Capítulo 1

1

Quizá fuera el único japonés que pisaba Kioto por primera vez pasados los treinta, pensó Kenichi Yoshizawa mientras avanzaba con paso rápido por la calle Karasuma-dori, comparando el paisaje que se desplegaba ante él con las imágenes que conocía por la televisión y las revistas.

No es que le hubieran faltado oportunidades de ir, pero los estudios habían estado siempre por delante de todo. Kioto, en realidad, no era la única ciudad que seguía sin conocer. Hasta entonces, jamás se le había ocurrido hacer un viaje por simple placer.

Sabía que en Kioto los veranos eran abrasadores y los inviernos, gélidos, pero no recordaba haber oído hablar de aquella humedad sofocante que precedía a la temporada de lluvias. Se limpió el sudor que le perlaba la frente.

La torre de Kioto, el templo Higashi Hongan-ji... Los conocía de oídas y por las fotografías, pero era la primera vez que los veía con sus propios ojos. Y aun así lo invadió una extraña nostalgia, como si se reencontrara con viejos amigos.

Después de caminar unos diez minutos desde la entrada principal de la estación de Kioto, llegó ante una vieja casa de dos plantas, igual a la que recordaba por las fotos que había visto.

«Ésta debe de ser la taberna que busco», se dijo, y abrió con decisión la puerta corredera.

—Muy buenas.

Una joven con un delantal negro de sumiller se volvió para recibirlo.

—Bienvenido.

—¿Es la taberna Kamogawa?

—Sí, es aquí —respondió la joven con una expresión de leve recelo.

Había acertado. Era, sin duda, la taberna Kamogawa. Se felicitó por el concienzudo trabajo de indagación que había hecho y, al mismo tiempo, sintió alivio.

Un hombre mayor con una chaqueta blanca de chef salió de la cocina y le preguntó:

—¿Viene a comer?

Él le tendió una tarjeta de visita.

—En realidad, he venido para que me ayuden a encontrar un plato que llevo tiempo buscando.

—En ese caso, tiene que hablar con mi hija —dijo el chef pasándole la tarjeta a la joven.

—«Bufete Gardenia» —leyó ella—. ¿Es usted abogado en Tokio?

—No, aún soy pasante. Me da vergüenza admitirlo, pero a mi edad sigo sin haber aprobado el examen nacional para colegiarme —respondió él con gesto sombrío.

—Encantada —dijo la joven—. Me llamo Koishi Kamogawa y soy la directora de la agencia de detectives Kamogawa. Éste es mi padre, Nagare Kamogawa, chef y encargado de la taberna.

Tras la breve presentación, Nagare se quitó el gorro e hizo una reverencia.

—¿Viene con hambre? Si es así, puedo prepararle un omakase —propuso volviéndose a calar el gorro.

La expresión de Kenichi se relajó.

—Por mí, encantado.

—¿Come de todo? —preguntó Nagare.

—Más o menos. No me van mucho los pescados azules, quizá por haber nacido y crecido en una región de montaña. Por lo demás, ningún problema. Sobre todo, me encantan las verduras.

—De acuerdo. Se lo preparo enseguida —dijo Nagare, y se internó en la cocina apartando la cortina noren que la separaba del comedor.

—¿Cómo supo de nosotros? —preguntó Koishi.

—Los busqué en internet. Escribí: «Establecimiento que investiga platos o recetas» y aparecieron varios, pero éste me pareció el más fiable.

—¿Ah, sí? ¿Estamos en internet? ¡Nos hemos hecho famosos! —bromeó Koishi, mientras lo acompañaba hasta una mesa—. Cambiando de tema, no es habitual oír a un hombre decir que le encantan las verduras.

—Mi familia se dedica a la agricultura. Me he criado, literalmente, entre campos de frutales y un huerto donde se sembraban verduras de todo tipo —explicó Kenichi observando con curiosidad el local.

—¡Ay, qué envidia! —exclamó Koishi con el rostro iluminado.

—No era una vida tan bonita como suena. Cuando pienso en mi infancia, siempre me viene la imagen de mi madre trabajando en el barro, con la ropa de faena —dijo él secándose el sudor del cuello con la toalla húmeda.

En ese momento apareció Nagare con la comida en una bandeja de plata.

—Perdone la espera —se disculpó.

