1. Auren

Ilustración de un árbol frondoso.

1

Auren

Me hundo, y lo hago envuelta en un ruido ensordecedor.

Un ruido ensordecedor que retumba en el vacío.

El atronador zumbido de una caída solitaria.

No cierro los ojos en mitad de aquella extraña oscuridad. Mi dolor solloza como el trueno, retumba en un pecho que alberga un corazón hecho pedazos, y las lágrimas se resbalan por mis mejillas como gotas de lluvia.

El mundo se desgarró, y yo sentí que me desgarraba por dentro cuando me separaron de él. No me lo merecía. No me merecía que me arrancaran del mundo que conozco. El dolor es indescriptible, como si unos dedos invisibles se hubieran enroscado alrededor de mis costillas para abrirme por la mitad. Para vaciarme.

El viento, denso y pesado, me araña la piel. La caída es tan vertiginosa que el aire me tapona la nariz y se condensa en mi lengua. Un estrepitoso aullido me taladra los oídos. Los destellos de relámpagos y estrellas me rodean en esta insondable oscuridad.

Y a través de todo esto, veo la grieta.

Distingo los bordes dentados de un cielo rasgado, donde reina el traicionero aire de Orea y que se abre sobre mi cabeza como una herida en mitad de esta negrura absoluta. Unas hebras de oro líquido se escurren por la abertura y se deslizan como si fueran gotas gelatinosas, emitiendo ese fulgor dorado antes de rodar hacia la nada. Pero la grieta cada vez está más lejos de mí, pues mi cuerpo sigue sumergiéndose en ese abismo estrellado a una velocidad imparable.

Estoy sola. Sola en este oscuro e interminable vacío. Sola porque me han arrancado de Slade.

Continúo en caída libre, alejándome más y más de la grieta. Alejándome de él. Y por si eso no fuera lo bastante aterrador, de repente, me despojan de mis cinco sentidos. Vista. Oído. Tacto. Gusto. Olfato. Todos, sin excepción, desaparecen.

Los alaridos que me arañaban la garganta enmudecen. Y si todavía chillo, ya no lo noto. Ni siquiera soy capaz de oír los berridos y lamentos que antes parecían perforarme los tímpanos.

Sin mis cinco sentidos, sin ninguna forma de percibir lo que está ocurriendo, el dolor y el miedo se espesan, se densifican. El tiempo se estira hasta romperse.

No sé qué me deparará este vacío. No sé si esto es lo que se siente antes de morir. Pero hay algo que sí sé.

Esto

es

lo

que

se

siente

al

Ilustración de una lluvia de estrellas. Debajo se lee en vertical la palabra: caer

c

a

e

r

Ilustración de dos columnas de capitel jónico en las que hay atadas unas cuerdas que se pierden en unas nubes hacia la derecha.

2

Saira Turley

Al principio, había un puente.

Un puente a ninguna parte, o eso decían.

Un puente que existía en la inexistencia. Un puente que quien se aventuraba a cruzar jamás podía regresar.

Un puente a un lugar donde el frío y el color no podían cohabitar, donde el frío le ganaba la batalla al color, y donde el color se resignaba a palidecer.

Y yo… Yo me aventuré a cruzarlo.

Caminé por ese puente que parecía no terminar nunca. Me arrastré cual serpiente por ese gris yermo y estéril hasta perder la noción del tiempo; un tiempo que dejó de existir. Y lo hice con la piel de gallina y el vello de mis huesudos brazos erizado.

No era más que una niña, pero me armé de valor y me aventuré a cruzar el puente. Porque a mi padre le obligaron a probar suerte, a cruzarlo, y nunca volvió.

Ninguno volvió.

Así que, a hurtadillas, me escabullí porque estaba decidida a encontrarlo. Me prometí a mí misma que no iba a fracasar en el intento. Que no iba a dar media vuelta.

Ahora, cuando se cuenta mi historia, la gente cree que continué andando porque era valiente. Pero nada más lejos de la realidad. Continué andando porque me daba miedo caerme.

Y eso hice, andar.

Caminé durante días y años. A través de recuerdos y momentos.

No tardé en averiguar que no era una simple senda. Era un vacío inmenso, un vacío devorador, un vacío que reflejaba mi propia desolación. Me hizo creer que jamás conseguiría llegar al otro lado del puente, del mismo modo que jamás conseguiría llegar al otro lado de la pena que inundaba mi alma. Iban de la mano. La travesía por el puente y el periplo por mi propia desolación terminaron uniéndose, y se convirtieron en un mismo camino. Porque mi madre había fallecido y mi padre seguía sin aparecer, y estaba totalmente sola y desamparada, incluso antes de haber emprendido ese largo y solitario viaje.

Pasé hambre y sed durante el camino, y a cada paso que daba, estaba más y más cansada. El aire gélido que soplaba en el punto inhóspito del mundo hacía cosas incomprensibles, emitía sonidos que venían de la nada y susurraba aquella niebla perenne. Oía la voz de mi padre animándome a continuar, a no rendirme. Y el sonido de mi madre, llorando, suplicándome que desanduviera mis pasos y volviera.

Pero aquel suelo de barro grisáceo era firme e infinito, así que continué arrastrando mis extenuados pies, dejando que la tierra me guiara por ese desierto sin fin. Porque no tenía ningún motivo para regresar. Porque no tenía nada que perder si seguía avanzando. Y si me precipitaba al vacío, la caída parecía que resultaría eterna, pues no alcanzaba a ver el fondo.

Así que continué andando.

Hasta que llegué al borde de la extenuación. Estaba tan agotada que por un momento pensé que tendría que resignarme, tumbarme y morir. Un cuerpo desolado y un alma desamparada marchitándose en ese camino a ninguna parte.

Pero entonces, el camino… terminó.

Es curioso, pero no me rendí porque me aterrorizaba dar un mal paso justo en la orilla y caerme. Pero aquel puente interminable sí tenía un límite. El camino de tierra, un camino arduo e irregular, estaba ahí, a cada paso que daba, hasta que de repente, dejó de estarlo.

Después de aquel arduo peregrinaje, terminé cayendo de todas formas.

Sin embargo, la manera en la que caí fue de lo más extraña. No me precipité al vacío, sino que me hundí en el suelo, y lo atravesé.

Mis pies, repletos de heridas y ampollas, se escurrieron entre la tierra, y un grito desgarrador salió de mi garganta. Me desplomé y caí en picado, traspasando barro y roca, mugre y escombros. Allí solo se respiraba polvo, y no me podía aferrar a nada, pues todo cuanto tocaba era arena.

Pensé que la caída iba a ser eterna, que moriría enterrada en las profundidades de la tierra, pero entonces salí disparada, como quien escupe un salivazo después de probar un bocado amargo, y me estrellé contra las nubes de un cielo color amatista.

Percibí el suelo como algo intangible y etéreo. El cielo, en cambio, lo sentí líquido. Su peso cayó sobre mí mientras unas nubes de algodón me sacudían de un lado a otro. El suelo estaba arriba y el cielo, abajo, y di tantas volteretas y cabriolas que mi ropa terminó hecha jirones. Unas tiras raídas de mi vestido caían en cascada sobre mi espalda, como unas alas maltrechas y harapientas, mientras yo hacía aspavientos con los brazos, sacudiéndolos para tratar de recuperar el control, para intentar volar cuando lo único que podía hacer era caer.

Hasta que, de golpe y porrazo, dejé de caer.

La gravedad se convirtió en una suave brisa, y me sentía más liviana que una brizna de hierba. Las puntas de los dedos de mis pies rozaron suavemente el suelo antes de apoyar los talones, y las tiras deshilachadas de mi vestido se plegaron a mi alrededor, como las alas de un pájaro herido.

En cuanto planté los dos pies en el suelo, noté un temblor que me recordó a un océano de aguas bravas, y ese extraño movimiento sísmico desencadenó un mar de flores azules que resplandecían, y que brotaban del suelo. Un suelo, por cierto, que recuperó su solidez y firmeza, como debería ser. El aire arrastraba el perfume de las flores, y las ráfagas de viento que parecían querer vapulearme cesaron por completo.

Estaba… aquí.

Había cruzado el puente a ninguna parte, y había logrado llegar a un lugar nuevo. No sabía muchas cosas, pues jamás había salido de mi ciudad en el Séptimo Reino, pero sabía que ya no me encontraba en Orea.

Pero no estaba sola.

La gente se agolpó a mi alrededor, todos me miraban con los ojos como platos y escudriñaban las nubes que acababa de dejar atrás. Recuerdo advertir la magia flotando en el aire, aunque por aquel entonces no sabía a qué se debía aquella sensación. No sabía lo que esa panda de curiosos significaría para mí. Tampoco sabía el porqué de esas orejas puntiagudas.

Pero no tardaría en averiguarlo.

Los años fueron pasando, y ese mundo mágico se convirtió en mi hogar, pero jamás olvidé el largo y fatigoso camino por el puente que me trajo hasta aquí.

Asimismo, los seres feéricos tampoco olvidaron el día en que caí del cielo, como un pájaro de alas rotas, y por eso decidieron llamarme así.

Sí, me asustaba caerme, precipitarme al vacío. Pero de no haberme caído, nunca habría tomado tierra.

Y qué hermoso fue tomar tierra.

Ilustración de un árbol frondoso.

3

Auren

Bum!, ¡bum!

Fragmentos de mi conciencia se desperezan, se revuelven.

Se chocan contra el muro de mi mente, como un tronco se golpea contra una roca de la orilla de la playa. Es un sonido hueco y constante que me hace pensar en cosas muertas, en cosas que ha arrastrado la corriente. Añicos rotos, con cantos afilados por el dolor, y otros pedazos menos punzantes que los recuerdos ya perdidos han ido esmerilando y desgastando.

¡Bum!, ¡bum!

El primer trozo que la marea estampa contra mi consciencia con una fuerza brutal es un sabor. Me da la impresión de que el vacío me arrebató todos mis sentidos para después devolvérmelos poco a poco, uno a uno.

Distingo el sabor dulzón y a fibra de la caña de azúcar en la lengua. Incluso visualizo el tallo partido, pelándolo para así descubrir la delicia que esconde en su interior. Recuerdo que cuando era niña, me metía la caña de azúcar en la boca y sorbía con todas mis fuerzas para saborear tan anhelado dulzor. Es un recuerdo tan vívido, tan real, que hasta me parece sentir los rayos de sol calentando el tallo de la planta. Por un momento creo estar de vuelta ahí, en Annwyn, disfrutando de esa exquisitez de la naturaleza. Se me hace la boca agua cuando el líquido viscoso y acaramelado explota en mi lengua.

¡Bum!, ¡bum!

De repente, me envuelve una esencia.

Una flor. Sin embargo, no logro recordar el nombre. Ni tan siquiera recuerdo qué aspecto tiene. Pero en cuanto ese familiar aroma me invade, el recuerdo de tener la nariz enterrada entre las arrugas del abrigo de mi madre sale a la superficie y flota en mi mente prismática. El perfume es intenso y penetrante, embriagador, pero fresco y floral al mismo tiempo, y no hay nada que me apetezca más que acurrucarme dentro de ese aroma y respirar su aire hasta el fin de mis días. Pero no es solo por esa exquisita esencia, sino por mi madre. Porque ese perfume la seguía allá donde iba, igual que yo.

Y gracias a esa esencia, recupero mi olfato, y el aire denso y húmedo que reina en el vacío eclipsa por completo el perfume de mi madre, cubriéndolo con un olor más profundo, y mucho más salvaje. Un olor que me traslada a una caverna remota e intacta en los confines del mundo, una caverna en la que jamás ha entrado la luz del sol o una suave brisa en miles de años.

¡Bum!, ¡bum!

¡Bum!, ¡bum!

No me da tregua. La siguiente sensación es una caricia en la piel. Es el tacto, que anuncia su regreso. Me desadormece las piernas y los brazos, me despierta las terminaciones nerviosas.

El catalizador es una mano que sujeta la mía. El recuerdo es tan real que incluso flexiono los dedos, y cuando vuelvo a sentir que estoy en caída libre, el estómago trepa hasta mi garganta. Pero esa palma, esa mano cálida y callosa… No veo su rostro, no puedo oír su voz, pero enseguida reconozco el tacto de la mano de mi padre. Una mano fuerte y firme. Segura. Sabía que, mientras esa mano me sujetara, nada siniestro ni doloroso podría tocarme.

