Prólogo

¿CÓMO SE CONVIERTE UNO EN MÉDICO FORENSE?

Me imagino perfectamente la primera pregunta que les viene a la cabeza, no me cabe duda de que es la que más me han hecho en treinta años de carrera: ¿cómo se convierte uno en médico forense? Se lo aseguro, no es que me levantara un día de repente con esa brillante idea. Como le pasa a todo el mundo —pues, a fin de cuentas, la medicina forense no deja de ser una profesión (casi) como cualquier otra—, mi decisión fue el resultado conjunto de largas reflexiones, encuentros con otras personas y alguna que otra coincidencia o revelación.

A los dieciocho años, la edad en la que todo es posible, yo quería ser sacerdote. Crecí en una familia católica, era practicante y ayudaba en misa todos los sábados y domingos; hacía las lecturas e incluso asistía al cura de nuestra parroquia cuando daba la comunión, un hombre de aspecto severo pero con un corazón de oro. Iba a un colegio de jesuitas y no tenía muy claro mi futuro. El sacerdocio me llamaba mucho; me encantaba estudiar los evangelios, el trato con la gente y ayudar a quienes lo necesitaban, y me sentía preparado.

Desde hacía varios años, en verano, acompañaba a unos amigos a Lourdes, entre ellos, a un padre jesuita con el que mantengo buena relación desde los quince años. Hacíamos voluntariado unas semanas en la Hospitalité Notre-Dame de Lourdes. Aquel verano de 1983 estaba colaborando en las piscinas del santuario cuando llegó el obispo de mi diócesis para una inmersión en la que yo atendía. Era una gran oportunidad y, al terminar, decidí seguirlo para hablarle de mi vocación. Nos sentamos en un banco a orillas del Gave, el río que atraviesa Lourdes, y estuvimos hablando durante algo menos de una hora, al final de la cual me recomendó matricularme primero en la universidad, y volver a verlo cuando acabara si persistía en mi petición. Salí de allí muy contento de habérmelo encontrado y convencido de seguir su consejo.

El edificio que albergaba la universidad, en pleno corazón de Lieja, mi ciudad, era sombrío e imponente. Iba a matricularme en primero, aunque seguía dudando entre Medicina y Derecho. Dos carreras muy diferentes entre sí, pero que tenían en común que abordaban en general al ser humano y servían para resolver los problemas que se le plantean. Subí las monumentales escaleras que conducían a la planta del rectorado, donde podía matricularme. En aquella época, todavía se hacía a mano; los ordenadores no eran lo que son hoy en día, no existía internet y los teléfonos aún estaban fijos a la pared. Me da la sensación de ser más viejo que un dinosaurio cuando cuento esto. Me detuve en el pasillo, cargado de dudas. ¿Derecho o Medicina? Había lanzado tantas monedas al aire que el resultado estaba igualado al cincuenta por ciento, lo cual no ayudaba en absoluto. Al cabo de una hora, viendo que estaban a punto de cerrar y que no arreglaría nada con volver al día siguiente, tomé una decisión: me iría con el siguiente ayudante que saliera de la secretaría para llamar a matricular a un nuevo estudiante, ya fuera para Derecho o para Medicina. Las matrículas de Medicina las hacía una chica, mientras que las de Derecho las hacía un chico. Ambos se acercaron a la puerta al mismo tiempo. Educadamente, el estudiante que hacía las matrículas de Derecho, cedió el paso a la que hacía las de Medicina, y así fue como acabé en esta carrera.

Me apasionaban las clases y los profesores, estaba descubriendo la ciencia. Yo, que siempre había estudiado humanidades grecolatinas y tenía poca predisposición para las disciplinas científicas. Al término del primer curso, me encontré de nuevo con el obispo de Lieja, monseñor Van Zuylen, y le confesé que había abandonado la idea de hacerme cura. No le sorprendió mucho, porque en su opinión lo que yo profesaba no era fe, sino una sed intelectual que distaba mucho de parecérsele. Aunque he acabado volviéndome ateo, no soy anticlerical y aún conservo unos cuantos amigos sacerdotes, algunos incluso del Opus Dei, y otros que han colgado los hábitos. De hecho, todavía lamento haber perdido la fe: ¡era una esperanza tan bonita!