—¿Qué le apetece tomar? ¿Un poco de sake? —preguntó Koishi.

—No soy muy de beber, pero tengo sed. Tomaré una cerveza.

—¿De barril o en botella? —quiso saber Nagare.

—En botella, gracias.

—Enseguida se la traigo —dijo Nagare, y volvió a la cocina.

Koishi sacó un pañuelo blanco del bolsillo del delantal y se limpió el sudor de la frente.

—En temporada de lluvias, como ahora, Kioto no es precisamente agradable. La humedad se dispara y hace un bochorno tremendo.

—En el pueblo donde nací y me crié, el frío me tenía martirizado, pero este tipo de calor también es duro de soportar —comentó Kenichi echando una ojeada a los platos que llenaban la bandeja de plata mientras se refrescaba el cuello con la toalla húmeda.

Nagare se colocó a su lado y enderezó la espalda.

—¿Quiere que le explique brevemente qué platos le he traído?

—Adelante, por favor —respondió él acomodándose en el asiento.

—Con este calor, a uno se le quitan hasta las ganas de comer —dijo Nagare sonriendo—. Pero le he preparado varios platos con productos de la temporada. Espero que le gusten.

»En el cuenco de cristal, arriba a la izquierda, le he servido segoshi de ayu, ese pescado de agua dulce tan típico de Japón. Se trata de láminas finas de pescado crudo, cortado sin quitarle las espinas, aliñadas con jengibre myoga y hojas de shiso. Pruébelo con un poco de vinagreta de miso o con salsa de soja y wasabi. A su lado hay tempura de congrio, que puede acompañar con sal al curry. En el plato pequeño de cerámica Karatsu tiene un tataki de ternera de Omi, servido con salsa ponzu y jugo de amanatsu, la mandarina de verano. Le he puesto un poco de ajo rallado aparte; si le gusta, puede añadirlo a la salsa.

»En el platito hay cerdo al vapor. Yo lo hago con salsa agridulce al estilo coreano, aunque también está bueno con un toque de salsa de soja y mostaza karashi. En el centro, en el cuenco de porcelana Koimari, encontrará usaku: una mezcla de anguila asada en tiras finas con pepino kyuri en láminas, aliñada con vinagre negro kurozu. A la derecha, sándwich de ternera empanada de Ishigaki; sólo he usado carne magra. En la fila inferior hay ensalada de kyoyasai, las verduras tradicionales de Kioto. Aunque, para serle sincero, ni yo mismo sabría decirle con exactitud cuáles merecen ese nombre. En cualquier caso, es una mezcla de verduras de hoja verde, cebolla y tubérculos aliñados con salsa de sésamo y un poco de shibazuke picado. Puede añadir guindilla al gusto.

»Finalmente, para acompañar le he preparado un arroz caldoso zosui con granos de trigo soba-gome. Avíseme cuando le apetezca y se lo traigo enseguida.

El cocinero se despidió con una sonrisa y enfiló hacia la cocina seguido de Koishi.

Kenichi se quedó solo en el comedor, mirando los platos sin saber muy bien por dónde empezar. Le dio un sorbo a la cerveza.

—Así que éstas son las famosas kyoyasai —murmuró.

Mojó un poco de segoshi de ayu en la vinagreta de miso y se lo llevó a la boca.

Era un sabor nuevo para él y no supo bien cómo valorarlo. Pensó que aquello debía de ser lo que la gente llama una «delicatessen», aunque no le pareció un manjar de esos que invitan a seguir comiendo.

Nagare volvió al comedor.

—¿Qué tal? ¿Le está gustando?

—Sí, muchas gracias —respondió él simplemente.

—Me alegro —dijo el cocinero, y se fijó en el botellín vacío—. ¿Le traigo otra cerveza?

—No, gracias, ya he bebido suficiente.

—Avíseme cuando le apetezca el arroz caldoso zosui.

Kenichi siguió con la mirada a Nagare y, cuando éste desapareció tras la cortina, le dio un buen mordisco al sándwich de ternera empanada.

—Esto está buenísimo —musitó.

La ternera estaba en su punto: tierna, jugosa y llena de sabor. El pan tostado, un poco quemado en algunas partes, acompañaba a la perfección la carne, y el sabor del kétchup redondeaba el conjunto.

