Capítulo 1

1

«Llegó la hora de rendir cuentas».

La agente especial del FBI Atlee Pine estaba en su coche de alquiler a las afueras de Andersonville, Georgia, sentada junto a su ayudante, Carol Blum.

Pulsó el nombre en su lista de contactos y escuchó sonar los tonos de llamada.

—Pine, qué detalle por tu parte haber llamado —dijo la voz rebosante de sarcasmo en su oído.

El hombre que hablaba era el jefazo del FBI en Arizona, Clint Dobbs. Él era quien había concedido permiso a Pine para tomarse un tiempo «sabático» a fin de averiguar qué le había ocurrido a su hermana gemela, Mercy, a la que secuestraron de la casa familiar en Andersonville treinta años atrás. La pequeña Atlee, de seis años, casi había muerto durante el incidente.

—Lo siento, señor, he estado un poco ocupada.

—Por lo que tengo entendido has estado de lo más ocupada. Has resuelto una serie de asesinatos y has evitado nuevas muertes, y mientras lo hacías has estado a punto de estallar por los aires y has realizado algunos descubrimientos realmente importantes sobre tu pasado. Hostias, la Agencia debería darte algún extra.

—Veo que se ha mantenido informado a través de otros canales.

—Podría decirse así, sí, dado que no te has mostrado muy comunicativa.

—¿Y esa fuente de información ha sido Eddie Laredo?

Laredo era un agente especial del FBI al que habían enviado a Georgia para ayudar en una investigación de asesinato. Él y Pine habían tenido una historia bastante complicada en el pasado, pero ella creía que al final habían conseguido arreglar las cosas entre ellos.

—Tengo muchas fuentes que me mantienen informado. ¿Qué has averiguado sobre la desaparición de tu hermana?

—Cuando mi madre era joven, allá por los años ochenta, actuó como topo en una operación encubierta relacionada con la mafia. Uno de los que cayeron fue un tipo llamado Bruno Vincenzo, a quien se cargaron mientras estaba en prisión. Bruno tenía un hermano en Jersey llamado Ito. Al parecer, Ito se enteró de lo que había pasado y culpó a mi madre por la muerte de su hermano. De algún modo averiguó dónde vivíamos, vino a Georgia y secuestró a mi hermana.

—¿Y tienes alguna pista sobre el tal Ito Vincenzo? ¿Sabes siquiera si está vivo?

—He comprobado la base de datos oficial del estado. No hay registro de su defunción, pero puede que no muriera en Nueva Jersey. He averiguado que vivió en Trenton y tengo la dirección de su casa. Está a nombre de su hijo, Teddy Vincenzo.

—Eso suena como si la hubiera heredado, así que es muy posible que el viejo sí esté muerto. Puede que el hombre pasara las temporadas de frío en Florida y exhalara allí su último suspiro. Si es así, quedará fuera de tu alcance, Pine.

—Aun así, puedo hablar con su familia. Tal vez sepan algo que me sirva de ayuda.

—Bueno, eso si deciden hablar contigo. ¿Y dónde está Teddy Vincenzo?

Pine dejó escapar un largo suspiro.

—Está en prisión en Fort Dix.

—Ah, vaya, parece que el crimen corre por las venas de esa familia. Al menos él sí está en Jersey. ¿Así que ahora quieres ir a Trenton? ¿Es por eso por lo que me has llamado? —Había cierto tonillo en la voz de Dobbs que, sin embargo, a Pine no podía importarle menos.

—No veo qué otra cosa se puede hacer.

—Ah, no lo ves, ¿no? Pues puede que tú y yo tengamos opiniones distintas al respecto, Pine.

—Solo necesito un poco más de tiempo. Los asesinatos ocurridos aquí me desviaron de mi objetivo. De no haber sido por eso, podría haber hecho muchos más progresos.

—De modo que estás diciendo que, pese a estar de permiso, seguiste trabajando como agente.

—Eso es justamente lo que estoy diciendo.

—Estoy de acuerdo contigo, Pine —dijo Dobbs, algo que la pilló totalmente por sorpresa—. Has hecho un gran trabajo, como ya he señalado. Si por mí fuera, te diría que te tomaras todo el tiempo que necesitas, pero, aunque soy el agente jefe en Arizona, tengo a gente por encima de mí, Pine, a mucha gente. Y ha habido bastantes quejas en la Agencia.

—No pensaba que yo fuera tan importante —dijo Pine con sequedad—. ¿Y quién se ha quejado?

—Déjame aclarártelo. Tengo a dos agentes en rotación cubriendo tu puesto en Shattered Rock, aun cuando deben cumplir con sus propias tareas. Y tampoco les hace mucha gracia no poder contar con ningún tipo de respaldo, algo de lo que al parecer tú sí disponías. Y también tengo que redirigir allí recursos administrativos, ya que Carol está contigo. Y aunque soy consciente de que estamos en el siglo XXI, el hecho de que tú seas…, bueno, ya sabes…

—¿Se refiere al hecho de que soy mujer y a que los chicos piensan que no estoy cumpliendo con mis deberes?

—Piensan que estás teniendo un tratamiento especial… Y, de hecho, así es. He recibido más de una queja de agentes que dicen que todos ellos tienen problemas personales y aun así se tienen que levantar y acudir al trabajo cada día. Y se preguntan qué es lo que pasa contigo.

Pine replicó con vehemencia:

—Fue usted quien me dijo que solucionara este asunto si quería seguir trabajando en la Agencia. Y la única manera de hacerlo es encontrar a mi hermana, joder.

Blum posó una mano sobre el brazo de Pine para tranquilizarla.

—Mira, puedo entender que tu rabia es algo natural —dijo Dobbs—, pero no olvides con quién cojones estás hablando, Pine.

La agente respiró hondo.

—Solo necesito un poco más de tiempo, señor. Unos días más.

Dobbs permaneció callado tanto rato que Pine temía que hubiera colgado.

—Trenton, Nueva Jersey, ¿eh?

—Sí —repuso ella en voz baja.

—Es curioso, Pine. Empecé trabajando en Trenton hace ya más años de los que puedo recordar. En aquel entonces la ciudad estaba pasando por momentos complicados, y creo que ahora lo son incluso más. —Hizo una pausa—. De acuerdo, unos días más. Si necesitas ayuda o información, telefonea a los chicos de allí y diles que llamas de parte de Clint Dobbs. No te creerán, pero sí lo harán cuando yo se lo confirme.

Pine miró a Blum abriendo mucho los ojos.

—Eeeh, no me lo esperaba.

—Tampoco yo esperaba decirlo, Pine. La idea acaba de asaltarme de improviso. Pero necesito que tengas algo muy claro: debes acabar con eso cuanto antes y volver a tu puesto. ¿Entendido? La Agencia paga tu salario para que trabajes para ellos. Sé que te dije que debías encargarte de arreglar tu situación personal y aclarar tu mente, pero al fin y al cabo el problema es tuyo, no mío. Y no eres el único agente con el que tengo que bregar, ¿sabes? Tengo cientos de ellos, y todos tienen sus problemas. ¿Lo comprendes?

—Sí, señor. Lo comprendo. Y le estoy muy agradecida. Gracias por…

Pero Dobbs ya había colgado.

Pine bajó lentamente su móvil.

—Nueva Jersey, allá vamos.

2

Dos días más tarde, Pine conducía su coche de alquiler por un vecindario de clase obrera a las afueras de Trenton. Estaba pensando en lo que iba a decirle a Anthony «Tony» Vincenzo, quien de vez en cuando vivía en la casa que su padre, Teddy, al parecer había heredado de su propio padre, Ito Vincenzo. Si podía evitarlo, prefería no enredarse con los trámites burocráticos necesarios para visitar a Teddy Vincenzo en prisión; su hijo estaba más a mano. Pero, dado el estado mental en que Pine se encontraba, si Tony decidía no ayudarla hasta podría llegar a dispararle.

Como nieto de Ito Vincenzo, Tony podría contarle algo de su abuelo; esperaba que pudiera decirle dónde residía actualmente, si es que aún seguía vivo.

Y eso podría conducirla hasta Mercy, que, al fin y al cabo, era la razón por la que estaba allí. El camino para llegar a Mercy había sido largo y tortuoso, y había días en que la meta parecía tan inalcanzable como la cima del Everest. Pero ahora que por fin había hecho un avance significativo en el caso, Pine estaba decidida a llegar hasta el final. Y si conseguirlo le llevaba algo más que unos pocos días, no importaba. La habían instado a buscar a su hermana después de un desastroso encuentro con un pedófilo que acababa de secuestrar a una niña pequeña en Colorado. Toda su furia, alimentada por el recuerdo del secuestro de su propia hermana, había provocado que Pine propinara al hombre una paliza que casi lo mata e infringiera todas las normas de la Agencia. Clint Dobbs le había dado un ultimátum: arregla tus asuntos personales con respecto a tu hermana o búscate otra línea de trabajo. Pero ahora no necesitaba ninguna motivación por parte de Dobbs ni de nadie más. Estaba más que dispuesta a tirar por la borda su carrera en el FBI con tal de encontrar a su hermana.

«Si no averiguo lo que le ocurrió a Mercy, no solo no podré continuar con mi trabajo. Es que no podré continuar con mi vida».

Ser capaz de reconocérselo a sí misma había sido al mismo tiempo aterrador y liberador.