¡Bum!, ¡bum!

¡Bum!, ¡bum!

Un segundo después, y de una forma súbita, como si alguien hubiese introducido una moneda en un listón de mi mente para así abrir el pestillo, recupero el oído.

—¡Auren!

Oigo a un muchacho decir mi nombre.

—¡A-Auren!

Su voz desprende alegría, y parece tan emocionado que hasta tartamudea un poco. Hace que mi nombre suene como una burbuja, que rebota en el aire con cada letra, y que se va elevando hasta, al final, explotar. Ese júbilo, la pura y efervescente felicidad de la infancia, acompaña a esa única palabra que no deja de resonar en mi cabeza.

Se me encoge el corazón.

Cuando la voz se desvanece, vuelvo a oír el viento azotándome los oídos, los truenos resonando en el vacío.

Y es en ese preciso instante cuando el último sentido vuelve a mí, como si de un regalo se tratara. El papel que lo envuelve se va retirando para desvelar el obsequio que guarda. Es el recuerdo de una mañana en Annwyn, con la luz del sol acariciando el paisaje, como un beso desde el horizonte.

Me da la impresión de que abro los ojos para apreciar esa luz, pero lo cierto es que no los tenía cerrados.

Recupero la visión, y parpadeo varias veces con la mirada clavada en la grieta. Está lejos, muy lejos, y a esta distancia se confunde con un trozo de tela negra que alguien ha cortado con un puñal desafilado. Permanece inmóvil, inalcanzable, y el oro líquido continúa manando de ese agujero como una cascada dorada y reluciente, cubriendo las estrellas.

Los relámpagos se desatan en la oscuridad, estallan y resplandecen a mi lado, iluminando mi piel, dejando un rastro blanquecino en ese éter oscuro. Por un momento, me olvido del miedo, porque el espectáculo es hermoso, esa luz en mitad de la oscuridad es hipnótica.

Pero entonces los bordes rasgados de la grieta empiezan a cerrarse poco a poco.

Y mi garganta se cierra con ellos.

¡Bum!, ¡bum!

¡Bum!, ¡bum!

¡Bum!, ¡bum!, así palpita mi corazón.

Contemplo con impotencia esa hendidura en mitad de la nada, que se va fundiendo, mientras siento que unos dedos de cera me agarran y me estrechan en su puño. Me sumerjo en las entrañas de esta brecha entre los mundos, y la monstruosa mandíbula aprieta los dientes.

Y entonces me embarga el temor.

Incluso con los recuerdos de mi infancia en Annwyn empapándome todos los sentidos, el terror se apodera de mí, y siento que me asfixia, que me aplasta. Sigo cayendo en picado, y comienzo a pensar que quizá me quede atrapada en este lugar intermedio para siempre, junto con mis recuerdos rasgados.

Tal vez eso es todo lo que merezco.

La grieta se está zurciendo, como si de un remiendo se tratara, lo que significa que Slade no podrá seguirme, no podrá lanzarse al vacío y venir a por mí. La cruda realidad me golpea el pecho con un puño invisible. La brecha se está cerrando, mi poder me ha abandonado, no tengo ni idea de qué hacer, y estoy totalmente sola en este agujero infinito por el que no dejo de caer…

«No caigas. Vuela».

La voz de Slade se inmiscuye en mi mente caleidoscópica. Como un soldador que funde los pedazos sueltos, su voz me ayuda a recomponerme, a unirme.

Slade me ancla, incluso cuando bajo mis pies no hay nada más que aire.

«Tienes que entrar, cariño. Tienes que hacerlo. No puedo llegar hasta ti, y tú no puedes quedarte aquí».

Observo impotente cómo los últimos centímetros de la grieta se van sellando, cada vez más rápido. Tiras deshilachadas de un vacío que se fusionan, como una gota de tinta que se derrama por el único trocito de papel para así absorber la grieta que se abrió, que él abrió para mí.

No quería irme. No quería irme sola.

«Mírame».

Clavo los ojos en las puntadas de esa costura, como si su mirada todavía siguiese ahí. Como si Slade todavía siguiese ahí, tendiéndome la mano.

«Te encontraré. Te encontraré en esa vida».

Ahora, mis recién recuperados sentidos se desbordan.

Recuerdo el sabor de su piel cuando le lamía el cuello. El aroma que desprendía su cuerpo cuando apoyaba la mejilla sobre su pecho. La sensación de tener sus brazos alrededor. Un abrazo fuerte, sólido, seguro. Aún distingo el latido de su corazón, palpitando por mí.

Rememoro el sonido de su voz cuando me llamaba Jilguero.

Evoco el momento en que apareció de la nada y descendió de los cielos, como si fuese una visión. Un guerrero embravecido y despiadado dispuesto a pudrir el mundo entero para mantenerme a salvo. No logro borrar de mi memoria esa mirada abigarrada, tiñéndose de negro mientras me atravesaba y me decía mil cosas al mismo tiempo.

«Te encontraré, Jilguero. Te lo juro».

«Ahora vuela».

«Vuela».

Un tremendo estruendo retumba a mi alrededor, un sonido que me hace pensar en las olas del océano chocando entre sí. Y entonces, tras dar una última puntada, la grieta queda cosida. Cerrada. Totalmente. Completamente.

No queda ni un minúsculo agujero por el que mi oro pueda colarse. De hecho, no parece que ahí arriba hubiese una abertura hace apenas unos segundos, y ese vacío lúgubre y desolador me envuelve como una capa negra y pesada y asfixiante.

El camino de vuelta ha quedado cerrado. Orea, el mundo en el que nací y crecí, ha desaparecido, y ahora lo único que puedo hacer es enfrentarme a ese mundo desconocido e incierto.

Y yo… No puedo dejar de pensar en Annwyn, no puedo dejar de oír a Slade susurrándome al oído.

Calmándome. Recordándome algo.

«No te caigas».

a

l

e

u

V

¿Acaso puedo volar?

Cierro los ojos e inspiro hondo. Destierro todos mis temores. Aparto todas mis debilidades. Repito la voz fuerte e inalterable de Slade para reunir fuerzas. Así, cuando abro de nuevo los ojos, puedo darme la vuelta y plantarle cara a esa caída en picado.

Porque solo así mi fortaleza puede abrirse paso entre el miedo y aflorar.

Todo el oro que se desparramó por la grieta empieza a reunirse, a aglutinarse. Se enrosca alrededor de mi cuerpo en un sinfín de hebras relucientes, como si estuviera respondiendo a una llamada tácita. Hasta el mismísimo vacío empieza a cambiar, igual que mi estado de ánimo. Los relámpagos resplandecen, arrojando una lluvia de astillas doradas. Las estrellas, que han adquirido esa inconfundible tonalidad áurica, palpitan al compás de mi corazón.

Sonrío en mitad de esa penumbra llena de destellos dorados, porque ahora que me he despojado de todos mis miedos, me doy cuenta que, en cierto modo, esto… Esto tenía que pasar, porque este era mi destino.

El fulgor de otro relámpago ilumina el aire, y es entonces cuando desvío mi atención hacia abajo, hacia una estrella que brilla más que el resto. Siento una irreprimible atracción que me lleva hacia ella, y su luz es tan cegadora que incluso tengo que entornar los ojos para seguir mirándola.

Me acerco hasta tenerla al alcance de la mano.

Rozo ese deslumbrante fulgor con la punta de los dedos, y enseguida percibo su agradable calor. En cuanto toco la estrella, se rompe en esa negrura opaca, como si de la cáscara de un huevo se tratara, y el brillo que contenía empieza a derramarse. Las entrañas de la estrella se extienden a mi alrededor y me lanzo sobre ese brillo. Floto sobre la superficie de ese río y me dejo arrastrar por la corriente.

Y no me asusta.

Porque ahora ya no estoy hundiéndome en la oscuridad, sino que estoy surcando un río hacia lo desconocido, dejándome guiar por la corriente. Voy a la deriva y paro de gritar, de forcejear, de luchar, de tener miedo.

Me arrastra un río de luz cegadora, y me invade una sensación parecida a enamorarse. Un amor a primera vista, un amor que te atrapa, que es descarado y fogoso. Es un refugio lleno de luz, un refugio que me sujeta en su corriente, que centellea sobre mi piel y que me estremece.

No trato de nadar contracorriente, sino que me acomodo y fluyo con él, como quien flota en las aguas de un océano bañado por la luz del sol. Pierdo la noción del tiempo, pero me da lo mismo. Me dejo mecer por esa agradable marea, y su magia me lleva a la deriva durante una eternidad. Siento que la luz de esas aguas me calienta, me reconforta desde dentro.

Las olas me conducen hasta una orilla, hasta tierra firme.

Cada mota de luz se transforma en un grano de arena, y la tierra fértil me obstruye la nariz y me llena la boca. De repente, me doy cuenta de que estoy caminando sobre arenas movedizas, solo que en lugar de tirar de mí, me empujan hacia arriba, arriba, arriba, hasta que…

Aparezco en un cielo errante.

La oscuridad se ha desvanecido. El titileo de estrellas, también. Hasta los granitos de arena que me rozaban la piel se han evaporado. En su lugar, percibo una luz suave y tenue, una luz de color mantequilla, y advierto unas nubes copetudas y esponjosas iluminadas por un sol que no se parece en nada al sol de Orea.

El aire que se cuela por mi nariz es nuevo y familiar al mismo tiempo. En cuanto tomo una profunda bocanada, noto que esa bestia salvaje e indómita, esa naturaleza feérica efervescente, abre los ojos. Esa parte de mí se regodea en esa inhalación y ronronea en mi interior.

Por esto. Porque esto es lo que uno siente cuando respira.

Abro bien los ojos, aprieto fuerte los labios y, protegida por la corriente que sopla en el aire y que electrifica mis venas, extiendo los brazos. Y mi bestia se extiende a mi lado.

Siento esa naturaleza feérica de una forma visceral, como si estuviera en absoluta sintonía conmigo, y en este vínculo perfecto, en este momento tan gratificante, sucede algo.

Algo aflora, como las plumas que nacen de la piel de un pájaro, o los pétalos que se despliegan de una flor. Como dientes que brotan de unas encías vacías, o como la luz que asoma por el horizonte al amanecer.

El dolor que acompaña tal acontecimiento es incontenible, pero también liberador. Me embarga un torbellino de emociones, de pérdida y abandono, pero también de renacer y cambio. Siento que estoy buceando por un mar de nubes esponjosas, como un pez nadando en un océano, hasta que, de repente, un suelo se forma bajo la planta de mis pies, invitándome a caminar sobre él.

Dándome una cálida bienvenida.

Y mientras me hago un ovillo en ese abrazo, algo se enrosca conmigo, a mi alrededor. El dolor ha desaparecido por completo, y lo único que queda es ese extraño y extático consuelo que yace en lo más profundo de mi alma.

Justo antes de aterrizar, noto que algo fluye detrás de mí. Como si en realidad hubiera dejado de caer en picado. Como si en realidad hubiera aprendido a volar. Se enreda alrededor de mi cuerpo, como filamentos del propio sol.

Como tiras de acero.

Como hebras de calor.

Como rayos de luz.

Como…

Ilustración de unas cintas colgando.

Cintas.

Ilustración de un árbol frondoso.

4

Auren

Aterrizo de la misma manera que una piedra plana y redondeada bota sobre la superficie de un lago hasta sumergirse. No me estrello, ni siento una punzada de dolor. Simplemente me deslizo sobre el suelo y mis pies resbalan por el manto de florecillas azules y brillantes que cubre el campo.

Cuando mi cuerpo deja de rodar, me quedo tumbada boca arriba y contemplo ese cielo añil salpicado por nubes con la misma forma y textura que un diente de león. Siento una presión en los oídos, como si hubiera estado buceando por las profundidades marinas y, de repente, hubiese decidido subir a la superficie.

«¿Dónde estoy?».