¿Sería un pan que pudiera comprarse en cualquier panadería? De pronto, se descubrió a sí mismo interesándose por la comida. Mientras saboreaba el sándwich, ladeó la cabeza, sorprendido de su propia reacción.

Lo siguiente que probó fue la anguila.

Era el plato favorito de su difunto padre, aunque en su pueblo natal no había restaurantes donde la prepararan bien. Cuando su padre quedó postrado en cama a causa de la enfermedad que padecía, su madre tenía que hacer un trayecto de una hora desde casa hasta los alrededores del templo Zenkoji, en la ciudad de Nagano, donde había un establecimiento especializado, para comprarle una anguila a la brasa kabayaki y satisfacer su antojo.

Ya en casa, picaba pepinos de su propia cosecha, los mezclaba con la anguila cortada en tiras finas y se lo servía a su padre con un aliño de vinagre dulce.

En un pueblo como aquél la anguila debía de ser un manjar caro y poco común. Una vez le dieron a probar un poco, pero el olor característico de los pescados de río se le quedó en la nariz y no le pareció nada sabrosa. Quizá no fuera justo compararla con la que acababa de comer, pero el caso es que le parecían dos platos completamente distintos.

Pasó a las kyoyasai. Primero probó la cebolla, sin agregarle nada, y ya al primer bocado se quedó sorprendido de lo dulce que era.

Tenía la impresión de que no había pasado un solo día de su vida sin comer cebolla salteada, en guisos o en ensaladas. Pero, por mucho que la cocinaran o la aliñaran, la cebolla seguía siendo cebolla: conservaba su ligero picor y nunca había tenido esa dulzura casi afrutada que acababa de probar.

Esas verduras eran muy distintas de las que comía de niño. Quizá fuera una forma rara de decirlo, pero le parecían «demasiado ricas».

—¿Le voy trayendo el arroz caldoso con granos de trigo soba-gome? —le preguntó Nagare en el momento justo.

Era la primera vez en su vida que esperaba con auténtica expectación el siguiente plato de una comida.

—Por favor —contestó.

Durante su infancia, no pasaban tres días sin que comiera soba, el humilde trigo sarraceno que en su casa era un alimento cotidiano. No lo tomaba en forma de fideos, sino como soba-gaki, una pasta espesa hecha sólo con harina de ese mismo cereal y agua, sin sal ni otros ingredientes, y no recordaba haberlo disfrutado nunca. Aquella masa tenía una textura pastosa y un olor herbáceo que le desagradaban. Siempre le había parecido el símbolo mismo de la pobreza, y aun ahora seguía sin gustarle.

—Disculpe la espera —dijo Nagare poniéndole delante una olla de hierro y levantando la tapa.

Se inclinó para mirar dentro de la olla, entre las bocanadas de vapor.

—¿Ha oído hablar de la región de Iya, en la prefectura de Tokushima?

—Sí, claro. Es famosa por su puente de lianas, ¿verdad?

—Exacto —prosiguió Nagare—. Y también por el arroz caldoso zosui con soba-gome: los granos enteros de trigo sarraceno. Se dice que, tras ser derrotados por el clan Minamoto en las guerras Genpei, los samuráis del clan Taira huyeron de Kioto y se refugiaron en los remotos valles de Iya, donde no se sembraba arroz, y que allí empezaron a cocer esos granos de soba-gome para preparar un humilde zosui durante las fiestas de Año Nuevo. En aquel exilio montañoso, ese plato bastaba para recordarles la vida refinada que habían dejado atrás en la antigua capital imperial. El arroz caldoso que le he servido no es idéntico, pero bebe de esa tradición —añadió con una sonrisa—. Lleva pechuga de pollo, rodajas finas de nabo y de zanahoria, setas shiitake deshidratadas y perejil japonés mitsuba. Nada de ingredientes raros. Ya le he dicho que es un plato sencillo, pero espero que disfrute de la textura y el aroma del soba-­gome.

Kenichi removió un poco la sopa con la cuchara honda renge, cogió una cucharada y, tras soplarla un par de veces para no quemarse, se la llevó a la boca.

Lo sorprendió no encontrar, en el sabor, ni el menor rastro de la tosquedad que siempre había asociado al soba.