Equipada con una Glock como arma principal, y con una Beretta Nano guardada en una funda tobillera por si acaso todo lo demás se iba al traste —algo bastante habitual en su trabajo—, Pine detuvo el coche tres casas más allá de la humilde morada de Vincenzo, tres casas que estaban cortadas por el mismo patrón.

Todas las viviendas eran bloques de dos pisos con tejados asfálticos, de unos ciento diez metros cuadrados habitables distribuidos en una planta y media de anodina arquitectura. La zona estaba compuesta por edificios residenciales de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, conformando la típica retícula de casas que había rodeado prácticamente todas las ciudades del país durante la década que siguió al regreso de «los muchachos» a casa después de haber luchado contra Hitler, Mussolini y Hirohito. Unos nueve meses después de aquello, en los barrios como aquel por todo el país nacieron millones de baby boomers. Ahora estos estaban asumiendo su papel como abuelos de los mileniales y la generación Z. Y lo que había quedado de todo aquello era un viejo y desangelado grupo de viviendas en las que ahora habitaban tanto los ancianos como los que estaban empezando su andadura en la vida.

Aunque se parecían mucho, las propiedades diferían bastante entre sí. Algunos patios se veían pulcros y organizados. Los revestimientos y las molduras estaban recién pintados. Los buzones se alzaban sobre recios postes metálicos, y en los caminos de entrada bien conservados había aparcados coches sin rastro de polvo o suciedad.

Otras viviendas no compartían esos atributos. Los vehículos que se veían en los patios o caminos de entrada descansaban más a menudo sobre bloques de hormigón que sobre ruedas. El ruido intermitente de herramientas neumáticas y el zumbido de generadores delataban que en el interior de algunos de aquellos lugares operaban algunos negocios, ya fueran legales o no. Los revestimientos de las fachadas presentaban desconchones y a las puertas de entrada les faltaban algunos paneles de vidrio. Los buzones, cuando los había, estaban ladeados. Los caminos de entrada estaban más cubiertos de hierbajos que de cemento o grava.

Contó hasta tres viviendas con orificios de bala en la fachada, y en una de ellas aún se agitaba al viento la cinta de acordonamiento policial.

La casa de Tony Vincenzo se contaba entre aquellas que no habían conseguido mantener la categoría. Pero a Pine no le importaba el aspecto que ofreciera el lugar. Lo que ella quería era averiguar todo lo que Tony recordara sobre su abuelo Ito, todas las pruebas fehacientes que tuviera sobre él o sobre cualquier otra persona relacionada con su pesadilla de infancia.

Bajó del coche y observó la fachada principal. Tiempo atrás, Ito Vincenzo había sido el propietario de esa casa y, junto a su esposa, había criado en ella a su familia. Pine no tenía ni idea de qué tipo de padre o marido había sido, pero, si de verdad había secuestrado a una niña y casi matado a otra, eso no hablaría muy bien de sus aptitudes parentales, por decirlo suave.

Tony Vincenzo trabajaba en Fort Dix, la cercana instalación militar. La prisión donde estaba encerrado Teddy Vincenzo formaba parte del complejo. Tal vez el hijo quisiera estar cerca de su padre y lo visitara regularmente en la cárcel. De ser así, Tony podría tener información sobre su abuelo Ito que le hubiera contado su padre.

Pine avanzó por el camino de entrada cuyo cemento se había resquebrajado y levantado, deteriorado por décadas de congelación y descongelación y de nulo mantenimiento. Se imaginó a Ito Vincenzo, el hombre que secuestró a su hermana y a punto estuvo de matarla a ella, recorriendo ese mismo camino muchos años atrás. Pensar en ello le cortó casi la respiración. Se detuvo un momento, se recompuso y siguió adelante.

Llegó a la puerta principal y atisbó por uno de los paneles de cristal laterales. No vio ningún movimiento en el interior. Si Tony había seguido los pasos de su padre, las actividades delictivas no estarían tan a la vista. Por lo general, los negocios turbios se llevaban a cabo en el sótano, lejos de miradas indiscretas. Pero Tony tenía un trabajo remunerado en Fort Dix, así que tal vez sí fuera un ciudadano íntegro y respetuoso de la ley.

Pine llamó con los nudillos. No respondió nadie. Volvió a llamar educadamente, con el mismo resultado. Miró a su izquierda, a la casa vecina, en cuyo porche delantero había una anciana sentada en una mecedora, tricotando. El día era soleado, aunque frío, y la mujer llevaba un chal de un vivo color naranja. Se había hecho la permanente no hacía mucho, y retazos de cuero cabelludo rosado asomaban aquí y allá entre el pelo grisáceo como rayos de sol a través de las nubes. No pareció reparar en Pine; tras las gafas, sus ojos se concentraban en tejer un punto del derecho, dos del revés. Su patio estaba muy bien cuidado; coloridas macetas con crisantemos decoraban el porche, lo que añadía una necesaria nota de color en aquel entorno frío y mortecino.

—Tony está en casa —dijo la anciana en voz baja.

Pine caminó hasta el borde izquierdo del porche de Vincenzo y apoyó una mano en la barandilla de madera.

—¿Lo conoce?

La mujer, sin apartar la vista de su labor, asintió imperceptiblemente.

—A él sí, pero a ti no.

—Me llamo Atlee.

—Curioso nombre para una chica.

—Sí, me lo dicen mucho. ¿Así que está en casa?

—Lo vi llegar hace una hora y no ha vuelto a salir.

—¿Está solo?

—Eso no lo sé. Pero yo no he visto a nadie más.

Durante todo el intercambio, la anciana apenas alzó la voz y no levantó la vista de su ocupación. Cualquiera que las viera de lejos no podría distinguir que estaba hablando con Pine.

—Muy bien, gracias por la información.

—¿Has venido a arrestarlo? ¿Eres policía?

—No, y sí, lo soy —respondió Pine.

—Entonces, ¿por qué estás llamando a su puerta?

—Solo quiero hacerle algunas preguntas.

—Trabaja en Fort Dix.

—Sí, eso he oído.

—Seguramente no le hagan mucha gracia tus preguntas.

—Seguramente no. ¿Vive aquí todo el tiempo? No he podido averiguarlo.

—Va y viene. Pero es muy grosero conmigo. Me insulta y se mea en mis flores. Y no me gusta la pinta que tienen sus amigos. Este solía ser un vecindario muy agradable, pero ha dejado de serlo. Ahora a lo único que aspiro es a sobrevivir cada día.

—Bueno, gracias.

—No me des las gracias. Ese tipo es una mala pieza. Más vale que tengas cuidado.

—Lo tendré.

Pine caminó hasta la puerta principal y volvió a llamar.

—¿Anthony Vincenzo? —gritó.

Nada. Durante uno, dos, tres segundos. Luego algo. Más bien mucho.

Se oyó un estrépito en la parte de atrás de la casa. Pine había oído ese sonido muchas veces.

Una puerta trasera abierta de una patada. Después otro ruido familiar: pisadas huyendo a toda prisa. La gente siempre estaba huyendo de ella. Y tenía buenas razones para hacerlo. Y por las mismas buenas razones, ella no estaba dispuesta a dejar que eso ocurriera.

Saltó por encima de la barandilla del porche mientras la anciana alzaba la vista de su lana y sus agujas.

—Pilla a ese pequeño cabrón —dijo, con una sonrisa frunciendo aún más su rostro surcado de profundas arrugas.

Las botas de Pine aterrizaron sobre la acera. En solo cinco zancadas ya corría a toda velocidad.

«Inhala por la nariz, espira por la boca. Impulsa los brazos y las piernas les seguirán».

Más adelante, alejándose rápidamente, vio una figura borrosa conformada por camisa azul, tejanos claros y unas toscas deportivas blancas.

Pine aumentó la velocidad, pero no conseguía ganar terreno. Tony Vincenzo era más de una década más joven que ella, y sin duda, a pesar de sus largas piernas, también más rápido. Y había que sumarle el combustible añadido del miedo. El miedo hace rápido al lento y fuerte al débil.

«Y convierte a un cobarde en el más intrépido de los valientes, aunque solo sea porque no hay escapatoria».

—¡Tony, solo quiero hablar contigo, nada más! —gritó, mientras tomaba una rápida bocanada de aire tras otra.

Solo consiguió que Vincenzo aumentara el ritmo. El muy cabrón se había transformado en un atleta olímpico. Necesitaría un coche para atraparlo.

«Mierda».

Pine miró a su alrededor, pero no vio ninguna manera de atajar para poder interceptarlo. Por un momento contempló la posibilidad de sacar su arma y disparar al aire a modo de advertencia, solo para asustarlo. Eso haría que corriera como un loco y puede que se tropezara y cayera. Eso era todo lo que necesitaba.

Lo vio en el último segundo: movimiento a su derecha. Entonces recibió un placaje lateral. Cayó de espaldas, siguió rodando deliberadamente y se incorporó en una controlada posición de rodilla en el suelo, apuntando con su Glock al hombre que la había embestido.

Solo que él también había sacado su arma y la estaba apuntando.

—¡FBI! —gritó ella, llena de furia—. Tira la pistola. ¡Hazlo!

—¡CID militar! —gritó el hombre a su vez—. Baja el arma. ¡Ya!

Los dos se quedaron petrificados, mirándose durante unos segundos que parecieron eternos.