Me da la impresión de que me balanceo al son de una suave marea, pero en lugar de agua, lo que me sostiene son capullos y flores de pétalos afelpados. Ladeo un pelín la cabeza y me doy cuenta de que, sin pretenderlo, he rozado algunas florecillas, y las he cubierto de una fina capa de oro. He creado un círculo perfecto de flores doradas a mi alrededor, unas flores que relucen delicadamente bajo la luz del sol y se hunden en la tierra fértil.

Esa marea de flores ondula bajo mis pies, y mi corazón fluye con ella. Lleno los pulmones de ese aire perfumado, y me obligo a incorporarme, y las flores doradas me acarician los brazos.

Pero eso no es lo único que me acaricia.

Al principio ni siquiera reparo en ello. No relaciono las capas de oro que envuelven mis brazos con la realidad. Hasta que la brisa no agita una de ellas, mi mente no es capaz de procesar lo que ven mis ojos.

Contengo la respiración.

Se me para el corazón.

Me quedo ahí sentada, sobre una alfombra de flores incandescentes, bajo un cielo color lavanda, y una pregunta se repite en mi cabeza: «¿Estoy soñando o estoy muerta?».

Con las manos temblorosas, levanto las cintas que me arropan los brazos y las palpo. Y no solo las toco con la punta de los dedos, sino que las revuelvo para que se froten entre ellas. Deslizo una mano entre varias de esas cintas y, al instante, se me llenan los ojos de lágrimas al reconocer esa textura sedosa.

Por el gran Divino…

Las cuento una a una, como una madre primeriza cuenta los dedos de su recién nacido. Enrosco las veinticuatro tiras alrededor de mis puños y las aprieto ligeramente, como si estuviese sujetando las manos de un amigo. Tiro de ellas con suavidad y enseguida noto una ligera sacudida en la espalda, desde las cervicales hasta las lumbares. Al tacto parecen de satén, besadas por el mismísimo sol.

Se me atraganta un sollozo, y las lágrimas resbalan por mis mejillas.

Mis cintas son reales.

No son un montón de andrajos tirados en el suelo. No las han rasgado con el despiadado filo de una espada. No me las han arrancado, como a un pájaro sus plumas, ni tampoco yacen inertes y marchitas a mis pies.

Han renacido.

El dolor y el sufrimiento que sentí me cuando me las amputaron una a una vuelven a abrumarme, y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Ahora están aquí, conmigo. Es como un regalo caído del cielo, una bendición de los dioses, y siento su pérdida, su ausencia y su regreso, todo al mismo tiempo.

—Han vuelto —me murmuro a mí misma, mientras las lágrimas siguen brotando de mis ojos y caen sobre esas tiras suaves y sedosas como gotas de oro—. Han vuelto.

Yo he vuelto.

Porque sin ellas, no me sentía completa. No era yo.

Creo que podría llorar hasta quedarme sin lágrimas, que podría llorar hasta la última gota de alivio que anega mi atormentada alma. Pero en lugar de eso, tiro de ellas una vez más. Solo para continuar sintiéndolas, para asegurarme de que siguen ahí. Y sí, siguen ahí. Siguen siendo reales.

Una sonrisa, una sonrisa genuina que me nace del corazón, se dibuja en mi rostro, a pesar de que las lágrimas continúan rodando por mis mejillas, porque han vuelto.

Pero de pronto, la sonrisa se desvanece cuando reparo en un detalle que me había pasado desapercibido.

No se mueven.

Trato de tensar los músculos de la espalda, de moverlas, pero no sucede nada. La sonrisa se transforma en un ceño fruncido cuando insisto en tirar de ellas, como si así pudiera despertarlas, y las sacudo y las meneo en un intento desesperado de que reaccionen. Doy un tirón a cada una de las veinticuatro cintas, relajo los músculos de la espalda, pero nada funciona.

Están ahí, son reales, pero no se revuelven. Se quedan inmóviles, indiferentes. Igual que los mechones de mi melena dorada, simplemente ceden a la gravedad y cuelgan, y aunque lo pruebe una y otra vez, no soy capaz de moverlas.

Tampoco parecen poder moverse por voluntad propia, como solían hacerlo.

Están… estáticas.

Me da un vuelco el corazón, y dejo escapar un suspiro tembloroso. Más lágrimas se acumulan en mis ojos, pero esta vez no dejo que caigan y me empapen el rostro. Esta vez no dejo que el pánico me invada.

Mis cintas han vuelto. Eso es lo importante, y eso es lo que debo tener presente ahora. Por algún milagro, han regresado a mí. Y aunque nunca vuelva a poder moverlas, estoy tremendamente agradecida, porque me acaban de devolver una parte de mí que creía haber perdido para siempre.

Quizá, pasado algún tiempo, recuperarán la movilidad. Quizá tan solo necesitan algo de tiempo.

Me seco las lágrimas, reúno todas las cintas y las acomodo en mi regazo para poder admirarlas. Son tan… brillantes. Advierto un lustre más vivo en ellas, un lustre del que carecían antes. Al tacto, son igual de suaves que siempre, pero también las noto más fuertes. Como si bajo esa superficie satinada albergaran una fuerza renovada.

Aunque, pensándolo bien, tiene sentido. Después de todo, yo también soy más fuerte ahora. No soy la misma mujer que cuando las perdí, así que no me extrañaría que mis cintas tampoco fueran las mismas que cuando las arrancaron de mi espalda.

Enrosco una cinta alrededor de mi mano y después levanto la mirada para echar un vistazo a mi alrededor. Me flanquea un cerco de flores altísimas que no me permiten ver más allá, así que, a pesar de estar todavía un pelín aturdida y mareada, me obligo a levantarme del suelo. Sin embargo, en cuanto intento ponerme en pie, se me escapa un aullido de dolor. Mis ojos reptan hasta mis pies, quemados y manchados de barro. Trato de mantenerme erguida, pero me tiembla todo el cuerpo.

¡Ay!

Al menos ahora sé, sin ningún atisbo de duda, que no estoy muerta. Estoy convencida de que la muerte se apiada de los difuntos y no les hace sufrir de esta manera. Lo que significa que todo lo sucedido en el Cónclave ha dejado huella en mí.

El Cónclave…

Desentierro todos esos recuerdos, y de inmediato la adrenalina empieza a fluir por mis venas. La conmoción me deja totalmente paralizada. Me aplasta con todo su peso, y la alegría y la sorpresa se convierten en dolor y extenuación. Me forzaron a vaciarme de mi propio poder, lo cual fue un auténtico suplicio, y con solo pensarlo me estremezco. Se me corta la respiración, y siento que alguien acaba de zarandearme como si fuera una botella llena de agua. Me invade una sensación de vértigo que, por un segundo, me hace perder el equilibrio y todo mi cuerpo se balancea.

Pero entonces me parece oír una sucesión de susurros y gritos ahogados en el aire.

Me doy media vuelta, sobresaltada, y las cintas se me enredan alrededor de la cintura.

A unos diez metros de mí se ha agolpado un grupito de unas doce personas que me miran con los ojos tan abiertos que parece que vayan a salírseles de las órbitas. El prado se extiende hasta donde mis ojos alcanzan a ver, y las florecillas parecen emanar un resplandor azul pálido precioso. Poso la mirada de nuevo en esos desconocidos, que continúan mirándome con expresión de absoluto asombro.

Asombro… y miedo.

Abro la boca, pero en lugar de articular una palabra, lo único que consigo es escupir un gemido de dolor. Siento un temblor en las piernas. Y en las voces de aquellos curiosos.

—Es… de oro.

—¿Has visto el cielo? ¿Has visto cómo caía del cielo?

—¡Igual que un pájaro que tiene las alas rotas!

—¡Mirad su espalda!

—¡Alejaos de ella! ¡No deberíamos estar aquí!

—¡Pero mirad! ¡Es de oro! ¿Cómo puede ser una joven dorada, a menos que…?

Mi mirada oscila como un péndulo, pero sigo tan mareada que mi visión se torna borrosa, y me cuesta enfocar.

—Eh…

Las palabras se me atragantan, pero una persona se arma de valor y decide acercarse a mí. Mientras hago malabarismos para mantenerme en pie, ella va acortando la distancia que nos separa, y solo se detiene cuando ve que doy un paso hacia atrás. El dolor que siento en los talones es terrible, indescriptible, y por poco me caigo de bruces.

Tiene la cabeza cubierta de una especie de pelusilla, como si una araña hubiera tejido una malla sedosa sobre su cuero cabelludo, y que la anciana ha recogido en un moño alto. Se para frente a mí, y me estudia con esa mirada grisácea, como si fuera un fantasma.

—Lyäri Ulvêre —murmura, y se lleva una mano a la boca, una boca surcada de arrugas, mientras esos ojos vidriosos reptan hasta mis cintas, que me cuelgan de la espalda hasta rozar el suelo.

—¿Qué? —Mi voz suena lejana, y ni siquiera yo consigo oírla.

Tras ella, los murmullos se vuelven más ruidosos, pero repiten las mismas palabras. El asombro que resuena en el aire es casi palpable.

—Has venido, igual que hizo ella, el pájaro de alas rotas.

No tengo ni idea de qué pájaro habla, pero debo reconocer que ahora mismo sí me siento un poquito rota.

—Tú eres Lyäri Ulvêre —dice de nuevo, y se le quiebra la voz.

Se me hace un nudo en la garganta, las sienes empiezan a palpitar como si tuvieran corazón propio, siento una especie de vahído y la cabeza no deja de darme vueltas.

—No entiendo…

Una lágrima se resbala por su mejilla, y dibuja una sonrisa nostálgica.

—Significa que todo está como debería estar, lady Auren. Porque este es tu hogar.

La respuesta me pilla totalmente por sorpresa, y es la gota que colma el vaso.

Me desmorono delante de esa anciana. Me fallan las rodillas y me desplomo sobre el suelo. Los pies me duelen una barbaridad, y ya no son capaces de seguir sosteniéndome. Mi boca no parece obedecer las órdenes de mi cerebro. Mi mente está tan agitada y perturbada que no es capaz de procesar absolutamente nada. Estoy exhausta. Vacía. Drenada. No solo de mi poder, sino también de mí misma. Por lo que sucedió en el Cónclave, pero también por la eterna y solitaria caída al vacío. Y por sus palabras, que me han dejado conmocionada. La debilidad empieza a afectarme, y mi visión se torna demasiado borrosa.

Pero la voz de esa misteriosa mujer vaga por mi mente, y se enrolla alrededor de mi pecho como una madeja de lana, y lo constriñe.

Porque acaba de decir que este es mi hogar.

Porque acaba de pronunciar mi nombre.

Sus palabras resuenan como un trueno en la oscuridad de mi inconsciencia.

Ilustración de un árbol sin hojas y sus raíces

5

Slade

Me voy en silencio.

El viento azota el aire con un estruendo atronador, siento el pálpito de mi acelerado corazón martilleándome en los oídos, y bajo mis costillas, la rabia ruge cual bestia enajenada.

Pero permanezco en silencio.

No digo nada cuando agarro las riendas del ala maderera. No digo nada cuando las raíces de podredumbre pulsan bajo mi piel y tratan de atravesarme con una ira reprimida. No digo nada ni siquiera cuando, en lo más profundo de mi corazón, algo late con una agonía indescriptible. Como si algo no anduviese bien. Como si me hubiesen extraído con violencia una arteria del pecho, y dejado que el veneno campe a sus anchas por todo mi cuerpo. Porque me la arrebataron, me la arrancaron.

Y el silencio es la única manera de contener todo ese dolor.

Así que cuando advierto una brecha entre las nubes, cuando distingo el Tercer Reino bajo mis pies, dirijo la caída sin musitar un solo sonido, una sola palabra.

El aire parece silbar con nuestra caída, la bestia que mora en mi interior rebuzna, y en ese mutismo absoluto que he decidido adoptar, observo cómo el castillo del Escollo de Gallen aparece a lo lejos. El majestuoso castillo está construido sobre un acantilado de piedra, a unos treinta metros del nivel del mar. Hay un altísimo rompeolas justo detrás que, después de décadas protegiendo el castillo contra la invasión de la marea alta y las peligrosas olas, está dañado y repleto de manchas.

