Una historia he de contar, de cuando la tierra seguía viva y hombre y bestia convivían en paz; de la traición que al mundo trajo la oscuridad.
Estaba volando.
Escuchaba la canción como una melodía instalada en su cabeza pese a que el viento rugía a su alrededor, tan potente que la dejaba sin respiración. Se aferró con fuerza a las escamas del dragón, duras bajo sus guantes. A ambos lados volaban bestias parecidas a la que ella montaba; sus cuerpos eran enormes y estaban vestidos de todos los colores del arcoíris, aunque el del suyo era el único de un azul profundo. El movimiento de las alas y las colas vibraba en sus oídos.
El vértigo era cosa del pasado, así que no temió inclinarse para mirar al suelo, a cientos de metros de distancia. Sobrevolaban un lago que el sol llenaba de destellos dorados. Alrededor de la gran masa de agua se extendían largas praderas de un verde vivo llenas de frondosos árboles y arbustos. A pesar de la lejanía, pudo ver con claridad cómo los animales, de extrañas formas y colores intensos, corrían en manadas y desaparecían bajo las copas de los árboles.
Con un rugido tan potente que rivalizó con el propio viento, el dragón la avisó de que comenzaban el descenso. Todo su cuerpo tembló. Apoyó su pecho en las escamas del animal y escuchó los chasquidos que provocaban las alas al abrirse completamente para planear. Abrazada a su lomo, sintió que era parte de él, que sus propios huesos se perdían bajo su piel. El resto de los dragones eran muy diferentes entre sí: alargados, con alas finas y traslúcidas, tan grandes como las nubes, con unos dientes del tamaño de una persona. Todos se convirtieron en sombras proyectadas en el suelo, ya que ninguno más descendió con ellos.
El viento enmudeció cuando el gran cuerpo del dragón rozó el agua. El choque provocó que cientos de gotas surgieran en la superficie, brillantes como estrellas, y la empaparan. Su compañero plegó las alas y se quedó flotando en el agua. La melodía de la canción seguía danzando por su cabeza, pero se sentía confusa, como si las palabras hubieran perdido su significado.
Pegada a la laguna, se alzaba una extraña montaña en la que se distinguían huecos parecidos a ventanas y a puertas iluminadas. Gran parte de sus paredes estaban cubiertas del verde de la vegetación, con colores fosforescentes que brillaban con fuerza bajo el sol. Al acercarse distinguió un muro de piedra cubierto de líquenes y enredaderas, y, entre ellas, una gruta que parecía internarse al interior de la montaña y por la que continuaba el torrente del agua. Intentó ver más allá, pero, a diferencia del brillo que poseía todo, en su interior la oscuridad era densa. Peligrosa.
Un reino una vez lleno de esplendor,
por dragones de grandes alas y poderosas garras protegido,
que a su marcha se marchitó y cayó en el olvido.
Eran unas palabras bellas, cantadas por una voz cálida, pero que la llenaron de un temor inexplicable. Su instinto la hizo mirar atrás, como si la amenaza la hubiera agarrado de la espalda. Donde antes se extendía un lago lleno de vida y un bosque frondoso, ahora había oscuridad, como una noche sin luna. Solo se distinguía el fuego de los dragones, iluminando las armaduras de los soldados y sus lanzas, apuntándoles de vuelta. Quiso gritar, pero su voz no se escuchó. Entre los soldados distinguió varias siluetas vestidas con un uniforme de tela negra, decorado por remates dorados y el emblema de un árbol junto a un torreón: el emblema de la familia real. De sus dedos, llenos de anillos, también salían hilos de oro que se enrollaban alrededor de los dragones, haciéndolos caer.
Quiso volver, ayudar a los dragones, pero entonces su alrededor se desmoronó y una presencia desconocida tiró de ella para alejarla de allí.
Sintió que ella pertenecía a aquel lugar, como el dragón y toda su magia, pero no a aquel tiempo.

Fue el calor que sentí al despertarme lo que me recordó que todo había sido un sueño.
Abrí los ojos empapada en sudor, pero con la boca seca. La luz se filtraba por los agujeros de la cortina y tardé unos instantes en entender lo que significaba: ¡la luz! ¡El sol ya había salido! Me incorporé con rapidez, desoyendo la canción que aún resonaba en mi cabeza.
¡Me había quedado dormida y llegaba tarde al mercado! Nana iba a estar furiosa.