El hombre, plantado muy erguido, medía más de metro noventa, pesaba unos noventa kilos y estaba muy en forma. Al momento, le resultó familiar a Pine. Parpadeó muy seguido, como si esperara que resultara no ser quien creía que era. Pero no funcionó.

Bajó el arma.

—¿Puller?

John Puller enfundó su pistola reglamentaria M11. Parecía igualmente estupefacto y no dejaba de menear la cabeza.

—¿Pine?

Tony Vincenzo hacía tiempo que había desaparecido.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —preguntó Pine.

El hombre miró más allá de ella, en la dirección en que había huido Vincenzo.

—Iba a practicar un arresto.

Pine se puso lívida y miró hacia atrás por encima del hombro mientras caía en la cuenta de lo ocurrido.

—¡Mierda! ¿Tony Vincenzo?

Puller asintió, frunciendo el ceño.

—Llevamos tiempo detrás de él. Y, por desgracia, tú te has metido en medio.

3

Según el cartel de fuera, la cafetería llevaba abierta desde 1954. Los asientos de vinilo rojo estaban agrietados, los suelos de linóleo tenían un aspecto pringoso y la madera del respaldo de los reservados estaba llena de rayajos y rasguños. En la cocina, que se atisbaba a través de la ventana de servicio, se veían cazuelas, sartenes y grasa que parecían tan antiguas como el restaurante. No había nada que compensara la ausencia de limpieza y buen ambiente, aunque quizá esa fuera la gracia de un local como aquel. Unos pocos clientes ancianos picoteaban desganadamente de sus platos mientras miraban sus móviles.

Pine y Puller se sentaron uno frente al otro en uno de los reservados, ambos acunando su taza de café.

Junto a Puller había un hombre de unos treinta y pocos años, que le había presentado a Pine como Ed McElroy, agente especial de la CID, la División de Investigación Criminal del ejército estadounidense. Formaba parte del equipo de Puller que estaba trabajando en el caso Vincenzo y lo había acompañado para ayudar en su detención.

—Supongo que vosotros dos ya os conocíais —dijo McElroy.

Puller asintió y miró a Pine.

—¿Se lo cuentas tú?

Pine tomó un sorbo de café.

—Puller todavía no era un suboficial de alto rango. Yo solo llevaba cuatro años en el FBI y en aquel entonces todavía estaba en la costa este. Ahora estoy destinada en un puesto federal cerca del Gran Cañón. En fin, yo estaba asignada como parte de una fuerza especial que trabajaba en colaboración con el ejército. Un empresario que la Agencia estaba investigando por sobornar a varios funcionarios públicos les había echado el gancho también a un par de altos oficiales militares.

Pine hizo una pausa y miró a Puller, que prosiguió con la historia.

—Los ahora exgenerales fueron sometidos a consejo de guerra y pasaron una buena temporada reflexionando sobre sus pecados bajo la custodia de la división militar a la que antes sirvieron. —Se detuvo y lanzó una ojeada a Pine—. La cosa se puso peligrosa en un par de ocasiones.

—¿Y eso? —preguntó McElroy.

—Bueno —dijo Pine—, resulta que el empresario tenía conexiones con un grupo de mercenarios extranjeros. Unos tipos muy malotes, que no tenían ningún problema en cargarse a quien les pagaran por liquidar. Puller, ¿cuántas veces estuvieron a punto de matarnos?

—Tres. Cuatro si contamos el coche bomba que descubrimos antes de que explotara.

—Hostias —exclamó McElroy—. ¿Y qué pasó con ese «empresario»?

—Está cumpliendo condena en una prisión federal —dijo Puller—, donde pasará una magnífica temporada prácticamente de por vida.

Pine miró a Puller.

—Siento mucho haberos fastidiado la detención.

—Tú no podías saberlo. Solo ha sido cuestión de mala suerte.

—¿Estáis persiguiendo a Vincenzo por delitos que ha cometido en Fort Dix?

—Entre otras cosas —respondió Puller, dejando su taza en la mesa—. Ed y yo llevamos trabajando en este asunto desde hace más o menos un mes y Tony Vincenzo está en el meollo.

—¿Cuánto tiempo llevas en el ejército? —le preguntó Pine a McElroy.

—Unos quince años, los últimos cinco en la CID. Ahora llevo unos nueve meses trabajando con el jefe Puller.

—¿Tienes familia?

—Allá en Detroit. Mujer y dos hijos. Ella ya estaba acostumbrada a los desplazamientos, pero siempre acaban por pasar factura. Este trabajo de ahora es algo más flexible.

Pine se giró hacia Puller.

—Así que estabais a punto de echarle el guante a Tony. ¿Qué ha hecho?

—Forma parte de una red de narcotráfico que opera desde fuera de Fort Dix. Tony trabaja en los talleres de la flota motorizada. Por lo que cuentan, es un buen mecánico, pero al parecer su sueldo no le bastaba para mantener su estilo de vida. Y se enredó con algunos chicos malos de fuera.

—Entonces, ¿no es militar?

—No, pero está cometiendo delitos en una instalación militar, que es por lo que estoy involucrado. Técnicamente Fort Dix está bajo la jurisdicción de la Fuerza Aérea del Comando de Movilidad Aérea. Las operaciones las lleva a cabo la 87.ª Ala de la Base Aérea, que provee también mantenimiento.

—Pero si Fort Dix está supervisado por la Fuerza Aérea, ¿cómo es que tú estás implicado? —preguntó Pine.

—Es una base militar conjunta, así que la instalación cuenta también con elementos del Ejército de Tierra y de la Armada. Aquí cada rama mantiene control absoluto sobre sus mandos. Vincenzo estaba contratado por el Ejército de Tierra, así que el problema recae sobre mí. Además, reclutó a algunos machacas con pocas luces para sus planes, y eso también es de mi competencia. La Fuerza Aérea está en un segundo plano. El Ejército es el que lleva toda la carga en esto.

—No veas… Y yo que pensaba que la estructura de la Agencia era enrevesada.

—Al Ejército le gusta complicarlo todo y a todos —señaló Puller en tono pragmático—. Y se enorgullece de ello.

—Así pues, ¿Tony estaba vendiendo en el complejo militar material procedente de esas fuentes externas?

Puller asintió.

—Al menos eso creemos. Y no contribuye a la eficiencia de nuestro cuerpo militar el hecho de tener en nuestras filas a unos soldados que resultan ser unos drogatas o que se dejarían sobornar por los enemigos de nuestro país para hacer cosas que no deberían.

—Entiendo.

—¿Y tú por qué querías ver a Vincenzo? ¿Estás trabajando en un caso en el que está implicado? Porque si es así podríamos formar equipo.

—No. —Pine echó una rápida mirada a McElroy—. Es algo personal, John. Tiene que ver con… mi hermana.

—¿Vincenzo le ha hecho algo a tu hermana? —preguntó Puller.

—No. La cosa se remonta a su abuelo.

Era una larga historia, pero Pine consiguió resumirla en una serie de sucintas frases rebosantes de información, incluyendo lo que había averiguado recientemente en Georgia: que Ito Vincenzo había secuestrado a su hermana. No quería cargar a Puller con sus problemas, pero sentía gran respeto por él tanto a nivel personal como profesional. Y le hacía bien poder desahogarse con alguien.

—Joder… —dijo Puller cuando ella acabó su historia.

—Lo mismo digo —añadió McElroy—. Lamento mucho lo que le ocurrió a tu familia. Es simplemente espantoso. Nadie debería pasar por algo así.

—Gracias.

—Bueno —prosiguió Puller—, pues el padre de Tony Vincenzo es también una mala pieza. Está en la prisión federal de Fort Dix.

—Sí, lo sé. Pero lo único que quería preguntarle a Tony era si sabía dónde estaba su abuelo Ito. Si es que sigue vivo. La casa está a nombre de su hijo, Teddy Vincenzo, así que puede que ya haya muerto.

—Nueva Jersey tiene una base de datos informática con el registro de todas las defunciones —señaló Puller.

—Ya la he consultado… y nada. Pero podría haber muerto en otro estado, y no todos cuentan con bases de datos en las que pueda buscarse esa información.

—Entiendo. Pero seguramente Tony o Teddy sabrán si Ito está vivo o no.

—Eso espero.

—Está claro que tu madre pasó por una experiencia única y extraordinaria trabajando de incógnito para delatar a miembros de la mafia. ¿Y no tienes ni idea de dónde está ahora?

Pine negó con la cabeza.

—Si sigue con vida, ni siquiera la Agencia dispone de medios para localizar su paradero, porque ya lo he intentado. —Miró a Puller—. Oye, te he jodido el arresto. ¿Qué puedo hacer para compensarlo?

—No estoy seguro, pero está claro que tenemos que detener a Tony Vincenzo. Lo necesitamos para que delate a los que están por encima en la cadena. Él no es más que un pringado. La CID quiere a los peces gordos, y ninguno de los soldados rasos a los que hemos arrestado sabe nada sobre sus identidades. Estaba desplegando a un equipo alrededor de la casa cuando tú entraste en escena. Ed iba a encargarse del flanco posterior, pero aún no estaba en posición. Por eso Tony pudo escaparse por la parte de atrás.

—¿Puedo aportar algunos efectivos de la Agencia para ayudar en esto?

Puller negó con la cabeza.