Ahora mismo, el océano parece una balsa de aceite. Los barcos se mecen al suave compás de las olas, y el agua, cristalina y de un color turquesa precioso, resalta aún más junto a ese castillo de paredes color arena y de torreones con tejados de color coral que parecen querer atravesar el cielo. La playa que se extiende a los pies del castillo sube en pendiente hasta la ciudad capitalina, que asoma tímidamente por todo lo largo y ancho entre el carrascal verde. Edificios de dos y tres pisos que se cuelan entre plantas exuberantes y frondosas. Es espectacular. El paradigma de un reino opulento y pintoresco que vive en la más absoluta paz. Una paz que pretendo destruir.

La ira silenciosa que se arremolina en mi interior aguarda con ansia su momento. En el bolsillo conservo una cinta de raso, una cinta que cortaron con el filo de una espada y que ahora yace sin vida, inerte.

Han pasado dos semanas desde el Cónclave. Perdí varios días en mi carrera contrarreloj por llegar al Pozo de la Muerte. Pero la Aldea de los Bufones, mi pequeño y secreto refugio construido entre las montañas del Quinto Reino, está totalmente desierta, enterrada en una tumba helada. La grieta de la cueva ha desaparecido sin dejar rastro, junto con todos los que vivían allí.

Incluida mi madre.

Ryatt entró en pánico. A pesar de la ventisca que se estaba desatando, decidió salir a buscarla, a ella y a los demás lugareños. Pero los dos sabíamos que no los encontraría. Porque en el fondo, aunque nos negáramos a decirlo en voz alta, los dos sabíamos dónde habían ido. Se habrían tirado de cabeza a la grieta, y a estas alturas deberían estar en Annwyn… o muertos.

Desde entonces, me he estado esforzando por abrir otra grieta cada día.

Y cada día he fracasado en el intento.

Ryatt está tan desesperado como yo. Cada vez que no lograba crear una hendidura en Orea, advertía esa expresión de terror y decepción. No decía nada, pero tampoco hacía falta porque sus emociones eran un fiel reflejo de lo que sentía en mis propias carnes.

Da igual las veces que intente resquebrajar el mundo, que intente abrir un agujero para poder encontrar a los aldeanos y a mi madre, para poder encontrar a Auren. No puedo hacerlo.

Mi podredumbre ha vuelto con más fuerza que nunca, pero aún no he recuperado el poder puro y desmedido que se requiere para crear una fisura en el mundo.

Vertí todo el poder que fui capaz de reunir en la grieta que abrí en el Cónclave. Esa fue la primera vez que abrí una grieta por mí mismo, sin el poder de mi padre hostigándome, atacándome. Y cuando eso ocurrió, cuando toda mi magia se filtró por esa hendidura en el aire para salvar la vida de Auren, debió de desencadenar alguna reacción en la grieta que flotaba en las entrañas de la Aldea de los Bufones. Supongo que debió de implosionar, absorbiendo todo lo que había a su alrededor. Una grieta se abrió y otra se cerró.

Ahora soy incapaz de abrir otra. Incapaz de encontrar a mi madre. Incapaz de seguir a Auren.

Y todo por culpa de la reina Kaila.

Mis dedos se enroscan alrededor de las riendas.

Todo lo que ha acontecido en las últimas semanas, que difundieran rumores que tachaban a Auren de villana, que la bautizaran como lady Timo, que aseguraran que se dedicaba a robar poderes y a seducir a reyes, fue fruto de una estrategia maquinada por la reina Kaila, toda una experta en hilar palabras para tejer un relato. Fue ella quien alertó a los demás monarcas, y quien instigó la celebración del Cónclave. Fue ella quien mandó a su hermano y a sus soldados a secuestrar a Auren en mi propio castillo. Joder.

De no ser por ella, Auren seguiría aquí, sana y salva. Sin embargo, ahora está en otro mundo, y no puedo llegar a ella, maldita sea.

Cada día que pasa, cada minuto que pasa, mi rabia va en aumento.

Se está transformando en una ira insondable y siniestra. Ha contaminado la podredumbre fétida que fluye por mis venas. Ha logrado que todo mi ser enmudezca en un silencio pérfido. Ha conseguido que mis instintos feéricos se afilen como la hoja de una espada desalmada.

Una espada que pienso empuñar.

Porque trataron de castigar a Auren. Trataron de ejecutarla.

La reina Kaila fue en contra de mí. Y el resto de monarcas, también. Ha llegado el momento de que le recuerde, a ella y a todo el mundo, por qué no deben joder al Rey Podrido ni a lo que es suyo.

El ala maderera que he tomado prestada inicia el descenso. He decidido llamarlo Cimera, porque el joven polluelo tiene una mancha en el pecho que me recuerda a la cimera de una casa de la nobleza. A pesar de que estas bestias son agresivas y suspicaces por naturaleza, siempre me ha parecido que sienten una especie de lealtad y camaradería conmigo, igual que los halcones mensajeros. Encontré a Cimera en el Posadero de alas madereras de la Aldea de los Bufones y, aunque nunca me había montado a lomos de la criatura, no opuso resistencia. Incluso ha aprendido a anticiparse a mis movimientos, a percatarse de mi estado de ánimo. Ahora mismo, mientras atravesamos el cielo a una velocidad vertiginosa, las plumas que envuelven su cabeza se agitan y ondulan de tal manera que intimidaría a cualquiera.

La sombra de la parte frontal del castillo del Tercer Reino se cierne sobre el patio de arena. Hay un par de torrecillas a cada lado de unos inmensos portones decorados con brillantes corales, y los peldaños de la escalera que lleva a esos portones se confunden con pequeños montículos de arena fina y blanca, como si la brisa marina los hubiera moldeado así.

Los portones están decorados con dos tallas idénticas del emblema del reino, unas olas y la aleta de un despiadado tiburón asomando entre ellas. Los guardias se han agolpado en los escalones en un alarde de fuerza, con lanzas de doble punta atadas en la espalda. No hace falta ser un genio para adivinar que los observadores que debieron de advertir mi presencia en el reino en cuanto crucé las nubes del cielo los alertaron de inmediato.

Levanto la mirada y cuento hasta cinco guardias más custodiando las torres de la muralla que rodea el castillo, aunque ninguno hace ademán de bajar la escalera. Su armadura plateada resplandece, con el sigilo grabado en el pecho, con arcos en las manos y unas túnicas casi tan brillantes como el mar que baña sus costas. Enseguida advierto su cautela, su desconfianza, en la forma en que arrastran los pies y retroceden varios pasos para acercarse un poco más a las torres. Me observan desde ahí arriba, pero no se atreven a bajar los peldaños y reunirse con los demás guardias, tal y como deberían hacer cuando alguien se acerca al castillo.

Sobre todo cuando es alguien como yo.

Un ligero movimiento en los ventanales llama mi atención, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que hay más guardias siguiendo cada uno de mis movimientos. Me estudian con expresión seria y adusta desde detrás de los cristales.

Cimera aterriza en el interior de los muros de defensa y suelta un graznido atronador. En cuanto apoya esas afiladas garras en el suelo, levanta una nube de arena. Me bajo de un salto, ignorando por completo a los guardias, y clavo la mirada en los portones del castillo. Hago bocina con las manos para proyectar la voz y entonces escupo un alarido atronador.

—¡REINA KAILA!

Y así es como rompo mi propio silencio. El primer resquicio que surge de toda la rabia turbia y estridente que he estado reprimiendo desde que partí del Pozo de la Muerte. Quiero que Kaila se presente ante mí. Quiero que salga de su bonito castillo y se enfrente cara a cara a esta furia desatada.

Mis andares son sólidos y resueltos, y cruzo el patio de arena hasta alcanzar el primer peldaño de la escalera que conduce a la puerta de entrada. En cuanto apoyo un pie en ese primer escalón, distingo el inconfundible sonido de varias flechas acomodándose en los arcos en los torreones que tengo justo encima, y unas cuantas más en el muro defensivo, situado a mi espalda. Me alegra saber que, incluso ataviado con ropa mugrienta y maloliente y sin corona, me reconocen fácilmente.

—¡Alto, rey Ravinger! ¿Qué queréis?

Me doy la vuelta lentamente y poso mi mirada en el insensato que ha tenido las agallas de gritarme, de retarme, un soldado entrado en años que custodia el torreón derecho. Está acompañado de dos guardias que me apuntan con sus flechas.

—Soltad las cuerdas y os juro que os pudriré a todos antes de que podáis lanzar la flecha. —No alzo la voz, pero tampoco hace falta. A juzgar por las miradas nerviosas que intercambian, intuyo que me han oído.

«Dadme un solo motivo».

Nadie se mueve. No se oye ni una mosca. De hecho, los tres se quedan inmóviles, como un trío de pasmarotes. Me giro y dejo escapar otro rugido que retumba en el patio.

—¡REINA KAILA!

Mi voz resuena en las murallas del castillo, reverbera en el aire. El odio, la violencia y la impetuosa necesidad de castigo me queman por dentro. La podredumbre empieza a rezumar, a empapar la arena que estoy pisando. Unas ramas gruesas y negras que corrompen el aire oceánico con un hedor agrio.

La tensión se palpa en el ambiente, mientras las perniciosas raíces se enredan entre la arena y se retuercen con ademán siniestro. Los guardias están nerviosos, inquietos. Lo sé porque su postura se vuelve demasiado rígida. Aun así, los portones de entrada al castillo no se abren. Los guardias no se mueven. Aúllo el nombre de la reina una tercera vez y, a mis espaldas, Cimera gruñe como un trueno.

Los guardias que vigilan cada uno de mis movimientos desde el interior del castillo me observan con los ojos como platos y con las manos apoyadas en la empuñadura de su espada. ¿De veras creen que ahí dentro estarán más protegidos que en el patio? ¿Los que custodian los torreones piensan que la altura los mantendrá a salvo?

Se equivocan.

Podrían agazaparse tras el escudo de acero más grueso en las profundidades de su precioso mar, y aun así podría pudrir sus músculos y huesos, y despellejarlos vivos.

Y justo cuando cojo aire para llamar una vez más a Kaila, los inmensos portones se abren. La entrada, sumida en penumbra, deja entrever una silueta. Un segundo más tarde aparece un hombre rechoncho, con unos anteojos que se balancean sobre la punta de una nariz bulbosa y con el sigilo del reino tallado en un broche que lleva en el chaleco.

—Rey Ravinger. —Se inclina en una pomposa reverencia, aunque el habitual saludo de respeto queda subvertido por la hilera de guardias que, armados con una lanza, desfilan del interior del castillo y toman posiciones detrás de él.

—Sonnil —respondo con frialdad, sin perder la calma, y enseguida advierto un destello de sorpresa en su expresión. Si cree que no he hecho mis pesquisas para conocer a todos los asesores de cada reino es que es un necio.

—No os esperábamos.

Enarco una ceja.

—¿En serio?

La incertidumbre y la perplejidad se extienden ante él como una pesada alfombra. Vacila, por miedo a dar un traspié. Veo cómo se revuelve, incómodo, cómo los nervios lo traicionan y empieza a sudar. Las gotas quedan atrapadas entre ese bigote poblado y grisáceo. Debo admitir que, aunque lleve una decena de guardias guardándole las espaldas, hay que tener un par de huevos para plantarse aquí, delante de mí.

—Rey Ra…

—Dile a tu reina que salga, Sonnil.

Se aclara la garganta.

—Me temo que no puedo hacer eso, majestad.

Chasqueo la lengua.

—Respuesta incorrecta.

Un riachuelo de podredumbre mana de la suela de mis zapatos, y empieza a esparcir su veneno por el suelo. Se escurre por la arena como un puñado de serpientes del desierto, como víboras dispuestas a atacar a su presa, a hundir sus colmillos en el suelo e inyectar su veneno en la tierra.

Sonnil baja la mirada y al ver que la podredumbre se va extendiendo como los tallos de una enredadera hambrienta, comienza a palidecer. Uno a uno, los peldaños de piedra empiezan a resquebrajarse, a desmoronarse, y la arena que cubre el patio se tiñe de un marrón oscuro. Cuando mi poder alcanza el escalón sobre el que está el asesor, él se tambalea, perplejo, y ahoga un grito. Los guardias que lo escoltaban retroceden varios pasos mientras observan aterrorizados cómo las raíces se van aproximando peligrosamente a sus pies.