Mis estudios seguían avanzando y empecé a colaborar como estudiante auxiliar en anatomía topográfica, es decir, disección, un puesto que ocupé durante cuatro años y que me sirvió para adquirir un amplio conocimiento de la anatomía humana que, aunque entonces no lo supiera, acabaría siéndome muy útil. Durante aquella época, un condiscípulo y yo trabajábamos en un proyecto de investigación sobre trasplante miocutáneo del músculo dorsal ancho para el profesor Fissette. Aquel compañero, que llegaría a ser un brillante neurocirujano, había desarrollado una técnica que permitía visualizar los vasos sanguíneos y sus diferentes ramificaciones, pero necesitábamos un equipo radiográfico. El que más cerca teníamos era el de medicina forense, y así fue como entré en contacto por primera vez con el IML (Instituto de Medicina Legal). Las técnicas de autopsia me suscitaban curiosidad y le pregunté al profesor André si podía asistir a una. Era algo que solo se permitía en el marco de las prácticas en medicina forense, una de las opciones que teníamos los estudiantes. Así que las hice. Cuando acabaron, el profesor André y su sucesor, el profesor Brahy, me ofrecieron un puesto de ayudante, pero yo lo rechacé porque quería ser médico generalista.

Al terminar la carrera, me aguardaba el servicio militar. No tenía forma de evitarlo, así que lo afronté con alegría, diciéndome que podía ser una bonita experiencia. Como tampoco contaba con ningún tipo de prioridad legal que me hubiera permitido quedarme en Bélgica, estaba seguro de que iba a pasarme un año en los cuarteles belgas de Alemania. Y así fue. Me mandaron, después de un mes de formación militar en Gante, al Tercer Batallón de Artillería de Werl. La participación durante un año en todos los desplazamientos y maniobras me valió dos viajes a Creta y un montón de vuelos en helicóptero Alouette II. Pero lo más interesante fue poder atender tanto a los militares como a sus familias. De repente tenía mil quinientos pacientes potenciales, mientras que, en la vida civil, habrían hecho falta años para conseguir semejante clientela y la experiencia que conllevaba. Fui muy feliz en el ejército, resultó ser una etapa muy bonita de mi vida. Confieso que lo dejé con mucha pena.

Regresé a la vida civil de golpe y porrazo, de un día para otro. Abrí una consulta de medicina general y, al cabo de quince días, recibí una llamada que me cambiaría la vida. El profesor Brahy me invitaba a comer para que habláramos sobre mi futuro. Nos encontramos unos días más tarde, el 8 de octubre de 1991, en un restaurante cercano al IML, L’Entrecôte, elección que, al menos por el nombre, me pareció muy acertada. Georges me esperaba inmerso en la lectura del menú, como si no se lo supiera de memoria. Yo no quería dejar la medicina de familia, así que acordamos que entraría a trabajar como médico forense a tiempo parcial. El 9 de octubre, me convertí en asistente independiente.

Durante los dos años siguientes, ejercí de médico de familia a la vez que continuaba aprendiendo la ciencia forense y hacía un curso sobre valoración del daño corporal. Compaginar ambas disciplinas se iba volviendo cada vez más difícil. Tanto la medicina general como la forense exigen una disponibilidad total. Además, para seguir avanzando en mi formación como médico forense, tenía que hacer un máster en Criminología, requisito obligatorio por entonces, cuando todavía no existían estudios específicos en la materia. Así que me enfrentaba a una necesaria encrucijada, y me decidí por la medicina forense, que se convirtió en una auténtica pasión gracias a la que he podido desarrollarme plenamente. A pesar de que no fue mi primera opción, nunca me arrepentiré de haberla elegido.