—Gracias por el ofrecimiento, pero contamos con personal y recursos de sobra. Y acabaremos encontrándolo. No tiene muchos sitios donde esconderse.

—¿Me informarás cuando lo hayáis pillado?

—Haré cuanto esté en mi mano.

—Agradeceré cualquier cosa que me puedas contar.

—Más vale que vayamos tirando. Tenemos que redactar el informe sobre lo ocurrido.

Puller se levantó, seguido por McElroy.

—Tendréis mucho más papeleo que rellenar —dijo Pine—, por mi culpa.

—Si me dieran un dólar por todos los errores que he cometido, de forma intencionada o no, ahora sería rico. Así que quítatelo de la cabeza. Son cosas que pasan.

Cuando se marcharon, Pine se quedó mirando su plato a medio terminar y masculló:

—Mierda.

4

—No podías saberlo —dijo Carol Blum.

Pine había regresado a su habitación del hotel donde se alojaba con su ayudante, una mujer en la sesentena que llevaba casi cuatro décadas trabajando como administrativa en la Agencia. Madre de seis hijos ya adultos, a Carol Blum eran muy pocas las cosas que la sorprendían o intimidaban. Ahora estaba acompañando a Pine para ayudarla en su investigación. Normalmente ambas trabajaban en la oficina de Shattered Rock, Arizona, donde Pine operaba como agente único. Era lo que en la jerga federal se conocía como una agencia residente, por contraposición a las grandes oficinas de campo del FBI ubicadas en las áreas metropolitanas.

—Lo sé, pero aun así me siento mal. Puller es un buen tipo. Conociéndolo como lo conozco, sin duda había planeado la operación hasta el último detalle, pero no tenía manera de saber que yo me metería por medio y lo fastidiaría todo.

—¿Y era Tony Vincenzo realmente quien estaba allí? ¿Seguro que es él quien salió huyendo?

—Sí. John cree que podrá volver a seguirle el rastro enseguida, pero yo no estoy tan segura.

—¿Hay alguna otra manera de averiguar el paradero de Ito Vincenzo, aparte de su nieto?

—Tony era el plan A. El plan B es hablar con el hijo de Ito, Teddy. Está en la prisión de Fort Dix, aquí en Trenton.

—¿Fort Dix es una penitenciaría militar?

—No, la prisión se encuentra dentro del recinto de la instalación militar y depende de la Agencia Federal de Prisiones. Su grado de seguridad es entre mínimo y medio, aunque en ella cumplen condena varios jefes criminales, junto con algunos políticos y empresarios corruptos.

—Cambiando de tema, ¿sabes algo de Jack Lineberry?

—Se supone que ayer salía del hospital. Está claro que podrá costearse los mejores cuidados en casa.

—Sí, sin duda. Pero me refería a…

—Lo sé, Carol —replicó Pine con sequedad. En un tono más calmado, añadió—: Si te soy sincera, aún lo estoy digiriendo todo. Pensaba que él podría ayudarme a encontrar a mi madre, pero ahora mismo necesita centrarse en su recuperación.

—Entiendo.

—Aunque seguiré en contacto con él y lo tendré al corriente de todo. Puede que cuente con alguna información que me sirva de ayuda.

Pine sacó su móvil.

—Pensaba solicitar una reunión con Teddy Vincenzo, pero se me acaba de ocurrir algo.

—¿Qué?

—Voy a pedirle a Puller que sea él quien haga la solicitud a la prisión. A él también le puede ir bien hablar con Teddy, para preguntarle sobre su hijo. Puede que Teddy tenga alguna pista sobre el paradero de Tony. Y aunque se trata de una prisión federal, se encuentra dentro de la instalación militar, de modo que Puller podrá agilizar los trámites. Eso nos hará ganar tiempo.

—Parece un buen plan —dijo Blum.

Pine llamó y Puller contestó al segundo tono. Ella le dijo lo que quería y él respondió que lo haría, con una condición.

—Quiero estar contigo cuando hables con Teddy.

—Iba a pedirte que lo hicieras —dijo Pine.

—Intentaré concertar la reunión para mañana a las cero nueve, ¿de acuerdo?

—Perfecto. Quedamos allí.

—Nos vemos.

Pine colgó y miró a Blum.

—Bueno —comentó esta—, no hay mal que por bien no venga. Supongo que Teddy sabrá más sobre su padre que Tony sobre su abuelo.

—Estaba pensando lo mismo. Ahora la cuestión es: ¿estará dispuesto a hablar?

—Con los presos, siempre se puede recurrir al quid pro quo.

—Lo sé, Carol. Pero tenemos que averiguar cómo podemos negociar con él.

—¿Y ahora qué? ¿Esperamos hasta que te reúnas con Vincenzo?

—No. Tengo otro plan.

—¿Cuál?

—Después de que Tony escapara se procedió al registro de la casa, pero yo aún no he podido echar un vistazo. Y creo que es algo que habría que enmendar.

—¿Tienes una orden?

—No, pero Puller sí. Puedo aprovecharme de ello.

—¿Y eso no le acarreará problemas? —preguntó Blum con gesto escéptico.

—No veo por qué. Estamos en el mismo bando.

—Bueno, él quiere trincar a Vincenzo por un delito y utilizarlo para llegar a los peces gordos. Tú quieres saber el paradero de Ito y averiguar qué le ocurrió a tu hermana.

—¿Y crees que nuestros objetivos se excluyen mutuamente?

—No necesariamente. Pero tampoco estoy segura de que sean del todo compatibles.

—Bueno, estoy dispuesta a correr el riesgo.

—Sabía que dirías eso.

—¿Y no lo apruebas?

—Si así fuera, te lo habría hecho saber. Solo quiero que tengas en cuenta lo que te he dicho, eso es todo.

—Siempre tengo en cuenta todo lo que me dices, Carol.

5

—No lo pillaste, ¿no?

Pine miró hacia el porche delantero de la casa contigua a la de los Vincenzo, donde la anciana seguía sentada en su mecedora, aunque sin lana ni agujas a la vista. Ahora hacía más frío y llevaba puesto un recio abrigo. Pine vio junto a ella el resplandor anaranjado de un herrumbroso calefactor de exterior.

—No, no lo pillé.

—Es muy rápido. Pero pensé que podrías trincarlo. Tienes piernas largas.

—Al parecer, no lo bastante. Esperemos que se me presente otra oportunidad. ¿Está aquí fuera todo el día? Hace mucho frío.

—No tengo nada que hacer dentro de la casa. Me gusta saber lo que sucede a mi alrededor. Ver a la gente que pasa, a los delincuentes que huyen de la policía… Por cierto, están dentro de la casa.

—Policía militar, sí, lo sé. He visto los coches aparcados ahí enfrente. ¿Tiene alguna idea de dónde podría estar Tony?

—Ya me lo han preguntado. Y te diré lo mismo que a ellos: no. No hablo nunca con él si puedo evitarlo. Sé qué clase de tipo es, y él sabe que lo sé. Cualquiera que se mee en las flores, en fin…

—Bien. ¿Podría decirme algo más que pueda servirme de ayuda?

—Tengo que vivir aquí, ya sabes…

—Lo sé, ¿señora…?

La anciana negó con la cabeza.

—Seguro que puedes averiguarlo si quieres, pero…

—Voy a dejarle mi tarjeta en el buzón. Si se le ocurre algo, puede contármelo de forma confidencial.

La mujer apartó la vista y se persignó. Murmuró algo que parecía una plegaria, se sacó un libro del abrigo y empezó a leer bajo la menguante luz. Pine vio que se trataba de una pequeña Biblia.

Observó unos segundos más a la mujer y luego llamó a la puerta.

Sus credenciales y el nombre de John Puller le franquearon el paso al interior, donde habló con un agente de la CID llamado Bill Crocker, un joven de pelo rapado, cuerpo esbelto de corredor y expresión seria. Ella le explicó lo que quería y él respondió:

—Ya hemos registrado todo lo que teníamos que registrar y hemos recogido en bolsas todo lo que teníamos que recoger. El jefe Puller quiere que permanezcamos aquí hasta nueva orden y también nos ha hablado de usted. Así que puede echar un vistazo. Pero si encuentra algo que se nos haya pasado por alto…

—Será el primero en saberlo, se lo prometo.

—Muy bien, señora.

Empezó por la planta de arriba y fue bajando. El lugar era un auténtico desastre. En la pared de un dormitorio había un agujero que dejaba ver el exterior. Los grifos estaban oxidados, las pilas llenas de manchas, y la moqueta y demás revestimientos estaban tan raídos que en muchas partes podía verse el suelo de debajo. La cama de Tony era un saco de dormir extendido en un rincón de una habitación. Su ropa no colgaba en ningún armario; estaba hecha un enorme rebujo tirado en el suelo. Había recipientes vacíos de comida rápida esparcidos por todas partes. Un televisor de pantalla plana colgaba de una pared. Debajo había un mando de Xbox.

«Bueno, al menos tiene claras sus prioridades».

En la cocina había más hormigas y cucarachas que sartenes y platos. Y los pocos que había en el fregadero tenían restos de comida tan incrustados que no podía saberse en qué año los habían dejado allí. El lugar no podía estar más sucio; el mismo aire parecía impregnado de mugre, gérmenes y una plaga en expansión.