Comencé a vestirme sin dejar que la urgencia me hiciera olvidar ningún complemento. Vivía en las Barriadas, un lugar muy seco donde el sol quemaba la piel y el suelo estaba enfermo. Toda precaución era poca: me puse capas y capas de ropa, los guantes —había que ir con cuidado al tocar cosas— y las gafas de gruesos cristales oscuros para que la arenilla que traía el viento no me cegase. Tropecé al colocarme las botas y apoyé la mano en la pared para no caer. Al hacerlo sentí el tacto áspero del papel arrugándose.
—¡Eh, Kora, cuidado con mis dibujos!
Me separé de un salto y me giré para mirar a la cama superior de la litera. Los ojos azules y curiosos de mi hermano me observaban desde allí con el ceño fruncido. Suspiré y volví a mis botas y a sus cordones, nerviosa por la conversación que, sabía, se avecinaba.
—Es imposible moverse sin tocar tus dibujos, Simón —alegué echando un vistazo a mi alrededor.
Las paredes estaban llenas de hojas de papel de diferentes formas y tamaños repletas de dibujos esbozados con ceniza. Apenas había color en las Barriadas, y tampoco éramos tan ricos como los noblos, así que no podíamos conseguir esas ceras para pintar cuadros. Pero, aunque solo eran siluetas oscuras, Simón tenía un don para el dibujo. Se podían distinguir los animales, algunos de los cuales habíamos visto en el mercado; otros provenían de las historias de Nana, nuestra abuela, como los caballos con una especie de cuerno en la cabeza o los grandes gatos alados…
A Simón le fascinaba dibujar dragones… El recuerdo de unas alas azules revoloteó en mi mente, imposible de atrapar. ¿Qué significaba ese sueño? A veces, las historias de Nana se sentían más reales que la vida en las Barriadas… Me obligué a volver a la realidad. ¡El mercado era lo importante! Debía conseguir lo que necesitábamos para sobrevivir esa semana y dejar de fantasear con aquellas historias para niños pequeños.
—Tenías que haberme despertado —le regañé nerviosa.
Nana estaría muy decepcionada si no conseguía los víveres. Simón rodó para bajar de su cama y se dejó caer en la mía. Sus movimientos levantaron una nube de polvo que me hizo toser.
—¿Puedo ir contigo?
Aunque esperaba su pregunta, el corazón me dio un vuelco al escucharla. No podía hablar en serio. Le miré. Él leyó mi rostro y se cruzó de brazos.
—Nana y tú sois unas aburridas —murmuró haciendo un puchero. No había tiempo para tener de nuevo esa conversación—. Que si el sol quema mucho, que si hay que tener cuidado con la tierra, que si no debo salir de noche… ¡No quiero quedarme en el patio! ¡Es enano y no hay nada interesante!
No me detuve. Mientras salía de la habitación y comprobaba por última vez que lo llevaba todo, Simón me siguió a cada paso con los ojos llenos de esperanza. No quería ser dura con él, pero la realidad fuera de casa era peligrosa y él era tan pequeño que no se daba cuenta.
—Lo hacemos por tu bien —contesté enfadada por su insistencia—. Cuando crezcas un poco más, te coseremos ropa resistente y podrás salir más tiempo.
—Pero…
No le dejé terminar: abrí la puerta, corrí la pesada cortina opaca y le miré de soslayo.
—¡Quédate aquí hasta que vuelva Nana!
Cerré antes de escuchar sus quejas.
Me coloqué el pañuelo tapándome la boca y la nariz, y me preparé para sentir el golpe de aire caliente al doblar la esquina. El paisaje parecía cambiar cada día sin que apenas te dieras cuenta: la gente construía en cualquier lugar libre, pero asegurándose siempre de dejar espacio para deambular entre las callejuelas. Era un laberinto y tenías que conocerlo bien si no querías perderte. Yo sabía moverme por él y llegar a la Zona Alta, donde se encontraban el mercado y la puerta de la Ciudadela, la capital de todo nuestro reino, Eldagria. Incluso si me dejaran en el otro extremo de las Barriadas, estaba segura de que no me perdería.
El sol brillaba con fuerza en el cielo. Cada respiración me quemaba la garganta y el calor aplastaba mis hombros como si llevase la pesada armadura de un guardia. Avancé todo lo rápido que pude y escalé la pequeña pendiente que me separaba de mi destino, aliviada al escuchar los gritos de los mercaderes. En la Zona Alta no vivía nadie, se usaba como mercado o como tribuna desde la que la familia real transmitía sus mensajes a la población. Ah, y también era una de las pocas entradas a la Ciudadela.