LA ESCENA DEL CRIMEN

Es imposible ignorarlas: llevan poblando las pantallas de televisión y la vida de la gente desde los años 2000. Nuestros hijos han crecido con esas series que, hay que reconocerlo, son las responsables de un buen número de vocaciones criminalistas y forenses. Pero antes de entrar en materia, creo que es importante explicar primero cómo suceden las cosas «en la vida real» y, en segundo lugar, acabar con unos cuantos mitos muy extendidos.

Todo el mundo conoce las siglas CSI, Crime Scene Investigation, que dan nombre a una nueva disciplina con enormes avances en todo el mundo desde que la huella de ADN se convirtió en la reina de las pruebas en criminalística, hasta el punto de que en algunos países se han llegado a promulgar normas que regulan no solo la utilización del ADN, sino la escena del crimen en general.

La criminalística moderna se rige por tres principios que responden a un doble objetivo: identificar tanto al autor de una infracción como la manera en que ha procedido para cometerla. El primer principio es el de Locard. Edmond Locard (1877-1966) fue un médico y jurista que, en 1910, fundó en Lyon el primer laboratorio de policía científica del mundo. La Interpol tiene su sede en esta ciudad en honor a él. Yo resumo su pensamiento en una frase: «Todo contacto deja una huella». Este genial médico forense anticipó, en una época en la que aún no se conocía el ADN y se carecía de las técnicas modernas de investigación, que todo contacto de un individuo con otra persona u objeto de su entorno deja una huella.

Una simple fibra textil que se cae de la ropa del autor del crimen sobre el cuerpo de la víctima o un solo pelo pueden hacer progresar la investigación, pero no es como en esas series norteamericanas en las que todo se resuelve a base de simples huellas. En el mundo real son muy pocos los casos que se solucionan de esta manera; yo he conocido apenas tres en treinta años. Por regla general, los elementos que aporta el laboratorio son útiles para seguir avanzando en el expediente, pero lo que al final permite desenmascarar al culpable es la propia investigación.

La búsqueda de huellas en la escena del crimen ha dado lugar a la especialización de personal de laboratorio de la policía científica. Este personal forma parte de la policía técnica; son los llamados «técnicos de la escena del crimen» o, más llanamente, «la científica», y reciben una formación específica para identificar, tomar muestras y conservar los indicios encontrados en la escena del crimen. Estos indicios son los que denominamos «huellas».

Para poder extraer el máximo de elementos o indicios pertinentes posible, hacía falta organizar la manera de preservar el lugar de los hechos. Así nace el concepto de «escena del crimen», una traducción del inglés crime scene que puede inducir a equívoco, ya que la palabra inglesa crime alude al delito en términos generales, mientras que para nosotros el término «crimen» evoca inmediatamente un homicidio voluntario. Es decir, el principio de la escena del crimen puede aplicarse a cualquier lugar donde se haya cometido un delito o infracción. Así pues, no se trata tan solo de lugares donde hayan tenido lugar homicidios, sino también robos o incluso accidentes.

Cada escena del crimen es única, pero siempre responde a un esquema común. El lugar donde han ocurrido los hechos o, en nuestro caso, donde se encuentra el cadáver, se llama «zona de exclusión judicial». Existen diferentes fórmulas para definirla, pero la siguiente es una de las que más se utilizan: se trata de la habitación (o de una zona de varios metros cuadrados si estamos al aire libre) en la que se encuentra el cuerpo. Es donde penetran los técnicos con el famoso traje Tyvek, que permite no dejar fibras ni atraparlas. El Tyvek es de pH neutro y cubre el cuerpo entero, incluido el cabello, que perdemos de media a un ritmo de cien unidades diarias, cada una de ellas portadora del preciado ADN que nos identifica formalmente. Más que suficiente para contaminar una escena del crimen. Los técnicos también llevan guantes para no depositar sus huellas dactilares; una mascarilla para evitar la dispersión de saliva, portadora también de nuestro de ADN, y calzas que cubren los zapatos para que las suelas no introduzcan ningún elemento en el lugar ni se lo lleven de él. Deben ser lo más neutras posibles para no alterar nada. Nadie puede entrar en esta zona sin haber recibido la autorización de los técnicos de laboratorio de la científica.