Finalmente llegó al sótano. Los contornos polvorientos sobre el suelo le indicaron que la CID se había llevado varios objetos voluminosos. Las paredes estaban revestidas con tablones de madera contrachapada, que alguien había intentado pintar del color marrón más espantoso que había visto en su vida. La moqueta estaba rasgada, raída y levantada en algunos sitios, revelando el suelo de hormigón de debajo. El aire estaba tan enrarecido que hacía que a Pine se le arrugara la nariz y se le encogieran los pulmones.

Se apoyó en una pared y observó el espacio a su alrededor. Estaba muy segura de que los restos blancos sobre la moqueta eran polvo de cocaína o residuos de una trituradora de pastillas. Algunos de los trazos polvorientos del suelo debían de corresponder al contorno de la base de dicha máquina. Era evidente que Vincenzo realizaba sus actividades delictivas allí abajo, lejos de miradas indiscretas. En condiciones normales, Pine se habría interesado por todo aquello, pero nada en su situación actual podía catalogarse como normal. Aun así, era muy posible que lo que realmente le interesaba la estuviera mirando directamente a la cara.

La pared de viejas fotografías enmarcadas. Todas colgaban ligeramente ladeadas; por lo visto, Vincenzo nunca se había molestado en enderezarlas. Pine dudaba de que alguna vez las hubiera mirado mientras estaba allí abajo realizando su alquimia narcótica. Al fin y al cabo, solo se trataba de su familia.

Se acercó a la pared y encendió el interruptor que iluminaba esa parte del sótano. Los tubos fluorescentes destellaron, parpadearon y cobraron vida, e hicieron que la turbia penumbra se volviera de un blanco lechoso. Empezó por la esquina superior izquierda y fue bajando con intención de llegar a la parte inferior derecha.

A medio camino se detuvo y se quedó mirando la imagen de un joven Ito Vincenzo, el hombre que creía que había secuestrado a su hermana. Y que luego había intentado culpar de ello a su pobre padre. Pine se sorprendió pensando que, por sus facciones, parecía un hombre agradable. Pero sabía muy bien que era cualquier cosa salvo eso, al menos por lo que respectaba a Mercy y a ella.

Su mirada continuó recorriendo las hileras de retratos. No se demoró mucho en Bruno Vincenzo, a quien reconoció de otra foto que había visto en un periódico y en la que aparecía saliendo de un tribunal federal, tratando de ocultar su rostro tras un libro de bolsillo. Pine creía que Bruno era la razón por la que Ito había hecho lo que hizo. Fue una venganza contra su madre por haber ayudado a enviar a Bruno a prisión, donde acabó con la carótida seccionada después de haber delatado a sus compañeros de la mafia.

Al lado de la foto de Ito había un retrato enmarcado de una mujer. Era una fotografía antigua; se notaba por la ropa, el peinado y la calidad de la imagen. Daba la impresión de ser una de esas instantáneas hechas con Polaroid. La mujer parecía tener más o menos la misma edad de Ito. ¿Era su esposa, la abuela de Tony Vincenzo? Sería otra posible fuente de información, si Pine conseguía localizarla.

«Y así tal vez pueda preguntarle a una persona que fue muy cercana a Ito. ¿Y por qué diablos no he pensado antes en ello? Vamos, Pine, empieza a ponerte las pilas».

Subió a toda prisa, salió de la casa y se acercó a la barandilla del porche para hablar con la anciana vecina, que seguía sentada en su mecedora leyendo la Biblia.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí? —le preguntó.

—Mi marido y yo compramos esta casa un año después de casarnos. La conseguimos a buen precio. Y criamos a nuestros hijos aquí.

—Entonces hace mucho tiempo, ¿no?

—Más de cincuenta años.

—Así que conoció a Ito Vincenzo… En aquel entonces vivía aquí con su familia.

—Sí, lo conocí.

—¿Qué puede contarme de él?

—¿Qué quieres saber?

—Cualquier cosa.

—¿Por qué?

Pine caminó hasta el porche de la anciana y se apoyó en la barandilla enfrente de ella. Quería estar en su territorio cuando le dijera lo que tenía que decirle; eso podría marcar la diferencia.

—Creo que treinta años atrás Ito secuestró a mi hermana gemela y casi me mata a mí.

Por primera vez, Pine supo que contaba con la plena atención de la mujer.

—Y al día siguiente volvió a nuestra casa y se enzarzó en una pelea con mi padre, tratando de culparle por lo que había sucedido. Por un crimen que él mismo había cometido.

La anciana escrutó a Pine.

—Treinta años atrás… Debías de ser una niña.

—Tenía seis años.

—¿Por qué iba a hacer Ito algo así? Era un buen hombre, temeroso de Dios.

—Quizá había algo a lo que le temía aún más: tenía un hermano, Bruno Vincenzo.

La mujer se estremeció visiblemente.

—Doy por hecho que también conoció a Bruno.

—La noche y el día, esos dos. Ito no tenía nada que ver con su hermano. Todos sabíamos lo que era Bruno.

—¿Se refiere a que pertenecía a la mafia?

—Me refiero a muchas cosas y ninguna buena. Por eso Evie no le dejaba que viniera por aquí.

—¿Evie es la mujer de Ito?

—Sí.

—¿Y a él le parecía bien la actitud de su mujer?

—A decir verdad, Ito tampoco soportaba a su hermano.

—Eso es muy interesante y revelador.

—Así que no creo que Ito hiciera algo como lo que acabas de contar. Era un buen tipo, y también un buen padre. Nos ayudaba a mi marido y a mí siempre que lo necesitábamos. Nos arregló la caldera, nos ayudó a cambiar el revestimiento del tejado. Eso era lo que hacía antes la gente. ¿Ahora? Ahora nadie conoce a nadie.

—Teddy está en prisión. Y las dos sabemos bien cómo es Tony. De modo que ¿cómo puede decir que Ito fue un buen padre? —Pine miró a la anciana con aire inquisitivo.

—Bueno, Ito tenía su propio negocio y trabajaba muchas horas. Y creo que Teddy lo heredó de su tío Bruno. Era una mala pieza. No hay mucho que puedas hacer cuando tu hijo lo lleva en la sangre. Y siempre se estaba metiendo en problemas. Buscando pasta fácil.

—¿Y qué pasó con la esposa de Teddy? Imagino que estaba casado…

—Sí. Ella lo dejó. Hará unos diez años. La mujer acabó hartándose. Yo no habría durado tanto tiempo. Antes vivían aquí. Se peleaban todo el tiempo. Y los matones con los que venía Teddy…; porque eso es lo que eran, matones. Nos amenazaban. La cosa podría haberse puesto muy fea, pero tengo que decir que Teddy nunca permitió que nos hicieran nada. Tal vez porque éramos amigos de sus padres. La única cosa buena que creo que ha hecho en su vida. Y su hijo Tony creció en ese ambiente. No me extraña que haya salido así.

—¿Sabe dónde vive la exmujer de Teddy? —preguntó Pine.

—¿Jane? No. Hace años que no sé nada de ella. Espero que haya encontrado la felicidad en otra parte. Si alguien se lo merecía, era esa mujer.

—¿Y la mujer de Ito Vincenzo, Evie? Imagino que la conocería bien…

—Sí. Evie era una persona muy dulce. Éramos buenas amigas. Y mi marido se llevaba muy bien con Ito. Ese hombre sabía cocinar, vaya que sí. ¡La de comidas que disfrutamos en su casa! Todo fresco. Creía que los italianos solo comían pasta, pero Ito también cocinaba mucho pescado. Y todo estaba siempre delicioso.

—¿Sabe dónde se encuentra Evie ahora? ¿Vive aún?

La mujer asintió lentamente.

—Está en una residencia de ancianos, Kensington Manor, a unos ocho kilómetros de aquí. El nombre suena mucho mejor de lo que es. Supongo que siempre es así.

—¿Su familia no podía hacerse cargo de ella?

—Teddy y Tony eran los únicos familiares cercanos y los dos son unos inútiles. Hará unos cinco años, cuando Evie ya no podía cuidar de sí misma, ingresó en la residencia de ancianos. He ido a visitarla algunas veces. Y no es un lugar… agradable. Aunque lo más seguro es que yo también acabe en un lugar así, más pronto que tarde. Mis hijos son muy buenos conmigo, pero tienen sus propios problemas. Y las buenas residencias cuestan demasiado, mucho más de lo que ellos pueden permitirse.

—Podría vender la casa.

—No es de mi propiedad. Tuve que contratar una de esas hipotecas inversas. Necesitaba el dinero para pagar las facturas. Y cuando yo ya no esté, se quedarán con la casa.

Pine miró a las otras viviendas a su alrededor.

—Supongo que mucha gente de por aquí estará en la misma situación.

—El gobierno te dice que gastes dinero para ayudar a la economía y crear puestos de trabajo. Y cuando ya te has gastado la mayor parte del dinero, cambian el discurso y te dicen que ahorres porque lo necesitarás para cuando te jubiles. Así que ¿qué tenemos que hacer?

—Me temo que no puedo darle una respuesta. Solo puedo decirle que lamento mucho que se encuentre en estas circunstancias.

—Al menos sé que acabaré con un techo sobre la cabeza y tres comidas al día. Me quedaré allí sentada sobre mis propias babas —añadió con amargura—. Esos serán mis años dorados.

—No tiene la seguridad de que sea algo tan malo.