—Rey Ravinger, no podéis… ¡Sería una declaración de guerra! —grita Sonnil. La podredumbre empieza a rodear la escalinata, y el atemorizado asesor emprende la acción de recular.

—La primera declaración de guerra fue instigada por tu reina. Ahora, dile que salga.

Pero en lugar de hacerme caso, comete el error de dar un papirotazo con los dedos. Una señal que el muy ingenuo cree que me pasaría desapercibida. Giro la cabeza hacia la derecha y afino el oído hacia los arqueros, que no dudan en disparar sus flechas.

El tiempo se ralentiza.

Oigo el chasquido de las cuerdas, el débil silbido de las flechas cortando el aire. Mis instintos feéricos afloran.

En una fracción de segundo, me doy la vuelta y atrapo la primera lanza con la mano, como si fuese una pluma que flotaba en el aire. Esquivo las otras tres, aunque dos pasan a escasos milímetros de mi cuerpo y acaban atravesando a uno de los guardias. La última queda clavada en una grieta de la muralla del castillo.

Cuando me vuelvo a Sonnil, el guardia con las flechas en el pecho se tambalea y se desploma sobre el suelo, y el peldaño podrido se derrumba bajo su peso. Los otros guardias se apresuran en retroceder, aunque no todos corren la misma suerte y más de uno pierde el equilibrio y se tropieza cuando los peldaños se desintegran.

Chasqueo la lengua y meneo la lanza que sujeto en la mano.

—Mala idea.

Los ojos de Sonnil revolotean por encima de mi hombro y, de repente, da un respingo. Lo observo con detenimiento mientras la mirada angustiada del asesor sigue un movimiento y va bajando, y bajando, y bajando.

¡Pum!

Los cuerpos podridos de los arqueros que han osado dispararme ahora yacen a los pies del muro defensivo del castillo, sobre un patio corrompido por mi poder.

Los ojos del asesor reptan de nuevo hacia mí. No parpadea y le tiemblan las manos, pero el muy idiota abre esa bocaza que tiene.

—¡Atacad!

Otra mala idea.

Derribo a todos y cada uno de los hombres que le guardaban las espaldas en un abrir y cerrar de ojos. No les doy tiempo ni a desenvainar las armas. La podredumbre se enrosca alrededor de cada garganta y las constriñe como si de una soga se tratara. Sueltan las espadas y las lanzas mientras se retuercen en el suelo como sabandijas y se arañan el cuello para tratar de zafarse de mi poder, pero la podredumbre no perdona. Los que vigilaban las torres se precipitan al patio.

Sonnil se da la vuelta, estupefacto.

—¡Parad! ¡Parad esta barbarie!

—Dile-que-salga.

El pobre desgraciado empieza a lloriquear.

—¡No puedo!

Levanto la lanza que tengo en la mano y apunto directamente a su yugular. Él fija la mirada en la lanza y, con los ojos desorbitados, ve cómo la podredumbre va consumiendo la madera del mango, la misma podredumbre que va a ulcerarle la garganta. Hundo la punta afilada de la lanza en su piel, y una gota de sangre rueda por su cuello.

En un acto reflejo, el asesor se aparta, pero apoya el talón en un peldaño y la piedra se quiebra. Pierde el equilibrio y a punto está de caerse de bruces cuando, para colmo, se tropieza con los guardias que convulsionan en el suelo. El olor a pis mancilla la brisa marina.

—¡Por favor!

Y justo cuando me dispongo a infectar la sangre que corre por sus venas, advierto un movimiento por el rabillo del ojo, y una figura sale a toda prisa del castillo.

—Rey Ravinger, ¡para!

Entorno los ojos al oír esa voz, y un segundo más tarde el hermano de la reina Kaila aparece por los inmensos portones del castillo.

Manu Ioana.

Con su larga melena azabache repeinada hacia atrás, su chaleco azul y sus pantalones oscuros, parece el mismo tipo refinado y elegante de siempre. Luce el mismo aspecto que cuando vino a mi castillo. Que cuando me robó a Auren y se sentó entre el público del Cónclave. Como un espectador ansioso por presenciar su ejecución por puro entretenimiento. Retuerzo los labios de la rabia, como los bordes de un pergamino cuando los acercas a la llama de una vela.

Me giro hacia él, y me olvido por completo del asesor. Manu no duda en pasar por encima de los guardias moribundos para darme la bienvenida.

—Tú…

Levanta las dos manos en un intento de calmar los ánimos.

—Sé que estás enfadado…

—¿Enfadado? —repito, y una carcajada perversa y fría escapa de mi garganta—. No estoy enfadado. Estoy furioso. —Doy un paso hacia delante, y mi podredumbre avanza por los peldaños, arruinando la piedra—. Dile que salga ahora mismo o pudriré su querido castillo.

Su mirada oscura se ilumina.

—No puedo —dice, apretando los dientes—. No está aquí.

Una pausa.

—¿Dónde está?

Manu no responde, y sacudo la cabeza, asqueado.

—Está en el Sexto Reino, ¿verdad?

Abre las aletas de la nariz, confirmando así mis sospechas. Debería haber adivinado sus intenciones. Debería haber imaginado que volaría hasta Alta Campana para seguir expandiendo su poder e influencia. Estoy convencido de que sabía que vendría en busca de venganza, y aun así prefirió largarse y dejar que otros se enfrentaran a mí en su nombre.

Cobarde.

Ladeo la cabeza y examino minuciosamente al hermano de la reina, cuyas ojeras son tan oscuras y pronunciadas que casi le llegan a los pómulos.

—¿Qué ocurre, Manu? ¿Acaso mentir y secuestrar a una inocente no te deja dormir por las noches?

Veo que traga saliva y, durante un segundo, me parece reconocer la sombra del remordimiento en su expresión, pero enseguida recupera su semblante estoico.

—Cumplía órdenes. Le juré lealtad a mi hermana, y soy un hombre de palabra. Igual que tú. No hice más que cumplir con mi deber —replica.

Las venas de mi cuello me martillean la mandíbula, como si quisieran atravesarme la piel y abalanzarse sobre ese insensato.

—Lo que ocurrió en el Cónclave…

Antes de que pueda terminar la frase, mi mano sale disparada y le estrangula las palabras. Varios guardias se han escabullido de sus puestos para rodearme, y las ventanas del palacio están abiertas de par en par. Tras ellas, varios hombres me apuntan con sus flechas.

Pero los ignoro.

Porque toda mi atención está en seguir teniendo a Manu agarrado por el cuello, notando su pulso bajo mi pulgar, apretándolo un poco más.

—Lo que ocurrió en el Cónclave fue el peor error que ha cometido tu hermana.

Lo estoy ahogando. Su rostro ya ha empezado a adoptar una tonalidad morada por la falta de aire y se le han hinchado tanto los ojos que parece que vayan a explotar. Me resultaría tan fácil pudrirle esos ojos, corroerle el corazón.

—Si me aceptas un consejo, yo les diría que bajaran las armas.

Manu alza una mano para ordenar a sus hombres que se mantengan al margen. En honor a la verdad, es un tipo valiente porque en ningún momento se revuelve para tratar de que lo suelte, ni tampoco forcejea. Deja que le estrangule las vías respiratorias y que lo levante del suelo como si fuese una simple marioneta, porque ahora mi fuerza feérica ha salido a relucir, igual que mi magia.

Pego mi cara a la suya, y cuando aprieto los dientes, Manu se encoge de miedo.

—Tu hermana vilipendió y denigró a Auren. Difundió mentiras sobre ella. Ordenó que me la arrebataran. Y tú obedeciste sus órdenes.

El pánico que se ha apoderado de Manu no basta para satisfacerme.

En un instante, expulso mi podredumbre y el suelo que se extiende a mis espaldas se quiebra, tragándose a decenas de guardias que habían formado filas detrás de mí. Una explosión de gritos de sorpresa y terror llenan el aire y el patio se derrumba, se viene abajo, y los sepulta en una tumba de arenas movedizas. Los arqueros que me apuntaban desde las ventanas también caen al patio, pues la podredumbre ha reptado hacia ellos y, como si fueran cuerdas, los ha arrojado al suelo. Su sistema nervioso colapsa, sus huesos se marchitan.

Sonnil gatea por el suelo en un intento de escapar de mi magia, pero los peldaños ceden bajo su peso. Un hedor a putrefacción contamina el aire, y el que antaño fue un castillo pintoresco ahora no es más que una vorágine de destrucción. Mi poder se propaga por los muros, penetra en los tejados de coral, deteriora las puertas de madera. El agradable sonido de las olas oceánicas se ve anegado por los chillidos agónicos de los guardias.

Una lástima que Kaila no esté aquí para ver con sus propios ojos cómo destruyo su amado castillo.

Y mientras todo se derrumba a mi alrededor, yo sigo sujetando a Manu, porque quiero que presencie ese espectáculo, porque quiero que oiga ese coro mórbido de bramidos. Porque quiero que sepa que podría matar a cualquier persona que se atreviese a desafiarme, incluido él, y que podría hacerlo con tan solo chasquear los dedos. Lo sabe. Lo veo en sus ojos. Igual que también veo una aterrorizada resignación.

Manu se revuelve en mi puño y consigue gruñir palabras entrecortadas.

—Mátame… entonces, Ravinger. Esa… será tu… venganza.

—¡No, mi señor! —grita Sonnil.

Se me escapa una risa malvada, acerco la boca al oído de Manu y, para sonar aún más alienado, bajo el tono de voz.

—Oh, Manu, no voy a matarte.

Me aparto un poco para ver ese destello de confusión y miedo en su mirada.

—La muerte no es suficiente. Quiero que tú y tu hermana sufráis —digo con un tono de voz espeluznante—. Kaila ordenó que secuestraran a la persona más importante de mi vida, y pienso hacer lo mismo. Entre nosotros, ha sido una grata coincidencia que hayas sido tú quien salió por esa puerta para enfrentarte a mí, Manu, porque la persona más importante para Kaila eres… tú.

Le concedo dos segundos para que abra los ojos como platos, y después envío una ola de podredumbre a un nervio del cuello. Manu se desmaya al instante.

Arrojo su cuerpo inmóvil sobre mi hombro, me doy media vuelta y me marcho por donde he venido, siguiendo el estrecho caminito que he dejado intacto y sin pudrir. El ruido de los guardias ahogándose a mis espaldas acompaña el sonido de mis andares mientras paso junto a aquellos que aún tratan de escapar de esa arena infecta y pútrida.

Cimera está lejos de ese suelo en descomposición, y abre el hocico como la bestia depredadora que es, como si quisiera devorar a los soldados que tratan de sobrevivir en el patio ahora en ruinas. Ato a un Manu inconsciente a la parte posterior de la montura antes de subirme y agarrar las riendas.

El silencio vuelve a instalarse en mi atronadora rabia cuando echo un vistazo a esa carnicería. Las puertas del castillo se deterioran, las bisagras se corroen. Los cristales de las ventanas se hacen añicos y las líneas de podredumbre se abren camino entre la arena de la playa como venas de sangre infectada, embalsamando los cuerpos en una mortaja pútrida.

Pero no es suficiente.

Los dejo ahí tirados, ahogando gritos de terror, asfixiándose, observando el cielo, tratando de aferrarse a la vida mientras mi magia se la arrebata poco a poco. Y entonces veo a Keon, el marido de Manu, que de repente sale corriendo del castillo. Al darse cuenta de a quién tengo amarrado a lomos del ala maderera, su expresión se transforma en una mueca de terror, pero antes de que pueda dar un paso más, las puertas se derrumban sobre él.

Chasqueo las riendas. Cimera extiende las alas y echa a volar.

Atrás dejo un castillo desmoronándose y un suelo intoxicado, a decenas de cadáveres que se marchitarán sobre una arena corrompida.

Un mensaje.

Lo único que lamento es no poder ver la cara de la reina Kaila cuando descubra que le he robado a su hermano, asesinado a sus guardias y podrido su castillo.

La gente debería prestar más atención a mis palabras. Les advertí que no dispararan las flechas. Les advertí que no me jodieran, ni a mí, ni a Auren.