A esa primera cucharada le siguieron muchas más. Probó primero los granos de soba-gome solos, luego las verduras —cortadas en láminas finas— y, más tarde, solamente el caldo. Cada bocado sabía distinto: era imposible cansarse. Le parecía increíble estar disfrutando tanto de un simple zosui.

Se terminó el plato sin dejar ni una gota de caldo ni un solo grano de trigo y dejó la cuchara sobre la mesa. Luego juntó las manos casi instintivamente en señal de agradecimiento.

Nagare reapareció con una bandeja de plata.

—¿Le traigo un poco más?

—No, gracias. Ya no puedo, pero me ha encantado —respondió él incorporándose un poco para hacer una leve reverencia.

—Descanse un momento y, cuando le parezca, me dice y lo acompaño a la oficina.

—No se preocupe, estoy bien... Además, supongo que estoy haciendo esperar a su hija.

—No hay prisa.

—No, no, está bien.

Kenichi se levantó y Nagare lo guió por el largo y estrecho pasillo.

—Creo que nunca había comido con tanta calma ni disfrutado tanto de una comida —dijo mientras caminaban.

—Me alegra oírlo —respondió Nagare con una sonrisa—. No hay mejor elogio para un cocinero.

Las paredes del pasillo estaban cubiertas de fotografías, casi todas de platos diversos. Se preguntaba si Nagare los ha­bría preparado, pero no dijo nada; siguieron caminando.

Llegaron al fondo y el cocinero abrió una puerta.

—A partir de aquí se encarga Koishi. Lo dejo con ella.

La chica le sonrió, le indicó el sofá y, cuando él se sentó, le entregó una carpeta.

Kenichi se inclinó sobre la mesa baja, rellenó el formulario en apenas un minuto y se lo devolvió.

—Kenichi Yoshizawa, treinta años. Trabaja en un bufete de abogados y vive en Machida —leyó Koishi—. ¿Dónde queda eso exactamente? Es que no conozco muy bien Tokio.

—Ja, ja, ja. —Rió Kenichi—. Perdone, es que mi madre ha ido un montón de veces y tampoco se aclara; Tokio es una ciudad grande.

Koishi cogió su tableta y abrió una aplicación de mapas.

—El bufete en el que trabaja está en Shinjuku, así que... —dijo siguiendo el recorrido con un dedo—. ¡Uf! Tiene que ser agotador ir todos los días desde su casa hasta allí.

—A estas alturas estoy acostumbrado. Creo que le he dicho ya que nací y me crié en un pueblo, así que, al principio, tan sólo ir y venir al trabajo me dejaba agotado. Me encantaría vivir en el centro, pero el caso es que gano poco y no me lo puedo permitir.

Ella dejó la tableta sobre la mesa y lo miró con curiosidad.

—¿Qué plato está buscando?

—Una sopa de miso.

—De acuerdo. —Ella había cogido un cuaderno y empezado a anotar—. ¿Tiene algo de especial?

—No, es una sopa de miso normal y corriente.

—¿Dónde la tomó?

—En casa. Era la que preparaba mi madre.

—O sea, un plato de mamá —dijo la chica mientras anotaba el dato en el cuaderno.

—Desde que empecé primaria hasta que terminé el instituto, desayuné esa sopa de miso y un cuenco de arroz todos los días.

—¡El mismo desayuno durante doce años! Su madre debía de ser una mujer de costumbres firmes.

—Y es posible que ya desayunara lo mismo desde aún más pequeño. No lo puedo asegurar simplemente porque no lo recuerdo.

—Y después de prepararle el desayuno, ¿qué hacía?

—Se iba a trabajar al campo.

—¿Ah, sí? ¿Y su padre?

—Mi padre estaba enfermo y pasaba la mayor parte del tiempo en el hospital —recordó Kenichi bajando la mirada.

—Yo no sería capaz de hacer lo que hacía su madre: cuidar de usted y de su padre, trabajar y sacar adelante a la familia. Ese tipo de mujeres me parecen dignas de admiración —dijo Koishi deteniéndose un instante antes de se­guir escribiendo—. En fin, cuénteme cómo era esa sopa de miso.

—¿Que cómo era? Pues... como le he dicho, una sopa de miso normal y corriente.

—¿Qué tipo de miso llevaba, rojo o blanco?