—Muchas de mis amistades están en residencias estatales pagadas con el Medicaid y los pocos dólares que les hayan quedado. Voy a visitarlos. Y realmente es algo tan malo.

—Tendré que creer en su palabra. En fin, ¿sabe si Ito sigue vivo?

—No lo sé seguro. Un día desapareció, así sin más. Hace ya mucho tiempo.

—¿A finales de los ochenta? —preguntó Pine en tono incisivo—. En esa época fue cuando se llevaron a mi hermana.

Para su sorpresa, la anciana respondió:

—No, no fue hace tanto tiempo. —Se quedó pensativa un momento—. Si tuviera que decir una fecha sería alrededor del 11-S, o quizá el año después, pero eso es todo lo que recuerdo.

—¿Y qué piensa su esposa que le ocurrió?

—No lo sé. Siempre que le hablaba de ello, Evie cambiaba de tema.

—¿Y ella no sabe si está vivo o muerto?

—A mí nunca me ha dicho nada. Pero ¿desaparecer como lo hizo? A la pobre Evie le dejó un agujero en el corazón del tamaño del túnel Lincoln. Nunca entendí por qué lo hizo. A veces pienso que su hermano volvió de la tumba y lo mató, porque así era Bruno.

Pine dio las gracias a la mujer y se dirigió de vuelta a su coche. Por el camino llamó a Blum y le dijo que pidiera un Uber y se reuniera con ella en la residencia de ancianos.

—Su vieja vecina dice que hace cinco años Evie ya no podía valerse por sí misma. Puede que desde entonces su estado se haya deteriorado mucho.

—Bueno —dijo Blum—, no perdemos nada por intentarlo.

«La historia de mi vida», pensó Pine mientras caminaba hacia el coche.

6

—Hay una cosa a la que no paro de darle vueltas —dijo Pine cuando se reunió con su ayudante a las puertas de la residencia.

—¿Qué? —preguntó Blum.

—¿Cómo demonios se enteró Ito de que mi madre actuó como topo para el gobierno? Ella nunca testificó ante el tribunal. Su identidad se mantuvo en secreto.

—Y también averiguamos que, antes de que tu familia se mudara a Andersonville, intentaron atentar contra vosotros mientras os encontrabais en el programa de protección de testigos —dijo Blum, refiriéndose al programa supervisado por el Servicio de Marshals de Estados Unidos—. ¿Cómo descubrieron dónde estabais?

—¿Crees que quien estuviera detrás de todo podría haber filtrado la información a Ito o a su hermano Bruno? En aquel entonces este aún vivía, aunque estaba en prisión.

—No cabe duda de que las dos cosas podrían estar relacionadas.

La residencia parecía haber sido construida en los años sesenta, con gran profusión de cemento vertido y un estilo arquitectónico ya más que anticuado. La cubierta era plana y sobre ella se alineaban en formación herrumbrosas unidades de aire acondicionado.

Entraron en el edificio. El lugar desprendía un olor rancio; el mobiliario y el revestimiento de las paredes se veían viejos y un tanto deteriorados. Pine vio a algunos ancianos por los pasillos desplazándose lentamente en sillas de ruedas o con ayuda de andadores. Pero, a pesar de su aspecto vetusto, las instalaciones parecían relativamente limpias y diáfanas, aunque no podía decirse que fuera un sitio «alegre».

Pine mostró su placa y sus credenciales a la recepcionista, quien les indicó dónde estaba el despacho de la supervisora.

—¿De qué se trata? —preguntó esta, una mujer de unos treinta años vestida con una bata blanca. Las sobras de su almuerzo reposaban aún sobre la mesa del pequeño y desordenado despacho.

—Solo queremos hacerle a la señora Vincenzo unas preguntas relacionadas con unas pesquisas —empezó Pine.

—¿No necesitan una orden o algo así? —dijo la mujer, que no se había identificado, pero en cuya placa identificativa podía leerse SALLY.

—No para hablar con alguien de forma voluntaria, Sally —repuso Pine—. No estamos investigando nada de modo oficial. Solo queremos hacer unas preguntas sobre el marido de la señora Vincenzo.

—Ni siquiera sabía que tuviera marido. Nadie viene a visitarla salvo una antigua vecina suya.

—Fue ella quien me dijo que la señora Vincenzo estaba aquí, que ya no podía valerse por sí misma.

Sally meneó la cabeza.

—Los viejecitos olvidan tomarse la medicación, se caen, se rompen la cadera, intentan conducir, se dejan encendido el fuego de la cocina toda la noche… La vieja historia de siempre.

—Entonces, ¿podemos hablar con ella?

—No estoy segura de si le irá muy bien. Está en la unidad de la memoria.

—¿«Unidad de la memoria»?

—Le han diagnosticado demencia.

—Lamento oír eso, pero ya que estamos aquí… ¿No podríamos al menos intentarlo? Es importante.

—Bueno, supongo que no le hará ningún daño. Puede que incluso le vaya bien tener visita, pobrecilla.

Las condujo por un pasillo hasta una puerta doble, donde en letras estarcidas se leía UNIDAD DE LA MEMORIA.

Sally pasó una tarjeta por un lector y la puerta se abrió con un chasquido.

Las llevó por otro corredor hasta una habitación, donde llamó a la puerta.

—¿Señora Vincenzo? ¿Evie? —dijo con voz cantarina—. Tiene visita.

Abrió y entró en el cuarto.

Evie Vincenzo estaba recostada en la cama y las miraba plácidamente. Llevaba un pijama rosa y se cubría el pelo rizado con un pañuelo rosa. Muchos objetos de la habitación eran también del mismo color.

—Le gusta el rosa —señaló Sally—. La relaja.

—A mí también me encanta el rosa —comentó Blum.

—Volveré dentro de un rato —dijo Sally—. Si ocurre cualquier cosa, solo tienen que pulsar el botón rojo que está sobre la cama.

Cuando se marchó, las dos mujeres se acercaron a la anciana. Pine se sentó en una silla y Blum se quedó de pie junto a ella.

Evie Vincenzo alzó la mirada hacia Pine.

—¿La conozco, señorita? —le preguntó con voz afable.

—No, pero yo conozco a su vecina. Le gusta hacer punto. Y la llama por su nombre, Evie.

La anciana no dijo nada. Sus ojos empezaron a cerrarse.

—¿Vivía en la casa a la izquierda de la suya? —dijo Pine en tono esperanzado.

Evie abrió los ojos, pero siguió sin responder.

—¿Le gusta recibir visitas? —intervino Blum—. Creo que a mí me gustaría. Es agradable tener gente con la que hablar.

—No… no la conozco, ¿verdad?

Pine miró a Blum.

—No, pero hoy hemos querido hacerle una visita.

—Yo… yo… no tengo muchas visitas.

—Su vecina nos ha contado que estaba ingresada aquí.

Evie meneó la cabeza, visiblemente frustrada.

—Una señora mayor…

Pine se acercó un poco más.

—Sí. Yo, eh…, he estado hablando con ella sobre su marido.

—¿Mi… marido?

—Sí, ¿Ito? ¿Se acuerda de él? Su vecina dijo que era un cocinero estupendo.

Evie bajó la vista a su regazo.

—Yo… antes… cocinaba. —Miró una de las paredes—. Se han llevado mi… cocina.

Blum se inclinó y, con delicadeza, posó una mano sobre el hombro de la anciana.

—A mí también me encanta cocinar. Siento que ya no pueda hacerlo.

—Evie, ¿cree que podría responder a algunas preguntas sobre It…, sobre su marido?

—¿Mi marido? —volvió a decir—. Yo no… marido. —Negó con la cabeza—. Echo de menos… cocinar.

—Sí, seguro que lo echa de menos. Bueno, también tiene un hijo llamado Teddy y un nieto llamado Anthony.

A modo de respuesta, Evie se quitó el pañuelo de la cabeza, dejando a la vista que apenas tenía pelo. Los escasos mechones que le quedaban estaban teñidos de rojo. Arrugó el pañuelo entre sus manos.

—Yo hacía pan. Amasaba, amasaba, amasaba, así…

Pine suspiró y miró a Blum con gesto resignado. Se inclinó hacia ella y le susurró:

—Sigue hablando con ella.

—¿Qué vas a hacer?

—Echar un vistazo por aquí.

—Pero, agente Pine… Esta pobre mujer, en su estado…

—Lo sé, Carol. Y siento mucha pena por ella, de verdad que sí. Pero tengo que hacerlo, tal vez haya algo en este cuarto que me ayude a encontrar a mi hermana. Y puede que no tenga otra oportunidad. Seré rápida y eficiente.

Blum volvió a centrarse en Evie y le preguntó qué clase de pan le gustaba hornear. Pine rebuscó rápidamente en los cajones y se agachó para mirar debajo de la cama. Si Evie reparó en alguno de sus movimientos, no dio señal de ello. Seguía amasando su pañuelo.

Pine empezó a hurgar en el armario y finalmente, bajo un montón de ropa, unas pilas de ejemplares de People y un andador plegado, descubrió una caja de cartón. La caja estaba abarrotada de papeles.

La sacó.

—Señora Vincenzo, ¿le importa si le echo una ojeada a esto?

La anciana estaba ahora dando unos suaves golpecitos sobre el pañuelo. Blum miró a Pine y se encogió de hombros.

—No creo que esté en condiciones de dar consentimiento informado —señaló.