Cimera deja escapar un rugido y empieza a batir las alas con vigor. Vamos ascendiendo a las alturas, atravesando las nubes a la misma velocidad con que descendimos. Ryatt debe de estar de camino al Cuarto Reino.

Pero ¿yo? Yo no pienso volver a Cerro de Arroyos, al menos de momento.

Ilustración de una campana.

6

Reina Malina

Me asomo por entre los barrotes de la ventana y observo el camino que serpentea entre las grietas dentadas que cubren el suelo. Desde aquí arriba, desde la torre más alta del castillo de Cauval, veo al ejército moviéndose cual víbora hambrienta por entre la nieve. Como un saqueador que, de forma furtiva y sigilosa, va abriendo un camino de hostilidad.

Un ejército de seres feéricos.

Todavía no doy crédito a lo ocurrido. Los seres feéricos llevaban siglos desaparecidos. El único vínculo que conectaba ambos mundos se rompió. Para siempre. Todos partieron al que consideraban su hogar. No querían saber nada de Orea porque no querían saber nada de nosotros. Se creían superiores a nosotros porque habían traído la magia a nuestro mundo, una magia que, sin su presencia, se desvanecía. Romper ese nexo de unión debería haber marcado el punto y final de la historia.

Y así fue durante muchísimos años.

Hasta ahora.

Mi mirada se desliza hacia la izquierda. Apenas alcanzo a verlo desde la ventana, que por cierto me ofrece una perspectiva privilegiada, pero justo ahí está la entrada del puente de Lemuria.

Por donde no dejan de marchar manadas de seres feéricos.

Aprieto los puños, pero una punzada de dolor me obliga a extender de nuevo los dedos. Bajo la mirada y me fijo en el corte que me atraviesa las palmas de las manos. La cicatriz ha adoptado un color azulado, igual que la piel que la rodea, cuando lo habitual es que se tiña de granate por la sangre seca. Una finísima capa de escarcha recubre la herida, que no parece dispuesta a curarse, a cerrarse.

«Soy la reina Malina Colier de la estirpe real de los Colier, y ofrezco mi sangre voluntariamente para restaurar lo que se perdió y ganar lo que vendrá».

Mi voz retumba en mis oídos y acto seguido siento una opresión en el pecho. Los recuerdos de esa noche flotan como pompas de jabón en mi mente, pero poco a poco todo lo acontecido empieza a asentarse y al fin comprendo lo que realmente sucedió. Tengo la sensación de haber despertado de un sueño floreado, y la realidad se ha convertido en una auténtica pesadilla.

Los gemelos feéricos me mintieron. Me engañaron. Me manipularon y utilizaron una magia negra para hacerme ver lo que no existía, lo que no estaba ahí. Hasta que accedí a entregarles mi sangre y ese dichoso puente reapareció.

Los primeros soldados feéricos en atravesar el puente me trajeron a rastras hasta el castillo de Cauval y me encerraron en esta celda siguiendo las órdenes de Pruinn. No he vuelto a ver a Fassa y a Friano desde entonces, y ya han pasado varios días, quizá incluso semanas. La verdad es que me cuesta medir el tiempo. Tal vez sea porque aquí, en los confines del mundo, el tiempo transcurre de diferente manera.

He entrado en cólera en incontables ocasiones, he pasado largas horas caminando de un lado a otro de esta habitación, he escupido blasfemias a diestro y siniestro, pero nadie se ha dignado a escucharme. Ni a mirarme. Ni a prestarme la más mínima atención.

Siempre he recibido ese trato hostil y displicente de quienes me han rodeado. En cuanto sirvo en bandeja aquello que los hombres ansían de mí, me apartan de sus vidas y me hacen a un lado. Para ellos, solo tenía una cosa por la que merecía la pena tenerme a su lado.

Mi sangre.

Observo mi reflejo en una esquirla de cristal que todavía permanece sujeta al marco de esa ventana rota. Parezco un fantasma. No recuerdo la última vez que cepillé esa melena blanca, la misma que ahora cae sin gracia ni brillo sobre mis hombros. No dispongo de aceites ni jabones para lavarme el pelo, y el vestido que llevo está arrugado. Y sucio. Mi rostro se ve claramente demacrado y mi tez macilenta. Mis pómulos parecen más marcados y afilados, y unas ojeras casi moradas contrastan con mi piel, tan pálida que parece la de un difunto.

Tengo un aspecto decadente y ruinoso, igual que este castillo.

La restauración fue una farsa. Esta habitación está intacta, pero deja mucho que desear. Ni papel pintado que decore las paredes, ni una triste capa de pintura, ni una alfombra en el suelo, ni un candelabro que otorgue un toque de calidez. El tiempo y el frío han ido desgastando este castillo, convirtiéndolo en un lugar estéril.

Como yo.

¿La cama? En un principio pensé que iba a ser cómoda y enorme, ingenua de mí, pero la verdad es que está torcida. Le faltan dos patas, el colchón está repleto de manchas y la colcha está raída y deshilachada. La bañera es en realidad una palangana de hojalata para lavar la ropa, y el aire apesta al polvo y moho que hace décadas moran aquí dentro.

Ya no percibo el perfume de esas flores cristalinas. Ya no oigo esa melodía lírica. Se me revuelven las tripas cuando pienso que estuve bajo un hechizo feérico que me hacía creer que este lugar parecía sacado de un cuento. Apuesto a que los gemelos se lo pasaron en grande a mi costa.

Cierro los puños una vez más, y siento un escalofrío por todo el cuerpo. Ahogo un grito y echo un vistazo a las palmas de mis manos, que se han llenado de diminutos copos de nieve. La nieve brota de la cicatriz, como pus de una herida infecta, y cae al suelo, y al hacerlo deja pequeños montoncitos de nieve.

Magia.

Una magia fría y ajena que, por algún motivo, afloró en mí en el momento en que los gemelos feéricos llevaron a cabo su maquiavélico ritual.

«“Mi hermano y yo poseemos una magia única, mi reina. Solo funciona en tándem. Yo puedo crear algo nuevo…”».

«“Y yo restaurar algo viejo”».

«“La sangre de un miembro de la realeza de Orea, una sangre pura. Una ofrenda que debe brindarse de forma voluntaria para así poder restaurar este reino de Orea…”».

«“Al ofrecernos vuestra sangre, la magia de mi hermano instilará unas gotas de magia en vos, y os dotará de lo que necesitáis para gobernar”».

Mentiras y verdades entretejidas.

No creían que mereciera gobernar. Tan solo necesitaban mi sangre para restaurar el puente, y se las regalé sin oponerme. De forma voluntaria. Parece ser que Friano tenía razón. El poder de su hermano me regaló un don mágico a cambio. Una cascada de nieve y hielo que, o bien se derrama de manera incontrolada, o bien permanece en estado de frígida hibernación dentro de mí.

No me sirve de nada.

Oigo un chasquido metálico detrás de mí, y doy un respingo. Hace horas que no oigo nada, salvo el ruido de mis pensamientos y el gemido del viento colándose por la ventana, así que cualquier otro sonido me sobresalta. Echo un vistazo por encima del hombro y advierto una bandeja que ha aparecido como por arte de magia sobre la mesa rota. Siempre contiene lo mismo. Un mendrugo de pan. Un cuenco de caldo. Una taza de té.

Es la ración de un prisionero.

Aparto la mirada con ademán de absoluto desinterés.

Levanto los brazos, enrosco los dedos alrededor de los barrotes de hierro forjado y echo un vistazo ahí fuera. La brisa gélida que sopla en el Séptimo Reino no me molesta en absoluto, ni tampoco el frío que impera dentro de mi habitación. El montón de madera que hay dentro de la chimenea permanece intacto. No me he molestado en encender un fuego porque la verdad es que no lo necesito.

No lo quiero.

Observo a más regimientos de soldados pululando por aquel paisaje nevado. Sé que el resto del castillo se ha transformado en una especie de base militar. La verdad es que solo he podido vislumbrar a algunos seres feéricos entrando y saliendo del castillo, y solo he podido escuchar gritos o voces retumbando en los muros derruidos cuando, por milagro divino, el viento dejaba de soplar.

Sin embargo, no me hace falta escuchar conversaciones ajenas. No necesito ver las armas, ni las tropas de soldados que están asentándose en Orea para adivinar su plan. Los gemelos tuvieron el descaro de decírmelo a la cara. Los seres feéricos han regresado para hacerse con el control de Orea. ¿Y ese ejército? Se dirige hacia Alta Campana.

Mi reino.

Los barrotes se tornan gélidos bajo mis manos. La escarcha, de un tono azulado, se va extendiendo por el metal oxidado, y enseguida los suelto para estudiar las manos. Para estudiar el corte que las atraviesa. La escarcha retrocede, y esa aguanieve de color añil apagado se arrastra por mi piel y se cuela por la cicatriz. Agarro los barrotes de nuevo, e insto a la escarcha a brotar de mis manos otra vez, pero no lo consigo.

Igual que todas las veces que he pretendido —y he fracasado— controlarla.

El rocío surge de esos cortes sin avisar, y cada vez que intento usarlo o manejarlo, recula y desaparece.

—Un talento curioso.

Me giro de inmediato hacia la voz, y me topo cara a cara con el asesino, nada más y nada menos. Las sombras se arremolinan a su alrededor como si fuera una nube de vapor. Su presencia representa una amenaza porque, aunque todavía no me ha matado, no puedo ni debo olvidar que ese fue el único motivo por el que me siguió el rastro hasta aquí. No he logrado borrar de mi memoria la imagen de ese mercenario asesinando a mis guardias, hundiendo una espada en el pecho de Jeo.

Lleva su habitual capa negra y su habitual capucha echada sobre la cabeza, que le tapa casi la mitad del rostro. Lo único que alcanzo a ver es una tez color chocolate y una mancha mucho más clara alrededor de su boca. Tuerce los labios en una sonrisa desdeñosa y a pesar de que no consigo ver su mirada, siento sus ojos perforándome.

—¿Por esto lo hiciste? —pregunta, y apoya la espalda sobre la pared y se cruza de brazos.

Esa actitud engreída y de exagerada comodidad me exaspera. No sé cómo funciona su magia, pero al parecer tiene la capacidad de materializarse donde y cuando quiere. La idea de que pueda aparecer en mi habitación cuando le plazca me asusta, y en ese instante siento un escalofrío por la espalda.

—¿Por esto hice el qué?

Aunque lleva la capucha puesta y ese halo de sombras lo envuelven en una negrura espesa, advierto un destello de rabia en su mirada.

—No te hagas la tonta, reinecita —dice, y esta vez utiliza una voz profunda y ronca. Siempre percibo esa aspereza en sus palabras, como si hiciera mucho que no dice absolutamente nada—. Por todos es sabido que Malina Colier nació sin poder alguno. ¿Por eso has traicionado a tu mundo? ¿Porque ese trío de capullos feéricos te prometió que después podrías hacer algún que otro truco de magia?

Siento que la rabia contenida explota en mi interior, que las esquirlas se clavan en mi lengua, y, en lugar de tragármelas, decido escupirlas.

—¡No he traicionado a mi mundo, los seres feéricos me han traicionado a mí! ¡Todo es culpa suya!

Él se aparta de la pared en un movimiento tan rápido que pego un brinco. No me da tiempo siquiera a disimular mi asombro. No puedo confiarme y olvidar, ni por un instante, que es un asesino a sueldo.

—Todo es culpa tuya —me gruñe a la cara. Las sombras que revolotean a su alrededor se vuelven erráticas al percibir su ira, y empiezan a enrollarse, a dibujar espirales en el aire, como el humo que emerge de una pira; una imagen que me hace pensar en muerte y destrucción. Sin embargo, ahora que lo tengo tan cerca, puedo fijarme en más detalles de su rostro y distingo unos ojos oscuros que irradian odio y una profunda inquina—. Por tu egoísmo. Por tu prepotencia y arrogancia. Por tu asqueroso ego.

—¿Cómo te atreves…?

Y entonces me agarra por la garganta. Me quedo tan aturdida y tan perpleja ante ese gesto tan osado y temerario que mis palabras quedan suspendidas en el aire. Y no porque me esté estrangulando con tal fuerza que no pueda coger aire, porque lo cierto es que apenas está apretándome el cuello, sino por el calor que desprende su piel. Una súbita oleada de calor que me pilla totalmente desprevenida. Esa lengua de fuego me lame la piel y siento una quemazón que solo puedo tildar de dolorosa. Y es entonces cuando me doy cuenta de cuán fría está mi piel.

