Ni ella ni mi abuelo lo habían hecho nunca. Al principio, cuando mi padre presentó a mi madre a sus padres, fue un golpe para ellos. ¡Su hijo con una africana! No eran racistas, pero... ¡de ahí a tener una nuera negra! Luego, cuando se dieron cuenta de que la relación iba en serio y no era negociable, lo asumieron y, con los años, aceptaron a mi madre hasta el punto de que acabaron queriéndola como a una hija. Pero no se interesaban por su vida antes de Francia; por pudor tal vez, o probablemente por indiferencia. Así que habían hecho falta cientos de miles de muertos, millones de refugiados, innumerables artículos en la prensa y reportajes de televisión para que se llegara a formular esa simple pregunta. Era algo del todo insólito. Sentí que se me aceleraba el pulso. Esperé febrilmente la respuesta de mi madre.

—Oh, ¿sabe usted?, no es nada nuevo. Hay masacres desde hace mucho tiempo. Digamos que es una larga historia...

—Sí, me lo imagino. Pero esta vez, de todos modos, está adquiriendo unas proporciones... Quiero decir... esto... esa guerra entre las tribus... No consigo recordar los nombres, ¿cómo se llaman? ¿Los tutus y los titsis?

—¡Los hutus y los tutsis, Geneviève! —replicó mi abuelo, avergonzado por la falta de tacto de su mujer—. Llevamos tres meses oyendo hablar de ello todos los días, no es tan complicado. ¡Los hutus y los tutsis! Y no son tribus, son grupos étnicos.

—Ah, sí, eso es, los hutus y los tutsis —dijo ella, sin darse por aludida—. En primer lugar, no es fácil entender quiénes son los buenos y quiénes los malos. Y luego, está toda esa barbarie. Con machetes... Mujeres, niños... Es inimaginable...

Mi abuela parecía conmovida, vacilante, torpe, tratando con desesperación de encontrar las palabras para expresar sus sentimientos ante una situación que la superaba.

—Lo siento, Venancia, querida. No debería estar hablando de toda esta tragedia cuando estamos aquí precisamente para relajarnos. Pero le aseguro que he pensado mucho en usted últimamente, con todas las terribles historias que oíamos de su país. Gracias a Dios, no le queda familia allí, si no recuerdo mal.

—Sí, sí, me queda familia —contestó mi madre tranquilamente.

Mi abuela parecía avergonzada, como si acabara de cometer un error. Desvió la mirada. Aluciné al saber que mi madre tenía parientes en Ruanda y no daba más explicaciones.

—Mamá, lo mejor será no molestar a Venancia con todo eso esta noche —dijo mi padre.

—Philippe tiene razón —añadió mi abuelo, como para zanjar el tema. Luego se volvió hacia mí—. Y a ti, mi pequeño Milan, ¿cómo te ha ido el fin de curso?

Me puse rígido y noté que mis padres se tensaban. Afortunadamente, me salvó in extremis la llegada de la música y la explosión de los primeros cohetes. Nos quedamos en silencio, hipnotizados por el espectáculo. La música se amplificaba dramáticamente, las detonaciones nos machacaban los tímpanos, el público lanzaba exclamaciones de placer ante aquel diluvio pirotécnico. El olor a pólvora se mezclaba con los vapores de barro y yodo. Las marismas se iluminaban bajo los efectos de las deflagraciones multicolores de intensidad y alcance siempre cambiantes. Durante la traca final, mi padre se fijó en las llamas de la orilla opuesta. Unas chispas caídas en la hierba seca acababan de provocar un incendio. El fuego se hizo más voraz al levantarse el viento procedente de tierra adentro. Cuando llegaron los servicios de emergencia, los veraneantes fueron evacuados a toda prisa.

Mucho más tarde, en plena noche, me despertó el olor acre del humo y los gritos de los bomberos a pocos metros de nuestra casa, detrás del murete de piedra del jardín. Tosí y me levanté para cerrar una ventana que había quedado entreabierta. Desde mi dormitorio podía ver las altas llamas en las marismas. Era un espectáculo hermoso y aterrador. Fue entonces cuando reparé en ella. De pie en medio del jardín, descalza en la hierba, con un camisón blanco, inmóvil y sola. Su silueta resaltaba como una sombra enigmática a la luz temblorosa de las llamas.