—Rojo no era; diría que blanco... o más bien amarillento...

—Ay —intervino Koishi—, se me olvidaba una pregunta importante: ¿de dónde exactamente es usted?

—De un pueblo de la prefectura de Nagano que se llama Obuse.

—Ah, eso es Shinshu. Entonces podría ser miso de Shinshu.

—¿Le parece?

—Es probable. Además, ese miso es más claro que el rojo. —La chica no paraba de escribir—. ¿Qué cultivaba su madre?

—Fruta, creo: albaricoques, manzanas... Y quizá castañas, también. Lo que sí recuerdo perfectamente es que mi madre salía a trabajar muy temprano y no terminaba hasta que caía la noche. Otras señoras del vecindario ayudaban a sus maridos, pero la responsabilidad de mi madre era mucho mayor.

—¿Y verduras no?

—Creo que no. Mi madre tenía, además, un pequeño huerto familiar donde sembraba las cebollas, patatas, pepinos, tomates, lechugas y puerros que comíamos en casa. Todavía me manda a menudo cebollas y patatas, así que debe de seguir plantándolas.

—¡Qué envidia! Cosechaban lo que iban a comer ese día y nada más, ¿verdad? Sueño con una vida así —comentó Koishi mirando al vacío un instante.

—Yo creo que idealiza aquella vida —repuso Kenichi levantando el mentón y dirigiendo la mirada hacia el mismo punto—. Y fíjese qué curioso: cuando yo vivía allí, odiaba el pueblo y soñaba con vivir en una gran ciudad. Ahora que sé lo que es vivir en Tokio, no me parece un lugar tan estupendo como lo imaginaba.

Koishi se reacomodó el bolígrafo entre los dedos.

—¿Qué ingredientes llevaba la sopa de miso?

Kenichi se volvió de nuevo hacia ella.

—Iban cambiando. Casi siempre llevaba verduras o setas, pero nunca era exactamente la misma sopa.

—Vaya, eso da trabajo. Se ve que su madre se las ingeniaba para que usted no se cansara de la sopa de miso.

—Pues sí, pero el caso es que no me acuerdo de los ingredientes concretos. Supongo que porque siempre desayunaba con prisas. Muchas veces ni siquiera me la terminaba.

—Perdone que se lo diga, pero eso está muy feo. No se deja a medias un plato que una madre prepara madrugando —le dijo Koishi con un ligero tono de reproche.

—Creo que, por entonces, lo único que me apetecía de verdad era quedarme en la cama hasta el último momento.

Koishi lo miró un momento a los ojos y después continuó:

—Una sopa de miso con verduras o setas... y quizá preparada con miso de Shinshu. O quizá no. Me temo que son muy pocas pistas —añadió frunciendo los labios.

Kenichi agachó ligeramente la cabeza.

—Siento no poder darle más detalles.

—No se apure. A ver si lo he entendido bien: lo que usted quiere, señor Yoshizawa, es volver a tomar la sopa de miso que le preparaba su madre, sin importar los ingredientes —resumió—, ¿correcto?

Él entornó un poco los ojos.

—Bueno... no exactamente. Lo que me gustaría volver a probar es la sopa de miso que mi madre me preparó la mañana del 20 de marzo hace doce años: el día en que me fui de Obuse.

—Es decir, cuando usted tenía dieciocho años... ¿Le importaría contarme por qué quiere volver a probar esa sopa en concreto?

—Antes le he dicho que mi padre no trabajaba en la huerta porque solía estar enfermo, pero no siempre lo estuvo. De hecho, antes de enfermar era un hombre fuerte y lleno de energía. Todo cambió a raíz de un suceso. —Guardó silencio un instante y Koishi se inclinó un poco hacia delante—. Un amigo suyo lo engañó y lo dejó con una deuda enorme. Y cuando aún no entendía ni siquiera por qué debía ese dinero le embargaron todo, salvo la casa, que era muy pequeña, y un trozo de los campos de frutales. En aquel entonces yo estudiaba secundaria, así que todo eso lo supe más tarde, por mi madre. A raíz de aquello, mi padre cayó en una depresión y poco después le diagnosticaron una enfermedad grave —contó Kenichi dejando caer los hombros.

—Vaya, lo siento mucho —dijo Koishi con pesar.