—Cómo te atreves tú. Si hay un culpable de que en estos momentos Orea esté siendo invadida por un ejército de seres feéricos eres tú. ¡Despierta de una puta vez y haz algo!

Levanto el brazo y le aparto de un fuerte manotazo. Él no opone resistencia.

—¿Y qué esperas que haga?

—¿Qué tal si empiezas por asumir tu jodida responsabilidad en todo este asunto? —gruñe.

—Te lo acabo de decir. Fueron ellos quienes provocaron todo esto. Fui víctima de una astuta manipulación.

—Y tú estabas encantada con que te regalaran los oídos, ¿verdad que sí? Se dedicaron a enumerar todos los lujos que merecías, y de los que te habían privado. Y en ningún momento se te ocurrió cuestionar todos esos halagos, porque iba en línea con lo que tú piensas desde hace muchos años. Crees que el mundo está en deuda contigo porque eres una zorra orgullosa con título de reina.

Aprieto los dientes y mastico unas minúsculas esquirlas de hielo.

—No me llames zorra.

—Pues deja de actuar como tal —ladra él.

—Yo no he tenido nada que ver. Los seres feéricos han sido los causantes de todo esto.

—Otra vez con lo mismo —replica, y el rencor nada en las oscuras profundidades de sus ojos—. Siempre es culpa de otro. Problema de otro. Pero la fea y cruda realidad es que tú has consentido todo cuanto te ha pasado a lo largo de tu vida.

Tenso los músculos de la espalda ante tan descarada acusación.

—Tú no sabes nada.

—Y por lo visto, tú no sientes nada. ¿Acaso te importa que esos soldados estén marchando hacia el Sexto Reino?

—Por supuesto que me importa —espeto.

Me repasa de pies a cabeza con expresión de evidente desagrado. Como si le diera asco, como si lo repeliera.

—Pues no lo parece, Reina de Hielo. Quizá sean ciertos los rumores que aseguran que tienes un corazón de hielo.

La rabia me corroe por dentro, y siento un millón de astillas de hielo clavándose en mi pecho.

—Lárgate.

—No. Creo que me quedaré aquí —contesta él, y recorta la poca distancia que nos separa, hasta que su pecho toca el mío. Me quedó inmóvil, como una escultura de hielo. El calor que ese hombre emana es tan extraño y asombroso que respiro hondo y dejo que ese aire cálido llene mis pulmones y empape mis costillas. Es como si anhelara encender una chispa en mi interior, como si él fuera el pedernal y yo, la piedra—. Creo que prefiero quedarme aquí y atravesarte el pecho con mi espada para así comprobar en primera persona si la punta se hunde en un bloque de hielo o en una mortal de carne y hueso.

—¡Es mi reino al que ahora mismo se dirigen! —le grito a la cara, y el estridente sonido de mi voz parece cortar el aire con un filo invisible—. No tienes ni idea de lo que siento, así que no saques conclusiones precipitadas.

—Bien —murmura él, e inclina esa cabeza ensombrecida un poco, lo justo para que en su mirada vea el inconfundible brillo de una amenaza—. Entonces dime lo que sientes, Reina de Hielo. Dímelo, y no te dejes nada en el tintero. Cuéntame cómo te sentiste cuando tu reino te repudió. Cuando tu marido te rechazó. Cuando tu pueblo se sublevó contra ti. Cuando tu padre apenas te dirigía la palabra y toleraba tu presencia porque no atesorabas un poder mágico. —Se agacha un poquito más para susurrarme al oído la última frase—. Cuando asesiné a tu amante.

Se me seca la boca.

Él se aparta ligeramente para observar mi reacción. Su mirada repta por mi rostro y yo inspiro hondo para tratar de recuperarme de ese demoledor ataque. El aire que flota entre nosotros se vuelve espeso y el ambiente se llena de algo mucho más pesado que la tensión. Nuestra respiración parece haber entrado en guerra. Inhalamos al mismo tiempo, hinchamos el pecho como un par de pavos reales, como si estuviéramos librando una batalla por hacernos con el control. Por hacernos con el espacio. Y los dos deseamos que sea el otro quien dé su brazo a torcer y admita la derrota.

O quizá… los dos queremos seguir luchando.

Seguir sintiendo.

Aunque hace ya muchos días que solamente noto un frío suave y agradable, el calor de su cuerpo y las exhalaciones de su respiración parecen acariciarme la piel, y por primera vez me embarga una sutil pero inconfundible sensación de calidez. Una calidez que derrite el entumecimiento en el que estoy encallada y, en honor a la verdad, no… me desagrada.

Lo cual me enfurece sobremanera.

Me revuelvo y me aparto de él con evidente brusquedad. Pongo distancia entre nosotros para ahuyentar el calor, porque no quiero que nuestros cuerpos vuelvan a tocarse. Sus sombras convulsionan a su alrededor mientras me examina con detenimiento.

—Sácame de aquí.

El asesino arquea una ceja negra.

—¿Perdón?

Adopto mi postura regia habitual y hago un esfuerzo titánico para disimular mi reacción, fingiendo que no he sentido absolutamente nada.

—Sé que tus sombras mágicas lo lograrían. De lo contrario, no habrías podido colarte aquí. Así que sácame.

—¿Y qué te hace pensar que voy a hacerlo?

—Porque a diferencia de lo que crees, sí me importa lo que le ocurra a Alta Campana. Están marchando hacia mi reino —digo, y señalo hacia la ventana—. Necesito alertar a mi pueblo.

—Quieres alertar a tu pueblo —repite él sin un ápice de emoción en su voz—. ¿El pueblo que te destronó, que rechazó tu presencia, que te abominó durante todo tu reinado? ¿En serio quieres alertarlos?

La ira se entrelaza entre mis costillas, y tira con fuerza, como si fuese un corsé. Sus palabras me asfixian y me cuesta respirar. Porque esas palabras, hirientes a la par que exasperantes, me recuerdan que me han repudiado y despreciado. Son demasiado afiladas. Demasiado mordaces. Sus palabras han reabierto una herida y temo desangrarme aquí mismo.

—¿Vas a ayudarme a escapar o no?

Él me observa en silencio durante un buen rato, y el único sonido que rompe esa quietud es la ráfaga de viento que entra por la ventana rota. Espero. No soy capaz de tomar aire hasta oír su respuesta.

Sé que esto es una locura. Ese tipo es un mercenario sin escrúpulos al que Midas contrató para que me matara y, sin embargo, no hay nadie más en este mundo al que pueda recurrir para pedirle ayuda, porque no tengo a nadie.

Nunca he tenido a nadie.

Al fin abre la boca.

—No.

Su negativa me deja boquiabierta.

—¿No?

—No —repite.

—¿Por qué no?

—Porque no te creo.

Doy un paso hacia atrás, sorprendida.

—¿No me crees?

Él se da media vuelta, y sus sombras lo acompañan. Se acumulan entre los pliegues del bajo de su capa, como una cola larguísima que barre el suelo cuando empieza a alejarse de mí. Y de mi solicitud.

—¡Disculpa! ¡Te acabo de hacer una pregunta! —grito al darme cuenta de que realmente se va a marchar. Necesito que recapacite, que él y sus sombras se vuelvan hacia mí, aunque no acabo de comprender el porqué de esa repentina necesidad. Él se detiene frente a la puerta y me mira por encima del hombro.

—Y te he dado una respuesta, reinecita. Convénceme de que quieres salir de aquí, ofréceme un motivo realmente creíble y lógico, y entonces hablaremos.

El asesino empuja y agita las sombras para que queden suspendidas a su alrededor, como una columna de humo denso que se arremolina alrededor de las llamas. Poco a poco, esa nube de oscuridad lo cubre por completo y emite un destello de luz cegadora. Y desaparece, llevándose a todas sus sombras con él.

Llevándose todas mis esperanzas.

La devastación empieza a excavar un agujero en mi alma, como una bestia hambrienta y desesperada. Una bestia de zarpas afiladas que me araña las costillas y anida en lo más profundo de mi pecho, porque todas las acusaciones que me ha lanzado… son ciertas.

Aquí estoy, sola y desamparada y con todas esas verdades hostigándome. Sola con el frío. Aunque mi pecho aún mantiene algo de calor. Justo en el punto en el que rocé su piel.

Y no… me desagrada.

Ilustración de un árbol frondoso.

7

Auren

La consciencia aparece acompañada de una suave brisa.

Un extraño soplo de aire fresco que me acaricia los pies. Todavía noto palpitaciones en ambas plantas, aunque el dolor ha remitido un poco y ya no es tan desgarrador como llegó a ser. Frunzo el ceño antes de abrir los ojos. Los párpados me pesan una barbaridad, pero al fin consigo despegar las pestañas. Es entonces cuando distingo la silueta de una mujer cerniéndose sobre mí. Estoy tendida en el suelo y la desconocida me sopla suavemente los dedos de los pies.

No muevo ni un solo músculo. Trato de orientarme y adivinar dónde estoy mientras observo a la misteriosa mujer que no deja de soplarme los pies desde todos los ángulos. Debo reconocer que su aliento me tranquiliza. Es como un bálsamo que se extiende por las quemaduras de los pies. No hay ni un solo centímetro de piel que haya quedado intacta.

Cuando por fin consigo despertar de ese letargo y recupero el conocimiento, reparo en un detalle importante. La respiración de aquella mujer no solo mitiga el dolor de mis pies, sino que además los está curando.

Ante tal revelación, abro los ojos como platos y me incorporo, apoyándome en los codos para no perder el equilibrio. El repentino movimiento ha debido de asustar a la pobre mujer, que se tambalea, retrocede varios pasos y posa las manos sobre su vestido amarillo.

—¡Oh, lo siento muchísimo! No pretendía despertarte —dice con voz dulce—. Me llamo Estelia.

Luce una tez morena que me recuerda al chocolate y una melena de tirabuzones negros que caen en cascada hasta sus hombros. Advierto unos reflejos de color naranja vibrante a lo largo de sus pómulos, pero no es maquillaje. Es como si su piel hubiese adoptado ese precioso color en las manzanas de las mejillas, un color que se extiende hasta el extremo de sus cejas, pobladas y arqueadas. Ese rubor natural hace resaltar el color ámbar de su mirada.

—Aunque me alegro de que te hayas despertado. ¿Te importa que te siga curando las quemaduras de los pies? Mi aliento es sanador, y estoy a punto de terminar.

Echo un vistazo a la habitación, sin saber muy bien qué decir o hacer. Ella interpreta mi silencio como un sí, y se agacha de nuevo para soplarme la planta de los pies. En el instante en que siento su exhalación en mi piel, tengo que morderme la lengua para no soltar un gruñido de alivio.

Expulsa su bendito hálito varias veces más y después se pone en pie.

—Ya está —dice con una sonrisa amable.

Mi vista repta hasta mis pies, unos pies que minutos antes estaban en carne viva y ensangrentados. Es como si hubiera pasado al menos una semana. Me incorporo del todo y doblo las rodillas para examinar las plantas de cerca. Los talones por fin han dejado de sangrar y las ampollas que recubrían los arcos de mis pies han desaparecido. Los dedos tampoco están quemados y aunque la piel que recubre los costados parece haberse pelado, ya se ha empezado a formar una nueva capa.

—¿Cómo…? —se me quiebra la voz porque tengo la garganta seca—. ¿Cómo lo has hecho?

Estelia coge un alfiler de latón que llevaba escondido en el cuello del vestido y lo utiliza para sujetar un tirabuzón rebelde que se balanceaba sobre su mirada.

—¿Te sientes mejor? —pregunta.

—Mucho mejor —respondo, porque es la verdad. El dolor se ha ido mitigando y ahora solo noto un ligero escozor, como si me hubiera quemado bajo un sol abrasador. Ahora es un dolor tolerable, un dolor que incluso podría ignorar. Nada queda de la abrasadora agonía que he sufrido.