Alrededor de esta primera zona hay una segunda, conocida como «zona de aislamiento», que acoge a todos los intervinientes, policías, funcionarios judiciales y peritos antes de entrar en la escena del crimen. Es una zona protegida en la que se informa al funcionario judicial de los primeros hallazgos para que decida cuáles serán los primeros pasos de la investigación, que arranca ahí. En torno a esta segunda zona, hay una tercera y última, denominada «zona de disuasión», en la que encontramos una variedad de personas: los allegados del difunto antes de que se hagan cargo de ellos los servicios de ayuda a las víctimas; los investigadores, los vecinos, la prensa o los curiosos.

Aunque los actores de las series sean auténticos modelos que van por ahí en coches deslumbrantes, la realidad es un tanto distinta...

Se comete un robo en un interior, la policía interviene y observa que hay numerosos destrozos, así como indicios de que han registrado el lugar. Como la dueña no ha tocado nada y, por tanto, no ha alterado la escena del crimen, llaman a la científica para la recogida de posibles huellas que haya dejado el autor. Ese día está de guardia mi amigo Jean-Robert. Un pedazo de hombre que mide metro ochenta y seis y pesa ciento cinco kilos, con barba y una sonrisa casi permanente en la cara. La policía ha abandonado el lugar tras decirle a la propietaria: «No se le ocurra tocar nada; la científica está por llegar». «¡La científica! Como en CSI», se consuela la propietaria, pensando que va a conocer a sus héroes en persona… Y entonces aparece Jean-Robert al volante… del Renault Kangoo de la científica. Se dispone a aparcar. La señora se le adelanta: «No, no, no puede aparcar aquí, tiene que venir la científica». Y Jean-Robert le responde: «Señora, ¡la científica soy yo!». Y ella, visiblemente decepcionada, le replica: «Pues vaya, se me ha caído un mito». No se preocupen, Jean-Robert pudo superarlo.

El segundo principio de la criminalística es de Adolphe Quételet (1796-1874), matemático y estadístico belga cuyo pensamiento resumo en la siguiente máxima: «Cada objeto es único». Quételet estaba convencido de ello en una época en la que no se disponía de los medios actuales para comprobar hasta qué punto tenía razón. Las técnicas de hoy permiten asociar con asombrosa seguridad un arma con el proyectil que disparó, un zapato con la huella de un paso, un pelo con su dueño, una marca de pintura de coche en un poste con el tipo de vehículo al que pertenece, una fibra textil con el jersey del que se desprendió, una huella dactilar con su autor, etc. Y, para cada uno de estos tipos de huella, hay una persona especializada, un perito.

No debe confundirse a un perito judicial con un técnico de la escena del crimen. Al contrario de lo que muestran las series, son dos oficios diferentes que, a veces, ejerce la misma persona, aunque no es lo más habitual. Hay peritos para todo: especialistas en fibras sintéticas, animales, vegetales, en bombillas para faros de coche, en pintura de coche, en rodaduras, en incendios, en informática, en balística, en huellas de pasos, huellas de polvo, de tierra, en toxicología, en huellas digitales, en medicina forense, etc. De hecho, pueden ser objeto de peritaje científico las materias más inimaginables. He llegado a encontrarme hasta a un perito en paraguas. Estos peritos pertenecen a la «policía científica», a pesar de que la gran mayoría no son agentes de policía.

La medicina forense, mi especialidad, forma parte de la criminalística y contribuye a la búsqueda del autor y de su manera de proceder respondiendo a dos preguntas: «¿De qué ha fallecido la víctima?» y «¿Cuándo se ha producido el deceso?».

En cuanto al tercer principio, no he encontrado a ninguna eminencia para enunciarlo, pero puede sintetizarse así: «Si se va, ya no regresa». Las huellas son algo frágil. El pelo o las fibras textiles se vuelan, las huellas digitales o de sangre se borran. Los técnicos y el concepto de escena del crimen existen para proteger cada uno de los indicios.