—El día de mi graduación, mi tutor de secundaria me dijo: «Lo que le ha pasado a tu padre es una verdadera desgracia. No sabes cuánto lo siento. Si hubiera tenido a su lado un abogado serio y atento, quizá todo habría sido distinto.» Fue entonces cuando decidí que quería ser abogado: un abogado que actuara con buena fe y ayudara a quienes necesitaran asistencia legal.

—Me parece una decisión admirable —repuso Koishi asintiendo con la cabeza.

—Pero le tengo que confesar que, hasta que terminé secundaria, era un pésimo estudiante. En ese momento, llegar a convertirme en un abogado era un sueño inalcanzable.

—Y en bachillerato se puso a estudiar como nunca...

Kenichi asintió y continuó:

—Efectivamente. Me puse a estudiar con tantas ganas que yo mismo me sorprendía de lo mucho que podía rendir. Aunque suspendí las primeras pruebas de acceso a la universidad, al año siguiente las aprobé y logré ingresar en la Facultad de Derecho que quería. Mis padres lloraron de alegría.

—¡El esfuerzo mereció la pena! —exclamó Koishi emocionada.

—En ese momento me las prometía muy felices, pero la vida no resultó tan sencilla. Para ejercer como abogado, además de graduarse en derecho, hay que aprobar el examen nacional del Colegio de Abogados, y en mi caso todavía no lo he conseguido —dijo él torciendo el gesto.

—Es un examen dificilísimo, ¿verdad?

—Sí. He empezado a pensar que es demasiado para mí.

—No puede rendirse a estas alturas.

—Es que este año he sacado mi peor nota... —dijo él mordiéndose el labio.

—Así que quiere volver a probar la sopa de miso de su madre y afrontar el reto con espíritu renovado.

—Más o menos. Estoy dudando: no sé si valgo para ser abogado. A lo mejor debería regresar a mi pueblo y trabajar en el campo.

—Mmm... es una decisión difícil, está claro. Pero, vamos, lo que yo le pueda decir en este asunto...

—Tengo la sensación de que si probase aquella sopa de miso de mi última mañana en el pueblo, quizá conseguiría decidirme de una vez —dijo él enderezando la espalda.

—Todo eso me parece muy bien, pero si necesita encontrar una sopa de miso tan concreta, como no le pregunte su receta a su madre va a ser imposible reproducirla.

—Eso sí que no. Ella es muy perspicaz, y si le pregunto por esa sopa de miso va a darse cuenta al instante de lo que pienso. Me dirá que no puedo rendirme, seguro.

—¿Puede ser que, desde que se marchó de su pueblo con dieciocho años, no haya vuelto ni una sola vez?

—Así es. Cuando me fui, juré que no volvería al pueblo hasta que fuese abogado, y mis padres estuvieron de acuerdo.

—Ya, pero seguro que alguna vez le habrán entrado ganas de volver. ¿No tiene hermanos?

—No, soy hijo único.

—Con más razón, ¿no cree? ¿Por qué no va este verano? Estoy segura de que se alegrarían muchísimo.

—La verdad es que en verano siempre me entran ganas de regresar, no le voy a mentir.

—¿Será que piensa que, si vuelve, le traerá mala suerte romper esa promesa?

—Pues sí, algo hay de eso. No me gusta la idea de romper una promesa —admitió él.

—En todo caso, está claro que esta sopa de miso podría significar un cambio definitivo en su vida, así que tendremos que descubrir la receta como sea.

—Háganlo, por favor —pidió él haciendo una profunda reverencia.

—Pero... me ha dicho que no recuerda los ingredientes. Y si no podemos preguntárselo a su madre, es prácticamente imposible reproducirla. Siento decírselo, pero a menos que recurramos a poderes paranormales o algo por el estilo, me parece que no lo conseguiremos —razonó Koishi preocupada.

—Sé que es una locura lo que les estoy pidiendo, pero se lo pido por favor, no tengo a quién recurrir aparte de ustedes —insistió él a la desesperada.

—Siendo así, sólo nos queda confiar en mi padre. Pero no se haga muchas ilusiones —dijo Koishi, y cerró el cuaderno con gesto de resignación.

Regresaron al comedor.

—¿Lo has anotado todo? —le preguntó Nagare a su hija en cuanto los vio aparecer.