—Tampoco voy a usar nada de esto para meterla en la cárcel.

—Pero sí podría incriminar a su marido.

—No te pongas en plan abogada con esto, Carol. Puede que sea mi única oportunidad.

Pine se sentó y comenzó a rebuscar en la caja, mientras Evie Vincenzo dejaba el pañuelo a un lado y se ponía a mirar con expresión beatífica la lámpara rosa. Parecía haberse olvidado incluso de las dos mujeres que estaban allí.

Había tanto material en la caja que Pine acabó entregándole una pila de papeles a su ayudante.

—Fotos antiguas de sus hijos. Aquí hay una de ella con Ito, creo. Parece del día de su boda.

—Estas fotos tienen los nombres en el dorso —dijo Blum, hojeando un fajo—. En esta sale Teddy cuando era adolescente. Y esta es de Tony cuando era un bebé; alguien escribió su nombre en la parte de abajo. Se le ve tan inocente… Claro que a esa edad todos lo son.

—Y luego algunos crecen y se convierten en delincuentes.

—Lo cual nos garantiza seguir teniendo un empleo remunerado —dijo Blum.

—Mira —dijo Pine en tono excitado—. Aquí hay un artículo sobre la condena de Bruno Vincenzo. Y aparece su foto. —Le enseñó a su ayudante el recorte de prensa con la fotografía de Bruno.

Blum se encogió un poco al ver la imagen.

—El tipo tiene pinta de poder matarte por un chicle.

Pine echó un rápido vistazo al artículo.

—Aquí pone que fue condenado por el asesinato de dos personas, una de ellas un testigo de la acusación. El juicio tuvo lugar en Nueva Jersey, donde por entonces seguía en vigor la pena de muerte. Fue condenado a la pena máxima, pero se le conmutó por cadena perpetua después de aceptar colaborar con la fiscalía.

—¿Y lo mataron mientras estaba en prisión? —preguntó Blum.

—Exacto. Estaba solo en una celda, pero al parecer alguien sobornó a un guardia y uno de los reclusos lo acuchilló.

Pine sacó de la caja un periódico con las hojas amarillentas. Estaba doblado y, al abrirlo, algo cayó de entre sus pliegues. Era un trozo de papel donde había algo escrito. A medida que lo leía, sus ojos se fueron abriendo cada vez más.

—Es una carta de Bruno a Ito. Por la fecha, debió de escribirla después de ingresar en prisión, aunque evidentemente antes de que lo mataran.

—¿Y qué pone?

—Bruno dice que ha descubierto a un topo, pero que no ha revelado su identidad a sus jefes de la mafia.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Le cuenta a su hermano que el topo se la había jugado de algún modo y que por eso lo habían arrestado y metido en prisión. Y le pide a Ito que vaya a visitarlo a la cárcel.

—Tal vez no quería poner por escrito algo demasiado comprometedor. Quería contárselo a su hermano en persona.

—Sí, contarle que fue mi madre quien lo delató. Pero esta carta tampoco explica cómo averiguó Bruno dónde vivíamos. Porque tenía que saberlo. Es la única manera de que Ito pudiera enterarse.

—Supongo que esto confirma de una vez por todas que fue Ito quien se llevó a Mercy.

—No se me ocurre otra posibilidad. Pero ¿qué hizo con ella? —Pine miró a Evie Vincenzo, que seguía contemplando fascinada la lámpara—. Y está claro que esta pobre mujer no va a ser capaz de responder a la pregunta.

—Aunque tal vez su hijo sí pueda.

Continuaron rebuscando en la caja, pero no encontraron nada tan revelador como la carta. Pine se la guardó en el bolsillo junto con otros papeles, entre ellos varias fotos de los miembros de la familia.

Se levantó y le dijo a la mujer recostada en la cama:

—Señora Vincenzo, gracias por recibirnos.

—Echo mucho de menos mi cocina.

Y se puso de nuevo a amasar su pañuelo.

Blum se quedó observando a Evie un momento, con los ojos brillantes, y después siguió a Pine fuera de la habitación.

7

Era como todas las prisiones en las que Pine había estado: ruidosa, llena de olores desagradables, caótica y al mismo tiempo con una rígida organización marcada por las paredes y los barrotes. Allí dentro tenía lugar una sofisticada partida de ajedrez entre los reclusos y los guardias, aunque a veces estos últimos eludían sus deberes a cambio de los beneficios asociados a permitir el acceso de drogas, chicas y otras cosas que hacían más soportable pasar tantos años de tu vida entre rejas.

Aunque Fort Dix estaba catalogado como centro penitenciario de seguridad media, la población reclusa saturaba de tal modo las instalaciones federales que algunos presos que merecían el estatus de máxima seguridad eran relegados a penitenciarías como aquella. Quizá las autoridades confiaban en que su ubicación dentro de una base militar ayudaría a mantener a raya a los reclusos. Aunque eso era mucho esperar, pensaba ella.

Puller y ella pasaron juntos el control de seguridad, donde entregaron sus armas a regañadientes. Luego los condujeron a la sala de visitas.

—No creo que cante fácilmente —comentó Pine mientras tomaban asiento.

—Lo doy por hecho. Más bien al contrario. Por lo visto el tipo no es tonto, al menos eso afirman mis fuentes. Querrá su tajada por colaborar.

—¿Qué más me puedes decir de él?

—Es un mal elemento. Ha estado metido en problemas desde jovencito. Empezó con pequeñas cosillas, pero rápidamente se fue graduando en delitos mayores. Lo arrestaron por ser el cabecilla de una red que se dedicaba a robar a personas mayores. A uno de ellos estuvieron a punto de matarlo de una paliza cuando se presentó en su casa de forma inesperada. Teddy se consiguió un buen abogado, pero aun así le quedan otros ocho años como mínimo.

—¿Tiene relación con Tony?

—Por lo que tengo entendido, Teddy no podría ser considerado el padre del año. No paraba mucho por casa. Su madre hizo lo que pudo con Tony antes de darse por vencida y largarse, pero aun así el chico parece haber seguido los pasos de su padre.

—El crimen corre por la sangre de esa familia. El tío de Teddy era un mafioso.

—Cierto, el tal Bruno Vincenzo del que hablaste antes.

Pine asintió.

—Y aquí llega el sobrino del mafioso.

Dos guardias escoltaron a Teddy Vincenzo hasta el asiento situado en la mesa frente a ellos.

El hombre, de un metro setenta y cinco, presentaba una complexión fuerte y nervuda. Sus antebrazos se veían fibrados y musculosos. Se movía con todo el aplomo y la confianza con que puede hacerlo alguien que lleva esposas y grilletes. Entrado ya en la cincuentena, tenía el pelo más gris que negro, y bastante hirsuto.

Por su expresión, Pine sabía muy bien lo que pensaba Vincenzo. Sentía una curiosidad llena de cautela. Buscaba obtener algún beneficio. Algo que pudiera sacarlo de allí lo antes posible para poder seguir con su carrera delictiva.

—Me dicen que son del FBI y de la CID —empezó a decir, pero luego se detuvo, se reclinó en la silla y los observó atentamente—. ¿A qué debo la visita de tantas letras del alfabeto?

Había elegido comenzar la partida con un movimiento de peón, pensó Pine. Nada demasiado audaz o radical. Él también buscaba información.

—Estamos interesados en su hijo, Tony —dijo Puller.

Vincenzo no repuso nada, aunque tampoco pareció muy sorprendido por sus palabras. Miró a Pine.

—¿Y usted?

—De hecho, a mí me interesa su padre, Ito —dijo ella.

Un brillo de sorpresa destelló en la mirada del recluso. Cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Por qué?

—Me gustaría hablar con él.

—Misma pregunta.

—Es una persona de interés para un caso que estoy investigando.

—¿Está segura de que no está buscando al Vincenzo equivocado?

—Bruno está muerto.

—Eso es verdad. Le rajaron el cuello en prisión por chivato. —Miró por encima de su hombro, en un gesto significativo—. ¿Es eso lo que quieren para mi futuro?

—¿Hay más hermanos Vincenzo aparte de Bruno e Ito? —preguntó Pine—. Porque yo no he encontrado ninguno.

—No, solo dos varones. Una gran familia católica italiana, pero el resto eran chicas. ¿De qué caso se trata?

—Un secuestro en el que Ito estuvo implicado.

—Chorradas. Mi viejo regentaba una heladería aquí en Trenton, a menos de un kilómetro de casa, en la avenida donde estaban todos los comercios familiares. Se llamaba la Heladería de Vinnie.

—¿«Vinnie» de…? —preguntó Pine.

—Es la abreviatura de Vincenzo. ¿Qué? No creo que Sorbete Ito hubiera sonado muy bien…

—Ya.

El hombre sonrió.

—Mi viejo era un tipo más puro que la nieve. Solo vendía vainilla. —Esbozó una sonrisa aún más amplia, divertido ante su chiste sobre sexo convencional—. ¿Le parece que podría ser un secuestrador?

—Las circunstancias pueden cambiar a la gente —intervino Puller.

—¿Qué, como en el caso de Tony?

—Como en el caso de mucha gente. Pero sí, también Tony.

—Usted es militar, él no.

—Él trabaja aquí, en Fort Dix. Eso lo convierte en mi problema.

—Tony es un buen chico. Seguramente se trate de un malentendido. —Los miró con cara de póquer al pronunciar tan obvia falsedad.