Entonces ¿en qué se confunden y nos confunden las series?

En primer lugar, en la cuestión de la ropa. En una escena del crimen cinematográfica, nadie lleva jamás las protecciones necesarias para evitar contaminar el lugar. Tanto en Francia como en Bélgica, proceder así sería una negligencia. Pero seamos sinceros: los trajes que llevan los técnicos, esa especie de bolsas de basura, son poco atractivos y nada favorecedores para el cine.

Algún otro error evidente se va colando por aquí y por allá en las series, algunas más incongruentes que otras, sobre todo a ojos de los expertos, entre los que me cuento. Por ejemplo, he llegado a ver una prótesis de madera que sangraba, ¡la primera prótesis de madera con neovascularización del mundo! En otra serie me encontré con que la forma de la fractura de un cráneo respetaba exactamente la del objeto que habían utilizado para asestar el golpe, como si hubiera dejado una huella, lo cual es imposible. En algún otro sitio, trataban de «imitar» la evolución del proceso de putrefacción de un cadáver en un medio acuoso: en lugar de estar hinchado, a aquel cuerpo se le despegaba la piel del rostro. Por último, había una joven que se ahogaba dentro de una cuba de champán; encontraban una lentilla y extraían el ADN de ella. En realidad, se trata de una misión imposible a causa del efecto que tiene el alcohol en las células y en su ADN.

Y eso no es todo. Cuando se descubre un cadáver, el lugar de los hechos siempre está impoluto, en especial si se trata de un interior. Parece que lo hubieran limpiado antes del asesinato con el único objetivo de que cada huella que encuentren esté relacionada con el crimen. De hecho, las huellas que encuentran siempre están relacionadas con él. En la vida real tenemos que aventurarnos en escenas que a menudo están terriblemente sucias. ¡Se sorprenderían de la cantidad de gente que vive en la inmundicia! Más nos vale estar vacunados del tétanos.

Hace veinte años, los peritos de las series sabían de todo. Por suerte, no es tanto el caso hoy en día, y cada perito actúa en su área de especialización. Como tendré ocasión de repetir: «La práctica hace al maestro» y, aun así, sigue siendo posible cometer errores.

La mayoría de las veces, las técnicas que aparecen en las series son reales, como cuando se revela una huella dactilar gracias al vapor de cianoacrilato en una especie de cámara de cristal, para a continuación fotografiarla y pasarla a un archivo informático. Efectivamente, así es como procedemos con los objetos de tamaño medio. Sin embargo, es asombroso ver la inusitada cantidad de identificaciones que hacen en las series a través de las huellas dactilares. Es como para pensar que tienen fichada a la población entera del país, al contrario de lo que pasa en Francia o en Bélgica.

En las series, toda investigación se resuelve a base de huellas. Está tan arraigado en el imaginario colectivo que algún jurado estadounidense ha llegado a negarse a declarar culpable a alguien porque no se había encontrado su ADN en la escena del crimen. Sin ADN, no hay culpable. El problema es que la realidad no coincide necesariamente con la ficción y no siempre se encuentran huellas en la escena del crimen. Si lo lleváramos a sus últimas consecuencias, con esa forma de pensar tendríamos que acabar concluyendo que, sin huellas, no hay crimen.

Por último, las series presentan a profesionales en plena lucha con sus sentimientos (lo que seguramente hace que los personajes sean más entrañables). Pero un perito judicial debe ser neutral como garantía para todas las partes. La neutralidad exige autodominio. No se trata de que no haya que sentir nada, sino de que las emociones deben estar bajo control. No siempre es fácil hacerlo, ¡sobre todo en las autopsias de niños!

En definitiva, hay que ver estas series como lo que son, es decir, puro entretenimiento; nunca han pretendido ser otra cosa. Aclarado todo esto, les invito a acompañarme a la escena del crimen. Eso sí, provistos del traje adecuado, ustedes ya me entienden…

LOS MUERTOS TIENEN LA PALABRA