Solía detenerme a admirarla: un acantilado separaba las Barriadas de la Ciudadela, la fortaleza en la que vivía la familia real; estaba tan elevada que te dolía el cuello al mirar. La escalinata que llevaba a ella era de un color blanco brillante y estaba custodiada a ambos lados por guardias que vestían el azul real. El contraste con mi mundo era tan doloroso como un mordisco: allí todo estaba impecable, había vidrieras de cristal e incluso alguna que otra enredadera, mientras que, abajo, el polvo y el calor lo consumían todo. Nunca podría entrar en la Ciudadela: era solo una poblo y aquel lugar estaba reservado para la familia real y los noblos, sus ayudantes.
Quise imaginarme sus casas, llenas de colores. A veces ellos descendían desde la Ciudadela, resplandecientes con sus ropas sin remiendos. No envidiaba sus lujos, pero sí la tranquilidad de vivir en un lugar como aquel, lejos de las Tierras Baldías por las que las Barriadas también se extendían sirviendo de barrera.
¡Kora!, el mercado. Los víveres. No podía perder más tiempo. ¿Cómo me había podido dormir hoy?
Seguí mi ruta habitual. Primero visité a Jesse, un granjero que vendía de todo. Sentí alivio cuando conseguí una pequeña bolsa de frutas y verduras, aunque no dejé que la emoción me nublara el juicio y revisé cada una de ellas: no tenían manchas negras y brillantes…
—Las recolecto aquí, en las Barriadas —me recordó Jesse. Apenas quedaban frutas en la caja—. Yo mismo las como, así que preocúpate el día que no aparezca…
La muerte y las enfermedades eran comunes, pero a mí me aterraban, y tanto mi abuela como las historias que escuchaba en las calles me hacían desconfiar y tomar mil medidas. Saqué del bolsillo una piedra pequeña, del tamaño de mi uña, y la pasé sobre la piel de la fruta, con los guantes puestos. La superficie de la piedra era de un color rojo apagado, apenas distinguible. Si aquellas frutas tuvieran enfermedades, el amuleto se cambiaría a un rojo intenso, como la sangre. Contuve el aliento mientras lo pasaba por todas las piezas, pero la piedra mantuvo su color. Sonreí por debajo de la tela y agarré la bolsa con fuerza.
—¿Cuánto te debo? —pregunté sin sacar las pocas monedas que tenía.
Jesse meneó la cabeza.
—Tu abuela Sara me dio unos ungüentos para la herida de la pierna. Considéralo pagado, pero no se lo digas, que ya sabes cómo se pone...
Sonreí. Nana era seca y pocos vecinos se atrevían a acercarse; pero, cuando alguien estaba herido o enfermo, siempre me mandaba llevarles una cura. Parecía saberlo todo de todo el mundo. Me fui de allí y seguí mi paseo en busca de especias y hierbas. Tenía la lista en la cabeza, ya que Nana me estaba enseñando las hierbas medicinales y sus usos. Conseguí todo menos la corteza de acacia, que ya se había agotado.
Me dirigí a casa sin entretenerme. Ya notaba el picor doloroso del calor y el polvo en la piel. Nunca me quedaba dormida y tenía que hacerlo el día de mercado…
—Pst, pst.
Me tensé al escuchar aquella llamada y busqué de dónde venía. Un hombre larguirucho estaba apoyado en una pared, a pocos pasos de mí. Miré a mi alrededor por instinto, recordando al dedillo a dónde llevaba cada camino en caso de que necesitara escapar. El hombre se acercó y distinguí el color anaranjado de su piel; entonces mis piernas flaquearon y una oleada de miedo recorrió mi espalda: era un baldo, un habitante de las Tierras Baldías.
Una muralla de piedra y troncos separaba las Barriadas de aquel lugar árido y enfermo en el que nadie se adentraba por gusto. Los baldos sí cruzaban, lejos de la vista de los guardias. Eran los únicos que se atrevían a vivir en esas condiciones. Sabía que no debía hablar con ellos, era peligroso, y, si alguien me veía, las cosas podían ponerse feas.
En su mano llevaba una especie de cofre tan pequeño que le cabía en la palma.
—He visto que has comprado hierbas medicinales… Vendo huesos de dragón. Si los mueles, puedes usarlos en cualquier ungüento y poción, para las peores enfermedades…
El hombre también miraba a su alrededor, consciente de lo peligroso que era lo que me ofrecía. Los dragones no existían, por muchas leyendas que Nana contara y Simón creyera. Mi familia no era la única que contaba esas historias, mucha gente parloteaba del poder inmenso de los dragones y otros seres majestuosos, ¡pero todos sabían que eran solo cuentos! Por eso la Ciudadela consideraba ilegal vender cualquier cosa relacionada con los dragones o metales que, según algunos, evitaban las enfermedades. Eran un timo para los más débiles.