—¿Tiene alguna idea de dónde podría estar?

—Yo estoy aquí dentro, él está ahí fuera.

—¿Está diciendo que nunca viene a visitarlo a pesar de trabajar aquí?

—No recuerdo haber dicho nada parecido.

—¿Cómo llegó a heredar la casa de Ito? —preguntó Pine.

La mirada de Vincenzo se dirigió de vuelta a ella. Parecía disfrutar del toma y daca entre los dos oficiales federales.

—Yo era el mayor. Y al resto de mis hermanos no podría importarles menos.

—¿Y su madre? —prosiguió Pine.

—¿Qué pasa con ella?

—No está muy bien.

Vincenzo se encogió de hombros.

—Mis hermanas la metieron en una residencia. Yo no estaba en posición de decir mucho. Estaba encerrado en mi propio vertedero.

—He ido a verla.

—¿Y qué? ¿Tan mal está?

—Tiene demencia.

—Por lo visto sucede mucho últimamente. También tenemos de eso aquí dentro, entre los reclusos viejos. Dicen cosas muy graciosas.

—¿Sus hermanas viven por aquí cerca? —preguntó Puller.

—Bastante lejos. Creo que Jersey no era para ellas. Se largaron en cuanto pudieron. A mí ya me está bien, aunque no tanto aquí dentro.

A Pine se le ocurrió algo de pronto.

—¿Alguna vez, cuando eran pequeños, su padre usó con usted y sus hermanos la cancioncilla infantil de «Pito, pito, gorgorito»?

Vincenzo volvió a sonreír ampliamente.

—¿Cómo diablos sabe eso?

—Así que lo hacía…

—Sí, con seis críos pequeños la cantaba para escoger a uno de nosotros.

Pine se relamió los labios e intentó que los nervios no la traicionaran.

—¿Escogeros para qué? ¿Para una… recompensa?

Vincenzo se encogió de hombros.

—A veces. Pero otras veces para castigarnos. Cuando uno de nosotros hacía algo malo y los otros no se chivaban de él o de ella.

Pine se reclinó en su asiento, decepcionada pero tratando de que no se le notara. Aquella noche, Ito Vincenzo había utilizado esa cancioncilla infantil para decidir si se llevaba a Mercy o a ella. Y lo que quería saber era si ser elegido de esa manera era algo bueno o malo. Obviamente, la respuesta de Vincenzo no había ayudado.

Puller echó una rápida mirada a su compañera y luego prosiguió:

—Volviendo a la casa… Tony está viviendo allí.

—Muy bien.

—¿Lo sabía? —preguntó Puller.

—Me entero ahora.

—¿Cuándo fue la última vez que supo algo de su padre? —inquirió Pine.

Vincenzo se tomó un momento para rascarse la mejilla y luego se frotó la nariz. Pine sabía que era una forma de darse tiempo para reflexionar.

—No lo sé. ¿Qué saco yo con esto?

«Por fin estamos llegando a algo», pensó Pine.

Puller se inclinó hacia delante, haciéndose cargo de la situación.

—Vamos al grano, Teddy. Si tú nos ayudas, nosotros te ayudamos.

Vincenzo también se inclinó hacia delante, yendo por faena.

—¿Cuánto? Y tiene que ser por escrito. Directamente a mi abogado. No voy a correr el riesgo de que me jodan unos federales.

—¿Sobre el tiempo de condena que te queda aquí? Podemos convertir ocho años en seis.

—Y también podéis convertir ocho en cuatro. Ya no soy ningún chaval.

—Cinco. Pero dependerá de lo que nos cuentes. Con chorradas no conseguirás nada. Se retira el trato de la mesa y no habrá más ofertas.

Por el tono expeditivo de Puller, Pine sabía que su cadena de mando ya había aprobado los parámetros de la negociación.

—Ah, eres un tipo duro, ¿no? Me estoy cagando ahora mismo en los pantalones. —Vincenzo lo dijo con una sonrisa que no afloró ni por asomo a sus ojos.

—Estoy esperando —insistió Puller.

—¿Qué queréis saber?

—¿Dónde está Tony? ¿Y dónde está Ito?

Vincenzo miró a Pine.

—¿Y por qué diablos quiere saber nada sobre mi viejo?

—En algún momento de 1989 estuvo un tiempo fuera de casa. ¿Durante unos meses, quizá? ¿En primavera o verano? ¿Le suena?

—De eso hace mucho tiempo, señora. Ya no me acuerdo de cosas que ocurrieron la semana pasada.

—Tres años menos de condena son una puñetera buena razón para esforzarse en recordar.

Vincenzo asintió y adoptó una actitud menos insolente, más concentrada.

—De acuerdo. Mire, yo quiero ayudar, pero necesito darle algunas vueltas.

—Piense solo en los hechos. Y le recuerdo que lo que ha dicho el jefe Puller sobre las chorradas también se aplica a mi caso.

—Muy bien, lo ha dejado muy claro, señora. No es mi intención prolongar mi estancia aquí más tiempo del preciso.

—¿Su padre le hablaba de Bruno? —preguntó Pine.

—A veces; eran hermanos. Y él era mi tío.

—¿Y qué le contó? Me refiero a lo que le ocurrió a Bruno cuando estuvo en prisión por última vez.

—Bueno, mi viejo me dijo una cosa que se me quedó grabada. Me contó que su hermano llegó a un trato que nunca se cumplió. Y que le costó la vida. —Lanzó una mirada incisiva a Puller—. Que es la misma situación en la que yo me puedo encontrar. Los soplones no tienen muchas expectativas de sobrevivir en prisión. En cuanto os vayáis de aquí, soy hombre muerto.

—Podemos ponerte en una celda solo si eso te hace sentir mejor —ofreció Puller.

—¿Dijo Ito si pensaba hacer algo por lo que le pasó a su hermano? —preguntó Pine.

Vincenzo volvió a centrarse en ella, ahora con expresión más calmada.

—Nada en concreto, que yo recuerde. Estaba muy cabreado, eso sí.

—Su padre estaba limpio. Ni siquiera una multa de tráfico. Bruno era un mafioso. ¿Por qué habría de importarle?

—Era de su sangre. Eso significa algo, o al menos antes así era. Sí, mi viejo sabía lo que era su hermano. Pero Bruno entró en prisión y murió cuando no debería haber muerto. Alguien tenía que pagar por ello.

—¿Ito le dijo eso? ¿Es eso lo que está diciendo?

—Sí, eso es lo que estoy diciendo. No hablaba mucho sobre Bruno, así que esas palabras se convirtieron en algo digno de recordar, por lo menos para mí.

—Y luego, por lo que tenemos entendido, su padre desapareció. ¿Sabe algo de eso?

—No. De hecho, por aquel entonces yo estaba ingresado en otra distinguida institución como esta.

Luego se dirigió a Puller.

—¿Y qué demonios ha hecho Tony?

—Pensaba que tú lo sabrías todo al respecto.

—Yo nunca animaría a mi hijo a infringir la ley, y estoy seguro de que no lo ha hecho.

—¿Se supone que tenemos que reírnos? —dijo Puller.

Vincenzo se encogió de hombros.

—Mira, está claro que yo soy un cabrón, pero ¿vender a mi propio hijo? Venga ya…

—¿Bajo ninguna circunstancia?

—Convierte esos cinco años en tres, con mi propia celda y privilegios para entrenar en privado, y sin libertad condicional. Cuando salga de aquí lo haré totalmente limpio, sin nadie que me controle. Sin tener que mear en un botecito durante los siguientes cinco años. Llámalo un descuento familiar.

Pine miró a Puller, quien asintió con un enérgico movimiento de cabeza.

Vincenzo se encorvó hacia delante y bajó la voz.

—Bueno, veréis, Tony no es un tipo complicado. Vale para lo que vale, pero no tiene una sola idea original en la cabeza. Hace su pequeña operación con pastillas, vende la mercancía, recoge su parte, y luego se bebe sus cervezas y se tira a sus chicas. Pero la situación en la que se encuentra ahora sí que es… complicada. Le viene pero que muy grande.

—Te escuchamos.

—Creo que se ha involucrado con la gente que no debería. Y en algún momento se darán cuenta de que es más una carga que un activo.

—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó Pine.

—Vino a verme hace un tiempo. Estaba muy preocupado. Y algunas cosas que me contó no me cuadraban para nada. Le aconsejé que se cuidara las espaldas y que se buscara una salida de todo eso cuanto antes.

Vincenzo pronunció esas palabras con extrema seriedad, pensó Pine.

—Muy bien —dijo Puller—. ¿Qué te contó exactamente?

En ese momento se abrió la puerta y tres guardias y dos hombres trajeados entraron en la sala.

—La entrevista ha acabado —dijo uno de los trajeados.

—Tengo plena autorización —alzó la voz Puller—, y aún no hemos terminado.

—Sí ha terminado —dijo el otro trajeado.

Los guardias agarraron a Vincenzo, que se había quedado totalmente desconcertado, y lo sacaron a rastras de la sala.

—¡Eh, eh! —exclamó el preso mientras forcejeaba inútilmente contra los tres hombres. Miró a Puller con ojos desorbitados y bramó—: ¡Me la has jugado bien, hijo de la gran…!

Y entonces la puerta se cerró de un portazo y Teddy Vincenzo desapareció.