Era julio de 1994. Mientras miraba a mi madre de espaldas, contemplando la noche ardiente, el genocidio llegaba a su fin en su país natal. Yo no tenía ni idea.

3

Era el final del verano, justo antes del comienzo del nuevo curso escolar. Mis padres no me habían dicho nada. El niño estaba de pie en medio del salón. Un chico enclenque con cara de susto. Un grueso vendaje le cubría parte de la cabeza rapada. Estaba desesperado y mi madre le hablaba en kinyarwanda, intentando tranquilizarlo. Inclinándose a la altura de su oído, me señaló con el dedo. Pude oír mi nombre de pila entre sus palabras, que no entendí. Luego dijo:

—Milan, te presento a Claude, es mi sobrino.

Esa frase no tenía ningún sentido para mí. Mi padre se mantenía a cierta distancia, cruzado de brazos, junto a la puerta. También él parecía confundido. Ella añadió:

—Acaba de hacer un largo viaje y está muy cansado. Vas a ayudarnos a instalarlo en tu cuarto. Pondremos un colchón en el suelo de momento.

Nos hizo una seña para que la siguiéramos. Mi padre dijo que se quedaba en la planta baja a preparar la cena.

Mi habitación estaba en el desván, asfixiante en verano, gélida en invierno. El crío y yo observábamos sin hacer nada a mi madre, que no paraba. Ordenó a toda prisa mi desbarajuste, me hizo la cama, desplazó parte de la ropa de mi armario para meter la de Claude: dos camisetas, algo de ropa interior y un pantalón. El chico estaba a su lado, con los brazos caídos, desorientado. La miraba fijamente, se aferraba a ella como una lapa. Para sentirme útil, saqué del trastero un pequeño colchón, en el que dormía de niño, y lo puse a los pies de mi cama. Una vez colocado todo, ella se volvió hacia nosotros con las manos en las caderas. Me di cuenta de que se le habían acabado las ideas.

—Bueno... Claude no habla nada de francés, así que cuento contigo para que le enseñes —dijo con una sonrisa triste.

Creo que luego le explicó lo mismo a Claude. Ante su falta de reacción, repitió la frase en tono interrogativo. El chaval asintió tímidamente.

—Os dejo y así os vais conociendo. Iré a ayudar a papá con la cena. Os llamaremos cuando esté lista.

Ella salió de la habitación y Claude dio un pequeño respingo. De pie en el centro del cuarto, como un alma perdida que pide ayuda, se quedó mirando la puerta que ella había cerrado. Luego, muy lentamente, se volvió hacia la ventana que ofrecía una vista de un cuadrado de cielo dorado.

Yo no sabía qué hacer. La situación era embarazosa, así que pronuncié su nombre por primera vez. Él seguía sin moverse, estaba como ausente, con la mirada fija en el exterior. Repetí más alto:

—Claude. Claude.

Por fin interrumpió su contemplación. Di unas palmaditas en el colchón y le hice un gesto para que viniera a sentarse a mi lado. Se acercó y se sentó en el borde de la cama, lo más lejos posible de mí. De nuevo se quedó mirando la ventana. Para distender el ambiente, decidí poner algo de música. Escogí de la pila de cedés el Best of Queen. Puse los temas más populares, «Another One Bites The Dust», «Don’t Stop Me Now», «Bohemian Rhapsody»; él no se movió ni un centímetro. Opté por otra estrategia. Cambié el disco, puse el volumen a tope, y de los altavoces salió un tema lleno de nervio de Rage Against The Machine. Cuando entró la batería, salté a la cama y desde allí me lancé sobre la silla de mi escritorio para hacerle una salvaje demostración de guitarra aérea, una de mis grandes especialidades. Esperaba que se relajara un poco, que me siguiera en mi delirio, pero se limitó a observarme, impasible. Yo daba vueltas como una peonza, rodaba por el suelo e imitaba el deslizamiento del riff del bajo y, de rodillas sobre la alfombra, sacudía con rabia la cabeza de un lado a otro con un furioso headbanging. De vez en cuando le tendía la mano para invitarlo a unirse a mi frenética interpretación, pero él se limitaba a mirarme, inexpresivo. Aguanté toda la canción con la misma intensidad, hasta el punto de que, al cabo de unos minutos, la situación se volvió francamente embarazosa. Luego me tumbé un rato en el suelo boca arriba, jadeando ruidosamente. Entonces se me ocurrió una nueva idea. ¡Esta vez estaba seguro de despertar su interés! Rebusqué en los cajones de mi escritorio hasta encontrar mi Game Boy. Me senté a su lado e inicié el juego. Primero miró la pantalla, a Mario corriendo de izquierda a derecha, recogiendo monedas, aplastando a sus enemigos al saltar sobre sus cabezas... Le dije:

—¿Quieres jugar?

A modo de respuesta, sus ojos empezaron a vagar, recorriendo las paredes de mi cuarto cubiertas de pósteres de Nirvana, Metallica, Guns N’Roses, Freddie Mercury... hasta acabar de nuevo en la maldita ventana. Apagué el juego, un poco molesto, perdiendo la esperanza de que se interesara por algo. Crucé la habitación y abrí la ventana de par en par, necesitaba un poco de aire. Claude se levantó casi de inmediato, se unió a mí y se puso a mi lado. Nos quedamos allí, apoyados en el borde, en silencio, hasta que mi madre nos llamó. Llevábamos ahí un buen rato, y nada se movía fuera. La ciudad estaba tranquila, las calles desiertas, el aire era tibio, las nubes rosadas. Era una tarde de finales de verano con olor a glicinas.

En la mesa, Claude no probó bocado. Estaba completamente absorto con la televisión. Nada más acabar su plato, mi padre se levantó rápidamente para apagarla y salió al patio a fumar un cigarrillo. Mi madre le insistió a Claude para que comiera un poco, pero él permaneció inmóvil. Pregunté:

—¿Por qué tiene una venda en la cabeza?

Mi madre contestó:

—Tiene una gran herida.

Hacía como si no entendiera mi pregunta, así que insistí:

—Sí, pero ¿por qué?

Se irguió, un poco avergonzada, se aclaró la garganta.

—Claude ha resultado herido durante la guerra de Ruanda. Ha venido a Francia para curarse.

—¿Cómo ocurrió?

—No lo sabemos.

—Y sus padres, ¿dónde están?

—Tampoco lo sabemos.

—Dijiste que era tu sobrino, ¿no? ¿Eso significa que tienes una hermana, o un hermano?

Mi padre volvió a la mesa. Claude seguía frente a su plato, mudo, estático, con las piernas colgando de la silla. Mi madre parecía molesta por mis preguntas.

—Sobrino, es una forma de hablar. Es de la familia y, como es pequeño, digo que es sobrino.

—Por cierto, ¿qué edad tiene Claude?

—La misma que tú, doce años.

Me eché a reír.

—¡No te creo! ¿Él, de mi edad? ¡Pero si parece un crío de seis! Aunque, claro, si nunca come nada...

—¡Ya basta, Milan! —dijo mi padre secamente.

Mi madre se levantó para recoger los platos. Volvió con unas natillas Danet de postre, puso un tarro delante de Claude e insistió por última vez en que comiera.

—Peor para ti, no sabes lo que te pierdes —dije levantando la tapa.

Empecé a saborear las natillas, cerrando los ojos y dirigiendo la cuchara a cámara lenta hacia mi boca como en los anuncios. Miré a Claude, soltando un «¡Ñam, ñam!» de satisfacción y frotándome el estómago con la mano. Mis padres se echaron a reír ante un Claude imperturbable.

A la hora de dormir, le presté uno de mis viejos pijamas. Flotaba dentro, estaba gracioso. Nada más acostarse cayó en un sueño profundo. Cuando mi madre vino a darnos las buenas noches, se sentó a su lado y le subió la sábana hasta la barbilla.

—Pobrecito, estaba agotado.

—Dime, mamá, ¿va a quedarse mucho tiempo con nosotros?