—Aléjate —advertí sin mucha seguridad.
El baldo no me hizo caso. Encogió los hombros y extendió la mano con la pequeña caja hasta conseguir colarla en mi bolsa de la compra. Di un respingo, aterrada ante la idea de que me tocase y me contagiase alguna enfermedad de las Tierras Baldías, las mismas que pululaban por las calles. Tropecé al alejarme: si la guardia me veía con un baldo, me metería en problemas. El hombre parecía tener las mismas preocupaciones porque se colocó la capucha para cubrir su rostro.
—Es una pequeña muestra —susurró rascándose el pelo rubio ahora cubierto—. Si te interesa, suelo estar aquí cuando hay mercado…
Se dio la vuelta y desapareció como una sombra, sin hacer ruido. Tuve que respirar hondo un par de veces antes de mirar a las callejuelas. Comprobé que llevaba puestos los guantes, las botas bien atadas y el pañuelo tapando la boca y la nariz.
Solo entonces me atreví a buscar en el interior de mi cesto: por suerte, la fruta y las hierbas estaban guardadas en su propia bolsa y no habían tenido contacto con el cofre. Cogí con dos dedos la cajita y recordé la canción de mi sueño, el dragón sobre el que iba montada, su fuerza… ¡No! No podía caer en esa charlatanería. Tiré la cajita en un rincón: era la única prueba de mi contacto con el baldo. ¿Acaso las historias de Nana también habían entrado en mi cabeza? No debía permitirlo.
Tenía que ser cauta, como Nana me había enseñado. Temer las enfermedades, porque la mayoría eran incurables, como las que se habían llevado a nuestros padres cuando éramos pequeños. Solo con imaginar que algún miembro de mi pequeña familia pudiera contagiarse… No quería pensar en qué haría Simón si yo faltaba. O en qué haría yo si me quedara sola.
Corrí a casa. Siempre que pensaba en las enfermedades tenía la necesidad de confirmar que tanto Nana como Simón estaban sanos y salvos. Al torcer la última esquina, con la boca abierta para dejar entrar algo de aire, volví a encontrarme con el baldo. Esta vez estaba apoyado sobre una de las rejas de mi casa, aún con la capucha sobre la cabeza. Sus labios se movían, como si hablara con alguien, y en la mano tenía una cajita parecida a la que yo había tirado calles atrás.

Cuando el baldo me vio se alejó de la reja y yo, para mi propia sorpresa, me acerqué a él. Era peligroso, sí, pero más lo era para mi familia. ¡Y estaba en la puerta de mi casa!
—¡Fuera! —grité, y mi voz se ahogó antes de terminar la palabra.
No se resistió. Los baldos eran huidizos, sabían el riesgo que suponía estar allí dentro. Cuando crucé la entrada y fui al estrecho patio, me encontré a Simón. Yo estaba sin respiración, tan asustada que mi boca no se abrió. Simón seguía cerca de la reja, pero levantó las manos al verme.
—¡Me ha hablado él!
La tensión que sentí al pensar que podía haber ocurrido algo encendió en mí un enfado protector. Noté mis mejillas ardiendo, y no por el calor.
—¡Es un baldo! Solo saben vender mentiras y peligros, Simón. —Pensé en la cajita que el baldo tenía en la mano para mi hermano, idéntica a la que me había dado a mí—. ¿Qué ibas a hacer? ¿Comprarle, con lo poco que tenemos, un hueso cualquiera?
Simón balbuceó. Antes de que pudiera responder, apareció Nana por la puerta de casa, curiosa por los ruidos. Ambos la miramos; sus ojos, bien abiertos por la sorpresa, desentonaban con su piel oscurecida y envejecida por la edad y el sol. Llevaba el pelo grisáceo recogido en un moño que acentuaba la delgadez de su rostro.
—¿Qué pasa aquí? —Meneó la cabeza antes de que pudiese hablar—. Entrad en casa y me lo contáis.
El patio era muy pequeño. Conectaba con la calle a través de un ventanuco enrejado y, por encima de nuestra cabeza, estaba cubierto por un toldo que yo misma había montado para proteger la tierra del sol abrasador. En el suelo, Nana cultivaba sus hierbas aromáticas, pequeños ramilletes verdes que se esforzaban por crecer. Eran lo único que habíamos conseguido cultivar en un ambiente tan seco.