—Anotado está, desde luego. Pero... —respondió ella mirando de soslayo a Kenichi.

El otro bajó la cabeza.

—Es que mis recuerdos son muy vagos. Lamento muchísimo pedirles algo tan difícil.

—Sea cual sea el plato, puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mi mano para encontrarlo —dijo Nagare doblando el periódico que había estado leyendo.

—Confío en ustedes —dijo Kenichi haciendo otra reverencia.

—Pero insisto: no se haga demasiadas ilusiones, ¿de acuerdo? —añadió Koishi.

Nagare pareció contrariado.

—¿Qué pasa? Te noto muy pesimista esta vez.

—Es que todavía no te he explicado nada. Ya verás cuando te lo cuente —repuso ella lanzándole a Kenichi una mirada cargada de intención.

Kenichi apartó la vista.

—Por cierto, ¿cuánto les debo por la comida? —preguntó.

—Se lo cobraremos todo la próxima vez, incluido el trabajo de investigación —contestó Nagare con una sonrisa.

—¿Cuándo debo volver?

—¿Le parece bien dentro de dos semanas?

—Perfecto. Quedo a la espera del día y la hora exactos.

Kenichi cruzó el umbral y salió a la calle. Un gato atigrado dormía hecho un ovillo en el suelo.

—Oye, gatito, ten cuidado, que aquí te pueden pisar —le dijo él agachándose y acariciándole la cabeza.

Koishi se puso en cuclillas a su lado.

—Te duermes en cualquier sitio, Hirune.

—Parece que viene tormenta —observó Nagare mirando hacia el oeste, donde el cielo estaba cubierto de nubarrones.

—Llévese este paraguas —ofreció Koishi tendiéndoselo.

Él se puso de pie.

—Gracias, pero no se preocupe: correré hasta el paso subterráneo.

—¡Vaya con cuidado! —exclamó el cocinero cuando el hombre ya se alejaba a toda prisa.

Padre e hija regresaron a la taberna y ella cerró la puerta tras de sí.

—Le has dicho dos semanas... y a mí me parece que no vas a dar con ese plato ni aunque te pases la vida buscándolo.

Nagare se sentó en un taburete de la barra.

—¿Lo ves tan complicado?

Koishi se sentó a su lado y abrió el cuaderno.

—Creo que nunca hemos tenido un encargo así de difícil.

Nagare leyó las anotaciones de su hija siguiendo las líneas con un dedo.

—La sopa de miso de su madre... Es cierto, parece difícil.

—A menos que se lo preguntemos directamente a ella, ¿cómo vamos a saber qué llevaba? —replicó Koishi apoyando los codos en la barra y la barbilla entre las manos—. Pero, claro...

—¿Qué? —preguntó Nagare levantando la vista.

—Que si logras dar con la madre y hablas con ella, igual lo metemos en un aprieto.

—Esto ya lo hemos hablado muchas veces: nuestra tarea es cumplir con su encargo con la máxima discreción, pero no podemos hacernos cargo de todos los problemas de los clientes.

Volvió a mirar el cuaderno.

—¿Conoces Obuse? —le preguntó su hija cambiando de tema.

—Sí, es un sitio con mucho encanto: tiene muchas calles y casas antiguas preciosas. Además, las castañas de allí son estupendas —respondió él sin apartar la vista del cuaderno.

—¿Y si esta vez me encargo yo de buscar esa sopa de miso? Además de conocer Obuse, podría visitar los campos de frutales de la familia del señor Yoshizawa. Anda, papá, deja que vaya yo —dijo Koishi tirándole de la manga.

—Bueno, si te empeñas, pero... ¿seguro que sabrás encontrarla? Si quieres, puedo acompañarte.

—Es que me apetece viajar sola.

Nagare la miró de reojo con cierto resquemor.

—Te recuerdo que no vas de vacaciones, ¿eh? Vas a trabajar.

—Ya lo sé, papá. ¡Qué desconfiado eres! Y no te preocupes, que te traeré unas castañas riquísimas.

—No sé yo... Muy tranquilo no me quedo, qué quieres que te diga.

—¿Habrá termas cerca de Obuse? —se preguntó en voz alta Koishi, examinando un mapa en la tableta. Él suspiró resignado.