Ella hizo una larga pausa mientras lo contemplaba dormido y luego contestó:

—Se va a quedar con nosotros.

—¿Para siempre?

Mi madre me sonrió con ternura.

—Eso te gustaría, ¿verdad?

—¡Oh, sí! Sabes que siempre he soñado con tener un hermanito —le dije mientras me sentaba en la cama, radiante de felicidad.

Mi madre siguió sonriéndome con expresión cariñosa. Me acarició el pelo con las yemas de los dedos, luego me dibujó una cruz en la frente con el pulgar antes de desearme las buenas noches y apagar la luz.

En la oscuridad, me quedé mirando al techo, exultante. ¡Tenía un hermano! ¡Tenía un hermano para mí solo! Ya no era hijo único. Cuando hablara francés, tendríamos muchos temas de conversación. Podríamos charlar de música, deportes, videojuegos e incluso de chicas. Le hablaría de Nadège, de nuestro encuentro en los pasillos del colegio durante un simulacro de incendio, de nuestras citas en el estadio después de clase, siempre en el mismo banco frente a las canchas de baloncesto. Le hablaría de las tardes que pasábamos allí sentados con las piernas cruzadas escuchando discos de Nirvana, compartiendo auriculares, o de los días siguientes al suicidio de Kurt Cobain, que coincidieron extrañamente con el inicio de las masacres en Ruanda, y del dolor de Nadège por la muerte de su ídolo, de mi beso para consolarla, nuestro primer beso, en ese mismo banco, y del brillo mágico de sus ojos, su forma de tocarme, sus dedos con las uñas mordidas que olían a perfume dulce y a tabaco frío, de las imágenes voluptuosas que su boca y su cuerpo desencadenaban en el secreto de mis noches, y de todas las veces en que, en esta misma cama, había inventado guiones eróticos que me arrastraban hacia ella hasta el éxtasis. Claude, por su parte, podría contarme sus historias de amor y amistad, de traiciones y de peleas, sus pasiones y rechazos, pero también hablarme de su país, su familia, los recuerdos de antes de la guerra y todo lo demás, todo lo que aún le impedía comunicarse. Lo que siempre había estado esperando acababa de suceder. Por fin tenía un amigo. Mejor aún, un hermano. Embargado por la emoción, se me quitaron las ganas de dormir. Conecté los auriculares al equipo de música, me los puse y empecé a escuchar el Pablo Honey de Radiohead. Tumbado boca arriba, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, escuchaba la música, escudriñando la oscuridad.

Mucho más tarde, cuando el cedé se detuvo y yo ya estaba medio dormido, oí los gemidos. No me di cuenta inmediatamente de que venían de dentro de la habitación. De Claude. Me incliné hacia su colchón para preguntarle si todo iba bien. Gemía como un animal herido. Luego, sin despertarse, empezó a llorar, al principio pequeños sollozos agudos que se convirtieron en gritos violentos y guturales. Encendí la lámpara de la mesilla de noche. Tenía las mejillas mojadas de lágrimas, moqueaba y decía frases en kinyarwanda entre sueños. Frases largas, llenas de pánico, incomprensibles, con ciertas palabras que se repetían en bucle. Quise bajar a avisar a mi madre, pero me dije que ahora éramos hermanos. Nuestro vínculo iba a sellarse en ese mismo momento. Tenía que protegerlo como él me protegería a mí en el futuro. Si no lo hacía yo, ¿quién lo haría? Podía ver el terror enloquecido en su cara sudorosa. Me tumbé en su colchoncito y, como dormía en posición fetal, me pegué a su espalda. Lo rodeé con el brazo derecho. Él estaba temblando, y no paraba de llorar y gemir. Entonces empecé a susurrarle frases tranquilizadoras que querían decir: «No tengas miedo, estoy aquí.» Repetí esas frases en el momento álgido de sus convulsiones, susurré esas palabras cientos de veces hasta que finalmente se calmó y nuestras respiraciones acabaron por acompasarse poco a poco. De madrugada, mi madre nos encontró dormidos en el colchón, acurrucados, uno junto a otro. Como hermanos.