Pensaron en ser aristotélicos, pero la moderación virtuosa les resultaba ajena a sus principios. Quisieron ser platónicos, pero algunos profesores del departamento de Clásicas de verdad leían griego, lo que lo convertía en una opción arriesgada para la pereza (además, en la Universidad a Distancia había un grupo de obsesos con los presocráticos de los que preferían separarse por inexactos, vagos, meapilas posmodernos sin sistema). El Medievo era para casi todos un vacío teórico, así que quedaba descartado, excepto para recordar a veces «la alegría de los cuerpos en pecado» con Foucault, en general cuando tocaba defender la pervivencia de la capilla en la facultad contra las quejas de los estudiantes: los cristianos sabían divertirse y conocían el perdón, no eran unos pelagatos. Spinoza no los terminaba de convencer, les gustaba sentirse irreductiblemente separados de la Totalidad y apenas ofrecía innovaciones al racionalismo cartesiano, por mucho que se empeñaran los seguidores de Deleuze o Negri. La política los asustaba, en general, a menos que fuera la de un liberal serio allá por el XVII o XVIII, si acaso el atractivo perverso de Carl Schmitt. Ser kantianos era la opción obvia, pero resultaba incómodo aceptar que cualquier imbécil podía ser un fin en sí mismo; Hegel, muy complicado más allá de invocarlo con o contra Marx; Nietzsche, demasiado mainstream y adolescente como para permitirles ser pedantes. Incluso ellos eran capaces de ver lo aburrido que era Husserl, lo difícil que resultaría seducir a una alumna citando de memoria pasajes de las Meditaciones cartesianas. Nunca se les ocurrió estudiar en serio a una mujer. Tras mucho pensarlo, se decantaron por Sartre, un filósofo que era sencillo asociar con el vicio, el drama existencial, la literatura que se recita con teatralidad en un despacho cerrado. Además, estaba pasado de moda, eterno ausente de los discursos contemporáneos, lo que les permitía seguir cultivando su natural predilección por la palabrería y la pereza.
Durante su último curso, a Alicia le gustaba imaginárselo así, como una reflexión ordenada de todos los profesores en torno a la mesa de caoba de la Junta de Facultad: ¿con qué teoría nos levantaremos a más jovencitas? Pero es un error acusar a la crueldad de lo que puede atribuirse a la idiotez: disputas personales achacadas a mínimas diferencias teóricas, tomas de partido por un postulado u otro con tal de rascar migajas de financiación estatal, renuncias a criticar a un compañero vicioso para asegurar un futuro puesto a un doctorando del equipo. A menudo ni siquiera operaba la maldad auténtica, solo el ejercicio de la mera costumbre, que, por más que hubieran estudiado, aún no distinguían del todo de la maltratada Ley Moral. «Vanidad», «inseguridad», «codicia» o «dinero» son palabras que no se pronuncian en una facultad de Humanidades, al menos en lo que a uno mismo se refiere: es mejor acusar al otro departamento de ser un pésimo intérprete de Sartre que estallar en una pataleta porque el propio haya recibido menos horas docentes en el máster de Ciencia de las Religiones.
A veces repetía esas ideas bromeando con Penny, aunque su amiga jamás le seguía el ritmo. Era demasiado buena, como lo había sido una vez la propia Alicia, así que esa clase de conversaciones solo lograban que ambas se sintieran mal: a Penny, estúpida e infantil; a Alicia, una cínica insoportable. No te preocupes, querría haberle dicho en cada una de esas ocasiones, soy yo la estúpida, una cínica insoportable, pero ¿de qué habría servido? La inocencia nunca es consciente de que es inocente ni de las ventajas de serlo, al igual que hubo un tiempo en el que Adán y Eva no podían imaginar otra cosa que el tedioso paraíso. Solo le quedaba callar y lamentarse por aquello que jamás recuperaría.