Miré de soslayo a mi hermano, sus labios apretados por la discusión. Él entró con los brazos cruzados, sin mirarme ni un instante. Nana volvió a sentarse en la pequeña mesa donde comíamos, aunque ahora tenía todas sus hierbas colocadas en orden sobre una tela vieja que servía de mantel. Dejé allí la bolsa con la compra y, mientras nos observaba, sacó de ella las hierbas y las juntó con el resto. La casa siempre olía muy bien cuando Nana trabajaba con ellas.
—¿Y bien? —Empezó a moler las hierbas con ayuda de las manos y de una piedra, y nos miró a ambos con el ceño fruncido—. ¿Quién me cuenta qué ha pasado?
Simón era rápido con las historias inventadas; era lo que tenía escuchar tantas.
—He visto a Kora por la ventana y he ido a la puerta a saludarla…
—¡Oh, Simón! —Me clavó los ojos con las mejillas cada vez más encendidas. Miré a mi abuela—. Estaba hablando con un baldo, Nana.
—¡Me ha hablado él! —se defendió Simón.
—Pues, si te habla uno de esos, te quedas en silencio y entras en casa. ¡Solo saben usar la lengua para mentir! —Era tan lógico que no sabía por qué tenía que explicarlo.
—¡Saben más cosas de las que tú te crees! —Simón elevó la voz y apretó los puños.
Nana nos escuchaba sin interrumpir, encorvada sobre la mesa mientras hacía sus emplastos. Fue su suspiro impaciente lo que nos hizo callar a los dos.
—Los baldos son peligrosos —dijo mi abuela. Asentí con fuerza al escuchar su voz firme, su mirada puesta en Simón—. Muchos se cuelan aquí con engaños y harán lo que sea, con quien sea, para conseguir su beneficio. Y nadie moverá un dedo por ti.
—¡Te lo he dicho mil veces! —insistí, aún con el cosquilleo del miedo en mi pecho—. Si están al otro lado de la muralla, es por algo.
Simón agachó la cabeza.
—Solo quería escuchar… No iba a hacer nada —murmuró cabizbajo.
Nana volvió a suspirar y se levantó para acercarse a Simón. Se sentó a su lado y observó a su nieto con aire pensativo. Yo también lo hice: Simón era un constante dolor de cabeza.
—Lo sé. Pero hay muchas formas de caer en una trampa. Yo he visto a muchos así. Gente que quería saber más, pero no eran lo suficientemente precavidos para este mundo.
El silencio fue pesado. Simón se echó hacia atrás, como si aquellas palabras hubieran sido un puñetazo. Hasta yo misma me sentí dolida: las Barriadas demostraban, día a día, que eran un lugar peligroso. Pero escucharlo de mi abuela, de la persona que nos había cuidado, lo hacía mucho más real. Nana nos miró a los dos y sonrió con una ternura cálida que no encajaba con una conversación tan fría. Pero funcionó.
—No quiero que dejes de soñar, Simón. —Le acarició la mejilla y distinguí el brillo de una lágrima surcando el rostro de mi hermano—. Los sueños te mantienen vivo. Solo tienes que aprender a protegerlos, a no correr detrás de la primera persona que te dice que puede cumplirlos.
Pensé en mis propios sueños. Eran un escape de la realidad, me hacían sentir fuerte y feliz. Durante unos instantes, pude entender a Simón, su deseo de que los sueños no acabaran al despertarse, y me removí en el sitio, incómoda.
—No puedes fiarte de cualquiera. —Mi voz era débil, pero tan clara que ambos me miraron—. Ahí fuera no hay nadie que se preocupe por ti tanto como lo haremos nosotras.
Mi abuela sonrió.
—Tu hermana lleva razón, ya habíamos mantenido esta conversación antes —dijo con resignación—. Por eso debes aprender a cuidarte, y también a cuidar tus ideas. Todas tienen valor, y un precio. —Le dio un golpecito en el pecho, a la altura del corazón. Se levantó y volvió a la mesa—. He vivido mucho, he visto más cosas de las que quisiera recordar… Pero también sé que hay gente fuera que lucha por hacer lo correcto y no espera nada a cambio, personas que marcan una diferencia, aunque sea pequeña, en este mundo. Vosotros lo haréis, me lo dice mi intuición.
Tuve que coger una bocanada de aire ante aquel peso que había puesto mi abuela sobre nuestros hombros. ¿Yo? Yo luchaba por mi familia. No era como Nana, que se pasaba el día trabajando en ungüentos que regalaba a quien lo necesitaba. Tampoco era Simón ni tenía su valiente cabezonería. Solo era una chica de las Barriadas que buscaba pasar inadvertida y alejarse tanto de los peligros como de sus consecuencias. ¿Qué diferencia podía marcar yo?