—Bien —dice ella, satisfecha, y asiente con la cabeza mientras coloca las manos sobre las caderas—. He hecho cuánto he podido. Tenías los pies destrozados, pero deberías notar cierta mejoría. No soy más que una curandera novata y por eso me temo que no puedo curarlos por completo —explica, y se seca una gota de sudor que le rodaba por la frente—. No puedo hacer nada más por ti porque no he recibido una formación específica que me acredite como curandera. Entre nosotras: tampoco lo habría querido. De haberlo sabido, estos no habrían tardado ni un segundo en meterme en una carreta y mandarme a la capital. Gracias, pero no. Tengo mi propia vida, por no mencionar el negocio familiar que atender. No quiero saber nada de la monarquía. Eso no es vida. En fin, que a pesar de no tener los conocimientos para tratar heridas graves y profundas, me encargo de curar pequeños cortes y rasguños siempre que alguien lo necesita. Y créeme que, en un pueblo ganadero como este, siempre hay alguien que lo necesita.

Parpadeo varias veces, sin saber qué decir, y mi mirada rebota como una pelota entre mis pies y su cara. Sin embargo, hay algo de lo que ha dicho que no me ha pasado desapercibido: curandera novata.

Curandera. No sanadora.

Mis ojos sobrevuelan la estancia hasta posarse en sus orejas, que asoman un pelín por entre su melena oscura. Unas orejas que, tal y como presentía, son puntiagudas.

El corazón me palpita con fuerza en el pecho.

—Oh, pero mírame, ya estoy parloteando como una cotorra. Deja que te traiga algo de comida y un poco de agua. Tú descansa. No deberías ponerte en pie al menos hasta mañana, pero si quieres puedo traerte algo para que te asees. —Vacila durante unos segundos y después dibuja una tímida sonrisa—. Me alegro mucho de que estés aquí, lady Auren. Para mí es todo un honor curar tus heridas.

Y antes de que pueda responder, Estelia se da media vuelta, se encamina hacia la parte trasera de la habitación y abre una portezuela de madera que hay en el suelo. Se cuela por la abertura, baja varios peldaños y cierra de nuevo la trampilla, que queda perfectamente camuflada entre los tablones de madera que conforman el suelo.

Ahora que estoy a solas, me tomo unos momentos para contemplar la habitación. Al parecer, estoy en un ático repleto de telarañas. La forma inclinada del tejado obliga al techo a adoptar los mismos ángulos, por lo que es bastante bajo justo donde yo estoy tumbada, pero mucho más alto en el centro. De hecho, podría ponerme de pie y no tocaría el techo. Aun así, la estancia está abarrotada de cosas, y no cabría ni un solo alfiler.

Hay varios baúles apilados llenos de cajas de retales y frascos de víveres, un par de cofres cerrados con llave y una silla inservible con una pata rota. Estoy tumbada en una cama estrecha, en una esquina de la habitación, aunque las sábanas son suaves y el colchón, cómodo. Cuento hasta media docena de almohadas y cojines desparejados, que no combinan entre sí, y un montón de peonías secas esparcidas entre ellos.

A mi derecha han dispuesto una mesita de noche con un lamparín y en la pared que tengo justo enfrente hay una ventana redonda para iluminar la estancia, aunque ahora solo se filtran motas de luz porque está tapiada. Ver esos travesaños clavados en la pared me inquieta, me perturba. No me gusta que me priven de la luz del sol. Me recuerda demasiado a Alta Campana, donde no se me permitía disfrutar del sol.

«¿Dónde estoy?».

Sumida en ese silencio sepulcral, los recuerdos se desperezan y empiezan a trazar garabatos en mi mente, a dibujar imágenes de lo ocurrido. Cada pincelada plasma a la perfección lo que pasó en el Cónclave. Unas gotas de pintura emulan el oro que me arrancaron en contra de mi voluntad y la podredumbre que arrasó con cientos de personas. La sangre carmesí que se derramó por el suelo.

«Slade…».

De pronto, alguien empuja de nuevo la puerta del ático y cuando golpea el suelo, doy un respingo. Estaba tan absorta en mis pensamientos que me sobresalto. La mujer con pelusilla blanca en la cabeza en lugar de pelo se asoma por el agujero. Viene cargada con una bandeja entre sus brazos, por lo que sospecho que le está costando bastante subir los peldaños de la escalera. Cuando por fin logra llegar al último peldaño, esboza una sonrisa que ilumina ese rostro que el paso de los años ha empezado a arrugar.

—Me alegra verte despierta —dice sin que se le borre la sonrisa de la cara, y se acerca. Coloca la bandeja sobre la mesita de noche. Hay un surtido de quesos y varios panes diferentes—. Estelia te ha conseguido un tentempié.

Miro la bandeja y después a la enigmática mujer. No puedo estar más confundida.

—¿No es de tu agrado? Puedo preguntarle si tiene algo más. Por desgracia, ya ha pasado la hora de la cena, así que hasta que no repongan los víveres no podemos ofrecerte nada más, pero sí puedo acudir a la posada y preguntar si les ha sobrado algo que puedan darme. Aunque tendré que ser discreta.

No tengo ni la más mínima idea de por qué tendría que ser discreta, pero niego con la cabeza.

—El plato está perfecto, de verdad. Es solo… que no sé dónde estoy, ni quién eres, ni…

—Soy Nenet —dice, y se atusa los bolsillos del vestido. Incluso en el tenue resplandor que emite el farol advierto varios detalles que me llaman la atención. Tiene el bajo del vestido manchado de marrón y unos borrones de fango en la falda color canela, lo que me lleva a suponer que suele estar arrodillada en el suelo. Examino su rostro y distingo varias manchas en su piel que delatan su edad, una piel tan blanquecina y pálida que incluso alcanzo a ver unas venas azules. Aun así, su porte emana juventud—. Mil disculpas. Debería haberme presentado antes.

—Y… —Noto la lengua pastosa y me cuesta articular las palabras. Desvío la mirada hacia las orejas picudas que sobresalen de entre esos mechones sedosos y plateados—. ¿Dónde estoy?

—Estás en Geisel.

—¿Y eso está en…?

Ella ladea la cabeza al oír la pregunta, extrañada y perpleja, y cuando se percata de que sigo esperando una respuesta, su mirada grisácea se vuelve más afilada y se arrima un poco más a mí.

—Estás en Annwyn.

«Annwyn».

Creo que, en el fondo, ya lo sabía, pero mi mente necesitaba confirmarlo. Mis oídos necesitaban oírlo en voz alta. Pensándolo bien, tenía la verdad delante de mis narices. Podría haberlo adivinado en el instante en que me desplomé del cielo y aterricé en un campo de flores brillantes. Mi cuerpo sabía que había regresado a su hogar en cuanto noté el sol acariciándome la cara.

Me invade una especie de melancolía.

La voz de Nenet se vuelve más tierna, más cariñosa.

—Ahora estás bien, lady Auren.

Noto un hormigueo en la nuca.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Oh, todo el mundo en Geisel sabe tu nombre —responde, y levanta la mano, como si quisiera tocarme el brazo, pero la retira cuando ve que me pongo tensa, incómoda—. Todos los que viven aquí recuerdan a la niña dorada que se perdió. Solo podías ser tú —dice, y su mirada se desliza por mi piel, mi pelo, mis ojos.

Arrugo el ceño.

—Sabía lo que estaba ocurriendo en cuanto lo vi —explica con evidente orgullo—. El cielo se resquebrajó y por esa grieta apareciste tú, como un destello de luz, como una estrella titilante, y entonces caíste del cielo y aterrizaste en ese campo. Igual que hizo ella, aunque de eso ya ha pasado muchísimo tiempo.

Trago saliva.

—¿Igual que hizo quién?

—¿Quién va a ser? Saira Turley, por supuesto.

Se me pone la piel de gallina al oír ese nombre, y noto el acelerado latido de mi corazón en los oídos.

Cuando era pequeña solía rogarle a mi madre que me explicara la historia de Saira Turley una y otra vez. Me encantaba oír el relato de la niña oreana que cruzó el puente a ninguna parte y apareció en un mundo donde reinaba la magia. Una niña que creció y se convirtió en una mujer que se ganó el corazón de un príncipe feérico. Fue ella quien unió Annwyn y Orea, quien forjó una hermandad entre los dos mundos y quien construyó el puente de Lemuria para que las gentes se movieran con plena libertad entre ambos. Era un cuento de hadas precioso.

Muchos recuerdos de mi infancia se han ido difuminando con el paso del tiempo, pero la historia de esa niña siempre ha permanecido viva en mi memoria.

Me aclaro la garganta.

—Pero no he llegado aquí como lo hizo ella. Saira Turley cruzó un puente y apareció en Annwyn. Yo, en cambio…, me he caído del cielo.

—Pero no de cualquier cielo, sino de este cielo. Del cielo de Geisel —insiste, y no puedo evitar fijarme en las arruguitas que se dibujan alrededor de su mirada cuando sonríe. Entonces señala el techo con el dedo—. Atravesaste las nubes y aterrizaste en el mismo campo que ella, con unas alas rotas que se agitaban a tu alrededor como auténticos rayos de sol.

Las dos desviamos la mirada hacia las cintas que tengo enrolladas alrededor de la cintura. Sujeto los extremos entre las manos en un gesto de protección, y me repito una vez más que siguen aquí, conmigo. El mero hecho de poder tocarlas me ayuda a mantener la cordura, a moverme con seguridad por este terreno pantanoso.

—No son alas, son… —empiezo, pero estoy tan abrumada que no soy capaz de continuar—. No lo comprendo.

Nenet se acerca al camastro y cuando se arrodilla a mi lado, oigo el crujir de varios huesos. Entonces me coge de la mano, una mano empapada en sudor, con esos dedos llenos de callosidades y durezas, y la aprieta con una fuerza asombrosa.

De hecho, tengo que hacer un tremendo esfuerzo para no encogerme de dolor.

Todo es tan nuevo para mí… Todavía no me he acostumbrado a poder tocar a la gente libremente. Desde que era niña he tenido que ser muy cautelosa y precavida, y por eso siempre me cubría la piel y prefería mantener una distancia prudencial con todo el mundo. Ojalá hubiera aprendido a utilizar mi poder antes en lugar de ir por ahí convirtiendo en oro todo lo que tocaba, sin ningún tipo de control. Ojalá hubiera descubierto que mi poder no desaparecía por completo por la noche, y que podía invocar cualquier gota de oro que tuviera al alcance.

—No sabes quién eres para nosotros, ¿verdad? —pregunta, y advierto una nota de preocupación en su voz, y su mirada se entristece—. Nosotros, los unionistas, te llamamos Lyäri Ulvêre, la joven de oro desaparecida. La niña de piel dorada que se perdió en la noche.

Siento un escalofrío en los brazos, un cosquilleo extraño, como si por mi piel corretearan decenas de hormigas.

—¿Por qué…? —Todas mis preguntas empiezan por esa misma palabra.

¿Por qué todos quienes viven en Geisel me conocen? ¿Por qué se considera una unionista? ¿Por qué me está mirando con esa expresión de admiración y lástima?

—Hemos estado rezando a las diosas desde tiempos inmemoriales y, al fin, han respondido a nuestras plegarias —prosigue, y me estrecha un pelín más la mano—. Hubo gente que intentó difundir el rumor de que habías muerto, que intentó por cualquier medio hacer que todos te olvidaran. Pero nosotros jamás te olvidamos y, ahora, aquí estás. Has venido igual que hizo ella, lady Auren. Y mírate… —Me escudriña de pies a cabeza con la mirada, que se queda planeando en mi espalda, en las tiras de raso que cuelgan de ella—. Eres el nuevo pájaro de alas rotas, como antaño lo fue Saira Turley. Caíste del cielo como un rayo de luz, y viniste aquí para traernos los albores de la paz.

En mi mente se desata un huracán de pensamientos. El corazón me aporrea el pecho.

—Pero ¿por qué me conocéis?

Su mirada se ilumina con el brillo de la esperanza, y esos iris grisáceos se transforman en dos gotas de plata forjada. Sin embargo, cuando pronuncia la respuesta, soy yo quien se funde por dentro.

—Te conocemos, lady Auren, porque llevamos mucho tiempo rezando por tu regreso. Te conocemos porque eres la última heredera de la familia Turley.